Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 18 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10 - IV


Jasmine no estaba lejos, pues se encontraba situada tan sólo a unos metros después de decidir por su propia cuenta y riesgo investigar los ruidos que se escuchaban en la planta baja. El crepitar del fuego acompañó a su voz asustada.

-¿Mona? -abrió los ojos y sus carnosos labios de chocolate esbozaron una mueca amarga llena de preocupación-. ¿Dónde está Toquín?

Marius se giró para ver a la mujer y no supo que decirle en ese momento. Sabía que él deseaba dar la noticia a todos por igual, pues de ese modo podían consolarse unos a otros. Conocía bien a Marius, inclusive muchos decían que éramos demasiado similares. Después de unos breves segundos donde las ascuas eran las únicas en hablar, así como la desesperación de mi mirada, decidió que volvería a dar por mí la noticia. Rowan ya sabía que Mona no estaba, ahora quedaban los habitantes de Blackwood.

-Por favor haga reunir a todos los de la casa, debo decirles algo.

Corrió entonces a reunir a todos, pues un mal presentimiento tiraba pesadamente de su alterado corazón. Su pequeño la llamó al borde de las escaleras y bajó un par de peldaños mientras abrazaba con firmeza su oso de peluche. El pequeño tenía rasgos muy atractivos, una piel chocolate con leche y unos cabellos que parecían pura seda. Tommy apareció tras él y nosotros salimos de la pequeña biblioteca mientras intentaba recomponerme.

Nash surgió aturdido y a punto de caer, por ello Tommy corrió hacia él rodeándolo por el torso metiendo sus brazos bajo las axilas. Tommy ya era un joven de más de veinte años, una belleza similar a Tarquin y un espíritu terriblemente idéntico.

-¿Están todos? -preguntó.

Mientras tanto, yo no decía nada y tan sólo escuchaba el murmullo de Nicolas abrazándome. Deseé durante varios minutos, y de forma desesperada, lanzarme al fuego. Si bien, recordé las palabras de Louis y aparté al fantasma, para salir corriendo intentando escapar de esos pensamientos y de mi antiguo amante.

Marius se percató de inmediato y no tuvo más opción que soltar la mala noticia de golpe. Escuché sus palabras mientras el aire del pantano cercano golpeaba mi rostro.


-Vuestro amo y señor de esta casa, Tarquin Blackwood... -dudó un poco por la presencia de los más jóvenes, pero no había tiempo que perder-. Ha fallecido junto a su esposa Mona Mayfair... -asentó la urna sobre una mesita donde se solían dejar los canapés y pequeños aperitivos en los días de fiesta-. Éstos son sus restos- añadió solemne-. Si me permiten, debo ir tras su amigo Lestat -entonces, caminó hacia fuera donde me encontraba- ¡Lestat!

Lloraba intentando que Nicolas cesara. Su violín me torturaba así como los versos que surgían de sus labios. Era terrible escuchar sus palabras, absolutamente terrible.

“Pobre de ti, triste de ti, lamentable eres.
Todo lo pierde, quien te ama siempre muere.
Matarás a Louis, porque así lo deseas
porque ésta será tu condena...
¡Tírate primero tú al fuego! ¡Tírate!”

-¡Apártalo de mí Marius!-grité sintiendo las manos suaves y frías de Nicolas sobre mi rostro de forma constante-. ¡Marius! ¡No quiero escucharlo más! ¡No deseo escucharlo más! ¡Hará que termine igual que Quinn!-espeté cayendo de rodillas, mientras los murmullos de Nicolas se volvían aún más incesantes.

Aunque no podía ver al fantasma, y no entendiera muy bien mis palabras, con voz seria y profundamente firme habló.

-Quien quiera que seas deja en paz a Lestat, o yo mismo me encargaré de pedirle a David que te devuelva al cielo o al infierno ¡Lárgate! -gritó eso con tanta fuerza y furia que a cualquiera intimidaría, lentamente se acercó hasta donde me hallaba y me ayudó a levantarme- ¿Ya se fue?

"Recuerda... el fuego purifica"murmuró en mi oído antes de desvanecerse mientras intentaba reunir fuerzas para hablar.

-Nicolas... desde que me instalé en la mansión cercana a la de Quinn han ido apareciendo él, Claudia y otros espectros de vampiros que incluso desconozco... pero creo que es de la troupe que estuvo en el incendio del teatro- me intenté incorporar y caí hasta que por una segunda vez acabé de pie acomodando mis ropas-¿Y Louis? ¿Dónde está Louis?

-Entiendo -asintió levemente a mi información y luego sonrió ladino-. Pensé que ya ni te acordabas de él. Lo encontré muy débil y al parecer alguien lo hirió en la cabeza, porque tenía una mancha de sangre que ni él mismo se había percatado. Pedí a David que se lo llevara mientras te buscaba de nuevo. Se le veía bastante mal, aunque viéndote a ti creo que estás peor- me sostuvo por un brazo-. Volvamos.

-Es mi culpa Marius... y ese maldito fantasma no para de decir que debería tirarme a las llamas- susurré abrazándolo mientras apoyaba su frente contra el pecho de su maestro-. Te juro... que en ésta ocasión intenté hacer lo correcto.

-Ya... -dijo a modo de entender mis palabras y acarició un par de veces mi espalda. Sus manos blancas y de dedos finos me recordaban a las manos de un ángel. Desconocía como pudo ser su hermano, el cual era hijo legítimo de su padre, y eran sus progenitores. Si bien, Marius poseía una belleza europea terrible aunque lo más hermoso de él eran sus ojos y sus manos, al menos para mí así era. Sus manos eran capaces de consolar, señalar para juzgarte o pintar hermosos cuadros a óleo-. Si quieres podemos pedirle a David que se haga cargo de ellos. Según recuerdo sabe cosas de brujería -rodeó mi cuerpo en un breve abrazo casi paternal-. Ni se te ocurra cometer tal cosa, no te lo permitiría ¿serías capaz de causarle más tristeza y dolor a ese pobre hombre que te espera en casa?

-No, Marius... aunque no parezca lógico me hace sentirme extrañamente reconfortado el saber que de algún modo vive. Si bien... me atormenta y en ocasiones es celoso, busca a Louis para atormentarle. Si bien, él no lo escucha. Louis únicamente ve a Claudia debido a nuestro nexo con ella como padres- aseguré-. A veces es peor que un niño, parece querer que todos lo vean pero son escasas las personas que pueden hacerlo-parecía sosegado pero seguía acariciando aquel camafeo con insistencia.

-Entonces soportalo un rato más- respondió con una leve y gentil sonrisa-. Vamos -me apartó sutilmente de su pecho y apresuró- ¿Estás en condiciones de ir a pie o prefieres volar?

-Volar sería más rápido-dije antes de alzarme hacia los cielos notando que estaba más oscuro que antes, señal que el amanecer se acercaba a pasos agigantados.

No dijo entonces ni una palabra más y voló a distancia considerable de mi figura en los cielos. Me vigilaba como un padre habría hecho, pues a ratos así sentía a Marius. Él era más un padre que un amigo, alguien de autoridad al cual jamás escuchaba hasta sentir que ya nada tenía solución. No tardamos demasiado en llegar a la mansión. David se hallaba en el jardín con un libro destrozado en sus manos y que parecía tener piel de cordero en sus tapas, aunque no estaba seguro, pues a penas me fijé en ese detalle.

Descendí acomodando mis cabellos y mirando a David de forma educada, aunque sentía el aliento de Nicolas pegado a mí y mi brazo izquierdo rodeado por los suyos.

-No dejes que me lleve...-susurró apoyando su cabeza en mi hombro mientras se materializaba-. Tú tuviste la culpa... ahora no dejes que me lleve -me miró con ojos llorosos mientras se desvanecía por completo de nuevo. En ese mismo instante salí corriendo hasta el interior para abrazar a Louis.

Subí rápidamente las escaleras sintiendo que mi corazón latía como cuando estaba vivo. Me encontraba alterado, pues me habían dicho que estaba herido y aunque eran heridas sin importancia aún así me preocupaba. Mientras subía escuchaba a Claudia, por ello me detuve para poder averiguar que pretendía.

-Oh, Louis... mi dulce e insufrible Louis... ¿por qué tan solo?- dijo nuestra hija-. ¿Sabías que hoy es luna llena?

-Claudia... no tengo deseos de hablar... -respondió de forma ausente-. Estoy esperando a tu padre -agregó del mismo modo.

Louis se hallaba en nuestra habitación, recostado en la cama con los ojos entrecerrados y los labios sutilmente abiertos murmurando incoherencias. Sus ropas estaban muy sucias debido a la caída, incluso tenía aún hojas entre sus cabellos.

-Tal vez, murió en manos de las Mayfair. Las brujas en luna llena son temibles

-¡No digas eso! -gritó histérico levantándose de la cama y se acercó a su menudo y fantasmal cuerpo de niña- ¡Jamás vuelvas a decirlo! -le imploró desesperado- ¡Claudia!

-Esta muerto... -sonrió esfumándose en el acto.

En ese momento entré agarrándolo con fiereza mientras la maldecía. ¡Cuánto la amaba! ¡Y qué hermosa se veía con su vestido amarillo de gala! ¡Maldita sea! ¡Aún la amaba! Y sin embargo, me quedé allí contemplándola con un gesto de molestia lleno de odio para ella.

-Louis, estoy aquí... estoy aquí-susurró acariciando sus cabellos notando que estaba débil por semanas sin tomar ni una gota de sangre, el fuerzo, las emociones de la noche, la caída...

-¡Lestat! -se prendió de mi cuerpo en un abrazo desesperado-. Estás aquí- temblaba notablemente-. Yo sabía que era mentira -gruesas lágrimas sanguinolentas manchaban aún más su rostro y mi ropa-. Oh mon cher... no pude detenerlo, él se fue... -hablaba de Quinn sin saber nada sobre su muerte- Fue culpa mía, no pude detenerlo... y Claudia... -tembló aún más, aunque parecía increíble que pudiese hacerlo de forma tan intensa-. Creí que moriría si tú no volvías más.

Un golpe súbito contra mi rostro me hizo despertar saliendo de la cama. Louis estaba a mi lado desnudo, aunque las lágrimas cubrían parcialmente su rostro y su cuello, cuando miré hacia la derecha, de donde provenía la bofetada, vi el delicado rostro de Tarquin contemplándome.

-He hecho algo para Mona, pero no estoy seguro si a ella le agradará. Verás, he pensado que podría regalarle...-no dejé que pudiese terminar pues me abalancé sobre él.

Ambos caímos al suelo mientras yo desnudaba su cuerpo, pellizcaba sus extremidades y añadía también pellizcos al mío. Era real. No estaba soñando. Tarquin estaba vivo ante mí hablando de Mona como si nada hubiese pasado. Mi hermanito se apartó intentando recomponer lo que quedaba de su ropa mientras yo estallaba en carcajadas.

-¡Estás vivo! ¡Debemos de celebrarlo!-grité despertando a Louis que nos miró con el ceño fruncido, él también parecía confuso de ver a nuestro hermanito allí con nosotros.

Pocos días después supe que todo fue una confabulación de Nicolas, Claudia y Oncle Julien. El último, sin duda, era el más fuerte de los tres y quien más disfrutó jugando con el dolor de ambos. Era simplemente una diversión de aquellos que una vez estuvieron entre los vivos y formaron parte de nuestra vida o de la historia de nuestras familias.  

martes, 12 de marzo de 2013

Lo imposible - parte 10 - III


Parte 10 - III


Marius me había estado siguiendo el paso de forma sumamente cautelosa. Seguramente temía que volviese a quedar enredado en algún tremendo lío y ésta vez terminara más que apuñalado. Si bien, cuando se aproximó a mí lo hizo saliendo de su escondite mostrando toda su fuerza. Sus manos se colocaron sobre mis hombros como los de un ángel que busca darle consuelo a un pobre idiota.

-Maestro- así lo llamaba pese a los años que habían pasado, él siempre sería mi maestro. Me giré al ver sus manos apoyadas sobre mis hombros que parecían más estrechos, débiles y casi hundidos. Miré sus ojos profundamente antes de girarme hacia los restos que se hallaban frente a mí.
-¿Debería? Tal vez... ¿Crees que funcionaría?

Movió su cabeza en una lenta negación provocando que sus cabellos rubios en color pajizo, como el vino joven de las uvas blancas o la harina de maíz, cobraran cierta vida. Sus ojos de color gélidos bordearon mi figura y apretó suavemente mis hombros. Sabía que deseaba asentir, pero tuvo que ser sensato.

-No, Lestat- dijo abrumándome con su voz tomada por los hechos que tenía ante él-. Ellos así lo han decidido y ha sido su voluntad. Nada podemos hacer. Aún si les ofrecemos nuestra sangre ten por seguro que volverán a hacerlo, tarde o temprano- apretó de nuevo mis hombros y yo creí que me desvanecería.

En ese momento rompí a llorar golpeando el altar donde las llamas habían acabado con Tarquin y Mona. Se habían llevado a dos criaturas que amaba, de igual modo que se llevaron a Merrick una vez. Mis lágrimas se agolpaban con fuerza en mi ojos y un lamento amargo rasgaba mi garganta. Me sentía culpable, pues hasta que no me involucré con ella todo estaba bien, o al menos en calma.

Se agachó ligeramente para palmear mi espalda intentando dar consuelo. Si bien, nunca le agradó la forma en la que siempre me comportaba, no podía ser tan cruel como para dejarme ahí sin palabras que suavizaran el dolor.

-Son cosas que no podemos evitar... anda ponte de pie y demos a ambos una merecida sepultura, volvamos a la mansión que ahí te espera tu amante y la madre de vuestro futuro hijo. Y aunque suene cruel, míralo por el lado amable, la joven bruja ya no va a atormentarte.

-Marius... es mi culpa- respondí negando mientras me abrazaba a mí mismo deseando que estuviese allí mi madre, aunque el consuelo sería igual de cruel y nefasto. Recordar que Mona ya no estaba y que Quinn no volvería a buscar su apoyo me desesperaba.

Los ojos de gato enmarcados en una piel suave, como la de un niño, con una boca bien encajada llena de sonrisas amargas. Ese joven taciturno que esperaba un milagro cada día, fuese cual fuese, se había evaporado del mismo modo que la radiante, libre, caprichosa, sensual y altiva bruja que convertí en hija. Siempre me recordó en parte a Claudia por los caprichos que tenía, un tanto a mí porque no tenía límites y un poco a toda la sociedad corrupta que siempre te llamaba con cantos de sirena. Nunca tuvo nada bueno en su vida y lo poco que tenía no sabía cuidarlo. En el fondo de mi corazón sabía que fue un consuelo para ella encontrarse con él en medio de las llamas.

-No es momento de buscar culpables -declaró-. Lo hecho está hecho, si bien no hay forma de retroceder el tiempo y por ello hay que afrontar la realidad. Llórarles todo lo que quieras, pero vive tú por ellos - se adelantó unos pasos frente a mí.

Marius con sumo cuidado comenzó a recoger los restos y las cenizas. Sabía que estaba demasiado abatido para tocar los frágiles huesos que sólo con un par de toques se volvían polvo. Buscó con su severa y apacible mirada cualquier recipiente que pudiese usarse por urnas. Cerca del altar había un par de recipientes metálicos, los cuales tenían cierto parecido a una urna convencional aunque posiblemente era donde se guardaban las ostias consagradas y algunos útiles de misa.

Sus largos dedos manchados de hollín tocaron el frío metal, lo llevó contra sí como si los abrazara y comenzó a guardar con cuidado cada pedazo de ellos. De mi buen amigo no quedaba nada, salvo un colgante que llevaba con un camafeo que quedó casi destrozado. No sabía si era de su tía o Petronia, su creadora, se lo había ofrecido. Rompí en un llano más amargo cuando vi como caía en el pequeño recipiente, y aún más cuando metió en otro una hebilla del pelo, la cual solía sujetar algunos mechones rebeldes de hermoso cabello de Mona. Mi alma se rompía a pedazos y sentí un dolor punzante en mi corazón. Deseé reconstruir sus cuerpos y darles sangre.

-Hay que darles entierro y dadas las circunstancias deben enterarse sus allegados. El hijo de Tarquin, sus empleados, su tío, el hombre que está aún ahí fuera esperando que su amado pupilo aparezca, su creadora y el resto de inmortales que le llegaron a amar, respetar y sobre todo desear a su lado aunque fuese por unas horas.

-Lo correcto es esparcirlas por el Santuario- en ese momento sentí una agobiante sensación. Petronia lo sabía, seguramente ya lo sabía. Uno siempre tiene corazonadas cuando una de tus creaciones, más o menos apreciadas, muere-. Hay que buscar a Petronia y decirle la verdad... sólo porque ella lo creó.

Siempre hablaba de su creador como mujer, pues como hembra se sentía más fuerte y de ese modo quería verse frente a Arion. Era el corazón de una hembra el que se entregó al vampiro de color café, ojos almendrados y piel suave. Ella fue tachada de monstruo al tener ambos sexos, pero siempre demostró ser más amazona que esclavo, más mujer abnegada a un arte cuasi divino que un artesano paciente, una mujer llena de placer y amor para ofrecer únicamente al hombre que veneraba y que ante otros mostraba una coraza, aunque sabía que quería a Tarquin su manera porque todo padre ama a sus hijos a su modo.

-Ya habrá tiempo para eso, primero lo primero- comentó con ambos contenedores de ceniza en sus regazos -. Vamos al Santuario y luego daremos el aviso -sostuvo las urnas con una mano y extendió la otra para ayudarme a ponerme en pie-. Yo me haré cargo de comunicarlo si tú no te sientes en condiciones, pues sé la historia gracias a Louis.

-Louis ¿está bien?-pregunté mirándolo con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas-. Tienes que decirle a Rowan... dieu... Nash- me incorporé dejando atrás al maestro, para correr hacia donde se hallaba el mortal.

Aquel hombre amaba a Tarquín más allá de un hijo, lo amaba como un amante y ahí estaba arrojado en la hierba cerca de la vía y a la vista de todos como un maldito borracho o un mendigo. Tomé entre sus brazos su cuerpo maltrecho, casi sin energía, y pedí disculpas por todo, aunque no pudiese escucharme, para luego volar con él lo más rápido hacia Blackwood Farm.

Marius se desplazó hacia la mansión Mayfair, allí Rowan esperaba el regreso de Mona, así como de Tarquin, intentando no pensar en todo lo malo que podía haber ocurrido. Supe más tarde que prácticamente tuvo que ser tomada en brazos por Michael, el cual la miró preocupado deseando romper a llorar. La chiquilla que tantos estragos hizo en su vida, a quien cuidaron como una hija, había desaparecido junto al muchacho que tanto la amó.

No tomaron la urna, decidieron que ambos descansaran juntos. El funeral se haría al día siguiente, para que así todos los que los amaron pudiesen asistir. Mientras yo recostaba en la vieja habitación de tía Queen a Nash. Poseía una expresión intranquila y balbuceaba su nombre. Me pregunté cuántos años estuvo esperando una simple sonrisa que le diese la vida entera, un hombre que sin duda se desvivía por el hijo que Quinn tenía con Jasmine y por su tío. Él ya no lo hacía por su difunta amiga, sino por las implicaciones sentimentales que tenía hacia su muchacho.

Nadie en la casa sintió mi presencia, todos dormían menos Tommy que terminaba un trabajo para la escuela en el portátil que mi hermanito le había regalado hacía unos meses. El chico estaba ensimismado. Cuando pasé por su habitación estaba terminando unas gráficas y se felicitaba así mismo por lo bien que estaba acabando, incluso deseaba mostrarle al que consideraba casi un padre, a Quinn, como estaba quedando.

Jasmine estaba en el cuarto que había sido de Pops, su hijo dormía abrazado a ella abrazado a un oso de peluche algo viejo, el cual supuse que podía ser de Tarquin. Tenía trece años ya, era muy alto para su edad pero tan dulce y frágil como su padre. Debió pensarse el morir sólo por su hijo, pero él no era capaz de concebir un mundo sin Mona.

El resto estaban en las otras habitaciones en los demás edificios de la mansión. No había huéspedes ya, pues no había habitaciones libres. Así que simplemente tras hacer el breve recorrido me fui hacia la sala donde se hallaba una pequeña sala. Allí se reunían mucho junto al fuego, leían libros y divagaban. Tenía en mi poder su camafeo y cuando lo miraba me echaba a llorar.

-Debes lanzarte, eres el culpable- escuché la voz de Nicolas sintiendo sus labios fríos acariciando mi mejilla-. Debes hacerlo y lo sabes.

Les-tot -mencionó Jasmine la cual, posiblemente, se había despertado debido a mis sollozos y lamentos- ¿Ocurre algo?

¿Qué podía decirle? Una mujer como ella no lo comprendería, no lo aceptaría. Tenía casi cincuenta años, pero estaba tan radiante como cuando la conocí. Era sin duda un bombón de chocolate, tan dulce y atractiva. Sus cabellos rizados en tono dorado le daban una imagen atractiva, igual que su bata medio cerrada.

Me incorporé negando intentando ir hacia la fuerte presencia que se acercaba. No podía decir nada, nada de nada. Cuando Marius apareció me abracé a él y murmuró cerca de mi oreja derecha lo que había hecho.

-He entregado las cenizas de Mona a sus tíos... -mencionó con voz suave intentando no perturbarme.  

domingo, 10 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10 - II


Parte 10 - II - Llamas en la iglesia.

Aceptó la poderosa sangre del maestro. A pesar de sus discusiones ambos tenían cierto respeto, amor y sobre todo admiración. David quedó frente a ambos negando con la cabeza hasta que habló. -No has aprendido nada, nada... ¿a caso no te enseñó nada tu aventura con Merrick? Jamás aprendes de los errores ajenos hasta que te hundes.-miró a su amigo separando su boca de la muñeca ajena y le espetó- ¡Rowan dijo quererme!-gritó

- Y tú te creíste que su amor estaba por encima de su orgullo... brillante, sin duda.

Tras varios segundos reorganizando mi mente me aparté de Marius y David. Ambos estaban allí para ayudarme cuando ya perdí la esperanza. No sabía que responder, sólo estaba demasiado herido en mi orgullo.

-Te mereces todo lo que te pasa por inconsciente- pronunció David mirándome con cierta severidad-. Lestat, tus impulsos siempre nos causan problemas.

-Señores no estamos aquí para discutir -nos regañó mi maestro-. Es urgente que te cures y volvamos a la mansión. Louis tu amante parece al borde de un colapso que aunque bien trató de ocultar ante nosotros me di cuenta- hizo un inciso tomándome del rostro para que lo viera-. La mujer que lleva una criatura vuestra en su vientre estaba en camino. Basta de absurdas peleas, ya lo haremos cuando todos estemos reunidos- en ese momento tuvo un impulso y me agarró entre sus brazos- ¿David puedes volar?

David únicamente asintió sacando sus manos de los bolsillos para alzarse por los aires. Sabía que se había sentido ridículo, casi como un niño estúpido, al haberme regañado frente a Marius cuando en esos momentos lo importante era regresar pronto a mi propiedad. De igual modo, yo también me sentí absurdo por creer que Rowan me tomaría entre sus brazos, besaría mi frente y me acomodaría sobre sus senos mientras me juraba amor eterno.

-Necesito que encuentren a mi madre, no sé que pueden hacerle a ella también... están locas... y luego esos malditos fantasmas... ¡malditos todos!

Los tres viajamos por los aires, aunque me aferraba a Marius porque aún temía que no estuviese del todo recuperado. Temía por Quinn, él era un idiota y haría cualquier cosa por Mona igual que yo lo había hecho por Rowan. Ambos éramos unos estúpidos engreídos por un amor barato. Sentía los poderosos brazos del maestro rodeándome como aquella vez, pegándome a su torso y dejando que su fragancia se pegara a mis cabellos. Lo sentía como un padre en busca de su hijo, un muchacho huérfano de toda esperanza que acababa encontrando el camino de regreso al hogar. Yo era la oveja negra que regresaba al rebaño, el hijo pródigo... un cordero sumido en sus pensamientos llenos de dolor y furia.

-¿Cómo van tus heridas? -preguntó en un tono serio mientras descendíamos.

Una vez en el suelo abrió mi chaqueta, desabotonó la el chaleco y abrió con violencia la camisa. Ya no había cicatriz visible, pero había perdido mucha sangre y estaba algo aturdido. Acarició mi rostro con rapidez y mis cabellos, besó mi frente como lo haría un padre y después me golpeó duramente. David observaba todo largamente esperando su turno, si bien lo único que hizo fue dejar en mi hombro derecho una de sus manos.

Me dejé caer entonces de rodillas. Toqué con mis propias manos el pavimento y juré venganza. Habían pasado varias semanas sin consumir sangre y eso me pasaba factura ahora. Estaba mareado, pues eso es lo que vio Marius en mí tras asegurarse que estaba bien, o al menos en condiciones.
Si bien, me incorporé porque quería ver a Louis. No lo sentía cerca y eso me preocupó. Cuando fui a buscar a Quinn, al menos sentirlo, tampoco estaba mi hermanito.

-¡Marius!-grité agarrándolo del brazo-. Marius, no están... ellos no están.

-¿Qué dices? -frunció el ceño y buscó la presencia de ambos vampiros, localizando a Quinn a casi nada de llegar con los Mayfair y a Louis no muy lejos de ahí-. Están por First Street ¡Han ido de donde nos hemos quitado!

-Marius... necesitamos un plan-dije agarrándolo de los brazos-. Esas brujas son peligrosas, no cesarán hasta quitarme todo lo que amo ¿no lo ves? -

David colocó de nuevo sus manos sobre mis hombros y me agarró con firmeza, hizo que me girara y sin pensarlo ni un segundo me abofeteó con rudeza.

-¿Por qué?- me quejé.

-No es hora de comportarse como una mujer desquiciada ¿no crees?-intervino acomodando su chaqueta mientras se giraba para ir a por Louis él mismo, pero me alcé a duras penas y lo siguí. El héroe era él y no David.

Noté la impaciencia de Marius en el aire, pues se convirtió de sentimiento a llamaradas. Usó conmigo el don del fuego quemando un tronco frente a ambos. Me miró rudamente cuando me giré esperando respuesta por sus acciones.

-El neófito ya está con la bruja, no podemos hacer nada. Lestat será mejor que te quedes en la mansión, porque no estás en condiciones de ir por Louis. Ah, y ni te atrevas a contradecirme porque esta vez aplicaré el fuego en ti ¿de acuerdo?-sus brazos estaban lacios a ambos lados de su cuerpo, pero se veía tenso a pesar que intentaba parecer de mármol.

-¡Maldita sea!-odiaba las reglas, odiaba que Marius se impusiera y odiaba que tuviese razón. Odiaba todo. Bajé y miré a David con cierta ira-. No toques lo que es mío, no toques lo mío -los celos me podían, o más bien me quemaban más que el fuego de Marius.

-Te preocupas por nimiedades – me reprendió al comprender que estaba celoso-. Cuidaré que David no intente nada - dijo sólo para tranquilizarme como si fuese un niño-. Te aconsejo que te alimentes porque esto será sólo el inicio -sin una palabra más alzó el vuelo.

Acepté el consejo a regañadientes y terminé caminando hacia el pantano cercano. Siempre había alguno que otro cazador furtivo. La carne de cocodrilo, así como su piel, y también sus dientes eran muy apreciados. Allí cacé un par de pobres diablos que caminaban despistados. No sentí dolor por ello, no había pena, pues eran los cocodrilos o yo. Morirían de todas formas.

Esperé unos minutos pacientemente en la casa, la cual estaba vacía y llena de daños en las obras de arte que tanto amé, pero finalmente me levanté del sofá, acomodé mis cabellos y tomé ropa limpia dejando la que llevaba arrojada por el suelo. Eché a correr hasta la puerta y me alcé buscando a Mona.

Buscaba en unos y en otros su imagen, su rostro dulce y aniñado. Deseaba preguntarle porque. Sabía que no estaba en la mansión por una corazonada. La había despreciado, seguramente aunque tuviese a Tarquin a su lado no se sentiría dichosa y era posible que saliese a caminar. Caminar despeja, y más para un alma libre.

Tras más de media hora buscándola la hallé en una de las calles más antiguas de la ciudad, la cual aún no había sido reconstruida en su totalidad tras el desastre de hacía algunos años. Había una iglesia completamente arruinada, la cual daba cobijo en ocasiones a drogodependientes y mendigos. Dentro había trozos de vidrieras en el suelo, los bancos embotados y algunos trotos en mil pedazos, había una vieja imagen en su altar y la cruz estaba descolgada. La mesa donde se consagraba las ostias y se brindaba con el cuerpo de cristo era de piedra, tan pesada que era imposible de mover.

Merodeando aquel lugar estaba Nash vestido de forma impecable. Tenía a Mona del brazo preguntándole por su alumno y también por ella. Parecía que en sus ojos no había calma y tampoco en su mente. Se sentía completamente perdido, dolido y muy asustado. Tenía los ojos llenos de lágrimas que parecían querer salir. La preocupación le invadía hasta hacerle perder la cabeza. Aquel hombre tenía una corazonada y sabía que ésta podía hacerle demasiado daño.

Hacía varios días que Tarquín no respondía mis correos y aunque había cambiado su vivienda ni siquiera estaba en ella, al menos eso me habían logrado decir algunos de sus nuevos y carismáticos amigos. Por ello, decidí caminar por la ciudad cada día buscándolo incansablemente. Sabía que él me necesitaba, algo me decía que mi entrañable muchacho necesitaba de mi ayuda. Y sin embargo, no fue a él quien halle.

-Mona ¿no crees que es demasiado tarde para que estés en un lugar como éste? Mona, ¿dónde está Tarquin? ¿Qué haces aquí? La ciudad se vuelve insegura para una joven como tú en las noches ¿por qué no regresas a casa? si lo deseas puedo acompañarte -siempre tan amable, incluso con la mujer que le había arrebatado cualquier esperanza.

Nash se había enamorado de su alumno nada más verlo. Al tenerlo entre sus brazos, poder acariciar sus cabellos y escuchar sus dulces palabras llenas de gentileza se rindió. Deseó ser el hombre que él buscaba, la persona que le diera todos los caprichos cediendo a cualquier cosa, y sin embargo lo único que era, y sin duda alguna, un pobre idiota.

No comprendía porqué la seguía, pero quizás fue para cerciorarme que no cometiese locura alguna. Mona era una chica desequilibrada que siempre se comportaba de forma caprichosa, en ocasiones me recordaba a Claudia por como manipulaba a todos, pero sobre todo a mi hermanito. Me quedé en un segundo plano al ver como Nash intentaba dialogar ¿qué hacer?... pensé que de momento mejor guardar silencio.

Mona estaba apilado con afán maderas que parecían secas, al menos la mayoría, y algunas telas que aún quedaban de las cortinas de la sacristía. Un par de biblias, varios libretos de canto, y una vieja guitarra destrozada cayeron también con el resto. Comprendí que estaba haciendo y porque lo hacía. En sus ojos no había esperanza y sabía que aunque yo se las diera ella las escupiría. Mona había deseado siempre morir como Ophelia, por ello añadió flores de plástico a todo aquel altar que sin duda era una pira funeraria.

Tomé a Nash del brazo y lo llevé fuera intentando apaciguar su preocupación. Hice que me abrazara y él me rodeó deseando que todo pasase, que Tarquin apareciera con su gentil sonrisa y le hiciese feliz únicamente escuchando sus historias increíbles. Perforé su cuello dejándolo inconsciente y lo recosté en la calle, cerca de las pequeñas tumbas que había alrededor de la iglesia.

Corrí dentro esperando que no lo hubiese hecho aún, quería hablar con ella por si lograba un milagro. Y la vi, allí vestida con aquel vestido azul y con sus lazos sobre sus cabellos tan rojos como la sangre... la vi más hermosa que nunca.

-Mona, antes que hagas nada quiero que sepas que te quiero y que de igual modo te ama Quinn- susurré de forma que únicamente ella lo escuchase, pues temía que incluso inconsciente Nash se percatara de todo.

Tarquin apareció corriendo por la avenida a una velocidad que únicamente un vampiro podía tener, sus ojos estaban desencajados y cuando cruzó la puerta noté que las llamas se prendían. Quise gritar pero el miedo me paralizó y lo siguiente que vi fue a ambos abrazándose, besándose y dejándose consumir por las llamas. Ella y él, juntos al fin en la eternidad más desastrosa. Me lamenté horriblemente, grité con todas mis fuerzas y corrí a buscar algunas cortinas que me ayudasen a apagar las llamas.

Viejas ropas, un mantel para la homilía y tierra... pero nada sirvió. Sus cuerpo estaban abrazados, la cabeza de Tarquin estaba apoyada en la frente de Mona y de ella no quedaba ya casi nada, ni siquiera un mechón de sus hermosos cabellos. Su vestido estaba casi consumido, pero no así sus hermosos zapatos, los cuales parecían haber sobrevivido gracias a que las llamas no afectaron demasiado sus pies. Mi buen amigo era casi huesos negros, tan negros como la noche. Tuve miedo de tocarlos, ya que podían terminar siendo cenizas, y mis lágrimas se agolparon en mis ojos. Y varias preguntas surgieron: ¿debía intentar salvarlos? ¿debía intentar dejar que se perdieran? Rowan jamás me lo perdonaría.

sábado, 9 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10


Parte 10 - I - Rosas en la nieve


Salí al jardín escuchando los jarrones estrellarse contra las baldosas, el parquet e incluso como aporreaba el piano con furia. No me intimidaba aquella mujer encerrada en cuerpo de niña, pues seguía siendo mi damita y pese a saber que sólo estaba su alma allí con nosotros para hacernos sufrir, pese a eso, no la creía capaz de dañar a otro que no fuese a mí o a Louis.

Mael estaba allí con aquel individuo alto, fuerte, firme y sosegado. Tenía una mirada limpia que me perturbaba y un mentón muy masculino. Sus brazos rodeaban los hombros de Mael mientras éste parecía estar situado frente a la mansión observándola con suspicacia.

-Sesudo ¿a caso haces reforma hoy?-preguntó con una ligera mueca sarcástica.

-Corremos peligro, pues incluso a ti puedo decir que te aprecio a mi manera y todos los que aprecio corren serio riesgo ésta noche- él guardó silencio, pero así su compañero.

-¿Necesita ayuda?-su voz oscura me provocó escalofríos, pero aquella sonrisa sincera me alivió.

-Sólo cuiden que Tarquin no salga de su habitación, sólo eso.

Ambos asintieron caminando hacia el interior, quizás quedándose en la estancia del gran hall o posiblemente se sentarían cerca de la puerta del joven vampiro que tanto apreciaba. No lo sé, porque realmente tampoco me dediqué a investigar si realmente lo harían. Por un momento tuve fe en Mael y en su acompañante, quizás debido a la desesperación.

Hubiese dado cualquier cosa por tener a Khayman, Thorne, Las Gemelas y Jesse junto a nosotros. Si bien, ellos habían decidido alejarse de los mortales y vivir una vida más tranquila. Jesse seguía comunicándose con nosotros muy seguido. La joven pelirroja era peligrosa por los conocimientos que albergaba, pero sin duda no era la clase de peligros que podía dañarnos como en esos momentos. También hubiese dado cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, porque Merrick siguiese con nosotros.

Me alcé por los aires estirando mis brazos y viajé lo más rápido que pude hasta donde se hallaba Louis. Tenía miedo por encontrarlo lloroso y casi a punto de perder la cordura. Nicolas rondaba siempre las habitaciones donde él se hallaba, a veces susurraba en su oído palabras crueles y otras eran sólo el murmullo de sus risas que criticaban cada uno de sus discursos.

No quise decirle nada al llegar allí, tan sólo lo tomé entre mis brazos y lo arrastré hasta la salida. Pronto estaría el sol fuera y no era sensato estar allí. Me alcé por los cielos con él pegado a mi pecho, envuelto en la sábana y mantas que allí había podido ofrecerle, y con la mirada llena de temores.

Mis labios no se movieron en todo el camino, era como si no quisiese decir que había ocurrido en aquel frío jardín. Pues, sabía bien que él no comprendería del todo hasta que punto me afectaba la situación. No deseaba ser cruel ni tener la mirada llena de odio. Mi mundo, el mundo que teníamos, había vuelto a cambiar y tendríamos que ser más fuertes que nunca.

Al llegar noté como Mael y Avicus se disipaban marchándose de la vivienda. Quizás deseaban deshacerse del peligro o quizás iban a buscar ayuda, en esos momentos no me pregunté el motivo y aún hoy no lo hago. Fuese cual fuese no me importó, pues lo único importante realmente era que mi hermanito seguía en la mansión a salvo.

Una vez en nuestra alcoba, cuando ya él descansaba sobre la cama, confesé todo lo que me había callado. Sentí que mi cuerpo se desmoronaba y desplomaba fuertemente contra la chimenea. Pues, desde que supe que Rowan logró el milagro de engendrar un hijo mío en sus entrañas, desde ese momento, me sentí mucho más afortunado.

-Rowan se ha quedado a mi hijo... me ha quitado a mi hijo. Todo por culpa de Mona.

Louis se había incorporado para verme bien e incluso levantó su mano para tocarme el rostro, si bien sus celos salieron a flote destellando con fuerza. Frunció el ceño y torció los labios para escupir su veneno.

- ¿Te duele más incluso si yo te hiciera lo mismo con el nuestro?

-Nadie ha dicho eso-respondí sentándome frente al fuego, como la vez anterior que habíamos discutido, intentando sacarme los cristales que estaban ahora incrustados entre los músculos-. Si seguía con la boda todo se acababa entre Rowan y yo, incluso me quitó el niño, esa fue su presión. Pero también hay algo más, Mona ni siquiera ha mirado a nuestro hermanito-me giré y lo miré serio intentando no hundirme-. Me duele toda la situación. Me duelen tus celos, me duele que ella crea que miento, me duele que Mona no entienda y me duele perder a un hijo-hice un inciso para lograr énfasis en mis siguientes palabras mientras sacaba un trozo de cristal bastante filoso-. Pero nadie me dice que tengo que hacer... nadie.

-No sé que decir... -apartó su mirada avergonzándose de su reacción sentándose en la cama porque parecía que las piernas le temblaron-. Puedo decirte que no te quedes de brazos cruzados y pelees por ese hijo... pero no sé que tan de temer sean esas brujas -se levantó de la cama y se acercó sigilosamente hasta mí. Cuando estuvo cerca, como a menos de un metro, notó entonces las heridas de mis pies y se asustó. Pude ver la sorpresa de su rostro notando las heridas en mis pies, se asustó pero supo controlarse arrodillándose frente a mí y ayudarme a sacar los cristales-. Lestat... -levantó la mirada hacia mí- temo más por ti, por tu cordura y fuerza pues ésto te esta sobrepasando... -lamió la sangre que vertían mis heridas para limpiarlas y espero a que estas cerraran.

Guardé silencio mientras mis heridas se reparaban y dejé escapar un par de lágrimas antes de girarme hacia la leña. Avivé el fuego y apoyé mis brazos sobre mis rodillas.

-No puedo hacer nada... Rowan es demasiado fuerte y si me enfrento a ella también puede salir dañada. Es la madre de mi hijo y no quiero que crezca sin una... tal vez el niño termina teniendo suerte.

Deseaba pensar que aunque yo no estuviese a su lado eso no importaba. Michael podía ser un buen padre de mi hijo, pero no era yo. Por mucho que intentase pensar que estaría mejor sin mí había mil argumentos en mi contra. Lestan era tan sólo un bebé que a penas balbuceaba y que llenaba mis chaquetas de sus pequeñas babas mientras tiraba de mi colgante predilecto.

El primer día que lo cargué recuerdo haberme quedado embelesado ante sus ojos azules. Sus labios pequeños y sus mejillas sonrosadas tenían una belleza sublime, reconocí la nariz de mi madre y el aroma de la inocencia en sus ropas así como la suavidad de Rowan en su pequeña piel. Deseaba cargarlo durante horas conversando con él sobre temas que no comprendería hasta al menos alcanzar los veinte años, sin embargo el sueño le venció y parecía satisfecho por estar con su padre. Ella estaba fascinada por mi comportamiento con el pequeño, la cual parecía cada vez mayor alejándose de su juventud. Rowan en unos años parecería también mi madre, no sólo la madre de nuestro hijo. Ella no sería eterna, pero no quería torturarla con el Don Oscuro. Deseaba ser mortal, tener una vida digna y plena. Nuestro hijo había nacido con cierta sensibilidad a la luz, pero podía caminar bajo el sol no como yo, y en lo restante era un brujo con cierto potencial y nada más.

Louis escuchó en silencio mis palabras y pude sentir que algo se quebró en él, se puso de pie y besó mi frente inclinándose levemente hacia mí.

- Tal vez no sea lo mismo pero aunque lo haya dicho movido por la ira, y el dolor, jamás te quitaré a nuestro hijo ni el derecho de verlo -se alejó casi arrastrando los pies. Él no soportaba verme de esa forma y no quería que lo viese derrumbarse de nuevo- ¿Por qué no intentas descansar?

-Quinn está hecho polvo por mi culpa, no veré a mi hijo por mi culpa y tú has sufrido por mi culpa... tal vez Nicolas tiene razón y debí ser yo quien muriese en una hoguera-era lo que solía escuchar entre los quejidos de los violines.

Nicolas se alzaba retumbando en cada muro de la vivienda, resonaba en las vigas de madera y bailoteaba sobre el fuego, para terminar susurrando en mis oídos las palabras más crueles que pudiesen ofrecerse. Estaba perturbado, lo sabía, y por ello jamás hacía caso a sus intentos por verme muerto. Él quería que regresara a su lado, me hundiera en la eternidad de una forma distinta, y finalmente llorara como un maldito idiota.

Louis no tardó demasiado en regresar corriendo hacia mí, abrazándome y besándome de forma frenética. Sin embargo, acabó agarrándome de las solapas de la camisa mal colocada que aún llevaba y tiró de mí alzándome para que lo viera a los ojos.

-¡No vuelvas a decir eso! ¡Qué si me haces daño, no es nada que no pueda sanar! ¡Tírame, engáñame, rómpeme y haz lo que quieras y aquí seguiré! ¡Pero tú no te derrumbes, no es el fin del mundo ni estás solo!

-¡Louis me odian muchas personas que creí que me amaban!-grité deshaciéndose de su agarre-. He perdido un hijo y a saber si el nuestro no está en peligro- no deseaba decirle la verdad, pero parecía no entenderla. Me incorporé y lo abracé acariciando sus cabellos-. Habrá que traer a la mujer a casa, atenderlas nosotros mismos y vigilar... quizás tenga que llamar a David y Marius para que queden permanentemente con nosotros. Necesitamos ayuda.

David era imposible de localizar en ocasiones, pero al menos las nuevas tecnologías habían logrado que ambos pudiésemos cartearnos por correo electrónico gracias a Internet instalado en nuestra telefonía móvil. Marius era más extraño, pero siempre podía buscarlo con el don de la mente aunque en ocasiones rondaba New Orleans con la excusa que su pupilo estaba con nosotros.

-Mon cher... -se mordió el labio inferior antes de hablar-. Renuncio a la boda...-su voz pendía de un hilo muy fino. Parecía que iba a romper en un llanto amargo-. No puedo pretender ser feliz si estás sufriendo por ésto. Además es sólo un capricho, no quiero que por ese capricho te quiten a tu hijo...-realmente no era un capricho ni para él ni para mí, aunque lo mío era más mi orgullo aplastado que una muestra de afecto. Aquello que en un principio surgió como un deseo de demostrar cuánto le amaba terminó por ser algo por lo cual no rendirme-. Tú mismo me lo has dicho muchas veces y es una tontería -una lágrima rodó por su mejilla apartándose para ir a la pequeña mesilla que usábamos para el correo convencional.

Allí solíamos sentarnos a narrar nuestras aventuras, y desventuras, mientras la noche se volvía más intensa. Se sentó en la silla y se aproximó bien a la mesa. Intentó tomar la pose más cómoda para algo que sería incómodo, doloroso y triste. Sus lágrimas no dejaban de brotar mientras tomaba un folio del primer cajón junto a un sobre. Allí, con cuidado, comenzó a escribir a toda velocidad para luego morderse el pulgar de la diestra y colocar su huella a modo de sello. Dobló la hoja cuando acabó, la metió dentro del sobre y me la entregó con el ceño ligeramente fruncido.

-Ten, llévalo con Rowan... tal vez ésto ayude a que puedas ver al niño.

Él había deseado aquello desde hacía muchos años. Siempre había dejado claro que quería una relación estable y segura, algo que le dijera que era cierto que estaría a su lado. Si bien, cerré únicamente los ojos unos instantes y me levanté para abrazarlo.

-Louis... no es lo que deseas-dije en murmullos secando sus lágrimas-. Tú no deseas eso, tú quieres casarte y he comprendido que jamás te he dado algo que realmente desearas.

-No importan ya mis deseos -hizo un esfuerzo por sonreír-. Mon cher lleva esta carta, en ella renuncio a nuestra boda y puse mi sangre para que sea verídica. Ve... no deseo verte así, ve.

-Eso no cambiará nada Louis- respondí serio mirando el sobre-. Es Mona la que desea tener algo conmigo y por ello se lo ha contado a Rowan. Ellas pueden hacer lo que deseen pero intentan controlarme, controlarte y a la vez hundir todo lo que queremos. Mira como está Quinn... sólo mira como lo ha dejado -lo tomé por los brazos y miré fijamente a sus ojos-. Iré a ver a Mona, tal vez pueda convencerla de algún modo... cuida a Quinn e intenta contactar con David y que éste a su vez busque a Marius. Quizás necesitemos de algunos inmortales más, como mi madre, pero de momento creo que con los consejos de ambos podremos idear algún plan para mostrar que la culpable es Mona- esperaba que él entendiese que esperaba hacer, si bien, tan sólo teníamos tres horas para conseguir detener aquella locura-. Siempre consigue lo que quiere y ya estoy harto.

-D'accord -respondió no muy convencido-. Me quedaré con Quinn y haré lo demás -se apartó lentamente-. Ten cuidado -nuevamente la angustia volvía a invadirlo y podía ver en sus ojos ese temor que le asfixiaba.

Tomé a Louis del brazo para llevarlo junto a nuestro hermanito, el cual se hallaba recostado en la cama en la misma posición en la cual lo dejé. Sus enormes ojos azules tenían un deje lastimero que me taladraba el alma. Mi corazón se conmovía y deseaba que ese ser destrozado volviese a la vida.

Louis entró en la habitación dando grandes zancadas y se acomodó en la cama mirándolo con la misma ternura que usaría una madre. Sus manos temblaban al verlo y él parecía no reconocerlo, más bien parecía sumergido en sus pensamientos.

- Oh, Quinn... -le acarició los cabellos de forma fraternal, casi como una madre preocupada por su hijo.

Mientras él se conmovía yo puse en marcha el plan. Me alejé de la habitación para conversar con la mujer que llevaba a nuestro hijo en su vientre. Expuse mi preocupación, así como le comenté que había ciertas personas que deseaban dañar todo lo que amaba. Rogué que viniese a nuestro hogar, nosotros la atenderíamos en todo momento y también procuraríamos que nada le pasase. Tras convencerla mandé varios mensajes a unos amigos inmortales, eran muchachos que a penas tenían una década con nosotros en éste camino a veces tortuoso. Expliqué rápidamente lo ocurrido y aceptaron ser los guardianes de Rose, la mujer en cuestión, y de mi hijo.

Suspiré pesado mientras caminaba de un lado a otro por el pasillo y cuando miré hacia la puerta vi a Louis allí sumergido en preocupaciones.

-En unas horas vendrá la madre de nuestro hijo, la custodia desde hace varias semanas un par de vampiros jóvenes que conocí hace más de tres años. Ellos son muy similares a nuestro amigo, muy leales y agradables -aunque ellos no tenían tanto dinero como nuestro acompañante, sólo eran pobres diablos que buscaban tener algo de sabiduría y dinero -. Vendrán con ella, déjales pasar y ofrece algún lugar para que descansen... ella no sabe lo que somos, piensa que únicamente somos fotofóbicos... ni sé como ha creído tal cosa - me apartó para dirigirme al aseo, necesitaba darme una ducha, vestirme correctamente e ir donde estaba Mona para encararla.

Las tres horas se redujeron a dos de forma drástica. Fue bastante complejo deshacerme de todo lo que tenía encima, pues el barro además de la sangre reseca se añadía el sudor de la noche pasada. Cuando salí lo hice con uno de mis mejores trajes y a una velocidad que podía ser pasmosa. La mansión no estaba muy lejos, casi podía verse si me alzaba bastante en el jardín.

Mona se encontraba en la casa Mayfair junto a sus tíos, además de Lestan que parecía desconocer qué ocurría. Pude sentir su presencia en el piso superior, muy posiblemente dormido en su pequeña cuna de madera rodeado de peluches y almohadones. Mona estaba abajo, junto a Michael, sentada en uno de los sofá de cuero, pero noté que Rowan estaba intranquila caminando por la habitación apretando sus manos.

En mi llegada pude notar que Michael se levantaba y rogaba a su esposa que se calmase. Pude escuchar sus suaves palabras apelando a su raciocinio. Si bien, ella se construía y destruía constantemente.

Vestía uno de mis impecables trajes de diseñador, poseía un corte moderno pero a la vez clásico. Iba sin corbata y con camisa de seda negra. El traje era blanco impecable y realzaba mi moreno a causa del sol que una vez bañó mi cuerpo, aún poseía ese tostado que me hacía parecer un joven surfista. Mis cabellos dorados estaban peinados, pero si bien aún parecía más la melena de un león. Llamé a casa de los Mayfair con la carta de Louis, la entregaría pero no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer. Cerró bien mi mente y puse mi rostro más enigmático, serio y ceñudo esperando que abrieran.

-¡Abran!-grité-. ¡Quiero ver a Mona!-volví a golpear la puerta que no derrumbé por cortesía.

Rowan fumaba. Detestaba que fumase porque daba el pecho al niño. Había dejado de fumar mucho antes de saber que estaba embarazada, lo hizo porque se sentía plena y feliz a mi lado, si bien aquella noche la vi con un cigarro en sus labios. Michael la dejó ir de entre sus brazos mientras ella apagaba el cigarro en un cenicero cercano.

-Ve arriba con el niño, Michael- besó a su esposo, el cual obedeció de inmediato e intercambió un par de miradas con Mona.

Miraba a todos desde la puerta de cristal transparente. Ellas me veían y seguramente sabían que estaba dispuesto a todo. Se aproximaron a la puerta de la entrada, para luego ver como Rowan se adelantaba a abrir la puerta.

-Por favor, pasa- respondió fríamente dejando a Mona ocultarse entre las sombras de la casa.

Entré dentro entregando el sobre a Rowan y la miré fijamente. Quería ver a la mujer que amaba, no a la bruja que detestaba. Ella nunca fue brusca conmigo en ese modo, me hería verla así conmigo.

-Espero que ésto te haga feliz, pues al menos que alguien lo sea ¿no es así? Aún así siempre me dijeron que el amor significaba ver feliz a la otra persona y no hacerlo un desdichado... felicidades.

Sostuvo el sobre entre sus manos sin abrirlo, parecía no querer ver su contenido de momento. Con un ademán me hizo que la siguiera, pero aún así me pidió que la acompañara y lo hizo con la voz tomada por el dolor y la frialdad.

-Por favor acompañame, este no es lugar para hablar -volteó lentamente sobre su mismo eje caminando por el pasillo en penumbras hasta la biblioteca, situándose en el que fuera el escritorio de Julien décadas atrás-. Por favor, toma asiento -señalizó con la diestra hacia una de las sillas en el escritorio-. Espero no te importe las penumbras, la casa Mayfair se aprecia mejor así -se sentó en aquella silla.

Era una silla hermosa, tenía unos detalles increíbles y me hubiese gustado acariciarlos de no estar en plena crisis. Bajo sus pies había una hermosa alfombra que parecía persa, pero no estaba seguro, y estaba a juego con las cortinas. El escritorio estaba recogido, pero había un abrecartas que parecía dispuesto a usarse. Un inmenso retrato de Julien Mayfair presidía la sala, el cual parecía vigilar desde allí.

-Adelante, te escucho.

-Louis ha decidido rechazar nuestro compromiso, pues sabe que no deseo ser infeliz. Si me quitas el poder ver a ese hijo lo seré, aunque tenga uno con Louis no quita que quiera a Lestan- dije cruzando las piernas de forma masculina, mientras se acomodaba de forma cómoda, observándola sin pestañear-. Louis hace ésto por mí, aunque yo no estoy de acuerdo. Él ha sufrido durante años y pensé que hacerle feliz no iba a causar éstos problemas. Las bodas siguen sin agradarme, pero quería recompensar a mi amante desde hacía siglos con algo que siempre deseó. Él sabe que siempre seré un conquistador, un hombre dado a tener otros amantes y ciertos cortejos que me hacen feliz, libre y sobre todo me ofrecen placer... él me ama aún así y nunca me ha rogado nada -la miraba a los ojos sin perder detalle de éstos mientras hablaba-. Eso no quita que te quiera, que quiera a nuestro hijo y que sea verdad todo lo que he dicho éstos años. Tampoco quita mi falta, si bien Mona me engañó diciéndome que Louis me era infiel, provocando constantemente hasta que cedí y cuando decidí que estaba mal por Louis, por Quinn, por ti y por mí decidió que debía vengarse -solté un hondo suspiro y dejé que una lágrima se escapara pese a querer parecer entero-. Maldita sea... ¿a caso me crees tan ruin para dañarte a propósito? Soy un ser impulsivo demonios... pero jamás te haría daño a posta.

Observó en silencio mis facciones y escuchó con atención todo lo que decía. Tomó el puñal, el cual era un elegante abrecartas, y lo esgrimió para abrir el sobre sacando el contenido. Leyó brevemente las líneas de trazo rápido, pero elegante, que Louis le obsequió y después cerró ésta dejándola sobre la mesa.

-Estoy embarazada -rompió el silencio que reinaba provocando que mi corazón latiera aceleradamente-. Lo confirme ésta mañana, nuevamente es tuyo, sin embargo no pido que te hagas cargo ni de Lestan ni él. Pueden vivir solamente de los intereses del legado Mayfair o si lo prefiero de la fortuna dejada por Ash, a su vez lamento la triste noticia acerca de vuestro desenlace trágico hasta cierto punto. Cabe aclarar que Mona es así, siempre lo ha sido. Se inmiscuyó en mi matrimonio, no la culpo por ello pues me ausente por razones de fuerza mayor. Pero la cuestión aquí es ¿qué deseas que haga con ello? ¿Darle solución? Dime por favor, que ésto me tiene ahora sumamente preocupada -su expresión fría hasta ahora se había transformado en una mezcla de tristeza y dolor la cual se veía claramente a través de sus orbes grises. Si bien, no era lo único. La expresión de sus labios al hablar era también melancólicos.

-Necesito que la metas en razón, lo necesito- respondí aún abrumado-. No quiero nada serio con ella, absolutamente nada. Yo estaba bien teniéndote tan sólo a ti y a Louis. Estaba bien soportando los celos de ambos y mis conquistas sin ir más allá de varias palabras ardientes. ¡Estaba bien!-grité moviendo mis cabellos dorados cuando me moví con furia-. Estaba bien sintiendo que al menos estaba realizando lo correcto... tienes a Michael que te cuida, algo que no puedo hacer porque no sé como hacerlo contigo, y nos veíamos cuando podíamos. Estaba bien viendo a nuestro hijo y me hace sentir orgulloso que vayamos a tener otro... pero demonios... demonios Rowan... mi hermanito se está apagando por culpa de esa niña estúpida, ha roto lo que tanto amaba y tanta seguridad me daba... ¿por qué? ¿eso la hace feliz? Maldita sea Rowan... sólo quiero mi vida de antes- lo último fue un ruego.

-Oh Lestat yo... -se levantó de la silla llevando ambas manos a su pecho-. No pensé que Mona llegase a tanto... -respondió con tristeza frágil y vulnerable ante mí-. Ahora temo por mí y Michael...

-¿Qué quiere de mí?-pregunté incorporándome para tomarla por la cintura pues sentía que podía desfallecer-. ¿Por qué hace todo ésto? ¿Qué puedo hacer para que pare? Dime, Rowan- ella se acurrucó en el hueco que mis brazos formaban y dejó que me estremeciera.

-Lestat...-susurró suavemente con aquel timbre confidencial entre ambos.

Acaricié sus cabellos con ternura y desesperación. Temía que perdiera lo que llevaba en su vientre y también que mi hijo sufriera. Debía volver a ponerme el traje de héroe, luchar contra Mona y sus estúpidos deseos, porque ellos me necesitaban.

-Dime que quiere esa maldita desgraciada... dime que quiere.

Se apartó de mí con suavidad observándome mientras Mona se situaba detrás. No me había percatado de ella porque parecía tan hermosa, tan débil, tan mía y sobre todo tan ella. Quería desnudar sus hombros y besarlos, del mismo modo que sus párpados y mejillas.

-Mona es una Mayfair- sentenció- Y como una Mayfair debemos protegernos entre nosotros, somos un clan querido sin embargo no siempre se puede salir bien librados -susurró contra mis labios tomando aquella daga con la que abrió el sobre. No comprendía que quería decir, pero deseaba besarla y retenerla de nuevo entre mis brazos. Moría por tener su peso contra mi cuerpo y llevarla lejos de todo lo que sucedía en esa casa. Mía, únicamente mía. Era mi dulce Rowan. Mi mano derecha se alzó apartando el mechón rubio que caía sobre su rostro. Se había dejado el cabello largo y cada vez lo tenía más hermoso. Siempre me pareció una mujer francamente fascinante.

-No nacimos humanos.. -susurró Mona asestando una puñalada en mi espalda que me hizo chillar.

-Nacimos Mayfair- respondió Rowan haciendo lo mismo, clavando aquella daga en su corazón apartándose de mí con suavidad-. Y como tales debemos protegernos sin importar nada... -respondió observando lo que había hecho. Mi fino traje blanco se había teñido por un rojo intenso, parecía como si las rosas más sublimes surgieran de mi pecho-. Perdona Lestat te amo, sin embargo estoy cansada de ser tú última opción...

Jamás pensé que Rowan pudiese ser así, un terrible dolor embargó mi pecho y no fue únicamente por las dagas. Creí en ella hasta el final, inclusive estuve a punto de rogar que huyera antes que Mona hiciese algo más. Caí al suelo escupiendo sangre intentando huir de allí sin dañarlas, sólo porque hacer daño a Mona sería destruir a Quinn y dañar a Rowan sería destruirme a mí.

-¡Yo te amaba!-grité furioso provocando que los espejos, cristales y jarrones de la estancia, como los de toda la casa explotaran cortando a las brujas con ellos.

No era un vampiro común, era el mejor de todos aunque fuese un pobre idiota... y ante todo un Lioncourt. Los Lioncourt jamás se rinden. Por mucho que pises a uno de ellos se levantan antes que el suelo le tome cariño. Me levanté tambaleándome para saltar por la ventana e intentar huir sanando a duras penas, pues no había consumido sangre en algo más de un mes.

-¡No se olviden que soy un Lioncourt! ¡Y nosotros nunca olvidamos!-grité a sabiendas que allá donde fuese ellas me perseguirían.

Nicolas apareció frente a mí comenzando a tocar las notas que únicamente tocaría un músico en un funeral. Sus cabellos estaban perfectamente peinados y el gabán que llevaba era sin duda uno que yo mismo le había comprado, el pañuelo rojo era de seda azul y lo había adquirido en París, así como las hebillas de sus botines eran claramente las que limpiaba con cuidado y cariño cuando era un mortal. Él era un hombre que se hundía en la oscuridad, pero yo era su luz. Recordé como mil veces besé su frente, sus cabellos, su mandíbula y sus labios rogando que tocara para mí y como él sonreía cansado levantándose para ofrecerme mi capricho. Durante unos segundos me vi en la habitación que compartimos y ninguna de las brujas estaba allí.

Me tiré por la ventana hiriéndome con los cristales, aunque tomé parte de la cortina para poder amortiguar los cortes. Nicolas me siguió alzándose por los aires, flotando en ellos, mientras yo me retorcía por el jardín deseando alzar el vuelo.

-¿Ves? Nadie te ama realmente... nadie- susurró sin mover sus labios soltando una temible e increíble carcajada.

-¡Hijo de puta!-grité intentando apartarme de él para lograr alzarme por los cielos.

Justo cuando creí que moriría arrastrándome por la nieve, cayendo de nuevo al suelo y alzándome para volver a caer, vi las telas rojas de la gabardina de Marius. Aquel imponente vampiro estaba allí, había venido a buscarme. Louis realmente lo había logrado. David le acompañaba impecable, con sus cabellos acomodados perfectamente y su gabardina caqui atada a la cintura. Las solapas estaban alzadas, sus botones bien acomodadas, y sus manos en los bolsillos. Mi maestro, si bien, tenía su abrigo abierto y dejaba ver el jersey negro con cuello de cisne.

-¡Lestat! -me acomodó en sus brazos mirándome con cierta preocupación, igual que si fuese mi padre-. ¡Pero qué te han hecho! -no dudó en morderse la muñeca y ofrecerme su sangre-. Bebe.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt