Lestat de Lioncourt
LA TENTACIÓN DE ARMAND
—¿Qué haces?—mi voz se escuchó
en plena oscuridad como si fuera un fósforo que pudiera iluminar la
habitación—¿Duermes?—añadí subiéndome sobre él mientras
inspeccionaba su perfil—. Daniel ¿estás dormido?—murmuré.
Había decidido buscarlo después de
aquella primera noche. Recordaba sus manos moviéndose por mi cuerpo
y sus besos posándose en mi cuello. Quería más de él y sabía que
podía tenerlo. En mis memorias con David no conté detalladamente la
historia, pues tampoco quería hundirme en mis fracasos hasta
ahogarme. Prefería pasar de puntillas por algo tan hermoso, como
destructivo, porque había sido el peor error de mi vida. No debí
transformar a Daniel. Quizás si no lo hubiese hecho él estaría
bien, aunque con más de cincuenta años, y posiblemente enganchado a
las drogas o simplemente desperdiciando su vida.
—Daniel, Daniel, Daniel, Daniel,
Daniel... Da... Dani... ¡Daniel!—exclamé al fin.
—¡Qué pasó!—dijo moviéndose
nervioso en la cama, empujándome de ésta y encendiendo la luz de la
mesilla—. ¡Qué demonios haces aquí!—comentó, llevándose las
manos al rostro para despejarse, y finalmente tantear donde se
encontraban sus gafas en la mesilla. Sin embargo, no dio con ellas.
—Vine a visitarte—murmuré.
Estaba en el suelo, pues él me había
tirado, con el cabello revuelto y los ojos fijos en él. Había ido a
buscarlo porque necesitaba el calor de su cuerpo vivo, su aroma
impregnándose en mi piel y escuchar la tímida respiración de sus
pulmones.
La habitación olía a nicotina, en la
mesilla había una botella de whisky a medio tomar junto a un paquete
de sus cigarrillos favoritos, la máquina de escribir tenía aún un
folio a medio acabar y a su lado un volumen cuantioso de folios
escritos. Había trabajado hasta tarde, posiblemente hasta media
noche, y eran casi las dos de la mañana. Prácticamente, como quien
dice, había marchado a la cama para descansar.
—¿Te llegó el dinero?—pregunté
mirándolo con cierta curiosidad—. Son unos quinientos dólares.
—¿Dinero?—su rostro mostró
sorpresa mientras se incorporaba del todo. Abandonó la cama en
calzoncillos, se llevó las manos a la cabeza y me miró
sobresaltado—. ¿Me has mandado dinero?
—Oí que necesitabas dinero para
cubrir tus deudas—dije, antes de levantarme y caminar hacia él—.
¿No te parece bien?
—Quinientos dólares—susurró—.
¡Quinientos dólares!—se echó a reír tomándome de las axilas
para incorporarme del suelo—. ¡Gracias!
Era la primera vez que veía a Daniel
ser feliz gracias a algo que yo lograba hacer por él. Sentí cierto
calor en mi pecho y como se coloreaban mis mejillas. La escasa sangre
que había tomado aquella noche se agolpó en mi rostro. Sentía
cierto nerviosismo agitándome hasta electrificarme.
—Te amo—respondí con una sonrisa
casi infantil riendo por el gesto, cosa que hizo que me bajara y se
apartara.
—¿Me darás más?—dijo con cierto
interés—. He tenido mala racha en las apuestas, muchos trabajos no
han salido y debo el alquiler de ésta habitación. Quinientos es
bastante para cubrir las deudas actuales, pero dentro de una semana
me veré igual o peor.
La cama estaba revuelta, como si
hubiese tenido un sueño inquieto, y las sábanas parecían arrugadas
de mil formas. El suelo estaba plagado de papeles arrugados,
envoltorios de comida china y varios vasos de café para llevar. La
ventana se encontraba entreabierta, dejando que la brisa de San
Francisco entrara penetrando en la vivienda. Había un murmullo de
fondo, la cisterna estaba rota y perdía agua, mientras que la ciudad
engullía éste con el tránsito habitual incluso en plena madrugada.
—No hay problema—me senté en los
pies de la cama y observé su rostro, entre la conmoción y la
felicidad—. Me gusta tu sonrisa.
—Y a mí me gustas tú, pequeño
demonio—respondió arrodillándose frente a mí para llevar sus
manos a mis brazos, tomándome por estos con cierta delicadeza,
mientras yo estiraba mis manos hacia su rostro acariciando sus
pómulos marcados—. Hazme el amor Daniel.
Nuestras miradas se cruzaron dejando
atrás cualquier sonido y pensamiento. Noté su boca más seductora,
carnosa y deseable que antes. Me incliné sobre él rodeándolo con
mis brazos, pegándolo a mí, mientras cerraba los ojos permitiendo
que él cayera encima mía haciéndome sentir una presa. Mis piernas
temblaron abriéndose mientras él se acomodaba entre ellas.
—¿Me ayudarás siempre?—había
hundido su rostro en mi cuello y sus labios de terciopelo, mucho más
cálidos que los míos, rozaban mi lóbulo derecho.
—Siempre—jadeé cerrando los ojos.
—¿Estarás ahí para mí?—preguntó.
—Sí, porque te amo—respondí con
la franqueza e inocencia que haría un niño.
Juro que el peso de su cuerpo era
placentero, así como ese calor que desprendía y el aroma que me
hacía temblar. La sangre bombeaba bajo su piel, corriendo por sus
venas, provocando que tuviese sed y mis colmillos punzaran.
—Arráncame la ropa sin piedad, hazlo
ahora y provoca que llore de placer—murmuré llevando mis manos a
su rostro—. Hazlo.
Mi orden provocó que me arrancara la
camisa que llevaba, era simple y con botones bastante baratos. Había
robado aquella prenda a uno de los muchachos que habían muerto bajo
mi mortal abrazo. Era celeste, color que siempre usé cuando vivía
con Marius en mi añorada Venecia, y los jeans, que eran algo
ajustados, se perdieron después de un par de jalones. El ruido de la
cremallera bajando fue excitante, sobre todo porque él quedó con
sus ojos de cierta tonalidad violeta clavados en los míos. Sentí
que me quemaba en el fuego más ardiente, como si Santino no me
hubiese rescatado y aún ardiera entre los troncos gruesos, mientras
mi corazón se desbocaba igual que cuando ingería cierta cantidad de
sangre.
—Hazlo, hazlo...—dije al notar su
miembro duro bajo su ropa interior—. Daniel, tienes que hacerlo
rápido y duro, por favor.
Sabía que sólo veía parcialmente mi
cuerpo oscilando, rozándose contra él, con aquella piel marmórea
de pezones rosados. Sus manos, mucho más grandes que las mías, me
agarraron de la cadera mientras yo metía mi diestra dentro de su
ropa interior. Aquella fina tela no iba a ser impedimento para mí,
pues quería sentirme esclavo de sus pasiones y de las mías propias.
Realmente me había enamorado de él.
Por mucho que rechace frente a todos la verdad, ocultándola entre
capas de dolor y recuerdos rotos, siento que mi corazón aún se
conmueve cuando rememoro cada segundo. Me hundo en mis pensamientos,
lloro y sufro, al ver en qué he convertido al hombre, el periodista
brillante, que conocía en un muñeco de cera que sólo está
interesado en construir pequeñas ciudades.
Mis dedos acariciaban su sexo,
abarcándolo y presionando su glande, mientras lo sentía duro,
húmedo y caliente, pero no duró demasiado. Daniel apartó mi mano y
me giró, dejándome con el pecho colocado en el colchón. Mis
piernas se abrieron y noté como él se apartaba para quitarse la
escasa tela que le cubría.
—Yo también te amo Armand, yo
también—susurró inclinado sobre mí, dejando algunos besos
diseminados por mis hombros y la cruz de mi espalda, antes de
penetrarme.
No grité de dolor, yo sólo gemí.
Gemí alzando mi rostro del colchón mientras mis manos se aferraban
a la fina colcha. No podía dejar de gritar su nombre en cada dura
embestida. El ritmo era frenético, y sus manos me tocaban de forma
apasionada y brusca. No podía siquiera mantener los ojos abiertos,
pues el placer me hacía cerrarlos mientras arrugaba, y casi rompía
las sábanas, con mis puños bien cerrados. Notaba sus testículos
golpear mis nalgas del mismo modo que sus dedos presionaban mis
caderas. Sus dedos quedaban señalados, sus uñas se enterraban en mi
carne algo dura, y el movimiento de éstas le provocaban ser aún más
rudo y cruel en sus estocadas.
Cuando acabamos él lo hizo tras un
fuerte gruñido, muy parecido al de un animal salvaje herido,
mientras que yo sólo pude decir su nombre en un grito aún más
elevado. Sus testículos vaciaron toda su carga manchándome por
completo, hundiéndome en un éxtasis religioso y caliente, de forma
que quedaba marcado como suyo.
—Daniel—balbuceé llorando mientras
aún tiritaba por el placer—. Daniel...
Estoy seguro que se sintió conmovido,
pues me giró buscando mis labios para besarme como no había hecho
hasta ahora. Cuando paró me sentí acogido bajo su figura. Sus
brazos, mucho más gruesos y masculinos que los míos, me rodearon
haciéndome sentir confortado. Sé que mi aspecto es el de un ángel,
una pintura perfecta que encajaría en mitad de una iglesia, pero
también sé perfectamente que soy un demonio terrorífico. Mi piel
blanquecida estaba perlada de pequeñas gotas carmesí. Tenía los
muslos abiertos aún, abarcándolo a él, con salpicaduras de mi
esperma y notando como el suyo se deslizaba hasta las sábanas.
Posiblemente era la imagen más erótica y terrible que él pudo
contemplar alguna vez, si bien a penas veía mi silueta y mis ojos
cafés, con tonalidades doradas, centelleando como si fueran gemas.
—Siempre cuidaré de ti—dije
colocando mis manos en su torso—. Siempre.
—Lo sé—se inclinó rozando mi
nariz con la suya para volver a besarme.
No sé si el dinero era lo único que
buscaba, junto con la inmortalidad, o era también el amor que le
demostraba pese a todo. No lo sé. Jamás me he atrevido a
preguntarlo y ahora rara vez responde a mis preguntas. Quizás ese
sea su mayor enigma.
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