Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 28 de julio de 2017

Ellas

Mi madre y la de muchos, pues aún ocurren cosas como estas.


Lestat de Lioncourt

Me encontraba sentada en aquella deleznable pieza. Observaba por la ventana los copos de nieve caer. Era como aquellos días, tan fría y tan lóbrega. No obstante, al menos tenía leña en la chimenea para encenderla y calentarme las manos. Si había ido hasta donde se encontraba mi hijo era únicamente por el único deseo de conversar unas pocas horas con él, pero no se hallaba en el castillo. El silencio era sobrecogedor, pero a la vez sentía que todos los recuerdos me hablaban.

Por un momento creí haber regresado al pasado cuando me quedé perdida en el ilustre pendón que colgaba de la pared. El símbolo de los Lioncourt, un pequeño león con las patas delanteras levantadas, se veía como antaño pero sin los rasguños del paso del tiempo. No entendía como mi hijo había reproducido todo, aunque había muebles mejores y luz eléctrica.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás mientras mi cuerpo se intentaba relajar en el sofá. Con mi mente prendí la leña y dejé que esta comenzara a caldear la habitación. Mis botas sucias habían dejado huellas por el hall, el pasillo y el enorme salón donde me hallaba; las mismas botas que tenía sobre el coqueto revistero mientras intentaba relajarme.

Habían pasado muchas cosas y aún así todo parecía igual. El mundo estaba regido por los hombres y las mujeres estaban empezando a convertirse en locas fanáticas como Akasha. Algunas empezaban a exigir recato a las demás porque mostrar su cuerpo era exponerse al patriarcado, a sus deseos y necesidades, y eso me recordaba a los mensaje que el asqueroso párroco lanzaba en la iglesia. Hablaba de pecado, depravación y necesidad de ocultar el cuerpo de forma recatada para que los hombres no pecaran. Nosotras teníamos la culpa, pues nosotras nos mostrábamos lozanas y fáciles de alcanzar. Era curioso que ahora algunas feministas empezaran a esgrimir esas mismas consignas entretanto otras se desnudaban, mostrando sus pechos al aire y sus piernas desnudas, para exigir libertad porque se sentían oprimidas. Sentía que era un duelo de doble moral, de doble forma de entender el mundo y muchas estaban en el centro intentando sobrevivir.

Recordé como él me golpeaba con el bastón furioso por haberse quedado ciego, pero eso intentaba que no lo viesen mis hijos. Una vieja historia que también se repite hoy día en algunas viviendas, las mismas que muchos conocen e ignoran porque “son asuntos de familia”. Debí haberme ido antes, huyendo con un hombre que realmente me desease, pero me quedé porque era mi deber. Además, él era un pobre imbécil y aguardaba su muerte para liberarme. Al final le llegó la hora creyendo que yo ya estaba muerta.

El crepitar del fuego hizo que abriese nuevamente los ojos y me quedase observando como las llamas danzaban. Amaba bailar cuando era una niña, ir a recitales de teatro y aferrarme al brazo de mi padre sintiendo que siempre me protegería. Fui una estúpida. Él creyó que podría darme un futuro digno este marqués y por eso él se fue a Italia, a llorar la muerte de mi madre, y una vez allí no duró demasiado. No pude ir siquiera a su funeral, pues tenía que hacer de digna esposa y parir a los siete vástagos que logré concebir.


La vida de una mujer de mi época no valía nada, pero ahora tampoco lo es. Siguen oprimidas y esto es gracias a la religión. Esa religión machista impuesta a golpes para someter a la mujer a su esposo y nada más. La hegemonía del varón frente a su esclava. Ojalá la liberación de esta secta católica, como de otras tantas, llegue pronto porque con ello llegará la liberación de la mujer.   

martes, 27 de septiembre de 2016

Mi hijo

Adoro a mi madre...

Lestat de Lioncourt



Desconozco cuántos años habrán pasado, pero supongo que casi han sido veinte desde su nacimiento. Si escribo estas líneas es porque veo en el una clase de determinación que me recuerda a mí. Estoy reteniendo a mi hijo sólo para no sentirme sola, frustrada y llena de dolor. El resto de mis vástagos no han tenido mucha suerte, algunos han muerto y los otros dos, que han sobrevivido, apenas tienen sueños. Lestat es el único que se cuestiona el mundo, intenta luchar contra imposibles y busca soluciones a sus problemas. No lo estoy idealizando, sino que veo en él el hijo que toda madre desearía.

No obstante, desde los diecisiete está cometiendo error tras error. Muchas mujeres del pueblo creen que aún poseemos algo de valor tras los muros del castillo. No tenemos criados, salvo los mozos de las cuadras, y la escasa comida que entra en casa es gracias a la caza, pesca y recolección que hace Lestat y el resto de sus hermanos. Sobre todo que hace Lestat. Él nunca permitiría que la familia pasase alguna calamidad. Pero, esos errores, son hijos que vienen al mundo buscando alimento. Algunos ni siquiera podrían ser de mi hijo, pues sé bien que tienen otros amantes. Aún así tienen la desfachatez de venir a verme. Yo les arrojo monedas, como se hace con el maíz y las gallinas, y las recogen para irse corriendo a alimentar sus miserias.

Ayer mismo eché a dos, casi empujándolas hasta el exterior de la fortaleza. Mi marido preguntaba, desde su sillón, qué demonios sucedía. Ciego, pero no sordo, logró escuchar algo. Yo me eché a sus pies, lloré amargamente aferrada a sus rodillas, y, él me golpeó con el bastón exigiendo que dejase de protegerle. ¿Cómo podía pedirme eso? Él era el más parecido a lo que yo fui.


Pronto llegará el invierno y cumplirá veintiún años. Temo que siga siendo tan protestón y libertino, que se convierta en un ser aún más fiero. Es como un animal encerrado. He prohibido tantas veces su fuga, le he advertido de las consecuencias si su padre se entera que se ha marchado, que creo que ha empezado a aferrarse a mí. Teme que me muera, pero también está temiendo al exterior. Lestat debe irse. Tendré que aprovechar la primera oportunidad que se me presente. Él no va a morir en estas mugrosas y húmedas habitaciones.  

domingo, 31 de julio de 2016

Hogar



Dicen que todos tenemos un lugar al que regresar. Siempre hay una ciudad que nos acoge en nuestros sueños. De algún modo sentimos nostalgia por un trazado concreto, por las miradas indiferentes de los ventanucos de algún viejo edificio, la indulgencia de las plazas modernas, el poderío de los grandes luminosos o el encanto de las coquetas esculturas de alguna fuente. Queremos regresar a toda costa para sentirnos en casa.

Hacía tiempo que sentía que Nueva Orleans no era el lugar al que volver. Era el punto de partida de muchos de mis célebres momentos. Allí fui profundamente feliz y desgraciado. Los buenos momentos, al fin y al cabo, deben pesar más que los peores que podamos vivir. Sin embargo, poco a poco el dolor era cada vez más intenso y mi vida parecía haberse convertido en un pozo de lamentos. También, para ser honestos, siento que todo lo que tenía que vivir en ese trozo de tierra salvaje y elegante que es la ciudad, una mezcla constante de lo nuevo con lo viejo y de distintas culturas, ya no me servía.

Paseé por el mundo durante meses que se convirtieron en años. Recorrí desiertos, manglares, montañas y ciudades llenas de almas tan vacías como las de un maniquí de centro comercial. Me dejé llevar por la música rock de mis auriculares, me coloqué unas gafas de sol y permití que nadie me reconociera mientras miles decían ser yo. El mundo se llenaba de jóvenes queriendo imitarme de forma torpe.

Sin embargo llegué al lugar al cual creí que jamás regresaría ni en mis peores pesadillas. Era Auvernia. Llegué una fría noche de invierno donde todo estaba nevado del mismo modo que aquella mañana cuando ensillé mi yegua, tomé mi escopeta con munición y dejé que mis mastines me acompañaran a matar a los lobos que me harían leyenda. De fondo el aullido de uno de esos animales, de los que tuve que matar sin opción alguna por pura supervivencia del ganado, me dio la bienvenida como si supiera que el “Matalobos” estaba de nuevo en casa.

La silueta ruinosa de mi castillo, o mejor dicho del castillo que perteneció a mi familia, aparecía desdibujado como un montículo de piedras mal colocadas. Suspiré sintiendo cierta ansiedad porque ante mí, ante mis ojos, se presentaba el lugar donde habían muerto mis hermanos. Ellos nunca me quisieron del todo, no me apoyaron en mis decisiones, pero a la vez siendo que hubiesen dado la vida por mí, por salvarme y por ayudarme. Tal vez aquellos tiempos eran tiempos de egoísmo porque se vivía en una constante selección natural. La ley del más fuerte se imponía incluso en el seno familiar y ellos me detestaban porque nuestra madre, fría e inaccesible para todos, me refugiaba entre sus brazos y asesinaba a cualquiera con sus ojos grises.


Me percaté que algo en mí me pedía construir el castillo y vivir allí. Sentí que sería como los vampiros románticos más clásicos. Me convertiría en una leyenda aún mayor. Pero, sobre todo, volvería a un sitio al que llamar casa. Dejaría de rodar. Podría meterme en mi cama y aspirar el aroma familiar del bosque que aún se extendía por el valle.  

Lestat de Lioncourt 

lunes, 13 de junio de 2016

Raíces

Sentado aquí, en este escritorio donde he tenido que firmar tantos documentos importantes, siento que el mundo ya no es lo mismo. La concepción de la vida ha cambiado para mí. He afrontado demasiados retos importantes en un espacio breve de tiempo y esto ha hecho que las muescas se acumulen en mi alma. Las heridas no son muy importantes, pero los conocimientos y recuerdos adquiridos valen su peso en oro. En los siglos que he vivido jamás he visto décadas tan turbulentas y extrañas como las últimas en las que me he visto sumergido.

Debería presentarme, aunque creo que ya no es necesario. Tampoco es necesario que explique demasiadas cosas. Si estás aquí es porque me conoces y sabes lo que ha sucedido a lo largo de estos años. Hemos crecido, sufrido, amado y llorado juntos. No, no he llegado a odiar. Soy un hombre que no sabe odiar. Desconozco como alguien puede detestar algo que ha amado. No guardo rencor ni odio alguno a los que no han confiado en mí, a todos aquellos que me han lastimado o se han desprendido de mi mano para alejarse de mi camino. No los juzgo pero no puedo decir que no me importa. Siempre importa.

Hace unas noches conversé durante horas conmigo mismo en compañía de un amigo que siempre está ahí, que ha dejado de ser una pregunta en el aire para ser una realidad, y que muchos ya conocen por su nombre: Amel. Él y yo hemos formado un equipo de nostálgicos que se dejan llevar por los paisajes bucólicos de la viña que una vez quise salvar. Nos sentamos en el alfeizar de la ventana, miramos las estrellas y pedimos deseos como si fuéramos niños que aún creen en la magia. ¿Por qué no deberíamos creer en la magia? Hemos visto y sentido cosas terribles y maravillosas que salen de toda lógica. Así que es plausible que ambos creamos en contar ovejas al dormir y en pedir deseos a las estrellas.


He llegado a una conclusión hace unas horas y es que he recorrido el mundo entero, he visto lo salvaje que puede ser cada uno de sus caminos, he conocido a grandes amigos y también enemigos que han querido destruirme por culpa de mis propios errores hasta llegar al lugar donde nací, crecí y me convertí en leyenda para un pequeño pueblo perdido en un valle. Quizá no es el mejor lugar para muchos, pero mi historia empezó aquí y estas tierras son mis orígenes. Si alguien quiere refugio o ayuda puede venir. Nunca me ocultaré de nuevo.  

viernes, 22 de abril de 2016

Cortando las ansias de volar

Recuerdo esa conversación... juro que creía que hacía lo correcto.

Lestat de Lioncourt


Estaba frente a mí sentado en aquella penumbra mientras me miraba con cierta curiosidad y rechazo. Sabía que él me había convertido obligado por mi deseo de permanecer a su lado, de hundirme con él en una aventura cargada de riesgos y deseos insólitos. Me acomodé en aquel rincón aferrado a mi violín como si fuese un tablón a la deriva en un mar agitado y tomé aire aspirando su aroma. Se había perfumado como cada noche dejando impregnado en el ambiente un aroma dulce y atractivo que en esos momentos rechazaba. Odiaba todo lo que él simbolizaba e incluso me odiaba a mí mismo.

Recordé la primera noche en la cual recobramos el contacto. Apareció como un cazador buscando un animal a la cual arrancarle la piel y lo hizo. Me arrancó el alma dejándome desnudo bajo su imponente cuerpo. Mis piernas rodearon sus caderas y mis manos tiraron de sus revueltos y sudorosos mechones dorados. Dejé que me marcara con sus propios dientes para que ningún otro se atreviera a invadir su territorio, aunque aquel cazador convertido en animal salvaje buscaba otras zonas de conquista fuera de nuestra cama.

Él deseó marcharse del pueblo conmigo ilusionado con una vida mejor sobre los escenarios de la gran capital, pero yo sólo quería ser libre para hundirme en la miseria de un amor peligroso. ¡Y tan peligroso! Aquí en París cualquier fulana con el escote empolvado y perfumado era perfecta, aunque también codiciaba a las pueblerinas. Sin embargo, me convertí en un ser egoísta que pensaba que de algún modo él me pertenecía. Luché por ser el único en su vida y me convertí en un títere roto.

El mismo títere que lo observaba mudo y con las manos temblorosas sobre su emblemático instrumento. Sostenía mi corazón de madera y cuerdas como un niño que ha atrapado un gorrión. Quise llorar pero me contuve buscando fuerzas en la cólera que sentía al haber contemplado en él tantas mentiras. No era el chico fuerte que aparentaba y tampoco el amante desesperado por mis besos. Vi a un hombre común lleno de miedos, de una vida gris y solitaria, arrastrándose con un par de sueños inútiles y con la bragueta siempre bajada para cualquier “dama”.

—Nicolas, creo que deberíamos marcharnos. Mi madre hace algunas horas que decidió salir a caminar al encuentro de alguna víctima—comentó.

—¿Y?—pregunté—. ¿Ahora te preocupa lo que me pase? Ni siquiera querías darme esta oportunidad, maldito egoísta miserable.

—¡Nicolas! ¡Te he dado la vida eterna para que seas mi compañero!—gritó furioso levantándose del sillón donde se encontraba, para caminar raudo hacia mí y levantarme como si no pesara nada. Me agarró de los brazos e hizo que le mirara a esos furibundos ojos azules—. ¡Te he dado todo, maldita sea!

—¿Todo?—dije con una sonrisa socarrona—. Todo salvo lo más preciado porque careces de escrúpulos y sentimientos para ello... Me has dado todo salvo tu corazón que es lo más valioso que posees. Es una lástima que yo te haya entregado mi corazón hace meses—susurré cerca de sus labios mirándolo a los ojos mientras pegaba mi cuerpo al suyo. Intentaba hacerle recordar lo que habíamos sido una vez, pues antes de ser monstruos en mitad de la noche también fuimos amantes que desgarraban sus ropas como fieras y buscaban el cobijo perfecto de un cuerpo contra el otro—. Pero sólo soy la puta de tu cama, la perra que te ladra al llegar a casa y que es capaz de comerse las sobras que tú le has preparado. Así me ves... Una lástima que todo haya cambiado—dije escupiéndole en la cara mientras me apartaba de inmediato—. ¡Vete a cazar hombres! ¡Vete a hacer lo único que sabes! Porque yo me quedaré aquí transformándome en un demonio insaciable para salir luego ahí fuera y arrancarle el corazón a todo aquel que se ponga ante mí.

—Estás loco...—murmuró.

—Sí, ¿y quién tiene la culpa, monsieur Lioncourt?—pregunté.

No hubo respuesta. ¿Qué respuesta iba a darme? Él debió cuidarme y protegerme pero lo único que hizo fue llenar mi vida de mentiras y promesas imposibles. Me hizo creer que el mundo era distinto a como yo lo había conocido. Hizo que mi corazón volara por encima de la realidad y se acomodara en renglones llenos de palabras turbias y apasionadas. Me dejé llevar a la cima del Cielo para ver que los Infiernos me rodeaban incluso en aquel fabuloso vergel. ¿Qué podía decir? Si ni siquiera lamentaba el hecho de mi odio hacia él.


Acabó marchándose solo encerrándome en aquel lugar oscuro y húmedo mientras buscaba a su madre desesperadamente. Desde esa noche hasta su marcha permanecí bajo la supervisión de una mujer que pensaba que era sólo un lastre, que únicamente me había convertido en un obstáculo para su hijo y para ella misma. Nada quedó de los apasionados “Je t'aime” envueltos en sábanas empapadas de sudor y revueltas debido a las salvajes caricias sobre estas. No quedó siquiera un nimio sentimiento de respeto.  

martes, 12 de abril de 2016

Primer amor

Mi madre me ha había pedido que me relacionara con Nicolas porque me ayudaría a conocer qué había más allá del valle y las montañas que siempre me habían rodeado con su eco, su nieve y sus prados verdes en primavera. Lejos del bosque donde era un cazador experto tanto con el arco y la flecha como con la escopeta bien cargada. Más allá del riachuelo sosegado y del molino de trigo. Al otro lado de los viñedos yermos y el castillo húmedo de muros gruesos. Él me liberaría de la carga de ser un ignorante aunque ella me había mostrado la paleta de colores que poseía el mundo con sus poemas, las obras de teatro a las que asistió junto a mi difunto abuelo y las hermosas novelas donde los príncipes tienen escudero leal y grandes proezas, sueños y virtudes.

Había insistido tanto que él era importante y necesario en mi progreso vital, en mi formación como hombre, que dudé en ir a buscarlo. Sin embargo toda duda quedó despejada cuando supe que él poseía un violín y su música era un escándalo para todo el pueblo. Tuvo la osadía de hacer lo que amaba pese a las reglas sociales, los deseos de su padre y las penurias económicas por las que se arrastró sólo por perseguir un sueño. Y yo era un soñador. Siempre fui un maldito y arrogante soñador que se desvivía por comprender el mundo más allá de las reglas básicas y simples que me ofrecían las leyes de Dios y la de los hombres.

La primera vez que lo volví a ver quedé impactado. No era el niño enclenque que recordaba. Su rostro era fino y algo dulce, sus labios carnosos y sus ojos tenían una mirada terrible y oscura. Quedé impactado. Creo que durante algunos segundos dudé si veía a un ángel o a un demonio. Su piel tenía apariencia de seda y sus ropas eran elegantes. Él parecía el noble y yo un mendigo que había estado revolcándose en el lodo. La segunda fue en la taberna y me pareció aún más soberbio y maravilloso que antes. Quería tener su presencia y su clase, pero era un idiota que estaba a punto de eructar como saludo.

Mis modales no eran los más apropiados y él parecía ser inalcanzable. Si bien no me rechazó. Decidió sentarse conmigo y dejar su violín, metido en su delicada funda, a un lado sobre la tosca mesa de la taberna. Todos los hombres nos miraban directamente o de soslayo. Me sentía importante. Él era el diablo de una familia trabajadora, que le habían dado todo, y yo un inútil que se había proclamado héroe al matar a una manada de lobos únicamente porque querían comerse las ovejas. Sin duda éramos El Diablo y Pedro sin sus lobos.

—¿Qué deseas?—preguntó jugueteando con sus largos y hermosos dedos sobre el borde del vaso. Me percaté que sus uñas eran largas y comprendí que era para poder tocar las cuerdas con ellas. No todos los violinistas tocaban de ese modo porque preferían movimientos sencillos, pero había otros que innovaban o intentaban partituras extremadamente complejas. Él se proponía retos imposibles que muchos daban por perdidos antes de tiempo—. Supongo que algo desearás...

Deseaba desnudarle frente a todos, colocarlo contra la mesa y arremeter contra su cuerpo cálido y perfumado. Quería ser el lobo que se alimentara del cordero, la alimaña que destruyera por completo el honor de su familia y el demonio mayor de ese reino de hipócritas y bestias. Pero sólo sonreí dando un trago a mi vaso para servirme un poco más de la jarra de barro. El vino sabía bien en su compañía y él parecía impaciente.

—Te he hecho una pregunta y creo que es de mala educación no responderla—dijo colocando sus manos sobre el borde de la mesa—. No somos niños para que juegues a los aciertos.

—Me gustaría hablar en privado contigo. Todo lo que diga aquí será visto y oído por todos y mañana nuestra conversación, nuestros pequeños secretos y desgracias, se propagará por todo el pueblo de boca en boca tergiversando cada palabra y retorciendo cada frase. Deberías saber como son los zopencos que nos rodean—dije en un tono de voz suave, casi aterciopelado, pero lo suficientemente alto como para que todos me escucharan—. El hijo del burgués más rico del pueblo y el hijo pequeño del marqués haciendo negocios, ¿cómo crees que suena eso?—pregunté—. Prefiero subir arriba, a una de las alcobas que alquilan, con una botella de vino y tu violín. Puedes tocar para mí mientras hacemos negocios. Me gustaría saber por qué todas las mujeres de la villa se persignan al pasar por el negocio de tu padre, lamentándose de su suerte, y clamando justicia a los cielos como las pazguatas que son.

Algunos hombres se echaron a reír pero otros se sintieron profundamente ofendidos, sin embargo no podían levantarse contra mí. Se notaba que me temían demasiado y que sabían que ebrios no lograrían nada como tampoco lo harían sobrios. Allí estaban con sus orbes incandescentes clavándose en nosotros con un odio insoportable o con sus carcajadas con olor a vino.

Nicolas accedió a mi petición y subimos a la habitación. Él comenzó a tocar para mí con una irresistible melodía. Por unos momentos vi una de esas míticas sirenas cuya voz era proyectada por las cuerdas de su instrumento. También parecía un silfo que danzaba en un círculo de magia ancestral. Él era hermoso y yo me sentía un patán con una revelación divina frente a mí. Cuando paró para preguntarme si deseaba oír otra pieza lo arrojé a la cama, le arrebaté el violín y lo besé sin tregua. Él pudo resistirse, empujarme y huir porque no era tan débil físicamente como aparentaba, pero lo único que hizo fue corresponderme.

Hoy he regresado al mismo lugar donde conocí el cuerpo de un hombre por primera vez, donde arrebaté mi primer beso de amor y dejé que mi alma se prendara de una música que podía ser considerada demoníaca por no ser tocada dentro de los muros de iglesia. Ya no existe nada que deje constancia de aquella taberna, ni de los hombres que allí vivieron ni de los sueños que nosotros nos ofrecimos como consuelo y abrigo. A lo lejos puedo ver el castillo desdibujado en mitad de la noche y las estrellas alzándose como siempre, con su mismo brillo y poder, completamente imperturbables. Lo que hoy es un solar en una calle casi desértica y olvidada hace siglos era un río de risas, canciones, brindis, peleas y gemidos. Me pregunto si queda algo más en este mundo que mis recuerdos y los viejos sueños ahogados en París.


Amo a Louis. Mi corazón siempre le ha correspondido desde que lo conozco, pero admito que parte de mi alma se retuerce pensando que quizá debí comprender mejor a Nicolas y su amor. No comprendí a mi primer amante, a mi primer amor, a la primera persona que estuvo dispuesta a luchar codo a codo conmigo por la libertad y al primer hombre que no me quiso golpear por insolente. Desearía tumbarme a contemplar las estrellas y tararear aquella melodía, pero siento que sólo haría el ridículo porque él no vendría a mí para continuarla. Si hoy escrito estas letras en un folio cualquiera, el cual quedará sepultado entre otros tantos en el primer cajón de la mesa de mi despacho, es porque si lo dejo aquí, si no lo sacó fuera como debo y quiero, se convertirá en un fantasma que me perseguirá durante meses en mis largos paseos por mis tierras. Mis tierras... ¿quién hubiese dicho que al final el heredero de todo sería yo? Heredero de los hombres, los vampiros y los espíritus.    

viernes, 11 de marzo de 2016

Carta al Diablo

¿Cómo debería empezar esta carta? Es una carta a la nada. No sé siquiera cuál debería ser su dirección y si alguna vez llegará a tus crueles manos. Tampoco sé cómo dirigirme a ti y si deseas que lo haga. Han pasado muchos años desde la última vez que nos miramos directamente a los ojos manteniendo una guerra dialéctica casi imposible. Tú mencionabas de tu dolor y yo te recordaba que sabía cómo era ser el desterrado. Hablábamos ambos en idiomas similares pero distintos. Querías contar tu historia, pero suponía que podías estar mintiéndome. ¿No es lo que dicen de ti? Dicen que mientes continuamente para atrapar a incautos y hacer caer cientos de almas a tu alrededor.

Has cambiado mi forma de contemplar este “Jardín Salvaje”. Ahora veo que puede ser más terrible, impredecible, horrible y fascinante. Ni siquiera yo estoy a salvo, ¿verdad? Ni ahora que me han proclamado “Príncipe de los Vampiros” siendo el más poderoso de todos. Camino inseguro y meditabundo. He recorrido el mundo esta última década pensando en ti. Cuando cerraba los ojos veía tu rostro y podía perfilar cada uno de tus rasgos. Después de conocernos, en esa aventura tan perturbadora, Amel pareció despertar con fuerza y clamar atención.

Memnoch, ya no estoy tan seguro que tú seas un demonio. ¿Cómo puedo estar seguro que tú eres el “Príncipe de los Infiernos”? Ni siquiera sé si esas terribles tragedias que cayeron sobre ti, con todo el peso de “Las leyes celestiales” o “Leyes Divinas”, son ciertas o sólo un intento llamativo para poder capturarme robándome el cuerpo como han hecho otros? Ni siquiera Amel tiene respuesta para lo que ocurrió.

Llevo varios meses conversando arduamente con él. Me he sentado en mi biblioteca favorita, incluso hemos hablado en la de Armand en Nueva York, y en las ruinas reconstruidas de Maharet y Khayman. He observado las estrellas contándolas una a una pacíficamente mientras escuchaba la voz sobrenatural que hay en mí. Él me ha contado tantas cosas, Memnoch. Cosas que tú no me contaste en su día. Me ha hablado de un abismo similar al que tú haces continuas referencias en nuestro relato, pero no hay nada sobre ti. ¿Tal vez fue después tu caída? ¿Quizá sólo eras otro espíritu similar al de Amel? ¿Puede que quisieras lo mismo que él ha conseguido? Todos los días me dice que es feliz porque puede vivir conmigo las sensaciones más maravillosas. Ambos somos uno y a la vez somos dos seres diferentes. ¿Y tú? ¿Qué ha sido de ti? ¿Sigues buscando esas almas para presentar ante Dios? ¿Existe realmente Dios? Otros vampiros dicen hablar con ángeles, pero estos también coinciden que soy un estúpido y un estrafalario.


Tal vez debería dirigirme a los vampiros anteriormente mencionados, ¿verdad? ¿Pero y si están confundidos como yo lo estuve en su momento? ¿Y si lo que ve son espíritus que toman la semejanza de los ángeles de los viejos frescos italianos? Debería alejarme de estas ideas, pero no puedo. Intento hacerlo continuamente porque son rematadamente inútiles ya que nadie me dará una solución válida. Ni siquiera tú podrías darme la solución a mis interrogantes. Nadie ha podido. Sin embargo estoy aquí en mi despacho en mi fortaleza en Auvernia, redactando con buena letra una carta que es una plegaria a un vacío insondable, mientras que tú quizás ya sabes todo lo que siento y te burlas de mí sintiéndote satisfecho por haber sembrado dudas en mi alma.  


Lestat de Lioncourt 

martes, 8 de marzo de 2016

Esto me lo ha entregado Armand. Todavía conserva ciertas memorias de Nicolas... 


Lestat de Lioncourt


Me vi obligado a volver a ese pueblo. Odiaba tener que marcharme de París por indicaciones del abogado de Lestat. Él ni siquiera se había dignado a conversar conmigo unas pocas horas. Desde hacía meses apenas sabía de su paradero y era casi imposible poder verlo frente a frente. Había huido en mitad de la noche como un fugitivo y no había regresado. Tenía mayor relación con aquel hipócrita de buenas palabras que con quien me arrojaba a las sábanas tentándome como un demonio, hundiéndome en sus peligrosos deseos y destruyendo poco a poco mi cordura. Extrañaba sus besos y el perfume del sexo regado por las sábanas, pero no podía quejarme.

Lestat mantenía callada mi voz con un apartamento mucho más glorioso que aquella boardilla, la cual me hacía sentirme más refugiado de mis penas y amarguras, y con clases particulares de violín que sentía tan aburridas como las conversaciones de las damas de clase alta que en ocasiones iban a escucharme tocar.

Sin embargo había dado mi palabra. Tenía que regresar a Auvernia para encontrarme con ella. Debía hacer que su viaje a Italia fuese idílico. Me iba a convertir en su perro faldero, aunque Lestat creía que la protegería de todo mal en los caminos que nos llevarían a Roma y después a Venecia. Deseaba que su madre tuviese sus últimos años de gloria, aunque yo sabía que iba a morir mucho antes de llegar a su tierra natal. A veces el amor de un hijo no quiere ver la verdad que esconde el dolor en los huesos de una madre. Gabrielle podría ser soberbia y fuerte en apariencia, pero tras la coraza había un ser que se moría podrida por el dolor y la humedad.

—¿Qué hace aquí?—preguntó arrojada en la cama con un hilo de voz.

Me condujeron rápidamente hasta su alcoba. Sus hijos mayores parecían revolotear a mí alrededor al ver el caro vestuario que vestía, así como al comprobar que les ofrecía sin reparos una bolsa con una fuerte cantidad de dinero. Ellos, que nos despreciaron a su hermano menor y a mí desde el primer momento, se convirtieron en aduladores de palabras gentiles. Por mí podían irse al infierno y no regresar jamás.

—Su hijo me pidió que viniese a buscarla—respondí aproximándome a la cama.

—Váyase, maldito diablo. No quiero ir a ninguna parte. Váyase y déjeme morir en paz—dijo girándose en aquella cama húmeda por el sudor de su cuerpo. Estaba febril y débil.

—Al menos permita que la vea. Por favor, no sea terca—dije sentándome en el borde de los pies.

—Me está pidiendo que mi hijo me vea así, ¿eso me está pidiendo?—preguntó incorporándose para alcanzar a verme—. Si él quiere verme que venga aquí y me tome de la mano en mis últimos días de vida. ¡Pero no! ¡Tiene que mandar a la perra que gime en su cama con descaro e insolencia! ¡La misma perra que se sienta en mi cama y me pide que no sea terca! ¡Le haré un favor, Nicolas, y es que no le humillaré lo suficiente!—decía intentando mostrar su fuerte carácter—. ¡Váyase y no regrese! ¡Váyase con él y hágalo feliz! ¡Ni siquiera es capaz de cumplir ese único favor que le pido!

Esas palabras me hirieron. Aquella conversación fue tan dolorosa que acabé llorando amargamente. Amaba a Lestat de mil formas y él ni siquiera era capaz de darme nada a cambio. Su madre me despreciaba y sus hermanos serían capaces de cualquier cosa con tal de burlarse de mí, aunque ahora con aquellos regalos había provocado que me sonrieran de forma amable.

—¿Está llorando?—dijo sentada en la cama.

—¿Acaso importa, señora?—murmuré con la voz quebrada.

—Hábleme—susurró.

—Su hijo desapareció una noche y durante semanas esperé como cualquier mujer que aguarda a su marido de una guerra. Pensé que había podido huir, pero también que alguien pudo secuestrarlo para acabar con él. Hay mucha envidia entre actores y él empezó a destacar con rapidez—comenté incorporándome mientras me giraba con el rostro bañado en lágrimas—. Esperé una respuesta digna, pero sólo tuve cartas llenas de mentiras y dinero. Sé cuando Lestat miente, señora. Sé cuando dice una sola mentira. Él me mentía y no había motivo para ello—mis manos temblaron mientras las llevaba a mi corazón—. Él me juró mil veces amor y empecé a escuchar rumores de su boda con una rica heredera, después ese dinero sucio con el que me visto y como, luego este viaje… No es capaz de decirme la verdad y sé que la verdad es más siniestra de lo que él me cuenta…


—Iré con usted—dijo seria—. Iré con usted a París a verlo a él. Me estoy muriendo, Nicolas. No voy a poder ir a Italia ni a recorrer mundo como él desea. Voy a morir y si tengo que morir deseo saber la verdad—se incorporó y caminó encorvada por la habitación—. No se quede mirando, joven, y ayúdeme. 

jueves, 14 de enero de 2016

Los dos, siempre los dos.

—¿Debería admitirlo?—preguntó rompiendo el silencio.

Había estado allí de pie, junto a la ventana, contemplando el campo. La vid había sido recogida hacía meses, pero aún podía verse los troncos de los árboles esperando florecer de nuevo. La nieve caía amontonándose en el camino, pero también sobre las copas de los lejanos árboles y las montañas que parecían más diminutas que hace algunos siglos. En esa ocasión las estrellas no iluminaban el cielo nocturno, tan oscuro como magnífico, sino que las nubes cubrían todo dándole un aspecto temible.

—¿Qué deberías admitir?—dije sentado en mi butaca predilecta. Era de respaldo alto, mullido y con orejas. Estaba forrado con una tela gruesa en color burdeos, pero tenía un estampado bordado de flor de lis. Las patas de aquella maravilla, cómoda y elegante, eran de león. A mi lado estaba el fuego, consumiendo la leña, y arriba de éste, sobre la chimenea, un reluciente escudo familiar con dos leones furiosos y rosas a sus pies.

Estaba en mi castillo. El castillo que había pertenecido a mi familia. El lugar donde había sido infeliz, pero a la vez inocente y soñador. Estaba allí con él, guarecido de todo y nada. Asumía mi papel de maldito entre los malditos, pero también como bendito entre los proscritos.

—Que me siento feliz de estar aquí—susurró.

Llevaba una camisa blanca de algodón, abotonada hasta el último botón, y un chaleco verde cacería muy elegante. El chaleco estaba confeccionado con tela de pana, pero sus pantalones eran de vestir y bastante sencillos. Vestía como siempre había vestido: con una elegancia y una clase que pocos podían tener. Eso sí que era criollo.

—No hacía falta que lo admitieras, pues lo sabía bien—respondí cruzando mis piernas.

Llevaba botas altas, de montar, y unos pantalones adecuados para ello. Había salido allí fuera, con la ventisca y la nieve cayendo cubriendo cada grieta de mis tierras, con un grueso abrigo y mi caballo. Decidí salir como aquel día, pero regresé ileso. Tuve que hacerlo. Necesitaba sentir el aire húmedo y frío calando mis pulmones. No enfermaría, pero sí sentiría el aire cuarteando mi cara y mi cabello humedeciéndose mientras se movía salvaje. Y, en ese instante, había regresado para tomar calor al lado del fuego.


Se apartó de la ventana y caminó digno hacia mí, pero acabó sentándose sobre mis piernas tomándome del rostro. Sus rodillas quedaron a ambos lados de mis caderas y sus glúteos sobre las mías. Tenía las manos muy cálidas, o tal vez mi rostro aún estaba ligeramente congelado. Sus labios se posaron sobre los míos y noté como su sangre, cálida y viscosa, se colaba en mi boca. Yo me hice también un corte en mi lengua, con mis colmillos, y cedí parte de la mía. Aquel beso se volvió apasionado, pero finalmente tan sólo quedamos abrazados, el uno contra el otro, cerca de la chimenea mientras la nieve seguía cayendo.

Lestat de Lioncourt   

lunes, 4 de enero de 2016

Fanfic - Regalo de Reyes - Amar es dejarse llevar II

El narrador de ésta historia, quien lo cuenta, es alguien cercano a ambos. Pobre desgraciado... ¡Creo que sólo tiene celos!

Lestat de Lioncourt


Noche lluviosa y fría en Auvernia. Los árboles se quejaban doblándose fuera. La ventisca era intensa, pues tenía ráfagas de aire bastante fuertes capaces de arrancar árboles, aunque no hacía el suficiente frío como para que nevera. Ese año aún no había caído ni un copo. Era extraño ver el paisaje invernal de ese modo, estando a primeros de Enero. Sin embargo, no había nada que hacer. No se podía controlar un tiempo que se estaba destruyendo por culpa de la contaminación del hombre, sus deseos insaciables de destruir el mundo a cambio de monedas y billetes. Nada. Uno no puede hacer nada si el resto camina al contrario.

Semanas atrás había sido casi imposible caminar por París, una ciudad que no estaba muy lejos de donde se situaba el castillo, debido a seguridad tras los atentados y a la gran afluencia turística. Muchos enamorados seguían decidiendo ir a la ciudad del amor, la moda, la alta cocina y robo a mano armada en las diferentes céntricos cafés, restaurantes y terrazas de todo tipo. Aún así el negocio estaba en auge.

Auvernia era muy distinto. Aún era un pueblo olvidado de la mano de Dios. Todavía el turismo no acudía en masa. La ladera seguía teniendo los animales más afortunados de la región, pues nadie los espantaba ni cazaba. El castillo se mostraba siempre imponente, con algunas luces encendidas, convertido en una llama que avivaba el corazón de un pueblo que estaba condenado a ser olvidado. Pero ya no.

Lestat había reconstruido éste piedra a piedra, invirtiendo una gran suma de dinero e ilusiones. El constructor, como todo su equipo, vivía no muy lejos. Todavía quedaban salas por terminar, pero era habitable y él disfrutaba de aquel lugar como nunca.

Louis estaba allí, convirtiendo sus días y noches en algo distinto. Sin olvidar un cachorro de mastín que había adquirido recientemente, fruto del amor de su madre, y el propio Amel que coexistía en su mismo cuerpo. Por así decirlo, Lestat no sentía la soledad en ese momento. Había encontrado lo que necesitaba, lo que siempre había estado buscando.

—Viktor dijo que vendría—murmuró Louis mirando el gran reloj de la sala.

Era un reloj de péndulo, el cual había que darle cuerda de vez en cuando, y que se mostraba imponente, sofisticado y como una decoración más que como algo útil. Lestat sólo lo miraba para regodearse en su buen gusto, pero para nada más. Nunca echaba en cuenta las horas, pues para él siempre era demasiado temprano. Un vampiro como Lestat podía despertarse cuando el sol aún estaba en el cielo, reinando con cierta soberbia, y podía marcharse a descansar después del amanecer, casi a medio día.

Su mártir, su filósofo eterno, su piadosa muerte y, en definitiva, su corazón estaba inquieto. Siempre vivía inquieto. Jamás era del todo feliz. Buscaba cualquier excusa para mostrarse abatido o infeliz. Fuese cual fuese. Era algo intrínseco, como le ocurre a los humanos. Los humanos nunca son felices por completo, siempre están insatisfechos y quejosos de cualquier cosa. No importa el contexto. Jamás se sienten dichosos y siempre mejorarían sus vidas, se lamentan por cosas ocurridas en el pasado y sufren terriblemente. Lestat también lo hacía, como no, pero optaba por callarse y asumir un drama mucho más intenso. El Príncipe de los Vampiros vivía un duelo eterno consigo mismo, con sus deseos y frustraciones. Itnentaba poner remedio a sus torpezas y fracasos, alentándose así mismo y no hundiéndose. Pese a la soledad en la cual vivía, que siempre le rondaba con sus manos frías similares a la muerte, él no se dejaba ahogar por las penas. Sin embargo, Louis estaba encantado.

—Si no te lamentas no eres feliz—resopló tras el periódico.

Aún compraba el periódico. De hecho compraba periódicos de diversos lugares del mundo, de indistinta ideología, y conseguía así cuestionarse todo e informarse a la vez. Como todos los vampiros, jóvenes o viejos, tenía manías y costumbres. Él, sin duda alguna, tenía esa y no podía evitarlo.

—¿Me estás llamando melodramático?—preguntó Louis ofendido. Éste dejó el libro que tenía entre sus manos a un lado, colocándolo a pocos centímetros de él en el asiento libre entre ambos.

—¿Acaso no lo eres?—dijo sin perder el hilo de sus lecturas—. Vaya, al parecer los productos hindúes están revolucionando el mercado tecnológico...

—¡No me cambies de tema de conversación!—exclamó tomando el libro, para luego lanzárselo con fallida puntería.

El libro aterrizó contra el suelo, quedando abierto con el lomo, la contraportada y portada hacia arriba. Lestat había logrado esquivarlo, y su periódico también. Las memorias de aquella actriz famosa, de cine y teatro, habían sido arrojadas en vano.

—¡Contesta!—gritó arrancándole el periódico.

—¡Mi periódico! ¡Iba a mirar como iban mis inversiones en bolsa!—refunfuñó—. Louis...

—Si vas a quejarte de mí, de mi forma de ser y sentir, por favor te pido que seas valiente y lo hagas a la cara. ¡Mírame!—dijo agarrándolo del cuello de su camisa color cereza.

Desde que Lestat le había dado de nuevo la sangre, pasando por lo que ahora sabía a ciencia cierta, Louis había despertado. Ya no era tan lánguido ni se dejaba vencer con facilidad. Era ligeramente más terco y parecía encajar mejor las discusiones. Por eso acabó sobre las piernas de Lestat, con la frente pegada a la suya y sus ardientes ojos verdes fijos en los azul grisáceos, con fabulosos toques violetas, que Lestat poseía.

Ambos eran muy distintos físicamente, pero también sus almas lo eran. Lestat era terco, orgulloso, amaba las discusiones y también meter las narices en asuntos que no le debían siquiera importar. Siempre ha estado inmerso en problemas por querer indagar en cuestiones tóxicas, inapropiadas o fuera de la ley. Amaba trasgredir normas. Pero también amaba seguir otras tendencias, como la moda. Llevaba prendas que había visto anunciada en distinguidas boutiques, pantalones tejanos de diseño harapiento y unas botas de punta ligeramente alargada, con algo de tacón, que Louis le había comprado recientemente. Tenía la imagen de un muchacho rebelde, aunque intentase por todos los medios parecer clásico. La chaqueta de cuero estaba tirada, de cualquier modo, en el sillón de orejas próximo, y estaban junto a sus gafas de sol y unos guantes sin dedos que usaba para conducir sus deportivos o su amada harley. Louis era más precavido, y alimentaba su curiosidad con preguntas a otros. Nunca se exponía demasiado al gran público, aunque había tomado decisiones precipitadas y temerarias en los últimos tiempos como salvar a Rose de aquella horrible institución. Su ropa era más clásica. Su camisa tenía unos botones menos llamativos, del mismo color negro que la tela de la prenda, y sus pantalones eran de vestir y llevaba chaleco. Lestat tenía el pelo suelto y rebelde, pero Louis lo tenía recogido y bien peinado.

Dos seres distintos que se atraían a la vez que discutían. De hecho, las discusiones mantenían la llama encendida. Pues del mismo modo que se gritaban, se besaban. Y eso ocurrió. La ropa no tardó demasiado en desprenderse de sus cuerpos y quedar ambos sobre la alfombra de imitación de piel de oso pardo.

—¿Tienes dosis?—preguntó Louis aceptando que Lestat mordisqueara su lóbulo derecho.

—Sí, tengo parches en la chaqueta—susurró.

—¡Y por qué tienes parches ahí!—dijo tomándolo del rostro para que le respondiera.

—Tengo parches en muchas de mis prendas—respondió con una sonrisa divertida—. Así siempre los tengo a mano...

—Para usarlo con golfas...—musitó arrugando la nariz, deseando salir de allí.

—¿Te estás llamando golfa?—preguntó echándose a reír—. La única golfa que deseo eres tú, imbécil.

Estiró su mano tomando la prenda, logrando que cayera cerca de ambos. Del interior de uno de sus bolsillos sacó un par de parches, los cuales acabaron sobre el vientre de Louis y el suyo propio. Los besos se encendieron y sus cuerpos también. El calor sofocante de una llamarada, de fuego abrasador, parecía haberse iniciado en ambos. Sobre todo, el calor entre sus piernas. Ambos miembros se endurecieron aún más, mientras sus labios se seducían con lujuria y necesidad.

Louis jadeaba bajo, permitiendo que los dientes de Lestat rasguñaran su perlada piel. Sus pezones, estaban duros, y parecían necesitados de caricias, por eso acabaron pellizcados, e incluso mordidos, mientras sus piernas se abrían y sus caderas se elevaban. Quería sentirlo dentro de él, rompiéndole en dos. Necesitaba olvidar la discusión, la angustia y cualquier penuria con el cuerpo de quien siempre había sido su único amor.

Él nunca había amado antes. Jamás se entregó a otro hombre. Se había sentido tentado por algunos muchachos, también por alguna mujer. Pero el amor era imposible. Al único hombre que había amado de forma sincera fue a su hermano, y era un amor puro y para nada pecaminoso. Lestat le recordaba a él en algunos aspectos, pues le había salvado del mundo del mismo modo que Paul había querido salvarlo a él. Un mundo que se había convertido en un libro salvaje, un jardín paradisíaco lleno de demonios, gracias al pacto que hicieron. Lestat era su demonio, su Lucifer particular, y él un idiota que se dejaba tentar con facilidad.

La lengua serpenteante de Lestat formaban pequeños caminos insinuantes, muy excitantes, que alentaban al deseo. La punta húmeda y ágil había jugueteado cerca de su ombligo, bajando hacia su vientre y rozado el inicio de su sexo. Sus muslos temblaron, aunque en realidad Louis se agitó por completo. El latido de su corazón y respiración eran acelerados.

—Hazlo, hazlo... —le animó hundiendo sus largos dedos en el cabello rubio de su amante.

Lestat no estaba dispuesto a ir tan rápido, así que simplemente lo giró dejándolo de espaldas a él, para comenzar a lamer entre sus nalgas. Hundía su lengua en aquel pequeño orificio, el cual estaba deseando ser penetrado con rabia y erótica violencia. Los gemidos de Louis no tardaron en elevarse hasta el techo, justo donde se hallaban las hermosas lámparas que habían adquirido hacía unas noches. Sus gritos de placer rebotaban en cada esquina, como si quisieran derribar los fuertes puros repletos de viejos escudos y pendones con el símbolo de la casa Lioncourt.

Y, entonces, en medio de ese salvaje placer llegó otro mayor. Lestat lo penetró con fuerza, sin previo aviso, provocando que Louis hundiese su cabeza entre sus delgados brazos. Así, acorralado contra el suelo, se le acentuaba aún más la cintura. Era menudo, mucho más que Lestat, aunque con las prendas solía parecer más masculina su figura.

Gruñían, gemían y se confesaban palabras sucias. Lo hacían sintiéndose libres, sin nadie que pudiese verlos, pero no fue así. Viktor y Rose entraron en el gran salón encontrándose la escena. La joven sólo se llevó las manos a la boca y abrió los ojos, atónita, mientras que el muchacho simplemente observó con curiosidad como su padre “domesticaba” a la fiera. En ese instante Louis llegó, manchando la alfombra con su semen, y poco después lo hizo Lestat.

—Ya no veré igual a esa alfombra—murmuró Viktor haciéndose notar.

—¡Lestat! ¡Mi ropa! ¡Lestat! ¡Aparta!—dijo al girar su rostro y ver a ambos, allí de pie, observando la escena—. ¡Tus hijos, Lestat!

—¡No digas que somos hijos suyos! ¡Me hace sentir sucia al acostarme con Viktor!—reprochó Rose ocultándose tras el doble perfecto de Lestat, aunque ligeramente más alto y fornido.

—No digas tonterías, Rose. He conocido familias infectadas por el incesto. De hecho...

—No es momento para hablar de historia, ¿no crees?—dijo riéndose su hijo. Su propio vástago se burlaba de esa escena, pero en sus fueros internos había imaginado a Rose bajo su cuerpo.

Se preguntó, como no, si era así como se veían cuando hacían el amor. Louis tenía ciertos rasgos similares a Rose. Era de cabello negro como el ébano, ojos claros, piel delicada y de aspecto frágil. Y él, como no, era la viva imagen de su padre.

En aquellos momentos, mientras Louis intentaba huir y Lestat correteaba tras él, recordó la noche anterior. Rose tenía sus senos perfumados y envueltos en un sofisticado dos piezas negro lleno de encaje, y alguna pedrería, que él mismo había comprado y elegido. Ella se dejó hacer, como si fuera una esclava sexual dominada por los más bajos instintos. Sus manos pequeñas y finas habían masturbado su miembro, masajeado sus testículos, y erizado su piel con sus largas uñas. La lengua de su amante era sensual y atrevida, para nada tímida como era fuera de la cama.

Nada más recordar sus ingles calientes, su vagina húmeda y receptiva, se excitó deseando tener los parches a mano. Podía robar los de su padre, llevarla a su habitación y hacerla suya. Deseaba susurrarle palabras sucias y terribles, hacerle proposiciones deshonestas y lamer su cuello antes de tirarla a la cama, penetrarla con fuerza y hacerla sentirse acorralada, y aplastada, por el peso de su cuerpo.

Su padre finalmente fue arrastrado por Louis hacia su habitación. El efecto de los parches eran más duraderos, pues se iba dosificando poco a poco y no era tan directo como las inyecciones. Y, allí, a disposición suya quedaron los parches. Sin embargo, recordó que no quedaban femeninos. Que no podría ofrecerle el mismo placer a su encantadora Rose. Así que desechó la idea, aunque se giró y la tomó del rostro sonriendo perversamente.

—Hoy te libras, amada mía—dijo apoyando su frente sobre la de su acalorada, y algo asustada, muchacha—. Pero mañana el lobo vendrá a comerte—susurró agarrándola de la cintura, para besarla de forma apasionada.

Y, os puedo asegurar, que de tal palo tal astilla. He intentado por todos los medios que Viktor no sea como su padre. Sin embargo, cada día compruebo que la genética va más allá del color de ojos, algunas patologías y diversos mecanismos de defensa. Esto va mucho más allá. ¡Sobre todo porque me tienen que contar sus juegos sexuales! ¿Acaso yo cuento los míos con Seth?  

jueves, 10 de diciembre de 2015

Su luz

Admito que así fue... ¿y qué? Éramos jóvenes...

Lestat de Lioncourt 


Regresé a casa, como la oveja negra del rebajo. Mi padre me marcó nada más llegar y soltar mis bártulos en la puerta. Sus ojos centelleaban ira y sus manos poseían la aspereza que tan bien recordaba. Jamás me aceptó como un hijo modélico, pero era el único que tenía. Intenté ser tal y como él esperaba, me ofrecí como carne de cañón para un infierno peor que el inimaginable. Ni el fuego más ardiente, ni las fieras más terribles, pueden compararse con la mirada de rechazo, odio y quebranto de mi padre.

Él había trabajado duro durante años para darme una esmerada educación. Me había echado fuera del pueblo, arrastrándome por las calles heladas, pues pensaba que llegando a París me haría un hombre de provecho, estudiaría y sería un portentoso abogado. Sabía bien que tenía una oratoria excepcional, propia de un demonio que desea comprar tu alma, y él me había educado para no sentirme inferior a los nobles.

Sin embargo, cuando llegué me vi a un hombre hundido en la verdad. Había observado como mis pasos no habían dado frutos, como su esfuerzo no era el idóneo y yo, como no, torcía mi camino porque prefería hacer otro distinto. Para él la música era un tema de ilusos, zarrapastrosos y mendigos. Ensuciaba el buen nombre de la familia, el cual era de gente honrada y trabajadora. Decidió entonces que me enseñaría el oficio de la peletería y aprendería a amar sus callos, que serían los míos, así como el dolor que se clavaría en mi alma. Quería que viese cuan equivocado estaba.

Durante semanas caminé por las húmedas y heladas calles empedradas, llenas de cuestas y casas humildes. Me ahogué en el alcohol por las noches, en las mañanas observaba a mi padre y atendía a sus clientes, y por las tardes daba lustre a las botas, limpiaba con afán los útiles de mi padre y sufría aprendiendo a como curtir la piel de los diversos animales. Esas noches eran placenteras, aunque comenzó a aflorar en mí pensamientos amargos y desquiciados.

Solía componer antes que llegara el amanecer, tras varias jarras de vino tinto. Escribía poemas, pequeños actos de teatro y partituras. Eran numerosas las obras que acumulé en unos pocos días. Todo ese trabajo se lo debía al rufián del pueblo, el hijo menor del noble, que había sido compañero de juegos y travesuras en mis días dorados. Cuando éramos niños aquel infeliz y yo, ambos sin sentirnos distintos o divididos por el linaje que nos separaba, solíamos reunirnos con otros muchachos cerca del lugar donde habían quemado a las inocentes brujas. Él solía llorar allí, mientras que yo sentía una fascinación terrible por la tierra quemada y los árboles retorcidos, negros y secos de aquel terrible paraje.

Llevaba casi un mes observándolo, sin poder apartar mi mirada de sus encantos y como todas las mujeres, sin excepción, caían en sus brazos. Solía entrar en los graneros, cobertizos y pequeños huertos a fornicar con las lozanas muchachas, sus madres e incluso con mujeres maduras que se sentían honradas de ser tentadas por unos dedos jóvenes. Él nunca tenía escrúpulos. Ni siquiera poseía vergüenza para negar sus besos, encuentros e hijos regados por todo el pueblo.

Solía ir tras él, ocultarme en una esquina y observar como levantaba sus faldas. Ellas se dejaban llevar al éxtasis más placentero mientras él, con su alborotada melena rubia, gemía y gruñía como un animal salvaje. Me sentía excitado al ver y escuchar esas escenas, pero no porque yo me imaginara junto a ellas. Aquel libertinaje me quemaba como el fuego a las brujas y corría a mi casa con las mejillas sonrojadas. Sólo me calmaba tocando el violín, despertando así a mi padre, y provocando que su grueso cinturón crujiera sobre mi espalda.

Cuando logró acabar con aquellos lobos, animales indómitos y terribles, rogué a mi padre ser quien los entregara. Él pensaba que era porque deseaba ser amable y servil, pues era mi nuevo oficio y jamás serviría para algo más que sentirme humillado por los nobles, los cuales me darían de comer en un futuro. Si bien, los Lioncourt hacía años que se hallaban arruinados y con el agua al cuello. Eso lo sabía bien, pero todavía tenía tierras y sus hijos podían hacer que aquellos terruños volvieran a ser viñas.

La verdad es que deseaba verme a solas con él. No dudé en acercarme a sus ideales, escuchar sus impertinencias y escuchar su risa llena de vida. Vi en él la luz que a mí me faltaba y me aferré a él como si fuese lo único que pudiese hacer en éste mundo. Quise recobrar la amistad y algo más, pues podía complacerle mejor que cualquier mujer en la cama.

Días después de nuestra primera conversación, tras tantos años, me invitó a montar a caballo. Él tenía unos cuantos en su cuadra, algunos pertenecían a sus hermanos mayores que casi nunca montaban. Los animales estaban allí, esperándonos, pero yo sólo deseaba estar a solas junto a sus ásperas manos curtidas por el rifle de caza, las riendas y las labores más duras en la cuadra.

—Aquí está, es mi nuevo caballo—dijo golpeando suavemente su lomo. Era negro, como la misma noche—. Era de mi hermano, pero él ha conseguido uno mejor. Dentro de unos días lo tendrá aquí, tendré que ayudarlo a domar a la fiera...—comentó entre carcajadas.

—¿Sabes domarlos?—pregunté apoyándome en una de las columnas de madera.

—Por supuesto, igual que a las mujeres. Ellas son fieras en la cama, pero cuando estoy entre sus muslos cambian y se convierten en serpientes sin veneno—sonrió descarado, para luego codearme—. Tú me entiendes. Así son las mujeres.

—No, no te entiendo—respondí con una sonrisa fría, aunque intentaba que mis celos no se descontrolaran.

—Has estado en París, ¿no? Las mujeres allí son mucho mejores que en los pueblos, porque...

—No he estado con mujeres—dije cruzándome de brazos ligeramente incómodo—. Las damas, de baja o alta sociedad, no me atraen. Por mí pueden ser hermosas, feas, bajitas, altas, delgadas, gruesas, jóvenes o ancianas que a mis ojos, y sin excepción, serán oponentes y no amantes cálidas en noches frías—afilé la mirada y alcé mi mentón. Sabía que podía terminar golpeado, como alguna vez había ocurrido.

Él, sin embargo, sólo se apartó del caballo sacudiéndose las manos, para después agarrarme de los brazos separándolos de mi torso. Me miró como mira a una puta barata, con esos ojos pueriles y encendidos, así como con una ligera fascinación. Sonrió paseando sus ojos claros, casi zafiros, por mi torso y cintura ligeramente estrecha. No sé que pensó en ese momento, y ni siquiera me dediqué a preguntarlo. Sólo sé que me soltó con cierta rabia y me atrapó del rostro para hundir sus dedos por mis facciones, deslizando éstos impune y beligerante, para luego besarme como jamás lo habían hecho. Mis piernas temblaron y comprendí porqué todas esas mujeres permitían que él las destrozara, humillara y marcara como sus fulanas.

Sus labios me hicieron arder y mis manos se colaron bajo su ropa de abrigo, palpando su duro vientre, mientras mis pantalones caían al suelo junto a mis calzas y ropa interior. Él sólo sacó su miembro de la comodidad de su bragueta, mostrándolo ligeramente endurecido, para ofrecerlo a un mártir que llevaba semanas deseando caer en su trampa. Allí, entre los animales y los aparejos de limpieza y cuidado, me arrodillé como una puta parisina. Mi lengua limpió su glande y continuó durante todo su falo, hasta borde de la ropa, que ocultaba su vientre, y testículos. Sus caderas no tardaron en moverse, del mismo modo que sus manos se aferraron a mi nuca. Después, sin piedad, me alzó, giró y colocó contra las puertas que encerraba a uno de aquellos nobles animales. Al sentirlo dentro de mí pude dibujar en mi mente un centenar de partituras, las cuales se difuminaron entre el éxtasis y sus palabras sucias. Finalmente, como no, él marcó a su presa, que en éste caso era yo, y quedé a merced de un amor terrible.


Por fortuna para mí le complací demasiado, convirtiéndome en la única fulana capaz de saciar sus más bajos instintos. Porque yo sabía como llenar su alma con filosofía, escuchaba sus penurias y alegraba su cuerpo allá donde él quisiera.  

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Para ella

Recuerdo bien a mi madre con la mirada perdida en la ventana, observando los copos de nieve amontonarse en el camino de la entrada. Sus ojos grises parecían cada vez más apagados, como si la luz de la vida se fuese difuminando mientras su agonía, terrible y larga, parecía proseguir haciéndola caminar descalza sobre un valle de espinas. Nunca la vi llorar. Jamás manifestó el dolor terrible que poseía su alma, hecha jirones y sueños muertos por la vida sombría que acabó llevando, pero podía palparse. Tampoco la vi sonreír en demasiadas ocasiones. Siempre parecía pensativa, quizás intentando vivir en sus paraísos interiores donde la enfermedad no la asechaba, y ligeramente molesta.

Cada atardecer teníamos largas conversaciones en mi habitación. Encendía el fuego de la chimenea, avivándolo con leña recién cortada, mientras ella soltaba su larga cabellera para que la cepillara. Los mechones dorados de su pelo rozaban su estrecha cintura, la cual estaba aprisionada por los corsés más terribles como cualquier mujer decente, mientras sus manos, agrietadas por el frío, sostenían libros de poemas que solía leer en voz alta para mí. Yo no sabía leer ni escribir, pero conocía a los clásicos como si los hubiese leído mil veces por mí mismo.

Su piel era pálida, pero solía pellizcarse las mejillas para aparentar buena salud. Una salud que se desquebrajaba cada vez más y que a mis hermanos, como borregos estúpidos, no solían apreciar. Ni siquiera mi padre estaba atento a los cambios en su voz, la cual a veces parecía a punto de perderse debido al dolor que soportaba. Ellos la maltrataban con su dejadez, con el egoísmo brutal que todos tenían hacia ella y, por supuesto, con las manos sucias y ásperas del tullido de mi progenitor. Él era el peor, pero acepté sus disculpas y lloros en su lecho de muerte. Todavía no sé qué me animó a perdonar su maldad desbordante con ella y conmigo, el menor de sus hijos.

Me sentí ruin al dejarla atrás, por eso no era feliz. Pensaba en ella constantemente cuando la noche llegaba, las estrellas brillaban y notaba las manos cálidas de Nicolas sobre mi vientre. Aquella cama de colchón de paja, con sábanas raídas, era mucho más confortable que aquella cárcel húmeda y lóbrega que la mantenía aislada de la luz parisina.

Cuando logré fortuna, a pesar de haber caído en la desgracia de éste Don que puede ser pecado infernal, decidí que debía volver a viajar como cuando era una niña, volver a Italia donde el tiempo era menos cruel y poder, al fin, disfrutar de esas obras de teatro que tanto amaba. Pero ya era tarde. Ella se marchitaba como flor silvestre recién arrancada. Moría frente a mí, frente a las luces de París, y yo decidí darle la vida que se merecía. Una vida eterna. Una vida libre. Una vida donde ella podría decidir quién ser y qué desear. Yo le di las alas que un día le robaron y curé todas sus heridas con un beso lleno de amor.

Amo y amaré a muchos durante toda mi vida, pero jamás amaré a nadie más que a mi madre. Ni siquiera Louis puede comprarse. Ella es mi madre, me dio la luz y grandes lecciones que aún pongo en práctica. Gracias a ella, a mi hermosa Gabrielle, tuve el coraje de vivir porque si ella no se rindió ante sus desgracias ¿cómo podía hacerlo yo ante ocho simples lobos?


Un hombre es el ejemplo de la educación recibida, de los grandes ejemplos que ha tenido a lo largo de su vida, y yo soy un fiel reflejo de quien ha sido y es mi madre. Ojalá yo llegue a ser tan importante para otros como ella lo ha sido para mí.  

Lestat de Lioncourt 

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobrevivir

Tenía miedo a la muerte. Todos tenemos miedo a la muerte. Es un miedo natural, instintivo, que nos hace luchar por aferrarnos a la vida. Pobre de aquel que ya no teme a la muerte, pues posiblemente su alma y sus instintos están muertos. El frío de la nieve me helaba, la humedad calaba hasta los huesos, y empecé a sentir que mi corazón bombeaba con fuerza. Mi vida se perdía en medio de aquel bosque, perdido entre los senderos, donde nadie me encontraría. El caballo relinchaba con fuerza mientras los lobos atacaban y mis perros, ellos tan nobles e inteligentes, atacaron con rabia intentando protegerme. El primer disparo fue fallido, sobre todo porque acabé cayendo del caballo.

Mi yegua sufría terribles heridas, las destelladas la iban destrozando y mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin embargo, no había tiempo para llorar a mi animal. Decidí ponerme en pie, disparar de nuevo y sentir como uno de ellos se lanzaba sobre mí. Como pude lo esquivé, pero me rasgó la gruesa chaqueta. El cabello caía sobre mi rostro, empapado por la nieve y el sudor frío. Los perros aullaban. Uno de los lobos caía abatido. Mi escopeta volvió a sonar después de recargarla.

Algunas aves salieron de entre los árboles, las pocas que eran capaces de sobrevivir en un invierno tan crudo. La nieve volvía a caer. Mis pisadas se hundían, intentaba moverme ágil hacia las rocas para refugiarme y así matarlos a todos. No quería matarlos. No deseaba ser un asesino tan cruel. Sólo había cazado para alimentarme, pero aquello era distinto. ¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué me eligieron a mí y no a mis dos hermanos mayores? Los dos únicos hermanos que habían sobrevivido después de muertes infantiles terribles que destrozaron el corazón de mi madre, hundiéndola aún más en un desconsuelo y soledad insoportable. Ella me esperaba. Sabía que era su único apoyo en aquel castillo húmedo, lóbrego y vacío de amor.

Mis pensamientos eran de supervivencia. Quería regresar a ver a mi madre, escuchar su voz una vez más y morir si era necesario. Ellos me perseguían. Sólo quedaban cuatro, la otra mitad yacían moribundos por las dentelladas de mis mastines o mis disparos. ¡Pobres de mis perros! Ellos también estaban muertos. Todos muertos. Parecían ángeles que habían sido enviados con Dios para salvarme a mí. ¿Por qué yo debía sobrevivir? Mis únicos amigos, los que amaba con todo mi corazón, habían caído.


Sin embargo, logré abatir al resto cuando alcancé una posición privilegiada. Disparé con destreza y los maté. Después, agotado y febril, caí al suelo, sobre la fría nieve. Horas más tarde desperté y lloré. Lloré como cuando era un niño, aunque ya era un hombre adulto. Agarré uno de los lobos tras acariciar el hocico frío de mis perros, de despedirme de mi yegua y de recoger la montura. Caminé hacia el hogar muerto y vivo. Algo en mí moría, pero ese deseo de vivir, fuese como fuese, había germinado. Me convertí en “Matalobos”... y cambié mi vida absolutamente.

Lestat de Lioncourt   

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Todavía

—Acepta la maldad en tu corazón, somos demonios.

¡Su voz! Podía escuchar su voz, sentir su aliento cerca del mío y esa mirada llena de furia. Ojos oscuros, como la noche misma, clavándose en mí con un delirio atroz. Estaba enfermo de odio, rabia y también de un amor que se desquebrajaba hasta convertirse en nada. ¡Cuán miserable me sentía! ¡Cuán terrible quedé!

—¡No somos demonios! Dios no existe y el Diablo tampoco.

Respondí con orgullo. Mi soberbia me cegaba. No atendía a escucharlo. Sí éramos malvados. Debía haberle dicho que creía en otra clase de demonios, pero no en el bíblico. Pude haberlo detenido y callado, abrazado pegándolo a mí, y ofrecido mi consuelo. ¡Pero no! Decidí que gritara con fuerza hasta escupirme todo su veneno, como una serpiente. Culpable, sí. Era culpable... ¡Soy culpable! Todavía su muerte pesaba sobre mis hombros. Aquello que amé, por lo que luché, se convirtió en un ser salvaje que mostraba sus colmillos como los lobos que tuve que sacrificar para poder sobrevivir.

—¡Claro que sí existe el Diablo! ¡Yo soy parte de él! ¡Soy uno de sus miembros! ¡Soy sus ojos en la tierra!

Aquella conversación siguió, como no. Su rabia se incrementó y pude notar como deseaba abalanzarse sobre mí. Tantos días en silencio, tanto dolor, para ser acuchillado aún más por él y su necedad.

—¡Estúpido! ¿Quién te dijo eso? ¡Quién te ha podido infundir tales mentiras!

¡Oh! Santo Dios... pude verme a mí mismo señalándolo, haciéndolo aún más mártir, mientras las tablas del teatro se quejaban y las velas temblaban. Armand, a nuestras espaldas, observaba todo como una estatua de mármol, al igual que mi madre. Allí, reunidos los cuatro junto a los ayudantes del viejo líder de la Secta, vivíamos nuestra última batalla.

—He visto en tu sangre la maldad, esa que predicas como inexistente, también la codicia, el egoísmo y la mentira. He visto en ti lo peor, cuando creía que eras la luz de mi mundo. Te has convertido en tinieblas y has arrasado con mis esperanzas.

Recordé esa conversación como si la viviese en ese mismo instante. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y lancé a las llamas un par de trozos de leña. Allí, sentado en mi sillón favorito, observé como las llamas consumían cada trozo hasta reducirlos a cenizas. Me imaginé su cuerpo danzando sobre las llamas, convirtiéndose en una antorcha en medio de París, y el silencio, al fin el silencio, de su enigmático y caro violín.

Había comprado uno de esos violines extraordinarios, pues pensé que le haría feliz, pero sólo lo maldije aún más. Me comporté como un estúpido. No supe amarlo. Jamás supe apreciar su dolor y la ira que emanaban sus carnosos labios.


¿Cuántas veces me rogó que me quedara? ¿Cuántas veces negué su idea? Me burlé de él. Me reí de sus creencias. Le llamé loco. Mi comportamiento era el de un estúpido. No vi su sufrimiento. Sólo creí que era una reprimenda por haberlo abandonado. ¿Y de haber sido así qué hubiese pasado? Nada. Me lo merecía.  


Lestat de Lioncourt 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Conversaciones de otro mundo

Nicolas y sus ganas de fastidiar vuelven a la carga. Ahora padece éste castigo Louis. 

Lestat de Lioncourt 



Regresé junto a quien siempre será mi calvario, pero también la tormenta agradable que agita mi ser. Él es el único que comprende cada fibra de mi alma y que retuerce mis sueños convirtiéndolos en deseos apasionados, libres y temibles. Intento tener paciencia y no dejarme llevar por el corazón, pero es inútil. Realmente él provoca que sea un hombre distinto y luche contra la fiera que duerme callada esperando sus caricias. Me he convertido en mendigo de sus discursos improvisados, palabras elocuentes aunque llenas de sueños imposibles y de recuerdos. Esos mismos recuerdos que compartimos pese a querer alejarnos el uno del otro, pero es imposible.

Si he vuelto a su lado es porque creo que es mi lugar. Sin embargo, cuando llegué aquella noche a ese castillo, el cual parecía desértico, escuché las bellas notas de un entregado violín. Supuse que podría ser él, pues en alguna ocasión había tocado aquel glorioso instrumento de locos, bohemios y perdidos. Caminé por diversos pasillos, adentrándome en la penumbra más absoluta, y giré el pomo de la biblioteca. No era su corazón el que latía tras aquellos gruesos muros, levantados con arduo esfuerzo, y tampoco era su aroma el presente en aquella sala, sino alguien distinto.

Frente a mí se apareció una figura menuda, de caderas suaves y proporcinadas, cintura estrecha, espalda delicada y largos cabellos ondulados de un tono similar al mío. Tenía el pelo suelto, cayendo en cascada, rozando su hermosa camisa de chorreras cuyas mangas eran de encaje. Esas prendas ya no se hacen como antes, no tienen el poder que poseían en nuestra época. Poco a poco se convirtieron en disfraces y ropa de coleccionista. Sin embargo, él la lucía como si estuviese adherida a su piel. Sus dedos eran largos, como las patas de una araña, y se movían rápidos pellizcando las cuerdas y, en ocasiones, rasgando el arco contra éstas. Sus piernas estaban envueltas en unos pantalones antiguos, que ni siquiera yo había usado alguna vez, y unas botas similares a las que tanto amaba Lestat. Sin duda, era la moda clásica que él había vestido mucho antes de conocernos, antes de la Revolución Francesa, y en éstas tierras inhóspitas donde el viento es el único que clama.

Se giró rápido, provocando que un golpe de aire cerrara la pesada puerta que había detrás de mí, y entonces pude ver su rostro. Esos ojos café oscuro, con esos hilos dorados, tenían un marcado odio hacia mí, hacia el lugar donde se hallaba, pero también una amargura insondable. Sus finos rasgos, pese a ser masculinos, le daban un toque de muñeco perfecto. Parecía una de las marionetas de un teatro de pesadilla, pues poseía la belleza de un ángel y la presencia terrible de un demonio. Noté una energía pesada, oscura y tan densa que me oprimía el pecho. Su sonrisa era cruel, pero sus dientes parecían perlas. Tenía la frente ligeramente despejada, pues algunos mechones habían caído con gracia sobre ésta. Sus perfectas cejas castañas, casi negras, parecían haber sido cinceladas pelo por pelo.

El violín seguía sonando y él se movía hacia mí. Sus pasos no sonaban al principio, pero luego escuché a la perfección el tacón de la bota repicando como las campanas del infierno. Tuve miedo. Sabía quién era y qué era en ese momento. Él era Nicolas de Lenfent, un fantasma enloquecido, sediento quizás de una venganza que no tuvo en su momento. Me miraba furioso y yo fruncí el ceño, me abracé a mí mismo y rogué a un Dios en el que ya no creía. Quise gritar el nombre de Lestat, pero no salían mis palabras. Me sentí impactado por su demoníaca presencia.

—Dile que he venido y vendré cada noche. Tenemos una conversación pendiente desde hace siglos—dijo—. Dile que ésta vez no huya.

Quería hablar, pero no podía. Me lo impedía el miedo, aunque hice un esfuerzo atroz tragando saliva e intentando responder.

—¿Ésta vez?—pregunté al fin.

—Sí, a los dos—contestó justo antes de desvanecerse.

Sin embargo, la música seguía sonando. Una música terrible. El violín se movía frenético y giraba a mi alrededor, pero entonces, como si nada hubiese ocurrido, cesó y también se evaporó. Todo, incluso sus ropas, eran pura ilusión. Creí haberme vuelto loco, hasta que escuché los gritos de Lestat al otro extremo del pasillo, sus rápidas pisadas y sus palabras de preocupación.

—¡Louis! ¡Louis! ¡Dime que no te ha hecho nada! ¡Louis! ¡El castillo está infectado con su presencia! ¡Louis!—dijo abriendo la puerta, para atravesar la habitación y estrecharme.

Los libros cayeron de sus estantes, como si desearan sepultarnos, y entonces noté que ese aroma, denso y extraño, desapareció. Era olor a hollín y tierra mojada, como si un demonio hubiese estado llorando junto a una hoguera. De inmediato recordé un lugar del cual había escuchado por boca y palabras escritas de Lestat: El lugar de las brujas.

—No te separes de mí... abrázame fuerte... —fue lo último que dije antes de desplomarme.



miércoles, 28 de octubre de 2015

Amor

Estaba allí de pie como si fuese un ángel. No sabía desde cuando se encontraba allí. Parecía haberme esperado por horas. Había salido a cazar en las calles aledañas a las avenidas principales de París, donde los románticos pasean de las manos y los carteristas se frotan las suyas recolectando pequeños botines. El abrigo oscuro me amparó durante gran parte de mi paseo, la lluvia no arreciaba y la sangre calentó ligeramente mi cuerpo. Amel estaba en silencio y no había hablado hasta que al llegar lo sentimos. Ambos sabíamos que era él. Su corazón lo delataba.

Situado frente al altar, con los ojos clavados en el crucifijo y las manos juntas. Parecía el niño del coro que jamás fue. Inocencia infinita, fe pura y delicadeza en sus rasgos. Sus cabellos castaños rojizos, con esos reflejos que eran puro fuego gracias a la luz de las velas incidiendo sobre él, parecía haber salido de un retablo. Sus ropas eran simples, como las de cualquier adolescente, y sus zapatillas de deporte parecían desgastadas. Eran ropas de alguna víctima. Había decidido usar aquel disfraz para pasar desapercibido por las grandes ciudades, donde no tenía sus pequeños imperios cargados de antros de placer, música y borrachos perdiendo la vida en cada esquina. Poseía empresas de fiestas, pero también legales e incluso instituciones mentales. Si bien, quien lo contemplara vería a un muchacho de unos diecisiete años, de ojos profundos llenos de miseria y ligeras esperanzas, rogando por un milagro.

—Aún no pierdes la fe—dije tras un largo suspiro de Amel en mi mente. Él me había dejado claro que estaba con nosotros, frente a frente, observando a aquel muchacho que lo significó todo para Marius y ahora, sin duda alguna, era una pieza clave para nuestra tribu.

—No—respondió—. Todavía creo en el bien y en el mal.

—El bien y el mal es un invento que trae beneficios—murmuré encogiéndome de hombros, con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo.

Se giró por completo observándome, para luego caminar rápidamente hacia mí y abrazarme. No le importó humedecer sus ropas, ni mojar su rostro. Rompió en llanto cuando me alcanzó y yo, como no, acabé estrechándolo. ¿Cuántas veces había dicho que lo odiaba siendo mentira? Miles de veces. Había negado el amor que le poseía por rabia y reproches, los cuales ya ni merecían siquiera un pequeño recuerdo en mi alma. Coloqué mi mano derecha sobre sus revueltos y ligeramente ondulados cabellos. Sus mechones estaban secos, así que me daba una idea del tiempo que llevaba allí. Posiblemente más de dos horas. Amel no me había avisado de su llegada, tal vez porque no le apetecían visitas aquella noche.

—No entiendo el amor, pero lo codicio—susurró—. Tú entiendes el amor, quiero comprender el amor—dijo aferrándose con fuerza a mis prendas mojadas.

Tenía el cabello ligeramente pegado al rostro, pero creo que pudo notar como mis ojos brillaron en un destello de preocupación y amargura. Había intentado explicarle el mundo a través de grandes hombres de letras, incluso por medio de mis acciones, pero era un intento nulo tras otro. Entonces, lleno de ternura en ese momento de debilidad, me incliné sobre él tomándolo del rostro, abarcándolo con mis manos suaves y tibias, para ofrecerle un beso. Era un beso de perdón, amor y preocupación. Mi lengua se enredó en la suya y él bajó los párpados disfrutando del momento. Al apartarme, dejando su boca, susurré algunas frases que parecieron caldear su alma.

—Amar es perdonar. Amar es ofrecer parte de tu corazón a otro, sin importar nada. Amar va más allá de tus leyes sobre el bien, el mal, Dios, el Diablo, lo correcto y lo incorrecto. Amar te hace enfrentarte a leyes, tiempo y distancia. El amor no conoce fronteras y hay tantos tipos de amor como personas hay en éste mundo—aún lo tenía del rostro cuando le recitaba aquella plegaria—. Hay muchos que te han amado de múltiples formas, pero no te han comprendido. Tú no los has comprendido tampoco. Para que el amor termine funcionando debes bajar tus muros. Vives en un laberinto de sombras, palabras y matices. Quizás si los bajas te hieran, pero ese dolor merece la pena—aparté entonces mis manos y mi cuerpo de él, para ver como empezaba a llorar desconsoladamente.


Así es Armand. Así es el ángel de alas negras que pintó Marius. A veces es un monstruo terrible adicto a una tecnología que no deja de avanzar, y en otras ocasiones sigue siendo el niño secuestrado en un barco de esclavos, sometido al odio y la vergüenza.  

jueves, 24 de septiembre de 2015

Libertad

Mi madre fue libre al fin. Creo que no lo había sido desde que se casó con mi padre. Si bien, decidió quedarse conmigo porque se sintió obligada por mis actos imprudentes.


Lestat de Lioncourt


Tan sólo habían pasado unas horas. La tierra la aceptaba como si fuese una manta agradable, acariciando su rostro y ensuciando sus ropas. No quedaba nada de aquella mujer obligada a ser sofisticada y sumisa. Ella se había convertido en un ser libre, como las aves que contemplaba desde la mazmorra que era aquel viejo castillo. Sus manos, agrietadas por el paso del tiempo, habían rejuvenecido y su cuerpo tomaba al fin la forma femenina que siempre había tenido.

Bajo aquella capa de tierra removida, bien acomodada y húmeda, se hallaba un corazón salvaje. Deseaba alcanzar nuevos mundos, viajar como cuando era una niña y tocar las estrellas con la punta de los dedos. Quería reproducir su infancia feliz, ajena a la condena de los años que vinieron como pedradas terribles, y también la juventud que no disfrutó. Había dejado marchitar su espíritu por más de veinte años, pero allí había renacido como una amapola en mitad del otoño.

Estaba a punto de gritar, pero la boca se le llenaría de tierra. Era demasiado feliz, pero esa felicidad también le provocaba pánico. No podía creer que al fin tendría el poder de decidir por sí misma, sin necesidad de verse condenada a un lisiado que nunca la amó y siempre le reprochó la muerte de sus hijos. Tantos partos, tantos golpes, tanta muerte y tantas lágrimas. La humedad ya no afectaba a sus huesos, sino que era un dulce beso para su frente revuelta.

En su cerebro bullían miles de recuerdos. El rostro de todos sus hijos, desde los vivos hasta los muertos, se manifestaron hasta llegar al de Lestat. Ella siempre supo que él era especial. Era el séptimo hijo, el último de una hilera de tumbas y desprecio. Era el más parecido a ella, tanto físicamente como intelectualmente. Había sido el único motivo por el cual fue mínimamente feliz, pese a su estricto modo de educarlo. No deseaba que se hiciese vagas ilusiones sobre el mundo, pues sabía lo que era llorar por decepciones y sueños rotos.


Aquel amanecer fue glorioso, aunque no pudo escuchar el canto de las aves. Quedó agotada, como si una terrible fiebre impidiera que moviera sus brazos. El día se convirtió en noche, su noche, mientras dejaba que sus sueños germinaran recordando quien era. Volvía a ser esclava de sí misma. Nadie le diría dónde ir. Era como el viento entre las ramas. Si quería podía desaparecer a la noche siguiente, pero temió por Lestat. Debía quedarse con él hasta que lo viese fuerte para correr por el mundo a solas, igual que ella se dispondría a hacer una vez se despidiera del que siempre, por mucho que le costara a su hijo, sería su pequeño.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt