Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 5 de marzo de 2016

Sincera amistad

La amistad de verdad se labra con el tiempo.

Lestat de Lioncourt

El trato había finalizado con éxito. Mis camafeos se exportarían en una línea más juvenil y asequible por gran parte de Asia. Sentía que al fin se respetaba mi trabajo. Tendría que esforzarme por hacer llegar a mis orfebres los nuevos bocetos, la documentación sobre los productos que deberían conseguir para elaborarlos, junto a los listados de empresas distribuidoras donde serían transportados una vez empaquetados y etiquetados correctamente.

Nada más llegar me deshice de mi ropa y llené la bañera. Necesitaba olvidarme de todo lo que había ocurrido en aquella inmensa sala de reuniones. También deseaba alejar el frío que había calado en mis huesos con la terrible humedad de un invierno lluvioso y desapacible.

—Has logrado un acuerdo magnífico—dijo entrando en el baño.

—Manfred, estoy bañándome—susurré aún con los ojos cerrados.

El vapor del agua caliente se elevaba hacia el techo, la Ópera de Carmen bramaba en su esplendor agitando los azulejos del baño y el agua estancada en la bañera. Mis manos acariciaban el borde mientras mis piernas se movían sutilmente.

—Sólo deseaba agradecerte el haberme escuchado—comentó arrodillándose cerca del borde—. Al fin exportarás tu arte. Tienes un don y no debes ocultarlo—sus manos arrugadas, de nudillos peludos y llenas manchas por la edad asomaron aferrándose a la bañera—. Gracias.

—Tenías razón—dije abriendo los ojos dejando que lo primero que viese fuese su rostro bondadoso.

Manfred jamás había sido atractivo, pero poseía un encanto que ninguna mujer y hombre podía obviar. Se puede decir que su carisma y la locura de sus maravillosos ojos claros hablaban por sí mismo. Además, era comprensivo. Siempre había intentado comprender mi carácter explosivo debido a mis inseguridades y viejas heridas. Me mostraba como alguien firme y sereno frente a mis empleados, pero en el hogar la imagen frágil regresaba mientras Arion me sostenía y él observaba en silencio.

—Arion está feliz—soltó una carcajada y luego se sentó en el suelo, apoyando su espalda contra el borde de la bañera, mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Apenas quedaban cabellos en su cabeza. Lo había convertido cuando ya estaba al borde de la muerte. Hice una promesa que creí que no cumpliría. Él quería riquezas, una vida cómoda y tranquila en algún lugar donde nadie le reconociese, junto a alguien que realmente le amara y soportara su humor absurdo y sus ensoñaciones. Aquel ladrón siempre tuvo buen corazón y yo decidí apostar fuerte a aquella mano. Hicimos un acuerdo para conseguir tierras para ambos. Él las administraría, tendría sus beneficios, y yo podría construirme un santuario para alejarme algunos meses al año de Nápoles y de Arion.

Jamás he querido aceptar que él me sostiene. Mi querido maestro es el pilar básico para mi cordura. Me molesta saber que soy tan frágil y por eso quería alejarme para meditar, leer y sentir el sabor de una soledad buscada. Manfred aceptó y yo firmé toda la documentación pertinente. El acuerdo constaba de un plus añadido. Si él en algún momento deseaba la vida eterna se la concedería. Sin embargo yo creí que Virginia viviría para siempre y él moriría de viejo a su lado. No fue así. Ella tenía un carácter fuerte y bondadoso, pero la vida y su salud decidieron ser frágiles y crueles.


Mi viejo amigo decidió vivir eternamente para conservar los hermosos recuerdos junto a la madre de sus hijos, así como para purgar todos sus pecados en este mundo. Y yo, claro está, acepté como acepté en su momento el estrechar su mano joven y desafiante. No me arrepiento de ello. 

jueves, 11 de junio de 2015

La coraza

Petronia no la conocí personalmente, pero me parece un ser muy interesante. Espero poder conocerla y poder conversar con ella... algún día...

Lestat de Lioncourt


Si tuviese que hacer memoria de todas las cicatrices que tengo, de esas que todavía están abierta, descubriría que no queda recoveco en mi alma para tanto dolor. Pero el dolor me ha hecho fuerte. He logrado surgir de la nada reconstruyendo cada trozo de mi muralla, pero creo que a veces la he hecho demasiado alta y he impedido que otros me acompañaran. Otros como él.

Puedo sentir su presencia sosegada, con una mirada comprensiva y una sonrisa tibia que puede llegar a provocar miles de reacciones en mí. Sólo quiero llorar en sus brazos, pero no soy capaz de derrumbarme sin sentirme miserable. Él parece haber superado la miseria de una vida dura y deleznable, pero para mí sigue siendo un mar donde naufragar. Puedo notar todavía los grilletes en mis pies, el recinto del circo jaleando sin piedad que destroce el cráneo de un rival y el sol incidiendo sobre mi espada. Viene a mí el sabor de mi propia sangre, un sabor deleznable, mientras el sudor corría por mi frente. También me aterra el sonido de los jadeos de aquellos que me usaban como si fuese un mero objeto. Sin embargo, él parece haber olvidado los grites y el dolor, la soledad, los latigazos y la escasa piedad que otros parecían tener con los esclavos. Tuvo mejor vida que yo, pues sus amos no fueron crueles ni salvajes, pero comparte conmigo el destino y vio como aquel gigante, de cenizas y lava, se cobraba miles de almas. Tal vez él es el fuerte y yo la débil, pero aquí sigo luchando contra los fantasmas y las sombras del pasado.

En estos momentos me encuentro sentada en mitad de la biblioteca, con los balcones abiertos para apreciar el aroma de las flores de un jardín cercano, mientras el acaricia las piezas de su elegante tablero de ajedrez. Manfred no está. Estamos a solas. No hay nada que hablar. Él sabe lo que siento, pues no hace más de diez minutos que me ha pedido que me una a él, me siente sobre sus piernas y busque sus brazos. Sin embargo, no quiero doblegarme hoy. No deseo demostrar que hoy, como ayer, necesito que él escuche mis sollozos. Me haré la fuerte una vez más. Al menos lo intentaré un par de horas... Quizás no soy un monstruo, ni un demonio o una cruel arpía. Puede que siga siendo una mujer deseando ser tratada como una dama y no como un engendro. Él es el único que llegó a hacerlo. Tal vez por eso sigo a su lado, pues sigue mirándome con esos ojos compasivos y comprensivos.


domingo, 5 de abril de 2015

Verla feliz

Arion siempre me ha parecido muy extraño y complejo, igual que Petronia. Personalmente no puedo hablar mucho de ellos más allá de lo que me ha contado Quinn, pero me parecen seres interesantes en todos los aspectos.

Lestat de Lioncourt


Cuando la conocí supe que ella debía ser libre y saborear cada momento como yo no lo había logrado hacer. Comprendí que quería ver su felicidad brillar en sus ojos oscuros, esbozarse en una sonrisa y ver la fuerza de sus brazos rodeándome. Me dije a mí mismo que la liberaría y la llenaría de agasajos, prendas de seda y lino, joyas hechas con conchas y oro, pequeños detalles resaltados con palabras simples y sinceras. Confieso que me enamoré perdidamente de su inusual belleza.

Llevo un rato observándola con el cabello revuelto. Es una noche apacible aquí en Nápoles. El dolor parece haber cerrado cada herida. Sus ojos parecen tristes, pero sólo está preocupada. Hay cosas que no cambian. Mira los camafeos que hizo hace décadas, pasa sus dedos por ellos y se dice así misma si tiene talento. No sé cuántas veces la he rodeado, susurrado a su oído que la quiero y que es arte cada pieza que deja en las vitrinas de nuestro hogar, vende o expone en galerías.

No me importa esa pose desgarbada y masculina, pues sé que tras su americana y su trenza perfecta, existe una mujer coqueta que juega con ventaja. Sus pómulos marcados, sus labios carnosos y seductores, esas pestañas pobladas que provocarían mil huracanas en cada pestañeo y sus manos, suaves y finas pese a lo grandes, son perfectas para acariciarte el alma sin necesidad de tocarte. Mi único interés ésta noche es hacerla feliz, como cada día. Me pregunto si lo hago, pero no soy capaz de confesárselo. Sólo aguardo a que me mire, sonría con cierta pesadumbre y se abrace a mí con alguna palabra dulce. Aún me necesita, por eso sé que siempre regresa tras sus largos días de soledad. No pregunto adónde va, pues sólo necesito tener confianza en su regreso.

Podría acercarme, dejar mis manos sobre sus hombros y besar sus mejillas. Podría hacerlo. Sería sencillo. Sin embargo, estoy acostumbrado a estar y no estar. Prefiero que ella venga, que me necesite realmente, y ser su fortaleza. Me gusta ser la columna del muro firme, alto y fuerte que ella construye alrededor de todos. Estoy enamorado de cada uno de sus gestos. El amor para siempre, ese que dicen que no existe, yace en mi corazón y aún bombea tímido cuando ella me mira con dulzura. Las peleas son cotidianas, pero también las palabras tiernas y el secuestro de mis labios por sus besos a escondidas.


—Petronia, te he comprado nuevos materiales. Sé que deseas volver a crear arte, dejar tu alma en cada pieza, y sentirte llena aunque sea por unas horas—he logrado decir, pero ella sólo se ha echado a reír acariciando el cristal de las vitrinas. Creo que ella sabe que sólo sé pensar en ella y su felicidad, del mismo modo que sé que ella regresa a mí porque de ese modo soy feliz.  

sábado, 17 de enero de 2015

Camafeos, camafeos...

Manfred y Arion son una pareja de jugadores extraña... Pobre Petronia que los aguanta.

Lestat de Lioncourt


—¿Has escuchado las noticias?—preguntó moviendo uno de los peones, adelantando dos casillas, para abrir la partida.

—¿Cuál de todas?—respondió con calma mientras merodeaba con sus ojos el tablero. Debía sacar su peón, el primero de todos, ¿pero cuál? Decidió dejar libre uno de los caballos sonriendo ligeramente.

Manfred acarició con delicadeza el peón de blanco marfil adelantándolo junto a su compañero, dejando así libres los movimientos del alfil y la reina. Arion esperaba una respuesta sobre las noticias. Una de esas alegres que alimentaran su alma y alejaran la voz que le rogaba matar a los más jóvenes, a vampiros que sólo habían visto un par de noches.

—Al parecer los camafeos están de moda—explicó—. Una de las firmas de moda parisinas, de alta costura, ha decidido incluirlos como el culmen de la perfección. Petronia y tú vais a tener trabajo.

Arion movió otro de sus peones y tras varios movimientos, con una larga pausa llena de miradas y nulas palabras, dos peones negros habían sido eliminados mientras un alfil y un peón blancos aguardaban fuera del tablero.

—Es posible—respondió echándose a reír—. Más trabajo significa más entretenimiento. Necesito entretenerme, amigo—susurró.

La partida prosiguió mientras los peones iban cayendo, igual que las torres, los caballos y los alfiles. Los reyes quedaron prácticamente solos, esperando luchar por sí mismos, cuando Arion se incorporó y caminó hacia el balcón.

Petronia hacía días que no había dado señales de vida, cosa que le preocupaba enormemente, y era lo que desconcentraba al vampiro. Ella, su compañera, era el principal motivo por el cual se quedó en Nápoles, cerca de la gran tragedia que los unió, porque era como un símbolo del amor que no podía derrocar ni un volcán en erupción. Esperaba volver a verla, abrir sus brazos y estrecharla.

—¡Arion! ¡Vuelve! ¡La partida está interesante!—exclamó Manfred, aunque él no le escuchaba.

«Mátalo.» un susurró se clavó en su cerebro, envenenando su alma. «Si lo matas... quizás ella vuelva. Tal vez se fue por su culpa.» masculló aquel cretino. Él esbozó una sonrisa, se giró ligeramente hacia donde se encontraba su compañero y negó suavemente. No. No lo mataría. Mejor se alejaría de él realizando un nuevo camafeo.

—Tengo una idea, discúlpame—dijo dirigiéndose a la puerta apresuradamente—. Petronia quizás no vuelva en unas noches y deseo tener una nueva gama de camafeos. Ya sabes cuanto ama esas joyas.

—¡Vaya!—dijo levantándose—. ¡Justo cuando voy ganando.

«Estúpido...»

Sus pasos fueron rápidos. Cada baldosa blanca y negra que superaba era un reto. Cuando entró en el estudio cerró con llave y puso la música de Vivaldi tan alta que retumbaba por toda la galería. Sus ojos oscuros se movieron rápidos y sus manos diestras. Se sentó en su pequeño taller y comenzó a crear, concentrándose en cada detalle, para no escuchar esa voz. Esa maldita voz.


Pensaba en ella. En aquella sonrisa dulce que sólo le regalaba en privado. Sus manos delicadas, tan suaves, moviéndose por su rostro del mismo modo que por las conchas. Esos ojos profundos, llenos de dolor y franqueza, hablándole en silencio. Pensó en la mujer que amaba y en los camafeos que los unía. La voz desapareció...  

Él es el mi compañero

Ah, esa Petronia... ¿qué haría sin discutir con Arion? Nada.

Lestat de Lioncourt


Es un milagro. Si debo catalogar de algo nuestra relación es de milagro. Creo que es un título adecuado. Quizás me equivoco, pero no es común convivir tantos años juntos. Hemos conseguido permanecer unidos dentro de la tempestad, observando como el mundo cambiaba y se convertía en un amasijo de historias sin sentido. He memorizado sus gestos, sobre todo cuando parece perdido y luego sonríe cambiando colocando las piezas del ajedrez.

Siempre dice que sabe controlarme, pero es falso. No me controla. Jamás ha intentado someter sus deseos antes que los míos. Sus enormes ojos negros son demasiado bondadosos para imponerse. Sin embargo, le respeto como no he respetado a otro ser en mi vida. Él me liberó, me dio un hueco entre sus brazos y me ofreció su valioso corazón. El amor que me profesa es tan cálido como tentador, aunque en ocasiones huyo.

Hoy está solo en el gran salón. El fresco del techo tiene unos hermosos ángeles de cabello dorado, con alas de maravillosas y realistas plumas, en un fondo azul pastel cargado de magia debido a la ilusoria luz de Dios. Él lo está observando meticulosamente como si fuese la primera vez. Sé que le relaja hacer meditación, pensar en si hay un Dios o simplemente existe el infierno terrenal. Parece distraído, pero está en alerta.

Hemos vivido tiempos duros. La voz casi nos destroza mutuamente. Pero él está ahí, con su camisa de blanco algodón y sus pantalones tejanos. No lleva zapatos y deja que sus pies, envueltos en esa suave piel oscura, contraste con el mármol blanco. Parece un muchacho bohemio. Uno de esos que te encuentras por Nápoles hablando de amor, paz, libertad y arte. Sin duda alguna. Sin embargo, es un pobre diablo que tuvo que cruzar el mundo entero con cadenas. Un hombre hecho a si mismo.

Conozco cada recoveco de su cuerpo. He acariciado su figura como si fuera el David de Miguel Ángel. He labrado poemas de amor en su cuello, mientras posaba besos fieros, mientras él me sostenía como si fuera un pequeño tesoro. Las joyas que hemos creado juntos no son nada valiosas, no valen siquiera los materiales con los cuales hemos fabricado cada pieza, comparándolas con el tiempo que hemos vivido juntos y las emociones que sentimos cuando nuestros ojos se cruzan. Me gusta ser fiera, fría en ocasiones, y soy demasiado terca para doblegarme. Pero él, con su paciencia y su amor, sabe esperar el momento oportuno para hacerme caer. Tiene el don de las palabras exactas y la sonrisa mágica que logra robar las mías.

—Arion—dije al entrar, pero él sólo sonrió como respuesta—. ¿Puedo permanecer a tu lado, mi amado maestro?—he preguntado, para luego quedarme quieta a su lado con sus enormes manos entrelazadas con las mías.

—Por supuesto, amor mío, quédate cuanto quieras—susurró mirándome unos breves segundos, para luego seguir contemplando el fresco.


Y aquí estamos, sentados en silencio, contemplando un fresco que mandó construir para mí. Los ángeles simbolizan la fe en la libertad, pues ellos tienen las alas abiertas y están alcanzando el cielo. Una libertad que él me demostró que existía. Fui libre de cadenas pesadas, como las que él llevó en su día, y también libre de mi cuerpo deforme bajo mis ropas de mujer. Yo no soy un monstruo a su lado, sino la mujer que ama. Aunque esta mujer en ocasiones termine empujándolo y arrojándole incluso jarrones a la cabeza.

viernes, 19 de diciembre de 2014

True love

Arion vuelve al ataque. El amor está en el aire. 

Lestat de Lioncorut


El amor es eso que todo el mundo dice buscar, pero nunca encuentra. Sin embargo, es fácil encontrarlo si se busca bien en nuestro interior. Amor es una mirada cómplice, un gesto pequeño que se hace inmenso, unas manos que rozan ligeramente las tuyas y unas palabras atentas que te orientan en medio de la tormenta que se avecina. Amor es escuchar con atención el silencio que se forma en sus labios, y, también es aceptar las palabras de derrota y encontrar en ellas la fortaleza necesaria para luchar. Siempre tenemos a alguien a quien amar. Una persona que forma en nuestras vidas el vínculo fundamental con la locura.

Podemos amar a personas de nuestra familia, pero para seres como nosotros la familia queda atrás. En mi caso, jamás supe que sucedió con mi madre o mi padre. Crecí rodeado de monstruos que me decían que hacer. Era esclavo y no tenía oportunidades. Sin embargo, existieron personas que me quisieron aunque ellos me impusieran grilletes. Tuve suerte con mis amos. Quizás esa suerte continuó hasta convertirme en vampiro, un ser que roba la esperanza y la vida de otros, y encontrarla a ella.

Ella se convirtió en la musa de mis noches más tristes. La veía allí encerrada y tuve que hacer algo. La arranqué del dolor para sostenerla entre mis brazos. Besé su frente, sus pómulos marcados, y sus labios ligeramente carnosos. Era una mujer aunque algunos la tacharan de monstruo. Sus pequeños pechos eran diminutas montañas de pecado, su cintura era pequeña, pero sus piernas eran largas como el pecado de los hombres. Sin embargo, lo que más me impresionaban eran sus ojos oscuros de pestañas pobladas. Parecía no ser de este mundo. Tan hermosa, tan frágil y tan fuerte a la vez.

Desnudé su cuerpo despojándola de las ataduras harapientas que llevaba. Lavé su piel con cuidado, curé sus heridas y le ofrecí vestidos que ella jamás hubiese pensado tener. No importaba que entre sus piernas tuviese una dualidad de sexos. Para mí eso no era nada, pues era mi esperanza. Creo que yo para ella siempre fui su salvador, y aún hoy lo soy. Soy el hombre que le dio la libertad, curó sus heridas y le dio un oficio. No soy el monstruo que mis víctimas observan cuando entierro mis colmillos en ellos.


martes, 25 de noviembre de 2014

La voz lo pedía

Arion y petronia no salieron en Prince Lestat, pero también sufrieron las consecuencias. Aquí un breve fragmento. 

Lestat de Lioncourt


Ese día no podré olvidarlo jamás. Está marcado a fuego en mis recuerdos. Una voz comenzó a balbucear. Primero fue torpe, después se comunicó de forma más coherente. En un principio pensé que era posiblemente un inmortal intentando mantener contacto, perdido y abrumado tras un largo sueño. Después me di cuenta que no era así. La voz surgía de mi interior y bramaba. Creí volverme loco. Sus ideas eran descabelladas. Si me mantuve coherente, firme ante la situación, fue por mi elaborado trabajo.

Crear camafeos y piezas de orfebrería, delicadas y únicas, me confiere cierta espiritualidad con mi trabajo y con una alta concentración. Cada detalle, que son ocasionalmente pequeños esbozos en un papel arrugado, es irrepetible. Petronia aprendió de mí. Mi habilidad quedó sumada a la suya y finalmente logramos conquistar el cuello de cientos de mujeres, así como sus manos enjoyadas y sus hermosas orejas. Si bien, no eran las únicas seducidas por la belleza de cada una de las piezas. Había hombres que compraban camafeos aunque no los lucieran, muchos lo usaban en pequeños gemelos y había varios que decidían exponerlos en vitrinas como verdaderas obras de arte.

Yo no cedí a la voz. Ni siquiera me importaba su insufrible zumbido. Llegué a no escucharla durante meses. Si bien, una noche tras abandonar mi despacho, con un suculento acuerdo entre mis manos, llegué a casa y encontré el desastre. Petronia perseguía a Manfred arrojándole los caros jarrones de china, los magníficos cuadros renacentistas que colgaban de las numerosas habitaciones y él sólo chillaba mi nombre. Los sirvientes habían huido espantados. Las discusiones se habían elevado en muchas ocasiones, pero jamás vi algo similar.

—¡Vas a morir! ¡Jamás debí crearte! ¡Morirás en mis manos! ¡Te drenaré y luego haré que combustiones!—exclamó Petronia.

De inmediato arrojé el maletín a un lado, me deshice del abrigo e intenté mediar. Corrí tras ella agarrándola de los brazos, pero se liberó con un fuerte empujón. Ella estaba usando todas sus fuerzas, así que decidí usar yo las mías.

—¡Quieta! ¡Pese a todo quieres a Manfred! ¡No le hagas daño!—grité escuchando los sollozos y lamentos de nuestro compañero.

—¡Aparta tus manos de mí!—dijo al notar que nuevamente la atenazaba, pero esta vez era un agarre casi imposible de soltar.

—¡Arion ayúdame!—decía con el rostro bañado en lágrimas sanguinolentas. Sus escasos cabellos canos estaban revueltos, la ropa estaba arrugada y rota, y sus ojos eran dos esferas de amargura. Tenía miedo. Creo que incluso temblaba.

—¡Él me lo pidió!—rugió apartándome de forma violenta. No fue sólo un empujón sino que también me pateó. Su furia era inmensa.

El empujón me había hecho caer sobre una vitrina. Los cristales se clavaban en mi espalda, nuca, rostro y manos. El ruido de cada uno penetrando en mi carne dura aún lo recuerdo. Sonaba a un cuchillo clavándose en un trozo de filete. La habitación se empapó de mi olor a sangre, la cual empapaba mi camisa de blanco algodón.

—¡Miente! ¡Yo no pedí eso!—recalcó Manfred.

—¡Tú no! ¡La voz! ¡Lo haré porque él me lo pidió!—su voz sonó distinta. Era como si dos seres hablasen a la vez.

Supe entonces que no había mayor remedio que atacarla. Me tiré sobre ella forcejeando y comencé a drenar sus venas hasta el borde de la muerte. El Loco nos miraba sin saber qué hacer, pero bastó una mirada mía para comprender que ya no podía vivir con nosotros. No de momento.

Los pasos ligeros de Manfred por el pasillo, sobre las losas de mármol blanco y negro, retumbaban en mi cabeza junto al fuerte corazón de Petronia. Estaba ejerciendo sobre ella todas mis fuerzas. Mis manos atenazaban sus muñecas hasta quebrarlas, sus delicadas manos de dedos largos parecían ceder a una muerte inminente. Su rostro, hermoso como siempre, dejó de tener un aspecto temible y se asemejaba más a una hermosa muñeca de porcelana. La camisa que llevaba, violácea, quedó manchada por mi sangre. Los cristales se enterraban más en mi cuerpo, las cicatrices ya eran más que evidentes. Sus ojos empezaron a tener un aspecto vidrioso, sin vida, y en ese momento supe que todo había pasado. Ella al fin se había calmado. Estaba completamente confusa por lo que había ocurrido, la tomé entre mis brazos y la pegué contra mí. Lloré amargamente mientras le ofrecía mi cuello y ella bebía de nuevo. La voz nos hablaba y era terrible. Recriminaba nuestra discusión y que, de ese modo, el Loco hubiese huido. Las noches siguientes fueron baños de sangre y fuego. Juntos matamos a cientos, cediendo ante la voz durante algunas noches, pero entonces la dejamos de oír nuevamente y decidimos hacer como si nada hubiese pasado.


Actualmente todo ha vuelto a la normalidad, pero el Loco no ha querido regresar. Teme que ocurra otra desgracia. Ella ha decidido apartarse unos días en el viejo santuario donde yacía noche tras noche en los viejos tiempos, cuando se cansaba tanto de mí como de discutir conmigo. En cuanto a mí he regresado a mi oficio y ruego que jamás suceda algo como aquello. No quiero volver a mancharme las manos de la sangre de mis iguales.  

martes, 18 de noviembre de 2014

Mi amada Petronia

Arion dejó algo para Petronia. Creo que hacía mucho que no lo hacía. En fin, aquí está. 

Lestat de Lioncourt



Hemos existido milenios. Las vidas de cientos han desfilado como pequeñas hormigas frente a nosotros. He contemplado la vida ante mis ojos oscuros, pero los suyos también. Un derroche eléctrico de sueños, virtudes, desafíos, tinieblas, sangre, sudor, dolor y miseria. No hemos tenido misericordia cuando hemos deseado la sangre, aunque siempre han sido villanos retorcidos sin destino fijo en este mundo. Se han cavado miles de tumbas mientras sus espíritus al final eran libres. Ahora, cuando ya somos tan viejos como las ruinas del mundo, hemos sabido concentrar nuestra ansiedad y nuestra eterna vida en pequeños sorbos. No despreciamos la muerte, pero ya no somos parte de su proceso.

Cuando la encontré estaba desecha en pesadillas. No quedaba mucho de la mujer que alguna vez fue. Criada como un monstruo, con las tinieblas alrededor y la suciedad en su piel pegada. Mató a cientos para sobrevivir en un circo romano lleno de bestias, pero no la arena sino en los palcos. Tan hermosa, con los ojos enormes y amargos, decidí protegerla.

En estos momentos la veo firme, con un rostro frío y unos ojos apasionados. Me mira desde el balcón, apoyada ligeramente en la barandilla, mientras el aire de Nápoles acaricia sus largos cabellos negros. Parece un hombre, en ocasiones aparenta ser lo que realmente es. Camina entre la verdad y la mentira, la furia desmedida y el amor compasivo. Es un ángel. Los ángeles no tienen sexo, ¿no es así? Eso debería ser ella. Convertí a un ángel en un vampiro. Sí, eso hice.

Ella crea camafeos para recordar su oficio, engrandecerse con esas hermosas obras de arte y conseguir venderlas en el mundo entero. Se fascina ante la belleza de los materiales y saca de ellos auténticas tragedias griegas. He podido ver incluso salmos de la Biblia representados con gran precisión, pero lo que más ama son las viejas historias y leyendas que nos rodeaban. Grecia y Roma se rindieron a su ingenio. Yo, como cualquier hombre, también lo hice. Fue tachada de monstruo, pero finalmente el monstruo conquistó todos los corazones debido a la belleza de sus obras.

—Petronia, ¿qué ocurre?—he dicho guardando el tablero de ajedrez.

—Nada que no pueda solucionar creando una nueva obra. Esta vez será una de mis pesadillas...

Un volcán. Sé que es un volcán. Desde aquel fatídico agosto los volcanes son sus pesadillas. La lava consumiendo todo. El dolor generándose como si fuera un oasis terrible. El infierno desbordando Pompeya y llevándosela lejos de la realidad para convertirla en mito.


Ella es Petronia. Ella es mi hija, mi amante, mi amiga, mi compañera y también el ser más cautivador que conozco. No puedo atarla, pues es libre, pero sí abrazarla a pesar que lo evite.  

jueves, 9 de octubre de 2014

Tu fuerza

Arion, nuestro vampiro orfebre, ha vuelto. Hacía semanas que no se había escuchado su voz murmurar algo desde Nápoles. ¡Ha vuelto! Pobre, ¿podrá con los gritos de Petronia cuando le lea algo tan romántico?

Lestat de Lioncourt


He visto en tus ojos el mundo arder. Conocí el dolor más profundo, la pena más grande y la humillación más profunda. Vi en tus ojos un alma rota, deshilachada, y convertida en una marioneta ajada que no tenía posibilidad alguna de sentirse libre. Tus manos, rotas de dolor, temblaban acariciando la celda inmunda donde te retenían, el cuenco del agua estaba derramado en el suelo como tus lágrimas, y tus ropas gritaban que eras un pobre ser de otro mundo, con una belleza idílica, y un icono de la vergüenza. Siempre tratada como un monstruo, señalada como un ser horrible al cual humillar y, a la vez, temer. Eras una gorgona con una hermosa cabeza que parecía carecer de vida, salvo por esos ojos tan intensos. Creo que la erupción del volcán no fue nada para lo que tuviste que sentir durante años. La impotencia, el dolor, la rabia contenida y las lágrimas que se secaban solas sin una mano amiga que acariciara tus mejillas.

Me postré ante ti, de rodillas, observando esos ojos llenos de vida y sueños rotos. Jamás sé si esos sueños vivieron más de unos segundos, pues el horror era demasiado terrible. Nunca lo sabré. Sin embargo, me quedé asombrado de tu fuerza. Te juré protección. Dije mil veces cientos de palabras. Supongo que no me creías. Estabas en tu derecho. Morías cada noche atada a grilletes, no sabías que era la libertad y yo, un hombre cualquiera, te juraba que te liberaría. Nunca habías tenido alas, ¿por qué alguien te las daría? Era absurdo. Pero mi juramento se hizo cierto y te llené de seda, perfumes, caricias y joyas. Entregué en tus manos un oficio, la llave de tu independencia, mientras te juraba amor eterno.

Me convertí en Cupido para ti, tú fuiste mi Psique. Pues, yo siempre iba de noche e intentaba que no vieras mi verdadero rostro. Un hombre con riquezas, lleno de poder, pero que se ocultaba de todos y sólo iba de noche a tu encuentro. Tan hermosa, cubierta de las mejores sedas y con perlas en tu cuello. No eras el muchacho que mostrabas de día. Ese que despeinado, con las manos manchadas de pintura y pequeñas grietas, tallaba conchas, piedras preciosas, y cualquier material que pudiese ser parte de tus camafeos. Ese mundo se convirtió en tu obsesión, yo en su líder y tú en mi iluminada por la belleza de una vida libre.

Pero el horror te acompañó. Las cenizas cubrieron todo junto a la lava. Tú te salvaste, pero cientos murieron. Quisiste salvar a decenas, pero no te escucharon. Sin embargo, llegaste a mis brazos y yo decidí que jamás huirías de ellos. Aún así te di tus alas, tu poder, la fiereza apareció más que nunca y me sentí satisfecho porque el ser que creé se convirtió en un ángel frente a cientos. El ángel de la muerte más preciada, esa que casi no duele.


Todo por amor. Todo lo hice por amor. Un amor que perdura.   

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Lo más importante

Aquí Arion dedicándole unas palabras a Petronia. Bueno, sabemos todo cuánto la quiere... es normal. 

Lestat de Lioncourt 

Los años pasan como si no tuviesen importancia. Se acumulan uno tras otro en un rincón, desaprovechados por completo, y sin remedio. No se pueden usar de nuevo, tampoco revivir más allá de unos instantes en los cuales sientes su pesado abrazo. Son artículos preciados para todos, pero sólo cuando se está acabando. La vida es un suspiro muy corto, tan corto que a veces se vive sin haber llegado siquiera a vivir más de unos pocos momentos buenos. Hay vidas miserables, pero también hay vidas increíbles o soporíferas pero encantadoras. Los cuentos de hadas no existen, aunque ayudan a muchos a sobrevivir a base de sus historias. Los libros acompañan al hombre, igual que la música y otras artes. Hacen que la vida sea deseable, cómica o simplemente tenga una banda sonora a la espalda.

He vivido muchos años. Soy uno de los seres más longevos del mundo. He visto con mis ojos oscuros los mundos cambiar, los países destruirse mutuamente, y la miseria avanzar más allá de las líneas enemigas. El serpentear de las bombas antes de caer, el llanto, la tierra temblando, la lluvia tintineando en el cristal antes de una gran tragedia, el repicar de campanas el día de difuntos y los gritos más terribles en un paritorio cuando se sabe que el niño que traes sufrirá. Todo ese dolor se puede acumular en un lado, pues lo importante es aquello que he vivido. He visto noches cargadas de estrellas, románticos paseos de la mano, mares cubiertos de olas que lamían las heridas de la tierra, tesoros perdidos recuperados de nuevo, la aparición de nuevos territorios y nuevas especies. Pero sobre todo, la he visto a ella. He visto a la mujer con la que vivo día tras día, fecha tras fecha, sin cambiar ni un ápice.


Ella no tiene un carácter fácil. Su aspecto a veces confunde. Su sensibilidad queda oculta en un muro de hormigón muy grueso, el mismo que usa de máscara. Sinceramente, es terrible ver como no permite que vean su dolor y conozcan su historia. Ella es alguien más que un simple borrón en la vida de un joven señorito de campo. Petronia es firme y terca. Jamás he visto una mujer tan fuerte como ella. Creo que tuve mucha suerte de encontrarme con un ser tan valioso. Por eso le enseñé el oficio de orfebre. Deseaba que contemplase las gemas y el poder que estas tenían, fuesen del valor que fuesen, porque era una metáfora de sí misma. Bajo la superficie que todos ven puede existir una obra de arte, y ella es mi mejor obra. Protegeré su felicidad aunque sea lo último que haga.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Dos monstruos

Arion perdió la paciencia y Petronia no da crédito. Yo tampoco doy crédito. Quinn, el negro puede ser más peligroso que la torturadora habitual... ¡Huye! 


Lestat de Lioncourt 


Habían pasado algunas semanas desde la última vez que tratamos algún tema serio, lejos de los negocios y del mundo en el cual nos desenvolvíamos. Notaba un muro entre ambos, cada vez más grueso y alto, provocando que me preguntara qué estaba haciendo mal o si había llegado el fin para la relación. Nos necesitábamos, eso lo sabía, pero cada vez nos tolerábamos menos. Percibía en ella su apatía en cuanto la miraba, además estaba esquiva y solía vestir con prendas masculinas. Ella era para mí una mujer, la mujer que siempre había deseado tener entre mis brazos, y sabía que en lo profundo de su corazón no sólo vestía femenina para mí, sino para reconocerse a sí misma frente a un espejo. Nunca fue un monstruo, aunque muchos la tacharon de engendro. Siempre vi en ella un ser delicado deseando ser protegido, pero también a su vez deseaba demostrar que podía luchar con sus miedos, la rabia y el dolor, ella sola.

Durante varias horas estuve solo. Manfred se había marchado a un club nocturno para disfrutar de una partida de cartas ilegal. Él siempre ganaba. Era un vampiro, podía leer la mente y saber cuándo ir o no ir en las apuestas. No tenía nada de divertido, la verdad, pero desplumarlos parecía satisfacerlo. Ella se había marchado por algunos días, aunque siempre regresaba. Eran tan sólo unos días de descanso, pero para mí se convertían en miserables momentos en los cuales me percataba que algo se había roto en su interior.

Me había dedicado gran parte de la noche anterior a diseñar algunos camafeos. Sobre el papel parecían sin vida, sobre todo cuando sólo había garabateado con el carboncillo algunas líneas sueltas. Sin embargo, cuando pasaba a darles color para elegir el tipo de piedra y metal que llevarían. Era un trabajo laborioso, pero me agradaba hacerlo. Habitualmente Petronia no seguía patrones, pero a mí me maravillaba ver el trabajo imaginándolo en mis manos. Solía realizar broches, anillos y alguna pulsera. También era capaz de hacer botones, llaveros y diversos adornos para complementos como bolsos de cuero o pequeñas carteras. Trabajaba minuciosamente sin sentir cansancio, pero sí la soledad golpeando mi alma.

Cuando ya eran más de las doce escuché el timbre, los pasos rápidos de uno de nuestros sirvientes y la voz áspera, algo andrógina, de Petronia saludando y pidiendo que nadie la molestara. Sus pasos por la galería eran rápidos, hechos con sus zapatos favoritos, y posiblemente iba vestida de hombre. Sabía que no quería ser molestada, pero había algo que tenía que preguntar. Su lado masculino parecía cada vez más vivo, algo que nos iba separando, y ya no me preguntaba qué opinaba de algunos de sus negocios. Las reglas parecían haberse diluido como un terrón de azúcar en una taza de caliente café.

Me incorporé guardando las pinturas con cuidado, dejando los folios de los bocetos secándose y sacando, con aún más cuidado, un paquete de regalo de uno de los muebles que tenía en aquella habitación. Era mi despacho principal, no el taller. Solía pintar y dibujar en otro lugar, junto a ella, pero cuando no estaba me sentía demasiado vacío realizando algún trabajo sin su compañía. Por eso estaba allí, casi aislado de todo, pero cerca de uno de mis últimos obsequios.

Salí de la habitación dejando atrás la soledad, bien encerrada entre los tubos de pintura y las acuarelas, para acercarme a nuestra habitación. El pasillo parecía más largo que nunca, las columnas de mármol temblaban a pesar de su grosor y sentí pánico. Temía que no estuviese de humor. No quería encajar una bronca ni permitiría que se marchara de nuevo. Necesitaba retenerla. El palazzo era gigantesco cuando se encontraba fuera.

No llamé, pero ella me había escuchado. Se giró con los ojos fríos, una pose totalmente rígida y masculina. Frente a mí tenía un hombre cabello largo y trenzado, con un sombrero de ala ancha y un traje mil rayas negro. El corte era clásico, las solapas no eran excesivamente amplias, y poseía una corbata borgoña que realzaba la camisa de algodón blanco. El chaleco era ceñido, pero aún así no hallaba sus caderas. Su aspecto era muy varonil, sobre todo por el semblante oscuro que poseía su rostro.

—No estoy para soportar tus absurdos reproches—dijo modulando su voz. Tenía un tono aún más varonil y sus ojos parecían clavarse como dardos envenenados.

—Te traía un regalo—en mis manos llevaba aquel paquete, envuelto en violeta con un lazo blanco, que despreció con la mirada y ni siquiera se vio tentada a tomarlo—. Por favor, pensé que te gustaría.

—Te crees que puedes solucionar todo con regalos baratos—explicó.

—No me ha costado precisamente barato. Es uno de los diseños más codiciados y deseados de la semana de la moda de París de hace unos meses—comenté abriendo el envoltorio para que hiciese aparición un vaporoso y elegante traje color champage. Era un vestido de corte clásico, casi grecoromano, con un pronunciado escote que a pesar de todo no enseñaba ni un centímetro del pecho, y que tenía elegancia propia. Era de la diseñadora Elie Saab, marca de alta costura que posee unos detalles asombrosos en sus trajes y que ella solía desear nada más echarles un ligero vistazo—. Es uno de los vestidos de alta costura que tanto te gustan. Pensé que podrías ponértelo para mí, después iríamos a pasear y me contarías que estuviste haciendo.

—Me visto para mí, no para ti—comentó con una ligera sonrisa. Tenía sus facciones duras, muy marcadas, y parecía un hombre de negocios poderoso y pretencioso. Quería agarrar aquella chaqueta y tirarla al suelo, buscar a la mujer que había tras aquella pose. No quería siquiera pensar que estaba perdiéndola en un mar de dudas, mentiras e hipócritas momentos vividos. Debía encontrarla antes que se alejara del todo—. Si quiero pasear puedo ir sola—sentenció cruzándose de brazos, y eso denotó tensión—. Y por último, Arion, no tengo porque contarte lo que hago o dejo de hacer—se giró dándome la espalda para evitar cruzar sus ojos con los míos, como muestra de desprecio absoluto—. Ahora vete, no quiero soportar tu presencia ni un segundo.

—Estoy harto de tu comportamiento—me exasperé. Admito que jamás se había comportado conmigo en privado de ese modo. Era como si estuviese allí, aunque sin ser ella. Sólo era un envoltorio similar.

—¿Cuál?—dijo alzando la cabeza de forma altiva, girándola suavemente hacia mí, para mirarme de soslayo. Parecía dispuesta a comenzar una guerra.

—Desde hace algunos años te estás desviando, alejándome como si fuera un leproso y comportándote de una forma que...

—¿De qué forma?—preguntó dándose la vuelta—. Dímelo.

—Tú no eres así—respondí observando como daba un par de pasos hacia mí, dejando que el sonido de sus mocasines sobre el mármol recién pulido taladrara mi cerebro. Odiaba esa pose que tenía. Detestaba verla convertida en una déspota—. ¿Qué sucede? ¿Por qué finges ser dura e imposible? ¿Quién te ha hecho daño?

Se echó a reír. Esa fue su primera respuesta. Sentí que todos mis sentimientos eran tomados como una broma. Había guardado cada recuerdo con cuidado en los diversos recovecos de mi alma, pero ella parecía haberlos encontrado para romperlos en mil pedazos. La mujer que tenía frente a mí no era quien yo amaba, se había envuelto en odio y cinismo. Ni siquiera sabía cuándo había sucedido.

—Tú me hieres con tu estupidez—reprochó.

—Ponte ese vestido, Petronia, estás en mi palazzo y he decidido que lo harás—me había molestado su actitud, herido sus palabras y hartado su forma de mirarme. Impondría de nuevo mi respeto, aunque fuera por la fuerza. Estaba comportándose como una ingrata, sin tener en cuenta mis sentimientos o cualquiera de mis deseos. Yo siempre pensaba en ella, en su bienestar, pero ella parecía centrarse únicamente en su venganza, fuese cual fuese.

—¿Quién te crees que eres para obligarme como si fuera una niña?—contestó colando sus manos en los bolsillos de su elegante pantalón.

—Tu maestro—respondí de inmediato.

—Oblígame—sonrió con cierta suspicacia, como si ese reto no fuera conmigo. Creía que nunca me comportaría violento, ni ejercería mi poder sobre ella. Sin embargo, ni siquiera yo sabía hasta donde podía llegar mi paciencia. Pero, por supuesto, en ese momento terminó rompiéndose debido al desgaste.

Dejé la caja a un lado, tirándola con algo de violencia al suelo, pero al tomarla a ella, por la solpaba de su chaqueta, ejercí una fuerza que la sorprendió. Rompí aquella prenda con una facilidad inverosímil. Era como si no me importara molestarla.

—¡Pero qué haces!—gritó intentando abofetearme, pero esquivé sus manos.

—¡Obligarte!—dije alzando la voz aún más que ella.

—¡Bastardo hijo de puta!—decía mientras el chaleco se convertía en jirones, los botones de la camisa estallaban, los gemelos de diamantes tintineaban en el suelo, la corbata se convertía en un pañuelo arrugado, los pantalones caían como si fuesen panfletos de papel barato, los zapatos cedieron sin desatar ni uno de sus cordones y con ellos los calcetines. Pronto sus pechos quedaron al descubierto, al igual que sus sexos y la rabia que cubría con la frialdad de su mirada—. ¡Cómo te atreves! ¡Cómo!

Por primera vez, y no me siento orgulloso de ello, la abofeteé con tal fuerza que cayó sobre la cama. Había convertido todo mi amor, la fuerza de mi paciencia, el deseo de tenerla a mi lado en un sentimiento de rabia contaminado con dolor y amargura. Su mejilla se coloreó, pero rápidamente volvió a tener su color pálido habitual. Me miró incrédula, pero no sumisa. Estaba a punto de golpearme cuando la agarré de las muñecas con una sola mano.

—Ni te atrevas a tocarme. Ya estoy cansado de tus golpes, malas palabras y desprecios. Estoy cansado de lidiar con esa coraza que cargas, de aceptar el golpe certero de tus reproches y, sobre todo, estoy harto de tu desprecio—dije con un tono de voz áspero.

Ella se retorcía bajo mi cuerpo, como si fuera la cola desprendida de una lagartija. Intentaba librarse de aquella guerra que ella misma había buscado. Pero entonces, como si fuera una revelación, la besé. Una lágrima se desprendió de mi ojo derecho, bañando mi mejilla y salpicando la comisura de sus labios. No dejó de patalear, pues quería librarse de mí, pero sus intentos de huida parecían haberse serenado por unos segundos.

Cuando me aparté la miré, con el pelo aún trenzado y el rostro bañado en rabia, y noté que ella también me miró inspeccionándome. Estiré mi zurda, pues la diestra seguía agarrándola por encima de la cabeza, para soltar su larga melena negra. Las sábanas eran blancas, casi se camuflaban con la belleza de su piel clara, provocando que su pelo pareciera un río de negra lava. Tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de llorar, pero sólo salía maldiciones en nuestra vieja lengua.

Me incliné hacia ella, observando cada rasgo de su rostro. Tenía una expresión que me incitaba a destrozarla, arrancando cada mala palabra y sentimiento trágico, para dejarla en un esqueleto de débil alambre. Quería ver su alma de nuevo desnuda, sometida al placer y al poder que yo aún tenía sobre ella. Poder que ella se negaba reiteradamente a aceptar por miedo, pues sabía que quedaría subyugada a mis deseos y no a los suyos.

—Me excita verte así, doblegada ante mi poder—susurré cerca de una de sus orejas. Siempre me habían fascinado por pequeñas y pegadas a la cabeza. Se perdían ligeramente entre sus cabellos, pero cuando las adornaba con los pendientes que yo hacía, algunos creados específicamente para alguno de sus vestidos, parecían llamarme provocativamente para lamer su lóbulo, mordisquear cada milímetro de su piel y susurrarle palabras sucias que condenarían a ambos al infierno—. ¿Recuerdas cuando tuve que dominarte?—mi frío aliento rozó su cuello mientras mis labios iban llenándola de besos—. Aprendiste, no olvidaste esa lección durante muchos siglos. ¿Qué tal si lo hago de nuevo?

—¡No te atreverás!—dijo retomando sus fuerzas. Volvía a moverse con una fuerza descomunal, intentando apartarme, pero lo único que logró fue soltarse y arañarme.

De inmediato reaccioné. No me siento orgulloso en absoluto, pero lo hice. La abofeteé de nuevo y la giré. Pudo sentir la hebilla de mi correa, de aquel metal frío y plateado, en su coxis que sobresalía, como parte de los huesos de su columna vertebral, debido a su extrema delgadez. Quería girarse, pero no pudo. Se vio agarrada por mi mano izquierda, presionando su garganta, haciendo que ella buscara liberarse de esos dedos y no de mí por completo. Con la otra, libre de sus arañazos y golpes, bajé la cremallera.

—Quiero recuperar a la mujer que amo, no al engendro que cree que debe ser—intenté por última vez que reaccionara, pero parecía causa perdida. Seguía revolviéndose—. Deja esa coraza de una vez, Petronia, este juego nos lastima a ambos.

—¡Soy como quiero ser!—gritó furiosa, aunque algo ahogada.

—¿Y por qué no eres feliz?—pregunté.

Ella no respondió nada. Mi glande rozó la entrada de sus glúteos mientras todo su cuerpo, desde la punta de cada mechón de pelo hasta los dedos de sus pies, se tensó. Después, con cierto deseo, me rocé en su vagina. Estaba algo húmeda, caliente y necesitada de mis atenciones. La mano que agarraba su garganta se apartó y acabó tomándola por la cintura.

—¿Ese silencio cómo debo tomarlo?—susurré corriendo su pelo con la derecha, para luego volver a dirigir mi sexo en su interior.

Su vagina era mucho más estrecha y pequeña que una común. Al ser hermafrodita no tenía desarrollado por completo ambos géneros. Poseía un pequeño clítoris que se estimulaba con facilidad, un orificio pequeño con diminutos pliegues, pero que una vez ensanchado podía albergar mi miembro de cierto grosor y tamaño. Ella solía gritar de dolor, pero aquella vez lo hizo de rabia, dolor y sin esperanza alguna. De nuevo, como si le fuese la vida en ello, intentó girarse para detenerme, pero tras la primera envestida sus ojos se quedaron en blanco mientras gemía.

Conocía cada misterio de su cuerpo, comprendía su necesidad y adoraba sentir como su rabia se consumía. Me quedé dentro de ella quitándome la simple camiseta blanca que llevaba. Aquella noche no era un hombre de negocios, sino un artista con un atuendo sencillo. Mis pantalones quedaron en su sitio, pero no la parte de arriba de mis prendas. Necesitaba sentir su piel, aunque sólo fuera su espalda contra mi torso. Mis caderas se movían suavemente y ella me maldecía, pero estaba siendo coaccionada por su necesidad. Sin embargo, quiso revelarse empujándome para huir. No lo logró. Volví a empujarla contra el colchón y las embestidas suaves acabaron.

Sus piernas se abrieron a la fuerza y mis penetraciones eran bruscas. Ella gemía y chillaba. Su orgullo se había hundido y sus deseos abrían viejas heridas. Mis manos apretaban con fuerza sus brazos y la manejaba como si fuera sólo un juguete. Estaba cansado de sus bofetadas, patadas y palabras hirientes. Ella debió ver que mi paciencia estaba quedando comprometida.

—¡Suéltame!—gritó entre jadeos.

Recogí su pelo, enredándolo en la muñeca de mi brazo izquierdo, y tiré de ella. Esa fue la respuesta a sus plegarias. Podía rezar, implorar y recurrir a todos sus chantajes, pero no la ayudarían esta vez. Su sexo estaba húmedo y caliente, apretaba con desesperación. Sus brazos temblaban, sus manos se estiraban por la cama hacia el borde mientras apretaba las sábanas, y sus caderas se movían ligeramente. No quería aceptar que era mía.

—¡Arion! ¡Arion! ¡Déjame! ¡Hazlo! ¡Estás a tiempo!—noté que lloraba y su voz estaba quebrada—. ¡Si no paras te juro que jamás te lo perdonaré! ¡Me iré!

—¿Dónde?—pregunté tirando de nuevo de su pelo, echando aún más hacia atrás su cabeza—. Dime—susurré cerca del lado derecho de su cuello. Mi lengua se paseó impunemente por su piel, dejando una ligera línea húmeda, hasta su oreja que mordisqueé—. Hablas de dejarme, pero eres incapaz. ¿Es eso lo que te duele?

—¡No soy tu puta! ¡Déjame!—gritó revolviéndose, pero la sometí nuevamente con un nuevo ritmo golpeando justo en la zona donde tenía uno de sus mayores puntos de placer.

—No, eres mi esclava—susurré con rabia.

Salí de ella para quitarme el resto de prendas. Ella se encogió en la cama llorando. Me miraba con desprecio y miedo. Sabía que si ejercía toda la violencia de la cual era capaz la destrozaría, dejando de ella sólo un saco de huesos con la piel amoratada. Si bien, jamás la golpearía hasta ese extremo.

—¿Eso soy?—sólo tenía un hilo de voz.

—Eso vas a ser si sigues rompiendo las reglas, desobedeciéndome y tratándome como una colilla. Te recordaré quién eres y nunca volverás a ser otra cosa—mis ojos eran severos y eso, sin duda, era lo que más miedo le generaba.

Bajó temblorosa de la cama. Sus piernas le fallaban y tenía los muslos empapados en sus propios fluidos. Permití que viniese hasta mí y comenzara a lamer mi miembro con deseo. Rodeó el glande con sus labios ligeramente finos, se agarró a mis caderas y me miró sumisa. Su sexo masculino, aquel pequeño pene, estaba duro y rozaba tímidamente su vientre.

No dudé en tomarla de ambos lados de la cabeza y comenzar a penetrar su boca con rudeza, cosa que la hizo temblar aún más. Pero no iba a quedar todo allí. No pretendía llenar su boca de mi semilla y dar por zanjada aquella pelea. La arrojé al suelo, de espaldas a mí, y la coloqué con los brazos en la cama, así como parte de su torso, para penetrarla de nuevo. Sus pequeños pechos rozaban las sábanas, sus pezones duros y cafés temblaban contra el colchón, sus caderas, mucho más estrechas que las de una mujer común, se movían y yo prácticamente la violaba. No medía mi fuerza, ni tampoco el ritmo o la rabia que aún contenía. Sólo la penetraba de forma brusca. Ella gemía echando la cabeza hacia atrás, buscando encontrar mis ojos. Cuando logró mirarme y que yo la mirara, después de varios intentos fallidos, pude ver amor en ellos así como un impulso irresistible hacia mí.

Ella llegó a su orgasmo final, lo hizo abriendo sus mandíbulas mientras gemía mi nombre. Yo levanté sus caderas y penetré sus nalgas, embistiéndolas con fuerza, permitiendo que mis testículos golpearan de forma drástica contra sus redondos glúteos. El sonido seco de nuestros cuerpos fue lo único que se escuchó por segundos, pero pronto vinieron nuevos alaridos. Sobre todo, cuando me derramé en su interior y sintió como la llenaba.

—Ponte el vestido—dije serio—. Hazlo—ordené saliendo de ella.

—Sí, maestro—musitó.

Prácticamente no podía andar, sus brazos flaqueaban tanto como sus piernas, pero logró ponerse el vestido quedando recostada contra una de las paredes de la habitación. Se veía deliciosa, muy apetecebile, con aquellos ojos sumisos y esa presión de muñeca rota. Estaba derrotada. No tenía armas. Sus palabras se habían vuelto en su contra. Toda la rabia se disipó rápidamente convirtiéndose en humo de cigarrillo barato. El ser que tenía frente a mí era la verdadera Petronia. Me acerqué a ella y hundí mi sexo en sus labios.

Ella inició unos eróticos lengüetazos en mi sensible glande, después los repartió por toda la extensión hasta los testítulos. Besó mi vientre, acarició mis muslos y nuevamente comenzó a estimular con su lengua cada trozo de mi pene. Sequé con mis dedos las tímidas lágrimas que surgían de sus tristes ojos, pasando estos por sus mejillas acaloradas y doloridas, y luego bajé por su cuello. Aún había pequeñas huellas de mis dedos. Estaba algo sudada, manchaba aquel magnífico traje, y pronto lo mancharía aún más.

—De pie—nuevamente le ordené algo, no fue una petición amable.

Mi pene palpitaba deseando sentir su cálido y acogedor interior. Quería notar como apretaba como si me ordeñara. Ella no tenía fuerzas para moverse, pues la había aniquilado sin mucha dificultad. La agarré del brazo derecho y la puse de pie. Ella me miró turbada, sin saber bien porqué hacía aquello, y cuando la arrojé a la cama gimió. No fue un gemido de dolor, sino de excitación.

Su espalda quedó completamente pegada a las revueltas sábanas y su cabello, enredado, caía a ambos lados de sus hombros. Me acerqué a ella notando que abría sus piernas y levantaba ligeramente su vestido.

—¿Qué eres?—dije levantando un poco más aquella tela vaporosa color champage.

—Tu esclava, tu mujer, tu hija... tuya... —balbuceó excitada, pues sus pezones se marcaban y parecía impaciente.

—Por ahora sólo mi esclava, es posible que tarde demasiado tiempo en perdonarte el trato que me has obsequiado todos estos años—aquel reproche la cruzó de arriba hacia abajo, partiéndola en dos.

—Arion... —balbuceó.

—Dirígete a mí como maestro—respondí secamente.

La penetré de nuevo arrancándole nuevos gemidos. Ella quería revolverse nuevo, como si aquello hubiese sido una estratagema para poder huir. No obstante, gemía cada vez más alto. Acabó apoyada en mis hombros mientras buscaba mis labios, pero no se los di. No la besaría, aunque fuese también una tortura para mí. La sometía con un sexo violento que la hacía sudar, destrozando su vestido nuevo, mientras yo gozaba pensando que sin armas podría hablar con la mujer que amaba.

Al estallar de nuevo en ella, tras un largo gemido que parecía haber dañado sus cuerdas vocales, me tumbé a su lado rodeándola con mis brazos. Ella volvió a echarse a llorar.

—Te desprecio—susurró—. Me has violado... te desprecio...

—No—respondí diestro de nuevo—. Te he recordado el placer que tanto evitas, el lado vulnerable que pretendes negar y te he ofrecido la verdad.

—Te gusta verme así de débil para controlarme—sentenció. Podría parecer eso, pero no era así.

—Es la única solución. No me dejas otra alternativa.

—No quiero ser tu esclava, pero no tengo remedio—sus manos estaban contra mi torso y las mías en su cintura. Ella estaba hermosa con el cabello revuelto, los labios rojos de apretarlos en tantas ocasiones y con su cuerpo agotado, casi roto, por la violencia ofrecida. El traje se había roto, manchado y arrugado. No importaba.

—Sólo deseo que recuerdes que me debes obediencia y respeto. No porque sea tu amo, sino porque te quiero demasiado. ¿No ves cuánto daño me haces golpeándome con esa furia? ¿No aprecias el dolor de mi corazón cuando me golpeas? Sólo lo comprendes cuando ejerzo mi dominio sobre ti.

Deseaba a la mujer que era. Una mujer digna de respeto y admiración. Pero ella aún se veía como una gorgona que debía convertir a todos en piedra, para luego pulverizarlos y enviarlos lejos de cualquier momento feliz. Aún cargaba la rabia de los primeros años de su vida. No sabía soltar una espada, igual que cualquier gladiadora, pero no tenía porque apuntarme a mí porque yo no era su enemigo.

—Maestro...—susurró.

—Arion—dije justo antes de besar su frente.


Rápidamente quedó dormida, sin poder siquiera pestañear. El resto de la noche la pasé encerrado en mi despacho, lamentándome por todo. No podía quitarme las imágenes de ella llorando por mi culpa. Sólo quería que dejara de reprocharme actos contra ella que ni siquiera yo había cometido. Necesitaba a la muchacha de sonrisa cándida, a la joven con deseos de superar sus miedos y a la orfebre que creaba las joyas más fabulosas. Quería a Petronia, no al monstruo que representaba.  

jueves, 26 de junio de 2014

Rabia

Es un fragmento de sus vidas, su dolor, la intensidad y la verdad que ambos viven: Petronia y Arion. Ellos han decidido compartirla.

Lestat de Lioncourt


Se encontraba sentado frente al lujoso tablero meditaba sobre como habían tallado cada pieza, pulido el mármol de la tabla y barnizado el borde de madera. Era un trabajo de artesanía único. Se maravillaba cuando pasaba sus dedos por cada figura, sobre todo por el caballo que parecía relinchar y moverse sobre la superficie. Sin embargo, la sintió frente a él y al alzar la vista la vio de pie, con aquel traje tan masculino y esos ojos llenos de tristeza.

Solía enmascarar su dolor, como si la tragedia no existiese en su vida y sus recuerdos, para llenar de odio cada acción y de fuerza cada golpe. La furia no la controlaba, como no controló en aquellos momentos, e hizo que el tablero se volcara de un sólo movimiento. Las piezas salieron despedidas, estrellándose contra el suelo del palazzo, y desquebrajando la fina tabla como si fuera una galleta.

—¡Petronia!—exclamó levantándose de inmediato.

Aquellas piezas perfectas habían quedado dañadas. Algunos caballos terminaron sin patas, los muros se desquebrajaron y una reina perdió su cabeza. La tabla, al ser fina y ella ejercer una fuerza brutal que la levantó casi hasta el techo, quedó rota en cuatro partes y astillada por una de las esquinas.

—¡Haces más caso a ese maldito juego que a mí!—estalló señalándolo con su largo y fino dedo índice.

—Sabes que no es cierto—intentó hablar sosegado, pero le alertaba esa clase de furia en ella.

—¡Me harta!—dijo apartándose de la mesa para ir hacia las piezas y pisotearlas con fuerza. Bajo su bota comenzaron a pulverizarse algunos detalles y él sintió una rabia intensa. Aquellas piezas habían sido hechas para él por un artesano importante de Nápoles.

—¡Para de una vez!—le dijo rodeándola por la espalda, para apartarla del pobre juego de mesa y llevarla lejos de la sala.

Por el pasillo ella se retorcía como rabo de lagartija, pataleaba e intentaba soltarse de ese fuerte agarre. Él era más fuerte y corpulento, así que no había forma de librarse. Cuando la soltó fue en su cama, tirándola sobre ésta y él cayendo encima. La tomó de las muñecas y alzó sus brazos sobre la cabeza. Ella gritaba palabras soeces, le escupía y se retorcía hasta que paró, lo miró a los ojos y se echó a llorar.

—¿Por qué?—dijo entre sollozos mientras lo abrazaba.

Él la había soltado, dejando que ella lo acariciara antes de pegarse a él. Petronia arrastraba miles de preguntas y pretendía que le diera con una sola, la única que lanzaba al aire, una respuesta digna para todas. Arion besó su rostro de mármol, muy distinto a su piel achocolatada, mientras ella dejaba que la tristeza y el dolor lamieran su alma haciéndola llorar.

—Todo irá bien, sólo deja que la tormenta pase—susurró echándose a un lado en la cama.

—Siempre soy el villano, pero incluso el más terrible villano tiene un corazón que rompen con facilidad—susurró acurrucándose contra él, hundiendo su rostro en su pecho y permitiendo que él la rodeara—. Maestro, estoy casada.


Tarquin había dado por completo la espalda a todo lo que ella le había enseñado, la vida en Nápoles, la decencia, el honor, la verdad y cualquier cosa buena que ella vio en él. El muchacho ya no era el mismo. Hacía tiempo que había crecido torcido.  

jueves, 27 de marzo de 2014

Por un beso

Bonsoir 

Arion y Petronia tienen sus momentos en cierta románticos, aunque siempre poseen también un poco de humor y violencia. 


Lestat de Lioncourt



La primavera había llegado a Nápoles. El clima se había llenado de inestabilidad. Algunas noches era fresco y otras caluroso, había pequeñas lloviznas pero luego podías ver las estrellas en los montes, y sobre todo era agradable pasear por las calles observando los pequeños cambios. Los árboles comenzaban a cubrir sus ramas desnudas y las macetas se llenaban de flores. En los jardines era habitual ver parejas de la mano a primeras horas de la noche. Los café, bares y demás antros nocturnos iban tomando vida más allá de los fines de semana. El mundo se estaba llenando risas, palabras indiscretas, comentarios al azar y una sensación de pasión intensa.

Petronia se hallaba en el balcón. Su menuda silueta estaba inclinada hacia delante y sus codos se encontraban apoyados en la barandilla. Tenía el rostro sereno y el cabello al aire. La suave brisa movía la fina tela de su vestido. La noche era agradable y ella había decidido sacar toda su feminidad.

—Es una noche magnífica para contemplar a una musa—dijo con su voz templada y masculina provocando que ella se girara.

Era Arion. Se encontraba en la entrada al balcón. Su camisa blanda de algodón estaba ligeramente abierta, los tirantes negros marcaban su pecho y los pantalones negros de pinza eran muy elegantes. Llevaba uno de esos mocasines de cuero que solía adquirir en las tiendas más exclusivas de Roma. Tenía un sombrero de ala ancha sutilmente colocado de lado y los puños de su camisa estaban remangados hasta su codo. Posiblemente había estado reunido gran parte de la noche. Ya habían dado las doce y ambos se encontraban por primera vez en una semana. Había huido de sus brazos, alejándose en los pantanos de New Orleans y visitando a Quinn. Ella sentía cuando la necesitaban y se preocupaba por el muchacho, aunque éste pensara que era un monstruo cruel sin corazón.

—¿Dónde estabas?—preguntó sin girarse a contemplarlo.

Los ojos dulces y profundos de Arion jugaban por las curvas poco acentuadas de Petronia. Tenía unas caderas casi diminutas, pero al poseer cierta delgadez se marcaban un poco más de lo normal. Sus hombros eran pequeños y su espalda estrecha. Tenía un bonito trasero que hacía que ese traje, ese en concreto con la espalda descubierta, se viese erótico. Sus largas piernas no se podían disfrutar, pero él las imaginaba bien torneadas bajo la tela del vestido que caía hasta sus tobillos. Llevaba tacones y eso era todo un reto. Ella no solía ser tan femenina, pero parecía querer provocar un cortocircuito en la mente de su compañero y maestro.

—He estado reunido en el local The Night durante más de dos horas. He cerrado un acuerdo importante con una joyería en París, muy cerca de Versailles—dijo llevando sus manos a los bolsillos mientras se apoyaba en el quicio de la puerta—. ¿Y tú?

—Hablar con el inútil de nuestro creado—susurró.

—¿Cuál de ellos?—comentó tras una enorme risotada y con un tono divertido.

—El único que continua deseando vivir como un mortal—dijo girándose para verlo.

Durante unos segundos ambos clavaron la mirada el uno en el otro. Arion disfrutaba enormemente viendo así a Petronia. Aunque llevara un escote barco sus pequeños senos se veían realzados. Tenía en el cuello una cadena de oro con un camafeo que él le había regalado. No era la única que sabía crear joyas, pues en realidad él le había enseñado a ella.

—Ya deja que se estrelle si lo desea—contestó encogiéndose suavemente de hombros.

—Esa mujer no es buena para él—nunca le había agradado Mona, tal vez porque era demasiado seductora y a veces hacía lo que quería. Pero Petronia también lo hacía. Posiblemente era mera rivalidad femenina que un hombre no puede entender.

—Petronia...—dijo tras un largo suspiro en forma de regaño.

—No me hables con ese tono—comentó girándose hacia él para verlo así vestido, cosa que intensificó sus celos.

—¿Y cómo debo hablarte?—murmuró divertido inclinándose hacia delante mientras ella se dirigía a la entrada.

—Ya nada. Me había puesto el mejor traje que tengo para ti y ni siquiera me has dicho nada—dijo molesta achicando sus ojos.

—Te lo dije cuando llegué—se irguió dejando de estar apoyado para bloquear el paso hacia el salón, el cual se hallaba bien iluminado a sus espaldas. El pan de oro, los muebles clásicos, los frescos y grandes obras artísticas se veían conferidas con un toque único de belleza y simbolismo. Un lugar donde cualquiera desea refugiarse aunque fuese de una terrible discusión.

—Aparta, que me voy—comentó con los brazos en jarra.

—¡No!—dijo desafiante mientras la tomaba de los brazos, justo bajo la zona de los hombros.

—Arion me sueltas o te suelto tal bofetón que sales volando a la luna. ¿Me enti... —decía agitándose para deshacerse de él, pero Arion se apoderó de sus labios y calmó a la fiera durante algunos minutos.


Ambos se habían extrañado y por lo tanto necesitaban contacto. Un abrazo y un beso ofreció a los dos un momento especial y único. Sin embargo, cuando finalizó, Arion sintió ese bofetón fuerte y contundente de su gran amor. Después escuchó sus tacones por toda la vivienda mientras gruñía remangándose la falda. Él no pudo evitar soltar una carcajada e ir tras ella. Petronia siempre sería una mujer de fuerte carácter.

miércoles, 19 de febrero de 2014

El silencio de su voz

El silencio de su voz es un pequeño fic que ha hecho Arion como regalo a Petronia pues desea sacarle una pequeña sonrisa, por tímida que sea. Así que espero que lo lean ya que se ha hecho con sumo cariño.


Lestat de Lioncourt


Había decidido darle el suficiente espacio como para que notara mi ausencia. Manfred seguía deseando jugar a las cartas o el ajedrez todas las noches. Podía ver en sus ojos la ilusión contenida, pues el juego era lo único que le hacía olvidar a Virginia Lee. Aquella pobre mujer, la cual lo amó con pasión y pureza, había dejado este mundo hacía décadas y él aún la lloraba. Ese hecho me provocaba cierta tristeza y meditaba sobre el amor de mi vida, la cual se hallaba encerrada en su despacho volcándose en los nuevos productos que había conseguido para ella.

—Parece muy ocupada—comentó recogiendo las cartas para barajarlas lentamente. Tocaba sus filos, contaba cada una de ésta y se deleitaba con el sonido que hacían al rozarse unas con otras.

—Así es—dije con la mirada perdida en aquellas manos achacosas, las cuales tenían las arrugas y manchas de un hombre de ochenta años, que se movían con aquella parsimonia digna de un caballero.

—¿Y no está enfadada contigo?—preguntó mirándome con una leve sonrisa que mostraba sus dientes algo amarillos, mal amontonados y unos colmillos puntiagudos dignos de cualquier inmortal.

—No—respondí encogiéndome de hombros.

—Si una mujer se encierra, sea la mujer que sea, y no quiere hablar con su pareja termina siendo porque está molesta o preocupada—dijo acomodándose en la silla— ¿Otra partida?

—No. Si eso es así debo hablar con ella—me levanté dirigiéndome a la puerta y noté como él se levantaba también.

Posiblemente él saldría y yo me enfrentaría a su mirada. La mirada de aquella fiera que se quedaba sentada durante horas en la mesa, encorvada y con la frente arrugada. Tenía los labios fruncidos posiblemente y farfullaba sobre el nuevo elemento a usar en sus pequeñas obras de arte.

Sin embargo cuando llegué a la puertas de hojas dobles, las cuales podría abrir con facilidad, sentí cierto temor. Si ella me rechazaba, abofeteaba o maldecía sabría que Manfred tenía razón. No había sabido observar en ella esos sutiles cambios y a veces la trataba como un igual, más que como una mujer que posee ciertos cambios más importantes que los hombres. Ellas son más expresivas y sienten con mayor poder sus problemas, pues a veces meditan más sobre su vida que nosotros los hombres. Sin duda son criaturas mágicas y asombrosas que comparten con nosotros un mundo que hace mucho que dejó de tener fascinación para mí, pero ella me hace seguir vivo y cerca, muy cerca, vigilando cada uno de sus movimientos con cierta preocupación.

Opté por marcharme a mi pequeño despacho, uno que no compartía con ella, y saqué varios folios para redactar una carta. Dejé en ella todo mi corazón y cada uno de los pensamientos que ella me evocaba. Los sentimientos que teníamos entrelazados, con un poderoso lazo, eran tan fuertes que habían durado hasta el presente viniendo desde antes de la caída de Roma.

Doblé el papel por la mitad y añadí mi firma en el dorso en blanco, así como un pequeño dibujo de un camafeo, uno que posiblemente haría para ella. Creí que con ese detalle podría iniciarse una conversación entre ambos. Aquella hoja guardaba frases de amor que podían sonar a sonetos de otra época, versos de un poeta herido o cualquier cursilería que puede encontrase hoy en día dentro y fuera de Internet.

El pasillo estaba solitario, el servicio que ella poseía se había marchado a descansar hacía algunas horas. Las grandes columnas de mármol provocaban que pareciese uno de mis antiguos, y amados, templos. Allí podía sentirme sobrecogido por la belleza, el silencio y el frescor que aliviaba el sofocante calor que podía sentirse en Atenas. No obstante era Nápoles y uno de los palazzo más hermosos que podía haberse construido jamás. Petronia estaba al otro lado del pasillo, encerrada aún en su labor, y cuando mis pasos se escucharon por el limpio suelo de mármol temblé.

Decidido apreté el papel contra mi pecho y rogué que no gritara. Si bien cuando pasé el papel por debajo de la puerta no hubo reacción. Esperé durante media hora y allí ni siquiera se escuchaba el sonido de su pequeño cincel. Toqué a la puerta y no contestó. Me alarmé entonces intentando sentirla en la casa y allí estaba, tras la puerta y en completo silencio. Por ese motivo entré abriendo ambas hojas y encontrándola tumbada sobre el escritorio.

El cansancio de días sin ingerir siquiera un trago de sangre, el esfuerzo por crear una colección entera y la furia que había intentado contener, la habían agotado con pequeñas lágrimas bordeando sus mejillas. En un camafeo había hecho un pequeño volcán, el cual aún aparecía en sus peores pesadillas abrasando todo, y en otra su rostro cubierto de dolor. La colección era un homenaje a aquellos días, los días previos a su transformación.

—Querida mía—susurré aproximándome a ella para secar sus lágrimas, sin embargo ya estaban secas, y acabé por tomarla entre mis brazos.

Tan agotada que ni siquiera tenía la guardia alta. Podía haber sido presa de cualquier infeliz que osara tocarla más allá de la punta de sus botas. Su rostro era el de una niña, pues para mí eso era en ocasiones. Una niña que había tenido una vida dura y que no podía escapar de ella, pues le perseguía, vivía encerrada en el deseo de crear arte con una belleza sin límites.

Besé su mejilla y su frente para llevarla a la cama que se hallaba allí, en un pequeño rincón, donde a veces descansábamos. Era una cama mullida y pronto la acogió gustosamente. Retiré sus botas y también su chaleco, dejándola con una camiseta sin mangas y unos pantalones que abrí indiscretamente. Después de contemplarla durante unos largos segundos, con una sonrisa amarga en mis labios, la cubrí con algunas mantas y me marché.

No obstante, antes de irme, tomé la carta haciéndola añicos. Ella no estaba molesta conmigo, como había pensado Manfred, sino llena de horrores como siempre he creído. El amor que le profeso ella lo conoce y comprende, incluso lo comparte, pero el horror de aquellos días sólo ella puede decir que lo vivió en primera persona. A veces me gustaría arrancarle esos pensamientos, secuestrar cada recuerdo que aún la destroza, y sumergirla en la inocencia. Sin embargo su carácter es así gracias a sus vivencias y es ruin pensar que podría cambiar su pasado sin cambiarla a ella.

Hace unas horas he ido a buscarla. Estaba en la cama meditando con la mirada perdida y las manos juntas, pero en una pose relajada, y recargada contra la pared. Sus cabellos largos, sedosos y oscuros caían revueltos sobre sus hombros. Se veía hermosa y cansada.

—Petronia—dije apoyado en el marco de la puerta.

—¡Qué!—rugió con furia.

—Te amo—susurré esbozando una tenue sonrisa.

—¿Y qué quieres? ¿Un premio? ¡Lárgate con ese idiota a jugar a las cartas o al ajedrez! ¡Hazlo y déjame en paz! ¡Hazlo o te tiro una bota a la cabeza!—gritó girando su rostro hacia mí mientras yo sonreía.


Ella era así de fiera, pero también melancólica y humana. No es el monstruo que Tarquin en muchas ocasiones pinta.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt