Arion, nuestro vampiro orfebre, ha vuelto. Hacía semanas que no se había escuchado su voz murmurar algo desde Nápoles. ¡Ha vuelto! Pobre, ¿podrá con los gritos de Petronia cuando le lea algo tan romántico?
Lestat de Lioncourt
He visto en tus ojos el mundo arder.
Conocí el dolor más profundo, la pena más grande y la humillación
más profunda. Vi en tus ojos un alma rota, deshilachada, y
convertida en una marioneta ajada que no tenía posibilidad alguna de
sentirse libre. Tus manos, rotas de dolor, temblaban acariciando la
celda inmunda donde te retenían, el cuenco del agua estaba derramado
en el suelo como tus lágrimas, y tus ropas gritaban que eras un
pobre ser de otro mundo, con una belleza idílica, y un icono de la
vergüenza. Siempre tratada como un monstruo, señalada como un ser
horrible al cual humillar y, a la vez, temer. Eras una gorgona con
una hermosa cabeza que parecía carecer de vida, salvo por esos ojos
tan intensos. Creo que la erupción del volcán no fue nada para lo
que tuviste que sentir durante años. La impotencia, el dolor, la
rabia contenida y las lágrimas que se secaban solas sin una mano
amiga que acariciara tus mejillas.
Me postré ante ti, de rodillas,
observando esos ojos llenos de vida y sueños rotos. Jamás sé si
esos sueños vivieron más de unos segundos, pues el horror era
demasiado terrible. Nunca lo sabré. Sin embargo, me quedé asombrado
de tu fuerza. Te juré protección. Dije mil veces cientos de
palabras. Supongo que no me creías. Estabas en tu derecho. Morías
cada noche atada a grilletes, no sabías que era la libertad y yo, un
hombre cualquiera, te juraba que te liberaría. Nunca habías tenido
alas, ¿por qué alguien te las daría? Era absurdo. Pero mi
juramento se hizo cierto y te llené de seda, perfumes, caricias y
joyas. Entregué en tus manos un oficio, la llave de tu
independencia, mientras te juraba amor eterno.
Me convertí en Cupido para ti, tú
fuiste mi Psique. Pues, yo siempre iba de noche e intentaba que no
vieras mi verdadero rostro. Un hombre con riquezas, lleno de poder,
pero que se ocultaba de todos y sólo iba de noche a tu encuentro.
Tan hermosa, cubierta de las mejores sedas y con perlas en tu cuello.
No eras el muchacho que mostrabas de día. Ese que despeinado, con
las manos manchadas de pintura y pequeñas grietas, tallaba conchas,
piedras preciosas, y cualquier material que pudiese ser parte de tus
camafeos. Ese mundo se convirtió en tu obsesión, yo en su líder y
tú en mi iluminada por la belleza de una vida libre.
Pero el horror te acompañó. Las
cenizas cubrieron todo junto a la lava. Tú te salvaste, pero cientos
murieron. Quisiste salvar a decenas, pero no te escucharon. Sin
embargo, llegaste a mis brazos y yo decidí que jamás huirías de
ellos. Aún así te di tus alas, tu poder, la fiereza apareció más
que nunca y me sentí satisfecho porque el ser que creé se convirtió
en un ángel frente a cientos. El ángel de la muerte más preciada,
esa que casi no duele.
Todo por amor. Todo lo hice por amor.
Un amor que perdura.
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