Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 14 de enero de 2016

Los dos, siempre los dos.

—¿Debería admitirlo?—preguntó rompiendo el silencio.

Había estado allí de pie, junto a la ventana, contemplando el campo. La vid había sido recogida hacía meses, pero aún podía verse los troncos de los árboles esperando florecer de nuevo. La nieve caía amontonándose en el camino, pero también sobre las copas de los lejanos árboles y las montañas que parecían más diminutas que hace algunos siglos. En esa ocasión las estrellas no iluminaban el cielo nocturno, tan oscuro como magnífico, sino que las nubes cubrían todo dándole un aspecto temible.

—¿Qué deberías admitir?—dije sentado en mi butaca predilecta. Era de respaldo alto, mullido y con orejas. Estaba forrado con una tela gruesa en color burdeos, pero tenía un estampado bordado de flor de lis. Las patas de aquella maravilla, cómoda y elegante, eran de león. A mi lado estaba el fuego, consumiendo la leña, y arriba de éste, sobre la chimenea, un reluciente escudo familiar con dos leones furiosos y rosas a sus pies.

Estaba en mi castillo. El castillo que había pertenecido a mi familia. El lugar donde había sido infeliz, pero a la vez inocente y soñador. Estaba allí con él, guarecido de todo y nada. Asumía mi papel de maldito entre los malditos, pero también como bendito entre los proscritos.

—Que me siento feliz de estar aquí—susurró.

Llevaba una camisa blanca de algodón, abotonada hasta el último botón, y un chaleco verde cacería muy elegante. El chaleco estaba confeccionado con tela de pana, pero sus pantalones eran de vestir y bastante sencillos. Vestía como siempre había vestido: con una elegancia y una clase que pocos podían tener. Eso sí que era criollo.

—No hacía falta que lo admitieras, pues lo sabía bien—respondí cruzando mis piernas.

Llevaba botas altas, de montar, y unos pantalones adecuados para ello. Había salido allí fuera, con la ventisca y la nieve cayendo cubriendo cada grieta de mis tierras, con un grueso abrigo y mi caballo. Decidí salir como aquel día, pero regresé ileso. Tuve que hacerlo. Necesitaba sentir el aire húmedo y frío calando mis pulmones. No enfermaría, pero sí sentiría el aire cuarteando mi cara y mi cabello humedeciéndose mientras se movía salvaje. Y, en ese instante, había regresado para tomar calor al lado del fuego.


Se apartó de la ventana y caminó digno hacia mí, pero acabó sentándose sobre mis piernas tomándome del rostro. Sus rodillas quedaron a ambos lados de mis caderas y sus glúteos sobre las mías. Tenía las manos muy cálidas, o tal vez mi rostro aún estaba ligeramente congelado. Sus labios se posaron sobre los míos y noté como su sangre, cálida y viscosa, se colaba en mi boca. Yo me hice también un corte en mi lengua, con mis colmillos, y cedí parte de la mía. Aquel beso se volvió apasionado, pero finalmente tan sólo quedamos abrazados, el uno contra el otro, cerca de la chimenea mientras la nieve seguía cayendo.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 10 de diciembre de 2015

Su luz

Admito que así fue... ¿y qué? Éramos jóvenes...

Lestat de Lioncourt 


Regresé a casa, como la oveja negra del rebajo. Mi padre me marcó nada más llegar y soltar mis bártulos en la puerta. Sus ojos centelleaban ira y sus manos poseían la aspereza que tan bien recordaba. Jamás me aceptó como un hijo modélico, pero era el único que tenía. Intenté ser tal y como él esperaba, me ofrecí como carne de cañón para un infierno peor que el inimaginable. Ni el fuego más ardiente, ni las fieras más terribles, pueden compararse con la mirada de rechazo, odio y quebranto de mi padre.

Él había trabajado duro durante años para darme una esmerada educación. Me había echado fuera del pueblo, arrastrándome por las calles heladas, pues pensaba que llegando a París me haría un hombre de provecho, estudiaría y sería un portentoso abogado. Sabía bien que tenía una oratoria excepcional, propia de un demonio que desea comprar tu alma, y él me había educado para no sentirme inferior a los nobles.

Sin embargo, cuando llegué me vi a un hombre hundido en la verdad. Había observado como mis pasos no habían dado frutos, como su esfuerzo no era el idóneo y yo, como no, torcía mi camino porque prefería hacer otro distinto. Para él la música era un tema de ilusos, zarrapastrosos y mendigos. Ensuciaba el buen nombre de la familia, el cual era de gente honrada y trabajadora. Decidió entonces que me enseñaría el oficio de la peletería y aprendería a amar sus callos, que serían los míos, así como el dolor que se clavaría en mi alma. Quería que viese cuan equivocado estaba.

Durante semanas caminé por las húmedas y heladas calles empedradas, llenas de cuestas y casas humildes. Me ahogué en el alcohol por las noches, en las mañanas observaba a mi padre y atendía a sus clientes, y por las tardes daba lustre a las botas, limpiaba con afán los útiles de mi padre y sufría aprendiendo a como curtir la piel de los diversos animales. Esas noches eran placenteras, aunque comenzó a aflorar en mí pensamientos amargos y desquiciados.

Solía componer antes que llegara el amanecer, tras varias jarras de vino tinto. Escribía poemas, pequeños actos de teatro y partituras. Eran numerosas las obras que acumulé en unos pocos días. Todo ese trabajo se lo debía al rufián del pueblo, el hijo menor del noble, que había sido compañero de juegos y travesuras en mis días dorados. Cuando éramos niños aquel infeliz y yo, ambos sin sentirnos distintos o divididos por el linaje que nos separaba, solíamos reunirnos con otros muchachos cerca del lugar donde habían quemado a las inocentes brujas. Él solía llorar allí, mientras que yo sentía una fascinación terrible por la tierra quemada y los árboles retorcidos, negros y secos de aquel terrible paraje.

Llevaba casi un mes observándolo, sin poder apartar mi mirada de sus encantos y como todas las mujeres, sin excepción, caían en sus brazos. Solía entrar en los graneros, cobertizos y pequeños huertos a fornicar con las lozanas muchachas, sus madres e incluso con mujeres maduras que se sentían honradas de ser tentadas por unos dedos jóvenes. Él nunca tenía escrúpulos. Ni siquiera poseía vergüenza para negar sus besos, encuentros e hijos regados por todo el pueblo.

Solía ir tras él, ocultarme en una esquina y observar como levantaba sus faldas. Ellas se dejaban llevar al éxtasis más placentero mientras él, con su alborotada melena rubia, gemía y gruñía como un animal salvaje. Me sentía excitado al ver y escuchar esas escenas, pero no porque yo me imaginara junto a ellas. Aquel libertinaje me quemaba como el fuego a las brujas y corría a mi casa con las mejillas sonrojadas. Sólo me calmaba tocando el violín, despertando así a mi padre, y provocando que su grueso cinturón crujiera sobre mi espalda.

Cuando logró acabar con aquellos lobos, animales indómitos y terribles, rogué a mi padre ser quien los entregara. Él pensaba que era porque deseaba ser amable y servil, pues era mi nuevo oficio y jamás serviría para algo más que sentirme humillado por los nobles, los cuales me darían de comer en un futuro. Si bien, los Lioncourt hacía años que se hallaban arruinados y con el agua al cuello. Eso lo sabía bien, pero todavía tenía tierras y sus hijos podían hacer que aquellos terruños volvieran a ser viñas.

La verdad es que deseaba verme a solas con él. No dudé en acercarme a sus ideales, escuchar sus impertinencias y escuchar su risa llena de vida. Vi en él la luz que a mí me faltaba y me aferré a él como si fuese lo único que pudiese hacer en éste mundo. Quise recobrar la amistad y algo más, pues podía complacerle mejor que cualquier mujer en la cama.

Días después de nuestra primera conversación, tras tantos años, me invitó a montar a caballo. Él tenía unos cuantos en su cuadra, algunos pertenecían a sus hermanos mayores que casi nunca montaban. Los animales estaban allí, esperándonos, pero yo sólo deseaba estar a solas junto a sus ásperas manos curtidas por el rifle de caza, las riendas y las labores más duras en la cuadra.

—Aquí está, es mi nuevo caballo—dijo golpeando suavemente su lomo. Era negro, como la misma noche—. Era de mi hermano, pero él ha conseguido uno mejor. Dentro de unos días lo tendrá aquí, tendré que ayudarlo a domar a la fiera...—comentó entre carcajadas.

—¿Sabes domarlos?—pregunté apoyándome en una de las columnas de madera.

—Por supuesto, igual que a las mujeres. Ellas son fieras en la cama, pero cuando estoy entre sus muslos cambian y se convierten en serpientes sin veneno—sonrió descarado, para luego codearme—. Tú me entiendes. Así son las mujeres.

—No, no te entiendo—respondí con una sonrisa fría, aunque intentaba que mis celos no se descontrolaran.

—Has estado en París, ¿no? Las mujeres allí son mucho mejores que en los pueblos, porque...

—No he estado con mujeres—dije cruzándome de brazos ligeramente incómodo—. Las damas, de baja o alta sociedad, no me atraen. Por mí pueden ser hermosas, feas, bajitas, altas, delgadas, gruesas, jóvenes o ancianas que a mis ojos, y sin excepción, serán oponentes y no amantes cálidas en noches frías—afilé la mirada y alcé mi mentón. Sabía que podía terminar golpeado, como alguna vez había ocurrido.

Él, sin embargo, sólo se apartó del caballo sacudiéndose las manos, para después agarrarme de los brazos separándolos de mi torso. Me miró como mira a una puta barata, con esos ojos pueriles y encendidos, así como con una ligera fascinación. Sonrió paseando sus ojos claros, casi zafiros, por mi torso y cintura ligeramente estrecha. No sé que pensó en ese momento, y ni siquiera me dediqué a preguntarlo. Sólo sé que me soltó con cierta rabia y me atrapó del rostro para hundir sus dedos por mis facciones, deslizando éstos impune y beligerante, para luego besarme como jamás lo habían hecho. Mis piernas temblaron y comprendí porqué todas esas mujeres permitían que él las destrozara, humillara y marcara como sus fulanas.

Sus labios me hicieron arder y mis manos se colaron bajo su ropa de abrigo, palpando su duro vientre, mientras mis pantalones caían al suelo junto a mis calzas y ropa interior. Él sólo sacó su miembro de la comodidad de su bragueta, mostrándolo ligeramente endurecido, para ofrecerlo a un mártir que llevaba semanas deseando caer en su trampa. Allí, entre los animales y los aparejos de limpieza y cuidado, me arrodillé como una puta parisina. Mi lengua limpió su glande y continuó durante todo su falo, hasta borde de la ropa, que ocultaba su vientre, y testículos. Sus caderas no tardaron en moverse, del mismo modo que sus manos se aferraron a mi nuca. Después, sin piedad, me alzó, giró y colocó contra las puertas que encerraba a uno de aquellos nobles animales. Al sentirlo dentro de mí pude dibujar en mi mente un centenar de partituras, las cuales se difuminaron entre el éxtasis y sus palabras sucias. Finalmente, como no, él marcó a su presa, que en éste caso era yo, y quedé a merced de un amor terrible.


Por fortuna para mí le complací demasiado, convirtiéndome en la única fulana capaz de saciar sus más bajos instintos. Porque yo sabía como llenar su alma con filosofía, escuchaba sus penurias y alegraba su cuerpo allá donde él quisiera.  

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Para ella

Recuerdo bien a mi madre con la mirada perdida en la ventana, observando los copos de nieve amontonarse en el camino de la entrada. Sus ojos grises parecían cada vez más apagados, como si la luz de la vida se fuese difuminando mientras su agonía, terrible y larga, parecía proseguir haciéndola caminar descalza sobre un valle de espinas. Nunca la vi llorar. Jamás manifestó el dolor terrible que poseía su alma, hecha jirones y sueños muertos por la vida sombría que acabó llevando, pero podía palparse. Tampoco la vi sonreír en demasiadas ocasiones. Siempre parecía pensativa, quizás intentando vivir en sus paraísos interiores donde la enfermedad no la asechaba, y ligeramente molesta.

Cada atardecer teníamos largas conversaciones en mi habitación. Encendía el fuego de la chimenea, avivándolo con leña recién cortada, mientras ella soltaba su larga cabellera para que la cepillara. Los mechones dorados de su pelo rozaban su estrecha cintura, la cual estaba aprisionada por los corsés más terribles como cualquier mujer decente, mientras sus manos, agrietadas por el frío, sostenían libros de poemas que solía leer en voz alta para mí. Yo no sabía leer ni escribir, pero conocía a los clásicos como si los hubiese leído mil veces por mí mismo.

Su piel era pálida, pero solía pellizcarse las mejillas para aparentar buena salud. Una salud que se desquebrajaba cada vez más y que a mis hermanos, como borregos estúpidos, no solían apreciar. Ni siquiera mi padre estaba atento a los cambios en su voz, la cual a veces parecía a punto de perderse debido al dolor que soportaba. Ellos la maltrataban con su dejadez, con el egoísmo brutal que todos tenían hacia ella y, por supuesto, con las manos sucias y ásperas del tullido de mi progenitor. Él era el peor, pero acepté sus disculpas y lloros en su lecho de muerte. Todavía no sé qué me animó a perdonar su maldad desbordante con ella y conmigo, el menor de sus hijos.

Me sentí ruin al dejarla atrás, por eso no era feliz. Pensaba en ella constantemente cuando la noche llegaba, las estrellas brillaban y notaba las manos cálidas de Nicolas sobre mi vientre. Aquella cama de colchón de paja, con sábanas raídas, era mucho más confortable que aquella cárcel húmeda y lóbrega que la mantenía aislada de la luz parisina.

Cuando logré fortuna, a pesar de haber caído en la desgracia de éste Don que puede ser pecado infernal, decidí que debía volver a viajar como cuando era una niña, volver a Italia donde el tiempo era menos cruel y poder, al fin, disfrutar de esas obras de teatro que tanto amaba. Pero ya era tarde. Ella se marchitaba como flor silvestre recién arrancada. Moría frente a mí, frente a las luces de París, y yo decidí darle la vida que se merecía. Una vida eterna. Una vida libre. Una vida donde ella podría decidir quién ser y qué desear. Yo le di las alas que un día le robaron y curé todas sus heridas con un beso lleno de amor.

Amo y amaré a muchos durante toda mi vida, pero jamás amaré a nadie más que a mi madre. Ni siquiera Louis puede comprarse. Ella es mi madre, me dio la luz y grandes lecciones que aún pongo en práctica. Gracias a ella, a mi hermosa Gabrielle, tuve el coraje de vivir porque si ella no se rindió ante sus desgracias ¿cómo podía hacerlo yo ante ocho simples lobos?


Un hombre es el ejemplo de la educación recibida, de los grandes ejemplos que ha tenido a lo largo de su vida, y yo soy un fiel reflejo de quien ha sido y es mi madre. Ojalá yo llegue a ser tan importante para otros como ella lo ha sido para mí.  

Lestat de Lioncourt 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Todavía

—Acepta la maldad en tu corazón, somos demonios.

¡Su voz! Podía escuchar su voz, sentir su aliento cerca del mío y esa mirada llena de furia. Ojos oscuros, como la noche misma, clavándose en mí con un delirio atroz. Estaba enfermo de odio, rabia y también de un amor que se desquebrajaba hasta convertirse en nada. ¡Cuán miserable me sentía! ¡Cuán terrible quedé!

—¡No somos demonios! Dios no existe y el Diablo tampoco.

Respondí con orgullo. Mi soberbia me cegaba. No atendía a escucharlo. Sí éramos malvados. Debía haberle dicho que creía en otra clase de demonios, pero no en el bíblico. Pude haberlo detenido y callado, abrazado pegándolo a mí, y ofrecido mi consuelo. ¡Pero no! Decidí que gritara con fuerza hasta escupirme todo su veneno, como una serpiente. Culpable, sí. Era culpable... ¡Soy culpable! Todavía su muerte pesaba sobre mis hombros. Aquello que amé, por lo que luché, se convirtió en un ser salvaje que mostraba sus colmillos como los lobos que tuve que sacrificar para poder sobrevivir.

—¡Claro que sí existe el Diablo! ¡Yo soy parte de él! ¡Soy uno de sus miembros! ¡Soy sus ojos en la tierra!

Aquella conversación siguió, como no. Su rabia se incrementó y pude notar como deseaba abalanzarse sobre mí. Tantos días en silencio, tanto dolor, para ser acuchillado aún más por él y su necedad.

—¡Estúpido! ¿Quién te dijo eso? ¡Quién te ha podido infundir tales mentiras!

¡Oh! Santo Dios... pude verme a mí mismo señalándolo, haciéndolo aún más mártir, mientras las tablas del teatro se quejaban y las velas temblaban. Armand, a nuestras espaldas, observaba todo como una estatua de mármol, al igual que mi madre. Allí, reunidos los cuatro junto a los ayudantes del viejo líder de la Secta, vivíamos nuestra última batalla.

—He visto en tu sangre la maldad, esa que predicas como inexistente, también la codicia, el egoísmo y la mentira. He visto en ti lo peor, cuando creía que eras la luz de mi mundo. Te has convertido en tinieblas y has arrasado con mis esperanzas.

Recordé esa conversación como si la viviese en ese mismo instante. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral y lancé a las llamas un par de trozos de leña. Allí, sentado en mi sillón favorito, observé como las llamas consumían cada trozo hasta reducirlos a cenizas. Me imaginé su cuerpo danzando sobre las llamas, convirtiéndose en una antorcha en medio de París, y el silencio, al fin el silencio, de su enigmático y caro violín.

Había comprado uno de esos violines extraordinarios, pues pensé que le haría feliz, pero sólo lo maldije aún más. Me comporté como un estúpido. No supe amarlo. Jamás supe apreciar su dolor y la ira que emanaban sus carnosos labios.


¿Cuántas veces me rogó que me quedara? ¿Cuántas veces negué su idea? Me burlé de él. Me reí de sus creencias. Le llamé loco. Mi comportamiento era el de un estúpido. No vi su sufrimiento. Sólo creí que era una reprimenda por haberlo abandonado. ¿Y de haber sido así qué hubiese pasado? Nada. Me lo merecía.  


Lestat de Lioncourt 

domingo, 15 de noviembre de 2015

Haz bondad

Daniel Molloy me ha dado éste texto para subirlo a la web. Me ha pedido que lo hiciera urgentemente en éste día. Como periodista quizás sabe más que todos nosotros lo que es informar, transmitir y hablar a otros. Incluso yo me siento a veces saturado y no sé como explicar lo que siento, pero él sabe poner cada coma en su lugar.

Lestat de Lioncourt


Convirtieron el caos en religión y la religión fue absorbida de nuevo por sus inicios. La nebulosa rojiza que penetró, como pequeñas agujas, en el cuerpo de Akasha dio paso a una diosa peligrosa sedienta de sangre y poder. La misma diosa que cubierta de pecado, ambición y equívocos pensamientos creó numerosos guerreros para que extendieran su reino a lo largo de los senderos de arena, el refrescante Nilo y los diversos mares y océanos. Se convirtió en un monumento a la verdad absoluta, el poder y la belleza eterna. Venerada, amada y temida se encumbró como la única luz en la oscuridad.

Durante cientos de años fue tomada como emblema de una estirpe de condenados. Se ocultaba del sol para evitar la muerte, como si fuese una gigantesca plaga, de sus primeros soldados y descendientes. Los guerreros de la Reina Akasha se guarecían en gigantescos árboles, venerados como dioses de distintas tribus, impartiendo justicia entre los pecadores. Otros, como no, seguían caminando por el mundo, completamente sedientos y descontrolados, buscando un refugio para alzar su voz y ser temidos. Algunos iniciaron religiones sangrientas llenas de sacrificios humanos, como Azim, otros decidieron ser bondadosos y complacientes como Avicus. Cyril, por ejemplo, decidió rondar el mundo en busca de un destino, de algo que entretuviese su mente intranquila y su alma torturada, usando largos periodos de descanso bajo las ciudades que visitaba.

La primera Quema mató a muchos jóvenes, provocando que sólo los más antiguos sobrevivieran convertidos en huesos oscuros o piel terriblemente quemada. Ella fue expuesta al sol, mostrada como si fuese un objeto maldito que debe ser destruido, junto a su consorte, Enkil, durante todo un día. A lo largo y ancho del mundo cientos de hombres y mujeres, seres de la oscuridad, sintieron el sol como si estuviese bajo sus cabezas. Muchos gritaron en mitad de la noche, otros golpearon con rabia y dolor los gruesos troncos de los árboles, hay quienes intentaron calmar aquel drama hundiéndose en el mar... ¡La Sangre ardía! ¡Ellos ardían!

La segunda Quema fue cuando ella despertó. Un joven vampiro decidió mostrarle al mundo entero la verdad, un secreto que se había ocultado por supervivencia y miedo, a todos los demás que jamás habían escuchado tales testimonios. Se convirtió en un héroe, pero también en un proscrito. Muchos deseaban eliminarlo, pero la mayoría fueron sentenciados a muerte. La Reina Akasha, La Madre, lo protegía y se alzó como una fiera, igual que una leona protege a su cría, contra todo aquel que deseaba matar a su nuevo consorte, pues Enkil había perecido en sus brazos.

La vieja guerra volvió, la fe convertida en venganza surgió con fuerza y agitó los cimientos de ésta era tecnológica y ligeramente artificial. Los focos del escenario temblaron, estallaron y se convirtieron en el símbolo del desastre. Muchos jóvenes estallaban en llamas, otros corrían sintiéndose pequeñas hormigas que eran señaladas con una gigantesca lupa y miles, en todo el mundo, lloraban heridas, morían sin poder siquiera salir de su ataúd o despertarse de su largo y próspero sueño. El regreso de La Reina nos narró una historia de venganzas palaciegas, mentiras y corrupción así como un pequeño gesto de amor, bondad y respeto que se convirtió en el inicio, en el Germen, tras un ataque de una neblina rojiza llamada Amel.

Aquel espíritu vengativo estaba uniéndonos a todos, poseía vida dentro de ella aunque muy débil. Él comenzó a cobrar conciencia cuando ella despertó, pero eso no lo sabíamos. Y, cuando él tuvo fuerzas suficiente, más allá de balbucear algunas simples palabras, la siguiente Quema se inició. La Tercera Quema arrasó la noche durante semanas, iniciando focos en Brasil, India y diversos lugares de Europa. Los jóvenes ardían de nuevo. Muchos antiguos eran usados como viejos soldados que entraban en guerra mientras una voz, suave y testaruda, pedía que murieran en su nombre, por su dolor y poder.

Los seres humanos también están matando ahora. Matan en nombre de un Dios que dice hablarles, pero sólo es su ambición, estupidez y peligrosos deseos políticos que se envuelven en religión. Las verdaderas religiones fueron creadas para mostrarle al hombre la piedad, bondad, respeto, superioridad y comprensión. El hombre no era perfecto, por eso creó a Dios. Deseaba que alguien superior le mostrase el camino a seguir y, de ese modo, mejorar su vida, así como la de los suyos, pero la sed belicosa de los distintos pueblos, el deseo insaciable de llevar la razón, los convirtió en monstruos. Mataron en nombre del Dios cristiano en las viejas guerras, del mismo modo que mataron a su profeta los judíos creando esa religión cristiana, y así matan ahora, indiscriminadamente, en nombre del Dios musulmán. Mentira. Todo es mentira. Son actos crueles de personas manipuladas por el poder político y económico, pues las guerras generan dinero y éste es necesario en una sociedad capitalista. El soporte económico de éstos malditos grupos de asesinos, torturadores y tercos está en Estados Unidos. La represión, el odio, la violencia, las bombas cayendo sobre territorio musulmán generó el odio y las armas provienen de intereses armamentísticos de ese país, cuna de las libertades y las balas fáciles, así como de Europa. Nos venden miedo y compramos protección, regalamos odio y el mundo yace en ruinas, sangre y dolor.

Nosotros los vampiros nos hemos unido, sin importar nuestros orígenes, ¿por qué no lo hacen ustedes? Unan sus manos sin importar sus religiones, recen con fe aunque no sea a un Dios, y respondan con palabras sabias a las mentiras, odio y venganza que están plantando en sus corazones. Y, por favor, no olviden las víctimas de todas las guerras. A veces siento que sólo hiere cuando son atacados países occidentales, como si los orientales no sufrieran. Todos sufren.

Quien guarda rencor, responde con odio, muestra rabia e indignación en vez de palabras justas, bondad y lazos de hermandad. Quien rechaza y sólo ve sus miserias, aquellos que no son capaces de pensar que también son víctimas los musulmanes, pues atacan usando su cultura y su fe, está ciego y equivocado. Ustedes son parte de La Tribu, La Familia Humana de Maharet y Khayman, y deben aprender a convivir, respetarse y no atacar desde la venganza. Y ésto, compañeros mortales, se aplica a todos sus actos. Quien posee odio en sus corazones, quien sabe que actúa mal, se pudre y se convierte en desperdicio. Haz el amor, posee integridad y sigue tu honor. Sé un ejemplo de buena voluntad y no de estupidez, mediocridad y odio.


sábado, 14 de noviembre de 2015

París

Arde, sangra y llora París. Mi París. El París de muchos. El mundo de los bohemios, románticos paseos, alta cocina, encuentros culturales de todo tipo, seductoras mujeres que bailan envueltas únicamente en caro perfume, libertades, verdades, de gritos y leyendas. París de cafés donde se reúnen aún los jóvenes a salvar el mundo, pues sus ideas germinan entre las amontonadas tazas y el aroma de un café bien cargado, un ponche caliente o un té de media tarde. La capital del amor, la libertad y el arte se ha visto presa de la anarquía, sin razón, sangre y pólvora.

Cientos de personas se reunían ante el televisor, otros deambulaban por las calles pensando que era un viernes vulgar con la diversión habitual desplegándose ante ellos, deportistas de élite saltaban al terreno de juego para hacer olvidar a muchos sus preocupaciones cotidianas, empresarios encendían la radio para deleitar a sus clientes, tiendas bulliciosas comunicaban que pronto echarían el cierre hasta el lunes, jóvenes aullaban en una sala de fiestas frente a uno de sus grupos favoritos y una jauría de indeseables se convertían en lobos hambrientos, con almas de demonio, a tiros descerrajaban a la paz, la libertad, la bondad, la diversión, la igualdad, el derecho a la vida y convertían el mundo en un infierno.

Cuando era joven deseaba viajar a París. Allí, en sus calles, había artistas que se morían de hambre, pero su almas se alimentaban de algo que yo codiciaba. Quería cultura, deseaba conocer y comprender, y la filosofía, política y arte de esa ciudad, tan encantadora y soñada, parecía un paraíso. Sigue siéndolo para muchos artistas, jóvenes de todo el mundo que viajan hasta allí para mejorar su vida y estudios, así como para los propios habitantes de un lugar atractivo desde la panorámica de cualquier cámara.

Fue Nicolas quien me habló de París. Fue París quien me enamoró mucho más que Nicolas. Me dejé embriagar por sus perfumes, por el aroma a pan recién hecho, sus cafés nocturnos y sus miserias. No era el mundo que ustedes conocen. Yo conocí una ciudad que empezaba a ser lo que hoy palpan. Olía a orines por las mañanas, hacía frío en mi alcoba y la humedad calaba mis huesos. Pero no me importa. ¡No importaba nada! Abría la ventana y veía el bullicio del mercado, escuchaba las discusiones políticas y observaba como todos y cada uno poseían belleza. Me dejé cegar por París y la hice mi musa, mi amante y fuente de mi pequeña felicidad. Nunca he sido del todo feliz, salvo en compañía de mi pequeña familia de vampiros, pero allí palpé algo muy parecido.

En París cumplí mi sueño, pero ahora muchos no pueden seguir el suyo. Sus vidas se han detenido como un reloj que deja de funcionar. Ya no hay segundo para ellos. Muchos serán enterrados por sus padres, otros llorados por sus hijos y cientos jamás podrán olvidarlo convirtiéndose sus calles en pesadilla recurrente. No sólo han herido a París, los parisinos y sus turistas. Han herido al mundo.

En el mundo, éste sangriento y estúpido mundo, tiene demasiadas guerras por codicia. Han alimentado a éstos indeseables, les han mentido sobre su religión llenándolos de odio hacia la misma sociedad que los mantiene. Estados Unidos ha logrado su objetivo, ha creado monstruos y éstos monstruos les hace el trabajo sucio para sus deseos de guerra, petroleo y ocupación. Ahora alzarán muros en nombre de la seguridad, alejarán a Sirios inocentes de un futuro próspero sin una pistola en la nuca y hablarán de odio a sus hijos. Muchos temerán ahora a los musulmanes, los cuales no tienen culpa de haber sido usados, a ellos y su religión, para actos tan miserables.


Todas las religiones hablan de paz, todos los hombres buenos y nobles de esas religiones claman a la no violencia y el entendimiento. Hay que recordar el emblema de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Ni París, ni Beirut, ni Siria, ni ningún otro lugar del mundo debería ser atacado por la maldad que una religión no posee. La maldad está en las almas y en las armas que apuntan. La religión sólo es su escudo, su mentira, su disfraz para cometer actos criminales.   

Lestat de Lioncourt 

sábado, 7 de noviembre de 2015

Conversaciones de otro mundo

Nicolas y sus ganas de fastidiar vuelven a la carga. Ahora padece éste castigo Louis. 

Lestat de Lioncourt 



Regresé junto a quien siempre será mi calvario, pero también la tormenta agradable que agita mi ser. Él es el único que comprende cada fibra de mi alma y que retuerce mis sueños convirtiéndolos en deseos apasionados, libres y temibles. Intento tener paciencia y no dejarme llevar por el corazón, pero es inútil. Realmente él provoca que sea un hombre distinto y luche contra la fiera que duerme callada esperando sus caricias. Me he convertido en mendigo de sus discursos improvisados, palabras elocuentes aunque llenas de sueños imposibles y de recuerdos. Esos mismos recuerdos que compartimos pese a querer alejarnos el uno del otro, pero es imposible.

Si he vuelto a su lado es porque creo que es mi lugar. Sin embargo, cuando llegué aquella noche a ese castillo, el cual parecía desértico, escuché las bellas notas de un entregado violín. Supuse que podría ser él, pues en alguna ocasión había tocado aquel glorioso instrumento de locos, bohemios y perdidos. Caminé por diversos pasillos, adentrándome en la penumbra más absoluta, y giré el pomo de la biblioteca. No era su corazón el que latía tras aquellos gruesos muros, levantados con arduo esfuerzo, y tampoco era su aroma el presente en aquella sala, sino alguien distinto.

Frente a mí se apareció una figura menuda, de caderas suaves y proporcinadas, cintura estrecha, espalda delicada y largos cabellos ondulados de un tono similar al mío. Tenía el pelo suelto, cayendo en cascada, rozando su hermosa camisa de chorreras cuyas mangas eran de encaje. Esas prendas ya no se hacen como antes, no tienen el poder que poseían en nuestra época. Poco a poco se convirtieron en disfraces y ropa de coleccionista. Sin embargo, él la lucía como si estuviese adherida a su piel. Sus dedos eran largos, como las patas de una araña, y se movían rápidos pellizcando las cuerdas y, en ocasiones, rasgando el arco contra éstas. Sus piernas estaban envueltas en unos pantalones antiguos, que ni siquiera yo había usado alguna vez, y unas botas similares a las que tanto amaba Lestat. Sin duda, era la moda clásica que él había vestido mucho antes de conocernos, antes de la Revolución Francesa, y en éstas tierras inhóspitas donde el viento es el único que clama.

Se giró rápido, provocando que un golpe de aire cerrara la pesada puerta que había detrás de mí, y entonces pude ver su rostro. Esos ojos café oscuro, con esos hilos dorados, tenían un marcado odio hacia mí, hacia el lugar donde se hallaba, pero también una amargura insondable. Sus finos rasgos, pese a ser masculinos, le daban un toque de muñeco perfecto. Parecía una de las marionetas de un teatro de pesadilla, pues poseía la belleza de un ángel y la presencia terrible de un demonio. Noté una energía pesada, oscura y tan densa que me oprimía el pecho. Su sonrisa era cruel, pero sus dientes parecían perlas. Tenía la frente ligeramente despejada, pues algunos mechones habían caído con gracia sobre ésta. Sus perfectas cejas castañas, casi negras, parecían haber sido cinceladas pelo por pelo.

El violín seguía sonando y él se movía hacia mí. Sus pasos no sonaban al principio, pero luego escuché a la perfección el tacón de la bota repicando como las campanas del infierno. Tuve miedo. Sabía quién era y qué era en ese momento. Él era Nicolas de Lenfent, un fantasma enloquecido, sediento quizás de una venganza que no tuvo en su momento. Me miraba furioso y yo fruncí el ceño, me abracé a mí mismo y rogué a un Dios en el que ya no creía. Quise gritar el nombre de Lestat, pero no salían mis palabras. Me sentí impactado por su demoníaca presencia.

—Dile que he venido y vendré cada noche. Tenemos una conversación pendiente desde hace siglos—dijo—. Dile que ésta vez no huya.

Quería hablar, pero no podía. Me lo impedía el miedo, aunque hice un esfuerzo atroz tragando saliva e intentando responder.

—¿Ésta vez?—pregunté al fin.

—Sí, a los dos—contestó justo antes de desvanecerse.

Sin embargo, la música seguía sonando. Una música terrible. El violín se movía frenético y giraba a mi alrededor, pero entonces, como si nada hubiese ocurrido, cesó y también se evaporó. Todo, incluso sus ropas, eran pura ilusión. Creí haberme vuelto loco, hasta que escuché los gritos de Lestat al otro extremo del pasillo, sus rápidas pisadas y sus palabras de preocupación.

—¡Louis! ¡Louis! ¡Dime que no te ha hecho nada! ¡Louis! ¡El castillo está infectado con su presencia! ¡Louis!—dijo abriendo la puerta, para atravesar la habitación y estrecharme.

Los libros cayeron de sus estantes, como si desearan sepultarnos, y entonces noté que ese aroma, denso y extraño, desapareció. Era olor a hollín y tierra mojada, como si un demonio hubiese estado llorando junto a una hoguera. De inmediato recordé un lugar del cual había escuchado por boca y palabras escritas de Lestat: El lugar de las brujas.

—No te separes de mí... abrázame fuerte... —fue lo último que dije antes de desplomarme.



miércoles, 28 de octubre de 2015

Amor

Estaba allí de pie como si fuese un ángel. No sabía desde cuando se encontraba allí. Parecía haberme esperado por horas. Había salido a cazar en las calles aledañas a las avenidas principales de París, donde los románticos pasean de las manos y los carteristas se frotan las suyas recolectando pequeños botines. El abrigo oscuro me amparó durante gran parte de mi paseo, la lluvia no arreciaba y la sangre calentó ligeramente mi cuerpo. Amel estaba en silencio y no había hablado hasta que al llegar lo sentimos. Ambos sabíamos que era él. Su corazón lo delataba.

Situado frente al altar, con los ojos clavados en el crucifijo y las manos juntas. Parecía el niño del coro que jamás fue. Inocencia infinita, fe pura y delicadeza en sus rasgos. Sus cabellos castaños rojizos, con esos reflejos que eran puro fuego gracias a la luz de las velas incidiendo sobre él, parecía haber salido de un retablo. Sus ropas eran simples, como las de cualquier adolescente, y sus zapatillas de deporte parecían desgastadas. Eran ropas de alguna víctima. Había decidido usar aquel disfraz para pasar desapercibido por las grandes ciudades, donde no tenía sus pequeños imperios cargados de antros de placer, música y borrachos perdiendo la vida en cada esquina. Poseía empresas de fiestas, pero también legales e incluso instituciones mentales. Si bien, quien lo contemplara vería a un muchacho de unos diecisiete años, de ojos profundos llenos de miseria y ligeras esperanzas, rogando por un milagro.

—Aún no pierdes la fe—dije tras un largo suspiro de Amel en mi mente. Él me había dejado claro que estaba con nosotros, frente a frente, observando a aquel muchacho que lo significó todo para Marius y ahora, sin duda alguna, era una pieza clave para nuestra tribu.

—No—respondió—. Todavía creo en el bien y en el mal.

—El bien y el mal es un invento que trae beneficios—murmuré encogiéndome de hombros, con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo.

Se giró por completo observándome, para luego caminar rápidamente hacia mí y abrazarme. No le importó humedecer sus ropas, ni mojar su rostro. Rompió en llanto cuando me alcanzó y yo, como no, acabé estrechándolo. ¿Cuántas veces había dicho que lo odiaba siendo mentira? Miles de veces. Había negado el amor que le poseía por rabia y reproches, los cuales ya ni merecían siquiera un pequeño recuerdo en mi alma. Coloqué mi mano derecha sobre sus revueltos y ligeramente ondulados cabellos. Sus mechones estaban secos, así que me daba una idea del tiempo que llevaba allí. Posiblemente más de dos horas. Amel no me había avisado de su llegada, tal vez porque no le apetecían visitas aquella noche.

—No entiendo el amor, pero lo codicio—susurró—. Tú entiendes el amor, quiero comprender el amor—dijo aferrándose con fuerza a mis prendas mojadas.

Tenía el cabello ligeramente pegado al rostro, pero creo que pudo notar como mis ojos brillaron en un destello de preocupación y amargura. Había intentado explicarle el mundo a través de grandes hombres de letras, incluso por medio de mis acciones, pero era un intento nulo tras otro. Entonces, lleno de ternura en ese momento de debilidad, me incliné sobre él tomándolo del rostro, abarcándolo con mis manos suaves y tibias, para ofrecerle un beso. Era un beso de perdón, amor y preocupación. Mi lengua se enredó en la suya y él bajó los párpados disfrutando del momento. Al apartarme, dejando su boca, susurré algunas frases que parecieron caldear su alma.

—Amar es perdonar. Amar es ofrecer parte de tu corazón a otro, sin importar nada. Amar va más allá de tus leyes sobre el bien, el mal, Dios, el Diablo, lo correcto y lo incorrecto. Amar te hace enfrentarte a leyes, tiempo y distancia. El amor no conoce fronteras y hay tantos tipos de amor como personas hay en éste mundo—aún lo tenía del rostro cuando le recitaba aquella plegaria—. Hay muchos que te han amado de múltiples formas, pero no te han comprendido. Tú no los has comprendido tampoco. Para que el amor termine funcionando debes bajar tus muros. Vives en un laberinto de sombras, palabras y matices. Quizás si los bajas te hieran, pero ese dolor merece la pena—aparté entonces mis manos y mi cuerpo de él, para ver como empezaba a llorar desconsoladamente.


Así es Armand. Así es el ángel de alas negras que pintó Marius. A veces es un monstruo terrible adicto a una tecnología que no deja de avanzar, y en otras ocasiones sigue siendo el niño secuestrado en un barco de esclavos, sometido al odio y la vergüenza.  

domingo, 30 de agosto de 2015

Errores que marcan

He tomado tantas decisiones incorrectas, con las cuales he aprendido, que yo tengo el alma llena de heridas. Reconozco cada marca como si fuese ayer mismo su corte, pero no me importa. He llegado a ser feliz. Al fin lo he sido. Recuerdo las dudas de mi pobre madre enferma, desamparada por la vida y la libertad, afrontando sus últimos días temiendo llegar el día de su juicio ante Dios, el Demonio o la nada más temible. De aquellos días queda mucho de mí, pero a la vez no queda nada. He desterrado el miedo y he abrazado la libertad con actos imprudentes, aunque necesarios. Uno no aprende si no se cae y yo, como no, me he caído demasiado.

Pero si hay algo que todavía me duele, a la vez que me fascina, son los pequeños recuerdos que no se van, sino que se agitan. Hace unas noches conversaba con el espíritu que yace a mi lado, que comparte con mi alma éste cuerpo animado por la rebeldía y los reproches típicos de un caprichoso, sobre la tragedia representada en mi Jardín Salvaje. Pero recordaba, sobre todo, los momentos que viví en aquel pequeño y ridículo escenario, de telón raído, polvos blancos y veneno para el corazón. Porque me dejaba embriagar por el éxito, el aplauso fácil, el baile, la música desgarradora del violín de mi amante y el continuo despertar de mis bajas pasiones.

Sí, esas bajas pasiones... Él.

Con asombro recordé cada trozo de su cuerpo. Pude recorrer con los ojos cerrados su musculatura escasa, aunque marcada, su cintura estrecha, sus muslos firmes y redondos, esos dedos finos y largos que me recorrían como si fuera una araña y el vientre plano que bajaba hasta su miembro hinchado, necesitado de atenciones y que se esforzaba por complacer mis crueles tácticas en la cama. Me derrumbé entre el delirio de la lujuria y el llanto, un llanto amargo os lo juro, cuando me vi a mí mismo en aquella cama de paja, de sábanas viejas y mantas escuetas, mordiendo su espalda, lamiendo la cruz de ésta y permitiendo que mi sexo rompiera todos los tabúes establecidos. Lo torturaba deslizando mis manos, mientras él se aferraba al débil cabezal que temblaba con cada arremetida. Aquella noche lloraba. Había estado bebiendo hasta casi perder el conocimiento, pues me había encontrado entre las bambalinas con dos de las protagonistas de la dichosa obra.

Creo que cuando le ofrecí la sangre pudo ver cuan despreciable era, lo solitario y amargo que llegaba a ser, y lo diferente que siempre fui aunque él me idolatraba. Cayó un ídolo, murió como quien mata a una pobre ave indefensa en una jaula, para surgir un enemigo. Había sido un hipócrita, le había vendido amor y pasión cuando sólo era miedo a la soledad. Y, sin embargo, yo le amaba. Amaba cada pequeño y estúpido detalle. Disfrutaba de su música, pero también de su cuerpo.


Es increíble que aún pueda escuchar cada palabra que nos dimos, con mayor o menor rencor, en aquellos tristes días donde me echó de su lado. Pero a la vez soy incapaz de recordar una simple cifra para acceder a mis correos electrónicos. Es como si mi mente sólo seleccionara lo que mi corazón, o mejor dicho mi alma, aún no se perdona. Fui un idiota y reconozco que aprendí a querer lo que ya no tenía.

Lestat de Lioncourt   

martes, 7 de julio de 2015

Adoración

—Deberías darme las gracias—dijo con el tono más frío y áspero que recordaba. Sus ojos grises parecían contener una tormenta atroz. La ira recorría cada parte de su frágil y torturado cuerpo. Sus manos blancas, como si fueran nieva, se abalanzaron sobre mí y en vez de abofetearme, como tanto temía, me tomaron del rostro y secaron mis lágrimas—. Llorar no te servirá de nada, ¿me oyes? De nada. Mientras tú lloras otros consiguen sus sueños—se arrodilló frente a mí, me besó la frente y me abrazó.

Me sentía condenado. Creo que jamás dejé de estarlo. Por más que he intentado encontrar el camino de lo correcto, aquel que posiblemente me daría la felicidad que tanto ansío, termino retrocediendo hasta las lágrimas. Recuerdo el crucifijo de aquella miserable capilla, tan llena de humedales como oscura. Apenas quedaban vidrieras, pues todas se habían ido rompiendo con el paso de los años y mi padre no las había mandado reparar. Casi no había dinero para pan, especias y vino así que aquello era una minucia. Hacía frío, algunos copos de nieve entraban en el lugar y se derretían en el suelo de piedra.

Ella parecía un ángel y yo era un pequeño demonio. Era un ángel imparcial que me demostraría la rectitud, reafirmando su actitud fría a la par que benevolente. Sabía que me amaba, pues de eso no tenía duda alguna, pero su amor era brusco y para nada acertado. Sólo tenía ocho años y quería ser un hombre de bien, un santo, un ser que fuese amado con cariño y educado con esfuerzo. Quise pertenecer a esa congregación porque por primera vez alguien mostraba interés en mí, me decía que era bueno y que hacía las cosas bien. Sólo quería amor y paz, pues eso era la felicidad o a eso se asemejaba aquellos días. Además, no tenía que llorar por pan y sopa. Allí tenía mis alimentos y cobijo.

Me tomó de los brazos, a la altura de los hombros, y me agitó suavemente. Yo no reaccionaba. No decía palabra alguna. Simplemente dejaba que mis cálidas lágrimas calentaran mis mejillas. Finalmente me soltó y revolvió mis cabellos rubios, tan rizados como los de un querubín, y besó suavemente mi mejilla. Me besó como una madre besa a su hijo, con ese amor y ese respeto inconfundible. Fue la primera vez que la vi preocupada por mí, pues yo empezaba a comprender que vivíamos en una cárcel donde moriríamos miserables.

Y ahora estoy de nuevo aquí. Estoy en el mismo lugar. La capilla ha sido restaurada y las vidrieras, esas que mi padre no quiso poner nuevamente, lucen radiantes a la luz tenue de las velas. Hay un simple crucifijo en la pared y bajo éste hay una decena de ramos de flores silvestres. Huele a incienso, cera y flores. Huele a bondad y recuerdos. Ella no está aquí, sino con las mujeres más fuertes de la tribu. Amel me confirmó que se reúnen habitualmente para conversar de los progresos humanos, la miseria del hombre y el arte. Discuten, ríen y se olvidan de sus vidas humanas concediéndose el homenaje de ser vampiros, regalándose unas a otras un sorbo de sangre y dejándose llevar por la paz de la música de los eunucos de Notker.

Armand está frente a mí, con las manos en forma de rezo y mirando la cruz con una pasión inconmensurable. Creo que es uno de los pocos inmortales que aún guardan su fe y la persiguen allá donde va. Él es el culpable que la capilla luzca de este modo. Él y nadie más. Desearía agradecerle su esfuerzo por traer incienso y flores, pero prefiero dejar que siga pidiendo perdón por sus pecados. Yo le he concedido el perdón hace tiempo por todos nuestros problemas, pero él no sabe perdonarse así mismo. Dios no lo hará si él no se perdona, pues el Dios que gobierna nuestro templo somos nosotros mismos.


Quisiera que ella estuviese aquí, pero me conformo con Louis vigilándome desde la entrada y con Armand rezando el rosario. David no está muy lejos, pues se encuentra en una de mis bibliotecas discutiendo ciertos asuntos con Jesse, mi hijo y Rose. El castillo cobra vida, se llena de aromas y recuerdos. No es una cárcel, pues ahora es un árbol de profundas raíces y unas ramas inmensas que abarcan nuestro legado, verdad y sentido.


Lestat de Lioncourt  

martes, 23 de junio de 2015

Con todo mi odio

Aquí tienen algunos viejos escritos que Armand me ha entregado. Hoy publicaré este. Son de Nicolas... 

Lestat de Lioncourt


En tus brazos encontré el camino a la perdición. Tú torturaste lo poca decencia que yo poseía. Me convertí en un verso suelto de una oda al demonio. Transformé mi amor en odio porque tú retorciste todas tus palabras, tus promesas se convirtieron en fuego y las cenizas de tus besos, esos que siempre me dieron paz, se convirtieron en la esencia de mi carbonizada alma. Me hiciste tocar la luna con la punta de los dedos, alcancé las estrellas con las notas de mi violín, mientras los tejados se convertían en mi reino y los gatos comenzaban a admirarme. Mi escasa cordura se vio devastada, superada por tu luz y por las mentiras tan prodigiosas de esa sonrisa canalla que todavía posees.

No vengas aquí, Lestat. No me busques jamás. Huye lejos de mí. Me he convertido en tu enemigo. He dormido en tu cama, sé a qué huelen tus sueños, y también conozco tus miedos, tu apetito insaciable y el sabor de tu sangre. Jamás olvidaré tu sudor deslizándose por mi lengua, mis muslos recordarán haberte abarcado y mis ojos, ruines y profundos, se han convertido en dagas peores que tus colmillos de demonio. Tus dedos, manipuladores e insensatos, han acariciado demasiado mi piel frágil y desgastada. Si regresas dejaré una profunda huella en tu alma y jamás alcanzarás la paz. Marcaré tu destino con el mío y uniré mis labios, cubiertos por un veneno dulce y mortal, con los tuyos. Haré que caigas del mismo modo que yo he caído. Te haré sufrir como yo estoy haciéndolo. No vengas más. París está maldito. Francia ya no es tu hogar.

Los ángeles cantan en coro mi desgracia y los demonios bailan sensualmente junto a mi escritorio. Puedo escuchar los carruajes aparcar frente al teatro, dentro de ellos vienen las almas más apetecibles y yo las retorceré, las convertiré en lo que soy hoy en día y las llevaré conmigo al infierno donde me encuentro. Haré que padezcan mientras me desean. Tú lo has querido. Vete a ser el soldado de una guerra no escrita por tus ideales, los cuales jamás fueron similares a los míos, mientras que yo me convierto en rey de un palacio de sombras, telones polvorientos y atractivos disfraces. Convertiré a todos en marionetas y yo seré el líder.


Ojalá mueras en tu cruzada.  

lunes, 9 de marzo de 2015

A Armand

He visto el dolor en sus ojos, sentido la ira de sus palabras y la frustración de su alma. Cuando nos conocimos creí ver un ángel descendiendo desde el altar. Sus ropas oscuras, raídas y polvorientas, contaban los pasos que había dado descalzo por París. Tenía la piel blanquecina como el mármol. Sus ojos poseían un candor distinto. Poseía unas mejillas carnosas, algo sonrojadas, que parecían seducir a cualquier hombre que posara sus ojos en aquella criatura. Pude haberlo llamado sirena y no me habría equivocado. Pero su alma, tan hundida en las tinieblas, no aceptaba la luz que yo irradiaba.

Pronto lo vería en otro momento. Un momento de tinieblas, terror y sacrificio. Las llamas se alzarían y convertirían a ese querubín, el ángel que vi en la iglesia, en un monstruo capaz de cualquier cosa. La magia de sus cabellos rojizos caían sobre la túnica, la cual parecía más oscura, y sus ojos parecían surgir de los infiernos. Pero sólo sería una máscara, otra más, que ocultaría su verdadero ser.

A solas, en una habitación que bien conocía, con el fuego tras nuestras espaldas, vi al ser que realmente era. Era un muchacho eterno, de casi quinientos años, con los labios carnosos y los ojos hundidos en el dolor. Una lluvia triste se deslizaría por su rostro, directo a sus labios, y se convertiría en un mártir a media luz. Deseé abrazarlo, besarlo y adorarlo. Sin embargo, algo en mí lo repudiaba. Ahora, siglos después, comprendo su dolor y el misterio de sus palabras. No puedo negar que siento cierta aprensión hacia él, pero también un amor innegable.


Ninguno de los dos está hecho para llevar la máscara de otros. Somos demasiado apasionados. Hemos tenido muchos encuentros. Hemos enterrado nuestras palabras más crueles el uno contra el otro. Sin embargo, los silencios ahora parecen ser cruciales y las palabras bendecidas. Te diría que te amo, pero tú ya sabes que lo hago.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 8 de marzo de 2015

Coraje

Unas memorias de mi madre. ¡Ah! Odio a mi padre... Ella sobrevivió de puro milagro.

Lestat de Lioncourt 


El frío calaba sus huesos. Sus ojos parecían grises nubarrones sin esperanza. Observaba el cielo despejado de aquella fría mañana. La nieve lo cubría todo. En su vientre había todavía una vida que debía traer a un lugar que consideraba una celda. Se sentía anclada a una vida indigna. Una mujer como ella, que había visto el mundo a sus pies, se veía recluida a un lugar como ese. La humedad subía por los gruesos muros de piedra, pero la hoguera de la chimenea parecía disminuirla por breves momentos. El crepitar del fuego tenía una danza agradable que calentaba sus pies, pero no su alma. Deseaba darse valor. Sería madre de nuevo. Un nuevo hijo.

Había repetido aquel momento siete veces en los últimos diez años. Varios de sus hijos no sobrevivieron las primeras semanas, uno de ellos había muerto con tan sólo un año de edad. Parecían dormidos en aquel capacho, como si fueran ángeles, y ella sentía cierta paz. Sabía que los condenaba a un lugar donde nadie los amaría, salvo ella. Un amor materno extraño que se endurecía. Su corazón le pedía que no amase a los hombres que lograban surgir de su vientre, que ellos también la usarían como esclava. La única hija que tuvo, que estuvo entre sus brazos, nació muerta. Parecía haber comprendido que en un lugar así, con una sociedad tan terrible, no habría futuro para ella si no era un varón, y aún así no lograría más allá que ciertos beneficios.

Entonces, como si fuese un terrible augurio, se sintió húmeda y supo que debían llamar a la partera. Tras varias horas angustiosas, en las que su esposo siquiera fue a preguntar por ella, tuvo un hijo. Un hijo con una pequeña mata de pelo rubia en su cabeza. Tenía la piel amoratada por el esfuerzo, pero seguía vivo. Aún no podía saber si esos ojos, que aún permanecerían cerrados por cuarenta días, serían similares a los suyos. Pero se sintió orgullosa. Se parecía a ella. Veía ciertas similitudes en ella. Deseó que este viviera, que no se fuera, que permaneciese a su lado y fuese el aliento que le faltaba. Sabía bien, por la matrona, que no podría tener más hijos porque su vida pendía de un hilo. Tenía sólo veintitrés años y ya estaba maltrecha.

—Mujer, ¿qué ha sido?—fueron las únicas palabras que tuvo de aquel borracho, al cual tenía que llamar esposo.

—Niño—explicó.

—Bien—dijo colocando sus manos en sus caderas, la observó durante unos segundos y luego vio al pequeño. Un pequeño que no lloraba, pero se aferraba a la mano de su madre—. Estarás contenta, si no es mío no puedo replicar nada. Ese bastardo es tu vivo retrato.

Tenía un aspecto deplorable. Ella sabía donde había estado mientras traía al mundo a otro de sus hijos. La ropa estaba mal colocada, pero no era únicamente su ropa la que hacía que sintiera náuseas. Aquella barba espesa y negra, los ojos verdes tan llamativos, y el cabello negro que caía mal peinado sobre sus hombros, hacían que su estómago se revolviera. Si estuviese bien aseado sería atractivo, pero así sólo era un mendigo con ropas de noble. No tenía modales y no le interesaba aprenderlos. No entendía como su padre, que siempre la amó, pudo ofrecérsela a un hombre que jamás se interesó demasiado por sus sentimientos o su salud. Ella maldijo sus ojos, sus palabras de borracho y sus amoríos con las putas del pueblo. No lo amaba, sino que lo odiaba. Poco después quedaría ciego, legado a sus cuidados, e internamente, sin sentir reparo alguno, se alegró que no pudiese ver que los ojos de su hijo eran grises, como los suyos, y poseía una mirada distinta a sus hermanos.


En ese momento se propuso que ese niño sería distinto. Él se llamaría Lestat, pues sería el símbolo de la superación de cada uno de sus hermanos.  

sábado, 7 de marzo de 2015

París, violín y celos

—Bonjour monsieur, ¿una moneda para los artistas?—pregunté, desnudando mi cabeza. El sombrero estaba algo raído, pero servía. Mis rubios cabellos caían sobre mis hombros, rozando mis mejillas, y mostrándome ante todos como un mendigo con la virtud de un charlatán. Mis ojos grises, con ligeras tonalidades azuladas, brillaban esperanzados ante cada transeúnte. La capa roja, que me había obsequiado el padre de Nicolas, me abrigaba aunque no mataba el voraz apetito de días sin llevarme mucho a la boca.

—Trabaja—fue la respuesta del caballero, que ni siquiera prestó atención a mi esperanzado gesto.

—Nicolas, hazlo con más optimismo—dije girándome hacia él—. Imagina que estamos solos en esa boardilla, sin frío ni apetito.

—Lestat, mi imaginación no alcanza a tanto—reprochó con una ligera sonrisa burlona—. Mucho es que imagino un gran pollo asado, guarnición de patatas y una buena jarra de vino. ¡Ah, maldito apetito!

—¡Atento!—exclamé—. Vienen unas damas...

Él sabía que podía ser terriblemente persuasivo y seductor. Las mujeres solían dejar buenas propinas. Comenzó a tocar una melodía dulce, muy atractiva, que enloquecería a cualquiera que la escuchara. Era una composición propia, la cual había estado creando durante algunas noches y me había dedicado. Nicolas poseía talento, por mucho que mi madre creyese que no llegaría a conseguir nada loable.

Las mujeres se aproximaron. Sus elegantes vestidos de llamativos colores y estampados, el perfume de sus generosos escotes y sus bonitos tocados, gritaban más que las escuetas joyas, aunque de gran valor, que adornaban sus cuellos, orejas y manos. Eran hermosas. Jamás había visto mujeres tan hermosas y perfectas como en París. Tenían la piel blanca, los labios sonrojados y unos ojos brillantes que parecían las propias estrellas.

—Admiren a la primavera en pleno invierno con su cálida sonrisa de verano. Observen las flores que germinan en este jardín salvaje hecho de adoquines, ruidosos carruajes y elegantes cafés. Oh, hermosas mías, jamás he visto nada igual. Soberbias criaturas, hermosas criaturas celestiales, ¿venís del Edén? Por favor, indiquen como podemos, mi amigo y yo, llegar a vuestro delicioso hogar—mis palabras sonrojaron a las dos más jóvenes, así como a la mujer de mediana edad. Las tres rieron aproximándose a nosotros para dejarnos el suficiente dinero para calentar el estómago—. ¡Oh! ¡Dios las bendiga!—grité como si creyese realmente en mis palabras—. Hermosas mías, muchas gracias.

—Gracias a ti—respondió—. Hacía mucho que no me ofrecían unas lisonjas tan elaboradas—susurró la mayor de las tres—. Mis hijas y yo te estamos agradecidas.

Nos dirigimos algunas miradas, ciertas palabras, diversos halagos y una despedida amable. Me sentía eufórico, hasta que me giré hacia Nicolas. Había dejado de tocar, sus ojos eran los de una fiera y parecía crispado.

—Tú y tus fulanas—masculló.

—Nicolas, lo hago por nuestro bien.

Sus celos eran terribles. Siempre lo fueron. Sin embargo, se acentuaron en París. Yo no podía controlar mis impulsos y él no podía controlar los suyos. En nuestro pequeño nido salvaje, donde nos refugiábamos como si fuéramos aves de paso, él era el único que lograba enloquecerme. Si bien, mis ojos se despistaban y caían en los maravillosos escotes, las mejillas sonrojadas y las bocas carnosas de las parisinas.

—Prefiero morirme de hambre, Lestat.


No me dirigió la palabra en todo el día. Por la noche me recosté a su lado, abrazando su cuerpo. Mis manos acariciaron su cintura, se deslizaron bajo su camisa, y él permitió que un ligero suspiro se escapara de su boca. Se ofreció a mí, como si fuese un maravilloso regalo, y yo me entregué por completo.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 19 de febrero de 2015

Ruinas

—¿Por qué?—preguntó.

Había venido a verme de nuevo. Estaba cada vez más furiosa. Sus ojos parecían dos esferas de lavaba grisácea. Su mentón estaba apretado y su rostro, que solía estar sereno, parecía una máscara de odio visceral. Tenía el cuerpo en tensión. Su delicada cintura no se apreciaba con esa chaqueta negra, de corte tan masculino, y algo sucia. Llevaba una camisa, con los primeros botones abiertos, dejando ver su cuello de cisne. El cabello estaba suelto, enredado y cubierto de hojas. Juraría que estuvo caminando durante algunas horas, quizás conteniéndose de algún modo, mientras dejaba que sus botas se llenaran de fango como el final de las perneras de sus tejanos.

—¿Por qué no?—lancé una sonrisa solapada con mi natural encanto. Ella me miró aún más furiosa, pero yo me divertía al ver su reacción tan intensa.

—¡Sólo malgastas tu dinero, tiempo y opciones! ¿No lo ves? ¡Este castillo debería haberse quedado en ruinas!—exclamó agitando sus brazos.

Supuse que tenía algo de razón. Había malgastado una fortuna en volver a reconstruir cada piedra. El pendón que estaba colgado sobre la chimenea, la cual estaba encendida, parecía un símbolo arcaico de aquello que fuimos. Los muebles eran muy similares, aunque estos eran algo más cómodos y de materiales más caros. Los viñedos iban a ser plantados, cosa que siempre deseé, y pensé que ella tomaría como el símbolo de una victoria. Pero no, ella no veía una victoria sobre el tiempo y nuestra familia. Mi madre veía horror, miseria y terror.

—Madre, este es mi verdadero hogar—expliqué.

—No hay un verdadero hogar, monsieur—susurró, acercándose a mí, con aquel temible aspecto—. Tú y yo no pertenecemos a un lugar en concreto, sino al mundo. Este sitio está maldito. ¡Maldito!—me golpeó con sus manos cerradas en dos poderoso puños.

—Sí, lo sabes—dije frunciendo el ceño—. Aquí nos derrotaron, pero hemos vuelto victoriosos. ¡Debes verlo como una victoria!

—¿Una victoria? ¡Has reconstruido mi cárcel!—gritó golpeándome con más fuerza, lo cual hizo que retrocediera unos pasos.

—Observa el salón, madre, esto no es nada. Arriba todo está como lo dejaste... —susurré con una ligera sonrisa.

—¡Muérete!—dijo, justo después me escupió y salió corriendo.

Temía que tomase alguna de las antorchas y prendiese fuego a todo. También tenía cierto miedo a su reacción en contra de la decoración. Ella, que siempre se había mostrado firme y serena, reaccionaba enfurecida perdiendo su cabeza. Echó a correr hacia la escalera y, con grandes zancadas, subió a las habitaciones.

Estoy seguro que quería ver por sí misma si había tenido el valor de hacerlo. Sí, el valor de reconstruir todo hasta el más mínimo detalle. Era un museo de recuerdos conservados en un tiempo y momento que no pudimos disfrutar. Era mi forma de vencer al odio, rencor y dolor. Su rostro, antes de marcharse, era el claro ejemplo de una mujer traicionada. Esa maldita idea mía, la de volver al castillo en la colina de Auvernia, había sido un desastre. Pensé que ella había superado los años de encierro, frío, dolor, miseria y desesperación. Sin embargo, seguía atada a esos sentimientos tan humanos. Supuse que no quedaba nada de la mujer que fue, pero ella jamás dejó de ser la marquesa encerrada en aquellos aposentos tan básicos y burdos.

Entré en la que fue su alcoba y la de mi padre. Allí donde las fulanas hacían de señora y ella hacía de fulana fiel, como un perro faldero, que debe asentir al deseo de su dueño. Mi padre jamás la amó, aunque sí la codició, pero ella tan sólo sentía lástima y asco. Lástima porque era un pobre tullido, pero el asco era superior a otros sentimientos fuese cuales fuesen.

Me mantuve en el marco de la puerta, apoyado en el quicio, mientras ella maldecía mi obra. Me llamaba ingrato. Gemía de desesperación y juraba que echaría abajo todas las piedras. Cuando notó que había ido tras ella, como si fuese su sombra, me miró aún más furiosa echándome mil maldiciones.

—Te odio a ti, a tus malditos bastardos y a todos los muertos que, como este castillo, jamás debieron existir. Tú y tu hipocresía. Dices amarme, pero me muestras este lugar esperando que te de mi visto bueno—hizo una breve pausa debido al quiebre de su voz—. ¡Maldito seas! ¡Maldito! ¡No debí concebirte!

—Madre...—iba a romper a llorar, pero a la vez deseaba callarla. Quería ejercer mi dominio sobre ella.

Ella guardó silencio, aunque no la ira. Esos ojos grises hablaban de dolor, pasión y necesidad. Su mentón temblaba completamente desencajado. Mientras la miraba decidía si aproximarme o no, cosa que acabé haciendo para contenerla entre mis brazos. Sin embargo, me empujó contra uno de los muros y sonrió satisfecha.

La cama, con dosel, era exacta. Tenía los cojines de borlas doradas y el bordado tenía las iniciales del matrimonio. El colchón era moderno, aunque parecía el de paja mullida. Tenía un juego de sábanas granate y mantas de piel de lobo, distribuida por toda la cama. Ella se aferró a una de las columnas del dosel, acariciando así el dibujo tallado. Eran flores, violetas y rosas en su mayoría, que subían hacia el techo, terminando en una flor de lis. En las paredes el pendón nuevamente en un fondo granate, con letras bordadas en rojo y un león que rugía de pie girado hacia el lado derecho. Su tocador, con un juego de cepillos, estaba cerca del balcón y un armario, modesto aunque extremadamente hermoso, guardaba perchas que aún no tenían dueño.

Ella lo miró todo, odiándolo una vez más, mientras deseaba prender fuego a toda la habitación comenzando por las cortinas. Sin embargo, mi atención estaba puesta en ella. Tenía los pómulos encendidos por la furia, su pequeña y gruesa boca me gritaba muda cierto odio y su figura parecía masculina, salvo por las ligeras formas de sus senos.

—Es mi dinero, mi castillo y mi tiempo—dije bloqueando la salida, pues ella aún no poseía el don de los aires.

—Un hijo no hace sufrir a una madre—replicó.

—¿Te hago sufrir?—pregunté colocando mis manos sobre mi torso. Esperaba que no fuese así. Me dolía el hecho de pensar que la dañaba. Ella para mí siempre fue fuerte, pero al parecer algo en ella se quebraba y se convertía en un ser vulnerable.

—Te odio—susurró con tono áspero.

Me acerqué a ella, dando pequeños pasos, mientras contenía la emoción. Quería llorar, pero deseaba librarla de ese espectáculo. Mi chaqueta azul marina, entallada, y mi camisa de chorreras, con elegantes encajes de rosas, me daban un aire de otra época. Nuestra época. Así como aquellas botas lustrosas y esos pantalones ajustados. Parecía el marqués que nunca fui, y no el vampiro rebelde y extraño que siempre he sido. Un monstruo cruel que no le importó el sufrimiento de su madre hasta ese momento. Pero, que pese a mi maldad, sentía remordimientos por las lágrimas que ella no permitía que fluyeran.

La tomé del rostro y ella me apartó de un empellón. Parecía una gata salvaje. Su garras, que eran aquellas delicadas y hermosas manos, estaban bien afiladas. Sabía que si me acercaba de nuevo no me llevaría una bienvenida tan acogedora, sino un bofetón más sonoro y posiblemente un aque más terrible.

—Te desprecio. Desprecio este lugar, a ti y a todo. Debiste morir en la cuna con aquellas fiebres. ¡Debiste morir!—gritó desgarrándose la garganta, provocando que estallaran varios cristales y el maravilloso espejo del tocador. Su reflejo dejó de contemplarla y sólo mis ojos, tan parecidos a los suyos, le hacían réplica.

—Mientes—dije conteniendo una risa nerviosa.

—No—dijo firmemente.

—Reconstruí este lugar por los dos. Somos los supervivientes a un atajo de inútiles. ¿Cuántas veces lloramos aquí? Tantas como reímos. Las confidencias, madre. Esas hermosas confidencias...—ella se aproximó a mí, en lo que creí un acercamiento en nuestras posturas, pero me abofeteó—. ¡Madre!

—Ojalá te hubieses muerto o quedado ciego por la sífilis de todas esas rameras que tanto codiciaban tu entrepierna—colocó su mano derecha sobre mi bragueta y apretó ligeramente—. Esto que llevas aquí es tu condena. ¡Pues con la cabeza ni piensas!—terminó empujándome para salir de la habitación y huir. Quería marcharse lejos del castillo, de los recuerdos y de mí.

Pero la tomé del brazo derecho, con mi diestra, y la tiré a la cama subiéndome sobre ella. La puerta se cerró gracias a mi mente y me coloqué sobre su figura, mucho más menuda que la mía. Sus cabellos dorados cayeron desplegados como rayos de sol. Aquella cama, que representaba su podrido y corrupto matrimonio, nos sostenía a ambos.

—Si temes por tu bien, Lestat, apártate—dijo con rabia, colocando sus manos sobre mis hombros.

De inmediato sentí deseos de abrir su chaqueta, hacer saltar cada botón de su camisa de blanco algodón, y morder sus senos. Sabía que sus pezones rosados y gruesos estarían erectos, por la discusión, y los imaginaba tentándome bajo la tela. Ella notó mis deseos y forcejeó sin lograr que me apartara. Sólo consiguió que me excitara y jadeara mientras hundía mi rostro en su cuello. Ella no echó hacia un lado su cabeza, sino que golpeó con fuerza mi pecho. No logró nada.

Con destreza animal arranqué su chaqueta y camisa, dejando sus pechos sin protección alguna. Ella jamás usaba sujetadores, por cómodos que pudiesen ser, pues no era siquiera femenina para esos asuntos íntimos. Su piel parecía más suave, más cálida y, en definitiva, más tentadora. Me abofeteó cuando me incliné para lamer su pezón izquierdo, después enterró sus uñas en mis mejillas y chilló como un chacal. Sin perder el tiempo la tomé de las muñecas con la zurda, mientras la diestra se deshacía de su cinturón y bajaba sus pantalones hasta las rodillas.

—¡Suéltame!—gritó en repetidas ocasiones.

El vello rubio, ligeramente espeso, y rizado coronaba aquel lugar tibio, húmedo y mío. Era mío. Yo la había convertido en mi hija, mi compañera, mi amante y por lo tanto debía aceptar mis caricias y aquel trato. Ella tenía que ver lo que había logrado con ella, y sin ella, para que al fin liberara ese odio que germinaba en su pecho. Hundí mis dedos entre los húmedos labios de su sexo, hundiendo dos de inmediato, para mover ambos con destreza. Ella no gimió. Sus ojos seguían fieros y su mandíbula se apretaba.

Mi lengua se paseaba bajo el cálido pliegue de sus senos. Sabía que se había alimentado abundantemente esa noche. Ella era cálida, pero yo parecía de mármol. La sangre del mortal, o mortales, le daban un aspecto dulcificado a sus rasgos duros. Mi respiración fría, y leve, dejaban caricias en sus costados, igual que mis cabellos rubios y rizados, tan similares a los suyos.

¿Cuántas veces la había hecho mía? Ya no lo recordaba. Pero jamás dejó de ser mía para pertenecer a otro. Al menos así lo creía. Ella nunca me hablaba de sus sentimientos y aventuras. Era como una caja de Pandora que no se abre, ni desea abrirse, porque sabe que su misterio la hace ser deseable y exótica.

No me aparté demasiado, pero logré quitarle las botas y sacarle el pantalón. Su cuerpo quedó desnudo bajo el mío, que aún tenía las ataduras de mis prendas. Yo comenzaba a sudar debido a la excitación. Ella hizo un amago de marcharse, pero al colocarla de nuevo en la cama, abriendo sus piernas, y hundiendo mi cabeza entre estas, se mantuvo en silencio. Breves segundos después, un ligero jadeo rompió su silencio. Mi lengua se hundía entre los húmedos labios vaginales, acariciando su sensible clítoris y buscando el orificio de entrada. Me aparté de inmediato, bajé la cremallera de mi bragueta y saqué mi miembro. Ella giró el rostro, como si aquello no le importase, y cuando entré, con fuerza y sin contemplaciones, ella gimió como una gata en celo, igual que una vulgar puta, comprendiendo porque la deseaba tanto.

Estrecha, húmeda, cálida y mía. Su interior era suave y confortable, sus vellos dorados se mezclaban con la coronación de mi sexo. Ambos nos miramos fijamente a los ojos dedicándonos palabras de amor, rabia y deseo. Al fin la besé, pero ella me devoró. Sus brazos me rodearon por encima de los hombros y me atrajo. Ella me regalaba su cuerpo al fin, pero esa sumisión era tan sólo una máscara.

De inmediato me mordió el cuello, en el lado derecho, enterrando sus colmillos para drenar parte de mi sangre. Gemí bajo mientras me impulsaba. Cada estocada era más salvaje y pronto me sentí mareado, alejándome de aquella apetecible boca y sus agradables muslos que me presionaban. La giré en la cama, tirándola hasta el borde, para luego con la mano izquierda, como si fuese una garra, atrapar sus muñecas. Volví a entrar en su interior arrebatando su aliento.

—Más... más... más... ¡Quiero ser tuya!—gritó abriendo sus piernas mientras el pendón, que colgaba en uno de los extremos de la habitación, parecía saludarla como una burla cruel.

—Siempre has sido mía—dije inclinándome sobre la cruz de su espalda.

Su piel estaba cubierta de pequeñas gotas de sudor, que parecían pepitas de granada, al igual que la mía. Mis testículos golpeaban continuamente, con un ritmo fuerte, su interior mientras mi miembro se abría paso en su vagina. Cada milímetro de mi sexo lo sentía. Las venas, la piel, la humedad de aquel cartílago endurecido que vibraba gracias a ella.

Bajé mi mano derecha entre sus piernas, acariciando su clítoris, mientras la izquierda se hundía entre su mata de rizos. Enredé mis dedos y tiré de ellos, levantando su rostro, sin dejar de penetrarla. El ritmo aumentaba cada vez más, sus ojos se cerraban y sus labios se mordisqueaban deleitándose.

—Debimos... ir a ese lugar... a la taberna... pero quien te hubiese follado sería yo. Te hubiese envenenado con mi simiente, madre, hasta que ebria, de placer, hubieses muerto al yacer con el único hombre que te domina—jadeaba hablando en francés.

Ella movía sus caderas como puta insatisfecha. Se aferró a las sábanas, tirando de ellas hacia su cuerpo, mientras sus piernas se abrían buscando que yo llegase al límite. Pero no fue así, pues la incorporé dejándola de rodillas, y hundí mi miembro entre sus labios. Estuve tentado a eyacular, pero no lo hice. Restregué el glande por sus labios, sus mejillas y pómulos, para luego tirarla a la cama, abriendo sus piernas de nuevo. Sus tobillos quedaron sobre mis hombros, mientras sentía que era esclavo de las ataduras que eran mis ropas, y resoplé comenzando a moverme. Tras varias hondas estocadas me derramé, con profundo gozo, mientras la miraba encendido por el placer.

—Disfruta de tu alcoba, madre—susurré saliendo de ella, para luego humedecer mis dedos en su vagina y ofrecerle el viscoso resultado de nuestro acto. Ella había llegado al límite casi al mismo tiempo, sintiéndose atrapada y satisfecha.

Me hundí de nuevo entre sus muslos, mordí el derecho y bebí sangre directamente de una de las venas principales de su pierna. Después, con cierta gracia, me subí la cremallera y caminé hacia la salida.

—La próxima, madre, no seré tan benévolo—sentencié al cerrar la puerta.




Lestat de Lioncourt

lunes, 16 de febrero de 2015

Hagamos memoria.

Nicolas ha hecho uno de los textos que más me han calado. ¿Debería reunirme con este nuevo demonio?

Lestat de Lioncourt


Tal vez ahora sólo soy un demonio, un recuerdo enquistado en su negro corazón, una balada amarga que sopla el viento o la melodía mortecina de un violín a punto de languidecer. Es posible que sólo soy palabras escritas en viejos documentos, una firma que ya casi no puede leerse, el aroma a polvo de unos viejos harapos y la última composición que logré acabar. Soy todo eso. Soy las lágrimas de tormenta y la risa arrolladora.

Quizás quedé atrapado entre el cielo y el infierno, encarcelado a un tormento tan cruel como es recordar los buenos momentos con la hiel del hoy. Sufro, pero el sufrimiento ayuda al bohemio a sacar lo mejor de su alma. Aquello oscuro, viscoso y terrible que nadie quiere tocar, pero que todos desean presenciar como si fuera el último aliento de un moribundo.

He enterrado cualquier sentimiento que no esté prohibido. El odio es lo más delicioso que han sentido mis dedos, los cuales muevo aún con gracia sobre el violín, y la rabia la sensación más sensata que mi alma ha sostenido. Estoy decepcionado con la vida, pero también con la inmortalidad. Porque, esta forma nueva, es también ser un inmortal. Cargo las cadenas del purgatorio y las alas negras de un príncipe terrible.

Demonio. Eso siempre fui. Un demonio. Un terco y demente demonio. Soy quien se alza ante ti, sin piedad y con el rostro bondadoso, para clavar en tu pecho el más terrible desasosiego. Pronto todos morirán y nuevas flores brotarán para marchitarse. El ciclo vitar dará rienda suelta. Y yo, como el mundo mismo, estaremos presentes para contemplar el fin de todo. El dolor es delicioso, pero aún más el dolor añejo y terrible que se clava como daga.

Y tú, mi dulce y tenebroso príncipe, espero volver a encontrarte más allá de este camino de penurias y acertijos. Sé que sabes de mí, del mismo modo que yo sé de ti. Podemos encontrarnos otra vez y danzar, como si fuésemos macabros enterradores, en el lugar de las brujas donde todo comenzó. Tú y yo. Estaremos a solas en un duelo cuasi mortal.

Volveremos a herirnos con navajas artificiales de palabras hirientes. Nos acariciaremos con la hiel que siempre hubo en el perdido páramo de nuestro amor. Seremos enemigos e iguales. Tú y yo, volveremos a levantarnos como el polvo del camino y nos odiaremos para amarnos en silencio.


Te odio, pero también te amo. Te deseo la muerte, pero sin ti moriría de verdad. Maldita sea esta dualidad. Maldito tú, la sangre, el tiempo, el fuego, el demonio, los infiernos, la nueva vida que poseo y yo. Maldito sea yo.

domingo, 25 de enero de 2015

Duelo

Louis es un sentimental, pero yo a ratos también lo soy. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántas veces hemos mantenido éste duelo de miradas? ¿Un millón de veces quizás? Lo desconozco—dijo acomodándose junto a mí.

Tenía un aspecto similar al del hombre moderno, elocuente y mordaz que solía ser frente a todos. Las gafas de cristal violetas estaban en la punta de su fina nariz. Aquella boca carnosa se movía de forma encantadora, con esa maldita sonrisa de diablo descarado que desconoce el pudor y las penurias, mientras me miraba con sus ojos grisáceos de tonalidades violetas y azules. Parecía un muchacho. Sus cabellos eran los de un león que se pavoneaba por la jungla de asfalto, alquitrán, hormigón y cristales de escaparates llenos de baratijas que ni siquiera él adquiriría. Llevaba una americana blanca, una camisa negra sin corbata y sin los primeros botones cerrados, con unos jeans negros ajustados de aspecto desgastado. Las botas eran viejas, pero estaban bien cuidadas. Esas mismas las había llevado hacía más de treinta años y me asombraba que aún las conservara. Era increíble.

—No lo sé, ¿llevas la cuenta?—respondió echándose a reír.

Parecía que todo había pasado, pero sabíamos que no era así. Aún quedaba mucho por hacer, comprender y vivir. Él me había dicho que yo no vivía, sino que malvivía. Había consumido mucho tiempo y esfuerzo por intentar mantener a salvo a los humanos y la escasa humanidad que tenía, pero era más bien un cínico jugando a las marionetas. Fui un estúpido. Reconozco que he cometido muchos pecados y el primordial era no ver lo que él me mostraba, no comprender sus silencios y esperar que supiese todo. Él no sabía mucho más que yo y lo poco que conocía, eso que se reservaba, era parte de una promesa.

Pero ya no importa. ¿O importa? Ya ni siquiera sé lo que importa realmente, si está bien o está mal que me importe... ¿Importa? No. A mí lo único que me importa es que no quiero que se vaya. He venido a verlo traicionando mi orgullo, dejando atrás las palabras hirientes de nuestra última discusión y aceptando que le necesito. Él es el único que me comprende realmente y eso me aterra. Me provoca una sensación de indefensión terrible.

Sin esperarlo me besó. Robó un beso como lo había hecho tiempo atrás. Tenía ese magnetismo animal que me atraía. Era un cazador con piel de santo y ojos de loco. Su lengua se desató en mi boca, mis manos se aferraron a las solapas de su americana y mi cuerpo reaccionó como el de un adolescente. Noté como mi camisa verde oliva era retirada por sus manos, como si fuera un artista cirquense y ese fuese su mejor truco, mientras mis pantalones de vestir parecían ser un muro de grueso cemento.

—Oh, Louis...—dijo separando sus labios de los míos. Su mano derecha se aproximó a mi rostro, levantó mi mentón con su dedo índice y apretó ligeramente con el pulgar bajo este—. Siempre cedes, mon amour—rió bajo provocando que yo me odiara de inmediato. Quería que me tocara aún más, que me arrancara todas las cadenas y me hiciese su esclavo. Lo deseaba. Estaba esperándolo. Igual que el lobo esperaba a Caperucita.

—Cállate...—chisté.

—Mon dieu...

De inmediato se tiró sobre mí, me desnudó y desnudó su cuerpo. La ropa salía disparada, el sofá quedaba pequeño y quedamos en el suelo de madera permitiendo que nuestros cuerpo se convirtieran en un amasijo de carne, sudor y suspiros. Temblaba por cada caricia como la vez primera, mientras él abría mis piernas con una facilidad increíble. Pude sentir su erección rozando la mía, así como mi vientre y mi ombligo, mientras sus dientes se clavaban en mis sensibles pezones. Cerré mis ojos, abrí mis labios y dejé que mis uñas se enterraran en su torso. Quería sentirlo tan dentro, llenándome, que no me importaba en absoluto si alguien más se encontraba en ese maldito castillo. Sabía que su madre estaba cerca, podía sentir la presencia de otro inmortal, pero la inmoralidad del acto me excitaba. Pensaba en las cosas que él había vivido en aquella estancia, todas convertidas en penurias y desastres, y que yo convertía aquellas paredes de piedra desnuda, escudos familiares y cortinas de seda en una película erótica.

Su lengua se deslizaba por mi torso, viajando hasta mi vientre, mientras desataba mis cabellos negros y ondulados. La mezcla de los suyos con los míos siempre me fascinó, era como ver el sol en plena oscuridad. Sus dedos, largos y hábiles, ya se enterraban entre mis nalgas y se hundían convirtiéndome en un animal dócil. Mis ojos, similares a los de un gato vagamundo, se convertían en los de un demonio sumiso que buscaban los suyos, de un color similar al cielo en plena tormenta, indicándole que me arrebatara la escasa cordura.

Y entonces, como si él supiese lo extraño y especial que puedo ser, terminó entrando de forma violenta. Grité, alcé mis caderas y busqué sujetarme. Sus piernas se movían rápidas. Sus caderas tenían un vaivén delicioso que me hacían escuchar las campanas del infierno. Esos labios, los suyos, eran pozos sin fondo cuando me besaba. No podía pensar. No quería pensar. Era incapaz de suplicar o hablar, tan sólo podía gruñir y gemir su nombre como si fueran salmos de una Biblia erótica y oculta a ojos de todos.

Él recitaba versos en francés, palabras románticas que podía decirle a cualquiera, mientras yo intentaba atraparlas como si fueran hechas especialmente para mí. Sabía como torturarme y darme todo. Era un maldito cobarde, pero a la vez el ser más valiente que conozco. Su miembro era una espada que se enterraba con violencia, completamente salvaje, abriéndome en dos mitades. Tenía las uñas clavadas en sus hombros, mis ojos perdidos en los suyos y las lágrimas brotaban como nuestros gemidos, cuando me sentí llegar. Eyaculé con grandes espasmos, cerrando los dedos de mis pies y alzando mi cadera mientras él se regodeaba y pavoneaba por mi rápida reacción. Dio un par de estocadas más, a cual más rápida y salvaje, para luego hundirse y terminar vaciándose en mi interior. Me llenó como siempre hacía, dejándome sin aliento y sin alma.

—Je t'aime—dijo, como un viejo cliché, y yo lloré.


Lloré más que nunca. Hundí mi rostro en su torso empapado en sudor sanguinolento. Lloré por mí, por él y por todo. Lloré porque no le creo, pero a la vez necesito hacerlo. Soy un maldito cínico que ya no sabe que hacer para llamar su atención, acaparándolo para mí, mientras sufro lo indecible y deseo que no me deje atrás. Soy un imbécil, siempre lo he sido y él lo sabe. Lo peor de todo es que él lo sabe y que es tan estúpido como yo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt