Sentimientos son unas memorias de Arion y Petronia, con la colaboración de Manfred, que prosigue nuestros recuerdos, momentos vividos desde hace una semanas, y la traición de Quinn para sus padres inmortales. Esperamos que comprendan el dolor de una madre.
Lestat de Lioncourt
SENTIMIENTOS
Observaba la joya con determinación.
Había creado una colección específica sobre reptiles. La serpiente
de oro blanco y rubíes estaba sobre la mesa, con sus hermosas
escamas de nácar llamando la atención de cualquier rayo de luz. No
deseaba fallos en el cierre o algún problema en la estructura. Arion
se había enamorado de aquella pulsera, igual que se había enamorado
de los anfibios de broche que había realizado semanas atrás.
—¿Qué haces?—preguntó Manfred
acercándose a la mesa tras dar varios giros en el aire—.
¿Qué?—susurró en su oído, mientras colocaba sus arrugadas manos
sobre los anchos hombros de su creador y amigo.
—Verifico la joya—murmuró.
—¿Es para Petronia?—dijo apartando
sus manos mientras buscaba asiento.
—Es colección... aunque...
—¿Aunque?—interrogó sentándose
en uno de los elegantes sillones.
Aquel taller tenía también función
de despacho. Pocos eran los colaboradores, compradores y vendedores
de materias primas que habían llegado a contemplar las numerosas
vitrinas de joyas acabadas y las piezas de otras, muy diversas, que
eran sólo un proyecto malogrado o a punto de comenzar.
Arion conservaba dibujos muy antiguos,
aunque eran piezas que les dio fama y por ello estaban enmarcados. La
belleza de las joyas residía en sus manos, la paciencia que ofrecía
a Petronia a veces era ínfima en comparación con aquella que
utilizaba al crear hilos perfectos de oro.
—Está basada en ella—respondió
con cierto orgullo—. ¿Ha regresado? Aún no la he sentido en
Nápoles desde hace más de dos días.
—Volverá en un par de noches como
mucho.
—Extraño su fuerza proporcionándome
escalofríos mientras me contempla en silencio, esperando que diga
algo a mi favor y pueda al fin conversar con ella sin una discusión
absurda—sus ojos oscuros se posaron en el cuerpo menudo, encorvado
y de rostro acartonado, de Manfred. Él comprendía el amor que
sentía, pues aún amaba a su hermosa Virginia.
—Ha sido un duro golpe lo que ha
ocurrido—murmuró—. Me entran ganas de llorar cuando pienso en
ello. ¿Por qué él? ¿Por qué? No parecía mal chico...
—Nos ha traicionado—la voz de Arion
sonaba a punto de quebrarse por rabia, ira, dolor y tristeza.
Una lágrima surcó la mejilla oscura
del milenario vampiro, pero quien realmente lloraba era su compañero.
El Loco se encogía de hombros, con su labio inferior tembloroso,
mientras sus manos arrugadas buscaban, sin lograrlo, un pañuelo en
sus bolsillos.
Tarquin había dado la espalda a
Petronia y ella se encontraba terriblemente afectada. Para todos era
una mujer fuerte, desafiante, dura como el mármol que sin importarle
nada ni nadie pasaba sus noches tallando hermosos relieves en
conchas, nácar o cualquier metal precioso. Pero no, no era así.
Petronia tenía un corazón delicado, inseguro y lleno de recuerdos
dolorosos que intentaba olvidar continuamente. Arion la había
rescatado, tomado entre sus brazos y dado la oportunidad de ser
alguien. Ella había tomado la decisión de hacer algo bueno por ese
muchacho, pero él, dentro de su nulo juicio, decidió rechazarla y
olvidar su honor.
Arion rápidamente giró su rostro
hacia la ventana. El balcón estaba abierto, Nápoles caía a los
pies de aquellas hermosas vistas y el Vesubio se veía a lo lejos.
Todo comenzó con la erupción del volcán, todo. Las estrellas
parecían deslucidas por culpa de las luces nocturnas, esas que daban
confort al hombre moderno y les alejaba de una soledad justa por sus
malas acciones. Las calles parecían desiertas ya que era una hora en
la cual casi todos dormían. Pronto, como de la nada, apareció su
figura de aspecto masculino y con el rostro compungido.
Petronia corrió hacia él, atravesando
la estancia sin reparar en su primera creación. Se echó a los
brazos de su maestro y sollozó durante largo raro. Manfred se
escabulló como pudo, intentando no dejar restos de su presencia para
no molestar.
—Era mi hijo... era mi hijo... yo lo
amaba... era mi hijo...
—Sigue siéndolo y algún día verá
cuánto daño te ha hecho su irresponsable actitud—susurró tomando
la joya para colocarla en su delgada muñeca—. Comprenderá el
valor de cada gesto y verá el amor que le profesas.
Ella lo miró en silencio y después
deslizó sus ojos hasta aquella hermosa serpiente. No dudó en
sonreír ante la belleza de la joya, tomando asiento sobre las
rodillas de su maestro y amante, mientras acariciaba lentamente cada
escama. Ella, la amante del arte y la orfebrería, estaba triste pero
veía en Arion tanto amor que le reconfortaba de algún modo. Quizás
amar es eso, tener paciencia para ver la sonrisa que ilumina nuestras
noches y olvidar el dolor, ese que nos han causado otros, gracias al
bálsamo de caricias que nos ofrecen.
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