Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta frederik. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta frederik. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 8- Luciérnagas en pleno amanecer. II



Las imágenes que él me mostró fueron de Carolina. Ella había regresado a buscarme, pero no me encontró. Decidió olvidarse de mí, como parecía haber hecho yo con ella. Decidió que era el momento de alejarse y ocultarse. Se casó con un hombre, el cual la dejó por culpa de los cuentos que narraba a su hijo. Pero eso fue después de recorrer el mundo como bailarina, ella cumplió su más preciado sueño.

Eran palabras, imágenes creadas por el discurso de una mujer recostada en una cama y aferrada a la esperanza. Su mano tenía un aspecto ocre, ceniciento, y la vida parecía escaparse de sus profundos ojos verdes. Reconocí el rostro, lo haría entre millones, y no pude controlar mi dolor. Mis lágrimas surgieron solas, porque estaba contemplando en los ojos de aquel muchacho, en sus recuerdos más recientes, el dolor agonizante de un alma a punto de caer en el paraíso.

-¿Qué ha sucedido?-balbuceé destrozado.

Su rostro se mostraba impasible, poseía una entereza propia de un ángel. Sus ojos me contemplaban con una mezcla de desprecio y preocupación. Me despreciaba porque tal vez para él mis lágrimas eran las de un criminal, un estúpido que no supo tener paciencia y que abandonó a su suerte a la mujer que le había dado la vida.

-Nada que a ti te interese.-su voz sonó gruesa, masculina y gélida.

Respondió frío como un témpano de hielo. Parecía implacable como un asesino en serie, uno de esos artistas de la locura y del desenfreno maquinado a la precisión. Un ser que parecía de otro mundo y se había quedado en este a la espera del Apocalipsis final, para así ver inalterable la muerte de cientos de inocentes.

-Sin embargo, sólo te diré que no busca que la sanes sino que estés ahí para poder verte por última vez. Sabe bien que eres tú quien está organizando los sucesos cruentos en la ciudad, yo te hubiera dado caza y para después diseccionarte. Sería un honor matarte.-añadió echando a caminar esperando que le siguiera.

-Soy un vampiro centenario, pero como todos cometo errores.-susurré dejando que mis pies rozaran el suelo, marcando un ritmo parecido al de aquel joven.

No llevaría mi sigilo habitual, sería un humano en compañía de otro más joven. Su aspecto de muñeco de porcelana me turbaba, así como sus ojos rasgados y su boca pequeña. Parecía una figura hecho para cometer los peores crímenes y ser bendecido por ello. Sus hombros estaban rectos, sus manos estaban dentro de los bolsillos de su pantalón.

-¿Está en el hospital?-pregunté tras varios minutos caminando por calles estrechas.

-Es una noche fría para una primavera que está a punto de morir, como mi madre.-dijo antes de alzar el rostro hacia las estrellas.-Parece que desean que sufra sus últimos días.-no había respondido mi pregunta, más bien la esquivaba.

-¿Está en el hospital?

-No.-susurró.-Ya te oí la primera vez.-comentó parando frente a un edificio que poseía la fachada en muy malas condiciones.

El moho por culpa de la humedad lo manchaba todo, la pintura estaba descascarillada y la puerta de acceso tenía la cerradura rota. La escalera por la cual subimos chirriaba, pero al entrar en el pequeño apartamento me sobrecogí. Todo era tan pequeño, cálido y de una belleza sutil que te hacía sentir en casa. Las alfombras persas regadas por el suelo cubrían las baldosas sueltas, las cortinas rojizas, con hermosos visillos blancos, ocultaban las rejas mohosas del balcón y el sofá estaba dispuesto para ocultar los desconches de la pared colindante. Aún así parecía un lugar lleno de dulzura, la suya, y eso me hizo dejar de llorar para sonreír con melancolía.

-Está en la habitación del fondo del pasillo, esperándote.-dijo mientras se sentaba en aquel sofá, encendiendo un cigarrillo y esperando que su mente volara lejos.

Caminé hacia el oscuro pasillo, al otro lado había un pequeño punto de luz generado por una lampara en la mesilla de noche. Junto a esta estaba la cama y ella tumbada con un rosario de cuentas negras. Sus manos fueron lo primero que vi, unas manos pequeñas y delicadas, para después enterrarme en sus ojos febriles.

-Mi ángel.-susurró.-Rezaba por ti.

-Deberías rezar por alguien que merezca la pena.-dije arrodillándome frente a la cama.

-Sigues tan joven como hace décadas, no has cambiado nada.-murmuró buscando mis manos, las cuales le tendía para poder sentirla más cerca y real.-Como no ha cambiado nada mi amor por ti, así como mi sentimiento de culpa.

-El culpable fui yo.-respondí.

-Yo sabía que Frederick te amaba, sin embargo no me importó arriesgarme y ser yo quien ganara. El dolor me aplastó con fuerza, igual que su voz en mi oído. No he dejado de escuchar sus palabras culpándome durante años. Incluso esta misma noche las he escuchado.-besé sus dedos y las palmas de sus manos.-Fui a buscarte pasados unos cinco años, pero tú ya no estabas. Regresé durante meses a la casa, esperaba que volvieras. Sin embargo, decidí seguir mi camino y viajé por todo el mundo. Esperaba verte entre el público de los grandes teatros. Sin embargo, la vida de una bailarina es corta y pronto dejé de ser profesional. Me casé y fui ama de casa, una madre y una estúpida que cada noche rezaba porque volvieras.-sonrió amargamente, tan amargamente que fue como un navajazo en mi corazón.

-Yo también viajé, pero me interné en lugares que el hombre común no quiere ver. Pude comprobar misterios alejados del conocimiento que el ser humano posee, mejoré mis cualidades y regresé sosegado esperando encontrarte. Pero entonces lo supe, había pasado mucho tiempo y la rabia por mi estupidez me hizo cometer crímenes demasiado cruentos.-colocó sus manos en mis labios, sellando de esa forma mi boca y parando mi confesión.

-Cuida de Andrés, necesita que le cuiden porque es incapaz de controlarse.-susurró antes de incorporarse lentamente, yo intenté ayudarla pero ella lo evitó.

Sus labios rozaron los míos, pronto nos fundimos en la pasión de hacía años. Sin embargo, noté como la fuerza se escapaba de su cuerpo y caía en mis brazos. Su corazón se paró y el tiempo con ella también. Deseé despertarla, pero ya ni siquiera mi sangre podría devolverle la vida. La recuperé para perderla nuevamente y esta vez para siempre. Había perdido por haber jugado mal mis cartas, por errores que conducían a otros aún mayores.

-¡Carolina!-grité empapando su rostro con mis lágrimas, así como su camisón blanco y sus cabellos aún negros.

-¡Madre!-escuché desde el salón, así como los pasos rápidos y turbados de su hijo.-¡Mamá!-finalmente su máscara fría cayó rompiéndose en mil pedazos, sus lágrimas brotaron como las mías y cayó arrodillado jalando de las mantas de la cama.

Sus puños se cerraron, sus hombros se encogieron y el corazón se aceleró bombeando sangre como lágrimas sus ojos. Le temblaba el mentón inferior, hipaba y sorbía sus mocos convertido en un niño. Junto a mí no tenía a un joven, sino a un niño que había visto como moría una luciérnaga en plena primavera.

Estiré mi brazo intentando acariciar sus cabellos, pero se apartó temblando. Al alzar su rostro la vi a ella reflejado en aquellos ojos café, así como lágrimas rojas como las mías. Ambos nos quedamos en silencio. No había palabras para ese descubrimiento. Sólo quedaba la confesión de dos hombres rotos en medio de una habitación cargada de muerte. Terminé tomándolo de la muñeca, jalando de él para abrazarlo y sentir su respiración agitada contra la mía.

-¿Por qué?-pregunté acariciando sus cabellos.-¿Por qué me odias tanto?

-¿Recuerdas unos meses antes de su marcha?-dijo en un murmullo.-Perdías la conciencia, llegaste a olvidarte quién eras y quién era ella. El dolor te podía tanto, porque no eras lo suficiente hombre. No tenías coraje, estabas hundido en la miseria y te olvidaste que ella estaba viva. La hiciste tuya en varias ocasiones, ella deseaba traerte de vuelta y tú no recordabas. Caíste en trance tantas veces, te olvidaste de todo inclusive de tus promesas, eso fue lo primero que borraste de tu memoria.-se aferraba a mí y a la vez deseaba marcharse, era una mezcla de emociones demasiado confusa y habitual en el ser humano.-Se marchó porque ya no podía soportarlo, pero tú seguro que no lo recuerdas.

-No, no lo recuerdo.-respondí antes de tomarlo por el rostro.-¿Cómo sabes todo eso? ¿Sabías todo eso y no me dijiste cuando nos hemos visto?

-Ahora te lo digo, con eso es suficiente.-susurró.-Y lo sé desde que soy un niño, aunque tampoco es que haya cambiado demasiado después de tanto tiempo.

Ni entonces ni ahora recuerdo esas noches cálidas en su cama. Sólo sé que estuvo meses a mi lado, prácticamente dos años, y que se marchó una noche dejándome a solas y sin luz. Intenté llenar mi condena durante décadas, pero con un roce de sus labios sentí que estaba perdonado y dispuesto para acariciar el cielo. Ella me había dejado un legado que se guarecía entre mis brazos, un niño en las tinieblas de aspecto dulce y fiero.

Esa misma noche la transportamos en silencio, con dolor y completamente rotos. La llevamos junto a la capilla, en mis propiedades, para enterrarla junto al que para ella fue su padre y mentor. Cuando su cuerpo tocó la tierra pude sentir que su alma al fin descansaba. Pétalos de cerezo, rosas y margaritas acompañaron su cuerpo, su camisón blanco manchado con mi sangre y la tierra del jardín en el cual la vi bailar en mis sueños. La bailarina se guardaba al fin en la caja musical, tal vez para vernos cuando el mundo ya no diera más de si y todos cayéramos como moscas.

Hace varios meses que todo esto ocurrió, cuando miro por la ventana siempre lo veo a él en las primeras horas de la noche. Parece un ángel custodiando el cuerpo de su madre. Sus labios recitan poemas, pero su voz no suena contra el viento. Ya ha llegado el verano más tórrido, pronto estará aquí el otoño y los árboles se colorearán como su cabello, en tonos castaños, rojizos y negros. Y todo eso sucederá mientras ambos intentamos comprendernos y conocernos sin reproches.

miércoles, 18 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 7- Silencio de muñeca IlI



Mi mundo se redujo a mis viajes, escritos sobre ellos, el ataúd y la mansión alejada del mundo y cubierta por matorrales. La capilla era sólo el consuelo, como si pudiera conversar con los ángeles de los frescos y figuras allí reunidos. Me percaté que él había muerto y nadie lo recordaba, excepto nosotros. Si bien, no estaba seguro si ella había cicatrizado aquella perdida o si seguía viva. Ni siquiera sabía cual era el año en el cual me movía.

Las décadas para un vampiro es como los días de vacaciones para un niño, son intensas pero extremadamente cortas. Intenté hacer cuenta de cada año, viaje y palabra dicha. Recordaba las facciones de los hombres, mujeres y niños de los cuales había bebido de su sangre o compartido tan sólo una conversación breve. Tantas personas, tantos sueños y sufrimiento como mentiras, tanto para nada. Porque todos se reducían a un nombre y un rostro. Deseaba dar con ella nuevamente, ser yo quien me presentara ante su cuerpo algo menos joven y sus ojos aún destelleando misterio.

Jamás había sentido el peso de la soledad con tanta intensidad. Siempre había buscado el refugio de mi pasión hacia la raza humana, aunque los detestaba algo en mí los amaba con una intensidad similar a la de un amante. Eran mi alimento, pero también asombrosas criaturas que contemplar durante las largas noches de invierno y las breves del verano.

Fuera los insectos formaban una melodía parecida a la de un coro. Grillos y luciérnagas danzaban entre las zarzas, matorrales y flores silvestres que habían surgido salvajes en medio de mi viejo jardín. Las ramas de los árboles se mecían con calma, moviendo el pesado aire y la fragancia primaveral que embriagaba todo. Una vieja canción recorrió mis labios, la había escuchado hacía bastantes décadas. Sin embargo, recordé aquella letra como si aún sonara gracias al disco rodando por el vinilo.

Me levanté buscando aquel tocadiscos, estaba en una de los muebles del salón y lo hallé cubierto por una manta. Al encenderlo me percaté que aún estaba en buen estado. Los vinilos que estaban agrupados a su lado parecían viejas fotografías, recuerdos dolorosos y agradables a la vez. Busqué aquel vinilo con ansiedad, con mis dedos temblorosos y fríos. Al tomarlo entre mis manos acaricié las letras donde se podía leer con claridad “The Beatles”.

Recordé entonces la fecha, era 1969. Aquella banda que volvía locas a las jovencitas, y también a muchas madres, junto a melenudos que creían en un mundo más humano, y menos mecánico, se separaban. Let it be era su despedida y yo lo escuché en la radio de un taxi que me llevaba por las calles de Londres. Recordé las caras de algunos jóvenes al saber la noticia, parecían decepcionados. Sin embargo, tuvieron la gran suerte de conocer a uno de los grupos más influyentes de la historia de la música. Siempre me agradó la música de los Beatles, parecían tocados por un halo de poder cálido y dulce.

Durante dos noches puse aquella canción de forma incesante. La convertí en mi caja musical. Deseaba recordarme a mí mismo que había cosas que debía dejarlas ir, a ella la dejé ir para que volara lejos de mí. Si bien, desconocía si regresó alguna vez para encontrarme y yo no estaba. Aprendí una lección con la muerte de Frederick, si amas a alguien debes dejarlo ir. El daño estaba hecho con él, pero con ella todo podía ser distinto.

Lentamente hice mi vida como un ermitaño. Algunas personas de aldeas cercanas hablaban de mí, aunque ya no eran aldeas sino asentamientos numerosos y la ciudad se había vuelto un laberinto. No reconocía ni la mitad de las fachadas de aquellos altos edificios. Eran enormes construcciones no muy diferentes unas de otras, lo singular ya no existía. Si bien, los jardines cada vez eran más escasos. El mundo había cambiado demasiado y terminé lleno de miedo porque si la encontraba tal vez era una anciana, una mujer madura con la vida hecha a punto de acabarse.

Había despertado hacía más de dos horas, era primavera casi verano y las noches eran cortas. Sopesé la idea de ir a buscar un calendario, algún indicio de la fecha en la cual estábamos. Durante un par de largos minutos caminé de aquí para allá hasta que lo decidí. Cerca de donde vivía existía residencias de turismo rural. Podía entrar en una de las casas sin ser visto u oído, buscar un calendario o escuchar la televisión por si podía captar datos en algún canal. Podía incluso inspeccionar alguna revista, periódico o fecha de caducidad de algún producto de la nevera.

Caminé durante dos horas recordando el camino, cada árbol que aún se mantenía en pie y cada gran roca. El campo era lo único que parecía intacto, aunque había menos animales y algunas casas estaban restauradas. Las carreteras estaban mejor asfaltadas, pero lo esencial seguía allí. La calma del ambiente, el aroma de un horno de leña, la carne de la matanza secándose en las habitaciones de pequeñas casas dedicadas a los productos más auténticos, romero en la cocina recogido del monte y todas aquellas cosas simples de las cuales no nos percatamos. Era como regresar a un mundo perdido, un mundo que me había estado esperando.

Entré en una de las casas por la parte trasera. Era de unos aldeanos, llevaban un negocio de hostelería y aquella casa era la que usaban todo el año. Entré buscando algún periódico, algún producto donde ver la fecha de caducidad o simplemente un calendario. Deambulé por la estancia durante más de cinco minutos hasta que hallé una prueba de compra. Al ver la fecha inscrita en ella me sobresalté. Había pasado más de cuarenta años.

Salí conmocionado de aquella vivienda. Regresé a mi guarida tambaleándome, como si mi estado fuera febril y estuviera a punto de entrar en coma por culpa de una intoxicación etílica. Me sentía tan abrumado, descolocado y confundido. Había estado demasiado tiempo fuera, ni siquiera sabía si ella regresó y pensó que yo no lo haría jamás. Me sentía un imbécil por haberme marchado y a la vez aliviado, puesto que tal vez si hubiera permanecido en el mismo lugar, y ella no hubiera regresado, me hubiera vuelto loco.

El impacto fue terrible, me dejó dubitativo y miles de posibilidades rasgaban el cielo estrellado que comenzaba a clarear. Mis pasos estaban llenos de desánimo. Esperaba que tal vez hubiera pasado una década, pero no cuatro y de forma tan contundente. Había perdido la noción del tiempo nuevamente, como si los años no tuvieran importancia. Si bien, mi amor hacia ella seguía intacto y no me importaba si el tiempo había cubierto su rostro con arrugas, ella seguiría siendo la luciérnaga que jugaba en mi jardín.

Llegué a tiempo a mi guarida, pero el desánimo era evidente. Al deslizarme por las escaleras hasta mi ataúd sollocé. Los insectos y los trinos de los pájaros se mezclaron junto a mis lamentos. Mis dedos acariciaron la tapa de mi cofre, para después cerrarlo como si realmente yaciera en él un ser muerto. Tal vez, cientos de sueños murieron en mi interior pero seguía latiendo la llama de la esperanza. Tomé la decisión de buscarla, tenía que hacerlo, y lo haría siguiendo cualquier pista o dato.

Quedé en letargo pensando en un detective privado, uno que diera con ella sin que supiera siquiera que yo estaba tras sus huellas. Me pregunté como sería, si las canas ya habrían llegado a sus cabellos y el color de estos ahora. Temía que un hombre la hubiera tomado como amante, esposo y compañero. Me dolía tanto el pecho pues podíamos sentir dolor, a pesar de estar muertos, y mi corazón se aplastaba contra mis costillas explotando por el nerviosismo a causa de esos pensamientos.

lunes, 16 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 7- Silencio de muñeca Il


Tras varios años, no sé cuantos en realidad, regresé a mi hogar. El jardín se había convertido en selva, pero aún el camino hacia la entrada seguía despejado. La capilla cerrada aún a cal y canto parecía desprender paz, la tumba de mi amigo estaba cubierta de frondosas hiervas y hojarasca. Dentro el polvo, los recuerdos y los muebles cubiertos por sábanas me esperaban. Me había ido y había dejado todo como si sólo fueran unas pequeñas vacaciones.

Había llegado la primavera, las lores daban un olor dulzón inclusive dentro de aquellas habitaciones que rezumaban un aroma a cerrado, polvo y recuerdos que se pegaban a mis lágrimas sanguinolentas. Lloraba sin poder contenerme. Frederick parecía estar esperándome, deseando que lo rodeara y susurrara que todo saldría bien a pesar que únicamente mentía. Era mi familia, él era lo único que me mantenía entre ambos mundos, y ella, mi dulce bailarina, el amor que no pudo ser. La presencia de mi buen amigo parecía jugar con mi imaginación, inclusive el eco de las marchitas palabras de Carolina rondaban mis oídos. Aquella casa tenía vida, sus vidas, y eso me producía confort a la vez que pánico.

Decidí sentarme en el sillón de lectura de Frederick. Sentí que los párpados me pesaban, por ello eché la cabeza hacia atrás cerrando los ojos y dejé que el murmullo del silencio hablara. El crujido de las vigas, el frío entrando por la chimenea apagada, las viejas cenizas que no se habían limpiado, el tic-tac del viejo reloj y la oscilación de su péndulo provocaban que el ambiente me relajara. Estaba seguro que él seguía rondando la casa, lo comenté con ella cuando pasaron unos meses y su única respuesta fue que en ocasiones sentía que alguien la observaba, alguien que no era yo.

Estuve allí sentado hasta el final de la noche, regresé a mi guarida observando que no había cambiado ni un ápice, así como toda la casa, mi viejo ataúd. Acaricié su madera, también jugué con la tela que lo cubría y finalmente me tumbé deseando olvidarme de mis pesadillas. Durante años me habían perseguido, la imagen de Frederick colgado del techo, moviéndose como un junco con el viento, me producía escalofríos.

A pesar de ser un vampiro, de haber degollado a tantos y hundido mis colmillos incluso en niños, no podía olvidar su rostro desconsolado y la expresión de sus ojos mientras su pies flotaban sobre el suelo. Era una imagen que venía a mí en cualquier sueño, todos acababan con él danzando con la muerte y colgado en su cuarto. Por supuesto, también soñaba con ella. Sus pies estaban manchados de sangre, sus brazos se alzaban hacia el cielo cubierto por mil luciérnagas, mientras sus labios estaban sellados y sus ojos manchados por lágrimas negras. Ella era la muerte, la misma que celebraba un funeral cargado de dolor como ofrenda al amor que ambos se profesaban, un amor paterno-filial que se rompió dramáticamente.

Durante varios días recorrí la casa acariciando sus paredes, el papel pintado del aseo se estaba cayendo por culpa de la humedad. El espejo estaba sucio, prácticamente no me reflejaba y sonreí recordando las viejas leyendas que corrían acerca de los vampiros. El cuarto de Frederick seguía con sus cosas intactas, no faltaba ni siquiera el libro en su mesilla. Salvo que las manchas de sangre ya no estaban y tampoco la soga, por supuesto la cama estaba hecha. El cuarto de Carolina también parecía parado en el tiempo, como todo el lugar, pero al menos sus libros no estaban ni su ropa.

Recordé el cuento de la Bella Durmiente. Aquella princesa que dormía esperando que la despertaran con un cálido beso de amor, su reino había entrado en un letargo donde el tiempo no existía. Los segundos, minutos, horas hasta llegar a siglos quedaron congelados como si fuera un cubito de hielo. Incluso las aves parecían no continuar su vuelo, quedando en las ramas de unos árboles eternamente en primavera. Yo me sentía en un reino congelado en el tiempo. Era el superviviente, el monstruo que albergaba el lugar sin conocimiento que la dulce princesa ya había escapado. Todo un cuento de hadas tétrico, como eran realmente. Historias dolorosas, crueles y llenas de una carga oscura asfixiante.

Decidí abrir las ventanas, dejar que el sonido de los insectos entrara sumergiéndome en ellos junto a los aromas de las flores. Comencé a llenar el lugar de vida, limpié las habitaciones y dejé aquello con el esplendor de años atrás. Mis pies descalzos comenzaron a sentir la calidez de antaño, las maderas de la casa crujieron junto a las de aquella chimenea. A pesar que ya el ambiente no era frío, sólo fresco, decidí encenderla para quemar parte de los escritos que conservaba. Quería borrar de mi mente las palabras referidas a la muerte de mi buen amigo, pensando que de ese modo guardaría silencio mis labios y mis dedos. Junto a estos arrojé una rosa roja y un clavel, también rojo, en honor a la sangre que había derramado y al amor que me había concedido.

Mi mundo se redujo a mis viajes, escritos sobre ellos, el ataúd y la mansión alejada del mundo y cubierta por matorrales. La capilla era sólo el consuelo, como si pudiera conversar con los ángeles de los frescos y figuras allí reunidos. Me percaté que él había muerto y nadie lo recordaba, excepto nosotros. Si bien, no estaba seguro si ella había cicatrizado aquella perdida o si seguía viva. Ni siquiera sabía cual era el año en el cual me movía.

sábado, 14 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 7- Silencio de muñeca I


En breve acabará esta novela. Si no he publicado antes es porque mi pareja salía de viaje, me dediqué más a ella que a seguir publicando. Quería estar a su lado antes de estar 15 días sin poder contactar más que por algún posible mensaje.

Capítulo 7.

Silencio de muñeca.

Tras aquel día, tan terrorífico y doloroso, ambos dejamos de ser quienes fuimos. Yo me sumergía en la culpabilidad, nadaba en ella y me embriagaba de tal forma que mi descontrol aumentaba. Los asesinatos en la zona eran sobrecogedores. Solo me calmaba regresar a la mansión y contemplarla. Tocaba sus mejillas con mis dedos de asesino, besaba su frente rozando aquella atroz boca que tanto miedo le daba y la estrechaba entre mis brazos como si fuera una copa de delicado cristal. Ella sollozaba día y noche. Me amaba, sentía su amor y el sosiego que la sobrecogía nada más sentirme a su lado. Si bien, no hablaba. Perdió la voz. Pensaba que ella había matado las palabras de Frederick, le había hundido en el pasado, y si él ya no podía disfrutar de la vida ella tampoco lo haría. Ambos nos castigábamos, nos culpábamos.

Cada noche, no importaba si el tiempo era agradable o desapacible, salía hacia la capilla para rezar. Seguía siendo mi lugar sagrado, el único en el cual me sentía rodeado a pesar de estar solo. Cuando salía después de cada oración miraba la tumba de mi buen amigo, mis ojos se detenían en el pequeño montículo donde se hallaba su cuerpo. Deseaba desenterrarlo, sentir que seguía intacto y pegarlo a mí esperando que Dios obrara el milagro. Me preguntaba si sus pecados se habrían subsanado, o por el contrario lo habrían arrastrado hasta el infierno. Si bien, yo vivía mi propio infierno.

A cada paso que daba era más un demonio que un humano. Ella era la luciérnaga que me recordaba que la primavera podía seguir brotando, aunque las nieves nos cubrieran y el frío nos congelara. Era la luz de mi vida, en candil que iluminaba mis pasos. Y sin embargo, yo era la noche que la ahogaba. Ella se sentía prisionera de mis manos. No volvió a dejar que la besara como un amante, ni siquiera poder contemplarla desnuda. Si bien, bailaba para mí como si fuera una muñeca en una caja de música. Ella era la bailarina que movía el polvo de mis ideas, las mismas que sólo sucumbían en el placer de los recuerdos. Mi dulce ángel intentaba curar el pecado cometido, ser mi dulce mujer por siempre.

Una mañana decidió irse. Lo hizo en silencio, no dejó nota alguna. Pero sabía que se fue para regresar cuando pudiera soportarlo. Habían pasado dos años. El silencio era su respuesta. Guardaba mi secreto, el de Frederick y el suyo mismo. Se marchó para vivir lejos de su cargo de conciencia. Si bien, yo no la odié por ello. Comprendí que debía ser una pesada losa que caía sobre su frágil espalda. Me amaba como jamás me han amado, ni siquiera Frederick me amó tanto. Pero hay cosas que no se superan, sobretodo cuando uno se convence de tener la culpa incluso de la muerte de una mariposa en invierno.

Tras varios meses esperándola, como se espera con ansia al verano y sus amores, decidí marcharme. Recorrí el mundo con mis pies desnudos, como castigo y ofrenda. Deseaba sentir la naturaleza y todas las cosas que me brindaba la vida. Mis dedos tocaron barro, asfalto, brasas, cristales, losas rotas o mármol. Mis ropas eran negras, tan oscuras como la noche, y me cubrían como capa. Únicamente mi rostro blanco se podía vislumbrar en parte, porque en realidad sólo mi nariz y mis ojos, junto a parte de mi frente, eran visibles. Me transformé en muerte. Fui adorado como Dios por tribus indígenas que aún se desconocen. Me adentré en catedrales llenas de arte, en medio del Amazonas me oculté, entre el barro y la humedad, y en los cementerios fui el fantasma que cuidaba las lápidas que me cobijaban.

Tras varios años, no sé cuantos en realidad, regresé a mi hogar. El jardín se había convertido en selva, pero aún el camino hacia la entrada seguía despejado. La capilla cerrada aún a cal y canto parecía desprender paz, la tumba de mi amigo estaba cubierta de frondosas hiervas y hojarasca. Dentro el polvo, los recuerdos y los muebles cubiertos por sábanas me esperaban. Me había ido y había dejado todo como si sólo fueran unas pequeñas vacaciones.

lunes, 9 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 6- Nunca más II


Mis ojos no paraban quietos. Miraba la hilera de hormigas apeguñadas que era su letra, a ella arrinconada como si fuera un animal herido, la sangre goteando expandiendo un poco más el charco bajo sus pies y la cuerda que lo mantenía izado cual bandera. Aquel lugar apestaba a muerte, pero mis deseos de caza aumentaban notablemente por culpa de aquel hedor constante que provenía de sus venas.

-Ven.-susurré aproximándome sosegado, intentando que se abrazara a mí para proteger sus ojos de la impactante escena.-Ven, por favor.

-¡No!-exclamó atrincherándose un poco más en aquel pequeño hueco.

-No te haré daño.

No estaba seguro de mis palabras, titubeé cuando las pronuncié. Temía abalanzarme sobre ella y probar el manjar que me prohibía a mi mismo, y todo porque los sentimientos eran demasiado intensos. Cuando estaba a punto de forzar su salida de la habitación se desplomó. Sus ojos quedaron en blanco y todos sus músculos se relajaron, quedó aturdida contra la rugosa pared. Algunos de sus cabellos cayeron sobre su frente, rozando su mejilla y jugueteando con su respiración. Aún estaba prácticamente desnuda, tan sólo llevaba la ropa interior y una bata suave de un tejido similar a la seda, pero mucho más barato.

-Querida mía.-susurré tomándola entre mis brazos, alzándola del suelo frío que la acogía con cierto encanto de muñeca rota.-Haré que pienses que todo esto fue una pesadilla, que nada de esto ha ocurrido.

Con cuidado cargué su cuerpo hasta su colchón, allí en su cama sentí aún las emociones vividas en la noche anterior. Los recuerdos iban y venían regalándome emociones contradictorias a las que en ese momento se formaban. Siempre dije que la cuidaría, que protegería su vida con la mía. No conocía bien el sentimiento que me torturaba, día y noche, pero sabía que era importante. También lo era Frederick y de él me ocupé nada más dejarla arrojada sobre el colchón, arropada con las cobijas gruesas que tan suaves y cálidas eran.

Mis pasos hasta la alcoba de mi buen amigo fueron lentos, parecía cargar su ataúd en esos instantes. El aroma a él se hacía intenso, sus recuerdos aparecieron como en una vieja película. Cada momento vivido junto a él me golpeaba duro, y yo que era una piedra quedaba hecho arena. Con calma bajé su cuerpo, lo estreché contra mí y dejé que una lágrima sanguinolenta manchara mi mejilla. No había experimentado un dolor tan intenso desde hacía más de quinientos siglos.

Lloré forma desgarrada, dejé que mi alma se hundiera en la pesadumbre, mientras mi rostro seguía intacto salvo por el pequeño surco rojo que había provocado mi única lágrima. Sin embargo, yo lloraba. Sentía un dolor agudo en mi pecho y la culpa caía a mis espaldas. Debí haberlo amado o dejado que partiera, pero jamás mantenido a mi lado por puro egoísmo. Su rostro se veía sereno, murió calmado porque quería la muerte pero sus ojos estaban vidriosos, síntoma quizás de un llanto agónico mientras yo disfrutaba con aquella luciérnaga.

Desnudé su cuerpo quitando la gruesa camisa de pijama empapada en sudor, sangre y pestilente muerte. También lo despojé de su pantalón y ropa interior. Solté sus largos cabellos rubios, los cuales tenía ciertas betas canosas que le daban un toque distinguido y distinto al resto. Su rostro siempre fue el de un ángel, a pesar de las finas arrugas que ya se mostraban en él. Delgado, con los huesos de su pelvis bien marcados, y su piel suave pero ahora fría, me recordaba al día en el cual lo vi por primera vez. Estaba tan aterido de frío, pedí que se desnudara y tomara un baño caliente. Sin pudor lo hizo frente a mí y con el mismo pudor yo le arrancaba sus escasas pertenencias.

Llevé su cuerpo inerte al baño, llené la bañera mientras acariciaba lentamente sus cabellos. No pude contener mis besos sobre su rostro, cubriéndolo con piedad y dolor en cada caricia. La angustia me ahogaba y no podía pronunciar palabra alguna. Cuando lo introduje en la bañera su cuerpo cayó desplomado, mientras lavaba su cuerpo con paciencia como si fuera un rey y yo su humilde siervo.

Nada más terminar el aseo lo sequé con cuidado, arropé su cuerpo con su mejor traje y lo envolví en la manta que usaba cuando leía. Decidí que lo enterraría frente a la capilla, allí podría rezar por su alma y pedir su entrada en los cielos. Él creía fielmente en Dios, pero decía que él poco o nada le importaba. Si bien, sabía que un hombre como él debía de importarle a cualquier criatura que posara sus ojos un instante sobre su dorada cabellera. No fue hasta ese momento, en el cual descendía por la escalera, cuando lo vi claro. Él no era mi amigo, él era mi ángel de la guarda.

Si existía Dios, como así creía, aceptaría su alma como la Tierra aceptaba su cuerpo. Él era un ángel, y no yo. Un hombre de aspecto menudo pero de gran corazón. Se había ido, quitado la vida, para ceder su lugar a la niña que tanto amaba.

Cavé bajo una nueva ventisca, la nieve comenzaba a caer de nuevo, cuando eché su cuerpo al foso junto a su libro favorito. Una vez cubierto, por tierra y nieve, me arrodillé frente a su tumba rezando. El frío no me importaba, aunque lo sentía como mil navajazos. Ya nada me importaba, al menos no en esos momentos tan dolorosos, porque me di cuenta que de haberse marchado al menos hubiera sabido que seguía vivo.

sábado, 7 de enero de 2012

Tenshi - Capitulo 6- Nunca más


Capitulo 6

Nunca más.

El silencio se apoderaba de cada rincón en la mansión, como si únicamente se pudiera escuchar la respiración de la madera buscando oxígeno, provocando que crujieran como si el lugar lo penara un fantasma, junto a la de sus jóvenes pulmones. Sólo existía la presencia permanente, y a veces imposible de hallar, de mi pequeña luciérnaga. No lograba encontrarme con los pensamientos de Frederick, pues la mente de la joven siempre fue un misterio para mi. Él era la clave, y sin embargo no lo hallaba.

Durante horas intenté buscar en los alrededores alguna pista. Si bien sólo se podía sentir el frío, la nieve cayendo una vez más y el claxon de los vehículos en la carretera cercana. El resto era como si estuviéramos en medio de un desierto helado. La nieve lo cubría todo, incluso cualquier brote de esperanza, mientras el día arrullaba al viento contra las ramas desnudas de los árboles, algunos prácticamente muertos por culpa de la climatología. Podía sentir las lágrimas de mi amante correr por sus mejillas, al igual que ríos caudales buscando la desembocadura.

Mi cuerpo, rígido como cualquier roca, me impedía poder levantarme e ir a consolarla. Algo terrible había sucedido, pero no lograba saber qué. Esa sensación tan frustrante no se la deseo a nadie, puesto que era como no tener aire y no poder ahogarse, igual que dos manos invisibles acariciando tu corazón exprimiéndolo sin dejarte morir o vivir.

Nada más llegar el ocaso surgí de mi ataúd. Busqué una de mis enormes túnicas negras, envolví mi cuerpo, desnudo y frío, y subí por las escaleras hacia la primera planta. La madera crujió bajo mis pies desnudos, así como se quejó la barandilla al sentir que la rozaban mis nerviosos dedos. Corrí a la habitación de Frederick, puesto que ella regresó a sus lamentos. Si bien, nada más llegar a la puerta me detuve. Temía tantas cosas, tantas, que no me atrevía el cruzar el marco de la puerta y afrontarlas. Pero lo hice, lo hice cuando un chillido agudo rompió el aire rasgándolo con furia.

-¡Carolina!-era el nombre que yo mismo le había otorgado, ya que quería alejarla de la soledad y de cualquier rastro de ella.

Tiré la puerta abajo, pues había quedado atrancada por culpa del frío, y lo primero que pude ver era el cuerpo colgado de mi gran amigo. Frederick yacía ahorcado en su habitación, lo había hecho al fin. Había puesto su vida al servicio de tiempos mejores, tal vez en mundos donde pudieran apreciarlo mejor que yo. Sus labios morados, su expresión doliente y sus muñecas abiertas lo decían todo. Primero había intentado desangrarse, al no lograrlo se colgó. Leves gota caían aún a la cara madera del suelo, igual que las lágrimas que rozaban aún las mejillas de terciopelo de mi dulce niña.

-Carolina.-susurré entrando con paso lento.

Me faltaba el aire, y sin embargo hacía años que no lo necesitaba. Temblaba el mundo bajo mis pies, tal vez los infiernos se representaban en aquella simple habitación. Ella se encontraba en un rincón, como un animal herido, intentando sacarse la macabra escena de su mente. Sus manos tiraban de sus cabellos mientras jadeaba, lloraba y gemía. Un folio estaba arrojado a sus pies, una carta de despedida.

Me incliné hacia ella, pero esquivó mis caricias. Parecía estar asustada. Tomé la nota y horrorizado comencé a leer el calvario que allí se narraba. Había contado todo, cada uno de sus secretos, y ella no sólo había tenido que observar como su cuerpo se movía, igual que hoja en la rama, sino aceptar los secretos que escondían el alma de aquel hombre que tanto había querido.

“Perdóname. Perdóname por todo. Perdóname por las mentiras, por no poder saber que eres feliz con él. Perdóname y perdónalo. Perdónanos a ambos. Perdona tus actos, porque también has cometido pecado. Perdona todo. Olvida todo. Se feliz, pequeña. Perdón, pediré perdón mil veces.

Perdón por no contarte esto en medio de un jardín cargado de aromas, a té y flores. Perdóname por no verte bailar como tantas otras veces. Perdón por no haberte abrazado y felicitado por tu felicidad. Perdóname por ser egoísta. Pero todo tiene una explicación y cree todo lo que yo te diga, porque quizás él oculta parte de la verdad en medio de las sombras que genera.

Viniste al mundo en medio de la podredumbre de un destino trágico, el cual cambió por su culpa. Tu madre era una prostituta, una mujer que trabajaba en la calle para intentar pagar las medicinas que tú necesitabas y cubrir cualquier rastro de hambre o dolor. Murió a manos de un cliente y él te salvó, te sacó de aquel cuchitril y te llevó frente a mi pidiéndome, prácticamente implorando, que aceptara el milagro de la vida, tu vida.

Siempre lo he amado. He guardado su peor secreto, todos los crímenes que ha cometido debido a su naturaleza. No es un ángel, es un demonio. Es un vampiro que se sacia de la sangre de los incautos que caen en su encanto, y si no es de su sangre es del amor que estos le profesan. Yo le he amado antes que tú nacieras. Él me rescató, como lo hizo contigo, y yo deseé siempre ser su amante. Él te eligió a ti, se enamoró de tus ojos. En ellos reflejas un alma torturada e intensa, así como frágil y fantástica. Me pidió que te cambiara el nombre, te llevara lejos y ofreciera lo mejor para tu educación.

Hace unos meses quiso reencontrarse contigo. No me negué. No pude negarme a pesar que sabía que nada más verte recordaría ese hechizo de tus ojos, desearía tomarte entre sus brazos y besarte de forma intensa. Yo me he conformado durante décadas a sus brazos, unos brazos que me rodeaban como a un hermano. Y sin embargo siempre deposité mi esperanza en poder enamorarlo.

Si no puedes creerme sólo observa. Por favor, créeme y acepta mis disculpas.”

jueves, 29 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 5 - Alas rotas - Parte II


Mis más sinceras disculpas por no subir antes... pero he estado perdido del mundo. Mañana subiré la siguiente parte de este texto.



Cuando llegué a la mansión aquella noche Frederick se encontraba frente a un abeto, pequeño y flaco, el cual decoraba. Me quedé parado frente a él, mientras escuchaba una vieja cassette de canciones grabadas de la radio. Se movía de un lado a otro con el ceño fruncido y los ojos fijos en el abeto. Siempre hacía lo mismo, aunque jamás tuvo recompensa por su trabajo. Él dejaba sus propios regalos, también algún detalle para mí, bajo el árbol y los abría con la ansiedad de un niño pequeño. A decir verdad, es de los pocos recuerdos que poseo de Frederick en un estado similar.

Desde aquel día mis rezos fueron más intensos y habituales. Las palabras de aquel sacerdote habían influido en mí de manera notable, quizás porque quería creer en algo como todo ser que habita sobre este mundo. Porque quizás no creer en un Dios, tal vez ni siquiera en el ser humano, pero siempre hay algo que nos motiva y nos da fuerzas. Para algunos es el poder de un objeto, algo que dice que le trasmite buenas sensaciones y recuerdos, y para otros son sentimientos que habitan en lo que llaman “su corazón” y que no es más que una carga afectiva sobre alguien. Sea como sea, todos estamos vinculados por ese punto, esa forma de hacer y ver las cosas, que nos influye en nuestros actos. Y yo no era alguien ajeno a ello, quería creer en un Dios sin nombre y sin religión aparente que me escuchaba, como escuchaba a millones de personas, pero que no hacía nada porque quizás todo era un sorteo, pura casualidad, o simplemente elegía a unos cuantos cada día.

A decir verdad, muchos creen en Santa Claus eligiendo a los niños buenos y malos, es como un Dios que elige a los que se han portado bien y quienes no han hecho caso ni siquiera de sus instintos más primarios. Pero el bien y el mal es sólo una teoría, por eso a veces pienso que el fenómeno de Dios también lo es. Bien es cierto que no he dejado de rezar ni una sola noche, ni siquiera en las más sangrientas. Deseo saber que seré castigado por la muerte de los “inocentes” y seré aplaudido por mis pocas “buenas” acciones.

Mi mejor acción, y creo que la única, era ella. Había logrado que viviera y tuviera una educación digna de una chica de alta sociedad. A pesar del deseo del proletario para equiparase al resto, muy a su pesar, aún había diferencias de clases y se notaba sobretodo en los centros privados donde ella pasó casi toda su vida. Únicamente conocía una vida rígida de uniformes, rezos, monjas como profesoras y los escasos profesores que no eran sacerdotes eran tan frígidos y fríos como un témpano de hielo. Busqué que la disciplina y los buenos modales estuvieran presentes, nada de flexibilidad, porque la libertad se la daría en mis brazos y así gozaría más de ella como pájaro cantor que finalmente conoce los bosques.

La década tormentosa en la cual nació estaba viendo como el mundo comenzaba a despertar como un gigante neurótico con resaca, y así la fiebre del “Yo” se apoderó por completo del hombre. Ella no conoció el mundo que su madre tuvo que soportar, y fue únicamente porque yo la rescaté pensando que era el milagro por el cual rezaba. Si bien, quizás el milagro se dio cuando volví a contemplarme en sus ojos. Una mirada que ya no era de niña perdida en la noche, sino de mujer autosuficiente y lo suficiente enérgica para seguir luchando sola.

Rememoré todo aquello como si únicamente usara unos segundos, pero había pasado varias horas. Arriba escuchaba los pies descalzos de ella, se dirigían de un lugar a otro. Si bien, pararon unos segundos escuchando como crujía leve el diván cercano a su ventana, prácticamente encajado en aquel enorme ventanal, cercano a la otra ventana más discreta y que estaba próxima a su lecho. Podía sentir su calor traspasarse los dos pisos, así como su perfume y su esencia. Parecía llamarme como a una sirena.

Subí por las escaleras de piedra de la bodega, lo hice desnudo y sin pudor alguno. Caminé hacia las de madera, evitando hacer ruido, hasta llegar a su alcoba. Al tomar el pomo noté el frío de este en mi mano, así como la rugosidad inapreciable para el tacto humano, mientras mi cuerpo se rodeaba del leve murmullo de las corrientes de aire que se colaban por las rendijas de puertas y ventanas, mientras mis pies notaban el suelo casi congelado. Su aroma se hacía más fuerte, deseable y sobretodo cálido. Quería esa calidez que transmitía su cuerpo, cada una de sus arterias, y lo deseaba en ese mismo instante.

Entré en la habitación sin sobresaltarla, aunque sí extrañándose de mi presencia y de la escasez de mi ropa. Pero no dijo nada, sólo aceptó el beso que le regalé nada más aproximarme a ella. Un beso que sacó el poco aliento que había podido atrapar ante mi presencia. El camisón negro, escueto y seductor, cayó al suelo junto al resto de sus prendas. Ambos desnudos, acariciándonos y seduciéndonos el uno al otro, era una imagen más parecida a los infiernos más pecaminosos que al cielo, si bien juro que sentía que el cielo se abría paso ante mí y me ofrecía en bandeja a su ángel más preciado, aquel codiciado por Dios por su belleza y calidez.

Nuestras lenguas no se daban tregua, era como lucha de espadas en mitad de una contienda de la Edad Media. Nos engullíamos con desesperación, al igual que nuestras manos jugaban a dibujarnos surcos que eran ríos de pasión. Pude apreciar como temblaba, parecía que sabía que esta vez no me detendría ni un segundo. Estaba seguro de mis acciones, no me importaba que él durmiera a tan sólo un par de muros. Quería percibir al fin lo intenso de aquel momento.

Arrojé su cuerpo frágil sobre la cama, revuelta por culpa de su constante intranquilidad, mis manos viajaron a sus pechos y se quedaron ancladas a estos. Mis ojos se fijaron en los suyos, leí en ellos entonces todo el placer que deseaba formularse más allá de sus fantasías, mientras mi lengua se pasaba sobre su boca mientras ella jadeaba nerviosa. Con una de mis piernas abrí las suyas, para colocarme entre ellas, y deslizar mi boca hasta su cuello y finalmente sobre sus pezones. Mis labios rozaban la piel de sus pechos, así como de sus hombros y vientre, con cierta sensualidad y tranquilidad pasmosa.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 5 - Alas rotas - Parte I


FELICES FIESTAS...
Yo las tengo, por eso no me hice cargo del blog y subí muy tarde el 23... bueno ya era 24



Pedir que un demonio rece es como mendigar un milagro. Si bien, yo ya rezaba en mi capilla cada noche como si fuera un ferviente sacerdote. Yo no rezaba al Dios cristiano, ni al judío, ni a otro cualquiera. Rezaba a alguien que escuchaba mis plegarias sin necesidad de ponerle cara o nombre. Yo simplemente conversaba con los ángeles, porque si los demonios existíamos debía ser cierto que habían almas puras.

-Ya lo hago.-susurré mostrando mis colmillos antes de dar media vuelta.-Mato pecadores, como hombres de buen corazón. Al igual que usted mata para comer, todos tenemos una pirámide alimenticia. Usted no es mejor que yo, lo lamento.-murmuré marchándome de aquel lugar que me regalaba una cascada de sentimientos contrapuestos.

La hipocresía reinaba en el mundo mucho antes de poseer conciencia. Vivíamos en un río de hipocresía que terminaba en un mar común llamado mentiras, verdades no reveladas y basura. Toda religión, sociedad, organización e incluso grupo familiar posee redes de hipocresía que se intercambian y conectan unas con otras. El punto en común es que esa persona cree tener razón, y que esa persona somos todos nosotros.

Se tacha a los vampiros de ser una de las peores plagas que han azotado al hombre, en los libros donde se puede leer como reales las historias de seres como yo. Para algunos somos dioses, para otros engendros. Incluso aparecemos en ritos de asentamientos y poblaciones perdidas en Nueva Guinea. En Rusia incluso se alimentaban de los cuerpos de supuestos vampiros, dando así por hecho que se acabaría el problema cuando sólo cometían un acto igual o peor que el supuesto inmortal. Estamos en creencias de cientos de religiones, países de los cuales ni se conoce el nombre, y sin embargo se nos tacha de mitos cuando se cree ser superior, si bien después hablan con respeto y pavor de los asesinatos cometidos por nuestra raza. Somos la peor plaga de la humanidad, pero nosotros simplemente nos alimentamos para sobrevivir igual que hacen los humanos. Una vez fuimos parte de ellos, nacimos de una mujer y se nos otorgó un nombre. Fuimos la esperanza de una familia, ahora somos la marca de la muerte.

Cientos de humanos se matan unos a otros por un trozo de tierra, en el cual no hay alimento pero sí petróleo o piedras preciosas. Un hombre mata a otro hombre por una herencia. Una mujer mata a sus hijos porque les impide ser libre y tener hombres en su cama. Los ancianos son olvidados y recluidos como bestias. Los dirigentes hablan de paz y de su búsqueda cuando piden que su ejército empuñen un fusil. Los humanos hablan de crueldad, de asesinatos terribles, cuando hablan de nuestra forma de alimentar. Olvidan quizás que ellos se alimentan de otros animales, como el león en la sábana. ¿Quién es el monstruo? ¿Quién el redentor? ¿Quién el hipócrita?

Si una enfermedad aflige a un creyente es una prueba de fe, si la enfermedad cae sobre un niño inocente pero ateo es un castigo. Según las religiones, no todas, esto es cierto y pueden comprobarlo según sus sagradas escrituras. Inclusive pueden llamarte Satanás si replicas lo contrario. Por eso yo creía y creo en Dios a mi modo, si alguien tiene que juzgarme que sea él y no una pandilla de inútiles hablando en su nombre. Dudo mucho que Dios hable con ellos, que los respete y los ame, viendo como comercian en su nombre, injurias y juzgan sin conocer.

Si no maté al sacerdote fue para que tuviera un acto de fe, porque yo no era como él. Yo no juzgo a las personas, mato sin juzgarlas. No importa que tan bueno sea, sólo busco saciar mi apetito. Usualmente busco personas solitarias, sea por la causa que sea, aunque en ocasiones la sed no me concede ese privilegio y pocas veces juego a descubrir todo de mi víctima. Mi instinto de cazador era insaciable, pero me gustaba jugar a ser el mejor actor de este maldito mundo. Jugaba al ajedrez con mis pobres peones, hasta hacerlos caer aferrados a mis ropas y yo a sus cuellos.

Mis pies regresaron a tocar el asfalto, mojándose de nuevo con la nieve que había caído y que aún caía. El frío se enterraba en mi dura piel, mis ojos oscuros se deslizaban por las mejillas sonrojadas que en ocasiones, breves instantes, se cruzaban por las calles de la ciudad. El vaho que salía de ellos, al respirar, me recordaban a las altas chimeneas que antes poblaban las ciudades. Fábricas que contaminaban y que eran como cigarrillos que jamás se consumían. Nadie veía en mí a un asesino, un demonio, y simplemente podían comentar algo sobre mi atuendo o mis rasgos. Pasaba inadvertido, no tenía piernas de macho cabrío ni cuernos que limar. Tampoco parecía el clásico vampiro con capa y colmillos demasiado grandes como para hablar correctamente, sólo era un hombre buscando refugiarse en su abrigo. Era la víspera de Navidad, la música sonaba y los pensamientos iban dirigidos a regalos, celebraciones y sentimientos. Mis únicos pensamientos estaban dirigidos a las palabras que me había ofrecido el párroco de aquella iglesia, la cual tardé meses en regresar y únicamente fue para cerciorarme sobre el confuso sentimiento que me ofrecía.

Cuando llegué a la mansión aquella noche Frederick se encontraba frente a un abeto, pequeño y flaco, el cual decoraba. Me quedé parado frente a él, mientras escuchaba una vieja cassette de canciones grabadas de la radio. Se movía de un lado a otro con el ceño fruncido y los ojos fijos en el abeto. Siempre hacía lo mismo, aunque jamás tuvo recompensa por su trabajo. Él dejaba sus propios regalos, también algún detalle para mí, bajo el árbol y los abría con la ansiedad de un niño pequeño. A decir verdad, es de los pocos recuerdos que poseo de Frederick en un estado similar.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 4 - Luciérnaga nocturna de invierno - Parte V



Ahora que aprobé mi curso me siento más relajado, podré visitarlos en sus blog y al fin responder vuestros comentarios en el mío. También podré estar junto a mi pequeña luciérnaga...



Mi cuerpo descansó finalmente en el ataúd nada más escribir el último renglón. Aquello fue como el relato de mis creencias, la caída del imperio de las emociones y el contraste con los sueños que anhelaba gracias a ella. Deseaba sentir su cuerpo cálido sobre mi torso, acariciar sus mejillas y su cintura hasta llegar a sus muslos. Quería que floreciera por completo en mis brazos y mostrarme quizás como el monstruo que no deseaba ver.

Recordé cada lágrima que surgió de sus ojos, una pena imposible de controlar, así como la ternura que desprendía cada mechón de sus cabellos. Pude ver como crecía a lo lejos, en aquella institución tan selecta para su correcta educación. Quería alejarla de mí, porque me enamoró su alma al sentir que su sufrimiento me aplastaba y languidecía. Sus ojos eran un misterio que aún en ese momento me torturaba, pero era una tortura deseable sin duda. Frágil y fuerte a la vez, una mezcla única.

Siglos atrás había conocido a una mujer así, una mariposa en medio de un jardín nevado. Hice que fuera mi esposa, pedí su mano en matrimonio nada más conocer cuál era su nombre. Durante semanas la contemplé cantar y bailar, como si nadie pudiera oírla o verla, en su pequeño jardín cercano a mi casa. Su kimono oscuro con pétalos de cerezo me tentaba, así como sus cabellos extremadamente largos y sueltos para que la vida también la sintieran ellos. Sus ojos rasgados y profundos, tan grandes como inquietantes, se posaron en mí dejando un leve sonrojo en su lechosa piel. Era un ángel, sin duda un ángel.

Aquel hermoso ángel, flor de cerezo nacida en invierno, murió en mis brazos tras un parto duro y difícil. El pequeño terminó marchándose también a las horas. Sólo pude disfrutar de ella unos meses, los únicos de mi vida que me alegra haber vivido con intensidad. Después estuve deambulando por ciudades colindantes, decidí que debía marcharme al extranjero y olvidar todo como si hubiera sido un sueño. Las distancias antes eran demasiado grandes, un ejemplo eran las cartas entre ciudades cercanas tardaban casi un mes.

Terminé en un barco que hacía breves escalas por diferentes países, continentes y lugares que parecían llamarme con los brazos abiertos. Si bien, terminé en Inglaterra. Allí estuve unas noches hospedado en una pequeña y húmeda pensión. Desconocía el idioma, todo eran signos con las manos y ni siquiera conseguía que alguien me entendiera. Pensé que moriría muerto de hambre, solo y lejos de ella como para rogar ser enterrado junto a su cuerpo.

Allí conocí a mi maestro, él provenía de España y había recorrido el mundo a duras penas debido a nuestra condena. No podía ver el sol, desconocía la vida que generaba Londres en las mañanas y yo terminé siendo sus ojos. Él comprendía mi idioma, no sospeché demasiado y pensé que sólo era un hombre culto. Pronto supe que su interés en mí iba más allá, quería mostrarme la otra vida. Accedí quizás con el único deseo de comprender al hombre, de saber cómo era la vida tras la muerte y el renacer en la noche, único momento del día donde podía refugiarme. Me equivocaba. Fue uno de los mayores errores de mi vida.

Lejos de espantar una existencia vacía, llena de miseria, y llenarla con tesoros de cultura y valor incunables, lo único que hallé fue dolor y lamentos. Tenía que matar para sobrevivir, lo hacía lleno de ira y desesperanza. El desasosiego de cada noche me irritaba, me volví violento y terminé recorriendo las calles del mundo con la sombra del hambre. La sed me quemaba como si fuera fuego, provocaba que mi garganta doliera y mis músculos se entumecieran. Parecía un moribundo buscando agua, pero el agua no calmaba. Sangre y más sangre, insaciable e incontenible. Pasé cien años de desasosiego mientras mi maestro cada vez languidecía más, se frustraba al ver que su magnífica obra sólo era un demente en busca de una nueva presa. Me abandonó y su abandono me calmó. Extrañamente la sed remitió y la irritabilidad era sólo una pesadilla.

Si nombras algún punto del mundo, sea cual sea, puedo describirte con claridad y detalle como es su amanecer, el aroma transportado en el viento y cuántos peldaños tiene su edificio más conocido. He visitado cada país, ciudad y pueblo. Siempre he sido nómada aferrado a la idea que ese es mi destino. Recorrí Europa en carruaje, pasé por España en un ataúd que terminaron por recordar como maldito. En Galicia se perdió mi pista, hablaban de mí como un espectro que se esfumó en las brumas junto a las brujas gallegas. Si bien, eso no fue así. Simplemente me perdí en sus bosques y acepté una vida aislada, quería recordar las viejas leyendas de druidas y espectros que allí se hallaban de forma centenaria.

Fue allí donde encontré de nuevo a mi maestro, caminaba como hechizado por los senderos más pedregosos hacia una aldea. Un riachuelo corría con calma ladera abajo, la hojarasca del otoño provocaba un leve crujido musical en cada paso y su capa negra se movía como la túnica de un ángel. No nos dirigimos la palabra, sólo cruzamos la mirada y un leve gesto en recuerdo de aquellos días que él intento enseñarme todo. Realmente aprendí a su lado, pero su presencia inconscientemente me alteraba.

Con aquellas vivencias frescas en mi cerebro, como si hubiera sucedido ayer, comencé a tener un extraño sentimiento. No podía convertirla en mi hija, si lo hacía su odio hacia mí sería tal que la perdería para siempre. Tampoco podía aceptar el hecho que muriera lentamente a mi lado. Pero, lo peor de todo era pensar que muriera en mis manos por culpa de mi estupidez. Podía destrozar su frágil figura y señalarla con el dedo de la muerte. Mi afán era protegerla, sin embargo deseaba dejarla a mi lado y eso provocaba que permaneciera en el peor de los peligros. Mi gran amor había sido mi esposa, la cual tuve que ver morir en mi regazo, y no deseaba que en esta eternidad, sólo deseable cuando la desconoces, tener entre mis brazos el cuerpo yerto de una flor de la ilusión.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 4 - Luciérnaga nocturna de invierno - Parte IV





Aceptó aquellas palabras de forma reconfortante, también con cierta nostalgia y felicidad de ser recordada con tanto cariño por alguien que amaba. Frederick para ella era el ideal masculino que tanto admiraba. Un hombre respetuoso, servicial, caballeroso y atento a las necesidades que ella podía tener en cualquier momento. El amor que profesaba hacia él era intenso y cálido, lo amaba como si fuera su padre y lo extrañaba cuando no sabía noticias suyas tras un par de días. Ambos estaban a su vez vinculados a mí, enamorados de mi presencia, y era duro admitir que aquel amor que se tenían se podía romper por mi causa.

Se relajó aproximándose a mí, abandonando entonces sus deseos entre mis brazos. Mis manos acariciaron su cintura y terminaron bajo la tela de su camisón. Noté la suavidad y calidez de su piel bajo las yemas de mis dedos, estos jugaban creando camino en sus rodillas hasta sus muslos. La zona interna de sus muslos, en sus inglés, el calor aumentaba junto a la suavidad de sus largas piernas. Aquella pequeña luciérnaga, faro en medio de la ventisca, era una tentación demasiado atractiva. La veía como la manzana que no pudo rechazar Adán.

Provoqué que emitiera un suave suspiro y un leve gemido, todo por mis caricias y los besos que comencé a ofrecerle. Mi boca se ancló en la suya, mi lengua se volvía peor que la de un reptil y mis deseos crecían con las mismas ansias que ella me abrazaba. Deseaba dejar de ser un caballero, para convertirme en un seductor frente a ella. Pero algo en mí me rogaba que esperara unas noches, que debía terminar de crear el ambiente propicio y por supuesto debía ser lejos de los oídos de mi buen amigo.

Me atraía como una sirena, podía no tener escamas pero su voz me atraía. La fragancia de su cuerpo, el calor que este desprendía, y la dulzura contenida en sus acciones, me provocaban hasta tal extremo que terminé cayendo sobre ella deslizando su ropa interior. Mi cuerpo cubrió el suyo, y el de ambos quedó bajo las sábanas blancas como los copos de nieve. Abrí sus piernas con cierta delicadeza, aunque mis manos ásperas se movieron rápidas hacia su sexo. Mis dedos palparon la abertura de su centro de placer, su inocente vagina la cual aún no había sido palpado por otro que no fuera yo.

Los pasos de Frederick ascendiendo por la escalera me apartaron de ella, la cubrí con las sábanas y me marché hacia la ventana. Contuve aquello que tanto deseaba, que ambos queríamos, por un sentimiento fuerte de hermandad hacia él. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos cubiertos por el velo del deseo carnal, cuando la puerta se abrió y él simplemente actuó de forma habitual, salvo que en sus ojos yo podía leer el dolor que aquello le producía. Su decepción absoluta sobre mí, sobre todo lo que nos rodeaba, y el asco hacia las mentiras que teníamos que crear, formaba en él un duro nudo que no le permitía pasar saliva por su garganta.

Nadie está libre del dolor, de tragedias que no se pueden evitar, y ni mucho menos los humanos. Todos estamos condenados en un planeta inútil y decadente. Estamos vacíos y cuando sentimos que nos llenamos, que conseguimos tener algo que nos de esperanzas, suele ser un espejismo que se burla de nosotros. Son pocas las cosas amables que suceden en el mundo, escasos los logros que conquistamos, y el amor es tan delicado como una flor en plena nevada. Podemos perder todo lo que sentimos como si jugáramos a la ruleta y apostáramos todo a un número, si bien alcanzamos el cielo al hallar verdaderos sentimientos placenteros que nos dejan paz, la cual permanece aun cuando se acaban.

Me marché de aquella habitación, dejándolos a solas a ambos, para ocultarme entre los cimientos de la casa. Bajé apurado los peldaños hacia mi guarida, me senté en el escritorio e intenté dejar que mis manos expresaran la visión que poseía el mundo para mí. Quería apartarla de mi mente para sosegarme, aunque por breves e ilusorios minutos sentí una paz intensa en medio del ardiente placer de sus piernas.

“Las mentiras germinan en el paraíso, las flores se marchitan y el ángel solloza por su esclavitud. En este mundo lleno de mentiras brillantes, deseables y estúpidas, navegamos ciegos buscando a Medusa para quedar petrificados por la soledad. La codicia se presenta envuelta en papel de periódico, envuelta en una cinta dorada y con una tarjeta sin remitente. El tiempo es oro, no lo sabemos retener y desperdiciamos todo en discusiones más estúpidas que nosotros mismos. Somos luciérnagas atrapadas en un frasco, somos rompecabezas que les faltan piezas. Objetos inútiles que expanden su mediocridad cuando son usados, desperdicios que no reciclamos, sueños que olvidamos para no sentirnos vivos. Somos mediocres, vivimos en un mundo aún más patético y decadente que cualquier extraño sueño sin valor ni importancia. Giramos entorno a lo más insustancial y olvidamos lo necesario. Este señores, es el jardín salvaje... el que todos merecemos.

La poesía está muerta de pena y frío, la literatura se disfraza de película romántica con personajes pobres y mal redactada, las canciones se prostituyen olvidando para que fueron creadas, la melodía más comercial nos apacigua y la más compleja nos asfixia en remordimientos. Somos hijos de una cultura hecha con una pompa de aire, no hay nada y un día explotará por completo en nuestras caras como chicle pegadizo. El frío congela nuestros dedos cuando dejamos tontos mensajes en cristales llenos de vaho, pero no somos capaces de responder con calidez cuando se nos pregunta. La sencillez no vale si no está de moda, igual que la inteligencia o los temas políticos.

Hemos perdido la perspectiva, se apoderó el deseo insatisfactorio de gustar a los demás pero no a nosotros. Han ganado, señores, nuestros peores enemigos han ganado. Todos aquellos que nos venden sueños, porque ya no soñamos, han ganado. Igual que esos que construyen rascacielos donde se nos esclaviza quitándonos la originalidad, para luego inyectarla en forma de virus, han ganado. Hemos perdido la guerra, somos grises y vacíos. Hemos perdido el mundo, el mundo se ha vendido y nosotros tenemos la culpa. Somos unos pobres diablos que creímos ser especiales y vendimos la poca magia que teníamos por un par de piedras, las mismas con las que tropezamos.

Es la historia de siempre. Cuando conseguimos encontrar aquello que deseamos, que tanto ansiamos, tenemos que dejarlo ir por un momento o para siempre, sólo porque únicamente así podemos ver que ese sueño sigue creciendo. Ella es mi sueño, es lo poco que no tiene precio y que yo quiero otorgar valor. Deseo cuidarla, protegerla, y no me importa si debo hacerlo intentando cuidar la amistad que tanto tiempo me ha costado conseguir, asimilar y ofrecer.”

martes, 20 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 4 - Luciérnaga nocturna de invierno - Parte III






Me miró confusa aceptando aquel pequeño sorbo, su temperatura bajó de inmediato y sus mejillas sólo quedaron sonrojadas por mi mirada. La observaba como si fuera un ángel, el ángel que me envió un Dios para ofrecerme la paz que no hallaba en la sangre. Mis dedos acariciaban sus cabellos, revolviéndolos y después acomodándolos. El silencio hablaba por nosotros, como si fuéramos viejos amantes que con una mirada nos decíamos todo.

-Tú eres Tenshi, eres el ángel que vi de pequeña y has vuelto a venir a mí para cuidarme.-murmuró tomando una de mis manos, llevándola a su corazón para que notara su pulso frenético. Cada bombeo de este me provocaba deseos de beber de ella hasta la última gota, para luego ofrecerle el cobijo de mis brazos y una nueva vida. Comprendí entonces que mis deseos no eran otros que convertirla en mi compañera, una compañera eterna.-¿Lo notas? ¿Puedes notarlo? Aceleras mi corazón, sólo por saber que eres real y que me quieres. Porque eso siento en tus ojos, aunque sean extraños, lo siento tan dentro que quema.

Quedé impresionado por sus palabras. Era tan joven e incauta que pensaba que era posible aquello, no había siquiera sopesado que sólo era un truco. Si bien, los vampiros para los humanos sólo somos simple leyenda. Somos monstruos en busca de sangre entre trozos de papel y charcos de tinta, invenciones para no dormir o simplemente pura especulación. En algunos países se tiene como algo real, incluso se clavan estacas al muerto cuando se entierra en campo santo o se desentierran los cuerpos para clavárselas ante la mínima duda. Pero ella era una chica criada en un colegio caro, con buenos estudios, lejos de leyendas o mitos que se toman por mera locura colectiva.

Guardé silencio sentándome en el borde de la cama, tomándole una de las manos para jugar con sus pequeños dedos. Una niña, estaba conquistando a una niña. Prácticamente aún no había terminado por florecer, mi presencia oscura podía ensombrecer o destrozar el brote. Ella acabó subiéndose sobre mis piernas y abrazándome como si fuéramos viejos amantes. Yo no controlé mis impulsos, acabé por rodear su marcada cintura y besé sus labios como respuesta.

El deseo volvió a llamar a mi puerta, lo hacía apurado y me recordaba que no había nada mejor que la sangre. Deseaba beber de ella. Quería conocer el sabor que ocultaba, pues su fragancia era intensa. Sin embargo, me propuse no dañar ni su alma ni su cuerpo. Continué con aquel beso como si calmara de esa forma mi tormento. Sus dedos suaves y cálidos acariciaban mi rostro duro y lechoso, pero no quedaron quietos y acabaron por jugar con mis cabellos enredándose en ellos.

-El destino siempre se cumple.-murmuré.-Como una condena.-dije recostándola en la cama, arropándola con mi cuerpo mientras mis ojos se hundían en su mirada sumisa, deseosa de sentir un nuevo beso.

-Las condenas pueden ser deseables si es contigo.-dijo mirándome fijamente.-Estabas ahí aquella noche, rescatándome de esa pesadilla.

-¿Pesadilla?-pregunté acariciando su rostro, dejando que ella me contara a su forma la historia que ya conocía.

-Sólo recuerdo unas fiebres fuertes, dolor en todo mi cuerpo, y lágrimas. Tenía miedo porque había un monstruo en la casa, aunque no recuerdo si era esta u otra. Una mujer lloraba, se escuchaban golpes, y tú apareciste tomándome en brazos susurrándome que todo iría bien. Aunque no sé si eso lo dijiste o simplemente infundiste en mí esa sensación.

Escuché sus palabras junto al leve chisporroteo de la chimenea, el murmullo del viento agitando un poco los copos de nieve que iban cayendo y el sonido siseante de mis manos contra sus sábanas. Las sensaciones y sonidos de aquella habitación se fundió en los recuerdos de ambos. Ella olvidaba la parte fundamental de la historia, pero quizás los años llenos de mentiras habían provocado cambios en sus recuerdos y estos habían cambiado hacia un lado más amable.

Aquella mujer que gritaba inconfundiblemente era su madre, el monstruo aquel asesino que jamás fue atrapado ni siquiera por mí y el departamento pequeño, frío y lleno de humedad, no era más que el rincón más sucio y pobre de una ciudad que iba creciendo a pasos gigantescos. El cadáver de su madre fue encontrado semanas después por la casera, nadie había echado en falta antes ni a la pequeña ni a ella. Ese desgraciado que la usó como una muñeca, un títere, y que se esfumó por las calles de la ciudad, murió poco después por una sobredosis de anfetaminas.

Su historia nadie podía narrarla salvo nosotros dos, sólo nosotros dos podíamos explicar con asombrosos detalles aquella noche. Si bien, ella parecía querer verlo todo como una pesadilla que tuvo quizás en la misma cama que en esos momentos la sostenía, no quería saber a ciencia cierta que todas sus creencias eran fábulas y las fábulas la realidad. Hija de una prostituta famélica y desorientada, una mujer que trabajaba duro para que su hija no tuviera que conocer con certeza la verdad. Una madre coraje, sin duda, pero que cometió grandes errores y uno fue no dejar pasar la oportunidad de un nuevo cliente, uno que parecía extraño y no le importó.

Su aroma infantil se había disuelto en mis ensoñaciones, en esos momentos olía a joven mujer en busca del ángel que la protegía cual príncipe azul. Aparté las sábanas hacia un lado, dejando su cuerpo cubierto únicamente por el camisón. Llevaba uno de esos camisones negros que llegaban hasta los muslos, era algo amplio salvo por el pequeño entalle en sus pechos, el cual se fruncía apretándolos gracias a un lazo bajo estos y otro sobre ellos. Una auténtica muñeca ante mis ojos, para nada la pequeña desorientada que una vez fue.

-Te contemplo y no puedo creer que seas tú.-dije absorto.-Tan pequeña y asustada, en estos momentos tan mujer.

Aquello hizo que sus ojos se abrieran cubiertos por la sorpresa, hundida en pensamientos muy extraños. Se arropó pegándose contra el cabezal de la cama. Su respiración se volvió agitada y finalmente balbuceó palabras sin sentido. Su expresión era de pánico, de no comprender absolutamente nada.

-Calma.-sonreí con cautela, mostrándome caballeroso y respetuoso.-Tu tío me mostró una fotografía de cuando eras una niña.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 4 - Luciérnaga nocturna de invierno - Parte II





Dedicado a la luciérnaga que habita en mis noches frías.



Frederick abrió la puerta contemplándome con cierto dolor en su corazón, pero por otro se sentía aliviado por las charlas taciturnas de días atrás. Parecía más firme que la noche anterior, pues noté que aún tenía dudas. Me invitó a entrar con un leve gesto, así como sonrisa, para comenzar la actuación que ambos llevaríamos a cabo. Subimos por la escalera, él delante y yo detrás. Mis pies hacían crujir cada peldaño y mis manos acariciaban lentamente la barandilla. La nieve seguía cayendo fuera, así como el nerviosismo dentro de su frágil cuerpo.

Quedé unos minutos en el pasillo que daba a sus habitaciones. Desde la primera noche no había regresado al piso superior, temía mis deseos de abrazarla y jurarle que no soñaba. Giré mi rostro hacia el enorme ventanal del pasillo, el cual daba al jardín, y mostraba como la nieve se iba adueñando de todo. Aquel manto blanco se acumulaba en el alfeizar de aquella ventana, así como en la copa de los altos árboles centenarios que nos rodeaban. Podía imaginarme a la Reina de las Nieves paseándose por allí, sonriendo dulcemente con cierta frialdad.

Los copos de nieve eran todos distintos, siempre lo asemejé a las personas. Pero, sin duda en ellos había belleza y en la mayoría de humanos sólo resplandecía la mediocridad. No había elegancia, no existía nada que pudiera encontrarse en un copo de nieve, salvo el frío que algunas personas transmitían. Frederick y ella me transmitían un contacto cálido, aunque sólo fuera pensando en sus vidas pequeñas e insignificantes para el resto.

La puerta de su habitación se había abierto, el pequeño crujido, de una grapa mal engrasada, y los pasos calmos e inseguros de Frederick, dieron buena cuenta de ello. Mis ojos se fundieron en el marco de la puerta, dejando que mi buen amigo entrar primero. Ella miró hacia la puerta, pues desde que se tumbó intentaba ver la nieve caer como yo había hecho.

-Aquí está mi amigo.-dijo en tono sosegado y masculino, dejando su frialdad en el último peldaño de la escalera. Con ella siempre fue delicado, a pesar de los sentimientos que le hacía sentir.

Entré en la habitación y escuché de inmediato su corazón bombear con violencia, sobresaltada se sentó en la cama contemplándome. Sus ojos escudriñaron cada trozo de mi rostro y cuerpo, mi apariencia la había visto en lo que ella creía sueños, fantásticas visiones de otros mundos, y que no debían existir en la realidad. Vi como sus manos se aferraron a las sábanas de la cama, pegándolas contra sus caderas. Sus piernas temblaron, de haber estado de pie hubiera caído desplomada.

-Su nombre es Tenshi.-susurró desconcertando aún más a su frágil mente.-No temas, no es como todos los doctores.

-Tiene una sobrina peculiar.-dije con un leve murmullo.-Su rostro me es familiar, pero supongo que pudimos habernos visto en otra vida o en sueños.-sonreí de forma ingenua y estúpida, pero mis palabras eran calculadas al milímetro.-Pequeña, tranquila.-dije acercándome a su cama con cautela.-Sólo revisaré tu salud.

Pude percibir cada pensamiento y sentimiento que brotaba de ella, parecía germinar un bosque denso de preocupaciones y delirios. Se aferró más a las sábanas, pero en segundos terminó aferrada a mi. Me abrazó sin miedo, con una necesidad parecida a la de aquella primera noche. Sus ojos eran mundos que no comprendía, no podía leer en ellos con claridad. Todo estaba tan desorganizado en su pasado que quedaba un velo de dolor, miseria y desesperanza en sus pupilas.

Su delicado cuerpo se veía de cristal, como las zapatillas de aquella princesa. Parecía romperse a trozos en mí, deshaciéndose cual azucarillo en medio de un café hirviendo. Su frente estaba caliente, más de lo habitual, y sus mejillas eran dos manzanas maduras. El aroma de su perfume me embriagaba, igual que el de su gel corporal. Toda ella se veía tentadora, entregada como un ángel al sacrificio de un demonio convertido en deidad.

Frederick se esfumó como el humo, desapareció de aquella habitación decorada para ella con mariposas de colores en la pared. Sabía que él la veía como una hija, su propia hija se entregaba al hombre que él amaba. Me veía como un amor inalcanzable, pero yo podía tocar el mío y tal vez ser feliz algunos años en mi triste mundo sanguinolento.

-Eres real, eres real.-repetía una y otra vez, mientras mis manos acariciaban sus cabellos como único consuelo.-Eres real, Tenshi.-murmuró.-Abrázame hasta que me duerma, abrázame.

-Soy real.-susurré llevando una de mis manos a mi chaqueta, sacando de esta un pequeño tubo de mi sangre mezclada con licores.-Yo te voy a sanar.-dije recostándola para ofrecerle la ampolla.-Bebe, bebe pequeña.

Me miró confusa aceptando aquel pequeño sorbo, su temperatura bajó de inmediato y sus mejillas sólo quedaron sonrojadas por mi mirada. La observaba como si fuera un ángel, el ángel que me envió un Dios para ofrecerme la paz que no hallaba en la sangre. Mis dedos acariciaban sus cabellos, revolviéndolos y después acomodándolos. El silencio hablaba por nosotros, como si fuéramos viejos amantes que con una mirada nos decíamos todo.

-Tú eres Tenshi, eres el ángel que vi de pequeña y has vuelto a venir a mí para cuidarme.-murmuró tomando una de mis manos, llevándola a su corazón para que notara su pulso frenético. Cada bombeo de este me provocaba deseos de beber de ella hasta la última gota, para luego ofrecerle el cobijo de mis brazos y una nueva vida. Comprendí entonces que mis deseos no eran otros que convertirla en mi compañera, una compañera eterna.-¿Lo notas? ¿Puedes notarlo? Aceleras mi corazón, sólo por saber que eres real y que me quieres. Porque eso siento en tus ojos, aunque sean extraños, lo siento tan dentro que quema.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 4 - Luciérnaga nocturna de invierno - Parte I



CAPITULO 4.

Luciérnaga nocturna de invierno.

Paseaba de un lado a otro en su habitación. Fuera la nieve lo cubría todo. La noche había caído hacía unas horas, la lumbre de la chimenea de su cuarto era la única luz que existía en toda la casa. Su esbelto cuerpo, pero diminuto en proporciones, parecía la visión de otro mundo. Sus mejillas estaban sonrojadas, mientras su piel se confundía con el de su camisón blanco de encaje. Tenía los cabellos recogidos con un lazo blanco, era de raso y poseía un pequeño aplique con una rosa roja, tan roja como sus labios mordisqueados por la impaciencia. Entre sus manos portaba un relicario, sonaban sus cuentas chocando unas con otras, mientras el libro que estaba leyendo antes caía sobre las ropas de su cama, revueltas y aún calientes por haber acobijado su cuerpo. Estaba inquieta, pero ni siquiera sabía el motivo de esa inquietud que la tenía en vilo aquella noche, casi al filo de la madrugada.

El sonido de la caja musical acompañaba sus pasos, mientras sus dedos seguían inquietos danzando en el aire con las cuentas de aquel relicario. El leve tintineo daba alas a una bailarina con vestido rojo y alas de mariposa de tono pavo real y gris humo. Ella la contemplaba de vez en cuando, sonreía nerviosa y volvía la vista a la nieve. Sus ojos se veían cansados, pero con una triste esperanza que la ataba a la fantasía. Sus dedos terminaron parándose en el cristal de la ventana, jugando con la humedad que allí se agolpaba. Escribió su nombre junto al de Tenshi, sintiéndose así estúpida y a la vez más calmada. Parecía una niña queriendo jugar con muñecas, pero nadie le prestaba una. Veía todas las muñecas bailando, girando frente a ella dando un hermoso espectáculo, si bien ella esperaba a su ángel para danzar junto a ellas. El amor, el sentimiento más básico y complicado de todos, la estaba besando lentamente en los labios.

Mis dedos se movían inquietos, igual que los suyos, había propuesto a Frederick que hiciera las oportunas presentaciones. Las noches siguientes a su llegada fueron tomadas por ambos para conversar largamente, él seguía buscando la respuesta a sus dudas y yo a las mías. Sin embargo, optamos por despejarlas dándome a conocer. Mi cuerpo se desplazaba de un lado a otro, como si estuviera en medio de un vals palaciego y pudiera sentir la música sonando fuertemente.

Había elegido mis mejores galas, las cuales eran sencillas pero a mi justa medida y de una calidad extraordinaria. Mi camisa blanca de algodón era suave y estaba bien almidonada, el chaleco era negro, de terciopelo, y el traje. Escogí la capa negra y gruesa, con el forro de lana de ovejas merinas, porque entraría en la casa como si de una visita taciturna se tratara. Haríamos creer que había tenido simplemente premoniciones, que yo era un viejo conocido de su tío y nada más.

Horas atrás, nada más caer el sol, salí de cacería. Durante dos horas me convertí en un insaciable monstruo que recorrió las calles más desapacibles de la ciudad. Dos prostitutas dieron buena cuenta de mi sed, así como un joven ladrón y un mendigo. Cuatro personas en total calmaron mi nerviosismo, mientras ella descansaba tras un día de lectura agotador. Había enfermado días atrás, parecía más pálida de lo habitual, y yo llegaría para ofrecerle mi medicina otra vez como aquella noche. Un médico amigo de su tío, el cual la visitaba para ofrecer mi diagnóstico.

Terminaba de adaptarme al personaje que debía interpretar, pero jamás se me dio bien el engaño. Yo era un cazador, un alma en pena, que tomaba lo que quería y no jugaba a rondar a la presa como hacían otros. No sabía ser atento, mis modales eran escasos y mis ojos hablaban demasiado. Salí fuera para cubrirme de nieve, ensuciar mis caros zapatos italianos de barro y terminar algo helado. Rogaba que ella no me viera, Frederick dijo que la distraería llegada las doce y así fue.

Él entró en su habitación justo cuando yo salía al jardín, ambos nos cronometramos a la perfección. Comenzaron a conversar, le rogaba que aceptara que el médico la visitara y que estaba seguro que su buen amigo la ayudaría. Contó maravillas de mí, todas falsas, y sólo reparó a decir una verdad de entre tanta palabrería inútil. Comentó que yo estaba deseando de conocerla, pues siempre me había hablado de ella y prácticamente la conocía como él mismo.

Tal y como acordamos tras diez minutos fuera toqué el timbre, mis cabellos negros caían sobre mis hombros hasta mi cintura. La capa cubría por completo mi cuerpo, salvo mi cabeza y rostro, que parecían haber tomado color por culpa de mis víctimas de apenas unas horas. Mis dedos jugaban con el reloj de cadena, tan antiguo como puntual. Dentro ella se recostaba en la cama aturdida, no le agradaban los médicos ni el sistema sanitario habitual. Él se deslizaba por la escalera rogando que el plan surgiera, al menos me daría la oportunidad de ser feliz aunque fuera lejos de sus brazos.

Frederick abrió la puerta contemplándome con cierto dolor en su corazón, pero por otro se sentía aliviado por las charlas taciturnas de días atrás. Parecía más firme que la noche anterior, pues noté que aún tenía dudas. Me invitó a entrar con un leve gesto, así como sonrisa, para comenzar la actuación que ambos llevaríamos a cabo. Subimos por la escalera, él delante y yo detrás. Mis pies hacían crujir cada peldaño y mis manos acariciaban lentamente la barandilla. La nieve seguía cayendo fuera, así como el nerviosismo dentro de su frágil cuerpo.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Tenshi - Capitulo 3 - Sombras chinescas - Parte VI






-Seré libre y tú podrás amarla, porque ese sentimiento tan extraño que te mueve hacia ella es amor. Te enamoraste de su alma, del poder que emana como una atracción magnética que te atrapa. He podido ver como caías a sus pies y ella ni siquiera sabe que eres real.-se apartó de mí para dejar caricias en mi rostro, como haría una madre con su hijo antes de verlo marchar a la guerra más cruel y violenta.-Estréchame entre tus brazos, besa mi frente y muerde mi cuello. Déjame vacía cada vena de mi cuerpo, después entiérrame en el jardín cerca de la capilla y olvídate que estoy allí.

Acaricié su rostro, que aunque surcado con algunas esporádicas arrugas, seguía teniendo el encanto de una estatua perfecta en mármol. Lo contemplé largamente unos minutos, en silencio, mientras sus brazos me rodeaban por la cadera esta vez. Buscaba que lo matara, quería sentirse mío de alguna forma, y yo buscaba el remedio para calmar su dolor. Estreché su cuerpo, como lo haría un padre amoroso, deslizando mis dedos sobre su espalda y sus largos cabellos, tan sedosos como dorados, sintiendo su respiración y sus latidos bajo aquella capa trémula y caliente que era su piel.

Pude escuchar el inicio de un sollozo aún más desesperado, así como el ruido de su cuerpo rozándose contra el mío instintivamente. Suspiré pesadamente antes de apartarlo, para recoger su ropa y tendérsela. Él me miró aturdido, tomándolas sin decir nada más.

-Vete si lo deseas, lejos de mí y de esta casa. Márchate si así serás feliz olvidándome y olvidando todo. Aléjate del lugar que te corresponde por derecho, porque por simples celos te alejas.-dije mirándole sosegado.-¿Así es el amor de los hombres?

-No comprendo.-dijo como respuesta a mi pregunta.

-Os marcháis cuando ya no tenéis posibilidades, olvidando que ver feliz al otro es el mejor consuelo.-recordé las palabras de un sabio en un libro, decía aquello a su discípulo y yo únicamente las usé contra él.-Yo no sé como es ser humano, hace siglos que soy un monstruo. Tú eres quien me recuerda como debe ser el hombre, sus sentimientos.

-Reproduces aquello que has aprendido de mí.-murmuró incrédulo arrojando las ropas de mi mano, para que cayeran de nuevo al suelo, para tomarme del rostro acariciándolo.-¿No comprendes tus propios sentimientos?

Cuando uno es humano no comprende el mundo, tampoco termina de comprenderse a sí mismo. Camina entre dos mundo, el de los sentimientos y el razonamiento. Al germinar como vampiro dejé los sentimientos a un lado, los reproché por hundirme después de matar a mujeres y niños. Acepté sólo lo racional, abandonando cualquier momento de debilidad. Él me había mostrado sus sentimientos, aunque fueran confusos en un instante y los envolviera de apariencia fría, logrando de ese modo entender los míos y darles nombre.

-No sé darles nombre.-dije antes de caminar hacia mi ataúd.-Haz lo que desees.-hice un breve inciso paladeando las siguientes palabras, notando como bullían de mi cerebro hasta mi boca.-Márchate o quédate, pero no me pidas que te mate.

Guardó silencio recogiendo sus prendas, justo cuando yo cerraba la tapa de mi lugar de descanso. Cerré los ojos dejando que el amanecer me hiciera caer en un sueño profundo. En ocasiones, sólo en algunas ocasiones, quería que ese sueño no acabara y así quedarme en el limbo a salvo de la sed, la ira, frustraciones y la apatía que a veces me sumergía en sus aguas revueltas de mentiras, recuerdos y sensaciones que detestaba.

Es como caer al vacío, un vacío que te sostiene y te entrega lo mejor de él. El silencio se hace eco en la mente, mientras los murmullos van llegando. Palabras del exterior que te avivan imágenes que creías muertas, porque tú mismo te encargaste de borrarlas quemándolas en el pasado. Y sin embargo, todo vuelve rebobinándose como una vieja cinta de cassette y la canción se inicia mil veces, mientras una película en cine mudo aparece ante ti.

Recordaba sobretodo los cerezos en flor, sus ramas se movían en el viento tenue de la primavera. Parecían bailar lentamente o más bien peinar el aire, ofreciéndole a este su fragancia y belleza. El tacto de la hierba recién cortada bajo mis pies, el sol calentando mis mejillas y en mis manos mi vieja katana la cual hacía oscilar en el aire. Esos entrenamientos, momentos de calma justo antes del té caliente mientras contemplo la basta extensión de campo y la pequeña calzada que llevaba hasta el pueblo. Lejos, no muy lejos, un riachuelo fresco que transportaba carpas para la cena. Mi vieja casa, mi hermoso país... recuerdos que mi memoria no quería olvidar.

Fuera Frederick se debatía entre marcharse o quedarse, finalmente dejó la maleta en su sitio y se tumbó en la cama. El lecho de siempre, con los sueños comunes en su almohada y la sonrisa amarga en sus labios fríos. Él se quedó inmóvil, como muñeco, esperando que ella despertara para hacer su papel. No muy lejos el tráfico volvía a ser fluido, mientras se daba por desaparecido al camionero. En la ciudad todo volvía a ser rápido pero intenso, demasiadas almas de un lado a otro del semáforo. El mundo despertaba y yo comenzaba a soñar.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt