Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 25 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte III)



Recuerden que el autor también llora cuando escribe estas cosas. No soy un témpano de hielo, en eso soy muy parecido a Yoshiki.



Recordé a Emmanuelle, tan pretenciosa a veces y en otras tan tímida. Sus ojos llenos de ilusión cuando Kamijo aceptó tener un hijo con ella, Camil, y lo desesperada que se volvió cuando supo que no tendría posibilidades con él. Supuestamente era un hijo probeta, pero conociendo a Kamijo a veces lo dudo. Conocía sus criterios sobre ese tipo de prácticas médicas, decía que dar así vida era frío y le parecía poco amoroso para contárselo a un hijo. Si conocía bien a mi hermano podía dudar razonablemente de su historia.

-Sí, allí estuvo K.-murmuré.-Yo también estuve en uno un par de meses, por depresiones.-dije con una sonrisa amarga.-En Londres, para tratamiento intensivo y por miedo al suicidio.-me giré hacia él y le contemplé hundiendo mis ojos en él.-He visto casos como los de Claudia, van a peor y terminan degradándose por completo.

-Emma sólo pide ver a Kamijo y repite mil veces que no está loca, pero por lo que sé intentó agredirlo cuando le confirmó que no tenía posibilidades.-susurró antes de mirar al frente, justo donde la leña.

-¿Qué harás con Helena?-susurré.

-Intentar que comprenda que no puedo ir rápido, que tal vez necesite que estén a mi lado y no todo el tiempo viajando.-murmuró para dejar pasar el aire intranquilo.-Fue una locura empezar a tenerla en mi cama, en mis brazos, como si no importara ni sus sentimientos ni los míos. Ella dice que sigue enamorada de un hombre que nunca volverá, se casó hace un tiempo y no se ve con fuerzas para conquistarlo.-tragué duro, porque sabía que era yo.-¿Sabes de quién se trata?

-No, Helena es muy suya.-dije con una sonrisa amarga.

-Lo sabes, te conozco poco pero eres expresivo cuando estás con la guardia baja.-murmuró.

-Soy yo.-susurré mi confesión antes de llorar.-Es una estúpida, le hace daño que me pasee con Kurou frente a sus narices pero luego me dice que no importa. Es una maldita estúpida, una idiota como siempre.-en esos momentos era él quien me apretaba las manos.-Es la única mujer que he querido, las demás sólo fueron fijación o atracción.

-Tranquilo, ya no le duele eso.-dijo con una sonrisa.-Es feliz al verte así.-me abrazó y terminé desplomándome.

Ambos llorábamos, cada uno por un sentimiento de frustración con raíces distintas. Él lo hacía por una mujer que ya ni siquiera le reconocía, de la cual todos dudábamos que le hubiera amado, y yo por el corazón roto de Helena. Cuando nos separamos secamos nuestras lágrimas e intentamos tener una charla distinta.

Él comenzó a contarme sobre sus próximas novelas, los argumentos y sus personajes, le apasionaba ese mundo mucho más que el político. Yo conversaba de forma animada sobre la música, le decía que comprendía su pasión y su esfuerzo por dar lo mejor de sí mismo. Cuando estuvo mi ropa limpia y seca decidí irme, al marcharme di las gracias a la chica que tenía de empleada y a él lo abracé deseando trasmitir mis ánimos.

Nada más regresar a casa tuve una fuerte regañina de Kurou. Había estado llamando a mi móvil y no contestaba, así como me demostró su preocupación y desesperación. Sin embargo, terminó abrazándome con lágrimas en los ojos. Regresar a casa y sentir que te aman de esa forma, que la preocupación es real, es algo único. Creo que en ocasiones desaparezco algunas horas sólo por sentir que él me rodea, su cuello pegado a mi nariz y sus brazos firmes entorno a mi espalda. Amo sentir el aroma de su colonia y el tacto algo áspero de sus manos. Inclusive podría decir que me excita.

-Necesitarás entrar en calor, una buena ducha.-murmuró notando que mis ropas estaban secas.-¿Por qué están secas?

-Me encontré con Paulo Wilde y lo acompañé a casa, estaba derrumbado por una mala noticia.-comenté acariciando sus mejillas.-Tenía incluso rotas las gafas, así que le hice de guía y su asistenta me pidió que me permitiera secarme la ropa.-murmuré pegándome a él.-Pero no entré en calor ni con el cacao caliente, ni siquiera con el baño o la chimenea.-sus ojos estaban fríos, muy molesto y celoso.-Sólo tú me haces entrar en calor.-susurré en su oreja derecha, antes de mordisquearla. Lo había hecho con un tono sensual, muy atrayente.

-Tu hija te espera arriba dibujando y muy preocupada.-murmuró seco apartándome.-Ve y habla con ella, dile que has sido un estúpido e irresponsable ahora mismo. Después hablaremos si quieres sobre tu escapada y la amabilidad que posees con otros.

Me quedé allí parado viendo como se iba por el pasillo, con zancadas de demonio y refunfuñando. Tenía un carácter fuerte cuando se molestaba, creo que más que no avisar le dolía que hubiera pasado esas cosas con alguien que no era él. Deseaba poseer cada uno de mis segundos, aunque tuvieran que se compartidos. Quería estar siempre presente en cualquier instante, como si fuera mi propia sombra, y yo necesitaba mis secretos, como los que él aún tenía y que aún desconozco.

Me sentí mal por Anne, había olvidado que ella se podía poner triste. Cuando subí se había dormido sobre su escritorio, casi era la hora de la cena y ni había tocado su pastelito. Tenía junto a ella un trozo de pastel de nata que aún esperaba ser probado. Tomé su pequeño cuerpo entre mis brazos, para tumbarla en la cama y dejarla descansar hasta la cena, mientras veía su dibujo. Había estado intentándolo muchas veces, todos eran réplicas del dibujo que me había hecho su padre.

Entonces tomé conciencia que había estado todo el día fuera, que eran más de las seis de la tarde y que no debí hacerlo. Era un idiota egoísta, sin embargo sabía que lo volvería a repetir sin lugar a dudas. Necesitaba llorar y que no me viera ni ella ni él, quería hacerlo en otro hombro que no fueran los suyos.

Dejé a la pequeña tumbada y arropada en su cama, con cuidado le quité sus zapatillas de peluche, eran dos conejos negros con la nariz rosada, y besé su frente. Noté en ese momento la presencia de Kurou a mis espaldas, como si vigilara mi labor de padre. Cuando me giré lo vi menos molesto, aunque seguía sintiendo sus celos por como me contemplaba.

-¿Se durmió?-preguntó lo obvio, porque no sabía romper el hielo de otra forma.-Necesito hablar contigo.

Simplemente asentí levantándome de los pies de la cama pequeña, porque allí me había sentado a vigilar sus sueños, para ir tras él por la casa hasta su despacho. Abrió la puerta haciéndome pasar, provocando en mí esos escalofríos incontrolables. Me sentía como un maldito colegial.

Se colocó tras mis espaldas, apartando mis cabellos para besar lentamente mi cuello. Sabía que estaba dejando marcas, quería marcarme como si fuera un animal de granja. Yo simplemente jadeaba lleno de nerviosismo, notaba que iba a ser más dominante que otras veces. Tenía miedo a sus caricias bruscas, y sin embargo jamás las había sentido. Me sacó el gabán, aún lo llevaba puesto, y me arrancó la camisa a jalones.

Cerré los ojos unos instantes notando sus manos ásperas bajar por mi torso, hasta mi vientre. Su boca seguía parada en mi cuello, mordiendo mi piel blanca para volverla morada. Desabrochaba mi cinturón con cierta mala leche, notaba sus jalones. Pronto me vi desnudo y con parte de la ropa raída a mis pies. Él seguía impecable, como si nada. Sus cabellos estaban bien colocados, igual que cada prenda.

-Kurou.-murmuré al notar que me abrazaba por la cadera con uno de sus brazos, pasando el otro por debajo de mis axilas, y a su vez hundía su rostro en el lado contrario del cuello.-Kurou, me harás muchas marcas.-me preocupaba que Anne se llorara al verlas, porque yo no sabría explicárselas.

-Pocas te haré.-repitió.-Y quiero escuchar bien claro mi nombre, no mi apodo.-murmuró.-Hoy lo deseo así.

-No, no.-murmuré.-No quiero sexo frío.-dije casi sin aliento, lleno de miedo porque se comportara de esa forma conmigo.-No quiero eso, no quiero.

Comencé a llorar cuando noté que no le importaba, que sus manos seguían acariciándome como aquellos hombres y este reaccionaba por instinto. Mis piernas se abrieron, mientras mis ojos no dejaban de mostrar mi terror. Estaba amaestrado para acceder a cualquier roce, fuera brusco o sensual, y mi cuerpo echaba los primeros en falta. Sin embargo, yo no quería saber nada de ese sexo violento que me rompía el alma en mil pedazos.

-Sí.-respondió tomando una de mis manos, las cuales intentaban clavarse en sus brazos sin lograr nada.-Ese sexo tendrás como castigo.-susurró antes de morder con fuerza mi hombro, eso hizo que gritara y mis piernas se abrieron aún más.

-Kurou.-balbuceé.-Me portaré bien, juro que me portaré bien.-dije sintiendo como me giraba para arrodillarme frente a su entrepierna.-Lo juro, juro que lo haré.

-No sé ya como decírtelo, necesitas una lección quizás.-susurró inclinándose para lamer mis labios, así como mis lágrimas.-Tendrás marcas por todo tu cuerpo, recordándote lo que hiciste este día y que no debes volver a repetir.

-Kurou, si haces esto que pretendes mañana no estaré a tu lado.-balbuceé temblando.-Te juro que me habré ido y no sabrás de mí, me llevaré a la niña conmigo. No volverías a vernos jamás, lo juro.

Paró entonces arrodillándose frente a mí, acariciando mis mejillas y después los moratones que ya tenía. Besó de forma tierna mis labios, pero yo no acepté el beso. Estaba aterrado, quería a mi Kurou y no al hombre que tenía frente a mí. Me pegó a él y yo hice el intento de apartarlo, no quería que me tocara.

-Yosh.-susurró preocupado.-Yosh, mi ángel.-murmuró.-Lo siento, lo siento mi ángel.-dijo acariciando mis cabellos, pero me daba asco sus dedos y toda su presencia.

-No, no quiero que me toques Richard.-dije herido.-No quiero que me toques.

-Estaba furioso, no pensaba de forma racional.-susurró con ese tono dulce que me hacía derretirme, pero en ese momento sólo quería golpearlo.

-¡¿Cómo se te ocurre tratarme así?!-grité rompiendo a llorar aterrado aún, cayendo hacia atrás para terminar escapando hacia un rincón de la habitación.-¡No me toques! ¡No me toques! ¡Yo no soy una puta! ¡No soy tu puta! ¡Si quieres una puta págala y olvídate de mí! ¡No me vuelvas a tocar! ¡No me toques!

-Claro que no eres mi puta.-susurró levantándose para quitarse la chaqueta.

-¡Tampoco soy de tu propiedad! ¡No soy de nadie!-grité.-Mis sentimientos eran tuyos, ¿a caso no te valían mis sentimientos?-se quedó gélido sin poderse mover.

-¿Eran?-dijo casi sin voz.

Yo no respondí, sólo me abracé a mí mismo. Dio un par de pasos más hacia mí, prácticamente derrumbado. Estaba terriblemente afectado por mis palabras. Creo que se dio cuenta que algo en mí se rompía ese día y que debía darse prisa para que no terminara hecho trizas, para que todo ese esfuerzo de años quedaran en nada.

Corrió hacia mí abrigándome con su chaqueta, pegándome contra su cuerpo mientras dejaba sinceras caricias. En ese momento quien lloraba era él. Sus celos le habían hecho tratarme de la peor forma posible, como si fuera una furcia barata. Sus dedos se enredaban en mis cabellos revueltos, haciéndome recordar a esas largas noches en las cuales me abrazaba. No éramos nada en aquellos días, sólo un par de almas solitarias, y él me acariciaba para que pudiera conciliar el sueño.

-¿Por qué eran?-murmuró con miedo.-Yosh, te juro que no hubiera tenido valor para hacerte nada.-dijo dubitativo, ni él estaba seguro.-Pero nada más escuchar tus palabras y ver bien tus lágrimas comprendí... me había dejado cegar por mis celos, por miedo a que otro hubiera usado hoy tu cuerpo como un amante entregado.-hundió su rostro en mi cuello, aspirando mi colonia y a su vez humedeciéndolo con sus lágrimas.-Yosh, yo te amo. Te amo de una forma enferma, estoy enfermo.

-Me has hecho daño.-dije aún aterrado, aunque al verlo tan débil y sumiso me enterneció.-¿Por qué?-pregunté.-¿A caso no te demuestro a diario que te amo? ¿Por qué debería acostarme con otro? ¿A caso tú lo has hecho y temes que yo lo haga?

-Hace mucho tiempo, cuando sólo habíamos salido un par de noches.-susurró en un balbuceo.-Estuve con una mujer, practiqué el sexo toda la noche y después me presenté ante ti con un enorme ramo de rosas.-aquello me hizo llorar, me dañó su sinceridad.-Jamás he estado más arrepentido que aquella mañana, sobretodo cuando te colgaste de mi cuello y me dijiste que me amabas. Yo pensaba que sólo era un juego para ti, un capricho de niño mimado, y cuando sentí tu amor me derrumbé. Esa expresión de ilusión en tu rostro, el cual parecía el de un niño pequeño, y como llorabas por unas tontas flores, no eran de un capricho. Yo no lloré sólo por la emoción de sentir que me querías como yo a ti, que era mutuo y fuerte, sino porque había traicionado tu confianza y tus sentimientos, así como los míos.

-A diferencia de ti.-dije serio, aunque me estaba volviendo loco queriendo saber quién era ella.-No he podido mantener sexo con nadie desde que me percaté que era más que un capricho, que era un amor venenoso que me mataba y que esas ilusiones de niño estúpido eran algo más. Salía con mujeres y hombres, pero no lograba ir más allá de unos besos.-murmuré tiritando.-Llevaba más de un año sin tener sexo porque quería tus manos, quería que fueran tus manos y tus labios los que rozaran mi piel.

-Pero yo no soy capaz de aceptar eso.-dijo con amargura.

-¿Qué no eres capaz?-murmuré.

-De aceptar que me amas de ese modo, aunque lo sienta.-susurré.-Porque yo te traicioné, a pesar de haberte amado años y de saber que eras lo más importante en mi vida.-hizo un inciso para tomarme del rostro, acariciando mis mejillas. Sus ojos se veían tiernos, más que nunca.-Porque tú me sigues amando ¿verdad?

-Ahora te tengo miedo.-susurré.-Asco también.-dije apartando sus manos de mi.-Has metido la pata, Richard.

-Dime, dime como puedo hacer que te olvides de todo esto.-susurró nervioso, lleno de un miedo que parecía consumirlo.-Dime, por favor.

-No lo sé, de momento no quiero dormir contigo en la misma cama.-dije serio.-No quiero que me toques.-le miré a los ojos de una forma que le paralizó.-Por ahora tendremos una relación estrictamente profesional, tendrás que volver a demostrarme que me amas y esta vez no quiero errores.-fruncí el ceño.-Eres incluso libre para irte con cualquier golfa que desees, para probar así tus sentimientos.-me había dolido ese engaño, esas primeras rosas que presumí ante muchas personas con orgullo.

Aquel ramo de rosas era el primero que me regalaba un amante, todos eran de ofrecerme joyas o coches. Los regalos que solían darme eran tan materiales y fríos como ellos. Pero con aquellas rosas, una de mis flores favoritas, había logrado llenarme con un sentimiento cálido. En esos momentos me preguntaba si esas rosas no eran las únicas que compró por remordimientos, si había más mujeres y más noches. Sentía como si mi matrimonio fuera un fraude y todos esos momentos especiales meras esperanzas, porque yo sólo era un trofeo. Yo era Yoshiki, ese que suele jugar con todos y que su frivolidad espanta a sus amantes de su lecho. Me imaginé como trofeo de caza, no como esposo fiel y entregado. No quiero decir como veía a mi marido, porque incluso hoy me duele esa imagen suya.

Me levanté arrojando su chaqueta, no la quería, tomé mi gabán, algo dañado por sus jalones, y me cubrí con él para ir hacia mi dormitorio. Allí arranqué las sábanas, la colcha y toda la ropa de cama, porque no quería su olor a la hora de dormir. Sin embargo, el colchón estaba impregnado en su aroma y los recuerdos se volvían dagas. Así que terminé marchándome a una de las habitaciones de invitados, quedándome allí sin querer cenar.

Cuando eran casi las diez apareció Anne, me había estado buscando por la casa. Con su dulce y tierna voz me pidió dormir conmigo. Aguanté las lágrimas hasta que se durmió, e incluso tuve que reír cuando sólo quería hundirme un poco más. Si bien, nada más cerrar sus ojos y notar su respiración lenta, me aferré a ella llorando.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte II)



20 años sin él... aunque parezca que fue ayer porque no podemos dejar de recordarle, admirarle y sentir que tras su perdida se fue un trozo de felicidad que aún brilla con luz propia.


Ofreció su brazo para que lo tomara, así le sería de ayuda. Suponía que no veía sólo borroso por sus dioctrías. Había llorado tanto que tenía embarrados los ojos en lágrimas, a pesar de la lluvia podía ver claramente que no eran gotas de agua. Pocas veces había visto llorar así a un hombre, con una forma tan desesperada. Me recordó a mi padre, cuando se hundió de tal forma que terminó con su vida y un escalofrío recorrió toda mi columna.

Llegamos a su casa después de darme un par de indicaciones. Yo mismo abrí el portal y le ayudé a subir por la hermosa escalera de caracol que daba al piso superior, el inferior era únicamente un salón para fiestas. Conocía bien esas casas, sobretodo esa en concreto. Había sido restaurada por Kamijo con algunas subvenciones especiales del ayuntamiento, ya que era parte del patrimonio artístico y arquitectónico de la ciudad, después la puso en venta y Paulo la adquirió.

Aquel enorme caserón se veía frío, aunque sólo fuera en apariencia. Paulo había dejado la decoración que a ella le interesaba, no la que él amaba. Se notaba que nada de aquellos muebles presuntuosos y llenos de mal gusto no pertenecían a Paulo, sino a la arrogancia de su querida Claudia. Al llegar al pasillo entramos en la habitación de la pequeña, puesto que estaba siendo cuidada por la chica que tenía contratada.

Él quiso mirar antes a su hija, aunque fuera sólo el bulto en su cuna. Ese lugar si era acogedor, lleno de referencias a Londres pintadas en las paredes. Dibujos llenos de encanto, con personajes de obras inglesas de la literatura infantil y juvenil. Del techo colgaban aviones, estrellas, una luna y un hada diminuta. Había cientos de libros, juguetes de peluche y alguna caja musical. Era una habitación enorme, en realidad era la más grande de esa planta.

-¿Decoraste tú esto?-pregunté tomando uno de los peluches, un oso hecho a mano de la forma más clásica.-Parece el país de Nunca Jamás rodeado de viejos recuerdos de Londres.

-Desde el Big Ben podrás ver a los chicos volar.-dijo aferrado a la cuna, notando que la pequeña dormía calmada.-Pero puedes encontrar al gran detective de todos los tiempos aferrado a su lupa observando las huellas del gran viajero Fogg.

-Es cierto.-dije antes de notar entre las nubes a Oscar Wilde sentado junto a Lennon.-Música, literatura, historia y la gran ciudad de Londres.

-La casa se volvió impersonal, incluso mi despacho, a Claudia le gustaba poner todo como si fuera una revista de decoración.-murmuró antes de soltar un suspiro pesado.

-Deberías cambiar todo, poner todo a tu gusto.-comenté intentando darle una buena idea.-Si quieres puedo ayudarte a encontrar tiendas, algunas son muy interesantes.

En ese momento entró la chica, una mujer de unos diecinueve años con la piel blanca y las pestañas muy pobladas. Poseía una belleza de muñeca, parecía uno de esos maniquí perfectos y envidiables de las tiendas más elegantes y sofisticadas. Sus mejillas algo sonrojadas le daban un toque de inocencia, mientras que sus curvas eran provocadoras. Vestía un vestido algo ajustado, pero sobrio en colores, y un delantal lleno de estampados, parecía confeccionado por ella misma con trozos de otros dándole un toque especial y único.

-Susan.-dijo girándose hacia ella.-¿Puedes traerme las gafas?

-Paulo, deberías de cambiarte de ropa.-comentó preocupada, acercándose a él.-Estás empapado, podrías pillar un resfriado e incluso una pulmonía.-me miró a mí fijamente.-Y usted está igual.-él sólo sonrió con un gesto dulce, intentando calmarla.-Me prometiste que te cuidarías, además de tu empleada soy una buena amiga y no quiero ver a un amigo enfermar.

-Di la verdad.-susurró.-Lo único que deseas es que no me acatarre para no hacer caldos todos los días.-murmuró provocando que ella riera bajo.

-Id al salón, quedaros frente a la chimenea mientras preparo los aseos.-comentó con una leve sonrisa.-Prepararé también ropa cómoda y algo de cacao mientras se secan y entran en calor.

No pasó ni una hora cuando ya pudimos sentarnos en el sofá, ambos secos y frente a la chimenea contemplando el fuego. Ella nos había preparado cacao, también nos había dejado ropa muy cómoda mientras lavaba y secaba las otras. Fue agradable darme un baño tras ese frío tan intenso, ambos estábamos más sosegados. Sin embargo, en los ojos de Paulo podía leerse amargura.

-Me duele perder de este modo todo, si hubiera muerto en el parto aceptaría que ya no vive. Igual que si hubiera terminado en coma, o muerta, en el accidente de coche que tuvo meses antes de quedar en estado.-dijo antes de tomar un sorbo del cacao.

-Te cuesta aceptar que su cuerpo lata, pero no esté ella ahí.-murmuré antes de tomar una de sus manos, para apretarla.-Si quieres puedes superarlo, sólo olvídate de ir a verla y deja que ellos la cuiden.

-¿No ir a visitarla?-preguntó estrechando mi mano, para luego mirarme a los ojos con esa amargura.

-No es un crimen, allí no hay nada. Sólo quedan los vestigios del pasado, los trajes elegantes ni siquiera se los permiten.-susurré antes de abrazarlo, se veía tan derrumbado que me poseyó ese deseo imposible de pegarlo contra mí.-No hay nada Paulo, ya no te queda nada con ella y debes afrontarlo. Además, tus fans te necesitan.

Sus admiradores estaban desesperados por no tener las nuevas novelas que prometió, todas las tenía sin acabar, y había pedido plazos. Únicamente había logrado dejar en las librerías un libro de cuentos dedicados a Marie, la pequeña que estaba rodeada de literatura inglesa y de juguetes que aún no necesitaba. Una pequeña que crecería fuerte entre la magia de las letras, de eso estaba seguro.

Él se aferró a mi sudadera, una color vino tinto que me habían ofrecido, lloraba en mi hombro mojando mi cuello con sus lágrimas. Sus sollozos me rompían el corazón. Temblaba como un niño regañado. Sin embargo, tenía que ser sincero de algo que no quería ver. No deseaba aceptar la realidad, porque nadie quiere afrontar algo tan amargo.

La institución donde se encontraba se había hecho cargo del hermano de mi Kamijo. Tenía un gemelo enfermo, afectado por una enfermedad agravada por el tratamiento que tuvo durante años. Su aspecto era idéntico al de su hermano, salvo sus cabellos algo más oscuros, y una sonrisa más tímida. Su mente estaba revuelta, como si alguien hubiera entrado y hecho caer cada recuerdo al suelo. Era un niño de no más de doce años, aunque poseyera una mente brillante en sus escasos momentos de lucidez. Había salido de aquel centro no porque fuera malo, era uno de los mejores y más honestos en cuanto a sus informes. Kamijo tuvo que sacarlo por seguridad, desde el primer momento tuvo un nuevo hogar con las más altas medidas de seguridad y también con enfermeras que seguían los tratamientos recetados por sus psiquiatras. Killian Camil Artois Yuuji, conocido por todos como K y amado por su hermano, así como aquel que lo conocía.

-¿Fue Kamijo quién te habló del centro?-pregunté acariciando sus cabellos.

-Sí, allí está su amiga Emma y estuvo K.-sabía de ellos, porque Kamijo tenía fe ciega en él.

Paulo Wilde no era un ser normal, sino alguien excepcional. Detestaba la corrupción habitual, pero Kamijo era un mafioso distinto. Ambos formaban una pareja peculiar, dos hombres elegantes cultivados en colegios europeos y de gustos refinados, cargados de diferencias sobre su punto de vista en temas tan relevantes para ellos como el arte.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte I)






Capitulo 18


La locura.


Hacía tiempo que no veía a Paulo Wilde, sus intereses y los míos ocupaban nuestras agendas. Estaba seguro que él se sentía más relajado, pero supongo que me equivoqué. Nadie puede dejar de amar de un día para otro, se precisa de tiempo y a veces es lo que no tenemos. El amor es una cadena que si se sabe llevar es liviana, pero si se llena de trabas el camino es un suplicio. Él estaba comenzando a conocer a Helena, aunque ella era una nómada y jamás estaba mucho tiempo en un mismo lugar. El fantasma de su primer amor siempre le había perseguido, y el segundo dicen que es el más fuerte y eso fue para él Claudia.

Paulo jamás había amado de igual forma como lo hacía en estos momentos. Era un alma libre, un solitario, que decidió no anclarse a nada, y terminó siendo un idiota que regalaba flores a una mujer que deseaba diamantes. Un romántico estúpido muy diferente al hombre de letras, el misterioso y seductor escritor de novelas, que hacía delirar a hombres y mujeres. Uno de esos galanes experimentados que jamás aman, pero se había convertido en una sombra tan sólo. Helena le había devuelto la luz, pero el fósforo se apagaba por momentos. Pude comprobarlo una tarde lluviosa, muy lluviosa, en la cual me tropecé con él por casualidad.

Sabía que el frío para mis huesos, como para mi salud en general, no era bueno y sin embargo amaba caminar bajo la lluvia. Sentir el frío en mi cuerpo, mi piel helada y húmeda, me recordaba que estaba vivo y que podía seguir haciéndolo. Mi inspiración en los días de lluvia era mayor que en los días soleados, así como mi soledad se agudizaba cuando la lluvia caía. Me sentía desprotegido y el regresar después de un paseo bajo la lluvia me provocaba deseos irresistibles de abrazar a Kurou, de sentir que seguía ahí y que no lo había necesitado por unas horas. Por ello salí, lo hice sin paraguas pero bien resguardado por mi abrigo rojo y unas botas excelentes para los días como aquel.

Estuve fuera de casa por más de tres horas, llegando incluso al centro económico de la ciudad donde se encontraba La Bolsa y el Ayuntamiento. La tormenta se intensificaba, incluso estaba inundando ciertas zonas de la ciudad, e incluso podía escuchar de lejos las sirenas de los bomberos, y yo sin embargo me sentía como un niño frente a un enorme charco. Sonreía con cierta melancolía notando el frío en mi cuerpo, el cual me hacía tiritar y desear una taza de cacao bien caliente.

Sin ni siquiera proponérmelo choqué inesperadamente con Paulo, fue un golpe fortuito. Juro que vi lágrimas en sus ojos claros, aunque la lluvia lo difuminaba todo, si bien cuando me abrazó todo atisbo de duda se evaporó. Me pegaba hacia él con desesperación, como si fuera un ángel amoroso que hubiera bajado del cielo para liberarlo de su pesada carga. Pude escuchar sus sollozos por encima del sonido tintineante de la lluvia, los truenos y las sirenas así como los angustiosos claxon.

Cuando me atreví a dejar algunas pequeñas caricias sobre sus cabellos, hacia su nuca, noté como se desplomaba cayendo de rodillas. Sus gafas cayeron rompiéndose sin remedio, sus manos se quedaron aferradas a mi abrigo empapado y mis ojos se quedaron fijos en su cuerpo trémulo. Coloqué mis manos sobre sus hombros comenzando a llorar junto a él, porque su agonía me atrapaba y me hacía sentir inútil.

Llevaba una gabardina gris, un traje caro que había quedado arruinado como sus zapatos de mocasines clásicos. Todo en él estaba arruinado, supongo que también sus esperanzas. Uno siempre las mantiene, a pesar de saber que es una somera estupidez albergarlas y que no te evitaran un fuerte golpe.

-No hay vuelta atrás.-murmuró al fin casi sin aliento.-La he perdido, no hay vuelta atrás.-dijo antes de alzar su rostro, el cual me pareció totalmente distinto sin aquellas gafas de estúpido ególatra intelectual.-¡He perdido! ¡No me gusta saber que he perdido! ¡Odio perder una batalla cuando ni siquiera la he comenzado!

-Calma.-dije ayudandole a ponerse en pie.-¿Qué ocurre?

-Claudia ha experimentado nuevos brotes, ahora ni habla.-sus manos estaban aferradas a mis hombros, las mías a sus costados.-No reconoce nada, ni sus pinturas. Hace unos días entró en una crisis fuerte, se arrancó cabello y estuvo dándose cabezazos contra algunas de las paredes. Inclusive atacó a varias enfermeras y enfermas de su unidad.-murmuró casi sin aliento.-Se escapó de ellas hacia el jardín y la encontraron desnuda frotándose contra los rosales, tiene el cuerpo lleno de heridas y ni se queja cuando la curan. Está como si no estuviera.

-Igual que si se hubiera marchado un momento a caminar y hubiera dejado como prenda su cuerpo.-intervine provocando que él sollozara aún más.-Paulo, creí que poco a poco lo estabas aceptando y lo superarías. Inclusive has conocido a Helena.

-Es una buena mujer, no lo niego.-admitió separándose de mí, aunque temblaba y no sé si era por impotencia o por la hipotermia que ambos estábamos experimentando.-Pero mantenía una brizna de esperanza.

-Cuando la esperanza muere hay que buscar otra salida, olvídate de ella aunque sea duro y rehaz tu vida. Tu hija te necesita, tus amigos te necesitan también y por supuesto tu partido. Tu trabajo, los tuyos y tu orgullo no deberían dejarte caer.-dije antes de dar un paso hacia él.-¿Me invitas a un cacao caliente y hablamos con calma?

Un inmenso silencio se hizo entre los dos, nuestros ojos se cruzaron contemplándonos como dos idiotas en medio de una tormenta. Mi aspecto no era el mejor, estaba helado y comenzaba a sentirme débil. Él estaba hecho un revoltijo de ropas arruinadas y prácticamente no veía bien por culpa de haber perdido sus gafas. Me agaché para entregárselas, pero él simplemente las rechazo.

-Mi casa no está lejos, en sí salí del trabajo para refugiarme allí y llorar a solas.-confesó antes de tomar una de mis manos.-Tendrás que guiarme, veo todo borroso.

“Mariposas desnudas de hermosas sensaciones,
dolor que aniquila los latidos de nuestro mundo
y cuervos que renacen llevándonos poemas oscuros...
Somos dos extraños que se conceden una oportunidad.

La amistad más allá de las nubes,
de cualquier camino angustioso
y por encima de cualquier memoria vana.
Seré tu escudero siempre que me necesites.

Mariposas ciegas y luciérnagas sin luz
cargan a cuesta nuestros pecados
y caen de rodillas rezando en el huerto...
campos de sangre y lágrimas para ambos.

El destierro hubiera sido mucho mejor,
mejor que las falsas esperanzas.”

viernes, 4 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 14 - Carmín rojo satén (Parte V)



Tener amigos es importante, pero tener hemanos aún más. Yo tengo la fortuna de haber elegido a todos mis hermanos. Yume, Nerissa, Sam, Kiseki, Disi... etc... son hermanos o "hijos" pues así los siento. Me siento responsable hermano mayor con ellos, o el insufrible hermano pequeño al que se le tiene cariño porque en ocasiones su compañía es agradable.

Adoro a todos mis amigos, son lo más importante y son más importantes que una pareja. Cuando los quieres de esa forma pierdes la noción del tiempo. Quieres que todo salga bien, pero a veces no sale, y lloras con ellos... pero lo importante es levantarse todos y alzarse con ganas de seguir luchando.

Ayer me declaré sí, pero me he dado cuenta que lo que tengo ahora con esa persona es más importante. Supongo que ese amor pasará, estoy más que seguro de ello. Por otra parte estuve hablando con mi Louise durante siete largas horas vía micrófono. He amanecido con ella al otro lado.

En este relato aparece el nombre de Marisol, en parte será su carácter y su forma de ser, pero con algunos años más. Igualmente aparece Louise, pero con otro nombre. ¿Por qué lo he hecho? simple y fácil... necesitaba mujeres en la organización, chicas dispuestas a todo... con cierto grado de locura... y las adoro.







Paulo terminó por colocarse los gemelos mientras intentaba buscar alguna excusa, pero no creo que encontrara alguna. Helena sólo se ocultaba tras él, muy sonrojada y nerviosa. Supongo que para ella aquello era más incómodo que para un hombre tan vivido, descarado y un poco canalla, como él. Yo los miraba con cierta felicidad, Kurou simplemente como quien ve una libélula y se pregunta como bate esas enormes alas.

-Juro que jamás me he comportado de esta forma en casas ajenas.-dijo al fin alzando su rostro colocándose bien las gafas, aunque no lo necesitaban.-Prometo que esto no volverá a repetirse, al menos no en vuestro hogar.

-Yo sigo preguntándome si mi mesa de billar es cómoda.-intervino mi esposo.

Caminé hacia ella, para tomarla de la muñeca y conducirla hacia el pasillo. Quería hablar con ella seriamente, al menos saber qué demonios había pasado y cómo se encontraba. No quería que sufriera, era la única mujer que me hacía sentir tan cómodo. El resto de chicas siempre me perturbaban, me tocaban en exceso o intentaban absurdas triquiñuelas para encandilarme. Tenía otras amigas, pero ellas no eran así de especiales y tampoco me regalaban paz.

Sus tacones sonaban a mis espaldas, junto a mis pasos precipitados, podía notar lo nerviosa que estaba y yo lo necesitado de información. Tenía que soltar prenda, aunque fuera algo escaso y con muchas dudas. No podía permitir que se fuera así sin decirme qué había ocurrido. Me preocupaba demasiado que la hirieran como yo lo hice una vez.

Terminamos metidos en medio del laberinto, justo frente a una de las fuentes en forma de cascada con una de las estatuas más hermosas. Era un dragón que descansaba apaciblemente sobre una roca, siendo contemplado a su vez por un joven guerrero alado. El agua corría calmada, con cierta belleza musical, y a ese sonido se añadió el de su risa nerviosa.

-¿Qué sucedió?-pregunté.-Dime, no rías.

-¿Alguna vez te has topado con un hombre que dice las palabras exactas?-respondió antes de sentarse en una pequeña piedra, cerca de la cascada.-¿Alguna vez has sentido que necesitas que te lo hagan aquí y ahora?

-Así que es sólo atracción.-dije aliviado.

-No lo sé, sólo sé que quiero seguir devorando sus labios mientras le quito esas enormes gafas de empollón.-dijo bastante roja.-Si hubieras visto como se movía, ese ritmo rápido y duro. Jamás me habían controlado de esa forma, ni siquiera tú.-me tomó del rostro inclinándome hacia ella.-Tú eras muy tímido, hasta que te volviste un león. Pero él es fuego, un fuego que quema y que me hace gemir sin importarme el lugar. Mis caderas se movían solas.-apartó sus manos de mí para tocar sus muslos tirando de su vestido.-He tenido varios orgasmos seguidos antes de sentir que él llegaba, que lo hacía calmándome ese calor y dándome otro.

-Y sin condón.-añadí molesto.-¡Helena!

-Soy estéril cariño.-dijo seria.-Si dejé a mi pareja fue porque no puedo darle hijos, te mentí.

-Perfecto.-murmuré suspirando antes de acariciar sus cabellos.

-Paulo es el hombre que me ha hecho sentir sensaciones muy excitantes. Nunca tuve un amante igual.-se bajó un poco el escote y me mostró un tremendo mordisco.-Esto es sólo una prueba de lo pasional que puede ser.

-Mosca muerta.-chisté antes de sacudir mi cabeza.-¿Y qué piensas hacer?

-Pedir que me lleve a su casa y seguir, por supuesto.-dijo antes de darme un puntapié.-Decirle que tengo entradas para la ópera, lo cual es cierto, y que pensaba invitarte a ti o a Hiroshi. Sin embargo, sé que él se sobaría y que tú no podrías por tu maridito. Así que nada mejor que ir del brazo del alcalde.-comentó con cierta sonrisa de niña adolescente.-Ver ópera mientras siento sus labios pegados a mi cuello, o sus manos subiendo por el bajo de mi vestido, mientras siento el éxtasis de la visión del amor y la tragedia.

-Dios, dame paciencia por que si me das fuerza acabo matándolos a todos.-comenté alzando los brazos.-¿Tú te oyes? Tú no eres así.

-Estoy necesitada, quiero que me hagan sentir mujer.-sus palabras me sorprendieron.-¡Demonios! He salido con tipos que se han creído los mejores amantes, pero sólo han pensado en tener placer entre sus piernas. A mí ni me han preguntado si me gustaba. Tampoco me han hablado de arte, ciencia, tecnología y a la vez de literatura erótica en una conversación. Son gusanos que no saben apreciar el intelecto ni como mover las sábanas. No soy una monja, así que no quiero dar caridad a una panda de inútiles tan descerebrados como cobardes.

“Eres la rosa sangrante que engalana mi ojal,
diosa de otro mundo que juega al azar
esparciendo su místico aroma pasional.
Ángel de labios rojos y ojos de gato.

Eres el sueño que no tiene fin,
o mejor dicho que no debería tenerlo.
Naciste en un desierto de lágrimas amargas,
hundiéndote en un mar de rotundas plegarias.

Eres el sueño que no tiene paz,
porque todos desean con furia y fuerza poseerlo.
Unicornio que cabalga alzando sus alas al alba,
siente la pasión y la elegancia.

Eres la rosa que amé y se quedó entre mis manos,
mientras me hacía sentir sus espinas.
Mi hermosa mujer, lucha por tus sueños por favor.
Quiero verte radiante repleta de eso que llaman amor,
aunque parezca falso y lo llamen el preciado diamante.”

Me senté a su lado rodeándola con firmeza, besando su frente y sintiendo que debía tener una ilusión para vivir. El trabajo que desempeñábamos era duro, tan duro que a veces cuando te veías solo querías tirar de cualquier esperanza. Estaba que esta nueva llama que crecía en ella no la quemara, pero tampoco se apagara. Si bien, por dentro sentía cierto miedo que me perturbaba. Paulo era un conquistador arrepentido, a veces, por su amante enloquecida, sin embargo uno no cambia de la noche a a la mañana.

Entonces, noté que alguien venía hacia nosotros. Junto a Kurou estaba Paulo. Ambos tenían un cigarrillo en los labios, las manos metidas en los bolsillos, y una mirada algo lejana. Sin embargo, Paulo lucía una de esas sonrisas canallas que hacían suspirar a todas las mujeres que tropezaban con él. Kurou andaba serio, meditabundo.

-¿Qué queréis?-pregunté apartándome de ella, notando como disimuladamente se secaba las escasas lágrimas que había en sus mejillas.

-Yosh, ven conmigo tengo algo que hablar.-dijo mi esposo moviendo el cigarrillo sin lograr que se cayera.-El almuerzo, he pedido que lo hagan pero no sé que postre crees conveniente.-era una excusa tonta, pero efectiva. Tiró de mí y me apartó de aquellos dos.

Dejamos que ellos conversaran, aparecieron cuando ya daba por perdida su compañía en el almuerzo. Mientras les esperábamos Kurou no paró de acariciar mis cabellos, de mirarme como si fuera la primera vez. Creo que haber recordado todo lo que habíamos vivido le había hecho sentirse un poco más afortunado, porque a decir verdad a mi me pasaba lo mismo.

El almuerzo fue interesante. Paulo tenía temas para hablar durante varios siglos. Kurou se sentía cómodo con él, al fin alguien que parecía tomarle las medidas en cierta forma. Ambos no paraban de idealizar Londres, así como también la cultura de los barrios más periféricos. Si bien, Helena optó por hablar de su gastronomía comparándola con la española. Ellos quedaron sonrojados mirando los platos y comiendo en silencio. Yo simplemente reía ante los arranques de aquel par. Era divertido disfrutar de un almuerzo como aquel.

Al llegar justo al postre apareció Anne. Caminó somnolienta aún hacia mí, pidiendo que la tomara entre mis brazos. Parecía aturdida, pero pronto despertó justo por el aroma de las natillas. Miró fijamente a Paulo, de soslayo a Helena, y después al cuenco que tenía frente a ella. Metió su dedo en él antes de llevárselo a los labios sonriendo de forma pícara.

-Puedes tomarte mis natillas, amor.-dije acariciando sus cabellos.-Mira cariño.-murmuré tomándola del mentón.-Ellos son Paulo y Helena, son amigos de tus papás.-comenté antes de darle la cuchara.-¿Qué se dice?

-Buen provecho y encantada de conocerlos, es un honor compartir mesa con todos ustedes.-aquello hizo que Kurou sonriera de orgullo.

-No niña, se dice a zampar.-indicó Helena comenzando a reír.-No la vuelvas una estirada soseras como tú, deja que la niña sea una niña.

-Yo no soy soso.-respondió molesto.

-Soso, como todos los ingleses.-dijo en forma burlona.

-Yo soy inglés.-intervino Paulo colocándose las gafas.

-Tú eres la excepción que confirma la regla.

El resto de aquella reunión informal fue bastante agradable. Paulo tuvo que marcharse antes y yo dejé a la pequeña jugando en su habitación. Los informes que tenía Helena eran muy completos, y algo complejos a decir verdad, tuvimos conferencia con Kamijo durante una media hora y nos dijo que teníamos que colaborar con varias chicas que se encontrabaen la zona. Eran Eva y Marisol. Eva era una chica muy enérgica, Marisol era algo más calmada aunque tenía un aspecto radical. Las conocía poco, pero su forma de actuar era limpia y rápida. Entre los cinco deberíamos hacer que todo fuera sobre rueda, siempre con el soporte de Sho gracias a sus robots y aparatos tecnológicos. Juka no escaparía.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 14 - Carmín rojo satén (Parte IV)



Hoy he tenido la valentía-cobardía de decirle a alguien lo que siento... Ha costado.
Muchos decís que querríais un Kurou... pero no os dáis cuenta que parte de él soy yo. Yoshiki tendrá mi forma loca de quitarse los nervios cantando y bailando cuando nadie le ve, se sentirá desahogado cuando toca el piano como cuando yo escribo y pondrá cara inocente siempre que haga un destrozo. Pero, esta forma de ser de Kurou de hablar poco de sus sentimientos hacia la persona que ama, de ser un poeta a escondidas de Yoshiki... es tan mía... como su forma de cuidar a los que quiere. No soy tímido, soy cobarde en ocasiones. Espero que disfruten de esta parte.

Os quiere... Lestat... Kuroi...

Pd: Kiseki, gracias por todo... como a todos los que os habéis convertido en la vaca de Milka y me habéis dado ese empujoncito... Disi, Neki, Kiseki, Marisol, Neris, Sam, Laura, Jenova y Liita... os quiero a todos.





Acabé de tocar una pequeña canción, lo hice sin poder apartar la mirada. Aquello que teníamos era un milagro y como milagro lo agradecía en cada segundo. Me levanté del piano sorprendiéndole, para terminar sobre su rodilla con una enorme sonrisa. Él se ruborizó agachando la mirada, justo antes que yo rozara mis labios sobre su cuello.

-Dime algo tierno.-susurré en su oído.-Sé que eres un buen escritor, un poeta.-dije acariciando uno de sus mechones.

-Eres igual que un gato.-murmuró antes de besar mi mejilla.-Tu curiosidad provoca que te quiera más aún que antes.-dijo acomodándome sobre sus piernas.

-Cuéntame como supiste que me amabas y porqué no me dijiste.-dije antes de mirarlo con cierta necesidad.-Dímelo.

-Vivía en un mundo muy gris.-dijo con dificultad.-Un mundo donde nada tenía sentido. Me había casado con ella por miedo a quedarme solo.-su rostro se llenó de matices amargos, pero aún así se veía hermoso.-Yo pensé que jamás amaría a alguien, que ese amor no existía. Me veía arrastrado a caminar sin sentimiento alguno. Un matrimonio que no funcionaba y que ya ni convivíamos en el mismo lugar.-murmuró antes de estrecharme un poco más hacia él.-Cuidarte se volvió una necesidad, no una obligación. No era mi trabajo, ignoro cuando pasó ese sentimiento. Supongo que a eso puedo llamarlo amistad.-se quedó en silencio mirándome a los ojos.-Decías que nadie te querría y sin embargo levantabas pasiones, eras admirado y amado por muchos. Y cuando te enamoraste de ella, cuando dijiste que la querías, me sentí feliz y a la vez hundido en la miseria.-besó mi frente y después sonrió amargamente.-Poco a poco tuve que aceptar que salías con otras personas, que ya no tenía que aparecer para abrazarte y rogar que dejaras de llorar.

-Me gustaba cuando hacías eso, me sentía querido.-tuve que decírselo, porque así fue.

-Sentía que era una ruptura de confianza amarte, peligroso y absurdo.-echó su cabeza hacia atrás y terminó suspirando pesado.-Cuando recibí aquella bala que era para ti pensé que debió darme de lleno, porque lo que sentía era más doloroso.

-Pero había mujeres enamoradas de ti, decían amarte y alguna vez te llegó alguna carta llena de palabras románticas.-me quedé con los ojos clavados en él, esperando que sus ojos se cruzaran con los míos a punto del llanto.

-No, no las quería. Alguna las llegué a ver como personas muy agradables, algo parecido a la amistad.-comentó.-Pero soy alguien solitario y mi dedicación a ti las apartó.

-Y tuve que sacarte todo con tenazas.

-Con alcohol.-musitó.

No dudé en reírme. Recordé aquella noche con nitidez. Parecía que estaba ocurriendo de nuevo ante mis ojos. Había decidido invitarlo tras un gran trabajo. Él había actuado de forma muy precisa, meticulosa, y sin un fallo. Nadie se había dado cuenta del robo al casino de la ciudad, propiedad de un pequeño clan ruso. Aquello había sido más que un éxito. Necesitábamos celebrarlo y decidí que siendo mi mejor amigo, la persona que tanto quería, se merecía que lo hiciéramos por todo lo alto.

“Yo no bebo, no me gusta el alcohol. Hago cosas muy estúpidas cuando bebo.”

Sus palabras en cuanto al alcohol me hizo caer en la tentación. Compré varias botellas de sake y le reté a beber. Él desconocía que jugaba cada vez que podía con Kamijo. Era muy bueno bebiendo, tenía una resistencia atroz, y él con tres copas ya estaba rojo admitiendo cosas muy extrañas.

“Sí, estoy enamorado. Sí, no lo saben muchas personas. Creo que sólo lo sabe Kamijo, porque ese desgraciado se entera de todo. ¿Sabes? Eres tú. Eres un maldito despistado y me da pena, porque estaría bien que te fijaras en mi. Soy ese que tanto buscas y luego caes en líos de faldas y braguetas que no llevan a nada. Así que ¡salud! Porque tú no lo sabes y yo sigo callado. Pero no se lo digas a nadie, es un secreto. Los secretos no se dicen.”

Cuando escuché esas palabras me quedé en silencio. Jamás pensé que me dijeran algo así, menos borracho. Aunque lo había dicho completamente ebrio no le quitaba lo atractivo. Amor de verdad nadie me había dado. Además, yo estaba enamorado de él y él parecía obviar cualquiera de mis indirectas. Había dicho mil veces que me gustaban personas que fueran cariñosas, él lo era conmigo a pesar de ser algo frío con el resto. Siempre deseaba verle sonreír, cuando veía que se entristecía o parecía serio algo en mí se descomponía.

“¿No brindas? Deberías brindar, cuando uno brinda esparce suerte. ¿Sabes? La suerte debe ser esparcida, debe sentirse. Yo soy un desgraciado, nunca he tenido suerte. Bueno, la he tenido al conocerte a ti. Por eso no quiero decirte nada, no quiero que me tengas lástima. Me vuelvo tímido en cada cosa que te digo.”

Me tomó del rostro acariciando mis mejillas, haciéndome sentir pequeño. Cerré los ojos esperando un beso en los labios, pero lo obtuve en la frente. Después me abrazó, como nadie había hecho, y sus manos fueron a mis cabellos. Me sentía tan aturdido, sin saber qué responder.

“No permitiré que te hagan daño, nunca voy a permitir que te hagan daño. Y si tengo que bailar claqué bajo la lluvia para que te rías, lo hago. Pero, no quiero ver lágrimas en tus mejillas. Ya has llorado mucho y yo quiero sólo que sonrías. Sé que es egoísta lo que pido, ya que cuando lo pido es porque soy muy feliz cuando lo haces.”

Aquello era sake, pero parecía el suero de la verdad. Había tomado la valentía suficiente para decirme todo lo que no pudo en mucho tiempo. Notaba sus lágrimas manchar mi frente, ya que no dejaba de besarme mientras jugaba con mis cabellos.

“Quiero que alguien te ame de verdad, eso es lo que deseo esta noche. Así que vamos a brindar.”

Se apartó tomando nuestras copas, pasándome la mía y alzando la suya. Su sonrisa en esos momentos me parecía más calmada que nunca. Realmente estaba relajado, había relajado su alma y finalmente había dicho todo lo que quería decir. Pero yo no era capaz de soltar prenda, y era yo quien debía hablar esta vez.

Brindé con él bebiendo con dificultad, quería llorar mientras notaba mis mejillas muy rojas. Como pude me acerqué a él para besar su boca lentamente. Mis labios se aferraron con rabia, provocando que mi cuerpo cayera sobre el suyo. Nuestro primer beso fue de esa forma. Me quedé subido sobre él besándolo con rabia. Me había estado ocultando lo que sentía durante años, eso no era justo. Yo había hecho lo mismo, pero simplemente porque jamás pensé que me querría. Aquel maldito saxofonista de puños de acero y mirada de hielo me quería, me quería a mí y no a ellas. Me sentía mal por las chicas, pero al fin alguien me amaba y lo decía alcoholizado sin poder mentir.

-Me he acordado de todo en estos momentos.-dije riendo bajo, aunque le miré de forma tierna.

-Eres un maldito desgraciado, me emborrachaste para sacarme a quién amaba.-murmuró antes de besar mi frente como aquella noche.-Pero, si no hubiera sido así jamás habría reunido el valor. No soy tímido, simplemente frente a ti temo hacer el idiota. Me sonrojo por los nervios que me provocas, porque nadie me ha hecho sentirme de esa forma. Noto como se revuelve el estómago, las palabras se quedan escasas y la boca se reseca. No es timidez, sabes que puedes ser más tímido que yo cuando llega el momento. Pero temo tanto dañarte, tanto hacer algo que te haga llorar, que prefiero quedarme en mi concha y no decir demasiadas cosas.-susurró antes de tomarme del rostro.-Me sonrojo porque siento miedo, nerviosismo o simplemente me veo patético.

-Aún así eres romántico, dulce, ingenioso y sobretodo te ves lindo cuando te sonrojas. Es como si esa belleza y dulzura aflorara dentro de ese armazón.-susurré antes de sonreír y morder sus labios.-Idiota.

Notamos entonces pasos apurados por el pasillo, así como algunos murmullos, cuando se abrió la puerta los vimos. Ella intentaba acomodar sus cabellos y él su corbata, pero ambos se notaban sofocados y con una sonrisa demasiado descarada. Kurou empezó a reír de buena gana, como si aquello hubiera sido la mejor de las bromas, yo también lo hice. Pocas veces podía ver así a mi esposo, riendo de forma algo tétrica pero cómica junto a mí.

-¡Espero que fuera cómoda mi mesa de billar!-exclamó.

-Sabemos todo, pero no os sintáis incómodos.-comenté levantándome de sus rodillas.-Es una necesidad que no se puede evitar.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 14 - Carmín rojo satén (Parte III)




El regreso fue muy dulce. Anne no paraba de hablar de los dibujos que hacía en sus horas de plática, así de todas las cosas que ya sabía y que a la maestra le asombraba. Yo simplemente sentía orgullo, igual que Kurou, nuestra pequeña era una niña dotada de inteligencia, belleza y dulzura. A veces, recuerdo esos momentos de su infancia como algo muy especial.

Decidí tomarla en brazos para salir del garaje y cruzar la mansión hacia el salón principal. Ella estaba agotada, aunque seguía intentando contarme todo lo que había hecho. Quería que los saludara antes de tumbarla para que descansara, ya que en el colegio almorzaba y podía darme el lujo de tumbarla al menos media hora. Sin embargo, nada más cruzar el salón noté que no estaban allí aunque el bolso de Helena estaba arrojado sobre la alfombra.

Kurou se quedó tras mis espaldas, tomándome de los hombros. Notaba su respiración pausada cerca de mi nuca, mientras ella simplemente se recostaba mejor contra mi torso. Acaricié sus cabellos suspirando antes de girarme hacia mi esposo. Nos miramos a los ojos y sin decirle nada le pasé a la pequeña. Pero, justo antes de marcharme para encontrarlos me paré.

-Iré a ver dónde se han metido, quizás ha ido a mostrarle la sala donde tenemos algunos cuadros y la mesa de billar.-comenté antes de besar su mejilla.

Empecé a buscarlos. Primero fui al salón con televisión, pensé que quizás necesitaban matar sus neuronas, después fui al lugar donde teníamos cuadros y billar. La puerta estaba abierta, cuando normalmente se encuentra cerrada. No tuve que entrar para imaginar la escena que allí se estaba dando.

Pude escuchar la respiración acelerada de ambos, junto a gemidos bajos, cerca de la puerta estaba la chaqueta de Paulo. No me atrevía a mirar, quizás por pudor y tal vez porque no hacía falta. Ambos estaban dando rienda suelta a una atracción inevitable. Yo simplemente cerré con cuidado, para girarme y seguir mi camino hacia la habitación de la pequeña.

Mientras subía las escaleras vinieron a mi mente esos momentos sensuales de Helena, los más eróticos que me pudo regalar una mujer. Era una diosa que se movía como sirena en mares profundos. Sus mejillas sonrojadas, sus manos enterrándose en mi torso y esa mirada entre tímida y desatada. Todas esas imágenes estaban en mi mente. Recordaba como sus caderas oscilaban, mientras sus labios se mordisqueaban y yo gemía agarrándola de la cintura. Podía incluso imaginarme como se movía sus cabellos. Toda una bomba de relojería. Una de esas mujeres dulces y sensuales, tanto fuera como dentro de la cama. Paulo no sabía lo que le esperaba.

“La pasión no tiene límites posibles,
dale rienda suelta a la imaginación.
No me intentes limitar la pasión,
no me quites la libertad.
Quiero besar tu boca y morir en tus labios,
y todo mientras lo hacemos en un rincón perdido.
No, no me dejes aquí... adentrarte en lo prohibido.
Deja que te exhiba como un ser de otro mundo,
una belleza creada la elegancia de un ave
y magia, la magia de tus recuerdos.
La pasión no tiene límites y lo sabes.”

Sabía que Paulo era una bestia en la cama. Su aspecto tímido y elegante era pura fachada, en realidad era un demonio que calculaba cada paso que daba. Muchas mujeres hablaban de como las seducía para destrozarlas en la cama, que las dejaba tan agotadas que era casi imposible moverse. También muchos hombres comentaban que todo lo que narraba en sus libros de fantasía erótica, como esos de puro romanticismo, era él seduciendo al lector con hechos que una vez sucedieron más allá de su imaginación.

“Ponte esa extraña máscara,
esa que muestra lo que siempre fuiste.
Ponte esa dulce sonrisa,
esa de rata tras el flautista.
Estúpido enamorado, sombra chinesca.
Has caído en el batir de una mariposa,
has renunciado a luz de este mundo.
Ahora sólo quieres fantasía,
y es normal, porque embriaga.
Ahora sólo quieres poesía,
porque ella son versos olvidados.”


-No quiero imaginar qué harán sobre el billar, Kurou no debe saber que...-me di cuenta que él salía de la habitación mientras murmuraba, pero fue tarde.

-¿Qué pasa con mi mesa?-preguntó.-¿La han manchado? Dime que no.

-Están teniendo sexo sobre ella.-respondí notando como él se quedaba paralizado y rojo.

Nos quedamos parados en la escalera, mirándonos con las mejillas rojas y sin saber qué decir. Nosotros no habíamos hecho nada malo, ni nada pervertido, pero estábamos como niños que habían sido atrapados haciendo algo prohibido. Tomé a Kurou por el rostro y sonreí, lo hice como pocas veces lo había hecho a lo largo de los años. Estaba azorado, se podía notar por mis mejillas rojas y mis ganas inmensas de sentir su abrazo.

-Tiemblas.-murmuró antes de abrazarme.-Yoshiki, no pasa nada.-dijo acariciando mis cabellos, rodeándome con cuidado.-Ni yo, ni yo.

-Ya sé que tú no, que no hemos hecho nada. Sin embargo, estoy nervioso y me siento turbado.-apoyé mi cabeza sobre su torso.-No tenemos conocidos ni amigos normales, esto es como una serie de humor y sólo faltan las risas enlatadas.

Decidimos irnos al salón y hacer como si nada sucediera. Debíamos actuar con toda naturalidad. Sabíamos que aquello iba a ser incómodo para todos. Después los invitaría a tomar un almuerzo rápido, si es que podían comer frente a nosotros sin tener presente que habían buscado la oportunidad de desatarse.

-Hace unas noches aquel hombre extraño y ese amigo tuyo...

Recordé a Daichi, tan femenino y sutil como una chica pero con la presencia indiscutible de su lado masculino. Había provocado que un hombre como Chris cayera en sus redes. La soledad provocaba que se desataran los deseos de contacto, las caricias y el deseo.

-No compares.-comenté antes de sentarme al piano.-Helena está cansada de estar con hombres que no la satisfacen, no es un corazón herido.

-Yo creo que sigue amándote a ti.-murmuró antes de sentarse en su sofá.-Toca por favor.

-Cariño, no tienes que pedírmelo.-susurré con una sonrisa antes de comenzar.


“Las lágrimas que una vez derramaste,
esas que no me quieres confesar,
aún bañan tu dulce rostro de mármol.
Puedo sentir el nerviosismo de las dudas,
todo lo que implica un dolor agudo.

Las lágrimas que nunca fueron sonrisas,
esas que se abandonaron al borde de tus ojos,
las puedo encontrar en la calidez de tu voz rota.
Apurado y con las alas rotas, como si no hubiera mañana
te encontré tiritando de frío en plena tormenta.

La lluvia eran tus lágrimas, el sol eran tus deseos.
Deseos que se hacían añicos y que hoy reconstruyo.
Libélulas que son hadas, gatos que son príncipes,
y gigantes que no olvidan el dolor de cuando fueron ángeles.
Carnaval fuera de fecha, sentimientos de amor no confesados,
besos a escondidas, amantes que no tienen fortuna
y el aroma de tus cabellos.

Lágrimas que no derramaste y que hoy derramo por ti.”


Kurou permaneció sentado contemplándome, yo cantaba sobre el amor que se rompía y volvía a la vida. Me sentía como un viejo escritor, de esos que escribían a ritmo de máquinas de escribir palabra por palabra poemas de amor. Mi canción era sobre el recuerdo de las amarillentas cartas de mi esposo, así como sus notas llenas de un sufrimiento perfumado con el más dulce amor, mientras imaginaba como las flores renacían en los corazones de los nuevos amantes.

“En la inmensidad de la nada te hallé,
olvidada como un viejo botón.
En la envidiable cuna de lo amargo,
me tomé un café de miradas ancladas en el ayer.”

Me quedé en silencio unos segundos, sus ojos se volvieron tentadores y mi sonrisa se volvió tímida. Quería abrazarlo, rogarle que me dijera palabras tiernas que no solían ser habituales. Se ruborizaba demasiado cuando sabía que podían vernos, inclusive para decirme algo tierno debía ser en la completa soledad de nuestra habitación. Eso lo hacía tierno y a la vez fascinante. Nunca tuve un amante ni un amor parecido.

“Melancolía esparcida en fragancia de poesía,
vidas anónimas que traspasan los entintadas muros
que son las paredes del alma de un artista.
Melancolía de recuerdos que se mueren,
pero que renacen en viejas fotografías.
Pinturas del ayer y orgasmos del mañana.
Seamos poetas con alma de hedonistas.”

martes, 1 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 14 - Carmín rojo satén (Parte II)


¿He dicho que amo a las mujeres como Helena? Ese es el tipo de mujeres que me gustan. No me agradan las que van de conquistadoras, sino las que con silencios conquistan más que con cualquier palabra. Esas que son expresivas, sinceras y locas... a la vez que dulces y entregadas en cada abrazo. Me gusta la dulzura envuelta en pasión.

No me gustan las mujeres poco femeninas. Para mí una mujer femenina es Helena... y no tiene porque llevar falda, traje y tacones... puede serlo con ropa amplia. Una mujer debe saber moverse, sonreír y sobretodo expresar sus ideas con la sabiduría de mil dioses y poseer la imaginación de un niño.

Así que señorita... olvídese de mí, por mí se puede usted ir a freir espárragos... No encaja en mis gustos...


La persona para que va el mensaje se dará por aludida sola, no tengo que decir su nombre.


-¡¿A quién preñaste?! ¿Vientre de alquiler? ¿Una de esas ex te plantó el regalo en la puerta? ¡¿Por qué demonios no me lo dijiste en el último e-mail que me enviaste?! ¡Yoshiki!

Su expresividad, su pasión y sobretodo esos ojos preocupados, en vez de mostrar su máscara de seducción, me provocaban una ternura incomprensible. Ella era la única mujer que había podido llegar a querer, aunque no a amar, y se veía tan hermosa cuando me regalaba esos arranques maternales que quedaba absorto.

-No preñé a nadie.-dije intentando calmarla con mi tono de voz.-Es hija si hablamos de genes, única y exclusivamente, de Kurou.-se quedó pálida y apretó sus manos, para luego dejar sus brazos a ambos lados de sus caderas.-La tuvo con su ex-mujer.-añadí.

-¡Pero si esa mujer lleva muerta años!-gritó.

-Casi dos años, mes arriba o mes abajo.-murmuré antes de sonreír.-Fue un placer hacerlo, sin duda.

-Pero entonces.-antes de gruñir.-¡Ese idiota te ha estado ocultando esa niña! ¿O has sido tú el que ocultaba todo?-preguntó antes de tomarme del rostro.-Yosh, mi Yosh.-murmuró antes de agarrarme de las manos.-¿Todo bien?

-Sí, todo va muy bien.-aparté sus manos de las mías, para abrazarla sintiendo su cuerpo tiritar.-No tiembles, no hay nada malo.

-No quiero verte triste, sólo es eso.-murmuró con un tono dulce, como de niña pequeña.

-Nunca estaré tan triste como cuando me conociste, ahora todo va para mejor.-respondí antes de besar su frente.-Anda, siéntate en el sofá y deja que toque para ti.

Aceptó mi invitación marchándose hacia los sofás de la sala, a sus espaldas estaba el jardín que se mostraba inmenso e inquietante. A lo lejos se podía ver las estatuas dispersas, los arbustos podados de formas extrañas y el dorado del otoño cubriendo el suelo mientras algunos árboles se veían desnudos. Hojarasca frente a verdes monumentos que seguían en pie, como si fueran fantasmas de otro tiempo esperando volver de un sueño profundo. Poseía un enorme jardín, un inmenso territorio sin explorar por completo. Siempre encontraba algo hermoso, algo verdaderamente hermoso. Había plantado tréboles para alfombrar un pequeño trozo del terreno, lo había hecho junto a pequeñas flores violetas. Se veía tan hermoso el contraste en primavera que me hacía soñar con otros mundos.

Contemplé su cuerpo recostado en aquel sofá, negro como la noche, mientras su vestido rojo formaba un contraste aún mayor por el verde y dorado del jardín. Parecía un animal salvaje deseando encontrar una presa, pero no para asesinarla sino para evitar la soledad que parecía surgir de su sufrida alma. Me acordé entonces de la tristeza de Paulo Wilde. Dos seres como ellos solos, sin nadie que les suplicara que no se marcharan.

Helena era una amante de la literatura, gracias a ella se inspiraba en sus cuadros. Decía no tener mucho talento, pero sus cuadros llenos de belleza fantástica me hacían delirar. Eran increíbles. A ella le había pedido un cuadro que estaba en mi habitación. Era yo con alas de dragón y aspecto de ángel, en medio de un paraíso verde en distintos tonos. Realmente era asombroso.

Paulo era de esos hombres que te hacían delirar por culpa de sus palabras, sentías pequeños deseos de sentir a tu amante recorriéndote con la mirada. Conseguía que nadie quedara como bloque de mármol, sino como una marioneta trémula en busca de ser humana. Sus mundos fantásticos llenos de pasión sexual y de historias llenas de momentos de caballería, nobleza y un toque de estilo inglés, atraían a cientos de personas. Era el rey de las moscas, puesto que todos caíamos como ellas frente a su electrizantes palabras.

-Querida, aguarda un momento.-dije levantándome apurado.

Había tenido una idea, una idea fabulosa. Me froté las manos como si fuera el villano de un cuento y reí como niño subiendo por las escaleras. Di con mi móvil aún en la mesilla de noche, busqué su número y lo llamé rogándole que viniera. Estaba en su despacho terminando de organizar algunos presupuestos. Sin embargo, me dijo que estaba algo agotado y que aceptaba mi invitación. Sin darme cuenta, acordé una cita a ciegas para ellos dos.

-Si esto funciona quiero que me llamen Eros, me den flechas y una toga bonita.-comenté antes de girar sobre mí mismo.-All You need is love.-susurré comenzando a cantarla.

-¿Qué tramas?-preguntó ella, saliendo de la nada, haciéndome sentir como un niño pequeño atrapado por su madre en medio de un desastre.-Dime, Yosh

-Mamá, te juro que el jarrón no lo he roto yo.-respondí riendo como loco.

-¡Yoshiki! No me vengas con tus frases locas ¿qué tramas?-interrogó antes de pellizcarme de las mejillas, estirándolas como chicle.-¡Yosh!

-Nada.-balbuceé como pude.-Nada de nada.

Escuché entonces por la escalera los pasos de pesados de Kurou, como resoplaba por culpa de todo aquel trabajo atrasado. Solía decir que el trabajo debía llevarse siempre al día, que no debía dejarse nada para el último momento.

-¡Yosh!-exclamó quizás buscándome por los despachos.-¡Yosh!-dijo de nuevo.-¡Espero que no estés durmiendo!

-¡Estamos aquí soseras!-respondió ella antes de estrujarme.-¡Tu lindo maridito me muestra vuestro nido de amor!-me estampó mi cara en su escote, casi me ahoga con sus pechos.-¡Si es que es tan mono!

-¡Aparta!-dijo molesto al entrar y verme así.

-Todo tuyo.-respondió empujándome hacia él.-Dios, sois tal para cual. Aunque deberías sonreír un poco más.-comentó quedando frente a los dos.-Si sonrieras más seguro que Yoshiki te vería más atractivo, mucho más sexy.-se puso de puntillas y besó su mejilla.-Deja de verme como una enemiga, haces que me sienta una bruja.

-Deberíamos ir todos abajo, he invitado a Paulo para almorzar. Después, podemos hablar sobre la información que nos trae Helena sobre Juka.-comenté antes de abrazar a Kurou sonriendo como un adolescente, sé que era de ese modo porque él acarició mis cabellos de forma tierna.

Nos movimos hacia el salón, donde comencé a tocar el piano mientras ellos se miraban de reojo. Quería romper la tensión de alguna forma. Siempre era igual. Kurou tenía miedo, porque sabía que ella era importante en mi pasado y en mi presente, ella estaba también aterrada porque algo fuera mal con él. Así que los dos iban en busca de protegerme, asfixiándome de camino, y se miraban como sí estuvieran jugando el poker.

“Juguemos a ser coristas de una orquesta de poca monta,
seres nocturnos con carisma y deseos de brillar como luciérnagas.
Sintámonos como ángeles en un coro de demonios,
ebrios de canciones que no hablan de amor.
Movamos nuestras caderas como gatos en pleno éxtasis,
seres envenenados con la magia de las notas.
Vamos a camuflarnos entre seres ordinarios para esta gala,
celebrándolo como niño, mientras peleamos como matrimonio.
Por favor toquémonos con abrazos que nos hielen con su calor,
serpientes camufladas en lo indecente de un arcoiris.
Dragones principescos, gigantes dulces y ninfas gato.”

Tardó algo más de media hora, pero fue como una década, cuando Paulo Wilde apareció en el salón acompañado de Sebastian. Se sintió sorprendido por la presencia de mi esposo, pero sus ojos fueron hacia ella. Noté como sus ojos, azules en tonos grisáceos, se acomodaban sobre los de ella y sus labios seductores. Sonrió de forma galante, caminó con elegancia y ella se aproximó a él haciendo sonar sus tacones de Diosa de otro mundo.

-Mi nombre es Helena Molero.-comentó extendiendo su mano para que él la besara.-¿Y usted?

-Mi nombre es Paulo Wilde, pero ahora mismo soy su esclavo por unas horas si así lo desea. Jamás vi musa más elegante, hermosa y felina.-hizo que ella se sonrojara y yo reí bajo.

Noté la mirada de Kurou hacia mí, mientras yo sólo hacía el símbolo de la victoria. Dos personas solas tan perfectas para ser amadas se habían conocido. Yo sólo había logrado dar el empujón. Al menos se atraían, era algo que me hacía feliz, y aunque no terminara de cuajar me sentía satisfecho.

-Es usted un descarado.-murmuró tocándose el rostro con una de sus manos.

-No, soy poeta.-comentó.-Y por lo tanto amo la belleza.-añadió rozando sus labios con la mano que tenía sujeta entre las suyas.-Su belleza es tentadora, amiga mía.

-¿Esto es lo que tramabas?-preguntó ella intentando mirarme, aunque Paulo le robaba toda la atención.

Empezamos a conversar, como si fuera una cita en parejas. Paulo estaba tan pendiente de Helena que me producía ternura e impaciencia. Kurou no cesaba de acariciar mis manos, jugaba con nuestro anillo de casados. Estuvimos charlando sobre infinidad de temas, hasta que llegó la hora de ir a por la pequeña.

-Tenemos que ir por Anne, vosotros quedaos aquí. No tardamos mucho, el colegio queda a quince minutos a pie.-comenté con una sonrisa.-Pero me gusta ir en coche, porque viene agotada.

Aceptaron mis palabras, mientras Kurou me seguía calmado. Parecía que había comprendido que para mí el pasado quedó atrás, que ellos eran amigos míos y que sólo quería verlos felices. Una vez en el coche se quedó mirándome mientras me acomodaba el cabello.

-¿Qué?-pregunté.-Hoy ni me peiné.-murmuré resoplando.-Ni me fijé que no lo hice.

-Así estás más hermoso que tan peinado.-dijo acariciando mi mejilla izquierda, únicamente con la punta de sus dedos.-Tenía aún celos de Helena, pero me he dado cuenta que realmente habéis pasado página los dos.

-Helena es como tú, no quiere que me pase nada y no se fia de nadie.-me giré hacia él y le miré.-Me asfixiáis, me hacéis sentir un niño pequeño que no sabe ni cambiarse el pañal. Tanta protección hará que termine explotando y mandando a todos a la mierda.-lo agarré del rostro para que me mirara, así no podría huir a mi regaño.-Los dos os ponéis muy idiotas.

Tras mis palabras sonrió, como si ese regaño le hiciera feliz. Hace poco descubrí que amaba verme molesto, el motivo era por las pequeñas arrugas que se hacen en mi frente mostrándome fiero. No sé si reír o llorar por tal confesión, o si sería bueno golpearlo la próxima vez que me molestara sólo para verme en ese estado.

El regreso fue muy dulce. Anne no paraba de hablar de los dibujos que hacía en sus horas de plática, así de todas las cosas que ya sabía y que a la maestra le asombraba. Yo simplemente sentía orgullo, igual que Kurou, nuestra pequeña era una niña dotada de inteligencia, belleza y dulzura. A veces, recuerdo esos momentos de su infancia como algo muy especial.

domingo, 23 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 12 - Viejas vivencias, viejos recuerdos y demasiadas golfas. (Parte III)



Dedico esta canción a David, así como el texto. Él ha tenido que soportar a una Isabela hace unos días...

¿La verdad? Deseé ser Yoshiki y hacerle eso a esa estúpida.

¿Cómo se puede acosar a un chico de 20 teniendo 44 años y tan poca clase? ¿Cómo? ¿No le da vergüenza?



Paulo no dudó en acariciar mis cabellos, para soltarlos y besar mi frente. Todo lo hizo en silencio, pero sus profundos ojos azules me impactaron. Transmitía más que mil palabras y para mí él era un hombre que expresaba bien el sentimiento con frases ingeniosas. Tomó una de mis manos y la apretó con cierto cariño.

-Te agradezco que no hables, pero me des tu apoyo así.-susurré antes de abrazarlo como si fuera un niño.

Continué entonces contándole las desgracias que Kurou me había narrado, también que había escuchado de labios de Uta y de vecinos cercanos a la pareja. Pude incluso buscar a sus viejos amantes, todos me hablaron de aquella víbora con odio, un odio insano y destructivo.

Cuando prácticamente no eran nada Kurou pintaba un desnudo. Era una chica que había imaginado en su mente, ni siquiera había visto a otra mujer desnuda que no fuera Isabela. Aquella chica tenía los ojos de gato, la piel clara y rizos dorados que rozaban su espalda y sus hombros. Una preciosa Venus en medio de una selva, más salvaje que la concepción habitual. Una mujer diferente. Se veía hermosa, según mi esposo, porque danzaba junto a un tigre. Aquel cuadro lo destruyó ella tirándole un bote de pintura roja.

Ella era un volcán que sólo deseaba ser apagado. Después de aquello pidió que Kurou le hiciera el amor allí mismo, en el taller que alquiló para poder desarrollar su arte sin manchar su pequeño apartamento. Mi hermoso gigante aún era prácticamente un niño, tenía diecisiete años y ella rondaba casi los treinta. Era casi incapaz de hacer todo lo que pedía, se cohibía y terminaba llorando después del sexo. Sentía que era sólo eso lo que deseaba de él, cuando él necesitaba los abrazos que su madre en esos momentos le negaba.

Lloré narrando como ella se burlaba de él, le echaba el humo en la cara y le contaba como tenía relaciones con otros. Se burlaba de su sexo infantil y de su forma tonta de contemplarla mientras ella sólo deseaba sexo. Una maldita zorra que sólo quería que le abrieran las piernas y la llenaran. Sin embargo, fue tan ingenuo de creerse su palabrería barata una noche.

-Quiero hacerte sentir lo que es el amor de una mujer, amor entregado de una esposa. Estoy cansada de jugar contigo, quiero algo serio de verdad. Mi amor, mi niño... mi príncipe. Necesito que me quieras como quieren a las mujeres sus esposos. Quiero ser la única musa de tu mundo, tu princesa, y que tú seas mi eterno príncipe. Te haré cosas que jamás han soñado mis amantes, tengo una experiencia y un amor que quiero ofrecerte sólo a ti.-encendí uno de mis cigarrillos temblando, me tuvo que ayudar Paulo a prenderlo porque no era capaz.-Eso le dijo aquella fulana.-siseé soltando el humo con una rabia infinita.

Me recorrió una sensación de asco inmenso repitiendo esas palabras, las mismas que me pronunció Kurou en su día. Deseaba destrozar todo lo que estaba a mi paso, destruirlo porque ya no podía golpearla a ella. Una fulana cualquiera era el primer amor de mi gigante y yo tuve que sanar su corazón. Mi querido gigante había sufrido demasiado en manos de una golfa sin escrúpulos.

-De todo esto me enteré aquel día, me contó parte de sus desgracias. Aquel día en el cual me despertaba a su lado, después de un día cargado de sexo y caricias.-di una calada mirando a la nada, para luego ahogarme en el mar azul que vivía, en tinieblas desde hacía meses, en los ojos de Paulo.-Me morí por dentro.-aclaré echándome hacia atrás para mirar la cúpula de madera de roble de aquel merendero.

Al regresar mi vista hacia el frente lo vi a él. Mi esposo estaba allí de pie, casi rozando el techo de aquel lugar. Me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero intentaba contenerlas en su frío glacial que era su apariencia habitual. Me estremecí y temblé igual que él hacía, como si hubiéramos sentido una ventisca entrar en nuestros huesos y tembláramos horrorizados por el frío. Me levanté tomándolo del rostro, mirándole fijamente mientras él me abrazaba como un niño perdido.

-Mi gigante, no llores.-susurré antes de hundir mis dedos en sus cabellos.-Mi gigante, no quiero que llores. No debes llorar.-mordisqueé sus labios y él rompió a llorar.

-Así que es eso, es eso.-balbuceó.-Le cuentas eso a él.

-Es mi amigo, amor.-dije deslizando mis dedos por sus mejillas, intentando apartar sus lágrimas.-Necesito contárselo porque él también lo está pasando mal.

-Un condenado le habla a otro condenado.-murmuró antes de sonreír de esa forma dulce que tanto me enternecía y gustaba.

-¿Quieres quedarte a mi lado?-asintió suspirando pesado.

-Sí, es como decías.-comentó Paulo antes de sonreír de forma más humana, no era el demonio canalla que solía reír de todo como si no doliera.-Ahora lo veo y lo creo. Ver para creer, supongo.-murmuró.-Debí tener más fe.-añadió antes de echarse a un lado.-Hacen una pareja encantadora, muy dulce y peligrosa.

-Thank's.-susurró Kurou antes de sentarse para permitir que yo lo hiciera sobre sus rodillas.-La niña está con Sebastian, están haciéndote dulces.

-Me lees el pensamiento.-susurré riendo antes de abrazarme a él.

Justo iba a preguntar por ella, no quería que se quedara sola. Pero estando Sebastian con ella, junto a otros empleados de confianza, me relajaba. Era como si ella siguiera a nuestro lado, bajo nuestra supervisión, ya que ellos eran como de la familia.

-¿Qué le has contado?-preguntó acariciando mis cabellos, pegándome hacia él haciéndome sentir muy pequeño.-Por favor, Yosh.

-Que te hizo dejar lo que amabas, hundirte en la miseria y te engañó para que te casaras con ella.-comenté.-Te hizo perder amigos, familia y cualquier cosa que te diera vida. Te hundió en su mundo como si no importarás nada, como si fueras un auténtico pelele. Tú no eras su muñeco, no eras su juguete.-murmuré alzando mi rostro para mirarle fijamente con los ojos llorosos.-Kurou, sufro mucho aún pensando en todo lo que te hizo. Has tenido una mala infancia por culpa de gente que se aprovechó de ti, luego una juventud nefasta y yo a veces no te trato como debería. No me siento orgulloso de muchas cosas que he hecho y que te han hecho sufrir. Mi amor...-balbuceé rompiendo en un llanto silencioso, pero que me prohibía hablar. Me quedé sin voz, porque era incapaz de soltar una sola palabra sin balbucear.

-Así es.-respondió Paulo.-Aunque, debo decirle algo a usted Mr. Clawson.-comentó antes que Kurou pudiera responder a todas mis palabras y quizás molestarse por mi estado de ánimo.-Ambos son perfectos como pareja, me dan sana envidia.-dijo con una sonrisa triste.-Daría lo que fuera por poder recuperar a Claudia de sus mundos llenos de locuras febriles, o poder olvidar y hallar alguien especial.

-No me gusta ver alterado a Yosh.-comentó pegándome más hacia él, casi cortando mi aliento.-Pido que se marche, por hoy ya ha tenido suficiente.

-No.-dije casi arañándole para que me mirara.-No, por favor.

-Lo único que debe saber es que mi esposa ahora está en el fondo del río entre varios bloques de cemento.-comentó levantándose conmigo en sus brazos.-Ahora necesita descansar, no seguir contando algo que le daña.

-Comprendo.

Fue lo último que escuché de labios de Paulo, no insistió. Paulo Wilde dejó de pronunciarse al respecto de aquella historia. Sin embargo, en mi mente estaba la risa de aquella imbécil que decía poseer aún el alma de mi esposo por un papel. Yo sólo deseaba formalizar nuestra relación, sentir que podía decir con orgullo que era mi esposo y vivir en paz al respecto. Sin embargo, ella seguía en mi mente condenándome.

Mientras Kurou me llevaba en brazos por el sendero vino a mi mente imágenes lúcidas, muy claras, de como engañé a esa mujer. Me hice pasar por un nuevo amante, uno de esos con los cuales contactaba por la red, y aparecí con mi aspecto más masculino y avasallador. Hice que cayera como zorra insatisfecha en mis brazos, rogaba que se lo hiciera incluso en los servicios.

“Si quieres puedo chupártela aquí, ahora mismo. No me importa hacerlo en los servicios, o en un parque cercano. Me pones tanto, siempre me han puesto los asiáticos y tú tienes el cabello como el trigo. Eres tan hermoso, como una muñequita de porcelana muy cara. Quiero romper tu porcelana y lamer tus heridas. Quiero ser esa furcia que te ponga cachondo como nunca, mi amor. Necesito a un hombre de verdad en mi vida, que me abra de piernas y me haga sentir mujer. Sí, quiero sentirme mujer en los brazos de mi príncipe asiático. Eres mi príncipe, mi dios, mi verdadero ángel. ¡Me vuelves loca!”

Su tono lascivo y sus miradas desesperadas me causaban asco, no me seducía una mujer de su edad. Yo prácticamente era un niño frente a ella. Una mujer de 36 años con su cuerpo visto por mil hombres, y me consta que también mujeres, no era lo que yo deseaba. Para mí las mujeres no debían ser lascivas, ni usar demasiado maquillaje. Ni aunque yo hubiera estado soltero habría caído en su trampa, sólo lo veía como un juego indeseable pero necesario.

Noté la fragancia de la ropa de cama limpia, igual que su cuerpo cayendo sobre mí, cuando llegué a la parte más apetitosa de mis recuerdos. Los besos en el cuello de Kurou me hicieron sonreír excitado, pero sobretodo el recuerdo de como destrocé aquel cuerpo de furcia de bajo costo. Una mujer que sólo quería sexo, que no se fijaba en las caricias seductoras que podía poseer mi esposo, o cualquier otro hombre.

-Te amo.-susurré antes de besar su boca perdiéndome en su sabor.-Kurou ¿lo recuerdas? ¿Recuerdas como hicimos el amor frente a ella? Amordazada y medio muerta. Ella pudo ver como te venías gritando mi nombre, como aceptaste ese momento lleno de demencia por mí.-palpé su espalda rodeándolo con mis brazos.-Kurou, te amo tanto.

-Recuerdo como la desnudaste diciéndole que pasarías una gran noche con ella, que la harías vibrar. Vino a mi mente como la engañaste diciéndole que aquel local era tu futura tienda.-murmuró.-¿Una joyería?

-Sí, le dije que ella sería mi diamante más valioso.-reí olvidando mis lágrimas por fin.-Después saqué la navaja que me regalaste y la amedranté. Pronto se vio atada y amordazada, golpeada con látigos con púas que cortaban su piel.-gemí alzando mi cadera hacia él.-Echamos sal y bicarbonato sobre cada una de ellas, luego un cubo de agua oxigenada. Podías ver su rostro lleno de dolor, pero la mordaza le impedía gritar.

-Y entonces aparecí yo, contemplándola con el mismo asco que la última vez que la vi.-susurró lamiendo mis labios mientras reía.-Me desnudaste, me hiciste su muñeco frente a ella. Un muñeco que desea que le acaricies y le ames.

-Sabes que te amo Kurou.-susurré serio desabrochando su corbata.

-Quiero aún más de ese amor, aún más.-susurró hundiendo su cabeza en mi cuello.-Yosh, odio a ese hombre. Odio que sea tu amigo.-balbuceó.-Tengo celos, sé que puede enamorarse de ti.

-Todo el mundo puede enamorarse de mí, son posibilidades, pero lo importante es que yo te amo a ti.-dije acariciando su rostro y sus cabellos.-Maté por ti.

-Y lo hice por ti, también.-murmuró buscando mis labios.-Por favor, necesito que me beses.

Siempre se veía tan dulce pidiendo esos besos, besos que no me importaba darle cada segundo. Me hundía en sus labios buceando en las sensaciones de aquella muerte. La sangre aún llegaba a mi nariz, junto al aroma de Kurou. Estábamos excitados recordando ese sexo desenfrenado frente a una mujer que estaba condenada.

Después de aquella tortura le pegué un tiro en la cabeza y la llevé al trastero de la tienda, en realidad era una carnicería que acababa de cerrar. Trituré su cuerpo y mezclé todo con cemento, creando una masa extraña. Al tirarla al Thamesis fue un acto poco ecologista, pero necesario.

Mientras nos besábamos recordé esa noche, así como el día de nuestra boda. Esos recuerdos me incitaron a girarlo sobre el colchón y caer sobre él. Comencé a desnudar su enorme cuerpo, quería sentirme dentro de él y que olvidara así sus tontos celos. Sin embargo, alguien nos interrumpió y me avergonzó como nunca.

-Papi Yosh.-escuché.-He hecho galletas, papi Yosh.-se subió a la cama dejándome estático, sin saber qué decir o hacer.-¿A qué jugáis?

-Jugamos a guerra de almohadas.-respondí sonriendo.-Es un juego distinto al de los niños, aquí si pierdes tienes que bailar en calzoncillos.-pestañeó girando su cabeza sin comprender.-Sí, verás. Kurou ha perdido, pero él no quería darme la ropa, por eso estamos así.

-Jugáis raro, regañáis raro.-comentó bajándose de la cama.-No quiero ser adulta, todos sois muy raros.

Ella entonces salió de la habitación corriendo y riendo. Reía sin comprender bien porqué lo hacía, quizás simplemente era feliz. Pero lo supe nada más girar mi rostro hacia Kurou y verlo hecho un ovillo. Estaba tan apenado que no era capaz de mover ni un pelo. Yo no dudé en reír como ella, justo antes de besar su frente y abrazarlo sin poder dejar de reír.

“Risas infantiles para pecados capitales,
risas infantiles para tus dulces labios.
Mi ángel con alas de demonio,
mi dulce gigante con ojos de niño.
Me haces sonreír cuando quiero llorar,
me haces llorar de emoción cuando te contemplo.
Quiero bailar contigo como luciérnaga,
sin dejar de ser mosquito.
Riamos como niños en mundos de fantasía,
recítame esas canciones y poesías...
hazme feliz mi dulce gigante.”

sábado, 22 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 12 - Viejas vivencias, viejos recuerdos y demasiadas golfas. (Parte II)



La canción de hoy está dedicada a Marisol. Espero que te guste Alice y esta canción que creo que define bien a los sentimientos que pudo tener Kurou frente a Isabela.


No dudé ni un instante en tomarlo por el brazo y tirar de él hacia los jardines. Si quería saber las respuestas a todas sus preguntas, todas las que quisiera hacerme, debíamos sentarnos cómodamente lejos de los oídos de Anne y los de mi esposo. No quería que ellos pudieran escuchar mi dolor, el dolor que había vivido, y tampoco quería que Anne supiera quién era su madre. Contaría todo de una vida, sin omitir detalles, y estaba seguro que iba a ser demasiado sombroso como para que me creyera.

-¿Hacia dónde me llevas?-pregunto mientras yo jugaba con la tela de su chaqueta, era algo áspera pero de buena calidad.

-Poseo unos jardines muy extensos.-dije caminando por el sendero que daba al hermoso merendero que había creado para mi esposo y para mí, sin embargo casi no lo usábamos.-¿Ve aquella estructura de madera con enredaderas? Allí nos sentaremos.

-Este jardín es inmenso.-murmuró.

-¿Puedo contarte un terrible secreto? Maté a una mujer.-susurré apoyando mi cabeza en su brazo.-Le ruego discreción.

Dejó de caminar quedándose con talante serio. Sus ojos eran como los de un muñeco. Parecía pasmado ante ese comentario. Yo simplemente acaricié mis cabellos rubios, la coleta que había hecho caía hacia un lado de mi cuello y mi aspecto creo que era frágil. Parecía un niño perdido y él era el único adulto que se había percatado de ello.

-¿Cómo?-interrogó palpándose la frente.-¿Cómo lo hizo? ¿Cómo pudo?-balbuceó.-Usted, sus manos dulces. Usted no es capaz de tales actos.

-Las apariencias engañan y lo hice por amor.-miré mis manos y después sonreí.-Despecho, amor, pasión, venganza, dolor y amargura.-susurré alzando mi vista para clavar mis ojos en los suyos.-Paulo, sabe a qué me dedico. Sabe bien que estoy tan podrido como Kamijo, no sé porqué se empeña en verme como un ángel.-balbuceé dejando que un par de lágrimas surcaran mi rostro, porque fueron inevitables.

-¿Qué amor es ese que termina con la vida de una mujer?-preguntó.

-Hay brujas que visten telas de princesa, usted mismo lo dijo antes.-di dos pasos hacia él temblando.-Por favor, no me mire así.

Me abrazó acariciando mis cabellos y mi espalda, consolándome. Sus ojos claros me habían derrumbado. Estaba comenzando a sentir verdadero cariño de él hacia mí, símbolo de una amistad lejos de mi círculo habitual y sin tener que mentir.

-Sé que perteneces a una organización criminal, sé que Kamijo también lo es y muchos de aquellos que le rodean. Sé que todo esto puede perjudicarme, pero a la vez cuando os veo no siento miedo ni inseguridad alguna. Veo a personas decentes, con vidas algo truculentas pero normales.-murmuró antes de apartarme y ofrecerme un pañuelo.-Por favor, no llores más.-besó mi frente, igual que lo haría un padre y como lo hacía el mío.

-La maté cruelmente, devolví toda la crueldad y daño que le había regalado a Kurou durante años.-susurré tomándolo por las manos, apretando mis dedos por pura necesidad de contacto.-Créame, no me arrepiento. Me siento orgulloso de ese crimen.-susurré.

-Vayamos a tomar asiento, me cuentas todo y juro que no le diré a nadie.-comentó con una leve sonrisa.-Somos amigos, los amigos guardan secretos.

Caminamos unos minutos hasta tomar asiento en aquel merendero de madera, tan hermoso y lleno de vida aún en otoño. Nos sentamos en silencio, como si fuera nuestro acompañante y nos estuviera hablando con sensaciones que callábamos.

-Contaré mi historia desde el principio, como se desarrollaron los acontecimientos y le ruego que las preguntas las haga cuando haya finalizado.-dije sereno.-Paulo, por favor escúcheme con atención.

Cuando dije aquello noté que su cuerpo se tensó, sin embargo terminó calmado observándome como si fuera una gema preciosa. Creo que deseaba hacerme mil preguntas sin escuchar ni una sola palabra, porque deseaba desesperadamente tener respuestas. Mis respuestas serían dadas en su momento, antes tenía que escuchar mi historia y ver las sensaciones que el recuerdo provocaba en mí.

-Recuerdo que era un día muy feliz para mí. Hacía tres días que Kurou había aceptado mi propuesta de matrimonio en el lago.-hice un inciso para sonreír, aún ese recuerdo me hacía feliz.-Él lo hizo por un ataque de celos, siempre actúa impulsivo cuando los celos le carcomen. Quiere ser el centro de atención, el centro de mi vida, y ver que podía conversar con alguna chica le ponía muy celoso. Aún hoy se pone celoso cuando hablo con ellas, es como si se activara algo en él.-reí antes de mirar fijamente a Paulo.-No sé como no te dijo cualquier barbaridad al presentarte, sólo se mostró serio y frío.

La brisa del lago prácticamente llegó a mí. Podía sentir la tierra mojada de la orilla, las flores recién abiertas en esa poderosa primavera, y ese leve calor que trasmitía el sol de medio día. Aún podía saborear la ensalada, degustar el vino y notar como se abría el bote de ramen mientras buscaba el termo con la mirada. Sí, aún podía sentir todo aquello como si fuera en ese mismo momento. Esas sensaciones agradables. Así como pude dejarme llevar por la amargura de aquella confesión.

-Estoy casado, dijo. Aún estoy casado.-murmuré.-No sé, porqué te lo he ocultado tanto tiempo. Tal vez porque no quiero que me dejes. Lo dijo entre dientes, algo furioso y con miedo-mis ojos se llenaron de ira.-Yo también soy celoso, fue demasiado escuchar eso.-Ella no me quiere firmar los papeles, me comentó. Ella no quiere que viva mi vida lejos de ella y sin embargo es una puta barata que sólo sabe despreciar a los hombres, lo sentenció con rabia.-tomé aliento y miré a Paulo.-Esa mujer era peor que el diablo, Kurou no era capaz de contarme su pasado por miedo a que lo rechazara. Temía que ella apareciera y me hiciera huir.

Saqué entonces mi cartera y entre viejos papeles se encontraba una fotografía de Isabela. Siempre la llevaba conmigo para recordarme que era un fantasma, que no volvería a mi vida. La dejé sobre la mesa del merendero mientras la planchaba con mis dedos. Estaba muy arrugada, pero aún se podía ver claramente su apariencia su mirada de víbora.

“Viejos versos para las fotografías de siempre.
Viejos recuerdos para hacer volar cometas en la niebla.
He venido del pasado para destrozarte,
no te arrepientas de aquel cuchillo que te clavé.
Que no te de pena, que no te de.”

Era una rubia estilizada de cabello largo y labios rojos. Estaba junto a Kurou y prácticamente le alcanzaba. Ella en otro tiempo fue modelo, pero la bebida y las drogas la hizo caer al infierno. No paraba de reclamar a Kurou por ello, porque él era un camello en aquellos días y por amor le ofrecía pequeñas cantidades. Aunque yo creo que era por miedo, miedo a que se esnifara toda la mercancía como venganza por no darle ni un poco.

Su aspecto de ángel se rompía si le veías la expresión de su rostro. Una sonrisa cruel, una mirada de mujer engreída y esa ropa escasa. Era como ver a un demonio intentando aparentar ser dulce sin lograrlo. Sobretodo por ese dorado excesivo en su piel, como su exceso de maquillaje y sus pulseras horribles. Carecía de estilo, alma y cualquier cosa que fuera atractiva.

Aquella falda corta, la cual parecía más bien un cinturón, mostraba sus piernas de prostituta de bajos fondos. Esos tacones excesivamente altos eran horribles, y se veían hundidos en el césped de aquel parque de árboles muertos. Su blusa atada bajo sus pechos, mostrando su ombligo, me hacían sangrar los ojos. Era horrible aquella ropa, como horrible era ella.

Kurou se veía con ojeras, muy delgado, con el cabello mal arreglado y aún muy joven y con una camisa que en otros tiempos fue blanca. Su familia le había dado la espalda al salir con esa modelo fracasada, aún más cuando se casaron, y nadie fue a su boda. Fue como si él hubiera muerto para sus padres. Así que se dedicó a ser matón y camello, como única solución. Mató sus sueños, todos.

Uno de los sueños de Kurou era ser fotógrafo profesional, había estudiado fotografía un par de años cuando la conoció. También amaba pintar, su madre le había enseñado a realizar obras maravillosas. Sin embargo, todo lo dejó por ella y no quiere regresar a sus sueños porque le daña el cómo abandonó todo por una furcia.

“¿Quién mató tus sueños?
¿A quién debo acusar de tal delito?
¿Quién inyectó tristeza en tu mirada?
¿Quién mató la fantasía de tus labios?
Recuerdo esos años de vino y rosas,
de rosas tóxicas con sabor a coca.
Esa ingenuidad que se fue desgastando,
que te hizo ser duro y frío, como una roca.
Mi ángel, el demonio de otros tiempos,
soñaste con ser libre y te encerraron.
Ahora es el momento de sobrevivir,
destrozaremos las mariposas de sueños olvidados.
¿Quién mató las ilusiones?
¿A quién debo encarcelar por tal crueldad?
¿Por qué hicieron trizas tus risas?
¿Quién apuñaló aquellas emociones?
Fue ella, y lo sabes.
Fue ella, y lo notas.
Fue ella y por ello la maté.
Ella no era musa, sino peligroso ser
con cuerpo caprichoso de mujer.”


-Al parecer le gustan con ese color de pelo.-dije sonriendo bajo, con cierta rabia.-Pero yo soy mucho más atractivo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Tears for you - Capítulo 12 - Viejas vivencias, viejos recuerdos y demasiadas golfas. (Parte I)



Dedicado por completo este capítulo a:

Marisol, Kiseki, Laura, Disi y Ainara.
Os lo dedico por esos días de golfas y risas. Las brujas, a veces, se creen sexy; pero sabemos que siguen siendo brujas horrendas con piernas de Capitán Patapalo.




Canción dedicada a Laura, mi psicokiller de besos de gato.



Capítulo 12


Viejas vivencias, viejos recuerdos y demasiadas golfas.



El viaje de regreso a casa fue bastante calmado. Jamás tuve un vuelo tan tranquilo. Aquella pequeña criatura en mis brazos dormitando, como si nada malo pudiera ocurrir en el mundo, me hacía sentirme sereno. Kurou leía el libro que había comprado para él y yo simplemente sonreía. Pedí que pusieran “Desayuno con Diamantes” durante el trayecto, aunque no la viera completa deseaba relajarme con esas maravillosas escenas y esa sonrisa pícara y bohemia de Audrey.

Era jueves, un jueves que no se veía deslucido por las altas nubes oscuras. Deseaba que lloviera, por mí como si quería hacerme disfrutar con una tormenta violenta. Amaba contar historias de terror, leerlas o simplemente bailar bajo la lluvia. Y al parecer, a la pequeña Anne también le gustaba esos días tenebrosos.

-Papá Yosh.-dijo estirando sus brazos hacia mí, justo cuando bajamos del coche.-¿Brazos?

-Claro amor.-respondí alzándola mientras sentía los ojos serios de mi esposo.-No me mires así, puedo ver perfectamente como me estás mirando.-ella rió ante mis palabras y él solo bufó.-Quiero mimarla, tú si quieres le gruñes y le dices qué cosas no están bien.

Si bien, no di ni dos pasos cuando encontré al señor Paulo Wilde descendiendo las escaleras de la mansión. Su aspecto pulcro, sus gafas de pobre diablo rodeado de libros, su sonrisa de ángel venido para salvar al mundo y su caminar lento, eran una de esas imágenes que impresionan terriblemente. Yo simplemente lo contemplé con curiosidad, sabía que si estaba allí era por algo más que saber de mí, mientras mi esposo me rodeaba por la cintura apretando sus dedos con cierta rabia.

-Lamento haber venido hasta aquí.-comentó cuando llegó hasta nosotros.-Por cierto, que malos modos acabo de tener.-dijo con una cálida sonrisa de demonio.-Usted es Kurou, no nos han presentado aún.-hizo un inciso para colocarse las gafas y estirar su mano para que la estrechara.-Pero me han hablado tanto de usted que es como si le conociera de hace años. Su esposo es encantador, tiene mucha suerte.-enmarcó una amplia sonrisa y luego rió.-Yo soy Paulo, Paulo Wilde. Aunque muchos me llaman Mr. Wilde. Pero dejemos a un lado las estiradas etiquetas sociales, llámeme Paulo.

-Encantado, Mr. Wilde.-respondió.-Yo soy Kurou Clawson, usted me puede llamar Mr. Clawson.

-Siempre es tan serio.-comentó aún con su mano en el aire.-Ya veo, serio y evitando apretones de manos innecesarios.-dijo llevándose la mano al bolsillo.

-Yo soy Anne Clawson, pero me puedes llamar Anne.

Reí bajo por la respuesta de la pequeña, la cual sí estiró su mano hacia él con una dulce sonrisa infantil. Paulo no estrechó su mano, sino que la besó con total galantería y seriedad.

-Mira papá, soy una princesa.

Aquel gesto lo había visto quizás en libros de cuentos de hadas, películas de animación clásica y cualquier película clásica.

-Todas las chicas sois princesas, pero prefiero llamaros hadas o musas. Las princesas a veces no son hermosas por dentro, las hadas y las musas siempre lo son. Son esos pequeños seres que brillan como luciérnagas, con luz propia. Pequeña, no te llames princesa.-dijo mirándola fijamente.-Aunque tu belleza sería digna de una y quizás podrías dar ejemplo a todas esas damas que se llaman reinas.-hizo un inciso colocándose de nuevo las gafas, aunque estaban bien colocadas.-Entre princesas siempre hay brujas.

Paulo me sorprendió con aquel comentario. Parecía una ácida crítica a esas mujeres que sueñan con ser las más hermosas, cuando por dentro están derrumbadas. Recordé a Isabela y un brillo oscuro surgió de mi mirada opacando todo. Mi felicidad se desvaneció y apreté un poco a Anne contra mí. Ella reía alegre, como si comprendiera toda esa palabrería y le diera la razón.

-Si me disculpa, mi hija necesita un baño.-comentó Kurou tomándola en brazos, arrancándomela.-Ustedes pueden hablar de cuentos de hadas o de estúpidos petulantes que usan gafas de ratón de biblioteca, de esos orejudos y de cabello rubiasco.

-Kurou.-susurré sintiéndome mal.-Espera.

-No, no puedo ahora.-caminó rápido subiendo las escaleras, para llegar a la puerta de entrada sin esperar que Sebastian apareciera.

Se movía como una sombra en ocasiones, rápido y certero. Yo sólo pude contemplar como cerraba la puerta. Me aparté del coche y me acerqué mejor a Wilde, él estaba allí de pie mirándome. Me contemplaba con esa sutileza extraña. No paraba de contemplar mis cabellos algo ondulados y mal colocados, mi gabán rojo y mis pantalones de cuero que se dejaban ver porque estaba abierto, así como mis botas con puntera fina. Chasqueé la lengua y después suspiré, él soló rió divertido.

-¿Qué te causa tanta gracia?-pregunté.

-Está celoso, celoso de mí.-comentó.-No soy tu tipo, aunque sí tenemos algo común. El acento inglés está muy marcado en él, tanto como el mío.

-Me gusta el acento inglés, si no me gustara no sería fan de Lennon.-respondí antes de recogerme el cabello en una gomilla que llevaba en la muñeca.-Dime ¿qué quieres? Podíamos quedar mañana, aunque no estaba seguro.

-Todo lo que ha ocurrido, todo esto, me ha llevado a realizarme muchas preguntas. Me he hecho tantas preguntas que creí que la cabeza me iba a explotar.-dijo frotándose la frente para luego volver a colocarse las gafas.

-Tienes un tic muy serio.-comenté riendo.-¿Estás nervioso? ¿Ahora te pongo nervioso?

-No es eso, es tu esposo.-comentó.-No me imaginaba que fuera tan inmensamente enorme y con esos ojos tan fieros. Es como esos enormes...

-Enormes gigantes. Sí, lo sé.-respondí cortando su diálogo.-¿Sabes de esos perros que ladran e imponen mucho, pero luego no muerden y se quedan mansos olisqueando tu entrepierna?-pregunté completamente serio, para luego echarme a reír.-Pues así es mi manso y dulce Kurou. Está entrenado para no morder, sólo está adiestrado para imponer. Aunque, ataca si yo lo digo.-alcé una ceja y luego eché mis brazos hacia atrás, juntando mis manos mientras me movía con cierto toque inocente.

Realmente Kurou era un asesino, igual que yo, pero eso no tenía que saberlo. Nuestros asuntos turbios eran nuestros asuntos, nada que tuviera que conocer él a ciencia cierta o exacta. Sin embargo, a veces deseaba contarle todo sobre como me deshice de Isabela o el momento en el cual él me salvó la vida.

-Pues impone, impone bastante. Parece un hombre de hielo cuando lo observas de lejos, pero luego ves ese fuego abrasador en su mirada y tiemblas. Crees que tienes que ir rezando el rosario porque vas a morir.-aquellas palabras me hicieron reír de corazón, él también se soltó a reír por culpa de mi risa contagiosa.

-Cariño.-intentaba tomar aliento después de esas risotadas enormes.-No es tan cruel.

-Me gustaría que me hablaras sobre él.-dijo serio al fin.-Quiero saber porqué es tan importante en tu vida, quién es esa pequeña y porqué te hundiste tanto en la miseria.

-¿Por qué me hundí?-interrogué.-Ah.-murmuré palpándome los labios.-Cuando se fue.

No dudé ni un instante en tomarlo por el brazo y tirar de él hacia los jardines. Si quería saber las respuestas a todas sus preguntas, todas las que quisiera hacerme, debíamos sentarnos cómodamente lejos de los oídos de Anne y los de mi esposo. No quería que ellos pudieran escuchar mi dolor, el dolor que había vivido, y tampoco quería que Anne supiera quién era su madre. Contaría todo de una vida, sin omitir detalles, y estaba seguro que iba a ser demasiado sombroso como para que me creyera.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt