Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 3 de febrero de 2016

El despertar del instinto

Oberon está mostrando su faceta más apasionada, o más bien, más desesperada. Se ha dado cuenta que las mujeres sólo les causa perjuicios y ha optado por algo que le da placer sin problemas. 

Lestat de Lioncourt


Cayó sobre él como una sombra. Sus impulsos primarios estaban cada vez más a flor de piel. Había intentado controlarse desde hacía algún tiempo, pero la necesidad de afecto y contacto hicieron mella en él. Cada día era una muesca más en las paredes invisibles de su joven alma, las cuales terminaban siendo surcos de feroces garras que desgarraban por completo su escasa paz. En los últimos días había percibido un cambio en sus deseos, enfocándose en aquel joven enfermero. Desde el primer día sintió que todo su cuerpo se tensaba y que su alma pedía, irremediablemente, que se concentrara en cada gesto.

Oberon había sufrido un abandono tras otro. Encerrado en aquel hospital sin remedio, como si hubiese caído sobre él una terrible maldición sólo por nacer, se sentía como un animal enjaulado. Realmente, eso era. Un monstruo de circo, un ser excepcional, al cual mantenían prácticamente aislado durante gran parte del día ofreciéndole atenciones, pero no cariño. ¿De qué servía las conversaciones banales enfocadas a sus recuerdos? ¿Para qué quería saber sobre el mundo exterior en las noticias de las once? ¿O porqué tenía que soportar que algunos tomaran pruebas de tejidos y le inspeccionaran como si fuese el mismísimo Gulliver? Sabía que era un ser extraordinario, el único espécimen macho que quedaba sobre la faz de la Tierra, que podía ser el eslabón perdido o un puente hacia una mejora genética para curar ciertas enfermedades, envejecimiento prematuro y diversas molestias que vienen con la edad.

Observar a ese muchacho, día tras día, se había convertido en su momento favorito. Podía espiarlo desde la pequeña ventana de su puerta, colocando sus largos dedos en el marco de ésta y deseando atravesar el pasillo para retenerlo entre sus brazos. Se había fijado en cada íntimo detalle como sus manos cuidadas, sin vello alguno en sus nudillos, y de uñas con manicura. También, por supuesto, en lo bien planchadas que estaban sus camisas blancas de cuello almidonado y su sonrisa limpia, sin atisbo de maldad, cuando salía o entraba de su vestuario. Podía incluso aspirar su suave y fresca colonia masculina, muy elegante y algo clásica para ser un joven de no más de veinticinco años.

Aquella tarde logró salir sin permiso, paseando por la galería. Ocasionalmente colaboraba con pacientes infantiles, conversando y jugando con ellos como si fuese parte del grupo de enfermos. Oberon seguía teniendo el corazón de un niño, pues los Taltos eran infantiles y amantes de las bromas. Pero aquella tarde, casi a punto de caer la noche, no había salido a leer cuento alguno o a soportar que las pequeñas pintaran su rostro con rotuladores. Él se había quedado oculto, en mitad de ese angosto pasillo, a la salida del joven.

El chico no lo esperaba y por ello ni gritó. No pudo más que contener el aliento antes de ser besado salvajemente por el Taltos. Las gigantescas manos desabrocharon su camisa, casi arrancándola de cuajo, mientras el enfermero luchaba por mantener la calma. Sin embargo, acabó cediendo colocando sus manos sobre el suave, y lechoso, rostro de Oberon.

El sexo con hombres no estaba limitado, ni provocaba daño alguno. No moriría aquel humano. Sólo ocurría con las mujeres. Podía estar libre de todo pesar, pues aquel acto pueril, filmado por las cámaras del pasillo, sólo tendría consecuencias de propagarse las imágenes entre los empleados.

Aquellas dos bocas se secuestraban mutuamente, los cuerpos quedaron ligeros de ropa y finalmente el muchacho quedó con el torso pegado a una de las pulcras paredes. Su pantalón cayó hasta sus tobillos, igual que su ropa interior, para finalmente ser penetrado con rabia y deseo. La lasciva lengua del Taltos acariciaba la nuca y el cuello del muchacho, sus cabellos dorados quedaban arremolinados en el puño izquierdo de la criatura, y sus glúteos sintiendo los azotes de aquella gigantesca mano. El ritmo se volvió sofocante, las palabras eran pura lujuria y Oberon dominaba con su impresionante altura, su destacada fuerza y sus desesperados instintos.

El delgado cuerpo del joven ni se movía, estaba siendo dominado por aquella imperiosa necesidad, y sus piernas temblaban casi sin poder sostenerse. Su miembro se rozaba contra la pared, logrando cierto alivio, mientras sus manos se extendían abiertas, hacia el techo, y a veces sus dedos se movían intentando mantener el equilibro y lograr apartarse, aunque fuese unos milímetros, del muro. El macho Taltos rugía cerca de su oído derecho, murmuraba tormentos placenteros y retorcidos, mientras él sólo rogaba, en voz quebradiza, que lo dominara aún más.

—Te daré de mi nutritiva leche—musitó saliendo de él, para empujarlo y arrodillarlo al suelo.

Durante unos segundos le miró a los ojos, tan claros como los suyos, y sonrió sutilmente satisfecho. Agarró mejor el cabello del joven, por el flequillo y con fuerza, mientras abría la boca y sacaba su lengua. Oberon no dudó en abofetearlo duramente, escupir en su cara y echarse a reír como un demonio. Pero acabó colándose en su boca, moviendo la cabeza de su frágil amante como si fuese un muñeco de ventriloquia, y salió de él para observarlo nuevamente. Tenía las mejillas encendidas, el sudor corría libre por su frente, y había lágrimas. Estaba llorando por el placer y el dolor ejercido contra él. Decidió colocar su glande entre sus labios y eyaculó, echando la cabeza hacia atrás y dejando que un largo gemido fuese arrancado de su garganta.


Las hembras traían complicaciones, los enfermeros eran fáciles de seducir cuando comprenden bien las reglas de tu juego.  

domingo, 3 de mayo de 2015

Esperanza

Recuerdo esa noche. Fue una noche terrible y a la vez maravillosa. Quinn logró que Mona no muriera y yo hice una de mis mejores criaturas. 

Lestat de Lioncourt


Había estado deambulando durante largas horas en aquel despacho. Aún había viejos volúmenes que pertenecieron a Julien Mayfair, mi antepasado y el de muchos Mayfair que aún continúan mezclando su linaje y extendiéndolo por diversos estados del país. Admito que siempre he sentido su presencia y no me incomoda. Jamás he rechazado su compañía. Es un espíritu que camina por las estancias recordándolas como en el fulgor de su época. Puedo aspirar el cacao recién hecho, palpar el denso humo de su pipa y, ocasionalmente, ver su silueta en la ventana observando el jardín donde yacen los Taltos.

Hacía mucho que no me dedicaba a indagar en los viejos y pesados ejemplares. Algunos ya acumulaban polvo. Los libros son pacientes y esperan, aunque sea durante años. En uno de ellos había una fotografía. Logré dilucidar que era Evelyn Mayfair, la bisabuela de Mona, ofreciendo su angelical sonrisa a la cámara. Todavía era una niña delgaducha y no la mujer curvilínea que llegó a ser, según me han contado en un millar de ocasiones. Tímida, o quizás despreocupada con el mundo, no hablaba demasiado y pasaba largas jornadas en profundo silencio.

Tras la imagen había una dedicatoria. Estaba algo borrosa. La tinta se había emborronado. Sin embargo, con un poco de esfuerzo y mis gafas de cerca pude leer la poesía que yacía oculta. Era uno de esos poemas extraños que ella solía murmurar. Era lo poco que hacía. Murmuraba poesías. Uno de sus poemas nos salvó a todos. Julien lo aprendió y lo recitó para que se grabara a fuego en mi alma.

Girasoles ciegos entorno al alma,
que atormentada busca la lluvia ácida,
en medio de la gris y polvorienta ciudad.
¿Dónde asesinaron a la esperanza?

Guarda tus espaldas cuando todo está en calma
porque pronto verás a la muerte en crisálida,
esperando salir para batir sin piedad
sus alas oscuras contra el hilo de tu vida.

Rojo carmesí en los labios de la mentira,
tan hermosos como los de la mujer que amabas.
Tan rojos como la manzana que ayer mordiste,
y que ahora se atora en tu garganta.

Vigila tus pasos por el mundo de la ira
porque tú eres el ángel con el cual conversaban,
con aquellas almas que sin duda sorprendiste
alzando la vista hacia los turbios cielos.

Mira tu cuerpo en el suelo, tú eras a quien esperaban.

22 de Abril 1920

La mansión se hallaba en calma. Pero las paredes empezaron a crujir y la música a sonar estrepitosamente. Era la pieza favorita de Julien. El aroma del tabaco y el cacao se mezcló alzándose como una columna de humo en el escritorio, él apareció sentado con su mejor bata y la pipa en los labios. No dijo nada. Tan sólo parecía mirarme con amargura. Esa fotografía narraba la muerte de Lasher, pero también la forma en la cual él siempre se despedía. Era una oda a la esperanza marchita durante tantos años.

—Mon fils—dijo con un tono de voz sosegado—. Pronto volverán los malos tiempos a la familia. Vigila a Mona.

—Está en el hospital—respondí—. Está siendo atendida por Rowan.

—No... —respondió antes de esfumarse.

Minutos más tarde sonó el teléfono. Mona se había escapado. No sabían su paradero. Sin embargo, algo me decía que tenía que ver con el poema. Ella se moría. Ella era quien estuvieron esperando. La pequeña pelirroja que una vez conocí, que se convirtió ante mí en una mujer atractiva y salvaje, languidecía en una camilla de hospital, pero había reunido fuerzas buscando quizás un poco de esperanza.

—Quinn...—murmuré saliendo de la habitación, bajando aceleradamente las escaleras y dirigiéndome hacia la cochera.

Ella estaba en Blackwood Farm. Lo demás es historia.  

sábado, 28 de marzo de 2015

Celebración

No estoy celoso, pero yo también puedo hacer que Rowan pierda la cabeza... 
En fin, un relato de Michael y Rowan... unas memorias. 

Lestat de Lioncourt


Hacía rato que había oscurecido. Eran más de las diez de la noche. El reloj era incapaz de detenerse. Las manecillas estaban prácticamente matando el tiempo. La cena se enfriaba sobre el delicado mantel de lino, las velas estaban prácticamente consumidas, la tarta era un complemento dulce que no apetecía y el champán parecía todavía tener la esperanza de ser descorchado. Frente a esa cena estaba él, esperando como siempre. Otra vez. Una noche más las obligaciones habían podido a una cena. Su espera era innecesaria. No importaba cuál era el motivo, simplemente era el hecho de haber sucumbido de nuevo a una ilusión banal. Ella no había regresado a casa, pero ni siquiera había avisado. Rowan estaba más interesada en el Hospital Mayfair que en su matrimonio. Siempre fue así. Su mente siempre estuvo perturbada por el dolor y el pánico a ser una asesina, pero él sabía que no era cierto. Jamás la juzgó de ese modo.

Él había terminado sus obligaciones, y ella parecía estar siempre obsesionada con las suyas. A veces creía que era sólo una excusa. Decidió telefonear, pues tomó la decisión de ir a buscarla. Pidió que sacaran la limusina del garaje donde la guardaban y fuesen a por él. No quería conducir, pues ni siquiera deseaba mirarse al retrovisor.

Eran algo más de las once cuando llegó al hospital. Aguardó unos minutos, observando la imponente fachada, para luego ver a Oberon de pie, mordisqueando un donut de glaseado blanco con un cartón de leche en la otra mano. No hizo caso a sus ojos curiosos, tampoco a su bata y su indómita figura tan alta como siniestra.

Hacía dos décadas que había ocurrido la gran tragedia. Ese hijo, tan esperado, se convirtió en un monstruo que terminó sembrando el dolor. Realmente el paraíso, ese Edén que tardó en germinar, estaba siendo destrozado por la inconsciencia des un monstruo, un ser, que era similar en características a ese muchacho, ese que bebía inocente aquel cartón y parecía tan sólo un joven médico que miraba con curiosidad las acciones de quien era su “abuelo”.

Salió del vehículo, entró en el hospital ofreciendo un ligero ademán al Taltos y se internó por los pasillos buscando a su mujer. Se creía en su derecho. Hacía diez años que ella ya no tenía esas terribles pesadillas. Tardó en reponerse, pero al fin lo había logrado. Eran diez malditos años de noches tranquilas. Habían superado todo y conseguido volver a ser un matrimonio. ¿Por qué ella no lo veía igual? Diez años sin Lasher sonriendo burlón a los pies de su cama.

Giró hacia la derecha de un profundo pasillo, se colocó frente a la puerta barnizada de blanco. No llamó. Tomó el pomo y lo giró. Entró en el despacho, y se quedó allí de pie observando sus informes. Ni siquiera había prestado atención a la ligera corriente de aire que había entrado en la habitación.

Tenía el rictus serio y mostraba cierta preocupación. Usualmente siempre observaba de ese modo sus interminables semblantes. No se detenía demasiado en cada hoja, pues sólo firmaba las altas que ya había concedido, así como otros documentos para pruebas médicas que ella misma había pedido el día anterior. Ni siquiera se detuvo un instante. Continuaba pasando y firmando hojas y hojas de informes. A veces ser la directora del hospital Mayfair era demandante y estresante.

—Oberon, por favor, ve por los informes de Pediatría—mencionó confundiéndolo. Ni siquiera había reparado que aquel hombre, el de la puerta, era mucho más fornido y no tenía ese sutil aroma.

—Está cenando, almorzando o lo que quiera que sea ese grasiento donut y ese litro de leche—explicó cerrando la puerta tras él—. Cosa que nosotros deberíamos haber hecho hace más de una hora—no la miraba serio, pero sí preocupado. Estaba frente a la mujer que amaba, la misma que tenía ojeras y el cabello revuelto—. Enfermarás si sigues así.

—Michael, dile a Oberon que suba ahora mismo. Necesito esos informes con urgencia—respondió sin prestar mucha atención lo demás—. En diez minutos termino y nos vamos—continuó apresurada firmando y viendo, con el rabillo de sus enormes ojos grises, el reloj sobre su escritorio.

—Puedes continuar con eso mañana. O puedes permitir que Oberon tome tu lugar—respondió acercándose a ella—. Has logrado que estudie neurocirugía, pediatría y psiquiatría. Es tan brillante como tú, pero lo sigues usando de chico de los recados. Rowan... hoy es un día especial y estás aquí encerrada, ¿esperando a qué?

—Oberon es el jefe de Pediatría, por ello le pido esos informes—respondió, sin reparar en nada más.

Los pasos acelerados de Oberon por el pasillo, tras su dosis de energía, sonaron precipitadamente cerca de la puerta. No llamó, pues él sí quería descansar. Llevaba dos días sin siquiera cerrar los ojos. Miravelle le esperaba en la habitación que compartían. Deseaba tener un momento de calma. No quería ser como su padre, encadenado al trabajo y tan serio, como gris, para acabar muerto.

Apoyó su frente, junto con su rebelde flequillo negro, sobre la puerta. Pensó en huir. Podía hacerlo. Sin embargo, Ryan, y todos los Mayfair, les echaría el guante antes de salir de New Orleans. Además, no tenía acceso a los bienes de su padre ni se marchaba de la familia. Odiaba con todo su corazón aquello. Detestaba saber que aquel lugar sería su lápida, su ruina, su mundo... el laberinto donde él, un Taltos, sería el Fauno encarcelado por una bruja.

Se apartó unos instantes, pues con su agudo oído logró escuchar la discusión. Temía que se elevara el tono. No quería ver discutir a otra pareja como ocurría con Morrigan y Ashlar, sus padres, y tampoco quería que esa discusión terminara como una tormenta sobre él.

—Los informes—dijo entrando, para dejarlos sobre la mesa. Una vez hecho eso, tomó un bote de su bata, que no era otra cosa que yogur líquido natural, para beberlo de un solo trago mientras salía de allí.

Michael sólo los observaba. Primero a él, luego a ella y por último a los informes. No saldrían de allí en horas. Estaba empezando a perder la paciencia. Sin embargo, sólo guardó sus sentimientos y

—No están firmados...—dijo dando un carpetazo. Se echó hacia atrás en la silla, y se incorporó con molestia. Llevaba un pantalón gris y una blusa a juego, pero su bata cubría gran parte de su figura y la hacía imposible de descifrar. Llevaba unos tacones no muy altos, pero al moverse hacia la puerta sonaron con fuerza. Había tomado entre sus manos los documentos. Quería arrojárselos a la cara a Oberon, pues no permitía que no cumpliese su trabajo.

El Taltos se había escabullido hasta su dormitorio. Allí estaba Miravelle recostada leyendo una revista de moda y complementos. Su otra hermana, mucho más salvaje, había ido al campo de tiro y aún no estaba de regreso. Lorkyn vivía apartada de ambos, llevaba la administración y las subvenciones. No quería trato con otros. Miravelle era recepcionista. Ella no quería trabajo pesado con informes, pero sí atender a otros. Tan distintas y tan deseables. Oberon había huido para sentir los brazos de su hermana, la cama bajo su cuerpo y la sensación placentera de al fin, pese a todo, descansar. Pero Rowan iba hacia allí dispuesta a que siguiese trabajando. Tras ella iba Michael.

—Puede hacerlo más tarde...—murmuraba con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta.

Ella se giró ligeramente, para tomar contacto visual con Michael, frunciendo el ceño con desaprobación. Acabó tomando una pluma del bolsillo de su bata, las cuales a penas se veían en el bolsillo, y se dirigió hacia la habitación del joven macho Taltos.

Los pasillos parecían interminables, pero pronto llegaron a la planta indicada y la puerta tras la que se encontraba Oberon junto a Miravelle. Ambos estaban tumbados en la cama disfrutando del silencio y del aroma que desprendían. De inmediato abrieron la puerta y cuando, Oberon, la vio aparecer gruñó bajo. Estaba en los brazos de su hermana, siendo besado y consentido. Él quería estar con la hembra y no pasearse ni un minuto más por los pasillos.

—¿Qué?—masculló—¿Vienes a darme con el látigo porque no fui un buen esclavo?

—Si hicieras bien tu trabajado no tendría porque venir a buscarte—respondió seria, entregado los documentos—. Los necesito firmados, hoja por hoja. Conoces el proceso no es la primera vez que lo haces, por favor.

—No, no es la primera vez. Sin embargo, llevo dos días sin dormir y ni siquiera sé ya como firmar todos esos documentos. ¿Por qué no admites la maldita firma electrónica? Modernízate. Moderniza este lugar. El trato humano, si es que lo hay, que quede con los pacientes y no con los informes—ni movió un músculo. No pensaba moverse. Tenía náuseas y se sentía agotado. Aquello era el infierno. Deseaba gritarle que era una explotadora y su compañera, en pediatría, una maldita bruja sin escoba.

—Oberon, puedo leer tus pensamientos ahora mismo...—murmuró alzando suavemente sus cejas, para luego volver a fruncirlas—. Por favor, haz lo que te he pedido—. En su tono de voz comenzaba a enojarse y desesperarse. Detestaba ese carácter tan similar al de Mona, por lo que si continuaba de esa forma perdería la compostura.

—¿Quién te dio permiso a leer mis pensamientos? ¿Mi padre? Ay, no... espera... que está muerto—dijo con una sonrisa cínica—. Los tendrás mañana. Son de altas, Rowan, altas que ya se han dado verbalmente y que los pacientes saben que podrán salir el próximo lunes. No se necesita ahora mismo. Puedo hacerlo mañana sábado—se incorporó en la cama, pero no salió de ella ni de los brazos de su hermana—Además, si no te vas a casa Michael se buscará a otra que le caliente la cama. ¿Verdad abuelo?

Michael sólo apretó los puños y suspiró exasperado. Ella no era la única en esa habitación que estaba por perder los papeles. Rowan al escuchar aquel comentario, entró del todo en la habitación, se acercó a él y lo abofeteo. Terminó por hacer explotar una vena en su nariz, le observó llena de furia. Había hecho lo último inconscientemente, pero ya no podía controlar ni su mal carácter ni sus poderes.

—¡Me golpeas porque sabes que es cierto!—gritó, mientras Miravelle lo abrazaba e intentaba limpiar su herida.

—Rowan, deja esos informes para otro momento—dijo tomándola de los hombros por detrás.

—Si no fuera por mi estarías muerto y congelado como tus padres—hizo una breve pausa para contener su dolor. La muerte de Ashlar significó algo terrible para todos, al igual que la muerte de Morrigan. Jamás pudo explicarse. Michael nunca pudo tener una última conversación con su hija. Aquello fue terrible para todos. Aún así lo que decía era cierto. Ella se encargó de los tres y los rescató de aquella isla—Así que ten mas respeto—concluyó.

—Que bien... ahora amenazas.... Michael, échale un polvo que lo necesita—murmuró con una ligera sonrisa burlona.

El enfado de Rowan aumentaba, y antes de hacer alguna locura decidió lanzar los informes a su cara. Un rostro con unos rasgos tan similares a los de su padre, pero con algunas facciones de Michael. Sin embargo, era irreverente y descarado como su abuela y su madre. Morrigan y Mona siempre fueron dos bestias salvajes decididas a decir lo que pensaban, sin necesidad de ser sutiles. Deseaba arrancarle la lengua por su mal comportamiento, por cada una de sus palabras, pero se contuvo.

—Rowan...—la tomó de los brazos, la atrajo hacia él y la abrazó besando sus mejillas—. Vamos a casa, pues es tarde.

—Firmarás todos y cada uno por ambos lados, antes de las siete de la mañana.

—Lo hará, pero permite que descanse—dijo abrazándolo. Miravelle tenía una voz dulce, una mirada aún más dulce, y poseía un aura taimada que sus hermanos no poseían.

—Vámonos—dijo sosteniéndola. No la dejaría. Michael quería marcharse de una vez.

—Y si no puedes con este trabajo, será mejor no sigas—le dedicó una fría mirada retirándose por el pasillo dejando atrás a su marido.

—Lleva dos días trabajando, tiene la edad de un adolescente prácticamente... no esperes demasiado—decía con las manos metidas en el bolsillo—. Piensa que necesita unas vacaciones. Han estado aquí recluidos por casi veinte años. Me preocupa que puedan enfermar.

Rowan lo ignoró dirigiéndose a su oficina, pero se detuvo frente a su escritorio tratado de calmar su furia. Él seguía tras ella. Ambos eran polos opuestos en ese momento, como casi siempre.

—Podríamos ir a casa, calentar la comida y tomar un poco de champán... aunque si prefieres tengo vino—murmuró—Compré un Rioja Gran Reserva del 2009...

Deseaba romper esa tensa calma, cambiar la conversación, dirigir cada palabra hacia otro punto y sosegar esa rabia.

—Vamos—respondió derrotada, tomando su bolso y apagando el ordenador.

Los pasos de ambos sonaron por los pasillos. Las enfermeras se despedían con una agradable sonrisa. Aquello parecía más un hotel que un hospital, pues había sido construido con la idea de auténtico confort. No olía antiséptico, sino a un agradable aroma mezclado con la fragancia de los Taltos. Durante el viaje no habló, tan sólo se dedicó a mantenerse a su lado rodeándola. Deseaba tenerla pegada a él, como hacía tiempo, encontrando en su mirada pasión y no sólo cansancio y molestia. Ella recostó su cabeza en el hombro derecho de Michael, cerró los ojos y entrelazó sus manos con las de él. Michael jugaba con sus dedos, pero soltó sus manos para rodearla por la cintura, colando sus manos bajo la bata que aún llevaba. Hacía semanas que desconocía que ocultaban sus ropas. Más bien hacía más de dos meses que ni siquiera era capaz de hacer algo más que contemplarla malhumorada, cansada y agobiada.

—He descuidado mucho mis obligaciones como esposa Michael. A veces creo Oberon tiene razón, y me dejarás por otra más joven. Una que te de hijos y no monstruos como yo. He descuidado hasta inclusive a Hazel.

Hazel era ese milagro genético. Una niña que al fin habían podido tener entre sus brazos. A él no le importaba quien era su padre, pues para Michael la niña era suya. Cuidaba a la pequeña cada día al volver de la empresa que tenía en la ciudad, la cual cada vez tenía mayores colaboraciones con otras importantes por todo el país. Sin embargo, sus obligaciones como padre jamás estaban desatendidas, ni las de dulce y atento esposo. Ella no era así. El trabajo la absorbía porque era una forma de no pensar, de no sufrir, de no padecer... Trabajar, para Rowan, era su medicina y su forma de canalizar el dolor.

—Por ese motivo has terminado perdiendo el juicio—murmuró recostando su espalda en el respaldo, permitiendo que sus largas piernas se estiraran sobre la moqueta de la limusina—. Rowan, siempre te espero... jamás te cambiaría porque no podría arrancarme el corazón.

Observó el rostro de quien era el hombre de su vida. Sólo a él le había dado por entero su corazón. Tenía unas facciones duras, pero hermosas. Era el rostro de un hombre irlandés, curtido así mismo, pero con unos ojos que aún levantaban cierta ternura y esperanza. Acabó llevando la diestra a una de sus mejillas acariciándola. -Michael...—susurró con sensualidad, para finalmente acabar devorando sus labios como aquel primer encuentro entre ambos.

Él se perdió por unos segundos en sus ojos grises, sus manos acariciaron su cintura y subió hasta sus pechos apretándolos. Sintió que su cuerpo cedía ante el deseo. De inmediato, sin poder contenerse, la recostó en el asiento y le abrió la blusa, sacando sus pechos, para mordisquear los pliegues cálidos de éstos, sus pezones y el canalillo. Sus dedos, hábiles aunque desesperados, buscaban abrir el botón de su pantalón para bajarlos y deshacerse de ellos. La quería desnuda bajo su cuerpo. Necesitaba que la tapicería de la limusina se pegara a la espalda de Rowan y se convirtiera en una segunda piel, así como la suya.

Rowan estiró la mano torpemente hasta dar con el botón de cierre de la ventanilla del conductor. No deseaba oídos indeseados, ni ojos y tampoco murmullos que rompieran ese momento. Rápidamente agarró la camisa blanca, de impecable algodón, que llevaba Michael, para tirar de ésta y hacer estallar todos los botones. Éstos salieron despedidos desperdigándose por todo el vehículo, los cuales incluso impactaron contra los cristales de la limusina. Sus manos bajaron por su torso, marcado aún hoy por el esfuerzo físico que hacía pese a sus problemas de salud, y las deslizó hasta el borde de su pantalón. Allí abrió el cinturón, el botón del broche del pantalón y el cierre, para palpar su miembro por encima de la ajustada y negra ropa interior. Percibió que ese miembro ya estaba despertando, lo cual provocó que apretara sus dedos entorno a él y lo acariciara con mayor deseo. Su vagina se humedecía y calentaba. Sentía un ligero calor que subía de entre sus piernas hasta sus pezones, los cuales estaban ya duros por los mordiscos y cuidados de Michael.

Su barba bien cuidada rozaba su torso. Hundía su lengua entre sus senos, mordía su vientre y subía hacia sus clavículas. No dudó en agarrar con firmeza su mano derecha con la suya diestra, para llevarla dentro de su pantalón que había logrado desabrochar. Dentro, incluso en el interior de su ropa, despertaba su grueso miembro que tanto anhelaba su contacto.

—Michael... —murmuró, entre jadeos, masajeando su miembro. Pero acabó sacando sus manos de su ropa interior y jaló hacia abajo todo lo que le cubría, del mismo modo que ella retiró su pantalón y bata de médico.

Desnuda bajo su cuerpo, con aquella estrecha cintura que acentuaba sus caderas y mostraban unos muslos ligeramente gruesos, pese a su delgadez, se sintió excitado. Pese a los años ella seguía siendo más joven, tenía un cuerpo cuidado y mantenía una piel de seda. La deseaba. El calor le hacía sentirse sofocado. Abrió sus piernas, se acomodó entre ellas y entró sintiéndola estrecha. De inmediato gruñó satisfecho cerrando sus ojos. Su mirada azulada se perdió, igual que su mente. Sólo podía murmurar su nombre inquieto. Más de dos meses sin sexo, disfrutando del recuerdo tan sólo, y cuando volvió a mirarla lo hizo desesperado. Sus ojos eran dos bolas azuladas de pasión y sus caderas comenzaron a moverse, mientras colocaba sus muslos rodeando sus caderas.

El cuerpo de Rowan reaccionó, pues al sentir aquella estocada se revolvió entre sus brazos por el placer, aprisionando dentro de ella su miembro. Ya había olvidado el éxtasis y ardor tan delicioso del cual era presa al hacerlo con él; y, sin embargo, tenía un aroma parecido al de un macho Taltos que le hacía perder la razón. No sabía como negarse y mucho menos como alguien podría negarse a ello.

Podía mover el cuerpo de su mujer como desease. Seguía manteniéndose fuerte, buscando permanecer como cuando era joven. Su musculatura seguía siendo bastante evidente y ella era delgada, muy delgada. Jamás engordó tras tantos años. Seguía siendo frágil en apariencia y ligera para mover bajo su cuerpo, mucho más pesado. Él se movía entre sus piernas como un macho Taltos. Buscaba llegar al límite y satisfacerse, pero también acariciaba y mordía de forma tierna deseando que ella siguiese gimiendo.

—Michael—lanzó un chillido agudo de placer, al tocar ese punto con el cual perdía la cabeza y el control. De inmediato rasguñó su espalda, enterrando sus uñas, gritando por más. Su cabello estaba revuelto sobre el asiento, rozaban sus senos y se pegaban a su frente. Tenía el rostro congestionado por el placer y perlado por el sudor.

Él continuó golpeando con su glande ese pequeño punto. La miraba furioso, con sus ojos encendidos. La pasión que había contenido siendo amable, con esa paciencia y caballerosidad, se había roto. En esos momentos seguía siendo el hombre que buscaba llegar al límite, saborear su cuerpo como si fuese un Taltos y hundirse en el deseo mientras ella lo rasguñaba. Se contenía para no dañarla, pero le ofrecía un sexo salvaje al que la tenía acostumbrada.

El ruido de los testículos golpeando, cada vez con mayor violencia, podían escucharse con facilidad cuando ella quedaba sin aire para poder gritar, gemir o pedir aún más. Las gigantescas manos de Michael estaban sobre sus caderas, apretándolas con furia y levantándolas de vez en cuando. Pero, por supuesto, sus manos acabaron en otros lugares más placenteros. Su derecha tomó su cuello, tras la nuca, para levantar su cabeza y poder besarla. La zurda buscó meterse entre ambos cuerpos, para acariciar su clítoris y sentir la tremenda humedad que ella tenía.

En algún momento ambos perdieron la conciencia. El ritmo era salvaje. Podían parecer prácticamente dos Taltos copulando en mitad del círculo sagrado de piedras. Ella gemía. Él gruñía. Pero eran tan sólo dos brujos con un poder innegable. Podían leerse las mentes, pero en aquellos momentos sus cerebros habían colapsado.

Cuando la limusina llegó frente a la mansión donde aún permanecían, esa que había sido reconstruida por Michael y ocultaba bajo el árbol, aquel imponente árbol, los restos de los Taltos, ellos llegaron al paraíso. El edén no se había perdido, sino que se concentró en los asientos de una limusina. Las piernas de Rowan temblaban, Michael estaba empapado en sudor igual que ella y el chófer no sabía si comunicarles que habían llegado al destino. Pasarían largos minutos en los cuales ambos, Michael y Rowan, intentaron en vano recuperar el aliento y vestirse lo más decente posible.


Al bajar de la limusina, Michael, la tuvo que tomar entre sus brazos y cruzar la cancela, caminar por el pasillo de adoquines hasta la entrada y subir las escaleras hacia el dormitorio. Pudo tomar el ascensor, pero prefirió no hacerlo. Los cuadros parecían observarlos meticulosamente. Las pinturas cobraban vida en esa enorme mansión, los fantasmas seguían rondando y ellos deseándose. El cariño, la pasión y el evidente deseo los seguía vinculando. Puede que el amor dure para algunos unos años, pero si sabe conservar, aunque sea en breves momentos, pueden lograrse milagros.  

miércoles, 4 de junio de 2014

First Street

First Street, mítica Avenida de New Orleans, donde se sitúa la mansión Mayfair... ahí donde Michael ha regresado y pasa sus días. ¿Quieren saber que hay tras ese nombre? Por favor, sigan leyendo.

Lestat de Lioncourt 


Se encontraba sentado en una de las sillas del jardín, con sus ojos azules clavados en aquel pequeño montículo oculto bajo las raíces del roble, abría una cerveza y la alzaba en señal de brindis. Era la segunda de toda la tarde. Desde hacía varios años había intentado reducir el consumo de cerveza, pero en días tan calurosos no podía soportar la sola idea de no dar un par de tragos.

—Hoy hace quince años, ¿no es así Lasher?—dijo con su voz profunda—. Fue un placer poner fin a todo—murmuró guiñando, se acercó la cerveza a la boca la lata y dio un largo trago.

El sol penetraba entre las enormes ramas y hojas del roble, el viento lo mecía como si fuera un alegre gigante, y las plataneras se agitaban con elegancia. A lo lejos, el dondiego, llenaba de perfume el jardín con el jazmín de algunos árboles de cítricos. Ese hermoso jardín. Ese hermoso cementerio.

La encantadora mesita del jardín se quejó cuando colocó sus dos enormes brazos, se inclinó hacia delante y agachó la cabeza. Intentaba olvidar, pero no podía. Tenía presente siempre ese momento. Su martillo se alzaba en plena oscuridad y se hundía en el cráneo de quien era su hijo, sangre de su sangre, y aunque se sintió aliviado porque acabó todo, como si fuera un Dios poco piadoso con una de sus creaciones, se sentía aún cansado por todo lo vivido. Michael no solía hablar con Rowan del asunto, era cosa desterrada, y recordar sólo le ayudaba a sentirse inquieto. No podía dejar de pensar en el rostro inocente de la joven Emaleth, en sus hermosos cabellos tan similares a su mujer y en su tierna voz. ¿Por qué? ¿Por qué todo? ¿Por qué a ellos? Luego recordaba que era cosa de Lasher, que la historia que le contó era trágica pero había sesgado la vida de muchas persona y hundido la suya, y entonces bebía otro trago.

—Michael—la voz de Beatrice le hizo volver en sí, girar su rostro hacia ella y verla. También hacía quince años de la muerte de Aaron, o mejor dicho de su asesinato, y no había reparado en ella, su viuda, que debía estar pasándolo mal a pesar de lo entera que siempre parecía—. Michael, vine a ver a Rowan.

—Vendrá a la noche—respondió.

—Daré una misa por el alma de Aaron y...

—A la noche, Beatrice. Ella no viene hasta la noche—dijo incorporándose para dejar la lata sobre la mesilla, acercándose a la pobre y anciana Beatrice, para besar su frente y estrecharla contra él—. Lamento lo de Aaron, siempre lo he lamentado, y espero que sea una hermosa ceremonia—murmuró antes de apartarse y mirarla a los ojos—. Pero Rowan no vendrá hasta la noche y entonces podrás hablar con ella.

—Está bien—una sonrisa dulce se dibujó en su rostro, como si fuera el de una niña inocente, y eso le hizo suspirar a Michael.

Giró su rostro hacia el montículo, observó las gruesas raíces y levantó su mirada hacia las copas del árbol. Allí yacía el Impulsor, el Hombre, quien estuvo en aquel jardín durante décadas observándolo y esperando que pasara con su desgraciada madre, la cual hacía como si no lo viera y rogaba que su hijo no se fijara demasiado en él, y por supuesto el Taltos, su hijo, la herencia genética que él aún poseía y que ocultaba haciéndole sentir un monstruo. Los Mayfair no nacen humanos, los Mayfair son algo distinto...

—Vamos dentro, tengo limonada—comentó, tomándola del brazo, para guiarla hasta el interior.

—Sí, un vaso de limonada estaría muy bien Michael—se agarró bien a él, intentando no caerse con aquellos bonitos tacones, mientras sentía la brisa mover su flequillo.

Amaba aún a Rowan, la fuerza invisible que la rodeaba y sus ojos grises, pero el mundo había quedado patas arriba. Otros monstruos nocturnos habían aparecido, la verdad se había revelado en un par de ocasiones y él, Michael Curry, se sentía impotente. Ahora, en esos momentos, sabía que Morrigan jamás volvería, que Rowan ya no era la misma y que existía un vampiro, un ser más o menos inmortal, que había escrito sobre ellos sacando la verdad, como si fuera pura fantasía, ante los ojos de todos y del mismísimo Dios. Todo el mundo sabía ahora que era un Taltos.


Taltos, seres gigantescos de gestos y gustos infantiles, que ya a penas se movían por el mundo. ¿Qué estaría haciendo Oberon y sus hermanas? Seguro que salvando vidas en el Hospital Mayfair, todo un orgullo para Ashlar que, pese a su bondad, también hizo daño a la familia. Taltos, una verdad oculta en la familia.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt