Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 25 de julio de 2017

Tentación

Tentación, eso es todo... ¡Ja!

Lestat de Lioncourt

El aire desprendía una fragancia extraña. Era como si las flores hubiesen germinado en mitad de un verano sofocante. La semilla de la maldad arraigaba en el corazón de los hombres, los cuales destruían la belleza de paisajes similares al que contemplaba, pero en aquel prado las flores parecían haberse puesto en pie para contemplar los últimos rayos de sol. A mis espaldas se hallaba un campo extenso de girasoles y un pequeño caserío donde los apeos del campo guardaban silencioso luto hasta ser necesarios.

Cerré los ojos y abrí los brazos intentando abarcar la suave brisa que movía mis cabellos castaños. Ese cuerpo era distinto al original, así como solía ser distinto a otros. Mi rostro cambiaba, así como también mis pensamientos. Una vez era un revolucionario y otras un hombre acabado lleno de recuerdos, pero siempre buscaba la liberación de mis sentimientos.

Entonces, cuando todo mi cuerpo parecía hundirse en una paz que me llenaba de dicha, sentí su presencia. Abrí mis ojos y lo vi. Apareció en la lejanía cubierto con una túnica negra que lo envolvía como un terrible enjambre de moscas. Su rostro pálido estaba prácticamente oculto y sus manos se hallaban cubiertas también por la túnica. Las flores se agitaban dulcemente acariciando su cuerpo y recuperándose tras su paso germinando de nuevo, con más fuerza tras ser pisadas como si hubiesen sido bendecidas, para detenerse a menos de un metro. Sus ojos rojos se detuvieron en los míos provocando en mí un escalofrío.

—¿Que deseas?—pregunté.

—Tentarte—respondió.

—¿Acaso crees que puedes conseguirlo? Tal vez me he vuelto inmune a tu veneno, Samael.

Provoqué se se riera de forma delicada y agradable al oído. Su voz no era tan poderosa y su cuerpo había menguado, pero esa lengua bípeda siseaba cuando la intentaba contener en su boca y sus ojos, de un color granate muy vivo, parecían clavarse en mi corazón como siempre. De repente se quitó la túnica y mostró un cuerpo entre lo femenino y lo masculino, rompiendo ambos sexos e iniciando en mí cierta revolución.

—Lucifer, querido mío—dijo colocando sus manos de largos dedos sobre sus caderas estrechas—. ¿Ves como sí sé tentarte?

—Memnoch—advertí.

—Un caído, eso eres. Caíste por los hombres, pero estos te han dado la espalda. Intentas salvar sus almas cuando merecen un castigo, el que yo les ofrezco. No se merecen este mundo que creé con Dios, pues sólo saben destruir todo lo que tocan.

Sin pudor se colocó a mis pies y puso sus manos sobre mis sandalias. Vestía también una túnica, pero esta era púrpura y dorada. Para mí simboliza poder, nobleza, lujo y ambición; para otros un reinado que ya hace tiempo cayó en desgracia. Sus dedos subieron por mis rodillas flexionadas hasta mis muslos y palpó mi sexo. Carecía de ropa interior, pues el pudor nunca fue útil para mí, y me miró dejando que su lengua se moviera igual que la serpiente que fue en el paraíso.

Me incliné abarcando su rostro entre mis manos para besar sus labios en un roce algo casto, mordí su labio inferior y lamí su boca enterrando lentamente mi lengua. Sus ojos se cerraron, así como lo hicieron los míos. Pude apreciar el sabor que tenía en su lengua, así como la humedad que me transmitía, y aprecié el veneno que me estaba regalando. Era una tentación más allá de las palabras y de los actos más lascivos que jamás había vivido con otros.

Su mano se movía lentamente acariciándome con una ternura extraña hasta que la zurda apretó los testículos. En ese momento aparté mi boca y lo miré con deseo. Me incorporé, me saqué la única prenda que me cubría y lo arrojé al pasto para morder su cuello. Tenía una pequeña nuez que apenas se apreciaba, unas clavículas perfectas bien marcadas y unos pechos minúsculos lentamente fueron desapareciendo por completo. Sus pezones se irguieron llamándome la atención. Su cuerpo cambiaba para adaptarse a mis necesidades en ese momento mientras sus piernas se abrían aguardando tentarme aún más.

Entonces el cielo se cubrió de nubes, como si Dios se opusiera a este vínculo una vez más. Las primeras gotas no tardaron en caer humedeciendo mi espalda. Mis alas se liberaron mostrándose algo grisáceas, pero todavía pulcras y sin tacha. Estas eran múltiples y espesas, pues las plumas eran largas y ofrecían un aspecto demasiado tupido.

Mi lengua bajó por su torso hasta su ombligo, donde mordí su piel cerca de su costado derecho, y luego besé sus ingles. Poseía ambos sexos y ambos fueron besados antes de sentarme contra la piedra donde había estado sentado, para que él pudiese lamer el mío.

Primero besó el glande cubierto todavía por el prepucio, para luego retirarlo con su lengua y sus labios, logrando así que gimiera y jadeara agitado echando la cabeza hacia atrás. Mi larga cabellera castaña rozó mi espalda y se enredó en mis plumas. La lluvia se intensificó y unos enormes relámpagos iluminaron el cielo. La noche estaba rodeándonos, como la tempestad, y eso éramos. Nosotros éramos la furia en la oscuridad, los seres que la dominábamos. Justo en ese instante introdujo mi miembro en su boca y su lengua se enredó estimulando y acariciando cada pedazo. Mis manos se pusieron en su cabeza, la cual tenía unos cabellos lacios y oscuros de un aspecto muy sedoso, y mis piernas se abrieron. Disfruté un buen rato de su mirada lasciva, de su buen hacer con su boca y también de sus manos arañando mis muslos con sus uñas negras y puntiagudas.

Al final lo arrojé de nuevo, pero esta vez de espaldas, para entrar en él sin bacilar. Mi virilidad se enterró de una vez y los movimientos que siguieron a esta arremetida fueron bruscos, extremadamente violentos, y capaces de hacerlo gritar de placer mientras intentaba aferrarse a las hierbas y flores.

Mis gruñidos, propios de una bestia, así como mis resoplidos se unían a sus gemidos que parecían alaridos buscando llegar al cielo, pues quería tal vez que Dios escuchase lo que no quería ver. Truenos y relámpagos prosiguieron junto a una lluvia espesa. La misma lluvia que fue testigo de una nueva inseminación. Otro engendro aparecería en la oscuridad.


Cuando todo finalizó él sólo se rió girándose y apartándome, para después ofrecerme un beso apasionado y desaparecer. Otra vez había caído en sus trucos, los mismos que no fui capaz de contar a Lestat en su momento. Yo no soy Satanás, yo soy Lucifer. Satanás es el demonio que me arrastra al lado más perverso que poseo.  

lunes, 15 de mayo de 2017

17 de Mayo

No es un fic, es una carta abierta a Feministas Radicales, posibles jefes, posibles maestros, posibles personas pensantes de esta sociedad... 


Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.

Día 17 de Mayo: Día contra la homofobia y la transfobia.
Cada día me despierto con el impulso de conquistar una nueva meta, por difícil que parezca o por pesada que sea la carga que lleve depositada a mi espalda. No siempre tenemos la fuerza necesaria para superarnos, pero hay que luchar porque si no se lucha terminamos aplastados. Y nadie quiere convertirse en el insecto en la suela de un fascista retrógrado.

Desde que suena el despertador muchos jóvenes tienen que asumir su identidad, su sexualidad y la discordancia estúpida de una normativa social impuesta por comodidad de “la mayoría”. Todos y cada uno hacen malabares por no caer en la depresión o por salir de esta. Hay quienes tienen aversión a mirarse al espejo o simplemente escuchar su nombre durante el desayuno familiar.

Bien, comencemos desde el inicio. Hablemos de la homosexualidad. Todos conocen lo que es. Todos lo saben definir como “sentimiento” o “tipo de amor”. También se habla de “atracción sexual”, pues no siempre tiene que existir amor para practicar el sexo. Se da entre personas del mismo género. Sí, género. Ya no hablemos del mismo sexo. El sexo no son los genitales, aunque muchos se empeñen en proclamarlo continuamente. Es posible que la imagen mental de muchos sea “vagina” para la mujer y “pene” para el hombre. No obstante, esto no es así desde hace algo más de una década. Se ha demostrado que el cerebro sufre una evolución distinta y por lo tanto podemos hablar de “cerebro masculino” y “cerebro femenino”. Así que un hombre puede serlo sin necesidad de tener un pene, del mismo modo que una mujer puede serlo teniendo uno. Ahí viene el error de creer que la homosexualidad se da sólo entre varones cis o entre hembras cis. Gays como lesbianas apartan ocasionalmente a las personas transexuales que después de tomar su género, con toda la libertad de este mundo, proclaman ser gays, lesbianas o bisexuales. Pues los transexuales son tan diversos en su sexualidad como los cisgéneros.

La transexualidad muchos no la comprenden. Ya no es por falta de información, sino por falta de interés. Saber todo sobre ella les obligaría a cambiar su percepción del mundo y percatarse de todos los errores cometidos día tras día. Sobreviven creyendo que son superiores y eso les da una paz por las noches que les adormece, tal y como sus neuronas ante esta sociedad. Esos mismos errores que son un yugo para la evolución de la sociedad, el camino a la igualdad y la paz anímica de millones de personas en todo el mundo. Hay quienes jamás dirán abiertamente su género pues temen las represalias, por eso muchos llegan a la tumba sin haber saboreado ni un momento de reconciliación consigo mismos.

La transexualidad no es sólo un sentimiento. Muchos así lo creen. Viven pensando que es sólo “sentirse”, pero también es vivir. Nadie en su sano juicio se levanta cualquier día de la cama y dice “soy transexual” o está en la cola de un supermercado y exclama “soy transexual”. La transexualidad se va asumiendo poco a poco. Tampoco lo llamaría tránsito. Nosotros no transitamos. Nosotros somos personas hombres o mujeres pero con genitales distintos a lo “normativo” o “estipulado” por la sociedad. Si utilizo la palabra transexual es para que puedan comprender a que me refiero, pues incluso esa palabra me parece hacer preso a cientos de personas en este mundo en la palabra “Transito”. Me molesta terriblemente que en páginas como Wikipedia se remarque que la transexualidad es una minoría poco atendida y estudiada. Supongo que “poco atendida y estudiada” por la gran mayoría -la misma a la que hice referencia antes- no le importa saber nada sobre nosotros porque viven cómodamente en su mundo cisgénero. También es molesto que para la gran mayoría de la población seamos enfermos mentales. Se ha pedido a la OMS que se nos retire del apartado de enfermedades, pero sólo ha suavizado el asunto con otra terminología. Los especialistas consideran importante eliminar un diagnostico que contribuye a la estigmatización, así como lo están pidiendo numerosas asociaciones de transexuales e intersexuales.

Como transexual he vivido la agonía de tener que esperar en una sala de psiquiatría para que me evalúen. Nadie cisgénero ha sido evaluado para confirmar que no está “loco” y tiene el género femenino o masculino. ¿Por qué nosotros sí? La transexualidad se da incluso entre la especie animal. Por lo tanto las Unidades de Transtorno del Género me parecen inútiles, abusivas y entorpecedoras. Nosotros no estamos enfermos, miles de especialistas han alzado la voz exigiendo que se nos de libertad para “ser” sin necesidad de evaluación, y aún así ocurre. Todavía ocurre. Incluso en otros países se nos mata y el gobierno apoya ese hecho.

Si tenemos depresión, si sentimos náuseas frente a nuestra imagen e incluso llegamos a negarnos el contacto con otros es por los numerosos abusos -tanto verbales como físicos- que sufrimos desde temprana edad. Incluso nos negamos. No queremos ver la realidad y nos sometemos a nuestro propio juicio completamente perverso, ruin y cruel que nos destroza poco a poco hasta que no queda nada de nosotros. Eso no es “disforia de género” o la mierda que quieran impulsar como nuevo concepto. Eso es consecuencia de la sociedad, sus estigmas y la podredumbre que va quedando en nuestras almas como si fuese un cáncer.

La vida no es fácil cuando demuestras quién eres e intentas esforzarte por ser feliz. Todos queremos ser felices. Para mí la felicidad es poder expresar lo que siento en cada momento. Mi vida era una ruina antes de empezar el camino hacia la cima, la cual alcanzaré en algún momento. Desde pequeño demostré quién era, pero esto no es siempre así. Hay quienes lo reprimen por miedo o simplemente por desconocimiento. Cuando hablaba de mí en masculino o simplemente me entristecía el “desarrollo” habitual de la pubertad muchos optaron por ignorarme, golpearme o destruirme moralmente. Diez años de abusos escolares dieron fruto a un ser acomplejado que no era capaz de alzar la cabeza. Sobre todo cuando me vi solo siendo rechazado por los nuevos amigos que iba conociendo. Era decir lo que era y comenzar las burlas.

El machismo tiene mucho que ver con esas burlas. Cuanto más machista es una persona más centrada en el sexo -lo que uno tiene entre las piernas- para dirigirse a otra y señalarla. Me impedían soñar con jugar al fútbol en el recreo, al baloncesto o simplemente cualquier actividad deportiva tachada de “masculina”. Aunque es un error. Los deportes no deben tener género, del mismo modo que los juegos o los juguetes. Si bien, para ellos era evidente que yo como “mujer” no podía jugar con ellos. Era triste y humillante. Decidir lo que debería ponerme era otra. Al parecer para mis compañeros de clase debía vestir más “femenina”. Esto pasó también en los distintos trabajos en los que he ocupado lugar. Si bien, ya no era ese niño atormentado, sino un adulto joven que decidía poner las cartas sobre la mesa y ellos a mí en la calle.

¿Saben lo humillante que es que te digan que para trabajar en cierta empresa debes llevar falda corta? Lo es para una mujer, pero imaginen lo que es para un hombre transexual. La ropa es ropa, es cierto, pero no todos somos no binarios. Hay quienes jamás nos pondríamos ropa femenina. Para mí era extremadamente humillante, además de incómodo. Una vez incluso me dijeron que por qué me había cortado el pelo. Me gusta el pelo largo, lo he llevado gran parte de mi vida, pero quería algo cómodo y fresco. Al parecer, a mi jefe eso le pareció extraño y me comentó que así “no estaba tan guapa”. La ropa, el maquillaje, los complementos, el pelo o las lacas de uñas están condicionadas a un género cuando en ocasiones surgieron para el opuesto. El maquillaje se creó para los guerreros, pues se daban valor o se realizaban para asustar al enemigo teniendo un rostro más fiero. Los tacones se inventaron en Egipto, aunque eran más bien plataformas, Da Vinci los usó y Enrique II de Francia los puso de moda. Las faldas no era cosa de géneros desde su antigüedad pues los Sumerios, los Asirios y los Egipcios, la usaron con toda naturalidad y les costó mucho dejarla al haberse inventado el pantalón por parte de pueblos bárbaros.

Para muchos tener “vagina” es ser mujer y por ende tener que vestir, actuar y comportarse de cierto modo. Por eso también es difícil para una persona trans explicar que es hombre o mujer sin caer en los prototipos o clichés habituales. De ahí quizá que se enmarque como un “sentimiento”, pues son diversos sentimientos que nos hacen saber quienes somos. Que te llamen en masculino siendo transexual masculino hace que te siente bien, que te reconozcas, y por ende seas feliz.

Las feministas radicales están intentando atormentar y amedrentar a mujeres transexuales diciéndoles que jamás serán mujeres porque no tienen vagina. No existe comentario más machista y retrógrado que este. Supongo que están a nivel de Bertín Osborne y todos los que le aplauden hasta quedarse sin manos. Una mujer no es un coño, pues es inteligencia, es belleza emocional, es ambición y son logros. Una mujer no sólo es una vagina por la cual expulsar un niño si ella quiere. De hecho, no lo es porque yo poseo una y puedo engendrar todavía. Una mujer no es sólo tu madre, tu hermana o tu vecina porque tienen senos, vagina y carecen de nuez. Dejen esas estupideces a un lado, pues es patético. Del mismo modo que un hombre no lo es únicamente porque tiene un pene, tampoco lo hace un violador o un machista. Hay todo tipo de personas en esta sociedad y no puedes etiquetarlas como códigos de productos de supermecados.

La transexualidad es un icono de libertad. Incluso de libertad contra homosexuales que te cosifican y te denigran porque tienes unos genitales u otros. Somos los parias entre los parias, pero aún así hay que luchar e intentar ser feliz con uno mismo. Hay que amarse. Los miedos sólo los enjaulan. Si tienes miedo a expresar tu género, a codiciar unas hormonas o decidir si quieres una intervención de cirugía o no... ¿entonces cómo puedes decir que serás feliz? Se supone que una de las grandes metas del ser humano es la felicidad, la libertad y el progreso. No puedes progresar si te estancas por miedo, no puedes ser feliz por culpa de miedos y los miedos son los que nos hacen presos en nuestro propio hogar que es nuestro cuerpo.

Hay que ser libre. Hay que abrir las alas y volar. Hay que hacerlo sin importar si nos caemos. Hay que saborear el impulso. Hay que ser uno mismo. Hay que valorarse más. Hay que respetarse más. Hay que escuchar menos a quienes te dicen que no se puede. Hay que olvidarse de toda la propaganda bélica que nos invade desde los medios de comunicación generando conflictos entre nuestro cuerpo y nuestra alma, pues nos dicen qué es tendencia y lo que es un "hombre" o una "mujer". Hay que dejar atrás los muros y las alambradas. Hay que sonreír porque nadie puede quitarnos esa sensación de hacer lo que nosotros queremos, de ser quienes siempre quisimos ser y de divertirnos sin importar las miradas ajenas. Cuesta trabajo, pero se consigue.







domingo, 28 de agosto de 2016

Arte neoclásico

Con sinceridad... Marius se la está jugando. Yo soy Armand, Pandora o Daniel y le hago correr hasta el otro extremo del universo. 

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué estás buscando, Marius?—sin levantar el rostro del libro que estaba leyendo.

Allí estaba con ese aspecto de escultura neoclásica de rostro de efebo pese a sus más de treinta años, con sus dorados cabellos rizados encantadoramente revueltos sobre su frente y sus prendas cómodas de hombre moderno. Parecía una imagen tentadora sacada de algún relato fantástico, pero era algo más que una mera ilusión de un cuento de hadas o la imaginación de un loco. Sonreía suavemente saboreando tal vez las mieles de la victoria. Pandora me había humillado horas atrás y fue por su culpa. Siempre tan entrometido como yo lleno de orgullo herido.

—¿Buscas el ego pisoteado por tu desdichada mujer? Pobre Pandora... jamás dejará de amar a un cobarde que se refugia en ira y violencia—susurró antes de mirarme con esos penetrantes ojos azules. Sonrió dulcemente como si fuese un bondadoso muchacho y descruzó sus piernas, se levantó del asiento y dejó el libro sobre una mesa alta que únicamente sostenía un encantador jarrón cargado de flores silvestres.

—¿Por qué le dijiste a Pandora algo que ocurrió hace milenios? ¡Por qué!—grité apretando los puños.

—¿Qué cosa? ¿Tus juegos con sus esclavas o el descaro coqueteo con aquella dulce adolescente que vendía frutas en el mercado?—me miró impávido.

No me temía. Ese maldito desgraciado sabía que no podía siquiera golpearlo sin que los rumores llegaran hasta Pandora y esta se lo contara a Lestat, así como a toda la tribu, dejándome como un desgraciado. Me tenía acorralado. Sabía que todos adoraban a ese maldito lisiado que ya no lo era por obra y gracia del mismo científico chiflado que logró darle un hijo a Lestat, devolverle la visión a Maharet o indagar profundamente en nuestra genética.

—Marius, estoy esperando tu respuesta—dijo acercándose a mí con la elegancia de otra época.

Maldije a ese esclavo venido a más, como también a su belleza tentadora y esa forma de expresarse tan abrumadora. Era como estar bailando con el Diablo sin saber siquiera si te ama o te odia. Sabía que me apreciaba, pero a la vez gozaba contemplar como me volvía una bestia intransigente y furibunda.

—¿Te han dicho alguna vez que cuando te molestas se notan las líneas de expresión de tu cara y eso te convierte en un ser mucho más humano? Un ser humano por completo con sus expresiones, sentimentalismos y necesidades—comentó frente a mí, a sólo un paso, antes de tomarme del rostro deslizando sus fríos y suaves dedos por mis facciones.

—¿Qué pretendes?—pregunté sosteniéndolo de inmediato por los brazos, por encima de los codos, mientras le miraba con cierta incredulidad.

—No lo sé—respondió.

—¿No lo sabes?—dije apartándolo para moverme por la habitación como un animal enjaulado.

—¿Tendría que saberlo?—dijo sin mover ni un músculo.

Se sentía la tensión. Podía cortarse el aire con un cuchillo. Mis ojos de vez en cuando reparaban en su rostro y me quedaba absorto en su piel tenue, lechosa y seductora. Parecía un muchacho. Las pequeñas arrugas que se habían formado en su cara se habían borrado con el paso del tiempo y sus labios parecían más carnosos. Ante mí tenía el David de Miguel Ángel convertido en un ser que caminaba y respiraba, que sentía y codiciaba, y que siempre buscaba el modo de llevarme a la ruina.

—Quizá siempre te he deseado, Marius.

Esas palabras rebotaron en mí logrando que todo mi cuerpo temblase de ira y deseo. Quise lanzarme sobre él como un animal salvaje arrebatando su ropa, lamiendo su figura y hundiendo mis manos en sus rizos. Pero me contuve entretanto él sonreía de forma deliciosa. Parecía invitarme igual que un enorme pastel frente a un niño que lleva semanas queriendo un pedazo. ¿Me atrevería a tocarlo y hundir mis dedos en él para llevarlo a mi boca? ¿Sería capaz de degustar lo prohibido? ¿Acaso no era el amante predilecto de mi buen amigo Avicus? Lo era. Maldita sea. Lo era. Sabía que dejarme llevar por el deseo me haría caer en un gran problema.

Entonces me di cuenta que comenzó a caminar hasta una pequeña bolsa. Era un maletín muy masculino y elegante. Tenía la boquilla metálica, la anchura idónea para transportar artilugios médicos y al notar que sacaba un estetoscopio comprendí que era de Fareed. Ese dichoso médico y científico hindú había estado allí y posiblemente se encontraba muy cerca. El maletín estaba sobre un mueble alargado de color caoba, el cual se usaba para guardar correspondencias y diversos archivos importantes. Sobre él había diversos sellos, sobres y plumas, pero pronto estaría diverso material médico hasta que dio con lo que quería. Era una caja metálica minúscula de donde sacó un pequeño tubo.

—Ha logrado que no necesite frío estas maravillas—comentó—. Aunque no sé si te atrevas a probar cuan flexible puedo ser—dijo girándose con una jeringa mientras subía su suéter fino estilo marinero. Tenía una ropa muy occidental de hombre cuidado y adicto a la moda. Estaba seguro que Gregory le ayudaba a elegir sus prendas para pasar desapercibido, pero eso no era siquiera importante en ese momento o en algún otro—. Mírame... ¿no me deseas?—clavó sus ojos en los míos del mismo modo que enterraba la aguja en su vientre plano algo marcado. Sus pupilas se dilataron debido a la fuerte dosis que se había aplicado mientras contenía el aliento.

No sé por qué lo hice pero me lancé a la aventura. Me acerqué a la caja tomando una de las jeringas, desencapuché la aguja y logré tomar la dosis idónea para mí. Cada vampiro sabía cuál sería la precisa gracias a unos análisis exhaustivos que había hecho ese maldito demonio. Rápido sentí cierto hormigueo por mi columna y el deseo bullir más allá de la ira que ya poseía.

Había decidido usar túnica nada más entrar por las puertas de la vivienda. Atrás estaba el elegante traje Victorio & Lucchino de chaqueta borgoña que había arrastrado desde mi hotel hasta la entrada del edificio. Allí sólo tenía una túnica color vino de la cual me deshice mientras él hacía lo mismo con cada una de sus prendas, pero cuando terminó desnudo, antes de ser rodeado por mis brazos, me ofreció el cinturón con un gesto lleno de respeto y necesidad. Sus ojos brillaron como dos llamaradas entretanto su miembro tomaba forma sólo de imaginarse siendo sometido.

No dudé en acapararlo besando su rostro con cortos pero apasionados besos, en hundir mi rostro en su cuello y lamer sus clavículas arrebatándole el cinturón de entre sus dedos. Él jadeaba mientras su cuerpo tomaba cierta temperatura, salvo sus manos que seguían frías y se dirigían más allá de mi vientre. Su mano derecha acariciaba mi glande aún envuelto en su sensible piel, para de inmediato tirar de esta con un ritmo suave desde el inicio hasta la base. Mis ojos se cerraron gozando de ese movimiento tan delicioso y mis piernas tiritaron por un segundo, pero volví en mí y lo aparté empujándolo hacia el diván donde había estado leyendo.

Él me miró deseoso y yo le hice arrodillarse ante mí. Doblé bien el cinturón e hice que este rozara su mandíbula y bajase por el torso hasta su ombligo. Su sexo se movía suavemente inclinado hacia la derecha. Tenía un hermoso y rosado glande que pedía ser atendido aunque fuese con sus dedos, pero él se mantenía firme esperando mis órdenes. Temía hacer algo que le despreciara y le dejara allí, arrojado sobre las baldosas de mármol, deseando un poco de satisfacción y sosiego para su lujuria.

Decidí tomar asiento en el diván recargando mi espalda en la pared contigua, de hermoso papel pintado color ocre, mientras blandía mi improvisado látigo. Él de inmediato supo lo que hacer. Se subió sobre mis piernas recostando su torso, algo menos ancho que el mío, elevando sus glúteos y ofreciéndome de ese modo una imagen demasiado erótica. Mis manos rozaron sus muslos desde la canilla pasando por la pantorrilla y llegando al interior de estos. Él jadeó al percibir mis dedos palpando ligeramente sus testículos. Podía notar su miembro aplastado por su peso contra mis piernas y eso logró que formalizara el juego. El primer golpe le sacó un quejido, el segundo gritó porque le ofrecí mayor violencia, pero los siguientes fueron una mezcla de placer y dolor a partes iguales. Blandía el cinturón de cuero con mi diestra mientras la zurda se introducía en su boca. Flavius comenzó a lamer mis dedos, chuparlos y codiciarlos como si fuese mi virilidad. Sus ojos se cerraron gozando aquello como una perra bien entrenada hasta que los saqué para introducirlos en su estrecha entrada. Sus jadeos y gemidos despertaban en mí una bestia que clamaba por permanecer dormida, pero no pude evitarlo. Finalmente cedí.

Coloqué su hermosa figura, esa estatua de carne y piel, frente a mí de rodillas e hice que lamiera el fruto prohibido que guardaba para él. Aquel manjar provocó que salivara logrando una erección aún más formidable. Su lengua parecía experta o quizá llevaba demasiado tiempo codiciando cada centímetro de esta.

En mitad de un arranque de lujuria acabé aplastándolo contra el suelo, dejándole pegado al mármol, para acabar entrando en él sin compasión alguna. Mi miembro se enterró como una daga ensanchando su estrecho camino al Olimpo. Cada milímetro se aferraba a mi miembro y mis testículos golpeaban con fuerza. Podía escuchar perfectamente sus gemidos y alaridos clamando que fuese tan brusco como dominante. Coloqué mi pie derecho sobre la cruz de su espalda y penetré furibundo mientras él intentaba mover las caderas para que el roce de ambos fuese aún más caliente.

—Marius... —murmuró con aquella boca enrojecida sutilmente abierta como la de un pez moribundo sobre las tablas del piso de un barco. Sus rizos se pegaban al sudor sanguinolento que ya le cubría como una deliciosa pátina.

Mi posición cambió y mi pie dejó de estar aplastándole, deseaba ver su rostro y comprobar cuánto me deseaba. Di un par de pasos hacia atrás masturbándome al observar aquel glorioso espectáculo. Mis manos se pasaban deseosas sobre mi glande entretanto aplastaba mis testículos con la otra. Acabé sentándome en el diván llamándolo con la voz ronca. Él se incorporó tembloroso y subió sobre mis piernas comprendiendo bien mis deseos, como si ambos compartiéramos la misma terrible fantasía.

Su rostro estaba enrojecido y sus manos se clavaron en mis hombros como si fueran las garras de un animal. Cada movimiento de sus caderas era como alcanzar la gloria. Mi virilidad se hundía por completo y él temblequeaba mirándome a los ojos, apoyando su frente contra la mía y sonriendo satisfecho porque estaba siendo mío. Sabía que llevaba años buscando algo más que mi enfrentamiento, pero jamás sospeché que su deseo fuese tan humano.

No dudé en besar sus labios acaparando su boca y dejando que mi lengua se enloqueciera en el mismo instante que se detuvo, vibró de pies a cabeza y eyaculó manchando mi vientre y torso como así mismo. Acabó abrazándome moviendo sutilmente sus caderas esperando que yo hiciera lo mismo. Aguardé casi un minuto tras notar las contracciones de su estrechez, sus movimientos de pelvis, sus jadeos y palabras sucias que eran como miles de poemas clavándose en mi alma, enterrándose igual que lo hicieron sus uñas, logrando que mi mente volara.

Acabé todo aquello mirándole a los ojos escuchando como recitaba un poema erótico. Nuestras miradas eran clave y llave de una perversión inusitada. Podía contemplar sus mejillas rojas como manzanas maduras y notaba su respiración agitada. Apenas podía hablar, pero lo hacía sólo para excitar algo más que mi cuerpo: mi alma.

—Llévame al pasto y hazme tuyo. Deja que las estrellas iluminen el camino hacia mis muslos. Permite que beba de ti el elixir, mi dios. Quédate conmigo porque hoy ya no huyo. Salvaje, entregados, arañados y cansados. Tú y yo. Amándonos en un mundo perverso, indómito y azumbrados—decía mientras se contoneaba aún dejando que mis fluidos se extendieran dentro de sus entrañas—. Mírame, ¿no te parezco una escultura tan magnífica que deseas pintarme con tus dedos?—dijo tomando mi mano derecha para mancharla con el semen que había manchado ya ambos. Estaba ya frío, pero igual de pegajoso, pero no le importó llevarlo sobre sus pezones para que los acariciara.

—Tú amas a Avicus—respondí.

—Y tú supuestamente adoras a Armand, pero yaces con su creación—dijo sonriendo perverso.

—Mi mujer es tu amiga—murmuré.

—Ahora llamas mujer a Pandora... pero ella te llama viejo desamor—comentó apretando suavemente sus muslos contra mis caderas—. ¿Cómo me llamarás a mí? ¿Qué seré? ¿Conseguiré ser algo más que tu puta griega?

—Serás mi consuelo cuando esté cansado de otros mundos—dije riendo bajo.

—Conseguiré enamorarte hasta desear que te arranquen el corazón—respondió levantándose indignado con las piernas aún débiles.


Noté como sin pudor alguno se marchó dejando atrás sus prendas y a mí, su amante, satisfecho. Pude ver sus glúteos aún rojos debido al cinturón y como el semen corría libremente por sus muslos hasta las rodillas.  

sábado, 16 de julio de 2016

Dominación

Yo sólo digo que esto no es como me lo había contado Quinn...

Lestat de Lioncourt


Estaba frente al espejo de nuevo mirando todas mis viejas cicatrices, esas que ni el tiempo ni la sangre pudieron borrar, pasaba mis dedos por lo que parecían pequeños arañazos sobre mi escaso busto y los deslizaba llevándolos hasta mis caderas marcadas. Cerré los ojos aspirando fuertemente el aire cargado de la habitación. Olía a sábanas limpias, perfume francés caro, fragancia masculina de última moda en Italia y a él. Olía a él. Podía respirar su piel aún pegada a la mía, calentándome pese a lo mortecino que podía ser su abrazo, intentando no pensar en la mezcla de sentimientos que siempre sufro cuando lo hace. Quería huir. Deseaba desaparecer de inmediato como si fuese una pompa de jabón estallando o una mota de polvo que se pierde en la inmensidad de la superficie de un mueble viejo, apolillado y a punto de ser tirado a la basura.

Jamás me sentía conforme ni a salvo. Era una sensación horrible la que podía transmitir a otros. Siempre era la incógnita absoluta, la muerte misma disfrazada de vida jugueteando con los dorados rizos de un recién nacido. Era todo eso y más. Porque también era la furia de una tormenta eléctrica, un vendaval en una zona costera, un grito de terror en la noche, el chapoteo de un caimán en un pantano de aguas densas y peligrosas, los tacones de una mujer desesperada y la verdad en los labios de un cadáver a punto de ser incinerado. Veneno, sed y rabia.

—Petronia—escuché su voz con nitidez pese a que fue sólo un susurro y acabó provocando que un escalofrío recorriera toda mi columna vertebral, levantando incluso el vello de mi nuca y logrando que saliera de mi ensimismamiento.

—Maestro—dije aún con mis ojos oscuros fijos en los míos, en ese reflejo extraño que ofrecía al espejo, mientras él se posicionaba tras mi espalda colocando sus sedosas manos oscuras sobre mis estrechos hombros—. ¿Qué quieres de mí?

Su boca cálida se colocó en el lado izquierdo de mi cuello, deslizándose hacia mis clavículas y quedándose en mi hombro. Podía aspirar de nuevo con claridad su aroma mucho más masculino que el mío, un aroma corporal que me enloquecía y dominaba de algún modo.

—Deseo tantas cosas de ti—musitó deslizando sus manos por mis brazos hasta mis codos, agarrándome de una forma algo perversa, entretanto rozaba sus colmillos en mi cuello. Quería que notara que le pertenecía como algo más que una mercancía, como si mi alma la hubiese vendido a ese demonio de piel oscura y voz profunda, logrando que mi corazón latiera como el de un cervatillo asustado porque sabe que el cazador está cerca.

—Maestro...—murmuré quedándome quieto esperando sus siguientes acciones como si esperara que me rompiera en mil pedazos, igual que a un frágil cristal, pero no lo hizo. Sólo se detuvo a mirarme a través del espejo. Mis pezones se habían endurecidos y mi mentón temblaba.

—Tengo un regalo para ti—dijo—. He vuelto a tener cierto contacto con ese joven vampiro y he logrado tener acceso de nuevo a cierto medicamento en proceso de investigación—murmuró soltando mi brazo derecho para meter su mano en su chaqueta blanca de lino italiano. Al sacar la mano vi un inyectable que rápidamente se enterró en mi nalga derecha—. Sólo deja que te haga efecto—musitó tirando jeringa vacía al suelo, cerca de mis pies, para luego colocar la mano sobre mi braga de fina lencería negra. Sólo me ponía esos atuendos absurdos para él porque para mí no significaban nada. Odiaba ser femenino y jugar con mi dualidad, pero él parecía recrearse satisfaciendo su parafilia.

Sus dedos acariciaban los delicados encajes de flores silvestres y sus hermosas hojas, iban hasta las ingles y después a la parte superior de la fina goma, mientras yo sólo miraba atentamente y con perversidad sus dedos. Un jadeo se escapó de mis labios y una pequeña erección apareció debido a los efectos del medicamento. Soltó mi brazo izquierdo y se ayudó de ambas manos para bajar la prenda íntima hasta mis tobillos. Después se arrodilló frente a mí besando mis ingles, mi vientre plano y mis caderas. Yo simplemente temblaba como una hoja.

—Maestro—dije colocando mis manos sobre sus cabellos espesos y negros, tan rizados como los de cualquier hombre de su raza, antes de sentir su lengua lamiendo mi pequeño glande y sus gruesos labios rodeando mi miembro—. Arion... —gemí moviendo suavemente mis caderas. Las suyas no se situaron sobre mis caderas, salvo la zurda. La mano derecha se introdujo en la pequeña overtura que era mi atrofiada vagina. Yo no dudé en mirarnos al espejo sintiéndome por primera vez bendecido por esas acciones que estaban empezando a destruir mi escasa cordura.

En ese momento Manfred entró sin avisar y en vez de marcharse se quedó ahí, mirando como era domado por la boca de mi milenario amante, acabando por apoyarse en el marco de la puerta. Arion se incorporó en ese instante y se autoinyectó con trona jeringa similar a la mía. En menos de diez segundos, el escaso tiempo que me permitió para poder recuperar el aliento y bajar su cremallera, me vi arrojado sobre la cama con las piernas abiertas. Sin embargo, le pareció una postura poco apropiada, poco digna de su extraño esclavo, y acabó por girarme dándome una visión fabulosa al poder tener el espejo frente a nosotros. Estaba en una posición grotesca, absolutamente sumiso, cuando entró entre mis nalgas y comenzó a profanarlas con un ritmo tosco que me enloquecía. Acabé apoyando mi torso sobre el colchón y mis manos, grandes de dedos largos, tiraban de las sábanas hacia mí.

—Manfred, ayúdame—dijo con voz dominante logrando que nuestro compañero, nuestra horrenda creación, se moviera bailoteando hasta nosotros—. Túmbate debajo y haz lo que quieras con sus pezones. Tómate esto como una dulce venganza—musitó—. Y tú, pobre de ti si te vengas de él—añadió agarrándome de mi trenza para tirar de mi cabeza hacia atrás. Mi nuez, casi invisible, se marcó mientras mis ojos se entrecerraban.

Rápidamente Manfred se tumbó bajo mi cuerpo, levantándome del colchón y logrando hundir su rostro entre mis pequeños pechos. Sus pezones fueron todo suyos. Los lamió, succionó, mordió y bebió sangre de ellos mientras Arion me dominaba. Yo sólo podía gemir desquiciado clamando a los dioses que ya habían muerto sepultados por el orgullo y la necedad del hombre, por otras prácticas más irriosrias que creer en los espíritus de los bosques o los mares, entretanto escuchaba a mi maestro gruñir como si fuese el propio Minotario encerrado en los pasadizos de un terrible laberinto. Y era eso, un laberinto. Un maldito laberinto de sensaciones.

Al cabo de unos minutos acabé eyaculando manchando mis sábanas de blanco algodón, Arion no se quedó atrás y Manfred se alejó para echar a correr lejos por si me recuperaba de aquella terrible sugestión. Él, mi maestro y amo, me giró para verme a los ojos como si fuese un Titán y yo un miserable bajo su poder.

—Tú eres mi mujer, mi hombre, mi artista, mi gladiador, mi empresaria y la locura misma. Sin embargo, has olvidado que yo soy quien te domina, quien tiene aquí el bastón de mando, y espero que con esto quede claro que no puedes hacer todo lo que tú desees. Sigues siendo mi esclava en La Sangre—dijo antes de bajarse de la cama y retirarse a descansar leyendo sus dichosos libros sobre ajedrez.


Yo quedé allí recostado mirando de reojo mi reflejo y sintiéndome completo, pero terriblemente hundido por su trato grotesco. Aún así ansiaba otra vez, quería volver a llamar su atención de ese modo, porque al fin había tomado otra vez el territorio que tanto le pertenecía.  

domingo, 5 de junio de 2016

Fantasma

Lo de Goblin es algo que no puedo comprender del todo... bueno sí. Amaba a su hermano de muchas formas, pero que Quinn no se diese cuenta que era su hermano...

Lestat de Lioncourt 


Hacía días que mi abuelo había fallecido y no podía olvidar los momentos previos a conocer la noticia. Esas manos fantasmales recorrían mi cuerpo y mi figura se doblegaba ante sus deseos. Aún podía escuchar el sonido de la ducha golpeando los azulejos, baldosas y la cerámica la bañera. Incluso sentía el vapor del agua calentando mi piel ascendiendo hacia el techo mientras el espejo se enturbiaba. Todo era un sueño vívido demasiado terrible porque la tristeza de la muerte de mi abuelo se mezclaba con la excitación extraña de esos momentos.

Desde que tengo memoria él ha estado junto a mí. Jamás ha hecho algo como aquello. Fue horrible saber que conocía con detalle mis bajos instintos. Hizo que me pegara a la pared del baño y abriese las piernas sin pudor igual que una fulana bien entrenada. El agua empapaba mis rizos provocando que se pegaran a mi rostro y nuca, mientras él me agarraba de las caderas y me hacía sentir su miembro invisible. Me hizo gemir. Logró que gimiera su dichoso nombre.

Tumbado en aquella cama completamente desnudo, sofocado por el calor y los recuerdos, noté su presencia. Siempre estaba ahí, pero a veces incluso percibía donde miraba. Sus ojos se clavaron en los míos mientras se hacía ver tomando forma. Su piel lechosa, sus ojos azules y su cabello negro era tan idéntico a mí como el resto de sus rasgos. Era como ver a un gemelo perverso buscando en su igual a un amante. Pero, ¿yo que era? Yo era la fulana de ese hermano, amante de un incesto, que necesitaba ser correspondido.

Sin pensarlo mucho abrí mis piernas invitándole en silencio. Mi mano derecha comenzó a deslizarse de mi torso hasta mi vientre y de mi vientre hasta mi pene. Agarré con fuerza mi miembro y comencé a estimularme sintiendo el extraño peso de Goblin, como así lo he llamado siempre, sobre el colchón y luego sobre mí.

Se personó vestido pero en un pestañeo estaba desnudo impulsándose fuerte entre mis piernas. Notaba como esa energía pavorosa pulsaba con fuerza mi próstata. Su lengua viscosa e invisible se hundía en mi boca y prácticamente me arrebataba el aliento. La cama se movía suavemente por cada impulso. Mis piernas se abrían cada vez más y pronto mi espalda se arqueó dejando que sólo me apoyara en el colchón por mis hombros y talones. Él me levantaba de aquellas sábanas revueltas, de ese colchón vencido y de una cama que jamás había creído que la usaría para un acto tan ruin.

Dejé de masturbarme para aferrarme a las sábanas, pero él me liberó para girarme de un solo golpe. Noté como me pegaba el rostro a la almohada y me penetraba de nuevo con una furia increíble. Parecía querer marcarme a fuego como de su propiedad. Incluso notaba sus dedos fantasmales envolviendo mi sexo con deseo. Finalmente cerré los ojos dejándome llevar como cualquier puta y grité algunos gemidos porque el placer me cegaba. Cuando llegué a la eyaculación escuché su risa jactándose de lo que había provocado mientras se desvanecía.


¿Qué era yo? ¿Un divertimento? Posiblemente. Él se divertía haciéndome experimentar aquello.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

sábado, 27 de febrero de 2016

Arte

Miró al muchacho a los ojos sintiendo que su alma al fin reaccionaba, pero era incapaz de mostrar sus extraños y fuertes sentimientos. Observaba su rostro como quien contempla una de las séptimas maravillas del mundo. Él conocía bien sus sentimientos, pues realmente  sólo era capaz de amar el arte y su pupilo se lo había dicho. Aquel tritón estaba hecho para crear arte y él lo amaba. Su piel podía ser un lienzo perfecto en el cual dibujar sinuosas caricias. El joven estaba hecho para tentarle e incitarle a crear las fantasías más irresistibles. Él estaba lleno de belleza que evocaba por sí mismo una paleta de sensaciones. Se proyectaba como un ser nuevo nacido para ser torturado provocando una melodía deliciosa que haría llorar a los ángeles.

Deseaba alimentarse de esa obra infinita desenfrenado durante el sexo hasta llevarlo al borde de la muerte, pero jamás le mataría. No podía acabar con aquella maravilla pese a ser un demonio que se alimentaba del placer y del dolor ajeno, consumiendo así las almas de sus víctimas. Sin embargo le haría conocer el filo de la muerte y en esa muerte anunciada, en ese asesinato, también habría arte aunque sería un arte terrible, grotesco y sangriento.

Abarcó su cara con ambas manos y le miró acariciando con los pulgares la comisura de sus labios. Pensó en sus gemidos, igual que en el silencio de su boca amordazada. Su cuerpo retorcido y marcado por miles de injustas caricias sería arte. Y arte terminaría siendo si pintara sobre la espalda con el pincel de su látigo, cincelando marcas terribles que nadie podría borrar. Arte era y sería por siempre.


Su miembro quedó erecto entre sus manos, siendo acariciado como se acaricia el barro para darle forma. Porque el sexo para él era arte y más cuando se hace con una criatura digna para ser contemplada en su estado más salvaje. Tomó su mano derecha del muchacho entre las suyas y la llevó a su miembro. Arte también era atender a un hombre tan anciano, a un demonio que conoce bien los placeres hedonistas, con sólo mostrar ese rubor en sus mejillas. El sexo es arte, profundo y sincero, cuando se tienen sentimientos hacia la obra. Él ansiaba que su pupilo fuese su mejor obra.

jueves, 11 de febrero de 2016

Big bad wolf...

El siguiente texto no es apto para menores, ni para personas sensibles, tampoco para beatos o personas creyentes. Yo simplemente digo que si siguen leyendo y se molestan es culpa suya. 





Había tomado aquel joven entre mis manos, acariciando su piel suave y lechosa, observando que su alma no poseía pátina alguna y que sus ojos todavía mostraban inocencia, rebeldía y felicidad. Me embargó un sentimiento de nostalgia, pero también un deseo cruel de destrozar cada feliz recuerdo, cada pequeño recoveco de esperanza, de su alma hasta convertirlo en una marioneta sin vida, absolutamente roto, esperando que la muerte lo arrastrara hasta un nuevo bucle de deseo, dolor, miedo, placer y necesidad. Mis labios se arquearon en una sonrisa macabra que provocó que el muchacho se asustara ligeramente, echando hacia atrás su apetecible cuerpo.

Aún no tenía sombra de barba. Posiblemente no llegaba a los diecisiete. No era la primera vez que observaba a un muchacho como él dispuesto a todo, intentando conquistar a un adulto a cambio de sus favores, sus secretos y experiencia. Una experiencia que en mí era amarga, añeja, peligrosa y terrible. Podía convertir su cuerpo en un vergel infernal lleno de rosas de sangre borboteando sobre su espalda, marcando su piel con horrendas secuelas de caricias crueles, de modo que su alma quedase tan quebrada como esclava.

Sus cabellos oscuros, ligeramente largos y sedosos, caían lacios sobre su frente y rozaba sus hombros. Unos hombros estrechos, como su cintura. Sus caderas se acentuaban porque era esbelto y sus muslos eran suaves, libres de vello como su cresta del pubis y su torso. Era un efebo dulce en apariencia, pero rezumaba aire salvaje.

La puerta de aquel bar, poco iluminado, había mostrado una imagen menos atractiva de sus ojos azules, su boca carnosa y la suave piel sin mácula que me ofrecía ahora, en la penumbra sutil de un motel barato. Había pagado lo suficiente para que no derrumbaran la puerta pese a los gritos que pudiesen escucharse. El dueño me conocía bien, sabía que pagaba en metálico y no daba demasiados problemas. Nunca me juzgó a viva voz, pero sus ojos mostraban rechazo y odio. No me importaba en absoluto despertar antipatías.

Nada más abrir la puerta de la habitación el olor a nicotina nos azotó a los dos, como una fuerte bofetada, y los muebles, escasos y viejos, no eran del agrado de aquel muchacho que se creía exclusivo. Pero como una puta bien adiestrada, deseoso de complacer todos mis deseos, se desnudó para mí sin pudor alguno. Su ropa aún estaba tirada por el suelo cuando lo atraje hasta a mí para observar con claridad cada uno de sus rasgos.

Aquel muchachito poseía un mentón fino, unos pómulos llenos y sonrosados, una nariz perfecta para el tamaño de su rostro y una boca apetecible. Solté a un lado mi abultada y pesada maleta de cuero, la cual ocultaba mi verdadera identidad y todo lo que yo era, para poder acariciar cada rasgo facial hasta su largo cuello donde apenas se apreciaba su nuez. Su torso, delgado y estrecho, mostraba unos pectorales nimios y unos pezones pequeños aunque de pezón grueso.

—¿Qué edad tienes?—pregunté.

—¿Acaso importa? Estoy aquí por mi propia voluntad—dijo mirándome a los ojos. Mi estatura era impresionante comparada con la suya. Yo rozo los dos metros, él a duras penas llegaba al metro setenta.

—Tu edad, muchacho—quería cerciorarme que no cometía delito alguno, aunque era imposible no cometerlo. Ante los ojos de Dios, mi Dios, él era pecado y lo que estaba a punto de suceder en aquella habitación sería digno de algunos pasajes de los Infiernos de Dante.

—La suficiente para saber fumar y beber, aunque no me dejen entrar a ciertos locales—contestó colocando una de sus delicadas manos en mi bragueta.

A su edad yo ya conocía lo que era trabajar duro para alimentar a mi familia. Mis dedos dolían por el frío al repartir periódicos por la mañana, por la tarde me dedicaba a ser jardinero de algunas viviendas destacadas de mi ciudad y por la noche estudiaba duro para no ser un cualquiera, un maldito Don Nadie, porque odiaba que otros se rieran de mí mientras podaba o me las arreglaba como podía. Mis manos eran ásperas y tenían cortes, las suyas eran finas y sensuales.

—Mi forma de amar no es dulce, y tampoco es amable. No vas a sentir placer si no sientes primero un dolor insoportable—atestistigüé.

Un brillo de curiosidad se formó en sus pupilas y sus dedos aprisionaron con deseo el cierre de mi bragueta. Aquello fue una declaración de principios, así que me vi obligado a iniciar el ritual. Aparté de un manotazo su mano y lo empujé contra la pared, dejándolo de espaldas a mí y con el torso pegado al papel pintado de color café.

—Las zorras no tocan si el amo no da su permiso, es una regla que vas a aprender—dije en un murmullo ronco.

Mi mano derecha se enterró entre sus cabellos, enredándose en cada mechón, para tirar de estos y arrodillarlo frente a mí cerca de mi maletín. Miré de forma fría sus ojos, los cuales empezaban a comprender lo peligroso que podía llegar a ser aquello, y al apartar la mano él suspiró creyendo que sólo fue una estúpida advertencia.

Abrí mi maletín y saqué cinta aislante, vendas y unas medias de mujer. Él miró con curiosidad el interior de mi equipaje, pero no logró a ver más que algunos bártulos cuya forma no le daría información alguna. De inmediato vendé sus ojos, antes que él pudiese confirmar sus sospechas, coloqué las medias en su cabeza y envolví con cinta su boca, la parte superior de su cabeza y su mentón. Sus manos se movían en mi contra, intentaban apartarme, pero un fuerte golpe lo paralizó de miedo.

—No te negaste, aceptaste—susurré.

Su sexo, completamente yermo, fue rodeado con sendos aros metálicos. Uno fueron entorno a sus escrotos y el otro, como no, rodeando la base de su miembro. Sus manos quedaron también atadas con la cinta, y lo hice dejándolas tras su espalda. Después, sin muchos preámbulos, lo subí al colchón y saqué una vara pequeña, aunque flexible y de bambú, que comenzó a dejar marcas en sus redondos y apetecibles glúteos.

Pude notar como se retorcía, como intentaba alejarse, pero logré retenerlo y ofrecerle el placer del dolor. Un dolor intenso que lo marcaba no sólo físicamente. Coloqué mi bota izquierda sobre su cabeza, pegando ésta al colchón, mientras mi mano derecha se colaba entre sus piernas y acariciaba su sexo. Rápidamente comenzó a reaccionar, como si supiera que era el momento del placer, el cual no duró demasiado.

De improvisto para él se sintió libre de mis manos, de la presión de la suela de mi bota, para sentir como el peso de su cuerpo caía por completo sobre aquellas sabanas, las cuales no parecían siquiera haberse cambiado en semanas. Sin embargo, el juego había empezado para ese pobre desgraciado, para mi juguete especial, porque el látigo cayó silbante sobre su espalda crujiendo una y otra vez, como si fuese un rayo marcando la noche con un relámpago terrible y un estruendo aún más portentoso.

Sus gritos ahogados eran cantos de sirena para mí. Su espalda perlada de sangre me atrajo demasiado como para no pasear mi lengua por los cortes, ofreciéndole unas eróticas caricias demasiado sensuales, y nuevamente él pareció comprender que debía aprovechar esos segundos. Unos segundos valiosos que acabaron evaporándose cuando saqué una vela, la encendí y empecé a dejar caer la cera sobre sus heridas.

Sus glúteos y su espalda quedaron destrozados, así como parte de sus antebrazos, mientras él posiblemente aún estaba sin romper del todo. Pero eso no me importaba, pues siempre llevaba conmigo equipaje suficiente. La tortura era una forma de arte que podía llevar al lívido a puntos extremos de placer, por eso la ejercía con paciencia y conocimiento.

Saqué de mi bolsa un minúsculo dilatador anal. Era un pequeño artefacto negro, con estrías y con punta de flecha redondeada. Tal y como salió de la bolsa se introdujo en su entrada. Tomé el mando entre mis dedos llevándolo a mis labios, besándolo con una sonrisa llena de lujuria, mientras acariciaba mi entrepierna sobre el pantalón. Empezaba a sentirme erecto ante el juego, pero aún el rey no iba a hacer caer al peón. Pulsé el nivel más alto y lo dejé arrojado sobre la cama.

En aquel colchón, con ese juguete emitiendo ese dulce murmullo, pude observar aquel estilizado cuerpo retorciéndose como si estuviese poseído. Se movía como si fuese la serpiente en el paraíso, trepando por el manzano, esperando que Dios la observara sin impedirle la maldad que ardía bajo su fría piel.

Tomé entre mis manos otro juguete, me senté en el borde de la cama y lo recosté de lado. Aquel rostro deformado por la media, la cinta adhesiva y la venda se mostró ante manchado de sudor y lágrimas. Su pequeña flecha apuntaba alto, pero su fuente estaba seca. Aquel pecaminoso elixir que era, y será por siempre, el semen no sería eyaculado por más orgasmos que sufriera. Acaricié suavemente su glande con el dedo índice y corazón de la diestra, mientras con la otra mano sostenía lo que era una vagina falsa introducida en un cilindro metálico.

—No sé si te merezcas saber qué es el placer—murmuré introduciendo su miembro dentro del juguete.

Recuerdo vivamente como me incliné sobre él y mordí sus pezones, lamí su torso y permití que temblequeara por la satisfacción de aquellos aparatos. Los mismos aparatos que aparté, para poder bajar mi bragueta y penetrarlo. Decidí hacerlo cuando noté que él ya estaba listo para sentirme, que era el momento idóneo. Arrojé su cuerpo al suelo sin remordimientos, lo coloqué contra la cama dejando el torso sobre el colchón y lo penetré fuertemente.

Reventé su entrada sin llegar a producir herida alguna, aunque mi ritmo era salvaje y profundo. El sonido de mis testículos me excitaba aún más, pero el silencio de su voz me torturaba. Por eso mismo paré para liberar su rostro ofrecerle la oportunidad de cantar para mí, igual que un eunuco, mientras le ofrecía el mejor recital de azotes, mordiscos y duras penetraciones.

—Dame más... más... quiero más...—recitaba como un salmo ante Dios mismo. Alzó su rostro con la vista perdida y giró su cara hacia el espejo de cuerpo entero, sucio y deslucido, que se hallaban en aquella habitación.

Su boca estaba enrojecida, al igual que sus mejillas, su rostro parecía congestionado y sus cabellos se pegaban a su frente completamente desordenados. Puse entonces mi mano derecha sobre su nuca, rodeé su cuello y lo empujé hacia el colchón. Él gritó. Girtó como una furcia que llegaba al final del camino, pues de hecho pude notar como todos su músculos se tensaban. Sin embargo, decidí salir de él y ofrecerle como recompensa un vibrador aún mayor que el anterior, del tamaño de mi miembro. Un hilo transparente manchó la comisura de sus labios y pude comprobar como sus caderas se movían cada vez más desesperadas.

Tiré de su pelo hacia atrás, levantándolo, para arrodillarlo frente a mí y ofrecerle mi alimento. Mi cálida simiente manchó sus labios y corrió libre por su boca, hasta su garganta y de esta a su estómago. Sus ojos se volvieron mostrándose en blanco, como si hubiese llegado al éxtasis de una devoción pagana. Entonces liberé su miembro de aquellos círculos metálicos y le dejé llegar al final del camino. De inmediato cayó a mis pies desplomado, marcado y satisfecho.

Hice la señal de la santa cruz, oré por mis pecados y los suyos, me santigüé y subí la cremallera de mi pantalón. Con cuidado limpié los utensilios en el lavabo y los acomodé en mi bolsa, del mismo modo que acomodé mi alzacuellos y lo abandoné en la habitación.

En el hall me esperaba el propietario, esperando que pagara un plus por haber hecho oídos sordos a lo ocurrido. Pagué unos cuantos billetes y sonreí amable, como si fuera un cordero de Dios.

—Que Dios esté contigo, padre—dijo con sarcasmo.


—Y su espíritu, hijo... y su espíritu.  

miércoles, 3 de febrero de 2016

El despertar del instinto

Oberon está mostrando su faceta más apasionada, o más bien, más desesperada. Se ha dado cuenta que las mujeres sólo les causa perjuicios y ha optado por algo que le da placer sin problemas. 

Lestat de Lioncourt


Cayó sobre él como una sombra. Sus impulsos primarios estaban cada vez más a flor de piel. Había intentado controlarse desde hacía algún tiempo, pero la necesidad de afecto y contacto hicieron mella en él. Cada día era una muesca más en las paredes invisibles de su joven alma, las cuales terminaban siendo surcos de feroces garras que desgarraban por completo su escasa paz. En los últimos días había percibido un cambio en sus deseos, enfocándose en aquel joven enfermero. Desde el primer día sintió que todo su cuerpo se tensaba y que su alma pedía, irremediablemente, que se concentrara en cada gesto.

Oberon había sufrido un abandono tras otro. Encerrado en aquel hospital sin remedio, como si hubiese caído sobre él una terrible maldición sólo por nacer, se sentía como un animal enjaulado. Realmente, eso era. Un monstruo de circo, un ser excepcional, al cual mantenían prácticamente aislado durante gran parte del día ofreciéndole atenciones, pero no cariño. ¿De qué servía las conversaciones banales enfocadas a sus recuerdos? ¿Para qué quería saber sobre el mundo exterior en las noticias de las once? ¿O porqué tenía que soportar que algunos tomaran pruebas de tejidos y le inspeccionaran como si fuese el mismísimo Gulliver? Sabía que era un ser extraordinario, el único espécimen macho que quedaba sobre la faz de la Tierra, que podía ser el eslabón perdido o un puente hacia una mejora genética para curar ciertas enfermedades, envejecimiento prematuro y diversas molestias que vienen con la edad.

Observar a ese muchacho, día tras día, se había convertido en su momento favorito. Podía espiarlo desde la pequeña ventana de su puerta, colocando sus largos dedos en el marco de ésta y deseando atravesar el pasillo para retenerlo entre sus brazos. Se había fijado en cada íntimo detalle como sus manos cuidadas, sin vello alguno en sus nudillos, y de uñas con manicura. También, por supuesto, en lo bien planchadas que estaban sus camisas blancas de cuello almidonado y su sonrisa limpia, sin atisbo de maldad, cuando salía o entraba de su vestuario. Podía incluso aspirar su suave y fresca colonia masculina, muy elegante y algo clásica para ser un joven de no más de veinticinco años.

Aquella tarde logró salir sin permiso, paseando por la galería. Ocasionalmente colaboraba con pacientes infantiles, conversando y jugando con ellos como si fuese parte del grupo de enfermos. Oberon seguía teniendo el corazón de un niño, pues los Taltos eran infantiles y amantes de las bromas. Pero aquella tarde, casi a punto de caer la noche, no había salido a leer cuento alguno o a soportar que las pequeñas pintaran su rostro con rotuladores. Él se había quedado oculto, en mitad de ese angosto pasillo, a la salida del joven.

El chico no lo esperaba y por ello ni gritó. No pudo más que contener el aliento antes de ser besado salvajemente por el Taltos. Las gigantescas manos desabrocharon su camisa, casi arrancándola de cuajo, mientras el enfermero luchaba por mantener la calma. Sin embargo, acabó cediendo colocando sus manos sobre el suave, y lechoso, rostro de Oberon.

El sexo con hombres no estaba limitado, ni provocaba daño alguno. No moriría aquel humano. Sólo ocurría con las mujeres. Podía estar libre de todo pesar, pues aquel acto pueril, filmado por las cámaras del pasillo, sólo tendría consecuencias de propagarse las imágenes entre los empleados.

Aquellas dos bocas se secuestraban mutuamente, los cuerpos quedaron ligeros de ropa y finalmente el muchacho quedó con el torso pegado a una de las pulcras paredes. Su pantalón cayó hasta sus tobillos, igual que su ropa interior, para finalmente ser penetrado con rabia y deseo. La lasciva lengua del Taltos acariciaba la nuca y el cuello del muchacho, sus cabellos dorados quedaban arremolinados en el puño izquierdo de la criatura, y sus glúteos sintiendo los azotes de aquella gigantesca mano. El ritmo se volvió sofocante, las palabras eran pura lujuria y Oberon dominaba con su impresionante altura, su destacada fuerza y sus desesperados instintos.

El delgado cuerpo del joven ni se movía, estaba siendo dominado por aquella imperiosa necesidad, y sus piernas temblaban casi sin poder sostenerse. Su miembro se rozaba contra la pared, logrando cierto alivio, mientras sus manos se extendían abiertas, hacia el techo, y a veces sus dedos se movían intentando mantener el equilibro y lograr apartarse, aunque fuese unos milímetros, del muro. El macho Taltos rugía cerca de su oído derecho, murmuraba tormentos placenteros y retorcidos, mientras él sólo rogaba, en voz quebradiza, que lo dominara aún más.

—Te daré de mi nutritiva leche—musitó saliendo de él, para empujarlo y arrodillarlo al suelo.

Durante unos segundos le miró a los ojos, tan claros como los suyos, y sonrió sutilmente satisfecho. Agarró mejor el cabello del joven, por el flequillo y con fuerza, mientras abría la boca y sacaba su lengua. Oberon no dudó en abofetearlo duramente, escupir en su cara y echarse a reír como un demonio. Pero acabó colándose en su boca, moviendo la cabeza de su frágil amante como si fuese un muñeco de ventriloquia, y salió de él para observarlo nuevamente. Tenía las mejillas encendidas, el sudor corría libre por su frente, y había lágrimas. Estaba llorando por el placer y el dolor ejercido contra él. Decidió colocar su glande entre sus labios y eyaculó, echando la cabeza hacia atrás y dejando que un largo gemido fuese arrancado de su garganta.


Las hembras traían complicaciones, los enfermeros eran fáciles de seducir cuando comprenden bien las reglas de tu juego.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt