Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 6 de septiembre de 2017

Mi dulce maestro

Esto es amor.

Lestat de Lioncourt 

Estaba de nuevo frente al espejo. Era un espejo pequeño que apenas podía abarcar mi rostro. Uno de esos espejos útiles para poder emplearos para el maquillaje y el cuidado facial. Jamás había usado maquillaje alguno y por primera vez había optado por darme algo de rubor y pintar mis labios. Sentía los nervios en la boca del estómago, pero él llegaría pronto.

El hombre que me liberó y me dio la confianza de creer en mí vendría a buscarme, conversaría conmigo sobre mis maravillosos trabajos de orfebrería y me contaría sobre relatos y poemas que yo jamás había escuchado hablar hasta entonces. Él era culto y a veces muy callado, pero yo siempre lograba que hablase algo más cada noche. Un hombre distinto a los aguerridos y endiosados que solían venir a buscarme para adquirir alguna joya para sus mujeres.

Solté el espejo y caminé por la habitación al borde del llanto. Miré de soslayo los productos que había comprado en el mercado y respiraba agitada. Quería llorar a mares, pero me contenía. Nunca me habían tratado como una auténtica mujer, jamás había logrado fortaleza espiritual suficiente para decidir que usar. En aquel momento deseaba maquillarme, pero no siempre era así. Ahora sí lo quería, lo quería para demostrar que podía ensalzar mi belleza. Podía ser tanto un hombre como una mujer, así como también podía ser simplemente una criatura ambigua caminando las empinadas calles cerca de la falda del volcán.

Me solté el cabello, pues lo llevaba en una bonita trenza, y pasé mis dedos por este. Mis ojos se cerraron mientras mi cuerpo parecía caer de golpe. Un golpe seco contra el suelo de tierra de mi taller, pues no había logrado ponerle aún baldosas, donde la muerte podía venir a visitarme.

De repente él entró por la puerta y me miró. En ese momento rompí en llanto corriendo a sus brazos. Me arrojé sollozando porque sentía que merecía a alguien mejor que yo y yo no sabía como mejorar para él. Entonces, mientras escuchaba su corazón, me habló con su voz dulce y gruesa.

—No llores porque no puedas ser lo que otros desean que debes ser para agradarles. Te he dicho que debes hacer las cosas por mero placer y no por imposición—dijo acomodando sus manos sobre mis hombros, para luego tomarme del rostro y encarar mi mirada acuosa.

—Yo quiero hacerlo, pero desconozco como se hace.

—Yo te maquillaré si así lo deseas. Haré lo que quieras para que seas feliz y yo pueda ser feliz a tu lado—susurró.


Ahí supe que siempre sería feliz en sus brazos.  

jueves, 17 de diciembre de 2015

Pura pasión

Arion y Petronia son dos seres distintos a los comunes, pero a la vez llenos del mismo pecado que a todos nos une y llena. El único pecado verdadero, el que hay que promulgar, y es el amor.

Lestat de Lioncourt


—Eres pura pasión.

Hice acto de presencia en el alfeizar de su ventana. Desde allí la contemplaba apartando las finas cortinas de color púrpura con bordados de oro. Ella estaba dentro observando embelesada las joyas que había creado durante el día. Las mejores conchas, piedras preciosas y metales los conseguía para ella. Ofrecía los mejores materiales para que pudiese desarrollar su trabajo y dejar que su alma se desbordara. Habían pasado varios meses y parecía otra mujer, mucho más fuerte y apasionada. Era libre. Al fin era libre.

Ella ya sabía que tenía su propia voz, y que podía usarla para dejar constancia de sus pensamientos y sentimientos. Hay noches que siempre recordaré y esa, sin duda alguna es una de ellas. No puedo dejar de rememorarla pues se veía hermosa con aquellas telas vaporosas, las cuales dejaban poco a la imaginación. Sus pequeños pechos parecían rebosar de la tela de color cereza, sus labios carnosos estaban levemente pintados con pintura hecha con tinte natural de ciertas semillas de granada, mientras que su cabello se hallaba recogido en pequeñas trenzas decoradas con pequeños broches hechos por ella.

—¿Intentas seducirme?—dijo clavando sus ojos delineados a la perfección.

¡Ah! ¡Seducirla yo a ella! Si yo era quien caía ante aquella musa. Era impresionante su piel clara, como si fuera leche fresca, y esos ojos oscuros que parecían dos uvas tintas.

—Sólo soy sincero—susurré entrando por la ventana, como un ladrón—. Nada más mira tu trabajo. Haces magníficas obras de arte en miniatura, las cuales son fáciles de colocar a la vista de todos.

—Pues, para no intentarlo, lo logras—contestó.

Tenía los brazos adornados con algunos brazaletes dorados, con conchas pequeñas colgadas y pequeños camafeos. No sólo hacía broches, peines y espejos. Ella hacía todo tipo de joyas. El arte la rodeaba.

—Sólo deseo que seas feliz—dije tomándola del rostro.

—Soy feliz cuando me visitas porque me ofreces esperanza.

Sus palabras eran sinceras, pero a la vez seductoras. Con cuidado quitó el broche que sujetaba sus prendas y las deslizó hasta sus pies. Sus pequeños pechos se mostraron sin pudor, con sus pezones cafés erguidos esperando ser apreciados. Me incliné suavemente sobre su cuello, para dejar algunos besos breves, y después, como no, la punta de mi lengua recorrió un vertiginoso camino hasta cada uno de sus pezones, lamiéndolos para luego succionarlos. Sostuve sus pechos entre mi boca y manos, abarcándolos con codicia. Ella suspiraba aferrándose a mis brazos, acariciando mi musculatura.

Noté como temblaba, del mismo modo como suspiraba, del mismo modo que ella pudo apreciar que mis manos la agarraron por la cintura pegándola contra mí. La sostuve entre mis brazos, aspirando el aroma de sus cabellos y dejando un beso en su frente. Mis dedos acariciaban su espalda, tocándola con mimo y pasión contenida.

—Te equivocas—dije—. Tú eres la fuente de toda esperanza, la cual codicio al caer el sol.

Puse mi mano derecha sobre sus nalgas, para luego introducirla entre sus piernas. Introduje un dedo en su pequeña y extraña vagina, notándola húmeda y desesperada. Mi miembro siempre estaba duro, era una pieza de piedra que no sentía lo suficiente como en otras épocas. Sin embargo, para ella era placentero y yo se lo ofrecía siempre que ella lo necesitaba. Con cuidado la tomé entre mis brazos, permitiendo que los suyos me rodeara por los hombros, para luego dejar que su peso ayudara a hundirme en su interior.

Echó hacia atrás la cabeza, dejando a la vista su largo cuello. No lo dudé. Bebí de ella. Pude leer entonces en sus pensamientos los oscuros y pecaminosos deseos que ella tenía conmigo, con nuestra extraña relación.

—Necesito que me lleves contigo—musitó entre jadeos y gemidos. Su voz era trémula, entrecortada y con un tono quebrado. Sus muslos apretaron cálidos mis caderas mientras las suyas se movían frenéticas.

—Pronto, hermosa mía—dije apartando mi boca de su cuello.

—¿Realmente crees que soy hermosa?—dijo mirándome embelesada—. Me siento un monstruo, pero tú haces que crea que soy...—cortó su frase por un estrepitoso gemido.

—El monstruo soy yo—respondí recostándola sobre una mesa robusta que había libre. Coloqué sus tobillos sobre mis hombros y sus brazos por encima de su cabeza, atrapando sus muñecas con mi zurda y la diestra le alzaba las caderas, para luego dejar esa mano libre. Mis movimientos eran cada vez más fuertes, certeros y necesitados. Su miembro ligeramente atrofiado, con pequeños testículos casi insignificantes, estaban ahí aunque ella los detestaba. Sin embargo, no dudé en apretarlos y deslizar el dedo índice y corazón desde la base hasta el glande. Ella tiritó cerrando los ojos, dejando que su humedad me envolviera y sus músculos vaginales se contrajeran. Finalmente, como no, llegó al paraíso. Con cuidado la bajé, aunque sus piernas temblaban, y le ofrecí unas gotas de mi sangre hiriendo mi miembro y metiéndolo entre sus labios—. Ya lo comprenderás con el tiempo—dije acariciando sus pómulos marcados.

Su lengua se deslizó por todo mi sexo, hasta mis testículos, para luego recostarse nuevamente en la mesa pidiendo que lo repitiera. Y, obviamente, repetí aquel acto perverso y placentero para ella. Ésta vez até sus manos tras la espalda penetrando sus nalgas, las cuales rebotaban contra mi bajo vientre.

—Maestro...—dijo agotada después de un coro de gemidos—. Eres bueno conmigo...


Ella se lanzaba a mis brazos y yo me dejaba llevar. Con cuidado, y deseo, la tomé aquella noche, como las demás.  

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Dos monstruos

Arion perdió la paciencia y Petronia no da crédito. Yo tampoco doy crédito. Quinn, el negro puede ser más peligroso que la torturadora habitual... ¡Huye! 


Lestat de Lioncourt 


Habían pasado algunas semanas desde la última vez que tratamos algún tema serio, lejos de los negocios y del mundo en el cual nos desenvolvíamos. Notaba un muro entre ambos, cada vez más grueso y alto, provocando que me preguntara qué estaba haciendo mal o si había llegado el fin para la relación. Nos necesitábamos, eso lo sabía, pero cada vez nos tolerábamos menos. Percibía en ella su apatía en cuanto la miraba, además estaba esquiva y solía vestir con prendas masculinas. Ella era para mí una mujer, la mujer que siempre había deseado tener entre mis brazos, y sabía que en lo profundo de su corazón no sólo vestía femenina para mí, sino para reconocerse a sí misma frente a un espejo. Nunca fue un monstruo, aunque muchos la tacharon de engendro. Siempre vi en ella un ser delicado deseando ser protegido, pero también a su vez deseaba demostrar que podía luchar con sus miedos, la rabia y el dolor, ella sola.

Durante varias horas estuve solo. Manfred se había marchado a un club nocturno para disfrutar de una partida de cartas ilegal. Él siempre ganaba. Era un vampiro, podía leer la mente y saber cuándo ir o no ir en las apuestas. No tenía nada de divertido, la verdad, pero desplumarlos parecía satisfacerlo. Ella se había marchado por algunos días, aunque siempre regresaba. Eran tan sólo unos días de descanso, pero para mí se convertían en miserables momentos en los cuales me percataba que algo se había roto en su interior.

Me había dedicado gran parte de la noche anterior a diseñar algunos camafeos. Sobre el papel parecían sin vida, sobre todo cuando sólo había garabateado con el carboncillo algunas líneas sueltas. Sin embargo, cuando pasaba a darles color para elegir el tipo de piedra y metal que llevarían. Era un trabajo laborioso, pero me agradaba hacerlo. Habitualmente Petronia no seguía patrones, pero a mí me maravillaba ver el trabajo imaginándolo en mis manos. Solía realizar broches, anillos y alguna pulsera. También era capaz de hacer botones, llaveros y diversos adornos para complementos como bolsos de cuero o pequeñas carteras. Trabajaba minuciosamente sin sentir cansancio, pero sí la soledad golpeando mi alma.

Cuando ya eran más de las doce escuché el timbre, los pasos rápidos de uno de nuestros sirvientes y la voz áspera, algo andrógina, de Petronia saludando y pidiendo que nadie la molestara. Sus pasos por la galería eran rápidos, hechos con sus zapatos favoritos, y posiblemente iba vestida de hombre. Sabía que no quería ser molestada, pero había algo que tenía que preguntar. Su lado masculino parecía cada vez más vivo, algo que nos iba separando, y ya no me preguntaba qué opinaba de algunos de sus negocios. Las reglas parecían haberse diluido como un terrón de azúcar en una taza de caliente café.

Me incorporé guardando las pinturas con cuidado, dejando los folios de los bocetos secándose y sacando, con aún más cuidado, un paquete de regalo de uno de los muebles que tenía en aquella habitación. Era mi despacho principal, no el taller. Solía pintar y dibujar en otro lugar, junto a ella, pero cuando no estaba me sentía demasiado vacío realizando algún trabajo sin su compañía. Por eso estaba allí, casi aislado de todo, pero cerca de uno de mis últimos obsequios.

Salí de la habitación dejando atrás la soledad, bien encerrada entre los tubos de pintura y las acuarelas, para acercarme a nuestra habitación. El pasillo parecía más largo que nunca, las columnas de mármol temblaban a pesar de su grosor y sentí pánico. Temía que no estuviese de humor. No quería encajar una bronca ni permitiría que se marchara de nuevo. Necesitaba retenerla. El palazzo era gigantesco cuando se encontraba fuera.

No llamé, pero ella me había escuchado. Se giró con los ojos fríos, una pose totalmente rígida y masculina. Frente a mí tenía un hombre cabello largo y trenzado, con un sombrero de ala ancha y un traje mil rayas negro. El corte era clásico, las solapas no eran excesivamente amplias, y poseía una corbata borgoña que realzaba la camisa de algodón blanco. El chaleco era ceñido, pero aún así no hallaba sus caderas. Su aspecto era muy varonil, sobre todo por el semblante oscuro que poseía su rostro.

—No estoy para soportar tus absurdos reproches—dijo modulando su voz. Tenía un tono aún más varonil y sus ojos parecían clavarse como dardos envenenados.

—Te traía un regalo—en mis manos llevaba aquel paquete, envuelto en violeta con un lazo blanco, que despreció con la mirada y ni siquiera se vio tentada a tomarlo—. Por favor, pensé que te gustaría.

—Te crees que puedes solucionar todo con regalos baratos—explicó.

—No me ha costado precisamente barato. Es uno de los diseños más codiciados y deseados de la semana de la moda de París de hace unos meses—comenté abriendo el envoltorio para que hiciese aparición un vaporoso y elegante traje color champage. Era un vestido de corte clásico, casi grecoromano, con un pronunciado escote que a pesar de todo no enseñaba ni un centímetro del pecho, y que tenía elegancia propia. Era de la diseñadora Elie Saab, marca de alta costura que posee unos detalles asombrosos en sus trajes y que ella solía desear nada más echarles un ligero vistazo—. Es uno de los vestidos de alta costura que tanto te gustan. Pensé que podrías ponértelo para mí, después iríamos a pasear y me contarías que estuviste haciendo.

—Me visto para mí, no para ti—comentó con una ligera sonrisa. Tenía sus facciones duras, muy marcadas, y parecía un hombre de negocios poderoso y pretencioso. Quería agarrar aquella chaqueta y tirarla al suelo, buscar a la mujer que había tras aquella pose. No quería siquiera pensar que estaba perdiéndola en un mar de dudas, mentiras e hipócritas momentos vividos. Debía encontrarla antes que se alejara del todo—. Si quiero pasear puedo ir sola—sentenció cruzándose de brazos, y eso denotó tensión—. Y por último, Arion, no tengo porque contarte lo que hago o dejo de hacer—se giró dándome la espalda para evitar cruzar sus ojos con los míos, como muestra de desprecio absoluto—. Ahora vete, no quiero soportar tu presencia ni un segundo.

—Estoy harto de tu comportamiento—me exasperé. Admito que jamás se había comportado conmigo en privado de ese modo. Era como si estuviese allí, aunque sin ser ella. Sólo era un envoltorio similar.

—¿Cuál?—dijo alzando la cabeza de forma altiva, girándola suavemente hacia mí, para mirarme de soslayo. Parecía dispuesta a comenzar una guerra.

—Desde hace algunos años te estás desviando, alejándome como si fuera un leproso y comportándote de una forma que...

—¿De qué forma?—preguntó dándose la vuelta—. Dímelo.

—Tú no eres así—respondí observando como daba un par de pasos hacia mí, dejando que el sonido de sus mocasines sobre el mármol recién pulido taladrara mi cerebro. Odiaba esa pose que tenía. Detestaba verla convertida en una déspota—. ¿Qué sucede? ¿Por qué finges ser dura e imposible? ¿Quién te ha hecho daño?

Se echó a reír. Esa fue su primera respuesta. Sentí que todos mis sentimientos eran tomados como una broma. Había guardado cada recuerdo con cuidado en los diversos recovecos de mi alma, pero ella parecía haberlos encontrado para romperlos en mil pedazos. La mujer que tenía frente a mí no era quien yo amaba, se había envuelto en odio y cinismo. Ni siquiera sabía cuándo había sucedido.

—Tú me hieres con tu estupidez—reprochó.

—Ponte ese vestido, Petronia, estás en mi palazzo y he decidido que lo harás—me había molestado su actitud, herido sus palabras y hartado su forma de mirarme. Impondría de nuevo mi respeto, aunque fuera por la fuerza. Estaba comportándose como una ingrata, sin tener en cuenta mis sentimientos o cualquiera de mis deseos. Yo siempre pensaba en ella, en su bienestar, pero ella parecía centrarse únicamente en su venganza, fuese cual fuese.

—¿Quién te crees que eres para obligarme como si fuera una niña?—contestó colando sus manos en los bolsillos de su elegante pantalón.

—Tu maestro—respondí de inmediato.

—Oblígame—sonrió con cierta suspicacia, como si ese reto no fuera conmigo. Creía que nunca me comportaría violento, ni ejercería mi poder sobre ella. Sin embargo, ni siquiera yo sabía hasta donde podía llegar mi paciencia. Pero, por supuesto, en ese momento terminó rompiéndose debido al desgaste.

Dejé la caja a un lado, tirándola con algo de violencia al suelo, pero al tomarla a ella, por la solpaba de su chaqueta, ejercí una fuerza que la sorprendió. Rompí aquella prenda con una facilidad inverosímil. Era como si no me importara molestarla.

—¡Pero qué haces!—gritó intentando abofetearme, pero esquivé sus manos.

—¡Obligarte!—dije alzando la voz aún más que ella.

—¡Bastardo hijo de puta!—decía mientras el chaleco se convertía en jirones, los botones de la camisa estallaban, los gemelos de diamantes tintineaban en el suelo, la corbata se convertía en un pañuelo arrugado, los pantalones caían como si fuesen panfletos de papel barato, los zapatos cedieron sin desatar ni uno de sus cordones y con ellos los calcetines. Pronto sus pechos quedaron al descubierto, al igual que sus sexos y la rabia que cubría con la frialdad de su mirada—. ¡Cómo te atreves! ¡Cómo!

Por primera vez, y no me siento orgulloso de ello, la abofeteé con tal fuerza que cayó sobre la cama. Había convertido todo mi amor, la fuerza de mi paciencia, el deseo de tenerla a mi lado en un sentimiento de rabia contaminado con dolor y amargura. Su mejilla se coloreó, pero rápidamente volvió a tener su color pálido habitual. Me miró incrédula, pero no sumisa. Estaba a punto de golpearme cuando la agarré de las muñecas con una sola mano.

—Ni te atrevas a tocarme. Ya estoy cansado de tus golpes, malas palabras y desprecios. Estoy cansado de lidiar con esa coraza que cargas, de aceptar el golpe certero de tus reproches y, sobre todo, estoy harto de tu desprecio—dije con un tono de voz áspero.

Ella se retorcía bajo mi cuerpo, como si fuera la cola desprendida de una lagartija. Intentaba librarse de aquella guerra que ella misma había buscado. Pero entonces, como si fuera una revelación, la besé. Una lágrima se desprendió de mi ojo derecho, bañando mi mejilla y salpicando la comisura de sus labios. No dejó de patalear, pues quería librarse de mí, pero sus intentos de huida parecían haberse serenado por unos segundos.

Cuando me aparté la miré, con el pelo aún trenzado y el rostro bañado en rabia, y noté que ella también me miró inspeccionándome. Estiré mi zurda, pues la diestra seguía agarrándola por encima de la cabeza, para soltar su larga melena negra. Las sábanas eran blancas, casi se camuflaban con la belleza de su piel clara, provocando que su pelo pareciera un río de negra lava. Tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de llorar, pero sólo salía maldiciones en nuestra vieja lengua.

Me incliné hacia ella, observando cada rasgo de su rostro. Tenía una expresión que me incitaba a destrozarla, arrancando cada mala palabra y sentimiento trágico, para dejarla en un esqueleto de débil alambre. Quería ver su alma de nuevo desnuda, sometida al placer y al poder que yo aún tenía sobre ella. Poder que ella se negaba reiteradamente a aceptar por miedo, pues sabía que quedaría subyugada a mis deseos y no a los suyos.

—Me excita verte así, doblegada ante mi poder—susurré cerca de una de sus orejas. Siempre me habían fascinado por pequeñas y pegadas a la cabeza. Se perdían ligeramente entre sus cabellos, pero cuando las adornaba con los pendientes que yo hacía, algunos creados específicamente para alguno de sus vestidos, parecían llamarme provocativamente para lamer su lóbulo, mordisquear cada milímetro de su piel y susurrarle palabras sucias que condenarían a ambos al infierno—. ¿Recuerdas cuando tuve que dominarte?—mi frío aliento rozó su cuello mientras mis labios iban llenándola de besos—. Aprendiste, no olvidaste esa lección durante muchos siglos. ¿Qué tal si lo hago de nuevo?

—¡No te atreverás!—dijo retomando sus fuerzas. Volvía a moverse con una fuerza descomunal, intentando apartarme, pero lo único que logró fue soltarse y arañarme.

De inmediato reaccioné. No me siento orgulloso en absoluto, pero lo hice. La abofeteé de nuevo y la giré. Pudo sentir la hebilla de mi correa, de aquel metal frío y plateado, en su coxis que sobresalía, como parte de los huesos de su columna vertebral, debido a su extrema delgadez. Quería girarse, pero no pudo. Se vio agarrada por mi mano izquierda, presionando su garganta, haciendo que ella buscara liberarse de esos dedos y no de mí por completo. Con la otra, libre de sus arañazos y golpes, bajé la cremallera.

—Quiero recuperar a la mujer que amo, no al engendro que cree que debe ser—intenté por última vez que reaccionara, pero parecía causa perdida. Seguía revolviéndose—. Deja esa coraza de una vez, Petronia, este juego nos lastima a ambos.

—¡Soy como quiero ser!—gritó furiosa, aunque algo ahogada.

—¿Y por qué no eres feliz?—pregunté.

Ella no respondió nada. Mi glande rozó la entrada de sus glúteos mientras todo su cuerpo, desde la punta de cada mechón de pelo hasta los dedos de sus pies, se tensó. Después, con cierto deseo, me rocé en su vagina. Estaba algo húmeda, caliente y necesitada de mis atenciones. La mano que agarraba su garganta se apartó y acabó tomándola por la cintura.

—¿Ese silencio cómo debo tomarlo?—susurré corriendo su pelo con la derecha, para luego volver a dirigir mi sexo en su interior.

Su vagina era mucho más estrecha y pequeña que una común. Al ser hermafrodita no tenía desarrollado por completo ambos géneros. Poseía un pequeño clítoris que se estimulaba con facilidad, un orificio pequeño con diminutos pliegues, pero que una vez ensanchado podía albergar mi miembro de cierto grosor y tamaño. Ella solía gritar de dolor, pero aquella vez lo hizo de rabia, dolor y sin esperanza alguna. De nuevo, como si le fuese la vida en ello, intentó girarse para detenerme, pero tras la primera envestida sus ojos se quedaron en blanco mientras gemía.

Conocía cada misterio de su cuerpo, comprendía su necesidad y adoraba sentir como su rabia se consumía. Me quedé dentro de ella quitándome la simple camiseta blanca que llevaba. Aquella noche no era un hombre de negocios, sino un artista con un atuendo sencillo. Mis pantalones quedaron en su sitio, pero no la parte de arriba de mis prendas. Necesitaba sentir su piel, aunque sólo fuera su espalda contra mi torso. Mis caderas se movían suavemente y ella me maldecía, pero estaba siendo coaccionada por su necesidad. Sin embargo, quiso revelarse empujándome para huir. No lo logró. Volví a empujarla contra el colchón y las embestidas suaves acabaron.

Sus piernas se abrieron a la fuerza y mis penetraciones eran bruscas. Ella gemía y chillaba. Su orgullo se había hundido y sus deseos abrían viejas heridas. Mis manos apretaban con fuerza sus brazos y la manejaba como si fuera sólo un juguete. Estaba cansado de sus bofetadas, patadas y palabras hirientes. Ella debió ver que mi paciencia estaba quedando comprometida.

—¡Suéltame!—gritó entre jadeos.

Recogí su pelo, enredándolo en la muñeca de mi brazo izquierdo, y tiré de ella. Esa fue la respuesta a sus plegarias. Podía rezar, implorar y recurrir a todos sus chantajes, pero no la ayudarían esta vez. Su sexo estaba húmedo y caliente, apretaba con desesperación. Sus brazos temblaban, sus manos se estiraban por la cama hacia el borde mientras apretaba las sábanas, y sus caderas se movían ligeramente. No quería aceptar que era mía.

—¡Arion! ¡Arion! ¡Déjame! ¡Hazlo! ¡Estás a tiempo!—noté que lloraba y su voz estaba quebrada—. ¡Si no paras te juro que jamás te lo perdonaré! ¡Me iré!

—¿Dónde?—pregunté tirando de nuevo de su pelo, echando aún más hacia atrás su cabeza—. Dime—susurré cerca del lado derecho de su cuello. Mi lengua se paseó impunemente por su piel, dejando una ligera línea húmeda, hasta su oreja que mordisqueé—. Hablas de dejarme, pero eres incapaz. ¿Es eso lo que te duele?

—¡No soy tu puta! ¡Déjame!—gritó revolviéndose, pero la sometí nuevamente con un nuevo ritmo golpeando justo en la zona donde tenía uno de sus mayores puntos de placer.

—No, eres mi esclava—susurré con rabia.

Salí de ella para quitarme el resto de prendas. Ella se encogió en la cama llorando. Me miraba con desprecio y miedo. Sabía que si ejercía toda la violencia de la cual era capaz la destrozaría, dejando de ella sólo un saco de huesos con la piel amoratada. Si bien, jamás la golpearía hasta ese extremo.

—¿Eso soy?—sólo tenía un hilo de voz.

—Eso vas a ser si sigues rompiendo las reglas, desobedeciéndome y tratándome como una colilla. Te recordaré quién eres y nunca volverás a ser otra cosa—mis ojos eran severos y eso, sin duda, era lo que más miedo le generaba.

Bajó temblorosa de la cama. Sus piernas le fallaban y tenía los muslos empapados en sus propios fluidos. Permití que viniese hasta mí y comenzara a lamer mi miembro con deseo. Rodeó el glande con sus labios ligeramente finos, se agarró a mis caderas y me miró sumisa. Su sexo masculino, aquel pequeño pene, estaba duro y rozaba tímidamente su vientre.

No dudé en tomarla de ambos lados de la cabeza y comenzar a penetrar su boca con rudeza, cosa que la hizo temblar aún más. Pero no iba a quedar todo allí. No pretendía llenar su boca de mi semilla y dar por zanjada aquella pelea. La arrojé al suelo, de espaldas a mí, y la coloqué con los brazos en la cama, así como parte de su torso, para penetrarla de nuevo. Sus pequeños pechos rozaban las sábanas, sus pezones duros y cafés temblaban contra el colchón, sus caderas, mucho más estrechas que las de una mujer común, se movían y yo prácticamente la violaba. No medía mi fuerza, ni tampoco el ritmo o la rabia que aún contenía. Sólo la penetraba de forma brusca. Ella gemía echando la cabeza hacia atrás, buscando encontrar mis ojos. Cuando logró mirarme y que yo la mirara, después de varios intentos fallidos, pude ver amor en ellos así como un impulso irresistible hacia mí.

Ella llegó a su orgasmo final, lo hizo abriendo sus mandíbulas mientras gemía mi nombre. Yo levanté sus caderas y penetré sus nalgas, embistiéndolas con fuerza, permitiendo que mis testículos golpearan de forma drástica contra sus redondos glúteos. El sonido seco de nuestros cuerpos fue lo único que se escuchó por segundos, pero pronto vinieron nuevos alaridos. Sobre todo, cuando me derramé en su interior y sintió como la llenaba.

—Ponte el vestido—dije serio—. Hazlo—ordené saliendo de ella.

—Sí, maestro—musitó.

Prácticamente no podía andar, sus brazos flaqueaban tanto como sus piernas, pero logró ponerse el vestido quedando recostada contra una de las paredes de la habitación. Se veía deliciosa, muy apetecebile, con aquellos ojos sumisos y esa presión de muñeca rota. Estaba derrotada. No tenía armas. Sus palabras se habían vuelto en su contra. Toda la rabia se disipó rápidamente convirtiéndose en humo de cigarrillo barato. El ser que tenía frente a mí era la verdadera Petronia. Me acerqué a ella y hundí mi sexo en sus labios.

Ella inició unos eróticos lengüetazos en mi sensible glande, después los repartió por toda la extensión hasta los testítulos. Besó mi vientre, acarició mis muslos y nuevamente comenzó a estimular con su lengua cada trozo de mi pene. Sequé con mis dedos las tímidas lágrimas que surgían de sus tristes ojos, pasando estos por sus mejillas acaloradas y doloridas, y luego bajé por su cuello. Aún había pequeñas huellas de mis dedos. Estaba algo sudada, manchaba aquel magnífico traje, y pronto lo mancharía aún más.

—De pie—nuevamente le ordené algo, no fue una petición amable.

Mi pene palpitaba deseando sentir su cálido y acogedor interior. Quería notar como apretaba como si me ordeñara. Ella no tenía fuerzas para moverse, pues la había aniquilado sin mucha dificultad. La agarré del brazo derecho y la puse de pie. Ella me miró turbada, sin saber bien porqué hacía aquello, y cuando la arrojé a la cama gimió. No fue un gemido de dolor, sino de excitación.

Su espalda quedó completamente pegada a las revueltas sábanas y su cabello, enredado, caía a ambos lados de sus hombros. Me acerqué a ella notando que abría sus piernas y levantaba ligeramente su vestido.

—¿Qué eres?—dije levantando un poco más aquella tela vaporosa color champage.

—Tu esclava, tu mujer, tu hija... tuya... —balbuceó excitada, pues sus pezones se marcaban y parecía impaciente.

—Por ahora sólo mi esclava, es posible que tarde demasiado tiempo en perdonarte el trato que me has obsequiado todos estos años—aquel reproche la cruzó de arriba hacia abajo, partiéndola en dos.

—Arion... —balbuceó.

—Dirígete a mí como maestro—respondí secamente.

La penetré de nuevo arrancándole nuevos gemidos. Ella quería revolverse nuevo, como si aquello hubiese sido una estratagema para poder huir. No obstante, gemía cada vez más alto. Acabó apoyada en mis hombros mientras buscaba mis labios, pero no se los di. No la besaría, aunque fuese también una tortura para mí. La sometía con un sexo violento que la hacía sudar, destrozando su vestido nuevo, mientras yo gozaba pensando que sin armas podría hablar con la mujer que amaba.

Al estallar de nuevo en ella, tras un largo gemido que parecía haber dañado sus cuerdas vocales, me tumbé a su lado rodeándola con mis brazos. Ella volvió a echarse a llorar.

—Te desprecio—susurró—. Me has violado... te desprecio...

—No—respondí diestro de nuevo—. Te he recordado el placer que tanto evitas, el lado vulnerable que pretendes negar y te he ofrecido la verdad.

—Te gusta verme así de débil para controlarme—sentenció. Podría parecer eso, pero no era así.

—Es la única solución. No me dejas otra alternativa.

—No quiero ser tu esclava, pero no tengo remedio—sus manos estaban contra mi torso y las mías en su cintura. Ella estaba hermosa con el cabello revuelto, los labios rojos de apretarlos en tantas ocasiones y con su cuerpo agotado, casi roto, por la violencia ofrecida. El traje se había roto, manchado y arrugado. No importaba.

—Sólo deseo que recuerdes que me debes obediencia y respeto. No porque sea tu amo, sino porque te quiero demasiado. ¿No ves cuánto daño me haces golpeándome con esa furia? ¿No aprecias el dolor de mi corazón cuando me golpeas? Sólo lo comprendes cuando ejerzo mi dominio sobre ti.

Deseaba a la mujer que era. Una mujer digna de respeto y admiración. Pero ella aún se veía como una gorgona que debía convertir a todos en piedra, para luego pulverizarlos y enviarlos lejos de cualquier momento feliz. Aún cargaba la rabia de los primeros años de su vida. No sabía soltar una espada, igual que cualquier gladiadora, pero no tenía porque apuntarme a mí porque yo no era su enemigo.

—Maestro...—susurró.

—Arion—dije justo antes de besar su frente.


Rápidamente quedó dormida, sin poder siquiera pestañear. El resto de la noche la pasé encerrado en mi despacho, lamentándome por todo. No podía quitarme las imágenes de ella llorando por mi culpa. Sólo quería que dejara de reprocharme actos contra ella que ni siquiera yo había cometido. Necesitaba a la muchacha de sonrisa cándida, a la joven con deseos de superar sus miedos y a la orfebre que creaba las joyas más fabulosas. Quería a Petronia, no al monstruo que representaba.  

miércoles, 27 de agosto de 2014

Aún lloras, no lo hagas

Pompeya desapareció hace mucho, pero ella siempre lo tiene presente. Creo que Petronia no es tan dura como nos hace pensar. Aquí un regalito, algo que me ha pasado Arion, para que veamos esa parte oculta de Petronia.

Lestat de Lioncourt 

Estaba de pie en el balcón observando las estrellas. Hacía unas horas que la noche había llegado, como siempre llegaba en verano con la tímida brisa marina alzándose y el sonido de los insectos, pero la oscuridad era más palpable que noches atrás. La luna se alzaba radiante, completamente llena, y el mar a lo lejos parecía un vestido desaten con pedrería. Ella lo contemplaba como lo había hecho siempre. Posiblemente pensaba en las vidas que no había salvado, en las que condena a diario y en aquellas que son como olas que van alegremente muriendo al llegar a la arena. Su fuerza y entereza están sobre tierras movedizas. Era delicada, como las piedras y conchas con las cuales ejercía su mayor y más próspero talento.

Su cabello caía libre esa noche. Tenía la frente no muy pequeña, justa para su cabeza, y esos mechones ensalzaban sus cejas y la expresión confusa de sus ojos de gemas oscuras. Sus labios, que siempre se asemejaron a pétalos de flor de cerezo, estaban suavemente abiertos como si quisiera decir algo, un secreto al viento, pero no emitía sonido alguno. Llevaba puesto un vestido rojo, completamente despojada de su toque masculino. La tela de seda marcaba sus caderas, algo estrechas pero infinitamente femeninas, y sus largas piernas se asomaban por la abertura que tenía en ambos costados. No tenía un escote prominente, pero sí llamativo. Parecía un viejo vestido romano, de esos que las grandes mujeres de nuestra época llevaban. Sus brazos estaban cubiertos con algunas pulseras y un par de anillos de camafeos. Tenía pendientes en forma de aro y un colgante que yo mismo le había regalado.

—Estás maravillosa—dije apoyado en la entrada al balcón, con mi chaqueta color marfil en la mano y mis ojos clavados en sus hombros ligeramente cubiertos por la tela.

—Quiero estar sola—murmuró con la voz desquebrajada.

—Hace mucho de ello—no sabía si desaparecer, pues ella era así. Te decía que no, pero era que sí. Estar sola en días tan turbios y duros, a pesar de los siglos, era algo que no deseaba aunque dijera lo contrario—. Petronia, tú...

—¿Yo qué?—se giró hacia mí clavando sus ojos pardos. Tenía un semblante tan hermoso como en aquellos días. Era la mujer más hermosa que he visto. Mi hermosa chica imposible, mi deliciosa guerrera, mi hija y mi amante por los siglos de los siglos. Nunca se ha visto inmortales que soporten el paso de los siglos como nosotros, la soledad envenena a veces nuestro mundo pero, nosotros, seguimos aquí—Dímelo, ¿yo qué? El monstruo que quiso salvar a todos, el engendro que nadie escuchó. ¡Tú no sabes como gritaban! ¡No pudiste ver a niños engullidos por la lava! ¡Me hiciste cargo de algo y no pude hacer nada!

—Te pedí que salvaras a los que pudieras y vinieras a mí. ¿Qué más podía querer?—dije acercándome a ella—. Petronia...

Mi chaqueta cayó sobre sus hombros, mis manos acariciaron sutilmente su cuello mientras acomodaba sus cabellos y mis labios rozaron sus mejillas presionándolas ligeramente. Besos, millones de besos. No sé cuándo le daré el último, pero recuerdo el primero. En aquel cuarto a oscuras, con el sufrimiento marcando su cuerpo y la soledad torturando mi vida. Ella me salvó a mí, no yo a ella. Se convirtió en mi pasión y en lo único que he querido de todo corazón, como si fuera un niño buscando salvar un globo que se lleva el viento.

—Vete—susurró con la voz ronca, a punto de llorar como siempre hacía—Vete, ahora...

—Jamás—la rodeé con mis brazos y ella hundió su rostro en mi camisa blanca, la cual empezó a empaparse por sus lágrimas sanguinolentas. No me importaba. Que llorara cuanto quisiera. Yo la amaba. No podía dejar de amarla.

—Vete...—dijo ya sin fuerzas mientras se aferraba a mi camisa, por los costados, sin dejar de llorar ni un segundo.

—Las estrellas son las cuentas de un rosario diseminado por el mundo, brillando en recuerdo de lo que fueron una vez. Eso dicen los poetas. Otros que son la luz, las almas, que una vez poblaron la tierra y se muestran vigilantes, cautas y deseosas de ver el mundo cambiar aunque ya no estén. Los astrónomos hablan de planetas, estrellas, galaxias, soles y lunas. Yo puedo ver en ella tus lágrimas. Cada estrella es una lágrima que has derramado y que brillan en tus días oscuros—susurré acariciando sus cabellos, dejando que mis dedos se deslizaran por su espalda hasta su cintura, para luego rodearla como lo haría cualquier amante a la mujer de su vida—. Todos ven en ti la fuerza, cierta fiereza y poder. Pocos somos los afortunados de conocer lo delicado y tierno que puede ser tu corazón, por eso te amo y te doy las gracias.


Era el 24 de Agosto del 2014, hace tan sólo unas noches. Han pasado 1935 años y aún sigue llorando por sus almas. Pompeya, tú siempre estarás en su recuerdo junto a tus comerciantes, artesanos, pescadores y hombres sabios. Todos aquellos que le dieron la espalda aún siguen muriendo ante sus ojos, ardiendo y cubriéndose de cenizas.  

jueves, 26 de junio de 2014

Rabia

Es un fragmento de sus vidas, su dolor, la intensidad y la verdad que ambos viven: Petronia y Arion. Ellos han decidido compartirla.

Lestat de Lioncourt


Se encontraba sentado frente al lujoso tablero meditaba sobre como habían tallado cada pieza, pulido el mármol de la tabla y barnizado el borde de madera. Era un trabajo de artesanía único. Se maravillaba cuando pasaba sus dedos por cada figura, sobre todo por el caballo que parecía relinchar y moverse sobre la superficie. Sin embargo, la sintió frente a él y al alzar la vista la vio de pie, con aquel traje tan masculino y esos ojos llenos de tristeza.

Solía enmascarar su dolor, como si la tragedia no existiese en su vida y sus recuerdos, para llenar de odio cada acción y de fuerza cada golpe. La furia no la controlaba, como no controló en aquellos momentos, e hizo que el tablero se volcara de un sólo movimiento. Las piezas salieron despedidas, estrellándose contra el suelo del palazzo, y desquebrajando la fina tabla como si fuera una galleta.

—¡Petronia!—exclamó levantándose de inmediato.

Aquellas piezas perfectas habían quedado dañadas. Algunos caballos terminaron sin patas, los muros se desquebrajaron y una reina perdió su cabeza. La tabla, al ser fina y ella ejercer una fuerza brutal que la levantó casi hasta el techo, quedó rota en cuatro partes y astillada por una de las esquinas.

—¡Haces más caso a ese maldito juego que a mí!—estalló señalándolo con su largo y fino dedo índice.

—Sabes que no es cierto—intentó hablar sosegado, pero le alertaba esa clase de furia en ella.

—¡Me harta!—dijo apartándose de la mesa para ir hacia las piezas y pisotearlas con fuerza. Bajo su bota comenzaron a pulverizarse algunos detalles y él sintió una rabia intensa. Aquellas piezas habían sido hechas para él por un artesano importante de Nápoles.

—¡Para de una vez!—le dijo rodeándola por la espalda, para apartarla del pobre juego de mesa y llevarla lejos de la sala.

Por el pasillo ella se retorcía como rabo de lagartija, pataleaba e intentaba soltarse de ese fuerte agarre. Él era más fuerte y corpulento, así que no había forma de librarse. Cuando la soltó fue en su cama, tirándola sobre ésta y él cayendo encima. La tomó de las muñecas y alzó sus brazos sobre la cabeza. Ella gritaba palabras soeces, le escupía y se retorcía hasta que paró, lo miró a los ojos y se echó a llorar.

—¿Por qué?—dijo entre sollozos mientras lo abrazaba.

Él la había soltado, dejando que ella lo acariciara antes de pegarse a él. Petronia arrastraba miles de preguntas y pretendía que le diera con una sola, la única que lanzaba al aire, una respuesta digna para todas. Arion besó su rostro de mármol, muy distinto a su piel achocolatada, mientras ella dejaba que la tristeza y el dolor lamieran su alma haciéndola llorar.

—Todo irá bien, sólo deja que la tormenta pase—susurró echándose a un lado en la cama.

—Siempre soy el villano, pero incluso el más terrible villano tiene un corazón que rompen con facilidad—susurró acurrucándose contra él, hundiendo su rostro en su pecho y permitiendo que él la rodeara—. Maestro, estoy casada.


Tarquin había dado por completo la espalda a todo lo que ella le había enseñado, la vida en Nápoles, la decencia, el honor, la verdad y cualquier cosa buena que ella vio en él. El muchacho ya no era el mismo. Hacía tiempo que había crecido torcido.  

lunes, 2 de junio de 2014

Sentimientos

Sentimientos son unas memorias de Arion y Petronia, con la colaboración de Manfred, que prosigue nuestros recuerdos, momentos vividos desde hace una semanas, y la traición de Quinn para sus padres inmortales. Esperamos que comprendan el dolor de una madre.


Lestat de Lioncourt

SENTIMIENTOS


Observaba la joya con determinación. Había creado una colección específica sobre reptiles. La serpiente de oro blanco y rubíes estaba sobre la mesa, con sus hermosas escamas de nácar llamando la atención de cualquier rayo de luz. No deseaba fallos en el cierre o algún problema en la estructura. Arion se había enamorado de aquella pulsera, igual que se había enamorado de los anfibios de broche que había realizado semanas atrás.

—¿Qué haces?—preguntó Manfred acercándose a la mesa tras dar varios giros en el aire—. ¿Qué?—susurró en su oído, mientras colocaba sus arrugadas manos sobre los anchos hombros de su creador y amigo.

—Verifico la joya—murmuró.

—¿Es para Petronia?—dijo apartando sus manos mientras buscaba asiento.

—Es colección... aunque...

—¿Aunque?—interrogó sentándose en uno de los elegantes sillones.

Aquel taller tenía también función de despacho. Pocos eran los colaboradores, compradores y vendedores de materias primas que habían llegado a contemplar las numerosas vitrinas de joyas acabadas y las piezas de otras, muy diversas, que eran sólo un proyecto malogrado o a punto de comenzar.

Arion conservaba dibujos muy antiguos, aunque eran piezas que les dio fama y por ello estaban enmarcados. La belleza de las joyas residía en sus manos, la paciencia que ofrecía a Petronia a veces era ínfima en comparación con aquella que utilizaba al crear hilos perfectos de oro.

—Está basada en ella—respondió con cierto orgullo—. ¿Ha regresado? Aún no la he sentido en Nápoles desde hace más de dos días.

—Volverá en un par de noches como mucho.

—Extraño su fuerza proporcionándome escalofríos mientras me contempla en silencio, esperando que diga algo a mi favor y pueda al fin conversar con ella sin una discusión absurda—sus ojos oscuros se posaron en el cuerpo menudo, encorvado y de rostro acartonado, de Manfred. Él comprendía el amor que sentía, pues aún amaba a su hermosa Virginia.

—Ha sido un duro golpe lo que ha ocurrido—murmuró—. Me entran ganas de llorar cuando pienso en ello. ¿Por qué él? ¿Por qué? No parecía mal chico...

—Nos ha traicionado—la voz de Arion sonaba a punto de quebrarse por rabia, ira, dolor y tristeza.

Una lágrima surcó la mejilla oscura del milenario vampiro, pero quien realmente lloraba era su compañero. El Loco se encogía de hombros, con su labio inferior tembloroso, mientras sus manos arrugadas buscaban, sin lograrlo, un pañuelo en sus bolsillos.

Tarquin había dado la espalda a Petronia y ella se encontraba terriblemente afectada. Para todos era una mujer fuerte, desafiante, dura como el mármol que sin importarle nada ni nadie pasaba sus noches tallando hermosos relieves en conchas, nácar o cualquier metal precioso. Pero no, no era así. Petronia tenía un corazón delicado, inseguro y lleno de recuerdos dolorosos que intentaba olvidar continuamente. Arion la había rescatado, tomado entre sus brazos y dado la oportunidad de ser alguien. Ella había tomado la decisión de hacer algo bueno por ese muchacho, pero él, dentro de su nulo juicio, decidió rechazarla y olvidar su honor.

Arion rápidamente giró su rostro hacia la ventana. El balcón estaba abierto, Nápoles caía a los pies de aquellas hermosas vistas y el Vesubio se veía a lo lejos. Todo comenzó con la erupción del volcán, todo. Las estrellas parecían deslucidas por culpa de las luces nocturnas, esas que daban confort al hombre moderno y les alejaba de una soledad justa por sus malas acciones. Las calles parecían desiertas ya que era una hora en la cual casi todos dormían. Pronto, como de la nada, apareció su figura de aspecto masculino y con el rostro compungido.

Petronia corrió hacia él, atravesando la estancia sin reparar en su primera creación. Se echó a los brazos de su maestro y sollozó durante largo raro. Manfred se escabulló como pudo, intentando no dejar restos de su presencia para no molestar.

—Era mi hijo... era mi hijo... yo lo amaba... era mi hijo...

—Sigue siéndolo y algún día verá cuánto daño te ha hecho su irresponsable actitud—susurró tomando la joya para colocarla en su delgada muñeca—. Comprenderá el valor de cada gesto y verá el amor que le profesas.


Ella lo miró en silencio y después deslizó sus ojos hasta aquella hermosa serpiente. No dudó en sonreír ante la belleza de la joya, tomando asiento sobre las rodillas de su maestro y amante, mientras acariciaba lentamente cada escama. Ella, la amante del arte y la orfebrería, estaba triste pero veía en Arion tanto amor que le reconfortaba de algún modo. Quizás amar es eso, tener paciencia para ver la sonrisa que ilumina nuestras noches y olvidar el dolor, ese que nos han causado otros, gracias al bálsamo de caricias que nos ofrecen.  

miércoles, 21 de mayo de 2014

Todo por amor

Todo por amor son las memorias nuevas de Arion y Petronia. Pronto habrá otras de Mael y Marius en plena discusión y otro más que aún no ha sido acordado, pero quizás mañana podamos avisarles.

Lestat de Lioncourt 


Todo por amor


Habíamos regresado a Nápoles con la extraña sensación que nuestro mundo, por pequeño que fuese, se había agrietado como si fuese un espejo a punto de estallar. Petronia decidió alejarse de mí, de Manfred y de sus labores habituales. Podía ver en su rostro que estaba a punto de desquebrajarse, hundirse y enfurecerse a la vez. Era como una fuerte ventisca de nieve en pleno verano, cuando nadie lo esperaba ya, arrasando con todo allá donde caminaba furiosa, llena de ira y dolor. La calma se hizo, en apariencia, y Manfred decidió guardar silencio observando el tablero de ajedrez con las piezas colocadas cada una en su lugar habitual.

—¿Piensas decirle algo?—preguntó arrugando su frente mientras se llevaba un pañuelo de algodón blanco, el que solía llevar en el ojal, a sus labios—. Ha sido doloroso—musitó llevando el pedazo de tela a los ojos para secar sus lágrimas—. Necesito salir y...

—Márchate unos días—le comuniqué quedando de pie frente al balcón.

La agradable brisa primaveral estaba cargada de miles de aromas, pero el que reinaba en nuestra vivienda era terrible. Habíamos olido la traición, sentido la ira y apreciado con nuestros propios ojos la flor de la mentira. Sí, habíamos caído rodando por las escaleras de Babilonia después de la reunión.

No me giré cuando él se marchó, pero sí escuché como sus pasos rápidos se alejaban hacia el pasillo y la puerta se cerraba a sus espaldas. La preocupación golpeaba mis sienes y prácticamente no podía respirar. Con Manfred fuera podía acercarme a ella en la intimidad e intentar conversar de algún modo. Sentía la necesidad de sofocar su dolor, pero en esos momentos sólo podía recurrir a estrecharla contra mí y jurarle que no permitiría que los planes de Tarquin se cumplieran.

Me giré dejando el balcón a mis espaldas, y toda Napoles encendida para los numerosos turistas, buscando a Petronia y sintiéndola en una de las habitaciones donde solíamos guardar algunos recuerdos. Ella paseaba de un lado a otro, podía escuchar sus pies desnudos contra el mármol, y sabía que eso era síntoma de molestia e intranquilidad. Suspiré tocando los pomos de la puerta de doble hoja, salí de la habitación y crucé el pasillo sin echar la mirada hacia atrás. No podía ser cobarde y permitir que el silencio fuese su única compañía.

Cuando llegué a la habitación la puerta estaba abierta y ella se encontraba frente a un espejo de cuerpo entero. No llevaba uno de sus maravillosos vestidos, sino un traje de chaqueta que le daba un aspecto recio y masculino. Tras su silueta aparecía la mía con aquella camisa de algodón blanco, el pantalón de vestir y los tirantes negros. Mi figura oscura y alta destacaba con la suya, mucho más menuda y de piel marmórea.

—No quiero verte—dijo tocando el chaleco de estampado blanco sobre oscuro que llevaba—. Ni a ti ni a nadie.

—Petronia, no es sensato hundirse en el dolor—intenté hablar con ella mientras me aproximaba, pues necesitaba calmarla de algún modo.

—Si me tocas te rompo cada hueso de tus manos—comentó girándose hacia mí. Sus ojos eran profundos y oscuros, sus labios parecían mucho menos carnosos que días atrás y toda su fisionomía cambiaba. Era un hombre lo que tenía allí, el reflejo de un varón que deseaba alejar sus miedos sin lágrimas para no verse débil—. Vete.

—No—aseguré abarcando su rostro con mis manos para sentir sus pómulos duros, pues estaba tensa, y su mentón algo puntiagudo a punto de temblar. Iba a llorar, lo sabía—. ¿Por qué no lo olvidas? No merece tu dolor.

—¿Y qué merezco? ¡Qué!—dijo agarrándome de las muñecas para apartarlas de su cara—. ¡Dime! ¡Dime!—decía furiosa empujándome ofreciéndome algunos golpes sin siquiera mirar hacia la dirección que lo hacía.

—Te comportas como si él lo fuese todo—aquello hizo que rompiera a llorar—. No es él tu mundo, ni la persona que soporta tus arranques de furia o quien ha velado cada uno de tus pasos.

—¡No lo entiendes! ¡Yo le quiero! ¡Es mi hijo!—respondió al fin dejando que el dolor la invadiera y se liberara llorando.

Petronia era hermosa a pesar de todo, por mucho que otros la hubiesen humillado y despreciado por tener ambos sexos. Sin embargo, cuando lloraba se veía terriblemente hermosa y yo sentía que todo mi mundo caía a sus pies. Ella era una mujer tan fuerte como temible, pero también tenía un corazón frágil lleno de sentimientos que se estaban convirtiendo en espinas. Quise estrecharla, pero aún no era el momento y sabía que si lo hacía me rechazaría.

—Sí que entiendo tu dolor, pues también es hijo mío—bajo la mirada cuando me escuchó y tembló. Aquella expresión dócil no era más que una prueba de su fracaso. Ella estaba herida, querría una venganza acorde al dolor que sentía y a la vez deseaba seguir protegiendo a ese estúpido que no había visto cuánto lo quería, se desvivía por enriquecerlo y complacer sus caprichos de señorito campestre.

—Pero maestro...

Coloqué mis dedos sobre los botones de su chaqueta, desabrochándola con cuidado, para luego hacer lo mismo con el chaleco. Con cuidado quité ambas prendas y dejé su cuerpo esbelto, casi como el de un niño, frente a mí. Sus pequeños pechos se podían ver bajo la tela de su camisa, tan pequeños y redondos como siempre. Su mirada fue directamente a la mía dejando de llorar, para concentrarse en cada una de mis acciones.

—Ven—susurré acariciando su rostro mientras lo despejaba de algunos mechones sueltos, pues tenía el pelo recogido y trenzado—. Debes descansar.

La habitación estaba llena de cuadros que nos escrutaban desde lo más profundo de sus almas, como si cobraran vida y estuvieran juzgando cada una de nuestras acciones. Varios de ellos los habíamos comprado cuando tan sólo eran pintores vacíos, carentes de renombre, hasta que con el paso del tiempo se convirtieron en obras incunables. Algunos pergaminos, guardados bajo cristal, hablaban del desastre de Pompeya en los primeros años tras su desaparición.

—Petronia—fruncí el ceño tomándola entre mis brazos, estrechándola contra mí y dejando que mis labios rozaran su rostro bañándola en besos.

Estaba rota, como una muñeca con la que jugaron demasiado. Había puesto todas sus esperanzas en él, obsequiándole un legado inmenso y su fuerza. Ella había confiado y su confianza se había visto rota, ultrajada por completo por los caprichos de una consentida. Mi hermosa hija, la mujer que amaba y que había cuidado desde el primer día cuando la encontré, se veía envuelta en una trama en la cual sólo podía salir perjudicada.

—¿Qué hice mal?—preguntó ocultando su rostro en mi pecho antes de derrumbarse por completo.

Cada lágrima sería un castigo para Tarquin, pues detestaba saber que ella sufría. El olor de éstas, corriendo por sus mejillas dejando marcas sanguinolentas, era terrible. No me importaba en absoluto que mi camisa quedase arruinada, pues podía conseguir otra. Sin embargo, el alma de Petronia era única y había sido torturada por la codicia y ruindad. Me había decepcionado el muchacho de forma terrible, del mismo modo que me asombraba que Manfred pudiese encajar el golpe tan terrible. El chico ya no era un Blackwood, sino un Mayfair.

—Elegir mal—susurré deslizando mis manos por su espalda para intentar consolarla.

Ella levantó el rostro y parecía mis labios, mientras sus manos palparon mis pómulos y hundieron las yemas de sus dedos en éstos. Tenía dos gemas negras tan hermosas como diamantes y me cautivaba su forma de contemplarme, sin importarme siquiera parecer desnudo y débil. Petronia era mi punto débil.

—¿Y si tú elegiste mal?—preguntó apartándose de mí.

—No, no lo hice—respondí.

Ella se giró dándome la espalda, pero eso no me impidió que me acercara y volviese a estrecharla. Mis manos fueron diestras abriendo su camisa, sacándola del interior de sus pantalones y finalmente echándola a un lado. Bajo aquella tela estaban sus pequeños pechos, firmes y de pezones cafés, esperando que los tocara del mismo modo que haría con su vientre plano y sus escasas caderas. Amaba acariciar su piel y por supuesto dejar que mis dedos fueran un peine, y se enredaran en sus mechones.

—No, no...—balbuceó intentando contener mis bajos instintos, pero cuando desabroché el pantalón e introduje mi mano dentro de su ropa íntima suspiró.

Sus pequeños hombros se encogieron ayudando a sus clavículas a marcarse, su espalda se encorvó como si fuera el lomo de un gato a punto de atacar y sus piernas se abrieron. El diminuto jadeo escapado de sus labios coloreó sus mejillas y provocó que moviera sutilmente sus caderas. Mi piel oscura resaltaba contra la suya, mucho más clara y de aspecto lechoso. Hundí dos de mis dedos en su húmeda obertura y busqué estimularla como tanto le agradaba.

—Sí—dije deslizando mi zurda por su vientre hasta sus pechos, sus caderas se movieron suavemente balanceando su cuerpo y podía notar el vello de su nuca erizado—. No puedes huir del dolor, pero sí eliminarlo.

Estimulaba su clítoris provocando que mi miembro se endureciera dentro de mis pantalones, sus nalgas podían notarlo golpeando estas con cada movimiento de su pelvis, pero también crecía su otro sexo. Ella gemía tomándome de los brazos para sostenerse mientras sus piernas flaqueaban. Rápidamente, con un movimiento casi inapreciable, desaté su pelo e hice que cayera sobre su rostro mientras la doblegaba a quedar recostada en el suelo.

Colocó ambas manos sobre el mármol y sus brazos se doblaron, pues no podía soportar las caricias que repartía y la forma en la que estaba siendo domada. Mordí entonces su oreja derecha y el hueco de su cuello al hombro, para después cubrir parte de su espalda con caricias indecentes con mi lengua. Saqué mi mano de sus pantalones y agarré su seno derecho, para hacer lo mismo con la izquierda, de ese modo la incorporé masajeando sus estos mientras se miraba reflejada en el espejo. Acabé quedándome de rodillas, pegando su delgado cuerpo al mío, para comenzar a desabrochar por completo su pantalón y quitárselo junto a los zapatos.

—Maestro—balbuceó cerrando los ojos mientras vibraba comenzando a estar sudorosa.

—Petronia—respondí cerrando los ojos para hundir mi cara en su pelo.

Olía a flores de cementerio y pantano. Ella había querido visitar el viejo cementerio cerca de la finca de los Blackwood, algunos de ellos los había conocido en sus noches alejadas de mí y de todo lo que éramos. Tarquin ni siquiera sabía quienes estaban enterrados allí, pero se habían presentado ante él en varias ocasiones. Petronia guardaba silencio al respecto, sin embargo tenía cierto vínculo. Después de la conversación con Lestat, no muy lejos de la vivienda Blackwood, sintió que él había traicionado incluso a todos los que se hallaban allí bajo el suelo de sus propiedades. Debía hacer que el olor y los recuerdos, sobre todo los recuerdos, se alejaran de una vez.

Al alzar la vista la vi observándonos con sus manos sobre las mías, las mismas que estaban sujetando y dejando deliciosos masajes en sus senos. Echó la cabeza hacia atrás y se movió insinuante, lo cual me descolocó; me descolocaba porque ella no solía ser sensual, pero cuando lo hacía yo perdía cualquier pensamiento racional. Recosté su cuerpo contra el mármol, dejando su rostro a la altura del espejo, mientras me quitaba la ropa dejándola amontonada junto a la suya. Sus piernas habían quedado flexionadas y abiertas, de ese modo me daba unas vistas excepcionales de sus sexos, mientras me arrodillaba de nuevo para besar sus muslos e ingles.

Tan hermosa, tan frágil y tan dispuesta a ser mía olvidando todo por unos minutos. Posiblemente esa era su forma de permanecer fuerte ante el aguacero que se preparaba. Besé su vientre y mordí uno de sus pezones, para luego hundirme entre sus piernas lamiendo su clítoris y enterrando mi lengua entre sus labios inferiores. Ella llevó sus manos a mi espeso cabello rizado mientras gemía. La punta acariciaba lentamente, pero finalmente las lamidas eran más intensas y rápidas.

—Maestro... maestro... te necesito—dijo con las mejillas como dos granadas, con sus ojos brillando en la penumbra de aquella fastuosa habitación que era una obra de arte dentro de otra. Bajo nosotros había una cúpula cubierta con hermosos decorados pintados con pintura pastel, engarzados en bordes dorados y repletos de detalles. Eran escenas sacadas de nuestra memoria, de los días gloriosos en los cuales Roma era el corazón del mundo, y lo habían pintado para nosotros. Ella se perdía en el techo, pero también en su reflejo. Creo que intentaba normalizar sus pensamientos, pero no podía. Ella me necesitaba—. Por favor, calma mi dolor.

Cubrí su figura, la cual se retorcía por los espasmos que le habían provocado mis juegos, para introducirme en ella mirándola a los ojos sin perder detalle a su expresión. Pude notar como abría su boca y sus párpados se echaban, quedando con los ojos cerrados, para pegar sus hombros al suelo y levantar su cadera a la vez. Sus manos fueron directamente a mis omóplatos y clavó sus uñas. Eché la cabeza hacia atrás arrugando mi nariz antes de besarla, lo hice como si fuese la primera vez y fuese a consumirse el mundo en ese momento. Era un beso intenso y desmesurado, del mismo modo que el ritmo que ambos decidimos emprender.

Siempre he sentido que su cuerpo encaja con el mío, aunque es mucho más frágil. No me interesa como ven a Petronia cuando se presenta ante ellos, con ese rostro lleno de belleza y crueldad, sino lo que siento cuando gime mi nombre animándome a seguir consumiéndonos en un deseo excitante, algo sucio y lleno de amor. Amor era la palabra clave, sí, amor. Amaba a Petronia por encima de mí mismo, pues ella era todo mi mundo y mi gran legado.

Sus pequeños pechos se aplastaban contra mi torso, rozándose a la vez, mientras nuestras caderas chocaban y el murmullo de nuestros gemidos estaban acompañados por el sonido de mi miembro penetrándola, mis testículos golpeando con fuerza y el rasguño de sus uñas en mi piel. Era una música celestial.

—Te amo—susurré bajando el ritmo mientras ella intentaba abrir sus ojos—. Eres lo único que he hecho bien.

Ella rompió a llorar murmurando que me amaba, apretando sus muslos contra mi cuerpo y rogando que lo hiciera lento. Deseaba tanto como yo sentir cada roce y beso. Mis manos se apoyaron mejor en el mármol y las suyas buscaron dejar caricias, pero ese ritmo lento no duró demasiado. Era una tortura estar así, ambos lo sabíamos, y acabamos llevando un ritmo tan fuerte que en pocos minutos llegamos al éxtasis.

Cuando todo acabó se hizo hueco entre mis brazos ocultando su rostro. Ya no lloraba por Tarquin, sino por lo ciega que había estado. Ella me había dicho que yo me había equivocado, pero quedaba claro que no era así. Estábamos destinados a estar juntos y observar como el mundo se derrumbaba, alzaba y volvía a derrumbarse continuamente. Era posible haber fracasado una vez, pero eso no debía quitarnos el ansia de superarnos y avanzar.

—No, no te muevas aún—dijo posiblemente porque se sentía frágil y cansada—. Necesito tenerte cerca hoy más que nunca.

—Descuida—susurré saliendo de ella, pero no apartándome.


Nos quedamos allí por más de una hora inspeccionándonos, acariciándonos y guardando silencio. Cuando ella creyó que era suficiente se levantó tomando sus prendas, marchándose al baño principal y encerrándose allí con música diversa. Por mi parte hice lo mismo, pero sólo fue una ducha rápida en uno de los baños más pequeños y cómodos. Cuando volvimos a vernos, tras varias horas, ella había parecido retomar las fuerzas y no dijo ni una palabra sobre el tema.  

jueves, 24 de abril de 2014

El amor y odio

Arion quiere demostrar que el amor puede al odio. Además, la comprensión es inteligencia emocional. 

Sobre Petronia ¿qué puedo decir? No es tan mala como Quinn la pintan. 

Lestat de Lioncourt


La observaba completamente ensimismado. Sus manos eran hábiles, pero no tenía prisa en grabar aquel retrato tan fidedigno como hermoso. Petronia intentaba apegarse a la realidad de viejas obras, leyendas y en ocasiones imágenes que podía contemplar en plena oscuridad, en el silencio y abrigo de la noche. La nocturnidad les ofrecía a todos ellos un punto terrible, mágico y perfecto de un mundo misterioso y violento. Ella navegaba entre las turbulentas aguas de sus sentimientos y en ocasiones, no siempre, conseguía cierta inspiración que la doblegaba e impedía que pensara en algo más que en terminar el proyecto.

Quería hablar, pero interrumpirla sería despertar al dragón. Se aproximó a ella con cuidado y observó el rostro de la joven que destacaba en el coral. Había elegido coral blanco y oro para el marco que llevaría. Era una obra difícil, pues quería marcar en ella cada milímetro de expresión de aquella joven. Un camafeo de más de cinco centímetros que podría ser algo pesado, pero sin duda merecería la pena llevarlo.

—La vi hace unos días—dijo sin apartar la vista de la joya—. Aunque realmente no sé si es mujer.

—Sé quien es—había reconocido los rasgos y aquello despertó la curiosidad en Petronia.

—¿Qué?—se giró hacia él y dejó las herramientas, el coral y todo lo que estaba haciendo—. Habla maldito inútil.

—Por como va vestido siempre parece una mujer, realmente su alma pertenece a un lado femenino muy intenso. ¿Tampoco te has atrevido a leer su mente? Es como si desearas saber sus secretos, pero a la vez temes romper la magia—ella le miraba con ciertos celos, pero la curiosidad no se iba de su lado—. Vive a pocas calles del barrio más humilde de la ciudad y...

—¿Te ves con ella?—dijo mirándolo con cierta furia contenida.

—Me recuerda a ti y estuve a punto de contarte que quizás podías darle cobijo. Juro que no me pondré celoso ésta vez. Esa joven te necesita, Petronia. Vive tu mismo calvario y sólo tiene veinte años—su voz era sedosa y sosegada. Parecía querer calmarla, pero realmente sólo hablaba con la confianza y el amor que siempre le mostró.

—¿En qué te recuerda a mí?—su voz sonó quebrada, aunque no quiso mostrar sentimiento alguno.

—Tu dolor. Te llamaban monstruo por tener ambos sexos y te humillaban llevándote a casas de citas, no sin antes intentar matarte en el circo cuando eras tan solo una niña. Sé que has sabido superar ese coraje y dolor, pues usas tu apariencia de hombre para cubrir tu lado más frágil. Y no es porque seas una mujer débil, sino porque sigues siendo sensible. Si no fueras sensible y realmente sólo fueras un monstruo, cruel y despreciable, tan sólo sabrías traer odio al mundo y nunca harías nada tan hermoso como éstos camafeos. Petronia, veo en ella el mismo dolor. Tómala como ayudante, enseña a ese corazón dolido que el amor es posible y cuando lo hayas conseguido decide si quieres darle una nueva vida. Pero al menos, por favor, ofrécele un trabajo que no sea miserable—sus ojos oscuros se fundieron en los de ella y sintió que el lazo de unión de ambos volvía a fortalecerse.

Ella quiso llorar, pero sólo sonrió y giró su rostro hacia sus herramientas. Petronia ya lo había decidido. Buscaría a la joven, la cual temía aceptar su verdadera condición por miedo a represalias, y le daría un hueco en su vida. Arion la comprendía mejor que cualquier otro ser, pero eso no se lo diría. Él quedó a su lado examinando su trabajo y tarareando viejos poemas como si fueran canciones.

Con el amor se llega lejos, pero con el odio jamás se prospera. Aquellos que la despreciaron, humillaron o simplemente se burlaron de sus palabras yacían muertos y enterrados en cenizas. Ella, gracias al amor y la comprensión de su maestro, había logrado superar dificultades. Quizás podría tener una nueva empleada en su taller, sí... quizás sí.


“Y ella decidió ser mujer para él, pero seguir ejerciendo su fuerza masculina en el taller. Se veía hermosa incluso desaliñada, sucia y con las uñas destrozadas por los útiles que a veces requerían las piezas más duras y hermosas. Perlas, nácar, conchas, oro, diamantes, zafiros, plata o cobre... no importaba, todo caía en sus manos y su imaginación volaba. Él la buscaba, se hundía en su mente y la codiciaba. La vestía con ropas elegantes, hacía que su cabello luciera como si fuese el de una diosa y la veneraba con poemas románticos que jamás logró decir antes. El amor lo puede todo. El odio sólo condena a las almas a revolcarse por el Tártaro.”

jueves, 27 de marzo de 2014

Por un beso

Bonsoir 

Arion y Petronia tienen sus momentos en cierta románticos, aunque siempre poseen también un poco de humor y violencia. 


Lestat de Lioncourt



La primavera había llegado a Nápoles. El clima se había llenado de inestabilidad. Algunas noches era fresco y otras caluroso, había pequeñas lloviznas pero luego podías ver las estrellas en los montes, y sobre todo era agradable pasear por las calles observando los pequeños cambios. Los árboles comenzaban a cubrir sus ramas desnudas y las macetas se llenaban de flores. En los jardines era habitual ver parejas de la mano a primeras horas de la noche. Los café, bares y demás antros nocturnos iban tomando vida más allá de los fines de semana. El mundo se estaba llenando risas, palabras indiscretas, comentarios al azar y una sensación de pasión intensa.

Petronia se hallaba en el balcón. Su menuda silueta estaba inclinada hacia delante y sus codos se encontraban apoyados en la barandilla. Tenía el rostro sereno y el cabello al aire. La suave brisa movía la fina tela de su vestido. La noche era agradable y ella había decidido sacar toda su feminidad.

—Es una noche magnífica para contemplar a una musa—dijo con su voz templada y masculina provocando que ella se girara.

Era Arion. Se encontraba en la entrada al balcón. Su camisa blanda de algodón estaba ligeramente abierta, los tirantes negros marcaban su pecho y los pantalones negros de pinza eran muy elegantes. Llevaba uno de esos mocasines de cuero que solía adquirir en las tiendas más exclusivas de Roma. Tenía un sombrero de ala ancha sutilmente colocado de lado y los puños de su camisa estaban remangados hasta su codo. Posiblemente había estado reunido gran parte de la noche. Ya habían dado las doce y ambos se encontraban por primera vez en una semana. Había huido de sus brazos, alejándose en los pantanos de New Orleans y visitando a Quinn. Ella sentía cuando la necesitaban y se preocupaba por el muchacho, aunque éste pensara que era un monstruo cruel sin corazón.

—¿Dónde estabas?—preguntó sin girarse a contemplarlo.

Los ojos dulces y profundos de Arion jugaban por las curvas poco acentuadas de Petronia. Tenía unas caderas casi diminutas, pero al poseer cierta delgadez se marcaban un poco más de lo normal. Sus hombros eran pequeños y su espalda estrecha. Tenía un bonito trasero que hacía que ese traje, ese en concreto con la espalda descubierta, se viese erótico. Sus largas piernas no se podían disfrutar, pero él las imaginaba bien torneadas bajo la tela del vestido que caía hasta sus tobillos. Llevaba tacones y eso era todo un reto. Ella no solía ser tan femenina, pero parecía querer provocar un cortocircuito en la mente de su compañero y maestro.

—He estado reunido en el local The Night durante más de dos horas. He cerrado un acuerdo importante con una joyería en París, muy cerca de Versailles—dijo llevando sus manos a los bolsillos mientras se apoyaba en el quicio de la puerta—. ¿Y tú?

—Hablar con el inútil de nuestro creado—susurró.

—¿Cuál de ellos?—comentó tras una enorme risotada y con un tono divertido.

—El único que continua deseando vivir como un mortal—dijo girándose para verlo.

Durante unos segundos ambos clavaron la mirada el uno en el otro. Arion disfrutaba enormemente viendo así a Petronia. Aunque llevara un escote barco sus pequeños senos se veían realzados. Tenía en el cuello una cadena de oro con un camafeo que él le había regalado. No era la única que sabía crear joyas, pues en realidad él le había enseñado a ella.

—Ya deja que se estrelle si lo desea—contestó encogiéndose suavemente de hombros.

—Esa mujer no es buena para él—nunca le había agradado Mona, tal vez porque era demasiado seductora y a veces hacía lo que quería. Pero Petronia también lo hacía. Posiblemente era mera rivalidad femenina que un hombre no puede entender.

—Petronia...—dijo tras un largo suspiro en forma de regaño.

—No me hables con ese tono—comentó girándose hacia él para verlo así vestido, cosa que intensificó sus celos.

—¿Y cómo debo hablarte?—murmuró divertido inclinándose hacia delante mientras ella se dirigía a la entrada.

—Ya nada. Me había puesto el mejor traje que tengo para ti y ni siquiera me has dicho nada—dijo molesta achicando sus ojos.

—Te lo dije cuando llegué—se irguió dejando de estar apoyado para bloquear el paso hacia el salón, el cual se hallaba bien iluminado a sus espaldas. El pan de oro, los muebles clásicos, los frescos y grandes obras artísticas se veían conferidas con un toque único de belleza y simbolismo. Un lugar donde cualquiera desea refugiarse aunque fuese de una terrible discusión.

—Aparta, que me voy—comentó con los brazos en jarra.

—¡No!—dijo desafiante mientras la tomaba de los brazos, justo bajo la zona de los hombros.

—Arion me sueltas o te suelto tal bofetón que sales volando a la luna. ¿Me enti... —decía agitándose para deshacerse de él, pero Arion se apoderó de sus labios y calmó a la fiera durante algunos minutos.


Ambos se habían extrañado y por lo tanto necesitaban contacto. Un abrazo y un beso ofreció a los dos un momento especial y único. Sin embargo, cuando finalizó, Arion sintió ese bofetón fuerte y contundente de su gran amor. Después escuchó sus tacones por toda la vivienda mientras gruñía remangándose la falda. Él no pudo evitar soltar una carcajada e ir tras ella. Petronia siempre sería una mujer de fuerte carácter.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt