Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 23 de octubre de 2014

Carta del corazón

Nash apareció después de hace mucho con una carta donde abre su corazón. ¿He dicho que admiro a este hombre? Es todo un caballero. 

Lestat de Lioncourt


Cuando miro el presente y echo la vista atrás me pregunto si no he sido yo quien ha movido todos los hilos, los del destino, en lo referente a varias personas que he amado, amo o amaré por siempre. He visto cambiar los caminos que les conducían al éxito o al fracaso. Me he interpuesto en su realidad. Aparecí para calmar sus inquietudes y acabé provocando otras nuevas, aunque supongo que ellos también tienen parte de culpa. Si bien, he apreciado la compañía de todos ellos y he intentado dar lo mejor de mí a cada paso.

Cuando ocurrió la gran desgracia con Tía Queen, a quien adoraba y veía como una mujer brillante, sentí que algo en mí se apagaba. Si hubiese sido heterosexual estoy seguro que habría acabado arrodillándome frente a ella, sin importarme la diferencia de edad de algunas décadas, pidiéndole matrimonio como todo un adolescente enamorado. Pero no lo soy. Me enamoré de su fortaleza, sus ansias de vivir y su enérgica forma de decirles a todos lo que pensaba en cada momento. Recuerdo aún el repicar de sus tacones, su perfume favorito y como pedía champán para brindar por todo. Por eso, al desaparecer sentí una profunda pena. Una pena que me hundió durante varias semanas.

Tommy era aún un niño, casi un adolescente, y lloró junto a mí la pérdida de una gran mujer. Era un muchachito con muchas posibilidades si se educaba correctamente. Temí que al no tener la protección de Tía Queen, con Tarquin marchándose tan seguido y la mala reputación de su madre, acabara siendo un chapuzas convencional. Era brillante. Me sentí enamorado de su inteligencia. Pensé que era bueno para ambos permanecer juntos. Quería, como educador, ser su tutor y ejercer sobre él la mejor influencia posible. Decidí llevarlo a Londres.

Durante años estudió junto a mí, lo dirigí por los mejores colegios y academias. Elegía los libros más interesantes que podían ser de ayuda en el desarrollo de su inteligencia. No me medía cuando tenía que tomar mi tiempo para él. Me convertí en un padre, un amigo y un profesor. Lo protegía, lo educaba y lo admiraba profundamente. Podía hablar con él de temas serios y me olvidé por completo de mi amor por Tarquin. Él quedó en un segundo plano con respecto a mis obligaciones con Tommy.

Si bien, no dejé que Tommy perdiera sus raíces. Tenía vacaciones para ver sus hermanos, su madre, a todos en Blackwood Farm y New Orleans. Quería que estuviese aún atado a esa ciudad, pero que tuviese la posibilidad de ser alguien más que un chico con algo de dinero en los bolsillos. Deseaba para él lo que Tarquin no estaba consiguiendo. Ansiaba verlo con algún diploma colgado en la pared. Era tan inteligente que perdí la cuenta de los años. Olvidé que los niños crecen, se convierten en adolescentes y estos en adultos.

En un abrir y cerrar de ojos se convirtió en un muchacho de veinticinco años. Un joven responsable, atento y amante de la cultura. Me sentí entristecido porque ya había cumplido. No tenía que soportar mis comentarios sobre ropa, filosofía, música, literatura, historia y un sinfín de temas que, posiblemente, aburrían demasiado. Pero él se mantuvo a mi lado. Habíamos pasado por tantas cosas que no sabía estar sin mi apoyo. Entonces, lo supe. Pasé de admirarlo como a un joven brillante a enamorarme perdidamente del hombre que yo había ayudado a formar. Deseé alejarme, pero él no lo permitió. De nuevo me sentí frustrado como ocurrió con Tarquin. La historia se repetía.

Yo tengo prácticamente la edad de tía Queen, aunque mi rostro tiene menos arrugas y mi cabello no es tan cano. La vida me ha tratado bien. No he sufrido tanto como ella. Me he cuidado. Poseo esa chispa de juventud que ella poseía, pero también una salud de hierro. La vejez me ha tratado bien. Me valgo bien por mí mismo y no necesito enfermeras. Pero él es un niño casi. Siento que lo ato. Creo que he cambiado su destino. Sobre todo, porque él me corresponde.


Mi mayor temor es que este amor nos perjudique. Sin embargo, por ahora dejaré que todo siga como está. No he sido tan feliz en mi vida. La felicidad es importante. Por eso quiero escribir esta carta con todo mi corazón y esfuerzo. No la redacto para nadie en concreto. Quizás siento deseos que algún desconocido la lea y comprenda, tal vez quiero que lo haga Tarquin. No lo sé. La única verdad es que escribiéndola me he dado cuenta de cuan agradecido estoy con la vida.  

miércoles, 9 de abril de 2014

Poemas en el paraíso

Bonjour

Poemas en el paraíso es un poema dedicado a Tommy y hecho por Nash. Os lo dejamos aquí para que disfruten.

Lestat de Lioncourt


La lógica del ayer, no sirve en éste mañana.
Hace mucho que la noche impregnó todo
y las lágrimas desbordaron la ciudad con lluvia
mientras se alza a lo lejos el alba.

En tus ojos, esos que son grandes gemas,
se abren ventanas hacia tu alma.
Puedo ver en ellos el reflejo del cielo en mar
y la victoria indómita de la felicidad frente a la pena.

Gloria a ti, a tu nombre y a tu pasado oscuro
el cual ha moldeado tu carácter intuitivo y dulce,
mucho más fuerte que el de otros hombres
que aún conserva la inocencia de la juventud.

No has alzado ante mí vallas o muros,
sino has dejado un surco de abrazos y besos
que son a veces en el mundo puros murmullos
donde todo es posible a pesar de no encontrar la calma.

He hallado en ti mi rincón, mi paraíso preciado.
Más allá de los infiernos o del edén prometido...
Allí donde tu fuerza se une a la mía en la travesía

que reza que al fin me siento realmente amado.  

viernes, 21 de marzo de 2014

Mamá ya está aquí

Bonjour

Petronia sufrió un disgusto terrible ¿quieren saber cual? ¡Aquí lo tienen!

Lestat de Lioncourt


Caminaba hecha una furia de un lado a otro. Él la observaba intentando no decir algo que la molestara aún más. Sus largos cabellos negros se movían en cada gesto y sus ojos parecían los de un demonio. Vestía como un hombre, se movía como tal, pero él veía la feminidad escondida. Sus pequeños pechos oprimidos contra una camisa blanca y una chaqueta negra, muy elegante y sobria, que había adquirido hacía tan sólo unos meses. El sombrero estaba entre sus manos, moviéndolo de forma inquieta y de vez en cuando miraba a Arion de soslayo.

—¡Dime que todo irá bien!—gritó acercándose a él para tomarlo de las solapas.

Nash estaba allí, siendo testigo mudo de todo, y no tardó en incorporarse para tomarla de los hombros. Con un gesto caballeroso y cortés logró que se sentara en una de las sillas de plástico del pasillo. Todo olía a antiséptico. El blanco resplandecía allá donde mirabas, junto a objetos de metal y plástico.

—Todo irá bien—dijo Arion con una sonrisa en los labios—. Te lo prometo.

—Puede ser indigestión—comentó Manfred.

—¡Cállate! ¡La culpa es tuya! ¡Tuya!—dijo esgrimiendo el puño derecho para intentar pegarle, pero Tommy y Nash la controlaron serenándola con sonrisas taimadas y miradas atentas.

—Mi pobre bebé... mi niño... mi chiquitín... ¿cómo han podido? ¡Estaba prohibida las lanchas!—dijo antes de ver al doctor acercarse a todos ellos, el cual venía con Tarquin y éste lucía una sonrisa.

—Todo ha ido bien—dijo sonando tranquilizador—. Sólo se ha herido una pata. Su caimán estará bien si lo cuida con cariño. ¿Y dice usted que vive en los pantanos?

—Sí, vivo cerca de los pantanos y esas cositas son como mis hijos—explicó llevándose con dramatismo las manos al pecho.

—Son muy importantes para mi mujer—el veterinario quedó confuso mirando a Petronia y luego a Arion—. Aquí donde la ve es muy sensible. Detesta que hagan daño a los animales, pero sobre todo a los reptiles que cuida desde hace décadas. Es una mujer que admira la naturaleza.

—Sí, tiene un corazón de oro—explicó Nash levantándose al mismo tiempo que Tommy y Arion.

—¿Están hablando de Petronia? ¿De verdad? Si es una tirana—expresó Manfred y al ver la mirada de todos hacia él comenzó a llorar.

Aquella noche había sido un desastre. Peter, uno de los caimanes más viejos del pantano, había tropezado con unos cazadores ilegales. Estos le habían atropellado con la lancha que llevaban. Petronia lo vio todo y por supuesto de los cazadores no queda nada. Su pobre caimán sufrió una fuerte conmoción, pero al parecer sólo tenía una pata rota.


Al entrar en la sala donde tenían sedado al caimán, completamente atado por la peligrosidad del animal, Petronia no pudo más. Se aproximó al animal y lo abrazó acariciando su cabeza. Besó su rugosa piel y le susurró “Mami ya está aquí bebé, ya está aquí”.  

lunes, 3 de marzo de 2014

Esa noche

Bonjour mes amis!

Este es un texto de Nash y Tommy. No son muy dados a mostrarse en público, pero ahí están.

Lestat de Lioncourt


El carnaval había finalizado. El ruido en las calles se había desvanecido. Muchos comenzaban a llevar una vida llena de sobriedad tal como manda la tradición, pero otros seguían con la opulencia y el descaro que te ofrece una ciudad llena de contrastes. El silencio era abrumador en algunas zonas, sobre todo bien entrada la noche. La madrugada caía postrada frente a nosotros como si estuviera aguardando nuestros pasos sigilosos.

—Deberías dejarme solo. Quiero saber que se siente cazando sin compañía como a veces haces tú—dijo Tommy guardando sus manos dentro del abrigo—. Nash...

—No—respondí alto y claro.

Era mi alumno, a pesar que era el hijo de Arion. Él había transformado a Tommy y Petronia lo había hecho conmigo. Aún me preguntaba que le impulsó hacerlo. Ella me arrastró aquel día a la vida cuando Tarquin, en un impulso brutal, quiso hundirme en las tinieblas. Fue poco después de Mardi Gras. Aún podían escucharse las risas alocadas de los jóvenes en la mansión de su compañero y amigo Lestat. Fue un terrible error volver de Inglaterra y a la vez me sentí recompensado.

Había decidido estar un año lejos de New Orleans para impartir clases a un gran número de alumnos. Deseaba demostrar mi valía nuevamente en las viejas aulas en las cuales me formé. Sin embargo era un trabajo tedioso. El año sabático de los jóvenes Blackwood, Tommy y Jerome, estaba siendo una pesada piedra a mis espaldas. Aquel monolito era oscuro, frío y cruel. No podía dejar de pensar en las tardes lluviosas y frías lo hermoso que se veía New Orleans con una pátina de lluvia y una humedad sofocante. Era imposible concentrarse. Regresé porque necesitaba hablar con Tarquin y decirle que tenía cierto conocimiento de su tragedia. Pero nada fue como yo esperaba. Nada.

—Eres terco—susurró antes de echarse a reír.

—Soy viejo—le aseguré antes de tomarlo por el brazo y mirarlo fijamente—. Debo cuidarte aunque ya no me necesites.

—Siempre voy a necesitarte—aseguró aproximándose a mí, tomándome del rostro y observándome con esa ternura que sólo él podía tener a pesar de ser ya un proscrito, como yo y como todos los vampiros que cruzamos la ciudad buscando sustento.

Dudaba que fueran ciertas sus palabras, pues había visto como algunos se detestaban después de amarse apasionadamente. Esperaba que no fuera una relación llena de una dependencia extraña. Amaba a Tommy y aún era demasiado joven. Ni siquiera pudo llegar al cuarto de siglo antes de ser transformado. Todo un joven caballero propietario de una gran fortuna. Todo un Blackwood.

—¿Qué ocurre?—susurró bajando las manos hasta quedar apoyado en mis hombros—. Nash...

—Te has convertido en un gran hombre. Sólo es eso—se echó a reír con mis palabras, pero yo permanecí serio hasta que también estallé en carcajadas.


Tanto él como yo habíamos decidido permanecer juntos por amor y respeto. Sólo esperaba que nada lo rompiera, pues odiaría perder de nuevo un amor extraño que me provocaba melancolía y a la vez una fascinación extrema.  

domingo, 22 de diciembre de 2013

In love

Desde el Jardín Salvaje les deseamos una Feliz Navidad junto a los suyos llena de recuerdos maravillosos. 

A continuación un fic compuesto de varias historias, para ustedes, lleno de momentos que no olvidaremos. 

Lestat de Lioncourt. 


La nieve

Avicus y Mael

Me hallaba sentado junto al fuego, meditando sobre los siglos que habían pasado desde la última vez que había llegado a mi alma el frío del invierno. Los pastos verdes de la primavera habían dejado huella en el verano y finalmente quedaron arrasados por el otoño y la nieve que hacía varios días que había caído. No era típico del sur cálido, de ésta ciudad de cucarachas donde los pantanos están llenos de caimanes, que nevara de esa forma. Sin embargo, la nieve había aguantado escasamente unos días y había dejado todo enfangado. El jardín tenía un aspecto siniestro con los árboles desnudos apuntando al cielo como tridentes de algún demonio, los que mantenía sus ramas cargadas de cierto verdor, como los abetos, estaban decorados con luces navideñas y la fachada de la mansión había sido decorada con cientos de guirnaldas. Sin duda se amaba la fiesta que a todos llenaban de bondad, inclusive a Mael que parecía contagiarse pese a lo reacio que a veces era.

-¿Por qué esa sonrisa?-pregunté.

-Hace años que vi algo que trajo Lestat y supe que era real. Sin embargo, me niego a dejar mis viejas costumbres. La navidad no es para mí tiempo de Jesús, sino es otra festividad que tú bien conoces-dijo mirando las llamas-Pero no voy a discutir por algunas cosas.

-¿Qué cosas?-verlo de ese modo me resultaba sumamente extraño.

-Ah, bueno...-susurró para luego negar meneando suavemente la cabeza- No lo comprenderías.

-Prueba-apostillé esperando que aceptara confesarme que sucedía.

-Ha nevado.

Jamás supuse que algo tan simple para cualquiera fuese tan importante para él. Sin embargo, del lugar que él procedía aquello era habitual y posiblemente le había hecho recordar los tiempos en los cuales la nieve helaba sus manos mortales y provocaba que algunos enfermaran. Sus ojos claros buscaron los míos y yo simplemente sonreí golpeando suavemente su espalda con mi ancha mano, la cual se deslizó hasta su cintura. Abrazados mirando el fuego recordé porque su compañía a veces era tan agradable, pues él veía milagros en cada gesto de la naturaleza.

El espíritu de un regalo.

Arion y Petronia

De un lado a otro caminaba por las habitaciones encendiendo las luces, dejando que todo tuviera un nuevo resplandor. Manfred me seguía con las manos atadas en la espalda mientras me miraba con aquellos ojos pequeños, vivos y llenos de arrugas. Su escaso pelo alborotado le daba un aspecto de duende ufano. Decidí parar mis pasos frente a las enormes puertas que daban a la habitación de Petronia y suspiré pesadamente.

Ningún inmortal de nuestra talla celebraba algo como aquello con regalos, canciones y diversos himnos cuasi religiosos. Sin embargo, desde hacía algunos años había investigado sobre la figura de Jesús debido a la insistencia de Manfred, el cual insistía en homenajear en estas fechas su nacimiento. Había algo que me parecía curioso y eran los regalos que se hacían de corazón, por simples que fuesen, y las tarjetas hechas con afecto que en ocasiones ni siquiera se paraban a mirar más de una vez los mortales, los cuales ya estaban empachados por el consumismo y algo hecho a mano les parecía nimio así como los pequeños obsequios. Si bien, ahí estaba yo mirando las puertas y sus gruesos pomos.

-¿Entrarás?-preguntó obligándome a girar para mirarlo fijamente- No creo que esté de humor después de ver tanto adorno.

-Cállate y vete-dije sacando algunos billetes del bolsillo-Ve y compra lo que quieras, lo que creas necesario, cualquier cosa. Déjame a solas con ella.

-Haré lo que quieras pero no tienes que darme dinero. Si quiero comprar algo ya echaré mano al mío-miró los escasos billetes y sonrió-Pero te compraré algo que te hará bien, maestro amigo mío.

Se fue hacia el pasillo caminando torpemente aunque rápido, tan rápido que en menos de unos segundos ya se había perdido su figura y escuchaba sus pasos por el piso inferior. Tras las gruesas maderas estaba ella, la mujer que amaba, y en mi bolsillo estaba mi obsequio.

-Petronia, ¿puedo pasar?-pregunté tras golpear suavemente la puerta.

-¡No!-gritó desde el interior.

-Te traje un regalo-dije intentando convencerla.

-¡No lo quiero!-expresó de viva voz.

-Por favor, sólo serán unos segundos-murmuré apoyando la frente en la puerta mientras dibujaba con mis dedos las muecas de la madera.

Ella se movió rápida en el interior de su habitación y abrió las puertas de par en par. La miré sorprendido y estiró sus manos buscando que dejara en ella su regalo. Metí rápidamente mi mano derecha en el bolsillo y saqué una pequeña caja de terciopelo roja en tono guinda, con una pequeña moña de color verde esmeralda, y de un tamaño diminuto comparado con lo que podía ella esperar.

Rápidamente lo abrió y su expresión furiosa pasó a una seria y finalmente, por unos breves instantes, sonrió. Sin embargo, esa sonrisa se borró y rápidamente tuve las puertas cerradas frente a mi cara. Sabía que le había gustado, provocando quizás en ella algún recuerdo.

-¡Lo he arreglado con mis propias manos!-grité esperando que viese en ese gesto un poco de amor.

Era el primer camafeo de broche que había hecho, el cual posiblemente creía perdido. No era una joya maestra como las que ahora tenía en su colección personal y que aún vendía. Sin embargo, era algo especial porque representaba al Vesubio expulsando su lava. El broche cayó al suelo hacía unas semanas y quedó destrozado, le aseguré que lo había tirado y ella se resignó a crear otro semejante para su colección. No obstante, la verdad era distinta. Yo mismo quise arreglarlo, aunque hacía mucho que no creaba algo con mis propias manos. Valió la pena mi esfuerzo por aquella sonrisa, la cual a veces podía ser dulce.


Navidades en familia.

Lestat y Rowan

Hubiese dado cualquier cosa porque mi madre viese a Hazel intentar tomar una de las bolas del árbol. Eran brillantes, coloridas y de un tamaño asequible a sus pequeñas manos. Rowan estaba radiante con aquel traje de noche. La fiesta que celebrábamos era sin duda impactante, pues muchos habían dejado regalos para algunos de los nuestros e incluso para nuestra pequeña. Sus dorados rizos rozaban el escote sugerente que poseía mi esposa, la cual acomodaba como podía su nuevo collar de perlas.

-Desearía que mi madre viniera algún día-dije con el móvil en la mano dispuesto a filmar cualquier reacción de la pequeña.

-Lestat, deja ya ese maldito chisme-comentó seria mientras me miraba a los ojos-Disfruta mejor de la pequeña. No será una niña por siempre.

-No, no lo será. Por eso mismo deseo tomar fotografías suyas.

-Has hecho como cien-respondió acercándose a mí para acariciar mi rostro con su mano derecha mientras sostenía a nuestra inquieta criatura- Mírala, es tan inquieta como tú-susurró pasándome a la niña a mis brazos.

Era increíble que su pequeño cuerpo estuviera tan lleno de energía, como si deseara captar la atención de la vida misma y retenerla por siempre en sus diminutos dedos. Sus ojos eran enormes, gris con destellos grisáceos y algunos azulados que le daban un aspecto increíblemente hermoso. Sus labios eran diminutos y estaban húmedos.

Inesperadamente ella tomó el móvil y sacó una fotografía de ambos. Mis largos cabellos dorados se confundían con los del bebé, sus pequeñas manos se habían aferrado a mi corbata turquesa. Ambos llevábamos ropa blanca, ella un delicado vestido con un pequeño lazo que rodeaba su cintura en el mismo color que el vestido azul pavo real de su madre y yo un traje elegante de sastre.

-Y ya se acabaron-susurró besando suavemente mis labios y la cabeza de Hazel.

El árbol repleto de regalos, el calor de la chimenea y el hermoso decorado navideño me provocaba que mi corazón se enterneciera. Sentía que jamás había vivido una época como aquella, salvo los breves recuerdos que se agolpaban entorno a la figura de Claudia y Louis. Pensé en él por un instante y terminé negando suavemente. Invitarlo a la fiesta hubiese sido un error, pues sabía que no aceptaría estar en la misma habitación que Rowan. Aún lo apreciaba, a mi modo, y me había preocupado por los pequeños que tenía a su cargo, los cuales habían venido al mundo en similares circunstancias a las de Hazel. Envié regalos, tarjetas navideñas y un pequeño cd de música para que ellos lo escucharan. Sin embargo sabía que quizás nada llegaría y si llegaba Louis lo despreciaría tal vez.

Rowan se percató de mi halo de tristeza y la alivió con el roce de sus labios contra mi cuello, manchando mínimamente mi camisa de su carmín, para luego estrecharme dejando a la pequeña entre ambos.

-El pasado puede ser doloroso, pero mira el futuro lleno de felicidad. Eres Lestat y tú me enseñaste eso-me hizo reír esa frase.

-Vayamos fuera Rowan. Disfrutemos de nuestra primera navidad en familia.

Había conocido el amor, eso era cierto, pero no un amor tan puro como el que ella me ofrecía y la pequeña era una muestra. El amor que llevaba colgado de mi brazo, con ella aferrada a éste, mientras que la niña seguía disfrutando de arrugar mi corbata, me hacía sentir bendecido de una forma distinta a la habitual. Me había convertido en santo, pero de una religión distinta. Santo patrón de familia que deseaba gozar, gritar e incluso llorar ante la belleza de la navidad.

Viajes.

Arjun y Pandora

-¿Lo tienes todo?-preguntó mirándola fijamente mientras tomaba los bártulos que estaban posicionados en la puerta.

-Sí-respondió ella con sus labios pintados de carmín.

-Volveremos a sentir ese maravilloso frío invernal-dijo con cierta elegancia en sus palabras, con un tono quedo, mientras ella le contemplaba.

-Rusia otra vez- murmuró más para sí que para él.

Era un destino que a veces estaba en su ruta, pero siempre regresaban a ciertos apartamentos, como el que se hallaba en New York y que en esos momentos aún ocupaban. La nieve caía precipitadamente sobre la ciudad, el taxi les esperaba abajo para tomar ese vuelo privado nocturno, y el avión despegaría pese al clima porque no era tan rematadamente malo pues sólo eran unos copos. Arjun se sentía ligeramente emocionado, pero ella parecía nostálgica aunque también deseaba pisar otro suelo. Viajar se había convertido en algo común.

Los viajes eran comunes entre los mortales, pero más entre inmortales. Caminar por el mundo, buscar nuevas emociones y contrastes, era algo delicioso para cualquier ser y sobre todo unos que no querían caer en la rutina. Arjun observaba a Pandora con aquellos enormes ojos oscuros mientras acomodaba sus cabellos, bufanda color café y gabán gris que se acomodaba a su cuerpo como un guante. Ella se colocaba su abrigo sintiendo la envolvía el confort y suavidad del interior de éste.

Arjun sentía que estar con ella era sin duda su destino. Una mujer con fuerte carácter que sin duda podía ser tachada de dama. Se sentía profundamente enamorado y también en deuda con ella por todo lo que le había dado, pues una vida como aquella era sin duda de agradecer aunque muchos lo vieran como una condena o un maleficio. La eternidad siempre era agradable y más cuando atendías los deseos de Pandora, eso creía y sentía, por lo tanto se sentía afortunado y para nada se decepcionaba de los momentos que vivía con ella.

En tu nombre

David y Louis

Ambos se hallaban de pie frente a la tumba ennegrecida aún, pese a los más de diez años que habían pasado, contemplando en la oscuridad aquella huella. Los ondulados y oscuros cabellos de Louis caían peinados perfectamente, sus labios se mostraban impertérritos y sus ojos verdes parecían profundos abismos. Una rosa blanca se hallaba entre sus manos, las cuales estaban enguatadas. Estar en aquella propiedad le cargaba de rabia, pero no haría nada en contra de los habitantes ni de las personas que pudieran encontrarse cerca.

A su lado se encontraba David, con un sobre todo negro que caía hasta el borde de sus zapatos, llevaba un jersey de cuello tortuga del mismo color y una chaqueta gris oscura, igual que los pantalones. Louis vestía con un traje negro, camisa verde, y bufanda del mismo tono. Ambos parecían sumidos en sus pensamientos, sobre todo David que apuntaba con sus ojos dorados hacia el suelo mientras aguantaba las lágrimas.

Merrick había muerto hacía tanto, pero tanto, que parecía un sueño. Toda su vida parecía haber sido borrada de un plumazo. Ya no se encontraba la cálida y reconfortante voz de Aaron, ni la mirada furiosa de una mujer apasionada como era Merrick y tampoco caían sobre sus hombros el pesado cargo en la orden. No, David Talbot había dejado de existir cuando enterraron su cuerpo mortal y él se sintió seducido finalmente por el placer de matar, beber sangre y huir de la luz. El amor de su vida, uno de los más importantes, ni siquiera tenía una tumba real que visitar sino una mancha sobre una lápida cuyo nombre se había borrado hacía mucho.

-Deja la rosa y marchémonos-dijo acomodando su ropa de abrigo.

-David...-murmuró.

-Déjala, ya quiero irme de aquí-comentó dando media vuelta para poder marcharse de allí.

Había sido una estupidez llevarle un tributo a alguien que ni siquiera tenía allí sus huesos. Merrick se transformó en humo y cenizas, un recuerdo, un profundo dolor y una carga por siempre en su alma. Él debió saber que el destino que tendría sería cruel para una mujer cuya vida siempre estuvo cargada de sombras.

Louis dejó la rosa y le siguió con las manos metida en los bolsillos mientras admiraba la noche despejada. La luna estaba inmensa, como si hubiese deseado verse así de maravillosa en aquel momento. David no dijo nada más hasta que sintió que el respaldo del vehículo en el cual habían llegado. Louis lo miró como mira un ángel de mármol de un cementerio, con una fría piedad que traspasó su alma como si fuera una daga de hielo, y suspiró. Las luces de los faros iluminaron parcialmente la fachada de Blackwood Farm, lugar donde ocurrieron tantas desgracias y milagros, mientras el motor rugía suavemente.

Sabía que debía dejar a Louis en su hogar, con sus sirvientes y los pequeños a su cargo, pero sentía enormes deseos de correr con aquel coche como si fuera un deportivo, provocar a los radares de las autopistas y finalmente huir de la ciudad en busca de la paz que allí no encontraba. Aún amaba a Merrick y el fatal desenlace con Mona le había acribillado, mientras que Louis se mostraba sereno y alejado de la realidad aunque con el ceño fruncido mirando las luces parpadeantes de la carretera.

La estrella

Armand y Santino

Benji se encontraba correteando por la casa mientras perseguía a una de las enormes y negras ratas que poseía Santino. Una de esas ratas cuya cola es tan grande como su cuerpo. Sybelle tocaba y entonaba alegres villancicos. Santino se hallaba frente al fuego de la chimenea tirando de vez en cuando un nuevo trozo de madera y preguntándose dónde podía encontrarse Armand. Hacía días que no aparecía por la cabaña que había adquirido, un lugar amplio de dos plantas y con unas vistas increíbles a los pantanos. Aquel lugar era recóndito, pero estaba bien comunicado. Sin embargo, parecía que Armand no había encontrado el camino de regreso.

En cierto arrebato decidió que debía ir a buscarlo, pero en ese momento sintió su presencia aproximándose a la casa. Miró hacia la ventana y vio como regresaba andando, con una caja marrón entre sus brazos y manchas de sangre en sus ropas y rostro. Era como un ángel vengador que había llegado al mundo para destruirlo mientras su belleza los embaucaba a todos. Las ratas que estaban alrededor suya corrieron hacia la puerta esperando que trajeran algo para roer y guardar en sus numerosas madrigueras que habían conseguido crear a lo largo y ancho de la casa.

Sin decir mucho, o más bien nada, entró Armand hacia la sala despojándose de una bufanda que aún rezumaba olor a sangre. Benji se sintió tentado y se aproximó a él agarrando la prenda para olfatearla mientras miraba de reojo la caja, la cual aún estaba cerrada. Si bien Sybelle seguía tocando y entonando mientras meneaba alegremente su cabeza. Santino simplemente miró los ojos café con brillos dorados del pelirrojo y sopesó que podía haber provocado que estuviese lejos de ellos durante tres largas noches.

-He visitado a Daniel y Marius-confesó- Dejé un tren de juguete para mi creado y una postal navideña para quien pese a todo es mi padre-susurró sin vergüenza alguna, aunque sabía bien cuales eran los sentimientos de Santino hacia el milenario romano- Y he estado creando algo-dejó la caja en el suelo y la abrió como un niño que quiere ver el contenido de un regalo.

Dentro se hallaba un artilugio en forma de estrella, el cual comenzó a brillar dejando que la habitación se iluminara con pequeños juegos de luces. Se aproximó al árbol, se subió en la escalera que aún se hallaba muy cerca de éste y la colocó con una magnífica sonrisa.

-¡Mi nuevo invento! ¡Una estrella a pilas! La cual puede cambiar sus colores gracias a una aplicación móvil. Creo que sin duda podré conseguir que se extienda su venta a cada árbol de navidad que se ponga éste año y los próximos.

-Un invento-susurró riendo bajo mientras se aproximaba a Armand y lo tomaba del rostro estirando sus brazos hacia él. El pelirrojo aún se hallaba subido en la escalera, mirando el mundo desde aquellos centímetros de más, con unos ojos llenos de ilusión- Pero no olvides que nació Dios para morir entre los hombres.

-No lo olvido-susurró estirando sus brazos hacia el cuello de Santino y quedando colgado de éste como si fuera uno de los dichosos adornos del árbol.

La chispa del deseo.

Nash y Tommy

Los gemidos se alzaban hacia el techo rebotando por cada trozo del papel pintado de los muros de la habitación. La cama chirriaba y el colchón parecía querer deshacerse por los fuertes impulsos que ambos le ofrecían. Sus piernas se sentían cansadas, pero sus manos acariciaban el cuerpo del que fue siempre su mentor. Gemía con los ojos entrecerrados, con la frente perlada por el sudor y el cabello revuelto. Tommy permitía una vez más que el fuerte y delicioso sexo de Nash le aliviara.

Había visitado a sus hermanos y se había sentido deprimido porque pronto tendría que olvidar, dejarlos atrás como muchos inmortales hacían, porque era imposible ocultar la verdad durante más de unas décadas. Y no sólo a sus hermanos, también debería dejar a Jerome, la Gran Ramona y Jasmine además de sus amigos mortales.

Sin embargo, ese maravilloso sexo lo tenía hundido en gemidos que parecían más bien alaridos. Allí, en aquella habitación de hotel, muchos podrían hacer conjeturas de como un hombre joven estaba con otro que era prácticamente un anciano. No obstante el porte que poseía Nash no era el de un hombre acabado, sino sensualmente atractivo.

La boca de su amante succionaba sus pezones mientras sus caderas se movían sin cesar. Sus manos habían buscado las nalgas de aquel hombre que en más de una ocasión le había consolado, aconsejado y castigado por sus travesuras. Rápidamente sintió un agradable escalofrío que recorrió toda su columna vertebral. Estaba llegando una vez más al orgasmo mientras su amante aún bombeaba fuerte y decidido a provocar que llegar al orgasmo. El miembro de Nash se había convertido en una escapatoria gloriosa a todos su problemas mientras su cuerpo serpenteaba incitando a su viejo tutor.

Se vino manchando el vientre de su compañero y éste le echó una mirada seductora que le caldeó aún más. Era algo tan fascinante y delicioso que podía hacerlo toda la noche. Nash se apartó dejando las piernas abiertas de Tommy y acarició su interior manchado por su esperma, éste sólo jadeó y mordió su labio inferior.

Aquella noche de Navidad era sin duda simbólica. Jesús había nacido para traer la buenaventura al mundo, un rayo de luz, y Nash había llegado a su vida del mismo modo junto a su sobrino Tarquin, el cual era mayor que él pero no dejaba de ser su sobrino. Aquel momento era liberador para ambos y un nuevo inicio fuese cual fuese.

-Feliz Navidad, Tommy.

-Feliz Navidad, Nash.

El beso del demonio

Nicolas y Memnoch

No existía emoción alguna en mi pecho sobre la festividad que todos parecían aplaudir como si fueran estúpidos dementes. Mi violín sonaba enérgicamente mientras mis pies se movían por la habitación meciéndome de un lado a otro. Las velas se habían apagado desde hacía horas, pues ya no existía cera alguna que pudiera alimentarlas. Mis ojos de oscuros posos de café estaban cerrados y mis mejillas se hallaban enrojecidas y manchadas por las lágrimas.

Él se hallaba frente a mí, recostado en un diván, mientras me contemplaba marcado por heridas que era incapaz de sanar. Recordaba aquellos días con Lestat, la nieve en París y mucho antes en Avuernia, rodeándonos con el frío y la pasión que únicamente dos jovenzuelos podían tener. El mundo sin duda se había vuelto apasionado en aquellos días, pero lentamente se transformó en cenizas igual que el teatro que nos trajo tan malos augurios a ambos.

Mi alma la poseía el demonio mucho antes que Lestat me diese el aliento de la vida eterna en aquella sangre contaminada. Yo mismo había pedido que la misma noche viniese a mí con su condena y que mi alma quedase enjaulada entre las fieras garras de un ser tan temible como era y es Memnoch. Sin embargo, lo contemplaba y sentía escalofríos por el deseo de sus manos contra mi cuerpo, o más bien sus garras ásperas y crueles.

-Ven aquí-ordenó provocando que cesara la música histriónica que provenían de las cuerdas que daban voz a mi violín.

Me arrodillé frente a su figura oscura y penetrante, la cual me dominaba con una sola mirada. Su aspecto era el de un ángel cincelado con el mármol más perfecto. Sus labios estaban sonrosados y llenos de una masculinidad que deseaba agotar en cada beso. Si bien hacía más de tres semanas que no era capaz de ofrecerme un beso, por falso que fuese, y lo único que me ofrecía eran golpes y un sexo tan rudo que destrozaba mi cuerpo dejándome maltrecho como una marioneta sin cuerdas.

Acabé llorando con los brazos tensos y el violín en el suelo, frente a mis rodillas, mientras suavemente me inclinaba hacia delante. Había cometido el mayor pecado para la condena de un alma y no era venderla al diablo, sino amarlo de forma tan pura y afectuosa. Supuse que todo villano le toca el pago de sus actos. No supe corresponder el amor de Lestat y en esos momentos me encontraba frente a alguien que despreciaba el mío. Sin embargo, se inclinó hacia mí tomándome de la nuca y besándome al fin provocando que mi alma suspirara aliviada e incluso sintiera que el paraíso estaba cerca.

Amantes inmortales

Tarquin y Mona

Se encontraba sentado en el porche de aquella gran mansión. Había decidido visitarla con sus mejores galas. Ella estaba allí, dándole otra oportunidad al amor que aún germinaba entre ellos. Él podía sentir que la sensación de amor no se había evaporado y embriagaba a ambos hasta emborracharlos en el desenfreno de la oscuridad, muy similar a la sangre que brotaba de sus víctimas. Tenía un hermoso traje negro hecho a medida por el sastre, una camisa blanca de algodón y una corbata de seda también oscura. Sus cabellos rizados caían sobre su frente y acariciaba el cuello de su camisa. Su aspecto era pulcro y aseado con una belleza propia de un demonio seductor con unos ojos intensos como un océano profundo aunque de aguas tranquilas. Tarquin seguía siendo el caballerito de agradables modales y sobre todo el noble Abelardo de una Ophelia que en esos momentos era inmortal.

En los largos y firmes brazos de Tarquin se hallaba un ramo de flores de diversos colores y aromas. Había rosas, petunias, hermosos tulipanes, flores del paraíso y margaritas en diferentes tonalidades e incluso pequeñas flores silvestres de las cuales desconocía el nombre. Estaba envuelto en un papel de color rojo con un hermoso y pomposo lazo que él mismo había elegido. Sus finos dedos acariciaban cada pétalo mientras esperaba que ella saliera, tal vez acompañada de Michael que se encontraba en la casa, sin embargo lo hizo sola y con un escotado vestido con falda corta que dejaba ver sus hermosas y torneadas piernas.

Mona era una criatura de escasa estatura aunque voluptuosa, tenía unas curvas deliciosas que cualquier hombre contemplaría con apetito y unos labios seductores que pronto esbozaron su más peligrosa sonrisa. Sus enormes ojos verdes se fijaron en las flores que recibía de Tarquin, el cual rápidamente se incorporó para ofrecerle el ramo esperando que fuera de su agrado.

-Mi noble Abelardo-susurró tomando las flores para pegarlas contra ella y al fin apreciar su aroma- Gracias por tu hermoso regalo y por acordarte de mí ¿te hice esperar mucho?

-No, no sentí que fueran demasiados minutos-hacía más de una hora que se hallaba apostado en la casa, sentado en el porche con el frío que hacía ya que no aceptó la hospitalidad de Michael debido al nerviosismo que poseía- Te ves tan hermosa que sería capaz de inclinarme frente a ti, desnudar tus delicados pies y besar tus tobillos. Eres como un ángel bajado de los cielos para tentar a los hombres con tu belleza. Mona, estás maravillosamente encantadora esta noche. El recogido que llevas es sencillamente encantador y provoca que tu cuello se vea largo y sugerente.

-Eres encantador-murmuró aproximándose más a él mientras hundía sus ojos verdes en los suyos, tan azules y llenos del brillo de la esperanza, felicidad y deseo que ella le provocaba- Te ves elegante con esa corbata, Quinn-dijo tocándola con la punta de sus dedos mientras dejaba la palma de su mano izquierda sobre su pecho, para luego estirarla hacia su rostro y acariciar su mentón- Tengo frío-susurró provocando la rápida reacción de su apuesto acompañante, el cual se sacó la chaqueta para colocarla sobre sus estrechos hombros-¿Nos marchamos?-preguntó quedando a pocos milímetros de él para echar su brazo izquierdo hacia el hombro derecho del joven vampiro, el cual se inclinó y al fin pudo besar sus labios saboreando el carmín que los hacía destacar de forma tan sugerente.

-Feliz Navidad, Mona-murmuró embriagado y casi sin aliento.

-Feliz Navidad.


Ambos irían a la fiesta Mayfair de Navidad, a la cual Michael decidió no asistir para quedarse sumido en los recuerdos de aquella tragedia que fue el nacimiento de Lasher, que se daría en el restaurante del hospital Mayfair y posteriormente en uno de los salones de fiestas que poseía la familia.  

martes, 17 de diciembre de 2013

Navidad Blackwood - Ciclo Navideño

Nuevamente estamos con ustedes para ofrecerles un nuevo fanfic realizado para el ciclo navideño. En esta ocasión los Blackwood mostrarán sus sentimientos a flor de piel y obsequiarán al lector con un par de lágrimas. Yo he estado frente a todos ellos y os puedo decir que la emoción se puede palpar fácilmente.

Lestat de Lioncourt


Era extraño que nevera en New Orleans, pero el tiempo había tenido un agradable regalo que duró escasos días. Sin embargo, la sensación de ver parte de los pantanos nevados provocaba en todos cierta fascinación. En el Santuario se hallaba Petronia leyendo pausadamente a la luz de algunas velas, pues la luz eléctrica hacía horas que no llegaba debido a un corte en el servicio. Había problemas eléctricos en toda la ciudad y en aquella zona apartada no iba a ser menos. Arion contemplaba el exterior con el rostro serio, el ceño fruncido, las manos a su espalda y la mirada perdida. Manfred había ido con ellos por primera vez, siendo vigilado por ambos para que no se aproximara a la mansión donde Quinn y sus compañeros mortales e inmortales decoraban todo con cierto entusiasmo. Pronto la propiedad se llenaría de canciones navideñas, delicioso olor a pasteles recién horneados y galletas de jengibre.

-Ese inútil aún no llega-dijo rompiendo el silencio con su voz ambigua pero fuerte, tan fuerte y contundente como los golpes que solía propinar cuando se enfurecía.

-Posiblemente esté terminando de colocar los adornos en el árbol-comentó Manfred secándose las lágrimas-¡Cuántos recuerdos! Aún recuerdo los gritos de Rebeca en aquel gancho en la parte superior de éste lugar.

-¡Guarda silencio viejo inútil!-espetó.

-Siento la presencia de varios vampiros fuertes-susurró Arion sin mover siquiera un músculo-Lestat, es uno de ellos.

Entonces, entre las aguas, comenzó a moverse una pequeña barca con un diminuto motor que prácticamente agonizaba. No era Tarquin, pero sí eran dos vampiros que estaban siendo esperados desde hacía varias horas. Tommy y Nash, las dos últimas creaciones de aquella familia extraña de vampiros que se habían sumado en circunstancias violentas para ambos.

Tommy, el tío de Quinn de escasos veintidós años e hijo del desaparecido Pops, tenía el semblante serio y los ojos llenos de una nostalgia que le envenenaba. Había visto a sus hermanos, algunos de ellos eran aún inocentes niños que tenían la misma edad que él cuando conoció a tía Queen, Nash y Quinn.

Observar como habían crecido algunos centímetros, como su hermana lo abrazó contra sí con aquellos pechos redondos como todas sus curvas contemplándose más provocativa y hermosa que nunca mientras hablaba de su novio, el más pequeño de todos que dibujaba en una carta navideña con gran talento y su madre cansada, vestida algo informal y con un cigarrillo en sus labios pintados de rojo, un rojo muy llamativo igual que el de sus uñas y vestido, le provocó nostalgia. Todos habían crecido. Sus hermanos eran chicos fuertes y alegres, su madre había tenido finalmente una vida tranquila lejos de cualquier hombre que la maltratase a cambio de algo de dinero para mantenerlos y su hermana tan llena de esperanza que le arrancó cualquier dolor que pudiese tener en ese momento.

Después había visitado a Jerome, el cual ya era un adolescente que practicaba ejercicio en el viejo granero. Tenía un aspecto muy atractivo con aquella tez oscura, esos ojos azules intensos y esa sonrisa tan parecida a la de su padre que le hizo abrazarlo. Todos eran hermosos bajo sus nuevos poderes, podía ver en ellos matices que antes desconocía y sus verdaderos sentimientos. Jerome lo veía como un hermano mayor y eso le enterneció, lo cual le hizo pensar que Quinn así lo vio una vez. Quiso proteger todo lo que tenía del Don Oscuro, pero la sangre siempre era más espesa que el agua y desconocía si terminaría impulsado por ella.

Tommy tenía ese aspecto cansado, meditabundo pero ciertamente había una llama de felicidad. Llevaba un abrigo negro que cubría su jersey gris de cuello tortuga, unos pantalones de vestir algo gruesos perfectos para el frío y de color negro y unas botas confortables, muy cómodas y con suelas antideslizantes.

Nash tardó en tocar con sus pies el embarcadero, pero cuando lo hizo sonrió fascinado al contemplar el pequeño punto de luz del interior del Santuario. Había estado antes allí y los recuerdos eran amargos y otros muy dulces, pero dependía del matiz como vieras la vida, pues así eran los sentimientos de cada quien.

Él había visitado su ciudad natal, Londres, y había caminado por sus calles contemplando la belleza de la nieve, el frío congelándole los huesos y templando a sus viejos colegas en una cafetería compartiendo café y chocolate antes de marcharse a sus hogares cálidos y llenos de decoración navideña. Por su parte ya sus poderes no le lastimaban, pero sí el ver a Tommy convertido en uno de ellos y el aspecto anciano que tenía que soportar al verse en sus ojos. El joven se había convertido en su confidente y él en su amante.

Había visto hacía unas horas a Quinn y había estado con él hasta hacía escasa media hora. Su presencia ya no le resultaba tan deliciosa, pues no podía dejar de pensar que habían quedado divididos por la carga de culpa de su discípulo y él mismo. Meses atrás, hacía casi un año, Quinn prácticamente lo mató y Petronia le devolvió la vida. Fue un acto estúpido por parte del joven Blackwood, el cual quería hacer suyo a Nash debido a un arrebato. Sin embargo, siempre sería consejero de Quinn y le daría su apoyo moral. Amaba a ese muchacho a su modo, pues en esos momentos también amaba a Tommy de una forma mucho más intensa.

Al llegar al Santuario la puerta se abrió, saludaron a los que allí se hallaban y tomaron asiento en uno de los sofá que se habían comprado recientemente para poder albergar a invitados en caso de reunión. Eran sofá tapizados en cuero, muy elegantes y cómodos, que por supuesto habían sido elegidos por Petronia puesto que ese lugar siempre sería suyo.

-¿Cuál es el otro vampiro que siento?-preguntó Arion girándose hacia ellos.

-David Talbot. El señor Talbot era amigo íntimo de Merrick Mayfair, la vampiro que liberó a Quinn de Goblin-contestó Nash con su tono educado y tranquilo-Lestat y él han aparecido para felicitar las fiestas, aunque David no ha abierto la boca y se siente una extraña tensión entre éste y Quinn.

-Es porque David está enamorado de Mona-indicó Tommy-Y también lo estuvo de Merrick. Merrick murió para ayudar a Quinn y Mona ha vuelto con su noble Abelardo. En definitiva, es un odio silencioso que deben enterrar cuando Lestat está entre ellos intentando unir a dos de los compañeros que más aprecia.

Tommy era observador y podía leer entre líneas, también era bueno escuchando conversaciones ajenas y murmullos que posiblemente otro ni tomaría en cuenta. Arion asintió suavemente y regresó a su posición mientras Petronia seguía leyendo intentando no golpear a Manfred, pues éste había vuelto a llorar una vez más.

Manfred había estado décadas alejado de aquel lugar. Contemplaba el cielo de New Orleans en ocasiones, pero jamás podía llegar a pasear por la zona donde residían todos sus recuerdos. Era la primera vez que Petronia le permitía estar allí y las emociones le hacían sollozar.

Entonces, en medio del silencio de las aguas tranquilas aunque infectadas de caimanes, se escuchó otra lancha mucho más rápida y como varios seres se aproximaban. Lestat y Quinn, ambos podían haber llegado volando pero prefirieron la discreción, estaban llegando.

Quinn tenía el rostro lleno de lágrimas debido a la emoción de haber escuchado nuevamente el villancico Noche de Paz de labios de su hijo, el cual lo abrazó y dejó entre sus brazos un regalo. Sabía que no podría volver, no durante mucho tiempo más. Él seguía con la apariencia de un joven de veintidós años y Lestat como un muchacho de veintiuno aún a pesar de los más de doce años transcurridos.

Lestat había sido el símbolo que todo vampiro quiere ser y que en parte teme. Petronia advirtió que Lestat podía ser temible, pero finalmente fue un compañero embelesado por la belleza que poseía su creado. ¿Quién no podía enamorarse de aquel muchacho de ojos azules con aire triste, boca perfecta, tez ligeramente blanquecina y espesos rizos negros? Un muchacho alto, esbelto, de manos delicadas y loables modales. Nash había obrado en Quinn un milagro con sus modales y su cultura, así como tía Queen con aquel viaje. Amarlo era normal. Tal vez fue ternura y amor lo que sintió Lestat al contemplarlo tan torpe y desesperado, pero en ese momento lo único que tenía en mente era cierta pena y preocupación por las reacciones de su amigo.

-Deja de llorar. Sabes que es imposible que te quedes aquí para siempre-dijo dejando su mano derecha en el hombro izquierdo de su amigo, su hermanito como solía llamarlo-Jerome crece rápido, Jasmine envejece y la Gran Ramona tarde o temprano terminará muriendo y lo sabes. Ya no queda mucho de aquello que amaste y lo que queda está siendo una carga. No debes volver después de ésto ¿comprendes? Es lo mejor.

-Jerome es mi único hijo-susurró echándose a llorar de nuevo.

-Algún día podrás visitarlo y contarle la verdad. Sin embargo, toma la propiedad del Santuario como un mirador a lo que tanto has amado-dijo justo cuando el bote chocaba con el embarcadero y podían dejarlo atado junto al de Tommy y Nash.

Al entrar todos los miraron fijamente mientras Lestat se acomodaba sus gafas violetas sobre sus cabellos dorados. Tenía los ojos azules, pero aquella noche poseía cierto tono violáceo. El traje blanco que había elegido contrastaba con la bufanda negra y el abrigo grueso que ocultaba su aspecto delgado, aunque no tan extremo como el de su buen amigo. Sonrió fascinado al contemplar a los milenarios y después tomó asiento sin decir nada más que un tímido “Bonsoir”. Quinn se aproximó a Manfred dejándole un beso en la mejilla para hacer lo mismo con Nash y Tommy, pero hacia Arion sólo tuvo una mirada de reproche y hacia su creadora otra similar.

-Se nota el amor que os tenéis-dijo Lestat con una sonrisa burlona-Vamos Quinn estás reprochando a Petronia algo que tú deseaste hacer con Mona y luego con Nash, lo mismo que hizo Arion pero ésta vez para salvar lo poco que quedaba de Tommy. Se buen chico y haz las paces. Yo de momento me marcho-comentó incorporándose-Tengo una mujer y una hija que atender-dicho aquello se dirigió a la puerta y acabó girándose para echarse a reír una vez más- Feliz Navidad-dijo antes de cerrar la puerta tras de sí.


No hubo sonido de lancha alguno, sino el de sus pies correteando por la hierba antes de levantar sus brazos y elevarse por el aire. Tarquin pensó que debía hacer un esfuerzo porque sin duda eran fechas de reconciliación y comenzó a conversar con ellos como si nada hubiese ocurrido. Aquella noche podía escucharse el murmullo de los villancicos en la mansión de los Blackwood y como dos de ellos lloraban emocionados.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt