La amistad de verdad se labra con el tiempo.
Lestat de Lioncourt
El trato había finalizado con éxito. Mis camafeos se
exportarían en una línea más juvenil y asequible por gran parte de Asia. Sentía
que al fin se respetaba mi trabajo. Tendría que esforzarme por hacer llegar a
mis orfebres los nuevos bocetos, la documentación sobre los productos que
deberían conseguir para elaborarlos, junto a los listados de empresas
distribuidoras donde serían transportados una vez empaquetados y etiquetados
correctamente.
Nada más llegar me deshice de mi ropa y llené la bañera. Necesitaba
olvidarme de todo lo que había ocurrido en aquella inmensa sala de reuniones. También
deseaba alejar el frío que había calado en mis huesos con la terrible humedad
de un invierno lluvioso y desapacible.
—Has logrado un acuerdo magnífico—dijo entrando en el baño.
—Manfred, estoy bañándome—susurré aún con los ojos cerrados.
El vapor del agua caliente se elevaba hacia el techo, la
Ópera de Carmen bramaba en su esplendor agitando los azulejos del baño y el
agua estancada en la bañera. Mis manos acariciaban el borde mientras mis
piernas se movían sutilmente.
—Sólo deseaba agradecerte el haberme escuchado—comentó
arrodillándose cerca del borde—. Al fin exportarás tu arte. Tienes un don y no
debes ocultarlo—sus manos arrugadas, de nudillos peludos y llenas manchas por la
edad asomaron aferrándose a la bañera—. Gracias.
—Tenías razón—dije abriendo los ojos dejando que lo primero
que viese fuese su rostro bondadoso.
Manfred jamás había sido atractivo, pero poseía un encanto
que ninguna mujer y hombre podía obviar. Se puede decir que su carisma y la
locura de sus maravillosos ojos claros hablaban por sí mismo. Además, era
comprensivo. Siempre había intentado comprender mi carácter explosivo debido a
mis inseguridades y viejas heridas. Me mostraba como alguien firme y sereno
frente a mis empleados, pero en el hogar la imagen frágil regresaba mientras
Arion me sostenía y él observaba en silencio.
—Arion está feliz—soltó una carcajada y luego se sentó en el
suelo, apoyando su espalda contra el borde de la bañera, mientras echaba la
cabeza hacia atrás.
Apenas quedaban cabellos en su cabeza. Lo había convertido
cuando ya estaba al borde de la muerte. Hice una promesa que creí que no
cumpliría. Él quería riquezas, una vida cómoda y tranquila en algún lugar donde
nadie le reconociese, junto a alguien que realmente le amara y soportara su
humor absurdo y sus ensoñaciones. Aquel ladrón siempre tuvo buen corazón y yo
decidí apostar fuerte a aquella mano. Hicimos un acuerdo para conseguir tierras
para ambos. Él las administraría, tendría sus beneficios, y yo podría
construirme un santuario para alejarme algunos meses al año de Nápoles y de
Arion.
Jamás he querido aceptar que él me sostiene. Mi querido
maestro es el pilar básico para mi cordura. Me molesta saber que soy tan frágil
y por eso quería alejarme para meditar, leer y sentir el sabor de una soledad
buscada. Manfred aceptó y yo firmé toda la documentación pertinente. El acuerdo
constaba de un plus añadido. Si él en algún momento deseaba la vida eterna se
la concedería. Sin embargo yo creí que Virginia viviría para siempre y él
moriría de viejo a su lado. No fue así. Ella tenía un carácter fuerte y
bondadoso, pero la vida y su salud decidieron ser frágiles y crueles.
Mi viejo amigo decidió vivir eternamente para conservar los
hermosos recuerdos junto a la madre de sus hijos, así como para purgar todos
sus pecados en este mundo. Y yo, claro está, acepté como acepté en su momento
el estrechar su mano joven y desafiante. No me arrepiento de ello.
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