Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 12 de julio de 2012

El caso - Capítulo 6 - La olivetti




"La vida es un espectáculo, por ello brillemos aunque sea por unos segundos. Yo sobreviviré hasta que decida que ya no vale la pena luchar. Nadie puede cambiarme, nadie puede lograrlo."



Capítulo 6.

La olivetti.

El tecleo incesante de aquellas pequeñas piezas oscuras con números y letras desgastados, los cuales en algún tiempo fueron pintados con un blanco llamativo, estaban produciendo dolor de cabeza a todo el vecindario. Eran más de las dos de la mañana y aquel ruido se propagaba por los conductos del aire del edificio. El crujido de su silla también se hacía notar, igual que los gritos por la frustración. Sus ojos se movían como los de un animal enjaulado. El sudor frío corría por su frente hasta su quijada, quedando finalmente sobre las teclas. Gota a gota en aquella noche sofocante de nervios y escaso tiempo podía sentir cientos de miradas clavándose como cuchillas en su nuca, ancha espalda y costados.

El olor grasiento de los huevos revueltos revoloteaba en la sartén arrojada de mala forma al fregadero, el cual volvía a estar acumulado por trastos sin fregar desde hacía días. El zumbido de las moscas sobre los desechos era también una música que no cesaba. Traspiraba cada vez más y el foco de la lámpara casi achicharraba sus pestañas. Recordaba aquellos días a la perfección y debía plasmarlos.

Pronto se quejaron varios vecinos, golpeaban su puerta sin parar amenazándolo con ir a la policía. El humo del cigarrillo se expandía por la habitación en los escasos segundos que meditaba la nueva línea, los mismos en los cuales creían, los ingenuos inquilinos y vecinos de Travis, que este pararía al fin y les dejaría dormir.

Tras cinco largas horas y con los dedos cansados se apartó de la mesa, echó a caminar con su bastón por la habitación con un vaso de whisky en su mano. El hielo tintineaba rogando que dejara de agitar el contenido. Sus ojos eran los de un loco y no paraban de vigilar su arma, una pistola que había comprado días atrás a un chico en los barrios más bajos.

En un rápido movimiento tiró el vaso, tomó el arma y se voló los sesos. Cayó desplomado contra el suelo mientras por su boca y nariz salía el humo de aquel disparo. Al fin había recuperado la memoria, igual que el amor endiablado por el único ser humano que le hizo feliz a medias, y sopesando bien la mentira, los perjuicios y que él ya no tenía nada valioso salvo su vida, decidió quitársela antes que otros lo hicieran. Se había condenado al escribir sus memorias.

Los hombres que se mostraban en los archivos de periódico, esos intachables empresarios y grandes políticos, tenían las manos manchadas de sangre, cocaína y prostitución. Una red de blanqueo de dinero en la construcción, el ocio e infinidad de empresas de sectores industriales, farmacológicos e incluso alta costura. La ciudad estaba podrida porque una manzana había echado a perder todo el cesto. Él no podía hacer nada, los jueces estaban comprados y los mejores sicarios trabajaban para hombres sin escrúpulos. Era un gato acorralado que enseñaba aún fiero sus uñas, por ello prefirió quitarse él la vida antes que otro se la llevara a cambio de un fajo de billetes. 

viernes, 18 de mayo de 2012

El caso - Corazones de compra-venta - Capítulo 5 - Parte 2




[10 horas más tarde]

Cuando llegué del hospital me quedé en silencio. Mis ojos se quedaron fijos en la caja y la documentación. Un sudor frío recorría mi frente mientras mis piernas dolían como si me acabaran de dar una paliza. Todo mi cuerpo estaba tenso, pero sabía que podía relajarme en cuanto mi mente se fugara a los recuerdos que se iban alojando en mi materia gris. Me mordí el labio inferior de forma nerviosa y me abalancé contra los folios.

-No importa que antes me provocarais espanto, ahora os necesito como un yonki a su dosis.

Las palabras fluían en mis labios mientras leía aquello con ansias. Nuestras discusiones eran casi tan fogosas como nuestras reconciliaciones. No admitía que lo tuviera apartado de mi mundo, un mundo tétrico y lleno de corrupción. Era incapaz de hacerle comprender que no debía tocar mis documentos, pero él deseaba conocerme hasta sumergirse en la brea más tóxica y pegajosa. Los documentos que poseía sobre ciertos casos tenían relación, a mi parecer, pero no encontraba el hilo conductor. Deslicé mis ojos hacia la pared pudiendo comprender entonces al cien por cien de qué se trataba aquellos recortes.

Entonces se movió histérico por toda la casa, sus tacones se escuchaban como si fueran martillos taladrándome mi cráneo. Llevaba varios días sin dormir a base de café y todo tipo de refrescos energéticos. Mis ojos cansados lo contemplaban con cierta pasividad, mientras él gritaba y lloraba culpando a todos los recortes. Se parecía a un animal encerrado en una pequeña jaula con una rabia a punto de explotar, una de esas explosiones provocadas por una bala y que dan como resultado un estallido que quiebra el cráneo y lo convierte en trozos pequeños parecidos a los de un vaso cuando se rompe.

-Eres un maldito enfermo. ¡Estás enfermo Travis! ¡Ese maldito trabajo tuyo que no te lleva a ninguna parte! ¡Acéptalo! ¡Eras un caso perdido y te venía grande!

Sus gritos, esas palabras tan duras que golpearon mi rostro como si fueran puñetazos, me hicieron levantarme de la silla rompiendo la mesa que estaba frente a mí. Golpeé duramente la superficie rugosa de madera podrida que sujetaba aún a duras penas mi máquina de escribir y una taza vacía de café. Me dirigí hacia él y cual monstruo colérico abofeteé su rostro.

-Me has golpeado...

Aquel tono quebradizo de su voz fue duro escucharlo, así como ver sus lágrimas cristalinas bañar su rostro. Me había tocado algo preciado, algo tan preciado como él. Buscaba la verdad y quería limpiar mi honor, pero había perdido mi orgullo por el camino y la parte de hombre que toda bestia posee.

-No me vuelvas a tocar...

Susurró acobardado al ver mis ojos inyectados en ira. Mi manos se volvieron garras y lo agarré duramente por el cuello. Mi lengua se hizo paso en su boca y lo besé mientras mi mano derecha comenzaba a tantear bajo la falda de su vestido. En pocos minutos le había arrancado la ropa y tirado al colchón haciéndolo mío. Sus gritos eran gemidos y alaridos de desesperación. No podía negarse que lo disfrutaba, pero a la vez le frustraba el motivo de ese acto tan irracional.

Cinco días más tarde llamaron a mi puerta. Era la policía. Me informaron que debía ir a declarar sobre la desaparición de mi pareja, lo habían encontrado. Pensé por unos minutos que jamás te llaman a declarar cuando se encuentra vivo, pero el ser humano se aferra a cualquier esperanza. Pensé que quería denunciarme por haberlo violado y humillado, sin embargo no fue así.

La última imagen que poseo de él es en una camilla de la sala de autopsias. Aunque su rostro estaba tan deformado que dudo que fuera él, pues aún no lo creo.”

No pude proseguir aquella tarde. Un nudo en el estómago y en mi garganta me lo impedían. Miles de dudas comenzaron a sobrevolar mi mente. Los recuerdos parecían volver a borrarse y convertirse nuevamente en un folio en blanco. Pensé que yo mismo lo había matado, pero no me creía tan ruin como para haberlo hecho. Sin embargo, es algo que ni siquiera hoy tengo claro. 

jueves, 17 de mayo de 2012

El caso - Corazones de compra-venta - Capitulo 5 - Parte 1




Capitulo 5.

Corazones de compra-venta

[3 días más tarde]

Durante los tres días siguientes no hice otra cosa que meditar aquellas palabras, no era capaz de leer más allá de esas escasas líneas. Habían machacado duramente mi cerebro, lo habían convertido en papilla. No dejaba de imaginar la tórrida y nocturna escena, con sus personajes secundarios ebrios y llenos de sudor, así como nosotros contemplándonos como si fuéramos viejos amantes que se reencuentran en París, Roma o Berlín. Nos engañábamos, viajábamos ambos a lomos del frenesí y finalmente no quedaba más que pedazos de nuestras almas. Yo no podía hacer otra cosa que imaginar su voz, el coqueteo de sus pestañas y la forma de mover sus caderas dulcemente contra mi bragueta. ¿Aquello era el paraíso? Podría serlo, aunque contaminado como la vida real y lleno de desengaños.

Ni siquiera era capaz de olvidarme de él en la noche. Pues, ya sabía el porque de sus furtivas visitas inesperadas. No deseaba que viniera a por mí de nuevo, no de esa forma tan macabra. Había visto varias formas de muerte, una más dolorosa que la anterior y menos que la siguiente. Tenía que ver su cuerpo manchado de sangre, igual que si fueran gotas de lluvia en plena tempestad. No podía contemplar aquello una vez más, así que ni siquiera me atrevía a pegar ojo.

Aquella mañana, la del tercer día, salí del apartamento rumbo al portal del edificio. El ascensor se murió como un viejo tabacoso formando aquel ruido siniestro de película de serie B. El portero no se encontraba realizando sus funciones, como siempre dormía a pierna suelta sobre el pequeño mostrador frente a los buzones.

En parking cercano me esperaba la ambulancia, con sus luces apagadas y con la puerta trasera abierta. Llevaba varios enfermos al ala de rehabilitación del hospital, era un gimnasio para personas convalecientes de lesiones u operaciones.

Éramos conducidos allí como si fuéramos relojes viejos y un sabio relojero nos contemplara, nos diera cuerda y nos devolviera nuestras funciones motrices. Antiguallas, eso éramos y así me sentía. Viejos trastos que habíamos acumulado polvo y necesitábamos que nos golpearan para que despertáramos, sacudiéndonos de paso esa mugre que nos recubría.

-Buenos días, Travis.

Escuché la voz de Marcus, el camillero que me ayudaba a montarme y a deslizarme después como si fuera un gusano, o reptil, hasta nuevamente mi madriguera. Tenía un enorme mostacho de color grisáceo, creo que era el único pelo que tenía en la cabeza, si no contamos el de las orejas y sus pobladas cejas, pues estaba sin un solo pelo en la azotea. Resplandecía su calva como si fuera un espejo, no así sus dientes amarillos por tanto café y tabaco. Sus manos eran ásperas, gordas y grandes, pero también amables. Siempre estaba pendiente de mí, como de una vieja de apariencia adorable y que en el fondo, no muy en el fondo, era una bruja peor que cualquier suegra.

Me senté junto a la ventanilla izquierda, esperando que empezáramos a movernos por la ciudad. Como siempre intentaba recordar alguna calle, tienda, edificio o simplemente algún parque al cual hubiera acudido alguna vez. Ni siquiera era capaz de recordar una estatua o fuente, era imposible. Era como si me hubieran trasladado a otro mundo, otro muy distinto al mío, y me hubieran obligado a creer que allí viví hasta ese mismo instante.

Apoyé mi cabeza contra el cristal observando a los transeúntes como si fueran animales exóticos. Podía ver un abanico tremendo de idiotas que se creían mucho mejor por tener empleo, una cartera de cuero y traje de marca, mientras otros intentaban vender pañuelos desechables en un semáforo. Las chicas jóvenes que se habían escapado de la escuela reían como perturbadas mentales frente a un chico medianamente atractivo. Varios muchachos corrían frente a un policía, gamberros sin duda. Algunas mujeres se paseaban con el carro de la compra, el de un hermoso bebé que a penas se distinguía o simplemente caminaban abrazadas al cretino de sus sueños.

Aquel paseo fue sin duda una exposición de horrores. Cada vez me sentía más frustrado al estar tan convaleciente, sin embargo juraba que valía más que esas almas desenfrenadas por vivir vidas desechables sin fundamento ni sentimientos. Eran envoltorios, meros envoltorios. Yo deseaba deshacerme de la carga que aún me ataba a unas muletas para ser algo más que un envoltorio, ser un alma libre.

La mañana se hizo intensa nada más llegar a la zona del hospital donde me esperaban, como cada día, el fisioterapeuta embutido en ropas blancas con el logotipo verde del sistema sanitario. Se aproximó a mí con una afable sonrisa explicándome que intensificaría conmigo la actividad. Estuve más de una hora forzando mis músculos, provocando que mi cuerpo se resintiera. Las horas siguientes fueron pruebas médicas tanto psicológicas como físicas. Tenía miedo de comentar algo sobre mis anotaciones, supuse entonces que debería encontrarle a él antes de poder decir nada.

-Estás muy callado.

Comentó el doctor que me trataba. Sus cuadradas gafas plateadas de montura frágil estaban en la punta de su nariz, la cual golpeaba insistentemente con un bolígrafo de tubo de prisma transparente. Su bata estaba desarreglada, había entrado apresuradamente en la consulta tras el riguroso desayuno de más de media hora.

-¿Ha ocurrido algo relevante?

Tuve en ese momento la lucidez que podría saber qué había pasado mucho mejor que otros, por lo tanto no podía dejar escapar la oportunidad de hallarlo y preguntarle. Si bien, me aterraba leer la historia y averiguar que terminó odiándome. Deseaba pensar que alguien me quería, aunque fuera un sentimiento construido a base de falsos ladrillos.

-No, Adams.

Chisté tumbado en aquel enorme diván negro esperando que dejara de hurgar, no quería tener un ataque de sinceridad y quizás poner en peligro a alguien más. Quizás me tomen por loco, pero sabía que aquel médico ocultaba algo demasiado oscuro. Sus ojos grisáceos parecían más turbios que de costumbre. Estaba ansioso de conocer algún nuevo dato sobre mi vida, aunque fuera el más mínimo.

-¿Estás seguro?

Dijo echando sus cabellos negros hacia atrás, intentando que su mirada me cohibiera y terminara explicándole que estaba empezando a recordar. Había fragmentos que iban y venían en mi mente, sobre todo desde que había leído aquellos renglones. Él se manifestaba en mis sueños como el peor de mis enemigos, pero en mi historia era un chico que me había hecho sentir más que cualquier mujer.

-Sí, absolutamente.

Era un rechazo por lo incómodo del asunto, también por el pánico hacia ser descubierto y nuevamente envuelto en un extraño accidente. Deseaba borrar cualquier pista sobre la recuperación de los pocos recuerdos de los últimos días. Era lo mejor, aunque tuviera que ser el Pedro de aquel dulce ángel. 

El caso - Los recuerdos no llegan - Capitulo 4 - Parte 3





Palidecía por momentos. Un sudor frío recorrió mi frente y mis manos temblaron. No podía seguir leyendo. Me faltaba el aire. Necesitaba que alguien lo leyera por mí. Pensé en Samantha pero temía que me mirara de esa forma tan compasiva. Debía encontrar a alguien que tuviera la suficiente paciencia para hacerlo, pero yo no tenía mucho tiempo.

-No tengo tantos huevos, no los tengo.

Creo recordar que estuve casi cuatro horas contemplando aquellos folios. Era como si hubiera abierto la caja de Pandora y no deseara saber más del asunto, sin embargo algo me empujaba a desear hundirme en ese oleaje y ahogarme si era preciso. Temía descubrir que todo lo que estaba viviendo estaba cimentándose en bases erróneas, que tal vez era aún más desgraciado. Me sudaban las manos, también la frente, pero era un sudor frío y lleno de inquietudes.

Tomé aire echando mi cabeza hacia atrás, dejando que las ideas se acumularan y mis ojos se cerraran con fuerza. Igual que cuando se es niño y se cree que así las pesadillas se irán, sólo faltaba la manta sobre la cabeza. Necesitaba que alguien me abrazara, me dijera que todo iba a salir bien, y finalmente me ayudara a sobrellevar ese impacto. Mi yo del pasado le contaba al yo del presente todos los entuertos donde se había metido, entre ellos dejarse llevar por un prostituto en un bar de mala muerte.

Después de varias horas eché valor para seguir leyendo unos cuantos párrafos, aunque en realidad fueron unas cuantas líneas. No puedo describir con palabras como me sentí. Nada encajaba, pero a la vez tenía sentido. Era como un enorme mapa del tesoro hecho añicos, y yo debía de averiguar como iba cada trozo.

Las palabras románticas sonaban tan bien en sus labios, más bien las mentiras. Lucían incitantes y llenas de ternura en aquellos labios sensuales, su lengua se movía con sutileza de pavo real y sus ojos me conquistaban añadiendo un mejor disfraz. Realmente podía creer que me amaba, que lo hacía como si yo fuera el hombre que había estado esperando durante toda su vida. Sus manos se movían sensuales aproximándose el cigarrillo a la boca, sus caladas eran de estrella de Hollywood de los años cincuenta. Su voz era aterciopelada, jamás hubiera sabido que era hombre a no ser por su tímida nuez.

-¿Qué nombres me quieres poner?

Rompió el encanto, pero no me importó. Aquella pregunta me hizo pensar en mil respuestas, pero deseaba conocer su nombre. Dentro de tantas mentiras necesitaba un haz de luz directo a la verdad.

-Dime tu nombre, así acabamos antes.

Eso provocó que riera, aunque lo hizo con un deje amargo ensombreciendo su rostro, así como su mirada.

-Lo siento, no concedo datos personales.

Se inclinó hacia mí tomándome de la nuca con su mano izquierda, en la derecha tenía un cigarrillo que prácticamente se estaba acabando. Sus labios rozaron mi cuello, pero sus palabras torturaron aún más mi mente.

-Dímelo.

Rogué tomándolo por la cintura, provocando que tuviera escalofríos, pero la respuesta fue un no rotundo mientras movía sus cabellos. Eran como hilos de seda dorados como el sol, como los pastos de cereales. Parecía haber sido bendecido con una belleza propia de Narciso.

-Llámame María.

Su verdadero nombre no me lo dijo hasta la quinta noche que pasamos juntos. Buscaba siempre sus brazos, deseaba hundirme entre sus piernas mientras me hablaba de todo el amor que me tenía. Falsas palabras que comenzaron a herirme cuando me enamoré como un adolescente. Se me llevaban los demonios cuando le veía con otros, porque sabía que podía decirle las mismas palabras que a mí me ofrecía. Los celos me comían el alma y me harían. No podía reprocharle nada, tan sólo rogar que no oliera a otro cuando me abrazara.”

Solté los papeles como si me quemaran. Me había enamorado de un hombre, aunque estaba seguro de ser rotundamente heterosexual. Descubrir aquello me perturbó nuevamente, pero esta vez me alejé de todo arrastrándome como si estuviera entre trincheras. Jadeé empapado en sudor antes de subirme a la cama. Sentía que el colchón me engullía junto a este sentimiento extraño, al sufrimiento de haber olvidado el eco de su voz y todo lo que había descrito. Acepté el hecho que fuera un hombre, poco a poco con el paso de las horas, pero no con el haberme enamorado. Era un bala perdida y no quería pensar que podía tener sentimientos.

Las palabras que lo describían le daba el aspecto de un ángel, olvidando así su género, y dándole un enfoque distinto. Si era como había descrito cualquier hombre hubiera caído en sus redes aunque fuera unos minutos, porque todos deseamos algo de belleza en nuestras vidas y más aún si son miserables. Yo era un insecto de lodo mientras él parecía una mariposa esperando la oportunidad de escapar de la basura que le rodeaba. Di por echo que era aquella criatura frágil que se burlaba de mí acabando con su vida frente a mis ojos, recordándome quizás que no estaba por mi culpa. 

domingo, 26 de febrero de 2012

El caso - Los recuerdos no llegan - Capitulo 4 - Parte 3



Mis dedos tanteaban aquellos trastos inútiles, restos de una vida que yo había tenido. Saqué todo. No había tenido los cojones suficientes para afrontarlo antes, pero en esos momentos todo me daba igual. Ya no tenía miedo a las fotografías de una infancia gris, las postales de una mujer que desconocía y que decía amarme de hacía más de diez años, viejos libros llenos de anotaciones o mis folios.

Me senté con aquellas cajas amontonadas a mi alrededor. Fui sacando trozos de una vida, mi vida, para unir un rompecabezas gigantesco. Entonces las vi, un montón de carpetas que no había visto antes y no recordaba. Eran carpetas de imitación a cuero parecidas a las típicas azules de gomilla. Dentro había decenas de folios de letras de máquina de escribir, en ellos se relataba una historia tremenda y agónica. Me temblaban las manos cuando comencé a leer aquella hilera de hormigas.

“No sé cuanto tiempo ha pasado desde que no escribía. Tal vez, hace más de una década que no me disponía a narrar una parte de mi vida. Cuando niño creía que escribir todo, absolutamente todo, vendría bien para el día de mañana. Quería recordar como era el color de las mariposas cuando eclosionaban en mi caja de zapatos, así como la temperatura que podíamos alcanzar en invierno y el ruido de la hojarasca bajo mis zapatos. Mamá decía que yo sería escritor, periodista o alguien importante. No soy más que un ex-policía al que toman por chiflado drogadicto, un ser que sólo miente y lo hace para conseguir un poco más de mercancía. Juro que jamás me he metido droga, sólo he tomado alcohol y siempre para intentar olvidar.

Me llamo Travis Adams, tengo alrededor de los treinta y cinco años, he aprendido a amar y a odiar. Estas líneas puede que sean las últimas de mi vida, mi legado. Tengo miedo a que me vuelen la tapa de los sesos, pero siempre me muestro frío como si no tuviera importancia. He perdido la cuenta de cuantas veces he iniciado estas líneas con un cigarrillo a medio apagar, consumiéndose en mis labios, mientras mis ojos amargos intentan no llorar por su alma y por la mía.

No me he vuelto loco. Hablo de su alma porque él era el más inocente de todos. Si pudiera describirlo hablaría de un ángel, un ser incorpóreo que danza para mí en los suburbios. Lo descubrí pegado a la barra de un bar buscando compañía, primero pensé que era una mujer. Tardé más de media hora en percatarme que tenía frente a mí a un muchacho de diecisiete años que intentaba llevarse a la cama a un hombre de treinta años, borracho y que acababa de ser despedido del trabajo de sus sueños. Mi madre quería que fuera un hombre dedicado a las letras, pero yo me dediqué a los crímenes. Él se prostituía y sabía que en otras circunstancias hubiera clausurado el bar, llevándome detenida a la mitad de la clientela, pero en aquellas dejé que acariciara mi entrepierna haciéndome soñar que era una chica guapa en un lugar perdido de aquella hedionda sociedad y que me amaba, sobre todo lo último.”

Palidecía por momentos. Un sudor frío recorrió mi frente y mis manos temblaron. No podía seguir leyendo. Me faltaba el aire. Necesitaba que alguien lo leyera por mí. Pensé en Samantha pero temía que me mirara de esa forma tan compasiva. Debía encontrar a alguien que tuviera la suficiente paciencia para hacerlo, pero yo no tenía mucho tiempo.

-No tengo tantos huevos, no los tengo.

Creo recordar que estuve casi cuatro horas contemplando aquellos folios. Era como si hubiera abierto la caja de Pandora y no deseara saber más del asunto, sin embargo algo me empujaba a desear hundirme en ese oleaje y ahogarme si era preciso. Temía descubrir que todo lo que estaba viviendo estaba cimentándose en bases erróneas, que tal vez era aún más desgraciado. Me sudaban las manos, también la frente, pero era un sudor frío y lleno de inquietudes.

Tomé aire echando mi cabeza hacia atrás, dejando que las ideas se acumularan y mis ojos se cerraran con fuerza. Igual que cuando se es niño y se cree que así las pesadillas se irán, sólo faltaba la manta sobre la cabeza. Necesitaba que alguien me abrazara, me dijera que todo iba a salir bien, y finalmente me ayudara a sobrellevar ese impacto. Mi yo del pasado le contaba al yo del presente todos los entuertos donde se había metido, entre ellos dejarse llevar por un prostituto en un bar de mala muerte.

Después de varias horas eché valor para seguir leyendo unos cuantos párrafos, aunque en realidad fueron unas cuantas líneas. No puedo describir con palabras como me sentí. Nada encajaba, pero a la vez tenía sentido. Era como un enorme mapa del tesoro hecho añicos, y yo debía de averiguar como iba cada trozo.

“Las palabras románticas sonaban tan bien en sus labios, más bien las mentiras. Lucían incitantes y llenas de ternura en aquellos labios sensuales, su lengua se movía con sutileza de pavo real y sus ojos me conquistaban añadiendo un mejor disfraz. Realmente podía creer que me amaba, que lo hacía como si yo fuera el hombre que había estado esperando durante toda su vida. Sus manos se movían sensuales aproximándose el cigarrillo a la boca, sus caladas eran de estrella de Hollywood de los años cincuenta. Su voz era aterciopelada, jamás hubiera sabido que era hombre a no ser por su tímida nuez.

-¿Qué nombres me quieres poner?

Rompió el encanto, pero no me importó. Aquella pregunta me hizo pensar en mil respuestas, pero deseaba conocer su nombre. Dentro de tantas mentiras necesitaba un haz de luz directo a la verdad.

-Dime tu nombre, así acabamos antes.

Eso provocó que riera, aunque lo hizo con un deje amargo ensombreciendo su rostro, así como su mirada.

-Lo siento, no concedo datos personales.

Se inclinó hacia mí tomándome de la nuca con su mano izquierda, en la derecha tenía un cigarrillo que prácticamente se estaba acabando. Sus labios rozaron mi cuello, pero sus palabras torturaron aún más mi mente.

-Dímelo.

Rogué tomándolo por la cintura, provocando que tuviera escalofríos, pero la respuesta fue un no rotundo mientras movía sus cabellos. Eran como hilos de seda dorados como el sol, como los pastos de cereales. Parecía haber sido bendecido con una belleza propia de Narciso.

-Llámame María.

Su verdadero nombre no me lo dijo hasta la quinta noche que pasamos juntos. Buscaba siempre sus brazos, deseaba hundirme entre sus piernas mientras me hablaba de todo el amor que me tenía. Falsas palabras que comenzaron a herirme cuando me enamoré como un adolescente. Se me llevaban los demonios cuando le veía con otros, porque sabía que podía decirle las mismas palabras que a mí me ofrecía. Los celos me comían el alma y me harían. No podía reprocharle nada, tan sólo rogar que no oliera a otro cuando me abrazara.”

Solté los papeles como si me quemaran. Me había enamorado de un hombre, aunque estaba seguro de ser rotundamente heterosexual. Descubrir aquello me perturbó nuevamente, pero esta vez me alejé de todo arrastrándome como si estuviera entre trincheras. Jadeé empapado en sudor antes de subirme a la cama. Sentía que el colchón me engullía junto a este sentimiento extraño, al sufrimiento de haber olvidado el eco de su voz y todo lo que había descrito. Acepté el hecho que fuera un hombre, poco a poco con el paso de las horas, pero no con el haberme enamorado. Era un bala perdida y no quería pensar que podía tener sentimientos.

Las palabras que lo describían le daba el aspecto de un ángel, olvidando así su género, y dándole un enfoque distinto. Si era como había descrito cualquier hombre hubiera caído en sus redes aunque fuera unos minutos, porque todos deseamos algo de belleza en nuestras vidas y más aún si son miserables. Yo era un insecto de lodo mientras él parecía una mariposa esperando la oportunidad de escapar de la basura que le rodeaba. Di por echo que era aquella criatura frágil que se burlaba de mí acabando con su vida frente a mis ojos, recordándome quizás que no estaba por mi culpa.

martes, 21 de febrero de 2012

El caso - Los recuerdos no llegan - Capitulo 4 - Parte 2


Hace unas horas tuve una "discusión" con alguien que considera a Slash como el mejor guitarrista. Slash es mediocre comparado con grandes hitos. Hay genios que traspasan la piel, la carne y los huesos. Este es mi guitarrista favorito. Este es uno de mis dioses. Slash nunca llegará a su técnica, quedó parada su evolución hace años.

Tenía que decirlo en algún lugar.






Cuando recobré la consciencia, o más bien regresé a la realidad, habían pasado al menos tres horas. Desperté en medio de la habitación, sin un trozo de tela, arrojado contra las losas sueltas. No sabía como había podido caminar hasta allí, mi cama estaba revuelta y parte de las mantas estaban tiradas camino hacia donde me encontraba. Lloré como un niño pequeño deseando las atenciones de su madre, pero yo deseaba las de Dios. No sabía siquiera como rezar, pero allí estaba intentando averiguar como era aquello del padre nuestro.

Deseaba pedir por mí, por esa chica que aparecía y desaparecía en mis pesadillas, y por esa memoria que no volvía. Sin embargo, tuve una revelación, no sé si al terror que había sufrido o a las ansias de encontrar una explicación razonable. Aquellas imágenes, esa locura que había vivido como real, tenían alguna relación con mi perdida de memoria.

-¡Joder! ¡Joder! ¡Necesito mi puta máquina de escribir!

Me descubrí a mí mismo recordado en ese trasto, el cual no había usado desde antes de haber olvidado quién demonios era. Parte de mis recuerdos, no todos, habían regresado gracias al pavor que había sentido corrompiendo cada uno de mis glóbulos rojos, mientras estos explotaban bajo mi cráneo y mi mente se volvía un caos mayor al de tomar LSD.

Me levanté a duras penas, iba agarrándome por las paredes y los pocos muebles que poseía. Fui hacia el trastero, justo en una de las habitaciones minúsculas y horrendas que tenía. Era en realidad el lugar donde cualquier ser lógico guardaría sus abrigos y zapatos, pero para mí eran cajas amontonadas, viejas revistas, una caja metálica con un candado sin llave y aquella maravilla refugiada en varias bolsas de plástico.

Mis dedos tanteaban aquellos trastos inútiles, restos de una vida que yo había tenido. Saqué todo. No había tenido los cojones suficientes para afrontarlo antes, pero en esos momentos todo me daba igual. Ya no tenía miedo a las fotografías de una infancia gris, las postales de una mujer que desconocía y que decía amarme de hacía más de diez años, viejos libros llenos de anotaciones o mis folios.

Me senté con aquellas cajas amontonadas a mi alrededor. Fui sacando trozos de una vida, mi vida, para unir un rompecabezas gigantesco. Entonces las vi, un montón de carpetas que no había visto antes y no recordaba. Eran carpetas de imitación a cuero parecidas a las típicas azules de gomilla. Dentro había decenas de folios de letras de máquina de escribir, en ellos se relataba una historia tremenda y agónica. Me temblaban las manos cuando comencé a leer aquella hilera de hormigas.

“No sé cuanto tiempo ha pasado desde que no escribía. Tal vez, hace más de una década que no me disponía a narrar una parte de mi vida. Cuando niño creía que escribir todo, absolutamente todo, vendría bien para el día de mañana. Quería recordar como era el color de las mariposas cuando eclosionaban en mi caja de zapatos, así como la temperatura que podíamos alcanzar en invierno y el ruido de la hojarasca bajo mis zapatos. Mamá decía que yo sería escritor, periodista o alguien importante. No soy más que un ex-policía al que toman por chiflado drogadicto, un ser que sólo miente y lo hace para conseguir un poco más de mercancía. Juro que jamás me he metido droga, sólo he tomado alcohol y siempre para intentar olvidar.

Me llamo Travis Adams, tengo alrededor de los treinta y cinco años, he aprendido a amar y a odiar. Estas líneas puede que sean las últimas de mi vida, mi legado. Tengo miedo a que me vuelen la tapa de los sesos, pero siempre me muestro frío como si no tuviera importancia. He perdido la cuenta de cuantas veces he iniciado estas líneas con un cigarrillo a medio apagar, consumiéndose en mis labios, mientras mis ojos amargos intentan no llorar por su alma y por la mía.

No me he vuelto loco. Hablo de su alma porque él era el más inocente de todos. Si pudiera describirlo hablaría de un ángel, un ser incorpóreo que danza para mí en los suburbios. Lo descubrí pegado a la barra de un bar buscando compañía, primero pensé que era una mujer. Tardé más de media hora en percatarme que tenía frente a mí a un muchacho de diecisiete años que intentaba llevarse a la cama a un hombre de treinta años, borracho y que acababa de ser despedido del trabajo de sus sueños. Mi madre quería que fuera un hombre dedicado a las letras, pero yo me dediqué a los crímenes. Él se prostituía y sabía que en otras circunstancias hubiera clausurado el bar, llevándome detenida a la mitad de la clientela, pero en aquellas dejé que acariciara mi entrepierna haciéndome soñar que era una chica guapa en un lugar perdido de aquella hedionda sociedad y que me amaba, sobre todo lo último.”

Palidecía por momentos. Un sudor frío recorrió mi frente y mis manos temblaron. No podía seguir leyendo. Me faltaba el aire. Necesitaba que alguien lo leyera por mí. Pensé en Samantha pero temía que me mirara de esa forma tan compasiva. Debía encontrar a alguien que tuviera la suficiente paciencia para hacerlo, pero yo no tenía mucho tiempo.

-No tengo tantos huevos, no los tengo.

martes, 7 de febrero de 2012

El caso - In a darkness room - Capitulo 3 - Parte 2


La puerta se cerró de golpe dejando la habitación nuevamente en silencio. Varios de mis mechones cayeron sobre mis ojos y no hice nada por evitarlo. Jugaba con mis dedos sobre las mantas, sabía que me pudriría allí mismo, que un día vendría a por el alquiler y estaría muerto sobre un montón de basura y recuerdos que desconocía.

Quedé a solas con mis silencios, el murmullo de mi respiración cansada junto al crujir de las sábanas, así como el latido incesante de mi corazón, era el único ruido que podía hallarse en aquella tumba de hierro, cristal, hormigón y suelo de madera barata. El reloj digital marcaban las diez pasadas, una hora en la cual muchos ya se habían esfumado de sus apartamentos en busca de su estrés matutino.

La luz del sol incidía sobre los pocos muebles que poseía, llegaba prácticamente hasta los pies de mi desordenada cama. La silla de ruedas estaba colocada allí de atal forma que era un espectro que recordaba continuamente que era un estorbo social. Era la larva que caminaba por el cerebro de la sociedad, instalándome allí hasta eclosionar y desbaratar sus planes.

El pasillo quedó en silencio, pero pronto se pudo escuchar el ascensor junto al sonido inequívoco de unos tacones de mujer. Pararon frente a mi puerta y el timbre me alertó de una visita inesperada. Guardé silencio unos segundos pensando que había una confusión, sin embargo volvió a sonar el fastidioso “ding-dong”.

-¿Señor Dawson? ¿Se encuentra en casa?

Su voz era joven y su tono apacible. Me imaginé una dulce chica de ojos verdes y labios carnosos, una muchacha de piernas torneadas con el cabello ensortijado y muy rubio. Realmente imaginé a una muñeca perfecta y encantadora esperando que el lobo feroz abriera la puerta.

-¡Sí!

Respondí algo ronco, había tomado frío la noche anterior por culpa de las pocas ropas de cama y la mala vida que siempre había llevado.

-¡¿Quién es?! ¡Qué sepa que en esta santa casa no compramos enciclopedias ni productos de belleza! ¡Tampoco creo en Dios! ¡Bueno eso no es cierto! ¡Yo creo en Dios pero él no cree en mí!

Mis palabras la hicieron reír, algo poco frecuente en una chica. Empezaba a dudar si era bonita o no. Porque una chica guapa no podía ser divertida y lista a la vez, ella parecía tener sentido del humor y eso la hacía algo inteligente. Dudé entonces si sus cabellos serían dorados y rizados, tal vez era morena de pelo corto con una boca fina y unos ojos café deslumbrantes.

-¡Soy su enfermera! ¡Me manda la asistencia médica!

Había olvidado que pedí que viniera una enfermera dos horas diarias, para ayudarme a darme un baño y hacer rehabilitación en casa. Cuando pudiera caminar, aunque fuera con muletas, sus horas se reducirían. Todo lo pagaba el sistema sanitario debido a estar a números rojos, ser un desamparado social y no tener familia.

-¿¡Tienes llave!? ¡El papagayo del primer piso a mano derecha del ascensor tiene una copia!

Sus tacones se desplazaron por el pasillo, pasaron unos cinco o diez minutos y volvieron a sonar. Durante esos minutos yo sólo estuve mirando el techo. Mis ojos jugaban con la humedad, tenía una bolsa justo debajo de la cama. Algunos religiosos dirían que era la Virgen maría, yo sólo veía la forma de un pañal empapado en orines.

-¿Se puede?

Su voz irrumpió mis pensamientos por completo, su físico desconectó cualquier hilo racional que pudiera existir en mi mente. No vestía de forma explosiva, ni falta que hacía. Sus enormes ojos azules eran un cielo de verano enmarcado en una piel clara, deslumbrante, que eran bordeados por pestañas pelirrojas así como su larga trenza que llegaba hasta su cintura. Su ropa era comedida, prácticamente no tenía pechos y su larga falda impedía ver sus piernas. Sin embargo, ella me cautivó. Me hizo sentir vergüenza por como estaba todo, pude notar su asombro al ver la pocilga en la cual vivía o más bien malvivía.

-Mi nombre es Samantha, creo que tú y yo no nos vamos a llevar bien.

Supuse que era una mujer organizada, una de esas amantes de la limpieza. Yo era un desastre de cabeza a pies, la cocina apestaba a basurero y yo mismo olía a rayos. Tenía barba de varios días, los ojos hundidos por las noches en vela, el aliento tenía cierto toque a whisky barato y la ropa hacía días que no me cambiaba. Casi no podía andar, no me podía valer por mí mismo y el resto de mi ropa estaba o sucia o aún en la secadora, donde la dejé el día que me golpearon.

En un par de horas mi apartamento tenía un aspecto más presentable, pero yo seguía arrojado en la cama. Se aproximó a mí en silencio, así como había estado. Mis ojos no dejaban de contemplarla, era como una aparición. Chicas así no solía verlas a menudo, al menos lo poco que recordaba. Era como ver a una buena chica intentando ayudar a un demonio.

sábado, 4 de febrero de 2012

El caso - In a darkness room - Capitulo 3 - Parte 1



Capitulo 3

In a darkness room

Desperté súbitamente con breves fragmentos de sueños alojados en mi cerebro como vieja metralleta. Pasé mis manos sobre mi rostro frotándolo, intentando despejar cualquier mota de cansancio. Apreté mis labios mientras abría por una brizna de segundo mis ojos chocando de nuevo con la realidad. Mis piernas seguían descansando en la impotencia de no poderse mover por ellas mismas. La habitación seguía siendo la misma que en la noche anterior me acompañó a las pesadillas más intensas.

-Soy el claro ejemplo que Dios no ama a todos sus hijos, porque hay hijos bastardos que merecen ser olvidados.

Mis palabras sonaron crueles, y tal vez lo fueran, pero eran lo más sincero que podía escuchar mis orejas. Era un maldito bastardo sin principios ni moral, al menos eso me habían dicho y por lo que recordaba debía ser cierto. Un estúpido ensimismado en un mundo de drogas, perversión y mediocridad. Sabía que no tenía dos dedos de frente, para ello no tenía que levantarme de la cama y mirarme al espejo.

Mis cabellos dorados lo parecían aún más por los solitarios rayos de sol que penetraban hasta la cama. Podía sentir que el mundo llevaba despierto varias horas, pero yo no deseaba vivir un crudo invierno que seguro me recordaría lo impedido que estaba. Por momentos perdía el ánimo, pero nada más pensar en morir sin recuerdos me hacía volver.

Acabé incorporándome en la cama, dejando que mi espalda rozara el cabezal. Ya no quedaban cigarrillos. No sabía siquiera si había leche en la nevera, tampoco sabía como levantarme sin caerme al suelo. Miré mis piernas y recordé las palabras del médico, según él era todo mental.

-No quiero volver a caminar y a la vez lo deseo, no sé qué demonios me pasa.

Miré hacia la pared, todos aquellos casos me observaban mudos. No había hilo común entre ellos, tampoco había algo especial. Eran casos de asesinato, desfalco, campañas políticas frustradas o simplemente desapariciones sin resolver. Todo era un caos y sin embargo parecía tener sentido para mi antiguo yo, pero ese parecía estar aún en coma.

Guardé silencio, sólo mi respiración podía escucharse en aquella habitación. En el pasillo el trasiego normal comenzaba. Algunas amas de casa salían a la compra de los apartamentos contiguos, la casera iba llamando a las puertas para pedir la mensualidad y yo recordé entonces que estaba sin blanca. Pronto sus pisadas quedaron tras la puerta, aguardando tal vez escuchar algún ruido.

Las llaves sonaron tras la puerta, seguro que estaba buscando la correcta para la cerradura. Hubo unos tres intentos fallidos, pero al cuarto la cerradura cedió y la puerta se abrió con un leve quejido. Sus ojos pequeños y juntos me miraron como a un mendigo en la puerta de la iglesia, te dicen que debes tener caridad pero sólo entregas desprecio. Sus cabellos estaban adornados por canas, unas más blancas que otras, y sus ropas eran de luto. Aquellas arrugas jamás las olvidaré, eran como los pliegues de un acordeón mal tocado.

-¿Aún sigues aquí? El vencimiento del alquiler ya ha pasado, te he dado muchas oportunidades.

-Señora, llevo meses en el hospital y no puedo moverme de una silla de ruedas. ¿No le dicen en la iglesia que tenga piedad con el que menos posee?

Nos lanzamos una mirada desafiante, por momentos me sentí como si fuera un pistolero en el salvaje oeste. No sabía quien desenfundaría antes, pero podía asegurar que era hombre muerto. Mis ojos se fundieron en los suyos, ahogándose en su alma poco misericordiosa pero expuesta al “qué dirán” y su falsa pose de devota.

-No me pagues hasta que te recuperes, pero te cobraré intereses.

Su voz de viejo papagayo me sentenció como un juez que juguetea con su poder, sabiendo bien que condena a muerte a un inocente y no le importa porque lo hace por sus apariencias, las mismas que le encadenan al sistema. Yo era preso de una deuda que no sabría saldar, ni siquiera tenía empleo.

La puerta se cerró de golpe dejando la habitación nuevamente en silencio. Varios de mis mechones cayeron sobre mis ojos y no hice nada por evitarlo. Jugaba con mis dedos sobre las mantas, sabía que me pudriría allí mismo, que un día vendría a por el alquiler y estaría muerto sobre un montón de basura y recuerdos que desconocía.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El caso - Lluvia - Capitulo 2 - Parte 2


Lamento no pasarme pos sus blog's, lo haré en cuanto tenga 5 minutos el sábado.

[Día 0]

Fío. Un frío que calaba hondo hasta los pulmones agarrándolos con rabia. Podía sentir como el tabaco le quitaba la vida junto al viento que transportaba un aire frío, el cual era idéntico a mil bofetadas de una mujer frustrada. Sus ropas desprendían un aroma a whisky, tabaco y puta barata. Había estado sumergido entre las piernas de una estúpida tan sólo hacía unas horas, pero aún deseaba más para calmar su nerviosismo.

El cigarrillo jugaba con sus labios finos, los mismos que mordía con rabia por culpa de no dar con la solución a todos sus problemas. Seguramente hubiera sido más fácil un tiro rápido y directo a su cabeza, así se acabarían todos de un plumazo y se hubiera ahorrado bastante dinero en aspirinas. Sin embargo, sabía que si él moría no sería el único en descansar. Era el grano en el culo de varios jefazos importantes, personas que tenían atada la ciudad como si fuera una marioneta y esta bailaba al son que ellos marcaban. Sólo tenía ese motivo para seguir respirando el aire contaminado de la ciudad y saborear los pecados más instintivos.

Su alma corrupta no valía ni un céntimo. Llevaba los bolsillos vacíos de momentos felices y cargados de tristezas. No sabía como enfrentar a la muerte, pero tampoco esta dispuesto a coquetear con la vida. Notaba como ni siquiera las estrellas querían alumbrar sus pasos decadentes, los cuales iban hacia una de las esquinas donde solía encontrar rápido consuelo.

A lo lejos una muchacha, casi una niña, jugaba a ser princesa subida en tacones de más de diez centímetros. Pese al frío su falda era corta y bajo su chaqueta roja pasión no había nada, ni siquiera un sujetador. Sus pasos eran felinos, como si contara las baldosas del suelo, mientras sus ojos eran los de una niña que lloraba por su destino. Sin embargo, sonreía moviendo su pequeño bolso de forma impaciente. Estaba esperando clientes para conseguir un par de billetes. No le ponía ascos a nada, porque si lo hacía sabía que su pareja la golpearía otra vez hasta dejarla prácticamente muerta.

“Si no te mato es porque muerta no me sirves, así que quítate las bragas y ábrete de piernas. Necesito a una puta que sepa moverse, a una zorra lista, y no a una niñata que aún sueña que conocerá al hombre de su vida. Ya lo conociste, soy yo, y nadie va a sacarte de este mundo lleno de miseria. Acéptalo puta, nadie quiere a una drogadicta que no sabe ni leer.”

Las últimas palabras de su pareja revoloteaban en sus oídos, como cuervos negros, mientras sus ojos hacían un esfuerzo por no llorar. Ella debía quitarle las penas a sus clientes, hacerles olvidar sus vacíos matrimonios o sus corazones rotos. Sin duda, prefería pensar que era la medicina de muchos enfermos, a ser la enfermedad de patéticos indeseables.

-Ven conmigo prenda, te daré calor.

Aquellas escasas palabras se habían cruzado más de una vez en su recorrido, ella las había dicho con un deje amargo y él las había recibido con necesidad. El resto era fácil de adivinar, sus ojos se cruzaron y las miradas acabaron siendo cómplices de un trato.

-¿Cuánto? No tengo mucho, me lo he gastado con la golfa anterior.

Realmente sólo tenía un par de billetes de los pequeños, aquello no daría ni para un triste abrazo y unas palabras de consuelo. Él necesitaba tener sexo para desinhibirse, igual que lo hacía con el alcohol e incluso con la cocaína.

-¿Cuánto tienes?

Mostró los dos billetes de cinco y ella prácticamente se echó a reír, sin embargo se veía reflejada en la desesperación de aquel cliente. Eran víctimas de un mundo donde soñar está prohibido, porque cuando te despiertas deseas tirarte por el balcón y sentir como todos tus huesos se quiebran.

-Eso no te sirve ni para un par de besos cielo, pero como tengo frío podrías hacer que entrara en calor.

Sabía que si su pareja regresaba y la veía sin siquiera un cliente la golpearía, dando así rienda suelta a su dolor y a un espectáculo que muchas deseaban ver desde sus lugares. El odio y la rivalidad entre chicas de la calle era habitual, demasiado común, provocando una ilusoria imagen de jungla de asfalto y gatas salvajes.

Pronto sus manos femeninas y suaves acariciaron su rostro. Tenía un aspecto fiero y a la vez decadente, algo que siempre le había excitado en un hombre. Las yemas de sus dedos jugueteaban sobre sus mejillas hasta aquellos labios masculinos. Por unos instantes su corazón latió desatado cuando se percató de quién era, le conocía pero él no la había reconocido. Habían pasado varios años, tantos que había olvidado quién había sido en otra vida. Siempre le había amado, pero él jamás lo había sabido.

-Fóllame, hazlo en el callejón.

Fue una mala idea, la peor de todas. En aquel miserable lugar lleno de basuras y escombros llegó su fin, el final de todo y el inicio de una nueva historia. Sus vidas se verían truncadas, cada uno a su manera. Sin embargo, el primer beso que se concedieron fue demasiado dulce y casi de niños enamorados. Fue el encuentro que iluminó su noche, mucho más que las luces de neón y las últimas luces de las oficinas. El cielo parecía haber descendido y las estrellas iluminaban de nuevo, una sensación que acabó con los primeros golpes.

Pronto el sabor de aquellos labios cambiaron de whisky a sangre, la vida se iba por el desolado paisaje de asfalto y de putas buscando clientela, mientras la muerte se quedaba a su lado acariciando sus hombros y susurrándole que es la mujer que tanto esperaba.

“Vas a morir, vas a morir como tanto deseabas. ¿Te gusta el dolor? Porque eso es la muerte, dolor y ausencia. Cariño, recuerda los últimos momentos como si fueran los más felices y deja que los sueños de infancia sean la epidemia de tus cálidas lágrimas. ¿Recuerdas? La inocencia, el honor y el orgullo todo bien mezclado con cocaína, whisky y mentiras. Esa es tu vida, lo que has vivido. Travis, yo te quería.”

Los gritos de horror de la mujer con la que se encontraba alertaron al barrio, atrajeron a innumerables curiosos y prácticamente le salvó la vida. Pero era algo que veía lejano, que no quería siquiera creer, y prefería ocultar entre las sombras melancólicas de un “no recuerdo nada” pero en realidad era “no quiero recordar, gracias.”

domingo, 29 de enero de 2012

El caso - Lluvia - Capitulo 2 - Parte 1



Lluvia

Capitulo 2

[Un mes antes de su desgracia]

Llovía a cántaros, una de esas lluvias con gotas gruesas y frío que te calaba hasta los huesos. No era algo poco común si teníamos en cuenta que era época de lluvia, frío y de pasar las noches en casa mejor que en tugurios de mala muerte. Pero para las almas solitarias la noche siempre significaba alcohol, tabaco, quizás encuentros clandestinos y si estabas acabado droga para olvidar que eres un desheredado camino a la perdición.

La lluvia era el sonido de la ciudad, la música ambiente, como si se tratara de música de violines en un restaurante caro, de esos donde te dejas la cartera y de paso vendes tus órganos. Se escuchaba por toda la ciudad, junto al sonido de los truenos y el resplandor de los relámpagos. Todo se iluminaba por breves y escasos segundos sin necesidad de luces de neón, aunque los prostíbulos tenían buenas recaudaciones en noches como aquella. La soledad abofetea con rabia cuando sabes que vas a dormir solo, que tal vez puede que ni despiertes y si lo haces lo harás aún más vacío. Las putas son los brazos acogedores de aquellos que no pueden ni conseguir un poco de afecto.

Cada gota parecía una lágrima venida de los infiernos, aunque muchos llaman las lágrimas de Dios o de los ángeles ante el desastre en el cual se halla el mundo. Pero aquella lluvia no traía nada bueno, al menos aquellas nubes oscuras tan espesas parecían provenir de algún lugar cercano al caos y la destrucción.

En una esquina un hombre se destruía a sí mismo por sexta vez en la semana. Estaba calado, sus largos cabellos rubios estaban pegados a su rostro y este parecía el más claro ejemplo del dolor. Sus ojos azules como el cielo de verano se veían tormentosos, igual que el día, como si una ventisca se hubiera llevado de su alma lo bueno y hubiera permanecido toda la miseria enjaulada como ave frustrada. Se sujetaba a duras penas, el alcohol estaba matando sus reflejos y pronto no podría dar ni dos pasos. Apestaba a cerveza, whisky barato y ron rebajado. Sus dedos estaban envueltos en vendas, había tenido una paliza hacía unos días y aún los tenía doloridos, con algunos rasguños en los nudillos.

Un coche paró junto a él, negro como la boca del lobo, con unos faros amarillentos como los ojos de un gato en medio de la oscuridad más pesada. El sonido del claxon le sacó de sus cavilaciones, tal vez recordándole que seguía vivo aunque caminara en su propia calle de los infiernos. Se acercó tambaleándose, cayendo sobre la ventanilla que estaba abierta. Desde dentro el cañón de una pistola le apuntó a la sien mientras una leve risilla se escapaba en el gélido aire.

En el interior del vehículo, además de la pistola y del humo a tabaco importado, se encontraba uno de los políticos más influyentes e influenciables de la ciudad. Un maldito hijo de puta que no lo quería ni su propia madre, pero inexplicablemente siempre salía ganando en las elecciones por culpa de su poder sobre empresas y gente adinerada. Por una u otra razón era el caballo ganador, intocable y necesario en la partida de ajedrez de altos cargos en la sombra.

-Sería tan fácil para mí volarte la tapa de los sesos ahora mismo, Travis. Creo que si lo hiciera perdería toda la gracia, además necesito verte nadar en tu propia mierda.

Aquel pobre diablo sólo se mantenía con sus piernas flaqueando, ya no sólo por culpa del alcohol sino de la rabia e impotencia, sus ojos azules miraron hacia la oscura sombra que tomaba el asiento cercano a la ventanilla, de la misma donde el arma rozaba su sien con esa facilidad y frialdad pasmosa.

-Piensas que estoy acabado, pero un día de estos te llevaré conmigo a recorrer los infiernos. En ellos seré yo el pez gordo y tú serás sólo un insecto al cual podré aplastar. Pero yo no seré como tú, nada más tenga la más mínima oportunidad lo haré.

Hizo un inciso, intentando recobrar el aliento porque hasta de eso carecía, mientras notaba como se reían de él, no sólo aquel maldito hijo de puta sino también el conductor del mercedes. Un coche de lujo, en una ciudad cargada de deudas y de corrupción no era tan difícil de ver.

-No lo dudo, pero yo creo que jamás vas a poder vivir tanto para tener una oportunidad. Créeme, te voy a ver ahogado en tus propios excrementos y entonces te daré el tiro de gracia.

No pudo responder nada, ni siquiera lo único coherente que había logrado sopesar. El coche aceleró provocando que se cayera, justo en un charco de lodo, regresando de forma brusca a la realidad más desgraciada y solitaria. Había poseído todo, desde fama hasta unas caricias cargadas de amor, y ahora no tenía nada ni siquiera unos calzoncillos limpios.

-¡Juro que te mataré! ¡Juro que lo haré! ¡Lo juro! ¡Maldito hijo de puta! ¡Bastardo!

Sólo podía golpear ese charco salpicándose con la inmundicia de la ciudad que le había visto nacer, crecer y caer hasta lo más bajo. La rabia le cegaba y le atormentaba hasta provocar que se ahogara en litros de alcohol barato. Pronto no le quedaría ni siquiera dinero para una cerveza, en ese momento se vería preso de todos sus recuerdos y del dolor que intentaba alejar trago tras trago.

La historia de Travis no era como cualquier otra, era una historia truculenta y desesperada. Podía decirse que quien la conocía terminaba enganchado como si consumidor de cocaína, hasta sentir que la última dosis era letal y que su organismo no podía aceptarla, rechazándola de ese modo y provocando un colapso letal. Su historia iba vinculada fuertemente a sucesos que parecían no tener orígenes comunes, ni siquiera intereses similares, simplemente nacían como desaparecían. Eran titular unas horas y luego la gente se olvidaba, como si no hubiera pasado nada. La misma historia que él no lograba recordar y que le visitaba en pesadillas en blanco y negro, tal vez intentando hacerle llegar un mensaje de lucha del más allá.

viernes, 27 de enero de 2012

El caso - New York, New York - Capitulo 1 - Parte 3





Empecé a reír a carcajadas, igual que si hubiera perdido por completo el juicio, pero estaba cuerdo. Era gracioso que dijera aquello, tenía su punto trágico y cómico, no sabía que era tener un amigo y sin embargo hablaba como si me hubieran decepcionado cientos de ellos. Aunque teniendo en cuenta que la humanidad no me agradaba, ni yo a ella, era de suponerse que mis amigos fueran escasos, por no decir que carecía de ellos con todas las de la ley.

Fumé con ansias aquel último cigarrillo, de igual modo que un condenado a muerte saborea su última comida. En la punta de mi lengua tenía tantas palabras por decir, pero a nadie a quién contárselas. Estaba solo, desechado en un mundo donde lo poco que valíamos eran nuestros recuerdos y el precio que le pondríamos si quisiéramos venderlos. Yo no tenía nada, ni valor siquiera como desperdicio. Era basura, la basura no suele ir muy lejos.

En mi mente había una fecha, una hora y un nombre. Era la cita del médico, tendría que verlo al día siguiente a primera hora. Mi estado actual era mental, supuestamente había sufrido un shock traumático. El hecho era que si no caminaba era porque mi mente no reaccionaba, puesto que mis piernas seguían siendo sensibles. Sin embargo, me negaba a reconocer que eso fuera de ese modo. Deseaba poder moverme, así como recordar, pero el golpe había dejado mi cerebro hecho papilla. Aún me dolía el cuerpo, después de tantos meses, como si los puños volvieran a sacudirme en medio de aquella penumbra.

Algunos días, no todos, pensaba que quizás no debería recordar toda la mierda de mi pasado, la misma que me esperaba asechando en los rincones de cada esquina. Estaba seguro que fuera quien fuese que me había intentado matar lo volvería a intentar, pasado un tiempo prudencial. Tal vez, no lo habían hecho porque estaba impedido y tan vacío como una caja de embalaje. No tenía nada, sólo trozos de vida que se quedaba en papel mojado.

Me recosté en la cama, tan revuelta como mis sentimientos patéticos y miserables, para mirar el techo cargado de humedad y leves grietas. Me sentía afortunado, porque al menos yo tenía un techo al que escrutar y otros no llegaban a tener cartones. Si no me recuperaba pronto y encontraba algún trabajo, por bajo que fuera, me quedaría sin dinero y sin él no podría pagar la pocilga que llamaba dulce hogar.

En mi mundo no había luz, ni esperanza, sólo sufrimiento y desánimo. Únicamente poseía un deseo y era recuperar al menos la imagen del cabrón que me había enviado a una silla, quitado lo poco de humano que tal vez tenía, provocando que quedara como un ángel que se estampa contra el suelo. Podía permitir quitarme yo mismo las alas, pero que otro me las quitara me frustraba. Percibía que era escombros antes del asalto, sin embargo yo era quien debía decidir si quería ser demolido por completo o seguir como esas feas estatuas que dicen ser parte de un mundo más moderno.

Cerré los ojos un instante, juro que sólo fueron unos segundos, pero pude notar como alguien me observaba desde alguna esquina de aquella habitación. Un sudor frío me recorrió el cuerpo, alargué la mano y tomé el revolver del cajón. Al abrirlos no había nada, sólo la podredumbre de siempre. Pero aún puedo jurar que unos ojos desconsolados me contemplaban como la Virgen María a su hijo clavado en la cruz.

Mi ritmo cardíaco se aceleró, así como mi respiración se hizo fuerte y torpe. Sentía aquella mirada pegada a mí, incluso podía notar la respiración agitada de otra persona cerca de mi cuello soplando los vellos de mi nuca. Mis sábanas se empaparon de sudor, un sudor frío que no paraba de brotar, mis manos estaban cerradas en puño mientras rogaba por la salvación de mi alma. Desconocía si yo alguna vez había sido creyente, o si Dios se apiadaría de mí, pero el Padre Nuestro surgió de mis labios con vehemencia.

Mis sususrros parecían tener eco, como si alguien hiciera las mismas alabanzas a Dios junto a mí, en mi oído. Podía notar los labios fríos cerca de mi cuello, besando mis mejillas y dejando leves palabras de aliento en mi oreja. Iba de un lado a otro de la cama, como si danzara, si bien terminó frente a mí esa sensación gélida y pesada.

Mi cuerpo pesaba casi veinte veces más, ni siquiera podía abrir los ojos. Abrí la boca intentando emitir un grito de dolor y terror, como si fuera el último suspiro de una larga agonía. Mis pulmones parecían ser agarrados con fuerza demoníaca, así como mi corazón y vísceras. Sentía una mano helada jugando con mis órganos, coqueteando con ellos como si fueran las hebras rubias de mis revueltos cabellos.

El peso de mi cuerpo se alivianó, así como esa sensación de angustia, abrí los ojos armándome de valor. Y por asombroso que pareciera tenía ante mí la imagen exacta de un ángel. Sus cabellos rubios caían sobre sus hombros hasta su cintura, rozándola con delicadeza. La ropa que llevaba era blanca, como la bata de un psiquiátrico pero con el toque estrafalario de las sotanas de los hombres santos. Sus ojos eran claros, tan azules como los míos pero con un toque verdoso parecido al de un bosque de cuento de hadas.

-¿Eres tú quien ha venido a rescatarme de ese demonio?

Aquello no tenía sentido, pero mi vida también carecía de sentido alguno. Tal vez la muerte había venido a buscarme, si bien Dios había enviado a uno de sus ángeles para protegerme. La absurda idea de un ángel salvando a un demonio, a un drogadicto que no recordaba ni sus adicciones, podía ser cómica pero estaba tan cagado de miedo que no hice comentario alguno al respecto.

-¿Rescatarte? Tú me has condenado.

Fue su única respuesta de sus labios, pero no de sus acciones. De forma rápida e imprevista sacó un cuchillo y se cortó el cuello. Su garganta empezó a empaparse de sangre, sus ojos se volvieron dos orbes negras, y su piel se volvió grisácea lejos del color de rosa silvestre que había poseído en un principio. Cayó a mis pies, empapando las sábanas y el colchón con su vida.

Comencé a gritar cerrando los ojos con fuerza, como si me quemara su imagen destrozada frente a mí, y al abrirlos otra vez, para asegurarme que aún permanecía allí su cadáver, ya no estaba. El sol despuntaba por los altos edificios, la vida nocturna cesaba y dejaba paso a los altos ejecutivos buscando en el café la solución a su vida de insecto urbano.

martes, 24 de enero de 2012

El caso - New York, New York - Capitulo 1 - Parte 2





Los recortes de periódico eran sobre algunos camellos, así como casos de asesinato, que para mí no tenían relación alguna con mi vida actual y tampoco parecían relacionados unos con otros. Todo parecía estar formando una pista, la huella de mi zapato. Era una gran pista sobre mi pasado, la cual me haría recordar y enfurecerme, pero en ese momento lo había olvidado por completo. Sólo parecía un intento desesperado de un maníaco obsesivo. Aquello no era nada, sólo basura y suciedad.

La noche se volvía más intensa, menos cálida y más siniestra. Las sombras de mi apartamento parecían venir a por mí, igual que la Parca, para llevarme de vuelta al infierno. Pasaba mis manos sobre mi rostro, la barba de unos cuantos días pinchaba bastante y comenzaba a sentirme sucio. Por mi cabeza rodaba una única idea, esa era el suicidio.

-Debí pegarme un tiro nada más haberme despertado.

El vaso de agua en la mesilla de noche era tentador para acompañarlo con varias pastillas, pero no tenía quizás el valor o las fuerzas necesarias para hacerlo. Sentía que era mucho de boquilla y nada de acción, como cualquier otro perdedor. Mis ojos se clavaron el las manecillas del reloj despertador, un modelo antiguo que me recordaba que cada segundo de mi vida lo desperdiciaba, estaba desperdiciado, y otro seguro que le sacaría partido.

-¿Por qué estoy vivo? ¡¿Por qué?! ¿Por qué demonio no morí yo y se salvó otro? ¿Qué estúpido juego es este? ¿Estás son tus putas oportunidades? ¡Dime Jesús! ¡Maldito seas! ¡Si no me querías en el Cielo me conformaba con el infierno! ¡Allí al menos tendría piernas para follar con las putas que Satanás me brindaría!

Sentía rabia contra el universo, contra cualquier creencia. Estaba frustrado. La situación me podía. No quería estar allí. Prefería la vida de cualquier chupatintas sin vida social, de esos que viven con sus viejas madres las únicas que les ve atractivo. No tenía nada ni nadie, sólo un piso maloliente y ropa arrugada en una maleta. Ni siquiera me quedaban muchas esperanzas, pronto me consumiría y si seguía respirando era porque quería saber al menos quién fui, aunque fuera en el último segundo de mi patética vida.

Tomé el vaso de agua sin pensarlo, para después tomar impulso y arrojarlo contra la pared. Explotó quebrándose en mil pedazos, uno de ellos saltó hacia mi y me cortó el pómulo, muy cerca del ojo. Aquello me hizo explotar a mí. Estallé en un llanto amargo, en la desesperación más intensa y dolorosa. Mi rostro se mojaba por la sangre y las lágrimas, así como aquellos viejos periódicos quedaban emborronadas sus letras con el agua.

Acaricié con la punta de mis dedos la cadena de plata que llevaba al cuello, en ella tenía una cruz a la cual se le había desprendido el cristo. No sabía si siempre había estado así, o quizás yo mismo lo había arrancado por furia. Era de lo poco que me quedaba. Mis ojos se cerraron mientras gruñía, lo hacía bajo y cansado. Mi mano se cerró en puño entorno a la cruz y de mis malolientes labios se podía leer un padre nuestro.

-Perdona mis pecados, como los pecados de todos aquellos que dicen amarte y luego te dan la espalda. No soy más que el fruto del odio y la desesperación. Si esto es una prueba sólo lograrás que deje de creer en ti, no me dará ánimos para seguir demostrándote que me arrepiento. Aunque no sé como me voy a sentir arrepentido si desconozco los motivos por los cuales me condenas al infierno antes de tiempo, porque esto es el infierno. ¿No es así?

El infierno era aquel lugar donde pagábamos nuestros pecados con dolor, sentíamos la ira de Dios en los ojos de un demonio y terminábamos arrepentidos mientras llorábamos por no sentir los brazos de nuestras madres. Éramos condenados. Yo me sentía condenado, peor que en cualquier prisión maloliente de este país para ilusos. Allá donde miraba veía suciedad, almas quebradas y algunas llevaban sotana. Sin embargo, yo era el peor de todos. No recordaba cual eran mis pecados ni como solucionarlos, por lo tanto jamás saldría del infierno. Sólo era un lisiado intentando recordar como salir de un laberinto.

-Si al menos recordara si logré amar, sufrir o porque estaba en ese callejón.

Siseé sacando de la cajetilla el último cigarro. Miré aquella silueta alargada, ese tubo lleno de droga legal y tan adictiva como el café, antes de prenderlo como bruja en la hoguera. Varios de mis mechones rubios cayeron sobre mi frente, acariciando mis finas cejas. No era mi marca de cigarros, lo sabía porque parte de mí recordaba y reaccionaba a los estímulos. Por ello fumaba, porque nada más despertar pedí un cigarrillo.

Tenía recuerdos, breves, pero ninguno importante. El golpe en la cabeza había hecho añicos todo lo que fui, aunque al parecer lo que buscaban con esa paliza era matarme. Pudieron pegarme un tiro, pero al parecer era gastar demasiado en un individuo como yo. Era mucho mejor pegarme patadas y golpearme con el bordillo de la acera. Tal vez no era un ajuste de cuentas, sino un robo que salió mal. Lo cierto era que recordaba el sabor del cigarro, algo insignificante comparado con el rostro de mi capullo que me había dejado de esa forma.

-Sólo te tengo a ti, sólo a ti.

Mis manos temblaban, comenzaba a tener frío y la caldera de ese viejo edificio fallaba. Desde que había regresado, hacía poco más de una semana, se había roto en dos ocasiones. Era lo malo de los viejos edificios, tenían achaques como cualquier viejo. Mis labios presionaban la boquilla del cigarro, mientras humedecía con mi lengua la punta de aquel corcho, y mis dedos intentaban no soltarlo.

-Me odio, odio a todos. Pero maldito tabaco, eres mejor que cualquier amigo.

Empecé a reír a carcajadas, igual que si hubiera perdido por completo el juicio, pero estaba cuerdo. Era gracioso que dijera aquello, tenía su punto trágico y cómico, no sabía que era tener un amigo y sin embargo hablaba como si me hubieran decepcionado cientos de ellos. Aunque teniendo en cuenta que la humanidad no me agradaba, ni yo a ella, era de suponerse que mis amigos fueran escasos, por no decir que carecía de ellos con todas las de la ley.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt