Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 20 de diciembre de 2016

We Wish You A Merry Christmas - Parte 1




Habían caído ya las primeras nieves. Los campos de vid estaban cubiertos y la humedad condensaba el aliento alrededor de la boca. En París, las luces navideñas acaparaban la atención sin olvidar que estábamos en “guerra”. El clima de intranquilidad era obvio, pero yo me había refugiado hacía algunas horas en mi castillo. Me sentía como los clásicos vampiros del cine de Hollywood y las viejas leyendas de Transilvania. Sólo faltaba que me acomodara cerca del fuego arropado por mi capa y con una virgen sobre mis piernas. Si bien, el estridente sonido de una guitarra eléctrica desbordaba los gruesos muros mientras algunas de las grandes bandas del rock hacían sucumbir la calma, agitando mi alma y recordándome quien era yo.

Me senté cómodamente en el sillón, tal y como había imaginado, pero mis prendas eran bastante distintas a las imaginadas. Mis botas eran las de un muchacho, los pantalones de cuero se pegaban bastante a mis piernas y tenía una correa de metal pesado que cruzaba parte de mi cintura. La chaqueta que llevaba también era de cuero, llena de correas y cierres de metal. Tenía en los brazos unas puntiagudas piezas metálicas que no pinchaban, pero daban cierto aspecto amenazador. Mi cabello estaba revuelto y algo pegado sobre mi frente debido al sudor.

—Lestat—dijo entrando en la habitación sin siquiera llamar, cosa que no era propia en él—. ¡Lestat!

Tenía los ojos llenos de amargura y parecía querer romper a llorar. Me incorporé rápidamente, fui hasta él y lo tomé entre mis brazos. Pude sentir entonces como se derrumbaba, igual que un edificio en una demolición controlada. Su llanto fue amargo y sincero. Sus manos se aferraron rápidamente a las solapas de mi chaqueta y comenzó a manchar con sus lágrimas mi cuello, mis prendas y también su flamante suéter color oliva así como su camisa blanca. Parecía una virgen doliente, de esas figuras que se colocan en los altares.

—Louis, ¿qué demonios ocurre?—pregunté, pero no tuve respuesta.

Sólo hipaba y respiraba fuertemente. El llanto cada vez iba a peor. Sentía una angustia terrible pues no sabía siquiera lo que acontecía. Era como si viese el mundo desplomarse sobre ambos sin comprender cuál fue el desencadenante de ese horror. Acabé por tomar su rostro entre mis manos, abarcando así esos hermosos rasgos, para ver su boca de labios temblorosos jadear estremecido.

—Dime, ¿qué ocurre?—intentaba mantener las formas, pero la calma se iba perdiendo—. ¡Qué ocurre!

—He tenido un sueño... que... —susurró agarrado a mí con sus hermosas manos, las cuales se bajaron del cuello de mi chaqueta hasta mi cintura—. Ella estaba en la nieve, en la nieve...

—¿Ella?—pregunté.

—Su cuerpo estaba sobre la nieve, con aquel hermoso vestido celeste que tú le encargaste a una modista parisina. Sus hermosos cabellos estaban esparcidos sobre ese terrón blanco y frío. ¡Sus ojos! ¡Dios mío! Parecían ser los de una muñeca, pues tenían el aspecto de ser de vidrio—su voz era casi un susurro, pero podía entender todo lo que balbuceaba con horror.

No dudé en abrazarlo con fuerza mientras lo llevaba hasta cerca de la chimenea. Allí, frente a las llamas, nos sentamos en la alfombra y quedamos aferrados el uno con el otro. El fuego consumía la leña entretanto tomaba el atizador y movía algunos trozos de madera. Me preguntaba el motivo por el cual las pesadillas se amontonaban en su alma, pero luego recordé que era Navidad, la época en la cual los niños se alborotan y él había estado en la ciudad.

—Louis, ¿viste a niños hoy jugar en la nieve?—pregunté mientras él aún permanecía aferrado a mí, escuchando mi corazón para calmarse.

—Sí—murmuró.

—¿Te quedaste agotado por el frío cuando llegaste al castillo? Posiblemente llegaste y no me encontraste, decidiste irte a nuestra habitación y encendiste la chimenea. Allí, en nuestra cama, tuviste ese sueño tan terrible—decía mientras acariciaba sus largos y sedosos cabellos negros—, pues viste a los niños jugar y aún extrañas esa parte de ti. Y, cuando digo parte de ti, hablo de Claudia, nuestra paternidad y años dorados.

Ella fue el nexo que nos unió, la verdad que nos transformó en una familia. Recordaba los ojos llenos de ilusión cuando le ofrecí sus primeras muñecas en los sucesivos “cumpleaños”, los hermosos y caros vestidos parisinos en fechas tan importantes como las que vivíamos, la forma en la cual la alzaba mientras recitaba poesía y Louis simplemente observaba minuciosamente ese hecho, los meses en los cuales le impuse un tutor para que aprendiera música y tocara el piano, y del mismo modo que la abrazábamos entre ambos cuando parecía cansada. La vida se volvió trágica para nosotros, los breves momentos de felicidad se convirtieron en pequeñas chispas lejanas como estrellas, y el dolor se convirtió en una amargura constante.

—Rose no la disfruté. Tenía tanto miedo que viese en mí un monstruo...—admitó— que jamás pude...

—Jamás pudiste acudir a verla a solas, pero ella se sentía feliz cuando llegabas con tus rosas tras una de sus actuaciones en el colegio. Aún recuerdo sus últimas obras como si fuera hoy mismo...—dije recordando a nuestra pequeña rosa eterna convertida en una minúscula niña, con el cabello recogido realzando su largo cuello, mientras se movía por el escenario bailando con un encantador vestido en la popular obra “El Cascanueces”.

Rose siempre fue una niña despierta, llena de vida, que poseía unas inquietudes y una imaginación dignas de un genio. Su pequeño cuerpo era un recipiente hermoso y con el paso de los años dio frutos. Era una joven hermosa, radiante, de mirada curiosa e inocente. Jamás he visto unos ojos más hermosos que ese par de océanos azules, salvo las gemas verdes que posee Louis. Su cabello azabache, cayendo sobre su piel pálida, le dan un toque de muchachita de cuento. Creo que no hay mujer en este mundo más hermosa que mi dulce Rose. Una chica comprometida con sus estudios y no con distracciones infructuosas, pero también rebelde y llena de un amor demasiado terrible a la poesía. Podría decirse que era la mezcla exacta de pasiones que Louis y yo poseíamos.

—Es una lástima—dijo apartándose un poco de mí, ya algo más calmado—. Tampoco disfrutamos de Víctor—se secaba las lágrimas mientras decía eso. Era un gesto casi infantil hacerlo con la manga de su suéter, pero ya estaba echado a perder debido a las gotas que habían caído de su rostro a la prenda.

—¿Acaso te hubiese gustado disfrutar de mi hijo?—pregunté asombrado.

—Es tu hijo, es parte de ti, así que sería parte de mí—se giró por completo hacia mí, subiéndose sobre mis piernas y arrancándome el hierro de la mano, para colocarla sobre su estrecha cintura, y entonces me besó con ternura en los labios—. Sigues siendo mi Dios y mi Satanás. Sigues siendo principio y fin. Sigues siendo la vida y la muerte conociéndose al fin eternamente, con una sonrisa en los labios y un guiño descarado. Puede que parezcas a veces desconsiderado, despistado o simplemente te olvides por completo de mí. Persigues quimeras, corres por este mundo aunando sueños y esperanzas, para luego regresar—sus dedos se habían puesto sobre mi rostro y jugaban como pequeñas patas de araña sobre mis rasgos—. Eres el Príncipe de los Vampiros, el más caprichoso y valiente de todos ellos.


—Regreso porque sé que estás ahí aguardándome como Penélope a Ulises—respondí hundiendo mi rostro en su cuello.  

viernes, 9 de mayo de 2014

Reglas Rotas. Parte 1

Reglas Rotas será una trilogía de memorias narradas por mí, Lestat de Lioncourt, para que comprendan que está sucediendo actualmente:

El príncipe y las Tinieblas
Caprichos 
Voces discordantes

EL PRÍNCIPE Y LAS TINIEBLAS 


Desconocía cuantos días hacía que me hallaba de nuevo en New Orleans. El aire cálido y la humedad pegajosa, el murmullo de French Quarter cargada de turistas en sus coquetas cafeterías y pubs, la sobriedad y belleza de las hermosas iglesias que se alzaban en silencio esperando que las almas, esas almas contaminadas como la mía, aún abrazaran la fe rezando en vano por la salvación y la maldad de las calles más oscuras, siniestras y abandonadas en los barrios más desfavorecidos.

Louis había echado a perder el débil lazo que aún manteníamos incendiando uno de mis apartamentos, justo la vivienda donde habíamos compartido alegrías y tristezas, como si no importara nada. Aquello fue terrible para mí. Sentí que nuevamente ardían mis deseos de venganza hacia él, al igual que mis escasos recuerdos.

Caminaba por la Rue Royale con mis ropas más elegantes, pues había decidido que la noche se abría a mí y debía gozarla como en los viejos tiempos. Quería alzar mis dedos hacia la luna, tocarla con la punta de éstos y echarme a reír. Había vivido ensombrecido por el dolor que me provocaba Rowan, pero la magia de la caza siempre me había hecho cerrar las heridas hasta que, cuando me resguardaba de la luz del sol, aparecían transformada en su voz áspera susurrándome cuánto me amaba. Los ojos de Rowan, su pequeña boca y sus manos finas acariciando mis cabellos no estaban allí, así que debía llenar el vacío con mi gran placer.

Había descubierto a un pobre idiota cuya vida de riquezas le obligaba a no mirar a su alrededor, así que iba sordo y ciego hacia la muerte. Prácticamente estaba por abrir mis brazos, echarme a reír y ofrecerle mi cobijo. Era un hombre de mediana edad, con el cabello negro ondulado y unos ojos verdes muy sugestivos. Sus rasgos eran duros y filosos, tal vez por el corte y el color de su pelo. Tenía el rostro blancuzco y barba de algunos días, pero aún así esa es la moda. Ir algo descuidado, seas mortal o no, para mí es una desfachatez. Puedo vestir con ropas más o menos exclusivas, tal vez algo estrafalarias, pero siempre con esmero y delicadeza. Su nombre era Dimas.

Podría decir que me agradaba Dimas. Llevaba más de tres días siguiéndole los pasos, sonriendo sus andanzas y celebrando su buen gusto. Había salido del teatro acompañado de una joven de gustos refinados, tacones de aguja y traje de escasa tela en color salmón. Parecía una muñequita frágil al lado de él, de hombros anchos y aspecto robusto. El nombre de su acompañante era Sara. Ella desconocía que el hombre del cual se había enamorado planeaba matarla, robar todas sus pertenencias y marcharse de la ciudad. Por supuesto él la había elegido meticulosamente, como la corbata azul cobalto y su magnífica camisa de seda, después de semanas investigando la fortuna que el padre de su enamorada, o más bien su estúpida víctima, había dejado a su única heredera.

Admiro a los ladrones como Dimas, pues se arriesgan y su alma es sumamente deliciosa cuando les clavo el diente. Creo que mis ojos brillaban tras los cristales de mis gafas de cristal violeta. Tenía una sonrisa de canalla incontestable y me sentía atraído como las moscas a la miel. ¡Caray! Él era el tipo que había soñado durante semanas. Una buena fechoría para éste demonio que disfruta lanzando miserables al infierno, aunque el infierno no es para nada grato en éstos días ni en ninguno.

Bien, él había planeado todo. Ella desaparecería vendiendo todas sus acciones, edificios de oficina y cualquier vivienda salvo la principal; pues la principal pertenecía a su familia y aún vivía su tía. ¿Por qué lo haría? Por miedo a su próxima boda. Ella escaparía así de su guapo, elegante, maduro y sobrio prometido mientras él estaba de viaje a una de sus plantaciones de café en Colombia. ¡Toda una tragedia! Y para ello se necesita ingenio. ¿Ven por qué me gustan los villanos?

La joven se marchó al hotel a descansar, pero él decidió quedarse en un bar cercano tomando uno de los cócteles especiales que estaban ofreciendo a la clientela más selecta. El Maison Bourbon tiene fama entre los jóvenes, aunque no sé si le durará demasiado tiempo o será tan fugaz como cualquier moda que surge hoy en día, y él decidió internarse entre la clientela habitual.

—Bonsoir mon ami—dije aproximándome a él para quedarme cerca de la barra junto a él.

—¿Nos conocemos?—susurró intrigado observando mi traje negro, mi corbata lavanda y mi camisa blanca impoluta. Creo que le llamó poderosamente la atención los diamantes de mis gemelos, aunque podría ser cualquier otra cosa. Tenía el cabello largo, bien peinado y recogido en una coleta. Él parecía deslucido a mi lado, pero creo que eso no le importó.

—Oh, hemos tropezado en varias ocasiones—comenté tomándome la libertad de sentarme a su lado.

—¿Nos han presentado? Si nos hubiesen presentado... —murmuró.

—Se acordaría ¿verdad?—dije echándome a reír ocultando con cuidado mis colmillos—. Verá, me encanta conversar con empresarios y nuevos inversores. Soy un empresario destacado en la zona y Sara me ha invitado a varias de sus estrafalarias, divertidas y carismáticas reuniones... Todo un acontecimiento perfecto para que se diviertan ancianitas haciendo croché.

Él se rió por mi sarcasmo y pude notar como se sentía intrigado. Estaba seduciéndolo con mi carisma sin trucos oscuros, aunque pronto acabaría la función. Deseaba llevarlo lejos de la vista del barman que nos miraba esperando que pidiésemos algún licor, cóctel o simplemente un refresco como buenos chicos.

—Si le soy sincero... a veces me duermo en esas reuniones sociales—explicó a modo de cortés disculpa.

—No se preocupe Dimas, no se preocupe—noté su sorpresa al saber su nombre, pero eso sólo lo atrajo más—. Quisiera hablarle de un negocio que tengo entre mis manos ¿me acompaña?—pregunté incorporándome para caminar hacia uno de los huecos más oscuros y ocultos, justo donde los enamorados van a besarse y los hombres de negocios hacen jugadas arriesgadas.

Él me siguió, por supuesto. Se quedó a mi lado y yo usé mis dones para poder tocar su rostro, observar sus facciones muy de cerca, y prácticamente sentir su respiración pegada a mi aliento frío.

—Dimas, el ladrón—dije entusiasmado—. ¿Irás a reunirte con Dios amigo mío? Pues creo que aunque seas ladrón no eres bueno, al menos no en el sentido estricto. ¿Quieres arrepentirte de tus pecados?—él me miraba ensimismado y rápidamente, con elegancia, ataqué.

Bebí de él como si simplemente le hiciese una confidencia, cerré los orificios y dejé que su cuerpo cayera hacia delante como si se encontrara en un profundo estado de embriaguez. Después me marché a la barra y pedí champán, aunque no lo bebería, pero debía celebrarlo.

—Mi amigo no ha durado demasiado... ah... que pena—murmuré como si brindara a salud del camarero y luego solté la copa para marcharme tras dejar una cuantiosa propina, pues siempre soy generoso.

Me marché sintiendo la noche pesada de nuevo, con la fragancia de los naranjos en flor y las plataneras. Metí mis manos en los bolsillos del pantalón y caminé rumbo a Jackson Avenue. Era un paseo de algo más de media hora, pero me encantaba observar mi hermosa ciudad. Siempre he sentido que pertenezco a éste lugar aunque naciese en Francia y mi aventura, como mortal y luego como inmortal, se desarrollara por París y otras ciudades Europeas.

Entonces tuve una extraña sensación. Alguien, o mejor dicho algo, no humano me seguía. Al girarme vi a un joven alto, bien vestido y con un corte de pelo similar al de Quinn, aproximarse a mí con una sonrisa bonachona y largas zancadas. Cuando quedó a mi altura noté que no era un vampiro, como imaginaba, y tampoco un brujo.

—¡Lestat!—gritó abrazándome—. ¡Lestat! ¡Eres Lestat! ¡Mi padre me ha hablado tanto de ti! ¡Por el amor de Dios! ¡Tú eres Lestat!—decía dándome besos en las mejillas y comportándose casi como un niño.

—¡Alto!—grité dejando cierta distancia al tener mis brazos extendidos—. Eres una de esas criaturas... de esos...

—Taltos, la palabra idónea es Taltos—dijo con una sonrisa ilusa en sus enormes ojos azules.

—¿Eres hijo de Oberon? Dime, ¿dónde se encuentran? Ni siquiera ellos quedan en el hospital y siento que... Oh, Rowan... ¿le ha pasado algo a ella?

—No te angusties—se echó a reír y me abrazó de nuevo—. Madre y padre no son quienes crees. Rowan hizo un milagro y madre fue de nuevo bendecida con el amor de un hijo y...

—¡Alto!—dije de nuevo alejándome con cierto temor— ¿Quién eres?

—Alvar Mayfair, hijo de Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. ¿No notas el parecido?—creo que en ese momento palidecí. Demonios, sentí como si el mundo girase demasiado rápido y sintiera que algo no estaba bien.

Deseé gritar, maldecir, aporrear las puertas de todos los edificios y explotar en llanto. Rowan me había dicho que había cosas terribles, que Julien quería poner patas arriba todo y me había obligado a marcharme después de estar poco más de media hora en su compañía.


—¡Tarquin siempre cumpliendo los malditos caprichos de esa arpía!—grité furioso marchándome de allí, siendo para todos una ráfaga de aire, pues necesitaba ver a mi hermanito y que me aclarara el motivo de porqué hacer algo tan estúpido.  

domingo, 23 de junio de 2013

Vacaciones de verano - Parte 1

Dedicado a mi Rowan, la mujer que me ha hecho enloquecer. Te amo, feliz cumpleaños cariño. 




De improvisto estaba sentado en el porche de mi mansión contemplando las flores y en un pestañeo me encontraba montado en mi deportivo descapotable.

Es un hermoso vehículo con yantas resplandecientes, posee un vivo color rojo y un toldo blanco igual que en las películas antiguas. Invertí dinero y tiempo en encontrar subastas de coches de los años sesenta, también en restaurarlo y ponerle un motor nuevo. Tan hermoso, tan vivo, tan mío y tan de Rowan. El primer día que adquirí la mansión decidí llevarla a recorrer las calles aledañas, y la autopista, con mi nueva joya hecha para ir a verla. Sin embargo, Louis y yo tuvimos hijos cambiando mis planes y convirtiendo a éste en una atadura, que pese a amarlo me ahogaba. Ella se transformó en una mujer más distante y sentí que el brillo de sus ojos se volvió más opaco.

En menos de media hora, gracias al escaso tráfico, me hallaba en cancela acariciando los hierros mientras rogaba que no me rechazara. Cuando pasé dentro y caminé el pequeño sendero hasta la puerta principal noté como mi corazón latía, un corazón que a penas se movía si no bebía sangre. Me sentía completamente nervioso, igual que un novio ante un altar o un muchachito frente a su primer gran amor. ¿Y no era eso? Ella era mi primer gran amor tras tantos años.

Me abrió la puerta y sentí una bocanada de desesperación. ¡Qué hermosa era! Hacía meses que decidió dejarse el pelo algo más largo, sus ojos desprendían algo de cansancio pero su seductor pestañeo me hizo temblar de pies a cabeza. No importaba que hubiesen pasado algunos años desde nuestro primer encuentro, ella tenía una juventud fresca y casi eterna como si yo mismo le hubiese otorgado mi sangre.

-¿A qué vienes?-preguntó acariciando el marco de la puerta con la mano derecha y el pomo con la izquierda.

-A decirte cuánto te amo-respondí.

-Entonces deja a Louis-una frase que me quitó el aliento, ¿o fue el sonido de su voz rasgando el aire?

-Rowan... me quitará mis hijos. Sabes bien que a quién más amo es a ti, me he dado cuenta éstos días. Siento celos cuando Michael te toca, pero me contengo no sabes como me contengo- me apresuré a decir mientras la miraba.

Envidiaba a su esposo porque la tenía a su lado, aunque sabía que hacía mucho que ella no permitía que la tocara. Mi amor por ella la volvía loca del mismo modo que a mí me encerraba en un tormento. Sólo nos sentíamos libres al estar juntos, eso lo sabía. Pero a la vez, ¿no era eso una cárcel?

-Y crees que yo no tengo celos al verte con él...

Ambos nos moríamos de celos y a la vez nos alejábamos. Queríamos agarrarnos uno al otro, llorar por nuestro destino y a la vez besarnos bajo los aspersores del jardín, una fuerte lluvia o la silenciosa noche rota por el cantar de los grillos.

-¿Por qué no me dejaste ayudarte? La otra noche, junto a él...-me refería a su esposo y la conversación sobre la herencia Mayfair. Era cierto que no era un Mayfair, pero tenía unos poderes iguales o superiores a muchos Mayfair-me sentí tan excluido de tu vida.



-Así me siento al verte con Louis...-de nuevo ese aire triste en sus ojos. Sus pestañas pobladas pestañearon y se quedaron con los párpados algo caídos. Sentí que se desvanecía en tristeza y yo me moría con ella.

-¿Quieres huir conmigo? Al menos unos días, los dos juntos, sin nadie que nos mire y se inmiscuya... Rowan, por favor- rogué como un niño ruega unos abrazos o unos simples besos, pero pedía algo tan importante que era casi imposible que me dijese que sí.

-No lo sé, estarían como locos buscándonos... Lestat no es buena idea

-Es una magnífica idea -dije tomándola de la cintura - Te amo y quiero estar contigo sin que nos miren nuestros respectivos ¿entiendes? Sólo tú y yo.

-Agradezco tu idea pero Lestat, es muy arriesgado... -temor e ilusión mezcladas en su voz, pude notarlo y casi verlo con vivos colores.

-No te estoy pidiendo opinión, sino diciéndote que vayas y hagas las maletas- acabé tomándola de las mano para correr hacia el interior de la casa y subir las escaleras. Mis piernas se movían rápidas aunque me temblaban, estaba muy nervioso- Rowan, tenemos media hora para coger lo esencial.

-¡Lestat! -gritó sorprendida ante su impulsividad siendo arrastrada a las escaleras- No puedo irme tengo una operación mañana.

-Hay más médicos en ese hospital, pero el verano ha empezado y quiero hacerlo contigo ¿comprendes? Quiero ver fuegos artificiales, caminar junto al mar, ir a un parque de atracciones y contemplarte a la luz de las velas. Rowan, quiero hacer cosas que nunca he hecho y otras que he hecho pero que jamás, pero jamás, he compartido con alguien.

Lentamente negó sentándose al borde de la cama. Incluso el movimiento de su cabeza era atractivo y femenino, pese a su porte algo masculino debido a su fuerte carácter.

-Lestat... lo lamento, pero tengo otras cosas que hacer y el hospital me necesita.

No. No iba a temer al hospital y esa excusa. No. No iba a hacerlo. No permitiría que ella me dijera que era más importante salvar una vida, cuando otro en su lugar podía hacerlo, antes que salvar las nuestras. Había que ser egoístas por una vez. Egoístas e insensatos, eso era.

-Yo también te necesito- le dije arrodillándome frente a ella sacando una caja alargada-. Lo compré la otra noche, pensé que quedaría bonito en tu muñeca- susurré abriéndola y mirándola a los ojos con una intensidad que no le mostraba desde nuestros primeros encuentros. Era una pulsera de oro blanco con pequeños diamantes- Rowan... yo también te necesito.

Nuevamente negó con la cabeza observándome con melancolía. Parecía no comprender que la amaba y no podía estar sin ella, que ya era suficiente el dolor que ambos sentíamos.

-¿Por qué haces esto?...

-El amor nos hace cometer locuras, Rowan y yo soy el mayor loco -tomé sus manos para besarlas y colocarle la pulsera- Unas vacaciones, unos días, tú y yo...

-Mañana al anochecer -suavemente aparto mis manos llevando éstas a su rostro acariciando sus mejillas así como retirando algunos mechones de cabello- Mañana
-Oui -susurró rozando sus labios en sus mejillas, esas mejillas cálidas que tenían un delicioso colorete natural- Rowan, Je t'aime

Entonces, como si fuese un ángel, me sonrió con una dulce sonrisa surgiendo de sus labios, acercándose a los míos para besarme con ternura. Me conmoví. Cualquiera en mi lugar se hubiese conmovido y a la vez dejado arrastrar por el amor que se podía respirar en su perfume.

-Intentaré hacerte siempre una mujer feliz, intentaré que estos días sean para nosotros el inicio de una nueva etapa más feliz... Rowan no puedo prometer porque no todo está en mis manos, pero lo intentaré con todas mis fuerzas -dije agarrando sus manos mientras me incorporaba.

-Lo sé y te agradezco el esfuerzo pero todo estará bien -suavemente retiró sus manos acomodando su cabello hacia atrás- debo bajar a hacer una llamada.

-Iré a pedir una habitación en algún hotel elegante, cómodo y bonito en New York ¿o prefieres viajar en mis brazos hasta París?-ya mis planes se volvían locos.

Había pensado en un viaje por Estados Unidos, pero ella estaría harta de estar en éste territorio y pensé en algo que la uniera con sus raíces europeas. Irlanda, Francia, España, Italia y Alemania. Podíamos ir y venir de un lugar a otro, tomarnos fotografías y sonreír como recién casados. Vivir una locura, eso es lo que ella necesitaba para volver a ser la Rowan llena de vida y de fuego, un fuego que me quemaba y no me importaba.

-Sorpréndeme -sonrió al verme tan entusiasmado, levantándose de la cama acomodando la falda de su vestido azul.

Era un azul algo eléctrico, pero muy atractivo. Quedaba perfecto con sus ojos grises con tonalidades azules, tenía una sonrisa radiante como la de una niña en mitad de un festival de fuegos artificiales. Ella volvía a ser feliz y yo volvía a estar loco, porque la quería secuestrar para mí.


-Sólo te diré que espero que tengan piscina, así que mete en la maleta algún bañador o puede que te compre ropa allí. Mejor no hagas maleta, sólo toma algo cómodo y yo te compraré todo... ¡Moda de París! ¿Por qué no? E ir a Madrid a vivir la noche allí... oh Rowan, serán bonitas vacaciones europeas -murmuré antes de besarla de nuevo con intensidad pero suave, un simple roce de nuestros labios, para marcharme apresurado a meditar bien todos los planes y conducir alocado, casi atolondrado, por la autopista cantando canciones rock de los 70's y 80's.

jueves, 17 de mayo de 2012

El caso - Corazones de compra-venta - Capitulo 5 - Parte 1




Capitulo 5.

Corazones de compra-venta

[3 días más tarde]

Durante los tres días siguientes no hice otra cosa que meditar aquellas palabras, no era capaz de leer más allá de esas escasas líneas. Habían machacado duramente mi cerebro, lo habían convertido en papilla. No dejaba de imaginar la tórrida y nocturna escena, con sus personajes secundarios ebrios y llenos de sudor, así como nosotros contemplándonos como si fuéramos viejos amantes que se reencuentran en París, Roma o Berlín. Nos engañábamos, viajábamos ambos a lomos del frenesí y finalmente no quedaba más que pedazos de nuestras almas. Yo no podía hacer otra cosa que imaginar su voz, el coqueteo de sus pestañas y la forma de mover sus caderas dulcemente contra mi bragueta. ¿Aquello era el paraíso? Podría serlo, aunque contaminado como la vida real y lleno de desengaños.

Ni siquiera era capaz de olvidarme de él en la noche. Pues, ya sabía el porque de sus furtivas visitas inesperadas. No deseaba que viniera a por mí de nuevo, no de esa forma tan macabra. Había visto varias formas de muerte, una más dolorosa que la anterior y menos que la siguiente. Tenía que ver su cuerpo manchado de sangre, igual que si fueran gotas de lluvia en plena tempestad. No podía contemplar aquello una vez más, así que ni siquiera me atrevía a pegar ojo.

Aquella mañana, la del tercer día, salí del apartamento rumbo al portal del edificio. El ascensor se murió como un viejo tabacoso formando aquel ruido siniestro de película de serie B. El portero no se encontraba realizando sus funciones, como siempre dormía a pierna suelta sobre el pequeño mostrador frente a los buzones.

En parking cercano me esperaba la ambulancia, con sus luces apagadas y con la puerta trasera abierta. Llevaba varios enfermos al ala de rehabilitación del hospital, era un gimnasio para personas convalecientes de lesiones u operaciones.

Éramos conducidos allí como si fuéramos relojes viejos y un sabio relojero nos contemplara, nos diera cuerda y nos devolviera nuestras funciones motrices. Antiguallas, eso éramos y así me sentía. Viejos trastos que habíamos acumulado polvo y necesitábamos que nos golpearan para que despertáramos, sacudiéndonos de paso esa mugre que nos recubría.

-Buenos días, Travis.

Escuché la voz de Marcus, el camillero que me ayudaba a montarme y a deslizarme después como si fuera un gusano, o reptil, hasta nuevamente mi madriguera. Tenía un enorme mostacho de color grisáceo, creo que era el único pelo que tenía en la cabeza, si no contamos el de las orejas y sus pobladas cejas, pues estaba sin un solo pelo en la azotea. Resplandecía su calva como si fuera un espejo, no así sus dientes amarillos por tanto café y tabaco. Sus manos eran ásperas, gordas y grandes, pero también amables. Siempre estaba pendiente de mí, como de una vieja de apariencia adorable y que en el fondo, no muy en el fondo, era una bruja peor que cualquier suegra.

Me senté junto a la ventanilla izquierda, esperando que empezáramos a movernos por la ciudad. Como siempre intentaba recordar alguna calle, tienda, edificio o simplemente algún parque al cual hubiera acudido alguna vez. Ni siquiera era capaz de recordar una estatua o fuente, era imposible. Era como si me hubieran trasladado a otro mundo, otro muy distinto al mío, y me hubieran obligado a creer que allí viví hasta ese mismo instante.

Apoyé mi cabeza contra el cristal observando a los transeúntes como si fueran animales exóticos. Podía ver un abanico tremendo de idiotas que se creían mucho mejor por tener empleo, una cartera de cuero y traje de marca, mientras otros intentaban vender pañuelos desechables en un semáforo. Las chicas jóvenes que se habían escapado de la escuela reían como perturbadas mentales frente a un chico medianamente atractivo. Varios muchachos corrían frente a un policía, gamberros sin duda. Algunas mujeres se paseaban con el carro de la compra, el de un hermoso bebé que a penas se distinguía o simplemente caminaban abrazadas al cretino de sus sueños.

Aquel paseo fue sin duda una exposición de horrores. Cada vez me sentía más frustrado al estar tan convaleciente, sin embargo juraba que valía más que esas almas desenfrenadas por vivir vidas desechables sin fundamento ni sentimientos. Eran envoltorios, meros envoltorios. Yo deseaba deshacerme de la carga que aún me ataba a unas muletas para ser algo más que un envoltorio, ser un alma libre.

La mañana se hizo intensa nada más llegar a la zona del hospital donde me esperaban, como cada día, el fisioterapeuta embutido en ropas blancas con el logotipo verde del sistema sanitario. Se aproximó a mí con una afable sonrisa explicándome que intensificaría conmigo la actividad. Estuve más de una hora forzando mis músculos, provocando que mi cuerpo se resintiera. Las horas siguientes fueron pruebas médicas tanto psicológicas como físicas. Tenía miedo de comentar algo sobre mis anotaciones, supuse entonces que debería encontrarle a él antes de poder decir nada.

-Estás muy callado.

Comentó el doctor que me trataba. Sus cuadradas gafas plateadas de montura frágil estaban en la punta de su nariz, la cual golpeaba insistentemente con un bolígrafo de tubo de prisma transparente. Su bata estaba desarreglada, había entrado apresuradamente en la consulta tras el riguroso desayuno de más de media hora.

-¿Ha ocurrido algo relevante?

Tuve en ese momento la lucidez que podría saber qué había pasado mucho mejor que otros, por lo tanto no podía dejar escapar la oportunidad de hallarlo y preguntarle. Si bien, me aterraba leer la historia y averiguar que terminó odiándome. Deseaba pensar que alguien me quería, aunque fuera un sentimiento construido a base de falsos ladrillos.

-No, Adams.

Chisté tumbado en aquel enorme diván negro esperando que dejara de hurgar, no quería tener un ataque de sinceridad y quizás poner en peligro a alguien más. Quizás me tomen por loco, pero sabía que aquel médico ocultaba algo demasiado oscuro. Sus ojos grisáceos parecían más turbios que de costumbre. Estaba ansioso de conocer algún nuevo dato sobre mi vida, aunque fuera el más mínimo.

-¿Estás seguro?

Dijo echando sus cabellos negros hacia atrás, intentando que su mirada me cohibiera y terminara explicándole que estaba empezando a recordar. Había fragmentos que iban y venían en mi mente, sobre todo desde que había leído aquellos renglones. Él se manifestaba en mis sueños como el peor de mis enemigos, pero en mi historia era un chico que me había hecho sentir más que cualquier mujer.

-Sí, absolutamente.

Era un rechazo por lo incómodo del asunto, también por el pánico hacia ser descubierto y nuevamente envuelto en un extraño accidente. Deseaba borrar cualquier pista sobre la recuperación de los pocos recuerdos de los últimos días. Era lo mejor, aunque tuviera que ser el Pedro de aquel dulce ángel. 

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt