Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 29 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 20 - En tus sueños anidaré. (Parte II) FINAL



Cuando pude percatarme la boca de mi esposo atrapaba la mía, me besaba con lujuria controlada. Parecía deshacerse en mis labios, igual que los míos en los suyos sin moverlos siquiera. Un beso para despertar a la princesa, eso reza en el cuento. Sin embargo, la princesa no despertó esta vez ni las siguientes. Ambos estábamos frustrados.

Recuerdo que a partir de ese día Kurou se tumbaba a mi lado aferrado a mi cuerpo, sus manos jugaban con mis cabellos mientras susurraba cuánto me echaba de menos. Sus labios rozaban mi cuello y se quedaban pegado a mis hombros. Sus dulces besos y su forma de mantener la esperanza me hacían llorar de rabia, aunque él no pudiera ver mi sufrimiento. Me juró que jamás me abandonaría, lo hizo cada día sin importarle si le escuchaba o no.

-Eres perfecto para mí.-dijo un día nada más abrir la puerta, para aproximarse a mí arropándome mejor.-Lamento que supieras que no te fui fiel en aquellos primeros días, todo fue por miedo. Sabía como usabas a la gente, te había visto mil veces coquetear con hombres para luego alejarte colmado de regalos.-susurró antes de tocar mi rostro con la yema de sus dedos.-Cuando duermes pareces un ángel, pero sé que con otros has sido un auténtico demonio. Sé que fue por culpa de aquellos años en los cuales no pude cuidarte, por eso creciste salvaje y lleno de miedos.-murmuró rozando sus labios por mi rostro, dejándome intranquilo pero sin resultado alguno ante sus ojos.-Con el paso del tiempo me he vuelto fiel, soy el hombre más fiel de este mundo. No quiero a nadie más en mi cama, ni en mi vida. Si no llegaras a despertar daría igual, ya que yo seguiría aquí cada mañana hasta que llegara el día en el cual mi vida acabara.-se tumbó a mi lado aferrado a mi cuerpo, acariciando leve mis caderas.-Si supieras las ganas que tengo de hacer el amor.-dijo en un murmullo.-Y que me lo hagas.-añadió ocultando su rostro en el hueco de mi cuello, hundiendo allí su cara haciéndome delirar por su respiración.-Te amo, por si no lo has notado. Te amo tanto que sólo quiero cuidarte yo, detesto que otros lo hagan y que te abraces a ellos cuando estás mal. Quiero que sea sólo a mí a quien acudas, y sé que eso es egoísta.

Comencé a llorar y esta vez mis lágrimas si brotaron de mis ojos, noté como corrían por mis mejillas y como él se levantaba de la cama. Escuché sus pasos precipitados por la habitación hasta el pasillo, el sonido de la puerta al abrirse e incluso sus gritos llamando a una enfermera. Cuando regresó a la habitación mis ojos estaban abiertos contemplándole. Quise hablar pero sólo salían gruñidos, estaba adormecido y agotado.

-¡Yosh!-gritó antes de abrazarme, pegándome a él.-Te amo, te amo Yosh.-susurró sollozando.-Yosh, no te vuelvas a ir de mi lado.

Había pasado casi dos años, pronto sería Navidad. Dos eternos años luchando por regresar y poder contemplar de nuevo su rostro. Sus labios se pegaron a mi rostro y una de mis manos pudieron desplazarse hacia el suyo. Me movía con trabajo porque tenía todos los músculos destrozados por culpa de tantos meses en cama.

Según sé estuve en coma porque algo fue mal en la operación, aunque no saben bien qué provocó que cayera inducido a ese sueño en el cual uno no duerme, siempre está despierto escuchando las plegarias de todos. Al menos, en mi caso, podía escuchar a todos a mi alrededor comentando mi progreso y el dolor que sentía.

Todos habían seguido con su vida, todos salvo Kurou. Él seguía como si no hubiera pasado el tiempo. Los hijos de Kamijo, Atsushi o Yuki habían crecido bastante y Mario estaba emparejado con aquella chica tan diminuta como atractiva. Todos habían seguido viviendo, respirando el dolor y la felicidad mientras el reloj marcaba cada momento como único. Paulo salió de la depresión, olvidó a Claudia por completo y comenzó una nueva vida junto a Helena. Me había perdido tantas cosas, todas parecían buenas a pesar las malas rachas que habían podido surgir.

-La próxima vez que quieras dormir ponte el despertador, papá.-fueron las primeras palabras de Anne nada más llegar a casa.

Ese mismo día decidí escribir mis memorias, pero comenzó a llover y pensé mejor en narrar el motivo de porque iba en silla de ruedas. Aún quedan muchos escalones por intentar subir, muchas pruebas por finalizar y sobretodo demasiada rehabilitación para poder caminar, bailar y ser el mismo de siempre. Mis músculos se desentumecerán y quizás entonces cuente la historia de cómo llegué a bailar tango en mis bodas de plata con mi esposo. Por ahora, sólo puedo decir que me reservo el derecho de ocultar cierta información y guardar estos papeles en un cajón hasta ese día. Cuando llegue ese momento, Kurou leerá este documento y tal vez comprenda porque estuve tan misterioso durante más de un mes.


“Mis recuerdos los guardaré en un cajón,
los dejaré dormir hasta que los necesite.
Una lágrima y una caricia los acompañará
junto a una luciérnaga de la pasión.

Mariposas que se reservan el derecho
de volar o morir en plena primavera,
flores que no quieren tener fragancia
pero sí dos piernas para bailar en el aire.

Ángeles con rostros de duendes,
hadas con alas de libélula
y cientos de cuentos de dragones.
Eso guardo en las hojas amarillas.

Mis recuerdos son fantasía de otro mundo,
ese donde los dos yacemos besos de amantes
y en caricias que desnudan nuestros ojos.
Guardaré todo en una caja de cristal.”


FIN

Los gigantes también sabemos amar,
los ángeles no tienen porque dejar de ser hadas.

Dedicado a la pequeña luciérnaga que alumbra mis largas noches.
Ángel G.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 20 - En tus sueños anidaré.



Capitulo 20


En tus sueños anidaré.

Dicen que cuando te rompen el corazón sufres más que con un tiro directo a este, porque los sentimientos son esa cicatriz que permanece por muy feliz que termines siendo. Un tiro significa el fin del sufrimiento, más aún si es tan certero. La vida es poco valorada, como los sueños y cualquier deseo que pueda parecer imposible. Porque la vida es un imposible lleno de momentos reales, tan palpable como nuestro propio cuerpo.

Amar para siempre es imposible, salvo que vivas pocos años y ese amor sea el primero, así como el último, que puedas haber experimentado. Sin embargo, nuestros abuelos lograban amar para siempre. A veces, cuando veo a los ancianos caminar de la mano siento que quiero ser así. Deseo tener a Kurou a mi lado caminando hacia el fin de nuestros días. Sé que este amor será el más importante en nuestras vidas, ese que jamás se borrará por muchos pecados que cometamos.

Todos tenemos momentos en los cuales deseamos volver atrás, queremos pedir disculpas y no sabemos, mientras dejamos que las culpas caigan sobre nuestros hombros y las arrastremos hasta nuestro propio Monte Calvario. Allí mismo somos ajusticiados por clavos de palabras no dichas, mientras el aliento se entrecorta en cada sollozo. Pero esos momentos no son eternos, siempre se logra acabar con ellos. Hay que saber aceptar los errores, así como aceptamos a la ligera las victorias sin preguntarnos qué hicimos bien.

El amor es algo importante, imprescindible. Un niño sin amor no crece sano, así como un hombre que no ha conocido el amor no puede ser bueno. Siempre podemos encontrar amor, aunque sea de parte de una bola de pelos que corretea por la casa maullándote o ladrándote, pidiendo atenciones como cualquier mascota. No sólo está el amor romántico, está el de los amigos que son una familia que elegimos. Pero, el amor más conocido y narrado es el amor entre amantes.

Mi amor hacia Kurou es tan intenso que siempre temo hablar de él, porque puede que piensen que estoy obsesionado y que sólo veo virtudes. Sé que es posesivo debido a una infancia trágica donde no tuvo amigos, ni apoyo alguno, salvo en algunos momentos en los cuales sus padres se percataron del dolor de su hijo. Es un hombre duro que se traga sus sentimientos porque no sabe expresarlos, a no ser que tome un trozo de papel y diga todo lo que siente en hermosos versos.

Tal vez parezca ñoño o sentimental, pero creo firmemente en el amor que él me brinda a pesar de sus silencios. Hay que saber mirar a los ojos, conocer las palabras no dichas. Conozco la mirada de mi pareja, sé sus expresiones y cada frase que no desea admitir. Aprendí con el tiempo, ya que mi habilidad se debe a los años de práctica.

Recuerdo la primera vez que pude leer un te amo sincero de sus ojos, aquel día me estremecí entre sus brazos y dejé que la nieve nos cubriera. No éramos nada, tan sólo compañeros y aún no habíamos admitido la verdad. Pero yo sentí su amor, lo pude notar mientras rogaba que me besara. Sus labios rozaron mi frente, un beso tierno y suave, que me dio la entereza para provocar la encerrona y poder averiguar si era cierto todo aquello que creía. Poco después admitió que me amaba, y ese día fue el más feliz de mi vida.

Durante meses tuve tiempo de pensar en todo esto, y en mucho más, estar en coma no es tan terrible. Muchos estamos como apartados de la realidad, cómodos y confortables, mientras el resto se desvive en lamentos y en culpabilidad.

En ocasiones podía escuchar ruidos, ecos que parecían provenir de otros mundos muy lejanos. Eran como los latidos de un bebé en el vientre materno, cuando se escuchan por primera vez en un monitor y te dicen que es su corazón. Sin embargo, yo era ese bebé que me sentía calmado en mi lugar mientras a mi alrededor el ajetreo era inmenso, donde me esperaban. Podía escuchar pasos, lamentos y las oraciones que muchos murmuraban a pocos metros. Si bien, de todo aquello recuerdo claramente un poema recitado por los labios de mi dulce gigante.


“Como la princesa durmiente
descansa hermosamente en su templo.
El dragón de escamas de pez dorado ha caído,
pero no habrá recompensa.

Como una pluma mecida al aire
dibujando sueños que no son ni tuyos ni míos,
lamentablemente no son de nadie.
Palabras que espero que pronuncies.

Despierta, abre los ojos y mírame.
Necesito tus lágrimas y sonrisas,
así como cada bofetada y caricia,
que únicamente tú sabes ofrecerme.”


Repetía aquellas palabras cada día, como si se tratara de un hechizo. También sentía sus manos, notaba cada una de sus caricias sobre mis cabellos y mi rostro. Así como podía escuchar claramente su llanto. Parecía volverse loco. Me rogaba con ahínco que despertaba mientras juraba cosas imposibles. Sus labios rozaban la comisura de los míos, así como sus brazos rodeándome con cuidado.

Yo, en ocasiones, deseaba despertar, pero donde me encontraba no sufría daño alguno y podía notar el cariño de Kurou. No importaba si despertaba o no, lo único que quería era su presencia a mi lado. Si despertaba podía irse, volver a enfadarnos y marcharse. Yo quería que cada día me recitara, acariciara mis cabellos y durmiera a mi lado aunque estuviera prohibido.

Pero tras unas semanas escuché la voz de Anne, así como un llanto agudo de Kurou. Él ya no podía más, ella preguntaba con inocencia si podía soñar. Yo intenté en ese mismo instante volver con ellos, regresar de una buena vez a casa y seguir con nuestras vidas. Sin embargo, no podía ni siquiera abrir los ojos o mover un solo dedo.

Deseaba con todas mis fueras estrechar a mi pequeña, besar sus mejillas y sentir al fin su colonia infantil pegada a mi ropa. Necesitaba saber que estaba bien, si había tenido pesadillas y qué cosas había hecho en clases. Ya no era sólo por volver a los brazos de mi esposo, sino por ella. Ella era el motivo fundamental por el cual vivía. Ambos eran mi vida.

-Yosh.-escuché en esos momentos con un tono cálido y desesperado, se podía notar la tristeza. Era la voz de Kurou, pero su tono era indescriptible.-Mi ángel, llevas así casi un año.-murmuró haciéndome agitándome con un miedo intenso, porque pensaba que eran sólo unas semanas y no un año.-Pronto será Navidad, hace poco cumpliste años pero no los celebramos como siempre. Me haces jugar que no habrá fiesta, ni siquiera un pequeño pastel. Odias cumplir años porque te sientes viejo ¿quizás?-preguntó antes de besar mi mejilla.-Yosh, hace un año que no puedo besarte ni abrazarte como se debe, siento que estoy olvidando qué se sentía.

Recordé sus besos tímidos y los míos asfixiantes, sus manos aferradas a mis caderas o sus dedos enredados en mis cabellos. Esa pasión que se desataba por mi culpa, porque yo era el encendedor que lograba que entrara en calor. Sus manos recorriéndome de arriba hacia abajo, así como las mías. Quería tanto como él fundirme en un beso ahogado, morir en sus labios sonaba tentador. Sin embargo, seguía sin poder hacerlo. Me frustraba el hecho de los recuerdos que él generaba con su loción, el eco de su voz y esos labios que recorrían mis mejillas, así como mi cuello, hasta la comisura de mis labios.

Cuando pude percatarme la boca de mi esposo atrapaba la mía, me besaba con lujuria controlada. Parecía deshacerse en mis labios, igual que los míos en los suyos sin moverlos siquiera. Un beso para despertar a la princesa, eso reza en el cuento. Sin embargo, la princesa no despertó esta vez ni las siguientes. Ambos estábamos frustrados.

Tears for you - Capítulo 19 - Lágrimas de nieve (Parte II)



En el capítulo 20 verán el desenlace de esta novela. Es hora de entonar un adiós.

Aunque yo seguiré roleando con Yoshiki en un universo paralelo... ya que le hice personaje de rol hace muchos años, sólo que esta vez decidí darle el puesto que merecía y ofrecerle la vida "eterna" más allá de unas líneas en internet.








Me quedé de pie, con la camisa puesta sin abrochar y en las piernas sólo mis boxer. Mis cabellos alborotados, mis ojos llenos de preocupación y decepción, así como mis puños cerrados aferrándose a mis pantalones, lo decían todo. No había tenido la mejor de las noches, ni el mejor mes, pero en parte había merecido la pena el dolor que sentía si alguien al fin lo comprendía, alguien más que Kamijo. Ese era uno de los motivos por el cual me molesté con Kurou, si bien no podía aceptarlo de nuevo en mi vida así como así. Necesitaba tiempo, alejarme de él y huir de mis fantasmas.

-Vístete, debemos ir a casa y descansar para la noche. Tenemos una cita, la última, en el concierto de Navidad del Teatro.-susurró.-Es el regalo que nos tenía preparado a todos ayer, Kamijo. Una función donde se tocará música clásica mientras se representa de forma muda un cuento de Navidad, el de los fantasmas.

-Está bien, tengo que ver qué ropa ponerle a la pequeña.-murmuré.

-No, quiero que sea a solas tú y yo. Es lo único que te voy a pedir como regalo.-susurró levantándose para venir hacia mí, tomándome del rostro mientras me contemplaba lleno de amargura.-Seamos sinceros, no vas a volver a volver a quererme ni verme igual.

Me vestí apartándome de él, en silencio, mientras deseaba desaparecer de nuevo. Las imágenes de la noche anterior me hicieron girarme, para verlo como si lo juzgara por todos sus pecados. Me había desnudado y acariciado, así como besado desesperado por hacerme suyo, pero al final no pudo porque ebrio era una presa fácil y él no quería eso. Me hizo pensar, preguntarme si estaba sacando todo de quicio por culpa de mis temores y simplemente me quedé allí parado deseando que me abrazara. Sin embargo, no se obró el milagro. Parecía rendido y yo no me comprendía siquiera, no sabía si me dolía más aquella noche o el verlo derrotado abandonando la batalla.

Regresamos a casa con Anne dormida en mis brazos. Prácticamente no hablé con nadie en la fiesta, sólo me dediqué a beber y sonreír como si no pasara nada. No pude hablar con Mario, Yuki o ver si Helena había hecho su aparición estelar. Sólo me hundí en mi mundo antes que desapareciera. Eso hice en el coche aferrado a la pequeña.

-Podríamos hacer ese viaje a Italia, como último recuerdo feliz para ella.-comenté acariciando sus cabellos.

-No, lo harías por mí y no por ella.-dijo parándose en un semáforo.-Te conozco, por mucho que digas despreciarme algo de ese cariño sigue pidiéndote que seas amable conmigo. No quiero tus miserias Yoshiki, porque eso son.-murmuró con cierto pesar, arrastrando cada palabra.-Migajas de algo que consumismo muy rápido. He pasado más de cuatro años enamorado de ti, sabiendo bien que estaba obrando mal por amarte de esa forma tan intensa, y apartándote de todos porque tenía miedo a perderte. Si bien, no ha hecho falta que nadie viniera a tomar mi lugar.-murmuró antes de aferrar el volante mientras miraba el semáforo.-Yo mismo destruí todo, no confías en mí ahora y yo no puedo hacer nada.

-Decepcionaré a tu madre.-susurré.-Le dije que siempre te cuidaría, que te haría feliz.

-No decepcionas a nadie, porque lo has cumplido.-dijo serio.

-Ya no estoy tan enfadado.-murmuré clavando mis ojos en el retrovisor.-Sólo...

-Decepcionado.-terminó mi frase y yo sólo me encogí en el asiento.-Ya no deseo hablar más de esto, sólo te pido que cuides de Anne.-dijo arrancando para continuar el viaje hasta casa, la casa que aún era de ambos.-Ella te necesita más a ti que a mí.

-Sí.-murmuré.-Sabes que podrás verla cuanto quieras, incluso después de salir del despacho podemos ir juntos a recogerla.

-Me voy de la ciudad, estaré varios años fuera.-tragó duro antes de parar nuevamente en otro semáforo.-Ayer hablé parte de la noche con Kamijo, he aceptado una misión lejos de aquí y me llevará mucho tiempo.

-Si ya no te quiero, como así siento, ¿por qué me duele?-pregunté sin tener respuesta alguna.

Sentía rabia, miedo y también estaba la decepción que arrastraba. Él se había portado como un caballero toda la noche, después su forma dulce de tratarme durante días demostrándome que un fallo lo tienen todos. Sin embargo, aún me producía pánico que algo así volviera a suceder y entonces no parara a tiempo. Me decepcionaba que no me hubiera cuidado como decía, pero sabía que en su lógica era su forma de cuidarme.

No era estúpido y sabía que su alarde de creatividad, así como su impulso de volver a la pintura, no fue sólo por demostrarme su cariño. Quería mostrarse superior a Paulo, en todos los aspectos, pero yo seguía admirando a mi amigo y lo haría siempre. Él no comprendía como podía admirar a otros, que no era mi único apoyo como a él le sucedía conmigo.

Cuando llegamos a casa estaba llena de regalos, incluso había algunos que yo desconocía y supe que eran de Kurou. Desperté a Anne al entrar en el salón, ella se volvió hiperactiva abriendo todos los regalos que tenían escrito su nombre. Yo comencé con los míos, por el papel de regalo sabía que eran suyos y todos me hicieron temblar con sentimientos encontrados.

Estaba el cuadro que me había pintado, poseía un marco simple pero envejecido que provocaba un impacto mayor en la obra. Había una caja musical, estaba pintada a mano con dragones y dentro había una bailarina de madera con traje de tela blanca. La música que sonaba era la primera canción que él me había regalado, nuestro primer baile, mientras aún yo desconocía todo lo que él sentía por mí. El tercer regalo que abrí era una camiseta con uno de sus diseños, a la espalda se podía leer un poema escrito con su propia letra.

“Nos encontramos para sentir el amor,
el más ardiente y destructivo.
En este edén he conocido la felicidad
y por ello sigo a tu lado, en tu camino.

Porque los ángeles, en ocasiones son dragones.”

Me giré para observarle, había amontonado sus regalos y los contemplaba fijamente. No podía averiguar qué pasaba por su cabeza, sobretodo cuando acariciaba la tarjeta que había hecho hacía semanas. Todos los regalos los había ido comprando con cautela, pero lo primero que hice fue esa tarjeta.

-Es nuestra primera navidad con Anne, me has hecho el mejor regalo. No sé como agradecerte tanto amor, porque jamás pensé que alguien me lo daría.-dijo leyéndola en alto, para luego huir dejando sus regalos sin abrir.

Nuestra pequeña seguía ajena a todo. Abrazaba la infinidad de regalos que le habíamos hecho. Sin embargo, se paró para correr hacia mí y abrazarme. Yo intenté no llorar, sólo acariciar sus cabellos con una sonrisa amarga.

-¿Tiene mi niña todo lo que le pidió al gordo de rojo?-pregunté antes de sentir como me abrazaba.

-Yo ya tuve lo que quería, pero me gustan estos regalos de más.-dijo sonriendo con esa dulzura que me mataba, eran como mil dagas en ese momento.-Siempre quise que papá fuera feliz, ahora papá lo es y yo también. Tengo una familia enorme que me quiere.-comentó antes de tomarme del rostro.-Tengo que hacer un dibujo de todos.

-Mete también a Sebastian, él también es de la familia.-ella asintió antes de levantarse.-¿Lo harás en el libro de pinturas que te han regalado?

-Sí, pero sé que esto no fue Santa.-dijo tomándolo.-Fue Sebastian, porque él me estuvo preguntando si me haría ilusión un libro enorme para pintar.-se tiró al suelo y comenzó a dibujar, mientras yo abría el último regalo.

Era el último regalo de Kurou, no sabía si abrirlo o dejarlo de esa forma. Sería como admitir que pronto se acabaría la Navidad, que un día cuando despertara no estaría y en su lugar habría una carpeta con los papeles del divorcio. Así que me levanté con aquella caja entre mis manos, para subir hacia el dormitorio y encerrarme con el pestillo echado.

Abrí la caja con cuidado, primero hice que el lazo cayera y después levanté la tapa para quedarme en silencio unos segundos. Dentro había un álbum de fotografías, cuando lo saqué comencé a llorar al contemplar que en cada página había una fotografía junto a poemas suyos. También había dibujos hechos a mano, eran suyos porque reconocía sus trazos a la perfección.

-Este es el comienzo de mi vida, porque antes yo no existía.-pude leer como comienzo a una serie de imágenes, algunas de hacía más de cinco años, en las cuales salíamos ambos muy jóvenes, o eso me pareció a mí.

Cada viaje, misión y pequeño momento en el cual lograba que posara a mi lado se encontraba allí. Cuando iba hacia el final pude ver algunas que desconocía de su existencia, eran artísticas y por supuesto íntimas. En una de ellas estaba tumbado en la cama, con las sábanas revueltas y el cabello acariciando parte de mi tatuaje. Bajo esa imagen pude leer un poema que me provocó deseos de salir corriendo y besarlo, olvidarme de mis miedos y aceptar que era un idiota, que ambos lo éramos.

“Cuando naciste las libélulas te regalaron sus alas,
las amapolas ofrecieron su sangre salvaje
y los dragones te acogieron como único descendiente.
Naciste en plena noche, muy lejos de los destellos del alba.

La crisálida que envolvió tu piel se hizo una con tu corazón,
las espigas de trigo tiñeron tus oscuros cabellos
y la nieve decidió darte el color con el aroma de los cerezos.
Por eso yo me enamoré de ti, de tu belleza y tu pasión.

Ahora yaces en mi lecho, en silencio sólo roto por tu aliento,
soñando con magia y notas mariposas cubiertas de notas musicales.
Yo soy un afortunado, porque gracias a ti soy hombre.
Debo dar gracias hoy al destino por hacerme tu guardián y tu amante.”

La última fotografía pertenecía a un día cualquiera de nuestra ajetreada vida. Anne bailaba cerca del piano y yo tocaba. Las únicas palabras que se podían leer junto a esa instantánea me terminaron de destrozar el alma, dejándome sin aliento y sin sentido.

“Vida, es a lo que llaman respirar y sentir emociones que a veces nos destrozan.
Pero vida también es sentir gratitud por cada segundo, eso lo sé gracias a vosotros.
Os amo.”

Dentro de aquella enorme caja había algo más, un libro suyo. Era un libro de todos los escritos, ordenados por fecha y donde dejaba todos sus miedos. Comencé a leerlo con los ojos llenos de lágrimas, terminé aferrado a sus notas, porque todo aquello lo sabía pero era incapaz de expresarse de esa forma cara a cara. Incluso había referencias a Paulo Wilde. Estaba obsesionado con el ideal de hombre que yo buscaba y que él no era, pensaba que terminaría dándome cuenta y huiría. Sabía que se sentía inferior al resto de personas, pero jamás creí que podía llegar a esa obsesión tan estúpida.

Tomé conciencia entonces de la hora, prácticamente debíamos estar cenando. Salí fuera buscándolo, no estaba en la casa, hasta que lo hallé en el jardín con una carpeta bajo su brazo. Casi no lograba ver más allá de unos metros, puesto que las lágrimas me emborronaban la vista.

Fui hasta él, sin ropa de abrigo podía notar el aire como cuchillas. Sin embargo, sabía que hallaría entre sus brazos el calor que tanto amaba. Cuando lo alcancé, casi sin aliento, aspiré su loción y sonreí como un estúpido. Sin embargo, no sentí sus brazos rodeándome y tampoco un intento de estos para atraparme. Alcé mi rostro cubierto de lágrimas hacia el suyo, el cual estaba sereno como el de un ángel de piedra.

-He firmado los papeles del divorcio, como querías.-susurró.-Te dejo la custodia de la niña.-dijo tomándome por los hombros, para apartarme.-He comprendido muchas cosas, una es que no soy buen actor y no puedo seguir fingiendo que no pasa nada. Creo que mentir no está bien, menos a las personas que uno quiere y yo quiero mucho a Anne. Anne es mi hija, daría cualquier cosa por verla feliz, pero sé que mentir sobre que todo va bien no servirá para nada. Aún así, te pido que le hagas creer que me marché a trabajar y que volveré pronto.-dijo ofreciéndome la carpeta.-Un día, le dices que nos hemos peleado por culpa de la distancia y que todo acabó.-acarició mis mejillas secando mis lágrimas.-Te hice mucho daño, sé que he metido la pata otras veces pero...

-Kurou-kun, yo no quiero estos papeles.-murmuré temblando.-No tienes porque irte, no tienes porque dejarme.-intenté abrazarlo, pero me lo impidió.

-Yoshiki.-dijo con una amarga sonrisa.-No, yo no voy a quedarme a tu lado viendo como te hago daño y después lo perdonas todo. Soy demasiado posesivo, creo que todo el mundo te hará daño y quiero encerrarte en la torre más alta del reino. Deseo que seas sólo para mí, que únicamente pueda cuidarte yo y que nadie más te toque. Deseo tanto, con tantas ganas, ser especial y perfecto que termino desquiciado. Quiero ser el mejor ante ti, pero siempre habrá otros mejores que yo y te darán una vida más calmada.-sus palabras me dolían e hicieron que me quedara mudo por el pánico.-No sé compartirte, ni quiero aprender. Por eso es mejor dejarte libre de mi egoísmo.

-No quiero, no quiero que me dejes.-me caí de bruces en ese preciso instante, pero él me tomó entre sus brazos ofreciéndome su calor.-No, no quiero que me dejes.

-Eso dices ahora, seguro que cuando pienses con claridad verás que únicamente no quieres perder los buenos recuerdos.-susurró antes de besar mis labios, un beso desesperado que llegó a calmarme.-Seca tus lágrimas, date una ducha y arréglate porque será nuestra última cita.-murmuró provocando que volviera a temblar.-Y este ha sido mi último beso, un recuerdo que siempre llevaré conmigo.

-Kurou, no me dejes.-susurré.-¿Qué te dijo Kamijo? ¡¿Qué te dijo?!-grité zarandeándolo.-Olvida que te dije yo, que te dijo él. Olvida todo eso, olvida por favor.-supliqué en vano, porque se apartó echando a caminar hacia el garaje.

Me propuse en ese momento convencerle, vestirme para él con uno de mis mejores trajes a mi estilo. Vestiría llamativo, como siempre hice, y me dejaría de usar ropa tan sobria. Tomé la decisión de demostrarle que seguía siendo el mismo, igual que él. Mientras me arreglaba Anne comía, lo hacía sentada en el suelo con el plato en sus piernas.

-Deberías bajar a comer.-ella negó cuando le dije aquello, mientras me alborotaba un poco los cabellos.

-Quiero ver como papá Yosh se arregla.-dijo antes de dar un mordisco a su bocadillo.

-Comer tan poco de noche no es bueno, ¿eso es lo único que deseas?-ella asintió mientras me contemplaba.-¿Qué tal me veo?-dije sonriendo nervioso.

Me puse una camisa negra de encaje que se pegaba bien a mi cuerpo, dándome un aspecto algo femenino sin dejar lo masculino a un lado. Sobre la camisa sólo llevaría mi gabán rojo. Los pantalones que usé eran de cuero, también extremadamente ajustados, y unas botas bajas con cierta punta que siempre me recordaba a brujas, duendes y elfos.

-Te ves bonito.-murmuró quedándose con sus ojos clavados en los míos, como si intentara leer mis emociones.-Estás nervioso papi.-dijo señalándome el rostro, yo simplemente bajé su mano y la besé.

-Papá ya se tiene que ir, pero si quieres dormir aquí se lo dices a Sebastian. No quiero que esté histérico porque no te ve en tu cuarto, siempre le llamo para saber si duermes bien y no quiero que lo sofoques.-ella asentía algo distraída con su cena.-Anne, pórtate bien.

-Sí.-dijo con una enorme sonrisa que me provocó estrecharla y besarla, durante un buen rato.

Estaba nervioso, nuestro futuro se jugaba con las pocas cartas que tenía. Debía hacer que recapacitara, como yo había hecho. Estuve a punto de caerme por las escaleras, porque al verlo trajeado tendiéndome la mano como si fuera una visión de otro mundo, mis piernas fallaron. Sonreí abrazándome a él, sintiendo su cuerpo cálido pegado al mío y deseando que así fuera. Aquellas fotografías, sus textos y todo lo que él tenía para brindarme me habían hecho ver los motivos de su reacción. Ya no tenía miedo, porque quien los poseía era él.

Había preparado uno de los automóviles, siempre hacía un chequeo antes de cada salida. Nada más montarnos encendí la radio y comencé a cantar, mientras rezaba porque me mirara. Sin embargo, iba con sus ojos fijos en la carretera y para mí no tuvo ni un instante. Cuando subí por las escaleras del teatro, aferrado a su brazo, noté como algunas mujeres lo miraban y sentí unos celos horribles. Aún tenía mi anillo de bodas en la mano, pero sabía que él era libre al fin de mirarlas si quería. Incluso era libre para regresar con ellas y no conmigo.

Ya en el placo no hice caso de la obra, por muy innovadora y espectacular que fuera. Estuve todo el tiempo pegado a él, mordisqueando su cuello. Buscaba sus labios, pero él me negaba su boca y con ello el fundirme en ellos como si fuera lava.

-Kurou.-susurré.-Mi dulce gigante, ¿por qué no me dejas que te bese?-murmuré apoyando mi cabeza en su hombro.

-Tomé mi decisión, igual que tú la tomaste hace días.-su tono fue seco y frío, como si me hablara de un expediente cualquiera.

Cuando terminó la obra todos aplaudían y yo sollozaba. En ese momento, su frialdad aparente se deshizo y pude notar sus labios pegados mi frente. Nos marchamos del palco, tomados de la mano y sin preguntarnos qué debíamos hacer. Tan sólo quería disfrutar de la noche con él, quería que fuera la mejor de su vida y que aprendiera una lección importante. Esa lección era que yo le necesitaba tanto como él me necesitaba a mí.

La noche era algo fría, pero no me importaba si me helaba con tal de estar al lado suyo. Podía sentir su mano estrechando la mía, uniendo sus dedos como firmes cadenas. Mis pies se movían ágiles, no sentía agotamiento alguno. Estaba por pedirle que nos casáramos de nuevo, de improviso y sin que pudiera negarse. Recordé aquella tarde en el lago en la cual le dije que deseaba ser su esposo. Él tomó aquello como una broma, pero pocas semanas después estábamos en el juzgado besándonos de forma ansiosa frente a cuatro invitados. Me sonrojé recordando su sonrisa tímida y dulce de aquellos días, así como su forma cuidadosa de estrecharme entre sus brazos pensando que me iba a romper. Siempre había sido gentil y caballeroso, como si fuera la dama que debe rescatar del castillo.

Entonces noté demasiado silencio, soltó mi mano para aferrarse a mi cintura. La calle estaba desolada, la farola que iluminaba aquel tramo tintineaba, como si fuera a morir pronto de agotamiento, y la siguiente aparentemente estaba fundida. Noté pasos a mi espalda, pero al girarme no vi a nadie. Kurou se aferró con mayor insistencia a mí, sabía que se preparaba para cualquier posible emboscada.

-Oh, admiren a la pareja feliz.-susurró una voz en tono tétrico que por el eco surgía de la zona más lúgubre de la calle.-Admiren a Richard Clawson y su geisha cuyo nombre es tan largo como estúpido.-aquel tono de voz sosegado y cruel me hizo estremecerme buscando el cobijo de los brazos de mi pareja, simplemente por miedo a lo desconocido.

Había ido desarmado, era una noche en el teatro y no una misión. Pero sabía que Kurou siempre llevaba consigo sus armas. Eran bisturís, navajas y cualquier cuchillo de pequeño tamaño eran sus favoritas para hacerlos pasas por inadvertido o simple adorno.

-¡Sal maldito cobarde y da la cara!-exclamó provocando que nuestro asaltante riera de forma macabra.

-¡Yes, my lord!-dijo alzando la voz, apareciendo frente a nosotros.

Me quedé congelado. Sus cabellos castaños con betas color miel, su color de pelo natural, así como su joven rostro y su sonrisa falsa, de cínico sin remedio, eran de Dorian Lambert. Caminaba sin cojera aparente, a pesar que poseía una pierna biónica. Era el mismo individuo que Kamijo dejó vivir para que recordara su clan, el Sakine, que con el poderoso imperio Yuuji nadie debía osar perturbar. El mismo que se deshizo de su jefe, de parte de su clan, con sus propias manos y que había tomado relevancia generando terror allí donde pasaba.

-¡Tú!-grité.-¡Bastardo! ¡Tú te llevaste a mi niña!

-Lo pasamos bien.-susurró remarcando su acento inglés, como si fuera un caballero sofisticado y no una miserable lagartija.

Kurou se movió rápido y escuché tres disparos, así como la risa macabra de Lambert en el ambiente, los pasos rápidos de varias personas, el aliento entrecortado de mi dulce Gigante y el revuelo de las calles aledañas... fueron lo primero que sentí.

-¿Estás herido?-pregunté entre sollozos, porque el pánico me pudo.-Kurou.

-Sólo ha sido el hombro.-murmuró con una muesca de dolor, la misma que se transformó en horror.

-Eso está bien.-dije calmado, puesto que si era sólo el hombro significaba que en unos días estaría de nuevo haciendo de las suyas. Si bien, eso fue antes de toser sangre, lo cual me alarmó.-Kurou, ¿por qué toso sangre?-mi vista se desvanecía, igual mi cuerpo, y la quemazón que comencé a sentir, era como mordidas rabiosas en mi vientre y en uno de mis hombros.-Me duele.-fue lo único que recuerdo haber dicho antes de notar como tomas mis fuerzas me abandonaban.

Logré escuchar los rugidos de Kurou, el llanto atroz de una bestia herida en medio de la noche. Como si un demonio desplegara al fin sus alas mientras la rabia, el dolor y el terror le consumían. Sus lágrimas mancharon mi cuello, también mi rostro, mientras su sombrero caía y sus cabellos rozaban mis mejillas. Sensaciones que eran como caricias comparadas con el dolor agudo que me mantenía prácticamente inconsciente, hasta que dejé de sentir incluso ese dolor tan insoportable.

“Dulces sueños mi ángel,
que las amapolas rocen tus labios
y el trino del alba no te despierte.
Dulces sueños mi príncipe dragón.

Hoy nos veremos en el vergel,
ese del cual tanto hablas
y podremos decirnos adiós.
Hoy susurraré en tus oídos mi canción.

Dulces sueños mi pequeño mundo,
en el cual reposa tu alma.
El envoltorio de celofán se ha roto
y ha dejado ver tu crisálida.

No olvides que te amo,
no olvides jamás.
Dulces sueños mi ángel...”

domingo, 27 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 19 - Lágrimas de nieve (Parte I)

En ocasiones me siento como un bastardo, porque sé que ocurrirá luego y ustedes no. Si bien, no puedo adelantar acontecimientos.



También tengo que contar que he vuelto a ser el Lestat de hace años. Nadie me aplastará, ni siquiera idiotas ni damiselas de poco, o nulo, encanto. Disfruten de mi crueldad a la hora de crear sufrimiento, porque quizás les entrego finalmente la belleza de la fantasía.

No todo lo que leen es cierto, ni es cierto lo que no se puede leer. Esta historia puede tener mil cambios argumentales en el final... el cual está al caer y espero que os guste.

Después me dedicaré a unos relatos breves, para luego hacer venir a un viejo amigo a mis notas y crear una nueva novela con ese personaje... aunque sólo será en rasgos de personalidad.




Capitulo 19


Lágrimas de nieve.

Habían pasado un par de noches después de aquel trato. Cada día se hacía más absurdo y duro. Él se ilusionaba con cualquier comentario frente a la pequeña, se pegaba a mí cuando no estaba tomándome por la cintura y susurrándome poemas que se inventaba en segundos. Parecía estar quemando su último cerilla, era la carta que le quedaba en la manga y quería usarla para conquistarme. Sin embargo, para mí no significaba nada. Todo aquello sólo me entristecía más y me llegaba a sentir agobiado.

En las noches era todo mucho peor, sus manos buscaban mi cintura y su boca se deslizaba por mi cuello. Dormíamos juntos para no despertar alarma a nuestra hija, ya que a veces venía con pesadillas para que la calmáramos. Los dos a solas en esa cama que se veía pequeña, la misma que semanas atrás me parecía enorme, me asfixiaba. No dejaba de preguntarme sobre las próximas vacaciones de primavera, de hacer planes y yo de mirarle sin comprender porque seguía insistiendo en no querer recordar que todo estaba resuelto, que no ganaría nada de esa forma.

-Y podemos ir a Italia, hace tiempo que no vamos.-comentó acariciando mis cabellos.-Anne quiere unas vacaciones en el campo, podemos ir a la Toscana.-susurró mordisqueando mi cuello.

-Richard, no vamos a ir allí.-dije serio.-¿No ves que no vamos a seguir juntos? ¿Por qué demonios lo obvias y te haces el sordo? Te he dicho que no quiero estar contigo, que esto se acabó y se hará real cuando tramite el divorcio nada más llegue el diez de Enero.-sus ojos se apagaron, noté como tomaba aire intentando sosegarse sin lograrlo.

-Será porque quiero ser como ella.-murmuró con la voz entrecortada, esa voz gruesa y masculina que aún me provocaba escalofríos muy a mi pesar.-Quiero creer que todo esto es real, que no es una mentira, y que cambiarás de idea.-dijo acariciando mi rostro con sus enormes y ásperas manos.-No pido mucho.

-Pides demasiado.-comenté.-No me voy de la cama por ella, porque no quiero que venga y no me vea, pero estar tumbado a tu lado me produce náuseas.

Me giré hacia mi lado mientras escuchaba como lloraba, intentaba hacerlo en silencio pero su respiración lo decía a gritos. Yo también lloraba, me dolía escucharme tan decepcionado y sin poder cambiar ni un ápice mis sentimientos. Todo sería más fácil si no estuviera tan roto. Seguía lleno de pesadillas por aquellos años y contemplarlo como a mis verdugos me hundió.

La noche siguiente a esa era la fiesta. Me preparé con uno de los trajes que había comprado en la tienda de Hidehiko, ni siquiera lo había estrenado. Esperaba una ocasión especial con mi esposo, una a solas, para que él me ayudara a quitármelo mientras me halagara por como me quedaba como si eso fuera necesario. Intentaba mostrarme lo más jovial y emocionado posible, colocándome una camisa roja como complemento a un traje negro de líneas algo sobrias, pero sobre todo elegantes.

Para Anne había comprado un traje rojo con moñas negras en el filo de la falda, la cual estaba algo fruncida hacia un lado y era amplia, además de pomposa, dándole un aspecto de princesa. Sus manos estaban cubiertas por unos guantes de hilo negro. Estaba preciosa, deslumbrante. Ambos bajamos sonriendo, esperando no pasar frío con los abrigos que habíamos comprado también para estrenar.

-Estás radiante.-murmuró Kurou vistiendo un traje nuevo, al parecer quería atraerme con su ropa y su buena colonia. Pero sólo me resultó patético, como todos sus intentos. No iba a lograr nada de esa forma, sólo asfixiarme un poco más.-Te queda muy bien ese traje.

No supe que responder. Quería decirle que dejara los halagos, porque no los quería. Sin embargo, bajé a la niña y lo besé con esas ganas de idiota enamorado que ya no tenía. Me rodeó con necesidad, como si fuera a huir nada más apartarme. Sus mejillas estaban rojas y sus labios temblaban mostrándose emocionado.

-Después te daré más.-dije notando como cerraba los ojos acariciando mis caderas.-Te daré lo que desees, será tu regalo de navidad.-murmuré cerca de sus labios.

-¿Y yo estoy bonita?-preguntó Anne bastante roja, a juego con su vestido.

-Sí, preciosa.-susurró sin apartar la vista de mí.-¿Podemos hablar a solas?-preguntó haciéndome sentir incómodo, seguía buscando doble sentido a todo lo que decía. Sólo comentaba todo aquello para aparentar normalidad.

-No, vamos tarde.-susurré jugueteando con su corbata.-Luego en la fiesta hablamos, cuando todos estén de acaramelados y los niños prácticamente dormidos por el cansancio.

-¿Lo prometes?-se pegó un poco más haciéndome sentir pequeño, todo su cuerpo quedó echado sobre el mío y me miraba intensamente.-Prometelo.

-Prometido.

Ella estaba tan ilusionada, sin embargo yo quería morirme. Iba a representar una gran farsa, mientras él se dejaba guiar por esta como si nada de lo hablado fuera real. Aquello parecía una pesadilla. Quería desaparecer y que ni el dolor ni la rabia me encontraran.

Nos pusimos en marcha tras colocarnos los abrigos y tomar los últimos regalos, llevaba pequeños paquetes para todos. Eran tarjetas hechas a mano de Anne, algunas golosinas en una pequeña bolsa de tela hecha por mí, y colgantes de madera con las iniciales de cada uno. Tan sólo era un pequeño regalo, para agradecer el estar con ellos esa noche. Los regalos navideños los tendrían que recoger en mi propia casa, Sebastian mientras los guardaba celosamente y en secreto en varios armarios.

Nada más llegar los vi tan felices que sentí envidia. Sho estaba con aquel chico regalándose carantoñas, los niños jugaban con Spider vestido de duendecillo, Kamijo estaba con una sonrisa increíble y aferrando por la cadera del joven Arthur. El resto también estaba en pareja, inclusive Atsushi parecía irradiar felicidad junto a un chico que desconocía. Todos y cada uno eran ajenos a mi dolor. Yo debía sonreír, beber brindando por un buen año que terminaba y besar a Kurou bajo el muérdago. Daba igual si sólo quería huir.

-Mira tito.-dijo Spider completamente emocionado, tenía el rostro rojo por ir corriendo de un lugar a otro.-He conseguido muchos dulces, muchos.

-¡Spider deja de comer tantos dulces o te hará mal!-escuché a lo lejos a Sho, no dejaba respirar a su hermano a pesar de estar aferrado a su pareja.

-Haz caso a tu hermano, amor.-dije acomodando sus cabellos.

Mi esposo estaba tras mi espalda, tomándome por la cintura y con la vista fija en mí. Me sentía incómodo, pues sabía que esperaba esa charla y me insistía de esa forma. Podía notar sus manos deslizándose bajo mi chaqueta, palpando mi vientre y produciéndome escalofríos. Eché hacia atrás la cabeza, apoyándome en él como si nada ocurriera, mientras bebía una copa tras otra. Poco a poco me iba mareando con tanto alcohol, ni siquiera habíamos cenado y aún quedaba una hora para que llegara la comida. Kamijo había pedido a un restaurante un menú especial, eligiendo él cada uno de los platos.

-¿Podemos hablar?-preguntó besando mi cuello.-Lejos de todos, de los niños y de sus charlas.-murmuró mordisqueando el lóbulo de mi oreja izquierda.-Podemos ir a la biblioteca de tu hermano, tal vez a su despacho o quizás a uno de los balcones.-murmuró haciéndome notar su cuerpo junto al mío, prácticamente podía sentirlo sin necesidad de quitarle la ropa.

-Sí.-balbuceé con un tono achispado.-Y me dices qué demonios quieres.

Realmente no recuerdo mucho más, sólo el subir las escaleras y terminar sobre sus piernas, encaramado y encorvado hacia él, llorando aferrado a su chaqueta. Mi frente contra su pecho, sus manos sobre mi espalda acariciándome como si fuera un gato. Me sentía hundido en la miseria y en una tristeza que me volvía débil, odiaba sentirme así fuera por enfermedad o por mis sentimientos.

-Regresemos, seamos esa familia que tanto deseas.-murmuró como oferta.-Te juro que no te pediré sexo, que sólo será algo platónico. Pero no me niegues tus besos, ni tus abrazos y mucho menos quiero que me niegues tu forma dulce de llamarme.-dijo haciéndome un hueco cálido entre sus brazos.-No quiero divorciarme, tengo pánico a ese documento.-susurró antes de buscar mis labios.

Me sentía un muñeco en sus manos, como si pudiera convencerme de cualquier cosa y hacer lo que quisiera conmigo. Sus manos desabrocharon mi camisa, tenía la chaqueta quitada y también los zapatos. Sus manos las sentí ásperas, pero cálidas, cuando acarició mi cuello deleitándose luego con mis clavículas.

-Te quiero de regalo, eso quiero.-sus ojos eran impactantes, llenos de miedo y ternura.-Al menos di que te quedarás conmigo, aunque sea mentira. Haz que crea en la magia de estas fechas, luego si quieres arroja sobre mí toda tu ira y hunde mi alma en depresiones constantes. Voy a morirme cuando firme ese documento, pero mientras quiero ser feliz y pensar que estaré a tu lado.-murmuró rozando mis labios.-Quiero pensar que no lo he hecho mal como esposo, no esta vez.

Tenía mi mente embotada en alcohol, sentía mi cuerpo liviano y todo parecía darme vueltas. Necesitaba aferrarme a algo y fue a él. Le miré sonriendo como un idiota, ya que el alcohol me mermaba. Había olvidado todo, incluso donde estábamos. Más de dos botellas de champaña, una de ginebra, dos de vodka y algún trago de vermú, habían logrado hacerme caer. Yo aguantaba bien el alcohol, pero no tanto y sin comida de por medio.

-Hazme el amor.-recuerdo que susurré.-Es nuestra noche de bodas.-no tenía coherencia aquello, pero aceptó el beso que le ofrecí.

Me recostó sobre una alfombra, aunque no sé cual de todas las de Kamijo ni en qué habitación estábamos realmente. Comenzó a quitarme la ropa mientras yo le miraba ebrio, sofocado y entregado a cualquier cosa que me hiciera. Abrí mis piernas, al menos eso recuerdo, y rogué ser suyo una vez más.

-No, no puedo.-dijo acariciando mi rostro.-Ni recuerdas porque estás ebrio, estoy seguro que ni sabes qué ocurre.-creo recordar que dijo mientras me cubría con su cuerpo y yo gemía, me rozaba contra él como si estuviera en celo.-No lo hagas más difícil.

-¿No te pongo?-murmuré.-Que mala esposa soy si no pongo a mi hombre.-dije a modo divertido, antes de caer desplomado.

Desperté a la mañana siguiente, con un fuerte dolor de cabeza, y tumbado en una de las habitaciones de huéspedes de Kamijo. Kurou estaba allí sentado en el borde de la cama, mientras la niña dormía a mi lado aferrada a mi brazo. No se había percatado que ya estaba despierto, porque seguía llorando como si no hubiera mañana.

-Richard.-dije con mi tono de voz gélido, el cual estaba siendo habitual, a pesar de verlo en ese estado.-¿Qué hora es?

-Medio día.-dijo ocultando su rostro entre sus largos cabellos.

Procuraba siempre ocultar sus lágrimas, y cualquier sentimiento, gracias a su melena espesa y sedosa. Se veía tan encantador esa parte suya, tan dulce y preocupada, que me enternecía incluso cuando estaba molesto. Como pude aparté a la niña, para incorporarme y colocar sus cabellos tras su oreja.

-¿Por qué lloras?-pregunté.-Puede verte Anne.-susurré antes de acariciar sus lágrimas.-Que lo nuestro no funcione no significa que no seas un excelente padre, así que dibuja una sonrisa en ese rostro e intenta calmarte.

-Sabes que no sé sonreír.-dijo serio.-El cuento acabó.-murmuró con un tono muy triste, jamás le había escuchado de esa forma.-El gigante egoísta se quedó solo porque no supo compartir su jardín.

-Sí, lo siento.-susurré antes de salir de la cama, para vestirme.

-Kamijo ya lo sabe, se lo dije anoche.-comentó.-Cuando te desplomaste le expliqué la situación.-murmuró.-Me ha hecho comprender porque te has tomado todo esto así, por eso lloro.

-Ah.-fue lo único que pude responder, porque me cortó el aliento cuando explicó el motivo de sus lágrimas.

Me quedé de pie, con la camisa puesta sin abrochar y en las piernas sólo mis boxer. Mis cabellos alborotados, mis ojos llenos de preocupación y decepción, así como mis puños cerrados aferrándose a mis pantalones, lo decían todo. No había tenido la mejor de las noches, ni el mejor mes, pero en parte había merecido la pena el dolor que sentía si alguien al fin lo comprendía, alguien más que Kamijo. Ese era uno de los motivos por el cual me molesté con Kurou, si bien no podía aceptarlo de nuevo en mi vida así como así. Necesitaba tiempo, alejarme de él y huir de mis fantasmas.

-Vístete, debemos ir a casa y descansar para la noche. Tenemos una cita, la última, en el concierto de Navidad del Teatro.-susurró.-Es el regalo que nos tenía preparado a todos ayer, Kamijo. Una función donde se tocará música clásica mientras se representa de forma muda un cuento de Navidad, el de los fantasmas.

-Está bien, tengo que ver qué ropa ponerle a la pequeña.-murmuré.

-No, quiero que sea a solas tú y yo. Es lo único que te voy a pedir como regalo.-susurró levantándose para venir hacia mí, tomándome del rostro mientras me contemplaba lleno de amargura.-Seamos sinceros, no vas a volver a volver a quererme ni verme igual.

Me vestí apartándome de él, en silencio, mientras deseaba desaparecer de nuevo. Las imágenes de la noche anterior me hicieron girarme, para verlo como si lo juzgara por todos sus pecados. Me había desnudado y acariciado, así como besado desesperado por hacerme suyo, pero al final no pudo porque ebrio era una presa fácil y él no quería eso. Me hizo pensar, preguntarme si estaba sacando todo de quicio por culpa de mis temores y simplemente me quedé allí parado deseando que me abrazara. Sin embargo, no se obró el milagro. Parecía rendido y yo no me comprendía siquiera, no sabía si me dolía más aquella noche o el verlo derrotado abandonando la batalla.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte IV)



Canciones y cantantes como este no se ven ni se escuchan todos los días. Skid Row era una banda increíble, ahora ya no lo es tanto. A mi parecer Sebastian era una gran parte de la banda y bueno... se perdió al abandonarla.


No hay nada más difícil que amar a alguien y tener que escribir esto...



Cuando eran casi las diez apareció Anne, me había estado buscando por la casa. Con su dulce y tierna voz me pidió dormir conmigo. Aguanté las lágrimas hasta que se durmió, e incluso tuve que reír cuando sólo quería hundirme un poco más. Si bien, nada más cerrar sus ojos y notar su respiración lenta, me aferré a ella llorando.

Sinceramente casi no pude dormir, no sólo por la terrible decepción sino porque necesitaba su calor y sus latidos. Siempre pensé que él me cuidaría y en esos momentos me di cuenta que quizás era una ilusión. Recordé nuestros primeros besos, tímidos al principio porque él me ofrecía sus labios con ternura y después yo los volvía tórridos. Demandaba en esos besos todos los meses, e incluso años, que deseé tenerle. Prácticamente empezamos a vivir juntos nada más comenzar. No podía despertar en casa solo, yo quería hacerlo con él a mi lado para poder besarle y abrazarle antes y después de dormir.

El desayuno fue tenso, él no cesaba de mirarme y preguntarme si ya no estaba molesto. Anne simplemente preguntaba una y otra vez si habíamos discutido. Yo guardé silencio y no probé bocado. Cuando ella se levantó para lavarse los dientes, él aprovechó para intentar acercarse a mí. Lo hizo sin disimulo alguno, simplemente se colocó tras mi silla acariciando mis cabellos e intentando pedir disculpas una vez más.

-Esta noche no he podido dormir.-dijo en un murmullo, antes de inclinarse para susurrar a mi oído.-Tu aroma, tu calor, tus latidos y todo tú me hacen falta en la cama.-besó mi cuello y mi mejilla.-Eres la única persona que he amado de verdad.

-Y sin embargo, no te importó tratarme como me han tratado toda mi vida.-dije antes de apartarlo de mí, levantándome y desafiándole con la mirada.-Richard, no quiero que me vuelvas a tocar.

-Pero, eso será duro para mí.-murmuró antes de tomar una de mis manos, eso hizo un efecto en cadena porque le abofeteé con la libre.

-¡Te he dicho que no me toques!-grité alejándome de él.-Tú y yo ahora somos compañeros.-dije dejando claras las cosas.-Delante de mi familia, para no preocuparles, haremos el teatro que sea necesario.-susurré nervioso.-Hasta que sepa como decirles a todos que quiero el divorcio.

-Ha sido una discusión, un estúpido error.-intentaba explicarse.-Yosh

-Uno que me ha hecho verte de forma horrible, porque ahora te odio y desprecio con toda mi alma.-las lágrimas surgieron solas, no podía reprimirlas más y vi que él tampoco.-Y no me llamo Yosh, me llamo Yoshiki.

-Mi ángel, no me puedes dejar.-murmuró precipitándose hacia mí, intentando rodearme con sus brazos hasta pegarme a él, y eso tuvo como resultado varias bofetadas hasta que se apartó.

-¡No soy tu ángel!-grité.-No te soporto.

-Papá.-escuché antes la voz de Anne, su voz llena de tristeza.-¿A mí tampoco me soportas?

Me giré mirándola, tan pequeña y frágil, que deseé envolverla entre mis brazos y no dejarla ir nunca. Negué con la cabeza, puesto que no podía siquiera hablar. Alcé su pequeño cuerpo del suelo y la pegué a mí, para besar su mejilla.

-Más te vale que no me la quites.-dije acariciando los cabellos de la niña.-Haré lo que sea necesario para que ella se quede conmigo, no contigo.

Salí de la habitación mucho antes que él pudiera decir nada, yo llevaría a la niña al colegio ese día. Lo hice en silencio sentado en la parte de atrás del coche, conducía Sebastian con un rostro serio. Nos había escuchado discutir, estaba seguro, y sabía que cuando yo decía algo lo cumplía. Quería el divorcio porque no podía soportar la infidelidad y esos modos que me mostró. No fue un error, fueron varios.

Aquel primer día fue insufrible. Deseaba volver atrás y sentir que él era perfecto para mí, que siempre me cuidaría y que jamás me engañaría. Quería verlo como un hombre íntegro, no un monstruo que era capaz de verme llorar y no hacer nada. Pasé el día tocando, todo eran melodías y canciones tristes. Con el piano siempre transmitía lo que realmente sentía.

El segundo despertar lejos de él fue aún peor, tenía la habitación llena de rosas y flores variadas. Había jarrones repletos de margaritas, tulipanes, amapolas, gardenias e incluso violetas. En la mesilla de noche había una caja con mis bombones favoritos, eran algo caros y no me permitía el lujo de comprarlos con frecuencia. No era por el precio, sino porque no quería acostumbrarme y dejarlos como algo especial.

-Papi.-murmuró Anne abrazándose a mí.-¿Vas a perdonar ya a papá?

-No cariño, estás cosas no se perdonan con flores y chocolatinas caras.-dije levantándome de la cama.-Quédate aquí, no tienes clases.-susurré arropándola.-Dame cinco minutos mi amor.-murmuré antes de besar su frente.

Fui directo al salón, donde me esperaba con una caja enorme de una tienda de modas. Tenía un par de entradas en las manos, que ni miré para qué eran. Él estaba algo sonrojado y con los ojos de un niño en plena Navidad. Sin embargo, nada me importó tomar las entradas y destrozarlas. Se quedó serio mirando como se hacían confeti.

-Saca todas esas flores de mi nuevo cuarto, los bombones si quieres los tiras y esa ropa no pienso ni mirarla.-comenté serio.-Y por favor, si tienes dignidad no dirás nada.

-No tengo dignidad, me estoy humillando por ti.-dijo tomándome de los brazos.-¿No ves que soy distinto a ellos? ¿No ves cuánto te quiero?

-Sólo veo a un miserable que me engañó con flores, y que esta vez intenta arreglarlo de nuevo con ellas.-susurré antes de apartarlo de un empujón.-Veo a un estúpido que me prometió que jamás permitiría que alguien me dañara, el cual me juró que nunca me haría llorar y que me dijo mil veces que controlaría sus celos.-susurré.-No confías en mí, ni en mis sentimientos. ¿Cómo pretendes que te los de?-murmuré con cierta rabia.-¡¿Cómo pretendes que olvide que estuviste a punto de hacérmelo a la fuerza?!

-Yosh, yo te amo.-fue lo único que pudo decir, porque prácticamente no podía hablar. Lloraba tan arrepentido que me dio pena, pero no ternura. En otro momento hubiera ido hacia él, besado sus labios y rogado que no llorara.-Yo te amo, te amo.-balbuceó intentando agarrarme.-Necesito abrazarte.-dijo de forma entrecortada.-Yosh.

-Yo necesito que no me toques.-siseé.-El lunes haré venir a mi abogado, será mejor que tengas uno para entonces.

Todo aquel día fue tenso. Intentaba que Anne no preguntara si ya no estábamos peleados, lo hacía enseñándole a tocar el piano. Él me contemplaba desde su sillón sin perder detalle. Sus ojos se veían tiernos, preocupados y llenos de amargura. Creo que los míos era una muestra clara de decepción y tristeza.

La Navidad estaba cerca, tan sólo quedaba una semana. Había venido rápido, demasiado. Durante todo el año me veía inquieto por esas fechas. Desde que estaba casado siempre pedía lo mismo, tener un hijo o una hija para poder ver la magia de la Navidad.

Normalmente cuando uno crece deja de creer en la magia. Los ojos de un adulto son distintos a los de un niño. Donde tú ves simple decoración, ellos ven la ilusión de unas noches en las cuales les traerán regalos y comerán dulces. El calor dulce de una canción se siente distinta gracias a un coro de niños, es como si fuera más cálida e inocente. La Navidad en realidad está hecha para los niños, porque todos quieren juguetes, pasar el tiempo jugando con sus padres y sus amigos, así como comer dulces y que le cuenten cuentos.

Los adultos sólo vemos consumismo, nada de diversión salvo si no nos emborrachamos en cenas de empresas. Sentimos que nos duele la cartera, no los dientes por el dulce, y que todo es falso. No hay nada en qué creer, no habrá tipo gordo entrando la chimenea y tres idiotas con camello.

Íbamos a divorciarnos en plena Navidad. Tras ese fin de semana, en el cual pude ver la ilusión de mi pequeña hada, tuvimos ambos que asistir a la representación de la escuela, nuestra pequeña haría de ángel. Entonces me sentí decepcionado de mí mismo mientras miraba su actuación de Anne, completamente ansiosa por vernos entre el público. Siempre había querido sentir esa magia de nuevo, como si todo fuera posible, por ello tomé de la mano a Kurou y sonreí como si nada pasara. Los niños son fáciles de engañar en esos casos, al menos ella lo fue. Se notó más segura, radiante de felicidad y con ganas de bajar para abrazarnos.

-Richard.-susurré en su oído.-Hagamos que tenga una bonita Navidad.-murmuré apoyando mi cabeza en su hombro.-Nos divorciaremos después, quiero que ella tenga una fiesta feliz.

-¿Crees que será menos duro después?-preguntó aferrándose a mi mano.-Yosh, mi ángel.-murmuró antes de rozar mis labios, lo cual permití para que ella no viera extraño mi rechazo.-Dame una oportunidad.

-Esto sólo lo hago por ella y por mi deseo de ver una Navidad con los ojos de un niño.-murmuré antes de perderme en sus ojos.-Sigo deseando el divorcio, lo siento.-besé sus labios como si jamás nos hubiéramos peleado.

-Te amo.-murmuró aferrándose a mis manos.-Yosh, te amo.-dijo antes de besarme otra vez, olvidando mis palabras.

Estábamos en mitad de una representación escolar y no le importó besarme de esa forma, sus mejillas ardían y su lengua lo decía todo. En esos momentos sólo quería aferrarse a que la Navidad no acabara. Era tímido, pero dejó a un lado sus miedos y vergüenzas para quedarse con esos últimos besos que yo le iba a permitir.

Cuando terminó el acto de Anne ella no se lo pensó, corrió hacia donde estábamos para sentarse en brazos de su padre. Tenía una sonrisa tan viva y dulce que me hizo estremecerme. Él también sonreía contemplándome como si fuera un ángel real.

-¿Por qué tan contenta?-pregunté.-¿A caso Nico te dio un beso?-dije acariciando sus mejillas.

Se sonrojó por mi pregunta, sobretodo porque Nico hacía de otro ángel. Ambos habían estado participando en la obra. Sin embargo, negó todo cuando pudo apartar de su mente la vergüenza.

-Porque tengo mi regalo de Navidad antes de tiempo.-dijo con cierto orgullo.-Pensé que no me lo daría.-me tomó de las manos jugando con mis dedos.

-¿Qué regalo?-pregunté con dudas.

-Ya no estáis peleados.-su sonrisa inocente me lo decía todo.

“Lágrimas en forma de copos de nieve
resbalan sobre tus sonrojadas mejillas.
No puedes ocultar tu miseria,
la máscara se rompió dejando su huella.

Lágrimas en forma de copos de nieve
sobre la tristeza y su cruel semilla.
No puedes ocultar tus deseos
mientras contemplas la nieve caer fuera.

Sueña, sueña y tal vez se cumplan todas tus ilusiones.”

Pasé horas asimilando que iba a destrozar su deseo nada más quitar la decoración de la casa. Sin embargo, no tenía corazón de dar marcha atrás y seguir con el plan original. Sobretodo, cuando llegamos a casa tras cenar fuera. Ella pidió dormir entre nosotros, quería dormir abrazada a sus padres porque había sido su deseo.

En cuanto pude quedarme a solas con él, lejos de ella y de su fantasía, noté que no era la única. Él había obviado mis palabras y se dedicó a besarme. Sus manos acariciaban mi rostro con tanta ternura, igual que mis caderas cuando tiraba de ellas hacia mí pidiéndome un beso más. Yo sólo agaché la cabeza y apoyé mi frente en su torso.

Sentía su fragancia envolverme, así como el calor de su cuerpo contra el mío a pesar de la ropa, y sin embargo no podía dejar de olvidar esos ojos dominantes y despreciables. Notaba como sus labios se deshacían contra mis mejillas y mi cuello, besándome con desesperación y cuidado. Estaba nervioso, como en nuestras primeras citas, y yo simplemente quería apartarlo sin ser muy brusco. No quería empezar a discutir y que ella nos escuchara, o nos viera, rompiéndole sus ilusiones.

-Richard.-susurré sintiendo una de sus manos colarse bajo mi camisa.-Richard, no.

-¿Por qué?-preguntó confuso.-Sólo quiero besarte y acariciarte bajo el muérdago, lo he puesto por toda la casa.-dijo muy sonrojado, estaba tan rojo que parecía una de las bolas navideñas de nuestro abeto.-Así no tendré más remedio que besarte.-intentó hacerlo, pero lo esquivé.

-Recuerda que es un trato.-susurré bajo.-Esto lo hacemos por ella.-sus ojos se aguaron y la decepción le cayó como un balde de agua helada.-No hace falta que finjamos, es más no quiero que lo hagamos, si ella no nos ve.

-Entonces no entendí mal.-dijo rompiendo a llorar.-Esto se acaba.-murmuró temblando.

-Sí, así es.-sus manos se aferraron con fuerza a mi cuerpo, aunque sin hacerme daño.-Richard...

-No me gusta que me llames así, aunque ella no esté delante.-balbuceó entre lágrimas.-¿Por qué yo no puedo tener mi deseo de navidad? ¿Por qué a ella se le cumple y a mí no?-dijo casi sin aliento.

-Papá a todos no se nos cumple antes de tiempo, sólo a los que les caemos muy bien.-dijo Anne entrando en ese momento en la habitación.-¿Qué quiere papá?-me dijo tirando de mi pantalón.-Papi Yosh ¿qué quiere papá? Yo tal vez se lo puedo dar antes, tal vez podemos buscarle su regalo y dárselo antes.

-Quiere que nieve.-dije poniendo mi mejor rostro.-Quiere mucha nieve, muchísima, y hacer muñecos en familia.-comenté intentando que él me soltara, pero me abrazó aún mejor.

-Pero nos resfriaremos y entonces no podremos ir a la fiesta del tito Kamijo.

Días atrás nos había llegado una invitación para celebrar todos juntos la navidad, cantando villancicos y comiendo dulces toda la noche. Ella se emocionó igual que en Halloween, porque sabía que vería a todos los niños que había conocido aquel día y podría jugar con Sho.

-Es cierto.-dijo él.-Mejor pido cacao caliente y galletas, como las que toma Santa.

Mi pequeña hada comenzó a reír y yo la tomé en brazos, directo al dormitorio. No era consciente de mis mentiras, sólo creía que todo sería tan bonito como yo lo imaginé meses atrás. Sus manos me acariciaban las mejillas, mientras que las de su padre iban a mi cintura. Aprovechaba cualquier oportunidad para aferrarse a la ilusión de ese engaño.

Cuando estuvimos todos en la cama pude notar como él esperaba besos, los pedía con la mirada. Estaba ansioso de mis caricias, como si jamás se las hubiera dado y quisiera conocer qué se siente. Sus mejillas cada vez estaban más rojas y él más nervioso. Se olvidaba de todo porque se dejaba llevar por su deseo.

Nada más dormirse Anne noté sus dedos jugar bajo mi pijama, lo hacían sobre mi ombligo, mientras sus ojos rogaban un poco más de esas mentiras. Aproximó su boca a la mía, pero yo me negué a seguir el beso que me ofreció. Su lengua estaba inquieta, desesperada por sentir las mismas ansias en mí o al menos despertarlas, y sin embargo yo me quedé inmóvil demostrando que no sentía nada. Sin embargo, tras ese vino otro y otro más intenso.

-Quiero hacerte el amor, quiero demostrarte que no te haré daño.-murmuró cerca de mi boca.-Sé que si te demuestro que estás equivocado, que si lo hago, olvidarás lo que ha ocurrido.

-Estoy decepcionado.-comenté.-No voy a olvidar nada.-lo dije con tal convicción que dejó de tocarme.-Evita besarme, lo detesto.

-¿No habrá milagro?-dijo en un susurro.

-No.-mi sinceridad era aplastante, pero también sus ilusiones.

“Besos fríos, como el hielo,
son los que te regalo.
No puedo darte magia
cuando ya no me queda esperanza.

Besos de cigarra
y lágrimas de cordero,
serán los recuerdos que tengamos
y que ocultaremos.”

viernes, 25 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte III)



Recuerden que el autor también llora cuando escribe estas cosas. No soy un témpano de hielo, en eso soy muy parecido a Yoshiki.



Recordé a Emmanuelle, tan pretenciosa a veces y en otras tan tímida. Sus ojos llenos de ilusión cuando Kamijo aceptó tener un hijo con ella, Camil, y lo desesperada que se volvió cuando supo que no tendría posibilidades con él. Supuestamente era un hijo probeta, pero conociendo a Kamijo a veces lo dudo. Conocía sus criterios sobre ese tipo de prácticas médicas, decía que dar así vida era frío y le parecía poco amoroso para contárselo a un hijo. Si conocía bien a mi hermano podía dudar razonablemente de su historia.

-Sí, allí estuvo K.-murmuré.-Yo también estuve en uno un par de meses, por depresiones.-dije con una sonrisa amarga.-En Londres, para tratamiento intensivo y por miedo al suicidio.-me giré hacia él y le contemplé hundiendo mis ojos en él.-He visto casos como los de Claudia, van a peor y terminan degradándose por completo.

-Emma sólo pide ver a Kamijo y repite mil veces que no está loca, pero por lo que sé intentó agredirlo cuando le confirmó que no tenía posibilidades.-susurró antes de mirar al frente, justo donde la leña.

-¿Qué harás con Helena?-susurré.

-Intentar que comprenda que no puedo ir rápido, que tal vez necesite que estén a mi lado y no todo el tiempo viajando.-murmuró para dejar pasar el aire intranquilo.-Fue una locura empezar a tenerla en mi cama, en mis brazos, como si no importara ni sus sentimientos ni los míos. Ella dice que sigue enamorada de un hombre que nunca volverá, se casó hace un tiempo y no se ve con fuerzas para conquistarlo.-tragué duro, porque sabía que era yo.-¿Sabes de quién se trata?

-No, Helena es muy suya.-dije con una sonrisa amarga.

-Lo sabes, te conozco poco pero eres expresivo cuando estás con la guardia baja.-murmuró.

-Soy yo.-susurré mi confesión antes de llorar.-Es una estúpida, le hace daño que me pasee con Kurou frente a sus narices pero luego me dice que no importa. Es una maldita estúpida, una idiota como siempre.-en esos momentos era él quien me apretaba las manos.-Es la única mujer que he querido, las demás sólo fueron fijación o atracción.

-Tranquilo, ya no le duele eso.-dijo con una sonrisa.-Es feliz al verte así.-me abrazó y terminé desplomándome.

Ambos llorábamos, cada uno por un sentimiento de frustración con raíces distintas. Él lo hacía por una mujer que ya ni siquiera le reconocía, de la cual todos dudábamos que le hubiera amado, y yo por el corazón roto de Helena. Cuando nos separamos secamos nuestras lágrimas e intentamos tener una charla distinta.

Él comenzó a contarme sobre sus próximas novelas, los argumentos y sus personajes, le apasionaba ese mundo mucho más que el político. Yo conversaba de forma animada sobre la música, le decía que comprendía su pasión y su esfuerzo por dar lo mejor de sí mismo. Cuando estuvo mi ropa limpia y seca decidí irme, al marcharme di las gracias a la chica que tenía de empleada y a él lo abracé deseando trasmitir mis ánimos.

Nada más regresar a casa tuve una fuerte regañina de Kurou. Había estado llamando a mi móvil y no contestaba, así como me demostró su preocupación y desesperación. Sin embargo, terminó abrazándome con lágrimas en los ojos. Regresar a casa y sentir que te aman de esa forma, que la preocupación es real, es algo único. Creo que en ocasiones desaparezco algunas horas sólo por sentir que él me rodea, su cuello pegado a mi nariz y sus brazos firmes entorno a mi espalda. Amo sentir el aroma de su colonia y el tacto algo áspero de sus manos. Inclusive podría decir que me excita.

-Necesitarás entrar en calor, una buena ducha.-murmuró notando que mis ropas estaban secas.-¿Por qué están secas?

-Me encontré con Paulo Wilde y lo acompañé a casa, estaba derrumbado por una mala noticia.-comenté acariciando sus mejillas.-Tenía incluso rotas las gafas, así que le hice de guía y su asistenta me pidió que me permitiera secarme la ropa.-murmuré pegándome a él.-Pero no entré en calor ni con el cacao caliente, ni siquiera con el baño o la chimenea.-sus ojos estaban fríos, muy molesto y celoso.-Sólo tú me haces entrar en calor.-susurré en su oreja derecha, antes de mordisquearla. Lo había hecho con un tono sensual, muy atrayente.

-Tu hija te espera arriba dibujando y muy preocupada.-murmuró seco apartándome.-Ve y habla con ella, dile que has sido un estúpido e irresponsable ahora mismo. Después hablaremos si quieres sobre tu escapada y la amabilidad que posees con otros.

Me quedé allí parado viendo como se iba por el pasillo, con zancadas de demonio y refunfuñando. Tenía un carácter fuerte cuando se molestaba, creo que más que no avisar le dolía que hubiera pasado esas cosas con alguien que no era él. Deseaba poseer cada uno de mis segundos, aunque tuvieran que se compartidos. Quería estar siempre presente en cualquier instante, como si fuera mi propia sombra, y yo necesitaba mis secretos, como los que él aún tenía y que aún desconozco.

Me sentí mal por Anne, había olvidado que ella se podía poner triste. Cuando subí se había dormido sobre su escritorio, casi era la hora de la cena y ni había tocado su pastelito. Tenía junto a ella un trozo de pastel de nata que aún esperaba ser probado. Tomé su pequeño cuerpo entre mis brazos, para tumbarla en la cama y dejarla descansar hasta la cena, mientras veía su dibujo. Había estado intentándolo muchas veces, todos eran réplicas del dibujo que me había hecho su padre.

Entonces tomé conciencia que había estado todo el día fuera, que eran más de las seis de la tarde y que no debí hacerlo. Era un idiota egoísta, sin embargo sabía que lo volvería a repetir sin lugar a dudas. Necesitaba llorar y que no me viera ni ella ni él, quería hacerlo en otro hombro que no fueran los suyos.

Dejé a la pequeña tumbada y arropada en su cama, con cuidado le quité sus zapatillas de peluche, eran dos conejos negros con la nariz rosada, y besé su frente. Noté en ese momento la presencia de Kurou a mis espaldas, como si vigilara mi labor de padre. Cuando me giré lo vi menos molesto, aunque seguía sintiendo sus celos por como me contemplaba.

-¿Se durmió?-preguntó lo obvio, porque no sabía romper el hielo de otra forma.-Necesito hablar contigo.

Simplemente asentí levantándome de los pies de la cama pequeña, porque allí me había sentado a vigilar sus sueños, para ir tras él por la casa hasta su despacho. Abrió la puerta haciéndome pasar, provocando en mí esos escalofríos incontrolables. Me sentía como un maldito colegial.

Se colocó tras mis espaldas, apartando mis cabellos para besar lentamente mi cuello. Sabía que estaba dejando marcas, quería marcarme como si fuera un animal de granja. Yo simplemente jadeaba lleno de nerviosismo, notaba que iba a ser más dominante que otras veces. Tenía miedo a sus caricias bruscas, y sin embargo jamás las había sentido. Me sacó el gabán, aún lo llevaba puesto, y me arrancó la camisa a jalones.

Cerré los ojos unos instantes notando sus manos ásperas bajar por mi torso, hasta mi vientre. Su boca seguía parada en mi cuello, mordiendo mi piel blanca para volverla morada. Desabrochaba mi cinturón con cierta mala leche, notaba sus jalones. Pronto me vi desnudo y con parte de la ropa raída a mis pies. Él seguía impecable, como si nada. Sus cabellos estaban bien colocados, igual que cada prenda.

-Kurou.-murmuré al notar que me abrazaba por la cadera con uno de sus brazos, pasando el otro por debajo de mis axilas, y a su vez hundía su rostro en el lado contrario del cuello.-Kurou, me harás muchas marcas.-me preocupaba que Anne se llorara al verlas, porque yo no sabría explicárselas.

-Pocas te haré.-repitió.-Y quiero escuchar bien claro mi nombre, no mi apodo.-murmuró.-Hoy lo deseo así.

-No, no.-murmuré.-No quiero sexo frío.-dije casi sin aliento, lleno de miedo porque se comportara de esa forma conmigo.-No quiero eso, no quiero.

Comencé a llorar cuando noté que no le importaba, que sus manos seguían acariciándome como aquellos hombres y este reaccionaba por instinto. Mis piernas se abrieron, mientras mis ojos no dejaban de mostrar mi terror. Estaba amaestrado para acceder a cualquier roce, fuera brusco o sensual, y mi cuerpo echaba los primeros en falta. Sin embargo, yo no quería saber nada de ese sexo violento que me rompía el alma en mil pedazos.

-Sí.-respondió tomando una de mis manos, las cuales intentaban clavarse en sus brazos sin lograr nada.-Ese sexo tendrás como castigo.-susurró antes de morder con fuerza mi hombro, eso hizo que gritara y mis piernas se abrieron aún más.

-Kurou.-balbuceé.-Me portaré bien, juro que me portaré bien.-dije sintiendo como me giraba para arrodillarme frente a su entrepierna.-Lo juro, juro que lo haré.

-No sé ya como decírtelo, necesitas una lección quizás.-susurró inclinándose para lamer mis labios, así como mis lágrimas.-Tendrás marcas por todo tu cuerpo, recordándote lo que hiciste este día y que no debes volver a repetir.

-Kurou, si haces esto que pretendes mañana no estaré a tu lado.-balbuceé temblando.-Te juro que me habré ido y no sabrás de mí, me llevaré a la niña conmigo. No volverías a vernos jamás, lo juro.

Paró entonces arrodillándose frente a mí, acariciando mis mejillas y después los moratones que ya tenía. Besó de forma tierna mis labios, pero yo no acepté el beso. Estaba aterrado, quería a mi Kurou y no al hombre que tenía frente a mí. Me pegó a él y yo hice el intento de apartarlo, no quería que me tocara.

-Yosh.-susurró preocupado.-Yosh, mi ángel.-murmuró.-Lo siento, lo siento mi ángel.-dijo acariciando mis cabellos, pero me daba asco sus dedos y toda su presencia.

-No, no quiero que me toques Richard.-dije herido.-No quiero que me toques.

-Estaba furioso, no pensaba de forma racional.-susurró con ese tono dulce que me hacía derretirme, pero en ese momento sólo quería golpearlo.

-¡¿Cómo se te ocurre tratarme así?!-grité rompiendo a llorar aterrado aún, cayendo hacia atrás para terminar escapando hacia un rincón de la habitación.-¡No me toques! ¡No me toques! ¡Yo no soy una puta! ¡No soy tu puta! ¡Si quieres una puta págala y olvídate de mí! ¡No me vuelvas a tocar! ¡No me toques!

-Claro que no eres mi puta.-susurró levantándose para quitarse la chaqueta.

-¡Tampoco soy de tu propiedad! ¡No soy de nadie!-grité.-Mis sentimientos eran tuyos, ¿a caso no te valían mis sentimientos?-se quedó gélido sin poderse mover.

-¿Eran?-dijo casi sin voz.

Yo no respondí, sólo me abracé a mí mismo. Dio un par de pasos más hacia mí, prácticamente derrumbado. Estaba terriblemente afectado por mis palabras. Creo que se dio cuenta que algo en mí se rompía ese día y que debía darse prisa para que no terminara hecho trizas, para que todo ese esfuerzo de años quedaran en nada.

Corrió hacia mí abrigándome con su chaqueta, pegándome contra su cuerpo mientras dejaba sinceras caricias. En ese momento quien lloraba era él. Sus celos le habían hecho tratarme de la peor forma posible, como si fuera una furcia barata. Sus dedos se enredaban en mis cabellos revueltos, haciéndome recordar a esas largas noches en las cuales me abrazaba. No éramos nada en aquellos días, sólo un par de almas solitarias, y él me acariciaba para que pudiera conciliar el sueño.

-¿Por qué eran?-murmuró con miedo.-Yosh, te juro que no hubiera tenido valor para hacerte nada.-dijo dubitativo, ni él estaba seguro.-Pero nada más escuchar tus palabras y ver bien tus lágrimas comprendí... me había dejado cegar por mis celos, por miedo a que otro hubiera usado hoy tu cuerpo como un amante entregado.-hundió su rostro en mi cuello, aspirando mi colonia y a su vez humedeciéndolo con sus lágrimas.-Yosh, yo te amo. Te amo de una forma enferma, estoy enfermo.

-Me has hecho daño.-dije aún aterrado, aunque al verlo tan débil y sumiso me enterneció.-¿Por qué?-pregunté.-¿A caso no te demuestro a diario que te amo? ¿Por qué debería acostarme con otro? ¿A caso tú lo has hecho y temes que yo lo haga?

-Hace mucho tiempo, cuando sólo habíamos salido un par de noches.-susurró en un balbuceo.-Estuve con una mujer, practiqué el sexo toda la noche y después me presenté ante ti con un enorme ramo de rosas.-aquello me hizo llorar, me dañó su sinceridad.-Jamás he estado más arrepentido que aquella mañana, sobretodo cuando te colgaste de mi cuello y me dijiste que me amabas. Yo pensaba que sólo era un juego para ti, un capricho de niño mimado, y cuando sentí tu amor me derrumbé. Esa expresión de ilusión en tu rostro, el cual parecía el de un niño pequeño, y como llorabas por unas tontas flores, no eran de un capricho. Yo no lloré sólo por la emoción de sentir que me querías como yo a ti, que era mutuo y fuerte, sino porque había traicionado tu confianza y tus sentimientos, así como los míos.

-A diferencia de ti.-dije serio, aunque me estaba volviendo loco queriendo saber quién era ella.-No he podido mantener sexo con nadie desde que me percaté que era más que un capricho, que era un amor venenoso que me mataba y que esas ilusiones de niño estúpido eran algo más. Salía con mujeres y hombres, pero no lograba ir más allá de unos besos.-murmuré tiritando.-Llevaba más de un año sin tener sexo porque quería tus manos, quería que fueran tus manos y tus labios los que rozaran mi piel.

-Pero yo no soy capaz de aceptar eso.-dijo con amargura.

-¿Qué no eres capaz?-murmuré.

-De aceptar que me amas de ese modo, aunque lo sienta.-susurré.-Porque yo te traicioné, a pesar de haberte amado años y de saber que eras lo más importante en mi vida.-hizo un inciso para tomarme del rostro, acariciando mis mejillas. Sus ojos se veían tiernos, más que nunca.-Porque tú me sigues amando ¿verdad?

-Ahora te tengo miedo.-susurré.-Asco también.-dije apartando sus manos de mi.-Has metido la pata, Richard.

-Dime, dime como puedo hacer que te olvides de todo esto.-susurró nervioso, lleno de un miedo que parecía consumirlo.-Dime, por favor.

-No lo sé, de momento no quiero dormir contigo en la misma cama.-dije serio.-No quiero que me toques.-le miré a los ojos de una forma que le paralizó.-Por ahora tendremos una relación estrictamente profesional, tendrás que volver a demostrarme que me amas y esta vez no quiero errores.-fruncí el ceño.-Eres incluso libre para irte con cualquier golfa que desees, para probar así tus sentimientos.-me había dolido ese engaño, esas primeras rosas que presumí ante muchas personas con orgullo.

Aquel ramo de rosas era el primero que me regalaba un amante, todos eran de ofrecerme joyas o coches. Los regalos que solían darme eran tan materiales y fríos como ellos. Pero con aquellas rosas, una de mis flores favoritas, había logrado llenarme con un sentimiento cálido. En esos momentos me preguntaba si esas rosas no eran las únicas que compró por remordimientos, si había más mujeres y más noches. Sentía como si mi matrimonio fuera un fraude y todos esos momentos especiales meras esperanzas, porque yo sólo era un trofeo. Yo era Yoshiki, ese que suele jugar con todos y que su frivolidad espanta a sus amantes de su lecho. Me imaginé como trofeo de caza, no como esposo fiel y entregado. No quiero decir como veía a mi marido, porque incluso hoy me duele esa imagen suya.

Me levanté arrojando su chaqueta, no la quería, tomé mi gabán, algo dañado por sus jalones, y me cubrí con él para ir hacia mi dormitorio. Allí arranqué las sábanas, la colcha y toda la ropa de cama, porque no quería su olor a la hora de dormir. Sin embargo, el colchón estaba impregnado en su aroma y los recuerdos se volvían dagas. Así que terminé marchándome a una de las habitaciones de invitados, quedándome allí sin querer cenar.

Cuando eran casi las diez apareció Anne, me había estado buscando por la casa. Con su dulce y tierna voz me pidió dormir conmigo. Aguanté las lágrimas hasta que se durmió, e incluso tuve que reír cuando sólo quería hundirme un poco más. Si bien, nada más cerrar sus ojos y notar su respiración lenta, me aferré a ella llorando.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte II)



20 años sin él... aunque parezca que fue ayer porque no podemos dejar de recordarle, admirarle y sentir que tras su perdida se fue un trozo de felicidad que aún brilla con luz propia.


Ofreció su brazo para que lo tomara, así le sería de ayuda. Suponía que no veía sólo borroso por sus dioctrías. Había llorado tanto que tenía embarrados los ojos en lágrimas, a pesar de la lluvia podía ver claramente que no eran gotas de agua. Pocas veces había visto llorar así a un hombre, con una forma tan desesperada. Me recordó a mi padre, cuando se hundió de tal forma que terminó con su vida y un escalofrío recorrió toda mi columna.

Llegamos a su casa después de darme un par de indicaciones. Yo mismo abrí el portal y le ayudé a subir por la hermosa escalera de caracol que daba al piso superior, el inferior era únicamente un salón para fiestas. Conocía bien esas casas, sobretodo esa en concreto. Había sido restaurada por Kamijo con algunas subvenciones especiales del ayuntamiento, ya que era parte del patrimonio artístico y arquitectónico de la ciudad, después la puso en venta y Paulo la adquirió.

Aquel enorme caserón se veía frío, aunque sólo fuera en apariencia. Paulo había dejado la decoración que a ella le interesaba, no la que él amaba. Se notaba que nada de aquellos muebles presuntuosos y llenos de mal gusto no pertenecían a Paulo, sino a la arrogancia de su querida Claudia. Al llegar al pasillo entramos en la habitación de la pequeña, puesto que estaba siendo cuidada por la chica que tenía contratada.

Él quiso mirar antes a su hija, aunque fuera sólo el bulto en su cuna. Ese lugar si era acogedor, lleno de referencias a Londres pintadas en las paredes. Dibujos llenos de encanto, con personajes de obras inglesas de la literatura infantil y juvenil. Del techo colgaban aviones, estrellas, una luna y un hada diminuta. Había cientos de libros, juguetes de peluche y alguna caja musical. Era una habitación enorme, en realidad era la más grande de esa planta.

-¿Decoraste tú esto?-pregunté tomando uno de los peluches, un oso hecho a mano de la forma más clásica.-Parece el país de Nunca Jamás rodeado de viejos recuerdos de Londres.

-Desde el Big Ben podrás ver a los chicos volar.-dijo aferrado a la cuna, notando que la pequeña dormía calmada.-Pero puedes encontrar al gran detective de todos los tiempos aferrado a su lupa observando las huellas del gran viajero Fogg.

-Es cierto.-dije antes de notar entre las nubes a Oscar Wilde sentado junto a Lennon.-Música, literatura, historia y la gran ciudad de Londres.

-La casa se volvió impersonal, incluso mi despacho, a Claudia le gustaba poner todo como si fuera una revista de decoración.-murmuró antes de soltar un suspiro pesado.

-Deberías cambiar todo, poner todo a tu gusto.-comenté intentando darle una buena idea.-Si quieres puedo ayudarte a encontrar tiendas, algunas son muy interesantes.

En ese momento entró la chica, una mujer de unos diecinueve años con la piel blanca y las pestañas muy pobladas. Poseía una belleza de muñeca, parecía uno de esos maniquí perfectos y envidiables de las tiendas más elegantes y sofisticadas. Sus mejillas algo sonrojadas le daban un toque de inocencia, mientras que sus curvas eran provocadoras. Vestía un vestido algo ajustado, pero sobrio en colores, y un delantal lleno de estampados, parecía confeccionado por ella misma con trozos de otros dándole un toque especial y único.

-Susan.-dijo girándose hacia ella.-¿Puedes traerme las gafas?

-Paulo, deberías de cambiarte de ropa.-comentó preocupada, acercándose a él.-Estás empapado, podrías pillar un resfriado e incluso una pulmonía.-me miró a mí fijamente.-Y usted está igual.-él sólo sonrió con un gesto dulce, intentando calmarla.-Me prometiste que te cuidarías, además de tu empleada soy una buena amiga y no quiero ver a un amigo enfermar.

-Di la verdad.-susurró.-Lo único que deseas es que no me acatarre para no hacer caldos todos los días.-murmuró provocando que ella riera bajo.

-Id al salón, quedaros frente a la chimenea mientras preparo los aseos.-comentó con una leve sonrisa.-Prepararé también ropa cómoda y algo de cacao mientras se secan y entran en calor.

No pasó ni una hora cuando ya pudimos sentarnos en el sofá, ambos secos y frente a la chimenea contemplando el fuego. Ella nos había preparado cacao, también nos había dejado ropa muy cómoda mientras lavaba y secaba las otras. Fue agradable darme un baño tras ese frío tan intenso, ambos estábamos más sosegados. Sin embargo, en los ojos de Paulo podía leerse amargura.

-Me duele perder de este modo todo, si hubiera muerto en el parto aceptaría que ya no vive. Igual que si hubiera terminado en coma, o muerta, en el accidente de coche que tuvo meses antes de quedar en estado.-dijo antes de tomar un sorbo del cacao.

-Te cuesta aceptar que su cuerpo lata, pero no esté ella ahí.-murmuré antes de tomar una de sus manos, para apretarla.-Si quieres puedes superarlo, sólo olvídate de ir a verla y deja que ellos la cuiden.

-¿No ir a visitarla?-preguntó estrechando mi mano, para luego mirarme a los ojos con esa amargura.

-No es un crimen, allí no hay nada. Sólo quedan los vestigios del pasado, los trajes elegantes ni siquiera se los permiten.-susurré antes de abrazarlo, se veía tan derrumbado que me poseyó ese deseo imposible de pegarlo contra mí.-No hay nada Paulo, ya no te queda nada con ella y debes afrontarlo. Además, tus fans te necesitan.

Sus admiradores estaban desesperados por no tener las nuevas novelas que prometió, todas las tenía sin acabar, y había pedido plazos. Únicamente había logrado dejar en las librerías un libro de cuentos dedicados a Marie, la pequeña que estaba rodeada de literatura inglesa y de juguetes que aún no necesitaba. Una pequeña que crecería fuerte entre la magia de las letras, de eso estaba seguro.

Él se aferró a mi sudadera, una color vino tinto que me habían ofrecido, lloraba en mi hombro mojando mi cuello con sus lágrimas. Sus sollozos me rompían el corazón. Temblaba como un niño regañado. Sin embargo, tenía que ser sincero de algo que no quería ver. No deseaba aceptar la realidad, porque nadie quiere afrontar algo tan amargo.

La institución donde se encontraba se había hecho cargo del hermano de mi Kamijo. Tenía un gemelo enfermo, afectado por una enfermedad agravada por el tratamiento que tuvo durante años. Su aspecto era idéntico al de su hermano, salvo sus cabellos algo más oscuros, y una sonrisa más tímida. Su mente estaba revuelta, como si alguien hubiera entrado y hecho caer cada recuerdo al suelo. Era un niño de no más de doce años, aunque poseyera una mente brillante en sus escasos momentos de lucidez. Había salido de aquel centro no porque fuera malo, era uno de los mejores y más honestos en cuanto a sus informes. Kamijo tuvo que sacarlo por seguridad, desde el primer momento tuvo un nuevo hogar con las más altas medidas de seguridad y también con enfermeras que seguían los tratamientos recetados por sus psiquiatras. Killian Camil Artois Yuuji, conocido por todos como K y amado por su hermano, así como aquel que lo conocía.

-¿Fue Kamijo quién te habló del centro?-pregunté acariciando sus cabellos.

-Sí, allí está su amiga Emma y estuvo K.-sabía de ellos, porque Kamijo tenía fe ciega en él.

Paulo Wilde no era un ser normal, sino alguien excepcional. Detestaba la corrupción habitual, pero Kamijo era un mafioso distinto. Ambos formaban una pareja peculiar, dos hombres elegantes cultivados en colegios europeos y de gustos refinados, cargados de diferencias sobre su punto de vista en temas tan relevantes para ellos como el arte.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Tears for you - Capítulo 18 - La locura (Parte I)






Capitulo 18


La locura.


Hacía tiempo que no veía a Paulo Wilde, sus intereses y los míos ocupaban nuestras agendas. Estaba seguro que él se sentía más relajado, pero supongo que me equivoqué. Nadie puede dejar de amar de un día para otro, se precisa de tiempo y a veces es lo que no tenemos. El amor es una cadena que si se sabe llevar es liviana, pero si se llena de trabas el camino es un suplicio. Él estaba comenzando a conocer a Helena, aunque ella era una nómada y jamás estaba mucho tiempo en un mismo lugar. El fantasma de su primer amor siempre le había perseguido, y el segundo dicen que es el más fuerte y eso fue para él Claudia.

Paulo jamás había amado de igual forma como lo hacía en estos momentos. Era un alma libre, un solitario, que decidió no anclarse a nada, y terminó siendo un idiota que regalaba flores a una mujer que deseaba diamantes. Un romántico estúpido muy diferente al hombre de letras, el misterioso y seductor escritor de novelas, que hacía delirar a hombres y mujeres. Uno de esos galanes experimentados que jamás aman, pero se había convertido en una sombra tan sólo. Helena le había devuelto la luz, pero el fósforo se apagaba por momentos. Pude comprobarlo una tarde lluviosa, muy lluviosa, en la cual me tropecé con él por casualidad.

Sabía que el frío para mis huesos, como para mi salud en general, no era bueno y sin embargo amaba caminar bajo la lluvia. Sentir el frío en mi cuerpo, mi piel helada y húmeda, me recordaba que estaba vivo y que podía seguir haciéndolo. Mi inspiración en los días de lluvia era mayor que en los días soleados, así como mi soledad se agudizaba cuando la lluvia caía. Me sentía desprotegido y el regresar después de un paseo bajo la lluvia me provocaba deseos irresistibles de abrazar a Kurou, de sentir que seguía ahí y que no lo había necesitado por unas horas. Por ello salí, lo hice sin paraguas pero bien resguardado por mi abrigo rojo y unas botas excelentes para los días como aquel.

Estuve fuera de casa por más de tres horas, llegando incluso al centro económico de la ciudad donde se encontraba La Bolsa y el Ayuntamiento. La tormenta se intensificaba, incluso estaba inundando ciertas zonas de la ciudad, e incluso podía escuchar de lejos las sirenas de los bomberos, y yo sin embargo me sentía como un niño frente a un enorme charco. Sonreía con cierta melancolía notando el frío en mi cuerpo, el cual me hacía tiritar y desear una taza de cacao bien caliente.

Sin ni siquiera proponérmelo choqué inesperadamente con Paulo, fue un golpe fortuito. Juro que vi lágrimas en sus ojos claros, aunque la lluvia lo difuminaba todo, si bien cuando me abrazó todo atisbo de duda se evaporó. Me pegaba hacia él con desesperación, como si fuera un ángel amoroso que hubiera bajado del cielo para liberarlo de su pesada carga. Pude escuchar sus sollozos por encima del sonido tintineante de la lluvia, los truenos y las sirenas así como los angustiosos claxon.

Cuando me atreví a dejar algunas pequeñas caricias sobre sus cabellos, hacia su nuca, noté como se desplomaba cayendo de rodillas. Sus gafas cayeron rompiéndose sin remedio, sus manos se quedaron aferradas a mi abrigo empapado y mis ojos se quedaron fijos en su cuerpo trémulo. Coloqué mis manos sobre sus hombros comenzando a llorar junto a él, porque su agonía me atrapaba y me hacía sentir inútil.

Llevaba una gabardina gris, un traje caro que había quedado arruinado como sus zapatos de mocasines clásicos. Todo en él estaba arruinado, supongo que también sus esperanzas. Uno siempre las mantiene, a pesar de saber que es una somera estupidez albergarlas y que no te evitaran un fuerte golpe.

-No hay vuelta atrás.-murmuró al fin casi sin aliento.-La he perdido, no hay vuelta atrás.-dijo antes de alzar su rostro, el cual me pareció totalmente distinto sin aquellas gafas de estúpido ególatra intelectual.-¡He perdido! ¡No me gusta saber que he perdido! ¡Odio perder una batalla cuando ni siquiera la he comenzado!

-Calma.-dije ayudandole a ponerse en pie.-¿Qué ocurre?

-Claudia ha experimentado nuevos brotes, ahora ni habla.-sus manos estaban aferradas a mis hombros, las mías a sus costados.-No reconoce nada, ni sus pinturas. Hace unos días entró en una crisis fuerte, se arrancó cabello y estuvo dándose cabezazos contra algunas de las paredes. Inclusive atacó a varias enfermeras y enfermas de su unidad.-murmuró casi sin aliento.-Se escapó de ellas hacia el jardín y la encontraron desnuda frotándose contra los rosales, tiene el cuerpo lleno de heridas y ni se queja cuando la curan. Está como si no estuviera.

-Igual que si se hubiera marchado un momento a caminar y hubiera dejado como prenda su cuerpo.-intervine provocando que él sollozara aún más.-Paulo, creí que poco a poco lo estabas aceptando y lo superarías. Inclusive has conocido a Helena.

-Es una buena mujer, no lo niego.-admitió separándose de mí, aunque temblaba y no sé si era por impotencia o por la hipotermia que ambos estábamos experimentando.-Pero mantenía una brizna de esperanza.

-Cuando la esperanza muere hay que buscar otra salida, olvídate de ella aunque sea duro y rehaz tu vida. Tu hija te necesita, tus amigos te necesitan también y por supuesto tu partido. Tu trabajo, los tuyos y tu orgullo no deberían dejarte caer.-dije antes de dar un paso hacia él.-¿Me invitas a un cacao caliente y hablamos con calma?

Un inmenso silencio se hizo entre los dos, nuestros ojos se cruzaron contemplándonos como dos idiotas en medio de una tormenta. Mi aspecto no era el mejor, estaba helado y comenzaba a sentirme débil. Él estaba hecho un revoltijo de ropas arruinadas y prácticamente no veía bien por culpa de haber perdido sus gafas. Me agaché para entregárselas, pero él simplemente las rechazo.

-Mi casa no está lejos, en sí salí del trabajo para refugiarme allí y llorar a solas.-confesó antes de tomar una de mis manos.-Tendrás que guiarme, veo todo borroso.

“Mariposas desnudas de hermosas sensaciones,
dolor que aniquila los latidos de nuestro mundo
y cuervos que renacen llevándonos poemas oscuros...
Somos dos extraños que se conceden una oportunidad.

La amistad más allá de las nubes,
de cualquier camino angustioso
y por encima de cualquier memoria vana.
Seré tu escudero siempre que me necesites.

Mariposas ciegas y luciérnagas sin luz
cargan a cuesta nuestros pecados
y caen de rodillas rezando en el huerto...
campos de sangre y lágrimas para ambos.

El destierro hubiera sido mucho mejor,
mejor que las falsas esperanzas.”

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt