Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



viernes, 18 de septiembre de 2015

De tal palo tal astilla

Tarquin quiere a su hijo y lo comprendo ahora mucho más con Viktor y Rose. Ser padre es un regalo, aunque con Claudia fue un regalo envenenado.

Lestat de Lioncourt

Cuando lo vi quedé petrificado. Algo en mí decía que ese pequeño era mío. Aquellos enormes ojos azules, tan profundos y vivarachos, parecían gritarme que era su padre. Si bien, llegué a pensar que eran escasas las pruebas. Jasmine me hubiese informado inmediátamente de su embarazo, aunque estaba equivocado. Aquel pequeño de piel tostada, pequeños y carnosos labios, hermosos ojos, cabello revuelto y rizado no era nada más ni nada menos que mi hijo. Él era Jerome Blackwood, mi primogénito y el único hijo que yo tendría en éste aciago mundo.

Desde el primer momento deseé llenarlo de besos, acariciar sus sedosos cabellos y gritar a todo el mundo que tenía un hijo. Me sentí afortunado. Gozaba al fin de éste maravilloso privilegio fruto de un acto de placer, lujuria insospechada y complicidad absoluta. Me entregué a Jasmine en aquella pequeña habitación, un día en el cual me sentía ahogado con las cargas y excitado por mis breves descubrimientos. Ella me abrazó, consoló de la mejor de las formas y yo sequé mis lágrimas sobre su piel de chocolate. Durante muchos años fue mi mejor amiga, mi consejera, y cuidó mis pasos por éste mundo. Era algo mayor que yo, pero desnuda parecía una cría. Tenía un gusto excelente para la moda, sus modales eran excelsos y cuidados, jamás se quejó del trabajo duro y siempre respetó mis secretos. Había tenido un hijo con la mejor madre posible, pues sabía que a su lado Jerome sería el hombre que yo no había logrado ser.

Me he perdido por el mundo durante años. Pero de nuevo estoy en mi vieja y apetecible isla infestada de mosquitos. Mi hijo toma clases con el hombre al que le debo mis modales, mi instinto caballeroso y mi pasión por la lectura de Dickens y otros autores británicos. Nach está logrando que mi hijo sea un digno heredero, aunque lleva aproximadamente una década sin verme. Desconozco si su madre le cuenta mis secretos, pidiéndole que jamás se los cuente al resto de mortales.

Hoy ha aparecido por aquí. Es un joven alto, robusto, y de ojos soñadores. Sin duda alguna es un mulato impresionante. Cualquier mujer caería a sus pies. Ha caminado con la camisa blanca abierta en los primeros botones, con las manos metidas en los bolsillos y sin zapatos. Los zapatos estaban en la lancha a motor que dejó en el embalse. No sé quién demonios le dio permiso a venir aquí, a éstas horas de la noche, y tampoco comprendía bien qué le había llevado a venir hasta el Santuario. Si bien, despejé pronto la segunda de mis preguntas: venía a hablar conmigo, como si yo fuese un espíritu errante en aquel trozo de tierra.

«—Padre, ¿cuánto haces que te marchaste con tu prometida? Hace más de diez años, ¿no es así? Madre dice que debo de recordarte, pero ya he olvidado el timbre de tu voz o la colonia que solías usar. Ella tiene la esperanza de verte regresar, porque aún te ama aunque lo niegue, para que me veas en mis últimos años de juventud y te sientas orgulloso de mí—metió sus manos en los bolsillos y agachó la cabeza como si intentase aguantarse las lágrimas, pero le fue imposible. Aquella voz profunda difería mucho de aquel rostro todavía algo aniñado, casi sin rastro de barba, que podía ver entre las sombras—. ¿Y si estás muerto? Si estás muerto quizás tu alma esté aquí... puedo ver cosas. Padre, tengo tu don. Tommy me confesó que él también lo posee y me está protegiendo de todo—suspiró profundamente y luego se echó a reír—. Tengo dieciséis años y parezco un hombre, pero todavía soy un niño. Un niño que espera un milagro... »


Dicho aquello, se marchó. Me dejó con el zumbido de los insectos y el corazón encogido. Debería buscarlo, ¿pero cómo podría aceptar lo que soy? El hombre que idealiza no ha dejado de ser un chiquillo en apariencia.  

lunes, 18 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10 - IV


Jasmine no estaba lejos, pues se encontraba situada tan sólo a unos metros después de decidir por su propia cuenta y riesgo investigar los ruidos que se escuchaban en la planta baja. El crepitar del fuego acompañó a su voz asustada.

-¿Mona? -abrió los ojos y sus carnosos labios de chocolate esbozaron una mueca amarga llena de preocupación-. ¿Dónde está Toquín?

Marius se giró para ver a la mujer y no supo que decirle en ese momento. Sabía que él deseaba dar la noticia a todos por igual, pues de ese modo podían consolarse unos a otros. Conocía bien a Marius, inclusive muchos decían que éramos demasiado similares. Después de unos breves segundos donde las ascuas eran las únicas en hablar, así como la desesperación de mi mirada, decidió que volvería a dar por mí la noticia. Rowan ya sabía que Mona no estaba, ahora quedaban los habitantes de Blackwood.

-Por favor haga reunir a todos los de la casa, debo decirles algo.

Corrió entonces a reunir a todos, pues un mal presentimiento tiraba pesadamente de su alterado corazón. Su pequeño la llamó al borde de las escaleras y bajó un par de peldaños mientras abrazaba con firmeza su oso de peluche. El pequeño tenía rasgos muy atractivos, una piel chocolate con leche y unos cabellos que parecían pura seda. Tommy apareció tras él y nosotros salimos de la pequeña biblioteca mientras intentaba recomponerme.

Nash surgió aturdido y a punto de caer, por ello Tommy corrió hacia él rodeándolo por el torso metiendo sus brazos bajo las axilas. Tommy ya era un joven de más de veinte años, una belleza similar a Tarquin y un espíritu terriblemente idéntico.

-¿Están todos? -preguntó.

Mientras tanto, yo no decía nada y tan sólo escuchaba el murmullo de Nicolas abrazándome. Deseé durante varios minutos, y de forma desesperada, lanzarme al fuego. Si bien, recordé las palabras de Louis y aparté al fantasma, para salir corriendo intentando escapar de esos pensamientos y de mi antiguo amante.

Marius se percató de inmediato y no tuvo más opción que soltar la mala noticia de golpe. Escuché sus palabras mientras el aire del pantano cercano golpeaba mi rostro.


-Vuestro amo y señor de esta casa, Tarquin Blackwood... -dudó un poco por la presencia de los más jóvenes, pero no había tiempo que perder-. Ha fallecido junto a su esposa Mona Mayfair... -asentó la urna sobre una mesita donde se solían dejar los canapés y pequeños aperitivos en los días de fiesta-. Éstos son sus restos- añadió solemne-. Si me permiten, debo ir tras su amigo Lestat -entonces, caminó hacia fuera donde me encontraba- ¡Lestat!

Lloraba intentando que Nicolas cesara. Su violín me torturaba así como los versos que surgían de sus labios. Era terrible escuchar sus palabras, absolutamente terrible.

“Pobre de ti, triste de ti, lamentable eres.
Todo lo pierde, quien te ama siempre muere.
Matarás a Louis, porque así lo deseas
porque ésta será tu condena...
¡Tírate primero tú al fuego! ¡Tírate!”

-¡Apártalo de mí Marius!-grité sintiendo las manos suaves y frías de Nicolas sobre mi rostro de forma constante-. ¡Marius! ¡No quiero escucharlo más! ¡No deseo escucharlo más! ¡Hará que termine igual que Quinn!-espeté cayendo de rodillas, mientras los murmullos de Nicolas se volvían aún más incesantes.

Aunque no podía ver al fantasma, y no entendiera muy bien mis palabras, con voz seria y profundamente firme habló.

-Quien quiera que seas deja en paz a Lestat, o yo mismo me encargaré de pedirle a David que te devuelva al cielo o al infierno ¡Lárgate! -gritó eso con tanta fuerza y furia que a cualquiera intimidaría, lentamente se acercó hasta donde me hallaba y me ayudó a levantarme- ¿Ya se fue?

"Recuerda... el fuego purifica"murmuró en mi oído antes de desvanecerse mientras intentaba reunir fuerzas para hablar.

-Nicolas... desde que me instalé en la mansión cercana a la de Quinn han ido apareciendo él, Claudia y otros espectros de vampiros que incluso desconozco... pero creo que es de la troupe que estuvo en el incendio del teatro- me intenté incorporar y caí hasta que por una segunda vez acabé de pie acomodando mis ropas-¿Y Louis? ¿Dónde está Louis?

-Entiendo -asintió levemente a mi información y luego sonrió ladino-. Pensé que ya ni te acordabas de él. Lo encontré muy débil y al parecer alguien lo hirió en la cabeza, porque tenía una mancha de sangre que ni él mismo se había percatado. Pedí a David que se lo llevara mientras te buscaba de nuevo. Se le veía bastante mal, aunque viéndote a ti creo que estás peor- me sostuvo por un brazo-. Volvamos.

-Es mi culpa Marius... y ese maldito fantasma no para de decir que debería tirarme a las llamas- susurré abrazándolo mientras apoyaba su frente contra el pecho de su maestro-. Te juro... que en ésta ocasión intenté hacer lo correcto.

-Ya... -dijo a modo de entender mis palabras y acarició un par de veces mi espalda. Sus manos blancas y de dedos finos me recordaban a las manos de un ángel. Desconocía como pudo ser su hermano, el cual era hijo legítimo de su padre, y eran sus progenitores. Si bien, Marius poseía una belleza europea terrible aunque lo más hermoso de él eran sus ojos y sus manos, al menos para mí así era. Sus manos eran capaces de consolar, señalar para juzgarte o pintar hermosos cuadros a óleo-. Si quieres podemos pedirle a David que se haga cargo de ellos. Según recuerdo sabe cosas de brujería -rodeó mi cuerpo en un breve abrazo casi paternal-. Ni se te ocurra cometer tal cosa, no te lo permitiría ¿serías capaz de causarle más tristeza y dolor a ese pobre hombre que te espera en casa?

-No, Marius... aunque no parezca lógico me hace sentirme extrañamente reconfortado el saber que de algún modo vive. Si bien... me atormenta y en ocasiones es celoso, busca a Louis para atormentarle. Si bien, él no lo escucha. Louis únicamente ve a Claudia debido a nuestro nexo con ella como padres- aseguré-. A veces es peor que un niño, parece querer que todos lo vean pero son escasas las personas que pueden hacerlo-parecía sosegado pero seguía acariciando aquel camafeo con insistencia.

-Entonces soportalo un rato más- respondió con una leve y gentil sonrisa-. Vamos -me apartó sutilmente de su pecho y apresuró- ¿Estás en condiciones de ir a pie o prefieres volar?

-Volar sería más rápido-dije antes de alzarme hacia los cielos notando que estaba más oscuro que antes, señal que el amanecer se acercaba a pasos agigantados.

No dijo entonces ni una palabra más y voló a distancia considerable de mi figura en los cielos. Me vigilaba como un padre habría hecho, pues a ratos así sentía a Marius. Él era más un padre que un amigo, alguien de autoridad al cual jamás escuchaba hasta sentir que ya nada tenía solución. No tardamos demasiado en llegar a la mansión. David se hallaba en el jardín con un libro destrozado en sus manos y que parecía tener piel de cordero en sus tapas, aunque no estaba seguro, pues a penas me fijé en ese detalle.

Descendí acomodando mis cabellos y mirando a David de forma educada, aunque sentía el aliento de Nicolas pegado a mí y mi brazo izquierdo rodeado por los suyos.

-No dejes que me lleve...-susurró apoyando su cabeza en mi hombro mientras se materializaba-. Tú tuviste la culpa... ahora no dejes que me lleve -me miró con ojos llorosos mientras se desvanecía por completo de nuevo. En ese mismo instante salí corriendo hasta el interior para abrazar a Louis.

Subí rápidamente las escaleras sintiendo que mi corazón latía como cuando estaba vivo. Me encontraba alterado, pues me habían dicho que estaba herido y aunque eran heridas sin importancia aún así me preocupaba. Mientras subía escuchaba a Claudia, por ello me detuve para poder averiguar que pretendía.

-Oh, Louis... mi dulce e insufrible Louis... ¿por qué tan solo?- dijo nuestra hija-. ¿Sabías que hoy es luna llena?

-Claudia... no tengo deseos de hablar... -respondió de forma ausente-. Estoy esperando a tu padre -agregó del mismo modo.

Louis se hallaba en nuestra habitación, recostado en la cama con los ojos entrecerrados y los labios sutilmente abiertos murmurando incoherencias. Sus ropas estaban muy sucias debido a la caída, incluso tenía aún hojas entre sus cabellos.

-Tal vez, murió en manos de las Mayfair. Las brujas en luna llena son temibles

-¡No digas eso! -gritó histérico levantándose de la cama y se acercó a su menudo y fantasmal cuerpo de niña- ¡Jamás vuelvas a decirlo! -le imploró desesperado- ¡Claudia!

-Esta muerto... -sonrió esfumándose en el acto.

En ese momento entré agarrándolo con fiereza mientras la maldecía. ¡Cuánto la amaba! ¡Y qué hermosa se veía con su vestido amarillo de gala! ¡Maldita sea! ¡Aún la amaba! Y sin embargo, me quedé allí contemplándola con un gesto de molestia lleno de odio para ella.

-Louis, estoy aquí... estoy aquí-susurró acariciando sus cabellos notando que estaba débil por semanas sin tomar ni una gota de sangre, el fuerzo, las emociones de la noche, la caída...

-¡Lestat! -se prendió de mi cuerpo en un abrazo desesperado-. Estás aquí- temblaba notablemente-. Yo sabía que era mentira -gruesas lágrimas sanguinolentas manchaban aún más su rostro y mi ropa-. Oh mon cher... no pude detenerlo, él se fue... -hablaba de Quinn sin saber nada sobre su muerte- Fue culpa mía, no pude detenerlo... y Claudia... -tembló aún más, aunque parecía increíble que pudiese hacerlo de forma tan intensa-. Creí que moriría si tú no volvías más.

Un golpe súbito contra mi rostro me hizo despertar saliendo de la cama. Louis estaba a mi lado desnudo, aunque las lágrimas cubrían parcialmente su rostro y su cuello, cuando miré hacia la derecha, de donde provenía la bofetada, vi el delicado rostro de Tarquin contemplándome.

-He hecho algo para Mona, pero no estoy seguro si a ella le agradará. Verás, he pensado que podría regalarle...-no dejé que pudiese terminar pues me abalancé sobre él.

Ambos caímos al suelo mientras yo desnudaba su cuerpo, pellizcaba sus extremidades y añadía también pellizcos al mío. Era real. No estaba soñando. Tarquin estaba vivo ante mí hablando de Mona como si nada hubiese pasado. Mi hermanito se apartó intentando recomponer lo que quedaba de su ropa mientras yo estallaba en carcajadas.

-¡Estás vivo! ¡Debemos de celebrarlo!-grité despertando a Louis que nos miró con el ceño fruncido, él también parecía confuso de ver a nuestro hermanito allí con nosotros.

Pocos días después supe que todo fue una confabulación de Nicolas, Claudia y Oncle Julien. El último, sin duda, era el más fuerte de los tres y quien más disfrutó jugando con el dolor de ambos. Era simplemente una diversión de aquellos que una vez estuvieron entre los vivos y formaron parte de nuestra vida o de la historia de nuestras familias.  

martes, 12 de marzo de 2013

Lo imposible - parte 10 - III


Parte 10 - III


Marius me había estado siguiendo el paso de forma sumamente cautelosa. Seguramente temía que volviese a quedar enredado en algún tremendo lío y ésta vez terminara más que apuñalado. Si bien, cuando se aproximó a mí lo hizo saliendo de su escondite mostrando toda su fuerza. Sus manos se colocaron sobre mis hombros como los de un ángel que busca darle consuelo a un pobre idiota.

-Maestro- así lo llamaba pese a los años que habían pasado, él siempre sería mi maestro. Me giré al ver sus manos apoyadas sobre mis hombros que parecían más estrechos, débiles y casi hundidos. Miré sus ojos profundamente antes de girarme hacia los restos que se hallaban frente a mí.
-¿Debería? Tal vez... ¿Crees que funcionaría?

Movió su cabeza en una lenta negación provocando que sus cabellos rubios en color pajizo, como el vino joven de las uvas blancas o la harina de maíz, cobraran cierta vida. Sus ojos de color gélidos bordearon mi figura y apretó suavemente mis hombros. Sabía que deseaba asentir, pero tuvo que ser sensato.

-No, Lestat- dijo abrumándome con su voz tomada por los hechos que tenía ante él-. Ellos así lo han decidido y ha sido su voluntad. Nada podemos hacer. Aún si les ofrecemos nuestra sangre ten por seguro que volverán a hacerlo, tarde o temprano- apretó de nuevo mis hombros y yo creí que me desvanecería.

En ese momento rompí a llorar golpeando el altar donde las llamas habían acabado con Tarquin y Mona. Se habían llevado a dos criaturas que amaba, de igual modo que se llevaron a Merrick una vez. Mis lágrimas se agolpaban con fuerza en mi ojos y un lamento amargo rasgaba mi garganta. Me sentía culpable, pues hasta que no me involucré con ella todo estaba bien, o al menos en calma.

Se agachó ligeramente para palmear mi espalda intentando dar consuelo. Si bien, nunca le agradó la forma en la que siempre me comportaba, no podía ser tan cruel como para dejarme ahí sin palabras que suavizaran el dolor.

-Son cosas que no podemos evitar... anda ponte de pie y demos a ambos una merecida sepultura, volvamos a la mansión que ahí te espera tu amante y la madre de vuestro futuro hijo. Y aunque suene cruel, míralo por el lado amable, la joven bruja ya no va a atormentarte.

-Marius... es mi culpa- respondí negando mientras me abrazaba a mí mismo deseando que estuviese allí mi madre, aunque el consuelo sería igual de cruel y nefasto. Recordar que Mona ya no estaba y que Quinn no volvería a buscar su apoyo me desesperaba.

Los ojos de gato enmarcados en una piel suave, como la de un niño, con una boca bien encajada llena de sonrisas amargas. Ese joven taciturno que esperaba un milagro cada día, fuese cual fuese, se había evaporado del mismo modo que la radiante, libre, caprichosa, sensual y altiva bruja que convertí en hija. Siempre me recordó en parte a Claudia por los caprichos que tenía, un tanto a mí porque no tenía límites y un poco a toda la sociedad corrupta que siempre te llamaba con cantos de sirena. Nunca tuvo nada bueno en su vida y lo poco que tenía no sabía cuidarlo. En el fondo de mi corazón sabía que fue un consuelo para ella encontrarse con él en medio de las llamas.

-No es momento de buscar culpables -declaró-. Lo hecho está hecho, si bien no hay forma de retroceder el tiempo y por ello hay que afrontar la realidad. Llórarles todo lo que quieras, pero vive tú por ellos - se adelantó unos pasos frente a mí.

Marius con sumo cuidado comenzó a recoger los restos y las cenizas. Sabía que estaba demasiado abatido para tocar los frágiles huesos que sólo con un par de toques se volvían polvo. Buscó con su severa y apacible mirada cualquier recipiente que pudiese usarse por urnas. Cerca del altar había un par de recipientes metálicos, los cuales tenían cierto parecido a una urna convencional aunque posiblemente era donde se guardaban las ostias consagradas y algunos útiles de misa.

Sus largos dedos manchados de hollín tocaron el frío metal, lo llevó contra sí como si los abrazara y comenzó a guardar con cuidado cada pedazo de ellos. De mi buen amigo no quedaba nada, salvo un colgante que llevaba con un camafeo que quedó casi destrozado. No sabía si era de su tía o Petronia, su creadora, se lo había ofrecido. Rompí en un llano más amargo cuando vi como caía en el pequeño recipiente, y aún más cuando metió en otro una hebilla del pelo, la cual solía sujetar algunos mechones rebeldes de hermoso cabello de Mona. Mi alma se rompía a pedazos y sentí un dolor punzante en mi corazón. Deseé reconstruir sus cuerpos y darles sangre.

-Hay que darles entierro y dadas las circunstancias deben enterarse sus allegados. El hijo de Tarquin, sus empleados, su tío, el hombre que está aún ahí fuera esperando que su amado pupilo aparezca, su creadora y el resto de inmortales que le llegaron a amar, respetar y sobre todo desear a su lado aunque fuese por unas horas.

-Lo correcto es esparcirlas por el Santuario- en ese momento sentí una agobiante sensación. Petronia lo sabía, seguramente ya lo sabía. Uno siempre tiene corazonadas cuando una de tus creaciones, más o menos apreciadas, muere-. Hay que buscar a Petronia y decirle la verdad... sólo porque ella lo creó.

Siempre hablaba de su creador como mujer, pues como hembra se sentía más fuerte y de ese modo quería verse frente a Arion. Era el corazón de una hembra el que se entregó al vampiro de color café, ojos almendrados y piel suave. Ella fue tachada de monstruo al tener ambos sexos, pero siempre demostró ser más amazona que esclavo, más mujer abnegada a un arte cuasi divino que un artesano paciente, una mujer llena de placer y amor para ofrecer únicamente al hombre que veneraba y que ante otros mostraba una coraza, aunque sabía que quería a Tarquin su manera porque todo padre ama a sus hijos a su modo.

-Ya habrá tiempo para eso, primero lo primero- comentó con ambos contenedores de ceniza en sus regazos -. Vamos al Santuario y luego daremos el aviso -sostuvo las urnas con una mano y extendió la otra para ayudarme a ponerme en pie-. Yo me haré cargo de comunicarlo si tú no te sientes en condiciones, pues sé la historia gracias a Louis.

-Louis ¿está bien?-pregunté mirándolo con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas-. Tienes que decirle a Rowan... dieu... Nash- me incorporé dejando atrás al maestro, para correr hacia donde se hallaba el mortal.

Aquel hombre amaba a Tarquín más allá de un hijo, lo amaba como un amante y ahí estaba arrojado en la hierba cerca de la vía y a la vista de todos como un maldito borracho o un mendigo. Tomé entre sus brazos su cuerpo maltrecho, casi sin energía, y pedí disculpas por todo, aunque no pudiese escucharme, para luego volar con él lo más rápido hacia Blackwood Farm.

Marius se desplazó hacia la mansión Mayfair, allí Rowan esperaba el regreso de Mona, así como de Tarquin, intentando no pensar en todo lo malo que podía haber ocurrido. Supe más tarde que prácticamente tuvo que ser tomada en brazos por Michael, el cual la miró preocupado deseando romper a llorar. La chiquilla que tantos estragos hizo en su vida, a quien cuidaron como una hija, había desaparecido junto al muchacho que tanto la amó.

No tomaron la urna, decidieron que ambos descansaran juntos. El funeral se haría al día siguiente, para que así todos los que los amaron pudiesen asistir. Mientras yo recostaba en la vieja habitación de tía Queen a Nash. Poseía una expresión intranquila y balbuceaba su nombre. Me pregunté cuántos años estuvo esperando una simple sonrisa que le diese la vida entera, un hombre que sin duda se desvivía por el hijo que Quinn tenía con Jasmine y por su tío. Él ya no lo hacía por su difunta amiga, sino por las implicaciones sentimentales que tenía hacia su muchacho.

Nadie en la casa sintió mi presencia, todos dormían menos Tommy que terminaba un trabajo para la escuela en el portátil que mi hermanito le había regalado hacía unos meses. El chico estaba ensimismado. Cuando pasé por su habitación estaba terminando unas gráficas y se felicitaba así mismo por lo bien que estaba acabando, incluso deseaba mostrarle al que consideraba casi un padre, a Quinn, como estaba quedando.

Jasmine estaba en el cuarto que había sido de Pops, su hijo dormía abrazado a ella abrazado a un oso de peluche algo viejo, el cual supuse que podía ser de Tarquin. Tenía trece años ya, era muy alto para su edad pero tan dulce y frágil como su padre. Debió pensarse el morir sólo por su hijo, pero él no era capaz de concebir un mundo sin Mona.

El resto estaban en las otras habitaciones en los demás edificios de la mansión. No había huéspedes ya, pues no había habitaciones libres. Así que simplemente tras hacer el breve recorrido me fui hacia la sala donde se hallaba una pequeña sala. Allí se reunían mucho junto al fuego, leían libros y divagaban. Tenía en mi poder su camafeo y cuando lo miraba me echaba a llorar.

-Debes lanzarte, eres el culpable- escuché la voz de Nicolas sintiendo sus labios fríos acariciando mi mejilla-. Debes hacerlo y lo sabes.

Les-tot -mencionó Jasmine la cual, posiblemente, se había despertado debido a mis sollozos y lamentos- ¿Ocurre algo?

¿Qué podía decirle? Una mujer como ella no lo comprendería, no lo aceptaría. Tenía casi cincuenta años, pero estaba tan radiante como cuando la conocí. Era sin duda un bombón de chocolate, tan dulce y atractiva. Sus cabellos rizados en tono dorado le daban una imagen atractiva, igual que su bata medio cerrada.

Me incorporé negando intentando ir hacia la fuerte presencia que se acercaba. No podía decir nada, nada de nada. Cuando Marius apareció me abracé a él y murmuró cerca de mi oreja derecha lo que había hecho.

-He entregado las cenizas de Mona a sus tíos... -mencionó con voz suave intentando no perturbarme.  

viernes, 8 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - II


Lo imposible
Parte 9 II


Los tejados de las restantes mansiones se veían bajo sus pies, así como los bosques desnudos cubiertos de nieve. El invierno había llegado con su dureza golpeando la tierra, humedeciéndola, y provocando que la vida mermara. Si bien, no muy lejos la ciudad se veía despampanante. Las luces brillaban mientras algunas chimeneas parecían pequeños cigarrillos. El mundo seguía su curso mientras nosotros volábamos lejos.

Me sentía a punto de explotar. Todo lo que ocurría era una auténtica locura. Sin embargo, me apresuré a volar lo más rápido y lo más lejos posible. Buscaba un viejo claro que conocía bien, cerca de una arboleda que ocultaba una vieja casa de madera con un banco de hierro de madera podrida, un embarcadero y una barca hundida en la orilla. Era una de mis nuevas propiedades, había pensado reformarla para nosotros.

Cuando aterricé agarré su rostro suplicando que me creyera. Era doloroso saber que el mundo ya no sería como yo deseaba, que todo lo que yo buscaba o imaginaba no volvería a ser igual por mis caprichos. Había destrozado lo que poco a poco había logrado recomponer piedra a piedra.

-Louis, tú eres el único al que amo de ésta forma... todo lo están haciendo para que te deje o me dejes...-mis pies dolían por los cristales que aún seguían atravesándolos mientras que la nieve ocultaba suavemente mi dolor provocando otro peor-. Louis, estoy arrepentido.

Por primera vez a lo largo de mi larga vida, llena de aventuras y peripecias, me arrepentía terriblemente de haber dañado nuestra felicidad. Mi madre deseaba que fuese feliz, lo fui a su lado durante ochenta largos años, y ahora que íbamos a ser padres deseaba saborear de nuevo el llegar a casa y tener una familia.

-Todo esto es un maldito infierno- respondió encajándome un golpe directo con su felina mirada -. Déjame solo unos minutos, necesito pensar antes de decir o hacer cualquier tontería...-caí de rodillas porque no soportaba sentir la nieve cubriendo las plantas destrozadas de mis pies. Los cristales estaban hecho trizas clavados en la carne que los recubría como si nada sucediese-. No tienes que irte. Sólo dame mi espacio -me tomó del rostro con una mano y acarició mi mejilla derecha.

-Louis, voy a llevarte a una cabaña que hay por aquí cerca. Hace unos meses pensé que podría reconstruirla para ti y para Marius, él podría tener su taller y tú un lugar para leer sosegado. Si bien, nunca terminé el proyecto -comenté tomándolo de las manos mientras fruncía el ceño y me incorporaba-. Louis, te juro que yo te amo... y te dejaré solo porque allí no hay ni siquiera luz. No podrán hacerte nada, no podrán molestarte-susurré antes de tomar cierto valor-. Iré a ver a Quinn, sólo él puede detener ésto.

-D'accord, llévame -se cubrió bien con la sábana pues hacía frío y esperó a que lo guiara. Si bien, en ese momento agregó algo más-. Creeré en tu palabra -al fin suavizó sus palabras-. Te esperaré en la cabaña, esto tiene que acabar.

-Allí hay algunas mantas y muebles, pues me quedé allí algunas noches hará como dos semanas. Sólo quería ver si era factible... incluso pensé en un cuarto para el niño si alguna vez lo llevabas- intentaba no pensar que todo se podía acabar entre nosotros. Siempre se me había dado bien negar la verdad, pues cuando la aceptaba bajaba los brazos y dejaba que me derrotara. De momento se había dado cuenta nuevamente que Louis era mi único y verdadero amor.

Sonrió ante mi comentario y juraría que pude ver en el brillo de sus ojos lo que había imaginado. Él, el bebé, una hoguera pequeña y una canción de cuna. Sabía que llevaba practicando canciones con el piano desde hacía semanas, a veces las escuchaba mientras él creía estar solo. Sus dedos se movían suavemente sobre las teclas y se sonrojaba murmurando nombres de chico y de chica. Deseaba realmente tener una familia conmigo, una que nos merecíamos pues éramos dos huérfanos en mitad de la noche buscando un poco de felicidad que a veces se hacía de rogar.

-Lo llevaré- murmuró pensando en voz alta.

-Podríamos poner columpios y no sé... un cajón de arena-intentaba no pensar más en todo lo que había pasado. Esos dos fantasmas me las pagarían todas juntas.

Caminaba por la nieve sintiendo como los cristales llegaban a mis huesos y también la presencia familiar. Unas notas de violín provocó que girara mi rostro hasta un árbol que había caído al ser partido por un rayo. Sobre él estaba la figura de Nicolas. Sus cabellos oscuros, ondulados y algo largos jugueteaban con la suave brisa que únicamente él parecía notar. Sus pies estaban cubiertos por unas botas que yo mismo le había obsequiado, sus pantalones eran oscuros como la propia noche y en sus manos estaba el violín.

Bajó suavemente como lo haría un gato, caminó con elegancia hasta quedar frente a nosotros y empezó a danzar a nuestro alrededor. En su rostro había una sonrisa cruel, pues parecía disfrutar del dolor de Louis.


-No, tú no...-susurré entre bufidos.

Nicolas había surgido de los infiernos, o eso aseguraba, para buscarme a mí y hacerme sentir el fuego abrasador en mi piel. Louis en ocasiones era incapaz de verlo, aunque sí de escuchar sus palabras. A veces se mostraba gentil y a la vista de todos, sonreía como el joven que una vez fue pero en cuestión de minutos la perversión lo cubría y corría por sus venas la crueldad.

-Louis, si escuchas música de violines hazme caso e intenta pasar por alto todo. Por insufrible que sea sabes que pronto se cansa y se va... Nicolas está cerca- mientras decía aquello la imagen se disipó mientras sentía que cada vez me costaba más caminar. Me molestaba tener esos cristales, pues parecían fragmentarse cada vez en trozos más pequeños. Tras unos minutos llegamos cerca, la cabaña se veía oscura, y algo tétrica, pero allí debía dejarlo-. Je t'aime- dije besando suave sus labios para ahora sí volar por los aires buscando a Quinn, donde quisiera que se encontrase.


-Oui, haré lo que has dicho- correspondió el leve beso y me vio partir.

Corrió rápido para refugiarse a la cabaña, pues era mejor que estar tan sólo cubierto por una sábana en medio de la nieve. Cuando vi que entraba haciendo crujir la puerta de madera podrida suspiré, me giré hacia el camino que habíamos seguido y vi mis huellas. Aquello era terrorífico, y doloroso, pero no podía pararme a curarme sabiendo que mi buen amigo seguramente se pudría sobre el suelo de mármol de Sugar Devil Island.

Allí fue donde miré primero. El lugar donde “El Loco” había pedido construir un mausoleo y una vivienda extraña, exuberante, y resistente para Petronia. La vampiresa era un ser extraño con dos sexos bajo sus faldas, unas facciones duras, una boca hermosa, un cabello oscuro y suave como el de Louis y un genio terrible. Ella fue su creadora y ella le cedió su patrimonio. Un patrimonio que Tarquin siempre vio como suyo, incluso la intentó echar cuando pensaba que era un simple humano tozudo acusándolo de ladrón.

Al abrir la puerta me hallé a mi querido hermanito tirado en el suelo con claras señas de no haberse arreglado en los últimos cuatro días. Sus cabellos ondulados caían sobre su frente blanquecina, sus labios delicados tenían delineados una mueca de sufrimiento y sus mejillas tenían lágrimas sanguinolentas resecas. Sus pestañas negras estaban teñidas de un rojo intenso, como el propio fuego.

Para Quinn había sido un héroe y ahora estaba deslucido por todo lo que había hecho. Si bien, me armé de valor y entré en la vivienda con gesto decidido. El cual se había quedado en nada convirtiéndose en el de un hombre lleno de dolor y rabia. Se había rendido, así de sencillo. Había bajado los brazos, dejado que su cuerpo se tirara sobre el mármol y rodeado de un mundo de riquezas, y belleza, rogó que su tiempo llegase. Tomé aire y fui hacia él arrastrándolo por el suelo hasta golpearlo contra uno de los muros más resistentes de la vivienda, muy cerca de la escalera que daba acceso al segundo piso. Oh, el segundo piso donde murió Rebeca clavada en un gancho mientras suplicaba.

-¡Dile a Mona que me deje en paz!-espeté mostrando mis dientes de forma temible mientras lo agitaba-. ¡Quiero que deje en paz a Louis! ¡Necesito que deje en paz ella y todos sus jodidos fantasmas!-lo tiré hacia el suelo convertido en un pelele y rompí a llorar-. Quinn... lo lamento muchísimo, pero ya sabes como es ella y aunque lo he entendido tarde... como he podido la he apartado de mi lado. Pero ella insiste Quinn, ella insiste.

Tenía el rostro girado y cuando lo volteó su mirada era vidriosa, casi sin vida, y dejó simplemente que ésta cayese hacia atrás golpeando la pared.

-Que haga lo que desee...-murmuró moviendo a duras penas sus labios y dejando que las lágrimas se escaparan de nuevo copiosamente. Aquel guerrero había caído al ser devorado por el monstruo de la incertidumbre y desconfianza sembrado por las semillas de la pelirroja que tanto amaba.

Él también era un Mayfair, con otro apellido pero lo era. Ambos eran fuertes, pero sin duda ella le ganaba en todo. Un maldito muchacho que quería ser feliz con una mujer vengativa, libidinosa y de temibles ojos esmeraldas con un prominente escote. Dudé entonces de haber ido al sitio adecuado, sin duda él no era más que un tonto buscando ser amado y ese amor le había sacado el dedo, reído de él y huido a trote de un mejor semental.

-Hermanito, necesitas recapacitar-susurré agarrándolo entre mis brazos. Eran fuertes, decididos, los de un héroe que volvería a alzarlo como si se tratase de una película de superman con los colores demasiado intensos, una capa que ondeaba sobre el mar azul que era el firmamento y una sonrisa dura. Volvería a ser su héroe, o eso esperaba. Pues por ello, y sólo por ello, acabé cortándome la lengua para ofrecerle un trago en un beso brusco.

Su boca se abrió, pero su cuerpo no reaccionó y no terminó tragando. Era algo más alto que yo, lo que provocaba que alzara mi cabeza para ver sus ojos de un azul intenso similar a los de un gato. Por ello lo besé, porque su tamaño era inmenso y porque mi brazo lo apartaría con sus enormes, finas, suaves y frías manos.

Cuando aparté mis labios, rogando que no la escupiera del todo aunque lo hizo, lo senté en una de las sillas estilo imperio romano, la cual era de oro puro, y que había sido pedida por Petronia hacía décadas. Acabé mordiéndome la muñeca derecha y se la ofrecí, un buen chorro de mi negra, espesa y suculenta sangre llena de poder. Pero no funcionó y entonces se me pasó por la cabeza tirarlo a los caimanes, igual que él hizo con su madre sidosa y loca, porque quizás ellos lo espabilarían mucho mejor que yo.

-Déjenla... si me acerco matará a Jerome... -pronunció sumiéndose en aquel estado de mutismo.

Jerome era su hijo. Un niño de piel algo oscura, cabellos tan hermosos como los suyos y unos ojos increíbles. Ese niñito que conoció con tres años ya era casi un adolescente. Tenía unas facciones similares a las suyas, igual que las de Tommy que era su tío hijo de su abuelo Pops con una muchacha que había vivido sin futuro en una caravana sucia y llena de críos. Jerome era su único hijo, su orgullo, el descendiente... el hermoso Jerome que aprendía bajo la tutela de Nash que le hizo amar la literatura, la música, la naturaleza mientras que Tommy le llenaba la cabeza de pájaros sobre viajes intensos que harían cuando él cumpliese en un par de veranos.

-¡Y matará a Louis si no me quedo con ella!-grité tras un inciso. Me importaba Jerome, claro que me importaba porque yo mismo lo había cargado como su tío favorito. Era un amor de crío, pero mi Louis también estaba en peligro. En realidad, todos estábamos en peligro así que no dudé en agarrarlo de las solapas y tirar de él para intentar ponerlo en pie-. ¡Tú puedes enternecer el corazón de esa maldita loca!

Se levantó pero no aguantó, pues cayó como pelele sin vida. Era un trapo que no tenía huesos, ni fe, ni futuro, ni nada. Aquello era peor que ver a Louis en sus peores días como vampiro. No dudé en patearlo completamente molesto.

-Está bien, no tienes cojones de enfrentarte a ello... -medité entonces como ponerlo furioso y sonreí de forma cínica-. ¿Sabes? A tu mujer también le gusta que la penetren por su redondo y blanco trasero...

Esperaba furia, un golpe duro en mi mentón, ojos llenos de rabia y lo único que tuve fue el miserable pasotismo de un hombre que ha aceptado la muerte.

-Al demonio- dije entre dientes tomando a mi buen amigo como si fuera un saco de patatas, lo cargué hasta las oscuras orillas infectadas de caimanes y lo levanté para arrojarlo. Si bien, lo pensé. Aquello no lo despertaría y sólo provocaría que se hundiera como una piedra hasta el fondo donde seguramente descansaba algún hueso de Patsy.

Entonces acabé tomándolo en brazos, igual que si fuese una damisela en peligro, y miré su rostro bajo los rayos de la luna. Sus labios estaban algo agrietados por la sed que ni siquiera sentía, pues su corazón estaba fragmentado, y me alcé por los aires rumbo a la cabaña donde estaba Louis.

Llegué de nuevo a la cabaña tras casi una hora esperando que Louis hubiese encontrado por instinto las mantas. Si bien, tenía la corazonada que estaría en un rincón llorando como un niño perdido. Y cuando llegué, con Quinn entre mis brazos, descubrí que no estaba equivocado.

-No está bien, pero tengo que llevarlo con Mona y que recapacite... sólo he venido para ver si estabas en condiciones.

-Si, si por mi no te preocupes -respondió de mala gana, seguramente irritado por su torpeza que por mis palabras-. Haz lo que tengas que hacer, ya me las apañaré como pueda -sabía que no quería ser arisco, pero la mención de Mona últimamente provocaba que hablara con los dientes apretados.

Coloqué al muchacho en el suelo con cuidado y fui hasta él. Fue fácil hallarlo pues sus ojos casi resplandecían como los de una pantera. Me maldije por ver lo torpe que era, aunque ya no tenía nada de humano en él y aún así lo asemejaban muy bien. Quería ser atendido, por ello jamás usaba bien sus cualidades. Verse destrozado, casi sumiso ante mí, era lo que me tenía a sus pies por completo. Estiré mi brazo para buscar la mesa y una vez la hallé recordé que muy cerca estaba un sillón.

-Ven, ven aquí- lo tomé entre mis brazos y lo llevé hasta el sillón encendiendo con mi mente el fuego de la chimenea. Cubrí su cuerpo con unas mantas polvorientas y acaricié su rostro esperando que me perdonara-. Entrarás en calor y por dios Louis ni te muevas.

-Merci -dijo en cuanto sintió la cálida prenda-. Ve con cuidado, mon cher -me despidió depositando un beso en mi mejilla.

Me moví rápido para agarrar a mi hermanito y me alcé por los cielos. Él estaba débil y necesitaba que lo viera Mona, sentía que se enternecería y comprendería. No era correcto que lo dañara, no a su esposo, no al hombre que lo amaba, no a su noble Abelardo... no a él.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt