Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



viernes, 26 de diciembre de 2014

Noche de Paz

Quinn y los villancicos, los villancicos y Quinn... y un litro de lágrimas. 

Lestat de Lioncourt 


He derramado miles de lágrimas en cada Navidad que he pasado en la distancia. Me he ocultado como si fuera un monstruo cobarde, pero aún así recuerdo las brillantes luces y las cálidas canciones. Aún puedo recordar lo agradable que era sentarme en el sillón de orejas, muy próximo a la chimenea, mientras abría el libreto de canciones. No muy lejos los huéspedes agradecían a Jasmine y su familia las atenciones, dulces y la amabilidad intrínseca en aquellas agradables sonrisas típicas de mujeres fuertes, hermosas y llenas de luz. Las escasas fiestas que pasé con Nash, frente a frente, fueron perfectas. Él me hablaba de canciones, poemas desconocidos y viejos clásicos de la literatura. Creo que era el único que comprendía el extraño sentimiento que germinaba en mi corazón cuando Noche de Paz sonaba.

Desde pequeño he llorado emocionado ante la belleza de los villancicos. Jamás he podido contener mis lágrimas. Me embarga una emotividad imposible de controlar. Recuerdo vivamente como Sweet Heart, mi abuela, me sostenía en brazos y besaba mis mejillas mientras Pops aplaudía entusiasmado. Nadie en Blackwood Farm desperdiciaba los eventos navideños. Los huéspedes disfrutaban de nuestra compañía y nosotros de ellos. Los primos lejanos, los parientes más cercanos y un sinfín de amigos nos acompañaban en la cena. Lo mejor era los interminables brindis, las alegres canciones y las ovaciones que siempre se llevaba el pavo que encabezaba la lista de delicias que encabezaba la opípara cena.

No importaban los regalos. Creo que jamás me detuve a preguntarme si eran buenos o malos. Los libros me parecían importantes, en consecuencia eran siempre aceptados con una enorme sonrisa. Los juguetes eran escasos, aunque me parecían pequeñas obras de arte. Mi abuelo prefería regalarme juegos educativos, artesanos y con una laboriosidad indescriptible. Recuerdo un trenecito de madera con una cuerda de la cual tirabas para arrastrarlo, de ese modo se movía y mostraba su colorido con una belleza asombrosa. La ropa hecha a mano era sin duda peculiarmente adorable. No me importaba el color. Lo importante era el detalle, la calidez que emanaba no sólo de las fibras y tejidos con las cuales estaban confeccionadas.

Extraño todo eso. Echo de menos el pasearme por los pasillos abarrotados de caras nuevas y viejos conocidos. Abrazarme a unos y a otros, besar sus mejillas y cantar con ellos era un ritual que ya no puedo hacer. La única navidad que viví como vampiro fue un horror. Tuve que contener mis lágrimas sanguinolentas, alejarme de más de uno y huir. En el jardín, abrazado a mí mismo, miré las profundas aguas oscuras del pantano y me pregunté si me ahogaba en ellas por cada lágrima que no podía mostrar libremente. Un nudo extraño se formó en mi garganta y quise llorar amargamente. Tras tantos años lejos era duro regresar y no poder vivir esas entrañables fechas como acostumbraba.

Las estrellas brillaban con fuerza ese día. Pensé en Mona, su amor y su sonrisa desgastada. Me hundí en la miseria. Recé por mi alma corrupta y por su recuperación. Rogué un milagro, pero no ocurrió nada. Así que tan sólo canté a viva voz Noche de Paz dejando que mi alma se liberara al fin.


Navidad... nunca ha sonado tan terrible y dolorosa en mi boca esa celebración de amor y paz.  

sábado, 14 de junio de 2014

Entrevista con "el Duende" de Blackwood Manor

De nuevo regresan las entrevistas de David y ésta vez le tocó a Goblin. ¿Habrá dicho algo? ¿Lograremos saber algo más?

Lestat de Lioncourt 


Durante semanas había estado dudando de su cordura. Sin embargo, acabó aceptando que algo en él no se completaría jamás si no lograba una respuesta firme. Quería contactar con ella y si no era posible, pues a veces los muertos no desean hablar, lo haría con él, la persona que ayudó a descansar. Alterar la paz de los muertos tenía duras consecuencias, sin embargo no se detendría.

La noche anterior había pedido a uno de sus hombres de confianza, de esos jóvenes que él había salvado de sí mismos, para que comprara una pequeña tabla de madera de olmo o roble. Deseaba que estuviera lisa, sin inscripciones, así como le rogó que comprara ciertos punzones para poder tallar en ella. David sabía construir Ouijas desde muy joven, las había usado para contactar con muertos y demonios. El juego no era sencillo y a veces tenía resultados ciertamente desagradables. Tentar a la suerte no era más que danzar con el diablo en su propio terreno.

Cuando tuvo los materiales en su poder se encerró en el garaje de la mansión donde Louis solía descansar. No era tan fastuosa como la nueva vivienda de Lestat, pues sólo era una pequeña mansión perdida cerca de los pantanos, con el zumbido típico de los insectos y el olor, en ocasiones, desagradable de las aguas que allí quedaban estancadas.

Durante horas estuvo perfeccionando el tablero, dándole los detalles oportunos, para que la llamada fuera perfecta. No debía olvidarse siquiera una letra, una forma de respuesta rápida y los números. Todo estaba colocado y dispuesto como debía. Al terminar su obra la contempló con cierta fascinación y sensación de peligro. Después, cuando se hubo recuperado del pequeño esfuerzo, fue a su despacho tomando la carpeta que había robado de Talamasca, algunas anotaciones, una fotografía de Merrick y una grabadora.

Sí, quería contactar con Merrick a toda costa.

Cuando regresó al garaje lo vio a él, apoyado en el viejo Mercedes de ruedas desgastadas, con su semblante serio y el ceño fruncido. Louis era maravilloso en sus proporciones, poseía unos pómulos marcados, unos labios carnosos y unos ojos profundos del mismo color que los de ella. Siempre que lograba detenerse cinco minutos para verlo, aunque fuera de pasada, sentía la fuerza que emanaba de su interior como si fuese un gigantesco, y grotesco, animal salvaje a punto de caer sobre su presa. La camisa de blanco y pulcro algodón estaba bien planchada, con todos sus botones cerrados, y hacía resaltar su chaleco verde prado, con estampados en tono cacería, y sus pantalones de vestir negros. El cabello caía ondulado, algo encrespado, pero con la frente limpia. No parecía feliz, pero tampoco disgustado.

—¿Dónde vas?—aquella pregunta le sorprendió, pues jamás solía interesarse demasiado por sus asuntos.

—Necesito hablar con ella—respondió apretando el asa del maletín que contenía todo, absolutamente todo. La Ouija estaba en uno de los compartimentos, junto a las anotaciones, la grabadora y documentación.

—¿Para qué? Está muerta. Deja a los muertos en paz—su ceño se frunció mientras su cabeza se ladeaba hacia la derecha—. ¿No has aprendido nada? David, deberías ser más sensato. ¿Dónde está el hombre que yo conocía?

—Aquí, frente a ti, completamente abrumado y desesperado. Necesito saber que pasó con...

—Con el gran amor de tu vida—finiquitó aquella frase apartándose del vehículo—. Yo también la amé, lo sabes, y creo que fue a la última cosa que amé antes de ser lo que soy. No quiero decir que no te ame, pero ella se llevó mi pasión.

—También la mía—respondió rápidamente—. Deja que me marche.

—No te lo estoy impidiendo, pero te aviso que los muertos no tienen siempre respuestas agradables—susurró echando a caminar, con bastante elegancia, hacia la puerta de acceso a la vivienda—. Éxito en tu empresa... mi querido David.

Había sido el director de la orden de detectives de lo paranormal llamada Talamasca, la cual existía desde los tiempos de los templarios. Ella era su discípula, su mejor alumna, su amante y su compañera de secretos. La había cuidado desde que era una muchacha enclenque, con las piernas delgadas y los huesos de los hombros marcados. Tenía el rostro de una muñeca de porcelana, el cabello negro y espeso, su piel tostada y unos ojos llenos de secretos. La amó con aquel vestido de flores, descalza y desesperada por saber la inquietante verdad de los amigos del más allá que la llamaban. Una Mayfair desgraciada, sin dinero ni fama. Era de los Mayfair negros, no de los ricos que vivían de forma pomposa y alarmante tras las verjas de First Street o la Calle Amelia.

David se envalentonó y mientras sacaba el vehículo del garaje suspiró, las ruedas chirriaron y conectó la radio. El canal de jazz empezó a envolver el silencio. Sintió como ella estaba detrás, aunque era una sensación absurda ya que ella había desaparecido sin dejar rastro alguno. No, su Merrick no volvería jamás. Aquello era perder el tiempo, seguro, pero aún así quería intentarlo una vez más. Las manos blancas, tan frías como el hielo, acariciaban el volante mientras las luces de los faros del vehículo iluminaban el camino hasta Blackwood Manor.

Tarquin Blackwood no se encontraba en la propiedad, lo sabía bien, pero sabía que si rogaba a los habitantes de la mansión, como a veces hacía, quizás le dejaban estar en el cementerio. Optaría por decir el nombre de su antigua orden, alegar que deseaba asegurarse que las cosas se habían hecho correctamente y las almas no sufrían, para poder acceder al cementerio que había en la propiedad.

Nada más llegar iluminó la fachada las luces del vehículo, provocando que Jasmine apareciera en la puerta. Vestía una bata rosa, mal anudada pues se veía su camisón blanco, y unas zapatillas de felpa que parecían cómodas. Su elegante figura quedaba reducida a la de una mujer somnolienta, que posiblemente estaba en la cocina tomando un aperitivo nocturno y pensando en dónde podía estar Tarquin, Mona, Tommy y Nash. Ahora esos cuatro eran vampiros, y tres de ellos estaban ligados a una misma estirpe.

—¿Quién es?—preguntó.

—Soy amigo de Lestat—dijo bajando del vehículo—. También soy miembro de Talamasca. Seguro que recuerda a mi organización—comentó caminando hacia ella.

—Sí, sí que la recuerdo. Usted es de esos detectives de lo oculto, como la señorita que estuvo aquí ayudando a Quinn y ese viejo chiflado que a veces le acompañaba—tomó aire y lo soltó rápidamente, pues se encontraba algo incómoda—. ¿Qué desea?

—Inspeccionar el cementerio. Mi compañera perdió aquí la vida, cosa que estoy seguro que desconocía, y su cadáver, así como espero que también su alma, descansan en el cementerio de Saint Louis—aquello la conmocionó, pues como él decía desconocía por completo que había ocurrido con Merrick—. Ella fue mi pareja durante años. Mi vida y su vida estaban ligadas. Aunque parezco joven, pues no debe echarme más de treinta, soy algo mayor—la voz de David se volvió susurros, la gravilla dejó de sonar y él quedó a poca distancia de la mujer—. Por favor.

—Sé que Quinn ya no es el mismo muchacho que me sedujo, me llevó a su habitación y me hizo concebir a mi único hijo. No lo es—dijo en confidencia—. Es algo atemporal. No ha envejecido y tampoco Mona. Ese milagro... He visto el libro que habla de él, de ella, de ese amigo suyo y de ciertos misterios. No he querido seguir leyendo porque me he asustado y he sentido que he convivido con un monstruo. ¿Lo he hecho?—preguntó abrazándose a sí misma—. ¿El padre de mi hijo es un monstruo?

—Monstruo es aquel que no ama y ni ha amado. Él ama y amó, sigue amando y amará—respondió—. No puedo desvelar mayor misterio que lo narrado en los párrafos de ese libro, aunque son algunos más y si los consigue, cosa que posiblemente ocurra, no sabrá siquiera un tercio de la verdad.

—Algo me dice que no es humano y usted tampoco—eso hizo que el rostro de David se animara unos segundos, pero también se llenara de preocupación con una mirada asustadiza.

—Fui humano. Tuve otra apariencia—explicó brevemente—. Era un anciano cuando conocí a Lestat, pero mi alma se desprendió de mi cuerpo porque un ladrón me lo robó. Ese ladrón era un antiguo miembro de la orden, la misma a la cual consagré mi juventud y mi vida por completo. Cuando pude recuperar el aliento era joven, tenía éste cuerpo y unos ojos radicalmente distintos. Me convertí en un hombre de tez morena, ojos cafés y pelo negro sin una cana—la tomó de los brazos para que no se fuera, intentando que no huyera, pues quería hablar con ella con total sinceridad—. Míreme, no soy un monstruo.

—¿Y qué es?—preguntó con nerviosismo.

—Un concepto distinto a lo que puede ser un hombre mortal, pero no soy una bestia demoníaca proveniente de las alcantarillas del infierno—explicó—. Jamás la dañaría.

—El cementerio está por ese sendero, allí encontrará lápidas cuyos nombres se han borrado ya—dijo apartándose para entrar dentro de la vivienda, cerrar con doble vuelta de llave y echar las cortinas.

David guardó silencio mientras los pasos se alejaban, pues escuchaba el murmullo de un padre nuestro y alabanzas a la Virgen María, San Miguel Arcángel y varios santos locales. Aquella vivienda le recordaba a sus propiedades en Inglaterra, alejada de cualquier ruido y llena de campos verdes. Cuando no vivía con sus viejos compañeros, ya que tenía algunos meses de retiro para descansar en cuerpo y alma, iba a las viejas propiedades de su abuelo, las cuales no pisó su padre por discordancias con él. Allí se preparaba un whisky, encendía la chimenea y se sentaba a leer el periódico. Era tan simbólico todo y tan parecido que comprendió porque Tarquin a veces dudaba el marcharse de allí.

El sendero se hizo eterno, aunque no le llevó más de unos minutos. Decidió caminar a velocidad normal para no escandalizar más a la mujer, la cual lo observaba con intriga.

Las almas estaban allí, algunas paseaban con las manos en los bolsillos y otras simplemente observaban su tumba. Eran obreros, viejos guardeses de la finca y algunos niños que habían nacido para morir a temprana edad. Tomó asiento en una de las lápidas, la que aún conservaba cierta oscuridad debido al incendio de hacía más de una década. Colocó la Ouija sobre ella y sacó la pequeña flecha.

Invocó a los espíritus, habló de forma solemne y rezó porque estuvieran tranquilos en aquella conversación. Era un diálogo con una tabla, pero quien movería con cuidado, o quizás no, la flecha de madera sería sin duda alguna Goblin. Él lo estaba invocando con sus poderes, aunque sabía que no debía sentirse rencoroso en ningún momento. Merrick lo había liberado. Quería hablar con ella, pero antes necesitaba saber si él estaba dispuesto a darle datos. Posiblemente no tendría vínculo con el mundo, pero él sí. Ella había decidido morir, él no.

El tablero pronto comenzó a temblar, igual que los guijarros cercanos a la tumba, un aire agradable, algo dulzón, se levantó y el zumbido de los insectos se intensificó. Las ramas, de un olmo cercano, se agitó como si alguien lo intentara tumbar y el roble, el cual estaba situado al principio del cementerio, también se movió como un gigante alzando sus enormes brazos a la nada nocturna.

—¿Estás ahí?—preguntó colocando la flecha sobre el tablero y uno de sus dedos cerca.

La energía traspasó su cuerpo, se agitó, y rápidamente erizó el vello de su nuca. La respuesta no se hizo esperar y con un “Goblin quiere a Quinn”. David tragó saliva y miró el tablero iniciando una nueva pregunta.

—¿Estás tranquilo?—quería saber su estado para continuar.

La respuesta fue un “Sí” y eso hizo que él respirara con menos angustia, aunque los vampiros ya no necesitan de algo tan común para la vida.

—¿Recuerdas a Merrick?—susurró con una leve sonrisa esperando otro sí, pero tuvo algo distinto.

De inmediato la flecha se volvió loca y sólo señaló letra por letra “Quinn peligro” repitiéndolo hasta en tres ocasiones.

—Dime ¿estás con Merrick?—preguntó, pero obtuvo la misma respuesta—. Goblin, ayúdame por favor—murmuró notando entonces a pocos milímetros el rostro difuso, en forma de humo, del joven Garwain Blackwood, conocido por todos como Goblin, tan similar al de su hermano. David no se asombró por ello, pero sí se percató de la expresión de terror—. Goblin...

—Tú no eres Quinn—escuchó su voz en su cerebro, una reproducción exacta a la voz de su hermano—. ¡Quiero a Quinn! ¡Peligro! ¡Goblin quiere a Quinn!

—Lo sé, lo sé—susurró alzando las palmas de sus manos mientras notaba, algo estupefacto, como tomaba forma material—. ¿Podemos hablar?

—Dile que le quiero. Dile que me perdone. Goblin quiere a Quinn. Goblin es Garwain—sus ojos azules, de un tamaño gigantesco y de una expresión algo felina, estaban llenos de lágrimas—. Yo no maté a tía Queen—dijo golpeándose el pecho—. ¡Goblin quiere a Quinn!

—Se lo diré—dijo tomándolo de los brazos, como si fuera un ser de carne y hueso—. ¿Y Merrick?

—¡Dile te amo a Quinn!—en ese momento su expresión se volvió aún más tétrica y temerosa, desapareciendo mientras el viento paraba en seco.

—Sí... Goblin—susurró completamente agotado.

No entendía porque hablaba de peligro, pero había negado el asesinato de la tía de ambos. Era la hermana de su abuelo, una mujer muy interesante y vital. Si él no había sido posiblemente lo habría hecho Rebeca, pero ella había desaparecido tras la muerte de Patsy. Nada tenía sentido. Goblin parecía asustado y alguien se lo había llevado, como si lo arrastrara. David rápidamente sacó la grabadora, comenzó a dejar anotaciones sonoras e intento descifrar los murmullos que se daban aún, como si fueran eco, entre las ramas de los árboles y la brizna de hierba. Si bien, fue imposible y dio por finalizada su visita al cementerio Blackwood.



lunes, 24 de febrero de 2014

La terrible discusión

Bonsoir mes amis

¿Quieren conocer como Mona terminó con David durante un tiempo? ¿Por qué esas eternas discusiones que tengo con ella? ¿El motivo de mi relación con Rowan hoy en día? ¿Por qué Tarquin sigue llorando? Bueno quizás lo último no hace falta porque todos saben como son los Blackwood.


Lean la primera parte de la trilogía.

Lestat de Lioncourt

LA TERRIBLE DISCUSIÓN 

Blackwood Farm se hallaba más silenciosa que nunca. Ni siquiera se escuchaba el crujir de los viejos muebles debido a la humedad reinante. Hacía tan sólo unas semanas que todo había acabado y el desenlace fue fatídico para mí. Llevé a mi editor la última aventura que pensaba escribir, pues estaba cansado de narrar peripecias que parecían que ya no entusiasmaban demasiado. Quería quedarme en silencio que recordaran mis mejores momentos. Y no es que fuera a desaparecer por completo, pues siempre la chispa de la locura anida en los corazones de aquellos que son como yo. Posiblemente mis aventuras proseguirían, como ha ocurrido, pero momentáneamente quería tener un momento para mí y los míos.

Louis y David se hallaban juntos en uno de mis viejos apartamentos de San Francisco. Había adquirido prácticamente un edificio entero y especulado con él, para luego quedarme con la última planta desde donde se podía ver prácticamente toda la ciudad. El ruido de sirenas era imposible de soportar en las plantas más bajas, pero arriba lo único que podías temer era que un pájaro se estrellara contra tu ventana. Según David todo iba bien pese a que su voz se encontraba desecha. Él ya sabía que Merrick no volvería y aún así parecía esperanzado de alzar el teléfono y escuchar su voz. Por eso mismo dejé de llamar para averiguar como estaban ambos. Además el tono frío de Louis era desconcertante.

—Dile que no vuelva a llamar—escuché una vez—. Su caridad no me interesa. ¿Por qué no se la envía por paquetería a la furcia que tanto ama?

Fue doloroso para mí. No tenía lugar donde ir. Me negaba a regresar a mi vieja mansión. Ver los cuadros que Louis había elegido cuidadosamente o los numerosos recuerdos, unos más importantes que otros, allí desperdigados como si no valieran nada, porque ese era el precio que tenían para Louis, me destrozaba.

Aquella noche todos se habían marchado para comprar los preparativos para la fiesta de Halloween y se habían hospedado en uno de los lujosos, céntricos y espectaculares hoteles del centro de la ciudad. La mansión era para nosotros tres. No obstante ni siquiera Tarquin o Mona se hallaban allí. Sólo estaba yo con mis pensamientos esperando que Julien apareciera, pues detestaba escuchar el murmullo del silencio zumbando en mi oreja.

Bajé por la escalera de madera que conectaba las dos plantas, la cual había servido en ocasiones a Virginia Lee para descenderla fuera de sí rogando por sus hijos, y me encaminé al viejo dormitorio de la señorita Lorraine McQueen. Aún recordaba a Tía Queen con aquella bata de seda rosa pastel, sus labios perfectamente pintados, un brillo pizpireto y locuaz en sus ojos, el cabello cano recogido y esos vertiginosos tacones. Una dulce y adorable anciana con una fuerza increíble que terminó muerta sin llevar sus hermosos zapatos de tacón, contra el tocador que siempre amó y por el fantasma que siempre negó ver.

La habitación estaba igual que cuando ella murió. Mi hermanito era un nostálgico y comprendía que guardara los recuerdos, aunque muchos de sus vestidos y tacones fueron a parar a las manos de Mona. También algunos camafeos, pañuelos de seda y sortijas. Jasmine se quedó con el resto de las prendas y los bolsos. Ella era una buena amiga de la familia, por no decir que era parte de ella y estaba vinculada a Blackwood Farm mediante la sangre que llevaba su hijo Jerome. Ese niño era hermoso por su color chocolate y esos ojos enormes y azules como su padre, Tarquin.

En definitiva, había entrado en el nuevo santuario de la casa. La vieja cama con su dosel, su colcha perfectamente acomodada y el aroma de los perfumes diseminado por el aire. Inclusive estaban las viejas zapatillas rosas, muy cómodas y calientes, que nunca usaba. Estar allí sin Tarquin y sin su tía, sin nadie en la casa aparentemente, era sobrecogedor. Acaricié mi levita y miré los camafeos que tenía por botones. ¡Cuánto le habían gustado! Aún en mi mente estaba el eco de aquella conversación sobre libros y camafeos. Ella no sospechó jamás que yo no era ese jovencito al que regañaba y adulaba a la vez, pero creo que en el fondo sabía que las apariencias pueden engañar al ojo humano.

Escuché entonces la puerta principal y unos tacones finos sonando en mi dirección. La puerta se abrió suavemente, pues la había dejado tan sólo encajada, y en la penumbra pude ver su diminuta silueta. Ella deslizó su mano hacia el interruptor y encendió la luz sorprendiéndome como si fuera un ladrón. Su rostro era dulce y aniñado, salpicado de pequeñas pecas y con unos hermosos labios extrañamente seductores.

—Hola Jefecito—dijo entrando en la habitación para acercarse a mí con una leve sonrisa iluminando su rostro.

—Mi querida brujita—respondí tomándola del rostro de inmediato.

Llevaba un vestido extremadamente corto e informal. A penas cubría sus pechos con aquel enorme escote y la espalda estaba al descubierto, aunque tenía el pelo suelto como si fuera una leona y la falda cubría lo justo. Un aspecto extremadamente erótico para mí y para cualquiera que posara sus ojos en ella.

Por el contrario mi vestimenta no era tan informal, aunque sí exótica. Llevaba mi levita favorita, camisa blanca con una corbata violeta y unos pantalones de vestir oscuros que había adquirido recientemente junto a unas botas. Las botas estaban sucias y no me había percatado hasta ese momento, pues bajé mi vista para ver sus pequeños pies en aquellos zapatos elegantes, los cuales le hacía ganar unos centímetros de estatura, y provocaba que sus formas femeninas se realzaran. Juro que intenté controlarme pero fue imposible. Mis ojos quedaron fijos en aquellos hermosos y rellenos pechos, los cuales eran redondos y de pezones rosados. Prácticamente estaban fuera, pues la tela comenzaba a cubrirlos casi en el aro del pezón.

—¿Qué haces aquí tan solo?—murmuró colocando sus manos sobre mi torso para acariciar mi corbata tirando con cuidado, pero haciéndose notar que estaba allí tirando de ella—. Y no sólo estás aquí a solas con tus pensamientos sino que también a oscuras. ¿Juegas a los ladrones, jefecito?

—No...—dije intentando apartarla, pero era imposible.

Mis manos se quedaron fijas en su cintura, acariciando sus caderas y el borde de su vestido. Juro que tenían vida propia. Cada centímetro que tocaba era un paso más hacia el infierno y yo lo sabía, si bien seguía tentando al diablo y provocando una situación dolorosa para ambos. Si seguíamos de ese modo terminaríamos cometiendo una locura.

—No estaba con mis pensamientos—logré decir en un balbuceo antes de sonreír descarado.

Tuvimos un cruce de miradas que me calentó como si hubiesen encendido algún botón interno. Deseé besar su boca atrapándola con una ansiedad atroz. No sé siquiera como controlé mis instintos desenfrenados en ese momento.

—Pues no lo parecía, jefecito—su sonrisa se ensanchó mientras caminaba hacia atrás, sintiendo el tocador golpear mis piernas y provocando que me sentara. Algunos frascos tintinearon y el mueble pareció quejarse—. ¿Qué ocurre? ¿Me tienes miedo?—preguntó rozando sus pechos contra mi torso mientras deslizaba sus manos por mi torso hasta mis caderas, y desde allí subía por mi espalda dejando una excitante sensación.

—Espera, espera... —aquella sonrisa pícara no se iba de mis labios.

No sabía porque hacía aquello otra vez, pero sin duda iba a caer a sus pies como siguiera de ese modo. La alejé para ir hacia el sofá de la habitación, uno tapizado en borgoña como algunos que habían en el salón, y la miré de arriba a bajo.

Tenía ante mí a una mujer seductora, inteligente y extremadamente fuerte. Su cabello caía en cascada rojiza sobre sus hombros, rozando su escote y su espalda. Tenía una cintura diminuta y unas caderas marcadas. Sus piernas eran largas a pesar de su estatura y tenía unos senos turgentes, atractivos y deseables.

—¿Estás temblando?—preguntó acercándose a mí para tomar asiento sobre mis piernas.

Su peso sobre mis muslos fue muy agradable y el aroma que llevaba pegado a su piel, a lirios y dondiegos, me hizo temblar aún más. Sí, estaba temblando. El peor momento, ese que aguardaba inquieto, estaba sucediendo. Podía sentir sus manos jugando con corbata a anudarla y desanudarla. Plegó ligeramente su ceño uniendo sus cejas, frunció sus labios y después se echó a reír. En sus ojos verdes, los cuales eran como un campo de hiedra, me enredaban y contagiaban.

—¿Por qué me haces esto brujita hermosa?—dije olvidando por un momento nuestras discusiones y el deseo de alejarla de mí, por su bien, el de mi hermanito y el mío propio.

—¿Qué te hago?—dijo rozando su sexo contra mi bragueta.

Aquel juego estaba convirtiéndose en una pequeña tortura que saboreaba como si fuera un gran manjar. Mis manos fueron a su cintura y se deslizaron hacia su cadera. Ayudaba a Mona a moverse con un erotismo propio de cualquier Mayfair, pero sobre todo de alguien como ella. Era la belleza del veneno más delicioso. Sabía bien, olía bien y a la vez te mataba pudriéndote cualquier pensamiento racional necesario. Sin duda era la Bella Dona de mi jardín.

—Volverme loco—susurré inclinándome hacia su rostro, el cual se alzó y provocó que nuestros labios se rozaran dejando que mi aliento golpeara el suyo—. Mona... —jadeé al sentir su diestra sobre mi bragueta apretándola suavemente con sus dedos y su zurda acariciando los cabellos de nuca, pues había deslizado su brazo alrededor de mi cuello apoyándolo en mi hombro.

—Jefecito... —el tono de sus palabras era tan erótico como sus pezones duros que se marcaban bajo la tela de su vestido.

—Mona... Mona...—decía aquello moviendo la cabeza de derecha a izquierda como si la regañara. Sin embargo no reprobaba su actitud. Quería tenerla para mí en aquella habitación y que sólo existiéramos nosotros, aquellas cuatro paredes y nuestra ropa revuelta por el suelo.

—¿Sí?—preguntó antes de abandonar varios besos e la comisura de mis labios, mis mejillas y mentón—. Dime.

Mi mano derecha dejó su cadera y viajó sobre sus muslos, acariciando el borde de lentejuelas de aquel traje minúsculo y seductor. No lo he dicho ¿verdad? Era blanco como la espuma del mar. Una Venus salida de la espuma de un mar revuelto. Parecían escamas de una sirena pegadas una a una con sutileza, como si estuviera confeccionado a su medida. Al subir la tela palpé otra, mucho más fina y en forma de triángulo. Era un tanga minúsculo que protegía su pequeña vagina con aquellos escasos cabellos rojizos.

—¿Por qué?—lancé al aire mientras hundía mis dedos en ella perdiendo por un momento la cabeza.

No existía Rowan en esos momentos. El dolor de haberla perdido del mismo modo que había perdido a Louis no me hundía en la miseria, ni me hacía sentir lástima de mí. No había nada que me impidiera sentir a Mona de aquella forma. Sabía que amaba a Tarquin, pero ella parecía decidida a ofrecerme un juego tan deseable como fortuito. Ninguno de los dos habíamos buscado el momento, o al menos yo no lo había hecho.

Ella se rió con una risa tan cristalina que me produjo un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo. Quise abrazarla, pegarla a mí hasta fundirla con mi propia alma y dejarla allí encerrada para siempre. Sus manos, siempre hábiles, quitaron mi cinturón y desabrocharon el primer botón del pantalón. El cierre cedió rápido y mi miembro salió de entre la ropa interior.

—Te quiero brujita, te quiero—dije rozando mis labios con los suyos para atraparlos y besarla con una pasión ardiente.

Podía sentir sus cálidas y pequeñas manos sobre mi sexo. Se movían arriba y abajo mientras la mano izquierda, con suma delicadeza, apretaba mis testículos. Eché la cabeza hacia atrás desde el primer momento, abrí las piernas por inercia y dejé que ella hiciera lo que quisiera. Si bien ella se apartó levantándose para caminar hacia la cama. Sin embargo antes se giró hacia mí con una sonrisa de falsa inocencia, la misma que a veces mostraba para sus víctimas, quitándose mientras la ropa interior para lanzarla a mi cabeza. Cayó sobre mi leonina mata de cabello dorado. Aquel pequeño tanga de color blanco roto y encaje era encantador, olía a ella y quedó entre mis manos mientras lo observaba como si fuera una obra de arte colgada en algún estrafalario museo.

Caminó con elegancia haciendo sonar sus tacones y se recostó en la cama. Si les soy sincero no hay nada más atractivo que una mujer caminando como lo hacía ella. Los tacones son hermosos únicamente si se saben llevar. Ella no sólo sabía llevarlos sino que jugaba con el sonido que iban dejando tras cada pisada.

Cuando se recostó abrió sus piernas mostrándome que ya no tenía frontera alguna entre mis deseos y los suyos. La tela que ocultaba su pequeño tesoro, un mundo con un hermoso monte de venus salpicado por suave vello rojizo, ya no existía y yo podía adentrarme allí con descaro. Sus ojos verdes se clavaron en los míos mientras me incorporaba hacia ella quitándome la levita, arrojándola a un lado, del mismo modo que me arrancaba la corbata y abría mi camisa.

Me llamaba como si fuera una sirena. En realidad tal vez lo era. Ella tenía una influencia sobre los hombres que provocaba que todos cayéramos rendidos a sus pies. En ese momento estaba cayendo a sus pies dejando mi alma en sus manos. Me maldeciría después, cuando tomara consciencia de mi imprudencia. Pero en esos momentos, tan dulces y desesperados, sentí una ternura extraña hacia la criatura que se hallaba postrada en mi cama.

Sus piernas se abrieron mostrando sus perfectos muslos blancos, el vestido se levantó y sus pechos parecían salirse del escote. Sus manos estaban colocadas entorno a su cabeza, jugando con sus dedos entre sus propios mechones y ofreciendo un aspecto similar al de la hermosa Ophelia, pero sin las aguas ni las flores.

—Mi tierna y seductora bruja—murmuré recostándome sobre ella para besar sus labios entreabiertos y húmedos—Mi tierna bruja... mi brujita...

—Jefecito—dijo llevando sus manos a mis hombros mientras me presionaba hacia ella.

Percibí su aroma tan seductor que podría jurar que me enamoré de ella, aunque sabía que ya la amaba como jamás había amado a otra de mis creaciones. La más perfecta y mortífera, sin duda. Mucho más hermosa que Merrick y más fuerte que David. Era increíble, seductora y me provocaba. Tomé un par de mechones de su pecho y lo llevé a mi nariz para oler aquel champú de flores, después hundí mi nariz en su canalillo y terminé bajando los diminutos tirantes que sujetaban la prenda.

Sus senos se descubrieron antojadizamente seductores. Sus pezones estaban duros y el aro rosado les daba un aspecto de pequeños fresones. Pasé la punta de mi lengua alrededor de estos, los besé como si fuera un crimen no hacerlo y mordí bajo el caliente pliegue que hacían estos. Mientras, con descaro, levanté la falda corta de su vestido.

—Jefecito...—jadeó logrando que me endureciera aún más.

Mi sexo se endurecía por la excitación que sentía al verla de ese modo. Notaba como todo mi cuerpo se dejaba llevar por el momento. Me deslicé por su pequeña y moldeada figura, abrí bien sus piernas y observé sus labios abiertos, húmedos y necesitados de mi palpitante miembro. Sin embargo me incliné abriendo con dos dedos, de la mano derecha, sus labios inferiores y introduje mi lengua en su vagina. El delicioso sabor de sus fluidos me taladró el cerebro y comencé a lamer enfervorecido. Pasé mis brazos bajo sus piernas, atraje su cuerpo y comencé a succionar su clítoris, hundir mi lengua en ella y lamer como si se tratara de un dulce y yo un niño. Los gemidos de Mona se convirtieron en quejidos de placer. Sus manos fueron a mis cabellos y empezó a tirar de ellos.

La colcha se arrugaba bajo su cuerpo y su mano izquierda acabó agarrándose al filo de la cama para no caerse. Entonces, como si no pesara, me incorporé y la giré dejándola de lado. Rápidamente me acomodé a su lado, bajé mis pantalones y la penetré agarrándola del cuello con la mano izquierda, prácticamente inmovilizándola, mientras alzaba su pierna con la diestra. Sentía que mi mirada era siniestra y perturbada. Ella sabía como provocarme con sus gemidos y resuellos. Su mano derecha buscó la mía y la apretó para ayudarme a levantar mejor su pierna.

—Brujita... eres toda mía. Al fin eres toda mía—dije entre balbuceos y gruñidos en francés. Mi frente húmeda por el sudor se había pegado a su mejilla y mi nariz estaba pegada a su cabello rojizo. El sudor sanguinolento manchaba las prendas que aún teníamos y la cama.

—¡Jefecito!—gritó pegándose mejor a mí y buscando con su zurda desesperadamente mi rostro, pero lo que encontró fue un mechón de pelo rubio que no dudó en tirar.

Las embestidas que le ofrecía en rudas y apasionadas. Sentía como me atrapaba entre sus músculos, exprimiendo mi sexo duro y cubierto de pequeñas venas, y también escuchaba el seco golpear de mis testículos contra ella. Ella gimió fuerte y violentamente llegando al orgasmo, aquel espectáculo y las sensaciones que me trasmitió su cálida vagina, la cual se humedeció aún más, hizo que llegara pocos segundos después. Me corrí dentro de ella, pero no dejé de penetrarla. El ritmo se volvió lento poco a poco del mismo modo que regresaba a mí el poco juicio que tenía.

Sin embargo no me moví aún. Me abracé a ella jurándole en francés que la amaba. ¿Era mentira si acaso? No, no era mentira ¿adónde iba a ir con las mentiras? ¡A ningún lado! No iba a ningún lado con una mentira. La amaba. Juro por Dios que la amaba. Nunca he dejado de amar a Mona, pero es un amor que raya lo imposible y descarado. Ella ama mucho más a Tarquin y yo estoy condenado con Rowan. El amor puro de Rowan me emborrachaba y embotaba todos mis sentidos. Dejé de besarla sintiéndome terriblemente culpable.

Me aparté de ella incorporándome de la cama y comencé a vestirme. Ella me miró confusa y agitada. No se levantó porque esperaba que no lo hiciera, pero cuando me vio decidido a marcharme no lo dudó. Se levantó como una fiera.

—¡Dónde crees que vas!—gritó—. ¿Qué te crees que soy?

—No está bien—dije casi sin aliento—. Mona por favor...

—¿Y qué está bien para ti? ¡Me has dicho que me amabas!—sus ojos se volvieron tristes y apagados, para después verse esa chispa de odio mientras sollozaba.

¡Dios! ¡Dios mío! ¡Deberían haber visto ese espectáculo! Era horrible y criminal. Era un criminal. Había hecho daño a Mona con mis argucias y la había dañado. Ella me amaba. No había duda en ello. No podía haber duda.

—No dudo de tu amor pero... —quise hablar y no me dejó.

—¡Pero qué!—gritó interrumpiéndome—. ¡Dilo!

—Tú amas a Tarquin. Él es tu noble Abelardo que siempre te cuidará y protegerá. He... —balbuceé llevándome las manos a la cabeza—. He traicionado su confianza. ¡Soy un pésimo amigo! ¡Un amigo terrible! ¡Dios mío castígame!

—¡No me importa Tarquin!—respondió—. Él ya no me quiere a su lado. Tienes el deber de...

—Mona ¿cómo puedes decir semejante locura?—fruncí el ceño y bajé las cejas para acercarme a ella, pero se apartó golpeándome. Me empujó provocando que trastabillara y cayera de espaldas contra el tocador, el cual tembló y cayeron algunos frascos de perfume rompiéndose en el suelo.

—Él no me ama y tú me has usado ¿a caso mentías hace unos momentos?—preguntó y entonces se echó a reír como si estuviera loca—. ¡Ahora lo entiendo!

—¡No entiendes nada!—me acerqué a ella y la tomé por los brazos intentando que me escuchara, pero se revolvía como si fuera una víbora y quisiera inyectar en mí su veneno.

—¡Claro que sí!—dijo con la voz tomada por el forcejeo— ¡Quieres a esa maldita frígida que nunca te dará el sexo que yo te acabo de dar!—gritó alejándose de mí para acercarse a la puerta— ¡Esa maldita desgraciada que después de perder la matriz perdió la poca feminidad y belleza que poseía!—me mostraba su peor cara. Ese hermoso rostro se distorsionaba con aquellos poderosos colmillos que no dudaba en mostrar. Tenía aún los pechos fuera y se movían frenéticamente completamente empapados en sudor—. ¡Esa que te vuelve loco! ¡Esa maldita vieja bruja! ¡La cual ni siquiera te dará sexo! ¡Ni siquiera puede dar hijos!

—¡No hables así de Rowan!—espeté a punto de llorar.

—¡Hablo de ella como me da la maldita gana!—dijo acercándose a mí para gritarme a la cara.

—¡No puedes!—quise atraparla pero se movió rápida y caminó hacia el salón, donde la seguí para seguir discutiendo.

La mesa del comedor aparecía solemne con un enorme jarrón lleno de flores frescas de floristería. La lámpara que colgaba con sus encantadoras lágrimas se veía limpia y hermosa. La luz de la sala estaba prendida desde que bajé para inspeccionar la habitación de tía Queen. Ella se veía magnífica allí entre numerosas miradas silenciosas que surgían de entre los lienzos que se hallaban colgados en los muros. Simplemente magnífica.

—¡No! ¡No! ¡No puedes! ¡No puedes! ¡Claro que puedo! ¡Por supuesto que puedo! ¡Esa maldita desgraciada me quiso matar en varias ocasiones! ¡Tú mismo lo viste! ¡Lo viste Lestat! ¡No te hagas el inocente y olvidadizo conmigo!—se acercó a mí y me golpeó el pecho una y otra vez, con gran parte de su fuerza. Yo intentaba no retroceder y abrazarla, mas era como si quisiera alzar los brazos para tocar el sol y no quemarme.

—¡No tolero que hables así de ella!—decía con lágrimas en los ojos y casi sin aliento. Estaba furioso, dolido, preocupado y triste. Todo estaba convirtiéndose en una discusión terrible. Era la peor que habíamos tenido en meses, por no decir que era la peor que habíamos tenido desde que nos conocíamos.

—¡Y qué hay de mí! ¡Yo que soy! ¡Qué soy!—dijo apartándose para señalarse y tirarse del pelo, dejó las manos enmarcando su rostro y chilló a pleno pulmón.

—Eres... eres mi hija a la cual amo... —musité temeroso de su reacción, la cual no tardó en llegar.

—¡Serás farsante!—me escupió con rabia—. ¡Cerdo descarado! ¡Ojala te pudras maldito hijo de puta! ¡Ni tu madre te soporta! ¡Nadie te quiere y siempre quedas solo! ¡Por eso te quedas solo! ¡Eres insufrible!

—¡Cállate!—dije intentando imponerme.

—¡No!—respondió.

De forma automática, y juro que sin pensar, la abofeteé y tiré contra la mesa bajándome la cremallera. Toda aquella pelea me había excitado de tal modo que había acabado de nuevo con una erección. A veces me sucedía con ella y Tarquin lo sabía, por eso intentaba estar siempre presente. Él no era estúpido. Era conocedor de aquella tensión sexual que ambos nos ofrecíamos con cada mirada, gesto o palabra.

Sin embargo no entré en su vagina, sino en su ano. Abrí bien sus piernas y la penetré con una violencia aún mayor que en la cama. La mesa se desplazó y el jarrón cayó rompiéndose, derramando el agua que contenía y esparciendo las flores. Pronto sus quejas se habían convertido en llantos de placer y peticiones sucias que se elevaban por los altos muros del salón.

—¡Así! ¡Así! ¡Hazme tuya jefecito! ¡Soy tuya! ¡Tuya!—gritó de forma lasciva.

—Eres mi brujita y la única puta que deseo con tanta vehemencia—estallé rompiéndole el vestido y subiendo una de sus piernas a la mesa, dándome así mayor acceso a su vagina. Mi mano derecha la estimulaba hundiendo casi toda la mano en ella, penetrándola con ésta y ofreciéndome el calor húmedo y delicioso que ella emanaba. La izquierda la sostenía tirando de su pelo y pegándola contra la mesa—. ¡Di el nombre de tu dueño! ¡Di quien te posee! ¡Bruja! ¡Di quien te posee!

—¡Tú! ¡Lestat! ¡Tú!—dijo gimiendo como lo haría una prostituta bien entrenada.

La mesa se quejaba por el peso que soportaba y los envistes, pero no se rompió. Ella tenía las manos sobre sus pechos pellizcándose sus pezones y ofreciéndome una mirada sucia por encima de su hombro, pues tenía el rostro girado para verme.

—Eso es. Yo soy tu dueño—murmuré inclinándome para morder y lamer su espalda mientras salía de ella— Ven aquí—dije notando que le resultaba difícil moverse por la excitación pues estaba agitada—. ¡Ven aquí!—grité alargando mi brazo para tomarla del pelo y arrodillarla frente a mí.

Sin importarme nada, ni siquiera su expresión contraída y como había quedado el maquillaje de sus ojos, del cual me percataba en esos momentos, penetré su boca y agarré su cabeza para llenarla con mi miembro. El glande chocaba contra su paladar y sus labios, gruesos y suculentos, intentaban apretarlo mientras lo abarcaban por completo.

—Así, así... mi hermosa brujita... mon amour... cherie.... —jadeaba con la boca seca y los ojos cerrados mientras ella se aferraba a mi pantalón.

Cuando eyaculé lo hice en su boca e hice que se lo tragara. Mi mirada estaba cubierta de una pátina de lujuria, desesperanza y rabia. Al salir de entre sus labios sonrió tomándolo con sus manos. Me quedé con los ojos clavados en su lengua que volvió a serpentear sobre mi sexo. Se llevó entre sus labios mis testículos y los apretó, después hizo lo mismo con el glande y me hizo aferrarme a la mesa. Allí mismo me hizo una gloriosa felación. Rowan jamás me haría algo así, lo sabía.

—¿Y bien? ¿Te quedas conmigo?—preguntó de rodillas después de mi tercera llegada, a la cual prácticamente llegué sin esperma que ofrecerle.

—Tienes a Tarquin—esa respuesta provocó en ella que se levantara y empezara a arrojarme todo lo que tenía a mano.

Chillaba pidiéndome que me fuera y no volviera a Blackwood Farm. Ella me estaba echando sin que mi hermanito supiese algo. Me decía que si volvía le diría todo a Tarquin y se encargaría que Rowan también tuviese conocimiento de todo lo que habíamos hecho, dicho y sentido. Me aparté de ella y salí corriendo.



lunes, 18 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10 - IV


Jasmine no estaba lejos, pues se encontraba situada tan sólo a unos metros después de decidir por su propia cuenta y riesgo investigar los ruidos que se escuchaban en la planta baja. El crepitar del fuego acompañó a su voz asustada.

-¿Mona? -abrió los ojos y sus carnosos labios de chocolate esbozaron una mueca amarga llena de preocupación-. ¿Dónde está Toquín?

Marius se giró para ver a la mujer y no supo que decirle en ese momento. Sabía que él deseaba dar la noticia a todos por igual, pues de ese modo podían consolarse unos a otros. Conocía bien a Marius, inclusive muchos decían que éramos demasiado similares. Después de unos breves segundos donde las ascuas eran las únicas en hablar, así como la desesperación de mi mirada, decidió que volvería a dar por mí la noticia. Rowan ya sabía que Mona no estaba, ahora quedaban los habitantes de Blackwood.

-Por favor haga reunir a todos los de la casa, debo decirles algo.

Corrió entonces a reunir a todos, pues un mal presentimiento tiraba pesadamente de su alterado corazón. Su pequeño la llamó al borde de las escaleras y bajó un par de peldaños mientras abrazaba con firmeza su oso de peluche. El pequeño tenía rasgos muy atractivos, una piel chocolate con leche y unos cabellos que parecían pura seda. Tommy apareció tras él y nosotros salimos de la pequeña biblioteca mientras intentaba recomponerme.

Nash surgió aturdido y a punto de caer, por ello Tommy corrió hacia él rodeándolo por el torso metiendo sus brazos bajo las axilas. Tommy ya era un joven de más de veinte años, una belleza similar a Tarquin y un espíritu terriblemente idéntico.

-¿Están todos? -preguntó.

Mientras tanto, yo no decía nada y tan sólo escuchaba el murmullo de Nicolas abrazándome. Deseé durante varios minutos, y de forma desesperada, lanzarme al fuego. Si bien, recordé las palabras de Louis y aparté al fantasma, para salir corriendo intentando escapar de esos pensamientos y de mi antiguo amante.

Marius se percató de inmediato y no tuvo más opción que soltar la mala noticia de golpe. Escuché sus palabras mientras el aire del pantano cercano golpeaba mi rostro.


-Vuestro amo y señor de esta casa, Tarquin Blackwood... -dudó un poco por la presencia de los más jóvenes, pero no había tiempo que perder-. Ha fallecido junto a su esposa Mona Mayfair... -asentó la urna sobre una mesita donde se solían dejar los canapés y pequeños aperitivos en los días de fiesta-. Éstos son sus restos- añadió solemne-. Si me permiten, debo ir tras su amigo Lestat -entonces, caminó hacia fuera donde me encontraba- ¡Lestat!

Lloraba intentando que Nicolas cesara. Su violín me torturaba así como los versos que surgían de sus labios. Era terrible escuchar sus palabras, absolutamente terrible.

“Pobre de ti, triste de ti, lamentable eres.
Todo lo pierde, quien te ama siempre muere.
Matarás a Louis, porque así lo deseas
porque ésta será tu condena...
¡Tírate primero tú al fuego! ¡Tírate!”

-¡Apártalo de mí Marius!-grité sintiendo las manos suaves y frías de Nicolas sobre mi rostro de forma constante-. ¡Marius! ¡No quiero escucharlo más! ¡No deseo escucharlo más! ¡Hará que termine igual que Quinn!-espeté cayendo de rodillas, mientras los murmullos de Nicolas se volvían aún más incesantes.

Aunque no podía ver al fantasma, y no entendiera muy bien mis palabras, con voz seria y profundamente firme habló.

-Quien quiera que seas deja en paz a Lestat, o yo mismo me encargaré de pedirle a David que te devuelva al cielo o al infierno ¡Lárgate! -gritó eso con tanta fuerza y furia que a cualquiera intimidaría, lentamente se acercó hasta donde me hallaba y me ayudó a levantarme- ¿Ya se fue?

"Recuerda... el fuego purifica"murmuró en mi oído antes de desvanecerse mientras intentaba reunir fuerzas para hablar.

-Nicolas... desde que me instalé en la mansión cercana a la de Quinn han ido apareciendo él, Claudia y otros espectros de vampiros que incluso desconozco... pero creo que es de la troupe que estuvo en el incendio del teatro- me intenté incorporar y caí hasta que por una segunda vez acabé de pie acomodando mis ropas-¿Y Louis? ¿Dónde está Louis?

-Entiendo -asintió levemente a mi información y luego sonrió ladino-. Pensé que ya ni te acordabas de él. Lo encontré muy débil y al parecer alguien lo hirió en la cabeza, porque tenía una mancha de sangre que ni él mismo se había percatado. Pedí a David que se lo llevara mientras te buscaba de nuevo. Se le veía bastante mal, aunque viéndote a ti creo que estás peor- me sostuvo por un brazo-. Volvamos.

-Es mi culpa Marius... y ese maldito fantasma no para de decir que debería tirarme a las llamas- susurré abrazándolo mientras apoyaba su frente contra el pecho de su maestro-. Te juro... que en ésta ocasión intenté hacer lo correcto.

-Ya... -dijo a modo de entender mis palabras y acarició un par de veces mi espalda. Sus manos blancas y de dedos finos me recordaban a las manos de un ángel. Desconocía como pudo ser su hermano, el cual era hijo legítimo de su padre, y eran sus progenitores. Si bien, Marius poseía una belleza europea terrible aunque lo más hermoso de él eran sus ojos y sus manos, al menos para mí así era. Sus manos eran capaces de consolar, señalar para juzgarte o pintar hermosos cuadros a óleo-. Si quieres podemos pedirle a David que se haga cargo de ellos. Según recuerdo sabe cosas de brujería -rodeó mi cuerpo en un breve abrazo casi paternal-. Ni se te ocurra cometer tal cosa, no te lo permitiría ¿serías capaz de causarle más tristeza y dolor a ese pobre hombre que te espera en casa?

-No, Marius... aunque no parezca lógico me hace sentirme extrañamente reconfortado el saber que de algún modo vive. Si bien... me atormenta y en ocasiones es celoso, busca a Louis para atormentarle. Si bien, él no lo escucha. Louis únicamente ve a Claudia debido a nuestro nexo con ella como padres- aseguré-. A veces es peor que un niño, parece querer que todos lo vean pero son escasas las personas que pueden hacerlo-parecía sosegado pero seguía acariciando aquel camafeo con insistencia.

-Entonces soportalo un rato más- respondió con una leve y gentil sonrisa-. Vamos -me apartó sutilmente de su pecho y apresuró- ¿Estás en condiciones de ir a pie o prefieres volar?

-Volar sería más rápido-dije antes de alzarme hacia los cielos notando que estaba más oscuro que antes, señal que el amanecer se acercaba a pasos agigantados.

No dijo entonces ni una palabra más y voló a distancia considerable de mi figura en los cielos. Me vigilaba como un padre habría hecho, pues a ratos así sentía a Marius. Él era más un padre que un amigo, alguien de autoridad al cual jamás escuchaba hasta sentir que ya nada tenía solución. No tardamos demasiado en llegar a la mansión. David se hallaba en el jardín con un libro destrozado en sus manos y que parecía tener piel de cordero en sus tapas, aunque no estaba seguro, pues a penas me fijé en ese detalle.

Descendí acomodando mis cabellos y mirando a David de forma educada, aunque sentía el aliento de Nicolas pegado a mí y mi brazo izquierdo rodeado por los suyos.

-No dejes que me lleve...-susurró apoyando su cabeza en mi hombro mientras se materializaba-. Tú tuviste la culpa... ahora no dejes que me lleve -me miró con ojos llorosos mientras se desvanecía por completo de nuevo. En ese mismo instante salí corriendo hasta el interior para abrazar a Louis.

Subí rápidamente las escaleras sintiendo que mi corazón latía como cuando estaba vivo. Me encontraba alterado, pues me habían dicho que estaba herido y aunque eran heridas sin importancia aún así me preocupaba. Mientras subía escuchaba a Claudia, por ello me detuve para poder averiguar que pretendía.

-Oh, Louis... mi dulce e insufrible Louis... ¿por qué tan solo?- dijo nuestra hija-. ¿Sabías que hoy es luna llena?

-Claudia... no tengo deseos de hablar... -respondió de forma ausente-. Estoy esperando a tu padre -agregó del mismo modo.

Louis se hallaba en nuestra habitación, recostado en la cama con los ojos entrecerrados y los labios sutilmente abiertos murmurando incoherencias. Sus ropas estaban muy sucias debido a la caída, incluso tenía aún hojas entre sus cabellos.

-Tal vez, murió en manos de las Mayfair. Las brujas en luna llena son temibles

-¡No digas eso! -gritó histérico levantándose de la cama y se acercó a su menudo y fantasmal cuerpo de niña- ¡Jamás vuelvas a decirlo! -le imploró desesperado- ¡Claudia!

-Esta muerto... -sonrió esfumándose en el acto.

En ese momento entré agarrándolo con fiereza mientras la maldecía. ¡Cuánto la amaba! ¡Y qué hermosa se veía con su vestido amarillo de gala! ¡Maldita sea! ¡Aún la amaba! Y sin embargo, me quedé allí contemplándola con un gesto de molestia lleno de odio para ella.

-Louis, estoy aquí... estoy aquí-susurró acariciando sus cabellos notando que estaba débil por semanas sin tomar ni una gota de sangre, el fuerzo, las emociones de la noche, la caída...

-¡Lestat! -se prendió de mi cuerpo en un abrazo desesperado-. Estás aquí- temblaba notablemente-. Yo sabía que era mentira -gruesas lágrimas sanguinolentas manchaban aún más su rostro y mi ropa-. Oh mon cher... no pude detenerlo, él se fue... -hablaba de Quinn sin saber nada sobre su muerte- Fue culpa mía, no pude detenerlo... y Claudia... -tembló aún más, aunque parecía increíble que pudiese hacerlo de forma tan intensa-. Creí que moriría si tú no volvías más.

Un golpe súbito contra mi rostro me hizo despertar saliendo de la cama. Louis estaba a mi lado desnudo, aunque las lágrimas cubrían parcialmente su rostro y su cuello, cuando miré hacia la derecha, de donde provenía la bofetada, vi el delicado rostro de Tarquin contemplándome.

-He hecho algo para Mona, pero no estoy seguro si a ella le agradará. Verás, he pensado que podría regalarle...-no dejé que pudiese terminar pues me abalancé sobre él.

Ambos caímos al suelo mientras yo desnudaba su cuerpo, pellizcaba sus extremidades y añadía también pellizcos al mío. Era real. No estaba soñando. Tarquin estaba vivo ante mí hablando de Mona como si nada hubiese pasado. Mi hermanito se apartó intentando recomponer lo que quedaba de su ropa mientras yo estallaba en carcajadas.

-¡Estás vivo! ¡Debemos de celebrarlo!-grité despertando a Louis que nos miró con el ceño fruncido, él también parecía confuso de ver a nuestro hermanito allí con nosotros.

Pocos días después supe que todo fue una confabulación de Nicolas, Claudia y Oncle Julien. El último, sin duda, era el más fuerte de los tres y quien más disfrutó jugando con el dolor de ambos. Era simplemente una diversión de aquellos que una vez estuvieron entre los vivos y formaron parte de nuestra vida o de la historia de nuestras familias.  

martes, 12 de marzo de 2013

Lo imposible - parte 10 - III


Parte 10 - III


Marius me había estado siguiendo el paso de forma sumamente cautelosa. Seguramente temía que volviese a quedar enredado en algún tremendo lío y ésta vez terminara más que apuñalado. Si bien, cuando se aproximó a mí lo hizo saliendo de su escondite mostrando toda su fuerza. Sus manos se colocaron sobre mis hombros como los de un ángel que busca darle consuelo a un pobre idiota.

-Maestro- así lo llamaba pese a los años que habían pasado, él siempre sería mi maestro. Me giré al ver sus manos apoyadas sobre mis hombros que parecían más estrechos, débiles y casi hundidos. Miré sus ojos profundamente antes de girarme hacia los restos que se hallaban frente a mí.
-¿Debería? Tal vez... ¿Crees que funcionaría?

Movió su cabeza en una lenta negación provocando que sus cabellos rubios en color pajizo, como el vino joven de las uvas blancas o la harina de maíz, cobraran cierta vida. Sus ojos de color gélidos bordearon mi figura y apretó suavemente mis hombros. Sabía que deseaba asentir, pero tuvo que ser sensato.

-No, Lestat- dijo abrumándome con su voz tomada por los hechos que tenía ante él-. Ellos así lo han decidido y ha sido su voluntad. Nada podemos hacer. Aún si les ofrecemos nuestra sangre ten por seguro que volverán a hacerlo, tarde o temprano- apretó de nuevo mis hombros y yo creí que me desvanecería.

En ese momento rompí a llorar golpeando el altar donde las llamas habían acabado con Tarquin y Mona. Se habían llevado a dos criaturas que amaba, de igual modo que se llevaron a Merrick una vez. Mis lágrimas se agolpaban con fuerza en mi ojos y un lamento amargo rasgaba mi garganta. Me sentía culpable, pues hasta que no me involucré con ella todo estaba bien, o al menos en calma.

Se agachó ligeramente para palmear mi espalda intentando dar consuelo. Si bien, nunca le agradó la forma en la que siempre me comportaba, no podía ser tan cruel como para dejarme ahí sin palabras que suavizaran el dolor.

-Son cosas que no podemos evitar... anda ponte de pie y demos a ambos una merecida sepultura, volvamos a la mansión que ahí te espera tu amante y la madre de vuestro futuro hijo. Y aunque suene cruel, míralo por el lado amable, la joven bruja ya no va a atormentarte.

-Marius... es mi culpa- respondí negando mientras me abrazaba a mí mismo deseando que estuviese allí mi madre, aunque el consuelo sería igual de cruel y nefasto. Recordar que Mona ya no estaba y que Quinn no volvería a buscar su apoyo me desesperaba.

Los ojos de gato enmarcados en una piel suave, como la de un niño, con una boca bien encajada llena de sonrisas amargas. Ese joven taciturno que esperaba un milagro cada día, fuese cual fuese, se había evaporado del mismo modo que la radiante, libre, caprichosa, sensual y altiva bruja que convertí en hija. Siempre me recordó en parte a Claudia por los caprichos que tenía, un tanto a mí porque no tenía límites y un poco a toda la sociedad corrupta que siempre te llamaba con cantos de sirena. Nunca tuvo nada bueno en su vida y lo poco que tenía no sabía cuidarlo. En el fondo de mi corazón sabía que fue un consuelo para ella encontrarse con él en medio de las llamas.

-No es momento de buscar culpables -declaró-. Lo hecho está hecho, si bien no hay forma de retroceder el tiempo y por ello hay que afrontar la realidad. Llórarles todo lo que quieras, pero vive tú por ellos - se adelantó unos pasos frente a mí.

Marius con sumo cuidado comenzó a recoger los restos y las cenizas. Sabía que estaba demasiado abatido para tocar los frágiles huesos que sólo con un par de toques se volvían polvo. Buscó con su severa y apacible mirada cualquier recipiente que pudiese usarse por urnas. Cerca del altar había un par de recipientes metálicos, los cuales tenían cierto parecido a una urna convencional aunque posiblemente era donde se guardaban las ostias consagradas y algunos útiles de misa.

Sus largos dedos manchados de hollín tocaron el frío metal, lo llevó contra sí como si los abrazara y comenzó a guardar con cuidado cada pedazo de ellos. De mi buen amigo no quedaba nada, salvo un colgante que llevaba con un camafeo que quedó casi destrozado. No sabía si era de su tía o Petronia, su creadora, se lo había ofrecido. Rompí en un llano más amargo cuando vi como caía en el pequeño recipiente, y aún más cuando metió en otro una hebilla del pelo, la cual solía sujetar algunos mechones rebeldes de hermoso cabello de Mona. Mi alma se rompía a pedazos y sentí un dolor punzante en mi corazón. Deseé reconstruir sus cuerpos y darles sangre.

-Hay que darles entierro y dadas las circunstancias deben enterarse sus allegados. El hijo de Tarquin, sus empleados, su tío, el hombre que está aún ahí fuera esperando que su amado pupilo aparezca, su creadora y el resto de inmortales que le llegaron a amar, respetar y sobre todo desear a su lado aunque fuese por unas horas.

-Lo correcto es esparcirlas por el Santuario- en ese momento sentí una agobiante sensación. Petronia lo sabía, seguramente ya lo sabía. Uno siempre tiene corazonadas cuando una de tus creaciones, más o menos apreciadas, muere-. Hay que buscar a Petronia y decirle la verdad... sólo porque ella lo creó.

Siempre hablaba de su creador como mujer, pues como hembra se sentía más fuerte y de ese modo quería verse frente a Arion. Era el corazón de una hembra el que se entregó al vampiro de color café, ojos almendrados y piel suave. Ella fue tachada de monstruo al tener ambos sexos, pero siempre demostró ser más amazona que esclavo, más mujer abnegada a un arte cuasi divino que un artesano paciente, una mujer llena de placer y amor para ofrecer únicamente al hombre que veneraba y que ante otros mostraba una coraza, aunque sabía que quería a Tarquin su manera porque todo padre ama a sus hijos a su modo.

-Ya habrá tiempo para eso, primero lo primero- comentó con ambos contenedores de ceniza en sus regazos -. Vamos al Santuario y luego daremos el aviso -sostuvo las urnas con una mano y extendió la otra para ayudarme a ponerme en pie-. Yo me haré cargo de comunicarlo si tú no te sientes en condiciones, pues sé la historia gracias a Louis.

-Louis ¿está bien?-pregunté mirándolo con los ojos llenos de lágrimas sanguinolentas-. Tienes que decirle a Rowan... dieu... Nash- me incorporé dejando atrás al maestro, para correr hacia donde se hallaba el mortal.

Aquel hombre amaba a Tarquín más allá de un hijo, lo amaba como un amante y ahí estaba arrojado en la hierba cerca de la vía y a la vista de todos como un maldito borracho o un mendigo. Tomé entre sus brazos su cuerpo maltrecho, casi sin energía, y pedí disculpas por todo, aunque no pudiese escucharme, para luego volar con él lo más rápido hacia Blackwood Farm.

Marius se desplazó hacia la mansión Mayfair, allí Rowan esperaba el regreso de Mona, así como de Tarquin, intentando no pensar en todo lo malo que podía haber ocurrido. Supe más tarde que prácticamente tuvo que ser tomada en brazos por Michael, el cual la miró preocupado deseando romper a llorar. La chiquilla que tantos estragos hizo en su vida, a quien cuidaron como una hija, había desaparecido junto al muchacho que tanto la amó.

No tomaron la urna, decidieron que ambos descansaran juntos. El funeral se haría al día siguiente, para que así todos los que los amaron pudiesen asistir. Mientras yo recostaba en la vieja habitación de tía Queen a Nash. Poseía una expresión intranquila y balbuceaba su nombre. Me pregunté cuántos años estuvo esperando una simple sonrisa que le diese la vida entera, un hombre que sin duda se desvivía por el hijo que Quinn tenía con Jasmine y por su tío. Él ya no lo hacía por su difunta amiga, sino por las implicaciones sentimentales que tenía hacia su muchacho.

Nadie en la casa sintió mi presencia, todos dormían menos Tommy que terminaba un trabajo para la escuela en el portátil que mi hermanito le había regalado hacía unos meses. El chico estaba ensimismado. Cuando pasé por su habitación estaba terminando unas gráficas y se felicitaba así mismo por lo bien que estaba acabando, incluso deseaba mostrarle al que consideraba casi un padre, a Quinn, como estaba quedando.

Jasmine estaba en el cuarto que había sido de Pops, su hijo dormía abrazado a ella abrazado a un oso de peluche algo viejo, el cual supuse que podía ser de Tarquin. Tenía trece años ya, era muy alto para su edad pero tan dulce y frágil como su padre. Debió pensarse el morir sólo por su hijo, pero él no era capaz de concebir un mundo sin Mona.

El resto estaban en las otras habitaciones en los demás edificios de la mansión. No había huéspedes ya, pues no había habitaciones libres. Así que simplemente tras hacer el breve recorrido me fui hacia la sala donde se hallaba una pequeña sala. Allí se reunían mucho junto al fuego, leían libros y divagaban. Tenía en mi poder su camafeo y cuando lo miraba me echaba a llorar.

-Debes lanzarte, eres el culpable- escuché la voz de Nicolas sintiendo sus labios fríos acariciando mi mejilla-. Debes hacerlo y lo sabes.

Les-tot -mencionó Jasmine la cual, posiblemente, se había despertado debido a mis sollozos y lamentos- ¿Ocurre algo?

¿Qué podía decirle? Una mujer como ella no lo comprendería, no lo aceptaría. Tenía casi cincuenta años, pero estaba tan radiante como cuando la conocí. Era sin duda un bombón de chocolate, tan dulce y atractiva. Sus cabellos rizados en tono dorado le daban una imagen atractiva, igual que su bata medio cerrada.

Me incorporé negando intentando ir hacia la fuerte presencia que se acercaba. No podía decir nada, nada de nada. Cuando Marius apareció me abracé a él y murmuró cerca de mi oreja derecha lo que había hecho.

-He entregado las cenizas de Mona a sus tíos... -mencionó con voz suave intentando no perturbarme.  

sábado, 4 de diciembre de 2010

Dark City - Novela - Capitulo 19 - Lluvias de otoño y nieves de invierno (Xl)


Esa noche al regresar Kamijo había dejado recado, quería verme, y tal cual llegué me marché. Eran casi las doce de la noche, aunque no importaba si tenía que aparecer en medio de la madrugada. Creí que se sentía perdido o preocupado, si bien era bien distinto.

El hombre que me abrió la puerta era un Kamijo preocupado, sí, pero enérgico y que parecía estar en paz consigo mismo. Yo fui tras él hacia la biblioteca y entonces me vino un aroma familiar, a sexo. Él se apoyó en la mesa y me miró directamente a los ojos.

-Apesta a...-aquel sutil aroma a sudor, ese sudor tan típico a sexo, me hizo salir del trance de mis propios librepensamiento.-Dios.-murmuré.-¿Se lo has hecho?-pregunté haciéndole ruborizarse y correr a cerrar la puerta.

Se quedó allí pegado a la madera de la puerta, acariciando las vetas con sus yemas y agachando la mirada intentando saber cómo empezar.

-Así es...-afirmó cruzando su mirada con la mía.-Estos días han sido una delicia, lejos de gritos y de reproches.-le comprendía, uno no podía soportar demasiado ese nivel de estrés.-Ella cuida de una forma tan delicada al niño, ha sido tan amable y es especial.

-Hablando como hablan los adolescentes... está buena.-dije sin sentarme, ya que me daba la sutil impresión que lo habían hecho por toda la habitación y no deseaba sentirme más incómodo de lo que ya estaba.-¿Lo es? ¿Es atractiva?

-No es sólo eso Atsushi.-susurró.-Me siento vivo, con Jasmine no puedo ser yo porque siempre tengo que andar con pies de plomo. No hay nada que haga que no termine en discusiones. No admita ni tolera mis disculpas hasta que me daña, cuando se da cuenta que estoy al borde de un ataque entonces para. No es justo que me trate como lo hace, doy mucho por él y finalmente no tengo más que dudas y reproches. Eso ha hecho que desgaste lo que siento, que desee ser amado sin contemplaciones.

-Y hace tiempo que no notas esa magia.-él asintió a mis palabras, algo que me dejó sin saber qué más decir, hasta que me marché hacia él y lo tomé por los hombros. Se estaba enamorando como un colegial, podía notarlo.

-¿Qué?-preguntó cuando le tomé del rostro.

-Hazlo con ella hasta que no tengas fuerzas, hazla tuya tantas veces como puedas, ámala, se feliz... pero divorciate rápido porque es lo mejor, por experiencia. Jasmine puede ser alguien egoísta y explosivo, pero no es mal hombre y no merece que le engañes.

-Me comprometí a cuidarlo.-dijo justo antes que lo abrazara.

-Igual que yo con Clarissa.-respondí.-Al igual que con Phoenix... pero ya no funciona.

-¿No funciona?-se quedó helado.-¿Qué sucede?

-Lleva algún tiempo distante, por mucho que haga no logro sacarlo de ese estado. Hace mucho que no noto esa magia cuando estamos en la cama. Lo peor de todo es que he empezado a estar en mis antros.-él se apartó y me miró analizándome.-Kamijo... el sexo con una jovencita de veinte años de la cual conozco muy poco... me satisface mucho más que él.

-¿Qué harás?-preguntó.

-Dejarlo.

-¿Qué haré yo?-fue una pregunta para si mismo, pero yo no para que yo respondiera si bien le ofrecí la solución segundos atrás.

-Ya te dije qué tienes que hacer... lo que quieras hacer tú eso será otro cuento.

Nos apartamos uno del otro y yo me dirigí hacia la escalera. Él se quedó al borde de esta mirándome desde el principio del pasamanos. Aquel nuevo hogar que poseía sería inmenso, un lugar sin recuerdos muy distinto al que tenía meses atrás. Jamás había estado en aquel lugar... sólo había pasado un par de veces y él me decía que sería su casa. Si bien, se había convertido en la mansión donde halló a una nueva mujer a la que amar sin límites.

Nada más llegar a mi casa los encontré a ambos sentados en el salón, tomando té y hablando en mi contra y en contra de Kamijo. Nosotros éramos los ogros, los tiranos, y ellos eran unos santos. No dije nada, aunque se quedaron en silencio al verme entrar por sorpresa.

Me marché al baño, deseaba relajarme en el agua y que esta me hiciera evadirme. Pero lo único que hice fue pensar en ella y en sus caricias. Terminé excitándome y dejándome llevar por mis impulsos primarios. Mi libido era el de un adolescente, otra vez volvía a estar dispuesto con tan sólo imaginarla.

Regresé al día siguiente a su lado, lo hice con un colgante como regalo. Era una letra b mayúscula en oro blanco, así como la cadena, y lo hice por mero impulso. Ella no quería aceptarlo, pero terminó haciéndolo. Se lo colgué en aquel rincón donde nos encontrábamos justo antes de fundirnos en gemidos.

-Te sienta bien esa cadena con ese colgante.-susurré en su oído y ella simplemente sonrió.-Deja que pueda estar un día contigo al completo, yo lo pagaré si así deseas.-besé su cuello esperando convencerla.

-No, no puedo.-respondió.-No me pida... eso.-la besé cuando giró su rostro para hacerme entender.

Noté extraños sus labios, se aferraba a los míos como si no quisiera saber dónde estábamos. Fuimos a la habitación para mayor privacidad y el sexo lo sentía más placentero que noches atrás. Parecía entregarse sin barreras, regalar todo lo que era haciéndose ver más apetecible. Cuando acabé fue un éxtasis de placer, se retorcía y clamaba mi nombre.

-Ha sido demasiado delicioso.-susurré cerca de sus labios.

-Vete, ahora vete.-dijo girando su rostro, como si no quisiera verme o tal vez no pudiera.

-Nos veremos otro día, Beauty.

Me levanté acomodando mi ropa para dejar su dinero, esta vez no habría de más puesto que le había regalado algo más valioso que un par de billetes. Sin embargo, ese día seguía en la cama aferrándose a las mantas, algo en ella no funcionaba o quizás empezaba a funcionar.

Me marché a casa, creí que era un desgraciado que desafiaba a la suerte. Pero la suerte ya estaba echada y no lo sabía.

Tres días después hubo un gran revuelo. Jasmine supo la decisión de Kamijo y yo tomé partido por él. Él pasó a un segundo plano. Phoenix empezó a sacar todos mis trapos sucios uno a uno, mientras que su amigo le defendía.

-¡Pero ahora eres tú quién no tienes espacio para mí!-exclamé mientras él se aferraba a Jasmine.

-¡Será porque he encontrado en otro lo que tú no tienes!

Se produjo un silencio estremecedor. Mis manos se cerraron en forma de puño. No cabía en mí la ira, sobretodo cuando él se dio cuenta del alcance de sus palabras. Mis ojos eran dos bolas de odio que se clavaban en él.

-Fuera de mi vida, ya.-siseé.-¡Fuera de mi vida!

-¡Atsushi he hablado por hablar!-gritó aferrándose a mí.

-No vas a volver a ver a mi hijo, ni te acercarás a mí.-lo aparté.-¿Sabes? He descubierto estos días que una puta me otorga más atenciones que tú.-susurré con malicia.-Y aunque es una puta tiene más decencia que tú.-me abofeteó cuando dije eso, pero se volvió a aferrar a mí.

-No me puedes quitar a Jun, no me puedes quitar de tu lado.

-Tú me has apartado para estar con otro... ¿por qué me lo pides a mí?-pregunté apartándolo de mí.-De amarte, pasé a quererte y necesitar estar a tu lado... pero poco a poco me apartaste, me lanzaste en busca de todo lo que no me dabas y para colmo mientras eso se lo dabas a otro.

Jasmine estaba atónito, no creía lo que estaba escuchando por mi parte y por la suya. Estábamos rompiendo y no de forma cordial.

-Vete ahora mismo de mi casa con tu amiguito, vete a casa de ese que tanto te gusta metertela y dile que ya tu culo es todo suyo.-lo empujé dirigiéndome al dormitorio.

Allí empecé a tirar su ropas al suelo, sacando todo del armario. Jun se despertó y comenzó a llamarlo, por eso dejé de sacarlo de mi casa. Fui directo a donde estaba el niño y lo tomé en brazos. Él entró en la habitación intentando tomarlo, pero viendo mis ojos y que no sería una de tantas broncas comenzó a llorar.

-Tú mismo has perdido todo lo que una vez soñaste. Esta casa es de mi propiedad, tú ya no vives aquí así que vete.-comenzó a llorar desesperado cuando escuchó la dureza de mis palabras.-No he sido el mejor amante, pero tú tampoco eres una mosca muerta.

-¡Deja de hundirlo! ¡Tú tuviste la culpa! ¡Te marchaste! ¡¿Qué querías que pensara?!-exclamó Jasmine levantándolo del suelo, pues cayó de bruces, e intentó hacer que se mantuviera en pie.

-¡Así que era eso! ¡Antes de que me sea infiel yo lo soy! Así me pagas todo lo que he hecho por ti, así me pagas que incluso te hiciera partícipe de la vida de mi hijo y así me pagas todas mis atenciones. No fui fiel, tomé malas decisiones, pero empecé a comportarme como deseabas. Y cuando lo hice me diste la espalda y te abriste para otros.-Jun seguía llorando, quería que le mirara y le escuchara a él. Decía que le hacía daño a su mamá, pero él no se merecía ni que el niño llorara por él.-Te quiero fuera, a ti y a tu hermano. Esta noche me voy con el niño lejos de aquí, cuando regrese no deseo que dejes de ti ni el cepillo de dientes.

Pasé por su lado después de tomar la bolsa de Jun, él intentó agarrarme de una pierna y hacer que parara. Sin embargo, no lo logró y yo me fui para poder tomar un taxi. Era un día gris, anunciaba tormenta, y la noche se había vuelto muy fría.

En la primera persona que pensé para que me diera cobijo, ya que no quería ir a un Hotel levantando mil polémicas, fue en Paulo. Así que pedí que me llevaran a su nueva dirección, donde compartía hogar con su pareja, me di cuenta que era la primera vez que le pedía un favor desde su cargo en el gobierno de la ciudad.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt