Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 7 de agosto de 2017

Oro y pinturas

Dos milenarios peleando como chiquillos... ¡Lo de siempre!

Lestat de Lioncourt

—Sólo te importa el dinero, los malditos lujos que puedes adquirir con ellos, y el estatus que te otorga ser el líder de una gran empresa. Lo demás, no. ¿No es un tanto vacío?—preguntó.

Terminaba de mezclar las cartas con el estilo de un crupier, para luego extenderlas sobre la mesa redonda de caoba que había en la sala. Me encontraba cómodamente sentado hasta que llegó él perturbando mi conciencia con esa pregunta tan hostil. Sabía que me había metido en su vida al cuestionar su amor hacia Armand hace apenas unos días, pero ¿tenía que cuestionar mi forma de vivir? No la de amar, sino la de vivir. Además, lo había hecho de forma meramente objetiva al ver los llantos del muchacho ante sus contestaciones poco acertadas. No fue algo que pretendía ofenderle, sino una apreciación.

—He vivido mucho tiempo y me gusta vivir cómodamente—respondí encogiéndome de hombros—. Amo aparentar ser humano, que mis empleados me crean un buen líder y que nadie me cuestione en qué malgasto mi fortuna—. Alcé mis ojos oscuros y me crucé con los suyos. Eran tan azules como el cielo, pero tenía un punto de frialdad que me provocaba cierta aprensión. Estaba claro que él era mucho más joven que yo, que no debía temer sus impertinencias, pero a la vez era ese ímpetu que veía en Lestat, que amaba en él, y veía reflejado también en Marius. No quería discutir, la verdad es que no era el momento ni el lugar.— Más bien, en qué la invierto.

—Prefiero vivir de formas más sencillas—respondió.

—Oh, ¿bromeas?

Tuve que reírme mientras intentaba resolver el solitario. Las cartas eran hermosas, pero me parecían muy sencillas. Prefería seguir pensando que podía mejorar ese juego, aunque no sabía como. Nuevas reglas, nuevo aspecto... ¡Quién sabe! Yo también soy algo creativo.

—No, no bromeo.

—Marius, no seas hipócrita—dije lanzando una mirada severa—. He visto donde vives, también donde descansas en las distintas sedes, y puedo asegurarte que amas tanto el lujo como yo lo amo. Tal vez no haces gala de tanta ostentación, pero tienes que entender que yo provengo de una tierra donde el oro era algo común.

Sin lugar a dudas el oro fue el metal más valorado por mi pueblo y yo seguía haciendo alarde de él, pero ya no sólo en pequeñas decoraciones. Llevaba un rolex de oro, un anillo también de dicho material y a veces usaba cadenas que poseían colgantes que emulaban los viejos símbolos de poder del legado de mi pueblo, mis raíces, mi verdad y mi historia.

—El oro, las piedras preciosas y todo el dinero del mundo no pueden comprar experiencias que se tienen bajo el auspicio de la futilidad en esta vida—reprochó.

—Hablas de la tacañería—dije alzando la ceja derecha.

—¡Ah, no! ¡Diablos! ¡Hablo de sensaciones que no se pueden conseguir con dinero!— Vociferó al fin. Se estaba indignando.

—Yo las vivo sin y con dinero. ¿Qué hay de malo o deshonesto por mi parte?

—Olvídalo—contestó frunciendo el ceño.

—Te gusta sentir la miseria del artista, el hedor de los orines en los callejones, el perfume del sudor de aquellos que han corrido mil vidas en una sola y la sensación de no tener un lugar donde ocultarte ante los ojos de aquellos que te juzgan. Si bien, luego regresas a tu hogar, a esa poltrona de oro que posees en tu palacio de mármol, te sientas con tus mejores ropas, con las sandalias más cómodas que posees, y con el cabello perfumado a contemplar tu basta obra de enormes murales llenos de la magnificencia que da el ser un pintor vampírico. No me seas ruin, Marius. No faltes a tu honor con pequeñas mentiras tejidas alrededor del deseo de parecer bueno. Tú, como yo y como todos, amamos los lujos que hemos logrado sabiendo invertir y negociar.

Se había quedado allí de pie mientras me veía mover mis manos lentamente sobre las cartas, echándole un vistazo de vez en vez entretanto hablaba, y cuando acabé, supongo que por respeto, hizo un ademán para marcharse como despedida. Él había perdido, pero no iba a decirlo a viva voz. Tendría que meter su lengua en la boca y tomar el silencio como respuesta.

—Buenas noches, Gregory.


—Buenas noches, Marius—dije quedándome a solas de nuevo con mi baraja.  

lunes, 8 de agosto de 2016

Territorio

Aquí tenemos pelea de "Macho de lomo plateado, pelo en el pecho y milenios a la espalda" con Landen siempre metiendo un poco el dedo en el ojo.

Lestat de Lioncourt



—Me pregunto qué demonios hacías bailando con mi mujer—dijo entrando en la biblioteca donde me encontraba recluido.

Landen seguía jugando con el globo terráqueo algo desfasado, pero terriblemente hermoso. Sus largos dedos eran muy atractivos, aunque sobre la pieza parecían patas de araña. El cabello azabache lo tenía algo revuelto y rozaba algo más que sus mejillas.

—¿Disculpa?—pregunté alzando la vista para ver a ese impresionante guerrero con aquellas prendas tan bárbaras. Creo que el diseñador de tal esperpento era el cotizado Ermenegildo Zegna, pues había adquirido algunos trajes suyos hacía algún tiempo para pasar desapercibido entre el populacho.

—Deberías pensar más en lo que haces—me escupió directo mientras acomodaba los hermosos gemelos de oro y diamantes que lucía de forma coqueta.

—Gregory, no quiero discutir por algo tan estúpido—dije intentando restarle importancia.

Con cuidado dejé la pluma en un lado de la mesa y recogí mis largos cabellos color paja hacia un lado. La túnica árabe que lucía, prestada por Seth, me quedaba como un guante y me hacía lucir muy distinto a ese hombre surgido de los milenios con una belleza sobrehumana.

—Verás, Marius, para mí mi Chrystanthe es muy importante y no permitiré que te propases—comentó apoyando sus grandes manos de guerrero sobre la mesa. Me pregunté a cuantos había matado con ellas desnudas o empuñando una cimitarra.

—Sólo fue un baile—contesté cansado mientras Landen se giraba para husmear mejor la situación.

—Conozco a los hombres como tú—dijo frunciendo el ceño uniendo esas cejas espesas, pero delineadas.

—De acuerdo, digamos que estuve coqueteando pero ¿acaso tú no tienes un joven de piel atezada y ojos profundos por el cual te desvives?—dije con una sonrisa pícara que él se encargó de borrar.

—Sí, como un padre. No soy tan despreciable como tú—respondió.

—Comprendo...

—Aleja tus sucias manos de artista del engaño, las mentiras y desilusiones de mi esposa—me reprendió golpeando la mesa para apartarse con furia. Aquel hombre tenía sólo dieciocho años cuando fue creado, pero su aspecto era el de un hombre maduro y sensato salvo cuando tocaban a la mujer de su vida—. No te quiero cerca—siseó caminando hacia la puerta—. Ella es lo más importante que tengo en mi vida.

—¿Y si ella se acerca a mí?—dije con algo de malicia simplemente para comprometerlo. Admito que a veces puedo poner el dedo en la herida únicamente para ver la expresividad de ciertos rostros, y más cuando estos rostros son tan bellos.

—Ella jamás se acercaría a un cretino por su propia voluntad—esa frase me enfureció.

—Marius, una cortina está ardiendo—susurró Landen.

—¡Me ha llamado cretino!

—Eso es lo mínimo que te ha dicho—dijo aquel dichoso vampiro mientras se subía en la mesa y Gregory se marchaba airoso de aquella pelea—. ¿Ahora comprendes por qué la mayoría deseamos golpearte? Tienes la absurda manía de molestar a todos para divertirte. A Lestat le sale bien, pero tú no tienes la misma suerte—guiñó su ojo derecho y luego me tomó del mentón con ambas manos—. Yo aún sigo queriendo golpearte—dicho aquello se bajó del mueble y se fue hacia el extintor para apagar las llamas que consumían aquella costosísima tela—. Armand no va a estar feliz cuando veas qué hiciste, Marius.


—Al diablo todos...  

jueves, 21 de abril de 2016

Palabras y emociones.

Avicus es un hombre sensible y serio que estoy empezando a admirar y esta es una de sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Sentado en aquel enorme sofá me sentía inquieto. Todo había terminado demasiado rápido quizá. Nos habíamos reunido entorno a una mesa gigante donde podíamos contemplarnos unos a los otros. Zenobia no dijo nada y permaneció serena junto a mí. Ni siquiera mostró emoción alguna cuando Lestat se alzó victorioso en mitad de aquel enjambre de gritos y acciones violentas. Desde hacía tiempo parecía alejada de todo e inclusivo de mis deseos más profundos de permanecer a su lado.

—¿Por qué tienes esa cara?—preguntó Gregory entrando en el salón donde me había refugiado.

Lestat ya había sido coronado y hablaba en la radio de todo lo ocurrido. La gratitud de aquel muchacho, tan joven entre los nuestros y tan fuerte, me pareció profunda y sincera. Su voz se colaba por la aplicación del teléfono móvil que recientemente había aprendido a usar, pero no eran sus palabras las que me mantenían serio y concentrado en mis pensamientos.

—Avicus, amigo mío, ¿ocurre algo?—dijo tomando asiento junto a mí. Levantó su brazo derecho y colocó este sobre mis hombros ofreciéndome cierto consuelo sin saber bien qué ocurría.

—Noto distante a Zenobia o tal vez está volviéndose incapaz de asombrarse. Ella cada vez más disfruta de su lado masculino centrándose en aparentar ser un muchacho joven y fuerte mentalmente. Se mueve por las ciudades sola sin que yo la acompañe. Antes solíamos divagar mientras buscábamos una presa que fuese digna de nuestros más bajos instintos—guardé silencio unos minutos y me encogí de hombros mientras giraba mi rostro hacia el suyo.

Gregory seguía siendo aquel muchacho de piel bronceada y ojos profundos. Tenía dieciocho años cuando fue convertido y se ha transformado en el vampiro más antiguo que hay sobre la faz de la tierra. Fue la tercera creación de Akasha y el dirigente de un ejército de malditos. El mismo ejército que capturó a muchos como yo para someterse a los caprichos de la reina. Sabía que sobre su conciencia pesaba la tragedia de las Gemelas. Él, durante muchos años, había admirado a Khayman por sublevarse rápidamente y enfrentarse a una “diosa” que jamás debió existir. Comprendía que su sonrisa fuese ligeramente amarga como si despertara de una pesadilla para entrar en otra.

—Zenobia tiene un carácter muy distinto al tuyo. Siempre ha sido una mujer completa por sí misma sin necesidad que tú la persigas para animar su corazón o agitar su alma—dijo recostándose en el respaldo dejando su brazo caer—. Hay quienes necesitamos compañía para poder satisfacer ciertas necesidades sociales. Nos divertimos acompañados porque nos encanta conversar, pero ella es silenciosa y huraña—giró su rostro hacia mí mirándome a los ojos con esa profundidad que únicamente poseen los suyos y los de Seth, sonrió y me confesó algo que hasta ese momento no supe ver—. Además, ella ha dejado de competir con Flavius. Llevamos siglos juntos y aún no te has percatado que con el paso de los años ella ha dejado de lado el desear ser más importante que nuestro amigo griego—dijo palmeando mi muslo izquierdo para luego levantarse de inmediato acomodando su chaqueta Armani—. Pero yo sé que hay otro motivo por el cual estás así. Has mantenido la esperanza de ver a Mael incluso cuando te habían confirmado que estaba muerto.

—Aún sigo con esa esperanza, Gregory—dije.

—Yo la mantendría siempre—comentó encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? Mael es un ser solitario que agradece el silencio y la paz que le da el no tener que ofrecer explicaciones a otros. Posiblemente si está vivo aún tiene cicatrices por la exposición del sol, deambula por las calles de pequeñas ciudades y merodea siempre pueblos cercanos al bosque. Es un guerrero y un guerrero sabe sobrevivir pese a las heridas. Seguramente habrá luchado estos meses contra Amel y es posible que haya perdido la cordura algunos días, ¿quién dice que no es el culpable de algunas quemas desconocidas en ciudades europeas y americanas?—echó a caminar entonces hacia la puerta y se giró para decirme algo más antes de irse—. Y Marius ha afirmado que está vivo y herido, aunque no ha querido revelar como sabe eso. Ah... ¿y no dijo lo mismo Khayman? Él no estaba del todo seguro sobre su muerte.

—Lo dijo...—murmuré esbozando una sonrisa de esperanza.

—Iré a jugar al ajedrez porque tengo una pequeña competición con nuestro hospitalario Armand—dijo dejando sonar sus mocasines por el mármol perfectamente pulido.

Recordé la primera gran reunión que tuvo lugar cuando el concierto de Lestat. Decidimos no asistir porque Gregory no sabía como enfrentar a Khayman y de qué forma disculparse con las Gemelas, sobre todo con Maharet, por todo lo ocurrido. Él también desertó cuando pudo alejarse lo suficiente de Akasha, la cual le imponía cierto miedo y no respeto.

Me pregunté qué hubiese ocurrido de haber aparecido en aquella reunión. Imaginé a Mael abrazándome preguntándome por todos estos años de silencio y yo haciendo lo mismo reconociendo en sus ojos claros la bondad que pocos habíamos visto. Algo en mí se agitaba y era la pesada carga de saber que lo dejé marchar sin importarme nada, pues siempre creí que volvería a buscarme pidiendo un poco de mi corazón. Aunque él no tenía por qué pedir un trozo de mi alma, de mis sentimientos, de mi amor o como quiera el mundo llamarlo. Él tenía gran parte de mi corazón aún en sus manos y sería por siempre de ese modo porque era mi única creación, mi viejo compañero de armas y un amante excepcional pese a su mal carácter.

—¡Avicus! ¡Al fin te encuentro en este laberinto!—escuché la voz de Flavius sacándome de mis ensoñaciones.

Tras percatarme de su presencia en la habitación me di cuenta que él había regresado a sus viejos atuendos. Casi todos decidíamos vestir prendas similares a las que una vez usamos cuando éramos humanos. Él llevaba una toga corta que a penas cubría la mitad de sus musculosos muslos y que dejaba sutilmente su espalda descubierta. Parecía la imagen idílica de Apolo aunque faltaban las flechas. Sus cabellos rubios oscuros caían con gracia sobre su frente y rozaban su nuca. Tenía la belleza clásica de las esculturas renacentistas y poseía unos ojos tan hermosos que me recordaba a los veraniegos cielos que hacía milenios que no era capaz de contemplar salvo en películas, fotografías y magníficas pinturas. Si pudiese describir sus rasgos debería usar un cincel y mármol de gran calidad para crear un David de Miguel Ángel con mayor realismo. Sus labios poseen una bondadosa sonrisa que parece asomarse incluso cuando medita únicamente consigo mismo. Para mí siempre es placentero observarlo y pasar algunos minutos en su compañía porque me siento bondadoso y olvido que fui un sanguinario guerrero.

—¿Deseabas algo?—pregunté echándome hacia atrás en el sofá.

Él caminó pausadamente hacia mí intentando desvelar todo lo que mis ojos decían y mis labios callaban. Sin embargo esa noche era demasiado terrible y a la vez fascinante para que él pudiese comprender todo lo que me ocurría.

—Ven, ven conmigo—dije abriendo mis brazos para que él se subiera sobre mis piernas y me dejara rodear su cuerpo hasta encontrar la paz.

—Avicus...—susurró sentándose sobre mí y permitiendo que le estrechara para poder llorar en paz.

Llorar no es una muestra de debilidad. No me importa que lloren a mi lado y manchen mis prendas como tampoco me importa oler las lágrimas sanguinolentas de mis compañeros. Sé que es la máxima expresión de nuestras desatadas emociones. Flavius había sufrido durante algún tiempo una presión indecible sobre su alma y al quedar liberada, exculpada de todas y cada una de las pesadas palabras que caían como lanzas, las lágrimas acudieron como símbolo de felicidad.

En mutuo silencio y complicidad noté como él llevaba mis manos hacia uno de sus costados donde llevaba un pequeño zurrón. Allí, cerca de sus riñones, tenía unas jeringuillas preparadas con un líquido transparente cargado de hormonas masculinas para ser aplicadas. Su lengua rozó mis labios y se coló entre ellos para comenzar a besarnos sin sobre saltos. Mis dedos eran hábiles y abrí la pequeña bolsa, saqué los medicamentos y clavé una de las agujas en su muslo derecho, muy cerca de su ingle, para hacer lo mismo conmigo tras levantarme la camisa que había decidido usar esa noche. Flavius volvió a dirigir una de mis manos agarrándome de la muñeca derecha, colándola dentro del borde de su toga y permitiendo que notase que no llevaba ropa interior.

—Deseo estar en contacto con Pandora pero no irme con ella—me aseguró en un breve jadeo mientras yo comenzaba a mover mi mano contra su miembro—. Yo te amo a ti y nada podrá destrozar este sentimiento que me ahoga desde hace demasiados siglos. No me importa no ser el único al que ames—mientras decía eso abrió el primer botón de mi pantalón y bajó la cremallera para sacar mi sexo.

Ambos frente a frente nos dedicábamos caricias indecentes sin importar que la puerta permanecía abierta. Nos mirábamos a los ojos como dos adolescentes borrachos de hormonas que descontrolaban nuestros pensamientos enturbiando nuestra mente. Nuestras bocas eran una jauría de besos y mordiscos encendiendo aún con mayor ímpetu la mecha de nuestros cuerpos. El sudor sanguinolento de ambos era muestra inequívoca de nuestra profunda excitación. No tardaron demasiado nuestros cuerpos en sentir el impulso final llegando al orgasmo.

Él cayó sobre mi torso y yo decidí arroparlo nuevamente con mis brazos. Pegué su cuerpo al mío besé su frente y sus mejillas, dejé que su respiración agitada se sosegara junto a la mía y guardé silencio durante varios minutos. Me había hecho una confesión que ya sabía pues no era la primera vez que me demostraba tal devoción de amor.


—Te has convertido en el epicentro de mi alma... sin ti es posible que me derrumbara—confesé.  

martes, 29 de diciembre de 2015

Gracias a ti

Fareed y Seth son una pareja singular. Me agrada que existan personas que quieren saber sobre el pasado para mejorar el futuro. Y bueno... se ve que "coordinan" bien.

Lestat de Lioncourt


Había dejado en su recámara, donde solía pasar largas horas en la noche leyendo e indagando por la red de redes, un sobre con los resultados genéticos se había logrado realizar gracias a la generosa ayuda de Gregory. Aquel vampiro milenario, fuerte, educado y lleno de historias que aún no había narrado, ni siquiera a mí en la intimidad, me había permitido tomar muestras de su piel, saliva y sangre para comprarla con otros vampiros y, sobre todo, con Seth.

Siempre rondó en mi cabeza la posibilidad de parentesco entre ambos. Seth tenía su porte, pero poseía la delicadeza de rasgos que tuvo su madre. Desde que él se presentó ante Lestat, como hijo legítimo y biológico de Akasha, provocó que muchos giraran su rostro hacia la envidiable figura del sosegado guerrero Nebamun. Ella jamás amó a Enkil como pareja, sino como un hermano, y sus vínculos sentimentales con aquel guardián fueron revelados sin tapujos.

El sobre contenía una larga lista de resultados, no sólo vinculados al ADN, y una carta donde le explicaba que él era su padre. Su padre estaba vivo, se había convertido en un mutante gracias a los caprichos de su madre. Había permanecido en silencio, sin conocer con certeza si la criatura que Akasha llevó en su vientre, durante miles de años. Incluso permaneció sin decir nada el día que ella decidió hacerlo inmortal.

Por eso mismo vino a mí, a mi pequeña habitación, donde mantenía el contacto con el resto del mundo, con mis científicos y doctores, con una sonrisa de satisfacción. Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía de ese modo. Sus ojos oscuros parecían tener luz propia. Sus labios, carnosos y seductores, comenzaron a moverse para repetir una y otra vez la palabra “Gracias” en su idioma natal.

Él me había enseñado a leer, hablar y escribir en egipcio. Disfrutaba explicándome cada uno de sus conceptos. Por eso mismo, Seth, me hablaba de ese modo con la euforia de un niño. Era mi regalo de Navidad atrasado por algunos días, pero también lo era el de Gregory. Ambos podían respirar aliviados con la firme convicción que eran familia. Una familia que iba más allá del vínculo de la sangre y la sospecha.

Me incorporé y salí de detrás de la mesa. Él seguía hablando y moviendo sus manos. Siempre me han hipnotizado sus manos de dedos largos. Acomodé mi bata metiendo mis manos en los bolsillos, intentando evaluar el momento, para finalmente sacarlas y tomarlo del rostro besándolo. Mi lengua cálida se introdujo en su boca, aún más ardiente. Él no me rechazó, sino que colocó sus brazos alrededor de mis hombros apoyando sus brazos desnudos sobre éstos.

Sólo iba con un pantalón amplio, de lino blanco, que resaltaba su piel bronceada. Había decidido tomar el sol, hacer como otros tantos, y darle un color atractivo a sus rasgos por siempre jóvenes, de un muchacho de no más de veinte años. Sus pezones estaban algo más cafés, quedando resaltados frente a su piel ligeramente achocolatada. Su vientre, firme y ligeramente marcado, me atraía tanto como su torso y sus hombros. Sin pudor coloqué mis manos sobre el cinto del pantalón, para recorrerlo lentamente hasta el cierre. Sólo era un nudo, un pequeño lazo, que desaté. Hice que la prenda cayera y mostrase su miembro ligeramente duro.

—Hazme tuyo...—dijo al separar mi boca de la suya.

Fui hacia el mueble cercano, para abrir la pequeña puerta que daba a un frigorífico minúsculo. Allí había una nueva inyección, la cual lograba mayor prolongación de la excitación sexual y un tiempo menor de reacción. Tomé una dosis para mí, así como para él. No dudamos en probarla. Seríamos los conejillos de indias.

Amé a Seth nada más verlo la primera vez. Caí seducido por sus rasgos y su forma de desenvolverse. Sin embargo, acabé profundamente seducido la primera vez que ambos logramos estar unidos, entre las sábanas revueltas de una habitación y con la única compañía de una lamparilla de noche a media luz.

Su habitación no estaba lejos. Usualmente dormía con él, salvo las mañanas que terminaban siendo inquietas porque unos resultados no eran favorables. El trabajo a veces me absorbía, pero él comprendía la necesidad que tenía de querer sanar el mundo. Era nuestra misión y legado.

Cuando entramos en ella comprobé que había encendido velas aromáticas, regado pétalos de flores en la cama y logrado un ambiente erótico casi desconocido para mí. Era un hombre de ciencias, pero él tenía el corazón de un poeta. Con calma me senté en la cama recostándome sobre el colchón y él cayó sobre mí.

Sus labios no tardaron demasiado en hacerse notar sobre mi cuello, mientras él me desnudaba. En menos de un minuto estaba desnudo, con él sobre mi torso deslizando su lengua y sus manos acariciando mi miembro. El calor se convirtió en llamas, comenzando a arder en el interior de mi cuerpo como en el suyo, y sus caderas empezaron a moverse como si fuera una serpiente de cascabel.

Quedé allí, sobre el mullido colchón, mientras él bailaba rozando sus duros, y redondeados, glúteos sobre mi vientre y miembro. Sus cabellos, con aquel corte de príncipe egipcio, se movían suavemente por el ritmo que poseía su pelvis. Mis manos viajaron sus muslos, desnudos de vello así como gran parte de su figura, mientras él dejaba las suyas sobre mis pectorales apretando mis pezones contra las palmas.

Sentía mi cabeza hundirse en los cómodos cojines envueltos en satén azul pavo real e hilo de oro. Mis sensaciones se perdían gracias al confort, placer y los aromas, pero también a sus canciones. Él empezó a cantar para mí en un tono bajo y sensual. Su vientre se movía erótico, del mismo modo que sus caderas. Para su pueblo los músicos estaban bien considerados, pues la música estaba relacionada con grandes celebraciones religiosas y festivas. La música intercedía ante los dioses y los sentimientos.

Su miembro, como el mío, estaba completamente erecto cuando guardó silencio y se sentó en los pies de la cama. Sin demasiado preámbulo lamió el glande, lo rodeó con sus labios y engulló todo el miembro introduciéndolo hasta mis testículos. Movía su cabeza de forma que me hizo perder el hilo de mis pensamientos. Coloqué mis manos sobre sus cabellos, tirando de ellos, mientras dejaba que mis gemidos fuesen libres. Y, cuando me tenía a su merced, se subió sobre mí nuevamente, tomó mi pene y lo llevó a su entrada. Con un sólo movimiento rápido, y desesperado, se penetró.

De nuevo comenzó a bailar sobre mí, pero con mi sexo en su interior. Sus jadeos, gemidos y súplicas cada vez tenían mayor fuerza y violencia. Aquello me hizo salir de mi pasividad, tomando el control. Lo arrojé contra la cama y empecé a penetrarlo con un ritmo aún más fuerte. Él gemía mi nombre y me miraba con necesidad. Duramos de ese modo algunos minutos, los cuales estuvieron llenos de arañazos, mordiscos y palabras llenas de pasión. Nunca nos decíamos palabras sucias, pero sí nos alentábamos a conquistar el paraíso.

Al acabar caí agotado sobre su torso, algo más estrecho que el mío, y sus manos quedaron sobre mis omóplatos, los cuales estaban cubiertos de marcas que iban cerrándose. Empapados en sudor sanguinolento, lágrimas de placer y satisfacción empezamos a sentir que el sueño venía. Sin embargo, antes de caer en el otro mundo, en el mundo de los sueños, habló.

—Tengo un padre...—susurró riendo bajo—. Y un gran amante... —añadió tras un hondo suspiro—. Sólo queda que me des un hijo... como a Lestat.


Al despertar no le pregunté por ese deseo, pues él tampoco comentó nada al respecto. Aunque sí llamó a Gregory y estuvo al teléfono por más de dos horas. No paraba de hablar sobre una reunión importante para todos, al menos para los más cercanos, pues quería celebrarlo. Deseaba que todos supieran que el ciclo se había cerrado y las dudas volado.  

martes, 24 de noviembre de 2015

Mi reina

Nebamun y Akasha tuvieron demasiados idilios... Las intrigas palaciegas siempre me dejarán con cierto sabor agridulce, pues no se pueden revivir y muestran algo que, por supuesto, impacta aún en cada uno de nosotros.

Lestat de Lioncourt


Después de tres arduas semanas de duros enfrentamientos, en los cuales expuse mi vida y honor, llegué a palacio acompañado del resto de generales y guerreros. Habíamos perdido algunos hombres, sus mujeres sollozaban aferradas a sus descendientes y otras, las menos, parecían orgullosas de saber que sus hijos habían muerto derramando su sangre por la fuerza y primacía de un imperio que se levantaba peldaño a peldaño, poco a poco, dirigiéndose hacia el sur y el norte de la tierra.

Habíamos impuesto nuestra superioridad, pero eso no implicaba que mi corazón estuviese tranquilo. Gracias a ella había subido algún peldaño en el ejército, aunque también me estaba convirtiendo en la cabeza de turco que pronto podría rodar, posiblemente en mitad del palacio, gracias a la afilada cimitarra de Khayman.

—Debemos reunirnos para el próximo cerco a esos bastardos incultos, los cuales hacen llorar a nuestros dioses con sus atrocidades—expuso Enkil caminando a paso ligero por el pasillo central del palacio.

Algunas mujeres corrieron a recibirnos lanzando pétalos de lirios para que él los pisara, pero era algo que no le interesaba. Aquellas mujeres, las flores y cualquier palabra amable era insoportable para el Rey. En esos momentos sólo pensaba en otro derramamiento de sangre para mantener dichosa a su Reina, la cual yacía en su habitación desesperada por ser complacida.

—Mi señor, puedo pedir que se haga té y traigan dátiles para conversar sobre la situación de las tierras limítrofes—expuso Khayman—. Si bien, le recomiendo un baño reconfortante. ¿Desea que llame a las lavanderas? Ellas traerán perfumes nuevos que aún no ha probado—su voz era dulce, casi pegajosa, y su tono de voz muy cómplice. Había una amistad demasiado fuerte entre ambos, pero a mí no me interesaba en lo más mínimo.

—De acuerdo—contestó parándose y, por supuesto, deteniendo a la comitiva—. Pueden descansar unas horas, pues antes de la caída del sol deseo conversar con ustedes en los jardines del palacio. Comeremos asado, hablaremos de la situación en la frontera y tomaremos diversas decisiones sobre los salvajes que rondan las montañas—dijo sin girarse hacia sus leales generales, entre los que me encontraba—. Disuélvanse y disfruten de sus mujeres, pues ellas estarán gustosas de darles un recibimiento más que merecido.

Khayman se inclinó suavemente y marchó, a paso rápido, hacia los baños donde solía pasar algunas horas Enkil. Allí, entre los vapores de las perfumadas aguas calientes, discutían durante horas sobre política, religión, poesía y jugaban a sus distintos e íntimos juegos. Todo el mundo lo sabía, inclusive el menos avispado de la corte. Enkil caminaba tras él, con parsimonia, mientras las mujeres regaban pétalos para que murieran aplastados bajo sus polvorientas sandalias.

Los restantes generales, esos guerreros fieles y bravos, se marcharon deseando beber cerveza y concebir hijos con sus mujeres y, por supuesto, amantes. Yo, por el contrario, era demasiado joven y no estaba dispuesto a perjudicarme demasiado con la bebida. Caminé durante algunos minutos por el jardín, escuchando el murmullo de la fuente y meditando sobre el nuevo nacimiento en la corte. Akasha había sido madre nuevamente, pero ésta vez no era una mujer.

Las pequeñas, como no, se encontraban en el jardín corriendo una tras otra bajo la supervisión de sus tías y nodrizas. Niñas que no solían ser atendidas por su madre, pues ella se sentía decepcionada porque los dioses no le habían obsequiado un varón, tal y como ella deseaba, porque sabía que llevaría su imperio mucho más lejos del serpenteante Nilo.

Eché a caminar hacia su dormitorio. Ella estaba allí echada observando a la criatura como si fuese uno de nuestros dioses. Lo contemplaba acariciando su piel ligeramente oscura, sus rasgos profundos, sus labios carnosos y blandos, así como esas manos torpes que aún no eran siquiera capaces de atrapar los dedos de su madre. Sólo tenía unas semanas de vida. Ya lo había sostenido en una ocasión, mucho antes de mi partida de aquel lugar.

Ella no me miró siquiera, siguió jugando con el pequeño obviando mi presencia. Me acerqué tomándolo sin siquiera pedir permiso y lo contemplé como un padre puede contemplar a su hijo. Sabía que era mío. Jamás respondía a mis dudas. Sólo yo entraba en su recámara, los juegos con otros soldados acabaron cuando ella probó mi fuerte deseo hacia sus torneadas caderas, turgentes pechos y cálidos muslos.

—Responde a mis dudas—dije—. Aunque no son dudas—comenté notando como el pequeño me observaba. Parecía reconocerme. Nos habíamos encontrado en seis ocasiones, aunque hacía más de tres semanas que no nos tropezábamos. Era inteligente, o al menos eso parecía, y reconocía mi olor, como cualquier animal reconoce los aromas familiares, mientras estiraba sus rechonchos brazos buscando mi atención.

—Beb—comentó incorporándose—. Llévate a mi querido descendiente, mi adorado Seth—dijo levantándose de la cama, completamente desnuda salvo por las numerosas joyas que cubrían sus brazos y cuello—Cuéntale lo grande que llegará a ser para que se duerma. Pues será igual de fuerte y temerario como su padre, llevando éste reino hasta más allá de lo que puede bañar el sol.

La mujer, una anciana, se apresuró hacia donde yo me encontraba arrebatándome al niño y saliendo de allí. El pequeño se echó a llorar, pero fue rápidamente calmado con un sólo gesto de aquella mujer. Era como si tuviese un poder mágico, casi hipnótico, sobre la criatura.

—Mi reina... —dije extendiendo mis manos, con las palmas hacia arriba, en su dirección—. Dime.

Ella no respondió. Caminó hacia mí y me arrebató la cimitarra, para arrojarla lejos de mi cinto, haciendo lo mismo con el resto de mis ropas. Me desnudó para besar mis pectorales, acariciando mis caderas marcadas y llevando sus dedos, pequeños y ágiles, sobre mi miembro. Sus labios, carnosos y sensuales, se pegaron a los míos y su beso avivó el fuego que creía escondido en algún lugar de mi alma.

Rápidamente me condujo hacia una pequeña alberca de leche tibia de burra. Allí, rodeados de lavanderas, nos introdujimos mientras ellas verían sobre nuestras cabezas la leche perfumada con flores recién recolectadas. Sus besos eran cada vez más sensuales y, como no, mi apetito despertaba. Sus piernas me rodearon por la cintura y sus manos bajaron hasta más allá de mi vientre. Los sensuales masajes de sus dedos provocaron que mi miembro se endureciera, logrando que echara hacia atrás mi cabeza y olvidara mis innecesarias preguntas.

Con cuidado, aunque apasionada, introdujo mi miembro en su pequeña obertura, la cual estaba ligeramente estrecha tras la cicatrización del parto. Cuando me sentí envuelto en su sexo, pequeño y húmedo, cerré los ojos satisfecho y abrí mis labios emitiendo un largo gemido. Ella se movía suave, como las pequeñas olas de un mar contra la costa, mientras mis manos la tocaban con deseo apretando sus pechos. Sus pezones comenzaron a manar leche, la cual no había sido ingerida por Seth. Abrí los ojos contemplando los hilos blanquecinos, más espesos que la leche que nos vertían aún sobre nosotros. Ella me miró con lujuria y sonrió tomando ambos senos, llevando uno a mi boca y dándome a probar su leche. Era cálida y espesa, también nutritiva y ligeramente pastosa. Después hizo lo mismo con el otro pecho, dejando que me deleitara con sus pezones gruesos de color café que contrastaba, como no, con su piel suavemente más clara.

—Aliméntate mi guerrero—dijo apretando mi sexo dentro de su vagina, pues contrajo sus músculos—. Repón fuerzas, pues quiero que empieces una nueva guerra en ésta bañera.

Aquello me alentó, provocando que la apartara de mí para pegarla contra el borde de aquel delicioso paraíso, para luego, sin miramientos, penetrarla con violencia. Mis testículos golpeaban con fuerza, aunque su sonido quedaba opacado por el movimiento salvaje del agua contra el borde del suelo. Los elegantes azulejos de mosaico que cubrían el lugar, generando hermosas visiones de paisajes mundanos. Ella echó su cabeza hacia atrás, colocándola sobre mi hombro derecho, mientras mis manos se aferraban a sus pechos. Apretaba con fuerza mis dedos provocando que algunos chorros de leche se escaparan, y logrando que ella gimiera desesperada. Sus manos quedaron pegadas al borde y sus cabellos negros, tan largos como ondulados, se pegaron a su rostro ocultando sus mejillas sonrojadas.

Las lavanderas nos observaban con detenimiento, pero sin alarma. Sobre todo cuando en un gesto rápido las invité a hundirse en la bañera para acariciar a ambos, provocando que el placer fuese aún más intenso. Sus manos lavaban con unos suaves trapos nuestros tensos músculos, la leche cálida nos envolvía y ambos nos dejábamos la garganta entre sucias palabras de deseo, amor y necesidad.

Decidí salir de ella mucho antes de eyacular mi simiente en su vagina. Las lavanderas se apartaron ayudándome a incorporarla, sacándola de la bañera mientras su vientre se encogía y sus piernas temblaban. La recostaron sobre una sábana de lino teñido de rojo y comenzaron a secar su sexo, preparándolo para mi llegada. Salí decidido, pero no la penetré. Aparté a las mujeres y la incorporé, metiendo mi miembro en su boca y ofreciéndole mi simiente.

—Disfruta mi reina del sabor de tu guerrero, el cual no ha podido dejar de pensar en ti—murmuré tras eyacular.


Mi sexo salió de su boca, y ella tragó mi semilla. Sus ojos, cansados, me miraron insatisfechos. Sabía que deseaba tener más hijos varones, pues las fiebres y cualquier pandemia podía llevarse a su único hijo varón. Un hijo que era mío y no de Enkil, al igual que la hija menor que aún no caminaba.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Movimiento en los espíritus - Archivo Talamasca

David Talbot y Daniel Molloy nos traen algo más sobre lo que está ocurriendo ahora, en la Tribu.

Lestat de Lioncourt


Corríamos por la ciudad. No lo hacíamos a la velocidad de un ser humano. Jamás me había sentido tan libre. Nunca había probado mis poderes de ese modo. Creo que jamás me había percatado que poseía tales habilidades. Por primera vez me sentía unido a lo que era. Había dejado atrás los deseos desenfrenados de entrar en locales de poca monta y dejarme llevar por la estruendosa, aunque atractiva, música que me hacía bailar durante horas. Vestía ropa cómoda, algo ajustada, y oscura. Él me había pedido que fuese su sombra, o al menos algo similar, porque quería que le acompañara hasta uno de los cementerios más populares de París.

Un París que parecía una bomba de relojería. Las calles se habían llenado de muertos por las políticas del presente y pasado gobierno, por financiaciones que rallaban lo ilegal a organizaciones terroristas, y porque se había fabricado una nueva guerra que dividía, clasificaba y hacía que los buenos fueran muy buenos y los malos terribles. La lluvia caía precipitándose con rabia. El viento agitaba las húmedas banderas a media hasta, las luces seguían tiritando y en algunos locales se escuchaba un himno, lleno de símbolos que alentaban a una pureza de sangre inexistente en una sociedad actual, que unía almas.

Cada pisada era como una liberación. Me sentía libre. Él parecía no disfrutar de aquellos movimientos limpios, medidos y sigilosos. Los míos eran más patosos. Yo parecía un bebé que recién caminaba en comparación con él, un hombre atlético y que se comprometía con la carrera a contra reloj que estábamos teniendo.

Benjamín difundía algunos mensajes en la radio. Hablaba de diversas informaciones que habían llegado de La Orden de Sabios de Talamasca. La Talamasca de David Talbot era muy distinta a la actual, pues habían crecido las medidas de seguridad y ahora realmente la gobernaban humanos para humanos, aunque en las sombras seguían aquellos seres poderosos que se encargaron de engrandecerla y conservarla.

“Queridos hermanos. Se están viviendo cambios. Actualmente no podemos hablaros con claridad de todo lo que está sucediendo. Los espíritus parecen intranquilos. Quizás se está abriendo otra brecha en ésta realidad, la que todos compartimos, y están apareciendo espíritus que desconocíamos. No tengáis miedo. Ahí fuera hay un grupo de talentosos hombres, mortales e inmortales, que están recabando información para todos ustedes. Repito, somos una Tribu y la Tribu se está moviendo. No temáis.”

Se escuchaba el violín de Antoine y el piano de Sybelle. Podía imaginarlos juntos tocando hasta el delirio. Allí estaba Marius, reunido con Armand, mientras Gregory paseaba por las habitaciones conversando con algunos jóvenes vampiros amigos nuestros. Pero ¿y Lestat? Hacía días que no aparecía, ni hacía reuniones y parecía desaparecido. No preguntaba por él, no quería parecer nervioso porque el líder no estuviera y, por supuesto, no deseaba que mi ansiedad preocupara al resto. Sin embargo, mis dudas se resolvieron.

Allí, bajo la fina llovizna, se hallaba Lestat junto a su replica perfecta. Lestat de Lioncourt y Viktor, su hijo, se hallaban de pie vistiendo ropas similares. Viktor era más pulcro, llevaba el pelo recogido y era ligeramente más alto y ancho. Lestat era un poco más menudo, su cabello estaba revuelto y poseía ligeras vetas blancas que hablaba de su exposición al sol de forma reiterada. Ambos llevaban chaquetas rojas con solapas negras, camisas blancas de algodón y jeans desgastados con unas botas elegantes, aunque cada cual llevaba unas botas distintas. Las de Viktor eran más sofisticadas, las de Lestat eran las de una estrella del rock trasnochada.

—Buenas noches, amigo—dijo David abrazándose a él con fuerza y ánimo.

—Buenas noches, David—contestó con tono jovial, como si nada pasara, mientras su hijo parecía inquieto—. Seth me ha enviado con Viktor como escolta, ¿te puedes creer? Mi hijo es quien vigila que no me meta en líos—se echó a reír, pero su risa no era del todo libre. Parecía preocupado. En ese momento me di cuenta que estaba tenso.

—¿Por qué nos has reunido aquí?—pregunté—. ¿Por qué he tenido que venir yo?

—Porque alguien tenía que acompañar a David y él se fía de ti—dijo Viktor. Su voz era tan similar a la de su padre que sentí un ligero escalofrío, pero no tenía acento francés. Poseía un acento que no era de ninguna parte, un acento de miles de países, aunque con un cierto desdén norteamericano. No podía diferenciarlo del todo.

—Podemos discutir todo en el café, por favor—movió suavemente su cabeza señalando una pequeña y coqueta cafetería.

Estaba arrebosar de personas. Sin embargo, parecía que no le importaba que otros escucharan nuestra conversación. Había varios vampiros jóvenes no muy lejos, podía sentir sus miradas y sus deseos de leer mi mente. Por supuesto, como no, tenía la mente cerrada y supongo que el resto también.

Nos movimos hacia el interior y allí, rodeados del aroma a café recién hecho y de distintas viandas, nos sentamos. David pidió un ponche, Lestat hizo lo mismo, Viktor optó por chocolate caliente y yo decidí pedir un café solo. Los cuatro calentaríamos nuestras manos con las tazas y emularíamos que podíamos digerir la bebida. La camarera fue rápida y su sonrisa parecía amarga. Era normal que todos estuvieran tensos por los atentados.

—Hace días que Amel está inquieto—dijo rompiendo el silencio.

—¿Inquieto?—preguntó de inmediato David—. Especifica.

—Sucedió hace unas noches. Teníamos nuestra habitual conversación tras la muerte de una de mis víctimas. Había decidido matar a un estúpido que se pavoneaba imitándome, intentando que todos creyeran que era yo—sonrió ligeramente acariciando la taza y se la acercó a la boca—. Como si eso fuese posible, pues ni siquiera Viktor es capaz de imitarme.

—No soy tan descarado ni irresponsable—contestó su hijo provocando que él bajar la taza y se echara a reír—. Ríete, pero incluso lo dice Seth.

—Seth tiene razón—respondió—. La cuestión es... —se quedó pensativo, como si escuchara a esa voz, para luego continuar—. Oh, sí. Empezamos a conversar sobre mis viejas vivencias y finalmente acabamos hablando de Memnoch. No sé porqué, pero se tensó.

—Sigues creyendo que era un espíritu. Ahora lo crees firmemente—murmuró David.

—Así es. Lo creo—indicó.

—¿Y por qué? Decías que era el diablo...—interrumpí.

—Así se presentó y así me hizo creer, pero pienso que son espíritus que encuentran pequeñas brechas en la oscuridad, esa oscuridad donde viven, y quieren entrar en nuestro mundo. Es como una enorme grieta. Creo que algo, no sé qué es, está sucediendo e intranquiliza a Amel. Puede que tenga que ver con Memnoch y ese lugar, el lugar donde me llevó—susurró lo último sin saber decir un lugar en concreto, pues no lo había.

Entonces Viktor recibió un mensaje y miró a su padre, éste lo observó durante unos segundos como si pudiesen hablar en una lengua inventada, como los gemelos, y ambos se incorporaron. Tenían que irse. Se despidieron rápidamente de nosotros y David fue tras ellos, dejando un par de billetes como propina y pago, mientras yo me quedaba allí sentado, pensando en todo lo que habían dicho y meditando sobre los pasajes de la aventura de Memnoch. En aquellos días yo estaba loco, perdido, desestructurado y hundido. Fueron días terribles. Armand estuvo a punto de morir y Mael estaba desaparecido desde entonces. Algunos decían que el celta estaba muerto, pero Marius decía que no era posible.

—¡Daniel!—gritó desde la puerta David—. ¡Vamos!


Me levanté y fui hacia la puerta acomodándome la sudadera. Ni siquiera me había bajado la capucha, me di cuenta cuando quise subirla al percibir que seguía lloviendo. David Talbot me rodeó con su brazo derecho, pasándolo por encima de mis hombros, para luego pegarme a él intentando darme algún consuelo. Necesitaba ver a Marius. Quería hablar con quien tenía como maestro y vínculo, pero también necesitaba hablar con Armand sobre Memnoch. Yo sabía que David y yo nos trasladaríamos de nuevo hacia Nueva York, donde estaba el resto.  

jueves, 24 de septiembre de 2015

Nuevo amigo

Armand y Gregory se hicieron buenos amigos. Me alegra que ésta reunión sirviera para algo.


Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Vestía un traje impecable hecho a medida que le sentaba como un guante. Aquel vampiro poseía algo más que elegancia. Tenía una belleza exquisita y unos modales perfectos. Se movía por la sala como un ejecutivo en una atestada sala de reuniones. Caminaba con seguridad y sus ojos eran profundos, de mirada sosegada e inquietantes. Jamás me había sentido tan intimidado por un igual. Supe que él era Gregory sin necesidad de presentaciones.

Me acerqué a él extendiendo mi brazo derecho, ofreciéndole mi mano. Benjamín había hecho que pasara, dándole la bienvenida a nuestro hogar. Él parecía maravillado conmigo, la habitación y la música de Sybelle. El tacto de su mano fue irresistible, así como el perfume masculino que lo envolvía. Cualquiera se hubiese enamorado de aquel hombre que parecía un humano más, con su piel tostada que realzaban hermosos rasgos árabes.

—Estoy aquí porque me necesitáis. Ha ocurrido grandes tragedias y he decidido ofrecer mi ayuda—explicó mientras su comitiva, de diversos vampiros milenarios, entraban en la sala tras él.

—Es un placer. Como dije en nuestra conversación, aunque no tuve la oportunidad de hablar durante mucho tiempo, mi casa es su casa y son bienvenidos todos—sonreí maravillado.

Gregory fue amante de la reina. Muchos hubiesen temido su aparición, pues era un rival perfecto para Khayman. Sin embargo, hacía tiempo que las disputas entre ambos había muerto. Él fue libre del amor de Akasha, del poder que caía sobre sus hombros y del ejército que aullaba consignas creyendo que él lo hacía todo por honor, aunque realmente lo hacía por temor a ser destruido. Desde ese momento sentí que deseaba conocer todo de él, que podía abrirme a sus consejos y eso hice.


Ahora aguardo fuera de su oficina, sentado en la sala de espera de uno de los edificios más maravillosos de Suiza, esperando que me atienda. Ya ha caído la noche. Él podría aparecer en cualquier momento. Su secretaria me ha anunciado hace más de unos minutos. Quiero saber de él, necesito hablar con Gregory. Sus consejos sirvieron para que mi corazón de piedra volviese a latir. He aprendido amar aceptando que puede ser complicado y terrible, pero necesario.  

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La reina

Akasha puede vivir como espíritu, aunque no ha sido encontrada. Tan sólo se ha hallado ésta nota, la cual no podemos atestiguar si realmente la escribió su ente. Se encuentra en Talamasca.

Lestat de Lioncourt



Sentada frente al televisor, con las luces tenues de la habitación apagadas, me sentía inmersa en un mundo distinto y cambiante. Podía escuchar en la radio los gemidos del mundo frío, como el metal, y lleno de guerras que no se apaciguaban. Los hombres se habían erguido como una raza superior, desprovistos de corazón salvo si contabilizaban la recaudación de sus acciones en bolsas. Gobiernos enteros, naciones de descerebrados, se lanzaban al consumismo y al delirio provocado por crisis bursátiles, las cuales acrecentaban la diferencia entre ricos y pobres.

Dejé que mi alma se mezclara y endureciera, pero a la vez se llenara de conocimiento. Permití a mi mente agudizarse. Comprendí lo que allí fuera ocurría. Entendí al fin que fui una estúpida a dar mayor importancia a los hombres, a crear a un ejército de vástagos que se unieron en mi contra y decidí que las mujeres debían tomar el control. Ellas, como yo, habían sido relegadas y ultrajadas con el paso de los siglos. No eran tan importantes como se merecían. Creí que un mundo de mujeres era lo correcto, pero quizás también me equivoqué. Me di cuenta en el instante en el cual discutía con mi propia descendencia, reunidos para cometer un atroz crimen contra su Madre, su Reina.

Sin embargo, no es eso lo que quiero contar ahora. No deseo despreciar el momento que me ha dado éste mundo. Quiero mantener la compostura y recordar los viejos tiempos, esos donde fui una mujer poderosa y temida. El amor no llamó del todo a mis puertas, pero sí el honor y el orgullo. Deseo hablar del primer día en el cual supe que estaba encadenada a él, a un hombre que jamás me amaría.

Enkil se encontraba en los jardines del palacio. Olía a flores silvestres, el aceite que envolvía su piel le daba un aspecto aún más dorado. Sus ojos eran salvajes amatistas color ámbar. Poseía una elegancia digna de un rey, no de un príncipe. Su padre había buscado a una digna reina para él y lo había hecho lejos de un reino próspero, como era Kemet, para hallarme a mí. Era tan joven como yo, pero poseía un alma más delicada. Supe que él no sería capaz de amarme, pero sí de codiciarme porque era su puerta al trono.

—Nunca he visto a una mujer como tú—dijo con su tono amable, casi servicial, para luego inclinar suavemente su cabeza hacia la derecha—. ¿Has sufrido alguna inclemencia durante el viaje? Envié a mis mejores hombres a custodiar la caravana de sirvientes, así como de enseres, que traías contigo—explicó acariciando algunas flores de llamativos colores, las cuales surgían de una tierra oscura y cercana a las marismas de aquel gran río Nilo.

—¿Crees que podré servirte como reina, mujer y como madre de tu futura descendencia?—pregunté intentando ser persuasiva.

—Me ayudarás a tener poder y prestigio, ¿qué más da si me sirves como mujer?—aquello me hirió en el orgullo, pero entonces descubrí que él no estaba interesado en mí como amante.

Era avispado. Comprendí su corazón y lo amé a mi modo. Él me apreciaba, escuchaba mis comentarios y hacía cumplir mis caprichos. Era leal a él por el mismo motivo que él era leal conmigo y me dejaba ser yo misma, revolviendo mis necesidades y luchando con mis demonios.

Él no fue el hombre que más he amado, pero admito que cuando lo destruí fue porque ya no quedaba nada en él. Sólo permanecía la codicia de ostentar un trono que le venía grande, tan grande como lo fue en su día Kemet. Mi gran amor fue el padre de Seth, el cual no era más que un muchacho que intentaba subir algunas posiciones en el ejército.

Nebamun apenas llegaba a los dieciocho años, pero rebasaba en estatura a Enkil y poseía una musculatura digna de un Dios. Observé durante mucho tiempo su piel trigreña que parecía puro bronce gracias a las horas de guardia bajo el sol. Sus marcados pectorales, sus fuertes brazos y sus carnosos labios fueron fuente de mis más perversos sueños. Buscaba a ese hombre en cada rincón de mi cama y acabé alejándome de mi habitual amante, para centrarme en aquel poderoso y joven guerrero.

Recuerdo vivamente como temblaba sobre mi figura, mucho más menuda y pequeña que la suya, abriéndose paso entre mis muslos cálidos y suaves. Él lamía mi cuello, besaba mis pechos y bebía de mis pezones mientras sus caderas se movían con la fuerza de mil hombres. Mis gemidos retumbaban por las paredes de mi habitación, las sábanas de lino y oro caían al suelo empapadas en sudor, y mis manos arañaban sus costados. Jamás estaba lo suficientemente satisfecha para verlo marcharse de mi lecho. Siempre deseaba retenerlo a mi lado, deslizando mis dedos por su rostro serio y preocupado. Temía morir, pero nada más ser una Diosa entre los mortales le concedí la inmortalidad, lo hice parte de mis guerreros predilectos e impedí de ese modo que Khayman, enviado por Enkil, lo matara debido a miedos y celos.

Acabé siendo traicionada porque se enamoró de una mujer muy distinta a mí. Jamás pude aceptarlo.


Allí sentada, con los brazos sobre aquel trono de oro, contemplaba el mundo aspirando el aroma de las flores. Enkil permanecía mudo, del mismo modo que yo lo hacía. No necesitábamos movernos, sin embargo yo sentí la necesidad de apartarme de él, romper con el pasado y crear un nuevo mundo. La traición de mi hermoso Nebamun, así como la traición ruin de los hombres, me hizo comprender que las mujeres necesitaban sublevarse. Pero fallé. Fallé de nuevo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt