Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 30 de septiembre de 2015

Maestro

Armand y Marius, Marius y Armand... ¿cuándo aprenderán éstos dos?

Lestat de Lioncourt

No cambias. Pase el tiempo que pase, jamás lo harás. Te mantendrás como un dios soberbio, con los ojos fríos llenos de belleza y sonreirás como si lo supieras todo, aunque eres un pobre diablo como el resto. Serás el hombre perfecto, pero en realidad sólo eres emperador de tus malas palabras. Has fracasado miles de veces, aunque cubres bien tus tropiezos. Yo, sin embargo, sigo siendo el niño interesado por todo y por nada. Me he convertido en una especie de excéntrico que se conmueve con nuevas experiencias, por nefastas que puedan llegar a ser, mientras tú te mueves en tu mundo lleno de arte y prepotencia.

Desearía pintar en tus labios palabras dulces, amables y apasionadas sobre mi persona. Amaría volver a vestirme con mis viejas alas negras y alzar mi rostro aniñado con la chispa de la inocencia perdida. Porque he perdido y lo seguiré estando. Jamás encontraré la luz, pues mi mundo es oscuro. El tuyo carece de sombras, pues éstas vinieron conmigo.

¿Qué ha sido de nosotros? Somos un viejo borrón en la historia. Nos hemos convertido en dos desconocidos. La dureza de tu carácter es distinto a tu corazón sensible y apasionado, pero ya estoy cansado de intentar acercarme a ti. Me rechazas y yo me he convertido en una estatua de mármol quebradizo. No depositaré más sueños en ti.


Maestro... lo fuiste todo para mí y yo hubiese hecho cualquier cosa por ti.  

viernes, 13 de marzo de 2015

La sombra de tu amor

Puedo comprender que Armand siga amándolo pese a todo. A mí me ocurre con Louis, Nicolas y Rowan... 
Lestat de Lioncourt


Hay vidas que parecen comenzar justo cuando se llega a los infiernos. Palpé la oscuridad de las almas con mis dedos, paladeé su hiel y comprendí que cada lágrima derramada era un metro más de tierra sobre mi cadáver. Quizás es demasiado fácil arrancarle las alas a un insecto, observar su agonía y disfrutar de su muerte. La tortura es fácil y deliciosa. A mí me confundieron con un insecto fácil de aplastar, pero tras más de cinco siglos el germen oscuro sigue imperando en mi sangre. Conocí el ritual del dolor antes de apreciar el amor, pero hay que ser valeroso para sostenerlo. La cobardía, propia o de otros, pueden hacernos flaquear y precipitarnos hacia un desolador barranco donde sólo hay zarzas ardientes.

Era un muchacho estúpido. Creía que Dios tenía un plan para mí. Tal vez es cierto que posea uno, pero no me atrevo a seguir sus pasos ni a codiciar nada más allá de lo material. Tal vez me he convertido en un impúdico, un diablo, un ser que se embriaga con placeres y manjares propios de una serpiente enroscada en un manzano. Pintaba obras, algo rusticas, como si eso fuese lo único que debiese hacer en la vida. Muchos alababan mi talento, mientras en sus celdas codiciaban mi cuerpo. Las miradas bondadosas de los monjes, a los cuales tenía pensado destinar mi tiempo y ser uno de ellos, las veo lascivas.

El gélido frío de la nieve es algo que recuerdo vivamente. Creo que guardo para su pureza, y belleza, un hueco diminuto en mi pútrido corazón. Todavía hay en mí cierta fascinación por los copos cayendo, amontonándose en el suelo y cubriéndolo todo. Admito que es una escena que no puedo olvidar. Durante un tiempo borré de mi memoria cada instante, pero en estos momentos sé quien soy y las cosas terribles que he hecho.

El amor es algo necesario. Gracias al amor olvidamos las heridas más terribles, los actos más salvajes y perdonamos de corazón. Por eso se dice que Dios es amor. Las madres saben dar amor a sus hijos, ofreciéndoles lo más sagrado y puro que conocen. En cada gesto que estas nos proporcionan nos muestran el camino hacia la felicidad, el olvido y la paciencia. Jamás he podido pensar que Dios tiene un sexo determinado. Creo firmemente que es parte de nosotros y que nosotros, pese a nuestras imperfecciones, somos parte de Él. Sin embargo, durante un tiempo, creí que Dios, mi Mesías salvador, era un ser terriblemente inteligente, hermoso e intuitivo. Llamé Maestro a la criatura que me envolvió entre sus brazos, besó mis sucias mejillas y me santificó en el nombre de la belleza, la pasión y el deseo más impúdico.

Todavía recuerdo sus labios fríos sobre mi cuerpo caliente, rebosante de deseo, mientras me ofrecía en su agradable lecho. Podía contemplar los bordados más fastuosos en el dosel de la cama, así como hundirme entre los almohadones forrados de terciopelo rojo con borlas doradas. Él curaba mis heridas con besos lascivos, lujuriosas caricias y terribles encuentros en los cuales no era más que un discípulo, un pequeño juguete, al que domesticar como si fuese un pequeño animal. Sus dedos finos y suaves, algo fríos, rozaban mis sonrosados pezones y deslizaba estos, lentamente, por mi vientre y mi pelvis. Buscaba sus labios como un sediento un charco para saciar su sed.

Era su esclavo. No me convertí en uno. Jamás dejé de ser parte de su propiedad. Compró a un desobediente muchacho en un burdel, lo lavó, colocó joyas y le ofreció una esmerada educación. Sin embargo, en su habitación nunca me ofreció un trato de igual a igual. Era su amante, su amado Amadeo, al cual torturaba con las delicias del sexo. Me ofreció conocer burdeles, mujeres y hombres, la bebida, el placer de los grandes banquetes y la belleza de una paleta de colores mágica más allá de los pinceles, frescos y lienzos. Y, aún así, regresaba a su lado arrodillándome frente a él, implorando su amor y olvidando mis pecados. Era su ángel de alas negras y mejillas sonrosadas.

Me salvó una segunda vez para condenarme para siempre. Me transformó en lo que soy. Soy un vampiro por él. Jamás dejaré de bendecirlo y maldecirlo por ello.

Pero, como bien saben, acabamos separándonos. El destino deseó que cada uno hallase la infelicidad en otros brazos, rumbos y ocasiones. Él prosiguió su camino intelectual intentando hallar a la primera criatura que creó. Por mi parte sólo sobreviví. Era el ángel descalzo que recorría parís, con la vista confusa en miles de ideas terribles y con una sed insaciable. Al volver a estar juntos, tras tantos sueños y fantasías, quise romper a llorar de rabia y felicidad. Sin embargo, pese a su indiscutible amor, ese que dice profesarme por encima de todo, me deja a un lado permitiendo que mi alma solloce. Quiero ser su tentación. Necesito que vuelva a soñar con palpar mi piel de nieve y a hundir sus labios en mi lujuriosa boca. Preciso de sus abrazos y del misterio azulado de sus ojos fríos.

Dios tiene un rostro para mí y es el suyo.  

lunes, 8 de diciembre de 2014

Ataduras y latigazos para el alma.

Creo que nunca entenderé bien a estos dos ¿se odian o se mana? ¿Sólo se tienen ganas? Marius y Armand...

Lestat de Lioncourt 


He librado mil batallas conmigo mismo y en todas ellas he perdido, dejando mi mundo en ruinas y miles de lágrimas derramadas en mis mejillas. He intentado saciar el dolor que devora mi alma, pero es un monstruo demasiado sediento. Mi alma sigue quebrada al igual que mis alas, está llena de heridas que el tiempo no cerró ni cerrará, y mis ojos ilusos se han convertido en un oscuro pozo de amargura que ahogan a mis enemigos. Cuando veo mi reflejo me provoco temor. Sólo quería que me él terminara encontrándome, pues hace tiempo que me perdí. La furia anida en mi corazón impulsándome a ser cruel, destrozando a otros hasta convertirlos en cenizas, mientras avanza el deseo más terrible que pueda el mundo conocer. Soy el ángel de la oscuridad, el Peter Pan de una Isla llena de veneno y espinas.

Por eso lo busqué, como quien busca la solución a todos los enigmas en las estrellas muertas. Me convertí de nuevo en estúpida luciérnaga enamorada de un candil. Estábamos en la misma ciudad, Roma, y no me importó buscarlo entre los callejones más antiguos y las plazas más hermosas. Lo hallé en el interior del mítico “Cafe della Pace” cuyas enredaderas parecían el musgo de una vieja y romántica torre de cuento de hadas. Dentro, en completa soledad, él merodeaba a los pocos mortales que aún permanecían degustando infusiones, cafés y unos porciones minúsculos de pastel.

Me arrastré hacia él con la mirada de un cordero y la pose de un ángel recién creado. Tomé asiento frente a sus atentos y frívolos ojos. Llevaba uno de esos exquisitos y caros trajes italianos hechos a medida. Los botones del chaleco eran maravillosos, casi fascinantes, porque poseían cierto encanto igual que los de la chaqueta. El conjunto era azul marino, pero la camisa era roja como la sangre. Sus cabellos dorados caían lánguidamente como una espesa cascada de seda. Las cejas mostraban una frente relajada, sin una sola arruga, y sus pobladas pestañas se cerraban ligeramente en cada pestañeo. Deseaba tocarlo para averiguar si era una visión, un sueño o simplemente capricho del destino. Su sonrisa bondadosa apareció regalándose a este condenado. Él volvía a ser el Maestro y yo el pupilo. Sus grandes manos, siempre ambiciosas y suaves, acariciaron mis mejillas. Fue él quien me tocó y no yo.

—Deseaba hablar contigo, Maestro—sus ojos centellearon cuando escuchó ese apelativo tan íntimo. Hacía tanto tiempo que no los escuchaba de mis labios que quizás le sobrevino algún recuerdo.

—Será un placer oír lo que tengas que decirme—dijo apartando sus manos de mi rostro, para colocarlas sobre la taza de café que aún humeaba.

—Desearía hacerlo en privado—expresé mi petición con cierta urgencia en mis palabras.

—Comprendo.

Con cierta distinción sacó la cartera y dejó un par de billetes sobre la mesa. Era suficiente para ese café. No precisaba más de unos tres euros, pero allí había dos billetes de cinco. Se incorporó acomodando la cartera en el bolsillo interior de su chaqueta, para luego tomar un gabán de cuero que yacía en el respaldo de la silla. Colocó mejor la corbata de seda negra, así como el alfiler que prendía de ésta, para luego enguatar sus manos dejando ocultas sus delgados y elegantes dedos.

Mi ropa era mucho menos clásica, pues opté por algo cómodo y sencillo. Tan sólo llevaba unas zapatillas de deporte blancas con dos rayas laterales celestes, unos jeans oscuros, camisa celeste, bufanda del mismo color y chaqueta de cuero negra con el interior forrado de lana. Parecía su hijo, como en aquellos mágicos tiempos que pasamos juntos, aunque yo me sentía un extraño a su lado.

Mientras caminábamos por la ciudad, sin que yo conociera el destino con certeza, él me rodeó los hombros con su brazo derecho. Ese gesto tan cómplice provocó que olvidara la oscuridad palpitante de mi corazón. Dejé caer mi cabeza contra su costado mientras recordaba las noches de fastuosas celebraciones, con alegres conversaciones bañadas con vino y buena comida, que una vez disfruté en su compañía. Los rostros de mis antiguos compañeros vinieron a mi mente, con sus caras redondas y ojos brillantes. Todos parecían ser ángeles rodeándonos a ambos. Yo me convertí en un traidor y sólo lo hice por salvarme, condenando así mi alma inmortal.

Cruzamos varias plazas, dejando atrás destacados monumentos y emblemáticas construcciones. Seguía sin comprender hacia donde nos dirigíamos, pero en cierto momento me rodeó y nos alzamos por los cielos. Pude sentir sus guantes de cuero rozando sinuante mi nuca, hundiéndose entre mis espesos cabellos pelirrojos, y permitiendo que jadeara pensando que un largo y terrible beso se avecinaba. Sin embargo, sólo me estrechó hacia él con fuerza, como si quisiera fundirse conmigo. Me abracé a él ocultando mi rostro en su torso. Temía caerme por la velocidad que alcanzó nada más sentirse libre de cualquier mirada indiscreta. Al abrir los ojos y sentir el suelo bajo mis pies, de forma firme y segura, vi la vieja ciudad de Venecia. Allí donde todo empezó. Estábamos frente a uno de sus destacados palacios venecianos.

El portón, pesado y tallado con hermosos motivos renacentistas, se abrió sin necesidad de llamar al servicio. Sentía que Baco me miraba con lástima y las enredaderas del marco, tan hermosas, sollozaban por la condena que estaba a punto de aceptar. En su interior todo parecía estar igual que la última vez. Los viejos frescos cubrían gran parte del salón, aunque varios muebles estaban cubiertos por sábanas blancas. Era una casa vacía. Nadie podría oírnos entre sus altos y gruesos muros, frescas estancias y maravillosos objetos ocultos al ojo humano.

Las escaleras de mármol parecían descuidadas, pues el polvo se acumulaba en la barandilla de madera y algunas telarañas, aunque aún diminutas, comenzaban a formarse entre los escalones. Las ventanas permanecían cerradas y las cortinas echadas. La gran alfombra que cubría el hall estaba ligeramente descolorida, aunque seguía igual de hermosa. Las flores de la alfombra aún tenían vida propia aunque la lámpara que colgaba elegantemente del techo, como si fuera una araña de un resistente hilo, no estuviese encendida.

—Acompáñame—ordenó con un tono quedo.

Sabía que me conduciría hacia una de las habitaciones inferiores. No había estado por esos fríos y húmedos pasillos desde hacía varios años. La vivienda no estaba habitada. Él ni siquiera había pedido que la mantuvieran aseada. Pero sabía que seguía usando esos pasillos estrechos, laberínticos y oscuros para sus perversiones. Cierta rabia se apoderó de mí, pero me controlé. Mis celos eran estúpidos, baratos y sencillamente no me harían disfrutar de sus caricias como correspondía.

Me guió por varios pasillos, nos movíamos como las viejas ratas de Santino, y al llegar a una puerta, más parecida al de una celda que al de una estancia confortable, él se detuvo. Ni siquiera había escuchado los motivos por los cuales le había buscado. Sólo había ido allí, junto a mí, esperando que me ofreciera como una virgen en sacrificio.

—Hablaremos después—dijo.

Sus manos enguatadas se desnudaron, para posarse sobre el cierre de mi chaqueta. Mi ropa comenzó a caer a mis pies. No opuse resistencia ya que él me besaba y anulaba cualquier instinto. Sus labios eran pura seda derramándose contra los míos, oprimiendo con fuerza mi boca mientras hundía su lengua. Un par de lágrimas se desplazaron por ambas mejillas, llegando a rozar mi mentón y correr por mi garganta.

Cerré los ojos mientras lo besaba y permanecí de ese modo cuando aquel delicioso momento finalizó. Él se giró abriendo la puerta. Era pesada, de plomo, y tras ella se hallaba un palacio de perversión y belleza. Una ráfaga de aire encendió cada una de las velas, ya fueran las que yacían en el suelo o en candelabros. Me tomó de la mano y tiró de mí, provocando que contemplara fascinado cada rincón.

Las baldosas de ese lugar eran de oro, la cama gigantesca cama que yacía en el centro tenía sábanas de seda roja, los almohadones poseían unos encantadores bordados de hilo de oro y allá donde miraba había objetos con los cuales torturaba a las víctimas de sus juegos. Existían varios diván, también forrados en rojo y de madera pintada con pan de oro, y un par de mesas con látigos y fustas diseminados sobre la elegante superficie. Oro, mármol, madera noble y seda. No existían ventanas, pero había varias cortinas que cubrían los muros de la estancia. No eran muros desnudos, sino que poseían fabulosas visiones del paraíso y el infierno. Dios se asomaba con la belleza y el poder necesaria, señalando a los impuros, mientras que el Demonio sonreía fascinado por la sodomía y los lujuriosos actos humanos. Parecía la cúpula de una iglesia extraña. Los frescos tenían un aire renacentista puro.

La puerta se cerró.

Se marchó hacia una de las mesas, hurgando entre sus cajones, para luego aproximarse hasta donde yo me encontraba. Llevaba un anillo de cuero similar a una soga, el cual reconocí de inmediato. No dudó en colocarlo en mi sexo abarcando mi pene y testículos.

—Maestro...—dije esperando alguna reacción de su parte. Deseaba ver nuevamente esa sonrisa, pero lo que tuve fue un bofetón.

Me obligó a quedar de rodillas tirando de mi pelo, zarandeándome como si no mereciera su amor, para luego apartarse. Sus pasos sobre aquella fría superficie de placas de oro, tan perfectas como grotescas, sonaron firmes. Sin embargo, se detuvo en uno de los diván que allí se encontraba. Sin mostrar cambio alguno en él sacó su miembro de entre sus prendas y me mandó llamar.

Esta vez no cometería fallos. No pronuncié palabra alguna. Me arrastré por el suelo hasta quedar entre sus piernas. El tomó su miembro desde la base y aproximó su glande a mi boca, pero no me penetró. Rozó mis pómulos, carnosos labios y mentón.

—Tengo algo más para ti—su tono de voz era severo, muy varonil. Siempre me había parecido un encantador de serpientes, pues podía manejar sus palabras de forma tan sutil que acababas siendo su esclavo. Mi alma y mi cuerpo le pertenecían cuando sus cuerdas vocales vibraban. Aún soñaba con sus hermosas canciones y poemas, los cuales se perdieron en el tiempo para no volver.

En la mesa no sólo había tomado esa pequeña cuerda, sino que en su bolsillo derecho había ocultado algo más. Era un bozal para abrir mi boca. El aro metálico entró en contacto con mis labios y mis dientes, quedando tras estos, mientras que la correa de cuero rodeó mi cabeza y se adaptó al tamaño de la misma gracias al cierre similar al de una correa. Con delicadeza se desanudó la corbata, la deslizó de entre el cuello de su camisa y la colocó sobre mis ojos. Sus dedos eran hábiles y sutiles.

Pude escuchar como se movía sobre el diván, posiblemente hacia la mesa auxiliar adjunta. Era una mesilla dorada, muy elegante y simple, que poseía un par de bandejas ligeramente despejada de objetos. Sólo había unas sogas rojas, posiblemente tejidas por nuestra amada y desaparecida Maharet, un par de consoladores anales cónicos con el cuello final más estrecho, para que así no pudiesen salirse con facilidad, y que terminaban en cola de animal, así como varias plumas de pavo real y apliques para los pezones.

Mis manos pronto se vieron atadas, con mis brazos a la espalda, y mi entrada, aún estrecha, acabó aceptando de buen agrado uno de los consoladores. Mis pezones sintieron la presión de las pinzas, pero antes él los pellizcó hasta la saciedad. Me dolían. Sin embargo, era un dolor tan placentero que no dudaba en gemir ahogado, porque a penas podía hacerlo con el bozal.

—Mi amor es tortura, Amadeo—pronunció ese nombre que yo ya había olvidado, provocando que un resorte en mí se activara.

De inmediato me tomó de la nuca y me penetró la boca. Él se había incorporado del diván y movía sus caderas enloquecido. Podía notar el cierre del pantalón golpeando mi nariz. Se movía brusco, profundamente y sin consideración. Mi lengua se enroscaba contra su piel sensible, agarrado como podía su miembro. Sus testículos golpeaban rítmicamente mi mentón creando cierta percusión, como si alguien tocase la puerta del infierno. Sus jadeos se expandían por toda la sala, del mismo modo que la luz de las velas. Yo no podía ver su expresión, pero la imaginaba. Sabía que sus ojos fríos eran aún más demandantes y que el placer le sucumbía.

Acabé arrojado al suelo de un bofetón. Mi mejilla ardía cuando logré acariciarla, pero sabía que no sería el último golpe. Se acercó a mí asechando. Escuché la ropa caer cerca de mí, para luego sentir sus dedos recorriendo mi cuerpo. Podía notar las yemas de estos jugando con cada trozo de mi joven musculatura.

Decidió cambiar de bozal. Acabé con el típico de una bola que me evitaba hablar, morder o gemir. Me sentía anulado, pero no desafortunado. Sabía que era un juego terrible a la vida de cualquiera. Los ojos comunes se escandalizarían por el trato, pero yo estaba deseando sentir la fusta y el látigo. De hecho, después de saborear y merodear mi figura, pude sentir el primer latigazo.

Escuchaba con atención cada movimiento de este cortando el aire, la exclamación de placer que brotaba de sus labios, el ligero temblor de mis carnes por el impacto y la sangre salpicando el suelo. Todo era magia. Una magia perversa que me alejaba de cualquier dolor encerrándome en una torre de placer, satisfacción y lujuria. Cada latigazo me hacía arquear la espalda logrando que mi alma se retorciera de placer.

De una patada me giró logrando que mis cabellos, que comenzaban a pegarse por la sangre y el sudor sanguinolento, cayeran desparramados sobre el suelo. Mi torso quedó frente a él, mis piernas estaban arqueadas y mi miembro palpitaba sin poder llegar al brutal orgasmo que él me estaba provocando. Sin mediar palabra me lanzó la cera de varias velas cercanas, no sin antes ofrecerteme nuevos azotes. El látigo se hundía en mis carnes duras. Era una estatua de mármol lacerada y ajada por el tiempo, o al menos eso parecía. Mi piel nívea estaba salpicada por el sudor, los surcos de los latigazos y las gotas que se expandían de las heridas antes de comenzar a cicatrizarse.

Cuando los latigazos acabaron vinieron las mordidas. Una de ellas provocó que perdiera parte de la carne de mi muslo derecho. Después, con toda su fuerza bruta, me agarró de las caderas, sacó el juguete y me penetró. Sin embargo, descubrí entonces algo que me escandalizó y a la vez me hizo morir de placer. Llevaba puesto un cinturón especial que le aportaba un segundo miembro. Él me estaba regalando una doble penetración. Mi cuerpo entero tembló estallando en una brutal ola de deseo. Si bien no podía gritar, ver o arañar. Sólo podía sentir. Lloraba empapando su corbata, mis cabellos largos, como los de un ángel, rozaban mi torso y rostro completamente empapados y mis caderas, con los huesos fracturados por culpa de su brutal agarre, se movían a duras penas mientras él me taladraba sin peso en su conciencia.

En cierto momento se compadeció y me quitó la mordaza, así como de la venda improvisada que cubría mis ojos, logrando que mis gemidos agudos, casi como los de una mujer, cantaran su nombre repetidas veces. Mis ojos se aferraron a los suyos. Eran fascinantes. Poseía la mirada Diablo, pues hechizaba con su poder. Me sentía en medio de un jardín paradisíaco donde Dios era el más retorcido de sus hijos y el pecado era virtud.

Acabó incorporándome, tomándome del pelo con fuerza, para dejarme nuevamente arrodillado. Se liberó del cinturón y se masturbó frente a mí. Un chorro cálido de esperma bañó mi rostro cayendo parcialmente en mi boca abierta, como si fuese un delicioso manjar, mientras le miraba completamente subyugado.

—Libérame—balbuceé.

Él se inclinó lamiendo parte de su esperma y me lo ofreció. De ese modo calló mis súplicas mientras desataba mis manos. No tardé en rodear su cuello con mis manos, hundiendo mis uñas en su espalda ancha y dura. Sus dedos, largos y ligeramente fríos, desataron mi pene y me ayudó a llegar a una poderosa eyaculación. El suelo quedó salpicado, igual que mi vientre y el suyo. Ambos de rodillas, uno frente al otro, besándonos como dos amantes entregados me hizo olvidar todos los reproches, el rencor y la soledad que seguía anidando en mi corazón. El mismo dolor que perforaba mi alma.

—¿Me amas?—logré decir exhausto. Mi cuerpo parecía el de un muchacho débil, casi enfermizo, que era incapaz de mover con coordinación sus miembros. Caí sobre su torso, mucho más ancho y musculoso que el mío, notando ese dulzón aroma que siempre poseía gracias a sus perfumes y esencias.

—Podría decirse que sí—dijo arrancándome parte de mi corazón. Sus palabras crueles volvían como si el látigo aún siguiera sonando—, pues por algo acepto tu compañía e imploro tu perdón en cada encuentro. Mis celos son terribles, Amadeo—volvió a llamarme como cuando era sólo un niño en sus brazos. Sus labios se posaron sobre los míos y un beso fiero me hizo perderme otra vez.


Sí, me amaba. A su modo me amaba.  

jueves, 4 de septiembre de 2014

A corazón abierto

En el amor y en la guerra todo se puede ¿no? Pues no sé si Marius podrá con la guerra que tiene en manos.

Lestat de Lioncourt 



Quizás debería aceptar que el mundo no es como una pintura, en la cual podemos dar pinceladas y crear un nuevo mundo con colores difuminados. No hay arte más complicado que seguir vivo, observando como las pequeñas cosas cambian y todo en lo que crees se derrumba lentamente. Es como una partida de ajedrez eterna, donde los peones se danzan sobre el tablero girando sobre sí mismos y buscando refugio en torres tan inmensas como laberintos. He visto tantos atardeceres que podría haber dejado de amar sus tonos violáceos, así como olvidar por un momento la belleza de sus estrellas a punto de desaparecer.

Tal vez los fracasos me han moldeado. He aprendido de mis derrotas y siempre he querido proteger mi corazón, quizás porque es lo único que me queda. Mis escasos sentimientos puros están a buen recaudo. No quiero exponerlos más. Mi amor ha sido demasiado intenso y ha llegado a quemar. He deseado a demasiados, de miles de formas, pero sólo he podido condenarme en tres ocasiones. Un imposible y dos amores truncados por el destino.

He tomado decisiones sabias, muchas de ellas meditadas durante largas y oscuras veladas, si bien pesan más mis estúpidos errores. El mayor de mis pecados lo cometí con él. Provoqué que el dolor lacerara su pecho, se hundiera en su corazón y ahogara todo lo que él sentía. Yo mismo fui cubierto de una lámina de veneno, pues eso son las mentiras. He dado falso testimonio sobre mis pasiones, pero no lo he hecho para salvar mi alma sino para curar heridas. Vivir con el peso de Atlas a la espalda, abriendo terribles yagas, es imposible. Interpreté a Eros para él, un amante que sólo podía ser tocado y amado en plena oscuridad. Era un monstruo y él un chiquillo. Deseaba protegerlo de mí y aún así lo bañaba en seductoras palabras, besaba sus mejillas y tocaba su cuerpo con encendida pasión. Sus labios eran como pétalos de rosas y me deleitaba con ellos. Me convertí en esclavo de sus cabellos rojizos, que eran como ríos de fuego convertidos en pura seda, y que provocaba que hundiera mis dedos en ellos para peinarlos miles de veces.

Aún recuerdo la primera vez que vino por su cuenta y riesgo. Abrió la puerta de mi dormitorio y se recostó en el lecho. Pronto comprendí que se ofrecía como un regalo. Sus mejillas estaban encendidas y su aliento olía a vino. Sus ojos castaños centelleaban con encantador brillo. Sabía bien que podía abrir sus piernas y hacerlo mío, cosa que hice. No dudé en abrir sus muslos palpando su piel, que parecía leche recién ordeñada, mientras él suspiraba acalorado. Bebí de sus labios sin que se percatara y rió hechizado al apartar mi boca de la suya. Sus pequeños y blancos dientes me asombraban, pues parecían perlas perfectas, y me seducían cuando se mostraban entre sus sonrisas. Mil veces he pensado que él era la personificación del pecado, aunque tenía el seductor aspecto de un ángel.


Hoy nos encontramos enfrentados. La rabia que yace en su afilada lengua es letal. Estoy seguro que jamás me perdonará mis faltas, aunque abra sus brazos rodeando mi cuello y me jure amor. Sé que no merezco su perdón. Aún así, anhelo que me lo conceda. Es un juego de tentaciones, mentiras, verdades y sueños que se asemejan a pesadillas. Fue mi último gran amor y aún no he podido dejarlo escapar. Me niego a creer que ha acabado. Somos eternos, como lo serán las obras de los grandes escritores, y en la eternidad jamás hallaremos un momento para comprenderlos... y, sin embargo, es nuestro mayor deseo.  

sábado, 2 de agosto de 2014

Maestro...

Estas son unas viejas memorias de Santino y Armand, narradas por Santino. Aquí se muestra una faceta distinta, muy similar a la que pudo describir Armand en su libro, pero radicalmente contraria a la de Marius en Sangre y Oro. 

Lestat de Lioncourt

Maestro... 


Hacía varias noches que habíamos salido de Roma. Armand guardaba silencio tras aceptar su nuevo nombre y destino. Sus ojos parecían hundidos, sin alma aparente, mientras contemplaba el fuego que habíamos encendido para calentarnos. Algunos mechones ondulados caían sobre su frente, rozando sus finas cejas, mientras que otros rozaban sus mejillas enmarcando su rostro en aquella mata rojiza de ondas perfectas. Su boca, llena y delicada, esbozaba una sonrisa melancólica, algo falsa, mientras sus manos se frotaban frente a las llamas. La luz incidía sobre él dándole un aspecto aún más sobrenatural. Parecía un ángel entre nosotros y por eso lo había escogido, por su potencial y belleza. Armand sería mi discípulo y pronto el líder de cientos.

—¿Puedo sentarme?—pregunté señalando un extremo del tronco donde se hallaba sentado.

Estábamos cerca de una iglesia en plena construcción, aunque se había parado algunos años por falta de donativos. Cerca había una arboleda, un pequeño bosque frondoso y acogedor, donde habíamos decidido parar por unas horas. El cementerio no estaba lejos y allí podríamos refugiarnos, como de costumbre.

—Nadie lo impide—susurró encogiéndose sobre sí mismo, doblando los pliegues de la túnica negra que le había obsequiado—. ¿Quién soy yo para hacerlo?—dijo girando su rostro hacia mí, con aquellos ojos vacíos de sentimiento, y con una voz monocorde que me torturó con su eco.

—Armand, ¿ocurre algo?—Me interesé por él, como me hubiese interesado por otro en aquel lugar. Sin embargo, no todos me agradaban. Armand poseía una luz propia y un atractivo que suscitaba en todos algo de envidia. Deseaba rozar sus mejillas y hundir mis dedos en su carne aún blanda. Podía moldearse su alma, y crear a un guerrero perfecto para la causa.

—No, nada—respondió con una ligera sonrisa, para luego levantarse y echar a caminar hacia la construcción cercana.

Los demás compañeros se habían reunido entorno al fuego, otros aún se hallaban de camino porque se habían parado a conseguir alguna víctima y yo estaba allí, con mi rata en mi regazo mientras contemplaba como la leña se consumía y él se alejaba. Mis dedos se movían sobre su pelaje, mucho más limpio que el de cualquier otro animal, mientras movía graciosamente su hocico y pensaba en todo lo que podía haber dicho y no dije.

Me llevé la mano derecha a mi rostro, acariciando mi mentón áspero debido a mi incipiente barba, mientras mis ojos se desviaban ligeramente del fuego hasta el recorrido que habían tenido sus pasos. Algo en mí me pedía que le siguiera. Quería saber que había en su mente. Seguramente no había olvidado la muerte de Marius y aún me culpaba por ella, del mismo modo que culpaba a todos los que nos acompañaban. Pensé que podía escapar y decidí dejar a mi mascota atrás, así como el fuego y la compañía de los otros, para ir tras él.

Cuando lo rebasé me fije que observaba el campanario a medio hacer, con cada una de sus gruesas piedras mal acomodadas todavía y sus hermosas ventanas que pronto serían cubiertas por vidrieras de llamativos colores. Podía imaginar la iglesia alzándose con sus gárgolas, su pórtico, las columnas gruesas cargadas de detalles y las imágenes sagradas alzando la vista a los cielos.

—Pronto será una nueva iglesia, albergará la fe del pueblo que yace a pocos metros en la colina. Se oirán cánticos, alabanzas a Dios, ángeles y santos. Podrán verse corazones llenos de bondad y misericordia, como criminales con rostro de ángel y manos de asesino. Aquí se reunirá lo bueno y lo malo, se besarán en las mejillas y tomarán el cuerpo de Cristo—dijo con los ojos clavados en cada piedra, recorriendo el lugar con cuidado sin perder detalle—. ¿Y qué será de nosotros? Siempre recluidos en las sombras, sin ver la luz de Dios. Hablas de Dios, pero bendices al Diablo. Dices que somos el mecanismo por el cual Dios castiga gracias a su hijo más oscuro—se giró suavemente y me miró a los ojos—. ¿Cómo puedo amarte y perdonar todo lo que has hecho? Agradezco tus enseñanzas, pero Marius no era el monstruo que tú dices que era.

—Marius te hubiese llevado por el mal camino—expresé con voz tenue y cercana—. Te hubiese convertido en siervo de sus deseos. Sólo serías un títere de sus caprichos—puse mis manos sobre sus delicados hombros y esbocé una escueta sonrisa—. Toma la fe que te ofrezco y olvídate de él, pues si no lo haces tendré que...

—Tirarme al fuego—terminó mi frase mientras me miraba algo asustado, pues había visto morir a quienes él había amado en algún momento.

—Eres perfecto para la causa—dije tomando su rostro entre mis manos—, pues pareces un ángel y puedes atraer a más hermanos hacia la verdad—susurré acariciando sus mejillas, deslizando mis dedos por su cuello hasta el borde de la túnica—. Permite que ve el cuerpo de un ángel.

Deseaba ver desnudo al muchacho, acariciar su sedosa piel y clavar mis uñas en sus músculos poco formados. Era apetitoso. Tenía la gracia de una mujer, pero la virilidad de un hombre. Era astuto, algo inocente y asustadizo. Sin embargo, él se apartó y echó a caminar hacia el sendero.

—No—respondió aturdido—. No...

Decidí ir tras él para detenerlo agarrándolo bruscamente de los brazos. Giré su cuerpo e hice que me mirara. Sus ojos se habían cubierto de miedo e ira. Tenía una expresión parecida a la de un ángel desesperado por salvar sus alas. Por mi parte tenía el ceño fruncido y mis ojos oscuros clavados en los suyos. Mi boca buscó la suya y le arrebaté un beso, acariciando su lengua y blanda, caliente, suave y húmeda. Sus manos golpearon mi pecho, intentando alejarme, pero las mías eran más rápidas.

Con la izquierda lo sujetaba su brazo derecho, aprisionándolo de tal modo que sentía cada uno de mis dedos, mientras que la diestra remangaba su túnica y se colaba entre sus suaves muslos. Rápidamente dejó de forcejear para rodearme con sus delicados y finos brazos. Sus pies quedaron de puntillas mientras que yo estaba ligeramente inclinado hacia su figura, la cual comenzó a retorcerse por las indecentes caricias que realizaba entre sus ingles. La respuesta a mis besos eran otros suyos con más hambre. Poseía un instinto pecaminoso que lo empujaba a buscar alimentarse del momento.

Se despegó de mí para mirarme como lo haría un animal peligroso, se deshizo de sus prendas con furia y se recostó entre el pasto. La hierba acariciaba su figura que temblaba, sus cabellos derramados parecían llamas provenientes del infierno y sus labios se abrían mostrando sus incisivos inmortales. Sus pequeñas y delicadas manos se pasaban por su vientre hacia sus muslos, mientras estos se abrían y mostraban el camino a recorrer.

—Ven a mí—rogó con la voz entrecortada—. Calma mi dolor con tu amor, aunque sea falso—susurró abriendo un poco más sus piernas.

Contemplaba a mi pupilo con un deseo imposible de contener. Su piel lechosa recubría una figura delicada, con cierta cintura marcada y con unos pezones duros de color rosado. La ligera mata de cabello rojizo de entre sus piernas, que coronaban con gracia su miembro, se veían suaves pese a todo. Era delgado, pero de pequeño tamaño. Parecía frágil y a punto de romperse, pero a la vez era un ángel que había caído de los cielos para pecar sin remedio.

Me incliné hacia él, arrodillándome, para observar sus ojos que parecían una puesta de sol tardía. Aquel color ámbar brillaba como si se derramara lava sobre sus largas y espesas pestañas. Un par de lágrimas bordearon sus mejillas y se perdieron entre sus cabellos y mentón. Su boca se veía aún más apetecible, pues tenía los labios enrojecidos por los besos y mostraba su mejor arma. Aquellos puntiagudos colmillos parecían querer rozar mi piel.

Coloqué mis manos sobre sus hombros, deslizándolas suavemente hasta su vientre y dejándolas en sus caderas. Tenía la piel más áspera y gruesa que la suya, además poseía un color algo dorado debido al sol que había tomado desde niño. Él era hijo de la nieve y el frío, de la soledad y la humildad, y había sido llevado a Constantinopla entre lamentos del bravío oleaje. Marius se lo llevó para envolverlo en sedas y perfumes, así como en el pecado más primigenio, y yo lo había rescatado para darle una misión más mística y peligrosa.

—Serás el hermoso ángel de la muerte, mi mejor guerrero—murmuré entusiasmado mientras me acomodaba entre sus piernas.

—Maestro...—murmuró por primera vez hundiendo sus pequeñas manos entre los pliegues de mi túnica, buscando así mi sexo para hallarlo despierto—. Hazme tuyo y muéstrame el camino hacia la ascensión en los cielos—sus palabras eran tan eróticas que logró que mis caderas se movieran. Sus manos tiraban de mi sexo desde la base hasta el glande, que era apretado por sus pulgares, mientras su boca se abría para emitir sensuales jadeos—. Castígame con el dolor manchado de placer.

—Armand—dije, con la voz completamente tomada, mientras apoyaba mis manos sobre el pasto.

—Santino, mi hermoso Santino. Tienes un cabello tan hermoso y una boca tan perfecta. Jamás he visto a un hombre tan viril como tú, ¿me harás sentir lo que es tener realmente a un hombre entre mis piernas? He tenido a muchos, pero pocos han satisfecho mis bajas pasiones—sus palabras me dejaron sin aliento y decidí pasar a la acción, sin meditarlo ni un segundo más.

Aparté sus manos para acomodar mi glande en su entrada. Ni siquiera había tenido la decencia de estimularlo, pero deseaba estar dentro de él tanto como él me necesitaba. Sus piernas me rodearon y sus brazos fueron a mi cuelo. Aquella mirada perversa, de demonio satisfecho, que poseía me hizo arder en los infiernos del deseo. Rápidamente le penetré. No pude contener a la bestia que había logrado desatar.

—Así, párteme—balbuceó echando la cabeza hacia atrás. Su largo cuello estaba a la vista, con alguno de sus mechones pegados por el sudor sanguinolento. Mis movimientos de cadera eran cada vez más elevados y los suyos, contrarios a los míos, eran una tortura. Busqué su boca para dominarla, pero fue la suya quien me dominó a mí. Al apartarse se echó a reír y me miró con suspicacia—. Ven conmigo, te mostraré los infiernos... pero satisface mis deseos. Por favor, no permitas que mi cuerpo no tenga tus atenciones, maestro.

El sonido de nuestros cuerpos, el jadeo y la hierva crujiendo acompañaba nuestras miradas que se decían todo en silencio. Incliné mi rostro sobre su pecho, mucho más pequeño y delicado que el mío, para recorrerlo con la lengua lamiendo ligeramente sus pezones. Mi boca permaneció el derecho, mis dientes se clavaron sin perforar la piel, mientras mi mano zurda se apartaba de la tierra, acariciaba sus caderas y acababa colocándose en éstas para empujar con mayor ritmo.

Serpenteaba bajo mi cuerpo, pues se retorcía de pies a cabeza. Sus gemidos torturaban mis sentidos, ya que prácticamente no era capaz de escuchar algo más que su voz alzándose como el coro de una iglesia. Tenía el rostro con las mejillas sonrosadas, la boca temblorosa y los párpados ligeramente echados. Me miraba con deseo y perversión, cosa que sabía que ocurriría y aún así me sorprendía hasta llegar a avergonzarme.

Podía sentir en todo momento sus pequeñas manos jugando con mis cabellos negros y rizados, hundían sus dedos entre ellos y tiraba con fuerza. Sus brazos me rodeaban con la misma presión que sus muslos. Cuando alcé mi rostro para verlo rápidamente me besó con furia. Tras varias estocadas más terminé llenándolo, cosa que provocó que pocos segundos después él también lo hiciera. Sus brazos y piernas cayeron al pasto, pero su cuerpo aún convulsionaba. Ambos habíamos sentido un agradable cosquilleo subir desde nuestros testículos al vientre, como un latigazo, que nos decía que debíamos acabar.

—Seré tu pupilo—dijo con la voz entrecortada—. Sí, lo seré.


Aquella noche, frente a la construcción de aquella iglesia en medio de un pueblo perdido cerca de Roma, supe que sabría dominar sus instintos con persuasión y cierta destreza a la hora del pecado más básico y placentero... el sexo. Sin embargo, no puedo decir que no lo amara. Siempre he amado a Armand. Me enamoré de él y por ello lo salvé. Tal vez fui estricto, pero aún era más estricto y retorcido Marius con sus latigazos.  

sábado, 28 de diciembre de 2013

Master

Bonsoir 

Tengo algo para ustedes de parte de Armand ¿tal vez se está ablandando? Quizás. 


Lestat de Lioncourt


Sentía sus manos sobre mi pelo, acariciándolo dulcemente y con fascinación igual que si fueran ríos de sangre, una sangre espesa y suave como la seda. Podía percibir el aroma fresco y atrayente de su piel. Sus cabellos dorados rozaban la punta de mi nariz, pues se hallaba inclinado en la cama sobre mí. Aquella túnica roja, tan roja como mi pelo y mis mejillas en ese momento, se pegaba ami figura desnuda y frágil. Mis dedos se hundieron en el colchón y finalmente mis brazos se alzaron, como si fueran inmensas alas, hasta el cielo de sus hombros apoyándose con delicadeza.

Abrí mis ojos y vi su alma reflejando la mía. Aquello era irresistible. Podía contemplarme en su mirada, completamente fascinado e intrigado, mientras que él podía admirar mi cuerpo tiritando por las múltiples sensaciones que él me ofrecía. Besó mis labios con ternura y convirtió aquello en un desatado beso cargado de pasión. Jadeé cerca de su boca y me aparté aterrado por vender mi alma a un diablo extremadamente hermoso, un ángel que pintaba a otros ángeles que realmente eran demonios corruptos como lo era yo.

-Amadeo- logré escuchar en un murmullo- Amadeo.


Entonces desperté súbitamente rodeado de oscuridad, en una cama de tacto áspero y con el silencio del amanecer roto por el trino de algunas aves. Me llevé ambas manos a mi rostro y me eché a llorar. Esos momentos estarían siempre en algún lugar de mi alma, no muy recóndito pues solía ir a buscarlos, y que me jugaban malas pasadas. No quería volver a su lado, ni siquiera admitir que le extrañaba, porque eso significaría haber vuelto a perder otra vez.  

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un momento que dejamos escapar.

Había perdido cualquier esperanza. Mis mejillas se hallaban teñidas de lágrimas sanguinolentas, las cuales centelleaban como si fueran carmín en los labios de una mujerzuela. Mis manos habían recorrido los muros de aquella ciudad con la esperanza de hallar al hombre de tan increíble sabiduría, un vampiro que podía ser la respuesta o la clave para desvelar el enigma. Sin embargo, me hallaba corriendo sobre unos adoquines mal colocados, el cabello revuelto y la ropa manchada. Aquel instrumento, tan maldito como Nicolas mismo, me recordaba que él no regresaría y que las noches de bohemia habían desaparecido en medio de la neblina. La luna se alzaba aún, pero ya estaba a punto de caer la noche y empezar a despuntar el día. Moriría abrasado, porque quizás era ese mi destino.

Me encontraba sin rumbo, sin esperanzas, sin el apoyo de mi madre y con las manos llenas de dolor y rabia. Gabrielle me había abandonado en medio de un Jardín Salvaje que parecía lleno de lobos hambrientos deseando arrancarme la piel y la carne a mordidas, esas que ya empezaba a sentir y no podía hacer nada. Inútil, destrozado y con nulo deseo de continuar decidí acabar con mi vida viendo directamente a los ojos a mi peor enemigo, y el de cualquier vampiro, que sin duda alguna era el sol. Mis pisadas eran firmes y rápidas para llegar a mi destino final.

Sin embargo, finalmente pensé en hundirme en la tierra y descansar. Allí me refugié dejando que los terrones de piedra cayeran sobre mí y el hambre avanzara. Esa tortura era mucho peor que el sol. Podía sentir como el apetito acudía a mí y poco a poco los recuerdos. Tal vez moriría allí, pero no lo hice debido a que alguien me sacó y habló.

-Bebe, joven mío, herido mío

Sin embargo, él me rescató. Al principio pensé que era sólo parte de la locura que se había instalado en mi alma, como si fuera un recuerdo de algo que nunca pasó, pero era real y me sostenía para llevarme a su lugar de descanso. Estaba tan confundido y herido que temía haber perdido todo, incluso mi juicio. La locura se estaba apoderando de mí, las sensaciones y emociones cada vez eran más intensas. No necesitaba que dijera su nombre, pues conocía su rostro y podía reconocer aquellos ojos llenos de sabiduría de los cuales me habían hablado. Sin embargo, era él.

-Marius...- dije para mí mismo, como si fuera una plegaria.

-Sí- respondió.

Caí en sus brazos como si fuera un inocente, satisfecho por la sangre que él me había ofrecido. Entre aquellos brazos no había dolor ni maldad, tampoco risas estruendosas mientras las tablas de un escenario crujen sin parar. No tenía que imaginar el destino cruel de Nicolas ni tampoco todo lo que había quedado atrás. Al despertar estaba a bordo de un barco. Me llegaba el ruido de las cuadernas, el olor del mar, la sangre de los tripulantes y el ritmo de los tambores. Era sin duda una galera, una de esas viejas embarcaciones. En aquel barco sentí una emoción incontenible, de igual modo que cuando subí por la empinada cuesta hacia la mansión. Allí tenía un lugar único.

El cabello de Marius ondeaba el viento dejando que pareciera paja al viento, sus labios masculinos, pese levemente carnosos, eran provocadores y parecían guardar cientos de secretos que se desnudarían frente a mí. La túnica era de seda y de un color rojo muy llamativo. Mis manos deseaban tocarla para apreciar su belleza y la calidad del terminado, pero simplemente seguí subiendo. Su mirada era pesada, serena y parecía confiar en mí. No tenía ni una arruga y su piel parecía nueva, como si hubiese sido regenerada. Me embargó una irresistible atracción hacia él, y la sensación de paz aumentó frente al deseo de conocimiento.

No hablamos durante el viaje y prácticamente no dijimos nada durante la ascensión. Sin embargo, una vez sentados cómodamente empezó a conversar conmigo de forma íntima. Había visto ligeramente la decoración de las diversas salas y me había sobrecogido las pinturas extremadamente realistas y detalladas, objetos varios, pesados volúmenes y ricas cortinas. Era envolvente el lugar, pues estaba lleno de una magia que provocaba asombro y seducción. Finalmente me dio un ataque de locura debido a las diversas emociones, completamente hundido en el juego de imaginar y ver, que terminé riendo a carcajadas. Terminé saliendo de la galería y me adentré en una biblioteca atestada de libros, manuscritos y una selección gigantesca de periódicos de todas las lenguas. En el centro de la sala había dos cómodos sillones. Allí fue cuando realmente empezamos a conversar.

-Dime, ¿qué sería más sencillo? ¿Explicarte porque te traje aquí o el motivo por el cual tú deseabas verme? Dime, ¿por dónde empezamos?-preguntó en perfecto francés.

-Deseo que hables tú primero-quería escuchar su voz reverberar por la sala, provocar ese efecto excitante en mí y hundirme en sus palabras como si fueran revelaciones cuasi divinas.

Escuché sus palabras, consejos y sobre todo su halago. También me explicó el motivo por el cual no había regresado junto a Armand. Yo era el elegido por él y no aquel ángel con corazón de piedra llenos de caprichos, dudas existenciales y rabia. Me sentí especial debido a ser tomado entre sus brazos, bebido de su sangre y ser encomendado a la misión de comprender toda la sabiduría que abarcaba. Siempre amé comprender el mundo.

Tuve miedo. Miedo de no poseer tiempo suficiente de poder saborear los libros, manuscritos, periódicos y documentación que su mansión poseía. Quería aprender de arte, música, literatura y bajarme en el placentero mundo de la contemplación. Al menos, deseaba hacerlo en esos momentos. Era como si al fin pudiera tener todo lo que siempre había querido con tan sólo estirar la mano. Por supuesto, deseaba sentir que las aventuras continuaban porque la travesía de seis meses desde Francia habían sido sin duda una auténtica locura.

En cierto momento aproximé el sillón al suyo y lo miré fascinado de la misma forma que él lo hacía conmigo. Deseaba preguntarle más sobre su forma de vida, las cosas que había comprendido o visto, pero él se aproximó a mí y tomó mis labios como si fueran suyos. No rechacé el contacto y simplemente abrí los labios, dejé que hundiera su lengua en mi boca y comencé a saborearlo.

Él se levantó del sillón, el cual estaba forrado en rojo como su ropa y poseía unos acabados dorados muy elegantes, para quedar arrodillado frente a mí mientras desabrochaba el pantalón. Mis manos fueron a los brazos del mueble y eché mi cabeza hacia atrás jadeando. El sólo roce de mi mano por mi entrepierna me electrocutó. Estiré mi brazo diestro y acaricié sus cabellos enredando mis dedos en ellos. El frío aliento de su boca cayó sobre mi miembro y pronto comencé a sentir las lamidas más eróticas y deliciosas que jamás me habían dado hasta aquella noche. Ni siquiera Nicolas o las mujeres de los prostíbulos lo hubieran hecho mejor.

Su lengua cubría mi sexo y apretaba suavemente toda su extensión. La punta de su lengua acabó jugando con mi glande y los labios apretaron el borde de éste. Mis gemidos bajos empezaron a golpear los altos muros y pronto eran tan altos que incluso me asombraba de mí mismo. Sin embargo, paró incorporándose mientras yo me encontraba sumido en un placentero frenesí. Sentía que todo mi cuerpo ardía y que la sangre que él me había ofrecido tenía un efecto colateral el mí.

Rápidamente me arrodillé frente a él, pues estaba levantándose cuando lo hice, y levanté su túnica observando que no tenía ropa interior alguna. Estaba sudoroso y excitado, como ni siquiera la sangre me había puesto aún en ese comprometido frenesí. Comencé a succionar su miembro, el cual se hallaba duro, y lo hice de forma frenética. Él gruñó pegando mi cabeza hacia él, dejando que entrara por completo su miembro como si de una daga se tratara. Me sentía un faquir engullendo lanzas, pero aquella tenía un sabor único.

-Así, aprendes rápido- dijo tirando de mis cabellos para terminar agarrándome del rostro y penetrarme bruscamente -Serás un excelente alumno.

Mis ojos azulados, pues por aquel entonces aún no tenían tonos violetas, se entrecerraron por el placer. La mano diestra fue hacia mi miembro y comencé a masturbarme mientras él tiraba de mi pelo. Me hacía desear ser obediente debido a su belleza y la fuerza de su mirada. Podía sentir como el mundo giraba a nuestro alrededor de una forma frenética y cuando sentí su esperma en mi boca temblé. No pude evitar no beber de él y seguir succionando hasta dejar su miembro limpio. Tal era la emoción del momento que nada más ver mi labor llegué manchando mis pantalones, mi mano y el suelo.


Deseaba seguir, pero él tenía más lecciones para mí. Sabía que si me quedaba a su lado disfrutaría de una nueva clase de sexo que hasta el momento no había deseado disfrutar. Sin embargo, no tomé la decisión apropiada y Akasha despertó, destrozó el último recuerdo de mi antiguo amante y me vio obligado a marcharme lejos de Marius. Recuerdo que deseé quedarme entre sus brazos, en aquel lugar lleno de pinturas increíbles y libros extraños, pero debía buscar mi lugar. Estar con Marius aquellas horas fue esclarecedor, pero sin duda me hizo replantearme la vida como un juego donde se aprende por segundos.  


Lestat de Lioncourt

domingo, 20 de enero de 2013

Búscame







Dedicado a Marius Romanus
A la señora Anne Rice



Más de un milenio nos separa,
secretos y confesiones arrancadas
de mi corazón, de mi alma, de mi sangre
y todo porque te esperaba a ti.

Búscame entre las sombras de los milenios,
me hallarás en las pinturas de los genios
y la tinta de sangre de los bohemios.
Búscame con la mirada inocente, te espero.

Te daré los secretos del viejo,
asesinaré las viejas leyendas de Dioses
y todo porque te daré a ti las reglas.
Seré el maestro que andas buscando, búscame.

Estaré pintando mi propia tentación, mi pecado,
y te haré recorrer mi inmensa biblioteca,
hundirás tu rostro entre los pergaminos y libros
para luego llorar por la incomprensión que te ofrecen.

La corteza de un árbol debió ser mi ropa,
pero terminó siendo tan sólo el inicio.
Sangre, oro, máscaras en Venecia...
Tú tan sólo búscame con la inocencia.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt