Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta la voz. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la voz. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de marzo de 2017

Conciencia

—¿En qué piensas?—preguntó.

Había estado en silencio por tres largos días. Notaba ahí su presencia tocando mi cuello, como un dedo frío, pero nada más. No se había pronunciado después de acabar el último renglón de nuestra nueva vivencia. Quería gritar para que me respondiera, pero preferí que fuese él quien dijese algo. Él debía romper el hielo.

—En nada en concreto—respondí a sabiendas que él conocía todos mis pensamientos, fuesen buenos o malos.

Realmente intentaba no pensar en Nicolas. Quería olvidarme de él. Últimamente venía a mi mente con frecuencia su rostro, sus manos pellizcando las cuerdas del violín y su figura alzándose más allá de los cielos de París.

—Oh, vaya. Es la primera vez en mucho tiempo—comentó con una risa baja.

—Quizás estoy aguardando algo—susurré con una sonrisa llena de misterio. No podía ocultar nada, ningún desafío.

—¿El impulso de mi locura?—preguntó.

—Eres tú el motor, no yo—lo decía por la última que habíamos vivido buscando la Atlántida.

—Oh, eso crees—dijo riéndose a carcajadas.

—Las aventuras proseguirán—afirmé.

—Siempre—sentenció.


Seguirán porque soy un ser inquieto, al igual que él. Deseo descubrir cada misterio por extraño e imposible que parezca. Me quiero convertir en rey de los sueños, portador de luz en la oscuridad y misionero de algo más que locura.  

domingo, 22 de enero de 2017

Príncipe Lestat

Escrito desde mi cuerpo, pero no soy... adivinen.

Lestat de Lioncourt 

Después de décadas de silencio apareció como una estrella del rock convertido en Mesías. Mutó de ser el causante de cualquier gran desastre a ser la fuente de esperanza. Príncipe Lestat se ha convertido en un ejemplo de superación, ruptura de creencias, reformas profundas en el alma y necesitad absoluta de justicia y unión entre los nuestros. El amor yace en cada palabra y es muestra de ello en las distintas relaciones que se encuentran narradas. Es tiempo de encuentros, de sonrisas sinceras, de abrazos fugaces pero intensos, de declaraciones fuertes que te hagan temblar y de abandonar la guerra insensata por la comprensión más intrínseca. Esta es la penúltima aventura ha sido una revolución, aunque muchos no han querido verlo así y se han mantenido fríos al respecto.

Estamos tan acostumbrados a ver muerte, hambre y destrucción en cada cadena de televisión, odio en las calles, desprecio al diferente y a ser sordos ante las plegarias de otros que tal vez esta aventura ha quedado relegada a nada. Muchos tienen el corazón tan congelado como las calles de medio planeta en estos días de duro invierno. Un corazón que ha sido lacerado, humillado mil veces, expuesto a ojos viles y que ahora muestra latidos frívolos y apáticos. Sin embargo, aquí estamos para recordar que la unión hace la fuerza y esta sólo se puede hacer bajo la comprensión, respeto y amor.

Hace tan sólo unos días el mayor ejemplo de persona racista, machista y clasista ha asumido el cargo de mayor responsabilidad en Estados Unidos de América. Un ser que destila odio, venganza hacia los que no piensan como él, asco hacia otras culturas y misoginia. No obstante nos queda esta aventura que nos recuerda que existen milagros, que a los dictadores y tiranos, sean de donde y como sean, terminan aplastados y subyugados por los verdaderos líderes que son el pueblo.

Imaginad que habéis sido convertidos en paria. Igual que Lucifer cuando preguntó demasiado a Dios e intentó ser igual de libre, poderoso e inteligente. Dios, bajo su mandato soberbio, lo desterró y lo aisló. Lestat ha preguntado y experimentado demasiado. Debido a sus numerosos conflictos consigo mismo y el resto se vio solitario. Es un inconformista y un ser demasiado activo. Su mente siempre está filosofando y retándose una y otra vez. Decidió marcharse de Nueva Orleans y caminar por desiertos, junglas, selvas, montañas nevadas y grandes ciudades absolutamente entregadas al consumismo más pueril. Fue de un lugar a otro durante diez largos años. Se olvidó de todo y todos. Quería ser libre. Gabrielle tomó la misma decisión casi al año de vida entre los nuestros. Él siempre buscó el abrigo y consuelo de otros, pero tras las muertes y los desafíos de toda una vida provocó que quisiera tener su rato de pena y soledad. Reconstruyó los viejos dominios de los Lioncourt y se instaló en su castillo de vez en cuando. Entre tanto el fuego arrasaba Brasil, Calcuta y diversos puntos de Europa como Roma. El fuego consumía jóvenes vampiros y locales donde se reunían. Ya no eran tan numerosos como cuando Akasha sembró el terror, pero existían. Los lamentos se multiplicaban y desde la radio se escuchaba un clamor popular: ¡Dónde está Lestat! ¡Dónde están los milenarios! ¡Quién ayudará a los jóvenes! ¡Nos están matando!

Es difícil de asumir que al paria lo necesiten. Es terrible saber que quizá sólo él tiene la respuesta. Un paria que nunca ha sido escuchado, pero que ha sabido escuchar y ver más allá en cada alma. Es posible que por eso muchos desprecien el libro y hayan quedado descontentos. Querrían que el paria siguiera siendo paria y el mundo nunca le agradeciese años de esfuerzo. ¿No es un poco miserable eso? Además, se habla de adelantos científicos para colaborar con los vampiros. ¿Acaso la ciencia nunca ha estado vinculada con los vampiros? La ciencia y la tecnología es lo que siempre ha motivado a Armand. También a otros vampiros. Aunque algunos como Marius desprecia lo frívolo y extraño que puede ser estos adelantos, pese a que ha usado la televisión o la radio para animar las noches de Akasha cuando aún era los más parecido a una figura de mármol.


Bienvenidos todos a la penúltima aventura de Lestat...

domingo, 8 de noviembre de 2015

Revolución

Daniel Molloy habla aquí de los miedos y como evitan revoluciones. 

Lestat de Lioncourt 


Los miedos son un lastre que nos evita seguir hacia delante. Conozco bien la sensación de querer huir y esconderse en una trinchera, esperar que la guerra pase y rezar porque sea rápido. Intentas evadirte, evitar enfrentamientos y lágrimas. Aceptas las explosiones y metralla como algo más de la vida, pero a la vez curas tus heridas alejado de todos y sin queja alguna. Es aceptar unas cadenas que no te pertenecen y terminan hiriéndote en lo más profundo. El miedo es lo peor que puedes tener, pues coartan tu libertad y tu deseo de superarte. Los miedos son asesinos de la creatividad y las mentes brillantes, castigo injusto y peligrosos aliados.

Hay quines tienen miedo a decir lo que piensan porque temen ser castigados con la diabólica soledad. Ésta sociedad te juzga en pocos segundos y te clasifica. Evidentemente es un lugar competitivo y todos quieren ser líderes, aunque no posean cualidades. Nadie quiere ser un borrego más en la manada. Sin embargo, terminamos siéndolo al intentar agradar a otros. Somos animales sociales y buscamos el confort. Aunque hay quienes salen de ese círculo de confort, por mucho que desee ser amado, porque sus mentes son inquietas y aún más sus lenguas. Un claro ejemplo es Lestat.

¿Cuántas veces hemos visto a Lestat quedarse de brazos cruzados ante una posible disputa? Las discusiones son frecuentes, las guerras internas que posee su alma son insaciables y es un monstruo imposible de contener. Ha experimentado consigo mismo y los límites de la eternidad. Sus palabras han movido el corazón de miles, ha logrado inspirar a artistas y ha invocado a seres diferentes de ésta, tuya y nuestra, tribu.

La revolución son actos y palabras, ideas que surgen y germinan en corazones dispuestos a todo. El miedo puede que devore muchos sueños, pero hay soñadores que no permiten quedarse estancados. Siempre habrá alguien que hable mal a tus espaldas, personas sin valores que detesten que tú poseas cierto orgullo y gente sin honor que se dediquen a humillar a otras buscando la fama fácil. Hay quienes se han labrado un nombre en éste mundo gracias a guerras, mentiras y programas de televisión donde despiezan a otros como cadáveres. También tenemos el ejemplo perfecto en páginas de las diversas redes sociales. Actualmente los gobiernos están controlando más y más la información, evitando éstos casos pero también a las personas que intentan abrir una brecha. El problema no es la falta de legislación, sino la falta de educación. Muchos buscan guerras con otros en vez de abrir guerras consigo mismo.


La verdad prevalece, lo justo acaba convirtiéndose en algo esencial y lo demás, que son las mentiras y la falta de honor, acaba destrozando el alma de aquellos que inician miedos, sacuden los cimientos ajenos o provocan aversión. Hay que salvarnos de los miedos y de aquellos que los crean. Debemos olvidarnos de la opinión ajena, sacrificar consejos y arriesgarnos. Quien no arriesga no gana. No se puede vivir con supuestos y remordimientos de no haber vivido lo suficiente.  

lunes, 11 de mayo de 2015

Belleza...

Él sólo quería ayuda, pues se sentía herido. Pero ahora no hay problemas. Al menos eso creo.

Lestat de Lioncourt


Podía escucharlo susurrar incoherencias. Por mucho que intentara obviar sus palabras inútiles, ese balbuceo incomprensible, aparecía como el zumbido de un insecto. En ocasiones lograba captar alguna frase coherente, pero la mayoría de ellas eran absurdas e incomprensibles. No conocía la lengua, aunque era capaz de averiguar el significado de cada una de las palabras que llegaban a mí como una bocanada de aire.

Una noche me encontraba en el taller. Mis manos se movían ágiles, aunque precisas y lentas, sobre una nueva pieza. Era una concha perfecta que había encontrado en una de las playas cercanas a nuestra residencia. Durante varias horas había examinado la pieza. Me pregunté si podría sacar a Venus salida del mar. Una Venus más inocente y menos sexual. Quería un ser que daba sus primeros pasos en el mundo, tomando conciencia de su poder, pero esa voz empezó a parlotear algo sobre la belleza, el poder y la vida.

—Muchos viven pero pocos tienen el poder de controlar su propia historia. No conocen la belleza del poder, ni el éxtasis de la hermosura más fina y fragante. Las flores son hermosas, contienen poderes inconfesables, y pueden ser símbolos de un mundo perdido. Belleza, belleza, belleza, belleza...

—¿Quién eres?—pregunté arrugando la nariz.

No hubo respuesta. Nunca tenía respuesta a mis preguntas. Siempre existía un insondable silencio que me provocaba un sentimiento de soledad insoportable.

—La belleza, ¿verdad? Es hermosa la belleza—llegó a decir.

—Bueno, es belleza—respondí—. Ese es su fin.

—Conoces la belleza. Creas belleza. Te gusta la belleza—murmuró.

—¿Quién eres?—dije nuevamente.

Me dio nuevamente la espalda. Decidí que debía volver a retomar mi trabajo. Sin embargo, tenía la sensación que alguien me observaba. Pensé que era un ser mucho más antiguo que Arion y yo misma. Aunque me conocía bien. Sabía que amaba la belleza de los camafeos y sentí un escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral.

—Mata por mí. Estamos sufriendo. Hay muchos jóvenes que no valen para nada...

—No—respondí—. No me apetece mancharme las manos con los llantos de esos inútiles. Si quieres matar a alguien hazlo tú. Yo no voy a mover un dedo por ti. No sé quién eres y no quiero saberlo—respondí centrándome en mi trabajo.


Volvió en otras ocasiones, pero siempre lo ignoré. Fue sencillo. Una noche ese murmullo desapareció. Arion también lo escuchó, pero él disfrutaba demasiado de su pasatiempo favorito: el ajedrez. Ninguno le hizo caso. Manfred no lo escuchó. Sin embargo, hubo ocasiones que me sentí más irascible que nunca.  

Monstruo...

No quiero imaginar el dolor y la angustia que pasó Khayman. Ahora descansa.

Lestat de Lioncourt



Contemplaba como ardía todo. Era un mero espectador. Como si fuese tan sólo una escultura alzada en mitad de la tragedia, sin siquiera comprender las terribles consecuencias que podían ver mis oscuros ojos. Hace tiempo que desconozco el motivo por el cual todo a mi alrededor se convierte en humo, ceniza, fuego y gritos de angustia. La desesperación parece anidar en las almas de aquellos que perecen.

No recuerdo el camino. Me pierdo por los senderos del refugio próximo a nuestro hogar, camino descalzo con los dedos hundidos en el lodo y reaparezco envuelto en cenizas con los ojos llenos de lágrimas. Nada calma el dolor. Es como si dividieran mi corazón en mil pedazos. La escasa cordura que alguna vez tuve se diluye en mi sangre, se convierte en veneno y ese veneno lo saboreo como hiel en mis labios. No disfruto de la vida. En realidad, llevo meses hundiéndome en sueños terribles donde soy un monstruo que se alza apático, terrible y con deseos de venganza. Sin embargo, ya la guerra terminó. Enterramos el cuerpo, las armas y la frustración de otros tiempos. Todo debería estar en paz. Sin embargo, la paz no prospera.

La vida se ha convertido en una rutina. Soy de nuevo un militar al servicio de un ser extraño. Pierdo la capacidad de mi cuerpo, entro en un caos terrible y cuando llego al hogar, sucio y cansado, sólo encuentro unos ojos azules cargados de amargura. Maharet no puede soportar más el dolor de verme convertido en un asesino despiadado. Jamás mis manos estuvieron manchadas de ese modo. Siempre intenté ser justo, pero la justicia no comprende de esas terribles Quemas.

El sudor pega a mi frente mis largos cabellos negros. Mi piel blanca, como el mármol, parece una hoja de papel en la cual se puede leer culpable. Mis ojos oscuros, los cuales contemplan aún las luces tintinean en algunas aldeas cercanas, ven lo terrible que soy cuando me miro en el reflejo del pequeño lago. Me he convertido en un monstruo insaciable, mucho más terrible que la antigua Reina y no puedo dar marcha atrás. Lloro por la tragedia que se avecina. Me aferro a las faldas de Maharet, suplico que me siga queriendo y que no permita que me marche. Pero es imposible. Nadie puede detenerme. Soy un juguete roto en las manos de un sádico.


sábado, 28 de marzo de 2015

Buscar mi propia fuerza

Khayman, y muchos otros, no lo dieron por muerto. Tenían razón. Mael estaba vivo.

Lestat de Lioncourt


La soledad puede hacernos perder el juicio. En ocasiones, la soledad está ahí sin más. No importa cuantos te rodeen. Es absurdo creer que la soledad sólo te abriga cuando el silencio llega, te abraza y susurra a tu oído. Hay quienes son incapaces de sentirse solos, pues llevan consigo una horda de recuerdos y promesas que les impulsa a seguir escalando en sus sueños, persiguiendo momentos, secuestrando palabras y aproximándose lentamente a lo que siempre ha deseado tener. Sin embargo, hay quienes poseen todo, inclusive aduladores natos, y notan un vacío tan terrible que puede provocar que terminen sintiéndose unos fracasados.

Me he sentido solo en muchas ocasiones. He deseado que alguien se apoyase realmente en mí, me tomase de los hombros y me dijese: Yo te escucho. Sin embargo, sólo he encontrado silencio, mentiras agradables y pasiones insípidas. Mi mundo, ese que es parte de todos nosotros, se redujo drásticamente. Quise creer en otros, seguir a otros, y buscar un Mesías para abrazar una nueva fe. No sirvió para nada. Comprendí que seguía sintiéndome tan vacío y absurdo como hacía tiempo.

Pensé durante mucho tiempo que estaba maldito. Pero luego comprendí que mi maldición es la mayor de las bendiciones. Acepté que tenía que ser yo mismo y no otro. Busqué mis raíces allá donde ya nada quedaba. Hallé la solución cuando el dolor de mis heridas me impedía salir a las calles y hacer mi vida con normalidad. Aunque, ¿se puede llamar vida a lo que hacemos? Nos arrastramos por los suburbios, buscamos gente a punto de morir por una sobredosis, enfermos sin cura, bastardos corruptos y mendigos que sólo tienen su alma para refugiarse del frío. Lo desconozco y no quiero inmiscuirme en esos temas. Ya me había cansado de ese círculo vicioso.

He recorrido el mundo escuchando el murmullo de una voz siniestra. Creía volverme loco. Mis heridas eran terribles. Por mucho que bebiese no me curaba. Durante años parecía un leproso. Me ocultaba en los bosques, bebía sangre de animal y buscaba la luz de la luna para guiarme entre las viejas raíces, hojarasca y hongos. Aprecié el olor a humedad. Saboreé la tierra entrando en mi boca en las mañanas más lluviosas y enterré mis dedos en la tierra cada atardecer.


Ahora, que la guerra entre los nuestros parece haberse enfriado, busco torpemente como mantenerme decidido. Busco a Talbot. Hay una historia que debe saber, un susurro que tiene que escuchar, y un ser que debe observar como si fuese una aparición.

lunes, 23 de marzo de 2015

Dame un lugar

Benji y Armand, Armand y Benji... tanto monta, monta tanto. Un encuentro de esos dos, un momento a solas, algo perfecto... ¿e imperfecto?

Lestat de Lioncourt 


—¿Has pensado alguna vez que el mundo es extraño, intenso y a la vez minúsculo?—preguntó de pie, frente a las gigantescas cristaleras del apartamento, mientras miraba el mundo a sus pies despertando en mitad de una nueva locura.

El cielo ya estaba oscuro, las estrellas eran difíciles de ver debido a las luces artificiales, y los viandantes parecían hormigas. Las aceras estaban atestadas de muchachos desenfadados, empresarios buscando un taxi para llegar a casa, mujeres cargadas de responsabilidades y vagamundos que desconocían su futuro. En la parada del autobús había un muchacho, de unos veinte años, tomando un café para llevar de una empresa con un logotipo muy reconocido. Su aguda vista de vampiro le permitía ver algunos rasgos, aunque ligeramente difuminados, mientras golpeaba suavemente su frente contra el cristal.

—A veces—respondió.

—¿Crees que todos tenemos un lugar cierto?—susurró girándose, para dejar apoyada su espalda en la ventana, mientras le miraba con unos ojos tan adultos como oscuros.

No quedaba nada del niño que fue. La viva inteligencia se alimentaba de sus años. Ni siquiera sus diminutos rasgos infantiles eran visibles. Frente a él era un hombre joven, aunque adulto, con la seriedad de un hombre de negocios buscando la respuesta que todos buscamos. Estaba seguro que quería salir corriendo, quitarse la ropa y ser un animal salvaje.

Estaba cansado de lo políticamente correcto, de luchar para que otros terminasen olvidándose de dar las gracias, de amar sin ser correspondido como debía y de observar las injusticias que se acometían cada noche. Sin embargo, seguía de pie. Él emitía su programa nocturno en una radio en Internet. Explicaba con lujo de detalles las noticias más relevantes para los vampiros, confesaba sus miedos y esperaba, con cierta impaciencia, que otros contestaran con llamadas. Amaba a su público. Para Benji los demás, esos que estaban al otro lado, dependían de él como él dependía de ellos.

—Un lugar cierto... —murmuró.

Estaba frente a él. Sus ojos eran tan oscuros como los de Benji, pero sus cabellos fulguraban como llamaradas en la oscuridad. No se diferenciaban demasiado en estatura. Sin embargo, Armand optaba por los trajes blancos, las camisas celestes y la ropa que le diese un toque celestial. Benji estaba vestido como un pequeño discípulo de banquero. La americana negra, sin pañuelo ni chaleco a juego, creaba un contraste agradable con la camisa blanca de algodón, ligeramente desabrochada y sin corbata o gemelos, junto con los pantalones oscuros y los zapatos lustrosos. Era un hombrecito. Parecía un muchacho agradable para cualquier mujer, pero también para ciertos hombres. Armand, sin embargo, era un ángel con rasgos terriblemente andróginos.

—No sé si existe un lugar—aclaró—. Pero te aseguro que siempre tendrás mis brazos—susurró acercándose, pero Benji no hizo amago de ir con él—. Pequeño... cariño... amor mío... ¿qué ocurre?

—Confiáis en mí, me amáis, respetáis mi trabajo y aún así... aún así me siento un niño y soy querido como tal—pronunció con rabia—. ¡Mírame como a un hombre! ¡Atrévete a quererme como a cualquiera de tus amantes! ¿No soy yo más respetable que nuestro creador? ¡Armand!

—Te amé desde que te vi—susurró—. ¿Cómo podría no amarte?

—Me amas como a un niño—dijo, con una sonrisa amarga—. No soy tu nuevo Riccardo, ¿sabías?

—No eres él—se apresuró a decir—. Tú para mí eres una bendición.

Benji rompió a llorar, igual que lo haría un niño. Si bien, en sus lágrimas podías ver la amargura de un hombre adulto, condenado a una pasión terrible y un amor desesperado. Él se acercó, despejó su frente y dejó un pequeño beso sobre ésta. Después, como haría con sus otros amantes, le ofreció sus labios. Su boca, trémula y carnosa, era apetecible y Benji aceptó ese beso como una nueva confesión.


—Eres más que un niño—murmuró cerca de su boca, rozando sus labios con los de su joven compañero—. Tú eres mi compañero, mi amor, mi querido beduino... nadie podrá ocupar tu lugar. Tienes un lugar cierto y es en mi corazón.   

lunes, 23 de febrero de 2015

Marius y Mael, de nuevo frente a frente, ¿no creen que esto es épico?

Lestat de Lioncourt


Habían pasado varias décadas. Las últimas noticias sobre Mael eran terribles. Sin embargo, estaba allí. Frente a él estaba aquel viejo compañero y enemigo. Sus ojos azules, casi glaciales, parecían hundirse en los míos y profundizar en mi alma. Al menos, lo intentaba. Su piel estaba oscurecida, aunque tan sólo tenía un ligero aspecto más humano. Sus cejas, finas y doradas, se fruncían hasta casi unirse. Tenía el cabello largo, caía sobre la chaqueta de cuero que llevaba y le daba un aspecto demasiado salvaje. Parecía perdido.

—¿Qué haces aquí?—pregunté sin soltar el pincel.

Llevaba horas intentando plasmar en el muro un fresco que representara la gran tragedia vivida, la herencia recibida y el pasado que no vuelve. Khayman, Las Gemelas y el dolor que todos llevábamos tatuado en nuestros recuerdos. La expresión dulce y sosegada del viejo guardián, un guerrero fiero y leal, parecía la de un niño. ¿Y no era eso lo que siempre fue? Un niño por su corazón noble, pero con el aspecto de un adulto. Las Gemelas, a cual más hermosa, se miraban complacientes intentando recordar la última vez que fueron completamente felices. Era una pintura compleja. El cielo azul, como el de un amanecer de verano, resplandecía con las diversas tonalidades celestes mientras que las hermosas pirámides, esas que formaban parte del reino de Kemet, se alzaban sobre las doradas arenas del desierto.

—Me dieron por muerto hace tiempo, pero tú sólo preguntas el motivo de mi visita—bromeaba. Sin embargo, sus bromas siempre tenían un toque amargo, e incluso sarcástico, cuando las lanzaba hacia mí como dardos envenenados—. No has cambiado nada.

—Mael... —chisté.

—Quería verte—dijo aproximándose.

Durante algunos segundos dudé. Pensé que podía ser un sueño. Anhelaba creer que estaba vivo. Habíamos tenido nuestras desavenencias; sin embargo, aceptaba su compañía del mismo modo que aceptaba la de otros. Fue, sin lugar a dudas, al único idiota que he perdonado en tantas ocasiones. Quizás, y sólo quizás, porque él me dio apoyo cuando nadie lo hacía. Luchar codo con codo con tu enemigo lo convierte en tu hermano, aunque es algo que jamás le he dicho. Nunca diré que admiro su fuerza, respeto sus decisiones y extrañaba tenerlo frente a mí.

Sacó de su chaqueta un ejemplar de Prince Lestat. Portada negra, letras rojas, folios inmaculados y esquinas torcidas por las numerosas veces que lo había leído. Sí, lo había leído al menos unas veinte veces. ¿No podría creer que Maharet estaba muerta? Quizás.

—Ah, ese libro—susurré.

—Yo también oí esa voz, pero decidí...

—¿Qué decidiste?—interrumpí.

—Viajar solo, sin rumbo, sin un lugar al que llamar hogar y... —su voz se arrastraba lentamente, como si quisiera tomar conciencia de todo lo vivido.

—¿Y?—pregunté.

—Con la soledad como mi gran amiga—guardó el libro y me agarró de los brazos. Sentir sus dedos contra mis brazos, apretándolos, me recordó a los años en los cuales me dio sus consejos, aunque no los respetaba, y la vida era más sencilla.

—¿Cómo te sientes?—dije por obvias razones.

—Ella ha muerto, él ha muerto, y la hermana también. Todos han muerto—hizo un inciso frunciendo el ceño, apartándose de nuevo y caminando hacia un pequeño diván que había en la estancia—. ¿Cómo crees que me siento? Tal vez hundido, pero he regresado por Jesse.

—Ah, esa joven vampiro—susurré.

—¿Y por quién volvería?—preguntó.

—Avicus—aquel nombre hizo que su rostro cambiara, pero de inmediato guardó las formas.

—Ah, ese imbécil que aún se cree erudito...

—Mael...—negué ligeramente. Sabía que no lo perdonaría, del mismo modo que yo no podía perdonarme a mí mismo por tantos fracasos.

—Romano—chistó acomodándose en el diván, para luego no decir nada más.


Allí se quedó toda la noche contemplando como trabajaba. Lo hizo en riguroso silencio.  

viernes, 13 de febrero de 2015

Caballero impetuoso

Tenía entre sus manos una taza de café proveniente de Brasil. Era un café fuerte, con mucha cafeína y de un olor intenso que recorría la cafetería embriagando a los más adeptos. Su aspecto era desenfadado, pues estaba recostado sobre el sillón de cuero negro y las piernas ligeramente flexionadas. Sus largos, aunque gruesos, dedos acariciaban ligeramente el borde. Los vampiros amamos el calor de las bebidas. Sin embargo, él era más de ponche y té. Aunque, en esos momentos, todo valía para recordar aquellos días en Brasil. Sus ojos eran tan oscuros como el contenido de la taza y su sonrisa era muy atractiva. Me porté mal. Fui un villano. Sin embargo, él se mantuvo a mi lado y me dio su apoyo incondicional. Incluso ahora, que todo parecía apuntar a mí, seguía apoyándome pese a que muchos rumores aún continuaban.

—Te veo bien—dijo.

David había convertido aquel cuerpo joven, y eterno, en el recipiente perfecto de un alma antigua, aunque no tan vieja y malévola como la mía. Sus ojos no se apartaban de los míos y me provocaba ciertos escalofríos.

—Mejor que nunca—añadió tras una larga carcajada—. ¿Qué ocurre? ¿En qué lío andas sumergido'

—¡En ninguno!—exclamé vehemente—¿Acaso no puedo venir a ver a un viejo amigo?

—Bueno...—se encogió de hombros y tomó una pose más formal. Estaba cómodo en ese cuerpo, que para mí fue una cárcel de piel y huesos, y parecía divertirse conmigo. Se divertía con mis ojos clavados en los suyos, mi notable inquietud y mis deseos de conocer. Quería conocer algo que él me negaba. Quería saber—. Dilo.

—Llevo algunas décadas soportando la visita de fantasmas—expliqué—. Necesito tu consejo...

—¿Consejo o experiencia?—alzó su ceja derecha y luego la izquierda, después simplemente relajó el rostro y aproximó la taza a sus labios aunque no dio sorbo alguno.

—Tu compañía—respondí—. Estoy cansándome, David, de escuchar y ver fantasmas. Estoy harto de discutir con Louis. Necesito que estés tú ahí, tu figura y tu apoyo. Necesito al amigo incondicional, ese que aprecio y admiro.

—No soy tu niñera—replicó.

—No lo eres, lo sé. Tampoco mi amante—susurré bajo—. Pero te extraño.

—Y yo a ti, amigo—dijo estirando sus brazos, soltando la taza, para tomar mis manos. Tenía las manos algo más ásperas, calientes y grandes.

Me pregunté que pensarían de nosotros los demás. Tal vez seríamos dos viejos amigos, dos amantes o simplemente hombres que intentan coquetear. Aunque no me importaba lo que pudieran decir. Sólo quería sentirlo cerca.

De improvisto se incorporó, tomó asiento al lado mía y me besó. No lo rechacé. Me aferré a él y subí mis brazos sobre sus amplios hombros. David me besaba aceleradamente haciéndome sentir viejas sensaciones. Al apartar su boca de la mía, dejando de sentir la presión de sus labios y la incursión de su lengua, jadeé y bajé la mirada como un quinceañero. Era extremadamente atractivo y tenía una impetuosidad que carecía cuando nos conocimos. Sin embargo, esa serenidad y caballerosidad seguía ahí.

—Te quiero. Siempre te he querido—dijo hundiendo su rostro en mi cuello—. Jamás he podido odiarte. Nunca he dejado de amarte. He confiado ciegamente en ti siempre. Siempre, Lestat.

Esa confesión no era nueva. Sin embargo, me sentí intimidado. Rápidamente me aparté de él, corrí hacia la puerta del local y me marché. Quería regresar al café, pero a la vez necesitaba poner tierra de por medio. De nuevo esa tentación. Otra vez esa sensación. Quise hacer mío a David.  


Lestat de Lioncourt 

jueves, 12 de febrero de 2015

Felicidad fugaz

Vaya, vaya... ¿se puede ser feliz? Yo creo que sí. La felicidad es un suspiro y hay que tomarla. 

Marius y Daniel, amigos míos...

Lestat de Lioncourt

Esperaba pacientemente que la última casa se mantuviese en pie. Había tardado varias noches en terminar aquella gigantesca maqueta. Las montañas las había pintado con cuidado dando el aspecto más natural a la nieve. Las pequeñas casas, lejanas y pintorescas, parecían hundidas en mitad de aquel frío y bucólico paisaje. Fuera el viento soplaba, la ventisca golpeaba el grueso portón y la noche era completa. Llevaban allí encerrados más de un mes. Todo había sucedido rápido, pero se mantenían firmes.

—¿Has vuelto a tus maquetas?—preguntaba, acercándose a él.

—Te noto preocupado—dijo, sin siquiera mirarlo. Sus ojos no se alzaban de los tejados asimétricos y las perfectas paredes que los sostenían.

—Sólo estoy asombrado—susurró.

Sus delicadas y gigantescas manos se colocaron en los hombros de Daniel. La pequeña camisa, arrugada y sucia, parecía ser un muro insignificante. Su piel se erizó y los ojos del antiguo periodista, amante del riesgo y las noticias, brillaron en una chispa de deseo que se apagó del mismo modo que se inició.

—¿Motivo?—ni siquiera movió los labios, pero su voz sonó. Lo hizo en un tono quedo. Parecía un murmullo, o quizás un suspiro.

—Tu tenacidad.

Daniel se giró para verlo bien. Confrontó su mirada y se echó a reír. Ambos rieron por unos minutos. Ni siquiera sabían porque lo hacían. Simplemente reían. ¿No era eso maravilloso? ¿No era eso lo que hacían algunos mortales? La felicidad viene en contadas dosis y esa era una dosis perfecta.

—Me halagas de sobremanera, ¿qué deseas?—preguntó esbozando una ligera sonrisa.

—Tu compañía—. Apoyó su frente en la suya y lo tomó del rostro. Amaba ese rostro. Era un rostro perfecto. Sus ojos, casi violáceos, lo enloquecían. Marius estaba enamorado de Daniel y de sus palabras, así como de la dedicación que tenía hacia sus maquetas.

—Eso ya lo posees. ¿Dónde estaría mejor que aquí?—dijo incorporándose.

Marius abrió sus brazos y aceptó que él se quedara sobre su pecho. De inmediato lo abrazó. Sus labios buscaron los suyos y acabaron unidos en un pequeño beso. Uno de tantos.

—¿Es cruel sentirse feliz pese a la desgracia de tantos?—murmuró Marius.

—No—negó—. Es un alivio—añadió—. Podemos sentirnos dichosos pese a todo, aunque...

—¿Aunque?—sus cejas doradas se alzaron y Marius esperó con paciencia su respuesta.

—No creo que haya terminado—afirmó aferrándose a la túnica borgoña que el maestro de las pinturas, el antiguo Guardián de los Que Deben Ser Guardados, o el Romano poseía.

—Opino lo mismo—susurró, justo antes de volver a besarlo.


La nieve seguía cayendo amontonándose. El mundo rugía en silencio. La Voz parecía una pesadilla, pero no era así. Todo ocurría por un motivo.  

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Las calles se llenan de almas esperanzadas pese a la peliaguda situación en la cual se encuentra la economía. Se busca el espíritu navideño como si fuera el último suspiro de esperanza. En las casas se arremolinan alrededor de una mesa y piden ansiosamente mejorar sus vidas, superar los problemas más difíciles y aceptar los retos del próximo año que ya ronda en el calendario. Recuerdo las viejas celebraciones de la villa en estas fechas. Eran mucho menos suntuosas, los cánticos y alabanzas eran para la iglesia y las familias se reunían frente a la lumbre de la chimenea. La nieve cubría los caminos, por lo tanto la comida de esas fechas era la carne de la matanza de hacía algunos meses, el pan que lograban adquirir y alguna pieza de fruta sacada del bosque. No había Navidad.

Han pasado muchos siglos. El mundo ha cambiado. Las celebraciones han terminado siendo algo muy distinto. La religión ha pasado a un segundo plano y hay niños que desconocen que celebran un nacimiento. Muchos bailan al son de una música estridente. Algunos se olvidan inclusive de la fecha marcada en el calendario. Sin embargo, la esperanza sigue ahí. Es algo que me sorprende.

Jamás he dejado de ser alguien con un espíritu especial. He decidido mantener, pese a todo, cierto optimismo. Hace unos meses que tuve que enterrar los restos de tres seres que habían observado el mundo desde su posición privilegiada. El poder que contenían, la sabiduría que acaparaban, quedó regada en miles de pedazos entre los humanos. Cientos de personas en todo el mundo deberían estar de duelo, pues el inicio del germen familiar ha sido destruido. Si bien, nadie sabe nada. Muchos actúan con toda normalidad.

Desde que conocí a Maharet me he preguntado por mi legado. La vida no se detuvo cuando me marché de Auvernia. Dudo que me echaran de menos durante mucho tiempo. La muerte de mi padre y hermanos supuso quizás cierto alivio y regocijo, pero ¿alguien reparó que mi madre no se encontraba entre los gruesos muros del castillo? ¿Alguien recordó que el hijo menor se había marchado a París a hurtadillas? Tal vez sólo el padre de Nicolas. No obstante mi huella, mis genes, quedó en el vientre de muchas mujeres. Tuve varios hijos. Hay quienes tienen mi legado sin siquiera saberlo. Gente que creció a espaldas de la verdadera historia que debió ser narrada. Mi irresponsabilidad. Sin embargo, no me pesa. No me lastima. No me importa. La única familia que me duele recordar es aquella que formé en New Orleans.

Louis se encuentra frente a la chimenea, con un libro abierto y los ojos cargados de una emoción extraña. Lo conozco bien. Sé que sigue siendo el mismo pese a ciertos cambios que se han introducido en su forma de desenvolverse con sus víctimas. Tiene las mejillas sonrosadas por la sangre que ha logrado conseguir de un borracho hace unas horas. El alcohol no le afecta como antaño, sólo provoca que sonría maliciosamente ante el sabor ligeramente distinto y peculiar. Lleva un suéter de cuello de tortuga color verde cazería, de punto grueso, que parece abrigarlo y retener el calor de la sangre ingerida. Sus pantalones son unos jeans comunes. Creo que son míos, aunque no estoy seguro, pues le quedan algo grandes aunque perfectos con esas botas. Esas se las conseguí yo poco después de venir a vivir conmigo. Está leyendo “Cuento de Navidad” de Dickens. Creo que todos lo hemos hecho alguna que otra Navidad como un ritual extraño. Quizás nos regocijamos de la maldad intrínseca en la historia, la esperanza y el deseo espiritual de llevar una vida feliz. Los vampiros no somos completamente felices, quizás porque hemos visto demasiado.

Claudia no se ha aparecido últimamente. Me pregunto si sólo eran alucinaciones mías, pero si David pudo verla significa que no era así. No quiero pensar en ella. Me duele hacerlo. Cuando veo a las niñas de su aspecto noto sentimientos encontrados que me dividen. Jamás debí crearla, pero algo en mí me dice que hubiese cometido ese pecado mil veces. La felicidad que aportó a mi vida, la experiencia que viví, era necesaria.

Mi madre no ha regresado al castillo. Dudo que lo haga. Detesta este lugar y opina que ha sido una estupidez malgastar así mi dinero. Cree que no debí mover siquiera una piedra. Claro, para ella esto es una cárcel y un monumento al dolor. No la juzgo. Sé bien que el dolor que ella carga es mucho, pero que aún así es capaz de ser libre.

El resto de amigos, incluyendo a Armand, parecen disfrutar de estas fechas con diversa pasión. Sé que él cree aún en Dios y celebra el advenimiento de su Salvador. Desconozco si Marius se prestará a darle cobijo a su lado, junto a Daniel, porque la última vez que lo vi contemplé a un hombre casi derrumbado y a un inmortal, sabio y poderoso, sin saber como darle explicación a todo el sufrimiento que habíamos vivido.


El crepitar de la lumbre me llama. Es como un canto de sirena. Es especial.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 18 de diciembre de 2014

Amada como nadie

Aún siento el peso de aquella responsabilidad, los focos calentando mi piel sudorosa, los ojos de cientos clavados en mi persona que se contoneaba y mis compañeros mortales ofreciendo un recital cargado de seducción y maestría. Muy pocos allí me creían. Tan sólo un puñado de mortales podían entender que era lo que estaba pasando. La mayoría eran vampiros que querían ver con sus propios ojos lo que yo hacía y jóvenes humanos seducidos por la idea de un concierto, nada más.

Ella apareció como un ángel y los destruyó a todos. Era como si el día del Juicio Final hubiese caído sobre sus cabezas. Cientos de miles ardían ante los ojos impotentes de sus seres amados. Los humanos corrían asustados, pues necesitaban un refugio y salir de allí. Miles murieron cerca del aparcamiento, creyendo que conseguirían llegar a su transporte y otros simplemente gritaron hasta que les llegó la hora. Acabó con un sueño, un mensaje y el silencio. Era un milagro, aunque yo lo tachaba de otro prodigio más terrible.

Louis temblaba tras las bambalinas y al correr junto a él, esperando que estuviese de una pieza, vi a mi madre llegar con un transporte formidable. Debíamos huir. Sin embargo, yo sentía que tenía que hablar con ella. Algo me pedía que hablase con Akasha.

Nada ni nadie estaba a salvo. El peligro aumentaba. Ella quería ser considerada una diosa.

Ahora, los pocos supervivientes, sabemos que no era ella la que tenía tales deseos de grandeza. Había estado escuchando a un espíritu cruel que dominó su ambición. Ella quería un mundo mejor, más próspero, y proteger a los futuros niños de un destino fatídico. Deseaba acabar con la violencia, pero engendró más violencia y cometió numerosos pecados. Usaron sus sueños. Violaron su verdad. Destrozaron su alma. No quedó mucho de ella.

Muchos comprenden el motivo por el cual ella parecía confusa, negándose siempre a sí misma su derrota desde el inicio y el dolor persistente en sus ojos que parecían rogar, o más bien implorar, que la liberáramos de todas las cargas. Su belleza quedó grabada a fuego en mi alma. No puedo dejar de pensar en ella como una hermosa estatua de piel canela, ojos profundamente oscuros y sensuales movimientos. Una mujer mágica que vino de lejanas tierras de Mesopotamia hacia el valle de Kemet, que luego sería Egipto, donde las tierras negras eran fértiles y los sueños podían florecer.


Nadie estaba preparado para comprender. El peligro era constante. Ella deseaba ser amada como jamás lo fue.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 27 de noviembre de 2014

Estimado maestro

Me gustaría decirte que lo siento mucho, pero no es así. No lamento nada en este mundo. Es posible que te enoje saber que aún hoy me siento libre de hacer lo que quiera, porque puedo hacer lo que me de la gana. A pesar de toda mi responsabilidad, el futuro apocalíptico que está en mis manos y la sensación de ser observado, voy a seguir siendo ese joven rebelde e impertinente que confesó todo a micrófono abierto. Soy sin duda irresponsable, crédulo ocasional y sobre todo, ante todo incluso ante mi propio lado racional, temerario. No quiero vivir como un cobarde, deseo vivir como un héroe aunque muera en el intento.

No lamento nada de todo lo que he hecho a lo largo de mi vida como inmortal. Quizás me he equivocado, pues viendo mis actitudes y mis problemas estoy seguro que alguna vez habéis tenido razón, pero las equivocaciones, por terribles que sean, son mejores que no haber tenido siquiera una. Hay que experimentar para saber. Hay que sufrir para conocer la felicidad. No se puede vivir sin haber arriesgado nada. No quiero una vida vacía donde lamente no haber comprobado una verdad a medias.

Sé que hemos perdido a personas amadas. Es terrible echar la vista atrás y ver que el mundo se desquebraja. Los recuerdos, el eco de sus voces, la fragancia de sus cuerpos, el tacto suave de sus dedos o simplemente las últimas conversaciones duelen. Te hacen llorar. Hacen que sangren las heridas de nuestras almas y algo nos susurre que pudo haberse evitado, algo que no es ese espíritu que los controló o asesinó.

Quiero recordar todo como un enorme jardín salvaje donde uno puede encontrar maravillosos frutos, excitantes fragancias y maravillosos mundo en miniatura. Porque eso somos, Marius, mundos en miniatura. Pequeños lugares acogedores, aunque terribles, donde nuestras almas emiten juicios, esperan la felicidad e intentan alejar la soledad con la breve compañía de sueños y compañeros tan solitarios como nosotros.

Esta noche, en este apartado lugar, me encuentro solo. Estoy yo y este folio. Es una carta abierta donde dejo que mi corazón hable, dejando atrás todo lo que puedo reflexionar. Quiero descargar mi rabia, pero sólo estoy diciéndote que esto que nos ha pasado nos hará fuertes. Sí, he llorado días. Lo sé, lo sé... tú también has llorado. Recuerdo tus lágrimas. Más bien, recuerdo las lágrimas de todos nosotros prácticamente arrodillados ante las terribles consecuencias de este nuevo episodio. Pero, sólo puedo decirte que el príncipe ha vuelto. He vuelto, Marius. No voy a esconderme como en estos últimos años. Pienso contar todo lo que ocurra. Hay cosas que los mortales tienen que saber. No, no te estoy pidiendo en absoluto que me des tu aprobación. Sólo te confieso mis intenciones.

Sigue amando, sigue viviendo, sigue aprendiendo...

Tu pupilo y amigo,

Lestat de Lioncourt  

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Por amor

Una de las últimas cartas que escribió Khayman antes de morir. Pobre amigo. Él se fue. Si bien su recuerdo sigue vivo.

Lestat de Lioncourt 


Si logras leer esta carta es porque ya no estoy. He desaparecido. Posiblemente estoy descansando al fin de tanto que he visto. No te entristezcas por mí. No vale la pena derramar una lágrima por este viejo guerrero. Si lees esto, Jesse, mi vida ha merecido la pena y Maharet, mi amada Maharet, ha cumplido su palabra.

Hace tiempo que no logro soportar una sola noche. Los días son largos e increíblemente amargos. No logro descansar. Hay una voz que me intenta seducir. Creo que sé quien es. Él ya me atacó una vez y esta vez no permitirá que me vaya en paz. Tranquila. No debes temer. Nunca haría daño a mi descendiente más directa. Te ruego que no vengas.

Han ocurrido cosas tan terribles. El mundo ya no es seguro. Aléjate de mí. Deja que me pudra viendo viejos vídeos musicales de Lestat, escuchando canciones y la voz de ese joven vampiro dando indicaciones a los que le escuchan. Sólo preciso eso. No quiero que me salven. No es una carta de ruego, sino de libertad.

Me despido de ti con todo mi amor. Deseo que pienses que viví feliz. He tenido todo lo que un hombre ha deseado. Me han amado, respetado, cuidado, escuchado y he compartido mi sabiduría. Me siento dichoso. Soy un vampiro que ha vivido como un buen hombre. Las guerras y sus heridas, el dolor que transporté durante siglos, se ha desvanecido. Alcancé la felicidad, pude tocarla con mis dedos y abarcarla con mis brazos. La dicha fue superior a la tragedia.

Siempre os amaré. Amaré a todos. Quiero que hagan lo que mejor crean conmigo. No permitan que haga daño a quienes he querido y protegido. Mi muerte tendrá sentido. Es inevitable.

Un eterno y cálido abrazo,

Khayman.

martes, 25 de noviembre de 2014

La voz lo pedía

Arion y petronia no salieron en Prince Lestat, pero también sufrieron las consecuencias. Aquí un breve fragmento. 

Lestat de Lioncourt


Ese día no podré olvidarlo jamás. Está marcado a fuego en mis recuerdos. Una voz comenzó a balbucear. Primero fue torpe, después se comunicó de forma más coherente. En un principio pensé que era posiblemente un inmortal intentando mantener contacto, perdido y abrumado tras un largo sueño. Después me di cuenta que no era así. La voz surgía de mi interior y bramaba. Creí volverme loco. Sus ideas eran descabelladas. Si me mantuve coherente, firme ante la situación, fue por mi elaborado trabajo.

Crear camafeos y piezas de orfebrería, delicadas y únicas, me confiere cierta espiritualidad con mi trabajo y con una alta concentración. Cada detalle, que son ocasionalmente pequeños esbozos en un papel arrugado, es irrepetible. Petronia aprendió de mí. Mi habilidad quedó sumada a la suya y finalmente logramos conquistar el cuello de cientos de mujeres, así como sus manos enjoyadas y sus hermosas orejas. Si bien, no eran las únicas seducidas por la belleza de cada una de las piezas. Había hombres que compraban camafeos aunque no los lucieran, muchos lo usaban en pequeños gemelos y había varios que decidían exponerlos en vitrinas como verdaderas obras de arte.

Yo no cedí a la voz. Ni siquiera me importaba su insufrible zumbido. Llegué a no escucharla durante meses. Si bien, una noche tras abandonar mi despacho, con un suculento acuerdo entre mis manos, llegué a casa y encontré el desastre. Petronia perseguía a Manfred arrojándole los caros jarrones de china, los magníficos cuadros renacentistas que colgaban de las numerosas habitaciones y él sólo chillaba mi nombre. Los sirvientes habían huido espantados. Las discusiones se habían elevado en muchas ocasiones, pero jamás vi algo similar.

—¡Vas a morir! ¡Jamás debí crearte! ¡Morirás en mis manos! ¡Te drenaré y luego haré que combustiones!—exclamó Petronia.

De inmediato arrojé el maletín a un lado, me deshice del abrigo e intenté mediar. Corrí tras ella agarrándola de los brazos, pero se liberó con un fuerte empujón. Ella estaba usando todas sus fuerzas, así que decidí usar yo las mías.

—¡Quieta! ¡Pese a todo quieres a Manfred! ¡No le hagas daño!—grité escuchando los sollozos y lamentos de nuestro compañero.

—¡Aparta tus manos de mí!—dijo al notar que nuevamente la atenazaba, pero esta vez era un agarre casi imposible de soltar.

—¡Arion ayúdame!—decía con el rostro bañado en lágrimas sanguinolentas. Sus escasos cabellos canos estaban revueltos, la ropa estaba arrugada y rota, y sus ojos eran dos esferas de amargura. Tenía miedo. Creo que incluso temblaba.

—¡Él me lo pidió!—rugió apartándome de forma violenta. No fue sólo un empujón sino que también me pateó. Su furia era inmensa.

El empujón me había hecho caer sobre una vitrina. Los cristales se clavaban en mi espalda, nuca, rostro y manos. El ruido de cada uno penetrando en mi carne dura aún lo recuerdo. Sonaba a un cuchillo clavándose en un trozo de filete. La habitación se empapó de mi olor a sangre, la cual empapaba mi camisa de blanco algodón.

—¡Miente! ¡Yo no pedí eso!—recalcó Manfred.

—¡Tú no! ¡La voz! ¡Lo haré porque él me lo pidió!—su voz sonó distinta. Era como si dos seres hablasen a la vez.

Supe entonces que no había mayor remedio que atacarla. Me tiré sobre ella forcejeando y comencé a drenar sus venas hasta el borde de la muerte. El Loco nos miraba sin saber qué hacer, pero bastó una mirada mía para comprender que ya no podía vivir con nosotros. No de momento.

Los pasos ligeros de Manfred por el pasillo, sobre las losas de mármol blanco y negro, retumbaban en mi cabeza junto al fuerte corazón de Petronia. Estaba ejerciendo sobre ella todas mis fuerzas. Mis manos atenazaban sus muñecas hasta quebrarlas, sus delicadas manos de dedos largos parecían ceder a una muerte inminente. Su rostro, hermoso como siempre, dejó de tener un aspecto temible y se asemejaba más a una hermosa muñeca de porcelana. La camisa que llevaba, violácea, quedó manchada por mi sangre. Los cristales se enterraban más en mi cuerpo, las cicatrices ya eran más que evidentes. Sus ojos empezaron a tener un aspecto vidrioso, sin vida, y en ese momento supe que todo había pasado. Ella al fin se había calmado. Estaba completamente confusa por lo que había ocurrido, la tomé entre mis brazos y la pegué contra mí. Lloré amargamente mientras le ofrecía mi cuello y ella bebía de nuevo. La voz nos hablaba y era terrible. Recriminaba nuestra discusión y que, de ese modo, el Loco hubiese huido. Las noches siguientes fueron baños de sangre y fuego. Juntos matamos a cientos, cediendo ante la voz durante algunas noches, pero entonces la dejamos de oír nuevamente y decidimos hacer como si nada hubiese pasado.


Actualmente todo ha vuelto a la normalidad, pero el Loco no ha querido regresar. Teme que ocurra otra desgracia. Ella ha decidido apartarse unos días en el viejo santuario donde yacía noche tras noche en los viejos tiempos, cuando se cansaba tanto de mí como de discutir conmigo. En cuanto a mí he regresado a mi oficio y ruego que jamás suceda algo como aquello. No quiero volver a mancharme las manos de la sangre de mis iguales.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt