Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 27 de enero de 2012

El caso - New York, New York - Capitulo 1 - Parte 3





Empecé a reír a carcajadas, igual que si hubiera perdido por completo el juicio, pero estaba cuerdo. Era gracioso que dijera aquello, tenía su punto trágico y cómico, no sabía que era tener un amigo y sin embargo hablaba como si me hubieran decepcionado cientos de ellos. Aunque teniendo en cuenta que la humanidad no me agradaba, ni yo a ella, era de suponerse que mis amigos fueran escasos, por no decir que carecía de ellos con todas las de la ley.

Fumé con ansias aquel último cigarrillo, de igual modo que un condenado a muerte saborea su última comida. En la punta de mi lengua tenía tantas palabras por decir, pero a nadie a quién contárselas. Estaba solo, desechado en un mundo donde lo poco que valíamos eran nuestros recuerdos y el precio que le pondríamos si quisiéramos venderlos. Yo no tenía nada, ni valor siquiera como desperdicio. Era basura, la basura no suele ir muy lejos.

En mi mente había una fecha, una hora y un nombre. Era la cita del médico, tendría que verlo al día siguiente a primera hora. Mi estado actual era mental, supuestamente había sufrido un shock traumático. El hecho era que si no caminaba era porque mi mente no reaccionaba, puesto que mis piernas seguían siendo sensibles. Sin embargo, me negaba a reconocer que eso fuera de ese modo. Deseaba poder moverme, así como recordar, pero el golpe había dejado mi cerebro hecho papilla. Aún me dolía el cuerpo, después de tantos meses, como si los puños volvieran a sacudirme en medio de aquella penumbra.

Algunos días, no todos, pensaba que quizás no debería recordar toda la mierda de mi pasado, la misma que me esperaba asechando en los rincones de cada esquina. Estaba seguro que fuera quien fuese que me había intentado matar lo volvería a intentar, pasado un tiempo prudencial. Tal vez, no lo habían hecho porque estaba impedido y tan vacío como una caja de embalaje. No tenía nada, sólo trozos de vida que se quedaba en papel mojado.

Me recosté en la cama, tan revuelta como mis sentimientos patéticos y miserables, para mirar el techo cargado de humedad y leves grietas. Me sentía afortunado, porque al menos yo tenía un techo al que escrutar y otros no llegaban a tener cartones. Si no me recuperaba pronto y encontraba algún trabajo, por bajo que fuera, me quedaría sin dinero y sin él no podría pagar la pocilga que llamaba dulce hogar.

En mi mundo no había luz, ni esperanza, sólo sufrimiento y desánimo. Únicamente poseía un deseo y era recuperar al menos la imagen del cabrón que me había enviado a una silla, quitado lo poco de humano que tal vez tenía, provocando que quedara como un ángel que se estampa contra el suelo. Podía permitir quitarme yo mismo las alas, pero que otro me las quitara me frustraba. Percibía que era escombros antes del asalto, sin embargo yo era quien debía decidir si quería ser demolido por completo o seguir como esas feas estatuas que dicen ser parte de un mundo más moderno.

Cerré los ojos un instante, juro que sólo fueron unos segundos, pero pude notar como alguien me observaba desde alguna esquina de aquella habitación. Un sudor frío me recorrió el cuerpo, alargué la mano y tomé el revolver del cajón. Al abrirlos no había nada, sólo la podredumbre de siempre. Pero aún puedo jurar que unos ojos desconsolados me contemplaban como la Virgen María a su hijo clavado en la cruz.

Mi ritmo cardíaco se aceleró, así como mi respiración se hizo fuerte y torpe. Sentía aquella mirada pegada a mí, incluso podía notar la respiración agitada de otra persona cerca de mi cuello soplando los vellos de mi nuca. Mis sábanas se empaparon de sudor, un sudor frío que no paraba de brotar, mis manos estaban cerradas en puño mientras rogaba por la salvación de mi alma. Desconocía si yo alguna vez había sido creyente, o si Dios se apiadaría de mí, pero el Padre Nuestro surgió de mis labios con vehemencia.

Mis sususrros parecían tener eco, como si alguien hiciera las mismas alabanzas a Dios junto a mí, en mi oído. Podía notar los labios fríos cerca de mi cuello, besando mis mejillas y dejando leves palabras de aliento en mi oreja. Iba de un lado a otro de la cama, como si danzara, si bien terminó frente a mí esa sensación gélida y pesada.

Mi cuerpo pesaba casi veinte veces más, ni siquiera podía abrir los ojos. Abrí la boca intentando emitir un grito de dolor y terror, como si fuera el último suspiro de una larga agonía. Mis pulmones parecían ser agarrados con fuerza demoníaca, así como mi corazón y vísceras. Sentía una mano helada jugando con mis órganos, coqueteando con ellos como si fueran las hebras rubias de mis revueltos cabellos.

El peso de mi cuerpo se alivianó, así como esa sensación de angustia, abrí los ojos armándome de valor. Y por asombroso que pareciera tenía ante mí la imagen exacta de un ángel. Sus cabellos rubios caían sobre sus hombros hasta su cintura, rozándola con delicadeza. La ropa que llevaba era blanca, como la bata de un psiquiátrico pero con el toque estrafalario de las sotanas de los hombres santos. Sus ojos eran claros, tan azules como los míos pero con un toque verdoso parecido al de un bosque de cuento de hadas.

-¿Eres tú quien ha venido a rescatarme de ese demonio?

Aquello no tenía sentido, pero mi vida también carecía de sentido alguno. Tal vez la muerte había venido a buscarme, si bien Dios había enviado a uno de sus ángeles para protegerme. La absurda idea de un ángel salvando a un demonio, a un drogadicto que no recordaba ni sus adicciones, podía ser cómica pero estaba tan cagado de miedo que no hice comentario alguno al respecto.

-¿Rescatarte? Tú me has condenado.

Fue su única respuesta de sus labios, pero no de sus acciones. De forma rápida e imprevista sacó un cuchillo y se cortó el cuello. Su garganta empezó a empaparse de sangre, sus ojos se volvieron dos orbes negras, y su piel se volvió grisácea lejos del color de rosa silvestre que había poseído en un principio. Cayó a mis pies, empapando las sábanas y el colchón con su vida.

Comencé a gritar cerrando los ojos con fuerza, como si me quemara su imagen destrozada frente a mí, y al abrirlos otra vez, para asegurarme que aún permanecía allí su cadáver, ya no estaba. El sol despuntaba por los altos edificios, la vida nocturna cesaba y dejaba paso a los altos ejecutivos buscando en el café la solución a su vida de insecto urbano.

martes, 24 de enero de 2012

El caso - New York, New York - Capitulo 1 - Parte 2





Los recortes de periódico eran sobre algunos camellos, así como casos de asesinato, que para mí no tenían relación alguna con mi vida actual y tampoco parecían relacionados unos con otros. Todo parecía estar formando una pista, la huella de mi zapato. Era una gran pista sobre mi pasado, la cual me haría recordar y enfurecerme, pero en ese momento lo había olvidado por completo. Sólo parecía un intento desesperado de un maníaco obsesivo. Aquello no era nada, sólo basura y suciedad.

La noche se volvía más intensa, menos cálida y más siniestra. Las sombras de mi apartamento parecían venir a por mí, igual que la Parca, para llevarme de vuelta al infierno. Pasaba mis manos sobre mi rostro, la barba de unos cuantos días pinchaba bastante y comenzaba a sentirme sucio. Por mi cabeza rodaba una única idea, esa era el suicidio.

-Debí pegarme un tiro nada más haberme despertado.

El vaso de agua en la mesilla de noche era tentador para acompañarlo con varias pastillas, pero no tenía quizás el valor o las fuerzas necesarias para hacerlo. Sentía que era mucho de boquilla y nada de acción, como cualquier otro perdedor. Mis ojos se clavaron el las manecillas del reloj despertador, un modelo antiguo que me recordaba que cada segundo de mi vida lo desperdiciaba, estaba desperdiciado, y otro seguro que le sacaría partido.

-¿Por qué estoy vivo? ¡¿Por qué?! ¿Por qué demonio no morí yo y se salvó otro? ¿Qué estúpido juego es este? ¿Estás son tus putas oportunidades? ¡Dime Jesús! ¡Maldito seas! ¡Si no me querías en el Cielo me conformaba con el infierno! ¡Allí al menos tendría piernas para follar con las putas que Satanás me brindaría!

Sentía rabia contra el universo, contra cualquier creencia. Estaba frustrado. La situación me podía. No quería estar allí. Prefería la vida de cualquier chupatintas sin vida social, de esos que viven con sus viejas madres las únicas que les ve atractivo. No tenía nada ni nadie, sólo un piso maloliente y ropa arrugada en una maleta. Ni siquiera me quedaban muchas esperanzas, pronto me consumiría y si seguía respirando era porque quería saber al menos quién fui, aunque fuera en el último segundo de mi patética vida.

Tomé el vaso de agua sin pensarlo, para después tomar impulso y arrojarlo contra la pared. Explotó quebrándose en mil pedazos, uno de ellos saltó hacia mi y me cortó el pómulo, muy cerca del ojo. Aquello me hizo explotar a mí. Estallé en un llanto amargo, en la desesperación más intensa y dolorosa. Mi rostro se mojaba por la sangre y las lágrimas, así como aquellos viejos periódicos quedaban emborronadas sus letras con el agua.

Acaricié con la punta de mis dedos la cadena de plata que llevaba al cuello, en ella tenía una cruz a la cual se le había desprendido el cristo. No sabía si siempre había estado así, o quizás yo mismo lo había arrancado por furia. Era de lo poco que me quedaba. Mis ojos se cerraron mientras gruñía, lo hacía bajo y cansado. Mi mano se cerró en puño entorno a la cruz y de mis malolientes labios se podía leer un padre nuestro.

-Perdona mis pecados, como los pecados de todos aquellos que dicen amarte y luego te dan la espalda. No soy más que el fruto del odio y la desesperación. Si esto es una prueba sólo lograrás que deje de creer en ti, no me dará ánimos para seguir demostrándote que me arrepiento. Aunque no sé como me voy a sentir arrepentido si desconozco los motivos por los cuales me condenas al infierno antes de tiempo, porque esto es el infierno. ¿No es así?

El infierno era aquel lugar donde pagábamos nuestros pecados con dolor, sentíamos la ira de Dios en los ojos de un demonio y terminábamos arrepentidos mientras llorábamos por no sentir los brazos de nuestras madres. Éramos condenados. Yo me sentía condenado, peor que en cualquier prisión maloliente de este país para ilusos. Allá donde miraba veía suciedad, almas quebradas y algunas llevaban sotana. Sin embargo, yo era el peor de todos. No recordaba cual eran mis pecados ni como solucionarlos, por lo tanto jamás saldría del infierno. Sólo era un lisiado intentando recordar como salir de un laberinto.

-Si al menos recordara si logré amar, sufrir o porque estaba en ese callejón.

Siseé sacando de la cajetilla el último cigarro. Miré aquella silueta alargada, ese tubo lleno de droga legal y tan adictiva como el café, antes de prenderlo como bruja en la hoguera. Varios de mis mechones rubios cayeron sobre mi frente, acariciando mis finas cejas. No era mi marca de cigarros, lo sabía porque parte de mí recordaba y reaccionaba a los estímulos. Por ello fumaba, porque nada más despertar pedí un cigarrillo.

Tenía recuerdos, breves, pero ninguno importante. El golpe en la cabeza había hecho añicos todo lo que fui, aunque al parecer lo que buscaban con esa paliza era matarme. Pudieron pegarme un tiro, pero al parecer era gastar demasiado en un individuo como yo. Era mucho mejor pegarme patadas y golpearme con el bordillo de la acera. Tal vez no era un ajuste de cuentas, sino un robo que salió mal. Lo cierto era que recordaba el sabor del cigarro, algo insignificante comparado con el rostro de mi capullo que me había dejado de esa forma.

-Sólo te tengo a ti, sólo a ti.

Mis manos temblaban, comenzaba a tener frío y la caldera de ese viejo edificio fallaba. Desde que había regresado, hacía poco más de una semana, se había roto en dos ocasiones. Era lo malo de los viejos edificios, tenían achaques como cualquier viejo. Mis labios presionaban la boquilla del cigarro, mientras humedecía con mi lengua la punta de aquel corcho, y mis dedos intentaban no soltarlo.

-Me odio, odio a todos. Pero maldito tabaco, eres mejor que cualquier amigo.

Empecé a reír a carcajadas, igual que si hubiera perdido por completo el juicio, pero estaba cuerdo. Era gracioso que dijera aquello, tenía su punto trágico y cómico, no sabía que era tener un amigo y sin embargo hablaba como si me hubieran decepcionado cientos de ellos. Aunque teniendo en cuenta que la humanidad no me agradaba, ni yo a ella, era de suponerse que mis amigos fueran escasos, por no decir que carecía de ellos con todas las de la ley.

lunes, 23 de enero de 2012

El caso - New York, New York - Capitulo 1 - Parte 1

EL CASO

Por Ángel González











New York, New York

Capitulo 1

Una calada más al cigarrillo en medio de aquella profanadora oscuridad. Podía sentir como mil dagas se clavaban en mi espalda, así como una bala caliente desgarraba parte de mi piel. Mis ojos se quedaban petrificados, llenos de recuerdos confusos y el cigarrillo seguía en mis dedos jugueteando con la muerte, con el cáncer que llevaba impreso en cada trago de humo.

Mis ojos se fijaban en un pequeño punto de luz, el mismo que yo provocaba con una vieja linterna sobre la pared llena de trozos de periódico. Todo estaba en un caos perfectamente organizado, el titular del caso se podía leer en cada trozo, igual que el nombre de un tipo que yo debía conocer y no reconocía por mucho que lo intentara.

Sin pretenderlo, ni poder creerlo, movía ese haz de luz al ritmo de “New York” y la voz de Sinatra sonaba en mi cabeza de manera repetitiva. El humo de mi cigarro se expandía, como mis intentos de intentar averiguar qué demonios había pasado hacía semanas, y la ceniza se convertía en un humeante cráter rojo al dar una calada. Terminé apagando la diminuta colilla en un cenicero de cristal, el cual descansaba hacía rato sobre mis piernas, las mismas que se negaban a colaborar conmigo. Era un maldito lisiado sin memoria en un apartamento cochambroso lleno de recuerdos que no quería.

-¿Cómo podía vivir así? Dios, si no hay ratas en esta mierda de lugar seguro que hay cucarachas.

Aparté la linterna dejándola a un lado del colchón, estaba en una cama minúscula y llena de muelles salidos. Seguro que antes me parecía confortable, era un pobre demonio, pero me había acostumbrado a la flamante cama del hospital. Me quité el cenicero dejándolo en la mesilla y busqué el interruptor de la lamparilla.

Como por arte de magia aquel tugurio se iluminó brevemente, con una luz pequeña y cálida, mostrando mejor aquellos periódicos clavados a un lado de la pared, así como la propia cama revuelta y maltrecha, como mis piernas, y la propia lámpara. Era una lámpara de hierro con una tela apolillada y una bombilla a punto de fundirse. La mesa donde estaba colocada juraría que tenía polillas, así como el cabezal de la cama y parte del escueto mobiliario de la casa.

Era un apartamento pequeño, pero bien situado, podía ver la ciudad a vista de pájaro y eso era lo único bueno. Tenía tres habitaciones aquella vivienda. Un baño enano con un plato de ducha minúsculo y un inodoro con la cisterna rota, podía escuchar el silbido del agua escapándose de esta como si fuera un pequeño río, también tenía una cocina llena de platos sin lavar y cacerolas oxidadas, así como un trapo de cocina del cual desconocía su color y una cafetera eléctrica. El tercer cuarto era el salón, despacho y dormitorio. Todo estaba revuelto. Mi silla de ruedas estaba cerca de la cama recordándome que una vez pude andar, pude limpiar toda esa mierda que me rodeaba y no lo hice por falta de tiempo o desgana. Fuera como fuese, yo estaba lisiado y casi sin recuerdos.

La ciudad se veía tras las dos ventanas que tenía en aquel cuchitril. Los edificios comenzaban a apagarse, las oficinas cercanas cerraban su día de trabajo mientras que la del periódico se iluminaba, quizás por las últimas noticias de un lugar tan delirante como aquel. Las sirenas de la policía sonaban a lo lejos, así como las de un par de ambulancias. La gran ciudad, la enorme metrópolis de de hierros y cristales junto a luminosos de antros nocturnos, allá donde la perversión abre sus puertas como sus chicas sus piernas. Esa era la ciudad que me maravillaba, aún a pesar de no recordar siquiera el nombre de una de sus calles.

-Estoy acabado, acabado.

Murmuraba aquello una y otra vez, creo que era la séptima vez en lo que llevaba de noche. Mis piernas seguían sin moverse, a pesar que el médico se esforzaba en decirme que todo era psicológico y que podría hacerlo si tenía fe. Yo había perdido la fe hacía tiempo, lo sabía, y no era cosa de haber despertado sin memoria. Algo en mí me decía que había perdido la fe en todo, incluso en mí mismo y mis posibilidades.

Desde que había despertado, abriendo mis confusos y turbios ojos azules, hacía dos meses lo único que sabía sobre mí era que no tenía fe, que mi nombre era Travis, mi edad cercana a la cuarentena, un rostro que desconocía en el espejo y que había sido policía. Había sido hacía años, mucho antes de haber sido expulsado del cuerpo por mi coqueteo con las drogas y asuntos turbios. Era una buena pieza, la peor del engranaje de la sociedad aunque aún podía cambiar, o eso quería aunque sin fuerza de voluntad, sin fe, lo tenía crudo.

Los recortes de periódico eran sobre algunos camellos, así como casos de asesinato, que para mí no tenían relación alguna con mi vida actual y tampoco parecían relacionados unos con otros. Todo parecía estar formando una pista, la huella de mi zapato. Era una gran pista sobre mi pasado, la cual me haría recordar y enfurecerme, pero en ese momento lo había olvidado por completo. Sólo parecía un intento desesperado de un maníaco obsesivo. Aquello no era nada, sólo basura y suciedad.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 2 - Sangre, nieve y sentimientos muertos - Parte I


Hola, quería asustarles hoy y les muestro fotografía mía editada... espero que el trauma no les dure, porque este capítulo será algo brusco y los necesito despiertos.



CAPITULO 2
Sangre, nieve y sentimientos muertos.

La sed siempre fue insoportable, ya fuera de minutos u horas. Mi paciencia tenía un límite y con humanos, rondando las plantas superiores, se quebrantaba fácilmente. Pasé mi lengua por mis labios, algo gruesos en comparación con los de algunos hombres. Mi boca era especial, decían que podía seducir con sólo mover mis labios igual que un ventrílocuo. Al menos, eso solía decir Frederick cuando simplemente suspiraba o recordaba con viveza algunos sucesos del pasado.

Encerrado en aquel ataúd arañaba la tapa, deseaba sentir la noche en todo su esplendor para ser únicamente la sombra que te asecha y te arrebata lo único que realmente te pertenece. No quiero la calderilla de los bolsillos de un adolescente estúpido, ni los poemas que pueda escribir un romántico a la chica de sus sueños o la belleza plástica de una modelo que intenta demostrar que es algo más que un cuerpo. No, no deseo ninguna de sus miserias o tesoros que son convertibles en papel. El papel se puede quemar, extinguir, y aún así se matan por un trozo al cual le dan un valor excesivo. Aquello que yo codiciaba me daba vida, la misma que yo arrebataba. Lo único que poseían eran sus almas, su sangre, y yo robaba ese preciado diamante como si no me importara lo más mínimo cada uno de sus sueños. Si bien, ellos me acompañaban eternamente.

En ocasiones, cuando bebía de mis víctimas veía algo más que su pasado. Podía sentir su miedo, era una fragancia que me atraía a pesar de su hedor, y también ver con claridad sus sueños más turbios o imposibles. Había tenido en mis brazos niños frágiles que soñaban con acariciar las estrellas, los sueños más puros que uno puede imaginar, y soldados que únicamente ansiaban ver muertos antes a sus enemigos. Yo no tenía piedad eligiendo mis víctimas, algunos vampiros eran selectos y yo sólo saciaba mi apetito. Por despreciable que suene, siempre me he considerado el huesudo dedo de la muerte.

Interrumpí la calma de la casa cuando surgí de entre los tablones, vestido con escasas prendas que logré tomar del suelo. Corrí hacia la puerta principal, igual que si fuera una fuerte ráfaga de aire, y mis pies se deslizaron por la gravilla hasta alcanzar el asfalto. Tenía los pies desnudos, la camisa desabotonada y el gabán rozaba mis talones mientras que mis pantalones negros estaban desabrochados también. Jadeé sediento, deseando atrapar cualquier cosa entre mis manos pegándola a mi cuerpo de hielo. Mis sentidos estaban más que agudizados, mi sed desatada como cada anochecer y mi espíritu deseaba correr libre.

Unas leves gotas cayeron sobre mi rostro, el cual alcé de inmediato contemplando las nubes que se amontonaban. Pronto la tormenta rugió y se volvió poderosa, como una mujer molesta con su amante arrojando todo lo que está en sus manos. Mis piernas se volvieron ágiles y firmes, mi abrigo era idéntico a una capa o a las alas de un ángel. Toda mi figura era la de un demente escapado del psiquiátrico, pero en realidad era un cazador que deseaba aniquilar todo aquello que se pusiera en su camino. La lluvia comenzó a empapar mi cuerpo, mis cabellos se pegaron a mi largo cuello de marfil y mis uñas se deslizaban por mis agrietados labios, entreabiertos porque mi respiración era agitada. A pesar que no tenía que respirar, que era un mero impulso que a veces ni existía, sonaba fuerte cada exhalación de mis muertos pulmones.

Creo que no queda nada de humano en mí, salvo algunos rasgos y mi cuerpo que cada vez es más resistente. Quinientos años soportando ser lo que era, aceptando los beneficios y los castigos, me habían dado unas habilidades sobrenaturales poco frecuentes. Corriendo por aquella carretera me sentí como caballo desbocado, no encontraba el camino a casa y sólo quería seguir corriendo. Y eso hice, corrí hasta toparme con un coche. Sus faros me iluminaron y por un breve segundo pude ver el miedo petrificando el rostro del conductor.

En cuestión de segundos estaba sobre el techo del coche, aferrado a este mientras lo abría como una lata de sardinas. Los gritos ensordecedores del único ocupante eran elevados, y mi agudo oído se sentía torturado. Deseé arrancarle las cuerdas vocales para aplacarlo. El coche se movía serpenteando por la carretera, hasta que golpeó duro contra una de las vallas publicitarias cercanas a la entrada de la ciudad. Me bajé para automáticamente arrancar la puerta del conductor, así como sacarlo a él lleno de totalmente hundido en preguntas ilógicas.

-¿Qué eres?-preguntó en un balbuceo.-¡Oh señor! ¡Oh señor! ¡Dios! ¡Voy a morir! ¡Voy a morir!-gritó pataleando, intentando apartarme rasguñando mi torso, mientras mis imponentes dientes sonreían a pocos centímetros de su rostro.

No recuerdo bien su físico, ni siquiera el color de sus ojos, si bien uno de sus recuerdos se había quedado clavado en mi mente. Él me mostraba todo como si fuera un narrador omnisciente. Su madre cortando una tarta, su padre soplando un matasuegras y tres velas colocadas dispersas sobre el dulce. Había más niños alrededor, todos cantaban para homenajearlo, mientras sus rechonchas manos se veían enterrándose en el pastel. Había elegido un momento dulce, uno de esos que te hacen recordar que en algún momento de tu vida fuiste amado y te eligieron como salvador de todos los males.

Su sangre me calmó, pero no del todo. Mi boca presionaba sus arterias mientras mis colmillos se hundían cada vez más a sus hombros y luego a su cuello. Varias mordeduras por rabia, porque el juego se había acabado demasiado rápido. Arrojé lejos el cadáver, lo hice usando mis brazos como catapulta hasta estrellarlo contra uno de los secos árboles que recordaban la presencia de la contaminación.

Me aparté del coche, de aquel cadáver que ya apestaba a muerte y del lado de la calzada donde todo había ocurrido. Sin importarme poco, más bien nada, hice explotar el motor del vehículo convirtiéndolo en una bola de fuego que se extinguió rápidamente por la tormenta. Si bien, aquella explosión hizo volar trozos del automóvil sobre la carretera, algunos quedaron incrustados en las copas de los árboles cercanos.

Tenía sed. Quería calmarme para volver a ser el frío espectro que danza frente a todos y que nadie ve distinto, tan sólo un extranjero contemplando con sus ojos rasgados la ciudad decadente que heredarán sus hijos. Mis largos cabellos se pegaban con más fuerza a mi espalda, parecían hundirse entre la tela de mis empapadas prendas y hacer brotar las alas que jamás tuve. Y con aquella sed me interné en el bosque, cazando un par de animales de escaso tamaño. El rastro de pequeñas criaturas era nada, escaso, para el apetito con el cual había surgido aquella noche.

Me interné por senderos poco conocidos, más bien no se recorrían desde hacía años, y que daban a pueblos perdidos que ahora tenían otros lugares de paso. Pueblos que eran minúsculos asentamientos dispersos de un par de casas. Todas aquellas viviendas eran de agricultores y ganaderos, también pequeños comerciantes, que sobrevivían gracias al refugio de los altos precios por la artesanía en al ciudad.

martes, 6 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte IV





Su forma de caminar era como la de un auténtico animal salvaje, sabía como captar mi atención por unos breves segundos para después desaparecer rumbo al piso superior. En ocasiones bebía de él algunos sorbos, hundiendo mis colmillos en su fría piel mientras el gemía como si pudiera tenerme en su lecho. Sabía que era su forma de regalarse a pesar de ser inaccesible para el resto.

Quedé en silencio con mis pensamientos, un brindis a la soledad y a mi amargo carácter que ni yo comprendía. Mis ojos café oscuro escrutaron cada rincón de la sala, como si jamás hubiera estado en ella. Apreté leve mis labios y relajé el rostro, para girarme hacia la ventana y seguir contemplando como el mundo seguía en apariencia imperturbable mientras cambiaba drásticamente en algún punto no muy alejado de nosotros.

El mundo cambiaba, mutaba como una fórmula de laboratorio expuesta a ciertos cambios de temperatura. Éramos como Frankenstein, trozos de mundos cosidos por ampollas que supuraban y cambiaban las cicatrices diariamente. Incluso los vampiros cambiábamos, nos volvíamos más crueles o más necesitados de algo que no poseímos jamás. El vacío de mi pecho, el cual se hallaba allí desde hacía siglos, comenzaba a tener mayor tamaño y el dolor era inmenso. La soledad me impulsaba a buscar objetos valiosos, discípulos de apariencia de hielo y pequeñas luciérnagas que quizás morían con las temperaturas del invierno.

Cuando era joven pensaba que ese vacío se podía llenar con peleas, batallas que surgían de la nada y se evaporaban tras dejar inconscientes a mis oponentes. Más de una vez fui yo quien besó el suelo y escupí mi propia sangre, en ocasiones envueltas con trozos de carne de mi contrario. Mordía, golpeaba, buscaba enterrar mis navajas o mi espada en alguien. De eso hacía más de cinco siglos, todos llenos de rabia y soledad. Luchaba supuestamente por mi honor, mi orgullo y los ideales en los cuales creía firmemente. Pensaba que cada batalla me haría inmortal, que hablarían de mí en libros de historia como el mayor guerrero de Japón. Si bien, aquello fue mucho antes de la llegada del cristianismo a nuestras costas y de una evolución hacia un mundo moderno e intransitable.

Huía cada vez más, como más prisa y miedo, de todo lo moderno. Las luces de la ciudad eran cegadoras, a pesar que no me dañaban me molestaban. La noche estaba tan iluminada como el día, cuando antes tenía ese toque mágico y tenebroso que tanto me recordaba a mí mismo. La oscuridad, el silencio brusco que te rompe los tímpanos, y la soledad intratable eran tan atrayentes como iguales a mi alma. Quería volver a los tiempos en los cuales la oscuridad lo envolvía todo, alejándome de la luz de los hombres y de sus inventos inútiles. Mataban la belleza del cielo con sus estrellas falsas, porque con luz el hombre cree que está a salvo y es falso. Sus junglas de hierros retorcidos y cristal a prueba de balas no les librará del mal.

En la carretera aledaña a mi mansión, cerca del bosque, en ocasiones podía sentir pasos sin percibir cuerpo o ser alguno. Sólo eran energía, ecos del pasado, incluso podía notar cerca de mí el aliento del alma atormentada de algún iluso. Fantasmas, hechizos honrando al maligno sea cual sea la religión de la cual provienen los hombres que lo ensalzan, vampiros succionando hasta la última gota y sensaciones indescriptibles... es todo lo que aún sucede cerca de mi vivienda, en la ciudad o en mi propia casa. Podía escuchar los escalones quejarse sin aguantar peso alguno, haciéndose notar alguien frente a mí sin estar.

Aún no tengo claro si los ángeles existen y tampoco si el demonio, tal como cientos de religiones lo dibujan, es real, o sólo lo son los hombres que actúan en su nombre. Si bien, he llegado a sentir paz en cementerios cubiertos por la nieve y protegidos por ángeles de piedra de mirada inquietante, como si me escrutaran y preguntaran “¡¿Quién va?!”. Si bien, he sentido pánico en medio de un bosque donde sólo debía existir animales de los cuales alimentarme. Podía notar los ojos inyectados de una fiera cuyo rostro no lograba apreciar. Soy un vampiro, pero no inmortal. Los vampiros también podemos morir y he llegado a temer por mi vida, a pesar que a veces la desprecio porque me cansa seguir vivo. Es cansado seguir vivo cuando todo cambia sin poder evitarlo, pero tú físicamente sigues igual pase lo que pase.

A mi espalda estaba la escalera hacia los dormitorios, así como la trampilla que daba a la bodega donde yacía cada mañana. Faltaban unos minutos, podía ver como empezaba a clarear mientras mi cuerpo se sentía pesado. Deseé ir hacia la escalera y correr hacia el lecho de Frederick, merecía una disculpa por ciertas palabras por muy ciertas que fueran. Si bien, ya no quedaba tiempo y creo que aunque hubiera dicho algo no tendría sentido. Abrí la trampilla y me deslicé por la escuálida escalera de piedra, cerrando a mi paso la pesada hoja de madera.

Bajo la casa existía otra muy distinta, donde debía encontrarse la bodega con los vinos más selectos. Allí bajo aquellos tablones gruesos, se hallaba mi cámara funeraria. Un ataúd sencillo forrado de terciopelo rojo y de un tamaño muy superior al mío. Odiaba sentirme estrecho cuando descansaba, por eso encargué uno de altura y anchura mayor. Junto al ataúd se encontraban varias hileras de libros, todos muy antiguos, donde contenía la historia de cinco siglos. Eran mis viejos manuscritos, muchos escritos en mi lengua materna y otros en inglés o español. En el fondo de aquella galería se hallaba un piano, el cual sólo usaba cuando la melancolía me arrojaba a intentar interpretar algún tema. Y en uno de los rincones donde se hallaban aún las tablas de la bodega, de aquellas botellas de diferentes licores y fragancias, se encontraban apilados sobre estas libros de distintos autores, los cuales pertenecían a fechas y épocas muy diversas.

Di un largo suspiro y dejé que mi ropa cayera al suelo, como si mi piel fuera resbaladiza y no pudiera contener mis prendas. Mi cuerpo se mostraba como un bloque de mármol frente a la intensa oscuridad de aquel recinto. Allí podía aspirarse el aroma de cada hoja, tinta y tintero que se refugiaba de ojos curiosos como los de Frederick. Tomé la bata que siempre se hallaba colgada cerca de las escaleras, era de terciopelo rojo como el forro del ataúd.

Mientras anudaba el cinturón de la bata pensé en los ojos amargos de la pequeña, esa mirada de dolor incesante e inquietante, que me taladraba el alma perforando exactamente en el vacío que siempre había sentido. Mi mano fue directa a mi corazón, el cual no latía salvo cuando se alteraba ante el deseo de la caza, la cacería en sí y la sangre cuando brotaba directa hacia mi garganta. Palpé mi cuerpo, duro y frío, cerrando mis ojos paladeando ese dolor intenso. Aquella mirada me torturaba y desde aquel instante me acompañaría como un pequeño crespón fundido a mis miserias.

Unos minutos más tarde me encontraba tumbado en el ataúd, deslizando la tapa mientras intentaba evadirme en viejas guerras, las cuales siempre me hacían sentirme vivo y con el coraje suficiente como para emprender cualquier viaje, fuera cual fuese. Batallas que libré y que son parte del legado de una historia que nadie recuerda. Mis sueños eran prácticamente inexistentes, y si los tenía eran sólo menos recuerdos. Aquella noche volví a ser un soñador sin sueños, un viejo vagamundo de mirada huraña perdido en la fría estepa de la nada.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte III

Lamento haber tardado en subir este trozo, no fue culpa mía sino culpa de mi ordenador. Espero que hayan tenido un agradable fin de semana.




Mi único acompañante, el cual sólo era un sirviente para mí, se acercó a nosotros quedándose atónito. Sus ojos se volvieron océanos agitados, llenos de rabia y pude leer en su mente que la detestaba. Ella tal vez ocuparía su lugar, ya que estúpido no era y sabía que él no era el prototipo ideal de discípulo. Sin embargo, no dijo nada y únicamente aguardó alguna respuesta o comentario acerca de mis propósitos con aquella niña.

Conocí a Frederick cuando no tenía ni una moneda en sus bolsillos, prácticamente andaba descalzo sobre la nieve en Barrow, Alaska. Sus cabellos dorados destacaban contra la oscuridad reinante, la cual prácticamente te partía en dos como si fuera un cuchillo. Había huido de casa hacía años, prácticamente mendigaba o robaba. En los días que eran noche intentaba guarecerse en los escalones de iglesias, también en algunas cabinas telefónicas y baños públicos. Sus ojos eran el espejo de la fortaleza y la humillación. Aquel cadáver errante tenía una mirada terrible cubierta de belleza y unos rasgos poco habituales en la ciudad.

Su familia provenía de Sarajevo, se habían asentado en Estados Unidos huyendo de la miseria y la miseria les alcanzó asfixiándoos. Su padre se había guiado por el alcohol, cuando Frederik tenía doce años terminó arrollado por un automóvil cuando se encontraba en estado de embriaguez. Su madre terminó haciendo la calle, esperando que con el dinero que consiguiera su hijo pudiera alimentarse. Si bien, él hizo único acto heroico sin búsqueda de recompensa alguna. Se marchó de casa con catorce años, lo hizo buscando de ese modo liberar a su madre y que esta recobrara el orgullo. Después supo que fue en vano, su madre murió suicidándose al no tenerlo cerca y eso le impactó convirtiéndolo en hielo.

Siempre le había visto danzar bajo la nieve, desplegando su aspecto ambiguo para mí y dejando que el frío calara hasta su corazón. Jamás le había visto mostrar emoción alguna hacia el mundo, como si no tuviera sentimientos y fuera un títere al cual le dan vida otros. Sin embargo, sé leer en su mente y en los cortos destellos de sus ojos. Su amor era ardiente, era el hombre más pasional que jamás había tenido la oportunidad de conocer. Él me amaba y por eso seguía a mi lado, aunque en él sólo veía una compañía para las largas noches de invierno.

No hay nada peor que tener compañía y sentirse solo, porque así es como notaba mi alma. Frederik era buen orador, un excelente pianista gracias a las doctrinas de su infeliz padre y su cuerpo apetitoso. Si bien, no buscaba ni sus dotes como artista ni las de amante. Él se quedaba a mi lado contemplándome, igual que hacía con los cuadros de las galerías de arte, esperando que iniciara alguna conversación, a veces tenía suerte que le mirara o contara alguna historia.

Aquella niña lo trastornó. Siempre había permanecido con la esperanza de ver en mis ojos la ternura que ella me despertaba, o sentir como lo rodeaba mientras rozaba mis labios sobre su frente. Era un joven necesitado de afecto que tras una larga década había acumulado egoísmo y crueldad hacia otros.

Después de algunas horas tras mi llegada, justo cuando la pequeña ya descansaba calmada en una de las habitaciones, él vino a mí. Yo contemplaba los últimos suspiros de la noche. No estaba lejano el amanecer y sabía que pronto los rayos del sol cubrirían todo.

-¿Qué tiene ella que te fascina tanto?

No me sorprendió su pregunta, durante varios minutos la estuvo formulando de mil formas en su mente hasta que la lanzó. Su tono de voz era frío, pero no así sus palabras o el lenguaje que podía sacarse de ellas. Sus largos cabellos rubios, casi blancos, rozaron mi espalda al apoyar su cabeza en esta y sus manos me rodearon por la cadera. Aquellos abrazos de aquel cuerpo tan gélido como el mío, a pesar de ser un simple humano, me perturbaban en exceso.

-Deberías formular mejor tus preguntas.

Fue una respuesta que removió su alma, pero no así su apariencia. Miraba por la ventana, apoyado en el alfeizar, mientras sentía la noche y a él rodeándome. Mis sentidos se agudizaban siempre que llegaba el término de la velada como si me recordara que debía guarecerme.

-Sí, quizás.-susurró mordiendo su rabia antes de contemplar el jardín prácticamente helado, al igual que yo lo hacía.-¿Qué no tengo yo?

-Ha sufrido tanto, su alma ha descendido a los infiernos y los ha soportado con entereza. Soy incapaz de nadar en su mirada, me ahogan sus recuerdos y me destrozan. Cuando me contemplo en ellos es como si mirada al cemento líquido y le preguntara qué hay de mi alma.

Sus manos se volvieron puños aferrándose a mi camisa, apoyó su frente contra la cruz de mi espalda y exhaló un suspiro cargado de rabia, además de temores.

-Yo también he sufrido.

Intenté leer sus pensamientos, pero estaban tan revueltos. Podía ver imágenes nítidas de su infancia, así como de la miseria de su adolescencia y el dolor que sentían sus pies helados hundidos contra la nieve. Aquello era como ver una película mal montada. Venían imágenes de cualquier dirección y fecha, todo debido a la carga emocional que siempre contenía.

-Sí, pero tomaste todo como una aventura para desafiarte y te volviste egoísta.

Había alzado su rostro para seguir viendo el jardín, intentando evadirse. Sonrió amargamente, pude verlo por el reflejo del cristal.

-¿Egoísta? ¿A caso tú no lo eres?

Me giré para contemplar sus mejillas sin color, tan pálido como un lienzo pulcro e imperturbable. Notaba su mirada cargada de matices, aunque un mortal sólo vería la expresión fría y pretenciosa de siempre. Palpé sus labios con mis dedos pulgares mientras acaparaba su rostro con mis frías manos.

-Todos los vampiros somos egoístas, todos sin excepción. Elegimos almas cuyo perfume nos cautiva, e incluso excita, para beber sorbo a sorbo su vida y acaparar sus recuerdos e ideas. Codiciamos almas como aquel aprendiz de perfumista, ese libro que te regalé hace tanto tiempo.

Cerró sus ojos dejando escapar un suspiro, uno de esos que huyen de labios de las jovencitas que se resignan a no ser amadas.

-¿Y eso dónde me deja?

-Me pides amor como si fuera tu amante, y no puedo dártelo. Pero te considero un igual y leal amigo, el cual no quita la soledad aunque la hace más llevadera. Tus conversaciones no son circunstanciales, las pocas palabras que nos concedemos en las noches son auténticos diamantes.-me incliné sobre él y besé sus labios lentamente, saboreando su lengua insistente en no doblegarse.-Nunca pidas a un vampiro más de aquello que ya te da.

-Me gustaría ser pétalos de cerezo en vez de ser nieve, pero uno no decide si nace en primavera o invierno.-murmuró antes de apartarse.-Espero que descanse maestro, le veré al atardecer.

Su forma de caminar era como la de un auténtico animal salvaje, sabía como captar mi atención por unos breves segundos para después desaparecer rumbo al piso superior. En ocasiones bebía de él algunos sorbos, hundiendo mis colmillos en su fría piel mientras el gemía como si pudiera tenerme en su lecho. Sabía que era su forma de regalarse a pesar de ser inaccesible para el resto.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte II






A los pies de aquella monstruosidad de gárgolas, altos campanarios, grotescos grabados y vidrieras en las cuales el calvario de cristo aparecía representado infinidad de veces, se encontraba un mendigo aterido de frío. Besé las mejillas de mi ángel particular y dejé que su cuerpo tocara el suelo, acomodándola en una de las esquinas del edificio. Mi plan cambió drásticamente, así como mis movimientos rápidos y atroces. Estaba sediento y necesitaba ahogar ese sentimiento, el cual gritaba con fuerza en mi interior provocando que temblara como si el frío pudiera dañarme.

Clavé mis colmillos en el cuello de aquel desgraciado. Mis labios se pegaron a su piel gruesa y sucia, el hedor de sus ropas era insoportable. Sus cabellos, como cada trozo de él, apestaban a vino barato y cigarrillos. Cerré los ojos bebiendo con ansiedad, absorbiendo recuerdos poco agradables como algunos cálidos de una niñez olvidada. Era la niña o él, yo había hecho mi elección y él había caído muerto contra los escasos escalones de piedra.

Su corazón aún latía en mis sienes, como un horrible tic-tac. No había tenido posibilidad de sobrevivir, el abrazo de un demonio es demasiado poderoso. Además, estaba ebrio y supuse que inclusive me vio como un ser que le visitaba en sus pesadillas, el cual le paralizó dejándolo sin aliento y sin vida. Mi cuerpo se había vuelto más tibio, el calor de su sangre recorría cada recoveco e incluso me había dado color en las mejillas. Saboreaba su esencia, él sólo era la última presa para un cazador de almas.

Fui hacia la pequeña, arrodillándome frente a su débil cuerpo, apartando las mantas. Ella se despertó aturdida, lo cual me daba ventaja. Abrí mi muñeca rasgándola, con mis colmillos, y sin pudor alguno se la ofrecí, de ese modo calmaría su fiebre. Sus pequeños labios, agrietados por la sed y la propia enfermedad, rozaron mi piel tomando pequeños sorbos. Se produjo entonces una chispa en sus ojos, la vida regresaba con fuerza. Pronto dejó de tiritar, la fiebre se marchó y dejó de estar aturdida. Aparté entonces mi muñeca, ocultando a la vez mis colmillos, para mostrarme calmado.

-¿Quién eres?

Su voz rasgó el silencio que nos habíamos profesado. Mis manos se pegaron a sus mejillas acariciando su suave piel, tenía el tacto similar a los pétalos de una rosa. El tono sosegado que usó me impactó. Parecía cómoda ante mí, como si nos hubiéramos conocido siglos atrás en otras vidas.

-Tenshi

Sus diminutos dedos se pegaron a mi rostro, apartando mis cabellos y en plena oscuridad quiso descubrir mi rostro. Me miraba como si viniera de otro mundo, como si conociera a ciencia cierta que había conocido los infiernos y dialogado con el propio Lucifer. Me abrazó sin soltar aquel animal de peluche, mostrándose agradecida y necesitada de afecto.

Recordé que todos estamos solos en este mundo. La vida es una estrella fugaz solitaria en una noche de verano, la cual ilumina por segundos el cielo y termina estrellándose contra el suelo. Unos instantes de gloria, pocos de amor y nulos de felicidad aunque en ocasiones creamos sentirla. El aroma de su cuerpo, lleno de pesadillas, me hicieron caer de bruces a la realidad. Si la abandonaba tal vez dejaría atrás un pequeño paraíso, el cual me podría ofrecer alguna compañía y dejar de caminar como alimaña entre los hombres. Si bien, llevándola conmigo sólo cargaría con una piedra que podría lograr que tropezara.

-Tengo hambre, Tenshi.

Suspiré pesado aspirando una vez más el aroma tibio de su cuerpo contra el mío, mis ojos se cerraron con fuerza y mis colmillos surgieron mientras ocultaba mi rostro para no asustarla. La ternura de su voz me inquietaba y supe entonces que la deseaba más allá de la sangre, que quizás rondaba su pequeña habitación en busca de algún pequeño fragmento de mi pasado.

Me alcé con ella en mis brazos, abrigándola con la manta y mi propio abrigo. El viento comenzaba a ser cada vez más helado, y aún quedaba para llegar a mi guarida. Cualquiera que nos viera tan sólo vería a un padre transportando a su hija en plena madrugada, quizás un insensato o tal vez un desgraciado. No importaban los pensamientos ajenos, sino los míos que no paraban de brotar de mi desquiciada mente.

Un cazador llevaba a su presa entre sus garras sin conocer su destino, ni el de ella, simplemente cargándola, mientras buscaba un descanso moral a su alma destrozada, por décadas más frías que el hielo. Eso era y eso soy todavía, eso seré hasta que el mundo caiga de su pedestal y como pelota rebote hasta explotar como globo perdido en el aire.

Cada paso que daba aquella noche era más duro que el anterior, arrastraba pesadamente las suelas de mis zapatos mientras notaba sus dedos jugar con mis cabellos. Podía escuchar su corazón y sentir su aliento cálido contra mi cuello, era una tortura y a la vez la más deliciosa de las sensaciones. Por una vez cargaba vida y no muerte.

Noté como tiritaba por el frío provocando que apurara mis pasos, a pesar del dolor que podía sentir en cada uno de ellos. Corrí como un salvaje ocultando todo su cuerpo entre las mantas, procurando que el aire no la azotara. Mientras corría recorré los campos de cerezo tras las primeras nevadas, los árboles buscaban el cielo que en primavera les hacía florecer. Mis pies se hundían en aquellas nevadas, los pasos de un gigante, pero en esos momentos sólo corría cual lobo hambriento en busca de su refugio.

Mi residencia se hallaba en las afueras. Era una vieja casona reformada. Había restaurado toda la casa, inclusive el suelo de madera. Aquel lugar poseía el encanto de otra época, aunque era estilo europea y yo procedo de una cultura milenaria completamente distinta. Era mi hogar, reformado y decorado a mi gusto. No poseía aparatos tecnológicos más allá de un rudimentario teléfono, el cual prácticamente era un adorno. A mi cuidado y disposición se encontraba un joven de veinticinco años, un muchacho que conocía mi secreto y anhelaba ser mi discípulo.

Mis pies se movían rápidos por la ciudad, prácticamente éramos una sombra en movimiento. El murmullo del viento golpeando con fuerza los delgados muros de los edificios modernos, ese que rompía a su paso las ramas de algunos árboles o te producía un escalofrío incómodo. Mis ojos brillaban como los de un gato, aunque podían verse fieros como los de un demonio. Brincaba de balcón en balcón y caía en tejados que me permitían saltar más alto permitiéndome llegar antes al destino. Ella tiraba con fuerza de mi ropa, sin embargo estaba sosegada y no parecía percatarse de nuestra precipitada marcha.

El último salto fue el más alto, desde un edificio de más de quince plantas, precipitándonos al vacío mientras mis brazos la rodeaban con firmeza. La luna llena brillaba en todo lo alto regalándonos una vista indescriptible. Mi abrigo se expandió amortiguando el impacto, como si fueran las alas de un demonio expandiéndose por el inmenso cielo nocturno. Cuando mis pies tocaron en el asfalto este se rajó y produjo un sonido sordo, el cual hizo que varios vecinos encendieran la luz de sus lamparillas de noche e inmediatamente caminaran descalzos hacia las ventanas. No pudieron ver nada, sólo la más absoluta calma.

Corría alertado sintiendo una extraña emoción, como si mi alma despertara de un letargo que había durado siglos. Si bien, resté importancia porque supe que mis ilusiones se perdían tan pronto la noche caía. Podía notar la adrenalina recorrerme de pies a cabeza provocando que sonriera contemplando a lo lejos el bosque, justo donde se encontraba los terrenos de mi finca y la mansión en la cual descansaba mis cansados huesos.

Los últimos metros fueron sigilosos, regresé a mi metódica forma de caminar. Simulaba los pasos de un gato, cortos y elegantes. Cerré los ojos tocando la cancela negra, la cual poseía cierto encanto al estar parcialmente cubierta por madreselva. Mis dedos sintieron el frío de aquel metal produciendo en mí la sensación de estar a salvo, de llegar a mi destino y descanso final.

-Señor.

Pude verlo antes que dijera palabra alguna, más bien sentí su cuerpo despegándose del butacón de cuero cercano al fuego. Todas las noches de invierno solía sentarse junto a la leña que chisporroteaba en la chimenea de piedra, idéntica a la original, y leía libros sobre seres como yo buscando quizás un rasgo común en todos nosotros. Si bien, para el resto del mundo yo era mitología o literatura barata luminiscente.

Sus penetrantes zafiros se clavaron en el bulto que cargaba, sus dedos se movían impaciente y sus labios se apretaron ligeramente. Sin duda sentía curiosidad, una punzada de ansiedad le recorría toda la columna vertebral y le impulsaba a mostrarse inquieto. Sus largos cabellos rubios caían revueltos más allá de su cintura, dándole un aspecto salvaje y produciendo de esa forma una visión de un ser de otro mundo. Si bien, era sólo un chiquillo que esperaba que trajera para él un regalo como símbolo de nuestra amistad. Pero, aquello que traía era algo más que una ofrenda.

-Frederick calienta agua, aprisa.

Por unos instantes quedó paralizado, pero pronto se movió rápido por la casa subiendo precipitadamente las escaleras hasta el piso superior. Dejé que se ocupara del agua, mientras yo entraba en la casa y la acomodaba en el sofá. Abrí las mantas para contemplarla recostada como un pequeño ángel. Sus brazos se aferraban en ese momento a su peluche intentando seguir con sus dulces pesadillas.

Mi único acompañante, el cual sólo era un sirviente para mí, se acercó a nosotros quedándose atónito. Sus ojos se volvieron océanos agitados, llenos de rabia y pude leer en su mente que la detestaba. Ella tal vez ocuparía su lugar, ya que estúpido no era y sabía que él no era el prototipo ideal de discípulo. Sin embargo, no dijo nada y únicamente aguardó alguna respuesta o comentario acerca de mis propósitos con aquella niña.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Tears for you - Capítulo 1 - Primer encuentro, primeras impresiones (Parte V)



Volví a dormirme aferrado a su camisa, las pocas fuerzas que tenía las envié a mis manos aferrándose en un puño. Sentía que se mecía leve y su voz era un murmullo, no entendía bien las palabras pero creo que entonaba una de mis canciones favoritas. Siempre me hacía sentir en casa, siempre sabía porqué le necesitaba.

Mis sueños fueron plácidos gracias al aroma de su colonia, pero desperté por una ráfaga de luz que golpeó de lleno en mis ojos. Me moví inquieto en la cama y escuché la suave risa de Kurou, era como la de un niño y por ello jamás lo hacía frente a desconocidos.

-Despierta my darling.-susurró dejando notar su peso en el colchón, girándome hacia él.-La fiebre parece que va remitiendo.-dijo palpando mi frente.-Debes darte un baño caliente con unas sales mentoladas que compré, dicen que despejan las vías respiratorias a la vez que son especiales para el cutis. Y claro, tú y tus sesiones de belleza...

-No te burles Kurou.-dije molesto estampando uno de los almohadones en su rostro.-¿Quieres mejor un esposo feo y arrugado?

-Quiero que mi esposo no se comporte como un niño de cinco años, brincando en cada charco de lluvia que se topa a su paso, y deseo que deje de hacer el idiota en plena tormenta. Porque yo prefiero que eso lo hagas a mi lado, y al menos así pueda disfrutar de tu sonrisa.-me rodeó por la cintura pegándome a él, sintiéndome un muñeco al estar tan débil.-Sacaré partido de tus pocas fuerzas.

-Kurou, no hagas que desee matarte a golpes.-respondí como reprimenda antes de girarme y perderme en sus ojos café.-Me gusta que sólo te comportes conmigo de esta forma, y a solas, no quiero que nadie pueda contemplar tu sonrisa o el brillo dulce de tus ojos.

Rápidamente pude contemplar como se ruborizaba, una sonrisa aún más tímida se formó en sus labios, y poco a poco se levantó de la cama apartándose de mí. Era encantador, a pesar de su tamaño y de la mala vida que había tenido. No era el único que había sufrido, Kurou también había vivido momentos crueles en esta caprichosa vida.

-Te prepararé ese baño.-dijo antes de marcharse hacia el aseo que comunicaba con nuestra habitación.

Rápidamente pude escuchar el agua correr junto a sus pasos buscando las sales, dejando todo preparado y disponible para mí. Me incorporé sobre el colchón acomodando los almohadones. Tenía hambre, pero sabía que cualquier alimento tendría un sabor extraño. Parpadeé un par de veces y me estiré como si fuera un gato. Estaba cansado, sudoroso y bajo de ánimos. Mi esposo era lo poco que me animaba.

-¡Kurou!-grité aunque me empezó a doler horriblemente la cabeza.

-¿Sí?-preguntó recargándose en el marco de la puerta, el cual se quedaba pequeño por su alta estatura.

-¿Te bañas conmigo?-pregunté intentando mirarle de forma seductora, pero creo que parecía más un drogado a las seis de la mañana.

-No, el baño es para ti Yosh.

Se aproximó a mí quitándome las sábanas, prácticamente arrancándome el pijama, y finalmente llevándome desnudo hacia la bañera. Primero fueron mis pies, después el resto de mis piernas y cuerpo. Sentí oleadas de agradables sensaciones. Cerré los ojos recostándome en el filo de aquella tina. Él se quedó allí acariciando mis cabellos, terminando de relajar mis sentidos.

Realmente necesitaba ese momento de calma. El agua caliente siempre me hacía entrar en un mundo de confort único, así como esas sales que me aliviaban en todos los sentidos. Kurou terminó remangándose para ayudarme a moverme y poder enjabonarme, aún estaba entumido. Detestaba verme tan débil y más frente a él. Sin embargo, parte de mí quería ser cuidado de esa forma y olvidarme de los malos momentos que había soportado.

-¿Por qué?-preguntó en un murmullo.

-¿Por qué? No comprendo tu pregunta.-dije con los ojos cerrados, notando sus dedos masajeando mi cabeza.

-Caminaste mucho rato bajo la lluvia, saliste sin decirme donde, y regresaste calado. Cometiste una imprudencia, como si fueras un niño y no un adulto.-respondió con tono preocupado.

-Cuando quiero calmar mi alma recurro a la lluvia, deberías saberlo.-susurré.-Pero ya todo está bien, sólo vinieron a mí viejos recuerdos.-dije con una leve sonrisa, girándome hacia él para mirarlo apoyado en el borde de la tina.-Mírame, tengo todo lo que siempre he soñado.

-¿Estás seguro?-interrogó disconforme.

-Seguro.

No tenía todo lo que deseaba, pero nadie poseía una máquina para borrar recuerdos amargos. Paulo Wilde quería que los recordara para que fuera su ejemplo, un ejemplo de entereza y no de cobardía. Él desconocía que los ocultaba en lo más profundo de mi alma por miedo, ya que era incapaz de afrontarlos y los vivía como si fueran puras pesadillas.

La esponja se pasaba sobre mis cansados y aún tensos músculos, mi rostro se quedaba sereno como el de una muñeca y él tarareaba bajo próximo a mí. Podía sentir sus labios rozar mi oreja derecha y eso me producía cosquillas agradables. Alcé mis manos para tomarlo del rostro apartando sus cabellos, contemplándome en sus hermosos ojos y sonreí como el día de nuestra boda. Era dulce, muy dulce, a pesar que para muchos fuera el hombre que aparecía en sus más terroríficas pesadillas.

-Nunca te alejes de mí, nunca. Tú eres mi ángel, eres el ángel que cambió mi vida y apartó la soledad de un plumazo.-susurré antes de besar su frente.-Te amo Kurou, te amo.-dejé que las lágrimas se deslizaran por mis mejillas, pero no eran lágrimas de dolor sino de felicidad.-Tú eres lo más importante en mi vida.

-Tú lo eres para mí.-dijo con la voz tomada, podía ver como se enternecía aún más.-Yosh, I love you.

Tears for you - Capítulo 1 - Primer encuentro, primeras impresiones (Parte IV)






Mi hogar era una enorme mansión donde convivía con las personas del servicio, tanto de hogar como seguridad, junto a mi esposo Kurou y nuestros hijos. Digamos que era padre de tres hermosas criaturas con enormes bigotes, gatos hermosos y esponjosos. Podría decir que era una vida cómoda, pero sólo en apariencia. La verdad era distinta, muy distinta, y podía decirse que me mareaba a veces con los cambios que debía realizar para mantener la máscara.

Nada más salir de aquel vehículo me esperaba Sebastian. Sebastian era uno de mis hombres de confianza, aquel que me cuidó cuando era un niño, y que volví a encontrar gracias a los contactos de mi hermano. Un hombre recio, canoso y de origen inglés. La elegancia que trasmitía siempre me impresionó. Su mujer, Natalia, siempre fue como una madre para mí. Ellos se ocupaban de mi felicidad, al igual que Kurou.

-Santo cielos, señor.-dijo bajando los pocos escalones que había de la puerta de mi hogar hasta el coche.-Está empapado.

-Sí, como cuando era un niño y terminaba enfermo.-murmuré antes de sentir que el suelo se movía bajo mis pies.

-Yoshiki.-susurró abrazándome como lo haría un amoroso padre.

Sentí que todo mi cuerpo se desplomaba y que mi alma quedaba aún más aturdida. Pronto la colonia agradable de Sebastian cambió por la profunda de Kurou. Podía notar sus brazos alzándome como una pluma. Podía notar mi cuerpo arder, mis ropas aún mojadas y su suave camisa.

Mi estado comenzó a ser febril y me costaba horrores levantar los párpados. Por mucho que quisiera me quedaba aturdido sin poder decir algo coherente, mientras temblaba y rogaba que la fiebre bajara. Escuchaba las voces a mi alrededor como si estuviera en un tanque de agua, muy lejanas y opacas.

Kurou se ocupó de mí, cambió mis ropas y me abrigó. No recuerdo mucho más, sólo el sentimiento de impotencia. Si embargo, nada más abrir los ojos lo vi a mi lado tomándome la mano. Sus ojos café estaban angustiados, sus cabellos negros algo revueltos y sus labios estaban fruncidos. Parecía preocupado y algo airado.

-¿Se puede saber en qué demonios piensas?-su voz varonil rompió el silencio, mientras su cuerpo parecía seguir como un témpano de hielo.-

-¿Estás molesto?-dije con una sonrisa algo irónica. Siempre se molestaba conmigo por mi comportamiento, pero a la vez decía amar que tuviera impulsos demasiado extraños.

-¿Tú qué crees?-respondió entrecerrando sus ojos.-¡Yosh!-exclamó.-No sé que será de ti si te pones en riesgos inútiles y absurdos. En unos días tenemos una misión importante, por no decir prácticamente suicida, y te dedicas a enfermarte para que tus reflejos estén opacados por la droga del medicamento.-dijo todo aquello con un tono algo subido, pero terminó suspirando pesado palpándose la frente y echando hacia atrás sus cabellos.-Eres un idiota.-murmuró.

-Cuando era únicamente tu superior no tenías tanto coraje para decirme lo que pensabas, desde que somos pareja tu lengua está más suelta.-murmuré riendo bajo, pero terminé tosiendo y temblando por el frío que aún tenía metido en mi cuerpo.

-Te amo Yosh, te amo.-dijo inclinándose en la cama para rozar sus labios sobre mi frente y mis mejillas.-Te amo y me preocupas.

-Eres mi gigante favorito.-murmuré antes de sentir que nuevamente el mareo me podía, como si la fiebre me condenara al infierno.

Kurou era un hombre alto, esbelto y de aspecto sombrío. Sin embargo, en las pocas ocasiones que puede muestra su sonrisa es como si un ángel lo hiciera. Un hombre dulce con un aspecto frío, duro y tétrico. Él es el ángel que ha curado mis heridas, un ángel de más de dos metros con las manos grandes y algo ásperas. Ha luchado por mí, ha conquistado parte de mi alma y me ha hecho esclavo de sus sonrisas.

-Descansa mi ángel.-escuché cerca de mi oído sintiendo su aroma impregnándose en mi rostro y cuello, calmándome finalmente.-Sólo descansa.

Los sueños no fueron los mejores, el encuentro con Paulo Wilde había revuelto mi memoria y alzado como un corcho todos los malos recuerdos. Parecía un lago lleno de peces muertos, peces con un aroma hediondo imposible de soportar.

El aroma de sangre, pólvora y sexo. El dolor de mis alas siendo arrancadas pluma por pluma. Mis ojos rojos, mi voz ronca por los gritos y el frío. Sí, un infierno entre seda y vino caro. Mis manos temblorosas aceptando aquella droga, estaba tan enganchado a ella como ahora al cigarrillo. No podía escapar, por ello quería liberarme cayendo en aquella pocilga insufrible de drogas y corrupción.

Me desperté aún más aturdido y con las mejillas húmedas por las lágrimas. Los gatos estaban a mi alrededor y Kurou descansaba en una silla. El maldito imbécil se había quedado allí dormido dejándome nuestra cama para mí, seguro que para no molestar mis pesadillas. Intenté incorporarme pero el cuerpo me pesaba, tenía agujetas en mis músculos y me costaba abrir los ojos. Seguía con fiebre y todo por mi estupidez, aunque había merecido la pena.

-Kurou.-balbuceé notando mi boca pastosa y mis labios resecos.-Kurou.

Abrió los ojos con aquel leve susurro que lograba soltar, parecían leves gemidos desesperados y quizás eso eran. No estaba del todo consciente y únicamente quería que él me abrazara. Se levantó precipitándose hacia la cama, cayendo torpemente sobre el colchón y creo que reí. Era enorme y torpe, salvo cuando tenía que defenderme o defender su propia vida.

-La fiebre no baja, parece que no quiere bajar.-susurró pegándome junto a él.

-No te despegues de mí.

Volví a dormirme aferrado a su camisa, las pocas fuerzas que tenía las envié a mis manos aferrándose en un puño. Sentía que se mecía leve y su voz era un murmullo, no entendía bien las palabras pero creo que entonaba una de mis canciones favoritas. Siempre me hacía sentir en casa, siempre sabía porqué le necesitaba.

martes, 6 de septiembre de 2011

Tears for you - Capítulo 1 - Primer encuentro, primeras impresiones (Parte III)




-Le quedan mejor las gafas que las lentillas.

Giré mi cuerpo por completo ante él, como si fueran pasos de ballet bajo la incesante lluvia. Di por finalizado nuestro primer encuentro, el cual era sólo una toma de contacto. Creo que jamás me había sentido tan cómodo con alguien tan desconocido, me sentía como si ya conociera cada movimiento de su cuerpo. El dolor nos unía, eso era un vínculo que nos hacía próximos y no planetas lejanos.

-¡Lo tendré en cuenta!-escuché en la lejanía su voz cuando ya estábamos algo retirados.

Sonreí ante esas palabras, como si el consejo fuera importante. Realmente, hacía años que no decía todo lo que pensaba. Años atrás era libre, un joven sin ataduras ni leyes morales que cayeran sobre mis hombros. Tenía una vida tranquila, pero mi mente siempre estuvo torturada. Hay hechos que uno no olvida, son huellas que dejaron tal marca que no se borra jamás.

Mis piernas empezaron a sentir cansancio por caminar en medio de aquel aguacero. Mi pantalón pesaba tres veces más de lo común, mi figura casi se doblaba ante las grandes y fuertes ventiscas, mi día había sido agitado y había caminado horas. Por ello terminé sentándome en una marquesina donde se solía esperar el autobús, la línea que recorría toda la ciudad. Mi espíritu pedía descanso, mi mente distraerse para olvidar. Hice caso a mi mente y me monté en el autobús nada más llegar.

Estuve casi quince minutos esperando que llegara el vehículo. Mis dedos jugaban con los botones de mi gabán. Mis cabellos largos, y teñidos por un rubio color cerveza, cada vez estaban más empapados, como toda mi ropa. Mi colonia ya no existía, olía a tierra y lluvia. Mis ojos se aguaron de nuevo y lloré con la misma rabia que lloraban las nubes. Parecía un niño perdido jugando a ser adulto en medio del Apocalipsis.

Cuando monté en el autobús me sentí mareado y confundido. Hacía años que no montaba en uno, Kamijo siempre tuvo para mí los mejores vehículos y chofer inclusive. Todos me miraron de forma extraña, o al menos sentí de esa forma su mirada. Al decir todos hablo de cinco personas, los únicos valientes que decidieron salir de sus casas.

Me abracé a uno de los hierros donde estaba el pulsador de bajada. Mis manos se aferraban a él como si mi vida dependiera de ello. El chico que estaba situado frente a mí escuchaba rock, podía sentir la melodía fuera de sus auriculares. Su aspecto era algo agresivo, pero su mirada estaba cargada de melancolía y no de ira. Ambos estábamos de pie, pudiendo estar sentados cómodamente, así como empapados. Sonreí al reconocer uno de los ritmos, era Joan Jett con su banda entonando Bad Reputation.

-¿Por qué me sonríes?

-Por nada en especial, además tampoco tengo que dar explicaciones a personas que no conozco.-respondí antes de marcharme hacia uno de los asientos del final.

Ignoro porque se quedó mirándome, ya que no dejó de clavar sus ojos en mí durante todo su trayecto. Yo no iba a bajar del autobús. Quería contemplar el paisaje y dejarme llevar por cada edificio.

Las paradas eran cada diez minutos prácticamente, una ciudad tan intensa en tráfico y más con lluvia provocaba que el transporte fuera lento. Mis piernas se movían inquietas, como si alguien o algo las moviera como péndulos. Restaba importancia al frío que calaba mis huesos y que pronto estaría metido en cama con síntomas de un fuerte resfriado.

Mis ojos no dejaban de imaginar monstruos y marcianos conquistando una ciudad tan gris, tan maldita, que parecía absorber la luz del sol y convertirlo en lluvia. A lo lejos la fábrica seguía emitiendo su humo gris, era de vidrio y había otra de reciclaje no muy lejos de la citada. Parecían dos enormes cigarros consumiéndose en un cenicero monstruoso.

Me llamaba poderosamente la atención los barrios residenciales modernos. Eran construcciones poco sólidas y situadas cercanas del campo de golf. Todos creían tener un pequeño trozo de paraíso, pero a decir verdad las mejores construcciones eran los sólidos edificios de más de veinte pisos. Muchos de esos edificios pertenecían a las oficinas de los trabajadores barrios residenciales, como del barrio dormitorio. Barrios hechos para la clase obrera y los grandes empresarios.

Sin embargo, el punto de la ciudad más conocido por todos era el marginal. Uno de los barrios más antiguos, un barrio obrero que estaba con parte de sus edificios construidos por subvenciones estatales. Estos edificios podían tener más de cincuenta años, algunos, y otros estaban hechos a imagen y semejanza a pesar de ser prácticamente de la última década. Tenían un trazado desigual, ya que estaba cerca de la zona centro, aunque había manzanas mejor trazadas en forma de cuadrado con hermosos jardines, algo descuidados, en el centro de mentadas construcciones.

Desde mi llegada a esta ciudad todo había cambiado, más bien todo cambiaba de forma más acelerada y la vida parecía más corta. Me movía en unos círculos menos cerrados y asfixiantes. Quizás me sentía más libre, pero a la vez seguía siendo ese ave exótica a la cual desplumaban. El mundo era menos pequeño, pero seguía siendo extraño e inhóspito para mí.

Bajé en una de las últimas paradas de la ruta, la cual volvería a comenzar prácticamente donde me había recogido. Si descendí del autobús fue porque dejó de llover y yo dejé de lamentarme. Mis pies estaban menos cansados, pero seguía sintiendo que no tenía fuerzas para caminar mucho más. Así que opté por llamar a uno de mis ayudantes, ellos siempre fueron eficientes y dispuestos a consentirme cualquier capricho. Realmente no les pagaba yo, sino mi hermano, si bien eso no quitaba que quisieran hacer méritos frente a mí.

En diez minutos tenía un mercedes negro de alta gama frente a mí. La puerta se abrió y yo subí. Allí sentado me sentía superior a cualquier insecto social, pero a la vez yo no dejaba de ser uno de ellos. Mi leve sonrisa era únicamente una máscara con la cual seducía a mi melancolía.

-Llévame a casa.-dije con un tono calmado, si bien por dentro era como si estuviera en medio de un sismo.

-Como guste, señor.

Mi hogar era una enorme mansión donde convivía con las personas del servicio, tanto de hogar como seguridad, junto a mi esposo Kurou y nuestros hijos. Digamos que era padre de tres hermosas criaturas con enormes bigotes, gatos hermosos y esponjosos. Podría decir que era una vida cómoda, pero sólo en apariencia. La verdad era distinta, muy distinta, y podía decirse que me mareaba a veces con los cambios que debía realizar para mantener la máscara.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Tears for you - Capítulo 1 - Primer encuentro, primeras impresiones (Parte II)

Cuando hablo de Paulo Wilde me imagino a este modelo, Mathias Lauridsen, con su aspecto pulcro y de caballero. Un hombre de negocios con cierto toque de muñeco de porcelana, aunque con ojos de demonio y sonrisa demasiado encantadora. Alguien que tiene una doble moral, a pesar de sus apariencias de noble y leal servidor.






Me abrigué de nuevo con aquel gabán rojo que siempre me resguardaba de la oscuridad de aquel mundo, como si fuera confeccionado con la sangre de mis víctimas. No importaba que estuviera empapado, la lluvia fuera del local seguía cayendo como las lágrimas de aquel individuo. Ignoraba porqué hacía todo aquello, tal vez para resarcir mi alma destrozada. Si bien, lo haría más por mí que por él. Nunca había narrado mi historia hasta ese preciso momento.

La vida que el destino me había regalado había sido dura, siniestra y contraria a eso que llaman la “La vie en rose”. Yo de las rosas lo único que había conocido eran las espinas acariciando mi piel, enterrándose y tirando de esta. Estaba destrozado, confundido y amargado. Pocas, muy pocas, veces veía la luz. Porque ver la luz en plena oscuridad es prácticamente imposible.

Llevé mis manos a mi vientre sintiendo que el aire no llegaba a mis pulmones, boqueando entonces como un pez fuera del agua. Mis pasos se volvieron temblorosos y mis piernas parecían fallar. Las imágenes del horror volvieron a poblar mi mente y mi mente intoxicó a mi alma. Comencé a llorar, pero mis lágrimas se borraban y camuflaban con las gotas de lluvia.

Sentí entonces unos pasos apurados sobre la acera encharcada. No le di importancia, sin embargo cuando dejé de sentir la lluvia alcé mi rostro. La tela negra de un paraguas enorme cubría mi cuerpo. Giré mi rostro hacia la mano que sostenía la empuñadura y lo alcé. Allí estaba él de nuevo acomodándose las gafas que antes en nuestra íntima reunión no había usado.

-¿Puedo acompañarte a tu casa?-su tono de voz se escuchaba aún más vencido, como si la derrota en esta vida nos hubiera llegado a la vez y nos encontráramos de regreso, como auténticos cobardes.

-¿Puedes dejarme a solas?-pregunté con tono cansado y deje desagradable.

-¿He removido tu pasado? Lo lamento, no quería hacerte daño.-su mano derecha se colocó en mi hombro derecho, pasándome así su brazo por detrás de mi espalda.

-No me toques.-murmuré apartándole.-No me toques.-mis ojos eran los de una fiera, completamente a la defensiva.

-Sólo quería ser amable con...-no dejé que terminará la frase.

-Con el mejor amigo de tu mejor amigo. Eres patético.-siseé.-Me llamas, intentas ponerte en contacto conmigo y únicamente logras destrozarme la vida.

-Iba a decir que era amable con alguien que también lo había pasado mal.-murmuró plegando su paraguas, permitiendo que la lluvia lo alcanzara y todo su aspecto pulcro se fuera a la vil mierda.

Un silencio incómodo nos rodeó, aunque la ciudad seguía igual de transitada y la lluvia tintineaba golpeando todo. De igual modo que sentía rabia podía dejarme arrastrar por la compasión. Ignoro qué ocurrió para terminar abrazándolo y él rodeándome con una fuerza extraña. Su abrazo me reconfortó y creo que mis brazos hicieron lo mismo con él. Ambos estábamos heridos y buscábamos culpables más allá de nuestra propia estupidez.

-Soy un estúpido.-susurré temblando.

-Todos lo somos, en mayor o menor medida.-respondió con cierto aire irónico.-Pero todos creemos que jamás caeremos en esos momentos, por eso cuando nos damos cuenta la estupidez ya es asfixiante.

-Mi casa está lejos.-mis manos no se apartaban de la solapa de su americana.

Mis dedos dibujaban letras y formas que mi mente quizás comprendía, pero yo en ese momento sólo quería evadirme con esos juegos. Me sentía un niño pequeño, tal vez lo era aún. No sabía controlar mi rabia y terminaba golpeando el muro de la casa ajena. Él estaba ahí parado, con sus manos sobre mi.

-Lamento el hacerte venir hasta aquí.-dijo jugueteando con mis cabellos, ya que una de sus manos recorría mi espalda de forma calmada.

-¿Vives cerca?-me aparté al sentir que nos miraban, él era una importante figura pública y yo podía tener problemas con Kurou.

-Sí, puedes venir a mi casa. No somos tan distintos en estatura y peso, podría dejarte algunas prendas y permitirte que llamaras a un taxi.

Era una oferta tentadora, pero regresar a casa con ropa que no era mía sería darle motivos a mi esposo para desconfiar. Siempre pensaba que levantaba pasiones allá donde iba, que era demasiado atractivo para hombres como para mujeres. Se moría por dentro, se volvía frío y terminaba siendo tan ausente por su nula capacidad para comprender que yo le amaba a él. Tenía miedo que un día al regresar a casa él se fuera y me susurrara al oído que había matado a todos mis amantes.

Yo no tenía amantes, así que no era miedo real hacia un amor fuera del matrimonio descubierto por él. Mi temor era provocado porque todos aquellos que se acercaban a mí, todos sin excepción, podían ser mi amante. Por ello me evitaba el entablar amistades muy profundas. Amaba a Kurou, no quería que se fuera de mi vida o que sus pensamientos volaran hacia rincones tan perversos.

-No, gracias.-respondí acomodándome la ropa.-El señor alcalde no debe permitirse el lujo de verse implicado con gente de mi calaña.-sonreí de forma divertida, como si fuera un juego.-Mi esposo me espera.

-Así, que Kurou es el nombre en clave de tu esposo.-murmuró.

-Kurou es mi esposo, nacido en Gran Bretaña con orígenes asiáticos. Se llevarían bien, por supuesto, si él no odiara a otros británicos.-comenté recogiéndome mis cabellos hacia atrás, para despejar mi frente.-Nos vemos.

-Nos vemos.-dijo colocando mejor sus gafas, como si fuera un tic ya que no estaban bajadas.

-Le quedan mejor las gafas que las lentillas.

Giré mi cuerpo por completo ante él, como si fueran pasos de ballet bajo la incesante lluvia. Di por finalizado nuestro primer encuentro, el cual era sólo una toma de contacto. Creo que jamás me había sentido tan cómodo con alguien tan desconocido, me sentía como si ya conociera cada movimiento de su cuerpo. El dolor nos unía, eso era un vínculo que nos hacía próximos y no planetas lejanos.

Tears for you - Capítulo 1 - Primer encuentro, primeras impresiones (Parte I)




Tears for you

Capítulo 1

Primer encuentro, primeras impresiones


Llovía intensamente, las ráfagas de aire hacían volar los paraguas y sin embargo mis pasos eran decididos. Estaba mojándome como aquella noche, sintiendo a la naturaleza maldecir al ser humano ofreciéndole un poco de su indomable espíritu. Prácticamente no había demasiadas personas fuera de sus vehículos, los comercios estaban atestados y no era por el gran número de ofertas. Yo seguía mis pasos, imparable como la lluvia, sin importarme que me miraran como un maldito enfermo mental.

-No quiero volver atrás, no ahora.-murmuré para darme aliento mientras mi mentón temblaba a causa del frío.-No voy a ser lo que nunca he sido, siempre seré quien soy. Si quiere hablar conmigo que lo haga, no me importará desnudarme para él. ¿Quiere mi alma? Que se la quede, total para lo que sirve. Si quiere el alma corrupta de este ángel herido se la ofreceré en bandeja.-dije justo antes de entrar en aquella cafetería.

El aroma a café prácticamente se podía sentir pegarse a la ropa. Dentro era una tormenta distinta, más de una veintena de personas conversaban con la mirada y con palabras que me llegaban mezcladas. Fui indiferente para todos los presentes menos para él, ya me esperaba. Su aspecto era pulcro, como si llevara horas esperándome y o formara parte del mobiliario.

-¿Por qué quieres hablar conmigo?-pregunté sin tomar asiento hasta que hizo un ademán ofreciéndome la silla contraria a la suya.

-Sabes bien qué quiero.-respondió justo antes de tomar un trago a su café.-Quiero que me cuentes tu vida, que liberes tus remordimientos y me inspires. Él dijo que únicamente conocía a una persona capaz de despertarme de esta muerte, de este insomnio que me está matando.-sus ojos estaban rojos, me fijé en ellos mientras me explicaba los motivos por los cuales contactó conmigo.

Jamás pensé que alguien como él quisiera escuchar mi historia, creía que personas de su nivel social no quería saber de chusma y asesinos. Me quedé contemplándolo, bañándome en sus ojos y sintiendo que una lágrima estaba a punto de aparecer. Buscó una de mis manos tomándolas entre las suyas, como un ruego desesperado. Estaba en ruinas, como yo años atrás al llegar a esta ciudad siempre oscura y problemática.

-He perdido a la persona que más he amado, creo que a la única que he logrado amar.-dijo sin esperar que realmente le creyera, pero sus palabras eran sinceras.-He pretendido hacer oídos sordos a todo, a todo.-sus dedos acariciaban mi fría piel por culpa del clima tan adverso.-Tú eres la solución.

-Piensas que si conoces a otro desgraciado tus desgracias serán menos, eso piensas.-sonó con cierto aire a reproche, pero no pude contenerme.-No soy un bicho al cual contemplar mientras le arrancan las alas, ya no.

-No es eso.-intentó explicarse nuevamente mientras yo apartaba sus manos de mí, me quemaban.-Deja que te demuestre que no es eso.

-¿Y qué es entonces? Dime.-soné agresivo, de forma idéntica a como me escuchaban mis víctimas antes de extorsionarles.

-Dame cinco minutos, te contaré que ha sucedido.-musitó llevando sus manos al café únicamente para sentir su calor, quizás para convencerse que no era una pesadilla.

-De acuerdo, te daré cinco minutos y si no me convences me iré.-dije clavando mis ojos en él, de nuevo sintiendo esa horrible conexión entre su melancolía y la mía.

-Me burlaba del amor, porque al único hombre que había amado el destino me lo arrancó cruelmente. Si bien, no llegué a quererlo de forma pura.-hizo una pausa para tomar un poco de café y proseguir.-A ella la amé olvidándome de todo, perdiéndome en las escasas caricias que me regaló. De ser un demonio con todos pasé a ser un cordero listo para el sacrificio a Dios.-su voz se quebró.-No sabes cómo la amo, no puedes hacerte una idea de como la amo. Y sin embargo, no queda nada de ella. Me dio una hija, pero perdió su luz y su mente. Yo no puedo escribir nada decente desde aquella noche que la encerré en el psiquiátrico.-balbuceó rompiendo a llorar finalmente.

Tuve un impulso y lo seguí. Mis manos terminaron sobre las suyas, apretándolas con cierto aire compasivo. Sin embargo, no sabía quién tenía que compadecer a quién. Sus manos de escritor se encajaron en las mías de asesino, como si pudiera salvar su alma y no destrozarla. Noté como temblaba, como finalmente explotaba en lágrimas frente a mí. Yo era prácticamente un desconocido, no sabía qué tenía que ver yo con todo aquello.

-¿Y qué puedo hacer yo?-pregunté en un murmullo.

-Enséñame a ser fuerte, enséñame a poder soportar este castigo.-ciertamente, me confundí con él. No quería verme como un insecto, sino como un muro resistente a los golpes del destino. No era ni lo uno ni lo otro, sólo un superviviente lleno de cicatrices.

-Sólo te puede enseñar la experiencia de la vida, vive la vida y deja que esta te bañe. No hay milagros, nada que pueda yo darte para consolarte y darte fuerzas.-dije secamente, como si su vida no me importara.

-Te respeto, sólo por ser quién eres.-aquello me hizo abrir grandes los ojos y levemente mi boca.

-¿Y quién soy?-pregunté con cierto poder, abriendo ante él mi abanico de carisma y seducción.-¿Un ángel consolando a un demonio patético?

-El hermano de un buen amigo, aunque no lo seáis por el vínculo de la sangre.-fue su respuesta tan sincera que me hizo caer aplomado de nuevo ante mi fragilidad.

-Está bien, te iré narrando mi vida y espero que no importe que sea en otro lugar.-dije levantándome.-Esa es mi única condición.-susurré casi sin aliento.-Ven a mi casa los viernes en la noche, Kurou no nos molestará.

-¿Quién es Kurou?-interrogó alzando una de sus cejas, como si desconociera quién era la única persona que me hacía realmente feliz.

-Lo sabrás en su momento.

Me abrigué de nuevo con aquel gabán rojo que siempre me resguardaba de la oscuridad de aquel mundo, como si fuera confeccionado con la sangre de mis víctimas. No importaba que estuviera empapado, la lluvia fuera del local seguía cayendo como las lágrimas de aquel individuo. Ignoraba porqué hacía todo aquello, tal vez para resarcir mi alma destrozada. Si bien, lo haría más por mí que por él. Nunca había narrado mi historia hasta ese preciso momento.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt