Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 4 de julio de 2016

Libertad

Bueno... si mi madre es feliz viajando junto a ella... ¿qué puedo decir yo?

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie en mitad de la sala como si fuese una estatua en aquel mar de obras de arte, libros y dignos muebles restaurados para engalanar de forma exagerada el espacio. Observaba el cuadro con determinación mientras este le miraba con dignidad, soberbia y descaro. Era un lienzo que Marius había ofrecido a Lestat como regalo por haber conducido a la paz a todos los vampiros, humanos, fantasmas y espíritus. Era su hijo y ella lo admiraba como toda madre admira al fruto de sus entrañas. Comprendía que no pudiese dejar de contemplarlo con entrega absoluta.

—Al parecer tu hijo ha logrado cosas increíbles—susurré delatándome aunque sabía que ella ya me había olfateado. Era como un animal que podía recorrer a ciegas el bosque entero en busca de una presa. Nos conocíamos bien porque nos pertenecíamos.

—Más que todos nosotros juntos—respondió exultante de orgullo echándome un vistazo con el rostro ligeramente girado.

—No lo digo por eso—dije quedándome a su lado mientras ella se giraba por entero hacia mí.

—Explícate—dijo.

—Ha logrado que estés en silencio en una habitación sin moverte como un animal salvaje—comenté tomando su mano derecha entre las mías. El calor que desprendía era agradable. Se había alimentado bien y yo hacía semanas que no necesitaba una presa.

—¡Ah!—se sorprendió y luego se echó a reír carcajeándose por el comentario—. Es fácil... Pensaba en sus primeros pasos y en lo diferente que ha llegado a ser. Siempre creí que haría grandes proezas, ¿pero esto? ¿Quién iba a creer que sería un vampiro y menos así?

Tenía un brillo en los ojos que me recordaba a una muchacha enamorada. Ella estaba encantada con ese poder que tenía su hijo, aunque también tenía que estar preocupada. Aún así sabía que él, sólo él, era capaz de manejar ese entuerto.

—Es un rebelde—respondí.

—Un soñador—me corrigió rápidamente.

—Los rebeldes son soñadores—susurré inclinándome suavemente dejando mi rostro cerca del suyo.

—Sí, es cierto—dijo mirándome a los ojos. Tenía una mirada tan hermosa esa noche que deseé besarla, pero me contuve. Amo a Gabrielle porque tiene una fuerza indomable y lo demuestra con cada gesto—¿Qué haces aquí?—preguntó.

—Vine a buscar a mi compañera para llevarla a casa—dije soltando su mano para colocar las mías en sus cálidas mejillas.

—No lo llamaría hogar, ni tierra...—empezó a decir aunque la detuve.

—No te digo para volver a mi refugio.

—Entonces... ¿adónde?—la confusión reinó en su rostro y eso me enterneció. Por primera vez en mucho tiempo lograba sorprenderla.

—Recorramos mundo—dije provocando que ella sonriera como una niña ilusionada.


—De acuerdo Sevraine.

sábado, 14 de noviembre de 2015

París

Arde, sangra y llora París. Mi París. El París de muchos. El mundo de los bohemios, románticos paseos, alta cocina, encuentros culturales de todo tipo, seductoras mujeres que bailan envueltas únicamente en caro perfume, libertades, verdades, de gritos y leyendas. París de cafés donde se reúnen aún los jóvenes a salvar el mundo, pues sus ideas germinan entre las amontonadas tazas y el aroma de un café bien cargado, un ponche caliente o un té de media tarde. La capital del amor, la libertad y el arte se ha visto presa de la anarquía, sin razón, sangre y pólvora.

Cientos de personas se reunían ante el televisor, otros deambulaban por las calles pensando que era un viernes vulgar con la diversión habitual desplegándose ante ellos, deportistas de élite saltaban al terreno de juego para hacer olvidar a muchos sus preocupaciones cotidianas, empresarios encendían la radio para deleitar a sus clientes, tiendas bulliciosas comunicaban que pronto echarían el cierre hasta el lunes, jóvenes aullaban en una sala de fiestas frente a uno de sus grupos favoritos y una jauría de indeseables se convertían en lobos hambrientos, con almas de demonio, a tiros descerrajaban a la paz, la libertad, la bondad, la diversión, la igualdad, el derecho a la vida y convertían el mundo en un infierno.

Cuando era joven deseaba viajar a París. Allí, en sus calles, había artistas que se morían de hambre, pero su almas se alimentaban de algo que yo codiciaba. Quería cultura, deseaba conocer y comprender, y la filosofía, política y arte de esa ciudad, tan encantadora y soñada, parecía un paraíso. Sigue siéndolo para muchos artistas, jóvenes de todo el mundo que viajan hasta allí para mejorar su vida y estudios, así como para los propios habitantes de un lugar atractivo desde la panorámica de cualquier cámara.

Fue Nicolas quien me habló de París. Fue París quien me enamoró mucho más que Nicolas. Me dejé embriagar por sus perfumes, por el aroma a pan recién hecho, sus cafés nocturnos y sus miserias. No era el mundo que ustedes conocen. Yo conocí una ciudad que empezaba a ser lo que hoy palpan. Olía a orines por las mañanas, hacía frío en mi alcoba y la humedad calaba mis huesos. Pero no me importa. ¡No importaba nada! Abría la ventana y veía el bullicio del mercado, escuchaba las discusiones políticas y observaba como todos y cada uno poseían belleza. Me dejé cegar por París y la hice mi musa, mi amante y fuente de mi pequeña felicidad. Nunca he sido del todo feliz, salvo en compañía de mi pequeña familia de vampiros, pero allí palpé algo muy parecido.

En París cumplí mi sueño, pero ahora muchos no pueden seguir el suyo. Sus vidas se han detenido como un reloj que deja de funcionar. Ya no hay segundo para ellos. Muchos serán enterrados por sus padres, otros llorados por sus hijos y cientos jamás podrán olvidarlo convirtiéndose sus calles en pesadilla recurrente. No sólo han herido a París, los parisinos y sus turistas. Han herido al mundo.

En el mundo, éste sangriento y estúpido mundo, tiene demasiadas guerras por codicia. Han alimentado a éstos indeseables, les han mentido sobre su religión llenándolos de odio hacia la misma sociedad que los mantiene. Estados Unidos ha logrado su objetivo, ha creado monstruos y éstos monstruos les hace el trabajo sucio para sus deseos de guerra, petroleo y ocupación. Ahora alzarán muros en nombre de la seguridad, alejarán a Sirios inocentes de un futuro próspero sin una pistola en la nuca y hablarán de odio a sus hijos. Muchos temerán ahora a los musulmanes, los cuales no tienen culpa de haber sido usados, a ellos y su religión, para actos tan miserables.


Todas las religiones hablan de paz, todos los hombres buenos y nobles de esas religiones claman a la no violencia y el entendimiento. Hay que recordar el emblema de Francia: Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Ni París, ni Beirut, ni Siria, ni ningún otro lugar del mundo debería ser atacado por la maldad que una religión no posee. La maldad está en las almas y en las armas que apuntan. La religión sólo es su escudo, su mentira, su disfraz para cometer actos criminales.   

Lestat de Lioncourt 

jueves, 24 de septiembre de 2015

Libertad

Mi madre fue libre al fin. Creo que no lo había sido desde que se casó con mi padre. Si bien, decidió quedarse conmigo porque se sintió obligada por mis actos imprudentes.


Lestat de Lioncourt


Tan sólo habían pasado unas horas. La tierra la aceptaba como si fuese una manta agradable, acariciando su rostro y ensuciando sus ropas. No quedaba nada de aquella mujer obligada a ser sofisticada y sumisa. Ella se había convertido en un ser libre, como las aves que contemplaba desde la mazmorra que era aquel viejo castillo. Sus manos, agrietadas por el paso del tiempo, habían rejuvenecido y su cuerpo tomaba al fin la forma femenina que siempre había tenido.

Bajo aquella capa de tierra removida, bien acomodada y húmeda, se hallaba un corazón salvaje. Deseaba alcanzar nuevos mundos, viajar como cuando era una niña y tocar las estrellas con la punta de los dedos. Quería reproducir su infancia feliz, ajena a la condena de los años que vinieron como pedradas terribles, y también la juventud que no disfrutó. Había dejado marchitar su espíritu por más de veinte años, pero allí había renacido como una amapola en mitad del otoño.

Estaba a punto de gritar, pero la boca se le llenaría de tierra. Era demasiado feliz, pero esa felicidad también le provocaba pánico. No podía creer que al fin tendría el poder de decidir por sí misma, sin necesidad de verse condenada a un lisiado que nunca la amó y siempre le reprochó la muerte de sus hijos. Tantos partos, tantos golpes, tanta muerte y tantas lágrimas. La humedad ya no afectaba a sus huesos, sino que era un dulce beso para su frente revuelta.

En su cerebro bullían miles de recuerdos. El rostro de todos sus hijos, desde los vivos hasta los muertos, se manifestaron hasta llegar al de Lestat. Ella siempre supo que él era especial. Era el séptimo hijo, el último de una hilera de tumbas y desprecio. Era el más parecido a ella, tanto físicamente como intelectualmente. Había sido el único motivo por el cual fue mínimamente feliz, pese a su estricto modo de educarlo. No deseaba que se hiciese vagas ilusiones sobre el mundo, pues sabía lo que era llorar por decepciones y sueños rotos.


Aquel amanecer fue glorioso, aunque no pudo escuchar el canto de las aves. Quedó agotada, como si una terrible fiebre impidiera que moviera sus brazos. El día se convirtió en noche, su noche, mientras dejaba que sus sueños germinaran recordando quien era. Volvía a ser esclava de sí misma. Nadie le diría dónde ir. Era como el viento entre las ramas. Si quería podía desaparecer a la noche siguiente, pero temió por Lestat. Debía quedarse con él hasta que lo viese fuerte para correr por el mundo a solas, igual que ella se dispondría a hacer una vez se despidiera del que siempre, por mucho que le costara a su hijo, sería su pequeño.  

jueves, 30 de julio de 2015

Libertad

Oberon es uno de esos Taltos que conocí. Lamento que esté así.

Lestat de Lioncourt


Aún lloro a escondidas. Cuando pienso en todo lo que pudimos tener, en lo que se logró y se perdió, me siento un inútil. Quizás pude haber muerto, pero debí ser más rebelde y fuerte. Dejé que mi mundo se derrumbara y que mis padres, aquellos a los que le debo la vida, quedaran enterrados en hielo. Puedo escuchar la voz seria y amable de mi padre, observar sus ojos bondadosos y su sonrisa calmada, mientras intentaba inculcarme los valores de un hombre de negocios serio, inteligente y con deseos de progresar en un mundo salvaje.

Todo lo que nos ofreció se desvaneció. Muchos de mis hermanos eran codiciosos. Ellos deseaban el trono. Querían ser los dioses de una isla perdida en medio del Caribe. Yo sólo deseaba nadar en sus aguas cálidas, caminar bajo el sol y tomar leche fresca. Era algo que mi padre solía hacer. Él lloraba en las noches, como yo, junto a mi madre. Deseaba que ella comprendiera que el pecado que habían cometido era por amor, no sólo por un deseo insano de salvar una estirpe condenada. Sin embargo, en las mañanas podías verlo pasear por aquella larga lengua de arena dorada. Yo salía a su encuentro, caminaba a su lado, mientras él me narraba miles de historias y cantaba conmigo dejando que el viento soplara con fuerza creando pequeñas olas bravas, libres y únicas.

Quiero volver a ser libre lejos de los muros de éste frío edificio. Me conozco cada cuadro, cada sala, cada espacio en la estantería y las insufribles vistas a los hermosos jardines que hay para los pacientes. Detesto la bata de médico. Odio tener que estudiar sobre los avances científicos. Me amarga tener que llevar un control extremo sobre mi crecimiento, mis conocimientos y mi genética. Estoy harto de ser un Mayfair de segunda clase. Soy un experimento genético para Rowan. Me mira con frialdad, pero a la vez me muestra un amor extraño. No logro comprenderla. Creo que no deseo comprender nada de lo que ella pueda decirme. No quiero sentir afecto, pero a la vez sé que los quiero a mi modo. Sólo deseo volver a casa, a la larga lengua de arena, y contemplar un nuevo atardecer junto a mi padre.


Hubiese deseado que viese que éste maldito idiota, un cínico joven y estúpido, se ha convertido en un milagro para muchos pacientes. Gracias a los conocimientos adquiridos he salvado vidas, pero la mía está todavía destruida. Jamás seré libre de nuevo. Nunca podré volver. Jamás podré hablar con mis padres. Mis hermanas no me entienden. Me siento solo.  

martes, 17 de marzo de 2015

Veneno en tu jardín

¿Un monstruo? Sí, pero uno hermoso con unos tacones de infarto. 
¿Por qué no me dice esto a la cara? ¡Qué se deje de cartas!

Lestat de Lioncourt 


Te detesto porque detesto que intentes imponer tus normas. Esas normas que me parecen tan absurdas y pueriles como a ti. Ni siquiera tú eres capaz de dominar ese carácter tan fuerte, ese que ocultas con tus finos amaneramientos de hombre de otra época. Muestras la hipocresía que tanto odias, pero también añoras. Sé que jamás te has topado con un igual como yo. Nunca has visto a un ser que ansiara la libertad de forma tan salvaje. Ni siquiera tu madre es capaz de igualar esta forma tan retorcida, casi despiadada, de amarte. No te he dado la espalda, sino un guiño y un silencio sepulcral.

Quizás te parezco una niña caprichosa, que patalea porque no consigue todo lo que quiere, pero no soy tu niña. Ni siquiera soy una niña. Detesto que me veas tan pura como una flor. Te diré que incluso las flores son venenosas. La vida fue difícil para mí, pues ni siquiera sabía quien era. Ahora lo sé. En este edén salvaje, ese que tanto idolatras, puedo considerarme parte de las musas de cualquier desdichado. Mi lista de amantes tal vez es larga, pero sólo he logrado ceder mi corazón en pocas ocasiones. He aprendido rápido, pues he tenido el mejor de los maestros. Tú no puedes dominarme. No lograrás que ceda. Puede que mis encantos y mi pose me hagan frívola, ingenua o quizás débil. Sin embargo, sabes que en mis venas está tu fuerza y has visto dentro de mi corazón, pues te has ahogado en cada glóbulo rojo de ésta bruja, para conocerme tanto que me amas y me odias. Tu amor y odio es tan similar al mío que podríamos decir que se iguala al de Montescos y Capuletos.

A veces desearía arrancarte esos hermosos ojos, como si fuese un cuervo, pero luego me quedo embriagada por tus abrazos. Desearía que te murieras, pero sé que eso terminaría llevándome a la locura. Nuestra relación está hecha un caos. Somos distintos extremos de la misma soga y, esa soga, nos está apretando. Quieres imponerte con mano dura, pero a la vez prefieres morir antes de ser igual que otros que te retuvieron, ajusticiaron y te dieron por perdido.

Me amas. Yo sé que me amas. Igual que yo no puedo olvidarte. No podemos hacer nada al respecto, ¿o quizás sí?

Sé como me miras. Conozco esa expresión estúpida. Puedo notar que te pervierte mis curvas, te hundes en el aroma de mi busto y naufragas en la estúpida sensación de control que ejerces sobre mí. Sin embargo, rompo todo lo que has creído. No eres capaz de acobardarme. ¿Y qué si eres el más fuerte y aventurero? No me asustas, tampoco me fascinas y no puedes obligarme a que te adule como una marioneta. Puedo sacar lo mejor de ti, pero también provocarte hasta llegar al borde de las lágrimas. Hazme caso, Lestat, no estamos hechos para soportarnos. Tú me has abandonado y yo, como no, he sabido encajar ser de nuevo uno de esos trucos baratos tuyos. Sin embargo, yo seré más que un error. Seré el más provocador de todos los errores que tú has tenido.


Soy contradictoria, pero libre. Lo que tengo ahora quizás sólo me valga un rato. Puedo considerarme un igual, pues tengo tus mismos pecados. Sin embargo, sé que llegaré a ser peor que tú. Has creado un monstruo.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Madre fuerte, hijo aún más fuerte. Esa es la lección.

Nacimos para ser libres, pero quedamos presos de nosotros mismos. Nos hundimos en el fango de nuestras experiencias, las verdades dichas por otros y la cadencia de la época en la cual surgimos como si fuéramos un milagro. Pocas veces nos sentimos con la fuerza necesaria para tomar impulso, pues hay quienes quieren frenarnos. El miedo a lo desconocido, a caer, el vértigo del éxito o la soledad del victorioso pueden generar miedos. Un miedo que se convierte en lobo y nos persigue intentando desgarrar nuestras almas. Yo no temo a nada.

Quizás soy un inconsciente. Puede que no haya aprendido jamás de mis errores. Es posible que nunca aprenda la lección de ser cauteloso. Si bien, ¿qué importa? No importa nada. Sólo importa luchar. Hay que luchar. La libertad nos llama. No se puede vivir siendo un cobarde disfrazado del valor de otros. Ni se puede vivir de los cuentos y mentiras que vienen en nuestros sueños. Debemos ser libres.

He tenido miedo muchas veces. Miré directamente a los ojos de la muerte y no salí corriendo. Puede que muchos crean que todo fue un truco del destino, que no tuvo que ver el deseo de sobrevivir. Si bien, se equivocan. Hay mucho papanatas que se cree libre de opinar, pero el destino no tiene nada que ver. El destino lo formamos nosotros mismos. Un cobarde puede vivir más de ochenta años, ¿pero merece la pena no arriesgar jamás nada? Vivir sin emociones es como ir a un parque de atracciones y no montarse en nada. Tenemos que participar de la fiesta de vida, aunque nos intoxiquemos.

Soy un héroe. Soy el héroe de todos. Muchos me buscan y gritan mi nombre. Sin embargo, pocos saben que en mi interior siempre pienso en alguien. Cuando cometo estas locuras. En el momento exacto en el cual libro la batalla entre mis miedos, la verdad y la realidad tangible. Ese momento, cuando aún soy frágil, pienso en ella. Mi madre aparece como un chispazo. Siempre me dijo que debía ser feliz. Mi felicidad es ser como soy. Quiero ser libre.

Mi amor por mi madre, mi admiración por sus actos salvajes llenos de atractivo, ha logrado que siga aquí. Esa pasión indómita de querer besarla, sentir sus brazos rodeándome y sus dedos hundiéndose en mis cabellos, ha logrado que siga vivo. Vivo por contar otra aventura para que todos sepan que he conseguido conquistar un nuevo milagro, pues sé que tarde o temprano ella conocerá mis actos. Deseo ser por siempre un héroe, pero no por los mortales que jadean mi nombre. No. Deseo ser un héroe para que mi madre sonría orgullosa. Mi mayor felicidad es que ella se sienta orgullosa del hijo que tiene. Aunque, también me hace feliz saber que he alcanzado un nuevo sueño o una nueva meta.


Sé que ella es peligrosa, pero el peligro la hace perfecta.

Lestat de Lioncourt   

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Dedicado a la fortaleza de todas las madres y mujeres. Sobre todo, a mi madre, mi pareja y mi suegra. Gracias a ellas por mostrarme a mí, como a todo el mundo, que eso del sexo débil es rotundamente falso. En homenaje a Gabrielle de Lioncourt, madre de Lestat, y también a su autora Anne Rice. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Libre

Ha seguido mis pasos atentamente, en silencio, buscando el momento idóneo para aparecer frente a mí como un fantasma en mitad de la niebla. Sé que ella ha soportado el dolor que sólo sabe saborear una madre. Sus manos podrían haber quedado ajadas y consumidas por el tiempo, pero fueron lo suficientemente firmes para aferrarse a la esperanza del bordado de mi chaqueta. Recuerdo el momento en el cual la hice mía, de forma tan íntima y brutal, envolviéndola con mis brazos como el bondadoso ángel que podía aparentar ser. Un ser burlesco con la muerte, tan vinculado a ella, le dio la vida que ella deseaba. Me convertí en un pequeño milagro y ella se transformó en el Pedro de mi iglesia.

La nieve no pudo cubrir el sendero ni marchitar las rosas. Los lirios de su alma florecieron como si fuese primavera. Sus labios se llenaron, sus pechos volvieron a tener forma, su cintura se ensalzó con la ropa masculina que tanto le apetecía y las medias envolvieron sus fuertes, y atractivas, piernas. Se convirtió en una amazona a servicio de sus instintos. Su alma se liberó. Caminó sola, pero siempre con sus ojos clavados en mí. Me convertí en su única pertenencia y yo sabía que jamás dejaría de estar vinculado a ella. Era una cadena de doble sentido que tiraba de ambos por lejos que estuviéramos.

Sus carnosos labios recitan aún salmos perdidos en mi alma, los cuales únicamente son legibles ante sus ojos grises. Somos como viejas almas gemelas que se funden y danzan, conquistándose en cada sueño, para luego huir precipitadamente. Mi madre es parte de las viejas heridas que cargo, pues ha hilvanado cada hilo que se usó para cerrarlas. Sus largos dedos, finos y suaves, se movían como los de una araña. Ella tejía sus palabras, como una red, esperando cazar mi dolor e impulsarme, como si fuese Ícaro, hacia una felicidad que no me quemara.

La conozco. Ha tenido miles de nombres, es temida, y jamás falla en el momento de la caza. Todo aquel que la ha visto ha sido para morir en sus manos o ser sacrificados con una mirada helada. Sólo yo he podido soportar su franqueza, su pasión y también he podido saborear la compasión de cada una de sus lágrimas. Mi madre, mi amiga y mi compañera. Hija de mi sangre, como hijo soy de su vientre.


Teman a Gabrielle, pero queden fascinados por su presencia. Ella es peligrosa, ¿pero qué madre no lo es cuando está en juego la felicidad de su retoño y la libertad de su alma?


Lestat de Lioncourt   

sábado, 18 de octubre de 2014

Brinda conmigo

Nicolas de Lenfent y sus cartas extrañas... Creo que fue antes que le amputaran las manos. Aunque después también hizo diferentes obras cuando se las devolvió Armand.

Lestat de Lioncourt


Me arrancaría el corazón, pero soy incapaz. La locura me invade. Creo que ya está en cada una de mis venas, cruzando todo mi cuerpo y convirtiéndose en una tela de araña pegajosa, imposible de eliminar y olvidar. Puedo sentir su cálido aliento en mi nuca. Sus manos acarician delicadamente mi piel, el murmullo de su voz se instala en mi cabeza y quiero gritar. Sólo me consuela las múltiples partituras manchadas con sudor y tinta, los folios revueltos de mi escritorio donde narro incansablemente las diferentes obras y el violín. Sí, el violín. Él me calma. Él me hace olvidar. La sed es terrible, triste, agónica, insaciable y asombrosa. Me siento vivo cuando agarro a una de mis víctimas, clavando mis garras y colmillos, para drenar su alma a través de la roja, purificadora y gloriosa, sangre que calienta mi piel y le da un aspecto sonrosado, como el de un ángel, mientras me precipito a los infiernos.

¡Soy un demonio! ¡Me arrancaría las alas si tuviera! ¡Y el corazón si aún latiera!

Deseo volver a verlo. Tener frente a mi a mi desdichado creador. Él sabía que éste páramo oscuro, con ese ave inmortal graznando, sería terrible para mí. Un páramo baldío lleno de voces que suenan aquí y allá. No puedo dejar de pensar. No puedo dejar de sentir. No puedo dejar de beber. Él lo sabía. Él sabía todo y no me detuvo. Yo quería el poder, pero el poder sin conocimiento es nada. No puedo controlarlo. Necesito la música para calmar mi nerviosismo y mi corazón herido. Debió ofrecerme mayor consuelo, un abrazo inmortal mucho antes que ese engendro me tocara. ¿Ahora qué soy? Soy un enajenado que cuenta historias sobre la muerte, bailarinas delicadas como crisálidas y pozos llenos de oscuridad.


¡El misterio de la vida lo lleva impreso el demonio en su torso! ¡Él me mira y me señala su corazón!


¿Y yo? ¿Tengo corazón? ¿Ese terrible ser se llevará mi alma? ¿O ya la tiene cautiva? Sí, la tiene. Vendí mi alma hace mucho por un violín. La vendí. Ofrecí todo por ser libre. Quería liberarme y terminé atado. Un demonio mucho más terrible que un vampiro y su sed. Todos moriremos, pensé, no me importará sentir su aliento, creí, pero ahora estoy aquí, con él, y deseo huir. ¡Quiero la muerte! Y a la vez, como no, ansío la vida eterna y para ello debo vestir de rojo mis labios con la sangre de una nueva víctima.  

sábado, 11 de octubre de 2014

Libres

Sentada frente a la lumbre, con sus cabellos recién cortados y su semblante serio, completamente perdida de todo lo que podía tildarse de civilizado me hacía ver al ser que era realmente. Ella decidió desprenderse de toda atadura, como si estas fuesen brasas ardientes, y permitió que quedaran atrás como quedó para mí todo lo que llegué a amar. Ambos nos desnudamos el alma, dejándolas sin nada más que la libertad más profunda, y echamos a caminar buscando la verdad más allá de todo lo conocido. Tenía una pose típicamente masculina. Sus hombros estaban echados ligeramente hacia delante, su espalda se inclinada con el mismo ángulo y sus brazos cruzados por las muñecas en el hueco que hacían sus piernas. Piernas que estaban ligeramente flexionadas y cubiertas por un pantalón y unas calzas ya casi destrozadas. Parecía un muchacho perdido, magullado y hambriento.

—Madre—dije acercándome. Sin embargo, no me escuchó o no quiso hacerlo—. Gabrielle.

—Somos libres—respondió como si quisiera repetir aquello, igual que una plegaria, para que fuese cierto y no sólo un sueño.

—De la muerte, pero no del dolor. Aún poseemos alma, o eso creo—contesté sentándome a su lado.

Mi levita de terciopelo azul marino, con los botones y bordados de oro, contrastaba con su camisa blanca, casi cenicienta, y mal abotonada. Parecíamos el príncipe y el mendigo. Sin embargo, éramos lo mismo. Siempre fuimos muy similares. Quise estrecharla contra mí, besar sus mejillas y su boca, para luego jurarle amor eterno. Pero no hice nada. Sólo me quedé allí mirando la lumbre del mismo modo.

—Creo...—murmuró, para luego girarse hacia mí—. Creo que ya sé lo que sentiste en la nieve.

La lumbre iluminaba ligeramente sus facciones. Era como una talla iluminada por las velas en mitad de una iglesia. Yo me hubiese arrodillado a rezar mil padres nuestros por una sonrisa suya. Incluso hubiese creído en Dios si sus ángeles tuviesen su rostro. Parecía aún algo confusa, pero no como noches atrás. Estaba haciendo lo que realmente deseaba. Aquello que le dictaba su corazón lo trazaba como si fuera una línea fija hecha por una flecha.

—Me liberé y a la vez me sentí profundamente temeroso. Había logrado algo impensable. Descubrí mi fuerza, el valor de la vida y a la vez lo fácil que es morir—mascullé.

—Lo fácil que es morir... —repitió cual autómata.

—Te quiero—dije abrazándola.


Ella se dejó abrazar, pero rápidamente se alejó como un animal salvaje. Parecía querer conocerse mejor, abrirse el pecho si hiciese falta, para descubrir qué éramos. Y eso mismo, y no otra cosa, nos hizo irnos de aquel país maldito y no regresar jamás juntos.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 17 de agosto de 2014

Camino a la igualdad

Nash ha decidido desempolvar sus conocimientos nuevamente y ofrecernos estos, junto a sus sentimientos, en una carta abierta a todas las lectoras que nos siguen. ¡Ah! Fantástico.

Lestat de Lioncourt 


La mujer siempre ha sido culto de artistas apasionados, pero también señaladas como el gran azote de la humanidad. Muchas de ellas han sido tachadas de brujas por sus conocimientos, y, su forma infalible de responder ante enfermedades, con el conocimiento que la experiencia y los libros les dieron, detonaron brotes de cólera entre los hombres. Hay quienes las han intentado humillar, doblegar, vilipendiar y arrojar a las llamas de los infiernos. En cientos de religiones la mujer no es más que una compañera, un objeto, un ser débil y la culpable de las desgracias que caen sobre los hombros de la humanidad. Sus nombres pueden variar, Pandora o Eva, no importa.

Sin embargo, a lo largo de los siglos se ha vivido brotes de igualdad y respeto. Muchas mujeres han tomado conciencia y otras se han equivocado en sus intentos fallidos de superioridad. Ningún hombre es superior a una mujer, pero tampoco ninguna mujer es superior a un hombre. Todos somos iguales, todos deberíamos poseer los mismos derechos. No deberíamos de juzgar el trabajo de un hombre o una mujer con los perjuicios precipitados que aún poseemos.

Si nos centramos en el fenómeno del arte el cuerpo femenino ha sido tabú en cientos de ocasiones, pero también se ha ensalzado desde su carácter mágico, sexual o simplemente la belleza maternal. Pero, ellas no sólo posan o son musas de grandes escritores. Ellas también saben cantar, tocar instrumentos, pintar y escribir. El fenómeno de la escritura es algo que trasciende más allá del cuerpo, pues mueve nuestros sentimientos y por lo tanto influye en el alma.

Hay cientos de ejemplos de mujeres que decidieron tomar posiciones frente a un papel, esgrimir una pluma o comenzar a pulsar las teclas de una máquina, para derramar en cada línea sus pensamientos, miedos, deseos, frustraciones, sensaciones y sobre todo imaginación. Una mujer puede ser poderosa cuando escribe porque posee mayor percepción de la sensibilidad que muchos hombres, aunque hay quienes son capaces de sentir el dolor ajeno igual que una mujer. Sin embargo, actualmente hay mujeres escritoras que provocan que Jane Austen se retuerza en su tumba.

Hemos llegado a un punto que cualquier libro, por carente de sentido o machista que sea, si lo escribe una mujer es un rotundo canto a la libertad sexual o una obra de arte. Creo que se desea mitigar los años de represión en aceptar cualquier trabajo como algo excelente, encumbrando autoras que no deberían siquiera recordarse un segundo después de ser nombradas. Si un libro es pésimo por su contenido debería de serlo igual que si lo escribiera un hombre. Todos conocemos como Crepúsculo ha destrozado el mundo de los vampiros, un territorio lleno de cultura y de cientos de misterios, por unas cuantas monedas. De ésta horrible saga ha salido la bestia negra, 50 Sombras de Grey, de manos de una escritora que rebasa los cincuenta años y posee una narrativa que no llega a la de una adolescente. No sólo es aberrante la forma en la cual ha denigrado a la mujer, tratado el tema del BDSM con frialdad y poco respeto, hundido al diccionario en una bañera hasta ahogarlo sino que prescinde de coherencia cada capítulo de dicha obra. Son los más absurdos y extravagantes clichés. Una novela hecha para mujeres que ya no confían en ser amadas, respetadas y encumbradas hacia una relación estable, no sólo con sus parejas sino con el mundo en general. Este libro, refugio de mujeres sin imaginación y desesperadas por encajar en el mundo en el cual viven, es sólo basura. Si lo hubiese escrito un hombre, como yo o como cualquier otro, sería automáticamente repudiado y se pediría que se le tratara psicológicamente. Es así la sociedad en la cual vivimos, una sociedad que ve bien que una mujer denigre a su propio género.


¿Desean unas novelas románticas con unas tramas sencillas, aunque bien narradas? Busquen libros de Susan King o J.R. Ward si buscas romance entre seres sobrenaturales. Sin embargo, se desconocen estas autoras y buscan a patéticas mujeres que sólo aplastan vuestro nivel intelectual. Si desean calidad literaria tomen el camino de Virginia Woolf, Mary Shelley o Ana María Matute que falleció hace un año. Mujeres que no temieron desafiar lo impuesto, que fueron más allá de lo convencional y que realmente merece la pena leer sus pensamientos. Gente tan extraordinaria como sus compañeros escritores y persona de las cuales no se avergonzarán si leen sus trabajos. ¿Quieren libertad e igualdad? Luchen por ella y no se dejen arrastrar por literatura vacía y barata.  

domingo, 5 de enero de 2014

Tu fuerza y mi mano

Bonsoir mes amis

Empezamos el día con un poema de Arjun, bajo sus derechos intelectuales, que me ha permitido publicar aquí. El poema es para Pandora.


Lestat de Lioncourt

Tu fuerza y mi mano

Amanecer salvaje en la tierra del quizás,
un tal vez en tus labios muere mientras brilla la luna.
Te he visto caminar por el sendero hacia el pozo,
ese que cumple los sueños de tu longeva vida.

La crisálida de tu vestido es de seda,
y el collar que luces es una serpiente.
Eres la Eva de una jungla excitante
y llevas la verdad antigua en tu pena.

Me has visto, lo sé muy bien querida.
Sabes donde estoy y donde voy.
Toma mi mano, no temas por favor.
Yo jamás abriré tus heridas.

La tristeza siempre te rodea estrangulándote,
pero eres capaz de alzarte victoriosa.
Tienes la fuerza de un animal salvaje
y la libertad te llama abrasándote.


Ven, toma mi mano y deja que te guíe.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt