Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 13 de julio de 2017

Orgullo

Mi madre me enseñó que puedo alcanzar mis sueños siempre y cuando me esfuerce. Tal vez es algo idealista y estúpido para muchos, pues hay quienes creen que eso no siempre sucede. Sin embargo, prefiero creer que tarde o temprano, quien se esfuerza y trabaja con ahínco para alcanzar sus metas, las logra. Hay quienes se rinden al principio al ver lo empinada que es la montaña que tienen que subir, pero no yo. Yo soy de los que cuando ven un reto increíble se remangan las mangas de la camisa, sacuden sus manos y sonríen empezando a subir hasta la cumbre. Cuando empiezo algo lo termino y cuando lo termino busco otra cima.

La noche que ella se durmió por primera vez en mis brazos, tan frágil y diminuta, me dije a mí mismo que la cuidaría y le enseñaría a ser fuerte como una roca. Haría de ella una mujer similar a mi madre. Quería que aprendiera a valerse por sí misma y a alcanzar cualquier meta que ella imaginase. Si puedes imaginarlo es porque puede alcanzarse, por muy lejano que parezca todo.

Rose era una niña diminuta, de mirada intensa y cabello salvaje. Su piel era algo tostada debido al sol y muy cálida. Me recordó a Claudia, pues ambas estaban igual de desamparadas cuando las tomé entre mis brazos y caminé con ellas buscando una solución. Una se moría, la otra simplemente estaba asustada debido a la terrible muerte de su madre y de cientos de personas a su alrededor. Ambas tenían edades similares y me hicieron desear ser padre.

Como padre no soy el mejor ejemplo, pero he intentado serlo. De verdad que me he esforzado por ser el ejemplo a seguir, el hombre en el que mirarse porque quiero que vea en mí un ser humano como cualquier otro. Los vampiros poseemos una simple mutación, pero eso no lo sabía por aquel entonces. Sólo sentía que era tan humano como cualquier otro y que ella se merecía un futuro distinto al para nada prometedor en una institución para niños sin hogar. Sus abuelos no la querían, pues desaprobaban la forma en la cual la madre la gestó y educó. Para ellos era defectuosa, para mí era perfecta.

Su sonrisa iluminó mi mundo y sus ojos hicieron que toda mi alma se removiera. Me juré cuidarla y eso he hecho durante mucho tiempo.

Ahora la veo feliz hablando animadamente con mi hijo. Mi verdadero hijo. Un hijo que desconocía de su existencia hasta hace unos años. Es muy parecido a mí, pero a la vez es profundamente distinto. Su sonrisa es la mía, pero tiene un toque de ingenuidad que ni siquiera yo poseía. Uno y otro rozan los veinte, tienen una vida eterna por delante gracias a aceptar el “Don Oscuro”, y yo siento que he ganado un pedazo de paz al verlos unidos. Ella y él son mis hijos. Ella lo es ahora como hija de sangre, pues es mi creación más preciada de los últimos tiempos. Y él posee mis genes, los genes poderosos de un Lioncourt que batallará siempre ante cualquier injusticia. Al menos, eso quiero creer.

Hoy escribo esto en una pequeña hoja de papel algo sucia, arrugada y de forma improvisada. Si lo hago es porque siento la intensa necesidad. Fuera hace calor, pero pese al cielo despejado no se ven las estrellas. La contaminación lumínica hace imposible ese hermoso fenómeno que siempre existió. Pero aún así ellos son estrellas en mi firmamento, en mitad de la calle más poblada de la ciudad de París, sonriéndose uno al otro y tomándose de la mano.


Definitivamente me siento orgulloso. Ambos están logrando grandes cosas juntos, conociendo el mundo viajando y luchando contra lo impredecible. ¿Por qué no sentirme orgulloso?  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 2 de abril de 2017

El mensaje de Malaquías

¿En serio pasó? ¡Memnoch, lejos de Viktor!

Lestat de Lioncourt


—Malaquías, ¿eres tú?—pregunté sorprendido.

Estábamos en mitad de Nueva York. Ambos sujetábamos uno de esos vasos térmicos baratos llenos de café. Nuestros ojos se enfrentaron como si fuéramos dos mundos opuestos que se atraen demasiado. Mis labios se abrieron en señal de sorpresa, pero no hubo gesto alguno por su parte. Una ligera brisa corrió entre ambos como un pequeño desnudo corre sobre la arena dorada de alguna playa caribeña.

—Memnoch...—pronunció con cierta dulzura mi nombre, algo que me trajo recuerdos—. Justo estaba buscándote.

—Ah, no—dije retrocediendo unos pasos—. ¿Tengo que interceder entre tú y Dios por un alma en pena en este lugar?—indiqué—. Bien sabes que la Tierra es el purgatorio de las almas, donde estas se reciclan y purifican, mientras que Satanás o Dios aguardan mi sentencia final.

—También es el lugar donde nacen—me interrumpió—. Pronto nacerá un alma extraordinaria. Deberías buscarla.

—Un alma extraordinaria, ¿qué tiene de extraordinaria?—pregunté antes de dar un trago a mi café sin azúcar. Nunca he dejado de pensar que el café con azúcar es desagradable. El café debe ser intenso y amargo, ¿para qué deseas algo dulce? Para eso adquiere un chocolate.

—Oh, eso lo tendrás que ver por ti mismo—dijo con una risa fresca—. Te llevarás una sorpresa.

—¿Acaso es otro futuro asesino a sueldo como Toby O'Dare?—contesté alzando una de mis perfectas cejas.

Ante los demás éramos dos hombres bien trajeados, él de mediana edad y yo ligeramente joven para ser un empresario de relevancia. Sujetábamos elegantes maletines de piel, los cuales parecían contener importantes documentos, y llevábamos ese café que parecía calentarnos en una mañana de primavera demasiado agradable. Pero la verdad es que él era un ángel guardián y yo el arcángel que aún protegía este nuevo reino.

—Depende de como lo veas—me guiñó un ojo y rió bajo—. Sólo diré que su padre ya te atrapó el corazón al sentirte comprendido. Digamos que será el hijo de un buen amigo quien nazca—comentó moviéndose hacia mi posición, rebasándome y dejándome allí de pie como una estatua de sal.


De ese modo supe que Lestat tendría un hijo. Malaquías, el ángel que finalmente condujo a Toby O'Dare a su propia absolución, me estaba exigiendo que siguiera los pasos de Viktor Lioncourt.  

lunes, 20 de marzo de 2017

Padre

¿Puedo decir que estoy orgulloso?

Lestat de Lioncout


Ni siquiera sé bien qué es un padre, pero tengo ciertos referentes. Cuando conocí al mío pensé que al fin comprendería al cien por cien qué era, cómo se comportaban y la forma especial en la que un padre y un hijo tratan temas transcendentales. Sin duda alguna, siendo mi padre Lestat, me equivocaba.

Es como ser el hijo de Indiana Jones. Siempre está detrás de tesoros ocultos, verdades incómodas y locuras asombrosas. Él dice que es importante saber la verdad más que su protección. Estúpido. Me parece demasiado insano. Sin embargo, pese a que nos parecemos físicamente, incluso en muchos rasgos intelectuales, somos opuestos.

Él no fue a ningún colegio de pago, ni a la universidad y tampoco tiene un título universitario que puede colgar en su pared. Tampoco viajó en su infancia ni tuvo un desarrollo intelectual amplio, esmerado en todos los sentidos y casi sin límites. Fue un niño que se conformaba con ver las ascuas de la hoguera, escuchar historias de monstruos feroces, salir a cazar algún conejo y conformarse, de alguna forma, con una buena azotaina como caricia. No viajó más allá de los bosques y ríos de su zona hasta que cumplió aproximadamente mi edad. Estar ebrio para él era divertido, igual que levantar las faldas de las mujeres. Yo no había tenido novia formal hasta conocer a Rose y, con cierta timidez proclamo, que tampoco una que pudiese considerarse una relación más allá de unos meros besos, salidas al cine y conversaciones online. No era porque no pudiese, era porque no entenderían como era mi “familia” y el traslado continuo de los equipos, de un lado a otro, evitaba que me hiciese amigo íntimo de alguien y mucho más que pudiese surgir la chispa.

No obstante, si nos ponemos el uno al lado del otro parecemos hermanos. Somos testarudos, hacemos gestos similares, suspiramos y ponemos el grito en el cielo cuando Marius comienza con sus batallas imposibles, sus reglas intransigentes y su forma de obligarnos -o al menos intentarlo- a ser formales. También si comparo a Rose con Louis hay cierto parecido. Ambos son tranquilos, hogareños y amantes de la lectura. Además, nos soportan.

Somos unos tipos con suerte, ¿pero debería decir que es mi padre? Creo que más que mi padre es mi amigo. ¿Pero no es eso también un padre? No lo sé. ¿Importa? No lo sé. ¿Me duele? No lo sé. No sé nada en estos momentos. Sólo quiero chillar y sentirme libre, absolutamente libre, pero a la vez atado a unas raíces y sintiendo el amor incondicional de un hombre que ha hecho demasiadas cosas, es símbolo de una revolución y ahora lo llaman líder de todos y todo.



sábado, 25 de febrero de 2017

Olvídalo

¡Qué cosas! ¿No? Las discusiones familiares... 

Lestat de Lioncourt 





—¡Por qué eres tan terco!—gritó exaltado. Louis no podía creer ni por asomo que Viktor estuviese siquiera planteándose la idea de marcharse tras los pasos de su padre. Si bien, había llegado el momento de ver con sus propios ojos cuan parecidos eran ambos. Lo miró unos segundos y suspiró—. Ah, olvida lo que he dicho—masculló.

Eran idénticos. Tenía ante él una copia exacta. No podía luchar contra la genética. Posiblemente tenía en su ADN algo que se activaba ante el peligro y cualquier circunstancia peligrosa, el cual les movía hacia este como si fuese una sirena y ellos los marineros.

—Creo que es importante que lo haga—aseguró.

—Lo importante lo tienes en tu apartamento aguardando que regreses—dijo dejando el libro que tenía en sus manos. Estaba leyendo “El Hobbit” justo en la parte donde se encontraban en el bosque de los Trolls. Pero dejó a un lado todo. La lectura ya le resultaba desagradable por las emociones de angustia y preocupación que estaban surgiendo en él como llamaradas.

Ya no quería releer tan asombroso relato, sólo deseaba agarrar de los hombros al muchacho y agitarlo como si fuese una maldita maraca. Quería que reorganizar en su cabeza lo importante, lo principal, lo necesario y no lo estúpido que era, al parecer, lo único que tenía en la sesera.

—Debo ir con mi padre—musitó casi sin voz.

No daba crédito a lo que oía. Su padre siempre le hacía lo mismo. Juraba no volver a meterse en asuntos que fuesen demasiado terribles o grotescos, así como estúpidos y peligrosos. Pero lo hacía. Terminaba haciéndolo. Las promesas las rompía y las reglas has destrozaba. Estaba poniendo en peligro todo. Y para colmo su hijo, Viktor, al cual apreciaba como si también fuese suyo... ¡Decía que quería irse con él! Pobre diablo. Estaba harto.

—¿Y Rose? ¿Has pensado que demonios quiere ella?—preguntó colocando las manos en las caderas, a modo de jarra.

—Oh...

—¡Oh!—exclamó dejando los ojos en blanco—. Viktor, ¿te has dado cuenta que estás siendo egoísta?—preguntó.

Tenía sus ojos verdaceos como esmeraldas puestos en el joven. Allí plantado con esos pantalones elegantes, esa camisa sacada del armario de su padre, pues era blanca de chorreras con encantadores encajes en los puños, y unas botas semejantes a las que le había comprado a él hacía unos meses, cuando le juró que se quedaría a su lado, sintió que lo estaba viendo de nuevo. Era Lestat con unas proporciones que diferían en unos centímetros y en una espalda algo más robusta, pero nada más. Estaba ante un perfecto clon. Quiso echarse a sus brazos y llorar amargamente. No sabía dónde demonios estaba y qué se encontraba haciendo, pero su hijo parecía querer alcanzarlo y convertirse, pese a todo, en su sombra.

—Es probable—dijo al fin entrando en razón, pues había fruncido el ceño como si intentase comprender qué demonios estaba haciendo.

—Es probable...—repitió a punto de echarse a reír por lo absurdo que era todo. Viktor era más reflexivo, pero últimamente se estaba convirtiendo en un nuevo Lestat.

David Talbot ya lo había asegurado. Ese muchacho iba a ser una bomba de relojería.

—Louis, sólo quería pasar tiempo con mi padre—confesó colocando sus manos sobre el torso.

No era sólo pasar tiempo con él, sino ser como él. Viktor quería emularlo como si fuese un gran héroe. Sabía cuanto lo amaba Rose, como lo miraba y la forma en la cual hablaba de él como cualquier jovencita habla de su padre. Él quería que ella lo mirase de esa misma forma. Era algo inmaduro, pero ¿qué se le puede pedir a un muchacho que apenas rozaba los dieciocho años? Nada. Si la sesera de Lestat a veces estaba hueca, ¿cómo no lo iba a estar su hijo?

—Tu padre se va a exponer estúpidamente a un peligro como siempre—dijo pinzándose el hueso de la nariz con los dedos, dándose un masaje e intentando seguir hablando sin acercarse a él para propinarle un bofetón, similar a lo que a veces hacía cuando Lestat le sacaba por completo de las casillas—. Es imbécil, inoportuno y terco—comentó cruzándose de brazos entorno a su cadera, para alzar la mirada y contemplarlo—. Si no vas a esta aventura decepcionante, pues no creo que encuentre nada bajo los océanos y mares, irás a otras—dijo acercándose a él para poner sus manos sobre el rostro del muchacho. Delineó sus rasgos y deseó que fuese Lestat. Quería besarlo como se besan las estampillas de los santos. Él era su Dios, su demonio, y, por lo tanto, su todo—. Si bien, tu prometida está aguardando en tu apartamento que vayas y la rodees con tus brazos. ¿Qué es más importante?—susurró apoyando su frente en el torso del joven. Deseaba llorar.

—Yo...—balbuceó abarcándolo con los brazos. Se había percatado del dolor de Louis, de su castigo por amar a su padre.

—Olvídalo tienes los mismos genes que ese idiota y que Gabrielle—dijo entre sollozos—. Amáis contradecir a la razón y al buen juicio.

Temía por la seguridad del joven, el dolor que se implantaría en el corazón de Rose y que florecería como rosas con importantes espinas.

—Amo a Rose, la amo—dijo con el pulso acelerado, pues era pensar en ella y volverse auténticamente loco—. Ella lo es todo para mí. Sólo quería conocer bien a mi padre.

—Ah... cariño...

—Pero tienes razón—dijo—. Ella no se merece sufrir estúpidamente por mis insensateces.

—Correcto—alzó el rostro y besó su mentón de forma cariñosa. No quería sufrir más. No se merecía estar sufriendo ahora por los hijos de Lestat. Ya sufría demasiado por el recuerdo de Claudia.

Rose se había convertido para él en una hija y Viktor también lo era. Sólo quería verlos felices bailando frente a él. No deseaba que esa hermosa pareja se dividiera.

—Por eso si voy también la arrastraré conmigo—sentenció.

Louis de inmediato se apartó unos pasos de él y le ofreció algo más que una caricia: le propinó un bofetón. Si Gabrielle hubiese estado ahí seguramente hubiese hecho lo mismo. Viktor se llevó rápidamente la mano derecha a su mejilla, la cual ardía de forma importante.

—Demonios... ¡Vais a acabar conmigo!—gritó deseando tirarle toda la biblioteca encima.


¿Y qué podía hacer? Él es igual Lestat. Yo lo sé. Sé cuan parecido son ambos. ¿Y quién soy yo? Amel. Sé todo. Sé sus pensamientos y sus necesidades. Por eso amo a Viktor tanto como a su padre. Ambos son el tipo de vampiro que yo amo. No por irresponsables, sino porque buscan más allá de sus narices.  

lunes, 5 de septiembre de 2016

A él.

Estos son los pensamientos de mi hijo Viktor hace unos años... ¡Ah!

Lestat de Lioncourt 





He leído sus pensamientos, acciones y cientos de detalles que mi padre ha arrojado sobre persona. Urdí mis pensamientos, buenos y malos, hacia Louis desde que tengo uso de razón; pues mi madre siempre se esmeró en ofrecerme todo la educación, así como pequeños caprichos, porque yo era su tesoro, su único hijo, el pequeño eslabón en una cadena y el culmen de una búsqueda que se había iniciado cuando era joven, indefensa en muchos aspectos y demasiado soñadora. Nunca evitó que yo supiese toda la verdad. Así que me sentaba en mi pequeño e iluminado escritorio, ponía los libros de mi padre, así como los de sus compañeros inmortales, frente a mí y decía ir a las páginas que yo mismo marcaba para releer una y otra vez frases que me diesen una ligera idea, aunque fuese demasiado sencilla, sobre cómo pensaba mi padre y la forma en la cual pronunciaba cada palabra.

Sabía que Louis tenía un acento francés que no podía negar, pero mi padre a veces tenía uno más neutro debido a sus viajes y que solía conversar con más gente, influyéndose y moldeándose continuamente. Me preguntaba cómo sería esas discusiones, casi eternas, que ambos tenían frente a Claudia y los ojos de esa niña, los ojos de una mujer adulta, deleitándose con la rabia y los celos de ambos. Incluso meditaba sobre las normas que Marius parecía haber impuesto basándose en la lógica y experiencia recaudada durante siglos. Podía imaginar el olor a pantano cuando Tarquin Blackwood entró en escena como un príncipe de sangre azul, aunque casi todos los príncipes destiñen y muestran un monstruo hambriento. Él lo tenía, pero lo vi justificado.

Conforme crecía los libros parecían insuficientes. Con diez años, aproximadamente, llegó a mi poder Cántico de Sangre. Fue el último. Mi padre dejó de comunicarse. Con la historia de Mona todo se perdió. Pude conseguir otra, no muy distinta, que estaba vinculada con la familia de la joven pelirroja, aunque fue amargo saber todo sobre ellos porque comprendí aún más su dolor, desasosiego y problemas de unos con otros. Lloré. Creo que lloré durante algunas noches. Entonces me percaté que puedo ser tan sensible como mi padre, pero no entro a lo blasfemo cuando se molesta. Mi padre tiene un carácter pésimo a veces tan similar como el de Marius. Yo soy más calmado y me preguntaba si tenía que ver con la sangre o simplemente había salido a mi abuela, la cual parecía siempre distante cuando debía actuar de forma apasionada.

Tenía diecisiete años, casi dieciocho, cuando fui al despacho de Fareed exigiendo conocer a mi padre. Él me miró, suspiró, miró a Seth y este me echó fuera de la habitación donde terminaban de analizar mis últimas muestras de sangre y ADN. Pronto iba a cumplir dieciocho años y estaba dispuesto a llamar la atención. De no ser por las Quemas, por esas horribles Quemas, habría lanzado un libro al mercado llamándome el “Hércules del Zeus vampírico” o algo así. ¿Acaso no era el enviado de un “dios” por muy oscuro que fuese? ¿Acaso no era una mezcla entre ese “dios” y una pobre mortal por aquel entonces? Podría ser un prodigio de la ciencia, pero me gustaba la forma pomposa, y ocasionalmente desacertada, que tenía mi padre para hacerse notar.


Supongo que si escribo todo esto en mi portátil es porque necesito desahogarme. Esta noche iba a conocerlo y no ha dado señales de vida. Dicen que está ocupado con unos asuntos, que pronto vendrá y que quizá mañana aparecerá abrazándome, agarrándome del rostro y diciéndoles a todos con orgullo, y algo de egocentrismo, que somos idénticos.  

lunes, 30 de mayo de 2016

Mi rosa.

Mi hijo eligió bien. Eligió a una mujer bondadosa y llena de luz... ¡Pero tenía que ser mi niñita! ¿Por qué?

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo su rostro relajado mientras acomodaba la almohada tras su cabeza. Su cuerpo era liviano y parecía frágil. Tenía una piel suave y delicada parecida a la leche de almendras. Habían logrado salvar su vista y esperaba ahora que despertara, como si fuese La Bella Durmiente o Blancanieves, mientras que yo no era ningún Príncipe Azul. De hecho no debía estar en esa habitación porque podía confundirla, pero me había preocupado tanto por ella y despertaba tanta curiosidad en mí que me sentía atraído como las moscas a la miel.

Me quedé allí de pie con ese enorme ramo de flores campestres, donde había girasoles, amapolas y un sinfín de flores llamativas como margaritas con pétalos violáceos u otras cuyo nombre desconocía, esperando que despertara. Había leído muchas novelas románticas cuando era un niño. Mi madre no solía comprar cuentos para mí porque decía que era mejor que empezara con literatura de adulto. Creo que Charles Dickens fue uno de mis autores favoritos cuando era apenas un mocoso de siete años, pero también leía a escondidas sus libros y las novelas de amor eran maravillosas. Podía leer el romance de hombres y mujeres sin pudor alguno, entregado uno al otro sin miedo, haciéndome sentir ligeramente triste porque ella nunca pudo amar al hombre de sus sueños. Mi padre no se detuvo y jamás permaneció por más de dos horas a su lado. Así que esa escena de una muchacha desvalida encajaba en esas novelas que hacían suspirar a mi madre y que alimentaba mi curiosidad por las relaciones personales.

Ella había estado cerca de mi padre. Posiblemente lo conocía bien. No sabía cuánta información podría darme de mi progenitor. Yo era casi un clon. Fareed había logrado aislar la genética de mi madre y dejarme sólo la de mi padre. Mi cerebro era similar al de él, todo yo era una copia exacta, salvo que había tenido mejor educación y alimentación provocando que desarrollara mayor cantidad de músculo, estatura y conocimientos. Sin embargo, esperaba que ella me diese la valiosa información que nadie me daba. Quería saber como le brillaban los ojos al reír o la forma en la cual arrugaba la nariz cuando se molestaba. Necesitaba saberlo.

Sin embargo, no despertó esa tarde ni las siguientes. Cada día que pasaba me enamoraba más de ese semblante sosegado entregada a un maravilloso sueño, pues sonreía. Pensé miles de veces que posiblemente se sentía reconfortada entre los brazos de mi padre o entre los de sus tías. Si bien un día despertó mientras yo miraba por la ventana pensando en qué le diría al despertar. No sabía como abordar el tema y el parecido debía ser asombroso. Pero tanto mi padre como yo somos demasiado torpes y directos. A veces decimos las cosas sin pensar aunque tengamos un discurso programado.


Hoy ella duerme con ese mismo semblante. Está recostada en nuestra cama. Sus largos cabellos negros manchan las sábanas blancas de algodón. Hemos hablado de la posibilidad de tener hijos en un futuro aunque condenaríamos a nuestros hijos a la oscuridad. No somos ya lo que se dice humanos, pero tampoco somos monstruos. Ella quiere tener hijos y yo deseo que sea feliz. La descendencia para mí no es importante, pero admito que me hizo sonreír la idea al imaginar que podríamos contribuir al mundo con un par de niños sanos gracias a los laboratorios de mi otros padres, Seth y Fareed.

domingo, 6 de marzo de 2016

Daniel ha decidido hablar nuevamente de la familia, pero esta vez con otro matiz más importante e incluyendo la gran variedad que se da en nuestra sociedad.

Lestat de Lioncourt


Las familias y su concepto han evolucionado con el paso de los siglos. Lentamente el modelo tradicional ha dado un vuelco mostrando que cualquier núcleo con amor y recursos suficientes para una vida pacífica, digna y emocionalmente estable es apropiado para llamarlo familia. El ser humano ha demostrado que las barreras pueden romperse, sin embargo siempre habrá mentes retrógradas que aún increpen los nuevos modelos familiares.

Todavía hoy hay quienes alzan la voz exigiendo que un niño crezca con una figura materna y paterna, pues puede verse vinculado a problemas emocionales que eviten su buen desarrollo como ser humano y miembro activo de la sociedad. Señalan a los homosexuales, tanto hombres como mujeres, de ser el diablo y modificar a su antojo la sociedad. Posiblemente creen que esta forma de amar y sentir su sexualidad se produjo ayer. Sin embargo, la homosexualidad existe en la naturaleza en numerosas especies animales y la humana no iba a ser excepción. Además, hay familias de padres y madres divorciados, solteros o viudos que también entran en este nuevo concepto de familia.

Los vampiros también tenemos nuestro núcleo familiar. El más conocido es un grupo de vampiros que deciden unirse. Algunos serán creaciones del líder, indistintamente si es hombre o mujer, y otro serán amigos o aliados de épocas pasadas. Un claro ejemplo de este modo de familia es Gregory que bajo su techo está su mujer, su protegido y varios amigos. Flavius habla de familia cuando conversa con Pandora, pues los vínculos son similares al amor y respeto que se deben dar en los núcleos más básicos de la sociedad. Otro ejemplo podría ser Armand que durante décadas ha convivido con Sybelle, Benji y Louis. Actualmente vive con Sybelle, Benji y Antoine. El último ejemplo que podríamos destacar es la vieja familia que poseía Jessee y que se ha visto mermada tras las Quemas y sus terribles consecuencias. Khayman, Maharet, Mekare, David Talbot, Thorne y Jesse convivían bajo un mismo techo grandes épocas del año.

El segundo grupo más conocido es de una pareja de vampiros que se soportan, más o menos, conviviendo bajo un mismo techo. Es el caso de Pandora y Arjun que vivieron durante décadas viajando por el mundo o Marius y un servidor. Convivimos mostrando nuestras debilidades y encarando el desafío de soportarnos pase lo que pase.

Después está el tercer grupo que son vampiros que aman conversar con otros, pero no son capaces de convivir mucho tiempo juntos. Cyril creó varios vampiros aunque eso no le interesó demasiado. Prefirió ser su única familia. Puede mezclarse con otros, destruir o construir, pero al parecer ama la soledad y descubrir cómo cambia el mundo cada vez que despierta.

Pero todos recordarán un cuarto grupo. Es el grupo que tiene realmente vínculos más fuertes. Lestat creó a su propia madre ofreciéndole así una oportunidad mágica para esquivar a la muerte. Él logró algo que muchos desearíamos. Nuestras familias quedan atrás y tenemos que desvincularnos completamente de ellas. Tarquin Blackwood no lograba comprender ese punto. No se puede vivir cerca de humanos inocentes que desconocen tu verdad. Ellos no te verán envejecer ni morir, pero el tiempo pasará por ellos y acabarán en un ataúd. Debes asumir eso cuando eres un vampiro. No puedes convertirlos a todos. Sabes que eso es imposible y que no todos asumen la inmortalidad aceptándola. Hay quienes perdemos el juicio por el camino y podemos acabar como Nicolas de Lenfent.

El hecho anteriormente mencionado obligó a Lestat a alejarse de Rose. Rose era una niña de edad aproximada a Claudia cuando él la rescató. Esta vez no le dio la vida eterna y decidió conservarla entre algodones. La pequeña creció con los mejores tutores, en una familia de dos mujeres lesbianas que la atendían con cariño, y logró ser una mujer refinada e inteligente. Si bien Lestat no pudo ocultar lo que era para siempre. Ella se enteró de la peor forma que su tío Lestan era Lestat de Lioncourt, su amante Louis era Louis de Pointe du Lac y que no era humano.

Lestat siempre deseó tener una familia porque cuando era niño sólo tenía a su madre, pues sus hermanos sólo le ofrecían golpes porque eran igual que salvajes y su padre nunca le mostró amor o respeto. Lestat tuvo una madre con mano dura, pero que se desvivía porque su hijo al menos fuese feliz. Siempre quiso protegerlo como una leona aunque sus fuerzas se iban debilitando. Por eso cuando Lestat se marchó de París, dejando a su amante enloquecido en manos de Armand, se aferró a su madre que finalmente se marchó para que tanto él como ella pudiesen pasar página. Cuando Lestat llegó a América del Norte conoció un mundo nuevo, lleno de sensaciones, con gente refinada del viejo mundo intentando imponer sus principios a los “salvajes” y esclavos. Se enamoró nuevamente como jamás lo ha hecho y decidió tener una hija. Creó a Claudia para que Louis tuviese algo por lo que luchar, pero también porque él quería ser padre y poseer una familia. El concepto de familia era importante para aquel joven vampiro. Pues la familia es importante para cualquier humano y nosotros no dejamos de ser humanos del todo. Somos una mezcla, como ya he dicho en otros escritos, y necesitamos del contacto y cariño de aquellos que amamos.

El príncipe de los vampiros, como así lo hemos coronado todos, ahora también posee un hijo biológico gracias a la ciencia. Viktor de Lioncourt es idéntico a su padre en muchos aspectos, y no sólo físicos, porque posee ese arranque rebelde y temerario así como esa chispa de hombre de acción. Sus modales y conocimientos son más elevados. Él estuvo preparado para ser vampiro desde que era un niño. Pese a su claustrofobia deseaba con tesón ser como su padre, como los científicos que le rodeaban, como el milenario que le apoyaba en sus horas de estudio y como su madre. Seth, el hijo de Akasha, siempre comprendió este hecho aunque no tanto su creado.


Actualmente Viktor y Rose son vampiros formando parte de una familia mayor. El núcleo familiar de los vampiros se ha agrandado. Ya no convivimos en pequeños o medianos círculos de inmortales. Ahora Lestat desea que todos nosotros seamos una Gran Familia similar a la de Maharet pero incorporando a espíritus, humanos y cualquier ser que vague por la tierra. En realidad el mundo es una Gran Familia, pues es nuestro hogar, y deberíamos comenzar a darnos cuenta que aunque no tengamos vínculos de sangre deberíamos amarnos y respetarnos como hermanos. Quizás este concepto es muy hippie para muchos de vosotros, ¿no es así? No obstante os invito a reflexionar sobre ello en este domingo. 

viernes, 19 de febrero de 2016

Blood Secret

—¿No sientes cierta preocupación?—preguntó mirándome con esos ojos tan similares a los míos, pero animados por un alma muy distinta. Él era más franco y menos altivo. Poseía los rasgos que había contemplado mil veces en el espejo, así como en mis hermanos mayores.

Él era mi hijo. Podría decirse que era mi verdadero heredero, el mayor de mis tesoros, y lo tenía frente a mí como si fuese un regalo cuasi divino. La ciencia me había dado la oportunidad de vivir algo insólito. Ningún vampiro vivo, actualmente, poseía un hijo biológico después de La Sangre. No. Eso era impensable. Todos creíamos que estábamos muertos, que el placer de la carne se había reducido a un íntimo contacto en un beso de sangre. No, no y mil veces no. La mayor muestra de vida era él con aquel suéter celeste de marca, esos pantalones negros de vestir recién planchados y sus mocasines.

Distinto e igual. Un muchacho que podía llamarse gentleman, aunque tuviese en apariencia mi misma edad. Era asombroso el parecido. Si nos sentábamos uno junto a otro, en cualquier lugar, pensarían que somos mellizos o hermanos. Pero no era así. Muchos se asombraban cuando él me llamaba “padre” sin titubeos.

—¿Por qué debería?—dije encogiéndome de hombros.

—Tal vez porque ese ser, lo que quiera que sea, está ahí—admitió al fin sus miedos. Yo los conocía. No necesitaba que él me asegurara nada. Estaba asustado, como muchos otros.

—Es un espíritu, Viktor. Un espíritu que también está en ti—respondí.

—Pero no de igual modo—se apartó de mí, dándome la espalda, para ir hacia la gran cristalera que mostraba la inmensa ciudad de Nueva York a nuestros pies.

Era un edificio alto, de aspecto robusto, y similar a cualquier otro. Sin embargo, en su interior, había material que valía millones de dólares. Era material de última tecnología y muy preciso. Estábamos en las nuevas oficinas farmacológicas de Gregory en conjunto con Seth y Faared. Era un nuevo imperio. Entre aquel montón de hormigón, cristal, cemento, hierro y otros materiales de construcción se modificaba el ADN vampírico y surgían nuevas curas. Tal vez, quién podía saberlo a ciencia cierta, podríamos caminar bajo el sol sin daño alguno o poder consumir alimentos. Los prodigios de la ciencia, la ciencia de nuestros camaradas vampíricos, estaba siendo un éxito y avanzando a grandes pasos.

—No, no es igual, pero tampoco es demasiado distinto. Él puede escuchar tus pensamientos, está diluido en tu sangre, y anima tus nuevas células nacidas de una mutación. Su ADN, por así decirlo, se ha introducido en el tuyo—repetí lo mismo que me había dicho aquel viejo médico arrancado de la india para ser parte de un equipo de valientes, y orgullosos, científicos y médicos de todo el mundo.

¡Ahora los vampiros no sólo llevaban capa y sombrero! ¡También podemos llevar batas de científicos o médicos! ¡Qué barbaridad! Yo siempre he odiado los hospitales, sobre todo desde que caí casi al borde de la muerte, o eso sentí, aquellas semanas en esa aventura que titulé “El ladrón de cuerpos”.

—Ya hablas como Faared—dijo tras una suave carcajada.

—Intento comprender qué es lo que está pasando, lo que nos pasó a todos desde el preciso momento en el cual…

No sabía cómo expresar, sin ser hiriente, todo aquello. Todavía no había escuchado la versión de Amel. Él se negaba a explicar sus motivos. Sólo me hablaba sobre el futuro. Para él el pasado no tenía ya importancia. Quería experimentar conmigo la belleza del mundo. Según él se sentía dichoso porque podía ver y sentir, incluso saborear. No estaba preso. Él era libre, pero quien controlaba las acciones era yo. Debatíamos durante noches algunos temas fundamentales y leíamos ansiosamente el periódico. A veces nos defraudaba lo que teníamos entre nuestras manos, odiando cada palabra escrita, pero luego surgía la llama de la esperanza.

—En el cual Akasha fue agredida por un espíritu que amaba la sangre, furioso y desdichado—dijo.

—Ella se burló de él y de sus brujas—le recordé.

—Somos fruto de una venganza y del ansia asesina de poder—aseguró.

Dile, dile. Dile al chico si quieres. Explícale que no soy malo. Todos somos buenos y malos. No hay bondad y malicia plena. Yo no quería matarlos. Sólo me dolía. No sabía cómo hacer que el dolor parase. Mi conciencia pesa, lo sabes. Pesa como la tuya, pero era necesario. Algunos de ellos habían quemado a otros vampiros. ¡Dile! Dile eso si quieres o guarda silencio. Quizás necesita reflexionar por él mismo y comprenderlo sin que tú le ayudes. Recuerda que se parece a ti en algo más que en el físico. Aunque tenga ropas más elegantes que las tuyas, parezca más maduro y refinado, es salvaje y ama ser rebelde. Tiene tu sangre. Posee tus genes. Esos genes que le han dado esos labios carnosos, esos ojos tan azules, el cabello dorado como si hubiesen arrancado rayos de sol para crearlo y sus manos. Posee unas manos tan magníficas como las tuyas. Pero él no ha vivido… No ha vivido el mismo dolor. Deja que se equivoque.  Permítele esa oportunidad, amigo.

—No, somos fruto de algo más—respondí.

—Eso quieres creer.

—Viktor, yo no creo en nada— le recordé—. Me  he pasado la vida creyendo y descreyendo. Podía haber seguido esos pasos, torpes y ciegos, hacia la santidad.

—Gracias a Dios, o al Diablo, que dejaste esa estúpida teoría. ¡Era disparatada!—exclamó girándose para mirarme a los ojos.

—No tanto cuando un espíritu, lo que fuese, se presenta ante ti y te habla de ese modo. Pero ahora no es tiempo de discutir. Por favor, Viktor, dime cómo está mi querida Rose. Háblame de mi hermosa niña, de mi rosa de sangre—dije tomándolo de los brazos, deslizando mis manos hasta sus muñecas, para sostenerlas con mis dedos mientras le miraba a los ojos—. Háblame de cuánto la amas, pues haces que me sienta en paz.



Lestat de Lioncourt 


lunes, 4 de enero de 2016

Fanfic - Regalo de Reyes - Amar es dejarse llevar II

El narrador de ésta historia, quien lo cuenta, es alguien cercano a ambos. Pobre desgraciado... ¡Creo que sólo tiene celos!

Lestat de Lioncourt


Noche lluviosa y fría en Auvernia. Los árboles se quejaban doblándose fuera. La ventisca era intensa, pues tenía ráfagas de aire bastante fuertes capaces de arrancar árboles, aunque no hacía el suficiente frío como para que nevera. Ese año aún no había caído ni un copo. Era extraño ver el paisaje invernal de ese modo, estando a primeros de Enero. Sin embargo, no había nada que hacer. No se podía controlar un tiempo que se estaba destruyendo por culpa de la contaminación del hombre, sus deseos insaciables de destruir el mundo a cambio de monedas y billetes. Nada. Uno no puede hacer nada si el resto camina al contrario.

Semanas atrás había sido casi imposible caminar por París, una ciudad que no estaba muy lejos de donde se situaba el castillo, debido a seguridad tras los atentados y a la gran afluencia turística. Muchos enamorados seguían decidiendo ir a la ciudad del amor, la moda, la alta cocina y robo a mano armada en las diferentes céntricos cafés, restaurantes y terrazas de todo tipo. Aún así el negocio estaba en auge.

Auvernia era muy distinto. Aún era un pueblo olvidado de la mano de Dios. Todavía el turismo no acudía en masa. La ladera seguía teniendo los animales más afortunados de la región, pues nadie los espantaba ni cazaba. El castillo se mostraba siempre imponente, con algunas luces encendidas, convertido en una llama que avivaba el corazón de un pueblo que estaba condenado a ser olvidado. Pero ya no.

Lestat había reconstruido éste piedra a piedra, invirtiendo una gran suma de dinero e ilusiones. El constructor, como todo su equipo, vivía no muy lejos. Todavía quedaban salas por terminar, pero era habitable y él disfrutaba de aquel lugar como nunca.

Louis estaba allí, convirtiendo sus días y noches en algo distinto. Sin olvidar un cachorro de mastín que había adquirido recientemente, fruto del amor de su madre, y el propio Amel que coexistía en su mismo cuerpo. Por así decirlo, Lestat no sentía la soledad en ese momento. Había encontrado lo que necesitaba, lo que siempre había estado buscando.

—Viktor dijo que vendría—murmuró Louis mirando el gran reloj de la sala.

Era un reloj de péndulo, el cual había que darle cuerda de vez en cuando, y que se mostraba imponente, sofisticado y como una decoración más que como algo útil. Lestat sólo lo miraba para regodearse en su buen gusto, pero para nada más. Nunca echaba en cuenta las horas, pues para él siempre era demasiado temprano. Un vampiro como Lestat podía despertarse cuando el sol aún estaba en el cielo, reinando con cierta soberbia, y podía marcharse a descansar después del amanecer, casi a medio día.

Su mártir, su filósofo eterno, su piadosa muerte y, en definitiva, su corazón estaba inquieto. Siempre vivía inquieto. Jamás era del todo feliz. Buscaba cualquier excusa para mostrarse abatido o infeliz. Fuese cual fuese. Era algo intrínseco, como le ocurre a los humanos. Los humanos nunca son felices por completo, siempre están insatisfechos y quejosos de cualquier cosa. No importa el contexto. Jamás se sienten dichosos y siempre mejorarían sus vidas, se lamentan por cosas ocurridas en el pasado y sufren terriblemente. Lestat también lo hacía, como no, pero optaba por callarse y asumir un drama mucho más intenso. El Príncipe de los Vampiros vivía un duelo eterno consigo mismo, con sus deseos y frustraciones. Itnentaba poner remedio a sus torpezas y fracasos, alentándose así mismo y no hundiéndose. Pese a la soledad en la cual vivía, que siempre le rondaba con sus manos frías similares a la muerte, él no se dejaba ahogar por las penas. Sin embargo, Louis estaba encantado.

—Si no te lamentas no eres feliz—resopló tras el periódico.

Aún compraba el periódico. De hecho compraba periódicos de diversos lugares del mundo, de indistinta ideología, y conseguía así cuestionarse todo e informarse a la vez. Como todos los vampiros, jóvenes o viejos, tenía manías y costumbres. Él, sin duda alguna, tenía esa y no podía evitarlo.

—¿Me estás llamando melodramático?—preguntó Louis ofendido. Éste dejó el libro que tenía entre sus manos a un lado, colocándolo a pocos centímetros de él en el asiento libre entre ambos.

—¿Acaso no lo eres?—dijo sin perder el hilo de sus lecturas—. Vaya, al parecer los productos hindúes están revolucionando el mercado tecnológico...

—¡No me cambies de tema de conversación!—exclamó tomando el libro, para luego lanzárselo con fallida puntería.

El libro aterrizó contra el suelo, quedando abierto con el lomo, la contraportada y portada hacia arriba. Lestat había logrado esquivarlo, y su periódico también. Las memorias de aquella actriz famosa, de cine y teatro, habían sido arrojadas en vano.

—¡Contesta!—gritó arrancándole el periódico.

—¡Mi periódico! ¡Iba a mirar como iban mis inversiones en bolsa!—refunfuñó—. Louis...

—Si vas a quejarte de mí, de mi forma de ser y sentir, por favor te pido que seas valiente y lo hagas a la cara. ¡Mírame!—dijo agarrándolo del cuello de su camisa color cereza.

Desde que Lestat le había dado de nuevo la sangre, pasando por lo que ahora sabía a ciencia cierta, Louis había despertado. Ya no era tan lánguido ni se dejaba vencer con facilidad. Era ligeramente más terco y parecía encajar mejor las discusiones. Por eso acabó sobre las piernas de Lestat, con la frente pegada a la suya y sus ardientes ojos verdes fijos en los azul grisáceos, con fabulosos toques violetas, que Lestat poseía.

Ambos eran muy distintos físicamente, pero también sus almas lo eran. Lestat era terco, orgulloso, amaba las discusiones y también meter las narices en asuntos que no le debían siquiera importar. Siempre ha estado inmerso en problemas por querer indagar en cuestiones tóxicas, inapropiadas o fuera de la ley. Amaba trasgredir normas. Pero también amaba seguir otras tendencias, como la moda. Llevaba prendas que había visto anunciada en distinguidas boutiques, pantalones tejanos de diseño harapiento y unas botas de punta ligeramente alargada, con algo de tacón, que Louis le había comprado recientemente. Tenía la imagen de un muchacho rebelde, aunque intentase por todos los medios parecer clásico. La chaqueta de cuero estaba tirada, de cualquier modo, en el sillón de orejas próximo, y estaban junto a sus gafas de sol y unos guantes sin dedos que usaba para conducir sus deportivos o su amada harley. Louis era más precavido, y alimentaba su curiosidad con preguntas a otros. Nunca se exponía demasiado al gran público, aunque había tomado decisiones precipitadas y temerarias en los últimos tiempos como salvar a Rose de aquella horrible institución. Su ropa era más clásica. Su camisa tenía unos botones menos llamativos, del mismo color negro que la tela de la prenda, y sus pantalones eran de vestir y llevaba chaleco. Lestat tenía el pelo suelto y rebelde, pero Louis lo tenía recogido y bien peinado.

Dos seres distintos que se atraían a la vez que discutían. De hecho, las discusiones mantenían la llama encendida. Pues del mismo modo que se gritaban, se besaban. Y eso ocurrió. La ropa no tardó demasiado en desprenderse de sus cuerpos y quedar ambos sobre la alfombra de imitación de piel de oso pardo.

—¿Tienes dosis?—preguntó Louis aceptando que Lestat mordisqueara su lóbulo derecho.

—Sí, tengo parches en la chaqueta—susurró.

—¡Y por qué tienes parches ahí!—dijo tomándolo del rostro para que le respondiera.

—Tengo parches en muchas de mis prendas—respondió con una sonrisa divertida—. Así siempre los tengo a mano...

—Para usarlo con golfas...—musitó arrugando la nariz, deseando salir de allí.

—¿Te estás llamando golfa?—preguntó echándose a reír—. La única golfa que deseo eres tú, imbécil.

Estiró su mano tomando la prenda, logrando que cayera cerca de ambos. Del interior de uno de sus bolsillos sacó un par de parches, los cuales acabaron sobre el vientre de Louis y el suyo propio. Los besos se encendieron y sus cuerpos también. El calor sofocante de una llamarada, de fuego abrasador, parecía haberse iniciado en ambos. Sobre todo, el calor entre sus piernas. Ambos miembros se endurecieron aún más, mientras sus labios se seducían con lujuria y necesidad.

Louis jadeaba bajo, permitiendo que los dientes de Lestat rasguñaran su perlada piel. Sus pezones, estaban duros, y parecían necesitados de caricias, por eso acabaron pellizcados, e incluso mordidos, mientras sus piernas se abrían y sus caderas se elevaban. Quería sentirlo dentro de él, rompiéndole en dos. Necesitaba olvidar la discusión, la angustia y cualquier penuria con el cuerpo de quien siempre había sido su único amor.

Él nunca había amado antes. Jamás se entregó a otro hombre. Se había sentido tentado por algunos muchachos, también por alguna mujer. Pero el amor era imposible. Al único hombre que había amado de forma sincera fue a su hermano, y era un amor puro y para nada pecaminoso. Lestat le recordaba a él en algunos aspectos, pues le había salvado del mundo del mismo modo que Paul había querido salvarlo a él. Un mundo que se había convertido en un libro salvaje, un jardín paradisíaco lleno de demonios, gracias al pacto que hicieron. Lestat era su demonio, su Lucifer particular, y él un idiota que se dejaba tentar con facilidad.

La lengua serpenteante de Lestat formaban pequeños caminos insinuantes, muy excitantes, que alentaban al deseo. La punta húmeda y ágil había jugueteado cerca de su ombligo, bajando hacia su vientre y rozado el inicio de su sexo. Sus muslos temblaron, aunque en realidad Louis se agitó por completo. El latido de su corazón y respiración eran acelerados.

—Hazlo, hazlo... —le animó hundiendo sus largos dedos en el cabello rubio de su amante.

Lestat no estaba dispuesto a ir tan rápido, así que simplemente lo giró dejándolo de espaldas a él, para comenzar a lamer entre sus nalgas. Hundía su lengua en aquel pequeño orificio, el cual estaba deseando ser penetrado con rabia y erótica violencia. Los gemidos de Louis no tardaron en elevarse hasta el techo, justo donde se hallaban las hermosas lámparas que habían adquirido hacía unas noches. Sus gritos de placer rebotaban en cada esquina, como si quisieran derribar los fuertes puros repletos de viejos escudos y pendones con el símbolo de la casa Lioncourt.

Y, entonces, en medio de ese salvaje placer llegó otro mayor. Lestat lo penetró con fuerza, sin previo aviso, provocando que Louis hundiese su cabeza entre sus delgados brazos. Así, acorralado contra el suelo, se le acentuaba aún más la cintura. Era menudo, mucho más que Lestat, aunque con las prendas solía parecer más masculina su figura.

Gruñían, gemían y se confesaban palabras sucias. Lo hacían sintiéndose libres, sin nadie que pudiese verlos, pero no fue así. Viktor y Rose entraron en el gran salón encontrándose la escena. La joven sólo se llevó las manos a la boca y abrió los ojos, atónita, mientras que el muchacho simplemente observó con curiosidad como su padre “domesticaba” a la fiera. En ese instante Louis llegó, manchando la alfombra con su semen, y poco después lo hizo Lestat.

—Ya no veré igual a esa alfombra—murmuró Viktor haciéndose notar.

—¡Lestat! ¡Mi ropa! ¡Lestat! ¡Aparta!—dijo al girar su rostro y ver a ambos, allí de pie, observando la escena—. ¡Tus hijos, Lestat!

—¡No digas que somos hijos suyos! ¡Me hace sentir sucia al acostarme con Viktor!—reprochó Rose ocultándose tras el doble perfecto de Lestat, aunque ligeramente más alto y fornido.

—No digas tonterías, Rose. He conocido familias infectadas por el incesto. De hecho...

—No es momento para hablar de historia, ¿no crees?—dijo riéndose su hijo. Su propio vástago se burlaba de esa escena, pero en sus fueros internos había imaginado a Rose bajo su cuerpo.

Se preguntó, como no, si era así como se veían cuando hacían el amor. Louis tenía ciertos rasgos similares a Rose. Era de cabello negro como el ébano, ojos claros, piel delicada y de aspecto frágil. Y él, como no, era la viva imagen de su padre.

En aquellos momentos, mientras Louis intentaba huir y Lestat correteaba tras él, recordó la noche anterior. Rose tenía sus senos perfumados y envueltos en un sofisticado dos piezas negro lleno de encaje, y alguna pedrería, que él mismo había comprado y elegido. Ella se dejó hacer, como si fuera una esclava sexual dominada por los más bajos instintos. Sus manos pequeñas y finas habían masturbado su miembro, masajeado sus testículos, y erizado su piel con sus largas uñas. La lengua de su amante era sensual y atrevida, para nada tímida como era fuera de la cama.

Nada más recordar sus ingles calientes, su vagina húmeda y receptiva, se excitó deseando tener los parches a mano. Podía robar los de su padre, llevarla a su habitación y hacerla suya. Deseaba susurrarle palabras sucias y terribles, hacerle proposiciones deshonestas y lamer su cuello antes de tirarla a la cama, penetrarla con fuerza y hacerla sentirse acorralada, y aplastada, por el peso de su cuerpo.

Su padre finalmente fue arrastrado por Louis hacia su habitación. El efecto de los parches eran más duraderos, pues se iba dosificando poco a poco y no era tan directo como las inyecciones. Y, allí, a disposición suya quedaron los parches. Sin embargo, recordó que no quedaban femeninos. Que no podría ofrecerle el mismo placer a su encantadora Rose. Así que desechó la idea, aunque se giró y la tomó del rostro sonriendo perversamente.

—Hoy te libras, amada mía—dijo apoyando su frente sobre la de su acalorada, y algo asustada, muchacha—. Pero mañana el lobo vendrá a comerte—susurró agarrándola de la cintura, para besarla de forma apasionada.

Y, os puedo asegurar, que de tal palo tal astilla. He intentado por todos los medios que Viktor no sea como su padre. Sin embargo, cada día compruebo que la genética va más allá del color de ojos, algunas patologías y diversos mecanismos de defensa. Esto va mucho más allá. ¡Sobre todo porque me tienen que contar sus juegos sexuales! ¿Acaso yo cuento los míos con Seth?  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Movimiento en los espíritus - Archivo Talamasca

David Talbot y Daniel Molloy nos traen algo más sobre lo que está ocurriendo ahora, en la Tribu.

Lestat de Lioncourt


Corríamos por la ciudad. No lo hacíamos a la velocidad de un ser humano. Jamás me había sentido tan libre. Nunca había probado mis poderes de ese modo. Creo que jamás me había percatado que poseía tales habilidades. Por primera vez me sentía unido a lo que era. Había dejado atrás los deseos desenfrenados de entrar en locales de poca monta y dejarme llevar por la estruendosa, aunque atractiva, música que me hacía bailar durante horas. Vestía ropa cómoda, algo ajustada, y oscura. Él me había pedido que fuese su sombra, o al menos algo similar, porque quería que le acompañara hasta uno de los cementerios más populares de París.

Un París que parecía una bomba de relojería. Las calles se habían llenado de muertos por las políticas del presente y pasado gobierno, por financiaciones que rallaban lo ilegal a organizaciones terroristas, y porque se había fabricado una nueva guerra que dividía, clasificaba y hacía que los buenos fueran muy buenos y los malos terribles. La lluvia caía precipitándose con rabia. El viento agitaba las húmedas banderas a media hasta, las luces seguían tiritando y en algunos locales se escuchaba un himno, lleno de símbolos que alentaban a una pureza de sangre inexistente en una sociedad actual, que unía almas.

Cada pisada era como una liberación. Me sentía libre. Él parecía no disfrutar de aquellos movimientos limpios, medidos y sigilosos. Los míos eran más patosos. Yo parecía un bebé que recién caminaba en comparación con él, un hombre atlético y que se comprometía con la carrera a contra reloj que estábamos teniendo.

Benjamín difundía algunos mensajes en la radio. Hablaba de diversas informaciones que habían llegado de La Orden de Sabios de Talamasca. La Talamasca de David Talbot era muy distinta a la actual, pues habían crecido las medidas de seguridad y ahora realmente la gobernaban humanos para humanos, aunque en las sombras seguían aquellos seres poderosos que se encargaron de engrandecerla y conservarla.

“Queridos hermanos. Se están viviendo cambios. Actualmente no podemos hablaros con claridad de todo lo que está sucediendo. Los espíritus parecen intranquilos. Quizás se está abriendo otra brecha en ésta realidad, la que todos compartimos, y están apareciendo espíritus que desconocíamos. No tengáis miedo. Ahí fuera hay un grupo de talentosos hombres, mortales e inmortales, que están recabando información para todos ustedes. Repito, somos una Tribu y la Tribu se está moviendo. No temáis.”

Se escuchaba el violín de Antoine y el piano de Sybelle. Podía imaginarlos juntos tocando hasta el delirio. Allí estaba Marius, reunido con Armand, mientras Gregory paseaba por las habitaciones conversando con algunos jóvenes vampiros amigos nuestros. Pero ¿y Lestat? Hacía días que no aparecía, ni hacía reuniones y parecía desaparecido. No preguntaba por él, no quería parecer nervioso porque el líder no estuviera y, por supuesto, no deseaba que mi ansiedad preocupara al resto. Sin embargo, mis dudas se resolvieron.

Allí, bajo la fina llovizna, se hallaba Lestat junto a su replica perfecta. Lestat de Lioncourt y Viktor, su hijo, se hallaban de pie vistiendo ropas similares. Viktor era más pulcro, llevaba el pelo recogido y era ligeramente más alto y ancho. Lestat era un poco más menudo, su cabello estaba revuelto y poseía ligeras vetas blancas que hablaba de su exposición al sol de forma reiterada. Ambos llevaban chaquetas rojas con solapas negras, camisas blancas de algodón y jeans desgastados con unas botas elegantes, aunque cada cual llevaba unas botas distintas. Las de Viktor eran más sofisticadas, las de Lestat eran las de una estrella del rock trasnochada.

—Buenas noches, amigo—dijo David abrazándose a él con fuerza y ánimo.

—Buenas noches, David—contestó con tono jovial, como si nada pasara, mientras su hijo parecía inquieto—. Seth me ha enviado con Viktor como escolta, ¿te puedes creer? Mi hijo es quien vigila que no me meta en líos—se echó a reír, pero su risa no era del todo libre. Parecía preocupado. En ese momento me di cuenta que estaba tenso.

—¿Por qué nos has reunido aquí?—pregunté—. ¿Por qué he tenido que venir yo?

—Porque alguien tenía que acompañar a David y él se fía de ti—dijo Viktor. Su voz era tan similar a la de su padre que sentí un ligero escalofrío, pero no tenía acento francés. Poseía un acento que no era de ninguna parte, un acento de miles de países, aunque con un cierto desdén norteamericano. No podía diferenciarlo del todo.

—Podemos discutir todo en el café, por favor—movió suavemente su cabeza señalando una pequeña y coqueta cafetería.

Estaba arrebosar de personas. Sin embargo, parecía que no le importaba que otros escucharan nuestra conversación. Había varios vampiros jóvenes no muy lejos, podía sentir sus miradas y sus deseos de leer mi mente. Por supuesto, como no, tenía la mente cerrada y supongo que el resto también.

Nos movimos hacia el interior y allí, rodeados del aroma a café recién hecho y de distintas viandas, nos sentamos. David pidió un ponche, Lestat hizo lo mismo, Viktor optó por chocolate caliente y yo decidí pedir un café solo. Los cuatro calentaríamos nuestras manos con las tazas y emularíamos que podíamos digerir la bebida. La camarera fue rápida y su sonrisa parecía amarga. Era normal que todos estuvieran tensos por los atentados.

—Hace días que Amel está inquieto—dijo rompiendo el silencio.

—¿Inquieto?—preguntó de inmediato David—. Especifica.

—Sucedió hace unas noches. Teníamos nuestra habitual conversación tras la muerte de una de mis víctimas. Había decidido matar a un estúpido que se pavoneaba imitándome, intentando que todos creyeran que era yo—sonrió ligeramente acariciando la taza y se la acercó a la boca—. Como si eso fuese posible, pues ni siquiera Viktor es capaz de imitarme.

—No soy tan descarado ni irresponsable—contestó su hijo provocando que él bajar la taza y se echara a reír—. Ríete, pero incluso lo dice Seth.

—Seth tiene razón—respondió—. La cuestión es... —se quedó pensativo, como si escuchara a esa voz, para luego continuar—. Oh, sí. Empezamos a conversar sobre mis viejas vivencias y finalmente acabamos hablando de Memnoch. No sé porqué, pero se tensó.

—Sigues creyendo que era un espíritu. Ahora lo crees firmemente—murmuró David.

—Así es. Lo creo—indicó.

—¿Y por qué? Decías que era el diablo...—interrumpí.

—Así se presentó y así me hizo creer, pero pienso que son espíritus que encuentran pequeñas brechas en la oscuridad, esa oscuridad donde viven, y quieren entrar en nuestro mundo. Es como una enorme grieta. Creo que algo, no sé qué es, está sucediendo e intranquiliza a Amel. Puede que tenga que ver con Memnoch y ese lugar, el lugar donde me llevó—susurró lo último sin saber decir un lugar en concreto, pues no lo había.

Entonces Viktor recibió un mensaje y miró a su padre, éste lo observó durante unos segundos como si pudiesen hablar en una lengua inventada, como los gemelos, y ambos se incorporaron. Tenían que irse. Se despidieron rápidamente de nosotros y David fue tras ellos, dejando un par de billetes como propina y pago, mientras yo me quedaba allí sentado, pensando en todo lo que habían dicho y meditando sobre los pasajes de la aventura de Memnoch. En aquellos días yo estaba loco, perdido, desestructurado y hundido. Fueron días terribles. Armand estuvo a punto de morir y Mael estaba desaparecido desde entonces. Algunos decían que el celta estaba muerto, pero Marius decía que no era posible.

—¡Daniel!—gritó desde la puerta David—. ¡Vamos!


Me levanté y fui hacia la puerta acomodándome la sudadera. Ni siquiera me había bajado la capucha, me di cuenta cuando quise subirla al percibir que seguía lloviendo. David Talbot me rodeó con su brazo derecho, pasándolo por encima de mis hombros, para luego pegarme a él intentando darme algún consuelo. Necesitaba ver a Marius. Quería hablar con quien tenía como maestro y vínculo, pero también necesitaba hablar con Armand sobre Memnoch. Yo sabía que David y yo nos trasladaríamos de nuevo hacia Nueva York, donde estaba el resto.  

jueves, 22 de octubre de 2015

Él, yo y la eternidad

A veces uno sale a la calle sin esperanzas de encontrar algo que te emocione, llame tu atención y provoque que tu corazón lata como nunca. Llevaba años sintiéndome solo. La soledad es terrible y, en ocasiones, no se puede espantar con facilidad. Puedes sentirte solo en mitad de una reunión de amigos, vacío en mitad de una cama rodeado de mujeres que acarician tu pecho y te adulan, humillado ante los aplausos del gentío y olvidado pese a tener el reconocimiento de aquellos que dicen amarte. He descubierto muchos tipos de soledad a lo largo de los siglos. Una soledad aguda y que se convierte en daga que atraviesa mi corazón, enterrándose hasta el puño, mientras siento que pierdo el conocimiento y el aliento.

Por aquellas fechas, cuando había abandonado Europa y me adentraba por las tierras salvajes del nuevo mundo, descubrí una soledad aún más terrible y aciaga. Descubrí la soledad de ser extranjero en un mundo de rostros ligeramente conocidos, con un acento similar y unas ideas mucho más perversas que las mías. En sus almas podía leer la frialdad del dinero, la pasión por la carne y el desprecio por lo distinto. Siempre he tenido un deseo insaciable, por no decir terrible, de conocer nuevas experiencias e información.

Una noche recorría los barrios cercanos al puerto, donde los tugurios eran horribles y los marineros brindaban con las rameras más baratas. Allí, entre la multitud de almas en descomposición, encontré la mirada torva de un joven acaudalado que despreciaba el dinero, su suerte, la vida misma y su belleza. Reconocí a mi viejo amante Nicolas en él. Nicolas siempre despreció su talento, sus dotes, el dinero que una vez tuvo y todo lo que pudo haber sido. Nunca tuvo una motivación real. Aquel muchacho, con unos años más de los que Nicolas y yo disfrutamos como humanos, desprendía un aroma a ron barato, perfume de zorra bien adiestrada y sudor.

Él había estado allí toda la noche, como cada día al atardecer, jugándose la fortuna que le había concedido su difunto padre. Podía ver en él el rostro de su hermano mientras se precipitaba por la vidriera, así como esos ojos azules tan similares a los míos y su cabello rubio hondeando al viento antes del impacto. Un impacto que me ensordecía. Era una imagen que le retorcía y contagiaba con dolor, miseria y ruindad. Despreciaba todo lo que era y fue. Él amaba a su hermano más que así mismo, pensaba que era el ideal de hombre que nunca llegaría a ser y disfrutaba llorando frente a su tumba.

Vigilé sus pasos y a la puta que llevaba colgada del brazo. Cuando salieron no me despegué de ellos, fui su sombra, y cuando pude alcanzarlos vi como el chulo que nos acompañaba, pensando que era el único que espiaba a la pareja, se abalanzaba sobre él. Si bien, yo fui quien salió ganando con dos víctimas entre mis colmillos y él en mis brazos.

¡Oh! ¡Qué magnífica sensación de triunfo! La soledad se había evaporado por unos instantes. Sólo existía sus ojos verdes encolerizados y atemorizados. Sus labios carnosos parecían que iban a gritar, pero los callé al morder su cuello y dejarlo inconsciente. ¡Ah! ¡Qué hermoso! Era fabuloso poder sentir su peso junto al mío, como se retorcía dulcemente entre mis brazos y finalmente se abandonaba esperando la muerte. Una muerte que no vino, sino que finalmente, noches más tarde, sería eternidad.

Cuando estoy en su compañía, aún hoy, no me siento solo. Rememoro cada recuerdo, me apoyo en su hombro y tomo sus manos entre las mías. Me gusta jugar con esos largos dedos de marfil y pensar en las correrías que hemos hecho ambos. Conversamos, maldecimos, peleamos hasta lo indecible y después nos estrechamos mientras nos besamos desesperados. Somos las dos caras de una misma moneda. Él es mi antagonista y el único que ha logrado tocar tanto mi corazón. Él, Claudia y mi madre son sin duda mis creaciones más preciadas desde que tengo memoria, aunque ahora en éste círculo estrecho está Rose y Viktor. Rose es mi rosa de sangre, mi hija, y la niña que crié como si fuese mi sobrina dándole todo. Viktor es sangre de mi sangre, es un Lioncourt de pies a cabeza, y es sin duda mi orgullo. Sin embargo, no me siento solo ya gracias a Amel, aunque necesito urgentemente estar codo con codo con mi mártir, mi filósofo... mi Louis. ¡Y por supuesto saber dónde está mi madre! Ella siempre aparece y desaparece.


Doy gracias al destino por habernos unido a Louis y a mí. Nada hubiese sido lo mismo sin él. Ustedes no sabrían de mí, de nosotros, y éste telón jamás se habría alzado dejando nuestra historia en un cofre dorado cuya utilidad sería imposible de averiguar.


Lestat de Lioncourt   

martes, 22 de septiembre de 2015

Amor a primera vista

Ahora comprendo porqué estos dos terminaron juntos... En fin... mi hija adoptiva y mi hijo, ¿se puede considerar incesto?

Lestat de Lioncourt


Llegó a mí tullida, como un jardín arrasado por un salvaje, completamente ciega y con terribles cicatrices. Apareció como si fuese un sueño. Era hermosa, pero frágil. Habían destrozado su vida, arruinado su futuro y convertido su historia en un borrón en mitad de un libro demasiado extenso. Él cretino que había convertido en un infierno sus pasos por éste mundo, tan hermoso como salvaje, estaba muerto. Sin embargo, su muerte no me reconfortó ni me provocó placer alguno. Tan sólo me hizo despreciarlo aún más.

Siempre he sido un hombre impulsivo. Según mi madre tengo a quién parecerme. Soy de ese tipo de chicos poco reflexivos, aunque intento pulirme y comprender el mundo que me rodea. Mi curiosidad no posee límites, pero eso también me hace ser impulsivo y temerario. He vivido a la sombra de miles de recuerdos, libros, música tocada por un diablo en su mejor momento y la fascinación de una figura de leyenda. Sin embargo, frente a mí tenía a alguien que reconocería mis rasgos y me hablaría de él de forma íntima. No pude contenerme y fui a verla. Ella, la rosa más hermosa del Jardín Salvaje, estaba recuperándose como si fuese un ángel que intentaba volver al cielo.

Me senté junto a ella, tomé su mano entre las mías y jugué con sus finos dedos. Algo en mí me pedía quedarme a su lado. Creo que comprendí las miles de novelas románticas que abarrotan algunas repisas de la extensa biblioteca de mi vivienda. Aprendí a amar casi sin conocer, simplemente porque ella tenía un aura distinta a los demás. No era un vampiro. Estaba tibia y olía a vida. Era muy distinta a mi madre, aunque una vez fue como ella. Todos a mi alrededor poseían colmillos, pero ella era una mujer simple con miles de sueños muy similares a los míos, tan comunes como especiales.

El día que despertó algo comenzó. Ella y yo nos conocimos sin la intimidad de un café, aunque sí con la pulcritud de un hospital. Nos sentamos frente a frente. Por supuesto, me habló de él, de mi padre, y comprendí que realmente era algo excepcional. Acepté el hecho de ser su hijo y de parecerme demasiado a él. Nunca se lo había confesado a nadie, pero en parte se convirtió en mi héroe. Hay niños que tienen a Superman, pues yo tengo a Lestat de Lioncourt. Es irónico, ¿verdad? Un padre ausente que siempre ha estado ahí, aunque él lo desconociera.


Recuerdo su cuerpo desnudo bajo el mío, sus besos dulces, sus caricias indecentes y mis salvajes movimientos. Nos amamos como nunca lo habíamos hecho, del mismo modo que nos dejamos llevar por la necesidad de ser amados. El flechazo se convirtió en amor y el amor en un vínculo que perdurará para siempre.  

martes, 18 de agosto de 2015

Dispares e iguales

—Háblame de ti—dije al fin rompiendo el hielo.

Sus ojos eran tan parecidos a los míos que me paralizaron. Sentí un profundo amor desde la primera vez que logré contemplarlo. Era un muchacho atlético, con un porte muy parecido al de mis hermanos mayores y al mío. Sin duda era hijo mío. Veía en él todo lo que yo no había logrado ser. Poseía una esmerada educación, unos modales excelentes y no parecía ser un joven temeroso de vivir. Era mi viva imagen, como se suele decir vulgarmente a los parecidos casi exactos entre dos personas. No podía negar que era mi hijo y él no podía negar que era yo su padre.

—¿Quieres que te hable de mis estudios?—preguntó jugueteando con el último botón de su camisa. Había decidido vestir algo más informal, aunque seguía con el suéter oscuro sobre sus formidables hombros y la camisa era de una conocida marca de ropa, la cual era bastante exclusiva. No era un muchacho común. Fareed había hecho de él a un joven disciplinado en los estudios y sibarita hasta el más mínimo detalle. Su madre le había dado un amor indecible y un cuidado delicioso al criarlo sin problemas o miedos, salvo el impedimento que tenía hacia los espacios cerrados y oscuros.

—De eso podemos hablar más tarde—susurré—. He podido saber algunas cosas de ti, pues no has cerrado tu mente para mí—murmuré recostado en aquel elegante y cómodo sillón del escritorio. Me regodeaba y complacía estar en una biblioteca tan magnífica. Era la biblioteca francesa de Armand. Una biblioteca excelsa en hermosos volúmenes de autores clásicos y obras que han revolucionado el mundo. Mis escritores favoritos estaban allí y eso me complacía. Aunque también había libros de medicina, ciencia, filosofía y astronomía.

—¿Qué deseas saber?—murmuró clavando sus ojos en los míos—. No lo comprendo...

—¿Me odias? Te defraudé al no venir aquella primera noche, lo sé—me incorporé de inmediato acercándome a él, para sentarme al lado suya en la silla vacía que estaba a pocos centímetros de la que él ocupaba—. Viktor, mi hijo, mi criatura... tú eres parte de mí. Eres algo tan valioso como especial, pero aún así no he sabido demostrarlo.

—Viniste a la ciudad porque supiste que estaba en ella, ¿eso no te hace ser un buen hombre?—preguntó sin malicia. Realmente decía lo que pensaba y era un libro abierto. Sus expresiones eran similares a las mías y eso era un prodigio de la genética.

—No lo sé, ¿qué opinión tienes al respecto?—deseaba tocarlo, pero me contenía. Quería ver si era real. Necesitaba estrecharlo una vez más, sentir esa colonia fresca y agradable que solía usar, y percibir la calidez de su cuerpo. Un joven de diecinueve años, el cual me rebasaba por algunos centímetros y tenía una constitución mejor formada que la mía a sus años. Podíamos decir que éramos hermanos.

—Eres el vampiro más famoso de todos los tiempos. Miles desearían ser hijo tuyo, ya sea de forma genética o por medio de La Sangre—contestó con elocuencia, para luego echarse a reír—. Pero te veo y no veo tanta grandeza. Sólo veo a un hombre que posee una curiosidad innegable y una capacidad increíble para salir de todos los atolladeros. Eres rebelde y eso me agrada, pues no me gusta que nadie me imponga sus ataduras o pensamientos. Cuando leía sobre ti parecías más lejano, como si nada ni nadie pudiese alcanzarte, y que toda esa grandeza te daba un aire imposible. Pero no es cierto. Puedes llegar a ser tan similar a mí como distinto. No eres una leyenda de un libro, sino alguien real que puedo palpar. No estamos muertos, poseemos un alma y esa alma tuya es impredecible—me tomó de las manos y las puso en su rostro—. Somos muy parecidos, ya lo dice siempre Fareed, pero a la vez somos muy distintos. Ahora somos dos extraños, pero espero que pronto seamos algo más que un padre y un hijo. Las relaciones con los padres pueden llegar a ser tensas e imposibles, pero yo no quiero discutir contigo. No deseo que te alejes de mí ahora que estás a mi lado. Fareed y tú sois mis padres, pues ambos me habéis dado la vida que ahora poseo.


Me eché a llorar. Era mi hijo. Un hijo que debía conocer y proteger, el mismo que estaba enamorado de mi pequeña Rose. Ambos formaban una pareja encantadora y yo me sentía hundido en la felicidad, a pesar que aún había cosas que debía solventar. 


Lestat de Lioncourt

jueves, 30 de julio de 2015

Hijos de la oscuridad

Viktor y Rose son mis hijos. Yo salvé a Rose cuando era una niña, le di una esmerada educación y llegado el momento le ofrecí mi sangre. Viktor es hijo mío, sangre de mi sangre, genes de mis genes, y de una científica. Ellos son las nuevas flores que han surgido de un edén quemado.

Lestat de Lioncourt


—Todavía no puedo creer que esto haya pasado—dijo abrazándose así misma.

Su figura se vislumbraba a duras penas. La habitación estaba a oscuras y sólo las luces de la ciudad incidían sobre ella. Tenía el cabello suelto, algo desacomodado, y vestía un hermoso vestido de fiesta en color rojo pasión. Parecía una rosa salvaje en mitad de un inmenso jardín. ¿Y no era eso Rose? Una rosa de sangre del hermoso Jardín Salvaje. Su piel tenía un aspecto lozano, pues había consumido sangre hacía tan sólo una hora. Podía percibir aún el aroma de su víctima, una mujer de unos cuarenta años que ya no tenía fuerzas para vivir.

Me encontraba de pie, tras ella, con los brazos cruzados a la altura de mi torso. Mi cabello estaba algo más arremolinado que el suyo. Había estado corriendo por la ciudad tras unos asaltantes. No los maté, pero sí los dejé al borde de esa delgada línea en la cual decides que debes enmendar tus errores, revisas tus fracasos y caes en el abismo de una verdad dolorosa.

—¿Hubieses deseado haber continuado siendo humana?—pregunté con cierto temor.

—Jamás. Fue algo necesario, aunque me hubiese gustado ser madre—repuso girándose suavemente hacia mí—. ¿Nunca lo llegaste a pensar?

—Fareed podrá solucionarlo—expliqué—. No es algo que no podamos hacer.

En ese instante rompió a llorar y corrió hacia mí. Pude escuchar su llanto, pero también olerlo. Era como una pequeña lluvia salvaje que provoca la extraña sensación que algo se rompe. Sin embargo, me tomó del rostro y besó mis labios logrando que olvidara el dolor, el miedo, la preocupación y el llanto. Ella acabó aferrada a mí con firmeza, mientras yo la tomaba de la cintura.


Mi padre había salvado su vida en dos ocasiones. Ella, sin saberlo, había salvado la mía. Había salvado mi vida de una soledad que me aplastaba, del frío del laboratorio, de mi miedo a la oscuridad y los sitios cerrados. Ella había logrado que cualquier lugar fuese un paraíso.

lunes, 8 de junio de 2015

Mi vida en una breve carta

Mi hijo Viktor es un encanto... ya me llama irresponsable como los chicos grandes...

Lestat de Lioncourt 

Para muchos los vampiros son simples seres cargados de fantasía, los cuales poseen el atractivo del romanticismo y la acción moderna. Cientos han leído miles de obras sobre ellos imaginando a los personajes traspasar las hojas de los libros, llevándose su propio cuello a los labios y pactando con cada inmortal como si fuesen el mismísimo diablo. Han conquistado a poetas, escritores, pintores, escultores, al mundo del teatro, a los extravagantes y seductores diseñadores de ropa, cineastas del cine de culto al terror y también de la acción más explosiva. Los vampiros siempre han sido objeto de devoción y pánico. La oscuridad se cierne sobre las cabezas de aquellos que los han alentado a ser lo que son. Los escritores han convertido al mundo en un escenario llamativo para los más jóvenes, así como para muchos adultos y algunos niños. Si bien, para mí nunca han sido figuras de de fantasiosos sueños... han sido reales.

Desde que cuento con memoria me he visto rodeado de seres con colmillos, aprensión a la luz solar para salvar sus propias vidas, y amantes de un culto extraño a la vida. Ellos desean salvar vidas, pues los vampiros con los cuales he convivido son científicos. Todos ellos desean comprender qué son y cómo paliar las numerosas enfermedades mentales que pueden afectar a los neófitos, así como a los más antiguos, e incluso curar defectos físicos que ya estaban antes de ser convertidos en inmortales. Inclusive han desarrollado fármacos para poder procrear entre ellos, igual que lo podían hacer cuando era mujeres y hombres comunes. No están muertos. Son una especie nueva. Les late el corazón y respiran porque lo necesitan, sin embargo su alimento es la sangre.

Mi madre es una de esas científicas. En ella he visto la firmeza de una mujer mortal y la fiereza de una inmortal. Cuando contaba con diez años se sometió al rito final para ser transformada en lo que es hoy. Puedes verla atemporal, en sus cuarenta años, con su cabello rubio ondulado rozando su nuca y su impecable bata de científica. Mi padre ya era un vampiro. De hecho es uno de esos vampiros afamados que todos creen que es papel y tinta. Sus historias han saltado a la gran pantalla atrapando a cientos, ha sido estrella del rock por sus propios méritos y hay una serie de libros que han provocado miles de reacciones entre los vivos, los mutantes y los muertos. Cuando hablo de muertos me refiero a los espíritus y espectros. Sí, porque ellos también son reales. Igual que son reales los brujos y su orden paranormal gobernada entre las sombras por un milenario inmortal, un fantasma y un espíritu.

Mi nombre es Viktor. Supongo que ahora, desde que él sabe mi existencia, puedo decir que mi nombre completo es Viktor de Lioncourt. Un vampiro hindú llamado Fareed, al cual admiro y quiero como si fuese también mi padre, logró que mi madre me concibiera gracias a sus adelantos e investigaciones científicas. Lograron un milagro. Bueno, milagro lo llamó Lestat... Fareed lo llamó hito científico.


Toda mi vida he vivido rodeado de inmortales. Ahora, gracias a mi persuasión y testarudez, soy parte de los vampiros que rodean la corte de mi padre. No me importa haber dejado atrás el sol, pues tengo a mi compañera y a toda mi familia envuelta en la nube de poder, sabiduría y camaradería que siempre he admirado y querido. Atrás han quedado las viejas luchas por poder. En estos momentos sólo queda comprendernos entre nosotros e intentar que la paz perdure... Y que mi padre cumpla las normas que él mismo ha pedido que Marius, uno de los vampiros ancianos, ha desarrollado. Entre nosotros, queridos amigos, no creo que lo logre. Mi padre no sabe que es una norma... creo que nació para ser rebelde.    

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt