Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 20 de agosto de 2016

Madurez III

Seguimos con estas memorias... de verdad... "De tal palo tal astilla".

Lestat de Lioncourt 


Hizo que caminara a su lado, atándome en corto como quien dice, porque para él era el enemigo si se trataba de su querida, adorada y amada Rose. Podía ser su hijo, pero con quien se había desvivido todos esos años era con ella.

En cuanto Armand le confesó que ambos estábamos cerca sus nervios aumentaron de golpe. De inmediato comenzó a correr por las calles por donde podía sentirme, como si mi perfume la atrajera como una flor a las abejas. En el segundo que vio a ambos corrió con más fuerza aún hasta dar con mis brazos, los cuales se abrieron rápidamente para sentirla pegada a mí. Tiritaba como una hoja en mitad de una fuerte ventisca.

—¡Fue mi culpa, lo juro tito Lestan!—dijo girándose para ver a Lestat con los ojos llorosos por el remordimiento que sentía—¡Yo eché a correr, fue todo mi idea! Castígame a mi y no a Viktor, si no ¡Me haré yo misma todo lo que le hagan a él!

No quería que la castigaran por mi culpa. Aunque tampoco lo permitiría si así fuese. Me sentía culpable por no quitarle esa idea de la cabeza, pero ambos éramos demasiado rebeldes, testarudos... demasiado Lioncourt.

—Tus escoltas son unos inútiles—reprochó a Armand.

—Marius ha dado con él, ¿no?—dijo encogiéndose de hombros.

—Él no es parte de tu equipo de seguridad—respondió apretando los puños.

No lo era. Thorne era parte del equipo de seguridad de Armand, junto a Antoine que a veces vagaba de club nocturno en club nocturno para cazar nuevos talentos y aprender de ellos. Pero Marius simplemente me seguía la pista porque era su responsabilidad, o al menos así lo veía él en su retorcida mente milenaria, al haberme dado la sangre y esta oportunidad magnífica de conocer el mundo por mis propios medios. Aunque, ¿conocía mundo? Sólo Nueva York y las fortalezas donde Fareed y Seth me enclaustraban para ver la evolución de mi ADN tras adquirir aquella poderosa sangre milenaria.

—No, pero olfatea bien a su creado y eso es lo que cuenta—respondió—. Hubiese dado cualquier cosa por ver la cara de sorpresa de Viktor al ver a Marius, ¿cómo fue? ¿Puedes recrearla para mí?—murmuró con cierta sorna. Casi le faltaba dar pequeños brincos y aplaudir completamente entusiasmado con la sola idea de verme sufrir una derrota tan humillante—. Tu hija se defiende bien, él es mayorcito y tú le has enseñado casi todo. Marius, inclusive, ha hecho que sea más fuerte de lo que fuiste a sus años. ¿Qué esperabas, Lestat?—dijo alzando una de sus delgadas cejas mientras echaba hacia atrás sus brazos. Parecía un muchachito más y no un inmortal regodeándose ante la sola idea de ver a mi padre, el Príncipe de los Vampiros, sufrir por una niñería—. Son iguales a ti, los dos son tercos como mulas y disfrutan quebrando reglas. Cuanto más les impongas más se alejarán de ti.

—No me alejaría de mi padre y Rose tampoco—no pude contenerme porque esas últimas frases estaban de más.

—Estás quebrando sus normas, Viktor—aseguró mirándome con esos enormes ojos castaños—. No es la primera vez.

—Ni será la última—respondí sin titubeos—. Me gusta quebrar las reglas que se nos imponen porque es así como todos nosotros, incluyendo a Marius que es quien las ha elaborado, hemos aprendido. Se aprende de los errores y no de los consejos—aseguré mirando primero a Armand y luego a mi padre—. Aunque es cierto que...

—Rose, no quiero verte rondando hombres—intervino nuestro padre—. No quiero que te alejes de Viktor. No voy a permitir que te acerques a escoria, te guste o no, y vas a obedecerme o terminarás escoltada por Sevraine y sus mujeres—mientras hablaba Armand suspiraba como si se hubiese olido ese discurso—. Y tú, niño insolente, la próxima vez que intentes entrar en ese tipo de antros te juro que iré yo mismo a golpearte.

—A tugurios peores vas, papá—aseguré.

—No me lleves la contraria—dijo clavando sus ojos azules de tonalidades violáceas en los míos. Sabía como imponerse, pero conmigo no iban esos trucos.

—¿Qué has dicho? ¿Qué no quieres que haga lo mismo que haces tú con el resto?—sonreí antes de tragarme mis propias palabras sólo con la mirada que me echó—. Lo siento...

—Si te atreves a separarme de Viktor, me tiraré a la hoguera yo misma; peor aún, dejaré que el Sol me lleve tal como pasó con Claudia.

Sabía que no quería herirlo, amaba a Lestat porque fue el único padre que conoció siempre. Ella lo idolatraba. Pero también comenzaba a fastidiarse de su conducta. Siempre tan entrometido, encima de los dos como si fuéramos niños e intentando saber qué hacíamos. Pronto pediría que lleváramos cámaras continuamente.

—Ya no soy una niña, soy mayor incluso que Viktor y he sufrido más. Además, incluso tú rompes las reglas. No es justo que me trates como una mocosa—decía todo aquello sin separarse un milímetro de mí, su prometido, con miedo aún a que pudieran castigarme.


—Lestat, pasas demasiado tiempo con Marius y te estás cubriendo de gloria—comentó Armand.

—Haces lo mismo con Sybelle—le reprochó.

—Sólo cuando hay vampiros peligrosos sueltos por la ciudad, entonces sí puedo ser algo menos indulgente. Sin embargo, jamás la trataría como algo que no es. Cometiste un error terrible con Claudia, ¿vas a cometerlo ahora con este par de hijos que te ha dado la fortuna y la ciencia?—preguntó mirándolo a los ojos—. Te vas a convertir en Marius a este paso, Lestat. Harás que todos cumplan tus reglas como un maldito tirano, logrando así que la inmortalidad deje de ser atractiva y comience a serlo el sol, el fuego y la decapitación.

—Sólo quiero protegerla—le reprochó—. Ya viste que ocurrió cuando la dejé ser...

—Pero ya no es humana—dije interviniendo porque ya no podía aguantarme más—. Ya no es humana y yo tampoco lo soy. Podemos hacernos cargo de nosotros mismos—rodeé a Rose para calmarla mientras miraba a mi padre conteniéndose las ganas de llorar. Estaba dándose cuenta que no podía domesticarnos, que eso sólo traería fatales consecuencias para todos.

—Lestat, ya nadie puede dañarme. Te tengo a ti, a Viktor y a la Tribu... ¿acaso no es suficiente? No soy humana, viviré toda mi vida a tu lado y nadie podrá apartarme de ustedes. Pero no me hagas lo que le hiciste a Claudia, deja de tratarme como a una niña. No soy tu pequeña. Ya no tienes que venir a besar mi frente, arroparme y contarme un cuento para sentirme amada. Ni siquiera tienes que llamarme cada día para saber dónde estoy o si me he alimentado. Eres mi tío Lestan, mi adorado tío Lestan, el hombre que me salvó la vida cuando era una niña demasiado inocente y el que me ha convertido en una mujer con sus consejos. ¿Dónde está el hombre que me dijo que podía hacer todo lo que quisiera? ¿Está ahí? ¿Está en alguna parte?— alargó un brazo hacia su adorado tío y padre, acariciándole la muñeca y los dedos de su mano derecha con cariño. Sus ojos mostraban un amor ferviente que en parte me llenaba de celos. Yo no tenía ese vínculo con mi padre y tampoco con mi madre, ella era demasiado desentendida de sus labores como tal. Si bien admiraba a ambos y me sentía querido—Deja que por fin tenga libertad sin nadie que me obligue a hacer lo que no quiero—susurró—. No me recuerdes mis encierros...

—Marchaos—dijo sin soltarse de esas caricias. Al parecer su discurso lleno de afecto y verdad había hecho que entrara en razón—. Aún así deseo saber en todo momento dónde estáis.

Sabía que no hacía falta que le dijéramos personalmente dónde estábamos. Amel estaba en nuestras venas, cabalgando sobre nuestros glóbulos rojos, incitándonos y llamándonos a ser y no ser. Miré a los ojos a mi padre y me acerqué a él para besar su mejilla. Sentía admiración, amor, respeto y a la vez miedo. Un miedo terrible a ser rechazado, a no ser el hijo que él quería o soñó tener. Sin embargo, apartó un segundo a Rose para abrazarme.

La primera vez que me abrazó creí que me caía al suelo. Había soñado toda mi vida con conocer a mi padre, el vampiro de las grandes proezas y el joven que soñó con ser artista. Todo mi mundo se resumía en querer ser el hijo predilecto, el hijo que todo hombre ama, y me comporté como ellos decidían. Quería pasar la prueba para que me presentaran a mi padre y entonces rogarle libertad, ser como él y decirle que lo admiraba. Pero todo se fue al diablo. Lo único que pude hacer fue contestar a su necesidad de saber de mí. Mi admiración creció como mi miedo. En esos momentos, en los que sentí su colonia y su calor, no pude contenerme y acabé llorando hasta que él me apaciguó con un par de golpes en la espalda.


Después tomé la mano de Rose, mientras me secaba con un pañuelo de seda que había dejado en el bolsillo de mi chaqueta, para marcharnos al teatro. La función ya había comenzado, estaba seguro, pero no me importaba. El primer acto no era el importante, ni el más maravilloso de todos, y la representación ya la habíamos visto unas diez veces en lo que iba de mes.  

jueves, 7 de julio de 2016

Amistad

Es increíble que ellos se lleven bien y Marius se lleva mal con todos.

Lestat de Lioncourt 



Él estaba allí sentado frente al fuego. Había escuchado su nombre en varias ocasiones en mitad de soporíferas noches donde Pandora se sentía agotada y dormitaba en mitad del camino hacia nuestro destino. Ella lo llamaba con la dulzura de una madre y la entrega de una amante. Siempre me pregunté qué habría sido de aquel hombre bondadoso y leal que se había entregado en cuerpo y alma para ayudarla, comprenderla y protegerla. Me sentía en deuda con un hombre como él. Y allí estaba. Esa noche él resplandecía por la felicidad que emanaba. Nos habíamos reunido en aquel edificio neyorkino por una única razón: Las Quemas. Sin embargo, él estaba allí eufórico porque podía estrechar de nuevo a su gran amiga.

Percibí que entre ellos había un lazo sincero de hermandad y comprensión. Por unos instantes sentí celos, pero rápido maté a los demonios que danzaban en mi alma cantando salves a mi furia. La ira se calmó rápidamente como se sofoca un fuego insignificante al que le han arrojado un cubo de agua helada.

Me acerqué a él deseando presentarme, pero él se incorporó con elegancia abriendo sus brazos para rodearme como si yo también fuera un hermano suyo. Besó mis mejillas, me tomó del rostro y sonrió antes de romper en llanto amargo mientras notaba que ella lo rodeaba por la cadera con sus brazos. Éramos tres inmortales jugando a ser niños inocentes llenos de esperanza. Porque sí, teníamos esperanza pese a todo. Nada ni nadie podía arrancarnos ese sueño de profundo triunfo.

—Arjun, el compañero de aventuras de mi adorada Pandora—dijo con la voz quebrada por la emoción—. Mi nombre es Flavius. Me alegro de veros juntos porque cuando leí sus memorias sufrí muchísimo porque estuvierais separados—comentó antes de rodearla besando su frente y sus mejillas con amor familiar—. ¿Cómo estás? ¿Te quedarás con nosotros? Oh, no puedo dejar de llorar...

—Flavius eres un buen hombre. Siempre me pregunté si nos cruzaríamos para poder llamarnos hermanos pues procedemos de una misma fuente, amamos a Pandora con intensidad y ambos somos hombres que cultivamos la literatura como si fuera parte de nosotros—dije evidenciando mi acento proveniente de la India. Él colocó sus manos níveas sobre las mías y sonrió mientras hablaba.

—Podemos recitar los tres a Ovidio cuando todo esto pase. La maldad no tiene lugar en este mundo—aseguró—. Confío en la fuerza de Lestat y el poder de la unión de todos nosotros.

—¿Cómo has estado?—dijo ella sin reprimir las lágrimas pese a su fortaleza—. No debí permitir que te fueras solo...

—He vivido como un dios entre libros y buenos amigos. He tenido una vida digna. No puedo quejarme. La vida no me ha tratado mal y la eternidad de este tiempo sobre el mundo, envolviéndome en cada época, ha sido fascinante—después, como si se tratara de un tullido curado por el mesías judío, apartó a ambos y se levantó la toca comenzando a brincar—. Os presento a mi nueva pierna.

—¿Y este milagro?—preguntó ella absolutamente asombrada.

—Ah... un vampiro de la India, como mi hermano Arjun, lo logró. Se llama Fareed y ha logrado grandes milagros—susurró antes de echarse a reír abrazándonos y besándonos—. Tenemos que hablar... tenemos que hablar...


Cuanto más lo veía más contemplaba su parecido con el David de Miguel Ángel. Era asombroso. Creo que jamás he visto un cabello más rizado y dorado. Ni siquiera Lestat tiene rizos tan perfectos. Imaginé su cabeza laureada y su cuerpo envuelto en las telas más caras de todo el Imperio Romano. Deseé que fuese un patricio y no un pobre esclavo griego que lamentaba la muerte de su amo, el cual lo liberó aunque no lo aceptó, esperando pacientemente tener buena suerte pese a lo terrible que era la esclavitud.  

domingo, 31 de enero de 2016

Máscaras de piel

Archivo Talamasca que no podía faltar. ¡Bienvenidos al terror!

Lestat de Lioncourt




Eran más de las dos de la madrugada cuando la puerta sonó en varias ocasiones. Eran los nudillos desnudos de David Talbot. Sabía que sólo él podía interrumpir mis horas muertas. Últimamente me estaba ayudando a encauzar mi vida, al igual que otros compañeros estaban ayudándome a ser el reportero pegado a la noticia. Él quería que fuese su compañero, o más bien su sombra, en diversas investigaciones paranormales que todavía hoy no tenían solución alguna.

Durante varios meses habíamos seguido nuevas pistas que iban dejando fantasmas, o espíritus, sobre lo que estaba por venir. Todos ellos parecían inquietos, muy temerosos, desde la destrucción de tantos vampiros jóvenes, y no tan jóvenes, hacía tan sólo un par de años. Pero, ésta vez era distinto.

Nada más abrir la puerta, con algo de apatía, me dejó entre mis manos unos documentos. Eran viejos, estaban algo amarillentos, y la carpeta parecía haber sufrido algunos desperfectos por la mala conservación en los archivos subterráneos de la Orden de la Talamasca. La Orden paranormal poseía numeroso inventario que a veces caía en el olvido.

—Son crímenes sin resolver—explicó—. Ya el asesino no actúa, pero pensé que serían de tu agrado. No créemos que fuese nada paranormal, por eso no se guardó en el archivo oficial. Está algo destruido, pero las letras aún se pueden leer.

—¿De qué época es?—dije acariciando el canto ligeramente grueso, y destruido, de aquella carpeta. Era marrón, algo deshilachada en los bordes, y parecía tener diverso material. No me atrevía a abrirla. Sentía que era la caja de Pandora.

—Años veinte y cuarenta. El último crimen sucedió en 1943—dijo señalando el final de la carpeta, donde estaba la fecha en bolígrafo de tinta azul.

—¿De qué se trata?—la curiosidad comenzó a roer parte de mi alma, perforándola y llegando su esqueleto que ya temblaba impaciente.

—Lee y disfruta. Posiblemente no puedas olvidar estos crímenes jamás—contestó apoyando sus manos en mis hombros—. Quizás puedas escribir un artículo o algo interesante. Sé que puedes. No hagas que se olvide.

Segundos después se colocó mejor su gabardina, salió de mi habitación y bajó los escasos escalones hacia la planta baja del edificio. Había decidido vivir en aquella ciudad perdida de rascacielos, corrupción, noches de música en antros de moda, taxis amarillos y canciones de Sinatra. Estaba en Nueva York, la ciudad que parecía más viva de noche que de día, disfrutando de la vida y él me traía crímenes. Era como un pájaro de mal agüero, pero agradecía que lo hiciera. Tenía un blog en Internet y debía llenarlo de contenido interesante.

Nada más escuchar la puerta de la calle cerrándose, como si hubiese dado alguien un fuerte portazo, cerré la de mi habitación y encendí la luz del flexo. Necesitaba algo más que la luz taciturna de la lámpara principal. Quería leer como hacían los mortales: con buena luz. Aunque, honestamente, no hacía falta.

Al abrir la carpeta pude percibir perfectamente el polvo, la humedad y el moho donde se había guardado las últimas décadas. El título era llamativo, estaba en la primera hoja, y parecía que tenía gancho para usarlo en mi propio artículo: Máscaras humanas en Venecia.

El primer crimen ocurrió en la plaza de San Marcos. Este lugar es conocido mundialmente y siempre ha sido codiciado por los turistas. Las fechas eran del Carnaval de aquel año, del año 1921. Una máscara apareció colocada en una escultura, de las numerosas que puedes hallar por Venecia. Era, en concreto, en una de las columnas con leones que allí se encuentran. Uno de éstos tenía la máscara adherida a su rostro. Un trabajador, de mediana edad, de los equipos de limpieza, los cuales duplican sus esfuerzos en las fiestas, la halló pensando que estaba hecha con papel maché y otros productos que le daban un realismo casi macabro. Sin embargo, al tomarla entre sus dedos se dio cuenta que era piel humana. La policía llegó a la zona poco después, la acordonó e investigaron. El rostro era de una joven desaparecida un año antes.

La siguiente fue encontrada a los pies del Neptuno de la escalinata de los Gigantes, en uno de los palacios ducales de Venecia, un año más tarde. También era de otra joven, la cual había desaparecido por fechas similares en 1921. Entonces, y no antes, se habló de asesino en serie. Sin embargo, el caso se mantuvo oculto por miedo a las pérdidas económicas que se hubiesen precedido al hacerse eco los periódicos nacionales e internacionales.

El caso era extraño. Las pieles habían sido arrancadas con técnicas de taxidermista y maquilladas con grand estilo. Representaban a polichinelas, un personaje primordial en el Carnaval Veneciano. Muchos rogaron que sólo hubiese dos casos, pero una tercera joven había desaparecido días atrás. Al año siguiente ya sabían que aparecía una nueva máscara. Así ocurrió durante más de dos décadas.

Los cuerpos, mutilados o no, jamás fueron encontrados. Ni siquiera la última joven que desapareció en 1943. Todas eran muy hermosas, poseían un canon similar en sus rasgos. Eran chicas de ojos claros, piel clara y cabello negro. Sus rostros eran suaves, muy dulces, y pequeños. No eran altas, sino más bien de estatura media. Así que el asesino, fuese quien fuese, tenía unos gustos.

Jamás se encontró a las muchachas y jamás se supo quien era el criminal. Nadie, jamás, habló. No se vieron testigos de quien colocaba esas horribles máscaras ni de la sustracción de las muchachas, algunas que ni siquiera habían salido esa noche de sus casas. Todas tenían entre dieciséis y veinte años, justo en la flor de la vida. El país jamás cayó conmocionado, pues nunca se alertó a la población que vivió ajena a algo tan macabro.


Al terminar de leer sentí náuseas e indignación. No comprendía como se podía estar tan ciego. Deseé escribir un artículo y finalmente he decidido narrar la historia, como bien he creído, en éstas líneas.  

viernes, 11 de septiembre de 2015

Rey de Nueva York

Al parecer cuando un Taltos muere no va al cielo, sino que se convierte en fantasma. Al menos, eso parece. Ashlar, convertido en fantasma, busca a Morrigan.

Lestat de Lioncourt

Quiero caminar contigo descalzo por las doradas arenas de aquella costa, ¿la recuerdas? El mar apenas tenía oleaje, sus aguas se confundían con el cielo y el sol brillaba con fuerza. Podíamos tomar leche de coco, pero preferíamos alimentarnos el uno del otro. Mi cariño era sincero, por eso robaba cada beso como un colegial. Había perseguido ésta sensación durante décadas y, finalmente, lo logré contigo. Tu mataste a la soledad y la enterraste bajo una palmera, pero fui incapaz de hacerte ver lo importante que eras para mí.

Eras deliciosa como fruta madura. Tu piel se doró bajo el sol y tus pecas, las cuales cubrían tu delicado y joven cuerpo, se borraban por el bronceado. Te convertiste en la mujer de mi vida. Fuiste la señal que esperaba, el triunfo de mi larga espera, pero también mi último recuerdo.

Mi alma viaja por otros mundos, se desplaza entre los cosmopolitas, mientras imagino lo que fue para ti, y para mí, aquellos días. Quiero encontrarte. Llevo varios años buscándote. Te persigo como un loco persigue a sus amigos imaginarios. Me sobra tiempo, pero me falta tranquilidad. Necesito encontrarte. No quiero ser El Hombre que camina entre el tráfico de Nueva York. Nuestra historia fue triste, lamentable y terrible, pero podemos volver a estar juntos. ¿No has escuchado la radio? Hay miles como nosotros. Almas en pena buscando ser comprendidos. Dime que tú me estás buscando. Quiero volver a retenerte entre mis brazos una vez más.



domingo, 6 de septiembre de 2015

Ángel herido

Armand es de esos monstruos a los cuales comprendes con los siglos. Ahora comprendo muchas cosas y he llegado a amarlo.

Lestat de Lioncourt

Es complicado amar. Tan complicado que jamás he aprendido a saborear realmente el momento. Jamás he tenido la oportunidad de disfrutar la dicha de retener ese sentimiento, el cual se ha convertido en humo entre mis dedos. El amor es deleznable cuando comprendes que puede ser un castillo de naipes. Una noche tienes todo, pero a la siguiente sólo son llamas en la lejanía. Las cenizas de los que amé las llevo sobre mi cabello, como una corona de espinas, mientras junto las manos en los cavernosos pasillos de mi soledad.

He cambiado demasiado, pues ya no queda rastro de ese joven inocente que cantaba por las calles de Venecia. El vino quedó sin sabor, las viandas ya no me son apetecibles y los corazones humanos son deleznable en muchas ocasiones. No hay belleza. No encuentro la inspiración para relatar la bondad de un mundo lleno de mentiras, salvo si tenemos que reducirnos a la tecnología y los avances científicos que tanto llaman mi atención.

Me he convertido en un ángel apático que comulga en la línea del bien y del mal, jugando a ser bondadoso y despiadado según me convenga al mover mis peones. Observo el mundo desde mi privilegiado diván y suspiro por conocer al ser que se arriesgue, de todo corazón, a quedar capturado entre mis brazos. Pero ya no tengo remedio. He olvidado por completo lo que es tener ese atisbo de esperanza.

Seré la estatua a la que reza su próxima víctima. Haré un duelo con Dios y un pacto con el Diablo que yace escondido en cada fibra de mi ser. Rezaré por mí, por la muerte y la vida. Brindaré con cada sorbo de sangre y lloraré cuando llegue la mañana, como tengo costumbre.

Nueva York, 2012


jueves, 26 de febrero de 2015

Felicidad

Benji habla de la felicidad. Me parece correcto. Él ha conseguido ser feliz pese a todo, lo cual es loable teniendo en cuenta de donde viene. 

Lestat de Lioncourt


Mi vida estaba vendida. Era como una mascota bien entrenada. Tenía que hacer todo lo que él dijera. Sin embargo, yo seguía siendo humano y no un robot. Podía pensar por mí mismo y sabía que jamás dejaría aquella esclavitud. En mis pequeñas manos no había futuro, sino un negro y turbio negocio de drogas y prostitución. No conseguía nada, salvo llegar ileso a la cama. Aunque, ileso es sólo un eufemismo. Mi alma estaba rota, dividida en miles de pedazos y esparcida por todas las grandes avenidas de New York. Era una rata callejera, un ladrón y un maldito estúpido que debía sonreír cuando quería llorar.

Siendo sinceros me sentía dichoso nada más cuando la veía. Ella estaba allí para secar esas lágrimas invisibles, acariciar mis mejillas y susurrarme que me quería. Sí, ella me quería. Era el único ser humano loable en toda la ciudad. Todos ocultan mentiras y podredumbre tras sus perfectas máscaras. Pero ella no. Tenía ojos de niño, aunque era una mujer adulta, y me miraba con la ilusión de escapar de allí. Era un ave metido en una enorme y lujosa jaula. Aquel apartamento era para nosotros una celda limpia y con bonitas vistas. Su nombre lo conocen bien, pues tanto ella como yo ahora caminamos al lado de Armand y otros inmortales. El nombre de esa hermosa joven, la cual tocaba el piano con su alma y no con sus dedos, era Sybelle.

Los ángeles tienen que tener su aspecto. Lo juro. Sus enormes ojos azules te hacen preguntarte si el cielo, en las mañanas de verano, es tan hermoso como ellos. Poseía una melena rubia, sedosa y brillante que yo solía cepillar. Aún lo hago. Pese a todo, lo hago. Aunque ya no es para olvidar el dolor, ni para sentir un poco de afecto, lo hacemos. Es un ritual. Yo cepillo sus cabellos y ella me besa el rostro, hunde su nariz en mi cuello y susurra algunos versos en mi oído. Sigo siendo su niño, aunque tan sólo lo sea en apariencia. No me importa. El amor que ella me profesa es tan puro y mágico, tan importante para mí, que se ha convertido en mi nueva adicción. Ya no es el cigarrillo lo que me importa, sino esa risa cristalina que aún posee.

Podrían decir que es gratitud lo que siento, pero la gratitud no está llena de complicidad y sonrisas. La gratitud no tiene nada que ver con esto. Yo la amo a mi modo. Soy un hombre adulto, aunque posea la apariencia de un niño de doce años bien desarrollado. Tengo cierta estatura, por eso puedo parecer un hombre delgado y bajito. Pero al fin y al cabo ¿no soy eso? ¿No soy un hombre? Amo a Sybelle como lo haría cualquier otro. La deseo a mi lado, beso sutilmente sus labios y me pierdo en la profunda sensación de placer, y deseo, de su música. Ella es libre, yo soy libre y Armand también.

Hemos compartido mucho tiempo los tres, e incluso lo hemos hecho con otros que han ido y venido. Pero somos quienes continuamos juntos pese a todo. Mi prodigiosa inteligencia, suspicacia o llámalo como quieras, no impide que siga siendo parcialmente inocente y quiera creer en los espíritus bondadosos. Esos espíritus que se pusieron en nuestro camino e hicieron que nos conociéramos.


No sé que sería sin mis compañeros... pero sí sé lo que soy. Soy un hombre feliz, con una radio en Internet donde gasto mi tiempo para otros y un vampiro. Sí, un vampiro. Soy eterno, más o menos, y veré el fin de los tiempos si no muero antes a manos de otros. Pero eso no me importa. Sólo quiero ser feliz, cosa que no fui siendo un niño real. Y la felicidad, eso que dicen que no existe, suele caminar a mi lado y sonreírme.  

domingo, 4 de enero de 2015

Aparta

Mi madre es así, tal cual. 

Lestat de Lioncourt 


La nieve crujía bajo sus botas. Hacía años que no asistía a reuniones tan importantes como las que habían acontecido hacía unos meses. Pudo ver con sus propios ojos el fin de una era. Todo lo que se tenía por asegurado había terminado siendo cenizas, sangre y lamentos. Se levantó el cuello de su chaqueta, acomodó su clásico sombrero de ala ancha negro y miró hacia el cielo. Caería una tormenta, pero era imprevisible decir el momento exacto. Simplemente sería otra noche fría, desapacible y complicada para encontrar alimento alguno por las calles desiertas de una ciudad como aquella.

Muchos se habían refugiado alrededor de las estufas, calefacción o chimenea. Otros estaban sobre las barras del bar con el hígado destrozado. Las luces navideñas aún parpadeaban. Los negocios más respetables habían echado el cierre. Eran casi las tres de la mañana y noche cerrada. No había estrellas que se pudiesen ver, tan sólo luces por doquier. Las farolas tintineaban en alguna que otra ocasión, los escasos automóviles parecían reptar como serpientes de cascabel y las escasas almas que hallaba no eran lo suficientemente suculentas para ella. El último aliento de un desesperado no era lo que quería. Odiaba tener que matar a gente que desea la muerte, pues la diversión de la caza desaparecía.

Frotó sus delicadas manos y las guardó en su chaqueta. Por su figura, algo desgarbada a propósito, parecía un hombre. Sus zancadas no eran para nada femeninas, pero sí firmes. Tenía un brillo mágico en sus ojos y parecía un gato salvaje.

Nueva York era un lugar vacío tras las fiestas. Muchos empezaban a descansar de las fiestas que habían traído a miles a los barrios más opulentos, pero en los barrios bajos las ratas seguían correteando. Las bandas eran una buena opción. Beber de los rudos del barrio era divertido. Enfrentarse a hombres fornidos que llorarían como niños asustados, eso sí le complacía. Hacía mucho que no era mujer ni hombre, sino algo que se movía con destreza y atacaba sin más. Era como una bala en mitad de la noche.

—No deberías estar aquí—escuchó.

—Y tú menos—replicó girándose para ver aquella figura menuda, de cabellos castaño rojizos y ojos oscuros. Tenía el rostro de un ángel, pero ella lo detestaba como si fuera un demonio. En realidad detestaba a todos salvo a su hijo, pues era su sangre y siempre lo protegería.

—Es mi territorio, Gabrielle—dijo.

—Perdone usted, Armand, desconocía que fueses como los perros marcando con orina todo lo que ve—sonrió de lado, pero él no se movió—. Dime, ¿ya orinaste la farola aquella? Ve, creo que se te adelantó ese chucho de allí.

—Tan irreverente como tu hijo—masculló casi apretando los dientes. Se acomodó la bufanda y apretó sus brazos contra el cuerpo. Sentía frío. Era hora que regresara a su apartamento en una de las zonas más lujosas. Uno de esos que parecía ser también una oficina, pero era más bien un palacio de espejos y mentiras.

—Gracias, salió a mí—susurró con cierto orgullo.

—Buenas noches—dijo alejándose.

—Te desearía lo mismo, pero no soy hipócrita.


Ella se alejó rápidamente. En una de las numerosas esquinas se encontró con un muchacho. Uno de esos que no temen a la muerte y tampoco a las armas. Disparó contra ella, ya que comprendió que no era humana. Sin embargo, no tuvo suerte. Él era Mike, era parte de una de esas mafias instaladas en la zona desde hacía años. Vendía droga y su alma si hacía falta. Ella lo apretó contra sí, bebió de él hasta saciarse y luego tiró su cuerpo sin vida contra el asfalto. Después, como si hubiese sido un sueño, desapareció.  

domingo, 28 de diciembre de 2014

Mátame

Ellos estarán pronto con nosotros. Como especial, al ser dos años de la página, dejamos estas memorias como aperitivo a lo que ocurrirá en Marzo. 


Lestat de Lioncourt


Cuando lo vi por primera vez me recordó a un niño perdido. De esos que no saben siquiera la calle donde viven. Parecía lleno de cicatrices, aunque no eran físicas. Sus ojos tenían un llamativo tono azulado cargado de miseria, terror y una pizca de esperanza. No parecía querer huir a cualquier lugar, sino encontrar a un vampiro en concreto. He conocido a muchos hermanos, pero ninguno como él. Tenía un físico delgado y un rostro muy delicado. Hubiese jurado que parecía un muñeco de porcelana si no se hubiese movido y comenzado a lloriquear prácticamente en mis brazos. Creí por un momento que era un puto imbécil al dejarme llevar por semejante actitud tan débil, pero luego recordé a mis compañeros ardiendo por doquier allá donde mirara. Lo recordé tan vivamente que tuve miedo. Comprendí que los recuerdos eran terribles y que estaba marcado como si fuera un soldado de guerra. Me sentía gilipollas al quedarme frente a él sin saber bien como actuar.

Decidí llevarlo conmigo. Parecía uno de esos animales perdidos que lo llevas consigo por pena. Era un estúpido llorando en mitad de unos tiempos duros, pero sobre todo me asombraba que tuviese algunos siglos. Su cabello negro caía sobre su rostro aniñado y sus manos se aferraban a mi cuerpo como si fuera su tabla de salvación. Sí, era su jodido bote salvavidas. Sin duda alguna.

Se llamaba Antoine. Poseía un rostro alargado, pero de proporciones perfectas. Sus labios eran carnosos y al sonreír parecían tener un encanto especial. El cabello caía más allá de sus hombros y constantemente lo echaba hacia atrás, como si no quisiera que su mayor poder quedara oculto. ¿Y cuál era? Su mirada. Como he dicho tenía los ojos azules muy penetrantes y te dejaban sin aliento. Cuando empezó a relatarme su historia comprendí todo. Primero el motivo que tenía para encontrar a Lestat y segundo su belleza. Lestat no creaba a vampiros que no tuviesen un encanto casi celestial. Había leído sobre Louis o Nicolas, seres extremadamente hermosos, y tenían ciertos rasgos comunes con Antoine. Quizás era un gusto peculiar por aquellos que viven en medio del dolor, el alcohol y el arte. Tal vez. Aunque no estaba seguro.

Un pianista. Tenía ante mí un músico de aspecto delicado, alma torturada y dolor en cada paso. Derrochaba unos modales que se habían perdido. Parecía distinguido y, por lo tanto, el polo opuesto a un chico que se movía como un gato entre los callejones más turbios. Sus largas y pobladas pestañas se me cautivaban. Era sin duda la obra de un genio. No llegaba a la veintena, del mismo modo que yo jamás alcancé esa gloriosa cifra, y eso le daba un aspecto aniñado tan puro que me enloquecía.

—Gracias por todo—llegó a decir tras calmarse.

Estábamos en un hotel, uno de tantos de Nueva York, donde me escondía de todo y nada. Era una habitación estrecha con un par de mesas minúsculas, una cama doble de sábanas sencillas, un pequeño sofá y una ventana de cortinas que olían a nicotina y sexo. Mi historia había sido sencilla pero trágica. Yo no sabía bien quien me había creado, pero sí que mi compañero había desaparecido del mapa. Extrañaba la compañía de otro y tenerlo a él era un alivio.

—¿Algún día tocarás para mí?—pregunté por preguntar. Deseaba saber como era su música. Sabía que podía ser especialmente tortuosa. Su alma había sufrido el calvario de la soledad, el peso de los siglos de vacío y decepciones. Sus ojos hablaban de lágrimas que eran imposibles de derramar y sus labios parecían temblar en un murmullo silenciado por propio deseo. Era hermoso y parecería un ángel, enviado a los infiernos, para calmar a este demonio despreciable.

—Sí, claro—sonrió. Su primera sonrisa frente a mí iluminó aquella simple y oscura habitación.

La luz de la lámpara cercana quedó pálida, igual que el reflejo del luminoso que penetraba hacia el pequeño salón. De improviso me vi atacando su boca. Y aunque parecía que me rechazaría, no lo hizo. Sus labios se abrieron y sus manos, de dedos finos y largos, se aferraron a mi chaqueta de cuero.

Pronto lo empujé contra el respaldo de aquel sillón. Era de piel barata, de esos que hacen ruido cuando te mueves sobre él. Parecía plástico, como esas bolsas para cádaveres, pero poco importaba. Deseaba arrebatarle su camisa celeste pálida y esos estrechos pantalones vaqueros. Él abrió sus piernas ofreciéndose como una buscona, quizás porque quería olvidar por completo todo lo que habíamos hablado. Se regalaba y yo aceptaba ese regalo encantado. Era como un niño en una mañana de Navidad. De seguro me había portado muy bien, pero que muy bien.

Sentí sus yemas frías en mis sienes, deslizándose hasta mis pómulos, para luego perderse por mi cuello. Su boca se aferraba ansiosa a la mía, su lengua era una daga aviesa y mi entrepierna crecía con sólo ese beso y esas escasas caricias. Comprendí el motivo principal por el cual Lestat le había transformado: sabía tocar melodías indecentes con tan sólo una mirada.

Me miraba de una forma que me caldeaba. Olvidé por completo la situación delicada en la cual nos habíamos conocido. Me perdí por completo en sus ojos y me fundí con mi instinto. Mis uñas, afiladas como garras, despedazaron su ropa mientras él jadeaba bajo y se contoneaba. Sí, sin duda parecía una chica de alterne. Entre su belleza poderosamente andrógina, su juventud conservada y ese nulo atisbo de barba me hacía sentir como estuviera entre las piernas de una mujer.

—Killer—dijo mi nombre, provocando el último chispazo que necesitaba para electrocutar todos mis sentidos.

Me aparté tirando de él, para echarlo al suelo, y me bajé la cremallera sin perder detalle de ese cuerpo esbelto, casi en los huesos, que le daba un aspecto ligeramente enfermizo. Sin embargo, era su constitución. No es que fuera un muerto de hambre por completo cuando encontró la ayuda de Lestat, sus valiosos regalos y extraña compañía. No. Simplemente era de esos hombres con cintura estrecha y suculentos pezones similares a los de una mujer. Tenía ante mí al plato perfecto para devorar cada noche.

Sus piernas se abrieron mientras sus manos se deslizaban por su torso, pellizcándose él mismo los pezones y rasguñándose el vientre, dándole un encanto de estrella porno. Mis pantalones estaban bajados, ya rozaba la hebilla de mi cinturón el suelo, cuando me arrodillé y se la clavé. No tuve piedad. Entré de una buena vez dentro de él como si fuera el cuello de una de mis víctimas y mi pene, algo grueso y ligeramente grande, penetrara con saña la vena con mayor cantidad de sangre. Gemí de placer y él gritó abriendo sus ojos del mismo modo que sus labios.

El movimiento era rudo, casi parecía una bestia salvaje. Sus largas piernas me atrapaban y su espalda se arqueaba. Pronto sentí sus manos aferradas de nuevo a las solapas de mi chaqueta. Mi mano derecha fue a su miembro, para masturbarlo con deseo, mientras que la izquierda sostenía su delicada cintura. Se retorcía peor que una serpiente o una lombriz de tierra. Se agitaba rápido, pero sin perder la elegancia. Era sutil y majestuoso. Jamás tuve un amante como él en mi cama, o en el suelo de un motel barato.

—Así, así... más... más... rompe mi cuerpo y libera mi alma. Saca de mi boca la mejor de las sinfonías—balbuceó con aquel erótico acento francés.

Según me informó era un noble francés, el cual tuvo que exiliarse de París en Louisiana debido a los acontecimientos que ocurrieron en el país. Quedó arruinado y sólo tenía la música como única liberación. Lestat apareció como un mecenas. Se enamoró de la melodía que surgían de sus dedos y yo, en ese momento, me enamoraba de la pecaminosa canción de sus alaridos de placer.

—Claro que sí, eres una zorra de primera—susurré hundiéndome en el lado derecho de su cuello—. Ahora entiendo porque las putas parisinas son las predilectas de todos—dije antes de morderle, sin llegar a drenar ni una gota de su sangre.

Yo era un chico criado en Texas. Delgado, corriente, con un carácter rebelde propio de la época que me había tocado vivir. No era del todo joven, pero sí más joven que Antoine. Sin embargo, yo tenía una pasión que desbordaba más allá del sexo. Él, al parecer, sólo mostraba pasión ante la música y los placeres más bajos. Sin duda, el típico niño bien que habría golpeado hasta la saciedad sólo por diversión.

Nuestros cuerpos se perlaron de sudor sanguinolento, tan típico en seres como nosotros, para luego sentir como un latigazo tiraba de mi vientre, y mis testículos, mientras mi pene latía con fuerza dentro de su estrecha entrada. Él apretaba con desesperación, me buscaba los labios pero no se los ofrecía y finalmente se dejó romper al estallar en lo más profundo de su ser. Sus ojos quedaron en blanco, entrecerrados, mientras su boca se abría casi desencajando su mandíbula. Era el vivo retrato del placer. No tardó en llegar al orgasmo junto a mí.

—Ha estado bien—susurré, entre jadeos, mientras me apartaba el pelo de la cara.

—Oui—su delicada sonrisa me desarmó.

Decidí entonces alejarme, casi trastabillando y cayendo con mis posaderas contra el frío suelo. Él me miraba como un amante satisfecho. Creo que buscaba esa conexión más allá de la carne y la entrega del momento. Se incorporó ligeramente y se aproximó a mí, prácticamente gateando, para robarme un beso tierno de mis labios. La risa nerviosa que escuché en mitad de esa habitación, casi en penumbra, me aterró.

—Quiero buscar a Lestat contigo... —dijo metiendo sus manos bajo mi empapada camiseta.

—Y yo tengo cosas que hacer. Es casi imposible encontrarlo, te lo he dicho—quería alejarme, pero algo me hacía permanecer a su lado. Creo que ese algo era el hechizo de esos ojos tristes, pues tenían una nueva luz. Quizás esperanza o tal vez un motivo por el cual sentirse dichoso.

—No existen los imposibles, Lestat me lo ha demostrado siempre—murmuró—. A todos—añadió.

No sé como demonios pasó, pero volví a besarlo perdiéndome en él. Sus delgados brazos me rodearon los hombros, sus manos acariciaron los cortos cabellos de mi nuca y sus caderas se movieron sutiles. Me provocaba. Me conquistaba. Aquella noche fui preso de sus garras y tocó parte de mi alma. Reconozco que hacía mucho que había endurecido mi corazón, pero él logró moldearlo a su antojo. Necesito volver con él. Quiero arrebatarlo de ese piano donde pasa las noches en compañía de esa mujer inmortal, tan hermosa como peligrosa, que le hace sentir el amor de la música en toda su expresión.


viernes, 12 de diciembre de 2014

La frontera entre el sí y el no

¿Qué hago? ¿Voy a por él o espero a que corra hacia mí? Siempre soy yo quien cede. 

Lestat de Lioncourt


He recorrido tantas calles que no debería recordar ya los detalles más extraños de cada una de ellas. Los rostros con los cuales me cruzo sólo son máscaras. Ellos, los humanos, son recipientes de una vida que se limita a convencionalismos, perjuicios, cadenas, pensamientos poco prácticos y una necesidad insaciable de sentirse amados aunque sólo sea momentáneamente. Son pura cáscara. La sangre que late en sus venas, recorriendo cada trozo de ellos, alimenta mis noches más frías y son delirio en las solitarias.

Tengo las puntas de los dedos helados, prácticamente como mi corazón. Mis ojos recorren cada tozo de acera. Hay miles de tiendas abiertas aún a estas horas. Los letreros luminosos anuncian ofertas salvajes, el sonido de los jingles navideños se propaga como la pólvora tras un disparo y en los negocios la caja registradora no para de ser abierta. Mi piel no es tan sobrenatural desde hace algunos años. Aún poseo ciertas cicatrices, por llamarlas de alguna forma, tras mi deseo de abandonar este mundo. Sin embargo, sigo siendo un monstruo disfrazado con un buen traje y cabello cepillado hacia atrás. Tengo los zapatos sucios. He caminado mucho. Soy como una bestia que persigue a su presa, un cazador que desea cazar a otro.

Nada me calma. Nada lo ha hecho en estos años. Nueva York ha sido una tumba para mí como lo es el invierno para las luciérnagas. Tomé distancia para imponer cordura. Quise olvidarme de sus brazos rodeándome, sus estúpidos besos juzgándome como si fuera un imperioso amante y sus mentiras susurradas con elegancia. Huí de él. Me refugié junto a alguien que una vez ya me abrió sus brazos. Ocupé el lugar que no me correspondía. Olvidé Nueva Orleans del mismo modo que quería olvidar a mi pequeña dama, mi hija.


En este frío día en medio de las compras de Navidad, cerca del gran árbol, contemplo la nieve que cae lentamente, como si fueran pequeños puntos de esperanza, con lágrimas que no logro derramar. Quiero volver con él. Necesito volver junto a él. Si bien, ¿no debería ser él quien me busque? No quiero verlo tan sólo unas horas. Deseo permanecer a su lado como hacía tiempo atrás, pero sin tantas quejas y quebrantos. Él es el único que aceptaría al monstruo en el que me estoy convirtiendo.  

Nieve y sangre en Nueva York

Se nota que Armand odia a los mediocres.

Lestat de Lioncourt 


He contemplado la ciudad mil veces desde lo alto de este imponente rascacielos. Nueva York es inmensa. Puedes ver mareas ingentes de almas atormentadas que se acumulan en las aceras, negándose unos a otros, mientras el claxon de algún taxi grita enfurecido. Los grises perfiles de los todopoderosos edificios parecen borrosos en los días de mayor polución. Aún así, desde estas vistas privilegiadas, puedes ver la vida discurriendo bajo tus pies.

Hoy, justo hoy, ha comenzado a nevar. Al parecer tendremos navidades blancas en este edén salvaje y ruidoso. Una jungla de metal, cristales y asfalto que queda convertida en un paisaje característico de alguna película bobalicona y entrañable de estas fechas. Los copos caen como plumas. ¿Tal vez son las alas que un día Dios me negó? Lo desconozco. Sin embargo, tengo la inmensa fortuna de encontrarme al borde del precipicio, con los pies firmes y las manos en cruz. Podría precipitarme, sintiendo el aire gélido cortando mi rostro y agitando mi cabello. Sí, podría. Pero sé que me alzaría por los aires, volaría hasta más allá de las nubes y contemplaría la ciudad desde unas vistas aún más impresionantes.

Tengo las mejillas ardiendo, las manos teñidas de rojo y una sonrisa traviesa en los labios. Mi pelo está largo, como solía estarlo cuando era sólo un muchacho. Mi aspecto delicado, casi enfermizo, provocaría que muchos se acercaran a mí consternados. Tan sólo llevo una ligera camisa celeste de satén y unos pantalones de vestir blancos, manchados de sangre en el pernil derecho. Quizás piensen que estoy endemoniadamente loco y me muero de frío, pero el frío siempre estuvo calando mis huesos. El frío más puro y desconsolador: el frío de no tener amor.

Como decía Oscar Wilde, en uno de sus más célebres pensamientos, mi corazón ha terminado haciéndose de piedra. No obstante en dudosas ocasiones se vuelve vulnerable, late y suspira por los besos de aquellos que dicen adorarme. ¿Quién no amaría al niño del coro? Aparento ser un castrati esbelto en una mañana de Navidad en mitad de una de las catedrales más fastuosas de la vieja Europa. Sí, lo aparento muy bien. Quizás soy un ángel y aún no me he percatado, pero lo dudo. Sólo soy un monstruo de más de cinco siglos con unos puntiagudos colmillos asomando de mis labios.

Mis pies están desnudos, pero lo importante es lo que pisan. Bajo estos hay un cuerpo mutilado. No he bebido únicamente de él, sino que me he dedicado a rasgar su piel imprimiendo el mayor dolor posible. Su rostro, poco agraciado, se hunde en la espesa nieve que ya va cubriendo todo. Los villancicos navideños suenan por doquier en cualquier dirección, pero mi amigo ya no los escucha. He regalado el don más preciado en estas fechas de amor y paz. Le he regalado la paz a su cerebro podrido y su alma hecha de pedazos de basura.

Detesto a la gente que no aprecia la vida, pero detesto aún más a todos aquellos que se la hacen imposible a otros. Él era uno de esos estúpidos. Un famoso columnista de redes sociales tan absurdas, baratas y vacías de inteligencia como la gente que suele darles soporte. Y no, no es porque odie la tecnología. Me apasiona. Internet es un lugar asombroso. Sin embargo, odio a este tipo de personas que humillan y dilapidan el trabajo de otros por el mero hecho de existir. Si bien este no era su mayor pecado.

He seguido los pasos de este miserable durante varias semanas. Un ser mezquino que solía beneficiarse del trabajo ajeno. Alguien que se apropiaba de ideas de otros. Tenía una hermana, igual que Sybelle, y su comportamiento era igual de reprochable que el de Fox. Sin embargo, cientos de mujeres lo adulaban sin cesar. Me provocaba náuseas, aunque su sangre me ha sentado bastante bien. Siendo sinceros... he disfrutado con su muerte.

Conduje al sujeto a un callejón. Supuestamente tenía suculenta información sobre ciertas personas que deseaba hundir de forma económica, pero también moralmente, para lograr subir un pequeño peldaño. Aguardé con las manos metida en los bolsillos de mi chaqueta, permanecí en silencio y cuando él apareció lo atrapé con palabras tan baratas como las suyas. Poco después estaba sobre una camilla de hierro, muy fría al tacto, completamente desnudo mientras disfrutaba apreciando cuanto duraría a pesar de la tortura. De vez en cuando daba unos pequeños tragos o lametones. Por último tomé su corazón, arrancándoselo del pecho, para beber directamente de ese músculo extraño, y ocasionalmente torturado, para acto seguido arrojarlo al cajón de desperdicios. Soy como el barrendero, pues limpio las calles de desechos y suciedad.

¿Por qué estoy aquí? Aquí arriba. Podía haberlo hecho desaparecer. Sin embargo, creo que le daré una muerte tan popular como su vida. Arrojaré su cuerpo a las aceras como imprevisto regalo navideño.


—Feliz Navidad, ingrato. Que el Señor te acoja.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Piano

Muchos no habrán leído Prince Lestat, pero estos dos hacen un dueto musical extraño. Antoine, el pianista que rescaté de la muerte y su propia desesperación, y Sybelle, la pianista que salvó Armand de su hermano maltratador, se unen en una amistad firme e intensa. 

Lestat de Lioncourt


Me he alimentado de sueños creados con pequeñas notas musicales tomadas al vuelo. He comprendido el mundo a mi modo, pero no disfruté jamás de una total autonomía hasta que estos puntiagudos colmillos asomaros de mis pequeños y carnosos labios. Puedo parecer una muñeca cándida sentada en un sofá, con un elegante conjunto a juego con los zapatos de tacón corto y un ramillete de rosas entre mis angelicales manos. Sí, puedo parecer una fantasía extraída de un cuento infantil. Un ser extraño extraído de un sueño. Pero mi espíritu es rebelde, poderoso y desborda música. Me siento poseída por ángeles y demonios cuando mis dedos rozan el piano. Cada tecla toca cada fibra de mi alma.

Él lo sabe.

He encontrado un compañero que comprende mi gran pasión, mi estigma, mi dolor, las cadenas y liberación. Sigo amando a mi ángel de cabellos de fuego, mi joven y eterno amante, que me rodea con sus brazos y besa mis cándidas mejillas que toman calor gracias a la muerte de otros. Sí, aún él es mi paraíso. Sin embargo, he encontrado a alguien que me comprende de una forma distinta.

Su apariencia es frágil, con un rostro delicado y anguloso. Posee una sonrisa similar a la de un felino, un tacto suave y elegante, con unos dedos largos que se mueven como si fueran copos de nieve cálida. Tiene una elegancia inusual. Aún huele a París. Puedo ver Francia en sus ojos, escuchar el latido de las campanas de Notre Dame en su timbre de voz y sentir la libertad revolucionaria que lo expulsó lejos del mundo que tanto amaba. Él, un pianista inmortal como yo, sabe comprender la música del mismo modo que yo lo hago. Respiramos música, pero bebemos sangre.

Puedo parecer una muñeca perfecta, pintada en un cuadro al óleo, pero en realidad soy una criatura que palpita y enloquece por unas gotas de sangre. Salgo cada noche a caminar colgada del brazo de los hombres más maravillosos que he conocido. Incluso Louis parecía encantador con sus enormes ojos verdes, su educada conversación y su controvertida sonrisa. Pero no dejo de ser cruel. Tan cruel como ellos. Arranco vidas para poder seguir subsistiendo. Sin embargo, sigo tocando música para alejar los demonios, otros que son peores que yo, y enloquecer de placer a quien me escucha derribando muros inconcebibles e imposibles de comprender.

—Sybelle—llevo escuchando mi nombre durante varios minutos mientras toco el piano. Un piano nuevo y hermoso. Es negro como la noche, posee una belleza pétrea penetrante, y yo estoy frente a él vestida con un simple camisón de algodón mientras la chimenea chisporrotea y fuera nieva. Nieva en New York—. Sybelle...

Su voz es seductora y varonil pese a sus años. Tenía diecinueve. Tan sólo un niño. Vivo rodeada de niños perdidos. Benji, Armand y él. Niños. Pequeños hombrecitos que se quedaron para siempre estancados en una fotografía encantadora, seductora inclusive, con una maravillosa inteligencia que puede llegar a ser retorcida o extremadamente generosa. Fuertes y vivaces. ¿Yo que soy? ¿Wendy? ¿Soy la Wendy de un puñado de niños en una ciudad de náufragos sin alma? No lo sé. Desconozco la verdad. Sólo quiero que se siente a mi lado y toque conmigo. Sin embargo, cuando lo haga sé que acabaré arrojándome a sus brazos, besando sus labios y oprimiendo mi frente en su pecho. Deliro como cada noche. Siento la necesidad de sentirme viva en esta jaula de muerte. Una jaula perfecta que me ha dado alas. ¡Es duro explicarse! Duro sentirlo. Duro, pero maravilloso y fascinante.


—Ven aquí y toca para mí. Toca conmigo, Antoine.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt