Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 27 de febrero de 2015

Tú eres sueño y poesía

Otra vez Arjun ha regresado a dejarnos uno de sus textos. Otra vez nos hace quedar mal a todos. Gracias, majo. 

Lestat de Lioncourt 


Puedes escuchar en el silencio de la noche los sueños que se escapan lentamente de nuestros cuerpos, es como un murmullo imposible de descifrar. La noche es para los sueños, pero nosotros caminamos entre los fríos y oscuros callejones robando vidas, dejando atrás un reguero de muerte y dolor. No importa si es un villano o un bendito. Una vida es una vida. Son como poemas que quedan truncados, sin final aparente, en los labios mortecinos de su asesino. Aún así, no me importa beber de ellos. No siento lástima eterna por un asesino, un despreciable borracho o un pobre mendigo que de todas formas, pese a los intentos vanos de unos pocos, iba a morir de frío, hambre o por enfermedades que lo corrompían por dentro. Hay muertes más dulces que morir en soledad. Ellos mueren en mis brazos, Pandora.

Me convertiste en esto. E un ser que busca la sangre y se regodea con la última gota. El corazón se acelera, pero luego queda al mismo ritmo que el propio y finalmente descansa en un mar tenebroso. Me hiciste ser el escritor del final de muchas vidas. Puse término a cientos de sueños o anhelos. Soy quien camina bien vestido por ciudades de hombres envueltos en harapos. Dejé de ser príncipe para mendigar tus caricias, pero aún así mis rubíes, diamantes y caros atuendos llaman la atención a cualquiera.

Piel bruñida por mi raza, ojos oscuros, cabello lacio y negro, manos grandes aunque finas, constitución delgada pese a la musculatura, alto pero sin excesos y con un alma atormentada. Eso he sido y seré siempre. Quedé enamorado de ti, Pandora, y mis sueños se convirtieron en mi propia vida. Tú eras mi sueño, musa y diosa. Caminé por la senda del dolor y el placer de tu mano. Recorrí mundos extraños y fríos, otros tan cálidos como alocados. Quedé a tu lado. Pero cuando te fuiste, mi diosa, decidí dormir para hallarte en ellos. No hay mejor veneno que los sueños más dulces.


Me acurruqué bajo mi vieja mansión, tomé una almohada cómoda y cerré los ojos recordándote. Siempre has sido bella y fuerte, pero a la vez frágil y voluble. Amarte, eso es todo. Yo sólo quiero amarte. Amarte sin medidas ni condiciones. Amarte. Y ahora que has vuelto, que te tengo a mi lado, recito viejos poemas y acarició tus cabellos enredando mis dedos en ellos. No me odies por amarte, no me temas por quererte. Por favor, quédate a mi lado.  

miércoles, 27 de agosto de 2014

Aún lloras, no lo hagas

Pompeya desapareció hace mucho, pero ella siempre lo tiene presente. Creo que Petronia no es tan dura como nos hace pensar. Aquí un regalito, algo que me ha pasado Arion, para que veamos esa parte oculta de Petronia.

Lestat de Lioncourt 

Estaba de pie en el balcón observando las estrellas. Hacía unas horas que la noche había llegado, como siempre llegaba en verano con la tímida brisa marina alzándose y el sonido de los insectos, pero la oscuridad era más palpable que noches atrás. La luna se alzaba radiante, completamente llena, y el mar a lo lejos parecía un vestido desaten con pedrería. Ella lo contemplaba como lo había hecho siempre. Posiblemente pensaba en las vidas que no había salvado, en las que condena a diario y en aquellas que son como olas que van alegremente muriendo al llegar a la arena. Su fuerza y entereza están sobre tierras movedizas. Era delicada, como las piedras y conchas con las cuales ejercía su mayor y más próspero talento.

Su cabello caía libre esa noche. Tenía la frente no muy pequeña, justa para su cabeza, y esos mechones ensalzaban sus cejas y la expresión confusa de sus ojos de gemas oscuras. Sus labios, que siempre se asemejaron a pétalos de flor de cerezo, estaban suavemente abiertos como si quisiera decir algo, un secreto al viento, pero no emitía sonido alguno. Llevaba puesto un vestido rojo, completamente despojada de su toque masculino. La tela de seda marcaba sus caderas, algo estrechas pero infinitamente femeninas, y sus largas piernas se asomaban por la abertura que tenía en ambos costados. No tenía un escote prominente, pero sí llamativo. Parecía un viejo vestido romano, de esos que las grandes mujeres de nuestra época llevaban. Sus brazos estaban cubiertos con algunas pulseras y un par de anillos de camafeos. Tenía pendientes en forma de aro y un colgante que yo mismo le había regalado.

—Estás maravillosa—dije apoyado en la entrada al balcón, con mi chaqueta color marfil en la mano y mis ojos clavados en sus hombros ligeramente cubiertos por la tela.

—Quiero estar sola—murmuró con la voz desquebrajada.

—Hace mucho de ello—no sabía si desaparecer, pues ella era así. Te decía que no, pero era que sí. Estar sola en días tan turbios y duros, a pesar de los siglos, era algo que no deseaba aunque dijera lo contrario—. Petronia, tú...

—¿Yo qué?—se giró hacia mí clavando sus ojos pardos. Tenía un semblante tan hermoso como en aquellos días. Era la mujer más hermosa que he visto. Mi hermosa chica imposible, mi deliciosa guerrera, mi hija y mi amante por los siglos de los siglos. Nunca se ha visto inmortales que soporten el paso de los siglos como nosotros, la soledad envenena a veces nuestro mundo pero, nosotros, seguimos aquí—Dímelo, ¿yo qué? El monstruo que quiso salvar a todos, el engendro que nadie escuchó. ¡Tú no sabes como gritaban! ¡No pudiste ver a niños engullidos por la lava! ¡Me hiciste cargo de algo y no pude hacer nada!

—Te pedí que salvaras a los que pudieras y vinieras a mí. ¿Qué más podía querer?—dije acercándome a ella—. Petronia...

Mi chaqueta cayó sobre sus hombros, mis manos acariciaron sutilmente su cuello mientras acomodaba sus cabellos y mis labios rozaron sus mejillas presionándolas ligeramente. Besos, millones de besos. No sé cuándo le daré el último, pero recuerdo el primero. En aquel cuarto a oscuras, con el sufrimiento marcando su cuerpo y la soledad torturando mi vida. Ella me salvó a mí, no yo a ella. Se convirtió en mi pasión y en lo único que he querido de todo corazón, como si fuera un niño buscando salvar un globo que se lleva el viento.

—Vete—susurró con la voz ronca, a punto de llorar como siempre hacía—Vete, ahora...

—Jamás—la rodeé con mis brazos y ella hundió su rostro en mi camisa blanca, la cual empezó a empaparse por sus lágrimas sanguinolentas. No me importaba. Que llorara cuanto quisiera. Yo la amaba. No podía dejar de amarla.

—Vete...—dijo ya sin fuerzas mientras se aferraba a mi camisa, por los costados, sin dejar de llorar ni un segundo.

—Las estrellas son las cuentas de un rosario diseminado por el mundo, brillando en recuerdo de lo que fueron una vez. Eso dicen los poetas. Otros que son la luz, las almas, que una vez poblaron la tierra y se muestran vigilantes, cautas y deseosas de ver el mundo cambiar aunque ya no estén. Los astrónomos hablan de planetas, estrellas, galaxias, soles y lunas. Yo puedo ver en ella tus lágrimas. Cada estrella es una lágrima que has derramado y que brillan en tus días oscuros—susurré acariciando sus cabellos, dejando que mis dedos se deslizaran por su espalda hasta su cintura, para luego rodearla como lo haría cualquier amante a la mujer de su vida—. Todos ven en ti la fuerza, cierta fiereza y poder. Pocos somos los afortunados de conocer lo delicado y tierno que puede ser tu corazón, por eso te amo y te doy las gracias.


Era el 24 de Agosto del 2014, hace tan sólo unas noches. Han pasado 1935 años y aún sigue llorando por sus almas. Pompeya, tú siempre estarás en su recuerdo junto a tus comerciantes, artesanos, pescadores y hombres sabios. Todos aquellos que le dieron la espalda aún siguen muriendo ante sus ojos, ardiendo y cubriéndose de cenizas.  

jueves, 6 de febrero de 2014

The "merciful" death

Bonsoir

The "merciful" death es un texto que narra Louis de una de sus noches de caza. ¿Quieres descubrir en qué se ha convertido nuestro mártir?

Lestat de Lioncourt


La noche había caído como un telón lleno de estrellas. Al fin el cielo encapotado de New Orleans había desaparecido, pero el ambiente húmedo y fresco perduraba. Las fachadas estaban más limpias que nunca, pero también más sombrías. El raro invierno de días fríos alternados por otros más suaves, las tormentas eléctricas y las lluvias abundantes tenían a los ciudadanos algo desconcertados. Estaba siendo un invierno duro. Uno de esos inviernos que uno prefiere pasar frente a una estufa o brasero leyendo un libro o viendo la televisión hasta caer rendido. Y así cada noche. Como si todos fueran cucarachas esperando una gloriosa metamorfosis. Sí, así era.

Louis aún seguía durmiendo ocasionalmente en un ataúd. Allí se sentía más cómodo y más cercano a sí mismo. Era extraño que un vampiro dejara las viejas costumbres, pero poco a poco todos se habían acostumbrado a dormir en lugares oscuros sin meterse entre tablones. Surgía de su rincón favorito, junto a uno de sus más elegantes ataúdes, donde había sentido la vulgar y primaria necesidad de matar.

Se abrazó a sí mismo saliendo del cementerio, el cual parecía lúgubre pero encantador. Los ángeles de piedra parecían llorar por la inocencia perdida, los derrumbados sobre las tumbas se quejaban de la miseria que en él aún anidaba y esa melancolía perpetua de sus ojos, tan humanos a veces, recorrían los que alzaban sus brazos al cielo preguntándose si Dios acabaría con todos de una maldita vez.

Ya no había melancolía en su vida y a decir verdad los sentimientos más apesadumbrados, grotescos e incluso suicidas, se habían evaporado con la nueva sangre que corría por sus venas. Pero era sangre lo que quería ahora. Una sangre distinta. La sangre de cualquiera. Un líquido rojo y cálido que le hiciera volver a tener un aspecto delicado, sonrosado e incluso animado por una chispa de locura.

Sus pies le llevaron rumbo al viejo barrio francés. Allí donde Lestat aún cazaba y se divertía, el mismo donde Julien había hecho sus correrías y donde cualquier habitante de New Orleans había pisado aunque fuese una vez en su vida. Un barrio en decadencia y a la vez lleno de gloria. Los misterios que se guardaban tras las puertas de aquellas casas eran sin duda atractivas. Pero no era allí, él quería ir más allá y caminó hacia la calle Bourbon.

Allí, bajo un luminoso, una chica paseaba con sus botas altas de tacón de aguja y una pequeña falda que a penas cubría sus ingles. Llevaba un abrigo de talle corto que rozaba el final con su cintura y con un cuello de piel sintética descuidada. Sus cabellos rizados caían sobre su rostro mientras se miraba en un pequeño espejo. Pintaba con desgana sus labios sintiendo el discurrir lento de algunos vehículos.

Louis decidió cruzar y aproximarse. Ella lo miró largamente con aquellos zapatos algo sucios de fango, pero caros, con unos pantalones de vestir de tela gruesa negros y un chaleco verde a juego con sus ojos. La camisa blanca de Louis no tenía corbata que la acompañara, pero el blanco resplandeciente jugaba con las tonalidades de las luces. El abrigo de cuero de tres cuartos negros era el único tono discorde, pero hacía frío y era bueno aislando la humedad.

No tuvo que decir nada. Ambos caminaron mientras ella sentía la seducción letal de aquel asesino. Él sonreía con encanto y sin decoro. La llevó a un callejón oscuro, algo estrecho y de escaso tránsito donde la rodeó por la cintura, besó su cuello con sensualidad y abrió su abrigo. Tenía los pechos envueltos en sujetador de satén azul, el cual rompió y hundió su rostro entre sus senos. Sintió la cálida oleada de calor que estos desprendían, su aroma femenino y la sangre brotar de la herida que rápidamente le hizo.

Pronto ella cayó al suelo desplomada sin siquiera la marca de los orificios de los colmillos de Louis, pues había usado su propia sangre para cerrar la herida. Ni una gota derramada, ni un grito, ni un remordimiento y ni mucho menos demasiado tiempo para deleitarse con su compañía.


Louis salió del callejón abandonándola como si fuera desperdicio y miró la luna enorme, majestuosa y sensual. Deseó volar hacia ella, pero eso era imposible y cosas que sólo un soñador quiere. Negó con la cabeza, se llevó las manos a los bolsillos y decidió comprar un nuevo libro para terminar de añadir una guinda a su encantadora velada.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt