Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

martes, 11 de julio de 2017

Secretos

La amistad es así, ¿no? Tú me cuentas y yo te cuento.

Lestat de Lioncourt 

—Sinceramente, no sé como lo logras.

—Es fácil cuando eres un Mayfair.

Habíamos tenido esa conversación en varias ocasiones. La última fue aquella noche. Fue poco antes que todo empezase a ser más truculento alrededor de nuestras vidas. Dejamos de hablar de ello, por supuesto. También nos olvidamos de las apuestas demasiado cuantiosas. Ya teníamos cierta edad y no nos conformábamos con una vida cómoda, pero tampoco deseábamos arriesgar la escasa tranquilidad y felicidad que ambos teníamos. Creo que fue poco antes de marcharse a Italia, concretamente a Nápoles, cuando se desencadenó una profunda charla que aún hoy recuerdo.

Parecía entusiasta con su última conquista. Era una joven de la calle que ejercía el oficio más antiguo del mundo. Había venido de Gran Bretaña, era irlandesa, y poseía una belleza increíble. No hablé jamás con ella, pero la sonrisa maliciosa que tenía en sus labios cuando se acercaba a él tras las partidas de poker jamás me agradó. Era como si supiera que sería traicionado.

Por mi parte me hallaba envuelto en diversos amoríos. Todos sabían que era un hombre que no tenía miedo a conquistar una cama tras otra. Me revolcaba con cualquiera según las suposiciones de los que creían conocerme. Pero era falso. No lo hacía yo. Era el Impulsor, ese que llamaban “El Hombre”, quien manejaba mi cuerpo y lograba hacer tales pericias. En realidad era un amante adorador de los libros, las tazas de chocolate caliente y los bailes tranquilos. También me perdía el juego pero sólo por la adrenalina del momento. Él era quien bebía, fumaba el triple que yo en mi hermosa pipa y se dejaba la piel en las relaciones amatorias. Al menos lograba ocultar mi verdadera sexualidad en un tiempo donde todo se veía prohibido.

Apenas se estaba eliminando la esclavitud. Por mi parte jamás fui un esclavista nato. Siempre había ofrecido algunos billetes a mis empleados. Para mí era ingrato no darles algo del beneficio que adquiría día tras día gracias a sus manos y el sudor de su frente. Así que no se podía exigir demasiado a una sociedad que veía la mano de obra infantil como algo normal y la mujer como alguien sometida al marido. Tenía que aparentar y ese maldito fantasma lo hacía por mí.

—Los Mayfair sois extraños. Jamás he visto a un hombre como tú en vuestra familia. Son las mujeres quienes llevan el peso del apellido. Tu hermana, por ejemplo, no parece muy por la labor y tú asumes el riesgo. Es muy extraño—opinó recostado hacia atrás en la silla.

Manfred jamás fue atractivo. Ni siquiera en aquella época. Era un hombre de entorno a los cuarenta años, con alguna entrada, ojos pequeños que parecían canicas y una boca generosa. No, definitivamente no era el canon de belleza griego. No obstante conseguía amantes desde antes que enviudara, pero él siempre las rechazó. Por aquel entonces se dejaba querer. Estaba solo, arrepentido y buscaba una mujer que pudiese cuidar de sus hijos. Un error garrafal si me lo preguntan.

—Te contaré algo ahora que estamos a solas—dije notando que nadie nos escuchaba. Estábamos en una pequeña habitación, con un par de copas de más, las cartas regadas sobre la pequeña mesa y el sonido de los cánticos de los borrachos a nuestras espaldas tras una puerta mal encajada. Me sentía en ese momento libre y cómodo para decirlo—. Hay un espíritu o fantasma que nos acompaña. Él dicta las normas. Quien lo ve queda a su cargo y le ayuda a enriquecer a la familia. Mi hermana es una pobre desdichada que jamás lo ha visto y yo sí. Lo veo desde siempre. Con tres años asumí mi papel y hace tiempo que tengo las manos manchadas de sangre. No soy un hombre honesto y además hago trampas. Él me ayuda, Manfred. Eso es todo.

—Te diría que estás loco, pero he visto fantasmas rondando por las viejas vigas de las distintas alcobas que he visitado con mis jovencitas—respondió—. Y también he visto un monstruo distinto. Uno hermoso y que camina por la tierra aunque juraría que está muerto.

—¿Un monstruo?—pregunté con intriga.

—Un vampiro.

Ambos nos miramos durante algunos segundos y sentí que mi corazón se aceleraba tanto como el suyo. Sonaban como tambores de guerra.

—Ella me dio la fortuna que poseo a cambio de hacerle un Santuario para descansar de su compañero. De vez en vez necesita alejarse de la criatura que lo hizo. Y digo lo hizo porque a veces es hombre y otras veces es mujer. Me resulta confuso darle un género o un sexo—dijo asumiendo que podía tacharlo de loco como hacían todos, pero no fue así.

—Ni una palabra del Hombre a nadie—dije.


—Lo mismo te digo de Petronia.  

martes, 10 de enero de 2017

Secreto

Manfred desvela cosas...

Lestat de Lioncourt 


Durante demasiado tiempo guardé un secreto que muchos desconocían y que jamás creerían. Era el secreto de un condenado a muerte mucho antes que esta siquiera recordara que tenían una cita. Sus inicios comenzaron mucho antes de ser “El loco”, el juerguista, el viudo o el padre y amantísimo esposo. Fue cuando tan sólo tenía veinte años y ocurrió improvisadamente.

Mi verdadero nombre pocos lo conocen y pretendo que quede en el anonimato. Si me llamo Manfred es porque mi vida es como la de aquel sugestivo poema de Lord Byron, el cual inició su andanza con la quejumbrosa frase de Shakespeare "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía". ¡Cuánta verdad! El personaje del dichoso poema, de versos tan demoledores, es un ostentoso noble que vivía en los Alpes de Berna. Un hombre como cualquier otro, pero que vive torturado por una misteriosa culpa, que tiene que ver con la defunción de su amada Astarte. Algo similar a lo ocurrido con mi hermosa Virginia Lee, una mujer que lo simbolizó todo. El personaje hace uso del dominio de un lenguaje florido y lanza hechizos para invocar siete espíritus, con los cuales busca supuestamente el olvido. Cada espíritu gobierna los diversos componentes del mundo corporal, aunque son incapaces de controlar lo que ocurrió en tiempos pasados y por ello no pueden hacer nada por el desafortunado noble. En lo único que difiero es que él decide suicidarse, pero yo decidí vivir eternamente para purgar mis culpas y para no olvidarla. No puedo olvidar ese rostro dulce pese a la fortaleza que poseía su espíritu, la verdad de sus filosas palabras y lo orgullosa que era su mirada. Ella era algo más que un rostro hermoso en un cuerpo diminuto junto al mío.

Sinceramente, ¿alguien cree que los Blackwood no tenemos nada que ver con los Mayfair? Podía ver fantasmas. Conocía bien quién era ese “Hombre” del que todo el mundo hablaba. El mismo que susurraba en los oídos de mi amigo las cartas que llevaban sus oponentes. Me divertía viendo como ese pobre idiota bailaba moviendo los brazos como si fueran ramas y brincaba al ritmo de la música que hacían los negros en las tabernas. Era mi amigo, pero también éramos familia. Él no lo sabía, nadie lo ha sabido hasta ahora. Mi apellido fue borrado del mapa al ser un bastardo, igual que el bisabuelo de Michael Curry. Lo único que tenía era miseria en mis bolsillos.

Pero dejen que cuente mi historia. Dejen que desvele porqué cambié mi nombre, puse un rimbombante apellido y me afinqué en Nueva Orleans siendo italiano. Quizá no puedan creerme, pero a veces uno huye demasiado tiempo y olvida sus raíces. Yo olvidé mi acento. Dejé Italia porque un vampiro me pidió que fuese su ayuda, su mano derecha, y construyera un lugar para su descanso vacacional. Según decía quería estar aislado de todo y todos durante algunos meses, pero no siempre. Las pantanosas tierras de Nueva Orleans, en el “nuevo continente”, parecían las propicias. Rodeado de caimanes nadie lo buscaría, tampoco iría a indagar a un lugar inhóspito y poco agradable debido a los insectos. Construí lo que quería y a cambio tuve dinero suficiente para construir mi mansión, tener mi granja y sacar adelante un matrimonio feliz.

Me codeé años con Julien Mayfair. Sé que él sabía mis orígenes pero no hablábamos de ello. Ni siquiera hablábamos de su querido y bobalicón fantasma. Sólo nos sentábamos vestidos elegantemente en los cafés conversando sobre la bolsa o nos íbamos a tomar whisky escocés en las tabernas del muelle. Yo acepté su sexualidad sin importarme nada. A mí sus gustos en la cama me traían sin cuidado, pues lo que me agradaba era su risa fresca y la forma inteligente en la cual manejaba a todo el mundo. Esa elegancia de chico rico, bien educado, y sabedor de gran belleza no la tenía yo. Era mucho más tosco, con espaldas grandes algo peludas, y ojos de huevo comparado con esos cabellos rizados que ensalzaban un rostro atractivo, cuyos ojos eran zafiros azules.

Tarquin hace tiempo que encontró el lugar de descanso de Petronia, como se llama ese maldito canalla que tengo por padre inmortal y amigo, y supo parte de esta historia gracias al fantasma de Julien. Ojalá se me apareciera. Extraño la forma amable en la que me trataba, casi como si hablara con un niño. Por supuesto que no soy más inteligente que él, eso lo sé, pero demonios no me importaba que lo dejase en claro. Disfrutaba de un trato bondadoso, sin maldad alguna, y de vivencias que aún conservo como si fueran oro puro.


Que no me juzgue nadie, por favor. Yo sólo quería ser feliz en tiempos difíciles. 

lunes, 20 de junio de 2016

Humanamente soy así.

Admito que amaría conocer a Petronia. Estoy seguro que no me llevaría mal con ese "monstruo". Para mí me parece valiente porque ha seguido defendiendo la verdad, su verdad, más allá de lo que otros puedan creer. 

Lestat de Lincourt 



—Ya carezco de la ingenuidad que poseía cuando era joven. He dejado atrás la inocencia para adentrarme en el dolor y la amargura aceptando la realidad que me ha tocado vivir. De nada vale soñar cuando es imposible cambiar la verdad que cargas como un estigma pesado. Sólo codicio deseos, o pequeños cambios en mi preciado mundo, cuando son posibles o creo que puedo alcanzar la meta. Quizá muchos dirán que soy un ser descontento, pero sólo soy realista—dije en voz alta dictándole a Manfred. Quería dejar constancia de mis sentimientos de una buena vez.

—Petronia, ¿crees que es bueno empezar así tus memorias?—preguntó dejando sobre el folio el bolígrafo entretanto se reclinaba en la silla y me observaba de soslayo.

—Agarra de nuevo el bolígrafo o te lo comes—contesté.

Rápidamente volvió a la postura inicial de escritura mientras pensaba la forma en la cual proseguir. Tenía que contar lo que sentía sin hundirme en la angustia. Así que simplemente me senté a su derecha, usando un pequeño taburete que me ayudaba como mesa auxiliar cuando trabajaba, y apoyé la cabeza en su hombro.

—No soy lo que todos ven. Ni siquiera soy lo que yo quiero ver. Simplemente este monstruo respira esperando que un día alguien, además de su creador, se de cuenta que ama. Sí, poseo bondadosos sentimientos, pero pocos quieren aceptarlos. De hecho, creo que nadie acepta que yo los tenga—él paró dejando de nuevo el bolígrafo sobre el papel, se giró hacia mí y me abrazó besando mi frente. Fue un gesto íntimo y tierno que pocas veces aceptaba.

Cerré los ojos imaginando mi vida de haber sido un hombre normal. Pensé en mi trabajo labrando el campo, pescando o simplemente marchando a la guerra. Nadie me hubiese golpeado, abusado de mí o lanzado contra otro gladiador. Sonreí dibujando en mi mente hijos que no tuve, un mujer a la que amar y un amante masculino al que visitar porque mi sexualidad sí que está definida. También, claro está, me he imaginado como mujer. He aceptado la condición de ese género mil veces en mis fantasías y también poseía familia, una vida digna y momentos agradables. Quizá jamás habría acabado siendo un vampiro, pero al menos habría sido absolutamente feliz. 

Sabía lo que era. Me habían negado desde nacimiento tener un género. Era una hidra con dos géneros que acabó entre gruesos barrotes llorando. Si ya es terrible sentirte despreciado aún lo es más tener que asumir ese dolor siendo esclavo.

Admito que durante siglos en mi despertar deseé ser mujer, pero luego me di cuenta que sólo quería serlo para parecer frágil frente a Arion y conseguir así su amor. Es algo que tengo que aceptar. Mi lado masculino es el más cómodo, con el que más me identifico, pero tengo que combatir la verdad y asumir que no soy ni lo uno ni lo otro. Ahora a todo lo que vivo lo llaman intersexualidad, pero la verdad es que ya estoy cansado de luchar para comprender qué demonios soy. En estos momentos sólo quiero sentir algo de amor y paz. 

Me eché a llorar en silencio y él me rodeó con firmeza. Podía notar la tela de su chaqueta acariciar mis mejillas, su suave colonia golpeaba mi nariz, mientras escuchaba su voz tararear bajo viejas canciones que a veces ponía en el gramófono de la sala. Sé bien que me quiere aunque no me comprenda del todo. El único que logra comprenderme con todas las malditas consecuencias es Arion y justamente no estaba. Hacía algunos días que se había marchado mi maestro porque quería que mis camafeos se vendieran por todo el mundo. Yo sólo quería fabricarlos para él, pero tenía razón que podía ser un buen negocio otra vez justo ahora que volvían a estar de moda para los modistos en las pasarelas más sofisticadas.

—¿Quieres seguir tus memorias?—preguntó.

—Más tarde... ahora sólo abrázame—dije—. Pero como me eches esto en cara dentro de unos días, o incluso dentro de unos años, soy capaz de partirte en dos como una ramita seca—advertí incorporándome para advertirlo mirándole a los ojos, después volví a recostarme sintiendo la calidez de su abrazo.



viernes, 6 de mayo de 2016

La vida no es una luna de miel.

Petronia y Arion "regresan" de dónde quiera que estuvieran...

Lestat de Lioncourt 


El cielo de Nápoles estaba cubierto de nubarrones densos. La lluvia se precipitaría pronto recorriendo toda la ciudad. Las hermosas vidrieras de la planta superior no tenían la mágica belleza de otras noches y parecían deslucidas debido a la tragedia que se había generado tras ellas. Durante años la vivienda había estado vacía, oscura, carente de recuerdos e incluso carente de belleza. Porque la belleza de un lugar como aquel era la vida que tenía cuando llegaba la noche y las luces se encendían junto a la música y las herramientas eléctrica, de fina precisión y fácil uso, que se usaban para elaborar las joyas más prestigiosas de toda Italia.

Los muebles aún estaban cubiertos de polvo y algunos destruidos por la furia ejercida contra la pared, el suelo o el propio techo. La lámpara de lágrimas de cristal de bohemia se había desplomado en la planta superior, justo en el dentro del hall, mientras que la escalera de caracol parecía invitar a husmear por las silenciosas estancias que permanecían a la espera de sus dueños.

¿Cuándo se convirtió aquel lugar en el paraíso del silencio? ¿Por qué todo se había hundido de ese modo? Un lugar de columnas de mármol, frescos maravillosos, elegantes muebles y bellas cortinas que ahora estaban sucias y algo descoloridas.

La fecha de inicio de la tragedia no era exacta, pero posiblemente había comenzado por el 2011. Un murmullo se hizo presente en la biblioteca, la misma que tenía todos los libros diseminados por el glorioso suelo de mármol, mientras uno de sus habitantes meditaba solo frente al ajedrez. Era como si las fichas le hubiesen hablado. Tal vez el rey del tablero se cansó de proteger a la reina o quizá fue el jinete del caballo que descendió de su montura, clamó a los cuatro vientos que estaba cansado y echó a correr por el aire denso de la estancia. Sea como fuese él lo escuchó primero. Fue un murmullo suave, casi agradable, que acarició sus hombros y nuca hasta hacerlo sentir amado y embriagado.

Tardó en repetirse ese chispazo un par de meses y ocurrió en otro de los habitantes. Las herramientas sonaban como un murmullo bajo en mitad de la noche. Un murmullo que quedó silenciado por su nombre rebotando en su cerebro. Sus ojos oscuros miraron a la nada y luego su corazón se convirtió en un tambor descontrolado, si bien todo quedó en nada y continuó como si no hubiese ocurrido.

Fue a principios del 2012, en pleno invierno, cuando una fuerte ráfaga de viento se coló en sus almas provocando gritos alarmantes del tercer compañero. Los dos colosos que siempre habían estado en paz entre aquellas paredes, al menos en calma los unos con los otros, se convirtieron en guerreros enrabietados. Él, el más joven, se marchó correteando por las calles buscando un refugio y finalmente alzó el vuelo para no volver jamás. Ahora espera una llamada que no llega, una pequeña señal a destiempo, para regresar al lugar que fue su hogar.

Pero esa mansión olvidada ahora vuelve a cobrar vida. Como si se hubiesen puesto de acuerdo, uno como el otro, han regresado tras esa terrible noche donde se lanzaron terribles acusaciones y rompieron su alma una vez más quedando las dos mitades casi destruidas. El mito del andrógino era cierto. Ellos eran almas gemelas que no podían vivir en paz si no estaban juntos.

—Todo está hecho un desastre—susurró quitándose el gabán para luego remangar los puños de su camisa de algodón blanco. Su piel seguía siendo oscura, hermosa y seductora, y destacaba esa noche, como muchas otras, por las prendas elegidas.

—Me pregunto si el resto estará vivo. Y no, no hablo de nuestros sirvientes. Ellos...—cerró los ojos y apretó los puños, para luego girarse y mirarlo a los ojos—. Me pregunto si Manfred y Tarquin están vivos o han sido pasto de las llamas, de la locura que todos sentimos, de la rabia y la desesperación de ese ser... Arion, han pasado casi cuatro años.

—No, han sido algo más de cuatro años—respondió acercándose a esa figura esbelta de trenzado cabello negro. Bajo esas prendas masculinas se escondía un ser distinto y hermoso. Jugaba siempre a desconcertar a todos e incluso él se sentía perdido, desconcertado y abatido cuando le miraba con la perversidad unida de un hombre y una mujer.

—Sea el tiempo que sea, Arion—murmuró dando un par de pasos por la estancia—. No sé si pueda vivir de nuevo aquí.

—Podemos reconstruir todo y hacer del tormento un nuevo paraíso—dijo acercándose a Petronia.

Giró suavemente su cuerpo para que ambos quedaran enfrentados. Por primera vez en algunos años podían contemplar el daño sufrido, los recuerdos revueltos y mutilados como los muebles y obras de arte que les rodeaba, intentando encontrar una tabla que los mantuviese a flote en el hundimiento de sus vidas como si fuese un gigantesco buque en mitad de un inhóspito mar.

—Francamente, yo sólo quiero recostarme en mi vieja cama y sentir que todo el dolor que se ha derramado, el cual no hemos podido controlar, ha desaparecido—susurró en un tono quedo mientras intentaba sosegar su alma—. Me siento aún un monstruo, ¿aunque alguna vez dejé de serlo?—preguntó aferrándose a las solapas de su camisa.

—Nunca fuiste un monstruo. Los monstruos son aquellos que torturaron tu alma y enjaularon tus sentimientos más hermosos porque temían no lograr alcanzar tu belleza. Intenta ser firme, Petronia. Intenta ser quien has sido desde hace siglos y vuelve a las andadas—rodeó su escueta cintura y estrechó aquel cuerpo tan familiar, de fresco perfume y suave piel, contra el suyo mucho más corpulento.

En ese momento Petronia olvidó quién era y qué hacía allí. Dejó que su mente se desconectara para poder sentir con su piel cada roce. Cerró los ojos profundizando en el aroma varonil de su colonia y en el tacto de sus labios contra sus mejillas húmedas. Había comenzado a llorar en silencio y estaba manchando la camisa de Arion, igual que la suya propia que también era de un color claro. Ambos parecían dos hombres que habían logrado huir de una tragedia terrible, tan terrible como las que acontecían aún hoy en otros lugares del mundo. Las guerras seguían existiendo aunque su sociedad volvía a ser una balsa de aceite. Finalmente se entregó por completo a esa dulce sensación y entonces percibió como la mano derecha de su creador desabotonando su camisa, y palpando las vendas que aprisionaban sus pechos hasta el borde de estas. Giró su cabeza hacia la izquierda y permitió que la boca de su amado maestro rozara su piel, hundiera sus dientes en el trapecio y sorbiera parte de su sangre. Sus dedos arrugaron más el cuello de la camisa de Arion y tiró de él sin delicadeza. Abrió sus labios sin pronunciar palabra y soltó un placentero quejido. Los dedos de su amante prosiguieron hasta el vientre, se pasearon por el ombligo y rozaron el vello suave y corto que allí se arremolinaba. Luego, sin permiso alguno otra vez, desabrochó su pantalón e introdujo su mano en la ropa interior comenzando a acariciar su sexo.

—Te toca beber a ti—dijo en un susurro cerca del lóbulo de su oreja izquierda. Petronia sintió como su vello se erizaba como el lomo de un gato asustado y de inmediato se arrodilló frente a él.

Observó aquella figura apolínea aferrándose al cinto de su pantalón oscuro para de inmediato bajarlo. Arrancó con fiereza el cinturón tirándolo a un lado, arrancó el botón y bajó el cierre para sacar su miembro ligeramente erecto. Clavó sus ojos en él una vez más y lamió el glande, para luego sacar sus colmillos y perforar el sexo. Rápidamente aquel pene le ofreció una vigorosa y poderosa sangre que calmó definitivamente todos sus demonios. Sus sensuales labios rodearon el glande, apretando sutilmente, para luego bajar los párpados y disfrutar de las sensaciones que transmitía cada glóbulo rojo. Él gemía bajo aferrado a ambos lados de su cabeza, manteniendo así el rostro de su amante bien pegado a su entrepierna, mientras Petronia temblequeaba.

Pasó algo más de un minuto cuando apartó a Petronia y se lanzó contra su esbelta figura. Sus bocas se cruzaron una vez más cubiertas de sangre. Sus lenguas se hirieron y se ofrecieron un beso sanguinolento tan salvaje como placentero.


Por el resto de la noche permanecieron con la ropa mal colocada y los sentimientos revueltos. Volverían a Nápoles, reconstruirían las ruinas de su vida e intentarían sobrevivir pese a todo. Eran milenarios y podían soportar una nueva tragedia más en su historia.   

martes, 5 de abril de 2016

Tres no son multitud

Podemos saber, gracias a Manfred, como es Petronia en la intimidad. También podemos averiguar un poco de Arion.

Lestat de Lioncourt 




—Hacía tiempo que no venía por aquí—dijo mientras se agachaba a introducir la llave en la pequeña ranura de la cerradura, giraba suavemente su muñeca y provocaba que la persiana de metal se izara como una bandera de guerra. Hizo un ruido terrible para los finos oídos de un vampiro, pero para un humano era ligeramente soportable. Después buscó en aquel enorme llavero otra llave dorada, larga y muy dentellada, que abrió la puerta pesada de madera con hermosas vidrieras de colores y luego, con mucha rapidez, desactivó la alarma—. Ha sido toda una sorpresa—añadió encendiendo las luces—. ¿Comprará varias prendas o sólo alguna en especial? ¿Ya vio las hermosas americanas de primavera de nuestro catálogo online? Nos estamos modernizando.

—Trátame de tú—su voz sonó áspera y firme aún en el rellano de aquella puerta.

Al entrar observó las nuevas prendas colocadas cada una en un maniquí sin rostro, pero que rellenaban a la perfección tallas similares a las suyas. La moda cada vez admitía más a los hombres poco corpulentos, muy delgados, y también otros no tan altos o ligeramente obesos. Pero todavía se veían hermosos trajes que sólo un hombre de hombros amplios, como era el caso de Arion, podían llevar y sentirlos como un guante.

—Lo siento, la costumbre—comentó acercándose a la vitrina de los lujosos gemelos—. ¿Deseas ver algunos de nuestros bonitos gemelos?—dijo señalando la estantería.

—Sabes que fabrico mis propios gemelos y son contadas las ocasiones en las cuales compro alguno—dijo paseando sus ojos oscuros por toda la tienda.

—Petri, ¿de verdad crees que necesitas nuevos trajes? Algunos todavía no te los pusiste...—murmuré tras su pequeña espalda.

—Manfred, te he traído como acompañante porque las compras siempre son aburridas, tediosas e insípidas. Si vas a estar quejándote, como estás a punto de hacer, mejor lárgate a corretear jovencitas por las plazas más pobladas de la ciudad. Ve, corre. Seguro que aún hay algún café abierto y muchachitas a las que reírles las gracias cual viejo verde—aquellas palabras fueron certeras y dolorosas, pero no me acobardé.

—No, mejor me quedo—dije.

El comerciante jamás supo la edad real de Petronia. Llevaba vendiéndole trajes desde hacía veinte años y empezaba a sospechar que no era un ser común. Sin embargo lo que sí creía, casi a pies juntillas, es que era un hombre y trataba con un igual. En su mente pensaba que yo era su rico amante que solía acompañarle para pagar todos sus lujos, aunque siempre me echaba en cara mis líos de faldas. En realidad ella siempre me ha atado en corto esperando que no cayera más en brazos de estafadoras como Rebeca. Aunque decir que Petronia es un “ella” es muy aventurado.

—Mira, Manfred, ¿qué te parece?—dijo tras un buen rato observando camisas por su cuenta—. Este gris es muy elegante y he leído en las revistas que se lleva bastante.

—Eres muy pálido—murmuré—. Te sentaría mejor un tono chocolate.

—Son tonos de invierno los oscuros, los más claros son para primavera y verano—aseguró el comerciante—. Tengo una hermosa camisa blanca con rayas finas de color azul azafata con un chaleco de lana del mismo tono a juego con sus pantalones y una americana exclusiva de esta tienda. Los chalecos han vuelto a llevarse y estarán en tendencia algunos años. Es un complemento que estiliza, es elegante y en ti queda muy bien. Recuerdo que te has llevado unos cuantos hace unos años—decía deleitándose con su cuerpo e imaginándose a Petronia sin nada de ropa.

—Siempre acabo llevando colores oscuros—murmuró—. Asumiré el riesgo de llevarme algo oscuro otra vez, pero también quiero algo más... ¿llamativo?—vigilaba todas las prendas sin dejarse convencer con un simple vistazo.

—Los estampados se siguen llevando, igual que el color blanco porque da un tono de atención a chaquetas más oscuras, también tenemos camisas celestes, de mil rayas y desiguales. Sí, desiguales—dijo acercándose a uno de los maniquíes—. Tiene un tono verde más oscuro y otro más suave. El lado derecho es el oscuro y el claro es el izquierdo. Los botones son de nácar muy bonitos, pequeño y poco llamativos.

En ese momento entró en la tienda Arion. Él no solía asomarse por las tiendas cuando nos encontrábamos llenando su armario. Siempre había decidido ser fiel a un estilo y adquiría sus prendas dándoles indicaciones a varios de sus empleados. El empresario se movió rápido para impedirle que entrara.

—Lo siento, sólo se ha abierto para un cliente especial—comentó.

Arion no era estúpido. Si esa tienda se habría para Petronia era porque aquel hombre llevaba deseando saltar sobre él desde hacía décadas, por eso se movió rápido y se colocó al lado de su creación besando dulcemente su cuello.

—Lamento no haber venido en otras ocasiones, ¿puedo elegir contigo?—preguntó estrechándolo por las caderas.

—Celoso...—murmuró bajo mirando las baldosas de la tienda—. No te preocupes, Héctor, es mi marido.

—Suena bien eso de marido—dijo Arion de forma imperceptible para el oído humano.


Creo que fue la última vez que fuimos a “Cortes y confecciones Héctor Lariza”. Aquel pobre iluso no volvió a abrir tan tarde su tienda para Petronia. Sin embargo dudo que Arion se lamente por ello. No obstante creo que Petronia jamás perdonará haber perdido tan buena boutique. Esto es algo que he confirmado esta noche nada más incorporarme. Llevaban dos horas discutiendo. Ella ha roto el tablero de ajedrez y él ha destrozado uno de sus vestidos de noche, después como si nada se han arrancado la ropa y han comenzado a besarse rodeados de todo el desastre que ellos mismos han realizado. A veces me pregunto si Petronia realmente es la única fiera o si en esta casa conviven un par de leones intentando marcar su territorio.

sábado, 5 de marzo de 2016

Sincera amistad

La amistad de verdad se labra con el tiempo.

Lestat de Lioncourt

El trato había finalizado con éxito. Mis camafeos se exportarían en una línea más juvenil y asequible por gran parte de Asia. Sentía que al fin se respetaba mi trabajo. Tendría que esforzarme por hacer llegar a mis orfebres los nuevos bocetos, la documentación sobre los productos que deberían conseguir para elaborarlos, junto a los listados de empresas distribuidoras donde serían transportados una vez empaquetados y etiquetados correctamente.

Nada más llegar me deshice de mi ropa y llené la bañera. Necesitaba olvidarme de todo lo que había ocurrido en aquella inmensa sala de reuniones. También deseaba alejar el frío que había calado en mis huesos con la terrible humedad de un invierno lluvioso y desapacible.

—Has logrado un acuerdo magnífico—dijo entrando en el baño.

—Manfred, estoy bañándome—susurré aún con los ojos cerrados.

El vapor del agua caliente se elevaba hacia el techo, la Ópera de Carmen bramaba en su esplendor agitando los azulejos del baño y el agua estancada en la bañera. Mis manos acariciaban el borde mientras mis piernas se movían sutilmente.

—Sólo deseaba agradecerte el haberme escuchado—comentó arrodillándose cerca del borde—. Al fin exportarás tu arte. Tienes un don y no debes ocultarlo—sus manos arrugadas, de nudillos peludos y llenas manchas por la edad asomaron aferrándose a la bañera—. Gracias.

—Tenías razón—dije abriendo los ojos dejando que lo primero que viese fuese su rostro bondadoso.

Manfred jamás había sido atractivo, pero poseía un encanto que ninguna mujer y hombre podía obviar. Se puede decir que su carisma y la locura de sus maravillosos ojos claros hablaban por sí mismo. Además, era comprensivo. Siempre había intentado comprender mi carácter explosivo debido a mis inseguridades y viejas heridas. Me mostraba como alguien firme y sereno frente a mis empleados, pero en el hogar la imagen frágil regresaba mientras Arion me sostenía y él observaba en silencio.

—Arion está feliz—soltó una carcajada y luego se sentó en el suelo, apoyando su espalda contra el borde de la bañera, mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Apenas quedaban cabellos en su cabeza. Lo había convertido cuando ya estaba al borde de la muerte. Hice una promesa que creí que no cumpliría. Él quería riquezas, una vida cómoda y tranquila en algún lugar donde nadie le reconociese, junto a alguien que realmente le amara y soportara su humor absurdo y sus ensoñaciones. Aquel ladrón siempre tuvo buen corazón y yo decidí apostar fuerte a aquella mano. Hicimos un acuerdo para conseguir tierras para ambos. Él las administraría, tendría sus beneficios, y yo podría construirme un santuario para alejarme algunos meses al año de Nápoles y de Arion.

Jamás he querido aceptar que él me sostiene. Mi querido maestro es el pilar básico para mi cordura. Me molesta saber que soy tan frágil y por eso quería alejarme para meditar, leer y sentir el sabor de una soledad buscada. Manfred aceptó y yo firmé toda la documentación pertinente. El acuerdo constaba de un plus añadido. Si él en algún momento deseaba la vida eterna se la concedería. Sin embargo yo creí que Virginia viviría para siempre y él moriría de viejo a su lado. No fue así. Ella tenía un carácter fuerte y bondadoso, pero la vida y su salud decidieron ser frágiles y crueles.


Mi viejo amigo decidió vivir eternamente para conservar los hermosos recuerdos junto a la madre de sus hijos, así como para purgar todos sus pecados en este mundo. Y yo, claro está, acepté como acepté en su momento el estrechar su mano joven y desafiante. No me arrepiento de ello. 

jueves, 11 de junio de 2015

La coraza

Petronia no la conocí personalmente, pero me parece un ser muy interesante. Espero poder conocerla y poder conversar con ella... algún día...

Lestat de Lioncourt


Si tuviese que hacer memoria de todas las cicatrices que tengo, de esas que todavía están abierta, descubriría que no queda recoveco en mi alma para tanto dolor. Pero el dolor me ha hecho fuerte. He logrado surgir de la nada reconstruyendo cada trozo de mi muralla, pero creo que a veces la he hecho demasiado alta y he impedido que otros me acompañaran. Otros como él.

Puedo sentir su presencia sosegada, con una mirada comprensiva y una sonrisa tibia que puede llegar a provocar miles de reacciones en mí. Sólo quiero llorar en sus brazos, pero no soy capaz de derrumbarme sin sentirme miserable. Él parece haber superado la miseria de una vida dura y deleznable, pero para mí sigue siendo un mar donde naufragar. Puedo notar todavía los grilletes en mis pies, el recinto del circo jaleando sin piedad que destroce el cráneo de un rival y el sol incidiendo sobre mi espada. Viene a mí el sabor de mi propia sangre, un sabor deleznable, mientras el sudor corría por mi frente. También me aterra el sonido de los jadeos de aquellos que me usaban como si fuese un mero objeto. Sin embargo, él parece haber olvidado los grites y el dolor, la soledad, los latigazos y la escasa piedad que otros parecían tener con los esclavos. Tuvo mejor vida que yo, pues sus amos no fueron crueles ni salvajes, pero comparte conmigo el destino y vio como aquel gigante, de cenizas y lava, se cobraba miles de almas. Tal vez él es el fuerte y yo la débil, pero aquí sigo luchando contra los fantasmas y las sombras del pasado.

En estos momentos me encuentro sentada en mitad de la biblioteca, con los balcones abiertos para apreciar el aroma de las flores de un jardín cercano, mientras el acaricia las piezas de su elegante tablero de ajedrez. Manfred no está. Estamos a solas. No hay nada que hablar. Él sabe lo que siento, pues no hace más de diez minutos que me ha pedido que me una a él, me siente sobre sus piernas y busque sus brazos. Sin embargo, no quiero doblegarme hoy. No deseo demostrar que hoy, como ayer, necesito que él escuche mis sollozos. Me haré la fuerte una vez más. Al menos lo intentaré un par de horas... Quizás no soy un monstruo, ni un demonio o una cruel arpía. Puede que siga siendo una mujer deseando ser tratada como una dama y no como un engendro. Él es el único que llegó a hacerlo. Tal vez por eso sigo a su lado, pues sigue mirándome con esos ojos compasivos y comprensivos.


martes, 21 de abril de 2015

Miedos

Manfred está desesperado. Comprendo perfectamente sus sentimientos. Ojalá todo haya ido bien para aquellos que conocemos.

Lestat de Lioncourt


Estoy sentado en silencio desde hace un buen rato. Intento preguntarme a mí mismo si todo ha pasado, pero temo darme una respuesta que no deseo. Fuera he visto a muchos arder hasta no quedar nada más que un charco humeante. He escuchado tantas frases inconexas, el dolor mismo retorciéndose como las ramas vencidas de un viejo oak de mis viejas tierras, y el murmullo del silencio que queda tras el penetrante olor del fuego.

Creo que mi vida, como la de muchos otros, ha quedado ligeramente truncada. Esos años felices, apacibles inclusive, han finalizado. Ya se conoce la verdad que yace oculta en cada una de nuestras venas. Una verdad que nos convierte en marionetas. Y, sin embargo, me siento igual que siempre. Lloro por todo lo que he amado, pero también por aquellas cosas que ya no podré amar como antes.

En mis manos viejas, achacosas por el paso del tiempo antes que el reloj se parara al fin, está esa vieja fotografía. Su sonrisa es dulce, casi celestial, y creo que sus ojos muestran una inocencia infinita y un carácter salvaje. Ella era firme, dura e inteligente. Jamás se dejó doblegar por nada ni nadie. Murió luchando. Y yo, pese a tenerla siempre en mi memoria, no fui capaz de hacer lo mismo. No quise irme de éste mundo. Deseé permanecer y al hacerlo he visto el dolor yacer al lado de unos y de otros, tocarlos con el fuego y maldecirlos con murmullos de sacrificio, odio y miseria.

Terminé huyendo de aquel palacio napolitano. He dejado los hermosos y lustrosos suelos de mármol blanco, las bóvedas pintadas con frescos que representaban a rechonchos ángeles y dioses de otras épocas, olvidé que es contemplar las columnas perfectas, y robustas, de aquellos pasillos y todas las esculturas que permanecían mudas, e impasibles, frente a mis pasos achacosos.

Estoy en una vieja capilla olvidada en algún punto inexacto del mundo. Opté por correr, volar por los aires y buscar un lugar donde yacer unos días. Días que se han convertido en meses. Salgo a cazar algunos animales, pero nada más. Posiblemente en unos días decida salir, observar las estrellas y buscar a los que amé y aún amo.

Mi nombre no ha sonado en la radio. Ese dichoso muchacho no recuerda siquiera mi paso por el mundo. Hay un listado enorme de inmortales que han desaparecido y otros que están siendo buscados. Quizás debería contactar con él. Desearía volver a ver a Quinn y decirle que me alegro de ver que está sano y salvo.


Mientras, como siempre, lloraré mis penas en silencio y buscaré sacar fuerzas de los recuerdos de mi encantadora Virginia.  

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

Esas lágrimas aún las recuerdo

Tarquin hablando sobre Manfred... seguro que están llorando.

Lestat de Lioncourt



He experimentado muchas cosas extrañas en mi vida. Tantas cosas que ya ni siquiera recuerdo bien cual de ellas ha sido la mayor de todas, pero la que mayor huella me dejó fue aquel anciano llorando por mí, por la vida que me iban a quitar de un plumazo y por los sueños que no cumpliría. Lloraba por mí de una forma tan auténtica que me conmovió noches después, cuando todo pasó y pude comprender que todo se había acabado. Algo en mí había muerto para siempre y él lo sabía. Comprendía bien el proceso porque él lo había vivido tiempo atrás.

Fue un acto salvaje y cruel. Un acto que no esperaba. Sabía que debía enfrentar a mis miedos, dejando de ser un cobarde, porque tenía defender lo que creía que era mío. Mi juventud, o más bien mis hormonas adolescentes, no me permitió razonar y recapacitar. Me metía en la boca del lobo. Y el lobo aullaba con furia. Una furia que no pude controlar y que, por si fuera poco, fue parte de un espectáculo terrible para aquel viejo.

Desde que era un niño, cuando aún ni siquiera era capaz de pronunciar bien su nombre, me enseñaron su retrato. Aquellos ojos parecían consternados por el dolor, sus arrugas parecían papel de cartón mojado y esas canas, esas malditas canas en el poco cabello que tenía, me recordaban al precio que se debía pagar por la edad. Todos decían que enloqueció el día que su mujer, Virginia Lee, fue enterrada. Había una nube de misterio entorno a él. Muchos fantasmas se aparecían en aquella mansión, pero ninguno era Manfred. El viejo Manfred, del que poco sabían sus orígenes o sus últimos pasos. Se decía que tomó un bote, remó por el pantano y se perdió. Algunos decían que el demonio con quien hizo un trato se lo llevó y otros que los caimanes tuvieron un gran festín que duró días. No era un demonio, sino un vampiro. Y yo conozco bien a ese vampiro, pues es el mismo que me hizo lo que soy y que otorgó dolor, sufrimiento y rabia a ambos en el momento crucial.

Cada lágrima que vertió por mí fue como un poema de amor. Él me quería como si fuese un descendiente suyo, pero en realidad ¿no era descendiente de Julien? Ese fantasma que me había invitado a galletas y chocolate, que recitó para mí aquel viejo poema y rió encantador mientras me negaba mi futuro matrimonio con la hermosa Mona, la misma Mona que ahora yace a mi lado convertida en un monstruo al igual que yo. Pero, ¿entonces por qué mi forma de ser es tan similar a la suya? ¿Por qué soy tan sentimental? ¿Es que hay algo que no sepa? ¿Quizás mi bisabuela era su hija y por eso mi bisabuelo era incapaz de tomarla como amante? ¡Quién sabe! Soy incapaz de formular la pregunta porque quizás no quiero saberlo. Tal vez es demasiado enredo para mí. Un árbol extraño, tan extraño, que me tortura. Un árbol cuyas raíces se pudren en el pantano donde ambos desaparecimos y nos convertimos en vampiros... vampiros en Nápoles, entre mafiosos y novias muertas empapadas en sangre. Novios de la oscuridad, la tristeza, el placer y la sofisticación.


Y todo por unos camafeos... unos insólitos camafeos... un pantano... una gran suma de dinero y un misterio que aún me provoca náuseas.  

sábado, 17 de enero de 2015

Camafeos, camafeos...

Manfred y Arion son una pareja de jugadores extraña... Pobre Petronia que los aguanta.

Lestat de Lioncourt


—¿Has escuchado las noticias?—preguntó moviendo uno de los peones, adelantando dos casillas, para abrir la partida.

—¿Cuál de todas?—respondió con calma mientras merodeaba con sus ojos el tablero. Debía sacar su peón, el primero de todos, ¿pero cuál? Decidió dejar libre uno de los caballos sonriendo ligeramente.

Manfred acarició con delicadeza el peón de blanco marfil adelantándolo junto a su compañero, dejando así libres los movimientos del alfil y la reina. Arion esperaba una respuesta sobre las noticias. Una de esas alegres que alimentaran su alma y alejaran la voz que le rogaba matar a los más jóvenes, a vampiros que sólo habían visto un par de noches.

—Al parecer los camafeos están de moda—explicó—. Una de las firmas de moda parisinas, de alta costura, ha decidido incluirlos como el culmen de la perfección. Petronia y tú vais a tener trabajo.

Arion movió otro de sus peones y tras varios movimientos, con una larga pausa llena de miradas y nulas palabras, dos peones negros habían sido eliminados mientras un alfil y un peón blancos aguardaban fuera del tablero.

—Es posible—respondió echándose a reír—. Más trabajo significa más entretenimiento. Necesito entretenerme, amigo—susurró.

La partida prosiguió mientras los peones iban cayendo, igual que las torres, los caballos y los alfiles. Los reyes quedaron prácticamente solos, esperando luchar por sí mismos, cuando Arion se incorporó y caminó hacia el balcón.

Petronia hacía días que no había dado señales de vida, cosa que le preocupaba enormemente, y era lo que desconcentraba al vampiro. Ella, su compañera, era el principal motivo por el cual se quedó en Nápoles, cerca de la gran tragedia que los unió, porque era como un símbolo del amor que no podía derrocar ni un volcán en erupción. Esperaba volver a verla, abrir sus brazos y estrecharla.

—¡Arion! ¡Vuelve! ¡La partida está interesante!—exclamó Manfred, aunque él no le escuchaba.

«Mátalo.» un susurró se clavó en su cerebro, envenenando su alma. «Si lo matas... quizás ella vuelva. Tal vez se fue por su culpa.» masculló aquel cretino. Él esbozó una sonrisa, se giró ligeramente hacia donde se encontraba su compañero y negó suavemente. No. No lo mataría. Mejor se alejaría de él realizando un nuevo camafeo.

—Tengo una idea, discúlpame—dijo dirigiéndose a la puerta apresuradamente—. Petronia quizás no vuelva en unas noches y deseo tener una nueva gama de camafeos. Ya sabes cuanto ama esas joyas.

—¡Vaya!—dijo levantándose—. ¡Justo cuando voy ganando.

«Estúpido...»

Sus pasos fueron rápidos. Cada baldosa blanca y negra que superaba era un reto. Cuando entró en el estudio cerró con llave y puso la música de Vivaldi tan alta que retumbaba por toda la galería. Sus ojos oscuros se movieron rápidos y sus manos diestras. Se sentó en su pequeño taller y comenzó a crear, concentrándose en cada detalle, para no escuchar esa voz. Esa maldita voz.


Pensaba en ella. En aquella sonrisa dulce que sólo le regalaba en privado. Sus manos delicadas, tan suaves, moviéndose por su rostro del mismo modo que por las conchas. Esos ojos profundos, llenos de dolor y franqueza, hablándole en silencio. Pensó en la mujer que amaba y en los camafeos que los unía. La voz desapareció...  

lunes, 12 de enero de 2015

El pozo de mi paciencia

Petronia y Rebeca no eran buenas amigas... más bien una mató a la otra. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo a esa mujer como si fuese hoy el mismo día en el cual sesgué su vida. Acepto que no suelo ser así. No me gusta recrearme. La tortura no es mi estilo. Bueno, al menos ese tipo de torturas. Para mí una muerte a golpes es mucho mejor, pero reconozco que ella había tocado partes oscuras de mi alma. No permito que toquen lo que es mío o que destrocen mis tratos. Ella lo estaba haciendo. Estaba provocándome. Provocando que actuara. Se lo dije a Manfred cuando nos vimos en aquel viaje, sin embargo todos los hombres son iguales. Pocos piensan con la cabeza cuando las piernas se cansan en la cama, los besos de una mujer son intensos y sus pechos están colmados de perfume barato. Maldita zorra...

Puedo usar mi cuerpo a mi antojo. Cualquiera podría verme dos veces y no creer que soy el mismo ser. Mi dualidad es perfecta. Soy el hombre más frío, calculador y arrogante que puedas encontrar... o la mujer tímida, algo sensual y profesional que te topes de frente. Mis pechos pueden ocultarse, mi pose masculina realzarse y mis ojos convertirse en dos esferas oscuras totalmente distintas. He aprendido. A base golpes, pero he aprendido. La vida es eso: golpes.

Ella era muy distinta frente a Manfred que frente a otros. La pude conocer en aquel viaje. Se deshacía en halagos. Mi trabajo le interesaba tanto como mi entrepierna. Él ni siquiera se fijaba en sus contoneos cuando una baraja de cartas estaba frente a él. Siempre apostando fuerte. Siempre intentando ganar más de lo que se puede. Así lo conocí y así siguio siendo. Sigue apostando hoy en día, pero no más allá de las monedas que roba a los imbéciles a los cuales les arranca parte de su vida.

Cuando me vio como mujer me trató con la punta del pie. Fue bastante desagradable. Me miraba por encima del hombro porque tenía más busto, más curvas, ojos más claros y piel más canela. Ella se creía la diosa de la fortuna y del amor. Se regodeaba en los regalos que Manfred le hacía gracias a un trato que aún prevalecía entre ambos. Todo por ese dichoso santuario. Todo porque él me cayó en gracia. Es raro que alguien me caiga bien y él, pese a todo, me agradaba y me sigue agradando. No lo entiendo, pero esa no es la cuestión. Ella se creía la mujer de ese pobre desgraciado que aún lloraba por su difunta esposa.

Un día se apareció en la pequeña isla pantanosa que me cedió. Empezó a llorar y balbucear. Me hablaba de como había tratado esa mujer a sus hijos. Pude ver la ira y la decepción en su rostro. Tenía más de un motivo para usarlo en contra de esa zorra. ¿Y adivinen qué pasó? Bueno, no adivinen ya que lo saben.

Pedí que la trajera ante mí y cuando la tuve le di una buena paliza. No la maté. Decidí dejarla viva y colgada de un gancho como si fuera carne de matadero. Allí la despellejé, torturé, arranqué la lengua y traté como la debería de haber tratado la vida. Ella, que tenía todo lo que una mujer desea, se comportaba como una vulgar arpía tratando a otros como escoria. Odio a ese tipo de gente.

Cuando era una niña no tenía nada. Ni siquiera puedo decir que era una niña. Siempre fui un pequeño monstruo... como mucho... un error de la naturaleza, un monstruo, un ser... Ella tampoco tenía mucho, pero era hermosa y lista. Detesto que las mujeres que tienen poder lo desaprovechen. Las detesto.

Aquella noche volví a Nápoles arrojándome a los brazos de mi creador. Arion me recogió como si fuera un frágil nardo. Besó mis pómulos, acarició mis párpados con sus labios y dejó un último beso en mi frente. Sentí su amor. Supe desde el primer día que él sería mi amor más sincero y puro. Comprendí que ningún hombre me amaría como él. Acepté eso del mismo modo que acepté que él me amaba tal cual era. Manfred amaba así a Virginia, pero no a Rebeca. Rebeca que yacía en el fondo del pantano después de ser torturada. La misma mujer que me trató con desprecio cuando intenté ser un igual.


Yo soy Petronia... y a mí nadie me mira por encima del hombre. Quedan advertidos.  

jueves, 23 de octubre de 2014

Vivo para amarte

Manfred nos sorprende con estas declaraciones, aunque ya sabíamos que su pasado tenía que ver con Petronia y sus trapicheos. Sin embargo, hoy habló más claro que nunca. 

Lestat de Lioncourt 

Si tuviera que hablar del amor creo que no sería el indicado. No creo que sea decente que un caradura como yo hable de algo tan puro. Sin embargo, he amado. Aunque parezca que sólo viví para codiciar, no fue así. Amé. Amé de forma desesperada, cómplice y abrumadora. Me sentía polvo, humo, y nada cuando ella me miraba a los ojos con esa bondad que me seducía hasta perder el juicio. Era tan cándida cuando la conocí, tan fuerte y hermosa que no pude resistirme. Quise para ella todo lo que no tenía. Sin embargo, siempre he sido un monstruo codicioso y jamás acepté cualquier cosa entre mis manos, así que mucho menos iba a aceptar que ella tuviese las manos vacías.

Hice mil trucos, peripecias, mentiras, juegos imposibles, estafas, cientos de triquiñuelas rápidas en pequeños golpes del destino. Pero un vampiro hizo que cambiara mis cartas trucadas, mis mentiras, las estafas de licores mal destilados y el caminar de un lado a otro complemente ansioso de poder. Quería tener prestigio, poder, dinero y un futuro que ofrecerle a la mujer que tanto amaba. Vendí mi alma diablo. Así de sencillo. Para mí ese vampiro representaba al mismísimo diablo.

Unos dicen que lo han visto por la ciudad, caminando en busca de seres concretos, otros que no existen y varios tienen pavor a pensar que siquiera pudiera materializarse frente a ellos. Este demonio tenía un aspecto extraño. No era ni un hombre ni una mujer. Carece para mí de género. Aunque sé que se siente una mujer con un poder para nada magnánimo. Sabe ofrecer lo que deseas a cambio de tratos imposibles. Te da todo lo que tú quieres. Si deseas dinero te llena los bolsillos, si deseas la inmortalidad te la ofrece como si fuera un caramelo.

Virginia jamás supo la verdad. Mentí sobre mi pasado y le ofrecí un futuro que creí perfecto. Pero no siempre se puede comprar todo. Reconozco que rogué a Petronia que la salvara. Quería ser eterno junto a ella. Deseaba que fuera una mujer tan hermosa y fuerte por los siglos de los siglos. Sin embargo, la dejó morir. Me dijo que no podía hacer nada. Comentó que ella no soportaría la eternidad, aunque era posible que yo sí lo hiciera. Si bien, no quería vivir sin ella.

La enfermedad se la llevó. La marchitó. Hizo que se convierta en polvo. Lloré durante días sobre su tumba. Acepté que mi vida había cambiado. Dejé que los juegos volvieran, los líos de faldas, las mujeres baratas, las mentiras, las triquiñuelas para conseguir una buena mano y me dejé ir. Recuerdo que tenía un viejo amigo, Julien Mayfair, con el que solía beber hasta bien entrada la mañana. Él me decía que debía dejarme llevar, pero que nunca olvidara quien era. Le hice caso. Recordé quien era.

Intenté amar por encima de todo a Rebeca, pero era imposible. Cuando has amado tanto entierras tu corazón con el cadáver de tu esposa. No había nada más que oscuridad y ambición en mi corazón. Quería sentirme joven, pero no atado a una mujer como ella. Empezó a tratar mal a mis hijos, a mis esclavos que eran como parte de mi familia, a mis viejos conocidos y a todo aquel que le recordaba que nunca sería Virginia.

Petronia hizo un nuevo trato conmigo. Decidió que podía acabar con ella, mi gran problema, y que si quisiera sería eterno. Me decía que no había mayor tortura para salvar tu alma que sufrir como sufríamos todos... y más eternamente. No quise escucharla, pero le ofrecí a Rebeca y su dolor. Ella la destrozó, hizo que su cuerpo fuera parte de la alimentación de sus caimanes y después me pidió que no regresara a aquel santuario que yo le construí.

Sí, uno de sus tratos era comprar esas tierras, hacer un santuario y dejar que se alimentara de los obreros que allí habían trabajado. Un lugar de descanso para su alma, según ella, y para sentirse libre. Allí murió Rebeca y parte de mi inocencia, si es que aún tenía inocencia.

Mi historia es una historia de amor. Un relato crudo de lo que provoca perder el amor. Creo que perdí todo lo que era el día que supe que Virginia moriría. Nunca quise creer que pasaría. Jamás quise aceptarlo. Me sentí dolido, perdido y hundido. Creo que aún sigo perdido. No encuentro muchas esperanzas, pero me fascina la noche. Aprendo cada vez más del mundo. He visto cosas maravillosas. Estar vivo es sufrir, sufrir por recordarla y recordarla significa provocar que viva por siempre.


Creo que sólo acepté vivir por siempre para jamás olvidarla.  

miércoles, 16 de julio de 2014

Siéntelo

Petronia y Arion siempre discuten, pero el origen ésta vez es Jerome. ¿Quieren saber qué ocurre? Atrévanse a sentir lo que ellos notan en sus almas, en el fondo de sus corazones, dejando atrás todo.

Lestat de Lioncourt


Observaba la pieza como si fuese única, aunque no lo era. Sin embargo, un diamante es un diamante. Aquella perfección en la talla le había costado horas de pulir y cortar. Era perfecto, aunque su tamaño no era mayor a medio centímetro. Sería la pieza clave, y fundamental, de un broche de camafeo. Petronia estaba tras él, en completo silencio. Él sabía que estaba ahí, pero no iba a ser el primero en hablar después de semanas sin saber qué había sido de ella.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada en la mesa a las espaldas de Arion y con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba un espectacular traje de caballero, hecho a medida, y una camisa blanca que no tenía cerrada sus primeros botones.

—Bienvenida a casa—respondió secamente.

—¿No me vas a decir nada más? Manfred ha sido más agradable que tú—dijo arrugando la nariz—. Esperaba que...

—Un día me cansaré de ésta situación—comentó dejando el diamante en la mesa, sobre un pequeño trapo, para girarse y mirarla directamente a los ojos—. Has estado en el Santuario, tal y como suponía, y posiblemente en compañía del hijo de Quinn. ¿Me equivoco? Piensas crear a otro Blackwood. Está el viejo achacoso, el joven llorica de la brillante armadura y el muchacho que soñaba con ser arquitecto. Sin embargo, para tener toda la colección, necesitas al futuro abogado de la familia... un joven mulato.

—Estás celoso—soltó una enorme carcajada y se apoyó mejor en la mesa mirándolo fijamente, sin perder detalle a sus facciones.

—No. Si quieres un nuevo compañero no soy quien para impedirlo—contestó encogiéndose de hombros—. Haz lo que quieras—aquella respuesta, tan fría y concisa, la alertó—. Si me permites seguiré con mi camafeo, pues alguien tiene que hacer los distintos pedidos que han entrado en la web como mediante la tienda de Nápoles y Grecia.

Arion se giró hacia la mesa, con cuidado tomó el broche que había realizado. Era un broche algo mayor a lo acostumbrado, tenía un cuervo que sobresalía de un mármol negro espectacular. Había tallado aquello durante días, era para una mujer que hacía pedidos muy importantes para un diseñador de París. Él amaba los complementos de su tienda, sobre todo aquellos que homenejaban a la naturaleza. El diamante era el ojo del cuervo, tan brillante y perfecto que parecía haberle dado vida.

—¡Por qué!—gritó furiosa—. ¡Por qué no te molesta! ¡Por qué! ¡Por qué no dices nada más! ¡Por qué!—decía llevándose las manos a las sienes—. ¡Arion!

—Porque ya me acostumbré a no ser importante para ti—dijo colocando con cuidado en la caja broche, cerrándola y guardándola en el cajón primero de su pequeña mesa.

—Maestro, ¿hay alguien? ¿Es eso?—preguntó con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas, las cuales corrían libres por sus mejillas de mármol y alcanzaban la comisura de sus labios. Ella lo miró angustiada, decepcionada y dolida. Sin embargo, los ojos impávidos de Arion la desconcertaron aún más.

—Maestro...

—Tú tienes a tus criaturas. Inclusive diste la vida eterna a ese profesor de historia y literatura—comentó con una sonrisa amarga—. Hace tiempo que dejamos de ser dos para convertirnos en una multitud.

—¡Y qué!—acercándose a él para tomarlo del rostro—. ¡Y qué!

—Yo te hice por amor, no por capricho. Desde hace tiempo sólo creas por capricho—Petronia le clavó las uñas en sus pómulos, pero él ni siquiera se inmutó. La observaba del mismo modo mientras su voz sonaba más firme y masculina, como si aquello sólo reafirmara lo que sentía—. No hay necesidad para sentir celos cuando ya no te aman.

—Yo te amo—dijo con la voz quebrada.

—Si puedes besar otros labios que no son los míos, imaginar un futuro al lado de otro y caminar por la tierra sin mi protección... Si puedes... entonces tú y yo hemos acabado en el olvido, en las arenas del tiempo, allí donde las cenizas se alzan mientras el volcán quiere volcar su ira de nuevo—susurró antes de apartarse de ella liberándose de sus manos—. Ten buena vida, mi hermosa niña.

—¡No! ¡Ya basta!—gritó golpeando su pecho—. Te necesito.

—No, no me necesitas—respondió levantándose.

—Sí, te necesito... —murmuró tomándolo del brazo—. ¿Quién te dijo que lo besé? Quien te lo dijo miente...

—Mis ojos—aquella afirmación la dejó helada—. Fui a buscarte porque necesitaba tu ayuda para realizar unos broches, pero entonces me di cuenta que tú no me necesitabas a mí para ser feliz.

Sus manos soltaron aquel brazo que siempre fue su apoyo. Su voz enmudeció y las lágrimas se hicieron más caudalosas. Petronia por completo temblaba. Él simplemente besó su frente como despedida y se alejó de ella. Sin embargo, no dio más de tres pasos cuando la tenía pegada a su espalda, rodeándolo con sus fuertes y finos brazos, mientras sollozaba.

—¿Y si yo no quiero que te vayas?—preguntó—. ¿Qué ocurriría?

—Nada—respondió.

—No lo amo, era un juego... sólo un juego...

—Y yo me he cansado de jugar—dijo apartándola de él—. Ve con Jerome, te espera.

—¡No!—gritó furiosa girándolo para besarlo.

Arion dejó que le besara los labios, inclusive la rodeó con ternura. No obstante, el vínculo parecía roto. Cuando la notó calmada logró deshacerse de ella y salir de la habitación. Petronia comenzó a chillar su nombre, cayendo al suelo y golpeándolo con tal furia que destrozó las baldosas. Manfred apareció intentando calmarla, pero Arion permaneció en silencio apoyado en la barandilla de la escalera. Jerome estaba allí, en el hall, con su semblante sereno sin saber cómo actuar. Cuando sus ojos jóvenes e inquietos miraron la oscura figura, mucho más robusto que él y con una expresión llena de dolor aunque calmada, agachó la cabeza y se abrazó sintiendo que había hecho mal.

—Muchacho, será mejor que vayas a calmarla—comentó.

—No es a mí a quien necesita—expresó.

—No soy yo quien desea ir—contestó antes de sentir como Manfred salía volando de la habitación, buscando refugio para tanto golpe, mientras ella salía de allí temblorosa, llorosa y algo desafiante.

—Será nuestro, le darás su sangre y olvidarás tus estupideces—balbuceó apoyada en el marco de la puerta.

—No, no lo haré—respondió—. Petronia, se acabó.

—¡No! ¡Tú me amas! ¡Tú me quieres! No puedes tener...

—¿A otra?—aquello heló a Petronia. Esa pregunta de labios de Arion la petrificó.

—Sí...

—¿Cómo te sientes al respecto?—preguntó tan sereno que la asustó aún más, pues no discutía con ella ni la buscaba. Era como un trozo de hielo con el que daba golpes reiteradamente.

—Hundida, dolida, humillada, derrotada, furiosa, desconsolada, triste y agotada—murmuró.

Él se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella apoyó su cabeza en su pecho y él besó su frente. Manfred corrió hacia el equipo de sonido e hizo que sonara una ligera melodía. Sonaba tan dulce como el momento amargo tras la derrota, cuando sabes que no hay nada más que una despedida terrible. Jerome comenzó a subir por las escaleras y quedó al lado del viejo Loco. Ella lloraba desconsolada hasta que él la besó del mismo modo que siempre lo había hecho, cuando apartó sus labios de ella la miró con ternura.

—Si me amas como dices me quedaré, pero sólo si veo en ti un cambio de actitud—susurró.

—Maestro, nosotros no cambiamos—dijo temblorosa.

—Sí que lo hacemos—la tomó del rostro secando sus lágrimas—. Lo hacemos continuamente, más rápido que el mundo. Sin embargo, no lo notamos porque nuestro amor por los recuerdos es demasiado grande.

—Quédate conmigo... aunque sea por los recuerdos...

—Me quedo porque te amo demasiado como para permitirme el lujo de perderte. Porque en tus ojos veo amor y desesperación. Sólo buscas llamar mi atención con tus actos, sean estúpidos o inteligentes. Buscas en mí la aprobación de un padre, la furia de un amante y el consuelo de un amigo—ella sonrió con aquellas palabras y se abrazó a él. Arion simplemente siguió bailando con ella.

—Te acostumbrarás, siempre son así—dijo Manfred con una ligera sonrisa—. Es como vivir el hundimiento del Titanic continuamente, pero con un final maravilloso—el joven lo miró algo sorprendido y él se echó a reír—. ¿Te gusta el ajedrez? A tu padre no le gustaba demasiado.

—Disfruto de él cuando puedo—respondió con una ligera sonrisa.

—Ven, vamos. Dejemos a solas a éstos dos idiotas enamorados y hablemos de tu padre—dijo echando las manos tras la espalda, caminando algo encorvado como lo haría un anciano—. Vamos hijo, vamos.


Arion y Petronia quedaron allí, abrazados moviéndose suavemente. Ella seguía sollozando a ratos, pero él no dejaba de acariciarla. Deseaba que comprendiera lo doloroso que era no tenerla a su lado, pensar que la perdía. O más bien, lo necesitaba.

domingo, 6 de julio de 2014

Ella, Petronia

Hace mucho tiempo Quinn me contó una historia. Mi hermanito quiso dejar claro que fue algo que descubrió poco a poco, explicó sus emociones, y sin embargo hay cosas que se guarda para sí. Aquí deja unos breves pensamientos. 

Lestat de Lioncourt 


Si hubiese pensado por un instante cuánto iba a cambiar mi vida, o al menos imaginar como sería con todo patas arriba, me hubiese quedado en mi habitación sin hacerme el héroe. Realmente debí quedarme encerrado allí, ajeno a todo y pensando que la vida era simple, aunque maravillosa, y que pronto tendría un futuro mejor con un nuevo tutor. Debí apreciar, sin duda alguna, los placeres que se postraban ante mí. Sin embargo, no lo hice.

Mis abuelos habían muerto recientemente y los sucesos paranormales comenzaban a ser cada vez más agobiantes. Tía Queen hacía oídos sordos a todo, pero a veces me trataba como si fuera un joven atormentado. Ella no quería admitir que podía ver a Goblin, e incluso sentirlo cerca, pero esa es otra vieja historia. Por aquellos días, en los cuales expuse tontamente mi vida, decidí investigar que había más allá del pantano. Pues sabía por historias, aunque no estaba seguro de su veracidad, que además da caimanes y mosquitos tenía que existir un viejo refugio que construyó Manfred. Manfred era mi antepasado, aún colgaba el cuadro de su mujer y el suyo propio en el salón, y se le tenía como un Loco que pagó cara cada imprudencia.

Lo que encontré en ese pantano lo he contado a quien creo es el héroe de tantos, Lestat, y a personas cercanas a la organización de Talamasca. Sin embargo, si debo ser sincero, aún hoy siento que no lo he dicho todo. Me he guardado gestos y sensaciones que aún me impresionan. Creo que no he hablado correctamente de la profundidad de sus ojos, el cinismo y frialdad de su risa, y de lo cálidas que se vieron una vez sus lágrimas. Los tesoros encontrados no fueron nada para aquello que realmente acabé viendo y sintiendo. Descubrí una puerta a la eternidad, la cual no estaba cerrada sino encajada, y que acabé traspasando.

Encontré a Petronia.


Cuando tuve los primeros encuentros con aquel ser creí que se trataba de un hombre, el cual sacaba tajada de tierras que creía mías. Manfred había construido aquel lugar, así que me pertenecía. La pequeña vivienda de dos plantas, con sus horrores incluidos, y aquel monumento funerario hecho de oro. Sin embargo, descubrí súbitamente que sólo jugaba y que era una mujer. Una hembra fuerte entre vampiros, un ser eterno con los ojos tan profundos que eran insondables, y una sonrisa fría pintada en sus labios. Sí, descubrí un monstruo. Pero ese monstruo también me mostró el dolor y un mundo completamente desconocido. No puedo reclamar nada. Ella se convirtió en mi madre.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt