Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 14 de septiembre de 2017

Vengativo o no...

Oh, por favor... No soy vengativo.

Lestat de Lioncourt 


—Ha sido una suerte que no esté furioso por lo que hicimos—decía cerrando el libro que estaba leyendo.

Me había llevado uno de los tantos libros que había creado Lestat con sus múltiples aventuras. En este Lestat era capaz de enfrentarse a narcotraficantes en busca de una verdad incómoda. Había creado a una joven bruja Mayfair, igual que hizo en su día Louis con una tal Merrick, y esta era la madre de unas criaturas poco convencionales llamadas Taltos. Viajaban buscando a la hija de Mona Mayfair, una hembra de dicha especie que había crecido en cuestión de horas convirtiéndose en su doble con una altura y una mente prodigiosa, la cual había sido llamada Morrigan Mayfair y era actualmente la heredera de los Mayfair si contábamos con la “muerte” de la joven bruja a ojos de muchos.

Incluso en ese libro se enfrentó a fantasmas de la mentada familia y se movió por las selvas buscando la verdad. Quienes le acompañaban en todo momento eran dos jóvenes vampiros, Mona y Tarquin Blackwood. Quinn, como se hacía llamar cariñosamente Tarquin, era su hermanito y había contactado con él previamente para que le ayudase en un suceso paranormal. Una criatura, una especie de espíritu, lo atacaba robándole la sangre como hizo en su día Amel. Era un dato curioso, ¿verdad? Pero resultó ser el hermano fallecido del mismo. Fue un hermano que él no conoció más allá del vientre materno, pues el pequeño murió poco después del nacimiento y su madre, Patsy Blackwood, era además de una toxicómana una pésima madre que odió al joven por la muerte de su hermano.

Si bien, la conversación que se inició fue más animada que el propio libro.

—¿Ahora te preocupa su molestia?—respondió Seth con una sonrisa burlona.

He de aclarar que él lo es todo para mí junto con la ciencia y la ciencia aplicada a la medicina. Digamos que sin él no estaría vivo o mutado, como es realmente lo que somos. Hace tiempo descubrí que somos mutaciones y no muertos que han regresado a la vida. Ese término, si me disculpan, pueden usarlo en películas de serie B dedicadas a zombies. Nosotros no somos como el moderno Prometeo, sino que somos una especie nueva que sigue con vida y que en realidad no morimos realmente. Eso, claro está, lo sabrían si leyesen con profundidad mis notas.

—De hecho, siempre supuso para mí un problema. Viví con ese miedo durante casi dos décadas—repuse dejando el libro en la mesilla para observarlo.

Se estaba quitando la levita y las sandalias. Él seguía usando ropas árabes sencillas. Era un hombre que no le agradaba el lujo a pesar de ser el hijo de Akasha y haber nacido como príncipe de Kemet. Para él el dinero sólo podía ser útil si se conseguía material para laboratorio y seguridad del mismo.

—Oh, por favor. Lestat no es capaz de odiar o vengarse—comentó sentándose en el borde de la cama por el costado derecho, para luego tomar su lugar a mi lado.

—¿Cómo estás tan seguro, Seth?

¿Cómo podía estarlo? Yo no podía. Había leído casi todas sus aventuras un millón de veces.

—He podido atravesar su alma con sólo mirarlo. Es un hombre de una auténtica actitud y se enfrenta a quien sea en cualquier momento, pero no es capaz de tomar venganza. Pudo hacerlo con Armand, ¿no es así? Y con otros tantos. Sin embargo, decidió mejor comprender sus motivos antes que juzgarlos—comentó abrazándome por la cintura.

Seth es más alto que yo, aunque sólo media cabeza o poco más. Tiene una figura delgada muy atractiva. Sus ojos son profundos y oscuros llenos de una belleza que no puedo aún describir correctamente a pesar de conocerlo desde la época de los 80's.

—Sigo diciendo que no sé cómo puedes estar tan seguro que Lestat no tome venganza contra otros—dije frunciendo el ceño.

Venía de una cultura llena de venganza desde sus orígenes divinos. Los dioses en los que creían mis madres eran desastrosos, muy vengativos, pero jamás hacían daño sin un motivo. Además se compaginaban entre la destrucción de lo malo para plantar la semilla del cambio. Pero esa destrucción también se daba en el mundo occidental del cual provenía Lestat y toda su prole.

—Sabe que no hay mayor venganza que el tiempo en el cual pone a cada uno en su lugar, ¿acaso tú eres vengativo?—preguntó provocando que girara del todo mi cuerpo hacia él.

—No, soy incapaz. Sin embargo, Lestat posee demasiados enemigos.

Aclaro que aún no me había desnudado. Sólo me había descalzado y quitado los calcetines. Él decidió comenzar a quitar mi corbata y abrir los botones de mi camisa. Acepté que lo hiciera y le ayudé a dejarme el torso al aire.

—¿Ahora te harás psicólogo?—preguntó jugueteando con su aliento en mi cuello.

—Oh, cállate—chisté.

—Científico y cirujano vampírico brillante se hace psicólogo de congéneres. Puedo ver el titular o más bien oírlo en la radio de Benji... —canturreó lo último como si fuese un niño travieso y yo quedé callado por unos segundos porque me besó. Fue un beso breve aunque muy cálido y antojadizo.

—Seth...—siseé sin saber cómo responder a eso.

—Dime—dijo con una sonrisa burlona en sus labios.

—¿Por qué te agrada tanto molestarme?—pregunté.

—¿Por qué no debería?

—Duerme—dije.

Mandarlo a dormir... en realidad deseaba usar mis fármacos para poder disfrutar de su cuerpo, pero el amanecer estaba cerca y tan sólo alcanzaríamos a estar excitados y dormirnos demasiado incómodos, agitados y furiosos por no acabar lo que iniciamos.

—Quien se duerme siempre antes eres tú debido a tu juventud—dijo deslizando su mano sobre mi torso.


—Demonios...—balbuceé antes de caer en la inconsciencia.   

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

domingo, 16 de julio de 2017

Excitación

Marius no tiene remedio... ¡Es peor que yo!

Lestat de Lioncourt


Estaba hecha una furia y no entendía a razones. De nuevo estábamos discutiendo. Ella no se sentía querida ni respetada. Realmente jamás apreció todo lo que hice por su persona y la de veces que extrañé su aroma impregnando mi piel y cabellos. Aguardé a que dijese su última impertinencia y me mirara con los ojos de una furiosa pantera. Se veía espléndida, arrogante, poderosa y sabedora de su belleza. Su mirada gris se clavó en la mía y su boca carnosa se cerró apretando sus dientes. Tenía unos labios seductores y gracias a mi ofrecimiento, convirtiéndola en parte de mi vida y eternidad, perduraron hasta estos días.

Bianca siempre ha sido una mujer tremendamente complicada. Pandora lo es, pero ella duplica por completo esa furia contenida. Además cuando la veo es como ver las obras de Botticelli cobrando vida. Sus cabellos de espigas de trigo tenían unos reflejos de oro extremadamente bellos gracias a la luz de las lámparas de la habitación. Su vestido, ajustado y escotado, realzaban sus senos turgentes y su cintura estrecha debido a sus amplias caderas. Tenía perlas dispersas por su recogido en pequeños pasadores, igual que si hubiésemos regresado a la Venecia de los abismos de nuestros recuerdos. Su respiración era endemoniadamente agitada y provocaba que se marcaran muchísimo sus clavículas así como se moviesen sus senos.

—¿Deseas una disculpa?—pregunté arrogante mirándola con indiferencia, aunque la verdad era distinta.

Quería arrojarme a sus brazos y arrebatarle la boca. Ahora podíamos tener sexo como cualquier adolescente. Fareed nos había ofrecido un reemplazo hormonal que recuperaba el vigor y los deseos logrando una gran proeza. No era que estuviésemos muertos, sino que nuestros deseos se habían concentrado en algo más allá que esa unión carnal y espiritual. Pero ya no. Ni siquiera necesitábamos inyectarnos en momentos previos al sexo. Teníamos tratamientos y yo lo tomaba. Por supuesto que lo tomaba. Era uno de los sujetos bajo experimentación. Así que todo aquello había logrado remover lo que creía dormido y alzar al fin mi espada frente a ella.

—Me merezco eso aunque sea—aseguró.

Di un paso más hacia delante y mi cuerpo, de proporciones gigantescas con respecto al suyo, ensombreció su rostro debido a la proyección de este contra ella. Mis manos se colocaron sobre sus estrechos hombros y acariciaron la cinta fina de su minúsculo vestido.

—Creí que lograste amar a otro.

—Yo también. Eso no quita que sienta que merezco tu amor y respeto, pero no eres capaz de ofrecer siquiera las migajas que dejas tras los poemas de amor a Pandora y Armand. Ni siquiera eres capaz de tenerme una pizca de compasión como tienes hacia Daniel. Nada—dijo al borde del llanto y yo entonces actué.

Enredé mis grandes manos en las pequeñas tiras azulinas de su vestido y tiré de estas. Las rompí. Me llevé estas conmigo e hice que su vestido cayese al suelo rozando sus tobillos. Sus senos, desnudos y de rosadas aureolas se quedaron al descubierto. De inmediato sus gruesos pezones se endurecieron y quedé fascinado. Incliné mi cabeza con avidez y mordí el derecho sin llegar a perforarlo. Sus piernas temblaron, su respiración se agitó aún más y sus manos se aferraron a la levita roja que me había regalado Seth.

Mi zurda subió por su hombro hasta el cuello y la agarré fuertemente por la garganta, para luego hacer que se moviera hasta la pared más cercana, allí la diestra bajó hasta su vientre y luego se colocó entre sus muslos rozando sus labios vaginales. Justo cuando solté sus labios pude escuchar un largo y quejumbroso gemido.


Algo en mí se quebró. Recordé los días de Venecia y como arriesgué el amor de Armand por sus coqueteos. De hecho, estuve a punto de perderlo. Cuando a él lo atacaron me hallaba con ella gozando de sus virtudes. Así que simplemente la solté y huí de allí dejándola a solas con su conciencia, sus deseos y la furia que había desencadenado en mi persona.  

sábado, 11 de febrero de 2017

Mi verdad

Seth es un encanto... ¿lo sabían?

Lestat de Lioncourt 

Ella siempre se encontraba furibunda y vacía debido a una poderosa insatisfacción. Se movía por la habitación como una pantera y rugía sus caprichos. Todos vivíamos en una jaula de oro llena de tesoros, pero con una Diosa espantosa como Madre. Nos arrodillábamos ante ella, suplicábamos perdón y teníamos que aceptar sus leyes infames como perfectas.

Había regresado al hogar sin ninguna intención de quedarme. Me habían contado de la muerte de mi abuela, la cual apenas conocí. Ella estaba en una de esas tumbas maravillosas que ahora tanto dan de que hablar. Si no recuerdo mal, ya que a veces la memoria me falla, fue vendida su momia hace más de un siglo. Fue parte de un macabro juego en el cual arrancaban a los muertos de sus tumbas, los desenvolvían y buscaban los objetos de valor, que a veces sólo eran pequeñas estatuillas, entre vendas. Ella y mis hermanas habían desaparecido. Una de mis hermanas murió siendo una niña debido a unas fiebres, otra tuvo un accidente y las demás diversas enfermedades, partos y problemas que podrían ser debido a fallos en el corazón, ya que apenas sabíamos de ello en aquellos tiempos, las borraron. Era su única familia y el único varón. Regresé al hogar forzado.

Había estado por lo que conocemos hoy como Turquía y Siria. Curaba enfermos o los ayudaba a morir dignamente. Era un sanador. Mis manos principescas preferían tocar la pus a tocar un cetro que me hiciese guía de un pueblo en la oscuridad. Veía dolor a diario, pero también esperanza, felicidad y amor. Me encontraba siendo amado, respetado y necesitado. Tenía mi hogar y mi lugar en el mundo. Incluso a veces coqueteaba con algún joven o mujer que se acercaba hasta mi pequeña consulta. Pero ella tuvo que intervenir.

Llegó su guardia real en barco, bajó en la costa cercana al pueblo marítimo donde vivía aquellos meses, y me llevó mar adentro para luego viajar hasta palacio. Nada más arribar a las costas oscuras de Kemet me eché a llorar. Sabía que ella impondría sus creencias. Ya había escuchado sobre sus horrores, así que no esperaba una madre amorosa. Iba en busca de un monstruo.

Tras mi ceremonia de iniciación, la que ella se empeñó de darme con toda la pompa, y de convertirme así en otra clase de hijo: me fugué. Sí, me fugué. No podía soportar ser un no-muerto a su lado. Mi nueva condición provocó que trabajara de noche, pero no dejé de ayudar o invertir en buenos médicos para que salvaran a las clases más desfavorecidas.

Después de milenios fugado supe que regresó. Había estado en silencio milenios. Escuché muchas historias sobre un romano que la veneraba y cuidaba, pero muchos creían que sólo eran cuentos de vieja. No era ningún cuento. Ese romano era Marius, un historiador y pintor introducido en la Sangre poco después de la muerte de Cristo. ¡Y la despertó un vampiro joven que había sido discípulo de Marius tan sólo unas noches! Maldito imbécil... Aunque ella acabó muerta y yo me sentí liberado. Ese mismo año, durante ese mismo mes, me atreví a convertir a mi primer vampiro y compañero. Si bien, Amel rompería también sus votos de silencio y sería Lestat, ese intrépido vampiro, quien nos salvara.

Fareed y yo estamos tratando a vampiros codo con codo, con un equipo de inmortales, y tenemos una pequeña familia. Una familia que ahora se siente dichosa de participar en una enorme tribu. Me siento liberado. A veces tenemos la visita de Lestat junto a Viktor, su hijo fruto de los experimentos de mi compañero.



Ah... mi nombre es Seth.  

sábado, 28 de enero de 2017

Iguales

Iguales, idénticos... ¡Somos padre e hijo!

Lestat de Lioncourt 


Nunca había pensado que algo así pudiese ocurrir. Sinceramente, ni siquiera en mis peores pesadillas. Creía que todo ese dolor, ese pasado tenebroso, había quedado atrás. La maldad de Akasha, como su ceguera y necedad, había quedado aplastada al fin por aquellos que iban en su contra. La revolución aplastó a la tirana, ¿no era así? Nos equivocamos. Caímos en un error tras otro y lo hemos pagado con creces.

Caminaba por los asépticos y blanquecinos pasillos de aquel laboratorio bajo tierra, instalado en uno de los desiertos americanos por excelencia, mientras metía mis manos en los bolsillos y me preguntaba si Seth podría tranquilizarse de una vez. Víctor cada vez estaba más impaciente, sobre todo desde la llegada de Rose, la hija adoptiva de su padre, que significó un revulsivo para él. Deseaba que la salvara. Supe que se había sentido terriblemente afectado por la historia de vejaciones y maltratos que padeció por culpa de la sociedad hacía años, cuando fue castigada por una chiquillada, y por los últimos acontecimientos con ese bárbaro que se hacía llamar profesor y amante.

Al pasar por uno de los cuartos, justamente el despacho de Frannely, su madre, quedé estupefacto. Víctor, ese chico que siempre había sido renuente a estudiar biología, estaba allí plasmado frente al monitor y un par de libros, algunas carpetas y una hoja en blanco anotando como habíamos obrado el milagro. El milagro de devolver la vista a Rose tras el ataque con ácido por parte de su amante.

—Víctor, ¿qué haces?—pregunté encendiendo la luz, aunque podía verlo perfectamente.

—Necesitaba saber cómo es el proceso. Rose despertará pronto y quiero explicárselo yo—dijo sin apartar la vista ni un momento de la pantalla.

—Puedo explicártelo y transmitirle el mensaje—expliqué con una sonrisa amable.

—No, demasiado técnico. Además, quiero informarme bien por mi propia cuenta y riesgo.

Era igual que su padre. El temperamento, la forma de fruncir ligeramente el ceño, su rostro, tono de piel y esos cabellos rizados absolutamente revueltos. Incluso la forma de mirar era suya. Me consideraba su padre porque yo obré el milagro, pero fueron Lestat y Frannely, mi única creada, quienes ofrecieron su genética para un ser tan portentoso.

—¿Y tú?—dijo al final girándose para verme—. ¿Qué haces?

—Busco a Seth—respondí—. Hay nuevos incendios en Europa y han ocurrido algunos en Japón—dije con voz cansada—. Debo informarle.

—Los vampiros están reuniéndos en Nueva York. Lo sé. Sé que lo están haciendo—dijo incorporándose—. En cuanto Rose despierte y esté en condiciones para viajar iremos. Vamos a ir. Di que lo haremos. Necesito ver a mi padre, informarle de todo y...

—Ya veremos—respondí.

—¡No!—dijo dando un golpe en la mesa—. ¡Iremos! ¡Oh, sí! ¡No me seas cobarde! Tú me creaste y mi padre ni siquiera sabe que existo. ¡Merece saberlo!—decía cada vez más furioso.

Entonces unos pasos rápidos por el pasillo. Uno de mis científicos más joven, de menos de diez años tras su conversión, se aferró a mis brazos y sonrió.

—La joven a despertado—dijo con aquellos ojos verdes, tan poderosos y perturbadores, llenos de vida. Estaba a punto de llorar de emoción—. ¡Al menos lo está haciendo!

—¡Rose!—gritó Víctor corriendo para poder hacer su aparición junto a ella.


Ese muchacho era todo una furia, pero también un hombre que sabía lo que quería. Tenía miedo de presentarlo frente a Lestat. Sin embargo, no podía negar el derecho a conocerlo. Ya contaba con dieciocho años y había decidido.  

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La esperanza

Jesse ha querido sacar a la luz estas memorias...

Lesat de Lioncourt 


Durante años mantuvo la esperanza. Pero a veces la esperanza sólo se usa para poder sobrevivir ante una gran tragedia. Su historia estaba plagada de dolor y miseria. Me sentía un tanto culpable por no poder ofrecerle más apoyo que mi hombro. Pero, ¿qué iba a poder hacer una mocosa como yo? Eso era, sin duda alguna. Ella era mi antepasada, la mujer más fuerte en la familia durante generaciones y la maravillosa sombra que nos había protegido. Muchos de nosotros habíamos vivido inocentes de su bondad. Yo era una privilegiada; sobre todo porque pude ver en persona como ella nos mantenía unidos. Siempre se presentaba con nombres distintos, asumía una identidad nueva pensada para cada generación; pero ahí estaba, nunca se apartaba. Si estabas en apuros ella, la poderosa Maharet, te ayudaba a solventarlos antes que se convirtieran en una soga y tú en un ahorcado.

Podría decirse que era la madre de todos y pronto lo fue también de su propia hermana gemela. Era doloroso ver como tomaba sus manos, acariciaba con suma ternura su idéntico rostro, besaba la comisura de sus labios e intentaba reflejarse en esos impávidos ojos azules. Ella sufría terriblemente porque su hermana no la reconocía. Cuando aquel médico indio, creación del hijo de la misma tirana que hizo que tanto Las Gemelas Pelirrojas y su guardián Khayman cayeran en desgracia, apareció en nuestras vidas sentí que la esperanza valía para algo, pero no fue así. No era así. Pese a todo mantuvo incluso después de un terrible diagnóstico.

Fareed y Seth, creación y creado, aparecieron con sus elegantes e impolutas batas en la sala donde aguarda ba ella con unos nuevos ojos que le habían otorgado la vista para siempre, sin necesidad de matar cada noche para lograr unos que siempre estuviesen frescos, sentí que algo no iba bien. Esa sensación se produjo cuando Seth se arrodilló ante ella tomándola de la mano. Había visto miedo en sus ojos cuando examinaban a Khayman, pero ante ella lo único que pude observar fue dolor, pena y amor. Amaba lo que había hecho y la admiraba profundamente, pero tenía que desengañarla. Fareed procedió intentando ser lo más profesional posible.


—Tenemos que ofrecerte información sobre tu hermana. Ya tenemos el resultado de los diversos estudios—anunció—. Lamento tener tan malas noticias, pero al parecer su cerebro está atrofiado desde hace algún tiempo. Es posible que llevase así siglos, aunque su cuerpo es autónomo gracias a pequeñas conexiones. Puede moverse, puede cazar, puede observar; pero ella no puede recordar, memorizar, hablar y creo que jamás logrará salir de esta especie de coma—su voz sonó firme, pero podía ver como se quebraba ante el llanto silencioso de Maharet. Sólo un monstruo no lo haría. Khayman la estrechó por los hombros y él siguió hablando—. Te he podido devolver la vista, pero lamento no poder devolverte a tu hermana.

lunes, 5 de septiembre de 2016

A él.

Estos son los pensamientos de mi hijo Viktor hace unos años... ¡Ah!

Lestat de Lioncourt 





He leído sus pensamientos, acciones y cientos de detalles que mi padre ha arrojado sobre persona. Urdí mis pensamientos, buenos y malos, hacia Louis desde que tengo uso de razón; pues mi madre siempre se esmeró en ofrecerme todo la educación, así como pequeños caprichos, porque yo era su tesoro, su único hijo, el pequeño eslabón en una cadena y el culmen de una búsqueda que se había iniciado cuando era joven, indefensa en muchos aspectos y demasiado soñadora. Nunca evitó que yo supiese toda la verdad. Así que me sentaba en mi pequeño e iluminado escritorio, ponía los libros de mi padre, así como los de sus compañeros inmortales, frente a mí y decía ir a las páginas que yo mismo marcaba para releer una y otra vez frases que me diesen una ligera idea, aunque fuese demasiado sencilla, sobre cómo pensaba mi padre y la forma en la cual pronunciaba cada palabra.

Sabía que Louis tenía un acento francés que no podía negar, pero mi padre a veces tenía uno más neutro debido a sus viajes y que solía conversar con más gente, influyéndose y moldeándose continuamente. Me preguntaba cómo sería esas discusiones, casi eternas, que ambos tenían frente a Claudia y los ojos de esa niña, los ojos de una mujer adulta, deleitándose con la rabia y los celos de ambos. Incluso meditaba sobre las normas que Marius parecía haber impuesto basándose en la lógica y experiencia recaudada durante siglos. Podía imaginar el olor a pantano cuando Tarquin Blackwood entró en escena como un príncipe de sangre azul, aunque casi todos los príncipes destiñen y muestran un monstruo hambriento. Él lo tenía, pero lo vi justificado.

Conforme crecía los libros parecían insuficientes. Con diez años, aproximadamente, llegó a mi poder Cántico de Sangre. Fue el último. Mi padre dejó de comunicarse. Con la historia de Mona todo se perdió. Pude conseguir otra, no muy distinta, que estaba vinculada con la familia de la joven pelirroja, aunque fue amargo saber todo sobre ellos porque comprendí aún más su dolor, desasosiego y problemas de unos con otros. Lloré. Creo que lloré durante algunas noches. Entonces me percaté que puedo ser tan sensible como mi padre, pero no entro a lo blasfemo cuando se molesta. Mi padre tiene un carácter pésimo a veces tan similar como el de Marius. Yo soy más calmado y me preguntaba si tenía que ver con la sangre o simplemente había salido a mi abuela, la cual parecía siempre distante cuando debía actuar de forma apasionada.

Tenía diecisiete años, casi dieciocho, cuando fui al despacho de Fareed exigiendo conocer a mi padre. Él me miró, suspiró, miró a Seth y este me echó fuera de la habitación donde terminaban de analizar mis últimas muestras de sangre y ADN. Pronto iba a cumplir dieciocho años y estaba dispuesto a llamar la atención. De no ser por las Quemas, por esas horribles Quemas, habría lanzado un libro al mercado llamándome el “Hércules del Zeus vampírico” o algo así. ¿Acaso no era el enviado de un “dios” por muy oscuro que fuese? ¿Acaso no era una mezcla entre ese “dios” y una pobre mortal por aquel entonces? Podría ser un prodigio de la ciencia, pero me gustaba la forma pomposa, y ocasionalmente desacertada, que tenía mi padre para hacerse notar.


Supongo que si escribo todo esto en mi portátil es porque necesito desahogarme. Esta noche iba a conocerlo y no ha dado señales de vida. Dicen que está ocupado con unos asuntos, que pronto vendrá y que quizá mañana aparecerá abrazándome, agarrándome del rostro y diciéndoles a todos con orgullo, y algo de egocentrismo, que somos idénticos.  

sábado, 27 de agosto de 2016

La sangre de la reina

Fareed ha querido contribuir recordando esto para todos nosotros...

Lestat de Lioncourt 



Habíamos logrado lo que para mí significaba un triunfo absoluto. Maharet decidió aceptar mi propuesta de examinarlos a los tres, pues no sólo ella y hermana pasarían por mis manos y las manos de mi equipo. Estaba absolutamente convencido que Khayman, el vampiro más antiguo sobre la faz de la tierra, podría darme pistas sobre dónde, cómo y hasta que punto podemos ser inmortales o estar de algún modo vinculados en una red similar a la neuronal en un ser vivo. Llevaba años investigando este mapa genético y había llegado a la fuente. La verdadera fuente. Ellos tenían la sangre de Akasha, la Madre de todos los vampiros y madre biológica de mi creador.

Recordé mis primeros pasos en la India, tras ser convertido, y al echar la vista hacia el futuro me sentí mareado. Habían pasado más de veinte años. Yo debía ser un hombre prácticamente anciano, con las manos temblorosas para ser un médico decente. Pero estaba ahí. Era aún físicamente aquel hombre de cuarenta años, de raza hindú y ojos profundos llenos de deseo. Sí, codiciaba ese momento. Lo ansiaba desde que conocí la historia de Kemet, la mujer que se hizo diosa tiránica y quedó convertida a una escultura rota a los pies de sus enemigos eternos.

—Siéntate, por favor—cuando la manija de la puerta se giró y él entró.

Poseía los rasgos de un hombre árabe, pero su piel era tan blanca como el mármol. Sus ojos profundos hablaban de historias terribles que atemorizarían hasta al guerrero más bravo. Se notaba tenso. Sus hombros estaban algo encogidos y sus manos cerradas en puño. Yo, con suma amabilidad, le pedía que se sentara en la camilla.

—Nunca me han gustado las batas blancas—dijo como referencia a mis prendas y las de mi creador, el cual estaba a mis espaldas.

—En tu época este oficio era más bien hechicería—respondí riendo bajo para romper el hielo, pero él sólo me miró paciente con una suave sonrisa.

—Sí, pero he visto a amigos mortales morir en hospitales asepticos de sutil olor a desinfectante, muros altos y resistentes, murmullo en los pasillos y choques de camillas. Lugares muy poco acogedores pese a las flores y visitas.

La muerte siempre estará vinculada a nosotros. De alguna forma somos muerte, pero también vida. Somos los dos extremos de una misma cuerda. A veces cede hacia un lado, pero la mayoría de las otras siempre gana la oscuridad del otro cabo. Comprendía que él no se sintiera del todo a gusto en un lugar como este. Estaba fuera de su ambiente. No había llamativas flores paradisíacas, enredaderas, ni columnas de piedra, ni libros amontados y ni mucho menos aves de colores que intentaran imitar su voz. Estaba lejos de su territorio casi inexplorado donde él era un nuevo dios silencioso, pacífico y de mente inquieta.

—Comprendo, pero aquí nadie va a morir—respondí.

—Lo sé, lo sé—susurró a media voz.

Noté entonces que llevaba puestos unos audífonos colgados del cuello, como un adolescente más. Me pregunté qué habría estado escuchando, pero rápidamente pensé que sería alguna música tribal que le recordara a sus tiempos en el Nilo. Si bien recordé los comentarios de la señorita Reeves, su descendiente, hace tan sólo unos días cuando comentó que Khayman estaba empezando a ser fanático de la música rock y en concreto de Lestat el vampiro.

—Seth, ¿puedes pasarme el instrumental necesario?—pregunté al comprobar que la mesilla con mis estetoscopios y diverso material, como agujas y tubos, estaban a su lado—. La mesilla está demasiado lejos, por favor.

—Deberás ir tú. Él me tiene miedo—aseguró Khayman.

—¿Es eso cierto?—pregunté con media sonrisa levantándome para dar unos cuantos pasos hasta la mesilla.

—Ahí donde le ves, Fareed, tan tranquilo y cordial, incluso algo nervioso, era uno de los guerreros más sanguinarios. Destruía a cientos como si fueran hojas de papel y ni siquiera era aún vampiro. Lo llamaban...

—El Benjamín del Diablo—respondió mirándolo fijamente.

—Sí—afirmó.

—Hice lo que hice porque eran órdenes de aquellos a los que era leal, pero cambié y lo hice por ella—susurró con los ojos llenos de lágrimas. Las emociones hacían temblar a un ser como él, un ser que había vivido milenios.

—¿Por Maharet?—pregunté mientras me acomodaba para comenzar a inspeccionarle y tomar muestras.

—Por mi hija... —dijo—. Amaba a Maharet, pero no podía ser desleal a mi rey. Sin embargo, esa cosa pequeña de piel suave, carnes tiernas y mirada desesperada logró clavarse muy hondo en mi pecho. Se convirtió en una daga que mató al monstruo con suma facilidad convirtiéndome en una bestia dócil frente a ella—miraba aún a Seth cuando dijo las siguientes palabras como si aún hubiese reproche hacia la descendencia de una mujer que había enloquecido mucho antes de volver a despertar—. Nunca perdonaré a tu madre, ni siquiera a su posible espíritu, por apartarme de mi hija.

—Procede... Fareed...—dijo mi creador apoyándose en la mesa de escritorio que estaba a mis espaldas—. Procede...



lunes, 15 de agosto de 2016

Deseos

Todos deseamos algo... Benji también, como es obvio.

Lestat de Lioncourt 

—¿Sí? ¿Dígame?—preguntó desde el otro lado de la línea.

Se escuchaba un vacío terrible como si estuviese aislado. Era normal. Posiblemente estaba en uno de los bunker que habían construido para poder desplazarse debajo de desiertos, lagos y bosques sin que nadie pudiese molestarlos. Eran lugares bien ventilados, pero el sol no podía penetrar bajo esa gruesa capa de hormigón, cemento y otros materiales. Había estado en uno de ellos durante una pequeña excursión que se nos ofreció por parte de su organización. Pude conversar con los científicos y médicos allí reunidos, así como con los jóvenes que aceptaban ser sus conejillos de indias.

Había aparatos muy sofisticados pese a lo común, pero también otros parecían haber salido de la mente de un científico loco deseando destruir a la humanidad. Aunque no había humanos en el sentido estricto de la palabra. Allí se reunían vampiros intentando encontrar la solución a diversas enfermedades humanas y vampíricas, pero también últimamente se estaban interesando por otras criaturas como animales. Pues algunos animales contraían enfermedades raras que terminaban infectando a los humanos.

—Farred, amigo—dije.

—Oh, eres tú—respondió casi de inmediato.

—Sí, soy yo—contesté—. Necesito preguntarte si has empezado a investigar sobre...

—Ah, no. Aún no.

Me sentí furioso, pero intenté apaciguarme. Deseaba que investigara tanto la solución a mi gran problema...

—¿Por qué?—pregunté frunciendo el ceño.

—Estamos terminando un proyecto más importante—aseguró—. Deseamos determinar si al fin podríamos lograr que los vampiros pudiéramos estar bajo el sol sin problemas.

—¡Ah! ¡Eso es un problema mínimo!—grité aferrándome con fuerza a mi teléfono móvil.

—Bueno, quizá para ti—dijo—. Si bien, hay milenarios que desearían volver a ver la luz del sol.

La luz del sol era sólo una estupidez comparado con lo que yo pretendía. De hecho muchos milenarios, algo menos antiguos que Marius, habían logrado ver atardeceres y amaneceres. ¡Qué más querían! Además, había otros como Gregory que incluso se tostaba en una cámara especial.

—Yo quiero esas hormonas para crecer—respondí insistiendo en mi deseo.

—Benjamín, amigo, no puedo hacer eso—contestó llenándome de una rabia imposible de contener, pero preferí que siguiera hablando para saber sus malditos motivos—. No puedo investigar un caso aislado. Primero tendremos que buscar la solución a un problema que afecta a la mayoría.

—¡Al diablo el sol! ¡O comer! ¡Yo quiero crecer!—grité con furia. Por un momento parecía Marius cuando se molestaba.

—¿Por qué esa insistencia? ¿Acaso no has logrado que vampiros mucho más antiguos que tu propio creador te admiren?—decía aquello como si fuera una proeza, pero fue bastante sencillo. Sólo tuve que darles voz a todos, o al menos a casi todos, para que se pusieran de acuerdo.

—Sí, pero no he logrado aceptarme a mí mismo—dije tras un largo suspiro—- Sé que fue una decisión arriesgada y que yo tengo la culpa, al menos una gran parte, pero...

—Comprendo—dijo. Aunque yo sabía que no podía comprenderlo del todo. Él tenía el cuerpo de un hombre que rondaba los cuarenta años.

—¿Al menos me das tu palabra que terminarás investigando una posible solución?—pregunté conteniendo mi mal humor y preocupación al respecto.

—Sí, lo prometo.


Colgué con aquella promesa amarga. Sabía que lo haría, pero esperaba que no fuese en el próximo siglo.  

martes, 12 de julio de 2016

Debió ser terrible para el pobre Thorne. 

Lestat de Lioncourt 



La nieve fría crujiendo bajo mis pies, helados y húmedos, me ofrecía mayor confort y sosiego que los murmullos que siseaba Khayman, como si fuese el viento perdido entre las ramas, en aquellas perversas noches. Las estrellas brillaban bajo la densa oscuridad. Era más brillantes y atractivas que las que escasas que todavía podían verse desde la ciudad. Los árboles dificultaban a veces el poder emprender el Don de la Nube, pero aún así no importaba en absoluto. Allí éramos felices hasta esos tristes días donde toda la calma se convirtió en una tempestad.

—¿Qué ocurre?—pregunté observando como mi compañero regresaba a nuestro asentamiento perdido entre la maleza y una vieja ciudad indígena del Amazonas.

—Nada—respondió con la vista perdida.

—Algo pasa. Puedo sentir que algo pasa—murmuré.

Entonces la radio confirmó mis sospechas. Mi canal regional que solía ofrecer música clásica empezó a emitir un bando informativo. Hablaba de un fuego que estaba consumiendo una de las discotecas más importantes de la ciudad de São Paulo. La columna de humo era tan impresionante que ocultaba de la vista los grandes rascacielos. Dentro muchos jóvenes había sufrido grandes quemaduras. Solía ser conocida como una discoteca para gente afín a un tipo de estética y música que solía ayudar a que jóvenes vampiros, seres como nosotros dos, pasaran desapercibidos.

—Has vuelto a hacerlo...

—Yo no he sido—dijo acercándose a mí.

Las cenizas y el olor a carne quemada, sangre y sudor lo delataba. Había sido él. No había otro. Él lo había hecho con sus poderes mentales sobre el fuego. Khayman, aquel sabio pacífico que yo admiraba, se había convertido en un monstruo sediento que cometía los mismos pecados que su creadora y fallecida enemigos: Akasha.

No pude delatarlo aquella vez. Sólo me eché a llorar horrorizado. Fareed me había regresado la vista para ver como todo se derrumbaba a mi lado. Mis latidos golpeaban con fuerza dentro de mi pecho y la voz se reía satisfecho. Ya me había advertido que si no lo hacía yo haría que otro lo hiciese por mí. Me aferré fuertemente a mi compañero y él hizo lo mismo acariciando mis largos cabellos pelirrojos.

—No se lo digas a Maharet...—rogó rompiendo llorar también.


La música regresó y la noticia se dispersó. Aún así podía recordar el número de muertos porque una voz, la voz de aquel dichoso espíritu, la repetía como un mantra. Al fondo pude escuchar los pies rápidos y salvajes de Mekare agitándose en una danza extraña. Fue terrorífico y doloroso.

jueves, 7 de julio de 2016

Amistad

Es increíble que ellos se lleven bien y Marius se lleva mal con todos.

Lestat de Lioncourt 



Él estaba allí sentado frente al fuego. Había escuchado su nombre en varias ocasiones en mitad de soporíferas noches donde Pandora se sentía agotada y dormitaba en mitad del camino hacia nuestro destino. Ella lo llamaba con la dulzura de una madre y la entrega de una amante. Siempre me pregunté qué habría sido de aquel hombre bondadoso y leal que se había entregado en cuerpo y alma para ayudarla, comprenderla y protegerla. Me sentía en deuda con un hombre como él. Y allí estaba. Esa noche él resplandecía por la felicidad que emanaba. Nos habíamos reunido en aquel edificio neyorkino por una única razón: Las Quemas. Sin embargo, él estaba allí eufórico porque podía estrechar de nuevo a su gran amiga.

Percibí que entre ellos había un lazo sincero de hermandad y comprensión. Por unos instantes sentí celos, pero rápido maté a los demonios que danzaban en mi alma cantando salves a mi furia. La ira se calmó rápidamente como se sofoca un fuego insignificante al que le han arrojado un cubo de agua helada.

Me acerqué a él deseando presentarme, pero él se incorporó con elegancia abriendo sus brazos para rodearme como si yo también fuera un hermano suyo. Besó mis mejillas, me tomó del rostro y sonrió antes de romper en llanto amargo mientras notaba que ella lo rodeaba por la cadera con sus brazos. Éramos tres inmortales jugando a ser niños inocentes llenos de esperanza. Porque sí, teníamos esperanza pese a todo. Nada ni nadie podía arrancarnos ese sueño de profundo triunfo.

—Arjun, el compañero de aventuras de mi adorada Pandora—dijo con la voz quebrada por la emoción—. Mi nombre es Flavius. Me alegro de veros juntos porque cuando leí sus memorias sufrí muchísimo porque estuvierais separados—comentó antes de rodearla besando su frente y sus mejillas con amor familiar—. ¿Cómo estás? ¿Te quedarás con nosotros? Oh, no puedo dejar de llorar...

—Flavius eres un buen hombre. Siempre me pregunté si nos cruzaríamos para poder llamarnos hermanos pues procedemos de una misma fuente, amamos a Pandora con intensidad y ambos somos hombres que cultivamos la literatura como si fuera parte de nosotros—dije evidenciando mi acento proveniente de la India. Él colocó sus manos níveas sobre las mías y sonrió mientras hablaba.

—Podemos recitar los tres a Ovidio cuando todo esto pase. La maldad no tiene lugar en este mundo—aseguró—. Confío en la fuerza de Lestat y el poder de la unión de todos nosotros.

—¿Cómo has estado?—dijo ella sin reprimir las lágrimas pese a su fortaleza—. No debí permitir que te fueras solo...

—He vivido como un dios entre libros y buenos amigos. He tenido una vida digna. No puedo quejarme. La vida no me ha tratado mal y la eternidad de este tiempo sobre el mundo, envolviéndome en cada época, ha sido fascinante—después, como si se tratara de un tullido curado por el mesías judío, apartó a ambos y se levantó la toca comenzando a brincar—. Os presento a mi nueva pierna.

—¿Y este milagro?—preguntó ella absolutamente asombrada.

—Ah... un vampiro de la India, como mi hermano Arjun, lo logró. Se llama Fareed y ha logrado grandes milagros—susurró antes de echarse a reír abrazándonos y besándonos—. Tenemos que hablar... tenemos que hablar...


Cuanto más lo veía más contemplaba su parecido con el David de Miguel Ángel. Era asombroso. Creo que jamás he visto un cabello más rizado y dorado. Ni siquiera Lestat tiene rizos tan perfectos. Imaginé su cabeza laureada y su cuerpo envuelto en las telas más caras de todo el Imperio Romano. Deseé que fuese un patricio y no un pobre esclavo griego que lamentaba la muerte de su amo, el cual lo liberó aunque no lo aceptó, esperando pacientemente tener buena suerte pese a lo terrible que era la esclavitud.  

martes, 28 de junio de 2016

La verdad

Hoy se dará visibilidad a la transexualidad e intersexualidad porque son las siglas menos escuchadas en la LGTBI como si "no existieran" o sólo estuvieran de adorno. 

Como bien saben soy hombre transexual. No tengo miedo ni vergüenza de aceptarlo. Hace tiempo lo dejé claro y ahora lo vuelvo a decir con mayor fuerza. Petronia lo llevo yo y espero que acepten este texto con comprensión.

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¡Arion y Petronia! Me encantan. 

Lestat de Lioncourt 


—Soy un monstruo—afirmé.

—No. No veo un monstruo—respondió jugando con uno de los peones que aún se encontraban sobre el tablero. Llevaba horas con esa partida de ajedrez. Parecía ensimismado pero en realidad estaba atento a todo lo que yo hacía o decía.

—Desearía acabar con todo esto—dije jugando con el collar de camafeo que llevaba alrededor de mi cuello.

Fuera la noche parecía agradable ahí fuera, pero dentro de aquella habitación yo sentía que el mundo se caía sobre mis hombros. Yo no era Atlas para soportar el peso sobre la espalda de mi alma hundiéndome contra el suelo como si no importara nada. Ni siquiera podía estar seguro de soportar el silencio que ocasionalmente había entre ambos.

—¿Con qué?—se apartó del tablero y se incorporó.

—Con esto—susurré con la voz quebrada.

—¿Con nuestra relación?—preguntó acercándose a mí. El sonido de sus pisadas eran como clamores de serafines y querubines alrededor de Dios. ¿Yo era su Dios? No, él era el mío. Él era mi Dios porque yo hacía tiempo que deposité mi fe en él y jamás me había defraudado.

—No, Arion. Jamás podría abandonarte...

Me faltaba aire y ánimos. Estaba hundiéndome de nuevo en el lodo. Siempre salía a flote aferrándome a la esperanza, al amor que mantenía ante aquel hombre de piel oscura y rasgos bondadosos, porque si no lo hacía dejaría que mis sueños se murieran cubiertos en brea.

—¿Entonces?—susurró tomándome del rostro.

—Estoy harto de ir de un género a otro—contesté—. Cansado de mostrar una apariencia según me convenga. Me duele verme al espejo y observar algo que no soy. Estoy atrapado en mitad de una línea muy frágil y siento que mi corazón estalla de rabia y miedo.

—¿Y qué deseas hacer? ¿Acaso piensas en destruirte?—noté como rápidamente salía de la calma para adentrarse en unos infiernos cargados de desesperación—. ¡Petronia!

—No. Antes creía que no había solución... —respondí aferrándome a él dejando mis temblorosas manos sobre sus anchos hombros—. Nunca veía una salida a este dolor—dije con la voz quebradiza y las lágrimas aflorando como si fueran un pequeño manantial—. Si me mantuve con vida fue por ti, pero la indignación y el dolor seguían ahí.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Dónde piensas llegar?—sus manos eran cálidas y suaves, a pesar de su piel gruesa y algo rugosa, pero aún más cálida era su mirada que parecía rogarme para que yo volviese a la calma. Se entregaba a mí de forma absoluta y yo sólo quería desvanecerme entre sus brazos—. Háblame—exigió en tono dulce.

—Arion han pasado muchos años desde que nos conocemos—puse mis manos sobre las suyas y las coloqué en mis caderas entretanto apoyaba mi frente sobre su torso—. Para ti he sido siempre una mujer—dije tras un breve suspiro lleno de ansiedad—. He permitido que me trataras como una arrancándome a tiras el sufrimiento para envolverme entre tus caricias. Tú has hecho que me sienta cómodo pese a todo, pero es un espejismo porque no lo soy—afirmé con el corazón en la mano mientras lo rodeaba firmemente como si fuese a caerme allí mismo—. Uso una máscara masculina para luchar contra el mundo, aplasto el dolor con determinación y autosuficiencia, pero tú no lo ves. No ves la realidad. No es sólo una máscara. Esa máscara es la realidad—dije al fin.

—Te he aceptado siempre—murmuró—. No entendí jamás que eligieras para mí un género, ¿acaso importa el género tanto como para amar a otra persona?—preguntó antes de dejarme un pequeño beso en los labios.

—Arion...

—Deja que bese tu cuerpo porque sé que el amor puede atravesar la piel y llegar al alma—sus labios rozaron mis mejillas manchándose con mis lágrimas sanguinolentas. Su aroma me arrancaba pedazos de dolor mientras sus manos acariciaban mis costados. Pronto lo tuve pegado a mi cuello y a mis clavículas. Besaba cada parte de mí como si me quisiera bendecir con su amor.

—Deseo contactar con cierto vampiro vinculado con la cirugía y la ciencia que podría ayudarme...—dije al fin.

Había leído las últimas andanzas de “Príncipe Lestat” y si alguien podía ayudarme era el doctor, científico y vampiro hindú llamado Fareed. Este cirujano había sido convertido por el hijo biológico de Akasha hacía algunas décadas. Era un vampiro joven pero poderoso y lleno de experiencia en el ámbito de la medicina. Quería salvar a vampiros y solventar sus problemas. A muchos compañeros, por llamarlos de algún modo, les había ayudado a restaurar sus cuerpos o les devolvió la vista. Yo quería que me convirtiera en el hombre que realmente era. Arion debería aceptar mi verdadera identidad.

—Hazlo. ¿Por qué no deberías?—preguntó arrodillándose para besar mi bajo vientre rozando con su nariz mi ombligo.

—Por miedo a que me dejaras—dije casi sin voz.


—¿Cómo podría dejar al ser que ilumina mis noches?—susurró.  

lunes, 30 de mayo de 2016

Mi rosa.

Mi hijo eligió bien. Eligió a una mujer bondadosa y llena de luz... ¡Pero tenía que ser mi niñita! ¿Por qué?

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo su rostro relajado mientras acomodaba la almohada tras su cabeza. Su cuerpo era liviano y parecía frágil. Tenía una piel suave y delicada parecida a la leche de almendras. Habían logrado salvar su vista y esperaba ahora que despertara, como si fuese La Bella Durmiente o Blancanieves, mientras que yo no era ningún Príncipe Azul. De hecho no debía estar en esa habitación porque podía confundirla, pero me había preocupado tanto por ella y despertaba tanta curiosidad en mí que me sentía atraído como las moscas a la miel.

Me quedé allí de pie con ese enorme ramo de flores campestres, donde había girasoles, amapolas y un sinfín de flores llamativas como margaritas con pétalos violáceos u otras cuyo nombre desconocía, esperando que despertara. Había leído muchas novelas románticas cuando era un niño. Mi madre no solía comprar cuentos para mí porque decía que era mejor que empezara con literatura de adulto. Creo que Charles Dickens fue uno de mis autores favoritos cuando era apenas un mocoso de siete años, pero también leía a escondidas sus libros y las novelas de amor eran maravillosas. Podía leer el romance de hombres y mujeres sin pudor alguno, entregado uno al otro sin miedo, haciéndome sentir ligeramente triste porque ella nunca pudo amar al hombre de sus sueños. Mi padre no se detuvo y jamás permaneció por más de dos horas a su lado. Así que esa escena de una muchacha desvalida encajaba en esas novelas que hacían suspirar a mi madre y que alimentaba mi curiosidad por las relaciones personales.

Ella había estado cerca de mi padre. Posiblemente lo conocía bien. No sabía cuánta información podría darme de mi progenitor. Yo era casi un clon. Fareed había logrado aislar la genética de mi madre y dejarme sólo la de mi padre. Mi cerebro era similar al de él, todo yo era una copia exacta, salvo que había tenido mejor educación y alimentación provocando que desarrollara mayor cantidad de músculo, estatura y conocimientos. Sin embargo, esperaba que ella me diese la valiosa información que nadie me daba. Quería saber como le brillaban los ojos al reír o la forma en la cual arrugaba la nariz cuando se molestaba. Necesitaba saberlo.

Sin embargo, no despertó esa tarde ni las siguientes. Cada día que pasaba me enamoraba más de ese semblante sosegado entregada a un maravilloso sueño, pues sonreía. Pensé miles de veces que posiblemente se sentía reconfortada entre los brazos de mi padre o entre los de sus tías. Si bien un día despertó mientras yo miraba por la ventana pensando en qué le diría al despertar. No sabía como abordar el tema y el parecido debía ser asombroso. Pero tanto mi padre como yo somos demasiado torpes y directos. A veces decimos las cosas sin pensar aunque tengamos un discurso programado.


Hoy ella duerme con ese mismo semblante. Está recostada en nuestra cama. Sus largos cabellos negros manchan las sábanas blancas de algodón. Hemos hablado de la posibilidad de tener hijos en un futuro aunque condenaríamos a nuestros hijos a la oscuridad. No somos ya lo que se dice humanos, pero tampoco somos monstruos. Ella quiere tener hijos y yo deseo que sea feliz. La descendencia para mí no es importante, pero admito que me hizo sonreír la idea al imaginar que podríamos contribuir al mundo con un par de niños sanos gracias a los laboratorios de mi otros padres, Seth y Fareed.

jueves, 12 de mayo de 2016

Paternidad

Mi hijo es un impertinente como su padre. ¡Lo amo! 

Lestat de Lioncourt


—Deja de comportarte como un niño malcriado—decía Fareed deteniéndome en seco.

Siempre entraba en el laboratorio a hurtadillas para intentar averiguar más sobre ellos, mi nacimiento y el origen de la vida. Era un niño adelantado a mi edad con una curiosidad demasiado fuerte. No había lugar donde no pudiese meterme a husmear. Estaban buscándome desde hace horas porque deseaban hacerme algunos estudios sobre la evolución de mi ADN por si tenía problemas en un futuro. Pero estaba harto de inyecciones y no tener respuestas a mis preguntas.

—No quiero hacer eso. No quiero—dije revolviéndome en los brazos de quien siempre consideré parte de mi familia, pues era el creador de mi madre. Él me dio mi educación y me ofreció su cariño como si fuese su hijo.

—Viktor, ¿por qué no?—preguntó Seth apoyado en la puerta.

—¿Por qué los adultos toman siempre las decisiones? ¿Qué hay de mi autoridad?—pregunté logrando apartarme de ambos para quedarme de pie, girado hacia ellos, con los puños cerrados y una fiereza terrible en los ojos.

Era un niño terrible. Obedecía sólo cuando tenía que ir al colegio porque me maravillaba poder estar con niños de mi edad. Siempre tenía que ocultar el secreto. Me sentía como si fuese parte de una organización de superhéroes que salvan el mundo de innumerables peligros. Leía cómics, de hecho los devoraba con ansiedad, pensando que nosotros éramos como los poderosos mutantes de Marvel y DC. Imaginaba que los poderes se podían transmitir como los del hombre araña, pero no estaba del todo seguro. Sin embargo, me ilusionaba leer ese tipo de historias. También sobre vampiros, brujos y hadas. Amaba la literatura “fantástica” que adquiría Fareed para mí y que mi madre a veces me leía para fortalecer lazos.

Deseaba saber qué era y qué hacía en este mundo, pero sólo me hacían pruebas. Odiaba las agujas, los sitios cerrados, y también otros calvarios por los que pasaba revisando si mi crecimiento intelectual era normal o un prodigio.

—¡Tienes diez años!—gritó Fareed.

—Sí, los suficientes para saber que no sois humanos—respondí mirándole a los ojos.

Fareed tiene unos ojos oscuros muy profundos. Siempre me gustaba mantener duelos de mirada con él hasta que se daba por vencido. Sabía que yo era tan importante, tanto científicamente como sentimientalmente, que no podía negarme nada.

—Somos parte de la especie humana, pero en otra escala debido a diversas mutaciones de nuestro código genético—comentó Seth.

Seth era más calmado y el más viejo. Sabía que había nacido en Egipto cuando se llamaba aún Kemet. Nunca hablaba demasiado de sus orígenes pero amaba que me contara historias sobre los dioses de su civilización, las leyendas que había escuchado sobre diversos lugares del mundo y los viajes que había hecho en los últimos años.

—Sois vampiros—respondí.

—Sí, eso es—aseguró—. No es algo que te ocultemos.

—Mi madre no lo era cuando yo era pequeño—respondí a Fareed que me había atrapado de nuevo agarrándome de los brazos con suavidad.

—No, no lo era—me contestó.

—¿Y mi padre?—de nuevo esa pregunta que resultaba ser peliaguda para ambos.

—Viktor, tu padre hace mucho tiempo que es un vampiro y no es momento de preguntar por él—intentó sonreír pero no pudo. Fareed siempre se ponía visiblemente nervioso.

No me había percatado, pero Seth se marchó dejándonos a solas. A veces se movía tan rápido que me provocaba vértigo. Aunque esos poderes me gustaban y pensaba en todo lo que haría con ellos. Imaginaba los viajes, libros y experiencias que viviría gracias a esa velocidad.

—¿Por qué no lo conozco? ¿Lo expusieron a la luz del sol? ¿Decapitamiento? ¿Fuego?—pregunté sin miedo.

Si mi padre estaba muerto quería saberlo. Era lógico querer saber a quién te parecías. Todos los trabajadores de ambos decían que era muy similar a él, que mis genes eran fuertes y que cada vez me parecería más a ese rebelde sin causa.

—Está vivo y estos son sus libros—dijo Seth incorporándose de nuevo a la conversación. Traía consigo una caja con numerosos libros y yo estuve a punto de lanzarme como si fueran regalos bajo un árbol.

—¡Seth cómo se te ocurre!—gritó furioso su compañero, su hijo, su amante...

—Ya es hora que sepa que es hijo de Lestat de Lioncourt—respondió dándole una palmada suave en la espalda mientras miraba sus profundos ojos. Fareed admitió la derrota, pero era sólo porque Seth deseaba que así lo fuese.



sábado, 26 de marzo de 2016

Dios posee aroma a petróleo y dinero

Una nueva crítica "sacrosanta" de Daniel... ¡Ya que estamos!


Lestat de Lioncourt


Es curioso como evoluciona la fe y las religiones a lo largo de la historia. Los numerosos objetos y conceptos sagrados han cambiado convirtiéndose en obsoletos, extraños o carentes de sentido para el hombre moderno. Actualmente se ha dejado atrás el culto a la naturaleza porque los fenómenos naturales ya tienen una explicación científica probada. La evolución del hombre, contada en diversas teorías que colaboran unas con otras, ha sido un enigma que ha terminado desencadenando en desgranar incluso en ADN humano. Poco a poco se van rompiendo las barreras entre lo inalcanzable, que suele ser algo divino, y lo explicable.

Sin embargo siempre habrá personas que se sienten más felices creyendo que tendrán recompensa un día tras su muerte. Es el miedo a la muerte lo que genera aún movimientos religiosos en todo el mundo. Ya no es la explicación de la caída de un rayo lo que mantiene en vilo al mortal, pero sí al llegar la noche la peor de las pesadillas tiene que ver con una fosa, una lápida y flores para el difunto.

La muerte genera muchos ingresos durante toda la vida. Malgastan dinero en productos más sanos, cuando en realidad hay transgénicos terribles para el cuerpo humano. No todas las semillas manipuladas son fabulosas para el hombre, sino que hay una industria brutal que colapsa el mercado y les obliga a usar sus productos. Mientras hay personas que creen que consumen la mejor fruta en las huertas obligan a trabajar al peón bajo cuerda, con productos químicos que contaminan el medio ambiente y que dañarán su salud de por vida. Los residuos descontrolados de diversas empresas, sobre todo las tecnológicas, contaminan el mundo así como el transporte privado provocan una humareda negra en las grandes ciudades. Los pulmones de todos se resienten por culpa de los tubo de escape, el tabaco y numerosos químicos inodoros mientras se talan cientos de árboles por hora.

El hombre sigue rezando en centros religiosos de toda índole a un Dios que les conceda su bondad, su perdón y su amor. Pero cómo un Dios podría perdonar el daño que están causando creyéndose por encima de todo y todos... ¡Imposible! Si realmente existiera ese Dios que genera tanta opulencia a sus sacerdotes, u hombres sagrados, estaría deseando que se mataran unos a otros porque dañan su mayor obra. El ser humano no es la mejor obra de la naturaleza. Hay seres que no son conocidos y que se mantienen ocultos en los océanos a miles de kilómetros de profundidad. Se desconocen muchas zonas del planeta sobre la tierra porque la selva es demasiado densa. El ser humano aún está en pañales pero está logrando destruir todo a su paso. Un ser tan abominable que llora frente a una madera en Semana Santa, hablando de fervor religioso y bondades del cristianismo, pero no es capaz de echar una lágrima por los cientos de sirios que ruegan por entrar a Europa huyendo de una guerra no merece perdón, ni hablar de fe y menos de futuro.

La Unión Europea que habla de libertad, de unión y de ser una nueva patria para todo aquel que quiera sumarse ha cerrado sus puertas y ha puesto a sus soldados bordeando fronteras. El motivo es la llegada ingente de personas descalzas, necesitadas de alimentos y medicinas, que ruegan quedarse a cambio de trabajar y ser un ciudadano más. No piden dinero ni caridad, sólo un lugar donde dormir resguardados de las bombas, los asesinatos selectivos y la miseria de un país que está absolutamente destruido por los ataques de los propios europeos contra la población civil. Las bombas no sólo caen sobre los enemigos sino sobre hospitales, colegios, urbanizaciones o parques donde hace cinco años los niños correteaban entre risas y pequeños juegos. Los lugares donde la vida germinaba ahora está lleno de muerte en todas sus expresiones. La guerra realmente no empezó hace cinco años, ni siquiera hace una década, sino proviene de antes de la II Guerra Mundial donde Francia, junto a otros países europeos y Estados Unidos de América, se burlaron de gran parte de los países de esa zona para robarles el oro negro. Tras la guerra se comprobó sus verdaderos planes, que no eran de unificar los países árabes, sino el expolio y la sumisión de la zona. Durante estas décadas han existido problemas de diálogo y muchos se han radicalizado ayudados por el dinero de diversos países europeos, los mismos que ahora están llevándose las manos a la cabeza debido a los atentados en los diferentes puntos de Europa y Estados Unidos de América. Muchos pensarán que todo es religioso, que es una guerra en nombre de un dios, y no están muy descarriados. ¿Acaso el dinero no es la mayor divinidad del hombre moderno?

Sin embargo muchos se colocan las diversas banderas de los países cuyos atentados han colapsado hospitales y cementerios, pero no son capaces de hacer lo mismo por los países que llevan años en guerra sufriendo necesidades por culpa de una lucha encarnizada, de sus gobernantes y empresas, por expoliar a los diferentes pueblos o regiones. La guerra de Siria no es la única ni sus refugiados los únicos que claman por un poco de paz. Hay cientos de guerras y guerrillas destruyendo inocencia, vida y futuro.

No es el demonio quien tienta al hombre sino su ambición, codicia y necesidades de destacar por encima de todos. Es algo que está en su código genético porque el hombre tiene tanta luz como oscuridad en sus acciones. El ser humano es capaz de lo mejor pero también de lo peor. Muchos vampiros han comprobado como se pueden manipular sus mentes con suma facilidad ofreciéndoles lo que ellos creen necesitar. Seducen a sus víctimas con dinero, lujos, tratos que parecen perfectos a ojos de todos y terminan cayendo en la trampa.

El ser humano no ha aprendido nada. Muchos investigadores luchan por salvar al mundo y mejorar la tecnología para salvar vidas, mejorar la calidad de los enfermos o sus familiares, mientras que otros usan esos mismos conocimientos para destruir con bombas más eficientes, munición menos pesada y virus que mermen un ejército entero. Hay vampiros científicos que luchan para conocer bien nuestro ADN que es ligeramente diferente al humano, pues mutamos de un espíritu y éste ha cambiado nuestro código para hacernos resistentes a enfermedades comunes y al paso del tiempo, así como mejoras en nuestro físico o calidad de vida para aquellos que perdieron algún miembro hace siglos o milenios. También se han centrado en depresiones y enfermedades mentales que caen sobre nosotros debido a la soledad, que es una enfermedad que siempre ha estado vinculada a los vampiros y ahora al hombre moderno, y las numerosas visiones que llegan de nuestras víctimas o de sueños intranquilos que irrumpen en nuestras horas diurnas.


Nosotros los vampiros somos inmensamente más civilizados que los seres humanos. Tal vez porque hemos visto a lo largo de los siglos como se repite la misma historia hasta convertirse en un cliché. Estamos quizá cansados de ver como el hombre se convierte en algo más que un lobo para sí mismo. Tal vez es hora de hacernos más visibles y sofocar la estupidez de los mortales porque no son ellos los únicos que viven sobre la faz de la Tierra.  

viernes, 25 de marzo de 2016

Dos hombres y una verdad

Flavius y Marius hablaron mientras la crisis asolaba el mundo y yo no llegaba... ¡Esto fue el inicio de la conversación! ¡Acabáramos! 

Lestat de Lioncourt


—Volvemos a encontrarnos—dije una vez la reunión había finalizado.

Las presentaciones sobraban y carecían de interés. Todos estábamos allí esperando que Lestat hiciese acto de presencia. La alegría y pasión del piano de Sybelle estaba en un segundo plano ante el murmullo de las numerosas conversaciones. Había pequeños grupos por toda el edificio intentando hilar recuerdos y momentos en los cuales nos habíamos sumido en tempestades similares.

Él estaba allí con un aspecto magnífico. Creo que hasta ese momento no recordaba la profundidad de sus ojos azules y la belleza de sus rizos dorados, cayendo sobre su frente y rozando su nuca. Parecía uno de los arcángeles que mil veces habían sido reproducido a lo largo de la historia de las diversas religiones, pues no sólo el cristianismo representaba seres alados excepcionales. El suéter negro de cuello de cisne estilizaba su figura y los pantalones desgastados ocultaban la maravillosa intervención del hindú Fareed. Había recuperado una pierna que había perdido años antes siquiera de conocernos.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—contestó apoyado en el marco de aquella gloriosa puerta de madera de roble. Su sien quedó pegada al marco y sus brazos se cruzaron obre su pecho. Viéndolo así cualquiera pensaría que era un joven cualquiera con una belleza nada común, pero mortal como el resto de humanos.

—Nunca supe tu paradero—comenté.

—Me mantuve a salvo como Pandora me pidió. Ella me rogó que me alejara de ti—dijo sin pudor.

La verdad siempre andaba suelta en su boca y solía escupirla como una flecha certera. ¿No era hábil con el arco y la flecha? Lo era y por eso esa metáfora quedaba perfecta para su forma de contestar a todo sin miedo alguno y con acierto absoluto.

—No iba a destruirte—aseguré—. Hay leyes que no tienen porqué cumplirse. Serviste bien a Pandora y merecías una recompensa.

—Ya, pero tus celos eran demasiado fuertes en aquel entonces.

Mis celos siempre han derramado hilos de tinta en el recuerdo de mis creaciones, pero también de aquellos que me conocieron bien sin llegar a ser siquiera amantes. Estaban plasmados en diversos libros y mostraban a un hombre airado, tremendista y sin ánimos para las bromas.

—Era joven—intenté quitarle peso a mis acciones, pero sabía que ante él esa excusa no serviría.

—Sigues siendo mismo.

—No, he cambiado—insistí.

—Marius, te conozco bien y sé que no has cambiado—una ligera sonrisa burlona se formuló en sus labios como en su mirada. Sus ojos azules me miraban como si fueran dos ventanas a mi alma y no a la suya. En él pude leer con claridad mis estúpidos discursos, difamaciones y pequeñas mentrias. Siempre luchaba por quedar sobre todo y todos, y claro está, me equivocaba—. He estado observándote en la distancia.

—¿Y qué has podido ver?—pregunté arriesgándome a ser herido.

—Sigues lamentándote del mismo modo y expresando tus miedos, pasiones y alegrías con la misma vehemencia que hace siglos. Has esculpido tu alma a base de errores y estos te han hecho heridas profundas. Asumes que ya no eres el sabio que creías, pero eso no implica que lo toleres. Todavía te duele no ser nada más que un chiquillo estúpido frente a otros. Otros que pueden ser incluso más jóvenes que tú, más intrépidos y carismáticos. Marius, Marius, Marius... no te odio, nunca te he odiado, y no tomes mis palabras como un cuchillo. Acepta esto como una verdad innegable y asume que no puedes ser quien pretendías. Deberías dejar de competir con otros y empezar a luchar por superarte a ti mismo. Tú eres especial a tu modo y no mereces intentar ser mejor que otros tan especiales por sí mismos.

Su discurso vehemente poseía una fuerza arrolladora. Quedé perdido como un barco que empieza a zozobrar en mitad del mar. Sin embargo yo lo había pedido. Me había adentrado en la boca del lobo sin una misera cerilla y ahora la oscuridad me rodeaba.

—Ahora comprendo los motivos por los cuales Pandora acudía a ti—susurré acercándome a él para tomarlo del rostro. Mis manos estaban frías pero sus mejillas parecían tan cálidas como las de un humano. Había bebido sangre antes de la reunión como si supiera que estaría días sin saborearla. Siempre había sido previsor y paciente así como elocuente y directo.

—¿Por qué?—dijo como si no supiera la respuesta.


—Es necesario que te digan la verdad aunque sea dolorosa—respondí antes de besar su frente y estrecharlo contra mí. Él me rodeó sin problema alguno y terminó riendo a carcajadas conmigo. La tregua había comenzado entre ambos otra vez.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt