Nicolas ha creado estas pequeñas memorias donde deja claro el vacío que ya sentía y mi estupidez... lo reconozco, fui estúpido.
Lestat de Lioncourt
DOLOR
Gota tras gota la cera caía sobre el
papel, para manchar por siempre su blanquecina figura, antes de
colocar el sello. Dentro de aquel estrecho sobre, el cual había
cerrado con ciertas dificultades, había una carta de amor que nadie
leería salvo él.
—Cada verso, cada verso... —murmuró
antes de colocarlo en una palangana de latón, la misma que había
usado por la mañana para lavar su rostro, junto a otros documentos
que hasta ese momento pensó que eran importantes.
Había derramado tantas lágrimas,
sufrido tanto, que a veces se preguntaba como podía mantenerse en
pie. Quizás era una de esas marionetas a las que solía escribirle
melodías tétricas y confesar con sus labios, tan perfectamente
pintados, cientos de misterios que no debía conocer. Era un músico
simple, pero con una mente tan torturada como retorcida. Guardaba en
su pequeño cajón obras completas repletas de dolor, amargura,
venganza y pasión; pues para él, para Nicolas, la tragedia era el
encanto de la vida y su verdadero misterio.
—Nicolas—su propio nombre en sus
propios labios—. Nicolas de Lenfent—musitó—, el ser más
patético de París.
Buscó la caja de cerillas que estaba
en la mesa, prendió una y la arrojó al montón de documentos.
Después, con aire solemne, se sentó frente al fuego para ver como
se consumía cada palabra. Creía que así se libraría de sus
pensamientos más grotescos, o al menos de ese modo lo había leído
en un libro prohibido. Posiblemente si lo tomaban con él entre sus
manos, sus delicadas y hermosas manos, terminaría siendo acusado de
brujo.
Cuando todo terminó se deshizo de las
cenizas, decidió vestirse apropiadamente y tomó su violín. Sin
embargo, nada más cruzar la puerta lo vio. Era él, Lestat, vestido
de forma elegante y con una sonrisa en sus labios. Había carta de su
madre, el dinero ya había sido repartido para todos los músicos y
actores del teatro, y se sentía dichoso. Esa maldita sonrisa, tan
llena de esperanza, le hizo caer de nuevo llorando en silencio sin
lágrima alguna. No había remedio, pues la condena del amor es
así... pecado tras pecado.
Te di mi corazón entre mis dedos de
magnolias,
convertí mi alma en una lámina de
pecado
que envolvió la tuya captando la luz
de tus ojos.
¡Ni siquiera te diste cuenta cuanto
dolía!
Fue terrible ver como de tus dedos
surgían espinas
y que la luz no era más que tinieblas
ancestrales
cubriendo mi sonrisa, mi talento, mi
libertad...
¡Ni siquiera pusiste precio factible a
mi vida!
¿Qué fui para ti? Sólo era un
demonio.
Tú, el ángel de los cielos y príncipe
de todo...
Sonreíste iluso mientras me consumía
el odio.
¿Alguna vez me amaste de algún modo?
No hay comentarios:
Publicar un comentario