Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Lestat de Lioncourt y Louis de Pointe du Lac. Mostrar todas las entradas
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sábado, 23 de septiembre de 2017

Así la conocí

—No puedes estar hablando en serio.

Su voz sonaba enérgica a través del teléfono. Parecía no comprender mis motivos, aunque en el fondo sabía que hubiese actuado del mismo modo. Esa niña me recordaba a Claudia aunque tuviese el cabello negro similar al de él. Era una pequeña muñeca deseando atención cuando me crucé con ella tomada de la mano de su madre. Sin embargo, el tsunami arrasó con todo y sólo quedó la esperanza de sus lloros mientras sus manos arrugaban la solapa de mi caro Armani.

—Louis, no podía hacer otra cosa—respondí algo cansado sentado al borde de la cama.

Ella estaba recostada sobre el colchón, sin zapatos y con el cabello revuelto. Acabábamos de venir de la vivienda de sus abuelos donde la habían repudiado como si fuese un monstruo o un saco de basura arrojado a un contenedor. Estaba aferrada a un oso de felpa que había adquirido en la tienda de subvenir de la esquina junto con algo de comida no muy saludable, pero tampoco podía hacer nada debido a la hora a la que habíamos acabado en el hotel. Al menos el perrito caliente había callado un poco su llanto.

Recordé las palabras de Marius sobre los niños hambrientos y suspiré. Era cierto, un niño no puede calmar su hambre solo y suele llorar, por eso me advirtió que no convirtiera a un infante en un vampiro. ¿Y qué hice? Desobedecer. Ahora quería hacer lo mismo, pero me impedía mi buen juicio. La pequeña no iba a ser transformada en uno de los nuestros. ¡Jamás! No cometería ese pecado otra vez.

—¿Y qué diablos piensas hacer con esa niña? No podemos atender sus necesidades—decía recordándome algo que ya sabía.

—Ya idearé algo—dije perdiendo un poco la paciencia—. De momento intentaré calmarla aunque ahora duerme cansada por llorar durante horas.

—Acaba de vivir un suceso terrible y ha perdido a su madre... Precisamente no eres el idóneo para sosegarla.

Creo que suspiré poniendo los ojos en blanco y llevándome la mano al rostro y echando esta hacia arriba, palpando mi frente y dejando que mis largos dedos juguetearan con mis espesos mechones rizados. Estaba harto de ese sambenito.

—Oh, sabio Louis, que lo sabe todo y lo ve todo, ¿acaso tú desde la distancia, así como Dios mira a sus borregos convertidos en hormigas, puedes hacer un milagro de calmarla?—dije con evidente sarcasmo.

—Sigue hablándome así y te colgaré el teléfono—su tono se endureció así como sus palabras.

—Lo siento, sigo molesto con sus abuelos y lo estoy pagando contigo—murmuré esperando que se calmase y no colgase. ¡Necesitaba al menos escuchar su voz y saber que estaba conmigo en esto!

—No puedo hacer nada desde Nueva York, Lestat.

Escuché como caminaba por el mármol con los lustrosos zapatos que posiblemente yo le había regalado. Era hermoso y estaba lejos. Él tenía una forma de ser mucho más agradable que atraía como moscas a cualquiera. Por el contrario yo no tenía paciencia y era un imprudente. Necesitaba que él estuviese conmigo en California y no allí, tan jodidamente lejos, porque todavía estaba lleno de temores debido a todo el caos que había contemplado. Estaba hecho a la muerte, pero no a algo como aquello. Mis “felices vacaciones” se fueron al diablo.

—Estoy en California. No voy a volar de nuevo con la pequeña en mis brazos. ¡Ya casi amanece!

Me exasperé. Acepto que me exasperé. Sin embargo, me veía rebasado. No era fácil hacerme cargo de una niña. No sabía si llevarla o no al abogado de inmediato para que hiciese los papeles de adopción. Estaba tan confuso que temblaba. Además, me indignaba la actitud de esos abuelos que rechazaron a la pequeña porque desconocían quién era el padre. ¡Era sangre de su sangre! ¡Por el amor de Dios!

—Busca una niñera—comentó.

—¿A estas horas?—pregunté sin dar crédito que me dijese algo así.

—Estás en un hotel, ¿no? Intenta hablar con la recepcionista y pregunta si puede quedarse con ella o conoce alguien que pueda.

Sonaba sensato, pero no me fiaba. Había oído y leído, así como también visto, muchos secuestros e irregularidades con los más pequeños.

—Louis... no quiero dejarla con cualquiera—decía intentando hacer memoria. Conocía a muchos humanos, ¿y si levantaba el teléfono y les hablaba? A ellos los conocía bien, sabía sus pensamientos y había visto sus almas bailar en sus miradas más de una vez. Incluso había una pareja de mujeres que eran amables, cariñosas, sensibles y que serían unas madres perfectas para mi pequeña... ¿Podía considerarla mía ya? Aún no habían firmado la renuncia sus abuelos.

—Ya te has encariñado con ella—dijo tras una pequeña risotada.

—No hables así, no es un perrito—contesté algo indignado.

—No lo es—aclaró—. Precisamente porque no es un perro no quiero que la cuides tú. Te recuerdo que Mojo terminó siendo cuidado por una mujer y tú sólo ibas a revolcarte en el césped.

Debo aclarar que si dejé a Mojo con aquella mujer era porque él se sentía cómodo a su lado y ella lo necesitaba más que yo. Además pagaba su veterinario, su comida y todo lo que él necesitaba. Yo me conformaba con abrazarlo, con sentir su hocico frío en mi cara y su lengua humedeciendo mis mejillas. Aún podía verlo corretear frente a mí moviendo su enorme cola. Mi perro no, mi amigo. Tal vez debí decir que no era un perro, sino mi compañero y aliado, pero decidí no pelear más.

—Louis, me ofendes.

—¿Cómo se llama?—preguntó.

—Rose—dije girándome para verla bien—. Se llama Rose... y su apellido será Lioncourt en cuanto me ponga en contacto con mi abogado. Eso tenlo por seguro.



lunes, 11 de septiembre de 2017

Louis

Esperanza de cáscara amarga,
fe intacta en una humanidad
destrozada, pueril y sucia,
la cual es pura ruindad.

El resplandor del crepitar del fuego
habla de tu gran fragilidad
y de recuerdos que no han sido borrados
ni en París ni en esta ciudad.

Dame tu mano, por favor.
Deja que te bese en los labios.
Permite que llore en tu regazo.
Abrázame, fuerte por última vez.

Y la luna sigue brillando en Bourbon Street.

Louis, ámame una noche más.
Más allá de mis pecados
porque hasta el mismísimo demonio
alguna que otra vez ha amado.

Nueva Orleans fue nuestro paraíso,
Luisiana nuestra revolución
y París la tumba fría
de nuestro mutuo corazón.

Por mucho que me arrodille,
te hable de amor y perdón,
sé que nunca podrás olvidar
lo que causó mi “Don”.

Y la luna sigue bailando en Bourbon Street.



Lestat de Lioncourt 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Claudia

Nunca me perdonaré lo que ocurrió con ella. No debí hacer caso omiso a las reglas que Marius me había ofrecido. Pensé que podía saltarlas. Me equivoqué. Fue duro oír sus incansables preguntas acerca de su futuro. Durante algunos años parecía vivir ajena a lo que ocurría, pero su mente comenzó a formarse como la de cualquier mujer adulta. Sus ojos se volvieron más fríos y comenzó a no desear mi compañía. Algo me decía que sabía lo que yo había hecho, pero aún así sus preguntas se volvían un calvario insufrible. Si existe un infierno ella lo abría con cada mirada.

No obstante, fui feliz. Admiro que la felicidad me cegaba en ocasiones. Vivía ajeno a su odio visceral. Los primeros años no era raro que ella se abalanzara sobre mí, rodeara mi cuello con sus pequeños brazos y me llenase el rostro con pequeños y dulces besos. En definitiva, no era raro ser su padre. Ella me había aceptado como cualquier niño huérfano que desea un poco de comprensión y amor, pero en mí faltó el respeto. No respeté que su vida se apagaba y que era su momento, sino que la congelé suspendiéndola en mitad de la nada. Por eso me odió.

Sigo sintiendo su presencia en aquella vieja casa de Nueva Orleans. A veces incluso puedo escuchar sus botas de charol contra el suelo de madera. En ocasiones, cuando me siento en el piano y toco alguna pieza, puedo percibirla recostada maravillosamente en el sofá, como una muñeca perfecta, con algún libro de la biblioteca. Muchas veces la he descrito, pero os aseguro que ni siquiera yo soy capaz de plasmar su belleza entre lo infantil y lo pérfido de una mujer fatal.

Louis jamás dejó de verla como una niña y cumplía todos sus caprichos con tal de tenerla contenta. Ella me retaba y yo la retaba, las discusiones a veces eran eternas, pero finalmente me inclinaba y besaba sus mejillas, su frente y la punta de su nariz rogándole perdón. Él no necesitaba nada de eso. Sólo tenía que mirarla de forma compasiva y ofrecerle lo que pedía. Incluso intentó que se asemejase más a él ofreciéndole un diario, como los que suele aún escribir, para que pusiera en entre sus hojas todo lo que sentía. El mismo diario que terminó en Talamasca gracias a la intrépida Jesse Reeves y que luego usó Merrick Mayfair para ponerse en contacto, supuestamente, con ella.


Sé que muchos lectores de mis aventuras la detestan y no entienden como puedo defenderla, tal vez porque no son padres y no pueden ver más allá. Quizá porque no se han percatado que yo, y sólo yo, soy el culpable del dolor que ella arrastraba. Por eso quizá jamás podré perdonarme. Tal vez por ese motivo adopté a Rose e intenté enmendar con ella todos los errores cometidos con Claudia.

Lestat de Lioncourt   

jueves, 27 de julio de 2017

El juego de la ardiente pasión +18

—No debiste—dije entrando en la biblioteca, su zona favorita de aquella vieja vivienda, y él rápidamente bajó el libro y lo cerró echándolo a un lado del diván donde se había sentado.

Louis había regresado a mi lado hacía tan sólo unos días, pues ijo que me extrañaba y necesitaba estar a mi lado. Es cierto que ambos lo necesitamos, pero en ocasiones la convivencia es catastrófica y discutimos por necedades. Tal vez es por nuestra forma de ver y sentir el mundo que nos rodea. Aunque seamos sinceros, ahora el mundo ha cambiado y nuestras visiones coinciden algo más. Esa ya no es una barrera para la comunicación. Sin embargo, seguimos haciéndolo como si deseáramos recuperar la pasión después de un acto tan lamentable.

—¿Qué no debí?

Tenía un aspecto bastante atractivo. Quizá era la luz, tal vez la ropa clásica que había decidido usar esa noche o el hecho de haberse alimentado hacía tan sólo unas horas. Louis siempre me ha parecido muy hermoso y me ha tenido a sus pies. Sus ojos cargados de un verde lacónico me recuerda lo bueno, lo malo y lo terrible del ser humano. Cada una de las lágrimas que vierte, así como la indiferencia con la que a veces me observa o su paciencia exacerbada escuchando mis impertinencias logran cautivarme. Somos dos polos opuestos que deciden atraerse, igual que el fuego y la paja o la sed y el agua. Si bien, después de tantos días alejados entre enormes horas de silencio, las cuales parecían mares profundos que nos ahogaban y aislaban el uno del otro, me parecía más atractivo porque su belleza indómita parecía marcar sus pómulos, juguetear con sus carnosos labios y anclarse en sus pobladas y largas pestañas.

Sus largos dedos blanquecinos comenzaron a jugar con uno de los largos mechones ondulados de su cabeza oscura. Parecía algo inquieto como si esperara que explotara para hacerlo él también causando más estragos que sus viejos incendios. Sin embargo, lo dejó por la paz y se irguió aguardando mi respuesta.

—Decirle a Rose que habíamos discutido. ¿Acaso tenías que preocupar a todo el mundo?

Ante mi respuesta sólo frunció el ceño y torció el gesto, para luego luego suspirar. Estaba oprimiéndolo quizá y no me estaba percatando. Muchas veces opinaba y decía las cosas sin pensarlas demasiado bien. Él podía hablar de los temas que quisiera, por peliagudos que fueran, pero a veces sentía la necesidad de callarlo.

—Lestat, por favor—murmuró en un tono algo meloso—. ¿Acaso tienes que buscar una excusa para venir a conversar conmigo, mon coeur?—preguntó acercándose a mí para echar sus brazos sobre mis hombros y recargarse contra mi cuerpo.

Tenía una cintura llamativa, pues poseía algo de cadera; era posible que no fuese tan acentuada como la de Armand, pero ahí estaba. Sus glúteos firmes remataban la jugada junto con unas piernas bien formadas. Pero su cuerpo vestía siempre ropa poco entallada que no mostraba demasiado su figura.

—Quiero hacer las paces contigo y tú conmigo, ¿pero por qué tenemos que hacerlo siempre en medio de una discusión? Sobre todo ahora que podemos usar otros medios—alzó su rostro y besó mi mandíbula, para luego ocultarlo bajo esta mordisqueando mi cuello sin perforarlo.

“Los otros medios” eran provenientes de la ciencia. La perfecta e ingeniosa creación de Seth, el médico hindú Fareed, había logrado una proeza hacía unos años con unos inyectables de testosterona y otras de mezclas de estrógenos, progesterona y testosterona para las mujeres. Ahora se tomaban en dosis medidas a lo largo de los días para lograr avivar el deseo hacia el sexo, el cual se veía vinculado sólo a los besos de sangre y poco más. La función eréctil continuaba en nosotros, pues incluso nuestros miembros se hallaban ligeramente duros y dispuestos a todo.

—He decidido cumplir una de tus fantasías—dijo respirando en mi cuello hasta marcharse hacia una de mis orejas, en concreto la derecha, para mordisquear mi lóbulo y lamer parte de esta. Rió bajo algo perverso cuando sus manos acariciaron mi nuca y bajaron lentamente hacia mis hombros, después hacia mi torso y por último a mis caderas—. Quiero pedirte disculpas por haber empezado una discusión tan banal la otra noche y deseo hacerlo de tal modo que no puedas mirar a otro, u a otra, sin pensar en mí y en lo mucho que me necesitas. Deseo ser tu único pensamiento y te sientas enfermo.

—Louis...—balbuceé entre excitado, embelesado por ese tono de voz que usaba conmigo, y preocupado porque él normalmente no era así.

—Ve a la habitación y espérame allí—añadió mientras colaba su diestra entre mis piernas, para rozar con sus dedos mi bragueta—. Ve—insistió.

Por un momento me lo pensé. Podía ser posible que fuese su venganza y no apareciese, dejándome algo urgido, pero eran más las ganas de averiguar su premio que de saber si era un castigo. Así que me aparté y me marché raudo hasta la habitación que compartíamos al otro extremo del castillo.

Una vez allí me deshice las prendas que llevaba, desde la camisa que me había regalado Marius hasta los zapatos y calcetines. Daba por hecho que el premio era sexual, pues para mí no había dudas. Así que me eché en la cama acomodándome entre los múltiples almohadones esperando que él apareciese.

Tardó algo más de diez minutos, pero al llegar lo hizo con su habitual bata de seda verde botella y con el cabello suelto echado hacia atrás. Cerró la puerta tras de sí y me miró con las mejillas algo sonrojadas. Después me hizo un gesto para detenerme, pues me incorporé casi de inmediato, pero al parecer había algo más.

—Louis, ¿qué pretendes?—pregunté.

Él sólo me miró y se giró para tomar una caja que había en el suelo cerca de la cómoda, en la cual no había reparado, y sacó unos hermosos tacones de aguja. Suspiró largamente y se deshizo de sus cómodas zapatillas. Entonces me fijé en sus pies abriendo enormemente los ojos por la sorpresa, pues llevaba medias. Una vez se colocó los zapatos desanudó nervioso el cinturón de la bata y la dejó caer.

—No sé porqué hago caso a Armand...—balbuceó con la cabeza gacha debido a la vergüenza que sentía y coloreaba sus mejillas.

Por alguna extraña razón había decidido realizar una de mis estúpidas fantasías, la cual le conté hacía tiempo y creí que había olvidado. Había sido síntoma de discusión pues para él era rebajarse, pero ahora entendía que era algo divertido y le podía sentar demasiado bien.

Llevaba medias y un liguero negro con un bonito encaje de rosas que iba a juego con unas minúsculas braguitas que poseían “truco” para ocultar su miembro y un hermoso corsé masculino, el cual había sido modificado para añadirle algunos moños de color verde oliva similares a los lazos que unían las medias del liguero así como el tono de los zapatos.

Caminó dificultoso hacia mí, pero logró erguirse y hacerlo con cierta naturalidad. No me reí ante su torpeza, sino que me incorporé saliendo de la cama para tomarlo por la cintura y besarlo lentamente. Él puso sus manos sobre mis hombros clavándome un poco sus afiladas uñas. Sus ojos estaban cerrados como los de una quinceañera en su primer beso verdaderamente romántico. Era demasiado hermoso, demasiado perfecto y demasiado encantador porque estaba haciendo algo muy importante para mí. Realmente era un premio y no un castigo.

Con cuidado me llevó hacia uno de los costados de la cama y me sentó allí. No sé si lo hizo porque le resultaba complicado hacerlo con los zapatos o porque quería postergar el momento. Después se acercó a la mesilla de noche y se pintó los labios con un carmín intenso gracias a un gloss, el cual realzó aún más sus labios carnosos demasiado eróticos. Luego me miró como un cordero a punto de ser llevado al matadero.

—Debes permitirme seducirte hasta que te pida que seas brusco. Deja que te de placer y te provoque hasta que surja la fiera que hay en ti—decía acariciando mi rostro, delineando mis rasgos, para luego ofrecerme un corto beso en los labios que me manchó con su labial.

Me quedé mirándolo mientras abría las piernas y le dejaba ver mi miembro erguido, aunque no por completo, palpitando y deseando que fuese él quien lograse la erección completa. Él suspiró tras una respiración agitada y acabó de rodillas con un movimiento bastante sensual, el cual nunca le había visto e imaginaba que había aprendido tal vez mirando pornografía. En ese momento, y también ahora, preferí no saber como lo había hecho.

Con la diestra tomó el miembro por la base y con la zurda, tras arañar un poco mi vientre y mis muslos, agarró los testículos para acariciarlos lentamente. Por supuesto, aún no estaban llenos de la carga seminal, sino que todavía tenían que hincharse de forma más notoria para poder ofrecerle mi simiente. Luego besó el glande aún encapuchado, lo lamió por el meato y decidió comenzar a jugar con la piel que lo recubría tirando suavemente de esta con los dientes. Al final introdujo la lengua entre el prepucio y el inicio de mi hombría, para luego deslizarla hasta y comenzar con succiones suaves. Todo eso lo hizo sin dejar de mirarme. Por mi parte jadeé aferrado a las sábanas entretanto me preguntaba como era posible que se mostrase tan decidido.

—Louis...—dije antes de soltar un gemido porque tuvo la habilidad de llevarse por completo el miembro a su boca, atravesando su garganta y dejando que sus labios marcaran la base y parte de los testículos. La mano que sujetaba el miembro pasó a acariciar mis muslos arañándome y a bajar hasta las ingles y pasarse tras los testículos para juguetear, con ligeros roces, en mi entrada.

Entonces apretó la bolsa escrotal y me miró con los ojos llenos de lágrimas por lo que estaba haciendo, pues sentía arcadas, pero no se detuvo. Permaneció algunos segundos con mi masculinidad para luego retirarla lentamente hasta sacarla por completo. El pequeño hilillo de saliva que se formó entre este y su boca se rompió, aunque él decidió pasarse la lengua por sus labios, de comisura a comisura, para después escupir y comenzar a masturbar enérgico, hasta que detuvo el ritmo y apretó el glande; la mano de los testículos bajó hacia donde estuvo la otra y hundió un dedo que acertó de pleno con mi próstata. Yo por mi parte gemía, jadeaba y gruñía como un perro salvaje.

Cuando decidió que era suficiente se levantó y comenzó a moverse en un baile erótico; al principio era torpe, pero fue ganando confianza y logró que me quedara encandilado aún más con el movimiento de su trasero al girarse. Sobre todo cuando se dio un par de azotes con la mano bien abierta y los apretó con fuerza. La braguita que llevaba era un tanga que por detrás apenas dejaba algo a la imaginación.

—Lestat... ¿hago el ridículo?—preguntó deteniéndose.

Mi respuesta fue más que obvia porque estiré mi brazo derecho, lo arrojé a la cama y lo coloqué de espaldas a mí. Mi boca fue directa a su nuca, mordiéndolo como lo hacen algunos animales durante la cópula, e inmediatamente después lamí la cruz de esta y besé sus omóplatos. Estaba muy caliente y él tendría que pagar las consecuencias de sus lascivos actos.

Los mordiscos no quedaron en su cuello, sino que fui hasta sus glúteos y enterré mis dientes hasta perforarlos. Unas marcas que no cerré con unas gotitas de mi sangre, sino que dejé abiertas para que se fueran cerrando con el paso de los minutos. Después retiré el hilo del tanga y observé su entrada. Mi miembro dolía porque pedía estar encerrado entre sus carnes, pero yo quería escuchar más que gemidos y jadeos bajos. Decidido a ello, me puse manos a la obra e introduje mi lengua en su entrada, así como succioné esta, mientras él se revolvía aferrándose a las sábanas hasta deshacer por completo la cama.

Penetraba con mi lengua y masajeaba su trasero, pero al final mi derecha se coló entre el colchón y su figura para enterrarme dentro de su ropa interior. Saqué su miembro del pequeño compartimento que tenía la prenda para ocultar su sexo y comencé a masturbarlo; estaba húmedo y duro, una muestra más que aquellas perversiones también le encantaban.

Al apartar mi boca decidí poner mis manos sobre sus caderas y tirar de él hacia el borde de la cama, dejé su torso puesto contra el colchón, eché hacia el lado derecho su cabello retirándolo de la cara, pegué ese lado a las sábanas y levanté sus caderas. Por último, con la ayuda de la mano derecha, metí mi hombría de una sola vez y fue una estocada certera; era como si una espada hubiese entrado en el corazón de su víctima, o como la lanza que mató a Cristo. Él chilló y yo gruñí como una bestia. Después lo agarré de las muñecas y tiré de sus brazos hacia atrás para empezar a penetrarlo fuerte, tan fuerte y rápido como pude, así como profundo. Mis testículos sonaban una y otra vez, mientras los dos nos desgañitábamos repitiendo nuestros nombres junto a palabras lascivas.

Cuando eyaculé él se contrajo por completo, pues había estado dando en su próstata una y otra vez y el chorro caliente de mi esperma logró desatar todo. Por mi parte había sentido un latigazo de placer desde los testículos subiendo por todo mi cuerpo con un placentero hormigueo, el cual llegó hasta mi nuca y miembros superiores. Los dedos de mis manos se engarrotaron más contra sus muñecas, las cuales estaban maltrechas por el agarre y las violentas arremetidas, y los de mis pies se abrieron mientras mis piernas se tensaban junto con mi vientre. Por la suya pude ver como los dedos de sus manos y pies se cerraron, su entrada apretó con delirio mi miembro deseando que no saliese y poder exprimir hasta la última gota, entretanto su espalda se arqueaba y sus piernas temblaban.


De esto hace unos días y aún se avergüenza cuando le susurro cosas sucias. Me ha prometido que no le diga a Armand que finalmente siguió alguno de sus consejos. Hoy le he pedido que vuelva a hacerlo, pero sólo ha huido encerrándose en la capilla. Tal vez tenga que ir allí y hacer que rece por sus pecados de una forma poco convencional.  

viernes, 26 de mayo de 2017

Él, él, él...

Estaba allí mirándome fijamente como si el mundo mismo se acabase en su mirada, en el borde de su alma, en la sensación extraña que me transmitía esa sabiduría perversa y esa esperanza marchita en el lacrimal salvaje de sus ojos. Me perdí por un segundo en los prados verdes, en esos diamantes extraños, mientras él simplemente guardaba silencio. Era un silencio tan angustioso que mi corazón se delató. Bombeó fuerte, salvaje, impertinente...

Mis amores siempre han sido dramáticos. Jamás han tenido un matiz de felicidad tan delicada como la que viví junto a él. No obstante, no dejaba de ser tortuoso y horrible. Retuve a Louis a mi lado gracias a Claudia, pero siempre intenté creer que me amaba tanto como yo lo amaba a él. Un amor puro e insatisfactorio a la vez.

Quería que dijese algo, pero no me atrevía a preguntar. Sólo permitía que me mirara. Sus ojos me seguían allí donde iba y no podía refugiarme siquiera mirando hacia otro lado. Al otro extremo de los muros de esa sala se hallaba un barrio que conocíamos bien. Habíamos deambulado mil veces por sus calles en compañía de Claudia, pero de eso hacía demasiado tiempo. Las paredes que caían sobre nosotros como aves de rapiña eran las mismas que una vez fueron nuestro hogar, cálido y apetecible, y que ahora estábamos reformando por mera nostalgia.

—Habla—dije acongojado.

—Has vivido algo horrible, pero siento que no puedo permitir que me perdones...

¿Yo a él? ¿Perdonarle? Tal vez no me ayudó cuando más lo necesité, pero me advirtió. Él intento que comprendiera lo estúpido que estaba siendo. No podía condenarlo por ello. Era un buen hombre y yo un imbécil. Cerré los ojos y apreté los puños para hacer acopio de todas mis fuerzas. Deseaba abrazarlo y llenar su rostro con mis besos. Incluso le quería arrebatar las prendas a jirones para poderlo desnudar y lograr sentir de ese modo su piel contra la mía.

—Oh, Louis...—suspiré—. Te pedí consejo y me burlé de ti. Estabas en tu derecho—dije abriendo los ojos para acercarme a él y retenerlo entre mis brazos—. Louis...

—Siento que quieres volver al pasado tanto como yo, pero ya no somos los mismos. No lo somos. Esto va a ser un rotundo fracaso—confesó echándose a llorar mientras se aferraba a mí.


¡Cuánto odiaba y amaba que llorara! Eran sentimientos contradictorios. Unos sentimientos que lograron que lo besara y le dijera que era mi gran amor. Un amor perverso y persistente que jamás me abandonaría. En estos momentos lo veo tranquilo leyendo un libro de poemas. De esa escena hace más de veinte años. Hemos vuelto, nos hemos separado y regresado de nuevo. Siempre volvemos porque no somos capaces de vivir lejos el uno del otro a pesar de las disputas.

domingo, 23 de abril de 2017

Debí confiar más en ti.

Louis lo admite. Tarde, pero no importa.

Lestat de Lioncourt 


Habíamos vuelto a discutir sin remedio. Era algo que hacíamos desde la primera noche. Nuestro camino se había convertido en una tortura de principio a fin, pero a la vez no podíamos estar demasiado lejos el uno del otro. Admito que siempre he tenido gran parte de culpa, pues he exigido verdades demasiado profundas e imposibles de aceptar como tales. Cuando él me decía algo, por mínimo que fuese, de inmediato creía que sólo se burlaba de mí. No importaba si así fuese o no, pues yo todo lo tomaba como un ataque. Soy un maldito imbécil y un arrogante que se creía superior por su dinero, sus tierras, su cultura y su educación. Desconocía por completo que él había venido a mí por amor.

Un día, por mera casualidad, descubrí que provenía de la misma ciudad en la cual yo había nacido. Aquello hizo que mi corazón bombeara desbocado, pero de inmediato creí que sólo era una coincidencia y más tarde que probablemente había jugado conmigo para burlarse comprobando mi desmesurada reacción. Siempre creí que su forma de comportarse tosca era debido a formar parte del populacho, pues jamás pensé que era un noble. Nunca hubiese imaginado que los nobles comían con sus animales en la mesa, que incluso peleaban con ellos por un trozo de carne y que eran capaces de poner sus botas llenas de barro sobre el mantel. Él me desmintió todo y rompió cada uno de mis mitos.

Esa noche, en la cual habíamos vuelto a discutir como siempre, había salido a la luz la muerte de mi hermano. Él se enfureció. Decía que no dejaba descansar a los muertos y por ello pagaría un alto precio. No entendía el motivo por cual lo decía. Ahora sé que era porque aunque él no podía comunicarse con ellos, ni verlos, sí era capaz de sentirlos. Por aquella época sólo poda apreciar la perturbación en el ambiente. Él había supuesto que allí estaba mi hermano observándonos, llamándonos demonios o satanistas, cuando él había huido de una secta tan peligrosa como la propia religión cristiana.

Fue la misma noche en la cual provoqué un terrible incendio. Habíamos tenido distintas discusiones y ya no pude más. Creía que amaba más la mansión, mis tierras, la vajilla misma o las cómodas camas, donde incluso su padre había yacido, que yo. No pude soportarlo. Fue por celos. Admito que fueron unos celos terribles. Las llamas me hicieron sentirme bendecido y sus lágrimas ante la tragedia fortalecido, pero entonces me miró serio y tomó el sendero para marcharse de allí algunas horas. Pasado el peligro, y ya en Nueva Orleans, desapareció algunos días.

A la tercera noche apareció con una sonrisa triunfante. Yo aún seguía negándome a consumir humanos, pues creía que era algo horrible. No podía arrancarle los sueños, la ilusión, la fe y todo lo que somos, o al menos todo lo que somos cuando somos aún mortales, a otro ser. Imposible. Pero él había encontrado a dos prostitutas y las devoró sin vergüenza ni dolor frente a mí. Disfrutó coqueteando, pasando su lengua por sus senos empolvados, aspirando el aroma de estos y dejándose agasajar la entrepierna. Todo aquello frente a mis narices.

Los celos de nuevo me consumían. Pude haberlas ayudado, por supuesto. Tal vez incluso pude detenerlo y echarlo fuera de la sala. Sin embargo, me quedé allí observando todo esperando que se pudrieran en el infierno. Jamás lo he confesado tan a viva voz. Quizá no podía, pero creo que simplemente no deseaba que él supiera lo mucho que lo amaba, lo envenenada que tenía mi alma por la necesidad de ser el único y tampoco lo asumía. Supongo que tampoco era capaz de asumir mi homosexualidad. Nunca fui capaz hasta que regresó tras deshacerse de los cuerpos.

—¡Por qué lo has hecho!—dije abruptamente nada más escuchar sus pasos por el pasillo.

—Porque puedo, porque quería, porque lo deseaba y porque soy malo. ¿Acaso no soy el diablo, Louis?—preguntó rebasando el marco de la puerta del salón del apartamento que habíamos alquilado.

—No puedo más...—murmuré con la voz quebrada.

—Dilo, Louis. Di que soy el diablo, di que soy cruel. Dilo, pues me hace sentir bueno—decía aproximándose a mí con esos hermosos ojos profundos de zafiro.

—Déjame... ¡Ten respeto!—grité dando unos pasos hacia atrás.

—¿Respeto a qué? ¿A Dios o a tus malditos celos de sodomita reprimido?—aquellas palabras me hicieron abrir la boca de par en par, así como mirarlo absolutamente atónito—. El día que asumas que me amas, que me codicias tanto como a la sangre, no estaré a tu lado. Me habré ido cansado y arrepentido por haberte creado.

—¡Sabes que no es así!—dije desesperado.


—¿Qué no es así? ¿Tu amor por mí? Puedo verlo y sentirlo—susurró antes de moverse demasiado rápido para atraparme entre sus brazos y besarme. Hizo que me temblaran las piernas y que mi corazón latiese desbocado. Realmente lo amaba. Esa noche lo asumí. Asumí todo.  

martes, 14 de febrero de 2017

Placeres y verdades

Supongo que todos tenemos nuestros límites de errores frente a quienes amamos. Las personas se cansan rápido de soportar problemas ajenos, golpes al ego o promesas rotas. Por mi parte, nunca ha existido límite con Louis y creo firmemente que tampoco existe límite en sus sentimientos. Nos hemos perdonado demasiadas cosas, algunas que son imposibles de siquiera imaginar. No sé como puede amarme teniendo en cuenta que fui, soy y seré su verdugo. Até su cuerpo, así como su alma, a esta tierra baldía llena de infectos sentimientos.

Siempre que estoy lejos de él percibo mejor su belleza, la emotividad de sus gestos, el tono suave, casi aterciopelado, de su voz y las maneras extrañas que tiene de demostrar que me ama. Por eso tal vez creo que magnifico el cúmulo de sensaciones, emociones y milagros que él proyecta sobre mí. Sin embargo, quedo boquiabierto cuando logro sostenerlo entre mis brazos. Jamás me he considerado un alma mutilada, esperando su alma gemela, pero cuando él está a mi lado me siento dichoso y especial. Entonces sé que no he magnificado nada, sino que me he quitado la venda y he visto la auténtica verdad que yace en nuestra relación.

Hace unas noches apareció en mi castillo. Habíamos discutido semanas atrás y él se había marchado. Tomó unos cuantos enseres, los guardó en un pequeño maletín de cuero, y se fue. Dejó atrás algunos libros, diversos objetos que le recordaban a su vida mortal y un par de chaquetas. A eso se redujo la discusión que ambos habíamos tenido por Claudia. Siempre era Claudia. Él decía que creía firmemente que aquel fantasma, que le atacó y doblegó, era nuestra hija. Por otro lado, yo seguía pensando que podía ser cualquiera usurpando su nombre, su aspecto y sus sentimientos. Si bien, regresó, tal y como he dicho.

Apareció una noche pluviosa y poco agradable. La tormenta había comenzado sobre las cinco y media de la tarde, pero se había extendido hasta bien entrada la madrugada. Los campos ya no podían absorber tanta lluvia y se mostraba anegado, asemejándose a un lago enorme. Estaba preocupado por la vid que ya estaba empezando a prepararse para dar frutos en unos meses, pero más me perturbó escuchar su corazón, sus pasos hacia la puerta y observar si figura empapada frente a mí.

Hacía frío, un frío terrible, pero sólo tenía una camisa de chorreras y unos simples jeans. Ni siquiera tenía zapatos. Estaba calado hasta los huesos. Los vampiros podemos sentir las inclemencias del tiempo tan o más intensas que un humano convencional. Por eso me lancé hacia él tomándolo entre mis manos, llevándolo raudo hasta la chimenea que estaba a un costado de mi sillón favorito y lo dejé allí sentado aguardando que dijese algo.

—¿Qué haces aquí?—pregunté apartando un mechón de su cabello que cubría su rostro.

—Amel me dijo que me echabas de menos...—murmuró—. ¿Es cierto?—cerró los puños y agachó la mirada—. Dímelo.

—Claro que es cierto. Siempre te echo de menos cuando no estás a mi lado, e incluso a veces lo hago estando a tan sólo unos pasos de ti. Te hundes en los libros de esta biblioteca o en el dolor, en ese dolor que aún se clava profundamente en tu corazón, y yo padezco esa sensación horrible de no poder aproximarme a ti, enterrarme en tu alma y lograr salvar así al hombre que siempre he amado—confesé asiéndolo de los brazos por encima de ambos codos.

Rompió a llorar.

Me acerqué un poco más, lo rodeé con mis brazos, deslizándolos por aquellas prendas húmedas y, hundí rápidamente mi rostro en su cuello como si fuese a moderlo. Pude apreciar que su alma se abría a mí, pues su llanto se volvió aún más amargo. Entonces decidí comenzar a desnudarlo, pues noté que estaba helado y parecía no entrar en calor. Además, creí estúpidamente que acariciando su piel, deslizando mis dedos por su torso y vientre, podría hacerle olvidar nuestra la distancia de estos días.

Al tenerlo frente a mí, desnudo como su madre lo trajo a este insano mundo, provocó que me quedara paralizado y traspuesto por la belleza exquisita que poseía. Pude escuchar entonces a Amel reír bajo, de forma encantadora, mientras susurraba que había hecho traer con Louis algo que nos serviría para ser aún más dichosos. Exigió que mirara en sus pantalones, los cuales había tirado al suelo muy cerca del crepitar de las llamas de la chimena.

Raudo tomé la prenda y busqué. Él se sonrojó y miró hacia otro lado bastante nervioso. Pues saqué un pequeño paquete del bolsillo derecho de este. Era un estuche donde se hallaban dos pipetas de de la nueva y potente fórmula de testosterona, la cual nos permitiría tener sexo como humanos comunes y corrientes. Tomé una y se la entregué provocando que se viese más nervioso, torpe y hermoso que nunca. Por mi parte abrí la mía, la bebí y aguardé que él hiciese lo mismo.

Me sentí fascinado y excitado de inmediato. Cuando me disponía a besarlo él lo hizo. Se lanzó a mis brazos y logró que ambos cayésemos frente al fuego. Sus glúteos se colocaron sobre mis caderas, mi espalda quedó completamente pegada al suelo y mis manos se posicionaron en su cintura. Louis tenía unos glúteos redondos, alzados, y suaves que se veían acentuados gracias a sus caderas algo anchas y su cintura ligeramente femenina. Sus muslos parecían cincelados por Miguel Ángel y su vientre absolutamente plano. Tenía el cuerpo de un hombre algo más joven de la edad en la cual paré su envejecimiento. Por mi parte, aunque era más delgado y menos musculado que mi hijo, tenía un aspecto más feroz cuando me desnudaba.

Mi miembro se vio agasajado por el roce de aquel cuerpo de adonis. Louis comenzó a desnudarme sin dejar de moverse como una serpiente gracias a las notas de un faquir. Mis labios se abrieron deslizando la lengua por mis dientes, apreciando mis crecidos colmillos, para luego palpar la comisura diestra de mi boca. Él se inclinó hundiendo su rostro en mi torso, besando cada pedazo de este, para acabar mordiendo uno de mis pezones. Sus manos acariciaban mis costados, pero acabaron siendo garras que arañaban encajándose en mis costillas y caderas. Aquello me revolucionó.

Hice un gesto drástico y lo tiré al suelo, mientras me incorporaba y retrocedía un paso para apreciar mejor su imagen. Él jadeó y yo reí tomando mi virilidad por la base, acariciando ligeramente mis testículos, para incitarlo. Louis gateó como un niño pequeño hacia mí, pero con los ojos lima de un gato peligroso. Entonces apretó suavemente mi glande entre sus labios y comenzó a juguetear con su lengua en el meato. Eché la cabeza hacia atrás, permitiendo que mi rubia y ensortijada cabellera rozara el aire. Su boca entonces se convirtió en una especie de conducto cálido, estrecho y húmedo que finalmente engulló con apetito mi miembro. Mis manos se pusieron entorno a su cabeza y comencé a mover mis caderas con brío. Las suyas acariciaban su torso desnudo, jugaban con sus caderas y comenzaban a pellizcar su glande. Sabía que estaba conteniéndose para que yo pudiese convertirme en una fiera. La misma fiera que acabó apartándolo, tirándolo contra el suelo, alzando su cadera y penetrándolo de una vez.

Un grito de dolor se unió a un trueno y un relámpago, los cuales no tuvieron más que segundos de diferencia. La habitación se iluminó por completo y la luz se fue. Sólo quedaba la chimenea que parecía cada vez más avivada. El sonido de mis testículos contra su trasero era cada vez más atroz, igual que el ritmo que llevaba mis caderas. Él abría mejor sus piernas, pegaba su torso al suelo y su rostro estaba girado hacia la derecha. Tenía el cabello algo enmarañado, pero eso no le restaba belleza a sus facciones.

—Te amo—jadeó aferrándose a la alfombra que teníamos bajo nosotros.

Mi glande golpeaba su próstata. Conocía bien ese lugar confortable y estrecho para mi miembro. No era la primera vez que le ofrecía semejante muestra de amor y libido. Entonces, cuando ambos subimos al cielo, él alzó su cabeza y yo tiré de su cabello. Pude sentir a Amel regocijarse mientras mi simiente llenaba sus entrañas y Louis gemía como una puta cualquiera mi nombre.

—Has hecho bien, has hecho bien—murmuró—. Él desea ser tu puta más que el amante sereno que crees que es. Quiere ser el único al que trates de esa forma. Acéptalo, es el regalo más preciado que puedes hacerte.

—Calla...—susurré agotado mientras salía de su estrechez, para ver entonces el espectáculo de mi semen corriendo por sus piernas y goteando junto a los restos del suyo.

Me senté en el suelo, con las piernas ligeramente abiertas y flexionadas, intentando recuperar la cordura. Sin embargo, Louis se giró y buscó hueco entre mis brazos, para pegarse a mi torso y rodearme con los suyos.

—Te amo, Louis—susurré llevando mis manos a su rostro, apartando cualquier mechón que me impidiese ver su mirada cansada y su sonrisa bucólica—. Te amo. Me casaré contigo si eso te hace feliz.

—Dirás que renovarás conmigo los votos frente a todos, en la capilla de tu castillo y convirtiéndome en tu esposo... porque yo me siento tuyo y tú eres mío. Nuestras almas son una—murmuró cerrando los ojos mientras apreciaba en él una calma única.


Tenía razón. Era sólo renovar los votos sagrados que nos dimos aquel día en Nueva Orleans.   



Lestat de Lioncourt 

martes, 20 de diciembre de 2016

We Wish You A Merry Christmas - Parte 1




Habían caído ya las primeras nieves. Los campos de vid estaban cubiertos y la humedad condensaba el aliento alrededor de la boca. En París, las luces navideñas acaparaban la atención sin olvidar que estábamos en “guerra”. El clima de intranquilidad era obvio, pero yo me había refugiado hacía algunas horas en mi castillo. Me sentía como los clásicos vampiros del cine de Hollywood y las viejas leyendas de Transilvania. Sólo faltaba que me acomodara cerca del fuego arropado por mi capa y con una virgen sobre mis piernas. Si bien, el estridente sonido de una guitarra eléctrica desbordaba los gruesos muros mientras algunas de las grandes bandas del rock hacían sucumbir la calma, agitando mi alma y recordándome quien era yo.

Me senté cómodamente en el sillón, tal y como había imaginado, pero mis prendas eran bastante distintas a las imaginadas. Mis botas eran las de un muchacho, los pantalones de cuero se pegaban bastante a mis piernas y tenía una correa de metal pesado que cruzaba parte de mi cintura. La chaqueta que llevaba también era de cuero, llena de correas y cierres de metal. Tenía en los brazos unas puntiagudas piezas metálicas que no pinchaban, pero daban cierto aspecto amenazador. Mi cabello estaba revuelto y algo pegado sobre mi frente debido al sudor.

—Lestat—dijo entrando en la habitación sin siquiera llamar, cosa que no era propia en él—. ¡Lestat!

Tenía los ojos llenos de amargura y parecía querer romper a llorar. Me incorporé rápidamente, fui hasta él y lo tomé entre mis brazos. Pude sentir entonces como se derrumbaba, igual que un edificio en una demolición controlada. Su llanto fue amargo y sincero. Sus manos se aferraron rápidamente a las solapas de mi chaqueta y comenzó a manchar con sus lágrimas mi cuello, mis prendas y también su flamante suéter color oliva así como su camisa blanca. Parecía una virgen doliente, de esas figuras que se colocan en los altares.

—Louis, ¿qué demonios ocurre?—pregunté, pero no tuve respuesta.

Sólo hipaba y respiraba fuertemente. El llanto cada vez iba a peor. Sentía una angustia terrible pues no sabía siquiera lo que acontecía. Era como si viese el mundo desplomarse sobre ambos sin comprender cuál fue el desencadenante de ese horror. Acabé por tomar su rostro entre mis manos, abarcando así esos hermosos rasgos, para ver su boca de labios temblorosos jadear estremecido.

—Dime, ¿qué ocurre?—intentaba mantener las formas, pero la calma se iba perdiendo—. ¡Qué ocurre!

—He tenido un sueño... que... —susurró agarrado a mí con sus hermosas manos, las cuales se bajaron del cuello de mi chaqueta hasta mi cintura—. Ella estaba en la nieve, en la nieve...

—¿Ella?—pregunté.

—Su cuerpo estaba sobre la nieve, con aquel hermoso vestido celeste que tú le encargaste a una modista parisina. Sus hermosos cabellos estaban esparcidos sobre ese terrón blanco y frío. ¡Sus ojos! ¡Dios mío! Parecían ser los de una muñeca, pues tenían el aspecto de ser de vidrio—su voz era casi un susurro, pero podía entender todo lo que balbuceaba con horror.

No dudé en abrazarlo con fuerza mientras lo llevaba hasta cerca de la chimenea. Allí, frente a las llamas, nos sentamos en la alfombra y quedamos aferrados el uno con el otro. El fuego consumía la leña entretanto tomaba el atizador y movía algunos trozos de madera. Me preguntaba el motivo por el cual las pesadillas se amontonaban en su alma, pero luego recordé que era Navidad, la época en la cual los niños se alborotan y él había estado en la ciudad.

—Louis, ¿viste a niños hoy jugar en la nieve?—pregunté mientras él aún permanecía aferrado a mí, escuchando mi corazón para calmarse.

—Sí—murmuró.

—¿Te quedaste agotado por el frío cuando llegaste al castillo? Posiblemente llegaste y no me encontraste, decidiste irte a nuestra habitación y encendiste la chimenea. Allí, en nuestra cama, tuviste ese sueño tan terrible—decía mientras acariciaba sus largos y sedosos cabellos negros—, pues viste a los niños jugar y aún extrañas esa parte de ti. Y, cuando digo parte de ti, hablo de Claudia, nuestra paternidad y años dorados.

Ella fue el nexo que nos unió, la verdad que nos transformó en una familia. Recordaba los ojos llenos de ilusión cuando le ofrecí sus primeras muñecas en los sucesivos “cumpleaños”, los hermosos y caros vestidos parisinos en fechas tan importantes como las que vivíamos, la forma en la cual la alzaba mientras recitaba poesía y Louis simplemente observaba minuciosamente ese hecho, los meses en los cuales le impuse un tutor para que aprendiera música y tocara el piano, y del mismo modo que la abrazábamos entre ambos cuando parecía cansada. La vida se volvió trágica para nosotros, los breves momentos de felicidad se convirtieron en pequeñas chispas lejanas como estrellas, y el dolor se convirtió en una amargura constante.

—Rose no la disfruté. Tenía tanto miedo que viese en mí un monstruo...—admitó— que jamás pude...

—Jamás pudiste acudir a verla a solas, pero ella se sentía feliz cuando llegabas con tus rosas tras una de sus actuaciones en el colegio. Aún recuerdo sus últimas obras como si fuera hoy mismo...—dije recordando a nuestra pequeña rosa eterna convertida en una minúscula niña, con el cabello recogido realzando su largo cuello, mientras se movía por el escenario bailando con un encantador vestido en la popular obra “El Cascanueces”.

Rose siempre fue una niña despierta, llena de vida, que poseía unas inquietudes y una imaginación dignas de un genio. Su pequeño cuerpo era un recipiente hermoso y con el paso de los años dio frutos. Era una joven hermosa, radiante, de mirada curiosa e inocente. Jamás he visto unos ojos más hermosos que ese par de océanos azules, salvo las gemas verdes que posee Louis. Su cabello azabache, cayendo sobre su piel pálida, le dan un toque de muchachita de cuento. Creo que no hay mujer en este mundo más hermosa que mi dulce Rose. Una chica comprometida con sus estudios y no con distracciones infructuosas, pero también rebelde y llena de un amor demasiado terrible a la poesía. Podría decirse que era la mezcla exacta de pasiones que Louis y yo poseíamos.

—Es una lástima—dijo apartándose un poco de mí, ya algo más calmado—. Tampoco disfrutamos de Víctor—se secaba las lágrimas mientras decía eso. Era un gesto casi infantil hacerlo con la manga de su suéter, pero ya estaba echado a perder debido a las gotas que habían caído de su rostro a la prenda.

—¿Acaso te hubiese gustado disfrutar de mi hijo?—pregunté asombrado.

—Es tu hijo, es parte de ti, así que sería parte de mí—se giró por completo hacia mí, subiéndose sobre mis piernas y arrancándome el hierro de la mano, para colocarla sobre su estrecha cintura, y entonces me besó con ternura en los labios—. Sigues siendo mi Dios y mi Satanás. Sigues siendo principio y fin. Sigues siendo la vida y la muerte conociéndose al fin eternamente, con una sonrisa en los labios y un guiño descarado. Puede que parezcas a veces desconsiderado, despistado o simplemente te olvides por completo de mí. Persigues quimeras, corres por este mundo aunando sueños y esperanzas, para luego regresar—sus dedos se habían puesto sobre mi rostro y jugaban como pequeñas patas de araña sobre mis rasgos—. Eres el Príncipe de los Vampiros, el más caprichoso y valiente de todos ellos.


—Regreso porque sé que estás ahí aguardándome como Penélope a Ulises—respondí hundiendo mi rostro en su cuello.  

lunes, 17 de octubre de 2016

Robo

Gracias por llamarme imbécil, cariño.

Lestat de Lioncourt 



Nunca pensé que fuese tan lejos. Jamás creí que lo intentaría. Sin embargo, lo hizo. Se olvidó de los peligros, de mis reproches, de todos los sentimientos y el dolor que habíamos vivido. Decidió cambiar de cuerpo, perdiendo así todo. No sólo perdió sus poderes, y la posibilidad de inmortalidad, sino también su dinero y el rostro que tanto amaba.

Cuando lo vi ante mí, con esos ojos negros y esa piel oscura, temblé de pies a cabeza. Pensé que un mortal, posiblemente curioso debido a su participación en Talamasca o sus deseos de comprobar por sí mismo si había algo de valor, apareció en mi casucha casi derruida, sin luz ni comodidades, atestada de libros, arte y recuerdos. No obstante nada más escuchar mi nombre me escandalicé, mi bota aplastaba su cabeza y sus lágrimas no tardaron en aparecer.

Había jurado amor eterno a ese maldito estúpido. Juré que le amaba mirándolo a esos ojos encendidos de locura por un deseo, una necesidad que él no tenía que cubrir, y sólo por poner en curso una estratagema de un ladrón. Nos habían robado algo más que dinero, joyas, propiedades y poderes. Habían destruido un vínculo entre ambos. Sentí que debía dejarlo ir, que retenerlo sería obligarlo a soportar mis reproches, y por eso le pedí que se fuese. Lo eché.

Algo en mí me gritaba, al igual que a Pinocho le alentaba aquel minúsculo y enclenque grillo, que él lograría recuperarlo. No había ser en este mundo más tozudo. Si había decidido ser humano viviría como tal, pero alcanzaría a quien le había despojado de su identidad. Si bien no pensé que se vengara de mí, puesto que siempre se había comportado condescendiente. Fue toda una sorpresa ver arder mi refugio.


Actualmente he visto a muchos jóvenes caer en las mismas trampas, aunque no para perder el cuerpo. Muchos han perdido su identidad, quienes son realmente, siguiendo algunas modas o un servicio de aplicación móvil. Ilusos siempre habrá, al igual que estafadores.  

martes, 20 de septiembre de 2016

Amor desde el primer momento

No sé qué sentí cuando te vi por primera vez. Creo que me dio un vuelco en el corazón y mis manos se aferraron firmemente en la barandilla donde estaba situado. Había llegado al hostal hacía tan sólo unas semanas en busca de soportar la muerte, su corto y sufrido recorrido, junto a mi padre. El yacía en la habitación contigua tosiendo, sintiéndose morir sin morirse, por el contrario yo parecía gozar de una buena salud, posición y grandes deseos que no lograba sofocar. Quería alejarme de él, de su hedor de moribundo y sus palabras victimista sobre el amor, el respeto y la necesidad que tenía hacia mí.

Había surcado los mares para vivir una gran aventura, recorrí ciudades que hoy en día están prácticamente desaparecidas. Incluso estuve en Londres antes del gran incendio que arrasó distritos completos, dejando humeante y destruida aquella hermosa vista desde el río. Caminé por el desierto, lloré frente a una lápida sin cuerpo y tuve que decir adiós a mi madre. Ella quiso recorrer mundo a solas. Yo, por el contrario, no sé vivir en soledad; y, mucho menos, soportar el dolor de la pérdida de un ser amado.

Cuando nos encontramos tú habías perdido a tu hermano, el cual significaba demasiado para ti, y yo había perdido a Nicolas. Ambos sufríamos ciertos remordimientos que latían como mariposas oscuras sobre nuestras almas. Por eso, cuando te vi, sentí que te necesitaba. Supe que eras el idóneo. Vi en tus verdes esmeraldas la tortura de una vida insatisfactoria. Comprendí que debía tomarte entre mis brazos y ofrecerte la vida eterna. Tú la merecías más que nadie en esta ciudad. Tenía que mostrarte la belleza ecléctica de la noche.

Bajé de inmediato, dejando a mi padre solo, y recorrí las calles detrás de tu espalda algo estrecha, de figura esbelta y elegantes pisadas. Podía ver en ti la hermosura de París, lo bohemio, de tantos y tantos poetas frustrados y músicos malditos. Aspiré tu filosofía decadente y amé esos labios ligeramente fruncidos. Quería besar tus mejillas y colar mi nariz entre tus oscuros cabellos. Sí, quería. Deseaba tocar esa maraña ondulada que caía elegantemente sobre tu espalda. Te imaginé desnudo, recostado en mi cama como un maravilloso premio de esta vida, y sentí escalofríos.

Siempre supuse que te convertí porque en tus ojos vi el dolor de Nicolas, al cual no logré salvar, pero admito que también estaba enamorado de todas tus restantes virtudes. Esa melancolía eterna me hacía suspirar e imaginaba que lograba colocar una sonrisa en tu boca. Sí, lo imaginaba, Louis.


Por eso, amor mío, nunca voy a cansarme de ti porque te he amado desde el primer momento.


Lestat de Lioncourt   

domingo, 3 de julio de 2016

Indiferencia

Daniel Molloy contraataca a los insultos que hemos recibido estos meses. ¡Disfruten!

Lestat de Lioncourt 


Cuando la cristiandad tomó control del mundo, en concreto la oscurecida y derrumbada Europa, logró cambiar las costumbres amatorias de todos los que hasta ese momento tenían encuentros libremente y sin control de los acólitos de un Dios que penalizara cada beso, caricia, mirada... Las tinieblas religiosas no sólo evitaron el desarrollo de la tecnología sino que también destruyó poco a poco las libertades que muchos creían justas.

Su Mesías, el mil veces mencionado Jesús de Nazaret, predicaba que el amor era lo más importante. Decía que había que amar al prójimo como a uno mismo. No le importó ir con ladrones, prostitutas y desarrapados. Era un revolucionario lleno de un espíritu crítico contra los poderosos de aquellos tiempos. Él expulsó de los templos a quienes vendían cosas en nombre de Dios, pero sus acólitos comercian hoy en día con imágenes sagradas que no deberían existir. Los cristianos se ha olvidado que Dios no debe ser representado, pero aún así lo hacen sin control. Aunque sí mantienen el control contra cualquier forma de amar distinta a la heterosexual y la transexualidad demostrando que sus crímenes, contra niños y mujeres, son menores comparados con los que otros adultos mantienen con personas libres, iguales y adultas porque es pecado.

Desde hace varias décadas conocemos profundamente la relación de Lestat y Louis. Todos sabemos que se aman. Louis incluso lo ha llegado a llamar su propio Dios. Lestat amó a Nicolas, un viejo compañero de la infancia convertido en amigo y amante primero en Auvernia y luego en París, hasta el último latido que este ofreció al mundo. Nuestro príncipe quedó abatido durante algún tiempo y lloró amargamente la muerte de quien amó a pesar que la relación ya no era la misma. La muerte de Nicolas marcó un antes y un después. Cuando Louis apareció en su vida él decidió salvarlo como no pudo hacer con su amante violinista. Quedó conmovido por el dolor y la tragedia que le envolvían a esos ojos cínicos que derramaban lágrimas por su hermano menor fallecido. Atrapó a Louis como si fuese un madero en mitad del océano y comenzó a amarlo tan profundamente que se convirtió en una obsesión a lo largo de los siglos. Louis también lo amó. ¿Quién no podría amar a alguien que le dio un motivo para vivir? No fue la eternidad sino una niña eterna a la cual amó más que a él mismo. Actualmente han vivido separados algunos años pero siempre han regresado. Hoy en día están más unidos que nunca.

Sin embargo aunque todos conocemos bien la historia no falta el “iluminado” que insulta, agrede y desprecia los momentos románticos de Lestat y Louis. Siempre habrá alguien que no ha leído los libros y asume que la dichosa, por no decir horriblemente patética, película “La Reina de los Condenados” es referente de la sexualidad del vampiro Lestat. La bisexualidad asumida por Lestat desde su juventud se relata a lo largo de todos los libros pero queda bien señalada en su biografía y en “El Ladrón de Cuerpos” así como queda evidencias que Louis era ligeramente, por no decir absolutamente homosexual, en “Entrevista con el Vampiro” debido a su edad y nula disposición a casarse. Su madre, la de Louis, decidió incluso que su hermano pequeño, Paul Pointe du Lac, se debía casar porque Louis no lo haría jamás. ¿Debo recordar al público asistente quien era el heredero a las tierras y lo que necesitaba para que la herencia no se perdiera? ¿Recuerdo que las mujeres, como la hermana de Louis, no heredaban más que un ajuar y poco más?

Así que animo a reflexionar a todos esos inútiles, desdeñosos, cobardes, hipócritas y mediocres que abran su mente y dejen de insultar al resto. Debería ser más elegante pero me cuesta con personas que tienen una fobia tan grande hacia otras personas por el mero hecho de ser homosexuales, bisexuales o transexuales.



martes, 10 de mayo de 2016

"Matrimonio"

—¿Dónde has estado?—preguntó incorporándose del sofá.

Había decidido viajar con él a Brasil nuevamente. Quería conocer de primera mano lo que había sucedido en sus calles, pero también deseaba contemplar los frescos que había realizado Marius durante algunos años. Necesitaba contemplar el dolor y la reconstrucción gracias a la labor de los jóvenes que habían regresado al lugar que creían su hogar, aunque muchos de ellos eran extranjeros e incluso de culturas muy diferentes.

Durante varias horas me había mezclado con la cultura local en los mercados nocturnos donde se vendía de todo. Los barrios más lujosos tenían aún las tiendas abiertas cuando inicié mi recorrido, pero me interesaba las zonas más humildes donde muchos vampiros se refugiaban buscando a los criminales más buscados porque era fácil deshacerse de sus cuerpos. Nadie preguntaría por ellos, los buscaría o lloraría. También porque en esas zonas, algo alejadas de los grandes bullicios turísticos, había estado pintando Marius en las viviendas abandonadas por riesgo de derrumbe o porque eran fumaderos de crack para los drogadictos habituales.

Me marché sin decir nada. Louis creyó que tardaría como mucho un par de horas, pero había sido casi la noche completa. Conversé con varios muchachos de tan sólo unas décadas y me pidieron autógrafos como si fuese nuevamente una estrella del rock. Me reí al escuchar aventuras que ni yo mismo había vivido, pero que ellos creían que eran reales y que otros le habían dicho que yo había contado. Fue bastante agradable descubrir que alguna de las pinturas de Marius persistían y no habían sido mancilladas por la acción de otro artista.

—He visitado algunas zonas que habían sido destruidas por Khayman y sendas revueltas—respondí sacándome la guayabera que había comprado nada más llegar. Era de lino y bastante fresca. Un clima tropical como el brasileño siempre me fatigaba.

—¿Por qué no he ido contigo? No me has avisado—dijo clavando sus esmeraldas en mí con una rabia indescriptible.

—Porque nunca has deseado verme cazar y tú jamás me has esperado. Pensé que...—murmuré.

—¡Pero ahora es distinto! Ya no es igual...—se acercó a mí rodeándome el cuello dejando que sus brazos se apoyaran en mis trapecios—. Tengo miedo que algo malo ocurra.

—¿Qué puede pasar? Amel está de mi parte. Tanto él como yo hemos estado observando como se está reconstruyendo algunos grupos de vampiros. Hemos entregado una guía para no levantar sospechas creada por Gregory y Armand, así como un paquete de normas básicas elaborado por Marius—expliqué—. No hay nada malo.

Tenerlo de ese modo me preocupaba. Posiblemente había asumido ya sus pecados, sus mentiras y el profundo cambio en las relaciones que ahora teníamos. Ya no éramos considerados monstruos alejados de la sociedad, introducidos en un mundo de horrores indescriptibles sin vuelta atrás, y comprendíamos al fin que podíamos ser tan humanos como cualquier mortal. Sin embargo, él seguía siendo el más humano de todos en muchos aspectos y temblaba bajo el simple roce de mi cuerpo contra el suyo.

—Quiero casarme—dijo.

No esperaba esas palabras tan sinceras y directas. No había buscado una frase sutil que me hiciese pensar en el matrimonio o no había explicado brevemente su deseo. Simplemente lanzó el dardo dejándome sin saber qué responder.

—Deseo casarme—repitió de forma distinta por si no le había prestado atención.

—Louis, me enamoré de ti nada más verte. Supe que comprometía mi alma, mi tiempo, mi historia y todo lo que era y sería por la belleza que poseían, y que aún poseen, tus ojos verdes. Estos ojos que son terriblemente sinceros y dramáticos, los cuales expresan mil veces más que tus labios que a veces ocultan la verdad con una sutileza propia de un gato. Te has convertido en lo más importante en mi vida, en una piedra que siempre está en mi camino para que tropiece mil veces, y en lo único que pienso cuando siento que mi vida peligra. Temo morir sin volverte a ver. Siempre he temido no tenerte a mi lado o no poder ir a buscarte para que calmes mis demonios. Porque tú, rey de todos los demonios de este mundo, eres el único que logra alejar los infiernos de la soledad, el miedo y la desesperanza. No dependo de ti, como tú tampoco dependes de mí, pero no sabría imaginar un mundo en el que tú no estuvieras. Dices que si hubiese un Dios yo lo sería, del mismo modo que sería el único demonio al que rendirías culto. Pero, ¿no eres eso tú para mí? No puedes imaginarte cuánto te amo y te necesito, pero creo que una boda es innecesaria—respondí provocando una mezcla de sentimientos que terminaron siendo expresados con un llanto silencioso.

Hice que llorara de felicidad y tristeza. Él estaba seguro que aceptaría una boda. Pero, ¿para qué? Le brindaba mi compañía y asumí que eso era lo único importante. Un matrimonio es algo más que una firma en un papel y eso ya lo teníamos. Incluso discutíamos como tal sin necesidad de una ceremonia llena de esperpéntica simbología sobre el amor. El matrimonio no estaba hecho para mí ni para él.

—Eso es un no—dijo apartándose de mí de inmediato.

—Louis... —susurré—. ¿No somos un matrimonio? Piénsalo. Hicimos nuestros votos matrimoniales hace siglos—dije notando que se daba la vuelta para encaminarse a la puerta. No iba a permitir que se encerrada en el dormitorio de ese hotel. No iba a asumir mi derrota—. Detente—mascullé con cierta furia agarrándolo de los brazos por encima de los codos—. ¿Acaso no ves cuánto te amo?

—Sólo veo que no quieres hacer algo que me hace feliz.

—Louis, por el amor de Dios, he jurado ahora mismo estar a tu lado eternamente. ¿Qué más da unos malditos votos?—pregunté apretando suavemente sus brazos con mis dedos.

—No lo sé... —dijo rompiendo a llorar.

—¡Maldita sea! ¡No llores!—gruñí agitándolo suavemente—. ¡Quieres dejar de hacerlo!

—Siento que no soy tan importante porque le has jurado amor a tantos... ¿cuántos han sido en las últimas décadas?—preguntó dejándome mudo.

Era cierto que era renuente en mí decir “Te amo” con cierta facilidad, pero era porque el amor lo veía como algo importante en mi vida. Deseaba sentir el amor y el respeto de cientos, pero había distintos tipos de amor y el suyo era el único. Podía amar a muchos amigos humanos que desconocían quien era yo realmente, a compañeros inmortales, a creaciones que había realizado con suma pasión y necesidad, pero nadie podía comprarse con él. Louis era mi corazón. Mis latidos eran suyos.

—Quiero ser especial—susurró con la voz quebrada.

—Ya lo eres—respondí llevando mis manos a sus mejillas para limpiarlas.

—No me siento especial. Creo que un día te cansarás de discutir conmigo y huirás de mi lado—se aferró entonces a mis brazos desnudos buscando quizá refugio—. Temo que nos convirtamos en Marius y Pandora.

—¿Por qué crees eso? Louis, por favor...—susurré esperando una respuesta, pero él sólo se aferró a mí—Louis... dime...—dije abarcándolo con mis brazos mientras sentía sus lágrimas salpicar mi torso.

—Veo a Rose y Viktor tan cercanos, con ideas de formar algo más que un camino juntos, y siento una envidia asombrosa hacia ellos. Quisiera volver atrás en el tiempo y disfrutar de nuestros primeros años con todo lo que conocemos ahora. Podría asumir los riesgos de una forma menos caprichosa y dramática, aprendería más de ti y de tu fortaleza, no te juzgaría como lo hice y sobre todo, al menos eso creo, sería más feliz—suspiré escuchando esas palabras tan estúpidas pero a la vez importantes. Me estaba abriendo su corazón como no hacía en mucho tiempo, pero se equivocaba.

—Louis, ¿cuántas veces he ido a por ti? ¿Cuántas veces te he buscado y dado todos tus caprichos, cubierto tus necesidades y asumido el riesgo de tus celos?—mis manos acariciaban sus largos cabellos negros enredándose momentáneamente entre sus ondulas—. ¿Cuántas veces te he dicho te amo sin necesidad que tú lo dijeras primero? ¿Acaso no eres mi corazón?

—Pero te he hecho daño... te he juzgado... —dijo.

—Ah... ¿y yo no? Nadie es perfecto, Louis. Todos cometemos errores, pero los errores que hemos cometido juntos los desearía cometer mil veces porque eso nos ha fortalecido y ha hecho que comprendamos que no somos perfectos—tomé su rostro entre mis manos le miré a los ojos perdiéndome en ellos, ahogándome en esos prados tan salvajes y profundos, para luego sonreír como el idiota que soy—. Si quieres en un futuro podría planteármelo, pero ahora lo veo tan absurdo... Hay cosas más importantes que una boda que no necesitamos. El amor no se define por un papel, por un anillo... si quieres puedo comprarte un anillo de matrimonio y colocarlo en tu dedo, para que luego tú hagas lo mismo con uno similar. Puedo hacerlo. Necesitamos papel porque lo nuestro es un matrimonio desde que yo acepté que te amaba con toda mi alma.

—En el cajón primero de mi mesilla de noche hay dos anillos de boda...

—¡Louis!—dije entre carcajadas.


Desde aquel día llevo ese dichoso anillo de aspecto simple aunque en su interior tiene nuestras iniciales y el año en el cual lo transformé en lo que somos. Asumo que para para ambos ha sido un alivio. Él ha tenido algo similar a lo que quería y yo he dejado de escuchar sus quejas al respecto. De momento me he librado de algo tan tedioso como la palabra “matrimonio”.  


Lestat de Lioncourt 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt