Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 3 de junio de 2014

La tentación de Armand

Estas son unas memorias hechas por Armand sobre sus primeros encuentros con Daniel, aquí se los ofrecemos para todos ustedes.

Lestat de Lioncourt

LA TENTACIÓN DE ARMAND

—¿Qué haces?—mi voz se escuchó en plena oscuridad como si fuera un fósforo que pudiera iluminar la habitación—¿Duermes?—añadí subiéndome sobre él mientras inspeccionaba su perfil—. Daniel ¿estás dormido?—murmuré.

Había decidido buscarlo después de aquella primera noche. Recordaba sus manos moviéndose por mi cuerpo y sus besos posándose en mi cuello. Quería más de él y sabía que podía tenerlo. En mis memorias con David no conté detalladamente la historia, pues tampoco quería hundirme en mis fracasos hasta ahogarme. Prefería pasar de puntillas por algo tan hermoso, como destructivo, porque había sido el peor error de mi vida. No debí transformar a Daniel. Quizás si no lo hubiese hecho él estaría bien, aunque con más de cincuenta años, y posiblemente enganchado a las drogas o simplemente desperdiciando su vida.

—Daniel, Daniel, Daniel, Daniel, Daniel... Da... Dani... ¡Daniel!—exclamé al fin.

—¡Qué pasó!—dijo moviéndose nervioso en la cama, empujándome de ésta y encendiendo la luz de la mesilla—. ¡Qué demonios haces aquí!—comentó, llevándose las manos al rostro para despejarse, y finalmente tantear donde se encontraban sus gafas en la mesilla. Sin embargo, no dio con ellas.

—Vine a visitarte—murmuré.

Estaba en el suelo, pues él me había tirado, con el cabello revuelto y los ojos fijos en él. Había ido a buscarlo porque necesitaba el calor de su cuerpo vivo, su aroma impregnándose en mi piel y escuchar la tímida respiración de sus pulmones.

La habitación olía a nicotina, en la mesilla había una botella de whisky a medio tomar junto a un paquete de sus cigarrillos favoritos, la máquina de escribir tenía aún un folio a medio acabar y a su lado un volumen cuantioso de folios escritos. Había trabajado hasta tarde, posiblemente hasta media noche, y eran casi las dos de la mañana. Prácticamente, como quien dice, había marchado a la cama para descansar.

—¿Te llegó el dinero?—pregunté mirándolo con cierta curiosidad—. Son unos quinientos dólares.

—¿Dinero?—su rostro mostró sorpresa mientras se incorporaba del todo. Abandonó la cama en calzoncillos, se llevó las manos a la cabeza y me miró sobresaltado—. ¿Me has mandado dinero?

—Oí que necesitabas dinero para cubrir tus deudas—dije, antes de levantarme y caminar hacia él—. ¿No te parece bien?

—Quinientos dólares—susurró—. ¡Quinientos dólares!—se echó a reír tomándome de las axilas para incorporarme del suelo—. ¡Gracias!

Era la primera vez que veía a Daniel ser feliz gracias a algo que yo lograba hacer por él. Sentí cierto calor en mi pecho y como se coloreaban mis mejillas. La escasa sangre que había tomado aquella noche se agolpó en mi rostro. Sentía cierto nerviosismo agitándome hasta electrificarme.

—Te amo—respondí con una sonrisa casi infantil riendo por el gesto, cosa que hizo que me bajara y se apartara.

—¿Me darás más?—dijo con cierto interés—. He tenido mala racha en las apuestas, muchos trabajos no han salido y debo el alquiler de ésta habitación. Quinientos es bastante para cubrir las deudas actuales, pero dentro de una semana me veré igual o peor.

La cama estaba revuelta, como si hubiese tenido un sueño inquieto, y las sábanas parecían arrugadas de mil formas. El suelo estaba plagado de papeles arrugados, envoltorios de comida china y varios vasos de café para llevar. La ventana se encontraba entreabierta, dejando que la brisa de San Francisco entrara penetrando en la vivienda. Había un murmullo de fondo, la cisterna estaba rota y perdía agua, mientras que la ciudad engullía éste con el tránsito habitual incluso en plena madrugada.

—No hay problema—me senté en los pies de la cama y observé su rostro, entre la conmoción y la felicidad—. Me gusta tu sonrisa.

—Y a mí me gustas tú, pequeño demonio—respondió arrodillándose frente a mí para llevar sus manos a mis brazos, tomándome por estos con cierta delicadeza, mientras yo estiraba mis manos hacia su rostro acariciando sus pómulos marcados—. Hazme el amor Daniel.

Nuestras miradas se cruzaron dejando atrás cualquier sonido y pensamiento. Noté su boca más seductora, carnosa y deseable que antes. Me incliné sobre él rodeándolo con mis brazos, pegándolo a mí, mientras cerraba los ojos permitiendo que él cayera encima mía haciéndome sentir una presa. Mis piernas temblaron abriéndose mientras él se acomodaba entre ellas.

—¿Me ayudarás siempre?—había hundido su rostro en mi cuello y sus labios de terciopelo, mucho más cálidos que los míos, rozaban mi lóbulo derecho.

—Siempre—jadeé cerrando los ojos.

—¿Estarás ahí para mí?—preguntó.

—Sí, porque te amo—respondí con la franqueza e inocencia que haría un niño.

Juro que el peso de su cuerpo era placentero, así como ese calor que desprendía y el aroma que me hacía temblar. La sangre bombeaba bajo su piel, corriendo por sus venas, provocando que tuviese sed y mis colmillos punzaran.

—Arráncame la ropa sin piedad, hazlo ahora y provoca que llore de placer—murmuré llevando mis manos a su rostro—. Hazlo.

Mi orden provocó que me arrancara la camisa que llevaba, era simple y con botones bastante baratos. Había robado aquella prenda a uno de los muchachos que habían muerto bajo mi mortal abrazo. Era celeste, color que siempre usé cuando vivía con Marius en mi añorada Venecia, y los jeans, que eran algo ajustados, se perdieron después de un par de jalones. El ruido de la cremallera bajando fue excitante, sobre todo porque él quedó con sus ojos de cierta tonalidad violeta clavados en los míos. Sentí que me quemaba en el fuego más ardiente, como si Santino no me hubiese rescatado y aún ardiera entre los troncos gruesos, mientras mi corazón se desbocaba igual que cuando ingería cierta cantidad de sangre.

—Hazlo, hazlo...—dije al notar su miembro duro bajo su ropa interior—. Daniel, tienes que hacerlo rápido y duro, por favor.

Sabía que sólo veía parcialmente mi cuerpo oscilando, rozándose contra él, con aquella piel marmórea de pezones rosados. Sus manos, mucho más grandes que las mías, me agarraron de la cadera mientras yo metía mi diestra dentro de su ropa interior. Aquella fina tela no iba a ser impedimento para mí, pues quería sentirme esclavo de sus pasiones y de las mías propias.

Realmente me había enamorado de él. Por mucho que rechace frente a todos la verdad, ocultándola entre capas de dolor y recuerdos rotos, siento que mi corazón aún se conmueve cuando rememoro cada segundo. Me hundo en mis pensamientos, lloro y sufro, al ver en qué he convertido al hombre, el periodista brillante, que conocía en un muñeco de cera que sólo está interesado en construir pequeñas ciudades.

Mis dedos acariciaban su sexo, abarcándolo y presionando su glande, mientras lo sentía duro, húmedo y caliente, pero no duró demasiado. Daniel apartó mi mano y me giró, dejándome con el pecho colocado en el colchón. Mis piernas se abrieron y noté como él se apartaba para quitarse la escasa tela que le cubría.

—Yo también te amo Armand, yo también—susurró inclinado sobre mí, dejando algunos besos diseminados por mis hombros y la cruz de mi espalda, antes de penetrarme.

No grité de dolor, yo sólo gemí. Gemí alzando mi rostro del colchón mientras mis manos se aferraban a la fina colcha. No podía dejar de gritar su nombre en cada dura embestida. El ritmo era frenético, y sus manos me tocaban de forma apasionada y brusca. No podía siquiera mantener los ojos abiertos, pues el placer me hacía cerrarlos mientras arrugaba, y casi rompía las sábanas, con mis puños bien cerrados. Notaba sus testículos golpear mis nalgas del mismo modo que sus dedos presionaban mis caderas. Sus dedos quedaban señalados, sus uñas se enterraban en mi carne algo dura, y el movimiento de éstas le provocaban ser aún más rudo y cruel en sus estocadas.

Cuando acabamos él lo hizo tras un fuerte gruñido, muy parecido al de un animal salvaje herido, mientras que yo sólo pude decir su nombre en un grito aún más elevado. Sus testículos vaciaron toda su carga manchándome por completo, hundiéndome en un éxtasis religioso y caliente, de forma que quedaba marcado como suyo.

—Daniel—balbuceé llorando mientras aún tiritaba por el placer—. Daniel...

Estoy seguro que se sintió conmovido, pues me giró buscando mis labios para besarme como no había hecho hasta ahora. Cuando paró me sentí acogido bajo su figura. Sus brazos, mucho más gruesos y masculinos que los míos, me rodearon haciéndome sentir confortado. Sé que mi aspecto es el de un ángel, una pintura perfecta que encajaría en mitad de una iglesia, pero también sé perfectamente que soy un demonio terrorífico. Mi piel blanquecida estaba perlada de pequeñas gotas carmesí. Tenía los muslos abiertos aún, abarcándolo a él, con salpicaduras de mi esperma y notando como el suyo se deslizaba hasta las sábanas. Posiblemente era la imagen más erótica y terrible que él pudo contemplar alguna vez, si bien a penas veía mi silueta y mis ojos cafés, con tonalidades doradas, centelleando como si fueran gemas.

—Siempre cuidaré de ti—dije colocando mis manos en su torso—. Siempre.

—Lo sé—se inclinó rozando mi nariz con la suya para volver a besarme.

No sé si el dinero era lo único que buscaba, junto con la inmortalidad, o era también el amor que le demostraba pese a todo. No lo sé. Jamás me he atrevido a preguntarlo y ahora rara vez responde a mis preguntas. Quizás ese sea su mayor enigma.


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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt