Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 27 de junio de 2016

El hijo prodigo.

Mucho drama y poco pedir disculpas como se merecen... No, Marius, yo te admiro pero la estás cagando. ¡Despierta! 


Lestat de Lioncourt 


Hacía años que no recorría aquellas calles que una vez me invitaron a soñar con una vida pública, cargada de fiestas y encuentros de todo tipo. Recordaba a los mercaderes reír mientras bebían y comían opiparamente en las tabernas, las mujeres perfumadas que acudían hacia las fiestas en carruaje o las pobres desengañadas que tenían que servir las jarras de vino, también los muchachos correteando cerca de los burdeles intentando alcanzar unos senos demasiado apetecibles por no decir, claro está, de la podredumbre de ciertos barrios y del olor insoportable de los canales. Estaba de nuevo en Venecia, pero era una Venecia deslucida por el tintineo de letreros de neón, luces eléctricas y bullicio estruendoso de fiestas insípidas.

Mis recuerdos transportaron mis pies y me hicieron ir hasta el lugar donde se hallaba mi viejo palacio veneciano. Había logrado reconstruirlo hacía algunos años pero no había tenido la valentía de cruzar su portón, entrar en las salas y contemplar nuevamente la belleza de su estructura. Si bien estaba allí para conmemorar mi resurgimiento. Era de nuevo un hombre completo y no me sentía un monstruo oculto tras una hermosa máscara. Tomé aire, coloqué mis manos sobre la cerradura e hice mi truco mental favorito. Aprendí hace tiempo lograr abrir cerraduras por difíciles que fuesen.

Nada más entrar cerré la puerta y caí de rodillas en la entrada. Me abracé a mí mismo respirando profundamente el olor que poseían sus muros, el polvo acumulado en el suelo y la fragancia del jardín interior que poseía. Era un jardín salvaje lleno de malas hierbas pero también de flores aromáticas típicas de Italia. El hijo pródigo había regresado a casa.

Mis dorados cabellos caían sobre mi torso rozando la camisa color borgoña que había logrado adquirir hacía unas noches. Odiaba llevar ropa bárbara como esos elegantes pantalones que se ajustaban demasiado a mi entrepierna y trasero invitándome a no sentirme libre. Por ese motivo nada más incorporarme me quité la ropa y comencé a caminar desnudo.

La tenue luz nocturna entraba por las ventanas desprovistas de cortinas. Podía verse las distintas entradas y galerías, así como la belleza del deteriorado jardín, conmoviéndome hasta el borde de las lágrimas. Mis manos no tardaron en colocarse sobre las paredes palpando cada tramo mientras pensaba en las viejas conversaciones, en los antiguos sueños que yacían enterrados por algún lugar de las baldosas de mármol que pisaba, y en los suspiros lacónicos de un querubín que ya no podía señalar como mío. Fui Dios entre aquellos muros, un Mesías para mis muchachos, un mecenas para el mundo y un idiota para el resto que desconocía el miedo que torturaba mi alma y la ira que la encendía.

Finalmente subí hasta los que fueron mis aposentos acariciando el pasamanos de la escalera. El sonido de mis pasos hacían eco en mis oídos mientras tarareaba los viejos vals que entonaban los músicos que yo contrataba, así como aquellos que acudían sólo para ganarse cierta fama y por un poco de vino, dejando que mi alma se evaporara del presente y se trasladara a un pasado demasiado pomposo y deseable. Me engañé a mí mismo por unos segundos al cerrar los ojos y abrirlos nuevamente en la puerta de la que fue mi habitación.

Por un instante vi mi cama con aquel dosel borgoña de encantadores bordados de hilo de oro, el escritorio de roble y las cortinas hondeando gracias a la brisa proveniente de los canales. Noté incluso la calidez de las alfombras, el exacerbado decorado de las molduras y los adornos de los muebles, así como pude ver mi reflejo en el espejo de cuerpo entero que estaba cerca de uno de mis armarios. Pero la visión que hizo temblar los cimientos de mi alma y cordura fue su cuerpo tendido en ofrenda entre las sábanas de seda. Casi estuve a punto de correr a su encuentro hasta que me dije a mí mismo que sólo eran recuerdos. Comencé a llorar apoyado en el marco de la puerta antes de volver a la realidad observando el vacío lóbrego de la sala. No había candelabros de oro, ni muebles de lujo y ni mucho menos mi amado Amadeo esperando que su Dios, su Apolo, entrara en la habitación para robarle un beso de amor.


Acabé recostándome en el suelo de esa estancia con los brazos en cruz y el rostro bañado en lágrimas. Pensé en todas mis derrotas y también en la virtud de seguir caminando pese a todo. Aún así me derrumbé pensando que la vida era injusta y cruel como las llamas que consumieron todo, como el monstruo que me arrancó la pieza de arte más preciada de mi colección...  

sábado, 20 de febrero de 2016

La creación de un ángel

Muchas veces hemos leído una y otra vez que Marius creó a Benjamín y Sybelle por amor hacia Armand. Fue un acto caprichoso, pero comprensible. Marius había visto como todos los humanos que amó se redujeron a cenizas y no quería que eso ocurriera con aquellas criaturas. Benjamín tenía una madurez superior a la de cualquier muchachito de su edad y Sybelle era una pianista excepcional. Pero lo que más importaba al "Maestro de las Pinturas" era la fragilidad que ambos poseían siendo humanos. Por eso ahora nos desvela cómo lo hizo. Si bien, se centra en Benjamín aunque también deja claro como hizo a Sybelle. 

Lestat de Lioncourt


Estaba dispuesto a quebrar una de tantas reglas que bien conocía. Reglas que yo mismo había acabado por elaborar con el paso de los años. Sabía que el mundo se regía por normas desde mucho antes de mi nacimiento, por ello las acaté nada más convertirme en la bestia sangrienta que somos todos los vampiros. Aprendí a preservarlas del mismo modo que preservé la fuente del poder, o quizá del aciago mal, que nos animaba como si fuéramos un pebetero y este la llama. Pero estaba dispuesto. Había decidido romperla por amor, aunque quizás también era por necesidad y honor.

Mientras contemplaba aquel muchacho de piel dorada, ojos de aceituna negra y cabellos revueltos del color de la noche más oscura, me di cuenta de lo frágil y hermoso que era. Vinieron a mí todos los jóvenes que estuvieron bajo mi techo, cobijados entre mis propias mantas y alimentados con mi fortuna. Niños hambrientos de calles frías y pies descalzos que se convirtieron en jóvenes refinados llenos de inquietudes artísticas. Frente a mí no tenía a un pequeño beduino, sino a los chicos que cantaban y brindaban en las celebraciones que yo ofrecía para ellos. Vi sus imberbes rostros con aquellas sonrisas iluminando sus tentadores labios y escuché sus risas. Pude ver todo aquello como si ocurriera aquella misma noche. Comprendí entonces porqué él lo amaba. Para mi viejo querubín, mi adorado muchacho, estar junto a Benjamín era regresar a la inocencia consumida entre el fuego de la venganza y la ruina.

Había tomado precauciones. Una noche en la cual me dejó a Sybelle y Benjamín a cuidado tomé mi decisión. Una decisión irrevocable. Nadie me haría entrar en razón. Primero creé a la muchacha junto a un pequeño piano, un obsequio fruto de mi amor por la música y su arte, provocando que ella de inmediato tocase para sentir la música de un modo nuevo. Creo que quedó tan fascinada que no podía despegar sus dedos de cada tecla. Era un ángel de cabellos dorados y rostro por siempre joven. Después lo tomé a él de la mano, como un padre bondadoso a su hijo más pequeño.

Aparté al muchachito de ella conduciéndolo por los pasillos de mi hogar. Él contempló cada cuadro con sumo interés. Los jarrones más caros e impresionantes también fueron de su gusto. Se quedó perdido en los ojos de un busto de Aquiles por más de unos segundos y después me miró a mí. Esos ojos negros eran hermosos y perturbadores. Era sumamente inteligente y parecía decidido a vivir por siempre. No había atisbo de duda en él, como tampoco había atisbo de duda en mí.

Nuestros pasos nos llevaron a mi dormitorio. Era un lugar pomposo e insinuante. Había decorado la habitación yo mismo. El techo parecía la bóveda de una iglesia con tanto ángel de mejillas sonrosadas, nimbos, esponjosas nubes y delicadas ropas que parecían haber sido confeccionadas en seda en vez de haber nacido de mi pincel. La habitación estaba presidida por una cama con dosel de sábanas de seda roja y bordados de oro. Era muy similar a la que una vez tuve en Venecia.

Él se quedó mirando la cama con gran interés, pero no dijo nada. Me situé detrás de su pequeña espalda, puse mis manos sobre sus frágiles hombros y deslicé mis dedos por sus delgados brazos. Con gran amor me incliné para besar sus revueltos rizos negros, para después comenzar a desnudarlo entre sutiles caricias y sumo cuidado.

Amadeo fue cultivado en el arte del amor y el cortejo. Decidí que debía conocer el placer más puro y el amor más intenso. Jamás le prohibí que fuese a los burdeles, sino que le insistí. Deseaba que él comprendiera bien los instintos más bajos y primarios. Quería que vibrara en brazos de amantes de todo tipo. Él lloraba cuando se lo pedía y rogaba que fuese yo mismo quien lo hiciera, pero era imposible que pudiese concederle ese capricho. Pese a todo a veces mis manos iban al encuentro de sus blancos muslos, se hundían más allá de sus glúteos y acariciaba con firmeza su miembro.

Benjamín debía ser cultivado igualmente en los placeres más intensos, pero no había tiempo. Era lógico que Armand tuviese cientos de enemigos desplegados por los cinco continentes. Había sido el líder de dos sectas que sembraron odio, miedo y locura. Estaba seguro que había cientos de vampiros ahí fuera deseando destruir lo que más amaba. ¿Y no era Benjamín y Sybelle lo más amado para él? Daniel había quedado en un segundo plano, pues la locura ya lo había destruido. Eran ellos dos quienes tenían que sobrevivir a lo que pudiese suceder.

Mientras desnudaba al muchacho noté su nervioso corazón latir con fuerza. Mis dedos fríos y rápidos recorrieron su torso de efebo. Mis labios se centraron en ofrecerle suaves roces en su cuello y lóbulos. Él jadeó sin saber bien dónde debía colocar sus pequeñas manos de ladrón. Lentamente lo fui llevando hasta el borde de la cama para arrojarlo al colchón.  Una vez allí, tirado sobre las sábanas, coloqué su espalda contra la colcha y su pecho quedó girado hacia el techo descubierto, pues pese a ser de dosel odiaba cubrir la cama por la parte superior. Sus oscuros ojos contemplaron la luminosidad de aquellas majestuosas pinturas mientras sus piernas se abrían. Mis manos acariciaban sus tobillos y subían hasta sus rodillas, para luego detenerse entre sus muslos y dejar un sutil roce bajo su pequeño ombligo. Aún carecía de vello. Parecía un ángel caído del fresco animado por la bondad de un Dios inexistente.

De entre mis ropas saqué un cordón de cuero y lo coloqué sobre aquella flecha que comenzaba a apuntar alto. Rodeé con firmeza aquel pedazo de carne que se endurecía y él ni siquiera mostró rechazo. Tuve que apartarme unos segundos para moverme rápido por la habitación tomando algunos aceites, mezclados con esencias aromáticas, y unos pequeños objetos metálicos de forma cónica que me servirían para dilatar su virginal puerta hacia el placer, la locura de la lujuria y el pecado más transcendental. Él ni siquiera notó que me había apartado, pero sí sintió mis maestras manos deslizándose untadas en el aceite.

Mis muñecas se movían suavemente al igual que mis dedos mientras elevaba sus testes, ya inflamadas y rodeadas por la cinta de cuero. Mi mano derecha se colocó bajo sus glúteos e introduje mi dedo corazón tras bordear su entrada. Se tensó ligeramente pero no tardó en relajarse. Él sabía que todo lo que allí ocurriría sería placentero. Giraba sutilmente el dedo mientras con la izquierda seguía acariciándolo, en ese momento entraron dos jóvenes de mi servicio absolutamente desnudos.

Los muchachos se aproximaron hasta la cama. Eran chicos jóvenes de aspecto algo fornido y que estaban deseosos de complacer mis caprichos, así como de complacer al jovencito que yacía aturdido sobre el colchón. Tomé uno de los objetos metálicos y lo introduje en él. Benjamín jadeó y gimió más alto que un murmullo. Sus caderas oscilaron y un par de lágrimas bañaron sus sofocadas mejillas.

Uno de los jóvenes, rubio y de ojos claros, se colocó cerca de su almohada y le ofreció su sexo. El muchacho se quedó sin saber cómo reaccionar, pero mi criado optó por tomar la iniciativa. Aquella daga entró entre sus labios convirtiéndolo en un experto faquir. Benjamín no dudó en enroscar su lengua pasados unos instantes. Paladeaba la sensible piel como si hubiese pertenecido siempre a un burdel.

El otro joven soltó la cuerda y provocó que aquella dulce, pero entregada criatura, eyaculara por primera vez manchando su vientre plano perlado de sudor. Saqué de él el pequeño artefacto y coloqué otro más ancho. No hubo queja por la nueva intromisión. Ni siquiera notó que me aparté dejándolo en manos de aquellos dos siervos del deseo.

En cuestión de minutos fue retirado aquel objeto para ser penetrado al fin por un sexo húmedo, hinchado y deseoso. El mismo miembro que había codiciado entre sus labios y que ahora tenía otro de piel algo más oscura y coronado de vello negro. El canto de sus gemidos era callado por ambos hombres curtidos en el hermoso arte del sexo. También lo fueron los pequeños gritos de sorpresa, dolor y placer cuando notó mi látigo al invertir su figura y dejarlo de espaldas al techo.

Su pequeña espalda fue acariciada sin pudor y con certeza por mi látigo. Una a una las siete colas silbaron contra su columna, costados, omoplatos y trasero. Igual que uno a uno llenaron su estrecha entrada convirtiéndola en un orificio de ríos fértiles y blanquecinos. El muchacho explotó en varias ocasiones, aunque era imposible que mostrase una y otra vez su eyaculación. Vibraba, gritaba, gemía y clamaba por mayores atenciones aunque finalmente cayó rendido y olvidado por aquellos dos furtivos casi insaciables.

Besé su boca con cariño y entrega antes de tomarlo envuelto entre las sábanas, para conducirlo por la galería hasta otra de las habitaciones. Había pintado numerosos frescos en ella, los muebles eran casi inútiles allí. Sólo había un diván y varios caballetes. Era la sala donde solía reposar y dejar algunos de mis utensilios. Allí meditaba e imaginaba nuevas formas de arte. Era un lugar lleno de querubines con cientos de rasgos distintos, aunque había uno que poseía hegemonía en el lugar: el rostro de mi dulce Amadeo. Porque y dibujaba a Amadeo y no a Armand. El vampiro que todos conocen tiene una mirada dura y terrible comparada con el candor de aquellos ojos almendrados.

Me coloqué en el centro de la habitación y pegué contra mí al muchacho que aún temblaba por el placer recibido. Sus muslos goteaban la simiente de aquellos dos hombres y sus labios estaban rojos por la presión ejercida. Sonreí satisfecho mientras palpaba su pecho perlado de sudor y despejaba de rizos su frente. Besé con ternura sus mejillas y hundí mis colmillos en su cuello. Gimió complacido y asustado. Sus recuerdos vinieron a mí como una tormenta.

Pude ver las desgracias que habían caído sobre su cuerpo, provocando incluso la fractura de algunos de sus huesos. También contemplé el rostro de su madre, así como el canalla atormentado de su padre al venderlo. Escuché con claridad de las ruines palabras de Fox y como lo tenía para el contrabando de drogas, hurtos a pequeña escala en fiestas de etiqueta y mendicidad. Contemplé los infiernos en aquel paraíso perdido dejándome un mensaje amargo en mis labios. Y esos mismos labios manchados de mi propia sangre besaron los suyos para darle una nueva vida. Intercambiamos sangre en más de diez ocasiones. Hice aquello para dotarlo de una fuerza y una vida similar a la que tuvo Amadeo.

Tras dejarlo morir entre mis brazos retiré las sábanas sucias y lo conduje al baño. Allí le di una ducha rápida, para luego llenar la bañera y dejar que se relajara en un cálido baño de esencias. Acabé por acompañarlo rodeando su pequeña figura.


Tenía un nuevo hijo y una nueva hija. Había cometido un crimen terrible. No sabía si Armand me lo perdonaría, pero lo había hecho por amor. Quería que él me perdonara entregándole dos magníficos compañeros que jamás le abandonarían. Seres que siempre respetarían el amor mutuo que se tenían. 

domingo, 31 de enero de 2016

Máscaras de piel

Archivo Talamasca que no podía faltar. ¡Bienvenidos al terror!

Lestat de Lioncourt




Eran más de las dos de la madrugada cuando la puerta sonó en varias ocasiones. Eran los nudillos desnudos de David Talbot. Sabía que sólo él podía interrumpir mis horas muertas. Últimamente me estaba ayudando a encauzar mi vida, al igual que otros compañeros estaban ayudándome a ser el reportero pegado a la noticia. Él quería que fuese su compañero, o más bien su sombra, en diversas investigaciones paranormales que todavía hoy no tenían solución alguna.

Durante varios meses habíamos seguido nuevas pistas que iban dejando fantasmas, o espíritus, sobre lo que estaba por venir. Todos ellos parecían inquietos, muy temerosos, desde la destrucción de tantos vampiros jóvenes, y no tan jóvenes, hacía tan sólo un par de años. Pero, ésta vez era distinto.

Nada más abrir la puerta, con algo de apatía, me dejó entre mis manos unos documentos. Eran viejos, estaban algo amarillentos, y la carpeta parecía haber sufrido algunos desperfectos por la mala conservación en los archivos subterráneos de la Orden de la Talamasca. La Orden paranormal poseía numeroso inventario que a veces caía en el olvido.

—Son crímenes sin resolver—explicó—. Ya el asesino no actúa, pero pensé que serían de tu agrado. No créemos que fuese nada paranormal, por eso no se guardó en el archivo oficial. Está algo destruido, pero las letras aún se pueden leer.

—¿De qué época es?—dije acariciando el canto ligeramente grueso, y destruido, de aquella carpeta. Era marrón, algo deshilachada en los bordes, y parecía tener diverso material. No me atrevía a abrirla. Sentía que era la caja de Pandora.

—Años veinte y cuarenta. El último crimen sucedió en 1943—dijo señalando el final de la carpeta, donde estaba la fecha en bolígrafo de tinta azul.

—¿De qué se trata?—la curiosidad comenzó a roer parte de mi alma, perforándola y llegando su esqueleto que ya temblaba impaciente.

—Lee y disfruta. Posiblemente no puedas olvidar estos crímenes jamás—contestó apoyando sus manos en mis hombros—. Quizás puedas escribir un artículo o algo interesante. Sé que puedes. No hagas que se olvide.

Segundos después se colocó mejor su gabardina, salió de mi habitación y bajó los escasos escalones hacia la planta baja del edificio. Había decidido vivir en aquella ciudad perdida de rascacielos, corrupción, noches de música en antros de moda, taxis amarillos y canciones de Sinatra. Estaba en Nueva York, la ciudad que parecía más viva de noche que de día, disfrutando de la vida y él me traía crímenes. Era como un pájaro de mal agüero, pero agradecía que lo hiciera. Tenía un blog en Internet y debía llenarlo de contenido interesante.

Nada más escuchar la puerta de la calle cerrándose, como si hubiese dado alguien un fuerte portazo, cerré la de mi habitación y encendí la luz del flexo. Necesitaba algo más que la luz taciturna de la lámpara principal. Quería leer como hacían los mortales: con buena luz. Aunque, honestamente, no hacía falta.

Al abrir la carpeta pude percibir perfectamente el polvo, la humedad y el moho donde se había guardado las últimas décadas. El título era llamativo, estaba en la primera hoja, y parecía que tenía gancho para usarlo en mi propio artículo: Máscaras humanas en Venecia.

El primer crimen ocurrió en la plaza de San Marcos. Este lugar es conocido mundialmente y siempre ha sido codiciado por los turistas. Las fechas eran del Carnaval de aquel año, del año 1921. Una máscara apareció colocada en una escultura, de las numerosas que puedes hallar por Venecia. Era, en concreto, en una de las columnas con leones que allí se encuentran. Uno de éstos tenía la máscara adherida a su rostro. Un trabajador, de mediana edad, de los equipos de limpieza, los cuales duplican sus esfuerzos en las fiestas, la halló pensando que estaba hecha con papel maché y otros productos que le daban un realismo casi macabro. Sin embargo, al tomarla entre sus dedos se dio cuenta que era piel humana. La policía llegó a la zona poco después, la acordonó e investigaron. El rostro era de una joven desaparecida un año antes.

La siguiente fue encontrada a los pies del Neptuno de la escalinata de los Gigantes, en uno de los palacios ducales de Venecia, un año más tarde. También era de otra joven, la cual había desaparecido por fechas similares en 1921. Entonces, y no antes, se habló de asesino en serie. Sin embargo, el caso se mantuvo oculto por miedo a las pérdidas económicas que se hubiesen precedido al hacerse eco los periódicos nacionales e internacionales.

El caso era extraño. Las pieles habían sido arrancadas con técnicas de taxidermista y maquilladas con grand estilo. Representaban a polichinelas, un personaje primordial en el Carnaval Veneciano. Muchos rogaron que sólo hubiese dos casos, pero una tercera joven había desaparecido días atrás. Al año siguiente ya sabían que aparecía una nueva máscara. Así ocurrió durante más de dos décadas.

Los cuerpos, mutilados o no, jamás fueron encontrados. Ni siquiera la última joven que desapareció en 1943. Todas eran muy hermosas, poseían un canon similar en sus rasgos. Eran chicas de ojos claros, piel clara y cabello negro. Sus rostros eran suaves, muy dulces, y pequeños. No eran altas, sino más bien de estatura media. Así que el asesino, fuese quien fuese, tenía unos gustos.

Jamás se encontró a las muchachas y jamás se supo quien era el criminal. Nadie, jamás, habló. No se vieron testigos de quien colocaba esas horribles máscaras ni de la sustracción de las muchachas, algunas que ni siquiera habían salido esa noche de sus casas. Todas tenían entre dieciséis y veinte años, justo en la flor de la vida. El país jamás cayó conmocionado, pues nunca se alertó a la población que vivió ajena a algo tan macabro.


Al terminar de leer sentí náuseas e indignación. No comprendía como se podía estar tan ciego. Deseé escribir un artículo y finalmente he decidido narrar la historia, como bien he creído, en éstas líneas.  

Carnaval

Daniel ha decidido hablar del Carnaval y los vampiros... ¡En fin! ¡Hermanos, hay que salir y disfrutar! La fiesta ya empezó.

Lestat de Lioncourt


Se aproxima el Carnaval en todas las ciudades del mundo. Un estallido de color, risas, música y misterios. Siempre habrá entorno al Carnaval algo de misticismo más allá de los disfraces, máscaras y maquillaje. Nos introduce en un mundo distinto que nos incita a soñar con lo imposible, pero también con lo macabro. El Carnaval siempre ha estado presente en la vida de los inmorales, es una celebración que nos hace pasar desapercibidos igual que fiestas como Halloween.

Algunos vampiros deciden usar diseños de ropa formal, o informal, que llevaron durante su vida humana. Se dejan llevar por el sumo placer de ser un monstruo entre monstruo, salvo que sus colmillos no son falsos y los cuellos que muerden terminan aliviando su sed, matando a su víctima y destruyendo sueños mientras roban tiempo. Porque somos ladrones de tiempo y recuerdos.

El Carnaval de Venecia es popular en el mundo entero. Es una de las celebraciones más conocidas y que hacen suspirar a muchos turistas. Marius vivió esos Carnavales en primera persona, dejándose llevar por el vaivén de las góndolas y el sonido de las liras, laudes y diverso instrumental de percusión. Las afinadas voces de los cantantes venecianos deleitaban las fiestas pomposas de las altas esferas. Artistas de todo tipo se concentraban en numerosos palazzos donde los políticos y las fulanas se mezclaban con las máscaras más llamativas.

Pudimos conocer algunas de estas fiestas en los diversos libros que se han comercializado con la vida de Marius y Armand. Pero, por supuesto, también en aventuras de Lestat y los brujos que tanto llegó a temer y amar. Fiestas donde el vino se derrama, igual que la sangre, y las carnes cálidas de los jóvenes calientan las frías pieles de mármol de los numerosos vampiros. El Mares de Grasa, o Mardi Gras, hace la delicia de los habitantes de Nueva Orleans. Hasta hace poco se dividía la celebración entre blancos y negros, pero ahora es una mezcla explosiva que muestran multiculturalidad. Pero, como no, también se habla del Carnaval de Brasil que es mucho más exuberante, llamativo y dura días.

Se podría decir que los vampiros somos hedonistas y amamos dejarnos llevar por los placeres mundanos. No dejamos de ser mortales ni humanos, porque somos una mezcla perversa de un espíritu insatisfecho con su vida y mortales atraídos por vivir por siempre, con una juventud que nunca nos abandonará y que nos permitirá seducir, conocer, comprender y sentir.


El Carnaval es una fiesta pecaminosa donde uno se baña en pecado, pero también puede bañarse en sangre. Quizás estos días bailen, canten o celebren junto a uno de los nuestros. Cuiden su cuello.  

sábado, 23 de enero de 2016

La tentación de un ángel caído

Si me lo permiten me saldré de mi rol de "Lestat de Lioncourt" para agradecer profundamente a Nathan éstas largas noches donde hemos aprendido el uno del otro, así como a Rose y Alejandra, dos buenas amigas, que me han sacado alguna sonrisa y que agradezco que me hayan apoyado en mis últimas decisiones. Después de ésto también quiero agradecer a todos los que suelen leer el blog, la página o mi firma. Gracias.

Éste fic se ha hecho a la antigua usanza. He creado cada línea. Es un fic que he decidido hacer de una de las parejas más emblemáticas de Anne Rice. Es la pareja favorita de Nathan y de gran parte de ustedes. El sábado próximo, a ser posible, os daré otro de Lestat con algún personaje que haya estado en su vida. 

Gracias a todos.


La tentación de un ángel caído.



Podía ver su silueta desde mi privilegiada posición en la penumbra. Contemplaba su figura como quien contempla una escultura de Miguel Ángel. Observaba cada detalle de su rostro, el cual parecía haber sido cincelado por ese Dios que tanto le atemorizaba y en el que tanto creyó tiempo atrás. Me deleitaba con su estrecha cintura y sus anchas caderas. Poseía la belleza inusual de un ángel, un pequeño serafín envido para propagar belleza a éste idílico tiempo del renacimiento del arte, la cultura y la filosofía. Mirase donde mirase sólo encontraba belleza. Sin embargo, cuando me adentraba en sus turbios pensamientos, mientras divagaba sobre las oscuras aguas negras y empantanadas de los canales, veía la brutalidad a la cual estaba acostumbrado.

Con aquellas ricas ropas de seda, terciopelo y leotardos no demostraba sus verdaderos orígenes. Él era un animal salvaje que nunca habían logrado doblegar. Un ser indómito, como los guerreros de la fría estepa donde surgió como un pequeño brote. Nadie pudo calmar la fiera que tenían entre sus manos, ni siquiera las atroces caricias en las diversas orgías y golpes fatales. Podía ver las manos ásperas, e incluso sentirlas, de viejos decrépitos que creían que tomando su cuerpo, manejándolo como un objeto, lograrían volver a encontrarse con su juventud caduca. Su sonrisa, pausada y seductora, ocultaba más secretos de los que yo era capaz de asumir. Tenía ante mí a un enigma que ni siquiera quería recordar realmente su pasado. Alguien que se negaba así mismo y que decidió volver a nacer entre mis brazos. Un nacimiento fortuito en Constantinopla, donde solía ir a deleitarme con los sensuales bailes de jóvenes esclavos. Y él, el más maravilloso e indómito, surgió como una chispa lanzada de las ascuas de un fuego cercano.

Después de hacer un trato adecuado para adquirirlo, siendo desde entonces de mi absoluta propiedad, lavé su cuerpo, como si fuese un ritual funerario, y lo vestí con prendas que habían pertenecido a distintos pupilos. Siempre me he rodeado de savia nueva, de jóvenes artistas deseosos de expresar la belleza inclusive en lo retorcido y cruel. Decidí saciar su apetito y sed, besé su frente y dejé que creyera que era un Mesías, Dios mismo, que lo rescataba de la miseria y de la muerte. Una muerte que estaba a punto de llegar, pues los esclavos desobedientes acaban siendo desechados con rapidez.

Ese pelo rojo, como el fuego y la sangre, y esos ojos castaños, con pequeños brillos arrancados del propio sol, se ha convertido en mi delirio. Ha hecho que surja una llama poderosa que enciende mis celos, mi rabia, mi indignación y también mi creatividad. Si bien es cierto que yo mismo lo lanzo a los brazos de otros hombres, que asumo que debe conocer en ellos el placer de la carne, pero no dejo de pensar en sus labios sonrosados clamando mi nombre mientras se retuerce bajo el cuerpo de otro. No lo soporto.

Por eso había ido a buscarlo, encontrándolo allí de pie con Venecia a sus pies. Una Venecia que nada tiene que envidiar a la moderna, pues poseía aún más belleza y misterio. Los gondoleros paseaban no muy lejos, el carnaval estaba a punto de hacer vibrar cada rincón y él parecía dispuesto a disfrutarlo por primera vez.

Había hecho mis ofrendas a Madre y Padre, dejando nuevos ramos de lirios a los pies de Akasha, para luego cerrar aquel templo subterráneo abandonándolos sanos y salvos. Durante mi viaje por los cielos, abriendo mis brazos como si fuese un ave, pensé en mi adorado Amadeo. Aquel muchacho que me hacía sentir como Cupido y Psique.

Él era un hombre joven, aunque ya le habían arrancado la pureza y la ternura, arrojado a un mundo oscuro donde los placeres sensoriales estaban a sus pies. Un ser tan extraordinario que me hacía pintar su rostro en todos los ángeles de los murales y frescos de mi palazzo. Era mi Psique. Tenía que asumir que yo, Cupido, surgía de entre las tinieblas y que nunca debería intentar desvelar la verdad de nuestros encuentros.

Decidí observarlo, como si fuese ese dios monstruoso, mientras contenía mis desesperados impulsos por sostenerlo entre mis brazos, arrancándolo de aquel balcón abierto y llevarlo hasta el interior de uno de mis salones.

—Amadeo—dije. Mi voz sonó ligeramente severa. Intentaba aparentar rectitud y sobriedad.

—Maestro...—susurró sin girarse. Él simplemente apoyó sus manos, y por ende todo su cuerpo, contra la balaustrada. Sus ojos estaban clavados en el perfil de los edificios colindantes, los cuales tenían ya algunas luces apagadas. Los candiles de algunos cuartos, así como las velas y hogueras, parecían querer acompañar al millar de estrellas en aquella despejada noche—. ¿Algún día me contaréis la verdad?

—¿Cuál verdad?—pregunté desde el alfeizar.

Allí estaba con la luz sinuosa de la noche cayendo sobre mí, a mis anchas espaldas una rica habitación bellamente decorada con numerosas obras de arte de indistinto valor, y él frente a mí convertido en el pecado mismo. Cualquiera hubiese caído a sus pies besando sus pequeños zapatos, acariciando sus minúsculos tobillos y subido hasta sus tentadores muslos que quedaban ligeramente cubiertos por aquel pequeño pantalón celeste. Vestía con los colores que yo le exigía, como si fuese un muñeco. Era hermoso. Jamás había visto a un ser como él rondando el mundo.

—La de tus pretensiones—respondió.

—¿Acaso crees que quiero algo más de ti que del resto?—pregunté por curiosidad. Necesitaba saber qué tanto pensaba. No sólo quería arrancarle la verdad de sus labios, sino arrancar

—¿No soy tu favorito?—dijo apretando ligeramente la balaustrada— ¿No soy quien te acompaña cada noche cuando vienes? ¿No he desplazado al resto?—insistió—. Soy el único que yace entre tus sábanas y se retuerce entre tus monstruosas manos.

—¿Por qué crees que eres mi favorito?—sonreí con sorna.

Era hermoso. Poseía un aura torturada que ningún otro muchacho que yo había rescatado tenía hasta aquel entonces. Riccardo me advirtió, cuando llegó a la escuela, que él robaría mi corazón. Debía decirle que tenía razón. Tenía que admitir ese chico espigado y rápido con las manos, como gran ladrón y pintor, había cumplido su profecía punto por punto.

—He visto el lienzo, maestro. He visto lo que has estado pintando, el arte que has creado de la nada, y que me ha hecho llorar como si estuviese ante Dios mismo—replicó.

—La Tentación...

Me enfurecí. Él no debía ver mis obras si yo no las mostraba. Había cometido el pecado de entrar en mi estudio, de puntillas, para poder hacer de las suyas. Quebró la disciplina y rompió mi confianza por fisgonear una obra.

—Te pedí que me pintaras con alas negras—admitió—. Quería ser tu ángel caído.

—¿Y bien?—pregunté contenido.

—Ahora deseo ser algo más. No sólo quiero ser tu ángel, sino el único que gobierne tu corazón.

Mi corazón lo había destrozado Pandora. Un corazón que siempre latió por ella y que despreció en el momento que huyó de donde vivíamos. Me marché para combatir a temibles enemigos, consiguiendo así que nuestro hogar fuese seguro, y ella decidió abandonarme. No me esperó. No quiso ser mi Penélope, pero éste Ulises jamás se lo perdonará.

Deseaba amarlo sin miedo, como cuando uno es joven y desconoce por completo los riesgos del amor. Pero yo ya conocía demasiado bien a ese ladrón de esperanzas, a los sueños quebrados, las estatuas imperfectas y los caminos intrincados que no conducen a nada. Había averiguado que el amor es como ser un Minotauro en el laberinto, sin saber jamás su salida, corriendo de un lado a otro arrastrando las heridas y admitiendo que la única libertad es matando ese sentimiento. Si bien, no lograba hacerlo. Seguía amando a Pandora, y a él también. Por supuesto que lo amaba.

Ella era un imposible y él era tan real como las baldosas de mármol blanco que estaban bajo mis pies. Me pedía algo que ya ocurría, pero que me negaba a demostrar. Él era mi talón de Aquiles y temía que si se hacía real, que si todos comprendían hasta que punto era débil a su lado, fuésemos atacados por mis enemigos o por el destino.

—Qué sabrás tú de mi corazón... —murmuré.

—Quizás más que de todas esas materias que me obligas a conocer. Tal vez más que tú mismo.

Se giró hacia mí con esas palabras aún rozando sus labios. Miré su rostro, dulce y atractivo, mientras las ropas de príncipe veneciano se veían más soberbias en él que en nadie más. Deseé desnudar su cuerpo y destrozar su piel con terribles caricias, ardientes besos y complacientes mordiscos. Sin embargo, tenía que dejar que otros lo tocaran. Podía tener el miembro duro como una piedra, como una de las numerosas esculturas que pueblan la ciudad, pero no parecía tener función alguna.

La frustración siempre iba en aumento. Sobre todo en esas discusiones sobre el amor, la verdad, el sexo y el placer. Cuando debatía sobre mi amor por él comparándome con sus amantes, con sus pútridos borrachos de bar, terminaba desquiciado porque detestaba que otros gozaran de una piel creada para el pecado.

—Amadeo, te ruego que no prosigas—dije.

—¿Acaso no quieres escuchar la verdad? ¿A qué temes, maestro?—se sentía victorioso y eso me molestó.

—¡Basta!—grité.

—¡Estoy cansado de tu egoísmo!—al decir aquellas palabras encendió en mí la cólera.

Su rostro de querubín se torció en una mueca de miedo, sobre todo cuando mis manos le echaron el guante y lo arrastré hacia el salón. Intentó forcejear en vano, agitando su cabeza llena de onduladas llamas. Parecía que iba a ser decapitado, quemado en la hoguera o simplemente atravesado. Pero no, iba a tener una tortura distinta. Enseñaría disciplina con un método que él bien conocía.

—¡No! ¡Por favor! ¡Lo siento, maestro! ¡Maestro! ¡No!—decía intentando huir.

Mis largas y fuertes uñas, tan puntiagudas como resistentes, destrozaron sus delicadas prendas. Él comenzó a sollozar mientras comprobaba que en mi cinto, cerca de mi cadera, llevaba mi látigo de cuero trenzado negro. Sus ojos se abrieron enormemente, sobre todo cuando me quité la correa de mis prendas para intentar atarlo. Coloqué sus brazos de escasa, aunque definida, musculatura al frente y pegué las muñecas a la misma altura, después usé el cinturón a su alrededor y logré maniatarlo. Él sollozaba bajo, arrastrándose como lombriz sobre el mármol, mientras mi brazo derecho se alzaba y bajaba enérgico. El sonido siseante del látigo crujía en sus oídos, del mismo modo que las diversas colas impactaban contra sus nalgas, espalda baja, omóplatos cruz y hombros.

Él dejó de llorar. En algún momento cambió el dolor por el placer. Se giró hacia mí, alzando el rostro con los ojos llorosos y emitió un largo gemido. Después agachó de nuevo la cabeza y comenzó a besar mis pies, los cuales llevaba envueltos en unos zapatos rojos de tacón bajo y hebilla dorada.

No dudé en dejar el látigo y tomar una de las velas encendidas en los largos candelabros de hierro. Me apasionaba la luz, necesitaba la luz. Aunque fuese un vampiro no era un hombre que amase las tinieblas. Me regodeaba en la riqueza y la deseaba contemplar sin escatimar gastos. Empujé su cuerpo lejos de mis pies, echándolo hacia atrás, permitiendo que su rostro quedase frente a mí y su espalda, salpicada de profundos cortes, se pegara al frío y desnudo suelo.

—Aprenderás del dolor—dije alzando mi brazo derecho, con aquella vela encendida en mi mano, e hice que la cera sobrante, la que se había derretido por la llama, cayera sobre sus pezones y vientres. Él, de inmediato, gimió alzando sus caderas.

Mientras se retorcía en el suelo, mostrando su convulsivo e inapropiado deseo, me desnudé mostrando mi miembro erecto. Estaba ahí, como si fuese mi brazo o mi pierna, sin sentir nada. Sin embargo, él lo codiciaba como lo haría cualquier joven. Recordé mis tiempos de niño, en los cuales mi maestro me enseñó el arte del amor. Un arte que perpetué con él, pues el amor más puro no es hacia una mujer sino hacia un hombre porque son tus iguales en cuanto al deseo y a las zonas de placer, las cuales provocan que se enlacen nuestros cuerpos al mismo ritmo que nuestras almas. Y él aprendería eso de mí, aunque yo no sintiera nada.

Sus cálidas y estrechas nalgas, pese a lo usadas que podían estar, me recibieron con deseo. Él me miró complacido, alzando aún más las caderas, mientras le tomaba del cabello y echaba hacia atrás su cabeza. Su cuello quedó al descubierto, largo y de carne blanda, provocando que lo mordiera para beber unos sorbos de él. Mis caderas se movían firmes y violentas, las suyas soportaban cada embestida insinuándose con un ligero baile contrario. Tenía los muslos cálidos, el miembro erecto y la boca llena de jadeos, gemidos y palabras sucias.

Era como ver a un ángel cayendo en los placeres de la carne, como si la tentación de cada una de sus curvas envueltas en esa piel cálida y suave, de muñeca de porcelana, fuera demasiada para un Dios que parecía ciego y sordo. El mismo Dios que se regodeaba ante la maravillosa visión de su cuerpo retorciéndose como la propia serpiente del Paraíso. Sus labios estaban teñidos de rojo, por la presión de sus dientes y porque su lengua, de vez en cuando, se pasaba por ellos para humedecerlos con la punta.

—Soy una furcia—admitió—. Pero furcia un sólo hombre, de mi maestro.

Callé sus plegarias con un beso profundo, ofreciéndole parte de mi sangre mezclada con la suya, y logré que eyaculara. Aquel chorro caliente manchó ambos vientres y logró que se sosegara. Parecía que le faltaba el aire, que sus dedos de rompían mientras los apretaba, y sus talones se pegaban a las baldosas mientras su pelvis se pegaba más a la mía. Esos espasmos fueron deliciosos.

Pese a todo no estaba conforme. Jamás lo estuve cuando teníamos diversos encuentros. Me levanté del suelo y caminé hacia la puerta, la abrí y llamé entre gritos a Riccardo. Él se presentó ante mí, con las manos ligeramente manchadas de sangre y sus cabellos castaños revueltos sobre su frente.

—Haz que goce—indiqué señalando a Amadeo, el cual aún se movía complacido a pocos metros.

El muchacho no preguntó, pues más bien se sintió poderosamente atraído por aquel espectáculo. Se bajó los pantalones y ofreció su miembro. Mi dulce Amadeo se abalanzó como una fiera, postrándose frente a él para deslizar su lengua por su glande, hasta la base y de la base al glande. Comenzó a succionar perdiendo el control con rapidez. Y Riccardo echó la cabeza hacia atrás, enredando sus largos dedos en los cobrizos cabellos de su compañero. Mis jóvenes discípulos disfrutaban entregándose uno al otro. De hecho acabó colocando a mi erótica tentación frente a mí, postrándolo de rodillas y logrando que pegara su torso al suelo.

—Maestro...—balbuceó Amadeo.

—Penétralo—ordené a Riccardo mientras recogía mis prendas.

El muchacho cumplió mis órdenes. Penetraba a Amadeo tirando de sus cabellos, azotando sus nalgas, arañando su, ya de por sí, maltrecha espalda y dejando que sus caderas perdieran el control. No duró demasiado. La eyaculación fue casi inminente. Amadeo también llegó al éxtasis final, pero apenas manchó el suelo.

Por mi parte, ya me había vestido y antes que preguntaran, se miraran mutuamente reconociendo en ambos el placer de aquel instante, había decidido irme en silencio ayudado por mis poderes. Me marché porque algo en mí se quebraba cuando otro lo tocaba, pero necesitaba que comprendiera la opulencia y los placeres de ésta vida.  

sábado, 15 de agosto de 2015

Pesadilla del pasado

Amadeo y Marius eran el uno para el otro, pero el fuego lo consumió todo. Reconozco que debí escuchar mejor la historia de aquel vampiro que me hizo la vida imposible...

Lestat de Lioncourt


—Estoy cansado de ti, de mí y de todo—dijo de pie sosteniendo la máscara que yo le había obsequiado.

Vestía con unas prendas encantadoras, hechas a medida para él, en tono celeste con bordados dorados. Parecía un ángel con aquellas medias blancas, esos zapatos de tacón azul con hebillas resplandecientes y esa pequeña capa elegante, en un tono un poco más oscuro que el celeste de sus restantes pendas. El pañuelo blanco de su cuello realzaba éste, así como le daba un poder mágico, como el fuego de una cálida hoguera, a su pelo. Venecia derramaba su encanto en un carnaval demasiado pecaminoso, las calles estaban a rebosar de almas que arderían en sus infiernos personales y bajas pasiones, y se podía vislumbras tras los arcos de piedra que había tras él. Era mi palazzo, el lugar donde lo hice mío mil veces y susurré cientos de veces que le amaba. Ese encantador lugar. Volví a mis recuerdos.

—Siempre me decepcionas... —susurró trémulo con lágrimas en los ojos. Oh, aquellos ojos. Eran ojos humanos. Las lágrimas eran translúcidas y saladas. Podía oler su cálida sangre bombeando en su tierno y joven corazón. Deseaban envolverlo entre mis brazos y decirle que le amaba.

—¡Yo te amo, Amadeo!—grité despertándome en mi gigantesca cama de satén rojo, envuelto entre mis sábanas y mi soledad.


Era una pesadilla recurrente. Daniel estaba ya levantado, pese a su juventud, construyendo alguna de sus maquetas. La nieve se acumulaba fuera. El mundo parecía un cementerio frío y terrible. Mi mundo, el mundo que conocí entre pinturas y cálidas conversaciones, se había convertido en fuego y olvido hacía mucho tiempo. Odiaba a Santino. Necesitaba vengarme de él. Quizás, al encontrar aquel día a Thorne, por eso terminé provocando que aquel amable vikingo lo destruyera.  

jueves, 13 de agosto de 2015

Mi amado ángel

Pues creo que Marius se está arrepintiendo, aunque dudo mucho que Armand ceda ésta vez.

Lestat de Lioncourt


Eres una composición erótica casi irreal. Puedo contemplar tu estrecha espalda y tu delicada cintura recostada sobre el mar de seda rojo de mi cama. Contemplo tus cabellos de fuego rozando tus mejillas llenas, arrobadas, y tu boca generosa, tan trémula, que suspira mi nombre mientras tus ojos castaños, y enormes, me miran fijos con una súplica imposible de desoír. Te he pintado en mis sueños miles de veces, pero también en cada lienzo en blanco, como la espuma del mar, que se extiende frente a mí. El murmullo de las aguas estancadas, el zumbido de los insectos, el movimiento de las barcas y las conversaciones nocturnas se propagaban como una mecha. La luz era tenue y tú resplandecías como un ángel.

Recuerdo tus carnes tiernas, tu calidez y como me recibías con esos besos ardientes, tan complaciente y sumiso a todas mis ideas. Cuando llorabas parecías un querubín misericordioso. Tus labios murmuraban injustas quejas y yo te callaba con los besos más frívolos que conocía. Torturé tu alma haciéndome desear y esperar, conquisté tus piernas con salvajes juegos y permití que mi látigo marcara tu espalda como si fueras un juguete. Era despreciable, pero así me amabas. Reconozco que me comporté como un estúpido, aunque no parecías tener quejas algunas. Me amabas. Era un amor tóxico y lleno de lujuria. Caprichoso muchacho, erótico ser, con un alma atormentada como la mía y con un deseo insaciable de ser amado. Y te amé. Juro que te amé. Cuando pintaba tu cuerpo lo acariciaba con el pincel, murmuraba poseías mientras dejaba que mi lengua rozara tu sexo y permitía que tú me tomaras del rostro escuchando de mis labios las palabras que tanto esperabas.


Amadeo, el mundo que conocimos se ha destruido. No quedan siquiera cenizas o lágrimas en el lugar donde yacimos. Todo lo que tuvimos ha desaparecido, ¿pero también lo inmaterial? Ya no existe ese cuarto, ni las numerosas pinturas, tampoco el olor a óleo, las caricias crueles, el tortuoso látigo y mis fríos ojos contemplándote como a una presa, pues eres un igual con un instinto animal similar al mío. Pero, ¿ya no existe nada entre los dos? Sigo amándote, pero es un castigo terrible ver que no eres el mismo. Muestras un lado perverso que no sé cómo controlar y eso me aterra. Ya no eres inocente. La edad de la inocencia se nos fue entre los dedos.  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Lirios

Marius recuerda la situación de Amel de hace unos años en éste texto. Por favor, recordad los lirios.

Lestat de Lioncourt

Brasil era muy distinto a la Europa que tanto añoraba. El mundo estaba más consumido y deteriorado, las diferencias eran más palpables y podías encontrar cierto encanto incluso en los ritmos más populares. Todo era distinto. Era una flor salvaje al otro lado del océano, un infierno de pasiones desmesuradas y que se diseminaban a lo largo de la costa que tanto me complacía. Allí, en aquel lugar, Daniel era feliz. Él parecía haber recobrado el ánimo y olvidado al fin el terrible suceso que lo hundió en la oscuridad de su mente. Ya no era el muchacho enajenado, sino el joven periodista cargado de curiosidad y deseo de vivir en plenitud.

Allí, alejado de las viejas catedrales y recuerdos de la gloria de Roma, recordaba las noches venecianas como si fueran un fantasma cruel y déspota. No podía dejar de sentir insaciables deseos de recuperar el tiempo perdido, el cual parecía haber engullido las arenas del desierto donde hallé a Padre y Madre. Las imágenes del santuario que construí para ellos, a las afueras, se repetían como las campanas de media noche. Venían a mí recordándome todo el sufrimiento que padecí por mantenerlos a salvo de la secta que dirigía Santino. Y entonces, como de la nada, aparecía su rostro de piedra y los lirios. Eran los mismos lirios que pintaba en las fachadas de las casas abandonadas, igual que los jóvenes rebeldes que imprimían sus dichosas pinturas urbanas en tierra hostil.


Los lirios. No olvido los lirios. Ahora comprendo el significado de aquellas imágenes. Sé porqué todo ocurría de ese modo. Entiendo el motivo por el cual no me sentía solo. Él estaba allí, como siempre estuvo, escrutando mis recuerdos y seleccionándolos para que no pudiera escapar de ellos. Me hizo prisionero de mis sentimientos y finalmente logró que todos entendiéramos su dolor... ¡Pero fue a un precio terrible! Todavía puedo percibir el miedo.

sábado, 6 de junio de 2015

Mi hermano

Armand y Riccardo... recuerdo algo de su historia por lo que contó en sus memorias. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo su rostro joven y jovial, así como sus profundos ojos castaños y su espeso cabello rizado y negro. Era un muchacho sumamente atractivo, aunque no destacara por una belleza exótica afín a la época. Riccardo se convirtió en mi hermano, mi guía y el corazón más puro que jamás había logrado encontrar en otro ser. Sostenía mis lágrimas, pero también celebraba conmigo las escasas alegrías y los conocimientos que iba adquiriendo. De no haber sido por él posiblemente jamás habría conseguido reponerme al horror y la miseria, pues me sentía abandonado y perdido pese a los cuidados de Marius.

Tenía dotes de líder. Él lograba que todos los muchachos obedecieran las órdenes de nuestro maestro, pero también se preocupaba por la seguridad de todos ellos y por la tranquilidad de sus atormentadas almas. Todos allí éramos muchachos perdidos en Venecia, cuna de la cultura y la revolución en aquellos años, con ropas de príncipe y relevante belleza. Sin embargo, no dejábamos de ser niños jugando a ser hombres. Sólo éramos muchachos que deseábamos abrir las invisibles alas que todavía no nos habíamos ganado. Luchábamos contra la soledad y la angustia. Podíamos ser atormentados, pero a la vez conseguíamos conquistar la felicidad más pura con pequeños actos de camaradería y amor.

Viene a mi memoria, como una brisa fresca y agradable, uno de los últimos días que compartimos cuando yo aún era mortal. Sus brazos me rodearon las caderas mientras, con sus labios suaves y carnosos, dejaba un pequeño beso en una de mis mejillas. Era algo más alto, con un cuerpo más esbelto que el mío, y eso me ofrecía a mí cierta sensación de protección. Había discutido con Marius y deseaba llorar durante toda la noche, pero él logró hacerme sentir nuevamente en casa. Estaba a salvo. Él estaba allí. No he vuelto a sentir algo como aquello hasta ahora.


Él camina por la sala frente a mí, como si fuese un holograma perfecto. Tiene el rostro calmado, sin un ápice de odio hacia mis viejos errores, y me ofrece un último abrazo. Es un fantasma, como tantos otros que han ido surgiendo de entre la muerte y el dolor, que me ofrece su compañía. Puedo notar sus abrazos otra vez y escuchar su voz sosegada llamándome hermano. ¡Hermano! ¡Qué hermosa palabra! Creí que jamás había amado, tal y como le dije a Gregory, pero conocí muchos tipos de amor cuando era apenas un niño. Sin embargo, debido al dolor y la miseria, lo había olvidado.  

viernes, 13 de marzo de 2015

Rojo pasión

Marius y su tontería. Si lo quieres... ¡Tómalo!

Lestat de Lioncourt

Rojo como la sangre, el fuego y los amaneceres que hace tiempo perdí de vista. Rojo como la vida misma derramada en el cuello de mis víctimas. Ese rojo que es pasión desenfrenada. Un rojo que parecía llama ardiente sobre la nívea piel de leche. Quería beber su alma entregada, los miedos de sus ojos castaños y la cereza madura de sus labios de seda. Durante meses viví la pasión más pueril y pura. Una mezcla de sensaciones que me llevaron a la locura y la desesperación. Tenían razón cuando decían que él sería la perdición de vida, el sentido máximo de mi creatividad y por siempre, pese a todo, algo que no podría entender.

Tenía miedo de él. De la bestia que creé por miedo a perder. La muerte le rondaba, susurraba en sus oídos, la fiebre le hacía delirar y sus labios parecía decir adiós. Tenía miedo y el miedo se quedó instalado en mi alma, sin dejar que el hombre sabio surgiera una vez llegado el momento de la paz. Cuando yació muerto entre mis brazos, con su sangre cálida en mis venas, quise morir de pena. Sin embargo, yo sabía que lograría que se convierta de nuevo en el joven soñador y peligroso, en el pecado, en la pintura que cobraba vida y en el seductor muchachito que guiaba mis manos bajo las sábanas de seda.

Su amor me dio vértigo. Saber lo dependiente que éramos el uno del otro, como si fuésemos uno, me provocó un pavor terrible. No era capaz de aceptar el hecho que estaba vinculado a él más allá de la sangre, el tiempo y el alma. Cuando desapareció de mi vida, mientras yo temía por la mía, pensé que sería lo mejor para ambos. Creí fervientemente que lograría ser feliz. Y me equivoqué, como muchas veces lo he hecho. Erré por completo. No buscarlo fue una traición, pero eso hizo que él sea el ser que hoy contemplo.

Frente a mí, con ese rostro impávido lleno de inocencia en sus mejillas sonrosadas, parece un ángel. La maldad yace en lo profundo. Hay oscuridad en sus ojos brillantes, una oscuridad perversa. Sé que guarda la curiosidad de un niño, la juventud de un adolescente y el ímpetu de un hombre joven. Pero es un monstruo mucho peor que yo. Ha matado a miles como él. No hay cargo de conciencia en su mente, cree que hizo lo correcto y lo suficiente para sobrevivir. A veces parece distraído, pendiente de un nuevo milagro, pero sus energías se agotan y suspira esperando que yo diga algo. ¿Y qué puedo decir? ¿Lo siento? Es demasiado tarde para pedir disculpas. Ya no es el momento siquiera para discutir el uno con el otro. Ni siquiera hay que discutir algo más que las lágrimas que hemos vertido los dos. Han muerto cientos en los últimos meses, pero él parece tranquilo. Para él todo está bien mientras que aquellos que ama están en pie, luchando con uñas y dientes, esperando un nuevo anochecer.

—Amadeo...—murmuré hace un rato. Él me miró severo, pero endulzó el gesto con una ligera sonrisa.

—Llámame Armand—repuso—. Ya te dije que ese es ahora mi nombre. ¿Te acostumbrarás a ver frente a frente la consecuencia de tus decisiones?


No dije nada. Tan sólo guardé la rabia, acumulándola en algún rincón, y suspiré. Dejé que mi alma se compadeciera de mí mismo y del orgullo que poco a poco parece querer matar al amor. Pero el amor que siento por él, ese amor intenso, sigue ahí. Es un amor que jamás podré olvidar.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ataduras y latigazos para el alma.

Creo que nunca entenderé bien a estos dos ¿se odian o se mana? ¿Sólo se tienen ganas? Marius y Armand...

Lestat de Lioncourt 


He librado mil batallas conmigo mismo y en todas ellas he perdido, dejando mi mundo en ruinas y miles de lágrimas derramadas en mis mejillas. He intentado saciar el dolor que devora mi alma, pero es un monstruo demasiado sediento. Mi alma sigue quebrada al igual que mis alas, está llena de heridas que el tiempo no cerró ni cerrará, y mis ojos ilusos se han convertido en un oscuro pozo de amargura que ahogan a mis enemigos. Cuando veo mi reflejo me provoco temor. Sólo quería que me él terminara encontrándome, pues hace tiempo que me perdí. La furia anida en mi corazón impulsándome a ser cruel, destrozando a otros hasta convertirlos en cenizas, mientras avanza el deseo más terrible que pueda el mundo conocer. Soy el ángel de la oscuridad, el Peter Pan de una Isla llena de veneno y espinas.

Por eso lo busqué, como quien busca la solución a todos los enigmas en las estrellas muertas. Me convertí de nuevo en estúpida luciérnaga enamorada de un candil. Estábamos en la misma ciudad, Roma, y no me importó buscarlo entre los callejones más antiguos y las plazas más hermosas. Lo hallé en el interior del mítico “Cafe della Pace” cuyas enredaderas parecían el musgo de una vieja y romántica torre de cuento de hadas. Dentro, en completa soledad, él merodeaba a los pocos mortales que aún permanecían degustando infusiones, cafés y unos porciones minúsculos de pastel.

Me arrastré hacia él con la mirada de un cordero y la pose de un ángel recién creado. Tomé asiento frente a sus atentos y frívolos ojos. Llevaba uno de esos exquisitos y caros trajes italianos hechos a medida. Los botones del chaleco eran maravillosos, casi fascinantes, porque poseían cierto encanto igual que los de la chaqueta. El conjunto era azul marino, pero la camisa era roja como la sangre. Sus cabellos dorados caían lánguidamente como una espesa cascada de seda. Las cejas mostraban una frente relajada, sin una sola arruga, y sus pobladas pestañas se cerraban ligeramente en cada pestañeo. Deseaba tocarlo para averiguar si era una visión, un sueño o simplemente capricho del destino. Su sonrisa bondadosa apareció regalándose a este condenado. Él volvía a ser el Maestro y yo el pupilo. Sus grandes manos, siempre ambiciosas y suaves, acariciaron mis mejillas. Fue él quien me tocó y no yo.

—Deseaba hablar contigo, Maestro—sus ojos centellearon cuando escuchó ese apelativo tan íntimo. Hacía tanto tiempo que no los escuchaba de mis labios que quizás le sobrevino algún recuerdo.

—Será un placer oír lo que tengas que decirme—dijo apartando sus manos de mi rostro, para colocarlas sobre la taza de café que aún humeaba.

—Desearía hacerlo en privado—expresé mi petición con cierta urgencia en mis palabras.

—Comprendo.

Con cierta distinción sacó la cartera y dejó un par de billetes sobre la mesa. Era suficiente para ese café. No precisaba más de unos tres euros, pero allí había dos billetes de cinco. Se incorporó acomodando la cartera en el bolsillo interior de su chaqueta, para luego tomar un gabán de cuero que yacía en el respaldo de la silla. Colocó mejor la corbata de seda negra, así como el alfiler que prendía de ésta, para luego enguatar sus manos dejando ocultas sus delgados y elegantes dedos.

Mi ropa era mucho menos clásica, pues opté por algo cómodo y sencillo. Tan sólo llevaba unas zapatillas de deporte blancas con dos rayas laterales celestes, unos jeans oscuros, camisa celeste, bufanda del mismo color y chaqueta de cuero negra con el interior forrado de lana. Parecía su hijo, como en aquellos mágicos tiempos que pasamos juntos, aunque yo me sentía un extraño a su lado.

Mientras caminábamos por la ciudad, sin que yo conociera el destino con certeza, él me rodeó los hombros con su brazo derecho. Ese gesto tan cómplice provocó que olvidara la oscuridad palpitante de mi corazón. Dejé caer mi cabeza contra su costado mientras recordaba las noches de fastuosas celebraciones, con alegres conversaciones bañadas con vino y buena comida, que una vez disfruté en su compañía. Los rostros de mis antiguos compañeros vinieron a mi mente, con sus caras redondas y ojos brillantes. Todos parecían ser ángeles rodeándonos a ambos. Yo me convertí en un traidor y sólo lo hice por salvarme, condenando así mi alma inmortal.

Cruzamos varias plazas, dejando atrás destacados monumentos y emblemáticas construcciones. Seguía sin comprender hacia donde nos dirigíamos, pero en cierto momento me rodeó y nos alzamos por los cielos. Pude sentir sus guantes de cuero rozando sinuante mi nuca, hundiéndose entre mis espesos cabellos pelirrojos, y permitiendo que jadeara pensando que un largo y terrible beso se avecinaba. Sin embargo, sólo me estrechó hacia él con fuerza, como si quisiera fundirse conmigo. Me abracé a él ocultando mi rostro en su torso. Temía caerme por la velocidad que alcanzó nada más sentirse libre de cualquier mirada indiscreta. Al abrir los ojos y sentir el suelo bajo mis pies, de forma firme y segura, vi la vieja ciudad de Venecia. Allí donde todo empezó. Estábamos frente a uno de sus destacados palacios venecianos.

El portón, pesado y tallado con hermosos motivos renacentistas, se abrió sin necesidad de llamar al servicio. Sentía que Baco me miraba con lástima y las enredaderas del marco, tan hermosas, sollozaban por la condena que estaba a punto de aceptar. En su interior todo parecía estar igual que la última vez. Los viejos frescos cubrían gran parte del salón, aunque varios muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Era una casa vacía. Nadie podría oírnos entre sus altos y gruesos muros, frescas estancias y maravillosos objetos ocultos al ojo humano.

Las escaleras de mármol parecían descuidadas, pues el polvo se acumulaba en la barandilla de madera y algunas telarañas, aunque aún diminutas, comenzaban a formarse entre los escalones. Las ventanas permanecían cerradas y las cortinas echadas. La gran alfombra que cubría el hall estaba ligeramente descolorida, aunque seguía igual de hermosa. Las flores de la alfombra aún tenían vida propia aunque la lámpara que colgaba elegantemente del techo, como si fuera una araña de un resistente hilo, no estuviese encendida.

—Acompáñame—ordenó con un tono quedo.

Sabía que me conduciría hacia una de las habitaciones inferiores. No había estado por esos fríos y húmedos pasillos desde hacía varios años. La vivienda no estaba habitada. Él ni siquiera había pedido que la mantuvieran aseada. Pero sabía que seguía usando esos pasillos estrechos, laberínticos y oscuros para sus perversiones. Cierta rabia se apoderó de mí, pero me controlé. Mis celos eran estúpidos, baratos y sencillamente no me harían disfrutar de sus caricias como correspondía.

Me guió por varios pasillos, nos movíamos como las viejas ratas de Santino, y al llegar a una puerta, más parecida al de una celda que al de una estancia confortable, él se detuvo. Ni siquiera había escuchado los motivos por los cuales le había buscado. Sólo había ido allí, junto a mí, esperando que me ofreciera como una virgen en sacrificio.

—Hablaremos después—dijo.

Sus manos enguatadas se desnudaron, para posarse sobre el cierre de mi chaqueta. Mi ropa comenzó a caer a mis pies. No opuse resistencia ya que él me besaba y anulaba cualquier instinto. Sus labios eran pura seda derramándose contra los míos, oprimiendo con fuerza mi boca mientras hundía su lengua. Un par de lágrimas se desplazaron por ambas mejillas, llegando a rozar mi mentón y correr por mi garganta.

Cerré los ojos mientras lo besaba y permanecí de ese modo cuando aquel delicioso momento finalizó. Él se giró abriendo la puerta. Era pesada, de plomo, y tras ella se hallaba un palacio de perversión y belleza. Una ráfaga de aire encendió cada una de las velas, ya fueran las que yacían en el suelo o en candelabros. Me tomó de la mano y tiró de mí, provocando que contemplara fascinado cada rincón.

Las baldosas de ese lugar eran de oro, la cama gigantesca cama que yacía en el centro tenía sábanas de seda roja, los almohadones poseían unos encantadores bordados de hilo de oro y allá donde miraba había objetos con los cuales torturaba a las víctimas de sus juegos. Existían varios diván, también forrados en rojo y de madera pintada con pan de oro, y un par de mesas con látigos y fustas diseminados sobre la elegante superficie. Oro, mármol, madera noble y seda. No existían ventanas, pero había varias cortinas que cubrían los muros de la estancia. No eran muros desnudos, sino que poseían fabulosas visiones del paraíso y el infierno. Dios se asomaba con la belleza y el poder necesaria, señalando a los impuros, mientras que el Demonio sonreía fascinado por la sodomía y los lujuriosos actos humanos. Parecía la cúpula de una iglesia extraña. Los frescos tenían un aire renacentista puro.

La puerta se cerró.

Se marchó hacia una de las mesas, hurgando entre sus cajones, para luego aproximarse hasta donde yo me encontraba. Llevaba un anillo de cuero similar a una soga, el cual reconocí de inmediato. No dudó en colocarlo en mi sexo abarcando mi pene y testículos.

—Maestro...—dije esperando alguna reacción de su parte. Deseaba ver nuevamente esa sonrisa, pero lo que tuve fue un bofetón.

Me obligó a quedar de rodillas tirando de mi pelo, zarandeándome como si no mereciera su amor, para luego apartarse. Sus pasos sobre aquella fría superficie de placas de oro, tan perfectas como grotescas, sonaron firmes. Sin embargo, se detuvo en uno de los diván que allí se encontraba. Sin mostrar cambio alguno en él sacó su miembro de entre sus prendas y me mandó llamar.

Esta vez no cometería fallos. No pronuncié palabra alguna. Me arrastré por el suelo hasta quedar entre sus piernas. El tomó su miembro desde la base y aproximó su glande a mi boca, pero no me penetró. Rozó mis pómulos, carnosos labios y mentón.

—Tengo algo más para ti—su tono de voz era severo, muy varonil. Siempre me había parecido un encantador de serpientes, pues podía manejar sus palabras de forma tan sutil que acababas siendo su esclavo. Mi alma y mi cuerpo le pertenecían cuando sus cuerdas vocales vibraban. Aún soñaba con sus hermosas canciones y poemas, los cuales se perdieron en el tiempo para no volver.

En la mesa no sólo había tomado esa pequeña cuerda, sino que en su bolsillo derecho había ocultado algo más. Era un bozal para abrir mi boca. El aro metálico entró en contacto con mis labios y mis dientes, quedando tras estos, mientras que la correa de cuero rodeó mi cabeza y se adaptó al tamaño de la misma gracias al cierre similar al de una correa. Con delicadeza se desanudó la corbata, la deslizó de entre el cuello de su camisa y la colocó sobre mis ojos. Sus dedos eran hábiles y sutiles.

Pude escuchar como se movía sobre el diván, posiblemente hacia la mesa auxiliar adjunta. Era una mesilla dorada, muy elegante y simple, que poseía un par de bandejas ligeramente despejada de objetos. Sólo había unas sogas rojas, posiblemente tejidas por nuestra amada y desaparecida Maharet, un par de consoladores anales cónicos con el cuello final más estrecho, para que así no pudiesen salirse con facilidad, y que terminaban en cola de animal, así como varias plumas de pavo real y apliques para los pezones.

Mis manos pronto se vieron atadas, con mis brazos a la espalda, y mi entrada, aún estrecha, acabó aceptando de buen agrado uno de los consoladores. Mis pezones sintieron la presión de las pinzas, pero antes él los pellizcó hasta la saciedad. Me dolían. Sin embargo, era un dolor tan placentero que no dudaba en gemir ahogado, porque a penas podía hacerlo con el bozal.

—Mi amor es tortura, Amadeo—pronunció ese nombre que yo ya había olvidado, provocando que un resorte en mí se activara.

De inmediato me tomó de la nuca y me penetró la boca. Él se había incorporado del diván y movía sus caderas enloquecido. Podía notar el cierre del pantalón golpeando mi nariz. Se movía brusco, profundamente y sin consideración. Mi lengua se enroscaba contra su piel sensible, agarrado como podía su miembro. Sus testículos golpeaban rítmicamente mi mentón creando cierta percusión, como si alguien tocase la puerta del infierno. Sus jadeos se expandían por toda la sala, del mismo modo que la luz de las velas. Yo no podía ver su expresión, pero la imaginaba. Sabía que sus ojos fríos eran aún más demandantes y que el placer le sucumbía.

Acabé arrojado al suelo de un bofetón. Mi mejilla ardía cuando logré acariciarla, pero sabía que no sería el último golpe. Se acercó a mí asechando. Escuché la ropa caer cerca de mí, para luego sentir sus dedos recorriendo mi cuerpo. Podía notar las yemas de estos jugando con cada trozo de mi joven musculatura.

Decidió cambiar de bozal. Acabé con el típico de una bola que me evitaba hablar, morder o gemir. Me sentía anulado, pero no desafortunado. Sabía que era un juego terrible a la vida de cualquiera. Los ojos comunes se escandalizarían por el trato, pero yo estaba deseando sentir la fusta y el látigo. De hecho, después de saborear y merodear mi figura, pude sentir el primer latigazo.

Escuchaba con atención cada movimiento de este cortando el aire, la exclamación de placer que brotaba de sus labios, el ligero temblor de mis carnes por el impacto y la sangre salpicando el suelo. Todo era magia. Una magia perversa que me alejaba de cualquier dolor encerrándome en una torre de placer, satisfacción y lujuria. Cada latigazo me hacía arquear la espalda logrando que mi alma se retorciera de placer.

De una patada me giró logrando que mis cabellos, que comenzaban a pegarse por la sangre y el sudor sanguinolento, cayeran desparramados sobre el suelo. Mi torso quedó frente a él, mis piernas estaban arqueadas y mi miembro palpitaba sin poder llegar al brutal orgasmo que él me estaba provocando. Sin mediar palabra me lanzó la cera de varias velas cercanas, no sin antes ofrecerteme nuevos azotes. El látigo se hundía en mis carnes duras. Era una estatua de mármol lacerada y ajada por el tiempo, o al menos eso parecía. Mi piel nívea estaba salpicada por el sudor, los surcos de los latigazos y las gotas que se expandían de las heridas antes de comenzar a cicatrizarse.

Cuando los latigazos acabaron vinieron las mordidas. Una de ellas provocó que perdiera parte de la carne de mi muslo derecho. Después, con toda su fuerza bruta, me agarró de las caderas, sacó el juguete y me penetró. Sin embargo, descubrí entonces algo que me escandalizó y a la vez me hizo morir de placer. Llevaba puesto un cinturón especial que le aportaba un segundo miembro. Él me estaba regalando una doble penetración. Mi cuerpo entero tembló estallando en una brutal ola de deseo. Si bien no podía gritar, ver o arañar. Sólo podía sentir. Lloraba empapando su corbata, mis cabellos largos, como los de un ángel, rozaban mi torso y rostro completamente empapados y mis caderas, con los huesos fracturados por culpa de su brutal agarre, se movían a duras penas mientras él me taladraba sin peso en su conciencia.

En cierto momento se compadeció y me quitó la mordaza, así como de la venda improvisada que cubría mis ojos, logrando que mis gemidos agudos, casi como los de una mujer, cantaran su nombre repetidas veces. Mis ojos se aferraron a los suyos. Eran fascinantes. Poseía la mirada Diablo, pues hechizaba con su poder. Me sentía en medio de un jardín paradisíaco donde Dios era el más retorcido de sus hijos y el pecado era virtud.

Acabó incorporándome, tomándome del pelo con fuerza, para dejarme nuevamente arrodillado. Se liberó del cinturón y se masturbó frente a mí. Un chorro cálido de esperma bañó mi rostro cayendo parcialmente en mi boca abierta, como si fuese un delicioso manjar, mientras le miraba completamente subyugado.

—Libérame—balbuceé.

Él se inclinó lamiendo parte de su esperma y me lo ofreció. De ese modo calló mis súplicas mientras desataba mis manos. No tardé en rodear su cuello con mis manos, hundiendo mis uñas en su espalda ancha y dura. Sus dedos, largos y ligeramente fríos, desataron mi pene y me ayudó a llegar a una poderosa eyaculación. El suelo quedó salpicado, igual que mi vientre y el suyo. Ambos de rodillas, uno frente al otro, besándonos como dos amantes entregados me hizo olvidar todos los reproches, el rencor y la soledad que seguía anidando en mi corazón. El mismo dolor que perforaba mi alma.

—¿Me amas?—logré decir exhausto. Mi cuerpo parecía el de un muchacho débil, casi enfermizo, que era incapaz de mover con coordinación sus miembros. Caí sobre su torso, mucho más ancho y musculoso que el mío, notando ese dulzón aroma que siempre poseía gracias a sus perfumes y esencias.

—Podría decirse que sí—dijo arrancándome parte de mi corazón. Sus palabras crueles volvían como si el látigo aún siguiera sonando—, pues por algo acepto tu compañía e imploro tu perdón en cada encuentro. Mis celos son terribles, Amadeo—volvió a llamarme como cuando era sólo un niño en sus brazos. Sus labios se posaron sobre los míos y un beso fiero me hizo perderme otra vez.


Sí, me amaba. A su modo me amaba.  

sábado, 25 de octubre de 2014

Amistad

Es una bonita forma de decirme que me quiere... eso creo. ¿No creen que lo es? Lean ustedes mismos la carta de Armand.


Lestat de Lioncourt


Fue duro observar como todo mi mundo se derrumbaba. Aquel cretino, ese maldito idiota, había quebrado mi fe y destrozado aquello que me sostenía. Las columnas de mi reino se convirtieron en cenizas y no quedó nada. Me convertí en un ser errante, sin futuro ni nada en lo que aferrarme. Decidí trazar mi venganza y acabar con su soberbia. Quería aplastar esa fuerza que él poseía, pero no me percaté que yo no era enemigo alguno para la verdad. Una verdad que te arrasa y secuestra el alma.

Me vi encadenado a su verdad. El misterio de su voz se alzaba por encima de cualquier otra. Recordaba cada palabra como si se hubiese escrito con fuego. Me abrasaba la idea de conocer los infiernos en pleno paraíso parisino. Los cafés, las mujeres con sus pelucas empolvadas, el perfume que salía de sus escotes, el ruido de los carruajes, las risas joviales de los borrachos, el murmullo de los poetas, el último grito de un alma condenada al fracaso, la música que estaba en todas partes, el lento transcurrir de unos pasos cansados y todo, absolutamente todo, lo que era París me envenenaba el alma. Recordaba Venecia, con aquellos canales de agua estancada y las casas casi hundidas en el mar. Las luces, las sombras, las máscaras, el olor de la pintura al temple, las fiestas, el sabor del vino, el placer de la carne y el bocado apetitoso de un dulce en medio de una sobremesa. Era un sentimiento de abandono que me arrancaba el alma a pedazos. Sólo quedaba la silueta de aquello que fui. Una silueta emborronada que recordaba lo que fui, y lo que nunca volvería a ser.

Siempre llevaría conmigo un hueco en mi pecho que nadie lograría calmar. Un hueco que se convertiría en un pozo de odio irracional. Busqué mi venganza. Luché por no arder en el infierno inapropiado de las llamas de mi propia hoguera. Ataqué en los puntos más débiles de su alma en cuanto pude. Su ego y su amor. Toqué las cuerdas del arco del violín y aplasté su pasado. Sin embargo, él era distinto. No estaba a atado a leyes o razones. Su corazón era demasiado fuerte. Esa fortaleza provocó que lo amara aún más. Mis deseos se volvieron turbios. Mi dolor se intensificó.


Sé que de algún modo me ama. Puedo ver en sus ojos la diversidad de sus sentimientos. Del mismo modo que yo me he entregado rendido al deseo de ser parte de su vida. Quizás ese es nuestro único fin. Es eso lo que nos ata y arrastra. Un amor que se fortalece con el paso del tiempo, que se guarda en silencio, y se alza con una camaradería extraña. Insisto que me sigue molestando su actitud, pero hemos llegado al acuerdo de comprendernos con tan sólo echarnos un vistazo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt