Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 6 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte IV





Su forma de caminar era como la de un auténtico animal salvaje, sabía como captar mi atención por unos breves segundos para después desaparecer rumbo al piso superior. En ocasiones bebía de él algunos sorbos, hundiendo mis colmillos en su fría piel mientras el gemía como si pudiera tenerme en su lecho. Sabía que era su forma de regalarse a pesar de ser inaccesible para el resto.

Quedé en silencio con mis pensamientos, un brindis a la soledad y a mi amargo carácter que ni yo comprendía. Mis ojos café oscuro escrutaron cada rincón de la sala, como si jamás hubiera estado en ella. Apreté leve mis labios y relajé el rostro, para girarme hacia la ventana y seguir contemplando como el mundo seguía en apariencia imperturbable mientras cambiaba drásticamente en algún punto no muy alejado de nosotros.

El mundo cambiaba, mutaba como una fórmula de laboratorio expuesta a ciertos cambios de temperatura. Éramos como Frankenstein, trozos de mundos cosidos por ampollas que supuraban y cambiaban las cicatrices diariamente. Incluso los vampiros cambiábamos, nos volvíamos más crueles o más necesitados de algo que no poseímos jamás. El vacío de mi pecho, el cual se hallaba allí desde hacía siglos, comenzaba a tener mayor tamaño y el dolor era inmenso. La soledad me impulsaba a buscar objetos valiosos, discípulos de apariencia de hielo y pequeñas luciérnagas que quizás morían con las temperaturas del invierno.

Cuando era joven pensaba que ese vacío se podía llenar con peleas, batallas que surgían de la nada y se evaporaban tras dejar inconscientes a mis oponentes. Más de una vez fui yo quien besó el suelo y escupí mi propia sangre, en ocasiones envueltas con trozos de carne de mi contrario. Mordía, golpeaba, buscaba enterrar mis navajas o mi espada en alguien. De eso hacía más de cinco siglos, todos llenos de rabia y soledad. Luchaba supuestamente por mi honor, mi orgullo y los ideales en los cuales creía firmemente. Pensaba que cada batalla me haría inmortal, que hablarían de mí en libros de historia como el mayor guerrero de Japón. Si bien, aquello fue mucho antes de la llegada del cristianismo a nuestras costas y de una evolución hacia un mundo moderno e intransitable.

Huía cada vez más, como más prisa y miedo, de todo lo moderno. Las luces de la ciudad eran cegadoras, a pesar que no me dañaban me molestaban. La noche estaba tan iluminada como el día, cuando antes tenía ese toque mágico y tenebroso que tanto me recordaba a mí mismo. La oscuridad, el silencio brusco que te rompe los tímpanos, y la soledad intratable eran tan atrayentes como iguales a mi alma. Quería volver a los tiempos en los cuales la oscuridad lo envolvía todo, alejándome de la luz de los hombres y de sus inventos inútiles. Mataban la belleza del cielo con sus estrellas falsas, porque con luz el hombre cree que está a salvo y es falso. Sus junglas de hierros retorcidos y cristal a prueba de balas no les librará del mal.

En la carretera aledaña a mi mansión, cerca del bosque, en ocasiones podía sentir pasos sin percibir cuerpo o ser alguno. Sólo eran energía, ecos del pasado, incluso podía notar cerca de mí el aliento del alma atormentada de algún iluso. Fantasmas, hechizos honrando al maligno sea cual sea la religión de la cual provienen los hombres que lo ensalzan, vampiros succionando hasta la última gota y sensaciones indescriptibles... es todo lo que aún sucede cerca de mi vivienda, en la ciudad o en mi propia casa. Podía escuchar los escalones quejarse sin aguantar peso alguno, haciéndose notar alguien frente a mí sin estar.

Aún no tengo claro si los ángeles existen y tampoco si el demonio, tal como cientos de religiones lo dibujan, es real, o sólo lo son los hombres que actúan en su nombre. Si bien, he llegado a sentir paz en cementerios cubiertos por la nieve y protegidos por ángeles de piedra de mirada inquietante, como si me escrutaran y preguntaran “¡¿Quién va?!”. Si bien, he sentido pánico en medio de un bosque donde sólo debía existir animales de los cuales alimentarme. Podía notar los ojos inyectados de una fiera cuyo rostro no lograba apreciar. Soy un vampiro, pero no inmortal. Los vampiros también podemos morir y he llegado a temer por mi vida, a pesar que a veces la desprecio porque me cansa seguir vivo. Es cansado seguir vivo cuando todo cambia sin poder evitarlo, pero tú físicamente sigues igual pase lo que pase.

A mi espalda estaba la escalera hacia los dormitorios, así como la trampilla que daba a la bodega donde yacía cada mañana. Faltaban unos minutos, podía ver como empezaba a clarear mientras mi cuerpo se sentía pesado. Deseé ir hacia la escalera y correr hacia el lecho de Frederick, merecía una disculpa por ciertas palabras por muy ciertas que fueran. Si bien, ya no quedaba tiempo y creo que aunque hubiera dicho algo no tendría sentido. Abrí la trampilla y me deslicé por la escuálida escalera de piedra, cerrando a mi paso la pesada hoja de madera.

Bajo la casa existía otra muy distinta, donde debía encontrarse la bodega con los vinos más selectos. Allí bajo aquellos tablones gruesos, se hallaba mi cámara funeraria. Un ataúd sencillo forrado de terciopelo rojo y de un tamaño muy superior al mío. Odiaba sentirme estrecho cuando descansaba, por eso encargué uno de altura y anchura mayor. Junto al ataúd se encontraban varias hileras de libros, todos muy antiguos, donde contenía la historia de cinco siglos. Eran mis viejos manuscritos, muchos escritos en mi lengua materna y otros en inglés o español. En el fondo de aquella galería se hallaba un piano, el cual sólo usaba cuando la melancolía me arrojaba a intentar interpretar algún tema. Y en uno de los rincones donde se hallaban aún las tablas de la bodega, de aquellas botellas de diferentes licores y fragancias, se encontraban apilados sobre estas libros de distintos autores, los cuales pertenecían a fechas y épocas muy diversas.

Di un largo suspiro y dejé que mi ropa cayera al suelo, como si mi piel fuera resbaladiza y no pudiera contener mis prendas. Mi cuerpo se mostraba como un bloque de mármol frente a la intensa oscuridad de aquel recinto. Allí podía aspirarse el aroma de cada hoja, tinta y tintero que se refugiaba de ojos curiosos como los de Frederick. Tomé la bata que siempre se hallaba colgada cerca de las escaleras, era de terciopelo rojo como el forro del ataúd.

Mientras anudaba el cinturón de la bata pensé en los ojos amargos de la pequeña, esa mirada de dolor incesante e inquietante, que me taladraba el alma perforando exactamente en el vacío que siempre había sentido. Mi mano fue directa a mi corazón, el cual no latía salvo cuando se alteraba ante el deseo de la caza, la cacería en sí y la sangre cuando brotaba directa hacia mi garganta. Palpé mi cuerpo, duro y frío, cerrando mis ojos paladeando ese dolor intenso. Aquella mirada me torturaba y desde aquel instante me acompañaría como un pequeño crespón fundido a mis miserias.

Unos minutos más tarde me encontraba tumbado en el ataúd, deslizando la tapa mientras intentaba evadirme en viejas guerras, las cuales siempre me hacían sentirme vivo y con el coraje suficiente como para emprender cualquier viaje, fuera cual fuese. Batallas que libré y que son parte del legado de una historia que nadie recuerda. Mis sueños eran prácticamente inexistentes, y si los tenía eran sólo menos recuerdos. Aquella noche volví a ser un soñador sin sueños, un viejo vagamundo de mirada huraña perdido en la fría estepa de la nada.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte II






A los pies de aquella monstruosidad de gárgolas, altos campanarios, grotescos grabados y vidrieras en las cuales el calvario de cristo aparecía representado infinidad de veces, se encontraba un mendigo aterido de frío. Besé las mejillas de mi ángel particular y dejé que su cuerpo tocara el suelo, acomodándola en una de las esquinas del edificio. Mi plan cambió drásticamente, así como mis movimientos rápidos y atroces. Estaba sediento y necesitaba ahogar ese sentimiento, el cual gritaba con fuerza en mi interior provocando que temblara como si el frío pudiera dañarme.

Clavé mis colmillos en el cuello de aquel desgraciado. Mis labios se pegaron a su piel gruesa y sucia, el hedor de sus ropas era insoportable. Sus cabellos, como cada trozo de él, apestaban a vino barato y cigarrillos. Cerré los ojos bebiendo con ansiedad, absorbiendo recuerdos poco agradables como algunos cálidos de una niñez olvidada. Era la niña o él, yo había hecho mi elección y él había caído muerto contra los escasos escalones de piedra.

Su corazón aún latía en mis sienes, como un horrible tic-tac. No había tenido posibilidad de sobrevivir, el abrazo de un demonio es demasiado poderoso. Además, estaba ebrio y supuse que inclusive me vio como un ser que le visitaba en sus pesadillas, el cual le paralizó dejándolo sin aliento y sin vida. Mi cuerpo se había vuelto más tibio, el calor de su sangre recorría cada recoveco e incluso me había dado color en las mejillas. Saboreaba su esencia, él sólo era la última presa para un cazador de almas.

Fui hacia la pequeña, arrodillándome frente a su débil cuerpo, apartando las mantas. Ella se despertó aturdida, lo cual me daba ventaja. Abrí mi muñeca rasgándola, con mis colmillos, y sin pudor alguno se la ofrecí, de ese modo calmaría su fiebre. Sus pequeños labios, agrietados por la sed y la propia enfermedad, rozaron mi piel tomando pequeños sorbos. Se produjo entonces una chispa en sus ojos, la vida regresaba con fuerza. Pronto dejó de tiritar, la fiebre se marchó y dejó de estar aturdida. Aparté entonces mi muñeca, ocultando a la vez mis colmillos, para mostrarme calmado.

-¿Quién eres?

Su voz rasgó el silencio que nos habíamos profesado. Mis manos se pegaron a sus mejillas acariciando su suave piel, tenía el tacto similar a los pétalos de una rosa. El tono sosegado que usó me impactó. Parecía cómoda ante mí, como si nos hubiéramos conocido siglos atrás en otras vidas.

-Tenshi

Sus diminutos dedos se pegaron a mi rostro, apartando mis cabellos y en plena oscuridad quiso descubrir mi rostro. Me miraba como si viniera de otro mundo, como si conociera a ciencia cierta que había conocido los infiernos y dialogado con el propio Lucifer. Me abrazó sin soltar aquel animal de peluche, mostrándose agradecida y necesitada de afecto.

Recordé que todos estamos solos en este mundo. La vida es una estrella fugaz solitaria en una noche de verano, la cual ilumina por segundos el cielo y termina estrellándose contra el suelo. Unos instantes de gloria, pocos de amor y nulos de felicidad aunque en ocasiones creamos sentirla. El aroma de su cuerpo, lleno de pesadillas, me hicieron caer de bruces a la realidad. Si la abandonaba tal vez dejaría atrás un pequeño paraíso, el cual me podría ofrecer alguna compañía y dejar de caminar como alimaña entre los hombres. Si bien, llevándola conmigo sólo cargaría con una piedra que podría lograr que tropezara.

-Tengo hambre, Tenshi.

Suspiré pesado aspirando una vez más el aroma tibio de su cuerpo contra el mío, mis ojos se cerraron con fuerza y mis colmillos surgieron mientras ocultaba mi rostro para no asustarla. La ternura de su voz me inquietaba y supe entonces que la deseaba más allá de la sangre, que quizás rondaba su pequeña habitación en busca de algún pequeño fragmento de mi pasado.

Me alcé con ella en mis brazos, abrigándola con la manta y mi propio abrigo. El viento comenzaba a ser cada vez más helado, y aún quedaba para llegar a mi guarida. Cualquiera que nos viera tan sólo vería a un padre transportando a su hija en plena madrugada, quizás un insensato o tal vez un desgraciado. No importaban los pensamientos ajenos, sino los míos que no paraban de brotar de mi desquiciada mente.

Un cazador llevaba a su presa entre sus garras sin conocer su destino, ni el de ella, simplemente cargándola, mientras buscaba un descanso moral a su alma destrozada, por décadas más frías que el hielo. Eso era y eso soy todavía, eso seré hasta que el mundo caiga de su pedestal y como pelota rebote hasta explotar como globo perdido en el aire.

Cada paso que daba aquella noche era más duro que el anterior, arrastraba pesadamente las suelas de mis zapatos mientras notaba sus dedos jugar con mis cabellos. Podía escuchar su corazón y sentir su aliento cálido contra mi cuello, era una tortura y a la vez la más deliciosa de las sensaciones. Por una vez cargaba vida y no muerte.

Noté como tiritaba por el frío provocando que apurara mis pasos, a pesar del dolor que podía sentir en cada uno de ellos. Corrí como un salvaje ocultando todo su cuerpo entre las mantas, procurando que el aire no la azotara. Mientras corría recorré los campos de cerezo tras las primeras nevadas, los árboles buscaban el cielo que en primavera les hacía florecer. Mis pies se hundían en aquellas nevadas, los pasos de un gigante, pero en esos momentos sólo corría cual lobo hambriento en busca de su refugio.

Mi residencia se hallaba en las afueras. Era una vieja casona reformada. Había restaurado toda la casa, inclusive el suelo de madera. Aquel lugar poseía el encanto de otra época, aunque era estilo europea y yo procedo de una cultura milenaria completamente distinta. Era mi hogar, reformado y decorado a mi gusto. No poseía aparatos tecnológicos más allá de un rudimentario teléfono, el cual prácticamente era un adorno. A mi cuidado y disposición se encontraba un joven de veinticinco años, un muchacho que conocía mi secreto y anhelaba ser mi discípulo.

Mis pies se movían rápidos por la ciudad, prácticamente éramos una sombra en movimiento. El murmullo del viento golpeando con fuerza los delgados muros de los edificios modernos, ese que rompía a su paso las ramas de algunos árboles o te producía un escalofrío incómodo. Mis ojos brillaban como los de un gato, aunque podían verse fieros como los de un demonio. Brincaba de balcón en balcón y caía en tejados que me permitían saltar más alto permitiéndome llegar antes al destino. Ella tiraba con fuerza de mi ropa, sin embargo estaba sosegada y no parecía percatarse de nuestra precipitada marcha.

El último salto fue el más alto, desde un edificio de más de quince plantas, precipitándonos al vacío mientras mis brazos la rodeaban con firmeza. La luna llena brillaba en todo lo alto regalándonos una vista indescriptible. Mi abrigo se expandió amortiguando el impacto, como si fueran las alas de un demonio expandiéndose por el inmenso cielo nocturno. Cuando mis pies tocaron en el asfalto este se rajó y produjo un sonido sordo, el cual hizo que varios vecinos encendieran la luz de sus lamparillas de noche e inmediatamente caminaran descalzos hacia las ventanas. No pudieron ver nada, sólo la más absoluta calma.

Corría alertado sintiendo una extraña emoción, como si mi alma despertara de un letargo que había durado siglos. Si bien, resté importancia porque supe que mis ilusiones se perdían tan pronto la noche caía. Podía notar la adrenalina recorrerme de pies a cabeza provocando que sonriera contemplando a lo lejos el bosque, justo donde se encontraba los terrenos de mi finca y la mansión en la cual descansaba mis cansados huesos.

Los últimos metros fueron sigilosos, regresé a mi metódica forma de caminar. Simulaba los pasos de un gato, cortos y elegantes. Cerré los ojos tocando la cancela negra, la cual poseía cierto encanto al estar parcialmente cubierta por madreselva. Mis dedos sintieron el frío de aquel metal produciendo en mí la sensación de estar a salvo, de llegar a mi destino y descanso final.

-Señor.

Pude verlo antes que dijera palabra alguna, más bien sentí su cuerpo despegándose del butacón de cuero cercano al fuego. Todas las noches de invierno solía sentarse junto a la leña que chisporroteaba en la chimenea de piedra, idéntica a la original, y leía libros sobre seres como yo buscando quizás un rasgo común en todos nosotros. Si bien, para el resto del mundo yo era mitología o literatura barata luminiscente.

Sus penetrantes zafiros se clavaron en el bulto que cargaba, sus dedos se movían impaciente y sus labios se apretaron ligeramente. Sin duda sentía curiosidad, una punzada de ansiedad le recorría toda la columna vertebral y le impulsaba a mostrarse inquieto. Sus largos cabellos rubios caían revueltos más allá de su cintura, dándole un aspecto salvaje y produciendo de esa forma una visión de un ser de otro mundo. Si bien, era sólo un chiquillo que esperaba que trajera para él un regalo como símbolo de nuestra amistad. Pero, aquello que traía era algo más que una ofrenda.

-Frederick calienta agua, aprisa.

Por unos instantes quedó paralizado, pero pronto se movió rápido por la casa subiendo precipitadamente las escaleras hasta el piso superior. Dejé que se ocupara del agua, mientras yo entraba en la casa y la acomodaba en el sofá. Abrí las mantas para contemplarla recostada como un pequeño ángel. Sus brazos se aferraban en ese momento a su peluche intentando seguir con sus dulces pesadillas.

Mi único acompañante, el cual sólo era un sirviente para mí, se acercó a nosotros quedándose atónito. Sus ojos se volvieron océanos agitados, llenos de rabia y pude leer en su mente que la detestaba. Ella tal vez ocuparía su lugar, ya que estúpido no era y sabía que él no era el prototipo ideal de discípulo. Sin embargo, no dijo nada y únicamente aguardó alguna respuesta o comentario acerca de mis propósitos con aquella niña.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Tenshi - Capitulo 1 - La llegada - Parte I





Esta novela será creada, como reproducida, bajo la música de B-T.

Tenshi significa ángel en japonés.

Es una idea basada en mi interpretación de los ángeles, el bien y el mal, la religión, las relaciones humanas, la esperanza y la belleza. También está incluida todas las fases del hombre y huella en este mundo.



CAPITULO 1
La llegada.


Las luces de la ciudad tintineaban coloreándola, produciendo un efecto en mí de extraña emoción. En realidad, esas luces consumistas sólo incitaban a la hipocresía, el desfalco de los bolsillos repletos de esperanzas que vendían envueltas en celofán y mentiras sobre la venida de un Mesías. Todo aquello que me rodeaba, con luces de colores y melodías de coros angelicales, era una falsa que se repetía cada Diciembre. La nieve cubría los tejados, pero no como en épocas pasadas. Cada vez todo era más artificial, el cambio climático y la nube de polvo tóxico que cubrían las ciudades evitaban las nevadas. Aquella nieve era puesta por los propios empleados de las grandes superficies, y por aquellos nostálgicos que deseaban aún una blanca Navidad. Mentiras en forma de bastón, hombres disfrazados y hechiceros con turbantes hechos con toallas de hoteles baratos. Sí, todo eso que llamaban “época de paz y amor” me rodeaba una vez más, me asfixiaba y me torturaba recordándome mis más de cinco siglos.

Cientos de almas muertas me rodeaban, sus cuerpos aún latían y se mantenían cálidos bajo sus ropas de abrigo. Esta es la trágica verdad de los seres humanos, todos están muertos por culpa de la decadencia. La imaginación, la creatividad o simplemente la ilusión no se valora y se desprecia como si fuera una pérdida de tiempo. Se busca lo eficaz, lo gris y con ello la esclavitud. Los políticos lograban mermar a la población, incluso los escritores que en su día fueron cuna de la revolución colaboraban en este sopor que los mataba. Y aún hoy, presas del pánico, se refugian bajo las alas de ángeles pocos misericordiosos. Piden sus almas a cambio de la verdad que un día les será revelada, eso es la iglesia, la política y las mentiras que se saborean en los labios de los presentadores manipulados, a pesar de su arrogancia, por los titiriteros que poseen el poder que fue una vez del pueblo. Sin embargo, en épocas como las navideñas se intenta creer en una magia que es despreciada todo el año, así como los valores cristianos de amor al prójimo.

Me sentía avasallado por la hipocresía, me acorralaba en cada esquina y poseía los ojos de cada uno de los indigentes con quienes me cruzaba. Cánticos hablando de ser buenos, honestos y amables con quienes tienen poco o nada mientras a pocos metros moría un hombre por inanición o frío. Los policías se acercaban a quienes no tenían más que un cartón de vino, unas cuantas mantas y quizás un perro como compañero, para echarlos de las calles más céntricas no fueran a ensuciar la imagen de la ciudad, sus fiestas y la felicidad que todos debían sentir. Miserables, no misericordiosos, eran todos ellos.

El cántico triste de un violín me llamó la atención. Un muchacho vestido con prendas raídas, guantes sin dedos y barba de varios días, tocaba su instrumento esperando conseguir un par de monedas. Una triste estampa que me recordó a navidades pasadas, donde otros intentaban encontrar la esperanza entre los desperdicios sociales con los cuales se convive a diario. Me acerqué admirando su pasión y la belleza de cada una de sus notas. Podía verlas alzarse de sus cuerdas e iluminarlo todo, lo hacían con mayor majestuosidad y virtuosismo que esas luces llenas de opulencia y oportunismo. Sus labios estaban agrietados, los chupaba y mordía intentando encontrar saliva necesaria para calmar su dolor. Entonaba su alma como plegaria, una oración a la nada, y que era recompensada con unos cuantos céntimos. La hipocresía y la envidia llegaba incluso hasta ese rincón, donde él tocaba entrando en calor recordando imágenes de lugares donde jamás estuvo. Saqué mi cartera y dejé un par de billetes en su bolsillo, lo cual le pareció extraño y terminó agradeciendo con una melodía más alegre. Pobre de él, no sabía que para mí el dinero no era más que papel mojado y que mi alma estaba aún más muerta que la de todos los presentes.

Retomé mis pasos escuchando de fondo la melodía del violín, así como la de cientos de cajas registradoras y los pasos de estúpidos apurados por un sentimiento falso, tan falso como su bondad y buena fe. No me cansaba aquel paisaje, por mucho que lo detestara, porque siempre hallaba algo nuevo y por extraño que pareciera buscaba las diferencias a días atrás. Cada edificio cambiaba poco a poco, así como las personas que una vez se apoyaron en sus muros o gritaron sus miserias. Yo permanecía inmutable, sin cambiar ni un ápice, y eso podía llegar a ser desconcertante, aunque nadie reparaba en mí.

Entré por uno de los callejones que más me animaban. No muy lejos había un barrio de mala muerte donde familias sin recursos vivían hacinadas. Allí se respiraba crueldad, pero también belleza ya que podían escucharse palabras sinceras, por dolorosas o terribles que fueran. Aquella noche me esperaba una sorpresa, una de esas que pueden cambiarte la vida y también la historia de tus pasos sobre el mundo.

Las prostitutas que allí se reunían me ofrecían caricias y sexo por pocos billetes, todas prácticamente desnudas en una noche fría. Los drogadictos de una de las viviendas se colocaban por tercera vez en la noche, mientras se escuchaban de fondo sus voces entumecidas brindando por la Navidad. En una de las casas se hallaba una mujer con los huesos molidos, a pesar de su juventud. Tenía una hija pequeña, de unos cinco años de edad, por la cual había tomado duras decisiones. En una de las viviendas intentaban descansar un matrimonio anciano, los dos estaban aterrados por como había cambiado el barrio. Y en la plazuela cercana se hallaban varios mendigos entorno de un bidón viejo que habían incendiado, todo para entrar en calor aunque fueran unos minutos.

La joven madre me llamaba la atención, desde que la conocí por casualidad. Todo en esta vida se mueve por los hilos de lo casual, un destino no escrito y que nosotros terminamos hallando por nuestras decisiones. Tenía entorno a veinticinco años, sus ojos eran de una anciana por todo lo vivido y sus manos estaban agrietadas. De día limpiaba las escaleras y viviendas de personas con mayor suerte en la vida, mientras que algunas noches se ofrecía a cualquier desgraciado en busca de consuelo barato. Aquella noche se entregaba a un estúpido que apestaba a vino barato y whisky, el cual se movía sobre ella como un desquiciado.

La mezcla de emociones me inundaba, sobretodo las de ella. Sentía asco, vergüenza y terror mientras se decía a sí misma que todo lo hacía por la pequeña. Una niña que no tenía padre porque este había dejado tirada a su madre, una joven que se vio en la calle gracias a su hipócrita familia cristiana. Él simplemente quería disfrutar más de ella, incluso pretendía enamorarla restregando su lengua sobre los firmes pechos de aquella mujer. Gemidos falsos surgieron de labios de Sofía, así se llamaba la joven, mientras que él mordía indiscriminadamente su cuello y hombros.

Yo contemplaba todo desde uno de los balcones de la vivienda, permitiendo que una de las cortinas polvorientas ocultara mi silueta. Mis manos níveas acariciaban los barrotes oxidados de aquel lugar, así como los ladrillos vistos de la fachada. La imagen que contemplaba era parecida a una película porno barata. Ella estaba mal colocada en la cama, la cual estaba desecha y su ropa a medio quitar, ofreciéndose bajo aquel imbécil de ojos juntos y labios finos, los cuales desprendían un hedor parecido al de un estercolero.

Me deslicé hacia el siguiente balcón, este daba a la pequeña habitación de la niña. La pequeña lloraba en silencio en la habitación contigua, lo hacía aferrada a un oso de peluche. Sus cabellos negros caían sobre su frente empapada en sudor, tenía frío y necesitaba medicinas. Prácticamente no poseía muñecos o ropa, mucho menos antibióticos para la bronquitis que tenía. Tosía llamando a su madre, mientras esta se desesperaba. Podía escuchar perfectamente como él susurraba palabras indecentes e inquietantes para cualquiera, sin dejar de morder y babear su escote.

Apoyé mis manos sobre cristal de la ventana, el cual estaba algo sucio por culpa de la lluvia de días atrás. Mis ojos, muy parecidos a los de un gato salvaje, la observaban minuciosamente. Parecía una pequeña muñeca olvidada. Su camisón celeste estaba empapado por el sudor a causa de su fiebre, sus mejillas estaban rojas y parecían cerezas. Tenía una dentadura perfecta y unos labios parecidos a los de su madre. Sus ojos parecían gemas y poseía un verde intenso. Su piel blanca era similar a la porcelana, pero parecía tan cálida que me sentí tentado a tocarla. Realmente era una muñeca, una niña perfecta. Destacaba en aquel ambiente.

Su madre era una joven atractiva, pese a las heridas que ya poseía su cuerpo. Poco a poco se consumía, igual que la droga que a veces necesitaba. Una mujer que había luchado por darle lo mejor a su hija, pero no alcanzaba para unos cuantos medicamentos. El sexo de aquella noche pagaría las medicinas que no pasaba el seguro, las cuales necesitaba su pequeña.

Ambas eran muñecas, perfectas muñecas. Salvo que una de esas muñecas estaba rota y la otra sólo abandonada por la miseria reinante. Deseé entrar en sus vidas y acabar con ellas, beber hasta la última gota de sus frágiles venas y darles descanso a sus almas. Sin embargo, me contuve alejándome de la ventana de aquella alcoba llena de humedad y miseria, para seguir contemplando a su madre.

La visión del balcón contiguo, donde me ocultaba con cuidado de la vista de ambos, era salvaje. Ella se movía como una auténtica sirena. Se balanceaba de un lado a otro, sus caderas se veían sutiles y sus falso interés demasiado tentador. Una actriz jugaba con las mágicas sensaciones de un perturbado. Cuando acabaron ella sonrió como si hubiera alcanzado el paraíso, supongo que aquello iba incluido en el precio.

Una violenta discusión surgió de la nada, aquel imbécil no quería pagar tanto dinero. Ella intentó impedir que se fuera sin pagar y en milésimas de segundo estaba en el suelo, su cráneo estaba roto y la blusa blanca manchada de sangre. Los pasos precipitados de su asesino resonaron por las escaleras, así como el fuerte golpe al cerrarse el portal. Pude sentir la adrenalina de aquel bastardo, pero no era tiempo de ocuparme de él sino de ella.

Pasé dentro intentando contener mis deseos de lamer el cuerpo de Sofía, su sangre era tan atractiva aunque se hubiera desperdiciado en el suelo, que me resultó casi imposible caminar hacia la habitación de la pequeña. Aquel dulce ángel, esa muñeca perfecta, lloraba aún más desconsolada. Sin embargo, ante mi presencia calmó su llanto contemplándome con sus enormes ojos. Sus pobladas pestañas estaban empapadas por sus lágrimas y su mirada era una súplica agónica, pedía inmediatamente que la estrechara entre sus brazos.

Rodeé su tierno cuerpo entre mis brazos, sintiendo que la amaba a pesar que prácticamente desconocía todo de ella. Sólo sabía su nombre, porque su madre lo repetía una y otra vez en sus desquiciados pensamientos. Mi instinto salía a flote, como un corcho sobre el agua, sin embargo logré controlar mis deseos y tener piedad.

Decidí con rapidez, el hedor a sangre me perturbaba al igual que la calidez de su cuerpo. Terminé tirando de las mantas arropándola, para tenderle, ya entre mis brazos, su único peluche. Había decidido llevármela lejos, ocultarla junto a mí al menos por aquella noche. Se aferró con fuerza a mi traje oscuro y dejó su rostro hundido en mi torso, parecía buscar el latido de mi corazón para calmarse. Jamás había tenido algo tan frágil entre mis brazos, era como si no pesara nada en absoluto y pudiera romperse de igual modo que una copa de cristal de bohemia. Su aroma infantil se mezclaba con el de la humedad del techo, así como paredes, junto al salado de sus lágrimas y la atrayente fragancia de su sangre tibia junto al hedor a muerte que comenzaba a impregnar la vivienda.

Logré salir del edificio sin ser visto, mis pasos no producían ruido alguno y ella permaneció en silencio. Había quedado dormida, a causa de la fiebre y sus escasa alimentación. Aquella mujer por mucho que trabajara no podía cuidarla, entre los gastos del alquiler y transporte se iba parte de su precario sueldo.

Caminaba calmado por callejones desérticos, tan oscuros como mi propia alma. Mi largo abrigo negro rozaba el suelo y los laterales de los altos edificios. Sentía su respiración agitada a causa de sus terribles pesadillas. Siempre creí que seres tan frágiles no eran capaces de soportar tanto daño. Su inocencia se había gastado, así como sus sueños infantiles. Podía leer en su revuelta mente golpes innecesarios por parte de los canallas que decían amar a su madre, lágrimas al ver el cuerpo maltrecho de quien le dio la vida y gritos que desgarrarían el alma de cualquiera. No había lugar para la magia, la fantasía de cuentos de hadas o un suspiro para su tormento.

Caminaba sin sentido buscando una solución hasta que logré vislumbrar a lo lejos el campanario de una de las iglesias, apresuré mis pasos para entrar en esta y poder abandonarla bajo el altar. Sabía que no era lo correcto, ni lo lógico. Sin embargo, no podía mantenerla más tiempo pegada a mí. Sus pensamientos me ahogaban y el deseo incesante de la sed se agudizaba a cada paso. Si bien, nada más estar frente al edificio tragué duro observando sus vidrieras.

A los pies de aquella monstruosidad de gárgolas, altos campanarios, grotescos grabados y vidrieras en las cuales el calvario de cristo aparecía representado infinidad de veces, se encontraba un mendigo aterido de frío. Besé las mejillas de mi ángel particular y dejé que su cuerpo tocara el suelo, acomodándola en una de las esquinas del edificio. Mi plan cambió drásticamente, así como mis movimientos rápidos y atroces. Estaba sediento y necesitaba ahogar ese sentimiento, el cual gritaba con fuerza en mi interior provocando que temblara como si el frío pudiera dañarme.

Clavé mis colmillos en el cuello de aquel desgraciado. Mis labios se pegaron a su piel gruesa y sucia, el hedor de sus ropas era insoportable. Sus cabellos, como cada trozo de él, apestaban a vino barato y cigarrillos. Cerré los ojos bebiendo con ansiedad, absorbiendo recuerdos poco agradables como algunos cálidos de una niñez olvidada. Era la niña o él, yo había hecho mi elección y él había caído muerto contra los escasos escalones de piedra.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt