Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Benedict. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benedict. Mostrar todas las entradas

jueves, 30 de marzo de 2017

Bondad o malicia.

Rhosh y Benedict... son extraños, pero creo que se complementan bien.

Lestat de Lioncourt 




—El mundo siempre seguirá su curso de destrucción. De eso estoy seguro. No importa cuántos años pasen. Deja de llorar por ese motivo. Nadie merece tus lágrimas—decía observando como crepitaba la leña en la hoguera.

La familia de guardeses que se hallaban en las inmediaciones habían logrado al fin cierta paz. Su hija, discapacitada desde su concepción, había muerto hacía meses y ahora el luto parecía ser menos turbio y doloroso. Habían aceptado el hecho que esa criatura no estaba predestinada a vivir mucho tiempo. Yo había costeado costosos tratamientos para mejorar su vida y prolongarla, pero fue inevitable. Él los había visto y se compungió al saber cómo habían sido los hechos.

La joven murió por una negligencia médica, la cual ya ha sido “subsanada” por la justicia. Aún así, los dos se veían imposibilitados para mantenerse en pie. Por mi parte les ofrecí quedarse aunque no cumplieran su función. De todos modos jamás exigí que trabajaran. Siempre les dejé vivir a sus anchas y les hacía creer que eran imprescindibles.

—¿Ni siquiera tú?—preguntó con los ojos embarrados en lágrimas sanguinolentas.

—Benedict, no seas sentimental—dije algo frustrado.

Movía la pieza de ajedrez deseando que él hiciese un nuevo movimiento. Él sólo jugaba para entretenerme y contentarme, pues sabía que lo que más deseaba en esos momentos no lo tendría. Reconozco que a veces soy algo atroz y miserable, incluso frío. Tal vez lo hago porque no quiero que nadie vea lo débil que soy cuando él me contempla y sonríe.

—Maestro, eres algo más que un amor al cual no puedo negar nada—murmuró incorporándose para aproximarse a mí en un brinco, sentarse sobre mis rodillas e intentar limpiar sus lágrimas con el suéter fino que había elegido para cubrir su torso—. Ni siquiera puedo negarte mi llanto.

—Tu llanto me enfurece—comenté chasqueando la lengua.

—¿Por qué?—preguntó tomándome del rostro con esas manos suaves, algo pequeñas para su estatura, y blancas como si fuera una estatua de mármol. Siempre había sido hermoso, pero el paso de los años, o mejor dicho de los siglos, le había hecho aún más atractivo. Sus ojos eran de un color miel intenso y sus labios sonreían con el color típico de pétalos tiernos y pálidos de rosas rosas.

—Porque me duele ver tu dolor—expliqué—. Detesto que sufras. Abandona la piedad hacia otros.

—¿Cuál piedad?—sus ojos brillaron como los de un gato y luego se recargó contra mi pecho. Supongo que quería escuchar mejor los latidos de mi corazón para sosegarse—. Olvidé qué era eso cuando asesinamos a Maharet y Khayman—su voz se quebró, pero se mantuvo sereno. Al menos, no lloró.

—Olvídalo. No fuimos nosotros—dije acariciando sus cabellos castaños.

—No—contestó casi sin aliento—. Amel estaba en ti y yo sólo lo hice... Lo hice por mí mismo.

—Lo hiciste por mí, porque creías que yo te lo exigía—respondí.

—Soy un asesino—pronunció enterrando su rostro en mi pecho. Pude notar su perfecta nariz entre mis pectorales. En ese momento lo abracé con fuerza, como si alguien me pudiese arrebatar a aquel muchacho y suspiré.


—¿Quién de nosotros no lo es?—dije, pero no tuve respuesta. Él sólo se mantuvo en silencio durante horas permitiendo que lo acariciara y amara de una forma para nada pueril.  

lunes, 20 de febrero de 2017

Benedict...

Hermoso, ¿no creen? Bueno yo lo veo hermoso...

Lestat de Lioncourt


El mundo está lleno de momentos magníficos, llenos de una vida y una calidez mágica, aunque vivamos en la profunda oscuridad y en ocasiones nos perdamos sintiéndonos profundamente solos. Recuerdo cuando lo hallé inclinado sobre un escritorio, con la mente dispersa y la pluma rápida. Sus ojos no se apartaban del pergamino, pero su mente volaba por los cielos nocturnos intentando imaginar cómo sería el rostro de Dios, si este podría escuchar sus pensamientos y ruegos. Deseaba comprender si se había equivocado al aceptar ser monje, pues no creía que una vida perdida en una abadía pudiese compensar una vida en libertad, aunque sin tierras ni honores como sus hermanos mayores.

Decidí secuestrarlo, encerrarlo en una de las habitaciones que poseía mi fortaleza y acompañarlo en las noches ofeciéndole comida suculenta, bien sazonada, con jarras de vino y cerveza. Cuando lo hacía mi corazón se sentía invadido por una pena terrible, un coraje atroz hacia mí mismo y un deseo indomable.

Recordaba los viajes por Creta, el viento acariciando mis rubios cabellos, el olor a mar, el sonido de las olas rompiendo contra el casco del navío que cruzaba esas aguas turbulentas y llenas de misterios. Era un marinero, un comerciante, el hijo de un hombre importante y de la nada me convertí en esclavo, sometido a la voluntad de una supuesta diosa y convertido en lo que soy ahora. Revivía el calvario y me preguntaba si él, Benedict, estaba sufriendo como yo lo había hecho.

Sin embargo, pasando las semanas, mientras crecía con normalidad sus cabellos, él sonreía y agradecía mis conversaciones. Las historias que contaba a él le hacía sentirse vivo. Por mi parte, yo me sentía extremadamente dichoso porque dejase el llanto. Pues cuando llora, cuando las lágrimas bordean sus dulces mejillas, caigo en la cuenta que soy un monstruo y siempre lo seré.

Hemos estado separados en alguna ocasión, pero acepto que no puedo vivir sin él. Siento una opresión malsana en mi pecho, como si largos dedos de unas garras siniestras me atraparan el corazón. Acepto que le amo. Es la única creación que amo de este modo. Daría todo por él y sé, para mi desgracia, que él daría todo por mí. Cuando me convertí en el asesino de Maharet, de una pobre ilusa que siempre hizo grandes acciones llenas de virtud, él estuvo ahí apoyándome y ayudándome sólo porque me amaba. Me convertí en un traidor y a él lo hundí conmigo, pero nunca me lo ha reprochado.


En ocasiones, me miente. Sé que me miente. No necesito ver sus lágrimas para comprender que la tristeza lo cubre por completo. Quiero decirle que no lo haga, que respete la verdad, pero luego comprendo que lo hace para que yo sea libre... libre... ¿Libre? Ah, para él es libertad, si bien para mí son cadenas. No puedo ser libre y estar en paz cuando sé que él sufre horriblemente porque aún, pese a todo, sigue creyendo que es un monstruo, que Dios le ha dado la espalda y que algún día pagará por sus pecados.  

jueves, 4 de agosto de 2016

Culpable.

Y pensar que Benedict es mi abuelo y Rhosh mi bisabuelo en lo que respecta a "origen de mi sangre". 

Lestat de Lioncourt. 


Me situé de nuevo ante aquel viejo conocido. Estaba intentando redimir todos mis pecados, pero estos eran tan pesados que apenas podía respirar. Mis ojos se llenaron nuevamente de pecaminosas lágrimas sanguinolentas mientras caía de rodillas. Estaba angustiado y no sabía a quién acudir. Comprendía que lo había hecho por amor, como muchas guerras se habían cometido en nombre del amor a Dios, pero esa no era el mejor método de solucionar las cosas.

Al fondo podía ver las velas encendidas como plegarias a la virgen, una hermosa escultura datada con más de tres siglos, y al otro extremo de la iglesia estaba San Judas con sus manos abiertas hacia el público y un rostro algo aniñado pese a la poblada barba perfectamente tallada. En una esquina, casi oculto, había un pequeño santo que decían que concedía milagros. Pero frente a mí, en esa inhóspita cruz, estaba el salvador de la humanidad observándome con bondad pese al dolor de sus heridas.

—Perdóname, perdóname... —murmuré antes de escuchar como alguien más accedía al templo mientras el párroco estaba en la vicaría junto a su adjunto.

—¿Otra vez?—su voz siempre me hacía temblar como la primera vez. Causaba un torbellino de emociones que no podía controlar—. Sabía que te encontraría aquí rindiendo cuentas a un pedazo de madera.

—No hables así—dije con la voz temblorosa—. Son mis creencias...

—Absurdas, sin duda—comentó caminando con elegancia hasta donde me encontraba.

Accedió por el pasillo central pasando por alto a la mujer que se había dormido en uno de los bancos. La pobre desfalleció tras horas rezando angustiada por la suerte de un enfermo. Aún había personas con fe y conciencia en el mundo, con la necesidad imperiosa de ser escuchados, y yo no era tan distinto a ella. Había acudido allí para que Dios me escuchara, pero era él quien acudía al rescate con aquel gabán gris y ese aspecto tan cuidado.

—No son absurdas—repliqué algo temeroso porque él se enfadara conmigo, pero no podía permitirle que se siguiera burlando.

—Benedict, ¿cuándo dejarás de ser el monje que tomé entre mis brazos e hice hijo mío? Mi hijo, mi amante, mi condenado...—se detuvo colocando sus manos sobre mis hombros y me sentí como Jesús en el monte de los olivos junto a su ángel, el redentor de todo pecado y mal, que le condujo a aceptar su destino—. He visto dioses emerger y caer, he visto religiones proliferar y caer en el olvido. Esto no tiene sentido. Es ridículo—musitó apretando suavemente sus dedos sobre mis hombros—. Has matado por mí, has decapitado a una inocente, y has destruido al amor de su vida. Pero, ¿no nos han perdonado ya?

—Sí, ¿pero cuándo me perdonaré yo?—pregunté.


Rhosh se quedó callado intentando dar una respuesta que me convenciera, pero no pudo. Él sabía que siempre me culparía. Yo, el bondadoso y torpe Benédict, había matado a Maharet y colaborado en la muerte de Khayman.  

jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


lunes, 21 de diciembre de 2015

Sólo te deseo a ti

Admito que comprendo mucho a Rhosh en su forma de amar...

Lestat de Lioncourt


—¿Dónde estoy?—preguntó desorientado.

Había entrado en su modesta y fría habitación. Lo arranqué de su cama, envolviéndolo en la manta gruesa que tenía. Contemplé su rostro compungido por el sufrimiento de las fiebres. Aquel joven, al cual había visitado ocasionalmente, moría. Él me había visto como un ángel, no como un demonio. Era quien le traía pan y leche cuando el hambre apretaba. Me presentaba como un hermano de una abadía próxima. Conversaba con él algunas noches y huía.

Era terrible tener que marcharme y observarlo desde la ventana, como si fuese un ladrón. Mi alma se retorcía. Por eso un día aparecí ante él sin engaños, sin halagos o palabras llenas de dulzor. Simplemente le hablé del infierno en el cual me movía, pero él lo tomó como un sueño terrible de una noche cargada de pesadillas.

Era tal el temor que yo había ejercido sobre él que se dedicó a la oración y el ayuno. Durante días se flageló y permitió que sus heridas se infectasen. Por supuesto que era mi culpa, aunque fuesen sus propias acciones. Yo lo había llevado a la locura.

—En un lugar mejor—respondí a media voz.

—¿Un lugar mejor?—balbuceó arrastrándose hasta la pared, colocando su espalda contra ésta e intentó levantarse sin lograrlo. Sus piernas estaban débiles, igual que lo estaban sus brazos.

Había logrado curar sus heridas con mi propia sangre, pero su fiebre aún era alta. El ayuno no ayudaba a mejorar su estado. Todavía quedaba un largo camino por recorrer.

—Sí, el lugar donde cultivaré tu mente y tu alma mientras permito que tu cuerpo retome fuerzas, pues las necesitarás para los cambios futuros que sobrevuelan sobre tu cabeza—dije apagando la vela que había dejado encendida.

Me acerqué a él contemplándolo en la oscuridad. Mis manos acariciaron sus tobillos y se deslizaron hasta sus rodillas. Palpé sus miembros fríos y agotados, pero también sentí el dulce aroma de su sangre latiendo con fuerza en su joven corazón. Tenía dieciséis años, pero creo que ni siquiera él era consciente de los años que poseía. Aunque sabía contar no conocía a ciencia cierta cuántos inviernos húmedos habían padecido ya sus huesos.

Era el tercer hijo de una familia acomodada. Su hermano mayor heredaría las tierras, el mediano sería un hombre de batalla y mujeres complacientes, y él un proscrito que carcomería su alma entre versos llenos de alabanzas a un Dios sordo, ciego e inexistente.

—¿Cómo?—dijo intentando no gritar. Quería mostrar entereza, pero el miedo rezumaba por cada poro de su piel.

Mis manos eran rápidas y mis dedos se movían poco pudorosos. Colé mis manos bajo su camisón y acaricié sus ingles, ligeramente más tibias, para luego colarme bajo su ropa interior. Él gimió agotado, sufrido y, a la vez, deseoso. El pecado lo tentaba y él quería apartarlo como si fuese un cáliz amargo.

—Has sido elegido para acompañarme—dije. Me incliné sobre él besando su frente—. Ya no viviré más en la soledad fría y frívola de un demonio—. Tenía su miembro entre los dedos de mi mano diestra y lo estimulaba apretando dulcemente su glande. Él tiritaba, pero no de frío—. Deseo que me des un poco de tu cielo.

Mi boca rozó la suya y mi lengua se coló como una flecha diestra en el corazón de un inocente. Tenía apetito de él, de su sangre, pero aún era pronto. Debía controlarme y ofrecerle los placeres de la carne, para que comprendiera que se había perdido entre libros y todo lo que yo podía darle. Una vez hundido en el placer, en la perversión, daría el siguiente paso: la lección de la sed y la satisfacción de La Sangre.

—¿Qué? ¿Dónde estoy?—musitó colocando sus manos sobre mis hombros, aunque apenas tenía fuerza—. ¡Te pido que me digas dónde estoy!—gritó. Sin embargo, el masaje de mi mano sobre su sexo, apretando y suavizando el agarre, lo calmó. Gimió gimoteando, mostrando unas dulces lágrimas llenas de belleza—. Tu voz me es familiar...

Reí cuando dijo aquello. ¿Cómo no reír? No le había hablado jamás de ese modo, con ese tono conciliador y seductor a la vez, sino con una voz ajada por la necesidad y la amargura. Pero, en ese rincón, era todo muy distinto.

—Si existe un cielo, o un paraíso, está lleno de una pasión que ya no recuerdo. La misma pasión que puedo contemplar en el brillo de tus cansados ojos—susurré, y antes que pudiese comenzar a rezar el rosario, cosa que estaba a punto de entonar, le arranqué la ropa tirando de ella. Él sólo se retorció llorando, para luego permitirme que colara dos de mis dedos en su recto y siguiera masturbándolo—. ¿Por qué amor mío? ¿Por qué has tardado tanto en aparecer?

—¡Te ruego que me digas quién eres!—espetó intentando no gemir, pero no lo logró—. ¡Sácame de aquí! ¡Regrésame con mis hermanos a la abadía!

Mientras decía eso movía sus caderas, alzándolas, pegando su torso al suelo de piedra de aquella mazmorra. Me incliné sobre él lamiendo su espalda, rozando con la punta de la lengua cada vieja marca borrada, para luego dejar caer mi frío aliento cerca de su nuca.

—¿Para qué deseas volver? ¿Para morir y ser olvidado?—pregunté con sorna.

—¡Para servir a Dios!—gritó.

—Dios no existe—afirmé.

—¡Por qué lo sabes!—dijo furioso y excitado.

—Porque tengo más de cuatro mil años y aún no se ha personado ante mí para hacerme cumplir condena...—lancé a su mente.

No había hablado hasta ese momento a su mente, sino usado mis labios. Aquello lo desconcertó y trató de huir, aunque era imposible. Mis brazos lo rodearon mejor notando que empezaba a humedecer más mi mano y que, por supuesto, estaba a punto de eyacular.

—¡Quién eres!


—Rhoshmandes, tu nuevo Dios—dije próximo a su oreja derecha, justo cuando eyaculaba manchando el suelo.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Ave María... llena eres de gracia...

Bueno, no soy el único que ronda a "eclesiásticos". ¿Eso debo tomarlo como un apoyo a mi moralidad? No lo sé. Rhosh secuestró a un monje y lo hizo su amante eterno, él luego fue secuestrado por Magnus para robarle la sangre y éste me la dio a mí. Rhosh tiene cierto parecido a mí físicamente hablando, así que supongo que su buen amigo, aunque traicionero, Magnus buscaba un adonis en el cual reflejar los rasgos que más le gustaban de Rhosh y deseaba codiciar. ¡En fin! Aquí va algo de Rhosh y Benedict.

Lestat de Lioncourt

—Benedict—dije entrando en la estancia.

Él estaba allí. Leía con fanatismo absoluto sobre Dios. Escribía una larga parrafada sobre sus creencias. Rezaba porque yo no le tentara todavía más. Se sentía sucio, lleno de pecado, e intentaba controlar sus impulsos naturales. Su belleza era incuestionable, pero detestaba ese aspecto de monje iluminado y pobre.

No se giró. Prefirió ignorarme. Mis pasos por la pequeña habitación era similares a los de una bestia encerrada entre gruesos barrotes. El crucifijo sobre la pared parecía querer caerse sobre mí, en un impulso innecesario y patético de ahuyentar al maligno. Para él, joven y frágil, yo era un demonio que le tentaba demasiado. Posiblemente mis palabras no eran más que las frases idóneas que Lucifer ponía en mi lengua.

Me aproximé a él, colocando mis manos sobre sus estrechos hombros. Su ropa áspera y gruesa, para soportar el terrible infierno helado que se precipitaba por las montañas, la sentí como si tocara el mismísimo paraíso. Pude notar bajo aquella tela su esbelta e insinuante figura. Besé su mejilla derecha, deslizando mi boca por su cuello y dejando mis manos sobre sus muñecas. No quería que me apartara. Pronto escuché un jadeo y una plegaria a Dios, pues deseaba que apartara el cáliz de la tentación.

—Ven conmigo—murmuré apoyándome en el banco en el cual estaba sentado, tan frágil pero robusto, mientras lo estrechaba por debajo de sus brazos. Había soltado sus muñecas y sus manos se vieron libres para tocar el rosario que colgaba de su cintura. Lloró en silencio mientras sus labios seguían un rosario en latín. La virgen no lo escucharía, pero yo podía leer su mente—. Nadie te salvará, pues no hay nadie que te salve. Soy más viejo que tu religión, Benedict—dije antes que rompiese a llorar.

Entonces, como un canalla, lo despojé de sus prendas a jirones. Arrojé su cuerpo al suelo y besé sus pezones cafés. Él ya no se retorcía para librarse de mí, como hizo la noche anterior, sino que rezaba implorando la intervención del altísimo. Sus piernas, casi sin vello y de tacto suave, quedaron abiertas y entre ellas me colé. Mi miembro, con el cual no sentía nada, estaba erecto y decidí darle uso.

Él no tardó en gemir, aunque primero se mordió el labio inferior hasta provocarse una terrible herida. Gimió suave, como si no quisiera escucharse, para luego jadear como cualquier fulana de taberna y acabar murmurando mi nombre. Ya no había rezos. No había salmos. No existían ángeles benditos. Sólo estaba el infierno donde yo lo guarecía entre indecentes caricias, mordiscos bruscos y terribles embestidas.

—Tu Dios pide que ames, Benedict, y no hay forma de amar más pura que ésta—declaré.

Él lloraba, pero a la vez gozaba aferrándose a mi túnica gruesa y oscura. Hasta ese momento tuve mi rostro oculto por la capucha, la cual él echó hacia atrás. No dudó en acariciar mi cabello, enredando sus finos y suaves manos entre las hebras de éste, y en dejarse amar por mi mirada azul, tan apasionada como la de muchos santos, que derrochaba amor y delirios hacia él.

Eyaculó manchando mis prendas, igual que su vientre cerca de su ombligo. No dudé en lamer la base de su sexo, morder ligeramente uno de sus testículos y deslizar mi lengua por el glande. Él tembló como una hoja en una rama que estaba por ceder al viento.

Su alma fue mía esa noche. Logré que saliera del monasterio junto a mí y quedó bajo mi protección hasta que su cabello creció. Siempre ha tenido el aspecto de un santo, de un ángel, y yo lo he conservado, a veces a duras penas, a mi lado. Benedict es mi delirio, mi amor, mi gran compañero y el único creado que he amado de ésta forma.  

martes, 18 de agosto de 2015

Bendecido

Pues yo creo que es un buen hombre, pese a sus pecados. Me gustaría conocerlo mejor y poder demostrarle que todo lo que hizo, en mi contra y en contra de sí mismo, está perdonado si sigue un buen camino y no vuelve a cometer los mismos errores. 

Lestat de Lioncourt


Siempre he creído en la bondad del ser humano. La belleza que posee este mundo es debido a los buenos sentimientos que aún anidan en el corazón de los mortales, como también de los inmortales. A pesar de la oscuridad que nos rodea, incluso nos alienta, podemos seguir sintiendo la bondad y la virtud que una vez conquistamos cuando tan sólo éramos unos niños cargados de inocencia, sueños y buenos sentimientos. La luz nunca se apaga. La vela siempre está encendida. Puede que no veamos la llama, pero está ahí. Hay que mirar mucho más allá de nuestras sombras.

Hace tiempo que vivo en éste mundo. He tenido que aceptar fracasos y victorias, como la mayoría de mis compañeros de viaje. Conozco bien a la muerte, la he codiciado muchas veces y me he disfrazado de ella para bailar con aquellos que yacen en el olvido del mundo, pero no en el mío. Gracias a otros estoy vivo. Debo darles gracias aunque fuesen peligrosos para el resto, tan peligrosos como yo mismo.

No me creo mejor que otros. Muchos opinan que los que vamos de santos sólo somos demonios con una máscara distinta. Yo sólo deseo ser el hombre que siempre he sido, el muchacho que meditaba sobre la virtud del mundo y de Dios mismo. No espero nada más. Busco controlar mis impulsos y la maldad que yace viva, como la bondad, jugando con nuestros deseos más salvajes.


Mi nombre es Benedict, que significa “bendecido”. Desconozco si estoy bendecido o maldito. Todavía intento indagar si existe Dios o si sólo es un símbolo de aquellas buenas virtudes que deseamos mantener. Sea como sea, viajo por el mundo con la maleta cargada de experiencias y sueños. Quiero creer en la bondad, la virtud de la superación y el perdón.  

lunes, 10 de agosto de 2015

Emisión 5: La voz de la tribu : Benedict

La voz de la Tribu ha tenido su nueva emisión.

Lestat de Lioncourt


Las sirenas parecían romper la quietud de la ciudad. Habían ocurrido algunos disturbios violentos no muy lejos del estudio donde todos se reunían. En aquella habitación, ligeramente alejada del mundo, se encontraba un reducto de inmortales que deseaban desvelar la verdad oculta en cada párrafo de una historia ya contada. Benjamín estaba junto a David. Ambos inmortales poseían unos rasgos muy atractivos, unas pieles doradas de apariencia mortal y unos ojos castaños muy profundos. Conversaban en un suave murmullo sobre el próximo invitado. Daniel, el antiguo periodista de prensa escrita, se dedicaba a revisar los últimos comentarios realizados en la web.

No muy lejos de ellos, alrededor del piano, se hallaba Sybelle en los brazos de Antoine. Ambos se miraban a los ojos mientras bailaban gracias a una canción dulce, aunque apasionada, que tarareaba el violinista. Los ojos azules, tan llenos de vida como de malas vivencias, se fundían en los de su amada musa. Sybelle era como un ángel con aquellos cabellos dorados sueltos, rozando sus hombros y cintura, mientras sonreía con aquellos ojos claros llenos de música. Pues ella veía la música ascender y descender, podía sentirla sobre su piel y entrando en su alma. Para ella la música era algo más que una melodía, un pentagrama, un ruido agradable...

Los presentadores del informal, aunque imprescindible, programa de radio online vestían con unos trajes de Armani que Armand había conseguido hacía unas horas. Había sido un obsequio y ellos habían aceptado. Era habitual entre inmortales, sobre todo entre grandes amigos, regalarse cosas como aquellas. Las ropas o joyas eran prendas muy apreciadas, aunque Louis prefería que le regalaran libros. Él no estaba allí, aunque se encontraba pendiente del programa muy cerca de Lestat. Ambos estaban en Auvernia.

Allí estaba otro inmortal. Otro tan importante como desconocido para muchos. Benedict se hallaba sentado alrededor de todos aquellos que le juzgaban, para bien como para mal, mientras se recordaba así mismo que ser un monstruo era parte intrínseca del proceso de ser inmortal, que sus pecados no eran tan distintos a los de otros y que podía asumir el riesgo de hablar públicamente en aquella pequeña radio.

La risa fresca de Sybelle era muy agradable y fue lo primero que se escuchó aquella noche, para luego transmitir las primeras notas de su piano. Antoine la siguió danzando alrededor del instrumento apoyando su mentón en el suyo, dejando que sus dedos pellizcaran cada cuerda y emitiera un sonido poco usual para muchos. Armand los escuchaba desde una de las bibliotecas, la favorita de Lestat, mientras rezaba a un Dios en el cual ya no creía, pero que aún así tenía presente.

—Bienvenidos una vez más—dijo Benjamín rompiendo el hielo—. Mi nombre es Benjamín y estoy aquí para invitaros a éste espacio íntimo que tan bien conoceréis. Para aquellos que no, que es su primera vez, os agradezco el contactar con nosotros en una noche que puede ser una puerta abierta que jamás se cerrará si no queréis—su voz era dulce y tranquila, lo cual animaba a la complicidad que tenía con David tras tantas semanas.

—Hoy tenemos un invitado muy especial—indicó David—. Soy David Talbot, viejo miembro y director de la Orden de La Talamasca, detectives de lo sobrenatural, que se encuentra entre los inmortales más poderosos de éstos tiempos. Ahora, como inmortal, me dedico a traeros entrevistas profundas y sinceras con inmortales que han decidido ser parte de la historia de la Tribu. Una Tribu que cada vez es más amplia y unida—dijo con una sonrisa que podía transmitirse a través de las ondas—. Benedict nos acompaña en ésta ocasión. ¿Quién es Benedict? Para aquellos que han leído la última aventura de Lestat bien sabréis quién es y parte de su historia, otros la conoceréis hoy.

—Bienvenido, te damos las gracias—añadió Benjamín.

—Gracias a ambos—dijo en un tono de voz casi inapreciable—. Mi nombre es Benedict...—susurró algo más convencido con lo que hacía. Se animó así mismo pensando que debía demostrar lo que conocía, su verdad, y no permitirle a otros que contaran sus orígenes y el dolor que aún soportaba—. Estoy a vuestra entera disposición.

—Hace tiempo que no conocíamos inmortales tan antiguos como tú. Habéis dado un paso adelante y tú eres ahora conocido por una atrocidad, por una desgracia, ¿cómo sienta una fama tan terrible?—preguntó David.

—Soy un hombre que iba a consagrar su vida a Dios. Todavía creo en la bondad y en la maldad. Ahora no soy un monje, no voy a ser ordenado jamás entre los hombres bondadosos que seguían a Dios Padre, pero sí soy un hombre que acepta sus errores y se flagela cada noche—su voz sonaba trémula, pero fuerte. Hablaba con convicción, aunque parecía asustado—. Ayudé a acabar con la vida de Maharet y Khayman, secuestré a Mekare y Viktor, pero juro que lo hice porque creí que era la única solución. Rhosh parecía decidido y me convenció. Él está muy arrepentido y yo también. Me arrepiento de mis actos, pues estos han causado un daño terrible. Sin embargo, ya no se pueden reparar. Es algo que no podemos regresar, aunque damos las gracias a todos por aceptar nuestras disculpas. Nuestra conciencia jamás estará tranquila y ese, sin duda alguna, será la peor condena.

Aquellas palabras llegaron a Jesse. David pudo conocerlo de primera mano. Un mensaje apareció en la pantalla de su móvil. No hubo sonido alguno, sólo una pequeña vibración y una luz encendida. El mensaje era sincero y directo. Ella aceptaba esas disculpas, pues sabía que Benedict en el fondo era sólo una víctima como el resto de inmortales implicados en las Quemas.

—¿Por qué aceptaste la inmortalidad?—preguntó Benjamín—. Yo quería estar con Armand y Sybelle para siempre. Amo a ambos. También amo a mi amo, Marius, y aprecio a todos los inmortales que he ido conociendo. Si bien, ¿por qué lo aceptaste tú?—la pregunta era habitual. Muchos lo habían contado en sus historias, pero otros no habían podido aún decir demasiado.

—Conocía Rhosh. Él prácticamente me persuadió a aceptarlo—respondió tras una risa nerviosa—. Amo a Rhosh. Detesto cuando él se molesta conmigo—se encogió de hombros un momento y suspiró—. Es un gran regalo que hay que dar con cuidado.

—Hablando de dar, ¿cómo te sentó que Magnus te robara La Sangre y se convirtiera en inmortal?—preguntó ésta vez David.

—Ah...—alzó sus cejas castañas y se echó a reír—. Me molesté mucho, pero sobre todo porque sabía que Rhosh no estaba de acuerdo. No fui cuidadoso y me comporté como un idiota—puso sus delicadas manos sobre la mesa y acarició el micrófono—. Me gusta la música de Sybelle y Antoine, pues me recuerda mucho al trabajo de Notker...

Ambos músicos tocaban apasionadamente, se concentraban en una melodía que animara al inmortal a contar su historia. También sanaban las heridas de muchos. La música era una terapia, una amiga. Sybelle llevaba un elegante y vaporoso vestido rojo pasión, como si fuese una fresa madura, y Antoine un traje blanco muy elegante.

—¿Qué sentiste al saber que Magnus es un fantasma ahora? Y un fantasma que colabora con la raíz misma de Talamasca—esa pregunta era interesante, pues le hizo meditar unos segundos. David había dado en el clavo.

—Felicidad—respondió con simpleza—. Ha logrado tener la apariencia que merecía y tiene la paz que buscaba. Fue un estúpido al creer que podría tenerlo todo con La Sangre. La Sangre no te da nada salvo oportunidades para ser feliz, pero a veces no podemos ser felices basándonos en vivir para siempre. Es el miedo a la muerte el que le condujo hacer algo así. Un miedo terrible a morir sin ser amado, sin ser comprendido, sin experimentar todo lo que quería hacer y sin lograr ciertos hallazgos. Pero ahora es feliz, yo también lo soy y todos deberíamos serlo porque ha llegado un nuevo periodo menos oscuro, menos frívolo, menos duro...

—¿Por qué crees eso?—interrogó Benjamín.

—Todos sabemos ahora la verdad, qué somos y de dónde venimos, aunque todavía queda resolver el dónde vamos y cómo nos comportaremos en un futuro. Me encanta saber que soy parte de una Tribu y que no soy un muerto viviente, sino un mutante—movió sus piernas un instante y las cruzó para luego estirazarlas por debajo de la mesa. Aquella silla era algo incómoda, pero no diría nada por no parecer desagradable.

—¿Por qué os separáis a veces Rhosh y tú?—aquello hizo que Benedict sufriera otro cambio. Las palabras en tono sutil de David llegaron hasta su corazón.

—Discusiones estúpidas, como las que podéis tener todos—dijo encogiéndose de hombros—. Pero él se muestra muy arrepentido y me acepta de nuevo a su lado, yo acepto estarlo y decido amarlo sin más. Aprendemos de nuestros errores y eso es bueno. Es la belleza de la vida, sea mortal o no—se llevó la mano derecha a la frente y retiró un mechón ondulado, casi rizado por completo, de su rostro para dejarlo tras su oreja.

—¿Como las de Marius y Armand? ¿O las que tiene Louis y Lestat?—esa pregunta por parte de David puso nervioso a Benedict. No quería hablar de ello—. ¿Qué has decidido hacer con tu nueva fama?

—Limpiarla. Deseo que comprendan que fue algo puntual. No soy así. Lo hice por amor y lealtad, pero era porque pensaba que era lo correcto. Ahora sabemos que no lo era—explicó de nuevo—. El amor es mejor que el odio y la violencia.

—¿Qué es lo que más te gusta?—preguntó Benjamín.

—Como a muchos inmortales me gusta el arte, conversar con otros, leer y sobre todo observar a Rhosh jugar sus eternas partidas de ajedrez—dijo Benedict.

—Gracias por estar aquí, por contar tu verdad. ¿Deseas añadir algo más?—dijo Benjamín.

—Sí, que gracias. Que lamento mucho lo ocurrido. También que espero poder volver a Viktor, Jesse y a tantos otros. Quiero hablar con ellos en privado y comprenderlos mejor. Por favor...


La música ascendió, pero de repente se calmó. Benjamín dio sus palabras finales. Explicó que la siguiente entrevista sería con Pandora, la cual estaba deseosa de estar en la radio compartiendo sus vivencias. David sonrió triunfante, pues él la convenció como hacía tantos años atrás. Daniel simplemente terminaba de teclear la entrevista, para dejarla en medios escritos. Los músicos siguieron tocando hasta pasadas varias horas. Benedict se marchó a la biblioteca, allí se sentó junto a Armand y lo contempló en silencio. Después ambos vampiros, Benedict y Armand, conversaron sobre el arte, la ciencia y el mundo mortal.  

viernes, 7 de agosto de 2015

Mi amor por ti

Comprendo un poco a Benedict, pero Rhosh no es que me caiga muy bien...

Lestat de Lioncourt 


Otra vez estoy llorando. De nuevo lo hago frente a ti. Me inclino sobre tu torso y espero que me abrigues con tus brazos. Estoy llorando otra vez por mis miserias, que no son las tuyas y terminan siendo nuestras. Tu manera de amar a veces es incomprensible para mí. Creo que me odias, pero después descubro que sólo estás preocupado por mi bienestar. Esas preocupaciones, ese tiempo de espera entre mis palabras y las tuyas, se convierten en un duelo de miradas que no puedo soportar. A veces me pregunto si te merezco y si debería marcharme, pero luego recuerdo que estamos condenados a estar unidos para siempre.

Recuerdo la primera vez que nos vimos. Había estado ayunando durante varios días. Quería limpiar mi cuerpo y expiar mis pecados. Me arrancaba del alma cada trozo sucio y miserable. Mi cuerpo joven, casi adolescente, sentía tantas tentaciones incontrolables como para nada permisibles en el ámbito sagrado. Mi familia era de buena posición, respetable y católica, y decidieron darme la educación adecuada. Mi hermano mayor heredaría las tierras de nuestro padre y yo el cielo. Al menos, así lo creía. Realmente lo creía hasta que tú apareciste en mi ventana. Fueron tan sólo unos segundos.

Eras un hombre delgado, encapuchado y con los ojos más profundos que jamás había visto. En esos ojos vi a Dios mismo observándome, mirándome con lupa, y provocando que mi cuerpo temblara ante la tentación de hablarte. Mi oración quedó a medias y mi rosario cayó al suelo. Esa fue la primera vez. No hablamos, sólo nos miramos. Nos miramos como lo hacemos ahora y por eso lloro.

Debí impedir que fueras. Debí impedir que caminaras entre el odio y el desastre. Debí impedir que mancharas tus manos de sangre, al igual que yo he manchado las mías. Una sangre inocente y antigua, de una mujer bondadosa que guardaba demasiados misterios. Dejé que cayeras en la influencia de aquel ser caprichoso, aunque desconozco si es maligno o sólo un pobre desgraciado como todos nosotros.


Por eso lloro, Rhosh. Lloro por ti, por mí, por ese terrible momento y por las palabras que no nos sabemos decir.  

martes, 4 de agosto de 2015

Yo soy el inicio

Magnus tiene razón en varias cosas, aunque no sabía toda esta historia...

Lestat de Lioncourt


La vida puede ser un desafío terrible. Recuerdo cuando era muy joven y sentía la necesidad experimentar todo lo que me rodeaba. Nunca fui agraciado. Jamás tuve la posibilidad de atraer a otros más allá de una amistad. Me convertí en un hombre solitario, aunque mi espíritu no se doblegó. Era feliz comprendiendo el mundo, estudiando todo lo que podía.

Pronto me percaté que era capaz de llegar a ser algo más que un simple mortal. Era lo que muchos conocen como brujos, alquimistas o seres entre la vida y la muerte. Me comunicaba con espíritus, creía en la naturaleza como una aliada y me comportaba como un salvaje cuando lograba entrar en lo profundo de los bosques. Allí, bajo los gigantescos árboles, me comunicaba con la parte más natural y sincera que conozco de mi espíritu.

Aún así, envejecí. Mi apariencia se convirtió en algo aún más desagradable. Si bien, los animales no huían de mí, tampoco lo hacían los entes que siempre me acompañaron. Por fortuna conocí a un ser mucho más fuerte, hermoso y longevo de lo que jamás nadie podría haber conocido. Me convertí en su compañero, en un amigo con el cual conversar cada noche y sentí la inmensa fortuna de su experiencia. Era un vampiro.

Deseé ser inmortal. Quería vivir para siempre. Cualquier mortal tiene miedo a la muerte, aunque más bien a cómo va a morir y las cosas que no logrará hacer. Tuve miedo. Un miedo terrible. Me hundí en un remolino de desesperación y cometí un acto terrible. Mi gran amigo, mi buen amigo inmortal, aquel bebedor de sangre que había conocido los albores de Egipto, Roma y Grecia. Ese ser que vino de un tiempo remoto y decidió permanecer anclado en la tierra, aunque no fue su decisión de entrar en el círculo cerrado de bebedores de vida, de sangre... de almas. Robé el corazón de mi buen amigo. Secuestré a su discípulo predilecto, su Benedict. Aquella bondadosa criatura me sirvió para tener la Sangre que tanto deseaba.


Aquel gesto, tan deshonesto, cambiaría el mundo de los vampiros. Yo soy el padre inmortal del príncipe de todos, de Lestat de Lioncourt, que siempre será para mí “Mata lobos”.

martes, 28 de julio de 2015

Asesinos

Todos hemos perdonado a Rhosh y Benedict. Incluso yo los he perdonado por lo que hicieron con Viktor. Maharet murió, igual Khayman y Mekare. Nadie podrá restaurar las vidas que destruyeron. 


Lestat de Lioncourt


Era crucial. Tenía que hacerlo. Creí que era mi deber. Dejé que me cegara el deseo de finiquitar aquello. Quería ser el héroe que jamás fui. Siempre en segundo plano, siempre alejándome, dejando que otros tomaran las últimas decisiones y permitiendo que el tiempo me convirtiera en una leyenda muerta. Hubo un tiempo en el cual fui reconocido y temido, pero permití que me arrebataran la razón y la verdad. Decidí alejarme, olvidarme de todos y aislarme entre mis sueños de paz, longevidad y tranquilidad. Era un sueño ambicioso teniendo en cuenta que siempre hay caos y guerra. La guerra jamás finalizó. Está claro que el germen de la violencia anida en todos nosotros y nos manipula hasta extremos insospechados.

Maté a una inocente y a un imponente guerrero. Me horroriza lo ocurrido. Miro hacia atrás y veo mis manos manchadas de sangre. Es la sangre más inocente que he podido contemplar y percibir. Todavía tiemblo imaginando los brazos de aquel cuerpo decapitado. Sus largos dedos de mujer, tan hermosos como horripilantes, buscaban su cabeza. Y aquella cabeza, con ese rostro tan hermoso de ojos verdes llenos de lágrimas, intentaba encontrarse con su correspondiente cuello.

Entonces, Benedict, acabó con todo. Él destrozó su cráneo. Hizo que el fuego lo consumiera, lo aplastó con fuerza y lo convirtió en añicos. Maharet pasó a ser recuerdos. Miles de recuerdos. Ella, nacida entre el odio y la demencia de una soberana convertida en diosa y villana, había muerto. Su hermana estaba en el jardín, completamente perdida y sin conocimiento de lo ocurrido. Parecía un fantasma que observaba las aves nocturnas, acariciaba las plantas y parecía caminar como un animal. Era un ser sin intelecto, aunque era posible que sufriera.

Debía acabar con ella y Khayman. Tenía que terminar el trabajo. Pero me sentía tan hundido que era incapaz de hacer algo tan terrible. Me senté esperando al guerrero, al que debería acabar conmigo, pero cuando llegó actué con la misma frialdad que mi compañero, amante e hijo. Matamos al noble Khayman, el guerrero de fuerza sobrehumana, que estaba arrasando con el mundo entero. Quizás su alma atormentada quedó liberada del dolor. Murió sin saber que su gran amor, su compañera y la mujer que nunca dejó de proteger, había sido asesinada.


Entonces todo pasó demasiado rápido. Secuestré a Mekare. Nos llevamos su cuerpo como si fuese una momia que se traslada de museo. Me pregunto si sufrió, si fue consciente o si en algún momento podré perdonarme todo lo que hice. Benedict sé que no será capaz y que, claro está, llorará como siempre lo ha hecho. Sólo espero que el dolor se reduzca. No somos villanos, sólo fuimos demasiado estúpidos y creímos que podíamos tapar el sol con un dedo.  

jueves, 16 de julio de 2015

Maldad o bondad

Hay amores peligrosos y luego peligrosos que se aman. Yo no odio a Rhosh, aunque era un auténtico peligro y se notaba que nunca hizo maldad alguna. Fue fácil reducirlo.

Lestat de Lioncourt 

—Me odian. Estoy seguro que me odian—decía mirando hacia el horizonte.

En aquel lugar, tan lejos de casa, el mundo parecía inmenso. Las luces de la ciudad tintineaban en cada uno de los edificios. Podía escuchar el rugir de los motores de los vehículos que transitaban allí abajo, donde el mundo parecía hecho para hormigas y parásitos pequeños. En aquel rascacielos podía contemplar la vida misma, lo que era realmente la vida, con sus virtudes y grandes defectos. Todo era hormigón, cemento, cristales y vidrio reutilizado. Las luces de neón de los restaurantes de comida rápida parpadeaban mientras que los clubs alentaban a una noche de desenfreno, drogas y mentiras.

En su mente sólo había una cosa. Era un murmullo peor que Amel y sus descerebradas ideas. Había estado a punto de destrozar la vida de más de un inocente, como si no importara. Él, que siempre había estado alejado de las disputas y la violencia. Se sentía estúpido al no haber visto que sólo era un títere. Amel siempre quiso ser escuchado por Lestat. Aquel espíritu se sentía vivo y pletórico en el cuerpo del joven vampiro que tanto despreció, pero que a la vez le suscitaba cierta curiosidad. No era tan inteligente ni interesante. Él había sido un idiota. Pero lo peor de todo era haber quedado como un imbécil, un monstruo y un maldito déspota frente a Benedict.

—No digas eso—respondió su amante.

Aquel rostro tan humano, con la apariencia de un jovencito, apareció de entre las sombras de la habitación. Benedict estaba con él, con aquel suéter azul marino de cuello de cisne que realzaba su tez suave, clara y perfecta. Tenía una boca exquisita y una nariz perfecta para su rostro juvenil. Sus ojos, al igual que el de escasos inmortales, reflejaba cierta humanidad y humildad. Muchos lo tacharían de estúpido, pero él siempre seguiría creyendo en el bien y el mal, en Dios y el Diablo, en la dualidad terrible de éste mundo cínico e hipócrita.

—¿Y qué debo decir?—preguntó girándose hacia él.

Seguía llevando aquel gabán caqui y esos pantalones tejanos tan cómodos. Le habían proporcionado unas prendas adecuadas, abrigadas para ese invierno terrible, que había sido terrible para miles. Las Quemas se habían detenido. Amel era feliz. Lestat era el príncipe de todos. Los espíritus parecían tranquilos. Talamasca había resuelto parte de sus misterios. Los vampiros ya no eran demonios. Pero él era un maldito, un proscrito. Se arrepentía.

—Fue culpa de Amel. No fuiste tú—susurró tomándolo del rostro—. Rhosh...

—Cállate, Benedict. Te involucré en un acto atroz. Provoqué que mataras de esa forma terrible. Te he convertido en un asesino cuando tú... tú...

—Me alimento de asesinos, pero ¿no es eso matar igualmente?—murmuró bajando sus manos hasta el torso de su compañero, del hombre y el inmortal que siempre había amado. Durante algún tiempo habían estado perdidos, pero siempre se encontraban y siempre se reprochaban las décadas sin sentido.

—Yo te amo y te he puesto en peligro—respondió abarcándolo entre sus largos y fuertes brazos. Lo estrechó con firmeza, besó su frente y sus mejillas, y luego lo miró a los ojos. Esos ojos tan amables, tan vivos... tan de Benedict.

—No me importaría correr miles de peligros si es a tu lado. Yo no sabría vivir sin ti—respondió aferrándose a la solapa de aquel gabán—. No hay nada que ame más que el sonido de tu voz, que el aroma que desprende tu cuerpo y que esos besos indecentes que me ofreces cargados de tu deliciosa sangre. No hay nada que me importe más que tus consejos y tus palabras suaves, las cuales son las mejores caricias para mi atormentada alma. Dejé atrás a Dios para seguirte a ti. Olvidé mi promesa y mi amor, pues no había nada que pudiese compararse con tus ojos claros clavados en los míos—decía aquello abriendo el abrigo, para luego palpar el jersey de rombos y cuello de pico que había bajo éste. Un jersey grueso, aunque para nada áspero. Sus largos dedos bajaron hasta el borde de éste y se deshicieron del cinturón de cuero que llevaba entorno al pantalón. La prenda, como por arte de magia, cayó al suelo rozando las impecables botas que llevaba Rhoshmandes.

Rhosh atrapó la boca de su criatura e introdujo un pequeño hilo de sangre, el cual fue tomado de buena gana mientras sus mejillas ardían. Con cuidado se deshizo de las prendas que aún quedaban en su cuerpo, para luego hacerlo con las de su pupilo. Ambos quedaron desnudos frente a la gigantesca ventana que mostraba la enorme ciudad de Nueva York.

Aquellas dos figuras en mitad de la oscuridad, ligeramente iluminadas por el brillo furtivo de los demás edificios, se mezclaban y se fundían en caricias y besos tan intensos como necesarios. Eran dos asesinos despiadados, los causantes de una gran tragedia, pero también víctimas inocentes de un momento terrible en la historia de la «Tribu».

—Quédate por siempre a mi lado—murmuró entre lágrimas. Volvía a llorar como el hermoso muchacho de corazón humano que siempre fue. Tembló como una hoja mientras rodeaba a su creador por el cuello, apoyando sus brazos sobre sus hombros fuertes y de músculos marcados.

Aquel comerciante que fue secuestrado por Akasha, el hombre que fue elegido para ser parte de la corte, y que decidió huir porque odiaba el plan de la que se creía una diosa entre los hombres, ese que fue elegido por muchos como un sabio y que amaba a su modo a Magnus por su inteligencia... Rhoshmandes... volvía a estar prendado de esas trágicas lágrimas, de esos riachuelos sanguinolentos, que siempre había detestado y que a su vez necesitaba ver en Benedict.


—No te librarás de mí—susurró.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt