Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 22 de diciembre de 2016

Santa Claus is coming

Admito que me ha emocionado saber esto.

Lestat de Lioncourt 


—¿En qué estás pensando?—preguntó.

El tren tomaba la curva en ese momento en una de las calles más pobladas. La maqueta era de Londres, cuando la época industrial estaba en su mayor apogeo, y me había llevado días terminarla. La nieve acumulada sobre los viejos tejados le daban un aspecto mágico, casi navideño.

—Dímelo tú—respondí colocando la última figura, un Santa Claus.

Quise echarme a llorar como cualquier huérfano, pero me mantuve con la vista puesta en los raíles de aquella pequeña máquina que imitaba a una locomotora de hierro antigua. Incluso hacía su pequeño ruido al marchar sobre las vías.

—Daniel, no has venido aquí para...

Mi ojos violáceos no le permitieron continuar. Tenía la vista puesta en aquel hombre que parecía un coloso a mi lado, debido a lo anchos que eran sus hombros. No parecía un ciudadano romano, por mucho que se sintiese hijo del imperio, sino un celta de ojos sabios y rostro marcado por la tragedia. Podía leer en la nula expresividad de sus labios un dolor que no dejaba marchar.

—Armand no puede cuidarme, ¿verdad?—dije regresando la vista a mi pequeña obra—. Se ha rendido.

—He pedido que me deje cuidarte, pues sé que ambos poseen una riña demasiado intensa—iba explicando—. Es algo que no vais a poder limar con facilidad.

—Ah...—suspiré y luego dije con voz alzada—. ¡Y pensar que creí que ser un vampiro sería vivir para siempre sin problemas!

Me detuve en miad de la calle. La nieve se acumulaba. Tenía las manos heladas, así que las metí en mis bolsillos. Él, casi de inmediato, se aferró a mi brazo. Había estado recordando en silencio la vivencia de hacía más de diez años. Quise echarme a llorar, pero me contuve. Sus ojos almendrados estaban puestos en mí como un niño curioso y yo no pude hacer nada más que sacar mis manos, colocarlas sobre sus mejillas encendidas y desear besarlo. Pero no lo hice.

—¿Estás bien?—preguntó.

—Sí, sí... —balbuceé, antes de apartarme y seguir caminando.

—Hacía mucho tiempo que no estábamos juntos, uno al lado del otro—dijo apurando sus pasos para volver a agarrarme del brazo. Tenía el cabello pelirrojo oculto bajo un ridículo sombrero rojo con renos en color blanco. Realmente parecía un niño.

—¿Por qué me abandonaste junto a Marius?—pregunté al fin al culpable de todo.

—Creí que era la única forma de mantenerte con vida—respondió sin titubeos, por lo cual supe que era verdad—. Recuerdo como enloqueció Nicolas y lo mal que me porté. Inicié un desastre.

—¿Y ahora?—pregunté deteniéndome frente a un enorme y hermoso escaparate de juguetes, el cual se iluminaba con cierta potencia—. ¿Por qué has aceptado caminar conmigo?

—Porque todo lo que ha ocurrido me ha hecho desear estar aquí, junto a ti, aunque sea unos minutos—contestó con una sonrisa alegre y franca. Era la primera vez que lo veía ser feliz a mi lado, la primera vez que parecía no tener peso en sus bolsillos.

—¿Es un regalo de navidad adelantado?—dije frunciendo el ceño.

—Sí, lo es.


Entonces me tomó de los hombros, logrando que me inclinara, y me besó con la terneza que tienen los labios de un muchachito. Allí, bajo una pequeña nevada en las calles neoyorquinas, él me ofreció el mayor premio de todos: su cariño.  

lunes, 19 de diciembre de 2016

O Christmas Tree

Mael podría ser salvaje, pero también era alguien que sabía consolar. Yo también creo que sigue vivo, aunque sea en nuestros corazones. ¿Adónde estará? 

Lestat de Lioncourt

—¿Alguna vez te has sentido solo?—interrumpió el silencio que ambos habíamos formulado.

Ella tenía sus manos, de largos dedos finos de color marmóreo, sobre mi larga cabellera rubia pajiza. Trenzaba pequeños mechones, casi insignificantes, como si fueran espigas de trigo. Hacía aquello con parsimonia mientras el fuego caldeaba la habitación. Era una casa situada en una montaña, excavada en la roca, y sin luz eléctrica. Llevaba viviendo allí algunos años cuando yo la conocí.

Fue extraño. Paseaba por el bosque acariciando las cortezas de los árboles, como ella acariciaba mis cabellos en ese momento, preguntándome adónde fue toda mi cultura y si mi familia me recordó incluso después de la muerte. Un raro presentimiento caló hondo en mi pecho y noté como otro inmortal me observaba. Me giré y no vi nada, pero pronto salió de entre los matorrales una hermosa mujer como si fuese un animalillo salvaje. Por su cabellera pensé que era la representación de un zorro astuto y vivaz, pero al ver sus ojos sentí un escalofrío. No tenía ojos. Carecía de globos oculares, pues sus cuencas estaban vacías.

Después supe que Akasha había hecho tal atrocidad y ella conseguía ojos de hombres y animales, para así poder ver el mundo que la rodeaba. Aún así era diestra correteando por el bosque y olfateando el mundo igual que un sabueso. Era una mujer ligada a la naturaleza, vinculada como una hija y una madre. La admiré desde el primer momento en el cual la vi con ese manto rojizo lleno de minúsculas ramitas y diminutas hojas. Sus manos olían a musgo y su vestido a arcilla.

La noche era oscura como la pesadumbre de un viejo solitario, pero la luna se alzaba entre las hermosas y frondosas copas de los árboles. Las estrellas brillaban con fuerza. Hacía frío, pronto nevaría. Era prácticamente invierno y el infierno blanco se acercaba.

—¿Solo?—dije abriendo los ojos para ver el fuego, y luego girarme hacia ella.

Había estado ensoñando con nuestro primer encuentro, hacía más de diez años. Un encuentro fortuito que me había hecho vibrar y aún hoy, tras tantos años, lo sigue haciendo.

—Sí, como si necesitaras estar al lado de otro, aunque no hubiese conversación o esta tuviese largos espacios de silencio—explicó.

Esa noche aún no había robado un par de orbes para su cara de hermosos rasgos. Tenía las mejillas marcadas y algo sonrosadas, pese a que no se había alimentado correctamente. Vestía uno de sus largas túnicas verdes con un pequeño cinturón. Sus pies estaban cubiertos de trapos viejos, no tenía zapatos. Era una ermitaña que enviaba cartas cada semana a sus descendientes, la cual pronto se volvería adicta al mundo moderno y a la tecnología. Eso sería cuando tuvo que aparecer con mayor frecuencia para proteger a Jesse.

—No.

—Quizás...—murmuró acomodando sus manos sobre mis hombros—. Olvídalo.

—Tal vez sientes esa profunda necesidad de compañía porque tu hermana no está—dije directo—. Buscas en otros la compañía adecuada, alguien que entienda tus gestos y caricias. Necesitas que aprecien tu silencio y tus palabras—susurré girándome suavemente hacia ella. Vi en su expresión pena y necesidad. Estaba a punto de echarse a llorar, pero permaneció entera.

Había numerosas cartas de navidad sobre la mesa. Ella tenía alquilado un número postal donde todos enviaban sus cartas, tarjetas, postales y diversa documentación. Ella leía con pasión cada nota. Incluso era capaz de cantar las buenas noticias. No conocí jamás a una mujer más bondosa y entregada a su familia, aunque estos eran descendientes lejanos de su hija. Creo que lo hacía por ella. Por esa niña que no pudo sostener en sus brazos más de unas semanas. La misma criatura que nació de un acto ruin, pero que unió las vidas y almas de dos seres profundamente apasionados.

Sí, conocía a Khayman. Él venía de vez en cuando con sus trajes caros o prendas de cuero. Sus calzados llegaban destrozados por la caminata, pese a que podía volar como las aves o los murciélagos. Se acercaba a ella, besaba sus mejillas y le contaba lo que había descubierto de la familia. Esa Gran Familia Humana que tanto amaba. Después se iba, encomendándome a mí su compañía.

—Sí, quizá—contestó con una sonrisa bondadosa, para seguir trenzando algunos mechones más—. No obstante, creo que es porque sé que ella está ahí fuera... y...

—Y sufre, como tú—murmuré en tono quedo—. Sufres porque quieres encontrarla.

—Y tú, Mael, ¿por qué sufres?—preguntó echando sus brazos sobre mis hombros, para luego besar mi mejilla. Esperaba una pronta respuesta.

—Yo ya no sufro—mentí para que ella no notase mi dolor, pero creo que se hundía en la brea que era mi alma—. Hace tiempo que dejé de hacerlo.

—Es mentira, ¿sabes que conozco y comprendo todos tus gestos?—me dijo.

—Ah... mujer...—dije riéndome porque me había agarrado con una mentira en mis labios— ¿Cómo eres tan observadora?—pregunté girando mi rostro de nuevo hacia el fuego—. Digamos que sufro porque aún intento llenar el vacío que quedó tras la muerte de mi cultura, mi religión y mi compañía junto a Avicus. He ido llenando mis bolsillos de experiencias, de hermosas conversaciones contigo, pero...

—Falta—intervino.

—Sí, pero admito que es grato estar frente al fuego junto a ti. Es una época relevante para los celtas, aunque ahora se convirtió en el nacimiento del Dios cristiano entre los humanos. No quiero pasar estas fechas solo—me abracé mejor las piernas y suspiré. Me sentía perdido entre ese mar de gente insolente que eran las ciudades. Cuando bajaba por la colina y me perdía por los pueblos, los centros urbanos y finalmente entraba en tiendas o avenidas muy pobladas sentía pánico. La gente ya no amaba, no sentía, no deseaba de corazón... Todo era muy plástico y barato.

—Ya está, terminé—dijo agarrando el espejo que había sobre sus faldas, para dármelo y permitirme observar su obra.

—¡Ah! ¡Parezco un elfo de cuento de hadas!—me eché a reír a carcajadas apreciando ese trabajo. Incluso había colocado pequeñas ramitas y trozos de su cabello rojizo como ataduras. Parecía un elfo guerrero al cual le faltaba el arco y las flechas.

—A mí me pareces un hombre muy bondadoso—susurró cerca de mi oreja derecha, provocando que me sonrojara.  

domingo, 18 de diciembre de 2016

The twelve days of christmas

Hablar con Marius es hablar con una pared... 

Lestat de Lioncourt 




—¿Podemos hablar?—pregunté desde la puerta.

Había abandonado la biblioteca, mi lugar de esparcimiento y crecimiento personal, donde ejercitaba mi mente con libros de matemáticas, ciencias, literatura o historia. Aprendía de cada autor, rebatía sus ideas, dejaba atrás la religión que me impusieron mis padres y todo lo que la sociedad había creado a mi alrededor. Tenía mis bolsillos vacíos de piedras baratas y empezaba a tener joyas. Llené mi alma de vivencias intensas únicamente por amor.

—Siempre hay tiempo para una conversación—respondió bajando el pincel. Se encontraba pintando un pequeño lienzo, quizá para ofrecérselo a Armand. Era un niño Jesús recostado en un pesebre muy simple, pero extremadamente hermoso por los detalles.

Me aproximé a él observando con minuciosidad la obra, pero de inmediato hablé. Me había concedido su atención y cedido su palabra. Tenía que aprovechar el momento.

—De acuerdo, entonces hablemos de mi regalo—dije abrazando con fuerza el libro que aún no había soltado. Llevaba conmigo un borrador simple de las memorias de Armand. David Talbot me regaló el libro, como si de un caramelo se tratase, sólo porque insistí que quería ver cómo me reflejaban en las líneas de aquella historia que también era parte de la mía.

—¿Quieres hablar de algo tan banal?—dijo tras una ligera risotada.

—Deseo hacerlo porque mi petición no lo es—expliqué mirándole a los ojos. Él enserió su rostro, dejó sus bártulos de pintor sobre una mesita aledaña y se giró por completo hacia mí. Parecía una enorme estatua de un bárbaro, como él llamaba a los celtas, con algunos rasgos romanos y una túnica borgoña que cubría hasta sus pies, los cuales estaban cubiertos como los de Jesús de Nazaret. Tenía unas sandalias simples de cuero y sus dedos blancos, algo robustos, tenían un aspecto amenazador. Cualquiera podía sentirse David contra Goliat.

—Oh, ¿y qué deseas?—preguntó ensimismado con mi belleza infantil, la cual Armand había calificado de celestial o querubín de iglesia barroca.

—Deseo que dejes de hacer daño a Dybbuk—dije tras arrugar suavemente la nariz. Estaba molesto, pero a la vez esperanzado.

—¿Cómo?—murmuró atónito.

—No puedo permitir que siga lamentándose y sintiéndose tan vacío. Dice que no sabe amar, que jamás comprendió el amor, pero es porque ama demasiado y se deja influir por estos sentimientos.

Rápidamente alzó las manos hacia el frente, con los brazos ligeramente retraídos hacia él, ofreciéndome una imagen de “alto el fuego” bastante cómica. Yo sólo era un recién nacido en las sombras, un niño que había sido arrancado del frío del invierno. Contemplé en sus ojos sorpresa y dolor, también algo de indignación.

—He aprendido a amar gracias a él, se lo dije—dijo con cierta vehemencia, aunque su tono seguía siendo suave. No era el tono, sino la forma en la cual lo dijo.

—No has aprendido—dije negando con mi pequeña cabeza cargada de rizos oscuros—. No lo has hecho. Él sigue sufriendo. No te has disculpado.

—Lo hice a mi manera—confesó.

—Tus maneras no son las justas ni adecuadas.

Mi tono mostró en ese momento indignación. No podía soportar aquello. Era una burla a lo que Dybbuk era.

—A mí me lo parecen—explicó girándose de nuevo para tomar sus útiles y seguir con su labor.

—Amo, no lo son—me acerqué más y lo tomé de la túnica, jalando de él con mi mano derecha. Parecía un niño aferrado a la falda de su madre—. Armand sufre—mis ojos estaban llenos de lágrimas que no pude contener. Empecé a llorar—. Deseo como regalo navideño que se reconcilien como es debido. Necesito ver en su rostro la alegría que jamás ha convivido con sus labios y mirada. Necesito...

—Faltan doce días para la celebración de la navidad, algo que no me simpatiza ni me mueve deseos algunos, pero lo haré si así lo deseas.


Aquella Navidad él ofreció ese cuadro junto a unas disculpas más sinceras, pero poco útiles. Armand ya estaba tan dañado que jamás pudo perdonar tanto sufrimiento. Y es que cuando rompes algo, cuando dañas algo, cuando haces que estas personas se sumerjan en dolor, no puedes solucionarlo con unas simples y miserables palabras de un discurso bien aprendido de antemano.  

sábado, 17 de diciembre de 2016

A Christmas Carol

—¿Qué demonios haces?—preguntó desde la puerta.

—He decidido que quiero pasar tiempo de calidad con Rose, pues pronto será Navidad y hoy representa en su escuela “A Christmas Carol” de Dickens—expresé frente al espejo mientras intentaba acomodar la corbata. Jamás se me había dado bien los nudos de esas elegantes sogas.

—¿Vas a ir solo?—dijo entrando al fin.

Posee un porte que yo jamás tendré. Cada paso parece medido y su mirada, tan humana como aviesa, se clava en mí como dos auténticas dagas hechas con diamantes de color verde. Su gentil sonrisa se dulcificó cuando me tomó de los hombros y logró vernos en el espejo. Él vestía un traje verde botella de tres piezas, si contaba con el chaleco a juego, y una camisa blanca pulcra sin corbata. Tal vez porque no le hacía falta. Yo tenía un aspecto salvaje pese a mi uniformidad de hombre de negocios de altos vuelos. Por el contrario yo usaba un azul marino muy oscuro, una camisa similar a la suya y la corbata roja en tono borgoña.

—No sabía si querías asistir—expliqué.

—Tiene doce años y debe ser ya toda una damita, seguro que muchos jóvenes se fijan ya en su belleza.

—Es una niña—repliqué algo molesto. Incluso fruncí el ceño juntando mis cejas.

—Dentro de cuatro años la considerarán un buen partido, pues las mujeres parecen madurar antes. Con dieciséis años todas asisten a fiestas, unas más alocadas que otras, donde bailan con otros jóvenes de su edad y se enamoran estúpidamente del chico cuya sonrisa es más bonita—comentaba girándome hacia él, para deshacer la corbata y comenzar a anudarla.

—Luego maduran de verdad y se dan cuenta que es mejor estar solas—dije con cierto orgullo, aunque no sabía qué tipo de mujer sería Rose. Había intentado por todas mis fuerzas que fuese culta, educada, con bondad en su corazón y una madurez fuera de lo común. No obstante era bastante tímida y quizá muy ilusa en muchos sentidos. Temía que la hirieran cuando llegase su primer amor, aunque en estos momentos sólo representaría por primera vez un bonito cuento navideño.

—Esa es tu madre—me advirtió—. Hay mujeres, que pese a su esmerada educación, deciden por sí mismas seguir a un hombre y ser su apoyo.

—Sinceramente, preferiría que el hombre fuese su complemento y ella fuese el complemento del hombre. Estar de apoyo es muy digno si se desea, pero prefiero que ella aprenda a ser un pilar fundamental de nuestra sociedad—. Hablaba con orgullo y creyendo firmemente en lo que decía.

—Sin condicionamientos de ningún tipo—susurró terminando de acomodar el nudo, para luego tirar suavemente de la corbata, logrando que me inclinara hacia delante. De inmediato rozó sus labios con los míos, mordió con sus blancos dientes el inferior y luego me besó apasionado. Noté como cerraba los ojos bajando los párpados lentamente, para luego soltar la corbata y echar sus brazos a mi cuello. No lo dudé. Reaccioné a tiempo atrapándolo.

Aquella noche asistimos a la obra de teatro en aquel caro y magnífico centro de estudios. Ella parecía vibrar con cada palabra. Era el fantasma de las navidades pasadas y ofrecía al viejo cascarrabias una lección magistral. Los otros niños estuvieron bien, pero no eran mi Rose.


Tal vez he vivido otras navidades con la misma intensidad y belleza, pero no con ese deseo tan ferviente de creer en un Dios bondadoso. Deseaba que la bendijera, que la cuidara cuando yo no estaba, y vigilara sus pasos para que jamás se tropezara con monstruos como éramos nosotros. Era mi pequeña, mi niña, mi dulce ángel... mi Rose.  

Lestat de Lioncourt 

viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad para todos.

Regalos y bondad... a veces nos olvidamos de ello. Algo que  me ha hecho llegar los Mayfair.

FELIZ DÍA DE NAVIDAD.

Lestat de Lioncourt


El hospital estaba silencioso. La mañana de Navidad era como otra cualquiera. El único murmullo que se escuchaba era el metálico de los distintos utensilios, carros de limpieza y montacargas. Las enfermeras se hallaban en su lugar de descanso, algo adormiladas con un café en la mano, mientras los vigilantes de seguridad mantenían sus ojos fijos en las diversas cámaras de seguridad. Los pacientes aún no se habían incorporado, pero algunos empleados comenzaban a trabajar en su nuevo turno, y otros tomaban duchas calientes para salir de allí hacia sus hogares.

Los niños de la planta de pediatría dormían en sus camas, las cuales tenían colores divertidos y se hallaban en habitaciones cargadas de fantasía. Sin embargo, un hospital era un hospital aunque el Mayfair pareciese más un hotel, un spa o una sala de juegos. Aquellos niños estaban allí, privados de celebrar las fiestas como merecían, y soñaban con despertar en sus cómodas camas junto a sus familiares.

Una furgoneta llegó aparcando en la acera aledaña al hospital. Un joven, de unos veinte años, bajó con sus impresionantes dos metros de altura. El joven vestía un impecable traje hecho a medida en color gris humo, pero su camisa era de un rojo llamativo y su corbata verde abeto, colores indiscutibles de la navidad. Junto a él aparecieron dos mujeres, una rubia e impresionante enfundada en un traje de elfa, y otra una sofisticada mujer de negocios con un traje oscuro aunque con algunos detalles festivos en su cabello, como apliques, en su cabello rojo fuego, con forma de muérdago.

Ellos eran los descendientes de Ashlar y Morrigan, los Taltos que revolucionaron a la familia Mayfair. Solían trabajar y vivir en aquellas instalaciones, aunque poco a poco habían retomado el legado paterno. Oberon amaba los negocios, pero también la diversión. Miravelle disfrutaba de comprobar los juguetes que su hermano diseñaba con los diversos expertos en la materia, con los numerosos jugueteros que eran como elfos de Santa Claus para ella, y Lorkyn disfrutaba de contabilizar las ventas y beneficios.

Habían regresado a su hogar, donde todavía vivían gran parte del tiempo, con un camión repleto de juguetes que ni siquiera podían encontrarse en las tiendas. Tecnología de vanguardia mezclado con la fabricación artesanal. Los niños disfrutaban de aquellas muñecas, osos de peluche y juguetes para el aprendizaje.

—Señor Templenton, ¿desea que descarguemos el camión ya?—preguntó uno de sus trabajadores, que había manejado el vehículo hasta la puerta del hospital desde la fábrica.

—Haga bajar a sus compañeros y descarguen—dijo mirando el edificio con las manos metidas en los bolsillos.

¿Cuántas veces había hecho eso su padre? Muchas veces. Él lo sabía porque los recuerdos de su padre vivirían en su corazón, agitaban su alma y le perseguían en las noches. La bondad de Ashlar siempre estaba presente y le provocaba cierta congoja. Deseaba ser como él. Ansiaba tener su magnetismo en los negocios, su inteligencia y bondad. Ellas también deseaban tener algo de su madre y su padre. Querían tener la fuerza necesaria para mantenerse unidos, pues era el mayor sueño de ambos.

No tendrían una isla caribeña, pero Nueva York podía ser su isla y Nueva Orleans un oasis. La empresa estaba siendo todo un éxito y pronto tendrían diversas sucursales. Si habían ido al hospital era para agradecer a la familia su apoyo, así como demostrarle a los niños que Santa Claus puede venir aunque sea en un camión.

Rápidamente los empleados desfilaron junto a ellos hasta las diversas habitaciones, dejando los regalos con sus tarjetas correspondientes. Era sólo las siete de la mañana. Todavía el cielo estaba oscuro. Los pequeños intentaban descansar, aunque el nerviosismo lo tenían alerta. Por ello no tardaron demasiado en despertar, abrir los regalos como auténticos salvajes y gritar de emoción.


Rowan acudió rápidamente ante el revuelto de los empleados y niños, pero no riñó a los tres jóvenes Taltos. Simplemente sonrió satisfecha. Era Navidad y aquella travesura era algo lleno de amor y bondad. La oscuridad del jardín se había despejado y ahora brillaba el sol de un invierno distinto a los demás.  

sábado, 27 de diciembre de 2014

Frío

Armand se vuelve  quejar. Maldita sea... esto ya es costumbre. 

Lestat de Lioncourt

El mundo quizás no es como lo podía recordar en los viejos tiempos. Todo cambia. El paso del tiempo hace mella en todos y cada uno de nosotros. Mutila recuerdos, entierra verdades, sepulta risas y anida en las lágrimas más amargas. El camino que una vez trazamos con firmeza se vuelve angosto, desgarbado y extraño. La nieve puede llegar a cubrirlo varios centímetros y cuando llegas a una gran cuesta sientes que el aliento te falta. Eso es lo que sucede a muchos inmortales. Vivir para siempre puede ser el mayor pecado de bohemios varios. Muchos son los que han deseado esta condena saboreándola como si fuera un regalo, pero no es un don del cual sentirse orgulloso. Carga de una pesada responsabilidad a quien la lleva y aterra a todo aquel que te ama.

Cuando tu corazón pertenece a un tiempo que no vivirás, una época que ya pasó, sientes que el invierno es más duro y cruel. Te conviertes en una estatua de mármol y contemplas como otros te admiran sin comprender hasta que punto puedes perder el juicio. La sangre puede ofrecerte cálidos recuerdos que tú no has vivido, el calor de un cuerpo que no te pertenece y el último adiós de un alma que se desvanece para que tú vivas. Suena crudo, pero es la verdad. Sin embargo, no cambiaría al monstruo que soy hoy en día. No podría. Estoy acostumbrado.

La multitud se arremolina a mi alrededor en las grandes ciudades, los villancicos suenan una y otra vez con multitud de voces y acentos, las compras se amontonan en los maleteros de coches de diversa gama y puedes ver la ilusión únicamente en los ojos los niños. Aún así, la chispa se pierde y queda la oscuridad.

Hubiese deseado que él estuviera conmigo. Sé que tengo a mi alrededor compañeros que me aman, que apoyan mis pasos y me dan todo su apoyo. Sin embargo, falta él. Al faltar me convierto en un alma errante. Soy lo que jamás creí que sería. Mendigo sus brazos fuertes, los cuales me daban vida sin necesidad de recurrir a la muerte, y extraño sus besos apasionados mientras me ruega que lo ame como él decía hacerlo.

No lo culpo. No soy lo que él esperaba. Sólo aparento ser un joven perdido, convertido quizás en la imagen de un ángel inocente, que acude a las iglesias para escuchar las misas navideñas y rezar por su alma, aunque ya está condenada. ¿No es así? Quizás es lo único que puedo hacer. Han muerto muchos que conocía, pero no es una pérdida importante para mí. El dolor que nace en mi pecho, floreciendo con fuerza, es el saber que él está ahí fuera y no es capaz de abrazarme una vez más.


«Maestro... ¿por qué me has abandonado?»

jueves, 25 de diciembre de 2014

Tiempo

Bueno, no todos se besan bajo el acebo. Si no me creen pregunten a Daniel. 

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían vacías, el silencio era impenetrable, las pequeñas puertas tenían colgados sus adornos y las farolas iluminaban con sus luces pálidas algunos rincones. La vida parecía haberse detenido en un segundo exacto, como si el mundo contuviese el aliento, mientras en algún lugar el reloj marcaba un nuevo segundo crucial en la vida de todos. La nieve comenzó a caer sobre la ciudad, copo a poco, amontonándose en las aceras mientras la estampa puramente invernal conmovía a quien la observaba. Los grandes edificios parecían no inmutarse, las pequeñas construcciones se adornaban como en un cuento de Navidad y, posiblemente, un moderno Dickens escribía todo en su cuaderno para inspirarse segundo a segundo.

Sólo una maqueta.

Las calles estaban desiertas porque era una maqueta. Una maqueta perfecta. Unas manos blancas, casi marmóreas, daban su último toque añadiendo algunas luces festivas a un bar olvidado en una esquina. Sus ojos, casi violetas, se concentraban en cada milimétrico detalle. Quería reír, cantar y brincar ante aquella maravilla. Sin embargo, él solo guardaba silencio.

A sus espaldas un ángel de cabellos rojizos observaba todo. Parecía frágil, con un rostro de porcelana propio de una escultura delicada instalada en una fría iglesia. Sus labios eran pétalos de rosa pintados con maestría. Tenía un aspecto majestuoso, pero simple. Era un jovencito contemplando a un genio enloquecido por su propio talento. El suéter cálido tenía un cuello de cisne que cubría su garganta y le daba un aspecto delicado. Parecía un ángel.

Daniel vestía con una simple camiseta, desabotonada, y unos pantalones grises arrugados. No tenía zapatos. El pelo estaba revuelto y parecía cansado. Había estado creando esa maqueta durante semanas. Sin embargo, había terminado. La última nota de color había caído sobre la puerta. Un adorno común y corriente. Algo que le diera el toque final. Había creado una urbe en plena navidad.

—¿Qué quieres?—dijo áspero.

—Vine a verte, ¿no puedo?—preguntó Armand.

—Claro que sí, pero tus visitas no son comunes—explicó—. No sueles venir a contemplar mi ociosidad.

—¿Y qué quieres que contemple? ¿Los adornos del árbol?—inquirió.

—No estoy dispuesto a conversar—susurró incorporándose de la silla, para caminar unos tambaleantes pasos agotados y sigilosos, mientras le miraba—. Sólo quiero descansar.

—¿Desde cuando no bebes sangre?—preguntó ligeramente preocupado, aunque intentó ser discreto.

—¿Y a ti que te importa? Soy un experimento que te salió mal, ¿no es así? Mírate, ahí plantado como un ángel sacrificado—. Se maldijo internamente al encontrarse solo. Igual que maldijo a Marius. ¿Dónde estaba? Lo había dejado solo con ese lunático. No quería regresar a la Isla de la Noche ni quería sacrificarse por un estúpido.

Armand lo tomó de los hombros, apretando ligeramente estos, para dejar un beso suave en sus labios. En ese beso le ofreció su sangre e instintivamente bebió de él. Daniel se aferró al pequeño cuerpo que se presentaba como un regalo. Un mágico regalo del primer día de Navidad. Tal vez sí se amaban, pero de forma extraña. Tal vez sí había esperanza enterrada bajo la nieve.



miércoles, 24 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad

Las calles se llenan de almas esperanzadas pese a la peliaguda situación en la cual se encuentra la economía. Se busca el espíritu navideño como si fuera el último suspiro de esperanza. En las casas se arremolinan alrededor de una mesa y piden ansiosamente mejorar sus vidas, superar los problemas más difíciles y aceptar los retos del próximo año que ya ronda en el calendario. Recuerdo las viejas celebraciones de la villa en estas fechas. Eran mucho menos suntuosas, los cánticos y alabanzas eran para la iglesia y las familias se reunían frente a la lumbre de la chimenea. La nieve cubría los caminos, por lo tanto la comida de esas fechas era la carne de la matanza de hacía algunos meses, el pan que lograban adquirir y alguna pieza de fruta sacada del bosque. No había Navidad.

Han pasado muchos siglos. El mundo ha cambiado. Las celebraciones han terminado siendo algo muy distinto. La religión ha pasado a un segundo plano y hay niños que desconocen que celebran un nacimiento. Muchos bailan al son de una música estridente. Algunos se olvidan inclusive de la fecha marcada en el calendario. Sin embargo, la esperanza sigue ahí. Es algo que me sorprende.

Jamás he dejado de ser alguien con un espíritu especial. He decidido mantener, pese a todo, cierto optimismo. Hace unos meses que tuve que enterrar los restos de tres seres que habían observado el mundo desde su posición privilegiada. El poder que contenían, la sabiduría que acaparaban, quedó regada en miles de pedazos entre los humanos. Cientos de personas en todo el mundo deberían estar de duelo, pues el inicio del germen familiar ha sido destruido. Si bien, nadie sabe nada. Muchos actúan con toda normalidad.

Desde que conocí a Maharet me he preguntado por mi legado. La vida no se detuvo cuando me marché de Auvernia. Dudo que me echaran de menos durante mucho tiempo. La muerte de mi padre y hermanos supuso quizás cierto alivio y regocijo, pero ¿alguien reparó que mi madre no se encontraba entre los gruesos muros del castillo? ¿Alguien recordó que el hijo menor se había marchado a París a hurtadillas? Tal vez sólo el padre de Nicolas. No obstante mi huella, mis genes, quedó en el vientre de muchas mujeres. Tuve varios hijos. Hay quienes tienen mi legado sin siquiera saberlo. Gente que creció a espaldas de la verdadera historia que debió ser narrada. Mi irresponsabilidad. Sin embargo, no me pesa. No me lastima. No me importa. La única familia que me duele recordar es aquella que formé en New Orleans.

Louis se encuentra frente a la chimenea, con un libro abierto y los ojos cargados de una emoción extraña. Lo conozco bien. Sé que sigue siendo el mismo pese a ciertos cambios que se han introducido en su forma de desenvolverse con sus víctimas. Tiene las mejillas sonrosadas por la sangre que ha logrado conseguir de un borracho hace unas horas. El alcohol no le afecta como antaño, sólo provoca que sonría maliciosamente ante el sabor ligeramente distinto y peculiar. Lleva un suéter de cuello de tortuga color verde cazería, de punto grueso, que parece abrigarlo y retener el calor de la sangre ingerida. Sus pantalones son unos jeans comunes. Creo que son míos, aunque no estoy seguro, pues le quedan algo grandes aunque perfectos con esas botas. Esas se las conseguí yo poco después de venir a vivir conmigo. Está leyendo “Cuento de Navidad” de Dickens. Creo que todos lo hemos hecho alguna que otra Navidad como un ritual extraño. Quizás nos regocijamos de la maldad intrínseca en la historia, la esperanza y el deseo espiritual de llevar una vida feliz. Los vampiros no somos completamente felices, quizás porque hemos visto demasiado.

Claudia no se ha aparecido últimamente. Me pregunto si sólo eran alucinaciones mías, pero si David pudo verla significa que no era así. No quiero pensar en ella. Me duele hacerlo. Cuando veo a las niñas de su aspecto noto sentimientos encontrados que me dividen. Jamás debí crearla, pero algo en mí me dice que hubiese cometido ese pecado mil veces. La felicidad que aportó a mi vida, la experiencia que viví, era necesaria.

Mi madre no ha regresado al castillo. Dudo que lo haga. Detesta este lugar y opina que ha sido una estupidez malgastar así mi dinero. Cree que no debí mover siquiera una piedra. Claro, para ella esto es una cárcel y un monumento al dolor. No la juzgo. Sé bien que el dolor que ella carga es mucho, pero que aún así es capaz de ser libre.

El resto de amigos, incluyendo a Armand, parecen disfrutar de estas fechas con diversa pasión. Sé que él cree aún en Dios y celebra el advenimiento de su Salvador. Desconozco si Marius se prestará a darle cobijo a su lado, junto a Daniel, porque la última vez que lo vi contemplé a un hombre casi derrumbado y a un inmortal, sabio y poderoso, sin saber como darle explicación a todo el sufrimiento que habíamos vivido.


El crepitar de la lumbre me llama. Es como un canto de sirena. Es especial.

Lestat de Lioncourt   

lunes, 22 de diciembre de 2014

Dulce Navidad

Memnoch ni descansa ni quiere descansar en estas fechas...

Lestat de Lioncourt


Mi nombre fue sinónimo de luz, pero en estos momentos son la oscuridad que ronda las almas. Mis alas oscuras son tupidas, elegantes como las de un cuervo, y se alzan hacia los cielos nocturnos. Tengo una mira profunda, torva quizás, que se desliza por la silueta frágil de cada uno de ustedes. Mis cabellos dorados resplandecen con la luz de antaño, el cielo de mis ojos parecen romper en una violenta tormenta marina y mis manos, delicadas y brutales, se estiran en un ruego perenne. No obstante frente a otros puedo parecer tan sólo un niño, un hombre, un anciano, una mujer que a duras penas puede caminar, un desamparado mendigo, un fraile, un iluso artista que cree en los versos más bohemios, un muchacho que no aprenderá jamás la palabra prohibido o simplemente la silueta del fondo del vagón de metro con los auriculares puestos y el rostro girado hacia el exterior. Mi nombre es Lucifer, pero me agrada llevar el nombre de Memnoch. Aún sufro por todos ustedes. Aún me compadezco. En Navidad desciendo, como en cualquier otra época del año, esperando encontrar una brizna de esperanza y complicidad.

Soy el muchacho que te has topado esta mañana. Quizás soy el mendigo que se sentó en el autobús aterido de frío. La mujer que sonreía coqueta en el supermercado, ¿tal vez podría ser yo? No conoces mi verdadera forma. Puedo cambiar y ser distinto para el ojo de quien me mire. Puedo parecer una tentación o un despreciable adorno en mitad de un paisaje urbano. Si bien, la importante no es mi silueta vagando por las calles, sino el trato que tú ofreces a otros. Hay quienes no pueden ponerse los zapatos ajenos, los mismos que no serán válidos para mí cuando decida elegir que almas me acompañan al cielo.

Muchos escuchan canciones navideñas en los grandes almacenes y recuerdan con nostalgia a todos aquellos que amaron en el pasado. Sin embargo, no nos engañemos. Las dulces y melancólicas fechas se convierten en consumismo barato, desapego de tradiciones y valores. Hay quienes sólo son capaces de verse a sí mismos sin ofrecer un reflejo completo de todo lo que ocurre a su alrededor. Personas que creen tener la verdad encerrada en su puño, pero que en realidad sólo tienen aire. La nula capacidad para percibir el dolor ajeno es una plaga. Millones se dejan guiar por las luces, adornos de diversas formas y colores, aromas a mazapán y brindis desenfrenados sin recapacitar que hay quienes no son capaces siquiera de sonreír porque carecen de esperanzas, sueños o dinero para adquirir un pequeño obsequio que reemplace la soledad que sienten.

En estas fechas me dejo guiar entre la muchedumbre de los negocios cercanos al corazón de las grandes, controvertidas y carismáticas urbes. He estado en New York, Madrid o Roma. Me he deslizado por las calles de París o Mónaco. Sin embargo, allá donde vaya veo esas pretenciosas sonrisas, esos mensajes vacíos de amor y paz, corazones que son incapaces de pensar en el dolor ajeno y que acompañan sus latidos con el tintineo de un buen puñado de monedas.

Dios me advirtió que las almas están corruptas y no se puede ser pescador en un mar pantanoso. Sin embargo, sigo creyendo que bajo el fango puedo encontrar la solución. La llave al enigma debe estar en uno de esos corazones bondadosos. Personas que aún hoy respiran un poco de optimismo e intentan que otros sientan sus abrazos en los días más fríos. La Navidad puede ser sinónimo de capitalismo, frialdad, codicia, desprecio, ruindad, oscuridad, soledad y dolor. Sin embargo, hay quienes iluminan con un trozo de esperanza, sin necesidad de regalos caros y suculentas cenas, el rostro de alguien que ya perdió prácticamente la fe en la humanidad.



miércoles, 25 de diciembre de 2013

A pesar de la distancia

Bonsoir

Avicus ha querido dejar claro que la distancia y el tiempo no es impedimento para seguir amando y esperando un encuentro. Muchos en estas fechas están lejos de la persona que aman, la familia o simplemente del lugar donde fueron felices. Sin embargo, todos tenemos la esperanza que esas personas regresen al lado más cálido por estas fechas o por otras. Los milagros no son más que la esperanza confirmada. Para todos aquellos que están lejos de la persona o personas que aman sólo tengan fe y esperen a tener a quien aman al lado, frente a frente, y mientras sean felices manteniendo el contacto o simplemente recordando los mejores momentos juntos. 

Lestat de Lioncourt

A pesar de la distancia

Desearía estrecharte entre mis brazos, acariciar tus cabellos como si fueran delicadas hebras de seda y contemplar tu profunda mirada condenándome a hundirme en sus aguas. En sueños te veo caminar entre la nieve completamente desnuda de cualquier temor, posees una capa roja que cubre todo tu cuerpo y deslizas la capucha para dejar que contemple tus cabellos negros ensortijados. Tan hermosa y fuerte como si fueras un lobo sin manada.

Quiero poder arrodillarme a tus pies con una corona de flores entre mis manos, que las tomes y te corones una vez más como dueña y señora de mis sentimientos. Besaría tus pies descalzos una vez más y dejaría que mis dedos tocaran con delicadeza tus tobillos. Extraño tu sonrisa tímida y tu risa escandalosa. Eras la sinfonía de la primavera en pleno bosque otoñal. Tú te convertiste en la luz en medio de las sombras. Necesito volver a rodearte mientras desfalleces en un delicioso sueño y caminamos por las calles más solitarias, igual que hacíamos cuando estábamos en medio de aquel fantástico mundo en el cual éramos rostros anónimos y no vampiros que arrastraban la sed con ellos.

Tú eres el ángel del milagro, yo lo sé. Tendré que buscarte eternamente hasta que pueda besar tus labios llenos de un veneno angustioso y mortal. No desfalleceré hasta poder amarte una vez más. Porque el amor que tengo en mi pecho es eterno. Estamos separados, pero el amor es tan intenso que aún sigo percibiendo tu presencia a mi lado en las mañanas cuando me aguardo del astro rey. Yo sé que estás viva buscándome del mismo modo que yo te busco. No he perdido la esperanza y cuando te tenga nuevamente podré llorar al fin las lágrimas que no he querido derramar.

Mi amor por ti es fuerte. No olvides que mi amor son como las raíces de un roble, el cual excava en las profundidades del alma y deja que mis actos sean las ramas. No olvides que te amo.  

Quiero ese maldito pony

Bonsoir mes amis

¡FELIZ NAVIDAD! Espero que estén pasando unas fiestas perfectas con su familia. ¡Y que brinden y canten tanto como puedan! Santa viene esta noche ¿se han portado bien? Yo les daré recuerdos de vuestra parte a él. 

Y bien, justo de Santa vengo a contaros algo... del odio de Claudia a Santa en éste fic Navideño llamado Quiero ese maldito pony.

Lestat de Lioncourt

Quiero ese maldito pony


Mucho antes que Clement Clarke Moore creara su particular homenaje a la navidad y la figura de Santa Claus ya muchos conocíamos a éste encantador personaje. Un hombre que fue real y sin duda se logró a pulso ser Santo. Sin embargo, San Nicolás no es recordado por haber luchado por la peste y colaborado con enfermos sino por los obsequios y el amor que tenía hacia los más pequeños. La historia cambio y se popularizó hasta ser el sello de bebidas refrescantes, telefonía móvil y cualquier objeto que pueda ser comercializado en las agradables, festivas y entrañables fiestas navideñas. Por supuesto, siempre ocurre algo similar. ¿No somos los vampiros usados en caramelos y juguetitos para niños en las fiestas de Halloween? Eso mismo pasó con el Santo y su historia, sin embargo permitan que les narre un cuento de Navidad que seguramente desconocen.

Hacía varios meses que la pequeña Claudia era parte de nuestra familia. Tres vampiros sueltos en New Orleans cazando hasta llegar al éxtasis. La pequeña aún era inocente, dulce y de aspecto frágil. Su alma se endurecía, pero aún poseía el candor de un alma infantil. A pesar que la peste arrasó la ciudad, de igual modo que ocurrió con la localidad en la cual nació Nicolás de Bari, la pequeña deseaba celebrar las fiestas en la cual se conmemoraba la natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Admito que no era la única emocionada con las fiestas, pues tanto Louis como yo mismo nos veíamos maravillados con las hermosas figuras talladas en madera que vendían en algunas tiendas y leíamos con afán los cuentos navideños que iban publicándose en todo el mundo.

-¿Podré ver a Santa Claus?-preguntó acomodando su diminuto trajecito aquella noche de Navidad.

Llevaba un encantador vestido color turquesa con encaje blanco, su cabello dorado estaba engalanado con hermosas cintas y tenía unos zapatos diminutos de charol que yo mismo había comprado la noche anterior. Estaba radiante, hermosa, con sus ojos iluminados por la fantasía y yo no pude contenerme para abrazarla.

Louis se hallaba a su lado tomándola de la mano con un cuidado extremo, como si ella fuera a romperse, y vestido con aquel chaleco verde con bordados dorados de flores silvestres y sus pantalones negros impecables. Incluso tenía la camisa recién almidonada y el pañuelo de su cuello era del mismo color que el chaleco. Tenía un aspecto impecable y parecía tan emocionado como la niña.

-No sé si podrás verlo. Piensa que quizás Santa viene de día cuando tú ya duermes-dije tocando su nariz con el dedo índice de mi mano diestra.

-¡No! El cuento dice que viene en la noche-dijo cruzándose de brazos y soltándose del agarre de Louis.

-Claudia tienes que estar dormida para que pueda llegar Santa- susurré notando como Louis se inclinaba quedando de rodillas frente a ella, tomándola por los brazos suavemente y mirándola con aquellos ojos verdes que en aquellos días eran apacibles y profundos- Díselo.

-Papá tiene razón, mi vida-murmuró soltando sus brazos para abarcar con ambas manos su rostro redondo de muñeca.

-¿Y qué sucederá cuando llegue mi pony y no tenga agua?-en ese momento tanto Louis como yo nos miramos sorprendidos.

-¿Pony?-pregunté tocando mi mentón- ¿Un pony? ¿Eso pediste en tu carta? Yo pensé que querías muñecas, vestidos nuevos y algún libro de cuentos.

-Eso lo tengo siempre que quiero. Necesito un pony. Me gustó el pony de aquel establo donde estuvimos. ¡Quiero un pony!-exigió apartándose de ambos profundamente molesta- Si no me trae un pony juro que Santa y yo seremos enemigos eternos.

No sabíamos como detenerla, pero al menos no huyó a la calle con tan sólo aquellas prendas como abrigo. Se encerró en su dormitorio dando un portazo que hizo vibrar los muros de nuestra acogedora casa. Negué con la cabeza una y otra vez caminando en círculos entorno a Louis. Aquel pony que no dejé que se llevara sería mi perdición.

Noches atrás habíamos entrado en una vivienda como invitados y acabamos con parte del servicio y con el orfebre que allí vivía, su mujer y sus encantadoras hijas de la edad de Claudia. Era una niña voraz, inquieta y atrevida que no le importaba arriesgarse por conseguir sangre. Tan hermosa como mortífera. Pero al fin y al cabo Claudia era una niña y como niña tenía sus sueños y caprichos. Ella vio aquel pony cuando nos marchábamos. No podíamos levantar sospechas y por lo tanto no permití que tomara de las cuadras aquel animal.

-¿De dónde vamos a sacar un pony?-pregunté alzando los brazos y golpeando el aire enérgicamente.

-Se más discreto-susurró tomándome de los hombros para luego abrazarme, dejando el lado derecho de su rostro pegado a mi pecho- Puede oírnos.

-¿De dónde?-mascullé entre dientes preocupado mientras tomaba a Louis entre mis brazos y deslizaba mis manos por sus sedosos cabellos negros.

-No lo sé-dijo separándose de mí para caminar con elegancia hacia uno de los sillones de respaldo alto, los cuales nunca faltaron en nuestro hogar pese a los diversos cambios en decoración, cruzó su pierna izquierda sobre la derecha y colocó sus manos sobre sus rodillas mientras meneaba suavemente su pie izquierdo, el cual quedó en el aire- Debimos preguntar que era lo que quería.

-Supusimos que serían libros, ropas y muñecas- murmuré derrotado.

-Me quedaré esta noche con ella convenciéndola para que tome sus lecciones de piano, lea conmigo algún libro sobre las fiestas y entone villancicos- esbozó esa sonrisa encantadora que no he vuelvo a ver, esa misma que ha ido desapareciendo para cubrirse de cinismo.

Louis ha ido desvirtuándose, pero en aquellos momentos era un hermoso ángel piadoso de labios apetecibles y ojos compasivos. Era como ver una pantera doméstica que podía ser fiero y salvaje, pero había decidido ronronear con indulgencia lamiendo mis manos. Deseé despojarlo de su ropa, morder su cuello y beber de él mientras gemía con cada una de mis arremetidas en sus deliciosas, redondeadas y firmes nalgas. Sin embargo agité mi cabeza provocando que mis rizos cayeran sobre mi frente, rozaran mis pómulos y cayeran en cascada sobre mi levita.

-Ve, amor mío-aquellas palabras me provocaron un deseo incontrolable por besarlo.

Aquellos labios cálidos de tacto suave me envenenaban. Había regresado hacía escasos minutos de su salida diaria. Tenía aún cierto rubor en sus mejillas y su boca estaba caliente, su lengua estaba húmeda y poseía un sabor metálico que me electrocutaba. Quise bajar sus pantalones e introducir mis manos en su ropa interior, pero me apartó.

-Ve-repitió-Es su primera Navidad con nosotros- la punta de sus dedos estaba fría, pero algo más tibia que mi piel- Ve y busca un pony.

Me aparté resignado y a regañadientes. Sin embargo, hacía aquel enorme esfuerzo por nuestra hija. Tomé mi gabán de paño y una bufanda gruesa, así como mi sombrero de copa y un bastón para ayudarme a caminar por las aceras heladas. Mis pasos serían cuidadosos y buscaría en cada establo un pony. Sin embargo, esos malditos animales no eran muy comunes por la zona.

Primeramente caminé por el barrio francés dejándome llevar por su animada música, aunque a penas estaba asfaltada, y llegué al barrio donde se hallaba la vivienda del orfebre. Si bien, en la casa ya no estaba el susodicho animal y tampoco recuerdo alguno de su familia. Allí sólo había olor a muerte, pues su sutil aroma siempre era difícil de percibir pero aún más complicado era de retirar de una vivienda.

Caminé durante horas, casi hasta la salida del sol, y aunque me distraje observando a mujercitas dormir en sus lechos y bailé con alguna que otra mujer en los burdeles, no cesé en mi empeño. Al llegar lo hice cansado y con las manos vacías. Sólo pude conseguir otra muñeca para que decorara el árbol en la mañana siguiente.

Cuando hice girar la cerradura suspiré pesadamente y sentí que la llave pesaba más que nunca. El cálido ambiente del interior me abofeteó mientras escuchaba la dulce voz de Claudia. Cantaba un alegre villancico que ella misma había compuesto, pues decía que si Santa la escuchaba posiblemente dejaría más de un Pony.

-Estoy en el ataúd esperando que llegues tú. Estoy allí, por favor. No olvides lo que te pedí. Te quiero mucho, eres muy bueno y yo he sido una niña excelente. He querido a papi, he hecho caso a mami y también te haré caso a ti. Estoy en el ataúd esperando a que llegues tú. La navidad ya está aquí, la navidad nos hace vivir emociones increíbles y sueños imposibles- parecía tan inocente y hermosa, mucho más que como la puedo describir. Aquella sonrisa enorme con dientes pequeños y perfectos, su nariz arrugada y sus enormes ojos, me enternecía.

-Bravo-Louis se levantó aplaudiéndola mientras ella se inclinaba suavemente.

Estaban en medio del salón el cual estaba ricamente decorado, aunque quizás de forma excesiva. El árbol estaba repleto de bolas de navidad de miles de colores y formas, poseía una estrella y entorno a él había cordones de palomitas de maíz. Bajo éste había una manta roja esperando que fuese llenada con los regalos que dejaríamos para ella. El sofá donde había estado Louis sentado era estilo Louis XV y estaba forrado con un tapizado similar a las cortinas. Había un nacimiento no muy lejos con la representación en madera de la Virgen María, San José, el niño Jesús, los animales del portal y un par de pastores ofreciendo lo poco que tenían.

-¡Papá!-gritó corriendo para que la tomara en brazos.

Rápidamente tuve el aroma de sus cabellos contra mi nariz, su pequeño peso en mi brazo izquierdo mientras la mano derecha la agarraban bien bajo su axila. Ella echó sus pequeños y blancuzcos brazos de porcelana entorno a mi cuello y rió. Aquello era magia. Creo que jamás me sentí tan sobrecogido como en aquel momento. Iba a decepcionar a mi pequeña.

-Ha pedido perdón por su comportamiento de hace unas horas-susurró acercándose a nosotros con una sonrisa encantadora, la cual cambió a desagrado-Y veo que tú vas a tener que pedir perdón también, aunque creo que ya ni te importa como me sienta.

Había olido el perfume de una de las mujeres, el cual seguía impregnado en mí. Por ese motivo, y no por otro, me arrancó a Claudia de mis brazos y decidió irse a dormir junto a ella. Ni siquiera preguntó si había conseguido aquel estúpido animal.

Me aproximé al sofá tomé asiento escuchando como Louis cerraba el ataúd. Giré mi rostro hacia el armario y suspiré. Decidí que yo podría los regalos y en la caja de la muñeca escribiría “Penny” diríamos que tal vez leyó mal y se confundió trayendo una muñeca llamada Penny y no un pony. No obstante sabía que era un burdo intento de salir bien librado.

Aquella mañana dormí solo en mi ataúd mientras él tarareaba bajo canciones muy hermosas que me hacían suspirar. La voz de Louis siempre ha sido magnífica. Deberían ustedes escuchar como recita. Sin embargo, ya no disfruto de su compañía y es impensable que quiera leer algo para mí. El amanecer llegó y la casa quedó en silencio, pero tras unas largas horas llegó la noche.

Pude percibir el sonido de los pequeños pies de Claudia corretear hacia el salón y después sus gritos de decepción. Sabía que yo era el culpable y la mirada severa de Louis parecía no creer que no pude hallar el pony, pues era imposible, sino que imaginaba que tan sólo me revolqué con aquellas mujeres.

-¡Es imbécil como tú! ¡Maldita sea! ¡Yo quería un maldito pony! ¡Quiero mi maldito pony! ¡Ese bastardo! ¡Mataré a todos su elfos ayudantes! ¡Lo haré con sus renos y quemaré su trineo! ¡Desgraciado!-farfullaba de un lado a otro con la cabeza de la muñeca en la mano diestra y su cuerpo en la zurda.

Aquel día juró venganza, pero cuando creció con quien se molestaba siempre era conmigo y no con aquel viejo gordo barbudo. Y aunque le compramos nosotros mucho más tarde, casi dos meses después, un pony jamás sintió respeto y amor hacia la figura de Santa Claus. Pude comprobarlo años más tarde en una carta.

“Maldito desgraciado llamado Santa.

Soy yo otra vez. Este año no he podido atraparte, pero te juro que si lo llego a hacer seré cruel y retorcida. ¿Cómo se te ocurre no traerme todo lo que te he pedido? Eres un maldito imbécil. Eres tan imbécil como Lestat y eso es sin duda ser bastante estúpido.

¡Quería ese maldito pony! ¡Me había portado bien! ¿A caso no me lo merecía porque mato gente para vivir? ¡Hay idiotas que matan animales por deporte!


Te odio con todo mi corazón, Claudia.”

martes, 24 de diciembre de 2013

Nada destrozará el momento

Bonsoir 

Hoy es Noche Mayfair porque hoy nació Lasher. Os mostraremos textos de todo tipo sobre el evento. También intentaremos publicar el FanFic de Claudia. 


Lestat de Lioncourt


Nada destrozará el momento.


La contemplaba desde el sillón junto al fuego. Aquel día las guirnaldas, luces y arreglos del árbol impactaban contra su corazón hasta dejarlo convertido en añicos. Su figura femenina se veía mucho más delgada y desnuda, con una expresión vaga y perdida en la escena navideña de los jóvenes cantando villancicos entorno a la chimenea mientras otros tomaban ponche, reían y comentaban ciertas anécdotas que a ella no le interesaban. Pero él no podía dejar de admirarla como si fuera una hermosa escultura tallada a la perfección, ensalzando su alma que se consumía y que lo llamaba en silencio.

Se incorporó y caminó hacia ella completamente decidido. Estiró sus brazos y la rodeó mientras hundía su rostro en su cuello, olía la crema que se había aplicado y retiraba sus cabellos hacia un lado. Su chaqueta oscura rozaba su espalda desnuda, pues llevaba un vestido de fiesta con la espalda al aire pero de nulo escote y con una falda que llegaba hasta el suelo. Tenía una figura hermosa y sin duda él la veía como una sirena en medio de la oscuridad, una mujer con una voz que se quebraba y que en esos momentos ni siquiera podía hablar.

Eran las doce de la noche. Ya había pasado el 24 de diciembre y se encaminaba el 25. Lasher nacía. Era la hora de las brujas. Ella yacía tirada en el suelo con sus piernas abiertas mientras aquel monstruo salía de ella, gateando, cubierto de sangre y fluidos dejándola agotada, desfallecida y con el pesar que había fallado a Michael. Sin embargo, la colonia de Lestat la hizo regresar a la realidad y se giró hacia él contemplándolo con lágrimas que no deseaban salir.

-Dime que me amas. Dime que no te importa mi pasado. Dime que nuestra primera Navidad nada ni nadie la destrozará. Dímelo.


-Nada ni nadie destrozará nuestra primera Navidad- susurró besando sus labios de forma tierna mientras sostenía su cuerpo entre sus brazos, apretándola contra él.  

martes, 18 de diciembre de 2007

Feliz Navidad, os desea Lestat y su Clan



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-¿Qué haces Lestat?-Preguntó una voz demasiado familiar. Era mi maestro, Marius, entrando en la sala donde me encontraba realizando una de mis locuras.-¿Saben todos que te encuentras aquí recluido?-Dijo apoyando sus manos en mis hombros.-¿Haces algo productivo o como siempre malabarismos en el aire?-Cuestionó con voz risueña acariciando entonces mis cabellos.

-Hago algo productivo, como siempre. Lo que sucede es que no podéis apreciar mi arte.-Dije girando mi rostro hacia él mientras apoyaba el codo izquierdo al respaldo.

-No lo dudo, no tenemos gusto para ello.-Respondió a mis palabras con tono divertido.

-¡Maestro!-Gritó aquella voz infantil rechinando en mi cerebro. Era Armand con una sonrisa de oreja a oreja tan felina que sentí un escalofrío.-¿Me acompañas al Museo de Arte?-Dijo con sus manos en la espalda y mirada inocente.

-¿Después te lo llevaras a la cama?-Dije con los ojos clavados en él lleno de furia.-Te recuerdo que tienes novio.-Murmuré volviendo a mi escrito. Sentí su furia y sus maldiciones en voz baja. Caminó hacia mí para hacer presente su indignación.

-No todos somos tan ninfómanos como tú.-Dijo algo atacado por lo que había dicho. Marius simplemente contemplaba la pelea como otra más entre tantas, en todas ellas había permanecido al margen hasta que llegábamos a las manos.

-Ese término lo inventaste tú.-Respondí con una sonrisa amplia.-Además del de prostitución, promiscuidad y felación.-Susurré tocando su mentón con uno de mis dedos, el cual apartó mientras su mirada ardía en los infiernos del odio.

-¡Maestro!¡Dígale algo!-Gritó a decibelios que me hicieron taponarme los oídos.

-Sí, eso ahora llama a papá que no te va a salvar el trasero.-Me reí en su propia cara, era divertido hacerle rabiar.

-Armand, ¿qué quieres que diga? Todo lo que dice es cierto, él necesita menos el placer carnal que tú.-Indicó Marius dándome la razón, aunque me asombré bastante.

-¿Habéis visto mi espada?-Interfirió Avicus entrando en la sala.

-No lo sé, si lo supiera trinchaba a Lestat.-Comentó Armand apretando los puños.

-Amadeo, mi querido niño, prefiero quedarme esta noche a trazar unas ideas en papel.-Respondió cuando aún discutíamos ambos.

-Yo me marcho, estoy harto que os burléis los dos.-Comentó indignado caminando hacia la salida.

-¡Lestat de Lioncourt! ¡Maldito seas!-Farfulló alguien desde el primer piso.-¡Te odio!-Esta vez era Louis y subía presto por las escaleras portando la caja de mi regalo navideño.-¿Cuándo vas a dejar de reírte de mí y de recordar mis torpezas.-Comentó sacando por el rabo a la rata muerta que le había regalado.

-Cuando tú, bomboncito mío, dejes de ser tan inútil insultándome cada cinco minutos con el otro mocoso.-Mascullé tecleando furioso.

-Calma mi chiquillo, calma.-Susurró Marius besando mi rostro

-Yo mejor me marcho.-Interfirió de nuevo Avicus corriendo a las escaleras, a nadie le gusta estar dentro de una pelea como aquella.

-¡Encima cálmalo!-Espetó tirándome la rata.-No vuelvas a hablarme Lestat.-Dijo en tono de amenaza.

-Estaré encantado de no hacerlo cher.-Dije riéndome sin poder calmarme.

-No tienes corazón.-Comenzó a echarse a llorar cuando mi madre hacía acto de presencia.

-¡Oh!-Exclamó pasando sus brazos consoladoras por sus hombros.-Mi dulce Louis, ¿te hizo algo este maldito hijo de perra que tengo por hijo?-Preguntó besando su rostro. Recordé entonces que siempre se ponía de la otra parte, jamás en mi situación.

-¡Mamá!-Dije clamando por culpa de su nula ayuda.

-Es la verdad hijo mío, con él no tienes tacto como jamás tuviste con Nicolás. Recuerdo una vez que…-Comentó haciendo memoria, yo la verdad es que no quería oír sus historias de cuando era pequeño y aprendí a hacer mis necesidades en la palangana, mi primer baño, mi forma de jugar extraña con Nicolás o la de veces que había roto mis zapatos nada más estrenarlos. ¿Por qué me sometía a aquella tortura mi madre? No lo sé, creo que todos nos vemos en este punto más de una vez sintiendo como se enrojece nuestro rostro.

-¡Déjalo ya!-Dije intentando parar su cantinela.

-Ves, como digo la verdad no quieres oírlo.-Masculló ofendida cruzándose de brazos.

-No quiero oír batallitas.-Respondí a punto de llorar por la desesperación.

-Pues a mí me encantan, sobretodo esa que no dejaste de mamar hasta los tres años.-Tuvo que recordar mi maestro precisamente esa.-O aquella que dice que hasta los siete mojabas la cama.-Dijo haciendo acto de memoria.-También me encanta esa que te pilló haciendo de doctor amor con tu amigo de la infancia.-Indicó en una risa burlona.

-¡Iros todos a la mierda!-Se mascaba la tragedia, más bien mi ira.

-¡No hables así a tu madre!-Gritó Marius golpeándome en la cabeza

-Sí maestro.-Susurré intentando no llorar por el dolor del golpe.

-Estamos en navidad y no debemos de discutir, así que vayamos con todos a cantar algunos villancicos.-Dijo apoyando su mano en mi hombro para besar mi frente, era un gesto de disculpa por aquel gesto.

-¡A eso iba! Estoy creando un villancico navideño.-Dije con voz melodiosa.

“Y llora y llora y vuelve a llorar Louis en el salón por ser objeto de mis burlas una vez más. Y se queja y se queja y se vuelve a quejar Amadeito por decir la verdad. Todos estais locos y luego dicen de mí, todos los del salón y los que faltan aquí. Y gritáis y gritáis y no hay quien se ponga en Internet.”

-¡Lestat cállate!-Dijeron los tres al unísono.

-De acuerdo, sólo añadiré una frase más. ¡Feliz Navidad!-Mi alegría se desbordaba un año más, como un chiquillo, y abracé a Marius besando sus labios una vez más.

-Vayamos todo a bajo nos esperan el resto.-Indicó Louis recordándome a las Gemelas junto a Santino y todos los demás.





p.d: Nada de lo que he dicho sobre mi infancia es real, aunque tengo algún que otro secreto bochornoso y no lo voy a contar.



(n_n)b FELIZ NAVIDAD

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt