Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 13 de septiembre de 2016

Melodía de lluvia

Todos sabemos que el instrumento, junto con alguna joya, apareció tras un falso muro en la vieja habitación de Julien... ¿pero hemos escuchado alguna vez la versión de su fantasma? No.

Lestat de Lioncourt


Llovía vorazmente como si jamás hubiese caído una gota. El cielo se había cubierto de una densa oscuridad. El murmullo de los árboles agitando sus ramas, de los carruajes pasando por la avenida y la vida, toda la vida de esa ciudad, se convirtió en un susurro grotesco de rezos y cánticos. Estaba en mi cama y observé la lluvia. Me pregunté si estaba a punto de morir o ya había muerto. Si bien, lo supe cuando él apareció lloroso, con el pelo negro y rizado tan revuelto como el mío, con esos ojos azules tan llamativos y un rostro familiar. Él era yo, yo era él. Era como mirarse a un espejo.

—Está muerto—anunció.

—Bien, bien—respondí.

—Estás mojándote ahí fuera—susurró de improviso.

Entonces me di cuenta que la ventana estaba ligeramente abierta y mi cuerpo estaba doblado hacia fuera, con los brazos colgando hacia el suelo y el pijama empapado. Él no era el hombre anciano en el que me había transformado con el paso del tiempo, sino el joven apuesto y diligente lleno de sueños que yo había sido. Me pregunté cuántos sueños dejé atrás por adularlo, por convencerlo, por escucharlo, por no molestarlo y por miedo. Por el miedo que todos sentimos en nuestros pechos agitándose, como una palmera en mitad de un huracán. Deseé volarme la tapa de los sesos, pero yo ya estaba muerto. ¡Cuán cruel la ironía! ¿Era esa la desesperación de los muertos? ¿De aquellos que acaban de morir?

Me pregunté cómo acabaría aquel libro, el que estaba en mi mesilla desde hacía casi una semana, y si algún personaje moría trágicamente al final de este. Los buenos libros son los que poseen las cosas fundamentales de la vida, y la más fundamental es la muerte. Suspiré acomodándome en la cama, como si realmente estuviese sobre ella, cerré los ojos arropándome porque tenía frío, y entonces escuché el griterío de mi familia. El llanto de Stella me sobresaltó, pero entonces no pude moverme. Cuando el control sobre mí mismo regresó ya habían pasado décadas, ella estaba muerta y mi victrola estaba sobre mi vieja mesa haciendo sonar mi disco favorito.

—¿Y dices que pertenecía a Julien Mayfair?—preguntó un hombre de unos cuarenta años, tez ligeramente bronceada por trabajar duro bajo el sol, con una voz muy viril, unos ojos intensamente azules y un porte similar al de mi padre. Creí estar viendo la fotografía que mi madre, incluso en sus peores momentos, observaba quizá preguntándose cómo no pudo amarlo como él lo hizo.

—Sí, Michael—suspiró una anciana tocando ligeramente el borde de aquella joya—. Aún puedo verlo moviéndose de un lado a otro bailando esa música.

—Abuela Evy, ¿es cierto que Julien murió aquí?—dijo una adolescente de ojos verdes intensos, tan hermosos como las esmeraldas, y un cabello de fuego típico de una bruja poderosa. Tenía la nariz salpicada de graciosas pecas y poseía la figura de Stella, Evelyn y todas las mujeres, todas las chicas jóvenes, de la familia que yo amaba, adoraba y cuidaba de ese maldito desgraciado de Lasher.

Mi corazón dio un vuelco. Había llamado abuela a esa anciana, pero sobre todo la había llamado “Evy”. Mi Evelyn estaba consumida, olía a muerte y naftalina. Sus ojos, llenos de vida en otro tiempo, parecían apagados y estaban llenos de arrugas. ¿Dónde estaban sus hermosas y largas pestañas? ¿Qué había pasado con su sedoso cabello? Ahora parecía áspero y era blanco como la nieve.

—Has hecho un buen trabajo aquí—dijo ella suspirando largamente—. Lamento mucho lo de tu mujer.

—Rowan volverá, volverá—respondió con esperanza, pero también con dolor.

—Tío Mich, ¿si no vuelve puedo cuidarte yo?—preguntó la pelirroja.

—Tú siempre podrás cuidarme, Mona.


¡Mis descendientes! ¡Supe que eran mis descendientes! No necesitaba pruebas genéticas. Verlos a ellos era ver a todos los brujos y brujas de la familia. ¡Dios santo! Creo que me volví loco en ese momento y di gracias a desvanecerme justo antes que la joven, esa muchachita de llamativos cabellos cobrizos, se diese la vuelta para verme a mí: un fantasma lloroso.   

sábado, 15 de noviembre de 2014

Vampire are strange

Maharet ha vuelto a aparecer. Hacía meses que no sabíamos de ella, pero ahora ha regresado para no marcharse. 

Lestat de Lioncourt 



Las distintas vidas mortales son como el entramado de una tela. Son parte de los hilos que se manejan entrelazándose, atándose uno con otros, hasta el fin de los tiempos. La rueca gira como la vida, se mueve lentamente, para luego pasar al telar y permitir que este hilo, tan fuerte y largo, se doblegue contra sí mismo. Los hilos que yo uso son mis propios cabellos, arrancados de raíz y colocados en la rueca para convertirlos en una madeja. No hay nada más resistente en el mundo que ese hilo. Un hilo rojo, como la sangre, que encadenaría a cualquiera para arrastrarlo a la locura.

Ahí fuera hay una terrible tormenta tropical. Los grandes árboles se quejan agitándose como si fueran gigantes. El río se ensancha y pronto se inundará. Los gruesos muros de este lugar, un templo perdido para el hombre, son lo suficientemente resistente para no permitir que se escuche algo más que un ligero canto de la lluvia golpeando las paredes. El camino será una lengua de barro y los alrededores tendrán arbustos caídos, árboles podridos y cientos de animales que buscan sobrevivir, igual que haría cualquier explorador perdido en esta selva.

Mi hermana está sentada. Sus ojos se encuentran clavados en la puerta que da al pasillo. Sus manos se encuentran sobre sus piernas, completamente cerradas, y su espalda está encorvada como la de un animal. Está esperando que él entre, sonría a ambas y nos hable con la cuidadosa atención de siempre. No suele tolerar otra presencia salvo la nuestra y la de Jesse. Sigue sin querer comunicarse con alguien más. Es como si supiera que es un peligro para el mundo y para ella misma. Es la fuente, el manantial, y el motivo por el cual todos estamos vivos.

—Está a muchos kilómetros—le he dicho hace un buen rato—. Ha decidido manejar parte de nuestro legado. Sabes que invertimos en investigación, desarrollo médico y científico, para conseguir que nuestra Familia Humana perdure—expliqué sin apartar la vista del hilo rojo.

Ella sólo me miró con una leve sonrisa, como una niña que no entiende, y después siguió mirando la puerta. En ella estaba la esperanza de no encontrarse únicamente sola conmigo. Aún no nos hemos acostumbrado a nuestra mutua presencia. Khayman es el nexo que nos une. Él nos creó. Él nos dio la posibilidad de imponer la razón a la locura de Akasha. Supongo que siempre tendremos una deuda que saldar.

Seth, el hijo de la mujer que me condenó, me ha regresado la vista junto a otros vampiros puramente científicos. Colaboraron entre ellos con esperanza y cuidado. He recobrado la vista. Puedo ver mis delicados tejidos. Ya no sólo puedo sentirlos entre mis dedos como si fuera una enorme araña. Quizás eso soy para muchos... una araña inmortal que teje para mantener la cordura. Pero a él no le importa, pues sólo quiere complacerme. La mejor forma de complacerme es invertir en esos pequeños milagros. La Gran Familia Humana nos necesita.

La fuerza que yace en mi alma la impongo para dominar mis tejidos. Él la impone para dominar el volante mientras sonríe eufórico. Somos dos islas distintas, dos náufragos en mitad de un mar de sangre que jamás nos sacia del todo, que se han encontrado tras un terrible terremoto. Estamos hechos de la misma arena de Kemet, de su suelo oscuro y húmedo, y del mismo hilo. Su amabilidad es mi perdición, mi fuerza es mi atractivo y dominio sobre él. La hechicera y el leal sirviente, eso somos.


—Sí, la araña sigue tejiendo. Mekare, no temas. La araña tejerá y tú podrás caminar bajo la tormenta en plena oscuridad.  

viernes, 10 de octubre de 2014

Diez almas

Memnoch está buscando aún sus diez almas y yo sigo diciendo que no le creo. Que diga el Demonio lo que quiera, a mí plin. 

Lestat de Lioncourt

Llevaba varias horas apostado en una calle. La lluvia caía como si fueran las lágrimas de un Dios inocente, que llora por todos y cada uno de sus hijos, junto a un coro de ángeles que cantan alabanzas terribles sobre lo sucedido. Los rayos y truenos parecían romper el mundo en mil pedazos. El cielo, completamente oscuro, no dejaba ver bien la silueta de la ciudad. No había luz. Ni una sola farola funcionaba. Los habitantes de la gran ciudad, una cualquiera, se arremolinaban entorno a velas que se encendían precipitadamente. No había televisor que les lavase el cerebro, ni música que calmase sus almas o Internet que se inyectara como una droga a través de las ondas. No. No había nada. Sólo quedaba el silencio de los coches intentando llegar a casa, rozando el asfalto y pisando charcos que se acumulaban. Alguna que otra pisada a lo lejos, un par de gritos, una charla amena, un niño que llora y un par de ancianos que rezan sus oraciones es todo lo que queda de una urbe bulliciosa.

Contemplaba aquello con fascinación. Era como si nunca hubiese visto el mundo. Pero él conocía bien todos sus secretos. Podía leer el alma de aquel paraíso destrozado y desquiciado. Sabía palpar los muros de tal forma que podía derrumbarlos. Sin embargo, permanecía quieto con aquella pose de chico perdido. Sus largos cabellos rubios se pegaban a su rostro, sus cejas se fruncían suavemente por algún ruido nuevo y miraba con curiosidad cualquier acción humana. Él no confiaba en su verdad, pero su libro seguía vendiéndose en todo el mundo. Ya nada podía cambiar.

Tenía una misión, pero la había olvidado. Salvar diez auténticas almas. Mostrarle a Dios que todos eran perfectos para estar en su reino. Y, sin embargo, estaba allí parado obsesionado con el mundo moderno y con las dificultades que se ponían en su camino. Aún no había determinado como hacer la criba. Tal vez por la inocencia y curiosidad. Almas como las de ese vampiro que le había dado la espalda. Un vampiro que juraba que él le había mentido, que la iglesia estaba corrupta y que no caería de nuevo en sus trucos baratos. Ya lo veía como una fábula, un cuento para irse a dormir, cuando era tan real como él. Sintió deseos de ir a su encuentro, de viajar hasta donde se encontraba y besar su frente diciéndole: Te perdono.

El frío comenzaba a penetrar en su carne, calando sus huesos, mientras algunos viandantes alocados, que buscaban refugio, reparaban en él. Allí de pie, como una aparición, era sospechoso, pues parecía esperar un milagro que no llegaba. Un loco más, suponían. Pero no, era el Diablo. El Diablo en persona. Un ser grotesco según las diversas religiones, pero él poseía un rostro perfilado por la belleza y el desconsuelo.


—¿Cómo podré encontrar esas diez almas?—murmuró para sí mismo—. Si ni siquiera puedo convencer a un vampiro ególatra.  

domingo, 5 de mayo de 2013

Momentos ante las llamas


Nada se sabe de los pensamientos de Nicolas frente al fuego pero ¿podrían ser así? Ya que era un ser sin luz propia y con terribles sufrimientos. ¿Serían así? ¿Volvería como fantasma? Un texto en homenaje a Anne Rice y su personaje Nicolas de Lenfent. 




¿Por qué? ¿Por qué la lluvia no cesa?

El dolor, ese estremecimiento que recorre mi alma, es como una vibración que me golpea de pies a cabeza. Puedo sentirlo, como el primer día. La lluvia empapando mis cabellos, mis manos colocadas a duras penas y atadas con vendas maltrechas, la calle solitaria y el sonido de mis botas sobre los peldaños. Después silencio. Un silencio conmovedor que habría hecho llorar a cualquier persona. No había nada, tan sólo palabras inconexas. Él no estaba allí.

Miré a mi alrededor y no había luces, tan sólo la de los candiles. En las casas algunas personas apagaban sus velas, otros las encendían para intentar rezar encomendándose a un Dios demasiado cruel y piadoso a la vez. Nosotros éramos sus mensajeros ¿o tan sólo parte de la oscuridad que proyectaba el demonio? No lo sabía. Tan sólo sé que me sentía miserable y cansado. Tenía sed, mis colmillos apretaban mis labios. De repente, como de la nada, la lluvia fue calmándose y mis pasos fueron conducidos por aquellos extraños que decían ser mis hermanos.

Nos sentamos frente al fuego y pensé. Pensé en todo lo que sabía y las cosas que jamás podría saber. Lestat me había abandonado tras aquella discusión. Recordé las burlas, esas tan crueles que se quedaban anudadas en mi cuello con fuerza. Mis manos temblaban mientras recogían entre mis lánguidos brazos mi violín, el cual aún tenía sangre. Mi ropa, mi cuerpo, mi alma incluso, estaba hecha añicos.

De repente, sentí impulsos de bailar en el fuego. Quise ser como las brujas junto a la encina. Sentir el fuego en mi cuerpo. ¿No era así como el mal se extinguía? Y brinqué con fuerzas, comencé a bailar sintiendo como mi cuerpo se consumía y sonreí creyendo que así finalmente encontraría la luz que nunca tuve.

Por no encontrarla regresé, porque todo en lo que creía era falso y todo lo que me ofreció él también. Es su culpa mi estado, como también es culpa de Armand. Nadie me ha dado nada en este mundo, por ello no le debo nada a nadie y el único vínculo que tengo con él son mis deseos de conseguir algo que no tuve. No lo he tenido como humano, ni como vampiro y tampoco como ánima en el purgatorio. Ahora, lejos del limbo estoy frente a ustedes, como si fuese un ser de carne y hueso, buscando la verdad con un tímido tintineo de una luz similar a una luciérnaga.

miércoles, 1 de febrero de 2012

El caso - Lluvia - Capitulo 2 - Parte 2


Lamento no pasarme pos sus blog's, lo haré en cuanto tenga 5 minutos el sábado.

[Día 0]

Fío. Un frío que calaba hondo hasta los pulmones agarrándolos con rabia. Podía sentir como el tabaco le quitaba la vida junto al viento que transportaba un aire frío, el cual era idéntico a mil bofetadas de una mujer frustrada. Sus ropas desprendían un aroma a whisky, tabaco y puta barata. Había estado sumergido entre las piernas de una estúpida tan sólo hacía unas horas, pero aún deseaba más para calmar su nerviosismo.

El cigarrillo jugaba con sus labios finos, los mismos que mordía con rabia por culpa de no dar con la solución a todos sus problemas. Seguramente hubiera sido más fácil un tiro rápido y directo a su cabeza, así se acabarían todos de un plumazo y se hubiera ahorrado bastante dinero en aspirinas. Sin embargo, sabía que si él moría no sería el único en descansar. Era el grano en el culo de varios jefazos importantes, personas que tenían atada la ciudad como si fuera una marioneta y esta bailaba al son que ellos marcaban. Sólo tenía ese motivo para seguir respirando el aire contaminado de la ciudad y saborear los pecados más instintivos.

Su alma corrupta no valía ni un céntimo. Llevaba los bolsillos vacíos de momentos felices y cargados de tristezas. No sabía como enfrentar a la muerte, pero tampoco esta dispuesto a coquetear con la vida. Notaba como ni siquiera las estrellas querían alumbrar sus pasos decadentes, los cuales iban hacia una de las esquinas donde solía encontrar rápido consuelo.

A lo lejos una muchacha, casi una niña, jugaba a ser princesa subida en tacones de más de diez centímetros. Pese al frío su falda era corta y bajo su chaqueta roja pasión no había nada, ni siquiera un sujetador. Sus pasos eran felinos, como si contara las baldosas del suelo, mientras sus ojos eran los de una niña que lloraba por su destino. Sin embargo, sonreía moviendo su pequeño bolso de forma impaciente. Estaba esperando clientes para conseguir un par de billetes. No le ponía ascos a nada, porque si lo hacía sabía que su pareja la golpearía otra vez hasta dejarla prácticamente muerta.

“Si no te mato es porque muerta no me sirves, así que quítate las bragas y ábrete de piernas. Necesito a una puta que sepa moverse, a una zorra lista, y no a una niñata que aún sueña que conocerá al hombre de su vida. Ya lo conociste, soy yo, y nadie va a sacarte de este mundo lleno de miseria. Acéptalo puta, nadie quiere a una drogadicta que no sabe ni leer.”

Las últimas palabras de su pareja revoloteaban en sus oídos, como cuervos negros, mientras sus ojos hacían un esfuerzo por no llorar. Ella debía quitarle las penas a sus clientes, hacerles olvidar sus vacíos matrimonios o sus corazones rotos. Sin duda, prefería pensar que era la medicina de muchos enfermos, a ser la enfermedad de patéticos indeseables.

-Ven conmigo prenda, te daré calor.

Aquellas escasas palabras se habían cruzado más de una vez en su recorrido, ella las había dicho con un deje amargo y él las había recibido con necesidad. El resto era fácil de adivinar, sus ojos se cruzaron y las miradas acabaron siendo cómplices de un trato.

-¿Cuánto? No tengo mucho, me lo he gastado con la golfa anterior.

Realmente sólo tenía un par de billetes de los pequeños, aquello no daría ni para un triste abrazo y unas palabras de consuelo. Él necesitaba tener sexo para desinhibirse, igual que lo hacía con el alcohol e incluso con la cocaína.

-¿Cuánto tienes?

Mostró los dos billetes de cinco y ella prácticamente se echó a reír, sin embargo se veía reflejada en la desesperación de aquel cliente. Eran víctimas de un mundo donde soñar está prohibido, porque cuando te despiertas deseas tirarte por el balcón y sentir como todos tus huesos se quiebran.

-Eso no te sirve ni para un par de besos cielo, pero como tengo frío podrías hacer que entrara en calor.

Sabía que si su pareja regresaba y la veía sin siquiera un cliente la golpearía, dando así rienda suelta a su dolor y a un espectáculo que muchas deseaban ver desde sus lugares. El odio y la rivalidad entre chicas de la calle era habitual, demasiado común, provocando una ilusoria imagen de jungla de asfalto y gatas salvajes.

Pronto sus manos femeninas y suaves acariciaron su rostro. Tenía un aspecto fiero y a la vez decadente, algo que siempre le había excitado en un hombre. Las yemas de sus dedos jugueteaban sobre sus mejillas hasta aquellos labios masculinos. Por unos instantes su corazón latió desatado cuando se percató de quién era, le conocía pero él no la había reconocido. Habían pasado varios años, tantos que había olvidado quién había sido en otra vida. Siempre le había amado, pero él jamás lo había sabido.

-Fóllame, hazlo en el callejón.

Fue una mala idea, la peor de todas. En aquel miserable lugar lleno de basuras y escombros llegó su fin, el final de todo y el inicio de una nueva historia. Sus vidas se verían truncadas, cada uno a su manera. Sin embargo, el primer beso que se concedieron fue demasiado dulce y casi de niños enamorados. Fue el encuentro que iluminó su noche, mucho más que las luces de neón y las últimas luces de las oficinas. El cielo parecía haber descendido y las estrellas iluminaban de nuevo, una sensación que acabó con los primeros golpes.

Pronto el sabor de aquellos labios cambiaron de whisky a sangre, la vida se iba por el desolado paisaje de asfalto y de putas buscando clientela, mientras la muerte se quedaba a su lado acariciando sus hombros y susurrándole que es la mujer que tanto esperaba.

“Vas a morir, vas a morir como tanto deseabas. ¿Te gusta el dolor? Porque eso es la muerte, dolor y ausencia. Cariño, recuerda los últimos momentos como si fueran los más felices y deja que los sueños de infancia sean la epidemia de tus cálidas lágrimas. ¿Recuerdas? La inocencia, el honor y el orgullo todo bien mezclado con cocaína, whisky y mentiras. Esa es tu vida, lo que has vivido. Travis, yo te quería.”

Los gritos de horror de la mujer con la que se encontraba alertaron al barrio, atrajeron a innumerables curiosos y prácticamente le salvó la vida. Pero era algo que veía lejano, que no quería siquiera creer, y prefería ocultar entre las sombras melancólicas de un “no recuerdo nada” pero en realidad era “no quiero recordar, gracias.”

domingo, 29 de enero de 2012

El caso - Lluvia - Capitulo 2 - Parte 1



Lluvia

Capitulo 2

[Un mes antes de su desgracia]

Llovía a cántaros, una de esas lluvias con gotas gruesas y frío que te calaba hasta los huesos. No era algo poco común si teníamos en cuenta que era época de lluvia, frío y de pasar las noches en casa mejor que en tugurios de mala muerte. Pero para las almas solitarias la noche siempre significaba alcohol, tabaco, quizás encuentros clandestinos y si estabas acabado droga para olvidar que eres un desheredado camino a la perdición.

La lluvia era el sonido de la ciudad, la música ambiente, como si se tratara de música de violines en un restaurante caro, de esos donde te dejas la cartera y de paso vendes tus órganos. Se escuchaba por toda la ciudad, junto al sonido de los truenos y el resplandor de los relámpagos. Todo se iluminaba por breves y escasos segundos sin necesidad de luces de neón, aunque los prostíbulos tenían buenas recaudaciones en noches como aquella. La soledad abofetea con rabia cuando sabes que vas a dormir solo, que tal vez puede que ni despiertes y si lo haces lo harás aún más vacío. Las putas son los brazos acogedores de aquellos que no pueden ni conseguir un poco de afecto.

Cada gota parecía una lágrima venida de los infiernos, aunque muchos llaman las lágrimas de Dios o de los ángeles ante el desastre en el cual se halla el mundo. Pero aquella lluvia no traía nada bueno, al menos aquellas nubes oscuras tan espesas parecían provenir de algún lugar cercano al caos y la destrucción.

En una esquina un hombre se destruía a sí mismo por sexta vez en la semana. Estaba calado, sus largos cabellos rubios estaban pegados a su rostro y este parecía el más claro ejemplo del dolor. Sus ojos azules como el cielo de verano se veían tormentosos, igual que el día, como si una ventisca se hubiera llevado de su alma lo bueno y hubiera permanecido toda la miseria enjaulada como ave frustrada. Se sujetaba a duras penas, el alcohol estaba matando sus reflejos y pronto no podría dar ni dos pasos. Apestaba a cerveza, whisky barato y ron rebajado. Sus dedos estaban envueltos en vendas, había tenido una paliza hacía unos días y aún los tenía doloridos, con algunos rasguños en los nudillos.

Un coche paró junto a él, negro como la boca del lobo, con unos faros amarillentos como los ojos de un gato en medio de la oscuridad más pesada. El sonido del claxon le sacó de sus cavilaciones, tal vez recordándole que seguía vivo aunque caminara en su propia calle de los infiernos. Se acercó tambaleándose, cayendo sobre la ventanilla que estaba abierta. Desde dentro el cañón de una pistola le apuntó a la sien mientras una leve risilla se escapaba en el gélido aire.

En el interior del vehículo, además de la pistola y del humo a tabaco importado, se encontraba uno de los políticos más influyentes e influenciables de la ciudad. Un maldito hijo de puta que no lo quería ni su propia madre, pero inexplicablemente siempre salía ganando en las elecciones por culpa de su poder sobre empresas y gente adinerada. Por una u otra razón era el caballo ganador, intocable y necesario en la partida de ajedrez de altos cargos en la sombra.

-Sería tan fácil para mí volarte la tapa de los sesos ahora mismo, Travis. Creo que si lo hiciera perdería toda la gracia, además necesito verte nadar en tu propia mierda.

Aquel pobre diablo sólo se mantenía con sus piernas flaqueando, ya no sólo por culpa del alcohol sino de la rabia e impotencia, sus ojos azules miraron hacia la oscura sombra que tomaba el asiento cercano a la ventanilla, de la misma donde el arma rozaba su sien con esa facilidad y frialdad pasmosa.

-Piensas que estoy acabado, pero un día de estos te llevaré conmigo a recorrer los infiernos. En ellos seré yo el pez gordo y tú serás sólo un insecto al cual podré aplastar. Pero yo no seré como tú, nada más tenga la más mínima oportunidad lo haré.

Hizo un inciso, intentando recobrar el aliento porque hasta de eso carecía, mientras notaba como se reían de él, no sólo aquel maldito hijo de puta sino también el conductor del mercedes. Un coche de lujo, en una ciudad cargada de deudas y de corrupción no era tan difícil de ver.

-No lo dudo, pero yo creo que jamás vas a poder vivir tanto para tener una oportunidad. Créeme, te voy a ver ahogado en tus propios excrementos y entonces te daré el tiro de gracia.

No pudo responder nada, ni siquiera lo único coherente que había logrado sopesar. El coche aceleró provocando que se cayera, justo en un charco de lodo, regresando de forma brusca a la realidad más desgraciada y solitaria. Había poseído todo, desde fama hasta unas caricias cargadas de amor, y ahora no tenía nada ni siquiera unos calzoncillos limpios.

-¡Juro que te mataré! ¡Juro que lo haré! ¡Lo juro! ¡Maldito hijo de puta! ¡Bastardo!

Sólo podía golpear ese charco salpicándose con la inmundicia de la ciudad que le había visto nacer, crecer y caer hasta lo más bajo. La rabia le cegaba y le atormentaba hasta provocar que se ahogara en litros de alcohol barato. Pronto no le quedaría ni siquiera dinero para una cerveza, en ese momento se vería preso de todos sus recuerdos y del dolor que intentaba alejar trago tras trago.

La historia de Travis no era como cualquier otra, era una historia truculenta y desesperada. Podía decirse que quien la conocía terminaba enganchado como si consumidor de cocaína, hasta sentir que la última dosis era letal y que su organismo no podía aceptarla, rechazándola de ese modo y provocando un colapso letal. Su historia iba vinculada fuertemente a sucesos que parecían no tener orígenes comunes, ni siquiera intereses similares, simplemente nacían como desaparecían. Eran titular unas horas y luego la gente se olvidaba, como si no hubiera pasado nada. La misma historia que él no lograba recordar y que le visitaba en pesadillas en blanco y negro, tal vez intentando hacerle llegar un mensaje de lucha del más allá.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Comentario del autor


Hoy llueve. Llueve como hacía meses que no lo hacía. Parece que el mundo ha conocido mi felicidad, que me ha querido regalar un momento feliz. Amo la lluvia, la amo de forma intensa. Después de un pequeño encuentro en una coqueta cafetería, de unas sonrisas seductoras, y de palabras que no tengo porque repetir aquí... he caminado bajo la lluvia, he corrido bajo esta, y finalmente he conducido mi coche escuchando una de mis canciones favoritas. He disfrutado esta mañana como si fuera la última con un delicioso sabor a besos y café.

Muchos de mis lectores no lo saben, otros lo intuen y muy pocos asentiran a mis palabras: La lluvia me inspira. Quienes han conversado cinco minutos conmigo seguro que se ha percatado de mi sonrisa cuando hablo de la lluvia, de lo inspirado que me siento y lo deseoso que estoy de sentir el frío y crudo invierno.

He tenido nuevas ideas para historias, también para textos, que no veran aquí sino en mis otros blog's. Sacaré de mí lo mejor y lo peor, algunos creen que sólo saco lo peor y que debería callarme... señores... que os jodan.

Yo escribo para mí, por mis propios intereses de libertad. Si me quieres leer bien, si me quieres leer pues bien también. Somos libres de leer y pensar, de soñar y vivir. Así que sean felices, sean libres... actuen bajo sus principios.

La fotografía de hoy es una mezcla de dos distintas. Una es mía, otra es de Atsushi. Meses antes que se publicara la fotografía que ven de Atsushi Sakurai me saqué esa, las mezclé y me gustó el resultado. Lo mío no es maquillaje, es un juego de luces que hice con el lugar donde me tomé la instantánea.

Ha terminado el verano, volverán las prisas, los paraguas, los niños llorando frente a las guarderías, los empujones para salir al recreo, las madres ocupando las aceras sin dejar pasar al resto, la vida de cafelito caliente y churros en los bares, los chismorreos en la cola del pan, las palabras de "hace un frío de cojones" y la ropa de abrigo. Vuelve el otoño, vuelve a nosotros, poco a poco y ya se nota. ¡VUELVE LA LLUVIA!

Feliz Septiembre a todos, incluso a los que tienen recuperaciones pendientes. Espero que los exámenes les vaya bien, así como aquellos que empiezan el trabajo. A pesar del mal tiempo por regresar a la rutina, que a veces no lo es tanto, debemos poner buena cara.




Esta es mi canción señores... dancen en lo indecente y en la libertad que la indecencia provoca.

¡SOY FELIZ!

Pd: un saludo especial para Kiseki, Athenea, Rokio y ma Louise

miércoles, 2 de abril de 2008

Lluvia de mentiras

Brian Kenny





Corríamos bajo la lluvia en medio de la ciudad, nuestras ropas pesaban pero nuestras almas eran libres. Observaba el mundo y este me sonreía, eras tú a mi lado guiándome hasta el centro de aquella metrópolis. Me sentía vivo, nada era un lastre. Mis manos se enlazaban a las tuyas, nuestros rostros se fusionaban con una mirada cómplice y nuestros labios simplemente se regalaban la pasión del momento. Era ingenuo, tenía veinte años y aún pensaba que el amor era posible. Sin perjuicios, sin barreras y llenos de un espíritu de lucha inigualable.

Llegamos a un callejón, no lo pensamos más y dimos rienda suelta a la pasión. Mis manos agarraban tu rostro y las tuyas iban bajo mi camiseta empapada. Recuerdo aún nuestras ropas, pantalones vaqueros gastados y unas camisetas de algodón. Era verano, podía sentirse el bochorno en el ambiente y esa lluvia fue un regalo. Mi lengua se desataba en el interior cálido de tu boca, las comisuras de tus labios y las mías se fusionaban. Toqué la pared con mi espalda y paré de besarte para reír, alcé mi rostro hacia el cielo y la tormenta descargó gotas intensas de frescor. Acabábamos de salir de nuestra primera cita, la primera de toda mi vida, y tú no hacías más que sonreír descarado ante mis gestos.

-Eduart, estamos locos.-dije al notar como me mordías el cuello, aquella sensación fue demasiado placentera y un escalofrío me recorrió por completo erizando mis vellos.

-Albert, calla.-murmuraste con una risa endemoniada.-¿Lo hacemos aquí?-preguntaste como si nada.

-No, vamos a tu casa.-respondí abrazándote, sintiendo el perfume de tu camiseta.

-Nos jugamos el cuello si han vuelto mis padres, pero qué más da.-respondiste tirando de mí para ir dos calles más arriba, subiendo una cuesta empinada como si nada, donde se encontraba tu casa.

Era un edificio gris, ceniciento, como toda la ciudad, y sin nada inusual. Desde que subimos al ascensor sentí la magia de tus caricias en mi torso. Recuerdo que me quitaste la camiseta, la tiraste al suelo y me despreocupé de ella hasta la mañana siguiente. Tu boca me mordía los pezones y yo jadeaba tirando de tus cabellos. Cuando llegó el montacargas al número doce sabía que iba a ocurrir algo novedoso, algo que esperé durante los dos meses de verano.

Por el pasillo reíamos bajo y susurrábamos cosas que jamás he vuelto a decir, palabras como te amo. Éramos dos chiquillos con una travesura pendiente, o eso creía. Entramos a la habitación de tus padres, eso dijiste, y me tumbé esperándote para que me devoraras. Te quitaste las sandalias, luego hiciste lo mismo con las mías y besaste mis tobillos mientras. Después fueron los pantalones, yo me deshice de los míos y tú de los tuyos. Quedamos en boxer en medio de la habitación regalándonos miradas.

-Es mi primera vez.-susurré nervioso pero decidido.

-La mía también, podríamos probar los dos ambos lados a ver que se siente.-aquello me hizo sonrojarme.

-De acuerdo.-balbuceé

-Yo empiezo.-parecías radicalmente distinto al chico que conocí, ese que apenas podía hablarme por vergüenza y temores internos. Pusiste música en la radio de la habitación.

Cuando te quitaste la ropa interior y te mostrases por completo desnudo ante mí, me avergoncé de mi cuerpo. Me quité la mía y abrí mis piernas buscando tu abrazo. Iniciaste el cortejo con besos regados por toda mi figura, también eran descendentes y cuando me percaté estabas entre mis piernas. Lamías mi virilidad, la succionabas con deseo y tus manos acariciaban mis muslos. Aquella felación era impresionante, parecías un experto pero yo te creía. Paraste y buscaste en los cajones algo “especial” pensé en un condón, pero fue vaselina que cubrió su miembro y se adentró en mi entrada. Me dolió, sin embargo pronto vinieron gemidos a mis labios. Me desesperaba agarrándote mientras perdía mi virginidad. Tus movimientos eran rítmicos, suaves, pero muy intensos. Llegabas al punto exacto de placer, pero no te conformaste con eso y comenzaste a moverte con rapidez rompiéndome en dos. Dejé libre mi esencia, me vertí sobre tu pecho mientras con mis manos me esforzaba por agarrarte, sin embargo solo te arañaba. Tú hiciste lo mismo en mi interior, saliste de mí besándome en ese instante. Cuando te apartaste tomaste un par de toallitas limpiadoras para tu miembro, se había manchado con tu eyaculación y pretendías que yo te lo despertara.

Empecé a lamerlo sin saber si lo hacía bien, tan sólo por inercia, parecía que lo hacía bien y pronto me pasaste aquel bote. Hice lo que pude y entré con algún que otro problema. El calor de tu cuerpo me embriagó y mis movimientos quizás eran toscos. Te observaba tu rostro, lleno de excitación, y me sentí especialmente orgulloso de todo aquello. Tus piernas estaban a mis costados, tus manos acariciando mi vientre y te viniste justamente a la vez que yo lo hacía.

-Debes volver a casa, mis padres están a punto de venir de una cena.-comentaste y te creí, me vestí besándote con locura.

Al día siguiente no me llamaste, me extrañé y decidí ir a tu casa. Me inventé una excusa, un amigo o un chico de tu facultad. Cuando me abrió esa mujer con un bebé en brazos pensé que me había confundido de puerta, pero no.

-¿Está Eduart?-pregunté pensando que sería alguna amiga de la familia, su hermana incluso.

-No vive aquí ningún Eduart, mi marido se llama Guillermo.-el mundo cayó a mis pies, tan sólo sonreí y me disculpé.

Desde entonces no he sido el mismo, lo di todo y lo perdí por completo. Lloré durante horas como un niño, más de un año pasó antes de que tuviera un contacto similar. Sin embargo, mi cuerpo aún te recuerda y quiero pensar que tú también me guardas en tu alma. Han pasado veinte años, sin embargo sigo esperando tu llamada.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt