Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 19 de enero de 2017

Soy recuerdos



Oberon me pareció un poco cínico, pero amo a los que son como él. Todo un caballero y un hombre lleno de dolor.

Lestat de Lioncourt 



Hace años que esto ocurrió. Sin embargo, aún recuerdo el sistema operativo que tenían los viejos ordenadores de la sala de informática, así como el olor a playa penetrando por la ventana e instalándose en la habitación como en cualquier otra. Las noches se hicieron eternas en ese lugar. Aguardaba un rescate que no ocurría mientras buscaba en Internet diversa información acerca de la familia de mi madre, pues necesitaba contactar con ellos de forma urgente. Había enviado algunos e-mails al Hospital Mayfair, justo en el buzón de sugerencias del paciente. Oculté los datos mediante claves no muy difíciles de averiguar para Rowan, pues eran menos anagramas y diversos juegos de palabras. Pero nadie vino.

Mis hermanos morían, mis padres estaban muertos, y sólo podía tener la esperanza de seguir siendo alimentado con un vaso de leche al día. Un único vaso. ¿Sabéis qué es eso para un Taltos? Apenas una gota de lluvia en el desierto.

Sigo reviviendo los últimos momentos de mi padre, pero los más felices fueron cuando viajamos en helicóptero por primera vez. Jamás había visto uno aunque sabía como se viajaba en él y el sonido de sus hélices. Esos viajes a San Francisco, París, Londres, Madrid... viajábamos hacia una isla cercana y después despegábamos hasta los confines del mundo. También había travesías en barco y barcas motorizadas. Aquella isla era nuestro hogar, el lugar donde regresar cargados de recuerdos de aventuras deliciosas, apasionantes y necesarias para nuestro desarrollo cognitivo.

Nací en el Caribe, cerca de arenas blancas llenas de conchas hermosas y de palmeras cargadas de coco. No soy un hombre de vivir en una ciudad como Nueva Orleans. Aquí me siento alejado de quien soy. Camino por la calle y observo a los hombres sin alma, sin fuerza, sin sueños y no me reconozco en ellos. Quizá busco a mi padre en todos ellos. Tal vez los empresarios jugueteros no siempre tienen la ilusión de un niño, ni la mente ágil y tampoco la bondad de un santo sin templo.

Miro mis uñas azul eléctrico gracias a perfecta manicura y deseo agarrar las estrellas, pese a saber que son lejanas. Quizá más lejanas de mis recuerdos sobre mi madre. Todavía puedo oler su fragancia como si me abrazara llorosa, asustado y llena de ira. Aún puedo sentir como vibraba lo salvaje bajo su pecho y como emanaba de este la leche más deliciosa que he probado.

Sé que Rowan no vino antes a buscarnos porque no creyó que la situación era tan grotesca. Pensó que simplemente era una trampa de Ashlar para volver a verla, conversar y plantear nuevos proyectos. Nunca sospechó que realmente estaba muerto, igual que Morrigan. Pude ver en sus ojos dolor, rabia e indignación. También un profundo respeto hacia mí, pero también miedo. Sé que me teme porque soy un hombre Taltos, un macho de mi especie. Mis hermanas para ella son inofensivas. Una de ellas incluso le recuerdan a su hija Emaleth. Supongo que por eso nos cuida. Quiere resarcir su pena, lamer sus heridas, aceptar sus errores y tener una nueva oportunidad.


Yo sólo puedo mantenerme sentado frente a este ordenador con los ojos llorosos. Lloro por lo que no fue y por lo que tuvimos. Lloro por mi padre y mi madre. Lloro por los errores cometidos por mis hermanos. Lloro por la maldad de los hombres y su codicia que aplastó a mis hermanos, mis recuerdos, mi vida y a mí mismo.  

miércoles, 3 de febrero de 2016

El despertar del instinto

Oberon está mostrando su faceta más apasionada, o más bien, más desesperada. Se ha dado cuenta que las mujeres sólo les causa perjuicios y ha optado por algo que le da placer sin problemas. 

Lestat de Lioncourt


Cayó sobre él como una sombra. Sus impulsos primarios estaban cada vez más a flor de piel. Había intentado controlarse desde hacía algún tiempo, pero la necesidad de afecto y contacto hicieron mella en él. Cada día era una muesca más en las paredes invisibles de su joven alma, las cuales terminaban siendo surcos de feroces garras que desgarraban por completo su escasa paz. En los últimos días había percibido un cambio en sus deseos, enfocándose en aquel joven enfermero. Desde el primer día sintió que todo su cuerpo se tensaba y que su alma pedía, irremediablemente, que se concentrara en cada gesto.

Oberon había sufrido un abandono tras otro. Encerrado en aquel hospital sin remedio, como si hubiese caído sobre él una terrible maldición sólo por nacer, se sentía como un animal enjaulado. Realmente, eso era. Un monstruo de circo, un ser excepcional, al cual mantenían prácticamente aislado durante gran parte del día ofreciéndole atenciones, pero no cariño. ¿De qué servía las conversaciones banales enfocadas a sus recuerdos? ¿Para qué quería saber sobre el mundo exterior en las noticias de las once? ¿O porqué tenía que soportar que algunos tomaran pruebas de tejidos y le inspeccionaran como si fuese el mismísimo Gulliver? Sabía que era un ser extraordinario, el único espécimen macho que quedaba sobre la faz de la Tierra, que podía ser el eslabón perdido o un puente hacia una mejora genética para curar ciertas enfermedades, envejecimiento prematuro y diversas molestias que vienen con la edad.

Observar a ese muchacho, día tras día, se había convertido en su momento favorito. Podía espiarlo desde la pequeña ventana de su puerta, colocando sus largos dedos en el marco de ésta y deseando atravesar el pasillo para retenerlo entre sus brazos. Se había fijado en cada íntimo detalle como sus manos cuidadas, sin vello alguno en sus nudillos, y de uñas con manicura. También, por supuesto, en lo bien planchadas que estaban sus camisas blancas de cuello almidonado y su sonrisa limpia, sin atisbo de maldad, cuando salía o entraba de su vestuario. Podía incluso aspirar su suave y fresca colonia masculina, muy elegante y algo clásica para ser un joven de no más de veinticinco años.

Aquella tarde logró salir sin permiso, paseando por la galería. Ocasionalmente colaboraba con pacientes infantiles, conversando y jugando con ellos como si fuese parte del grupo de enfermos. Oberon seguía teniendo el corazón de un niño, pues los Taltos eran infantiles y amantes de las bromas. Pero aquella tarde, casi a punto de caer la noche, no había salido a leer cuento alguno o a soportar que las pequeñas pintaran su rostro con rotuladores. Él se había quedado oculto, en mitad de ese angosto pasillo, a la salida del joven.

El chico no lo esperaba y por ello ni gritó. No pudo más que contener el aliento antes de ser besado salvajemente por el Taltos. Las gigantescas manos desabrocharon su camisa, casi arrancándola de cuajo, mientras el enfermero luchaba por mantener la calma. Sin embargo, acabó cediendo colocando sus manos sobre el suave, y lechoso, rostro de Oberon.

El sexo con hombres no estaba limitado, ni provocaba daño alguno. No moriría aquel humano. Sólo ocurría con las mujeres. Podía estar libre de todo pesar, pues aquel acto pueril, filmado por las cámaras del pasillo, sólo tendría consecuencias de propagarse las imágenes entre los empleados.

Aquellas dos bocas se secuestraban mutuamente, los cuerpos quedaron ligeros de ropa y finalmente el muchacho quedó con el torso pegado a una de las pulcras paredes. Su pantalón cayó hasta sus tobillos, igual que su ropa interior, para finalmente ser penetrado con rabia y deseo. La lasciva lengua del Taltos acariciaba la nuca y el cuello del muchacho, sus cabellos dorados quedaban arremolinados en el puño izquierdo de la criatura, y sus glúteos sintiendo los azotes de aquella gigantesca mano. El ritmo se volvió sofocante, las palabras eran pura lujuria y Oberon dominaba con su impresionante altura, su destacada fuerza y sus desesperados instintos.

El delgado cuerpo del joven ni se movía, estaba siendo dominado por aquella imperiosa necesidad, y sus piernas temblaban casi sin poder sostenerse. Su miembro se rozaba contra la pared, logrando cierto alivio, mientras sus manos se extendían abiertas, hacia el techo, y a veces sus dedos se movían intentando mantener el equilibro y lograr apartarse, aunque fuese unos milímetros, del muro. El macho Taltos rugía cerca de su oído derecho, murmuraba tormentos placenteros y retorcidos, mientras él sólo rogaba, en voz quebradiza, que lo dominara aún más.

—Te daré de mi nutritiva leche—musitó saliendo de él, para empujarlo y arrodillarlo al suelo.

Durante unos segundos le miró a los ojos, tan claros como los suyos, y sonrió sutilmente satisfecho. Agarró mejor el cabello del joven, por el flequillo y con fuerza, mientras abría la boca y sacaba su lengua. Oberon no dudó en abofetearlo duramente, escupir en su cara y echarse a reír como un demonio. Pero acabó colándose en su boca, moviendo la cabeza de su frágil amante como si fuese un muñeco de ventriloquia, y salió de él para observarlo nuevamente. Tenía las mejillas encendidas, el sudor corría libre por su frente, y había lágrimas. Estaba llorando por el placer y el dolor ejercido contra él. Decidió colocar su glande entre sus labios y eyaculó, echando la cabeza hacia atrás y dejando que un largo gemido fuese arrancado de su garganta.


Las hembras traían complicaciones, los enfermeros eran fáciles de seducir cuando comprenden bien las reglas de tu juego.  

lunes, 18 de enero de 2016

Inocencia del Pueblo

Ashlar dejó muchos mensajes antes de morir. Mensajes de audio en su mayoría. Oberon los está rescatando.

Lestat de Lioncourt 

El mundo cayó. Cayó como si fuera una torre inmensa de naipes, piezas amontonadas de dominó o un rompecabezas que no pudo resistir a no estar completo. Los sueños volaron para no volver, igual que el humo de las poderosas industrias. Sin embargo, quedó la contaminación de la libertad, de las alas que una vez impuse a cada uno de mis hijos, y por ese motivo muchos que se volvieron en mi contra también lo hicieron contra los intrusos.

No pudimos ser los héroes que pretendíamos. Nos convertimos en seres grotescos. Volvimos a sentir el terror. Regresó el pánico extremo. Nuestros huesos se congelaron junto a nuestra verdad. El mundo se convirtió en un desierto de arenas movedizas, cuando nosotros queríamos un paraíso. Quizás ese poema también hablaba de nosotros. Tal vez debimos ser violentos por una vez, actuar en la raíz del problema, y no ser tan flexibles. El mundo se cubrió de lágrimas.

Mi amor, mi ángel pelirrojo, te vi yaciendo junto a mí. Sentí el frío helando mi cuerpo y el veneno paralizando mi corazón. El mundo caía. Todo se volvía oscuro, amor mío. Todo se convertía en vacío. Ruinas. Ruinas éramos y seremos. Un pasado glorioso que se convirtió de nuevo en una leyenda que se cuenta a los niños para meterles miedo. Horror y tragedia, Romeo y Julieta, para una epopeya demasiado breve. Sólo tuvimos dos actos... tan corta fue la historia...

Inocencia interrumpida, sueños de libertad, ¿eres tú?
Meces mi vieja cuna, enloqueces por completo mis manos
y termino escuchando el rechinar de las olas como un violín.

Delicadas hojas de otoño, flores de invierno y tierra cuarteada
¿Esperas las terribles lluvias de mis amargas lágrimas?
No, no soy yo. No, no soy quien está en la noche sin fin.


Taltos, hijos míos, Pueblo secreto... ¿dónde está nuestra luz?

viernes, 6 de febrero de 2015

Cuiden al Pueblo Secreto

"Cuiden al Pueblo Secreto." Eso era todo lo que él deseaba, pues ese pueblo eran sus hijos. Ashlar me fascina, aunque no lo conocí con vida.

Lestat de Lioncourt


Frío. Tanto frío en mi cuerpo como en mi corazón. Congelados por siempre. Aquel momento fue terrible. Ella vino a mis brazos moribundos. La tomé con cuidado y besé su frente. Sabíamos nuestro destino y teníamos cierta esperanza. Habíamos huido, ocultándonos de todo y todos, para vivir en paz; sin embargo, la paz es como un terrón de azúcar derritiéndose lentamente en una taza de té.

Recuerdo sus enormes ojos verdes llenos de sueños, esperanzas y metas. Aquellas diminutas pecas salpicaban su nariz y mejillas. Tenía un aspecto dulce, casi inocente, que me enloquecía. Besé su piel de leche hasta casi beberla. La tomé entre mis brazos y rogué por ella. Era mi amor, mi último gran amor. La chica del cabello de fuego, ojos de jardín de las delicias y piel de nieve. Ella era la bella durmiente de mi alcoba y la reina para nuestro pueblo.

Secretos. Susurran los secretos. Se dispersan en el aire y los pétalos de flores caen. Estamos muertos. Tan muertos como el futuro de nuestro viejo pueblo. Mis cabellos negros, con ciertos hilos blancos, son prueba evidente de mi longevidad. Pero ella era una niña. Todavía aprendía a caminar. Era tan sólo una niña que quería ver las estrellas, tocarlas con las puntas de los dedos y bailar frente a las cálidas aguas del Caribe.

La vida se escapaba entre nuestros dedos. Nuestros corazones se paraban. El último adiós. Un último beso. La despedida más tierna y dolorosa. Te ibas, me iba, nos íbamos y al fin el mundo quedaba más oscuro. Los enfrentamientos, la codicia, el ser humano, la pólvora y el dolor. Agitándonos como ramas al viento, sufriendo al fin las consecuencias de un amor fugaz y dejando que el fuego se apagara gracias a la muerte. Y aún así, pese a estar muertos, sigo recordándote y tomándote entre mis brazos como en ese instante. Seguimos aquí, esperándolos, para que puedan despedirse de nosotros como nosotros nos despedimos de ellos.


Nuestras almas irán al valle, allí cantaremos y bailaremos. Nuestro corazón siempre estará con ellos, con nuestros descendientes vivos. Cuiden al Pueblo Secreto.  

martes, 30 de diciembre de 2014

Recuerdos del valle

Ashlar... recuerdos del valle. Una lástima que todo eso ya no exista. 

Lestat de Lioncourt



La niebla había avanzado por el valle y cubría una basta extensión. Las copas de los árboles a penas podían distinguirse. El camino, que serpenteaba hasta la aldea, estaba enfangado de las lluvias de noches atrás. La humedad era terrible y el frío calaba los huesos. La fortaleza parecía una montaña, pues sus detalles estaban difuminados, casi perdidos, en medio de aquella neblina. Era un banco de niebla impenetrable que parecía ocultar los escasos tesoros que aún se guardaban entre sus muros.

Donnelaith. El lugar donde sus sueños aún yacían entre las gigantescas piedras. Un lugar santo que le recordaba a la vida, los sueños y la historia más sangrienta que él recordaba. Muchos habían muerto esparcidos en otros lugares de la comarca, pero allí habían revivido hasta alcanzar la paz. El valle de Donnelaith se presentaba misterioso y seductor. Él regresaba a casa tras una expedición de comercio. Al fin el líder, el Rey, descansaría meses junto a los suyos guardando la paz y la gloria entre sus grandes y bondadosos brazos. Su corazón latía y sus ojos se llenaron de lágrimas. Había regresado a casa.

El caballo relinchó inquieto. Quizás había bandidos en el camino, pero no podía negarse a cruzar. Debía regresar al hogar. Allí le esperaba un vaso de leche recién ordeñada, una hogaza de pan y un buen fuego que calentaría sus pies congelados. Sus ojos azules centellearon fieros cuando tocó su espada aún enfundada en el cinto, acarició el mango y apretó los dientes, para después galopar con los dientes apretados y las manos enredadas en las riendas. Los cascos levantaban parte del fango y la hierva que cubría ligeramente el camino. El silencio era espectral, pero él lo rompía como si fuera una espada atravesando el cuerpo de un enemigo.

Llegó a las puertas de la fortaleza. Dos soldados se asomaron entre los muros, observando el caballo y a él con el emblema real en sus ropas. Su rostro, bondadoso, se mostró gentil con una sonrisa llena de felicidad. Rápidamente se abrieron las puertas dejándolo pasar. Dentro, entre los muros de la ciudad, su pueblo ovacionaba al hijo pródigo que regresaba tras semanas de intensas reuniones.


Muchos humanos habían masacrado a su pueblo, pero ahora creían que eran humanos comunes. Podían prosperar. Los negocios se duplicarían. Las ganancias y el trigo rebosarían. Había logrado romper la frontera entre los humanos y los Taltos. De haberlo sabido, que esa apertura sería su fin, se habría echado a llorar en brazos de Jeanette. Sin embargo, tan sólo descabalgó y la besó rogando que la chimenea estuviese encendida.  

lunes, 10 de noviembre de 2014

Sueños de hielo

Ashlar y yo no nos conocimos. Él estaba congelado ya. No fue agradable ver a ese gigante de buen corazón convertido en un trozo de hielo. Sus hijos lo lloraron. Su esposa yacía a su lado, en el mismo estado de sueño gélido, y todos guardamos cierto silencio por respeto. Esta es su voz. 


Lestat de Lioncourt 



El tiempo se paró. Las agujas quedaron fijas en una hora, sumergidas en la frialdad de una fecha y arrinconadas por siempre en un pasado que parecía ser un paraíso. La verdad quedó cubierta de escarcha, congelándose en lo más profundo de nuestros corazones, mientras nuestras manos se entrelazaban por última vez.

La verdad quedó sellada en nuestros labios, convertida en un sueño eterno que parecía desvanecerse, mientras el nuevo amanecer surgía bañando las doradas playas de nuestra isla tropical. Morir congelados en medio del paraíso, de un lugar donde debería ser el oasis prometido, es un símbolo de la derrota de nuestra especie. Sin duda, no me equivocaba al pensar que estábamos condenados.

No habrá más canciones surgiendo en rápidos lamentos, ni leche derramándose sobre nosotros, tampoco el sonido del tambor golpeará con ritmo mientras las leyendas se alzan. El círculo quedará roto. Las piedras perderán su poder. No habrá verdes mares de hierba fresca. Nada será igual.

El frío dejó escarcha sobre nuestra piel sonrosada. Mis largos cabellos negros, teñidos de espesas canas, no volverán a ser acariciados por tus largos dedos. Quedaremos por siempre unidos como Romeo y Julieta. Seremos un canto alegre y amargo para los amantes de las historias de Shakespeare. El rey y la reina del Pueblo Secreto se quedaron sin aliento, sin fuerzas... sin vida.

No esperaba que alguien llorara nuestra muerte, pero aún nos recuerdan. Somos los frágiles gigantes en busca del calor bondadoso de un sol extinto, de una bondad muerta, de la sangre envenenada que recorría nuestras venas hasta llegar al corazón. Moríamos. No importaba si quedábamos congelados. Íbamos a morir a manos de nuestros hijos.

Aún así no me arrepiento de nada. Por terrible que haya sido nuestro recorrido. No me arrepiento del amor que te he tenido. No. No me arrepiento de haber conocido de nuevo la dicha de ser amado. Aunque la pesadilla vino con sus alas oscuras, graznando las malas noticias, secuestrando así la dicha, breve y amarga, acepto que fueron los días más dorados de mi existencia. Volvería a ofrecer la soledad de tantos siglos a cambio de un nuevo beso de tus labios.



domingo, 26 de octubre de 2014

Debí...

Esta vieja carta de Ashlar me ha conmovido. Los celos de Morrigan, el dolor, la soledad, y su muerte. Ese gigantesco hombre de corazón de niño y mirada de anciano... ese que murió antes que yo pudiera siquiera cruzar unas palabras con él... sigue vivo. 
Lestat de Lioncourt


Encontrarte ahuyentó mi soledad. Una soledad que cargaba en brazos como la vieja espada en mi cinto. Había cabalgado y caminado por senderos oscuros, viajado entre épocas y soportado la presión de saberme único. Buscaba en otros los rasgos de aquellos que amé. Deseaba con cierta ansiedad encontrar un igual, hundirme en sus ojos y aspirar su aroma. Me concentré en la elaboración de muñecas porque ellas me recordaba a la inocencia que había visto entre los nuestros.

Sus ojos intensos, grandes y brillantes en aquellas máscaras de porcelana, talladas con esmero, me recordaban a las miradas que todos poseíamos cuando nos reuníamos en el valle. Ellas estaban conmigo, podían escuchar mis viejas historias sin mostrar cansancio, y dormía abrazado a la esperanza de encontrar al fin el paraíso donde hallar los blancos pechos de una hembra, la calidez de sus brazos y el aroma de su cabello.

Me había hecho a la idea que moriría sin conocer los tiernos labios de una mujer, de una de mi especie. Pero tú apareciste salvaje, distinta, llena de vida, tan joven e inexperta que me cambiaste. Mi corazón había comenzado a latir cuando conocí a los brujos, quedando anonadado por la belleza de ambos y la bondad que llevaban en sus manos manchadas de sangre, pero tú hiciste que mi mundo derritiera las nieves frías de Nueva York.

Dejé atrás los fríos y grises edificios, las sucias calles, la miseria en las almas de aquellos que recorrían las avenidas desesperados, sin sueños ni bondad, esperando encontrar el amor que yo había hallado. Me dejé llevar por tus labios carnosos y me olvidé del dolor al fundir tu cuerpo con el mío. Comencé a amarte nada más tenerte entre mis brazos, pero quizás era demasiado viejo. Tan viejo que desconocía la jovialidad, la fuerza, que tú poseías. Me centré en educarte como si fueras mi hija, a peinarte como si fueras una de mis muñecas y a contemplarte como si fueras la Bella Durmiente.

Mi error fue no decirte cuanto te amaba desde el primer momento. Ese fue mi mayor error.  

domingo, 12 de octubre de 2014

True love

Bueno, otro bonito romance a la vista. Yo sólo espero que la cuide como siempre ha hecho. Rowan es muy especial para mí. Sé que él sabrá cuidarla. 

Lestat de Lioncourt

Siempre hay noches en las que no se puede conciliar el sueño. Por mucho que todo parezca en calma sabes que ahí afuera, donde las luces resplandecen como si fuera luciérnagas, existen peligros terribles y desconocidos. La suave brisa que movía las copas de los árboles también traía consigo el aroma de las flores que aún poseía el jardín. No era una noche fría, pero el otoño ya estaba dando color a varias ramas de los árboles de la parte trasera de aquel pequeño paraíso. Había salido de la cama, con el pijama mal acomodado y una bata fina mal cerrada. Tenía el pelo revuelto, las gafas las había dejado en la mesilla y en sus manos había una lata de cerveza.

Salir al jardín descalzo, sintiendo la hierva crecida entre sus dedos, podía ser considerado síntoma de locura. Caminaba con una dirección marcada, bien conocida, hacia la tumba donde yacían los viejos huesos de su hijo y Emaleth. Lasher parecía un fantasma más en sus recuerdos, pero había regresado con mayor viveza que nunca. Igual que Julien. Todos danzaban con cuerpos nuevos, mucho más resistentes y jóvenes. Los pactos y trucos sucios con entidades superiores, mucho más peligrosas de lo que jamás pudieron vislumbrar sus antepasados, los había cambiado. Todo había cambiado.

Ahí fuera el pueblo secreto se estaba reuniendo. Oberon parecía exultante de alegría. Inclusive había telefoneado a última hora de la tarde. Todos estaban bien, decía. No había problema alguno. Comentó que Ashlar parecía más misterioso que nunca, además de severo. Había marcado pautas, dictado ciertas normas que antes jamás hubiese siquiera pensado y estaban ideando un plan para mantenerse en contacto con nosotros, aunque haciendo su propia vida sin tener que depender eternamente del hospital. Por otro lado, Rowan parecía cansada de escuchar esas historias. Ella no quería saber nada más sobre los Taltos y su vinculación con todos nosotros. Ni siquiera deseaba saber qué estaba tramando Julien con todo eso. Ella sólo quería descansar. Estaba rota.

Rowan tenía un aspecto más joven y fresco, pero había dejado de ser una mujer en el término estricto. No podía concebir. Él seguía con las visiones, aunque las controlaba. Por primera vez controlaba todos sus poderes. Olivier se había puesto en contacto con ellos, tras tantos años, sólo para comentarle un par de detalles de una nueva línea de investigación sobre la familia. Él no dijo nada. Tan sólo dejó que hablara aquel viejo amigo. Escuchó atentamente cada palabra, saboreándola como esa amarga cerveza que portaba en su diestra, y cuando terminó le dio las buenas noches y colgó.

Cuando sus pies llegaron al borde de la tumba se arrodilló y dio un trago a su cerveza. Allí, de rodillas como si rezara, se preguntó porque las cosas no sucedieron de forma distinta. Hubiese dado cualquier cosa por ese niño. Deliraba con comprarle coches, enseñarlo a leer, llevarlo al colegio tomado de la mano y contarle viejas historias de bomberos como solía hacer su padre. Quería ser un buen padre. Siempre había deseado serlo. Rowan y él tenían ciertas esperanzas con Hazel, pero no era su hija. Nunca tendría un hijo propio. Uno del cual sentirse orgulloso por completo. Tan sólo tendría monstruos que gritaran su nombre mientras él los miraba furioso. Ni siquiera Morrigan pudo borrar el horror de todo aquello.

—Michael—escuchó su nombre de boca de la única persona que parecía importarle su estado—. Michael, no son horas para la jardinería.

Ella estaba en la ventana, cubriendo su cuerpo con una bata rosa pálido. Tenía una figura delgada, de estrecha cintura, y parecía tan frágil que incluso desde allí abajo, desde el jardín, él podía romperla con la mirada. Se incorporó tras dar un trago a la cerveza y tirar el resto sobre la tumba.

—Michael... ¿estabas bebiendo?—preguntó con cierto asombro que pudo notarse en su tono de voz—. Bebías...—dijo ligeramente molesta.

—No podía dormir—dijo alzando la voz.

—Me decepcionas, Michael—respondió cerrando la ventana, apagando la luz, para marcharse nuevamente a la cama.

Él decidió regresar a la habitación. Mientras subía por las escaleras observó a tantos rostros como cuadros había. Cada mirada tenía una expresión única. La mirada más siniestra siempre había sido la de Julien. Era un rostro bondadoso, de frente despejada y unos magníficos ojos azules. Sin embargo, las sombras jugaban una mala pasada. Parecía uno de esos villanos terribles que destruían todo a su paso, pero cuando se aproximaba uno al cuadro perdía cualquier matiz de malicia y veías en ellos una sonora carcajada plasmada para siempre. Los numerosos artistas que habían pintado a los distintos Mayfair eran magníficos. Tenían detalles prodigiosos. Él se preguntó si Rowan no desearía uno de esos cuadros, pero nada más cruzar la puerta desechó cualquier idea. Ella no era como todos allí. Ni siquiera él podía aproximarse poder compararse con ella. Era una extraña aún en esa ciudad. A pesar del tiempo transcurrido en ella, y de haber nacido inclusive prácticamente bajo el techo que los refugiaba, seguía siendo una extranjera. Él no. Él podía describir cada casa, calle, parque o establecimiento con los ojos cerrados y una sonrisa en sus gentiles labios.

—Rowan...—pronunció su nombre con cierta preocupación y ternura—. Rowan...

—Estoy molesta contigo, Michael—dijo dándole la espalda.

Llevaba tan sólo un camisón de diminutas tiras. Era de color rosa pálido, igual que la bata y las zapatillas, que le daban un aspecto aún más delicado a su piel. Sus cabellos rizados caían sobre la almohada, parecían un mar dorado cargado de bravas olas. La manta cubría ligeramente su cuerpo. Su espalda estaba al descubierto, pues se había girado rápidamente tan sólo para no verlo.

—Y yo preocupado—susurró sentándose en la cama—. Muy preocupado.

—¿Por qué? Ya no tienes que pensar en las cosas que puedan pasarme en las noches que me alejaba de ti. Todo se acabó entre ese vampiro y yo—parecía cansada de dar explicaciones, o quizás dolida porque debía darlas aún.

Michael dejó la lata vacía sobre la mesilla y decidió meterse en la cama.

—Ya no tengo nada, Michael. Sólo tengo vacío—aquellas palabras le alarmaron—. Siempre han hecho con mi vida lo que han deseado. Nunca puedo decidir yo—se incorporó y se sentó con la espalda contra el cabezal.

No pudo resistirse en mirarla completamente obnubilado. Tenía un perfil hermoso, como el de muchas Mayfair, con unos ojos enormes de pestañas pobladas y largas. Poseía una boca pequeña, ligeramente carnosa, y unos pómulos marcados. Siempre parecía triste, como ausente, pero a la vez fría y sincera hasta llegar a ser hiriente. Sus delgadas manos estaban sobre las sábanas, arrugándolas ligeramente. Él sabía que podía romper a llorar en cualquier momento.

—Ni siquiera pude decidir sobre mi cuerpo—susurró dejando escapar una lágrima.

No lo pensó. Se abrazó a ella y cubrió su rostro con pequeños besos. Ella lo rodeó hundiéndose en su pecho, dejando que las lágrimas empaparan el pijama de su esposo y humedecieran aún más sus mejillas. Tiritaba como si tuviese frío, pero sólo sentía cierto dolor que no se iba.

—Te amo—dijo tomándola del rostro—. Te amo cada día más. Aprendo a tu lado a vivir y a soportar una carga terrible. Nadie debería estar en nuestra situación—era sincero, ella lo sabía. Sus ojos azules se clavaban en los suyos grises y aguados.

Sus labios se rozaron fundiéndose. Aquel beso era el más apasionado en semanas. Ella sabía que había descuidado su matrimonio en multitud de ocasiones. Había impuesto su trabajo, la ciencia, las diversas aventuras y el conocimiento al amor. Se había comportado de forma fría, pero era porque tenía miedo. Si él tenía miedo, ella tenía mucho más. Temía amar y perder todo. Ya había perdido parte de su corazón con su madre adoptiva. Aún recordaba los últimos días arrojada al lado suya, tomándole la mano, mientras el cáncer la mataba. No quería que lo que quedaba de su corazón, de su maltrecha alma, se lo llevaran con facilidad. Pero ya estaba dispuesta a todo. Aquel beso la encendió.

Él comenzó a dejar caricias en sus mejillas, apartando algún que otro mechón de cabello, para luego deslizar sus manos por sus hombros llevándose entre sus dedos los tirantes de su camisón. Los hombros de Rowan quedaron desnudos, pero pronto fueron cubiertos por los labios de su esposo. Michael dejaba suaves y breves besos sobre estos. La respiración de ambos se aceleró ligeramente. Con cuidado acabó quitando su camisón, echándolo a un lado, para hundir su rostro entre sus cálidos pechos. No llevaba ropa interior, salvo unas cómodas bragas de color blanco con ligera lencería en los laterales.

Ella le quitó la bata y la parte superior del pijama sin tener que luchar demasiado, para luego bajar sus manos por sus costados e introducir la diestra dentro de la bragueta del pantalón. Palpó la entrepierna de su esposo, y lo hizo por encima de la tela del boxer. Michael agarró su pecho izquierdo con su mano diestra, con la zurda se apoyaba en la cama, mientras el pecho derecho era devorado con ansias por su dientes y lengua.

Rowan apartó las sábanas y volvió a su tarea. Acariciaba sus costados, bajaba sus manos hasta aquella abultada zona y poco a poco decidió desabrochar por completo el pantalón, sacando de ese modo el miembro por encima del elástico del boxer.

Michael se entretenía en los pliegues de sus pechos, justo bajo estos, oliendo su piel y sintiendo su calor sobre sus mejillas. Ella podía sentir el vello de su rostro rozar libremente aquella zona tan delicada. Movía su muñeca de forma que su mano abarcara todo el miembro, pero detenía sus dedos en el glande para pellizcarlo suavemente y deslizar con cuidado las yemas hasta llegar prácticamente a sus testículos.

Sin embargo, ella acabó recostada sobre el colchón y las diversas almohadas. Él colocó sus manos sobre sus caderas, jugando con la ropa interior de su esposa, mientras la miraba con deseo. Un breve suspiro se escapó de los labios de aquella mujer, que siempre se mantenía firme en todo y en esos momentos se derretía en cada caricia. Finalmente ella quedó desnuda, tal y como vino al mundo, y él decidió terminar lo que ella había comenzado.

Ambos desnudos, piel contra piel, se abrazaron y besaron mientras paseaban sus dedos por cada trozo de sus cuerpos. Las largas piernas de Rowan se abrieron abarcando a Michael, aunque se sentía ligeramente presionada por su peso y estatura, pero este se deslizó sobre ella y acabó entre sus piernas.

Dejó varios besos en su vientre, un par de mordiscos en sus muslos y unas lamidas sutiles en sus ingles antes de comenzar a hundir su lengua dentro de su vagina. Acariciaba su clítoris, rodeándolo y succionándolo, para luego clavar la lengua, como si fuera una daga, en su pequeño orificio. Mordía los labios inferiores, succionaba algunas de sus partes y se deleitaba con los fluidos que ella indudablemente empezaba a tener. Se humedecía. El calor calentaba sus mejillas y le daban un calor rosado intenso casi rojizo. Terminó por colocar sus manos sobre la cabeza de Michael, tirando de sus ondulados cabellos. Ella movía sus caderas para obtener más placer, pero lo hacía por inercia. Todo era natural, completamente espontáneo y desesperado.

Ella lo apartó mirándolo desafiante. Aún había restos de sus lágrimas en sus ojos, pero lo que veía en ellos en ese momento era lujuria. Tiró de él hacia ella y acabó tumbado sobre su cuerpo, abriendo bien sus piernas para rodearlo.

Entró de una sola vez, aunque con cierto cuidado. Ella gimió y gritó a la vez. Era un grito de dolor y placer que se mezclaban hasta hacer un cóctel explosivo. Su miembro era demasiado ancho y largo, siempre lo había sido. El sexo con Michael dejaba un delicioso ardor que las volvía completamente locas. Cada embestida era un jadeo por parte de ambos. Sus voces se unían y sus labios se buscaban. Él no paraba de besarla y ella arañaba su espalda, aunque acabó clavándolas en ambas nalgas para ayudarle a hacer cada movimiento más profundo.

Sus pezones, completamente duros y adoloridos por los mordiscos, rozaban su torso ancho y musculado. Parecían dos tentadores flanes con una deliciosa guinda café clamando por ser saboreada, succionada y mordisqueada.

En cierto momento paró, se tumbó en la cama y la subió sobre él. Verla convertida en una amazona siempre le fascinaba. La tomó de la cadera con la mano derecha, pero la izquierda fue a sus pechos. Ella lo miraba con unos ojos parecidos a los de un animal salvaje. Lo devoraba. Cada movimiento de su cadera los aproximaba al orgasmo final. Cuando sobrevino ella botaba libre, sintiendo que aquel semental se doblegaba a sus instintos más bajos.

Ella gimió más alto que nunca, sus músculos se tensaron y dejó que su orgasmo final llegara. Sus pezones estaban completamente duros, sus manos se enterraron como garras los laterales del vientre de su esposo, los dedos de sus pies se encogieron y los músculos de su vagina apretaron con fuerza su pene. Michael no tardó más de un par de estocadas.


Finalmente se abrazaron. Ella cayó sobre él, él la rodeó y subió las sábanas para cubrir a ambos. No dudó en besar su rostro. Hacía aquello como si fuera un ritual sagrado. Él besaba a su ángel, al ángel que le había salvado mil veces. Ella se dejaba llevar por el hombre que le había ofrecido misterio a su vida. Pero, sobre todo, lo que Michael le había dado era su corazón por entero.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt