Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



miércoles, 16 de julio de 2014

Siéntelo

Petronia y Arion siempre discuten, pero el origen ésta vez es Jerome. ¿Quieren saber qué ocurre? Atrévanse a sentir lo que ellos notan en sus almas, en el fondo de sus corazones, dejando atrás todo.

Lestat de Lioncourt


Observaba la pieza como si fuese única, aunque no lo era. Sin embargo, un diamante es un diamante. Aquella perfección en la talla le había costado horas de pulir y cortar. Era perfecto, aunque su tamaño no era mayor a medio centímetro. Sería la pieza clave, y fundamental, de un broche de camafeo. Petronia estaba tras él, en completo silencio. Él sabía que estaba ahí, pero no iba a ser el primero en hablar después de semanas sin saber qué había sido de ella.

—¿No me vas a decir nada?—preguntó con los brazos cruzados sobre el pecho, apoyada en la mesa a las espaldas de Arion y con el ceño ligeramente fruncido. Llevaba un espectacular traje de caballero, hecho a medida, y una camisa blanca que no tenía cerrada sus primeros botones.

—Bienvenida a casa—respondió secamente.

—¿No me vas a decir nada más? Manfred ha sido más agradable que tú—dijo arrugando la nariz—. Esperaba que...

—Un día me cansaré de ésta situación—comentó dejando el diamante en la mesa, sobre un pequeño trapo, para girarse y mirarla directamente a los ojos—. Has estado en el Santuario, tal y como suponía, y posiblemente en compañía del hijo de Quinn. ¿Me equivoco? Piensas crear a otro Blackwood. Está el viejo achacoso, el joven llorica de la brillante armadura y el muchacho que soñaba con ser arquitecto. Sin embargo, para tener toda la colección, necesitas al futuro abogado de la familia... un joven mulato.

—Estás celoso—soltó una enorme carcajada y se apoyó mejor en la mesa mirándolo fijamente, sin perder detalle a sus facciones.

—No. Si quieres un nuevo compañero no soy quien para impedirlo—contestó encogiéndose de hombros—. Haz lo que quieras—aquella respuesta, tan fría y concisa, la alertó—. Si me permites seguiré con mi camafeo, pues alguien tiene que hacer los distintos pedidos que han entrado en la web como mediante la tienda de Nápoles y Grecia.

Arion se giró hacia la mesa, con cuidado tomó el broche que había realizado. Era un broche algo mayor a lo acostumbrado, tenía un cuervo que sobresalía de un mármol negro espectacular. Había tallado aquello durante días, era para una mujer que hacía pedidos muy importantes para un diseñador de París. Él amaba los complementos de su tienda, sobre todo aquellos que homenejaban a la naturaleza. El diamante era el ojo del cuervo, tan brillante y perfecto que parecía haberle dado vida.

—¡Por qué!—gritó furiosa—. ¡Por qué no te molesta! ¡Por qué! ¡Por qué no dices nada más! ¡Por qué!—decía llevándose las manos a las sienes—. ¡Arion!

—Porque ya me acostumbré a no ser importante para ti—dijo colocando con cuidado en la caja broche, cerrándola y guardándola en el cajón primero de su pequeña mesa.

—Maestro, ¿hay alguien? ¿Es eso?—preguntó con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas, las cuales corrían libres por sus mejillas de mármol y alcanzaban la comisura de sus labios. Ella lo miró angustiada, decepcionada y dolida. Sin embargo, los ojos impávidos de Arion la desconcertaron aún más.

—Maestro...

—Tú tienes a tus criaturas. Inclusive diste la vida eterna a ese profesor de historia y literatura—comentó con una sonrisa amarga—. Hace tiempo que dejamos de ser dos para convertirnos en una multitud.

—¡Y qué!—acercándose a él para tomarlo del rostro—. ¡Y qué!

—Yo te hice por amor, no por capricho. Desde hace tiempo sólo creas por capricho—Petronia le clavó las uñas en sus pómulos, pero él ni siquiera se inmutó. La observaba del mismo modo mientras su voz sonaba más firme y masculina, como si aquello sólo reafirmara lo que sentía—. No hay necesidad para sentir celos cuando ya no te aman.

—Yo te amo—dijo con la voz quebrada.

—Si puedes besar otros labios que no son los míos, imaginar un futuro al lado de otro y caminar por la tierra sin mi protección... Si puedes... entonces tú y yo hemos acabado en el olvido, en las arenas del tiempo, allí donde las cenizas se alzan mientras el volcán quiere volcar su ira de nuevo—susurró antes de apartarse de ella liberándose de sus manos—. Ten buena vida, mi hermosa niña.

—¡No! ¡Ya basta!—gritó golpeando su pecho—. Te necesito.

—No, no me necesitas—respondió levantándose.

—Sí, te necesito... —murmuró tomándolo del brazo—. ¿Quién te dijo que lo besé? Quien te lo dijo miente...

—Mis ojos—aquella afirmación la dejó helada—. Fui a buscarte porque necesitaba tu ayuda para realizar unos broches, pero entonces me di cuenta que tú no me necesitabas a mí para ser feliz.

Sus manos soltaron aquel brazo que siempre fue su apoyo. Su voz enmudeció y las lágrimas se hicieron más caudalosas. Petronia por completo temblaba. Él simplemente besó su frente como despedida y se alejó de ella. Sin embargo, no dio más de tres pasos cuando la tenía pegada a su espalda, rodeándolo con sus fuertes y finos brazos, mientras sollozaba.

—¿Y si yo no quiero que te vayas?—preguntó—. ¿Qué ocurriría?

—Nada—respondió.

—No lo amo, era un juego... sólo un juego...

—Y yo me he cansado de jugar—dijo apartándola de él—. Ve con Jerome, te espera.

—¡No!—gritó furiosa girándolo para besarlo.

Arion dejó que le besara los labios, inclusive la rodeó con ternura. No obstante, el vínculo parecía roto. Cuando la notó calmada logró deshacerse de ella y salir de la habitación. Petronia comenzó a chillar su nombre, cayendo al suelo y golpeándolo con tal furia que destrozó las baldosas. Manfred apareció intentando calmarla, pero Arion permaneció en silencio apoyado en la barandilla de la escalera. Jerome estaba allí, en el hall, con su semblante sereno sin saber cómo actuar. Cuando sus ojos jóvenes e inquietos miraron la oscura figura, mucho más robusto que él y con una expresión llena de dolor aunque calmada, agachó la cabeza y se abrazó sintiendo que había hecho mal.

—Muchacho, será mejor que vayas a calmarla—comentó.

—No es a mí a quien necesita—expresó.

—No soy yo quien desea ir—contestó antes de sentir como Manfred salía volando de la habitación, buscando refugio para tanto golpe, mientras ella salía de allí temblorosa, llorosa y algo desafiante.

—Será nuestro, le darás su sangre y olvidarás tus estupideces—balbuceó apoyada en el marco de la puerta.

—No, no lo haré—respondió—. Petronia, se acabó.

—¡No! ¡Tú me amas! ¡Tú me quieres! No puedes tener...

—¿A otra?—aquello heló a Petronia. Esa pregunta de labios de Arion la petrificó.

—Sí...

—¿Cómo te sientes al respecto?—preguntó tan sereno que la asustó aún más, pues no discutía con ella ni la buscaba. Era como un trozo de hielo con el que daba golpes reiteradamente.

—Hundida, dolida, humillada, derrotada, furiosa, desconsolada, triste y agotada—murmuró.

Él se acercó a ella y la rodeó con sus brazos. Ella apoyó su cabeza en su pecho y él besó su frente. Manfred corrió hacia el equipo de sonido e hizo que sonara una ligera melodía. Sonaba tan dulce como el momento amargo tras la derrota, cuando sabes que no hay nada más que una despedida terrible. Jerome comenzó a subir por las escaleras y quedó al lado del viejo Loco. Ella lloraba desconsolada hasta que él la besó del mismo modo que siempre lo había hecho, cuando apartó sus labios de ella la miró con ternura.

—Si me amas como dices me quedaré, pero sólo si veo en ti un cambio de actitud—susurró.

—Maestro, nosotros no cambiamos—dijo temblorosa.

—Sí que lo hacemos—la tomó del rostro secando sus lágrimas—. Lo hacemos continuamente, más rápido que el mundo. Sin embargo, no lo notamos porque nuestro amor por los recuerdos es demasiado grande.

—Quédate conmigo... aunque sea por los recuerdos...

—Me quedo porque te amo demasiado como para permitirme el lujo de perderte. Porque en tus ojos veo amor y desesperación. Sólo buscas llamar mi atención con tus actos, sean estúpidos o inteligentes. Buscas en mí la aprobación de un padre, la furia de un amante y el consuelo de un amigo—ella sonrió con aquellas palabras y se abrazó a él. Arion simplemente siguió bailando con ella.

—Te acostumbrarás, siempre son así—dijo Manfred con una ligera sonrisa—. Es como vivir el hundimiento del Titanic continuamente, pero con un final maravilloso—el joven lo miró algo sorprendido y él se echó a reír—. ¿Te gusta el ajedrez? A tu padre no le gustaba demasiado.

—Disfruto de él cuando puedo—respondió con una ligera sonrisa.

—Ven, vamos. Dejemos a solas a éstos dos idiotas enamorados y hablemos de tu padre—dijo echando las manos tras la espalda, caminando algo encorvado como lo haría un anciano—. Vamos hijo, vamos.


Arion y Petronia quedaron allí, abrazados moviéndose suavemente. Ella seguía sollozando a ratos, pero él no dejaba de acariciarla. Deseaba que comprendiera lo doloroso que era no tenerla a su lado, pensar que la perdía. O más bien, lo necesitaba.

domingo, 15 de junio de 2014

Carta a la señorita Queen

¿Quién no adoraba a la señorita Queen? Era toda una dama y aquellos que la conocimos, por breves momentos o largos años, nos sentimos orgullosos. Aquella mujer era pura sinceridad y dulzura. Nash ha decidido escribir una carta, algo que muchos hacen a los muertos. ¿Quieren leerla?

Lestat de Lioncourt


“Desliza tu alma por los escalones del paraíso
y alza tu rostro hacia el amanecer de la eternidad,
allí donde los sueños son realidad
nos encontraremos de nuevo.

“En éste edén donde no existe el frío
y la verdad seduce con encantos profundos
dividiendo con fuerza ambos mundos...
Lancemos los dados, como niños, en éste juego.”

—¿Has podido hablar con él?—tomaste la sabia decisión de preguntarme con tus elegantes modales, acomodando la taza de té sobre su pequeño platillo, mientras lanzabas una mirada dulce de adorable respeto.

Tenías unos enormes tacones, como siempre, y tus piernas se hallaban cruzadas como toda una dama. Aquella blusa blanca, suave y fresca, parecía envolver tu pequeño cuerpo como si fuese un delicado abrazo. La falda, negra y suelta, te daba un aspecto sobrio y a la vez distendido. Sí, recuerdo aquella vestimenta porque fue de las últimas que pude verte antes de morir. Habías comprado ropa, te sentías viva a pesar de todo. El viaje a Europa ya era un recuerdo más, pues hacía meses que te encontrabas sin fuerzas siquiera para salir. Sin embargo, esa mañana, tomaste la decisión de ir a la ciudad y asaltar una de las tiendas para damas más elegantes que había.

—¿Nash?—dijiste inclinándote hacia delante—. Nash, ¿me escuchas?

—Sí, disculpa—respondí con una leve sonrisa—. Estaba inmerso en mis pensamientos.

—Oh, ¿puedo saber qué pensamientos son esos?—preguntaste con una dulce sonrisa mientras estirabas tu mano derecha hacia las mías, apretándolas con cariño—. ¿Estás bien?

—Sí, sólo siento nostalgia—no quería decirte la verdad. ¿Cómo decirte que había visto cambios extraños en tu Quinn? Aunque no era sólo tu Quinn, pues también era mi Quinn. Había amado a ese muchacho nada más conocerlo. Era todo un caballero con una belleza admirable, un porte único y una sensibilidad que me arrojaba a los infiernos. Pero, ¿qué podía hacer? Mentir. Te mentí por primera y única vez—. Desearía volver a Inglaterra hoy mismo.

—Te preguntaba justamente si se lo has dicho a Quinn—dijo.

—No, no se lo he dicho. No le he dicho que quiero llevarme a Tommy un año a Reino Unido, a Londres en concreto, para que viva conmigo y aprecie un ritmo de vida más formal. Deseo que se convierta en un joven bien educado en materias diplomáticas y consiga mejorar algunos aspectos de su personalidad. Es un chico que tiene un futuro brillante, más aún que el de Quinn pues no quiere ir a la universidad—una tímida y breve sonrisa se dibujó en mi rostro—. Cuando regrese, para tomar sus estudios superiores, será un chico muy distinto y podrá ir al mejor instituto de todo New Orleans. Estoy seguro de ello.

—No lo aceptará—susurraste apartando la mano para seguir tomando té—. Te retiene y no es sólo por como lo admiras y proteges.

—Se lo diré ésta noche.

¿Cómo iba a saber que tú morirías? Mis planes de alejarme de él se rompieron. Todo lo que había construido se hizo trizas. No pude alejarme lo suficiente de aquel muchacho larguirucho que parecía concentrado en asuntos turbios. Sus ojos azules eran distintos, no tenían la melancolía de otra época y parecía asustado. No sabía bien qué era, pero aquel que decía ser Quinn en parte no lo era. Y yo tenía razón, hablaba con un vampiro y los vampiros en parte ya no son los mismos pues asumen pesadas cargas que los trastornan.

Ahora, mi querida amiga, guardo tantos secretos que si te los contara posiblemente te defraudaría, pero a la vez emocionaría. Todos aquí están bien. Tommy creció y se convirtió en un hombre respetable, pero ocurrió lo mismo que con Quinn. Y bueno, yo ésta noche he salido a matar, como cada noche, con esos elegantes y puntiagudos colmillos que llevo desde hace algo más de un año.

Siempre te querré señorita Queen, siempre.


Siempre tuyo,

Nash.  

martes, 17 de diciembre de 2013

Navidad Blackwood - Ciclo Navideño

Nuevamente estamos con ustedes para ofrecerles un nuevo fanfic realizado para el ciclo navideño. En esta ocasión los Blackwood mostrarán sus sentimientos a flor de piel y obsequiarán al lector con un par de lágrimas. Yo he estado frente a todos ellos y os puedo decir que la emoción se puede palpar fácilmente.

Lestat de Lioncourt


Era extraño que nevera en New Orleans, pero el tiempo había tenido un agradable regalo que duró escasos días. Sin embargo, la sensación de ver parte de los pantanos nevados provocaba en todos cierta fascinación. En el Santuario se hallaba Petronia leyendo pausadamente a la luz de algunas velas, pues la luz eléctrica hacía horas que no llegaba debido a un corte en el servicio. Había problemas eléctricos en toda la ciudad y en aquella zona apartada no iba a ser menos. Arion contemplaba el exterior con el rostro serio, el ceño fruncido, las manos a su espalda y la mirada perdida. Manfred había ido con ellos por primera vez, siendo vigilado por ambos para que no se aproximara a la mansión donde Quinn y sus compañeros mortales e inmortales decoraban todo con cierto entusiasmo. Pronto la propiedad se llenaría de canciones navideñas, delicioso olor a pasteles recién horneados y galletas de jengibre.

-Ese inútil aún no llega-dijo rompiendo el silencio con su voz ambigua pero fuerte, tan fuerte y contundente como los golpes que solía propinar cuando se enfurecía.

-Posiblemente esté terminando de colocar los adornos en el árbol-comentó Manfred secándose las lágrimas-¡Cuántos recuerdos! Aún recuerdo los gritos de Rebeca en aquel gancho en la parte superior de éste lugar.

-¡Guarda silencio viejo inútil!-espetó.

-Siento la presencia de varios vampiros fuertes-susurró Arion sin mover siquiera un músculo-Lestat, es uno de ellos.

Entonces, entre las aguas, comenzó a moverse una pequeña barca con un diminuto motor que prácticamente agonizaba. No era Tarquin, pero sí eran dos vampiros que estaban siendo esperados desde hacía varias horas. Tommy y Nash, las dos últimas creaciones de aquella familia extraña de vampiros que se habían sumado en circunstancias violentas para ambos.

Tommy, el tío de Quinn de escasos veintidós años e hijo del desaparecido Pops, tenía el semblante serio y los ojos llenos de una nostalgia que le envenenaba. Había visto a sus hermanos, algunos de ellos eran aún inocentes niños que tenían la misma edad que él cuando conoció a tía Queen, Nash y Quinn.

Observar como habían crecido algunos centímetros, como su hermana lo abrazó contra sí con aquellos pechos redondos como todas sus curvas contemplándose más provocativa y hermosa que nunca mientras hablaba de su novio, el más pequeño de todos que dibujaba en una carta navideña con gran talento y su madre cansada, vestida algo informal y con un cigarrillo en sus labios pintados de rojo, un rojo muy llamativo igual que el de sus uñas y vestido, le provocó nostalgia. Todos habían crecido. Sus hermanos eran chicos fuertes y alegres, su madre había tenido finalmente una vida tranquila lejos de cualquier hombre que la maltratase a cambio de algo de dinero para mantenerlos y su hermana tan llena de esperanza que le arrancó cualquier dolor que pudiese tener en ese momento.

Después había visitado a Jerome, el cual ya era un adolescente que practicaba ejercicio en el viejo granero. Tenía un aspecto muy atractivo con aquella tez oscura, esos ojos azules intensos y esa sonrisa tan parecida a la de su padre que le hizo abrazarlo. Todos eran hermosos bajo sus nuevos poderes, podía ver en ellos matices que antes desconocía y sus verdaderos sentimientos. Jerome lo veía como un hermano mayor y eso le enterneció, lo cual le hizo pensar que Quinn así lo vio una vez. Quiso proteger todo lo que tenía del Don Oscuro, pero la sangre siempre era más espesa que el agua y desconocía si terminaría impulsado por ella.

Tommy tenía ese aspecto cansado, meditabundo pero ciertamente había una llama de felicidad. Llevaba un abrigo negro que cubría su jersey gris de cuello tortuga, unos pantalones de vestir algo gruesos perfectos para el frío y de color negro y unas botas confortables, muy cómodas y con suelas antideslizantes.

Nash tardó en tocar con sus pies el embarcadero, pero cuando lo hizo sonrió fascinado al contemplar el pequeño punto de luz del interior del Santuario. Había estado antes allí y los recuerdos eran amargos y otros muy dulces, pero dependía del matiz como vieras la vida, pues así eran los sentimientos de cada quien.

Él había visitado su ciudad natal, Londres, y había caminado por sus calles contemplando la belleza de la nieve, el frío congelándole los huesos y templando a sus viejos colegas en una cafetería compartiendo café y chocolate antes de marcharse a sus hogares cálidos y llenos de decoración navideña. Por su parte ya sus poderes no le lastimaban, pero sí el ver a Tommy convertido en uno de ellos y el aspecto anciano que tenía que soportar al verse en sus ojos. El joven se había convertido en su confidente y él en su amante.

Había visto hacía unas horas a Quinn y había estado con él hasta hacía escasa media hora. Su presencia ya no le resultaba tan deliciosa, pues no podía dejar de pensar que habían quedado divididos por la carga de culpa de su discípulo y él mismo. Meses atrás, hacía casi un año, Quinn prácticamente lo mató y Petronia le devolvió la vida. Fue un acto estúpido por parte del joven Blackwood, el cual quería hacer suyo a Nash debido a un arrebato. Sin embargo, siempre sería consejero de Quinn y le daría su apoyo moral. Amaba a ese muchacho a su modo, pues en esos momentos también amaba a Tommy de una forma mucho más intensa.

Al llegar al Santuario la puerta se abrió, saludaron a los que allí se hallaban y tomaron asiento en uno de los sofá que se habían comprado recientemente para poder albergar a invitados en caso de reunión. Eran sofá tapizados en cuero, muy elegantes y cómodos, que por supuesto habían sido elegidos por Petronia puesto que ese lugar siempre sería suyo.

-¿Cuál es el otro vampiro que siento?-preguntó Arion girándose hacia ellos.

-David Talbot. El señor Talbot era amigo íntimo de Merrick Mayfair, la vampiro que liberó a Quinn de Goblin-contestó Nash con su tono educado y tranquilo-Lestat y él han aparecido para felicitar las fiestas, aunque David no ha abierto la boca y se siente una extraña tensión entre éste y Quinn.

-Es porque David está enamorado de Mona-indicó Tommy-Y también lo estuvo de Merrick. Merrick murió para ayudar a Quinn y Mona ha vuelto con su noble Abelardo. En definitiva, es un odio silencioso que deben enterrar cuando Lestat está entre ellos intentando unir a dos de los compañeros que más aprecia.

Tommy era observador y podía leer entre líneas, también era bueno escuchando conversaciones ajenas y murmullos que posiblemente otro ni tomaría en cuenta. Arion asintió suavemente y regresó a su posición mientras Petronia seguía leyendo intentando no golpear a Manfred, pues éste había vuelto a llorar una vez más.

Manfred había estado décadas alejado de aquel lugar. Contemplaba el cielo de New Orleans en ocasiones, pero jamás podía llegar a pasear por la zona donde residían todos sus recuerdos. Era la primera vez que Petronia le permitía estar allí y las emociones le hacían sollozar.

Entonces, en medio del silencio de las aguas tranquilas aunque infectadas de caimanes, se escuchó otra lancha mucho más rápida y como varios seres se aproximaban. Lestat y Quinn, ambos podían haber llegado volando pero prefirieron la discreción, estaban llegando.

Quinn tenía el rostro lleno de lágrimas debido a la emoción de haber escuchado nuevamente el villancico Noche de Paz de labios de su hijo, el cual lo abrazó y dejó entre sus brazos un regalo. Sabía que no podría volver, no durante mucho tiempo más. Él seguía con la apariencia de un joven de veintidós años y Lestat como un muchacho de veintiuno aún a pesar de los más de doce años transcurridos.

Lestat había sido el símbolo que todo vampiro quiere ser y que en parte teme. Petronia advirtió que Lestat podía ser temible, pero finalmente fue un compañero embelesado por la belleza que poseía su creado. ¿Quién no podía enamorarse de aquel muchacho de ojos azules con aire triste, boca perfecta, tez ligeramente blanquecina y espesos rizos negros? Un muchacho alto, esbelto, de manos delicadas y loables modales. Nash había obrado en Quinn un milagro con sus modales y su cultura, así como tía Queen con aquel viaje. Amarlo era normal. Tal vez fue ternura y amor lo que sintió Lestat al contemplarlo tan torpe y desesperado, pero en ese momento lo único que tenía en mente era cierta pena y preocupación por las reacciones de su amigo.

-Deja de llorar. Sabes que es imposible que te quedes aquí para siempre-dijo dejando su mano derecha en el hombro izquierdo de su amigo, su hermanito como solía llamarlo-Jerome crece rápido, Jasmine envejece y la Gran Ramona tarde o temprano terminará muriendo y lo sabes. Ya no queda mucho de aquello que amaste y lo que queda está siendo una carga. No debes volver después de ésto ¿comprendes? Es lo mejor.

-Jerome es mi único hijo-susurró echándose a llorar de nuevo.

-Algún día podrás visitarlo y contarle la verdad. Sin embargo, toma la propiedad del Santuario como un mirador a lo que tanto has amado-dijo justo cuando el bote chocaba con el embarcadero y podían dejarlo atado junto al de Tommy y Nash.

Al entrar todos los miraron fijamente mientras Lestat se acomodaba sus gafas violetas sobre sus cabellos dorados. Tenía los ojos azules, pero aquella noche poseía cierto tono violáceo. El traje blanco que había elegido contrastaba con la bufanda negra y el abrigo grueso que ocultaba su aspecto delgado, aunque no tan extremo como el de su buen amigo. Sonrió fascinado al contemplar a los milenarios y después tomó asiento sin decir nada más que un tímido “Bonsoir”. Quinn se aproximó a Manfred dejándole un beso en la mejilla para hacer lo mismo con Nash y Tommy, pero hacia Arion sólo tuvo una mirada de reproche y hacia su creadora otra similar.

-Se nota el amor que os tenéis-dijo Lestat con una sonrisa burlona-Vamos Quinn estás reprochando a Petronia algo que tú deseaste hacer con Mona y luego con Nash, lo mismo que hizo Arion pero ésta vez para salvar lo poco que quedaba de Tommy. Se buen chico y haz las paces. Yo de momento me marcho-comentó incorporándose-Tengo una mujer y una hija que atender-dicho aquello se dirigió a la puerta y acabó girándose para echarse a reír una vez más- Feliz Navidad-dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.


No hubo sonido de lancha alguno, sino el de sus pies correteando por la hierba antes de levantar sus brazos y elevarse por el aire. Tarquin pensó que debía hacer un esfuerzo porque sin duda eran fechas de reconciliación y comenzó a conversar con ellos como si nada hubiese ocurrido. Aquella noche podía escucharse el murmullo de los villancicos en la mansión de los Blackwood y como dos de ellos lloraban emocionados.  

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Una nueva vida

Bonsouir

Queridos lectores esta noche ha nacido una nueva criatura, o más bien ha regresado a la vida de entre los muertos pues estuvo a punto de desaparecer. Tommy, Thomas Blackwood, tío de Tarquin, hijo ilegítimo de Pops con una mujer con una vida infame debido a la pobreza y sus numerosos hijos, ha sido transformado en vampiro. 

Lean el relato.

Lestat de Lioncourt




UNA NUEVA VIDA



Era una noche común, el aire fresco corría por los pasillos. El invierno no era tan crudo como en otras partes del mundo. El silencio predominaba por encima de los sigilosos pasos que mis pies ofrecían por la galería, detrás mía estaba Manfred caminando en el aire realizando ciertos bailes poco apropiados para un clima ligeramente severo. No comprendía porque tenía la ligera sospecha que Petronia tramaba algo. Y ese algo, fuese lo que fuese, podría poner en peligro mi estabilidad y nuestro hogar.

Las ventanas estaban abiertas dejando que el aire cargado de aroma a mar se arrojara sobre nosotros. Mi jersey de cuello de tortuga me protegía de las temperaturas que comenzaban a descender debido a las corrientes.

-Hace frío ya ¿por qué todo tan abierto? ¿A caso intentamos evitar el olor a muerto?-preguntó rompiendo el silencio mientras quedaba a mi altura.

Sentí de nuevo esa angustia agarrarse a mi garganta. Mis manos no temblaron, pero mis piernas parecían flaquear. Algo estaba ocurriendo y yo podía percibirlo. Me había quedado parado en medio del pasillo, mirando el enorme portón que conducía hacia el gran salón de mármol donde ocasionalmente Petronia instalaba unas jaulas donde mantenía presos algunas de sus víctimas, las cuales podían sentir sus puños y su terrible ira.

-¡Largo de mi camino infelices! – fue su respuesta avanzando a lo largo del pasillo, empujándome a un lado de éste, mientras Tarquín furioso arremetía contra ella al avanzar- ¡Tú no sabes nada! Sólo eres un niño mimado el cual al verse rebasado y sin posibilidad de llegar a algo más sufres. Él tiene la posibilidad de ser algo. Déjalo.

-¡Estás loca de remate! –gritó Quinn visiblemente sobresaltado y lleno furia- ¡No voy a permitirte que lo hagas! ¡Una vez fue más que suficiente! ¿Pero que pretendes una tercera? No te entiendo de verdad…

Manfred entonces echó a temblar y comenzó a llorar visiblemente afectado. En pocos segundos pasó de la calma a la furia incontrolable y un dolor en su corazón que le impedía por completo arremeter contra ella. Temía su reacción, pero también la fuerte sospecha que rompería su familia nuevamente. Si bien, yo me contuve. Miré a Petronia a los ojos y la detuve agarrándola por el brazo derecho con ambas manos, tirando de ella para poder ver su mirada cargada de rabia y deseo. Ella estaba a punto de hacerlo de nuevo.

-¿Qué pretendes hacer?-pregunté visiblemente molesto- ¿Por qué nunca avisas de tus juegos? ¿A caso no comprendes que es necesario que lo comuniques? ¡Soy tu creador! Merezco saber que pretendes hacer con los poderes que yo te he otorgado.

-¡Deten a ésta loca! ¡Piensa crear a Tommy! ¡No le bastó con destrozarme la vida!-arremetió agarrándome del brazo izquierdo mientras que Manfred comenzaba a llorar muy afectado.

-¡Puedes hacerlo! ¡No!-sus arrugas se plegaban aún más dándole un aspecto de máscara grotesca.

-¡Ustedes son unos malditos maricas llorones!–respondió lanzándome una fuerte bofetada con el dorso de su diestra, obligándome a soltarla- Se van a la mierda los tres y ahora no me estén fastidiando. Haré lo que me de la gana les guste o no.

Al termino de estás palabras corrió hacia la habitación completamente excitada por la emoción del momento. Nosotros fuimos tras ella y pudimos observar como quedaba frente a él, contemplando a un joven caucásico, visiblemente golpeado y muy posiblemente mal herido. Podía ver incluso un pequeño hilo de sangre brotando de la comisura de sus labios. Sus ojos eran los de un animal indefenso a punto de ser ajusticiado para acabar su sufrimiento. Parecía gritar con cada una de sus débiles respiraciones la muerte. Prácticamente estaba muerto, aunque aún podía ver con enormes ojos la tragedia que caía sobre sus espaldas. No había oportunidad alguna pues la suerte estaba echada.

-¡Déjalo!-gritó Manfred apenado.

-¡Cómo puedes hacer eso! ¡No puedo permitir que lo hagas! ¡No en el nombre del recuerdo de mi abuelo!-Quinn deseaba que se detuviera, pero con esas mañas no lograría más que enfurecerla.

-¡Callaos ambos!-dije alzando la voz mientras iba hacia ella para tomarla de los hombros- Petronia, el muchacho necesita ir a un hospital y recuperarse. ¿No te basta con nuestra compañía y las ocasionales visitas de Nash? Deberías recapacitar que llenar de hijos el mundo no es algo inteligente. Te guías por el impulso del momento, pero después vuelves a sentirte igual de vacía. Por favor, detén el proceso y permite que él pueda ser atendido por el servicio médico.

Mi tono de voz era suave y firme. Deseaba que ella escuchara mis palabras y razonara. Sus caprichos podían durar horas, días, pero no más de unas semanas. Pronto se vería de nuevo afectada por la soledad que siempre nos acompañaba a todos y cada uno.

-¡Bah! –respondió ignorando sus suplicas dirigiéndose a Tommy, tomando a este suavemente de la cabeza y atrayendo sus labios a los suyos, cosa que irritó de sobremanera a Tarquín.

-¡Deja al tío Tommy! –gritó lanzándose encima de esta, la cual detuvo el avance de Tarquín solamente con el poder de su mente sin retirar sus labios de su boca.

Mi sangre hirvió y las pequeñas venas de mi frente se hincharon. Supongo que mis ojos se volvieron más oscuros e intensos mientras mi tono de voz cambió de sobremanera. Petronia era violenta cuando se molestaba, pero yo podía ser mucho peor. Agarré al joven apartándola de ella y lo levanté como si no pesara nada.

-¡Para! ¡Deja de cometer otra nueva locura! ¡No vas a lograr nada! ¡Sólo quieres enfurecernos! ¿A cambio de qué? ¿De qué? ¡Dímelo Petronia!-me sentía culpable porque no podía dejar de llenarla de regalos y hacer concesiones cuando pedía que me doblegara. La amaba demasiado como para no ofrecerle todo lo que estaba a mi alcance, pero no permitiría que siguiera con aquella estúpida idea en la cabeza- ¡Me tienes a mí! ¡Tienes a Tarquin!

-¡Y a mí!-gritó Manfred sollozando aún con grandes lágrimas sanguinolentas que cubrían su rostro.

-¡Y a ese estúpido anciano! ¡Nos tienes a los tres! ¡Además de Nash que siempre te obedece y escucha! ¡Deja a éste joven en paz! ¡Deja a Tommy volver a su casa! ¡Él es el heredero junto a Jerome!-intenté dejar en brazos de Tarquin al muchacho, pero éste estaba muy débil y temía balancearlo demasiado- ¡Petronia! ¡Clamo a tu juicio!

Una fuerte carcajada brotó de sus labios clavando su fiera mirada en mí. Toda su expresión era la de una mujer convencida, decidida, fuerte y violenta que haría cualquier cosa por arrancarme al muchacho de mis brazos. Sabía que estaba perdido si ella lo pedía. Manfred y Tarquin podían temerla, pero yo la amaba demasiado como para no doblegarme, clavar mi rodilla en el suelo y ofrecerle al muchacho. Sin embargo, no lo hice y me mantuve firme aún así.

-Mi dulce maestro. ¿Son celos acaso lo que mis ojos observan en tu semblante? –respondió en un tono desafiante y a la vez triunfal, dibujando una sonrisa malévola, volteándose hacia el menor.

Tarquin me miró visiblemente molesto y apretó los puños caminando hacia nosotros. Él mismo me quitaría a Tommy de mis manos y se lo llevaría, fuese donde fuese, para hacerse cargo. Manfred no se movía, pues parecía que el miedo y el dolor le paralizaba.

-¡Estás ofreciéndole lo que quiere!-dijo furioso.

-¡Cállate! ¡Detendré esto yo mismo!-se abalanzó sobre mí intentando coger al chico, pero a penas le permití rozarlo con la punta de sus dedos.

-¡Igual que hiciste conmigo! ¿No es así? ¡Se lo permitiste!-aquello era un reproche en toda regla que no pude contraatacar.

-Está bien-dijo con un tono de voz más apacible- Mejor hazlo tú.

Se marchó sin poder decir nada. La sorpresa provocó que mi corazón se rompiera en mil pedazos. Nunca me había pedido semejante capricho. Tarquin me miró severo y Manfred lloró aún con mayor dolor. El joven estaba a punto de dar su última bocanada de vida y convulsionaba en mis brazos, rápidamente lo tumbé en el suelo y abrí una herida en mi muñeca. Tarquin intentó impedirlo, pero Tommy ya agarraba con fuerza mi brazo.

-¡Si no lo hago muere!-grité intentando que recapacitara- ¿ Quieres que muera?

-No...- se echó hacia atrás balbuceando y comenzando a llorar de igual modo que Manfred.

Tommy bebía con fuerza mientras lo pegaba a mí. Una vez hecho aquello bebí de él y le ofrecí de nuevo la sangre. Repedí aquello en un par de ocasiones hasta que me senté en el suelo y miré a Tarquin.

-Hazlo, dale tu sangre-susurré agotado-¡Hazlo para que sea fuerte! Deja que beba.

Aquel recién nacido bebió de él, pues Tarquin finalmente no pudo resistirse. Ambos quedaron después en un pesado silencio observándose mutuamente. Tommy al fin comprendía el secreto que ocultaba su sobrino y él el dolor que cargaba aún el muchacho. Manfred siguió llorando recordando a Virginia en sus plegarias.


La noche había vuelto a la calma mientras la presencia de Petronia seguía siendo fuerte y airada. Tommy conversaba apaciblemente sentado a mi lado mientras Tarquin me miraba enfurecido. Era cierto que lo había hecho, tal y como quería Petronia, pero fue por salvar la vida de un chico que a penas estaba comenzando a vivir. Manfred volvió a la calma, aunque se encontraba aún alterado. Mis consejos volvieron a sonar repetitivos mientras mi nuevo pupilo me observaba fascinado, así como miraba a todos con una nueva motivación. De nuevo había hecho lo que ella quería.  

lunes, 18 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10 - IV


Jasmine no estaba lejos, pues se encontraba situada tan sólo a unos metros después de decidir por su propia cuenta y riesgo investigar los ruidos que se escuchaban en la planta baja. El crepitar del fuego acompañó a su voz asustada.

-¿Mona? -abrió los ojos y sus carnosos labios de chocolate esbozaron una mueca amarga llena de preocupación-. ¿Dónde está Toquín?

Marius se giró para ver a la mujer y no supo que decirle en ese momento. Sabía que él deseaba dar la noticia a todos por igual, pues de ese modo podían consolarse unos a otros. Conocía bien a Marius, inclusive muchos decían que éramos demasiado similares. Después de unos breves segundos donde las ascuas eran las únicas en hablar, así como la desesperación de mi mirada, decidió que volvería a dar por mí la noticia. Rowan ya sabía que Mona no estaba, ahora quedaban los habitantes de Blackwood.

-Por favor haga reunir a todos los de la casa, debo decirles algo.

Corrió entonces a reunir a todos, pues un mal presentimiento tiraba pesadamente de su alterado corazón. Su pequeño la llamó al borde de las escaleras y bajó un par de peldaños mientras abrazaba con firmeza su oso de peluche. El pequeño tenía rasgos muy atractivos, una piel chocolate con leche y unos cabellos que parecían pura seda. Tommy apareció tras él y nosotros salimos de la pequeña biblioteca mientras intentaba recomponerme.

Nash surgió aturdido y a punto de caer, por ello Tommy corrió hacia él rodeándolo por el torso metiendo sus brazos bajo las axilas. Tommy ya era un joven de más de veinte años, una belleza similar a Tarquin y un espíritu terriblemente idéntico.

-¿Están todos? -preguntó.

Mientras tanto, yo no decía nada y tan sólo escuchaba el murmullo de Nicolas abrazándome. Deseé durante varios minutos, y de forma desesperada, lanzarme al fuego. Si bien, recordé las palabras de Louis y aparté al fantasma, para salir corriendo intentando escapar de esos pensamientos y de mi antiguo amante.

Marius se percató de inmediato y no tuvo más opción que soltar la mala noticia de golpe. Escuché sus palabras mientras el aire del pantano cercano golpeaba mi rostro.


-Vuestro amo y señor de esta casa, Tarquin Blackwood... -dudó un poco por la presencia de los más jóvenes, pero no había tiempo que perder-. Ha fallecido junto a su esposa Mona Mayfair... -asentó la urna sobre una mesita donde se solían dejar los canapés y pequeños aperitivos en los días de fiesta-. Éstos son sus restos- añadió solemne-. Si me permiten, debo ir tras su amigo Lestat -entonces, caminó hacia fuera donde me encontraba- ¡Lestat!

Lloraba intentando que Nicolas cesara. Su violín me torturaba así como los versos que surgían de sus labios. Era terrible escuchar sus palabras, absolutamente terrible.

“Pobre de ti, triste de ti, lamentable eres.
Todo lo pierde, quien te ama siempre muere.
Matarás a Louis, porque así lo deseas
porque ésta será tu condena...
¡Tírate primero tú al fuego! ¡Tírate!”

-¡Apártalo de mí Marius!-grité sintiendo las manos suaves y frías de Nicolas sobre mi rostro de forma constante-. ¡Marius! ¡No quiero escucharlo más! ¡No deseo escucharlo más! ¡Hará que termine igual que Quinn!-espeté cayendo de rodillas, mientras los murmullos de Nicolas se volvían aún más incesantes.

Aunque no podía ver al fantasma, y no entendiera muy bien mis palabras, con voz seria y profundamente firme habló.

-Quien quiera que seas deja en paz a Lestat, o yo mismo me encargaré de pedirle a David que te devuelva al cielo o al infierno ¡Lárgate! -gritó eso con tanta fuerza y furia que a cualquiera intimidaría, lentamente se acercó hasta donde me hallaba y me ayudó a levantarme- ¿Ya se fue?

"Recuerda... el fuego purifica"murmuró en mi oído antes de desvanecerse mientras intentaba reunir fuerzas para hablar.

-Nicolas... desde que me instalé en la mansión cercana a la de Quinn han ido apareciendo él, Claudia y otros espectros de vampiros que incluso desconozco... pero creo que es de la troupe que estuvo en el incendio del teatro- me intenté incorporar y caí hasta que por una segunda vez acabé de pie acomodando mis ropas-¿Y Louis? ¿Dónde está Louis?

-Entiendo -asintió levemente a mi información y luego sonrió ladino-. Pensé que ya ni te acordabas de él. Lo encontré muy débil y al parecer alguien lo hirió en la cabeza, porque tenía una mancha de sangre que ni él mismo se había percatado. Pedí a David que se lo llevara mientras te buscaba de nuevo. Se le veía bastante mal, aunque viéndote a ti creo que estás peor- me sostuvo por un brazo-. Volvamos.

-Es mi culpa Marius... y ese maldito fantasma no para de decir que debería tirarme a las llamas- susurré abrazándolo mientras apoyaba su frente contra el pecho de su maestro-. Te juro... que en ésta ocasión intenté hacer lo correcto.

-Ya... -dijo a modo de entender mis palabras y acarició un par de veces mi espalda. Sus manos blancas y de dedos finos me recordaban a las manos de un ángel. Desconocía como pudo ser su hermano, el cual era hijo legítimo de su padre, y eran sus progenitores. Si bien, Marius poseía una belleza europea terrible aunque lo más hermoso de él eran sus ojos y sus manos, al menos para mí así era. Sus manos eran capaces de consolar, señalar para juzgarte o pintar hermosos cuadros a óleo-. Si quieres podemos pedirle a David que se haga cargo de ellos. Según recuerdo sabe cosas de brujería -rodeó mi cuerpo en un breve abrazo casi paternal-. Ni se te ocurra cometer tal cosa, no te lo permitiría ¿serías capaz de causarle más tristeza y dolor a ese pobre hombre que te espera en casa?

-No, Marius... aunque no parezca lógico me hace sentirme extrañamente reconfortado el saber que de algún modo vive. Si bien... me atormenta y en ocasiones es celoso, busca a Louis para atormentarle. Si bien, él no lo escucha. Louis únicamente ve a Claudia debido a nuestro nexo con ella como padres- aseguré-. A veces es peor que un niño, parece querer que todos lo vean pero son escasas las personas que pueden hacerlo-parecía sosegado pero seguía acariciando aquel camafeo con insistencia.

-Entonces soportalo un rato más- respondió con una leve y gentil sonrisa-. Vamos -me apartó sutilmente de su pecho y apresuró- ¿Estás en condiciones de ir a pie o prefieres volar?

-Volar sería más rápido-dije antes de alzarme hacia los cielos notando que estaba más oscuro que antes, señal que el amanecer se acercaba a pasos agigantados.

No dijo entonces ni una palabra más y voló a distancia considerable de mi figura en los cielos. Me vigilaba como un padre habría hecho, pues a ratos así sentía a Marius. Él era más un padre que un amigo, alguien de autoridad al cual jamás escuchaba hasta sentir que ya nada tenía solución. No tardamos demasiado en llegar a la mansión. David se hallaba en el jardín con un libro destrozado en sus manos y que parecía tener piel de cordero en sus tapas, aunque no estaba seguro, pues a penas me fijé en ese detalle.

Descendí acomodando mis cabellos y mirando a David de forma educada, aunque sentía el aliento de Nicolas pegado a mí y mi brazo izquierdo rodeado por los suyos.

-No dejes que me lleve...-susurró apoyando su cabeza en mi hombro mientras se materializaba-. Tú tuviste la culpa... ahora no dejes que me lleve -me miró con ojos llorosos mientras se desvanecía por completo de nuevo. En ese mismo instante salí corriendo hasta el interior para abrazar a Louis.

Subí rápidamente las escaleras sintiendo que mi corazón latía como cuando estaba vivo. Me encontraba alterado, pues me habían dicho que estaba herido y aunque eran heridas sin importancia aún así me preocupaba. Mientras subía escuchaba a Claudia, por ello me detuve para poder averiguar que pretendía.

-Oh, Louis... mi dulce e insufrible Louis... ¿por qué tan solo?- dijo nuestra hija-. ¿Sabías que hoy es luna llena?

-Claudia... no tengo deseos de hablar... -respondió de forma ausente-. Estoy esperando a tu padre -agregó del mismo modo.

Louis se hallaba en nuestra habitación, recostado en la cama con los ojos entrecerrados y los labios sutilmente abiertos murmurando incoherencias. Sus ropas estaban muy sucias debido a la caída, incluso tenía aún hojas entre sus cabellos.

-Tal vez, murió en manos de las Mayfair. Las brujas en luna llena son temibles

-¡No digas eso! -gritó histérico levantándose de la cama y se acercó a su menudo y fantasmal cuerpo de niña- ¡Jamás vuelvas a decirlo! -le imploró desesperado- ¡Claudia!

-Esta muerto... -sonrió esfumándose en el acto.

En ese momento entré agarrándolo con fiereza mientras la maldecía. ¡Cuánto la amaba! ¡Y qué hermosa se veía con su vestido amarillo de gala! ¡Maldita sea! ¡Aún la amaba! Y sin embargo, me quedé allí contemplándola con un gesto de molestia lleno de odio para ella.

-Louis, estoy aquí... estoy aquí-susurró acariciando sus cabellos notando que estaba débil por semanas sin tomar ni una gota de sangre, el fuerzo, las emociones de la noche, la caída...

-¡Lestat! -se prendió de mi cuerpo en un abrazo desesperado-. Estás aquí- temblaba notablemente-. Yo sabía que era mentira -gruesas lágrimas sanguinolentas manchaban aún más su rostro y mi ropa-. Oh mon cher... no pude detenerlo, él se fue... -hablaba de Quinn sin saber nada sobre su muerte- Fue culpa mía, no pude detenerlo... y Claudia... -tembló aún más, aunque parecía increíble que pudiese hacerlo de forma tan intensa-. Creí que moriría si tú no volvías más.

Un golpe súbito contra mi rostro me hizo despertar saliendo de la cama. Louis estaba a mi lado desnudo, aunque las lágrimas cubrían parcialmente su rostro y su cuello, cuando miré hacia la derecha, de donde provenía la bofetada, vi el delicado rostro de Tarquin contemplándome.

-He hecho algo para Mona, pero no estoy seguro si a ella le agradará. Verás, he pensado que podría regalarle...-no dejé que pudiese terminar pues me abalancé sobre él.

Ambos caímos al suelo mientras yo desnudaba su cuerpo, pellizcaba sus extremidades y añadía también pellizcos al mío. Era real. No estaba soñando. Tarquin estaba vivo ante mí hablando de Mona como si nada hubiese pasado. Mi hermanito se apartó intentando recomponer lo que quedaba de su ropa mientras yo estallaba en carcajadas.

-¡Estás vivo! ¡Debemos de celebrarlo!-grité despertando a Louis que nos miró con el ceño fruncido, él también parecía confuso de ver a nuestro hermanito allí con nosotros.

Pocos días después supe que todo fue una confabulación de Nicolas, Claudia y Oncle Julien. El último, sin duda, era el más fuerte de los tres y quien más disfrutó jugando con el dolor de ambos. Era simplemente una diversión de aquellos que una vez estuvieron entre los vivos y formaron parte de nuestra vida o de la historia de nuestras familias.  

martes, 12 de marzo de 2013

Lo imposible - parte 10 - III


Parte 10 - III


Marius me había estado siguiendo el paso de forma sumamente cautelosa. Seguramente temía que volviese a quedar enredado en algún tremendo lío y ésta vez terminara más que apuñalado. Si bien, cuando se aproximó a mí lo hizo saliendo de su escondite mostrando toda su fuerza. Sus manos se colocaron sobre mis hombros como los de un ángel que busca darle consuelo a un pobre idiota.

-Maestro- así lo llamaba pese a los años que habían pasado, él siempre sería mi maestro. Me giré al ver sus manos apoyadas sobre mis hombros que parecían más estrechos, débiles y casi hundidos. Miré sus ojos profundamente antes de girarme hacia los restos que se hallaban frente a mí.
-¿Debería? Tal vez... ¿Crees que funcionaría?

Movió su cabeza en una lenta negación provocando que sus cabellos rubios en color pajizo, como el vino joven de las uvas blancas o la harina de maíz, cobraran cierta vida. Sus ojos de color gélidos bordearon mi figura y apretó suavemente mis hombros. Sabía que deseaba asentir, pero tuvo que ser sensato.

-No, Lestat- dijo abrumándome con su voz tomada por los hechos que tenía ante él-. Ellos así lo han decidido y ha sido su voluntad. Nada podemos hacer. Aún si les ofrecemos nuestra sangre ten por seguro que volverán a hacerlo, tarde o temprano- apretó de nuevo mis hombros y yo creí que me desvanecería.

En ese momento rompí a llorar golpeando el altar donde las llamas habían acabado con Tarquin y Mona. Se habían llevado a dos criaturas que amaba, de igual modo que se llevaron a Merrick una vez. Mis lágrimas se agolpaban con fuerza en mi ojos y un lamento amargo rasgaba mi garganta. Me sentía culpable, pues hasta que no me involucré con ella todo estaba bien, o al menos en calma.

Se agachó ligeramente para palmear mi espalda intentando dar consuelo. Si bien, nunca le agradó la forma en la que siempre me comportaba, no podía ser tan cruel como para dejarme ahí sin palabras que suavizaran el dolor.

-Son cosas que no podemos evitar... anda ponte de pie y demos a ambos una merecida sepultura, volvamos a la mansión que ahí te espera tu amante y la madre de vuestro futuro hijo. Y aunque suene cruel, míralo por el lado amable, la joven bruja ya no va a atormentarte.

-Marius... es mi culpa- respondí negando mientras me abrazaba a mí mismo deseando que estuviese allí mi madre, aunque el consuelo sería igual de cruel y nefasto. Recordar que Mona ya no estaba y que Quinn no volvería a buscar su apoyo me desesperaba.

Los ojos de gato enmarcados en una piel suave, como la de un niño, con una boca bien encajada llena de sonrisas amargas. Ese joven taciturno que esperaba un milagro cada día, fuese cual fuese, se había evaporado del mismo modo que la radiante, libre, caprichosa, sensual y altiva bruja que convertí en hija. Siempre me recordó en parte a Claudia por los caprichos que tenía, un tanto a mí porque no tenía límites y un poco a toda la sociedad corrupta que siempre te llamaba con cantos de sirena. Nunca tuvo nada bueno en su vida y lo poco que tenía no sabía cuidarlo. En el fondo de mi corazón sabía que fue un consuelo para ella encontrarse con él en medio de las llamas.

-No es momento de buscar culpables -declaró-. Lo hecho está hecho, si bien no hay forma de retroceder el tiempo y por ello hay que afrontar la realidad. Llórarles todo lo que quieras, pero vive tú por ellos - se adelantó unos pasos frente a mí.

Marius con sumo cuidado comenzó a recoger los restos y las cenizas. Sabía que estaba demasiado abatido para tocar los frágiles huesos que sólo con un par de toques se volvían polvo. Buscó con su severa y apacible mirada cualquier recipiente que pudiese usarse por urnas. Cerca del altar había un par de recipientes metálicos, los cuales tenían cierto parecido a una urna convencional aunque posiblemente era donde se guardaban las ostias consagradas y algunos útiles de misa.

Sus largos dedos manchados de hollín tocaron el frío metal, lo llevó contra sí como si los abrazara y comenzó a guardar con cuidado cada pedazo de ellos. De mi buen amigo no quedaba nada, salvo un colgante que llevaba con un camafeo que quedó casi destrozado. No sabía si era de su tía o Petronia, su creadora, se lo había ofrecido. Rompí en un llano más amargo cuando vi como caía en el pequeño recipiente, y aún más cuando metió en otro una hebilla del pelo, la cual solía sujetar algunos mechones rebeldes de hermoso cabello de Mona. Mi alma se rompía a pedazos y sentí un dolor punzante en mi corazón. Deseé reconstruir sus cuerpos y darles sangre.

-Hay que darles entierro y dadas las circunstancias deben enterarse sus allegados. El hijo de Tarquin, sus empleados, su tío, el hombre que está aún ahí fuera esperando que su amado pupilo aparezca, su creadora y el resto de inmortales que le llegaron a amar, respetar y sobre todo desear a su lado aunque fuese por unas horas.

-Lo correcto es esparcirlas por el Santuario- en ese momento sentí una agobiante sensación. Petronia lo sabía, seguramente ya lo sabía. Uno siempre tiene corazonadas cuando una de tus creaciones, más o menos apreciadas, muere-. Hay que buscar a Petronia y decirle la verdad... sólo porque ella lo creó.

Siempre hablaba de su creador como mujer, pues como hembra se sentía más fuerte y de ese modo quería verse frente a Arion. Era el corazón de una hembra el que se entregó al vampiro de color café, ojos almendrados y piel suave. Ella fue tachada de monstruo al tener ambos sexos, pero siempre demostró ser más amazona que esclavo, más mujer abnegada a un arte cuasi divino que un artesano paciente, una mujer llena de placer y amor para ofrecer únicamente al hombre que veneraba y que ante otros mostraba una coraza, aunque sabía que quería a Tarquin su manera porque todo padre ama a sus hijos a su modo.

-Ya habrá tiempo para eso, primero lo primero- comentó con ambos contenedores de ceniza en sus regazos -. Vamos al Santuario y luego daremos el aviso -sostuvo las urnas con una mano y extendió la otra para ayudarme a ponerme en pie-. Yo me haré cargo de comunicarlo si tú no te sientes en condiciones, pues sé la historia gracias a Louis.

-Louis ¿está bien?-pregunté mirándolo con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas-. Tienes que decirle a Rowan... dieu... Nash- me incorporé dejando atrás al maestro, para correr hacia donde se hallaba el mortal.

Aquel hombre amaba a Tarquín más allá de un hijo, lo amaba como un amante y ahí estaba arrojado en la hierba cerca de la vía y a la vista de todos como un maldito borracho o un mendigo. Tomé entre sus brazos su cuerpo maltrecho, casi sin energía, y pedí disculpas por todo, aunque no pudiese escucharme, para luego volar con él lo más rápido hacia Blackwood Farm.

Marius se desplazó hacia la mansión Mayfair, allí Rowan esperaba el regreso de Mona, así como de Tarquin, intentando no pensar en todo lo malo que podía haber ocurrido. Supe más tarde que prácticamente tuvo que ser tomada en brazos por Michael, el cual la miró preocupado deseando romper a llorar. La chiquilla que tantos estragos hizo en su vida, a quien cuidaron como una hija, había desaparecido junto al muchacho que tanto la amó.

No tomaron la urna, decidieron que ambos descansaran juntos. El funeral se haría al día siguiente, para que así todos los que los amaron pudiesen asistir. Mientras yo recostaba en la vieja habitación de tía Queen a Nash. Poseía una expresión intranquila y balbuceaba su nombre. Me pregunté cuántos años estuvo esperando una simple sonrisa que le diese la vida entera, un hombre que sin duda se desvivía por el hijo que Quinn tenía con Jasmine y por su tío. Él ya no lo hacía por su difunta amiga, sino por las implicaciones sentimentales que tenía hacia su muchacho.

Nadie en la casa sintió mi presencia, todos dormían menos Tommy que terminaba un trabajo para la escuela en el portátil que mi hermanito le había regalado hacía unos meses. El chico estaba ensimismado. Cuando pasé por su habitación estaba terminando unas gráficas y se felicitaba así mismo por lo bien que estaba acabando, incluso deseaba mostrarle al que consideraba casi un padre, a Quinn, como estaba quedando.

Jasmine estaba en el cuarto que había sido de Pops, su hijo dormía abrazado a ella abrazado a un oso de peluche algo viejo, el cual supuse que podía ser de Tarquin. Tenía trece años ya, era muy alto para su edad pero tan dulce y frágil como su padre. Debió pensarse el morir sólo por su hijo, pero él no era capaz de concebir un mundo sin Mona.

El resto estaban en las otras habitaciones en los demás edificios de la mansión. No había huéspedes ya, pues no había habitaciones libres. Así que simplemente tras hacer el breve recorrido me fui hacia la sala donde se hallaba una pequeña sala. Allí se reunían mucho junto al fuego, leían libros y divagaban. Tenía en mi poder su camafeo y cuando lo miraba me echaba a llorar.

-Debes lanzarte, eres el culpable- escuché la voz de Nicolas sintiendo sus labios fríos acariciando mi mejilla-. Debes hacerlo y lo sabes.

Les-tot -mencionó Jasmine la cual, posiblemente, se había despertado debido a mis sollozos y lamentos- ¿Ocurre algo?

¿Qué podía decirle? Una mujer como ella no lo comprendería, no lo aceptaría. Tenía casi cincuenta años, pero estaba tan radiante como cuando la conocí. Era sin duda un bombón de chocolate, tan dulce y atractiva. Sus cabellos rizados en tono dorado le daban una imagen atractiva, igual que su bata medio cerrada.

Me incorporé negando intentando ir hacia la fuerte presencia que se acercaba. No podía decir nada, nada de nada. Cuando Marius apareció me abracé a él y murmuró cerca de mi oreja derecha lo que había hecho.

-He entregado las cenizas de Mona a sus tíos... -mencionó con voz suave intentando no perturbarme.  

viernes, 8 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - II


Lo imposible
Parte 9 II


Los tejados de las restantes mansiones se veían bajo sus pies, así como los bosques desnudos cubiertos de nieve. El invierno había llegado con su dureza golpeando la tierra, humedeciéndola, y provocando que la vida mermara. Si bien, no muy lejos la ciudad se veía despampanante. Las luces brillaban mientras algunas chimeneas parecían pequeños cigarrillos. El mundo seguía su curso mientras nosotros volábamos lejos.

Me sentía a punto de explotar. Todo lo que ocurría era una auténtica locura. Sin embargo, me apresuré a volar lo más rápido y lo más lejos posible. Buscaba un viejo claro que conocía bien, cerca de una arboleda que ocultaba una vieja casa de madera con un banco de hierro de madera podrida, un embarcadero y una barca hundida en la orilla. Era una de mis nuevas propiedades, había pensado reformarla para nosotros.

Cuando aterricé agarré su rostro suplicando que me creyera. Era doloroso saber que el mundo ya no sería como yo deseaba, que todo lo que yo buscaba o imaginaba no volvería a ser igual por mis caprichos. Había destrozado lo que poco a poco había logrado recomponer piedra a piedra.

-Louis, tú eres el único al que amo de ésta forma... todo lo están haciendo para que te deje o me dejes...-mis pies dolían por los cristales que aún seguían atravesándolos mientras que la nieve ocultaba suavemente mi dolor provocando otro peor-. Louis, estoy arrepentido.

Por primera vez a lo largo de mi larga vida, llena de aventuras y peripecias, me arrepentía terriblemente de haber dañado nuestra felicidad. Mi madre deseaba que fuese feliz, lo fui a su lado durante ochenta largos años, y ahora que íbamos a ser padres deseaba saborear de nuevo el llegar a casa y tener una familia.

-Todo esto es un maldito infierno- respondió encajándome un golpe directo con su felina mirada -. Déjame solo unos minutos, necesito pensar antes de decir o hacer cualquier tontería...-caí de rodillas porque no soportaba sentir la nieve cubriendo las plantas destrozadas de mis pies. Los cristales estaban hecho trizas clavados en la carne que los recubría como si nada sucediese-. No tienes que irte. Sólo dame mi espacio -me tomó del rostro con una mano y acarició mi mejilla derecha.

-Louis, voy a llevarte a una cabaña que hay por aquí cerca. Hace unos meses pensé que podría reconstruirla para ti y para Marius, él podría tener su taller y tú un lugar para leer sosegado. Si bien, nunca terminé el proyecto -comenté tomándolo de las manos mientras fruncía el ceño y me incorporaba-. Louis, te juro que yo te amo... y te dejaré solo porque allí no hay ni siquiera luz. No podrán hacerte nada, no podrán molestarte-susurré antes de tomar cierto valor-. Iré a ver a Quinn, sólo él puede detener ésto.

-D'accord, llévame -se cubrió bien con la sábana pues hacía frío y esperó a que lo guiara. Si bien, en ese momento agregó algo más-. Creeré en tu palabra -al fin suavizó sus palabras-. Te esperaré en la cabaña, esto tiene que acabar.

-Allí hay algunas mantas y muebles, pues me quedé allí algunas noches hará como dos semanas. Sólo quería ver si era factible... incluso pensé en un cuarto para el niño si alguna vez lo llevabas- intentaba no pensar que todo se podía acabar entre nosotros. Siempre se me había dado bien negar la verdad, pues cuando la aceptaba bajaba los brazos y dejaba que me derrotara. De momento se había dado cuenta nuevamente que Louis era mi único y verdadero amor.

Sonrió ante mi comentario y juraría que pude ver en el brillo de sus ojos lo que había imaginado. Él, el bebé, una hoguera pequeña y una canción de cuna. Sabía que llevaba practicando canciones con el piano desde hacía semanas, a veces las escuchaba mientras él creía estar solo. Sus dedos se movían suavemente sobre las teclas y se sonrojaba murmurando nombres de chico y de chica. Deseaba realmente tener una familia conmigo, una que nos merecíamos pues éramos dos huérfanos en mitad de la noche buscando un poco de felicidad que a veces se hacía de rogar.

-Lo llevaré- murmuró pensando en voz alta.

-Podríamos poner columpios y no sé... un cajón de arena-intentaba no pensar más en todo lo que había pasado. Esos dos fantasmas me las pagarían todas juntas.

Caminaba por la nieve sintiendo como los cristales llegaban a mis huesos y también la presencia familiar. Unas notas de violín provocó que girara mi rostro hasta un árbol que había caído al ser partido por un rayo. Sobre él estaba la figura de Nicolas. Sus cabellos oscuros, ondulados y algo largos jugueteaban con la suave brisa que únicamente él parecía notar. Sus pies estaban cubiertos por unas botas que yo mismo le había obsequiado, sus pantalones eran oscuros como la propia noche y en sus manos estaba el violín.

Bajó suavemente como lo haría un gato, caminó con elegancia hasta quedar frente a nosotros y empezó a danzar a nuestro alrededor. En su rostro había una sonrisa cruel, pues parecía disfrutar del dolor de Louis.


-No, tú no...-susurré entre bufidos.

Nicolas había surgido de los infiernos, o eso aseguraba, para buscarme a mí y hacerme sentir el fuego abrasador en mi piel. Louis en ocasiones era incapaz de verlo, aunque sí de escuchar sus palabras. A veces se mostraba gentil y a la vista de todos, sonreía como el joven que una vez fue pero en cuestión de minutos la perversión lo cubría y corría por sus venas la crueldad.

-Louis, si escuchas música de violines hazme caso e intenta pasar por alto todo. Por insufrible que sea sabes que pronto se cansa y se va... Nicolas está cerca- mientras decía aquello la imagen se disipó mientras sentía que cada vez me costaba más caminar. Me molestaba tener esos cristales, pues parecían fragmentarse cada vez en trozos más pequeños. Tras unos minutos llegamos cerca, la cabaña se veía oscura, y algo tétrica, pero allí debía dejarlo-. Je t'aime- dije besando suave sus labios para ahora sí volar por los aires buscando a Quinn, donde quisiera que se encontrase.


-Oui, haré lo que has dicho- correspondió el leve beso y me vio partir.

Corrió rápido para refugiarse a la cabaña, pues era mejor que estar tan sólo cubierto por una sábana en medio de la nieve. Cuando vi que entraba haciendo crujir la puerta de madera podrida suspiré, me giré hacia el camino que habíamos seguido y vi mis huellas. Aquello era terrorífico, y doloroso, pero no podía pararme a curarme sabiendo que mi buen amigo seguramente se pudría sobre el suelo de mármol de Sugar Devil Island.

Allí fue donde miré primero. El lugar donde “El Loco” había pedido construir un mausoleo y una vivienda extraña, exuberante, y resistente para Petronia. La vampiresa era un ser extraño con dos sexos bajo sus faldas, unas facciones duras, una boca hermosa, un cabello oscuro y suave como el de Louis y un genio terrible. Ella fue su creadora y ella le cedió su patrimonio. Un patrimonio que Tarquin siempre vio como suyo, incluso la intentó echar cuando pensaba que era un simple humano tozudo acusándolo de ladrón.

Al abrir la puerta me hallé a mi querido hermanito tirado en el suelo con claras señas de no haberse arreglado en los últimos cuatro días. Sus cabellos ondulados caían sobre su frente blanquecina, sus labios delicados tenían delineados una mueca de sufrimiento y sus mejillas tenían lágrimas sanguinolentas resecas. Sus pestañas negras estaban teñidas de un rojo intenso, como el propio fuego.

Para Quinn había sido un héroe y ahora estaba deslucido por todo lo que había hecho. Si bien, me armé de valor y entré en la vivienda con gesto decidido. El cual se había quedado en nada convirtiéndose en el de un hombre lleno de dolor y rabia. Se había rendido, así de sencillo. Había bajado los brazos, dejado que su cuerpo se tirara sobre el mármol y rodeado de un mundo de riquezas, y belleza, rogó que su tiempo llegase. Tomé aire y fui hacia él arrastrándolo por el suelo hasta golpearlo contra uno de los muros más resistentes de la vivienda, muy cerca de la escalera que daba acceso al segundo piso. Oh, el segundo piso donde murió Rebeca clavada en un gancho mientras suplicaba.

-¡Dile a Mona que me deje en paz!-espeté mostrando mis dientes de forma temible mientras lo agitaba-. ¡Quiero que deje en paz a Louis! ¡Necesito que deje en paz ella y todos sus jodidos fantasmas!-lo tiré hacia el suelo convertido en un pelele y rompí a llorar-. Quinn... lo lamento muchísimo, pero ya sabes como es ella y aunque lo he entendido tarde... como he podido la he apartado de mi lado. Pero ella insiste Quinn, ella insiste.

Tenía el rostro girado y cuando lo volteó su mirada era vidriosa, casi sin vida, y dejó simplemente que ésta cayese hacia atrás golpeando la pared.

-Que haga lo que desee...-murmuró moviendo a duras penas sus labios y dejando que las lágrimas se escaparan de nuevo copiosamente. Aquel guerrero había caído al ser devorado por el monstruo de la incertidumbre y desconfianza sembrado por las semillas de la pelirroja que tanto amaba.

Él también era un Mayfair, con otro apellido pero lo era. Ambos eran fuertes, pero sin duda ella le ganaba en todo. Un maldito muchacho que quería ser feliz con una mujer vengativa, libidinosa y de temibles ojos esmeraldas con un prominente escote. Dudé entonces de haber ido al sitio adecuado, sin duda él no era más que un tonto buscando ser amado y ese amor le había sacado el dedo, reído de él y huido a trote de un mejor semental.

-Hermanito, necesitas recapacitar-susurré agarrándolo entre mis brazos. Eran fuertes, decididos, los de un héroe que volvería a alzarlo como si se tratase de una película de superman con los colores demasiado intensos, una capa que ondeaba sobre el mar azul que era el firmamento y una sonrisa dura. Volvería a ser su héroe, o eso esperaba. Pues por ello, y sólo por ello, acabé cortándome la lengua para ofrecerle un trago en un beso brusco.

Su boca se abrió, pero su cuerpo no reaccionó y no terminó tragando. Era algo más alto que yo, lo que provocaba que alzara mi cabeza para ver sus ojos de un azul intenso similar a los de un gato. Por ello lo besé, porque su tamaño era inmenso y porque mi brazo lo apartaría con sus enormes, finas, suaves y frías manos.

Cuando aparté mis labios, rogando que no la escupiera del todo aunque lo hizo, lo senté en una de las sillas estilo imperio romano, la cual era de oro puro, y que había sido pedida por Petronia hacía décadas. Acabé mordiéndome la muñeca derecha y se la ofrecí, un buen chorro de mi negra, espesa y suculenta sangre llena de poder. Pero no funcionó y entonces se me pasó por la cabeza tirarlo a los caimanes, igual que él hizo con su madre sidosa y loca, porque quizás ellos lo espabilarían mucho mejor que yo.

-Déjenla... si me acerco matará a Jerome... -pronunció sumiéndose en aquel estado de mutismo.

Jerome era su hijo. Un niño de piel algo oscura, cabellos tan hermosos como los suyos y unos ojos increíbles. Ese niñito que conoció con tres años ya era casi un adolescente. Tenía unas facciones similares a las suyas, igual que las de Tommy que era su tío hijo de su abuelo Pops con una muchacha que había vivido sin futuro en una caravana sucia y llena de críos. Jerome era su único hijo, su orgullo, el descendiente... el hermoso Jerome que aprendía bajo la tutela de Nash que le hizo amar la literatura, la música, la naturaleza mientras que Tommy le llenaba la cabeza de pájaros sobre viajes intensos que harían cuando él cumpliese en un par de veranos.

-¡Y matará a Louis si no me quedo con ella!-grité tras un inciso. Me importaba Jerome, claro que me importaba porque yo mismo lo había cargado como su tío favorito. Era un amor de crío, pero mi Louis también estaba en peligro. En realidad, todos estábamos en peligro así que no dudé en agarrarlo de las solapas y tirar de él para intentar ponerlo en pie-. ¡Tú puedes enternecer el corazón de esa maldita loca!

Se levantó pero no aguantó, pues cayó como pelele sin vida. Era un trapo que no tenía huesos, ni fe, ni futuro, ni nada. Aquello era peor que ver a Louis en sus peores días como vampiro. No dudé en patearlo completamente molesto.

-Está bien, no tienes cojones de enfrentarte a ello... -medité entonces como ponerlo furioso y sonreí de forma cínica-. ¿Sabes? A tu mujer también le gusta que la penetren por su redondo y blanco trasero...

Esperaba furia, un golpe duro en mi mentón, ojos llenos de rabia y lo único que tuve fue el miserable pasotismo de un hombre que ha aceptado la muerte.

-Al demonio- dije entre dientes tomando a mi buen amigo como si fuera un saco de patatas, lo cargué hasta las oscuras orillas infectadas de caimanes y lo levanté para arrojarlo. Si bien, lo pensé. Aquello no lo despertaría y sólo provocaría que se hundiera como una piedra hasta el fondo donde seguramente descansaba algún hueso de Patsy.

Entonces acabé tomándolo en brazos, igual que si fuese una damisela en peligro, y miré su rostro bajo los rayos de la luna. Sus labios estaban algo agrietados por la sed que ni siquiera sentía, pues su corazón estaba fragmentado, y me alcé por los aires rumbo a la cabaña donde estaba Louis.

Llegué de nuevo a la cabaña tras casi una hora esperando que Louis hubiese encontrado por instinto las mantas. Si bien, tenía la corazonada que estaría en un rincón llorando como un niño perdido. Y cuando llegué, con Quinn entre mis brazos, descubrí que no estaba equivocado.

-No está bien, pero tengo que llevarlo con Mona y que recapacite... sólo he venido para ver si estabas en condiciones.

-Si, si por mi no te preocupes -respondió de mala gana, seguramente irritado por su torpeza que por mis palabras-. Haz lo que tengas que hacer, ya me las apañaré como pueda -sabía que no quería ser arisco, pero la mención de Mona últimamente provocaba que hablara con los dientes apretados.

Coloqué al muchacho en el suelo con cuidado y fui hasta él. Fue fácil hallarlo pues sus ojos casi resplandecían como los de una pantera. Me maldije por ver lo torpe que era, aunque ya no tenía nada de humano en él y aún así lo asemejaban muy bien. Quería ser atendido, por ello jamás usaba bien sus cualidades. Verse destrozado, casi sumiso ante mí, era lo que me tenía a sus pies por completo. Estiré mi brazo para buscar la mesa y una vez la hallé recordé que muy cerca estaba un sillón.

-Ven, ven aquí- lo tomé entre mis brazos y lo llevé hasta el sillón encendiendo con mi mente el fuego de la chimenea. Cubrí su cuerpo con unas mantas polvorientas y acaricié su rostro esperando que me perdonara-. Entrarás en calor y por dios Louis ni te muevas.

-Merci -dijo en cuanto sintió la cálida prenda-. Ve con cuidado, mon cher -me despidió depositando un beso en mi mejilla.

Me moví rápido para agarrar a mi hermanito y me alcé por los cielos. Él estaba débil y necesitaba que lo viera Mona, sentía que se enternecería y comprendería. No era correcto que lo dañara, no a su esposo, no al hombre que lo amaba, no a su noble Abelardo... no a él.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt