Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 9 de marzo de 2013

Lo imposible- Parte 9 - III


Parte 9 - III


Me moví rápido para agarrar a mi hermanito y me alcé por los cielos. Él estaba débil y necesitaba que lo viera Mona, sentía que se enternecería y comprendería. No era correcto que lo dañara, no a su esposo, no al hombre que lo amaba, no a su noble Abelardo... no a él.

Puse rumbo hacia mi mansión, pues allí pensaba que podía hallarse Mona junto a sus fantasmagóricos parientes, si bien sentía que no era el rumbo correcto. Mi cuerpo se sentía pesado y mi vuelo descendió en ritmo. Tarquin me miraba con aquellos ojos opacos, tan azules pero tan negros. Sentía que él se iba perdiendo en un mar profundo donde no saldría jamás. Temí por él, por mí, por Louis; en definitiva temía por aquellos que amé y por los que aún amo.

Cuando descendí lo hice casi cayendo de rodillas frente a Mona y Rowan, ambas estaban en una arboleda con la mansión de fondo completamente iluminada. Esperaba encontrarme con la pelirroja, con mi hija, con mi amante ocasional, la mujer de mi amigo y una de las peores Mayfair que había dado su larga historia de descendientes. Si bien, no esperaba ver a una de las mujeres de mi vida. Rowan tenía la mirada apagada y las manos las tenía con los dedos entrelazados cerca de su vientre.

Tras ella, como si de un guardián silencioso se tratase, estaba Michael vestido con elegancia y sencillez. Vestía unos pantalones de pinza comunes, una camisa blanca y una chaqueta de cuero que parecía parapetar el frío que hacía entre tanta nieve y tanto viento que parecía correr como un lamento desagradable.

Mi buen amigo, mi hermanito, me miró fijamente intentando llamar mi atención y con el don de la mente me transmitió un mensaje terrible. Eran imágenes de su pelea con Mona. Ella se burlaba de su amor, las violetas que le había conseguido quedaron en el suelo desparramadas, el jarrón explotó cerca de su costado derecho, las lágrimas de Quinn sólo alimentaron a la pelirroja a ser más cruel y finalmente el portazo.

-Déjame en Sugar Devil Island... deseo estar solo- dijo sin mover sus labios, pues fue directo a mi mente junto a esa maraña de imágenes.

No importaba ya los dramas que tuviesen preparado, ya bastante tenía con un amigo moribundo y los pies llenos de heridas. Además, había dejado a Louis solo. Si bien ver a Rowan llorar como lo hacía me destrozó, pero no iba a dar un paso atrás. Cuanto más decían que no debía casarme más deseaba hacerlo. ¿A caso no estaban todos casados? ¿A caso no lo habían hecho sin que me opusiera o sin siquiera conocerlos? ¡Al diablo! Haría lo que quisiera y Louis permanecería a mi lado. Aún no había jugado mi última carta.

-¿Satisfecha? Éste despojo es tu esposo ¿te vale?-pregunté mirándola airado. Ella parecía serena e incluso satisfecha-. Me importa un carajo lo que pienses de mí, como me ataques, lo que quieras... Louis está antes que tú. Por mucho que te aprecie Mona lo nuestro fue sexo sin más, nada más, y a él es a quien amas ¿no es así? Mira lo que haces... atente a tus consecuencias que yo me atendré a las mías.

-¿Deseas algo en este lugar Lestat? -volteo la rubia secando sus lágrimas observándome con su mirada grisácea que tenía plasmado dolor y tristeza.

-Deseo la tranquilidad en la cual vivía-respondí secamente. No era una tranquilidad real, pero sí una calma aparente. Al menos no tenía el sobresalto de pensar que Louis podía morir en cualquier momento, que quizás Tarquin terminaba arrojándose a las llamas o presentándose ante el sol, también vivía tranquilo creyendo que por mucho que yo dijera todo iría bien. En esos momentos sabía que nada ni nadie podría asegurar que todo marcharía correctamente-. No es justo que Louis sufra por un error mío, además si deseo casarme es mi problema. ¡Por una vez quiero hacer lo correcto! No quiero a Mona, nunca la voy a querer como ella desea, pero sin embargo este imbécil se está muriendo ¿a caso no os importa?-mi buen amigo me miró rogando nuevamente que lo llevase lejos de allí, a su refugio.

Mona miró indiferente a su esposo, el cual parecía languidecer en cada segundo. Sus ojos no tenían otra expresión que la venganza y los míos eran la desesperación. Necesitaba que aceptase que no podría existir nada entre nosotros y que todo debía volver a como era antes.

-Entiendo tu pesar- susurró con un hilo de voz. Rowan habló finalmente por Mona, la cual parecía divertirse con todo aquello-. Enhorabuena por tu compromiso, sin embargo no es nuestro problema ya- enunció fríamente movida por la ira-. Retírense si son tan amables... Mona, Michael... -se giró hacia ambos los cuales se marcharon dando paso a mi amante, mi Rowan, quien caminó por el sendero de piedra. Podía sentir su dolor calando su cuerpo hasta su alma, pero su orgullo no sería pisado porque era una Mayfair. Ella me transmitía ira, poder, desesperación silenciosa y sobre todo dolor.

Tragué saliva apretando los puños intentando parecer íntegro, sin embargo el dolor me vencía. Nadie aún sabía que seríamos padres, salvo Louis y yo mismo. Temíamos tanto que el bebé terminara perdiéndose, el nacer muerto o simplemente que la mujer que alquilamos no desease entregarlo. Además, por una vez me di cuenta quien le amaba realmente y siempre había buscado el consuelo de ser querido.

-¿Y bien? ¿me dejarán volver a la mansión o tendremos que irnos? No voy a cambiar de parecer.

-Hagan lo que deseen, mátense si es necesario -se giró hacia mi con su rostro surcado por lágrimas que deseé secar-. Sólo retírense...-masculló para seguir hablando con mayor firmeza-. Vete con todo y tus sentimientos, tú amor...-el tono quebrado de su voz y sus ojos me torturaban- y todas esas palabras dulces con las cuales me engañaste y enganchaste. Ahora veo que sólo fui una más en tú lista Lestat, gracias por demostrarlo...


-Rowan, sabes que eso no es cierto-dije mirándola conmovido, dejé a Tarquin en el gélido jardín, para ir hacia ella-. Pero él merece ser feliz y yo necesito a alguien que me soporte, que me ame, y que esté ahí a pesar de todos mis errores. Necesito a alguien que realmente me quiera- la tomé del rostro y la miré con cierta ternura-. Oh, Rowan... yo te amo y te necesito... pero él lleva siglos esperando algo por mi parte y he decidido dárselo... nunca cumplo una maldita promesa y éstos días han sido un suplicio por culpa de Mona- me quedé sin aliento y con unos terribles deseos de besar sus carnosos labios-. No soy el culpable, lo es ella.

Estaba a punto de cumplir mi deseo cuando me apartó furiosa haciéndome daño. Una vena de mi nariz explotó y comencé a sangrar. Fue una de sus demostraciones de poder. Rápidamente me llevé la mano a la nariz incrédulo. Rowan siempre fue dulce, atenta, entregada y llena de cariño hacia mi. Sus manos acariciaban mis cabellos con una intensidad que me hacía delirar. Sus besos eran tóxicos y lo sabía, pues cuando me regalaba su veneno terminaba llorando porque era extremadamente feliz al tenerla. Siempre quería más, más de su cuerpo cálido junto al mío.

-Vete o me las pagarás-siseó furiosa.

Aquella mujer no era la que tanto y tan bien conocía. Mis ojos se llenaron de copiosas lágrimas sanguinolentas y deseé que Quinn despertara de su estupidez de una buena vez. Necesitaba que alguien me abrazara ante el terrible dolor de percatarme que ella no me comprendía como decía, que no me aceptaba a su lado en el refugio de sus brazos, y sobre todo que quizás mi hijo estaba allí mismo. Quise pedirle que al menos me dejara abrazar al pequeño, pues hacía días que no veía a algo que era parte de mí. Si bien, ella no tardó en romperme las esperanzas. Ni siquiera él podría estar cerca.

-Vete de una buena vez cásate, ten a tu amado hijo- ella leyó mi mente, la cual no cerré porque jamás pensé que usaría mis pensamientos en mi contra-. Por el nuestro ni te preocupes que yo me haré cargo. Se feliz Lestat...-susurró con la voz aún más quebrada-. Yo, Rowan Mayfair, no tengo nada más que tratar contigo -sonrió amargamente ingresando a la casa seguida de Michael, mientras Mona sonreía fascinada siguiendo sus pasos.

-¡No me puedes quitar ese hijo!-grité furioso recordando con ansiedad que ni siquiera había podido cargarlo más allá de unas horas. Era mío, mi sangre, y ella me lo arrebataba. Sintí el mismo lascerante dolor que cuando Claudia demostró su odio, el mismo -. ¡Rowan! ¡No me puedes hacer eso! ¡Además esa mansión es mía! ¡Rowan!

Ignoró mis comentarios aferrándose a Michael, el cual la miraba con ternura y preocupación. Odié no ser yo, odié no tenerla para mí en ese momento. Aunque estaba herido de rabia la amaba, a pesar de todo. Su esposo la dirigió hacia dentro mientras ignoraba parte de mi discurso.

-Ésta es la casa Mayfair de First Street, Lestat. No es tu casa, no es la tuya- mencionó Mona antes de cerrar la puerta en sus narices.

Miré confuso la mansión y noté que no era la misma. Como si un hechizo me hubiese hecho ir hasta allí, contemplar la mía, y después desvelarse con otro disfraz. Después de agitar mis cabellos para que mis pensamientos se reordenaran deslicé mis ojos por el cuerpo inmóvil de Tarquin. No dudé en tomarlo de nuevo del suelo, sacudir un poco los copos de nieve acumulados sobre el jardín y alzarme en volandas para dejarlo en mi mansión.

Cuando llegamos todo estaba destrozado gracias a los fantasmas. Había algunos cuadros que habían caído, varios libros destrozados, una televisión que aún soltaba algunas chispas, varios cristales en el suelo de la entrada y mis huellas ensangrentadas.

-Te dejaré en la habitación que usas aquí, no te llevaré al Santuario- dije serio mientras caminaba aún adolorido para subir por las escaleras-. Petronia podría ir, verte allí, molestarse contigo, burlarse de ti y dirigirse a la Mansión Mayfair ¿a qué? No, no quiero problemas Quinn. Es mejor que tu airada creadora no se aproxime demasiado a las brujas. Puede que no me creas, pero algo te quiere aunque sea ínfimo, y por orgullo también se hacen muchas cosas. Claro, que tú no tienes orgullo ¿verdad hermanito?-susurré mirándolo antes de entrar en su habitación al fondo, cerca de las escaleras a la boardilla.

La cama estaba preparada para que él tomara hueco en ella, así que simplemente lo recosté sacando sus zapatos, desabrochando su camisa y acomodando su cabeza sobre la almohada. Desabroché también el primer botón su pantalón para que estuviese cómodo y le saqué la chaqueta, la cual parecía algo polvorienta.
Miró confuso la mansión y notó que no era la misma, después pasó sus ojos hacia el cuerpo de Quinn tomándolo en volandas y se alzó para llevarlo a la suya. Allí todo estaba destrozado gracias a esos estúpidos fantasmas. Tras colocar a Quinn en su lecho fue a por Louis, pues estaba esperándolo y no lo dejaría solo. Acaricié su rostro con la punta de mis dedos cuando noté que nuevas lágrimas brotaban de él, cosa que me enterneció y me apuñaló. Era el culpable de su sufrimiento, no Mona.

-Te quiero, sabes que te quiero y que arreglaré ésto. Sabes que lo haré, por favor confía en mí como si aún fuese tu héroe- besé su frente y salí de la habitación.

Cuando cerraba la puerta la vi sonriendo cruelmente. Tan hermosa con ese vestido pastel lleno de lazos rojos, igual que los que jugueteaban con sus rizos dorados, sus mejillas tenían un tono sonrosado y sus labios diminutos tentaban para ser besados pese a esa mueca temible.

-Ni se te ocurra, Claudia.

-Tranquilo, padre querido, no es a él a quien deseo atormentar- dijo con una leve reverencia-. ¿No te duele? Ver a un amigo así, un hermano para ti, un chico tan comprometido que te quiso tanto consumido en una momia que no desea moverse y sólo quiere la muerte. ¿No te duele? ¿Por qué no acabas con su sufrimiento noble Lestat? Abelardo quiere morir y tú lo mortificas diciéndole que todo irá bien.

Aquello me hizo sacar unas lágrimas, pero no estaba para escucharla. No debía escucharla. Sabía que era capaz de condenarme del mismo modo que intentó condenar a Louis. Corrí por las escaleras mientras quedó gritando con su voz infantil, desquebrajándola con matices adultos, mientras juraba que sería despiadada. Corrí hacia el jardín con los pies ensangrentados y con nuevos cristales dentro de las plantas de mis pies. Me alcé por los cielos rezando por la seguridad de Quinn, por la de Louis y por la mía. Debía buscar el consejo de Marius, la fuerza de David y quizás llamar a las Gemelas. Todos debían ayudarme, pero sabía que muchos me darían la espalda.

viernes, 8 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - II


Lo imposible
Parte 9 II


Los tejados de las restantes mansiones se veían bajo sus pies, así como los bosques desnudos cubiertos de nieve. El invierno había llegado con su dureza golpeando la tierra, humedeciéndola, y provocando que la vida mermara. Si bien, no muy lejos la ciudad se veía despampanante. Las luces brillaban mientras algunas chimeneas parecían pequeños cigarrillos. El mundo seguía su curso mientras nosotros volábamos lejos.

Me sentía a punto de explotar. Todo lo que ocurría era una auténtica locura. Sin embargo, me apresuré a volar lo más rápido y lo más lejos posible. Buscaba un viejo claro que conocía bien, cerca de una arboleda que ocultaba una vieja casa de madera con un banco de hierro de madera podrida, un embarcadero y una barca hundida en la orilla. Era una de mis nuevas propiedades, había pensado reformarla para nosotros.

Cuando aterricé agarré su rostro suplicando que me creyera. Era doloroso saber que el mundo ya no sería como yo deseaba, que todo lo que yo buscaba o imaginaba no volvería a ser igual por mis caprichos. Había destrozado lo que poco a poco había logrado recomponer piedra a piedra.

-Louis, tú eres el único al que amo de ésta forma... todo lo están haciendo para que te deje o me dejes...-mis pies dolían por los cristales que aún seguían atravesándolos mientras que la nieve ocultaba suavemente mi dolor provocando otro peor-. Louis, estoy arrepentido.

Por primera vez a lo largo de mi larga vida, llena de aventuras y peripecias, me arrepentía terriblemente de haber dañado nuestra felicidad. Mi madre deseaba que fuese feliz, lo fui a su lado durante ochenta largos años, y ahora que íbamos a ser padres deseaba saborear de nuevo el llegar a casa y tener una familia.

-Todo esto es un maldito infierno- respondió encajándome un golpe directo con su felina mirada -. Déjame solo unos minutos, necesito pensar antes de decir o hacer cualquier tontería...-caí de rodillas porque no soportaba sentir la nieve cubriendo las plantas destrozadas de mis pies. Los cristales estaban hecho trizas clavados en la carne que los recubría como si nada sucediese-. No tienes que irte. Sólo dame mi espacio -me tomó del rostro con una mano y acarició mi mejilla derecha.

-Louis, voy a llevarte a una cabaña que hay por aquí cerca. Hace unos meses pensé que podría reconstruirla para ti y para Marius, él podría tener su taller y tú un lugar para leer sosegado. Si bien, nunca terminé el proyecto -comenté tomándolo de las manos mientras fruncía el ceño y me incorporaba-. Louis, te juro que yo te amo... y te dejaré solo porque allí no hay ni siquiera luz. No podrán hacerte nada, no podrán molestarte-susurré antes de tomar cierto valor-. Iré a ver a Quinn, sólo él puede detener ésto.

-D'accord, llévame -se cubrió bien con la sábana pues hacía frío y esperó a que lo guiara. Si bien, en ese momento agregó algo más-. Creeré en tu palabra -al fin suavizó sus palabras-. Te esperaré en la cabaña, esto tiene que acabar.

-Allí hay algunas mantas y muebles, pues me quedé allí algunas noches hará como dos semanas. Sólo quería ver si era factible... incluso pensé en un cuarto para el niño si alguna vez lo llevabas- intentaba no pensar que todo se podía acabar entre nosotros. Siempre se me había dado bien negar la verdad, pues cuando la aceptaba bajaba los brazos y dejaba que me derrotara. De momento se había dado cuenta nuevamente que Louis era mi único y verdadero amor.

Sonrió ante mi comentario y juraría que pude ver en el brillo de sus ojos lo que había imaginado. Él, el bebé, una hoguera pequeña y una canción de cuna. Sabía que llevaba practicando canciones con el piano desde hacía semanas, a veces las escuchaba mientras él creía estar solo. Sus dedos se movían suavemente sobre las teclas y se sonrojaba murmurando nombres de chico y de chica. Deseaba realmente tener una familia conmigo, una que nos merecíamos pues éramos dos huérfanos en mitad de la noche buscando un poco de felicidad que a veces se hacía de rogar.

-Lo llevaré- murmuró pensando en voz alta.

-Podríamos poner columpios y no sé... un cajón de arena-intentaba no pensar más en todo lo que había pasado. Esos dos fantasmas me las pagarían todas juntas.

Caminaba por la nieve sintiendo como los cristales llegaban a mis huesos y también la presencia familiar. Unas notas de violín provocó que girara mi rostro hasta un árbol que había caído al ser partido por un rayo. Sobre él estaba la figura de Nicolas. Sus cabellos oscuros, ondulados y algo largos jugueteaban con la suave brisa que únicamente él parecía notar. Sus pies estaban cubiertos por unas botas que yo mismo le había obsequiado, sus pantalones eran oscuros como la propia noche y en sus manos estaba el violín.

Bajó suavemente como lo haría un gato, caminó con elegancia hasta quedar frente a nosotros y empezó a danzar a nuestro alrededor. En su rostro había una sonrisa cruel, pues parecía disfrutar del dolor de Louis.


-No, tú no...-susurré entre bufidos.

Nicolas había surgido de los infiernos, o eso aseguraba, para buscarme a mí y hacerme sentir el fuego abrasador en mi piel. Louis en ocasiones era incapaz de verlo, aunque sí de escuchar sus palabras. A veces se mostraba gentil y a la vista de todos, sonreía como el joven que una vez fue pero en cuestión de minutos la perversión lo cubría y corría por sus venas la crueldad.

-Louis, si escuchas música de violines hazme caso e intenta pasar por alto todo. Por insufrible que sea sabes que pronto se cansa y se va... Nicolas está cerca- mientras decía aquello la imagen se disipó mientras sentía que cada vez me costaba más caminar. Me molestaba tener esos cristales, pues parecían fragmentarse cada vez en trozos más pequeños. Tras unos minutos llegamos cerca, la cabaña se veía oscura, y algo tétrica, pero allí debía dejarlo-. Je t'aime- dije besando suave sus labios para ahora sí volar por los aires buscando a Quinn, donde quisiera que se encontrase.


-Oui, haré lo que has dicho- correspondió el leve beso y me vio partir.

Corrió rápido para refugiarse a la cabaña, pues era mejor que estar tan sólo cubierto por una sábana en medio de la nieve. Cuando vi que entraba haciendo crujir la puerta de madera podrida suspiré, me giré hacia el camino que habíamos seguido y vi mis huellas. Aquello era terrorífico, y doloroso, pero no podía pararme a curarme sabiendo que mi buen amigo seguramente se pudría sobre el suelo de mármol de Sugar Devil Island.

Allí fue donde miré primero. El lugar donde “El Loco” había pedido construir un mausoleo y una vivienda extraña, exuberante, y resistente para Petronia. La vampiresa era un ser extraño con dos sexos bajo sus faldas, unas facciones duras, una boca hermosa, un cabello oscuro y suave como el de Louis y un genio terrible. Ella fue su creadora y ella le cedió su patrimonio. Un patrimonio que Tarquin siempre vio como suyo, incluso la intentó echar cuando pensaba que era un simple humano tozudo acusándolo de ladrón.

Al abrir la puerta me hallé a mi querido hermanito tirado en el suelo con claras señas de no haberse arreglado en los últimos cuatro días. Sus cabellos ondulados caían sobre su frente blanquecina, sus labios delicados tenían delineados una mueca de sufrimiento y sus mejillas tenían lágrimas sanguinolentas resecas. Sus pestañas negras estaban teñidas de un rojo intenso, como el propio fuego.

Para Quinn había sido un héroe y ahora estaba deslucido por todo lo que había hecho. Si bien, me armé de valor y entré en la vivienda con gesto decidido. El cual se había quedado en nada convirtiéndose en el de un hombre lleno de dolor y rabia. Se había rendido, así de sencillo. Había bajado los brazos, dejado que su cuerpo se tirara sobre el mármol y rodeado de un mundo de riquezas, y belleza, rogó que su tiempo llegase. Tomé aire y fui hacia él arrastrándolo por el suelo hasta golpearlo contra uno de los muros más resistentes de la vivienda, muy cerca de la escalera que daba acceso al segundo piso. Oh, el segundo piso donde murió Rebeca clavada en un gancho mientras suplicaba.

-¡Dile a Mona que me deje en paz!-espeté mostrando mis dientes de forma temible mientras lo agitaba-. ¡Quiero que deje en paz a Louis! ¡Necesito que deje en paz ella y todos sus jodidos fantasmas!-lo tiré hacia el suelo convertido en un pelele y rompí a llorar-. Quinn... lo lamento muchísimo, pero ya sabes como es ella y aunque lo he entendido tarde... como he podido la he apartado de mi lado. Pero ella insiste Quinn, ella insiste.

Tenía el rostro girado y cuando lo volteó su mirada era vidriosa, casi sin vida, y dejó simplemente que ésta cayese hacia atrás golpeando la pared.

-Que haga lo que desee...-murmuró moviendo a duras penas sus labios y dejando que las lágrimas se escaparan de nuevo copiosamente. Aquel guerrero había caído al ser devorado por el monstruo de la incertidumbre y desconfianza sembrado por las semillas de la pelirroja que tanto amaba.

Él también era un Mayfair, con otro apellido pero lo era. Ambos eran fuertes, pero sin duda ella le ganaba en todo. Un maldito muchacho que quería ser feliz con una mujer vengativa, libidinosa y de temibles ojos esmeraldas con un prominente escote. Dudé entonces de haber ido al sitio adecuado, sin duda él no era más que un tonto buscando ser amado y ese amor le había sacado el dedo, reído de él y huido a trote de un mejor semental.

-Hermanito, necesitas recapacitar-susurré agarrándolo entre mis brazos. Eran fuertes, decididos, los de un héroe que volvería a alzarlo como si se tratase de una película de superman con los colores demasiado intensos, una capa que ondeaba sobre el mar azul que era el firmamento y una sonrisa dura. Volvería a ser su héroe, o eso esperaba. Pues por ello, y sólo por ello, acabé cortándome la lengua para ofrecerle un trago en un beso brusco.

Su boca se abrió, pero su cuerpo no reaccionó y no terminó tragando. Era algo más alto que yo, lo que provocaba que alzara mi cabeza para ver sus ojos de un azul intenso similar a los de un gato. Por ello lo besé, porque su tamaño era inmenso y porque mi brazo lo apartaría con sus enormes, finas, suaves y frías manos.

Cuando aparté mis labios, rogando que no la escupiera del todo aunque lo hizo, lo senté en una de las sillas estilo imperio romano, la cual era de oro puro, y que había sido pedida por Petronia hacía décadas. Acabé mordiéndome la muñeca derecha y se la ofrecí, un buen chorro de mi negra, espesa y suculenta sangre llena de poder. Pero no funcionó y entonces se me pasó por la cabeza tirarlo a los caimanes, igual que él hizo con su madre sidosa y loca, porque quizás ellos lo espabilarían mucho mejor que yo.

-Déjenla... si me acerco matará a Jerome... -pronunció sumiéndose en aquel estado de mutismo.

Jerome era su hijo. Un niño de piel algo oscura, cabellos tan hermosos como los suyos y unos ojos increíbles. Ese niñito que conoció con tres años ya era casi un adolescente. Tenía unas facciones similares a las suyas, igual que las de Tommy que era su tío hijo de su abuelo Pops con una muchacha que había vivido sin futuro en una caravana sucia y llena de críos. Jerome era su único hijo, su orgullo, el descendiente... el hermoso Jerome que aprendía bajo la tutela de Nash que le hizo amar la literatura, la música, la naturaleza mientras que Tommy le llenaba la cabeza de pájaros sobre viajes intensos que harían cuando él cumpliese en un par de veranos.

-¡Y matará a Louis si no me quedo con ella!-grité tras un inciso. Me importaba Jerome, claro que me importaba porque yo mismo lo había cargado como su tío favorito. Era un amor de crío, pero mi Louis también estaba en peligro. En realidad, todos estábamos en peligro así que no dudé en agarrarlo de las solapas y tirar de él para intentar ponerlo en pie-. ¡Tú puedes enternecer el corazón de esa maldita loca!

Se levantó pero no aguantó, pues cayó como pelele sin vida. Era un trapo que no tenía huesos, ni fe, ni futuro, ni nada. Aquello era peor que ver a Louis en sus peores días como vampiro. No dudé en patearlo completamente molesto.

-Está bien, no tienes cojones de enfrentarte a ello... -medité entonces como ponerlo furioso y sonreí de forma cínica-. ¿Sabes? A tu mujer también le gusta que la penetren por su redondo y blanco trasero...

Esperaba furia, un golpe duro en mi mentón, ojos llenos de rabia y lo único que tuve fue el miserable pasotismo de un hombre que ha aceptado la muerte.

-Al demonio- dije entre dientes tomando a mi buen amigo como si fuera un saco de patatas, lo cargué hasta las oscuras orillas infectadas de caimanes y lo levanté para arrojarlo. Si bien, lo pensé. Aquello no lo despertaría y sólo provocaría que se hundiera como una piedra hasta el fondo donde seguramente descansaba algún hueso de Patsy.

Entonces acabé tomándolo en brazos, igual que si fuese una damisela en peligro, y miré su rostro bajo los rayos de la luna. Sus labios estaban algo agrietados por la sed que ni siquiera sentía, pues su corazón estaba fragmentado, y me alcé por los aires rumbo a la cabaña donde estaba Louis.

Llegué de nuevo a la cabaña tras casi una hora esperando que Louis hubiese encontrado por instinto las mantas. Si bien, tenía la corazonada que estaría en un rincón llorando como un niño perdido. Y cuando llegué, con Quinn entre mis brazos, descubrí que no estaba equivocado.

-No está bien, pero tengo que llevarlo con Mona y que recapacite... sólo he venido para ver si estabas en condiciones.

-Si, si por mi no te preocupes -respondió de mala gana, seguramente irritado por su torpeza que por mis palabras-. Haz lo que tengas que hacer, ya me las apañaré como pueda -sabía que no quería ser arisco, pero la mención de Mona últimamente provocaba que hablara con los dientes apretados.

Coloqué al muchacho en el suelo con cuidado y fui hasta él. Fue fácil hallarlo pues sus ojos casi resplandecían como los de una pantera. Me maldije por ver lo torpe que era, aunque ya no tenía nada de humano en él y aún así lo asemejaban muy bien. Quería ser atendido, por ello jamás usaba bien sus cualidades. Verse destrozado, casi sumiso ante mí, era lo que me tenía a sus pies por completo. Estiré mi brazo para buscar la mesa y una vez la hallé recordé que muy cerca estaba un sillón.

-Ven, ven aquí- lo tomé entre mis brazos y lo llevé hasta el sillón encendiendo con mi mente el fuego de la chimenea. Cubrí su cuerpo con unas mantas polvorientas y acaricié su rostro esperando que me perdonara-. Entrarás en calor y por dios Louis ni te muevas.

-Merci -dijo en cuanto sintió la cálida prenda-. Ve con cuidado, mon cher -me despidió depositando un beso en mi mejilla.

Me moví rápido para agarrar a mi hermanito y me alcé por los cielos. Él estaba débil y necesitaba que lo viera Mona, sentía que se enternecería y comprendería. No era correcto que lo dañara, no a su esposo, no al hombre que lo amaba, no a su noble Abelardo... no a él.  

jueves, 7 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 9 - I


Parte 9 - I
No te metas con un Mayfair



Aquella noche tan sólo había empezado, sabía que Mona regresaría pero no que ocurriría las desgracias que sucedieron. Louis descansaba al fin a mi lado acariciando mi pecho, mis brazos lo rodeaban y mi mente se sumergía en sueños agradables de viajes alocados buscando tan sólo placer y ambicionando diversión.

Soñaba con la hermosa Toscana. Las casas vestidas de blanco, y otras de muros de piedra, iluminadas con pequeñas bombillas en porches y azoteas cubiertas por mesas con manteles resplandecientes, pequeñas viandas y vino de la tierra. Cuestas eternas y bajadas agradables que provocan que el camino sea serpenteante hasta los viñedos tan increíbles de la zona. El mar cerca bramando con aguas nocturnas que durante el día son traslúcidas y dejan ver la arena fina y dorada.

Sentí una presencia que se adentraba en la habitación, y su aroma dulzón me hizo apretar con desesperación a Louis. Sabía que era Mona y esperaba que hiciese su berrinche para responder sus lloros, si bien sus pasos se alejaron rápidamente hasta el pasillo.

Abrí los ojos girando mi rostro hacia el sobre que ella había depositado. Me incorporé acomodando a Louis sobre mi almohada, pues no quería que despertase. Él estaba agotado aunque parecía sumamente feliz. El anillo resplandecía en su mano y parecía que iluminaba su rostro.

Tomé el sobre y lo rajé por un canto gracias a mis largas y afiladas uñas. Mis ojos se deslizaron por las líneas de una nota que rápidamente cayó sobre mi pecho. La letra era de ella, pero eso ya lo sabía debido al perfume que desprendía su cuerpo y también a la presencia que se sentía en el piso inferior.

“Jefecito hermoso y primoroso... no te cases por favor.
Con cariño, Mona.”

Dentro del sobre había una fotografía de ella desnuda sobre su cama. Recordé entonces el error que cometí, aunque fue placentero navegar dentro de ella sintiendo el calor de sus muslos apretándome. Sus manos recorrían su cintura, caderas y largas piernas. Pero no podía olvidar tampoco el dolor que me transmitía Louis, así como tampoco podía dejar de pensar en el dolor que estaba causando a Tarquin.

Bajé rápidamente de la cama y corrí escaleras abajo para hablar con ella. Debía explicarle que todo fue un error, que ambos teníamos mucho más que perder y que ganar... necesitaba pedir perdón por no detenerla ya que había arruinado ambos matrimonios por una calentura.

La hallé en uno de los salones vestida con un simple vestido azul pavo real, el cual se hallaba con la espalda totalmente abierto, poseía una falda de vuelo con un lazo a un lado en un tono levemente más oscuro y un escote bastante sugerente. Sus cabellos estaban sueltos y llenos de lazos, como la describió mi hermanito una vez, sus labios tenían un cálido labial rojizo y sus mejillas tenían reflejos ocres que resaltaban sus facciones finas. Tenía maquillaje también en los párpados y las pestañas, tan pobladas como siempre, pintadas y rizadas hacia arriba. Era hermosa, realmente cualquier hombre se volvería loco deseando palpar bajo sus faldas.

Me armé de valor tomando con firmeza entre mis dedos su nota y la imagen. Ella se giró suavemente con una tímida sonrisa, la cual resultó terriblemente seductora. Cualquier hombre se habría arrojado a besar sus pies, acariciar sus frágiles tobillos para acto seguido arrojarla a uno de los sofá de tres piezas, levantar sus falsas y bajar su ropa interior hundiendo su lengua en su sexo. Cualquier hombre habría sucumbido y yo tuve que hacer memoria de porque quería echarla de mi vida, de las lágrimas de Louis y de nuestro futuro. Pero sin duda, dudaba hacerlo cuando parecía sacada de un cuadro renacentista hecho para perturbar a cualquier hombre.
Quedé frente a ella tragando saliva y esperando que no se tomara a mal mis acciones. Pensé en Tarquin, el cual estaría posiblemente llorando amargamente. Mi estúpido y pobre hermano, ¿qué hice? Creé un monstruo como consorte.

Con rabia y el ceño fruncido rompí en mil cachitos su fotografía, la nota y seguramente sus sueños. Acto seguido tiré todo aquel confeti a sobre ambos algo airado.

-Haré lo que quiera, ¿entiendes? Tú no puedes impedirme nada. Sólo eres una niña encaprichada porque no te dan el sexo que quieres. ¿Sabes qué? Compra un libro a Quinn para que aprenda a darte ese sexo brusco que tanto ansías... pero a mí déjame en paz Mona. No quiero problemas de momento con Louis.

Pensé que debía ser estricto para hacerme entender, pues era así como a veces entendía. Era una niña que quería jugar con mi bragueta y yo era un hombre que en esos instantes quería tenerla subida.

-¿Como te atreves! -le propino una fuerte bofetada indignada por tal acción- ¡Tú no puedes casarte, idiota!

-¿Y quién lo dice?-preguntó furioso en un murmullo añadido siseante-. ¿No te casaste tú? ¿Por qué yo no tengo ese derecho? Vete a la mierda Mona- repliqué propinándole una fuerte bofetada-. Pobre Quinn... y pensar que estará llorando ¿a caso no te da pena? A mí me han entrado miles de remordimientos.

-Eres realmente un maldito idiota. ¡El mayor de todos los idiotas!-exclamó llevándose la mano derecha a la boca mientras le temblaba. Ahí reconocí a la niña que estreché entre mis brazos, la muchacha que quería que la amaran por siempre y ser Inmortal. Una niña que había vivido encerrada en un mundo donde todo se le negaba y todo se le ofrecía. La caprichosa, la necesitada y la dulce- pero si fuese Rowan no pensarías dos veces- prosiguió dando un leve suspiro- en ir con esa frígida zorra mal trecha -gruño furiosa apretando sus puños-. Pero no pensaste en ello esa noche ¿verdad? -sonrió perversa llevando su mano derecha a mi torso, el cual estaba desnudo. Después de haber estado con Louis en la bañera tan sólo logré ponerme el pantalón pensando en el servicio, el cual haría ronda para asegurarse que estuviésemos protegidos del sol-. Espero no descubra Louis lo nuestro, sería una lástima ¿no crees?

-No hay nada nuestro Mona-dije mostrando los dientes con una expresión fiera-. Louis sabe, ¿o crees que puedo ocultar algo así? Y aún así me ama y se ha quedado a mi lado.

-¿Sabe?-enmarcando su finísima ceja derecha-. Bien, entonces alguien deberá saber que te casas- se acercó apresurada el teléfono inalámbrico que poseíamos y apurada marcó- ¿Dolly Jean? Hola... ¿cómo estás? Soy Mona- una sonrisa de zorra pretenciosa se formuló en sus labios y yo ardía de ira- Oye una pregunta ¿Rowan está en casa?-me miró observándome con el rabillo del ojo paseándose cual chica que hace la calle. Sus tacones altos golpearon con fuerza el parquet y a mí me hirvió la sangre- ¿Serías tan amable de comunicarme con ella? Es de suma importancia.

No podía creer que me hiciese esa jugarreta. Yo mismo quería decirle la verdad a mi amante, hundirme en sus pechos y besarlos mientras la preparaba para la dura y fría verdad. Si bien, no pensaba dejarla a un lado. Ella seguiría siendo mía, del mismo modo que era de Michael.

Me moví rápidamente y le quité el teléfono estrellándolo contra el suelo. Miles de trozos de la carcasa, chips y tornillos se alzaron hacia el techo rebotando contra las paredes y muebles cercanos. La miré como un animal enfurecido y estuve por quebrar todos sus huesos.
-¿Con quién crees que juegas?-pregunté agarrándola de ambos brazos-. Mona, deja de jugar... ¡déjame en paz!

Con tanto alboroto Louis acabó por bajar y unirse a nuestro encuentro. Allí en la suave penumbra de la habitación todo se podía malinterpretar. Él sólo llevaba la sábana blanca envolviendo su cuerpo, que aunque masculino tenía un toque sensual muy digno de una hembra. Sus cabellos estaban algo revueltos y aún algo húmedos.

-Lestat ¿qué hace esa zorra aquí? -se aceró a mí rubio mirándome entre dolido y enojado.

-¿Crees que te libraras con facilidad de mi verdad? -sonrió una vez mas dando gala de su perversidad Mayfair-. Seré tú peor pesadilla Lestat, no por nada soy descendiente de Julien -me observo fieramente deshaciendo mi agarre-. Se feliz mientras puedas jefecito -sonrió enfatizando las últimas palabras, saliendo de la habitación mostrándose altiva siendo sus tacones él único sonido que se escuchaba por el lugar dirigiéndose a la salida aporreando con toda su fuerza la puerta. Ésta vibró y como si fuese cruzada por un relámpago todos los cristales, los cuales eran un hermoso mosaico de colores, estallaron-. ¡Lo siento! ¡Creo que se me fue la mano!-soltando una fuerte y cruel carcajada en dirección a la calle.

-¿Me crees ahora, Louis?-dije histérico a punto de saltar sobre la puerta y cruzarla. Quería golpear su rostro aniñado otra vez para demostrar que conmigo no se jugaba-. Me trajo un sobre con un desnudo suyo rogándome que no me case... intentando seducirme de nuevo- desconocía como se había enterado tan rápido, pero seguramente la mente de Louis no era rival para sus trucos. Me giré hacia él y lo miré entre confuso y dolido-. La he parado ahora, pero no sé cuanto la pararé... ha jurado venganza ¿qué clase de venganza puede hacer? Ya ni sé si hablar con Quinn.

En ese preciso instante Julien apareció tras Louis. Su rostro serio tenía una sonrisa temible. Miraba la escena como quien no le importaba nada, ni siquiera el destrozo que había hecho su descendiente. Me acusaba a mí como el culpable de todo mal, pues para él yo tenía la culpa y ella era un borreguito.

-¿Ves por qué siempre debes pensar las cosas antes de hacerla?-no era un regaño, pero yo lo tomé así-. Esa niña está loca y desquiciada, pero debe haber una forma de detenerla. Temo que quiera hacerte algo peor- me garró del brazo mientras yo estaba estático escuchando a Oncle Julien.

-Te has metido con una Mayfair, mon ami Lestat- enunció con un acento francés perfecto-. Mon fils espero que salgas bien librado que ésta es una bruja aún más poderosa que Rowan. Y ciertamente, debiste pensarlo dos veces.

Stella también hizo su aparición con su sedoso cabello negro bien peinado, sus enormes ojos oscuros se clavaron en mí y sonrió socarronamente. Hubiese deseado que fuese aún de carne y hueso para dispararla yo mismo con un revolver recreando como la mató su hermano Lionel.

-Pobre Lestat, cree que es fácil librarse de un Mayfair, oncle Julien.

-Julien, vete de aquí de una buena vez-dije alejándolo de ambos fantasmas-. Bruja, o no, ella no es quien para decidir si me debo de casar -acaricié los cabellos de mi amante intentando sosegarse y pensar una solución-. No olvides que Quinn también es de tu familia ¿a caso no vas a ayudarlo? Si sólo vas a estar aquí para molestar lárgate... ¡largaos!-grité a ambos mientras soltaba del abrazo a Louis y tiraba de él hacia la puerta de la mansión. Si ellos no se iban nosotros por supuesto que sí.

-¿Con quién hablas? -miró a su alrededor buscando a alguien, pero ahí desgraciadamente para mí sólo estábamos nosotros dos ante sus ojos. Si bien, en cuanto se percató que intentaba huir de allí gritó-¡Espera, no tengo ropa!

Louis podía ver a Claudia y a Nicolas, en ocasiones también a Goblin ya que había regresado, pero el resto para él eran silencio. No había nada ni nadie a su alrededor. Lo único que tenía como cierto Louis es que lo arrastraba.

Ambos fantasmas se voltearon hacia el televisor mientras los miraba con inquina. Quería huir, pero si tenía que esperar a que Louis decidiese su vestuario e hiciese las maletas, con total parsimonia, tardaríamos horas. Stella levantó el brazo con el puño cerrado en dirección al aparato electrónico, el cual se encendió súbitamente mostrando un vídeo pornográfico donde salía junto a Mona.

-No nacimos humanos- enunció Julien girándose hacia mí-. Nacimos Mayfair- ella se dedicó a sonreír apoyándose en uno de los hombros de su fantasmagórico acompañante.

Louis se quedó mirando la televisión y en cuanto vio como dejaba que ella comenzara a chuparme, del mismo modo que yo echaba hacia atrás mi cabeza rindiéndome y concentrándome en mi respiración para durar más en ese delicioso acto, se quedó desnudo porque soltó sus sábanas para tapar sus oidos mientras cerraba sus ojos.

-¡Apágalo!-gritó histérico con el corazón roto y la voz destrozada por la rabia.-¡Apágalo! ¡Apágalo, Lestat!

Quedé atónito porque aquella cámara había viajado en el bolso de Mona. Sin duda, ella había premeditado aquello por si algún día la rechazaba. Fue tan fría de grabarnos sucumbiendo en un acto lleno de frenesí. Stella elevó el sonido al levantar su mano mientras Julien dejaba en el suelo mi camisa destrozada, la que él me había regalado como muestra de afecto.

Louis había estado horas en un gran almacén eligiendo la tela, el corte y el color que mejor me sentaba. Fue un regalo hecho con deseo de hacerme sentir importante para él, pues habíamos discutido por otra de mis conquistas y le hice creer que sólo eran celos insensatos. Lloró horas en el suelo deprimido pensando que había juzgado mal mis actos, pero la verdad era distinta. Reconozco que disfruté el ver como lloraba y también gocé colocándome aquella camisa. Era mi victoria inmerecida, del mismo modo que fue victoriosamente arrancada de mis brazos y puesta luego en el piso de mi mansión ante los ojos cerrados de Louis.

-Pobre de ti Lestat, elegiste a la peor de las Mayfair.

Gracias a mis poderes logré que aquel plasma, el cual había comprado para mis invitados, explotara.

-Ya Louis, ya pasó todo... escúchame- si bien, sabía que no era así, pues la guerra comenzaba.

Ver esas imágenes bastaron para destrozarlo de nuevo, su cuerpo convulsionaba en espasmos provocados por su llanto ahogado. Temí que me alejara, abofeteara y huyera escaleras arriba. La casa no era segura, teníamos que huir. El resto de inmortales se hallaban cazando, muy seguramente, aunque Mael parecía estar reunido de aquel hombre, el coloso de aspecto sosegado, en las cuadras. El cual, por la descripción de Marius en su historia juraba que era Avicus.

-Sácame de aquí... -y contra todo posible pronóstico suplicó aquello-. ¡Lestat, ya no me importa nada! ¡Quiero irme lejos de aquí y contigo!



Stella encendió la radio siendo ésta vez las voces y gemidos roncos que yo ofrecía los que se escuchaban "seras mi puta predilecta" me observó cuando esa frase se hizo eco, mientras Julien se paseaba por la habitación triunfal.

-Stella, servirán todos los televisores de la casa ¿probamos?-preguntó con una sonrisa para nada agradable- Probemos-dijo alzando los brazos encendiendo todos y cada uno, y por supuesto todos al máximo volumen sinconizándolos al mismo tiempo.

-¡Eso se lo dices a todas!-no estaba seguro si aquel grito fue una pregunta o una afirmación, pero sin duda estaba molesto.

-¡Ya basta!-grité provocando que tomara a Louis en mis brazos junto a las sábanas, echara a correr lejos de allí abriendo la puerta y clavándose en mis pies los cristales que Mona había hecho estallar minutos atrás. Corrí sobre la nieve dejando que mis huellas de sangre mancharan todo el jardín mientras se alzaba al fin mi cuerpo, junto al de mi amante, por los aires. Intentaba pensar donde podíamos refugiarnos, pero no tenía idea-. Te juro que no es lo que crees Louis, eso es pasado.-le decía mientras le abrazaba con fuerza-. Louis, por favor deja que te explique cuando descendamos.

Miré hacia atrás para ver la casa completamente iluminada. Mael, como había pensado cabalgaba llegando a la entrada. Julien había adoptado la forma de Rowan situándose en la verja.

-No creí en Mona... No quise creer...-su voz sonaba idéntica pero el milenario vampiro no la veía, por lo tanto supe que era una ilusión.

-¿De qué quieres hablar? ¿De que para ti todas son tus putas predilectas? ¡Eres un cínico, decías que yo era el único!- no forcejeaba para soltarse porque era demasiado riesgo, pero apenas sus pies tocaron tierra lejos de todo, y de todos, se alejaría lo más rápido posible.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt