Había perdido cualquier
esperanza. Mis mejillas se hallaban teñidas de lágrimas
sanguinolentas, las cuales centelleaban como si fueran carmín en los
labios de una mujerzuela. Mis manos habían recorrido los muros de
aquella ciudad con la esperanza de hallar al hombre de tan increíble
sabiduría, un vampiro que podía ser la respuesta o la clave para
desvelar el enigma. Sin embargo, me hallaba corriendo sobre unos
adoquines mal colocados, el cabello revuelto y la ropa manchada.
Aquel instrumento, tan maldito como Nicolas mismo, me recordaba que
él no regresaría y que las noches de bohemia habían desaparecido
en medio de la neblina. La luna se alzaba aún, pero ya estaba a
punto de caer la noche y empezar a despuntar el día. Moriría
abrasado, porque quizás era ese mi destino.
Me encontraba sin rumbo,
sin esperanzas, sin el apoyo de mi madre y con las manos llenas de
dolor y rabia. Gabrielle me había abandonado en medio de un Jardín
Salvaje que parecía lleno de lobos hambrientos deseando arrancarme
la piel y la carne a mordidas, esas que ya empezaba a sentir y no
podía hacer nada. Inútil, destrozado y con nulo deseo de continuar
decidí acabar con mi vida viendo directamente a los ojos a mi peor
enemigo, y el de cualquier vampiro, que sin duda alguna era el sol.
Mis pisadas eran firmes y rápidas para llegar a mi destino final.
Sin embargo, finalmente
pensé en hundirme en la tierra y descansar. Allí me refugié
dejando que los terrones de piedra cayeran sobre mí y el hambre
avanzara. Esa tortura era mucho peor que el sol. Podía sentir como
el apetito acudía a mí y poco a poco los recuerdos. Tal vez moriría
allí, pero no lo hice debido a que alguien me sacó y habló.
-Bebe, joven mío, herido
mío
Sin embargo, él me
rescató. Al principio pensé que era sólo parte de la locura que se
había instalado en mi alma, como si fuera un recuerdo de algo que
nunca pasó, pero era real y me sostenía para llevarme a su lugar de
descanso. Estaba tan confundido y herido que temía haber perdido
todo, incluso mi juicio. La locura se estaba apoderando de mí, las
sensaciones y emociones cada vez eran más intensas. No necesitaba
que dijera su nombre, pues conocía su rostro y podía reconocer
aquellos ojos llenos de sabiduría de los cuales me habían hablado.
Sin embargo, era él.
-Marius...- dije para mí
mismo, como si fuera una plegaria.
-Sí- respondió.
Caí en sus brazos como
si fuera un inocente, satisfecho por la sangre que él me había
ofrecido. Entre aquellos brazos no había dolor ni maldad, tampoco
risas estruendosas mientras las tablas de un escenario crujen sin
parar. No tenía que imaginar el destino cruel de Nicolas ni tampoco
todo lo que había quedado atrás. Al despertar estaba a bordo de un
barco. Me llegaba el ruido de las cuadernas, el olor del mar, la
sangre de los tripulantes y el ritmo de los tambores. Era sin duda
una galera, una de esas viejas embarcaciones. En aquel barco sentí
una emoción incontenible, de igual modo que cuando subí por la
empinada cuesta hacia la mansión. Allí tenía un lugar único.
El cabello de Marius
ondeaba el viento dejando que pareciera paja al viento, sus labios
masculinos, pese levemente carnosos, eran provocadores y parecían
guardar cientos de secretos que se desnudarían frente a mí. La
túnica era de seda y de un color rojo muy llamativo. Mis manos
deseaban tocarla para apreciar su belleza y la calidad del terminado,
pero simplemente seguí subiendo. Su mirada era pesada, serena y
parecía confiar en mí. No tenía ni una arruga y su piel parecía
nueva, como si hubiese sido regenerada. Me embargó una irresistible
atracción hacia él, y la sensación de paz aumentó frente al deseo
de conocimiento.
No hablamos durante el
viaje y prácticamente no dijimos nada durante la ascensión. Sin
embargo, una vez sentados cómodamente empezó a conversar conmigo de
forma íntima. Había visto ligeramente la decoración de las
diversas salas y me había sobrecogido las pinturas extremadamente
realistas y detalladas, objetos varios, pesados volúmenes y ricas
cortinas. Era envolvente el lugar, pues estaba lleno de una magia que
provocaba asombro y seducción. Finalmente me dio un ataque de locura
debido a las diversas emociones, completamente hundido en el juego de
imaginar y ver, que terminé riendo a carcajadas. Terminé saliendo
de la galería y me adentré en una biblioteca atestada de libros,
manuscritos y una selección gigantesca de periódicos de todas las
lenguas. En el centro de la sala había dos cómodos sillones. Allí
fue cuando realmente empezamos a conversar.
-Dime, ¿qué sería más
sencillo? ¿Explicarte porque te traje aquí o el motivo por el cual
tú deseabas verme? Dime, ¿por dónde empezamos?-preguntó en
perfecto francés.
-Deseo que hables tú
primero-quería escuchar su voz reverberar por la sala, provocar ese
efecto excitante en mí y hundirme en sus palabras como si fueran
revelaciones cuasi divinas.
Escuché sus palabras,
consejos y sobre todo su halago. También me explicó el motivo por
el cual no había regresado junto a Armand. Yo era el elegido por él
y no aquel ángel con corazón de piedra llenos de caprichos, dudas
existenciales y rabia. Me sentí especial debido a ser tomado entre
sus brazos, bebido de su sangre y ser encomendado a la misión de
comprender toda la sabiduría que abarcaba. Siempre amé comprender
el mundo.
Tuve miedo. Miedo de no
poseer tiempo suficiente de poder saborear los libros, manuscritos,
periódicos y documentación que su mansión poseía. Quería
aprender de arte, música, literatura y bajarme en el placentero
mundo de la contemplación. Al menos, deseaba hacerlo en esos
momentos. Era como si al fin pudiera tener todo lo que siempre había
querido con tan sólo estirar la mano. Por supuesto, deseaba sentir
que las aventuras continuaban porque la travesía de seis meses desde
Francia habían sido sin duda una auténtica locura.
En cierto momento
aproximé el sillón al suyo y lo miré fascinado de la misma forma
que él lo hacía conmigo. Deseaba preguntarle más sobre su forma de
vida, las cosas que había comprendido o visto, pero él se aproximó
a mí y tomó mis labios como si fueran suyos. No rechacé el
contacto y simplemente abrí los labios, dejé que hundiera su lengua
en mi boca y comencé a saborearlo.
Él se levantó del
sillón, el cual estaba forrado en rojo como su ropa y poseía unos
acabados dorados muy elegantes, para quedar arrodillado frente a mí
mientras desabrochaba el pantalón. Mis manos fueron a los brazos del
mueble y eché mi cabeza hacia atrás jadeando. El sólo roce de mi
mano por mi entrepierna me electrocutó. Estiré mi brazo diestro y
acaricié sus cabellos enredando mis dedos en ellos. El frío aliento
de su boca cayó sobre mi miembro y pronto comencé a sentir las
lamidas más eróticas y deliciosas que jamás me habían dado hasta
aquella noche. Ni siquiera Nicolas o las mujeres de los prostíbulos
lo hubieran hecho mejor.
Su lengua cubría mi sexo
y apretaba suavemente toda su extensión. La punta de su lengua acabó
jugando con mi glande y los labios apretaron el borde de éste. Mis
gemidos bajos empezaron a golpear los altos muros y pronto eran tan
altos que incluso me asombraba de mí mismo. Sin embargo, paró
incorporándose mientras yo me encontraba sumido en un placentero
frenesí. Sentía que todo mi cuerpo ardía y que la sangre que él
me había ofrecido tenía un efecto colateral el mí.
Rápidamente me arrodillé
frente a él, pues estaba levantándose cuando lo hice, y levanté su
túnica observando que no tenía ropa interior alguna. Estaba
sudoroso y excitado, como ni siquiera la sangre me había puesto aún
en ese comprometido frenesí. Comencé a succionar su miembro, el
cual se hallaba duro, y lo hice de forma frenética. Él gruñó
pegando mi cabeza hacia él, dejando que entrara por completo su
miembro como si de una daga se tratara. Me sentía un faquir
engullendo lanzas, pero aquella tenía un sabor único.
-Así, aprendes rápido-
dijo tirando de mis cabellos para terminar agarrándome del rostro y
penetrarme bruscamente -Serás un excelente alumno.
Mis ojos azulados, pues
por aquel entonces aún no tenían tonos violetas, se entrecerraron
por el placer. La mano diestra fue hacia mi miembro y comencé a
masturbarme mientras él tiraba de mi pelo. Me hacía desear ser
obediente debido a su belleza y la fuerza de su mirada. Podía sentir
como el mundo giraba a nuestro alrededor de una forma frenética y
cuando sentí su esperma en mi boca temblé. No pude evitar no beber
de él y seguir succionando hasta dejar su miembro limpio. Tal era la
emoción del momento que nada más ver mi labor llegué manchando mis
pantalones, mi mano y el suelo.
Deseaba seguir, pero él
tenía más lecciones para mí. Sabía que si me quedaba a su lado
disfrutaría de una nueva clase de sexo que hasta el momento no había
deseado disfrutar. Sin embargo, no tomé la decisión apropiada y
Akasha despertó, destrozó el último recuerdo de mi antiguo amante
y me vio obligado a marcharme lejos de Marius. Recuerdo que deseé
quedarme entre sus brazos, en aquel lugar lleno de pinturas
increíbles y libros extraños, pero debía buscar mi lugar. Estar
con Marius aquellas horas fue esclarecedor, pero sin duda me hizo
replantearme la vida como un juego donde se aprende por segundos.
Lestat de Lioncourt
1 comentario:
Holi~ otra vez.
Creo que en las últimas votaciones mi pareja elegida no ha salido con tiro ganador, pero sí que gano yo leyéndolos. No había comentado, me faltaba tiempo en la mañana y así. Continúo al pie porque ustedes también invierten tiempo y esfuerzos en esto. Me hace feliz leer algo de estos dos, había olvidado lo mucho que deseaba a Marius x Lestat.
Y esto se me pasó en el otro fanfic: ¡Julien! ¡Julien vuelve!... Bueno, no es que se haya ido, pero ustedes me entienden. Oh, sí. Grité de la emoción.
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