Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 21 de diciembre de 2016

X-Mas Parte 2

Las reacciones de Louis siempre incrementaban el fuego demoledor que sentía en mi interior, la pasión era incontrolable y mis instintos más primarios surgían como una marabunta de hormigas, las cuales cosquilleaban en mi vientre y subían hasta mi pecho. Mis manos se colaron bajo el suéter y levantaron la camisa perfectamente introducida en sus pantalones oscuros de vestir. El gimió cuando mis dientes atravesaron la fina y sensible piel de su cuello, hundiéndose como dos poderosas agujas, mientras succionaba suavemente un poco de su sangre.

Él se recostó sobre la florida alfombra, dejando que sus cabellos negros ocultasen el hermoso trazado que esta poseía, y sus ojos, los mismos siempre me cautivan, brillaron con un fulgor cargado de deseo. Rápidamente sus manos se colocaron en mis hombros tirando de mí hacia él. Quería que lo besara, sus labios estaban preparados y yo no dudé en hacerlo.

Mis labios presionaron sobre los suyos y mi lengua, herida por un corte profundo, la introduje en su boca ofreciéndole mi sangre mezclada con la suya. La pasión se desbordó. Sus piernas se abrieron y rodearon mis caderas, logró así que me excitara de tal forma que acabara rozándome. Nos movíamos como las olas de un mar agitado. Nuestras bocas parecían querer aferrarse más una con la otra, pero de vez en vez se separaban y quedábamos como dos peces buscando aire lejos del mar. Sus mejillas se arrobaron con un rubor muy intenso y sus ojos se cerraron mientras enterraba sus uñas en el cuero de mi chaqueta.

—Hazlo—dijo.

Me incorporé a duras penas, quedando de rodillas frente a él, para buscar en el forro interior de mi chaqueta un líquido cristalino y sin olor. Ese líquido era testosterona, similar a los inyectables pero en una fórmula mejorada, que no dudé en ingerir provocando que todo mi cuerpo reaccionara de forma más que evidente.

Él se lanzó sobre mi bragueta mientras terminaba el tubo y le ofrecía uno. Bebió con mayor avidez entre tanto bajaba la cremallera del cierre. Después, sin más, bajo mi pantalón de un tirón fuerte y comenzó a lamer mi bajo vientre, hasta llegar a la base de mi miembro, porque yo no llevaba ropa interior. Sus mágicos labios se abrieron como un pequeño túnel directo a un infierno cálido, estrecho y húmedo. Apretó con dulzura el glande y bajó hasta el final de aquel cuerpo endurecido por sus actos y los míos. Dos impúdicos demonios convertidos en dos seres de ascenso a lo más parecido al cielo y conversar con Dios, pues eso era el placer del sexo cargado de amor e historias imposibles.

Sus ojos se clavaron en los míos como dos dagas de hermosa empuñadura. Mis manos no tardaron en acariciar sus cabellos, ondulados y espesos, para finalmente apretar su cráneo y pegar de ese modo sus labios a la base, rozando así mis testículos y haciéndole resoplar sobre el vello que coronaba mi miembro. Mis caderas se movieron bruscas en un par de estocadas y luego lo tiré, como quien tira un hierro candente que ha estado entre sus manos desnudas, para empezar a desvestir su coqueta silueta.

Nada más tenerlo allí desnudo recordé todas las emociones que sentía cuando era sólo un adolescente. Mi sexo, humedecido y erguido en su máximo esplendor, se veía imponente y desesperado. Él se giró recostando pegando su pecho por completo al suelo, alzando sus caderas de este y dejando sus rodillas clavadas al mismo. Su rostro quedó girado hacia la izquierda, pero esos ojos me perseguían.

No lo dudé. Penetré de una vez. Un grito terrible rebotó entre los gruesos muros de aquella habitación. El movimiento empezó fiero y acabó fiero. Cada movimiento de mi cadera destruía las paredes de su estrecho vergel. Su sexo, también duro, se movía como el péndulo del reloj que marcaba la una de la madrugada. Tenía los labios abiertos, tan rojos como las cerezas.

—Ámame sólo a mí—. Su voz estaba entrecortada y sus manos se aferraban como podían a la alfombra, la cual empezó a quedar destruida porque sus uñas las arañaban como si fuera un gato salvaje.

Antes que todo acabase tan rápido, pues todavía no lograba controlar esa subida tan frenética de placer, salí sentándome de espaldas al fuego. Sin perder el tiempo tiré de él y lo subí a mis caderas, logrando penetrarlo de una vez. Sus largas piernas, de muslos cálidos, se aferraron a mí enroscándose como una serpiente y comenzó a moverse. Mi boca no quedó quieta porque mordisqueaba sus pezones, sus clavículas y cuello. Y la lengua, la cual parecía bífida como la de un demonio desesperado, lamía bajo su mandíbula y buscaba el lóbulo de cada uno de sus orejas. Él gemía y farfullaba en nuestro idioma natal, el francés, todas las locuras que deseaba acometer conmigo.

Finalmente llegamos. Primero lo hizo él apretándome duramente mi hombría, convirtiéndome en preso de sus deseos, incitándome a llegar. Después me aferré con fuerza a su cintura. Mis brazos lo rodeaban firmemente mientras caíamos sobre la alfombra, otra puñetera vez, y él serpenteaba aunque su simiente manchaba ambos vientres. El mío, como no, rellenó su interior aunque seguí moviéndome provocando que parte saliese manchando parte de sus glúteos y también el destruido objeto de decoración que me había regalado Gregory. Sí, la alfombra había sido un regalo bastante caro y llamativo... La misma alfombra que estaba sucia y maltrecha.

—Lestat...—susurró jadeoso—. Dime que me amas, aunque sea mentira.

—Nunca te mentiría, Louis. Te amo, te amo demasiado...—respondí con el rostro empapado en sudor, como el resto de mi cuerpo y el suyo, y con mis rizos rubios pegados a él.

Salí lentamente de su entrada, pero me quedé recostado sobre su figura. Aplastaba cada músculo, hueso y trozo de su ser. Mi boca se pegaba a sus mejillas, besándolo con ternura. Él era todo. Siempre ha sido todo. Jamás dejará de ser todo.


martes, 26 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Ella - Parte 2

David me ha dicho que tiene tres partes, la tercera será publicada el jueves. ¡Santo Dios! Yo ya quiero saber que demonios ocurre. 

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado tantos años que las pistas ya no eran nada más que ecos del pasado. Hubiese dado parte de su alma, de su historia, por haber tenido los medios que hoy en día existen en el campo de la investigación sobrenatural y vulgar, como los simples desaparecidos. Las numerosas redes sociales, los aparatos de rastreo, medios de información más eficientes, microchips que hacen prácticamente cualquier cosa para mejorar tus bases de datos y un sinfín de mejoras que jamás hubiese sospechado conocer. Los grandes medios que se poseían para investigar eran simplemente la intuición, un buen informante y horas buscando pruebas en miles de lugares. Talamasca no vio correcto destinar medios y esfuerzos a una desaparición. No era algo que tuvieran que conocer. Su trabajo era informar sobre casos sobrenaturlaes, desempeñar algún trabajo con ellos y nada más.

David Talbot tenía ante sí una caja llena de misterios que fue colocando en una pizarra. Colocó una línea temporal y creó una historia. Había enormes huecos cerrados en falso. Habían confiado demasiado en el joven y nunca indagado en la historia del espectro, pues era violento y tan sólo destinaron recursos en librarse de él.

Después, con cierta desilusión, abrió el portátil para buscar el nombre en la red. Cada portal, cada nuevo sitio que investigaba, era para nada. Sin embargo, encontró una historia sobre un joven desaparecido. Era un hombre de unos setenta años, hablaba de su hermano que desapareció en las mismas fechas y que podía ser su hombre.

Por supuesto, tomó los datos y llamó por teléfono. Era tarde. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono sonaba al otro lado. Posiblemente aquel sujeto descansaba plácidamente en su dormitorio, entre sus frescas y cómodas sábanas, mientras la noche se iba y un vampiro insistía en saber su historia. Finalmente, tras varios intentos, el teléfono se levantó y una voz somnolienta habló a David con cierta molestia.

—¿Qué demonios es?—preguntó—. Son las cuatro de la mañana y la gente duerme. ¿Se ha muerto alguien? Porque si no hay ningún muerto no me interesa. Puede contármelo por la mañana.

—Es sobre su hermano. Conocí a un muchacho con su descripción, estudiaba y trabajaba duro. Cierto día tuvo la desagradable sorpresa y experiencia de toparse con un ente, el cual le persiguió un tiempo—explicó rápidamente para que tomara interés su llamada, no le colgara y adoptara otra actitud.

—Mi hermano era Richard Anderson.

—Lo sé, pero hay varios Anderson y pensé que podría ser otro. Necesito que me confirme ésta historia—David se desesperaba. El hombre parecía confuso ahora. Su voz había tomado un tono extraño, como si le costase recordar.

—Recuerdo una chica de cabellos negros, muy largos. Solía llevarme al parque. Yo era un niño, pero pronto sería un adolescente. Él estaba enamorado de ella, incluso salió un tiempo con la joven, y cierto día desapareció. Él parecía perdido, con los ojos hundidos y no paraba de lamentarse. Su carácter cambió. Pocas semanas después vi a mi hermano muy asustado y me preguntó si creía en fantasmas. No sé si le he podido ayudar—susurró aturdido y al borde de las lágrimas—. He vivido con esa carga toda mi vida. Nunca me han creído mis padres. Yo les dije que se lo llevó esa cosa...

—Nos reuniremos en la dirección que usted ha dejado. En ese punto de reunión en el parque Greenwich Park frente a las puertas del Observatorio Real—comentó el vampiro mientras anotaba para sí, en una pequeña libreta, el lugar y la hora— Diez de la noche. No puede ser otra hora. Mi horario es nocturno. Soy investigador.

—Comprendo—dijo—. ¿Qué le lleva a buscar datos?

—Ya le dije que conocí a su hermano.


Las horas parecían eternas para David. Pasaban lentamente. Cuando llegó al punto de encuentro no quiso mostrar su rostro. Cuando menos viese de él ese anciano era mucho mejor. Preguntó por la muchacha, su vieja dirección y su nombre. Consiguió los datos después de hundirse en sus recuerdos, pues aquel pobre diablo ni siquiera recordaba bien su edad. Se alejaron ambos prometiéndose colaboración y David terminó por aparecer en la dirección que le ofrecieron. Era una vieja casa, o mejor dicho mansión, que perteneció siempre a una familia de cierto estatus.

domingo, 11 de mayo de 2014

Reglas Rotas. Parte 2

Segunda parte de REGLAS ROTAS

Tarquin y yo hemos hablado, pero no ha sido nuestra mejor conversación; por supuesto Mona tuvo que dar su opinión al respecto. Sin embargo, no todo es tan simple. Rowan sigue lejos, los Taltos parecen tener un nuevo miembro y hay algo más oscuro detrás de todo. ¿Te atreves? 

Lestat de Lioncourt 


Caprichos

Dejado atrás mis miedos iniciales, así como mi asombro, podía imaginar los motivos por los cuales Tarquin había tomado una decisión tan errónea. Quería hablar con él en privado, sin que la arpía de Mona estuviese presente. Sabía que estaba conduciendo su vida hacia un desfiladero y pronto caería, y lo haría sin paracaídas. Sentía la necesidad de obligarle a meditar sus pasos y comprender sus errores, aunque imaginaba que era posible que se tomase mis preocupaciones a la ligera y sólo sonriera como si fuese un maldito estúpido. Odio admitir que en esos momentos me sentía preso del pellejo de Marius y entendí al fin todo lo que quiso decirme en su momento, pero ya era tarde para ir a buscarlo y rogarle perdón. No, no iba a pedirle disculpas por las discusiones terribles que habíamos tenido. Yo sabía que era absurdo.

Tras la horrible experiencia de haberme topado con un Taltos, y más aún con uno que parecía conocer cada íntimo secreto que yo le había confesado a Quinn, visité Blackwood Farm. Había vivido en aquella propiedad algunos meses y conocido bien a la Gran Ramona, Jasmine y su hermano, así como Jerome y otros familiares de mi hermanito. Todos ellos habían rendido tributo al amor y la hospitalidad, tal y como sabían, pero yo no estaba allí para escuchar sus viejas historias sino para alzar la voz y dar un golpe en la mesa.

—¡Tarquin Blackwood! ¡Sal inmediatamente!—arrojé aquella petición a su revuelta mente.

Aún tenía el sabor de mi última víctima en mis dientes, podía saborear sus pecados y notar como enriquecían la vileza de mi alma, pero esa satisfacción tan mundana se había amargado. No podía apartar de mi mente esos ojos azules, tan vivos e intensos, junto con ese ímpetu de encantador caballero y soñador.

—¿Qué ocurre?—preguntó abriendo la puerta principal de la vivienda.

Tarquin vestía con un traje de sastre gris plomo, una camisa cuello mao abierta en los primeros botones y unos mocasines italianos que yo mismo le había comprado. Sus manos fueron a sus bolsillos y tomó una pose relajada. Sus hombros estaban caídos, tenía una ligera sonrisa divertida en sus labios y el cabello caía ligeramente revuelto. Parecía haber estado entretenido en alguna lectura interesante, o simplemente administrando las cuentas con Jasmine.

Ah, la encantadora Jasmine se hallaba en la vivienda. Ya tenía más de cuarenta años, pero seguía siendo guapa y con unas piernas de vértigo. Ese “bombón de chocolate” había sido la primera mujer que había tenido mi hermanito en sus brazos. Me pregunté si llevaba alguno de los vertiginosos zapatos de tacón que solía usar y si se hallaba enterada de todo, pero luego supuse que contarle algo así a una mujer tan centrada sería una locura.

—He visto a tu monstruoso hijo—confesé.

El silencio se convirtió en una daga terrible. La pose confiada, y relajada, de mi hermanito pasó a ser tensa. Él apretó su mentón y me miró con la intensidad de un Mayfair. Juro por Dios que parecía un Mayfair de pies a cabeza. Sí, parecía uno de sus brujos y dejó de ser el jovencito delicado, a ser una bestia imprevisible. Un brujo de la familia Mayfair es peligroso, sobre todo cuando se enfurecen.

—¿Y? ¿A caso eso te tiene que importar? Me lo dices como si fuese un pecado—dijo sin siquiera titubear—. Si no tienes más que decir, por favor, te invito a que te marches de inmediato.

—Sí que tengo que decir—respondí colocando mis manos en la cintura mientras fruncía el ceño, meneaba suavemente la cabeza e intentaba contenerme de algún modo. No sabía como decirle que me enojaba su estupidez y dependencia hacia Mona; aunque debo señalar, y destacar, que incluso yo caigo como un idiota ante una de sus encantadoras sonrisas y escotes.

—No me interesa—respondió girándose para entrar en la vivienda, pero no le dejé.

—Le cumples todos los caprichos sin siquiera rechistar. Ni siquiera piensas que podría estar bien o mal. ¡Sólo te importa cumplir sus deseos! Tarquin ¿no ves que está destruyendo New Orleans con sus caprichos?—él no se giró, pero noté como sacaba las manos de sus bolsillos y las apretaba con ansiedad—. Hermanito, nunca me ha gustado ser brusco contigo, ¿pero no tiene suficiente drama ya vuestra historia? Traer un Taltos, nada más ni nada menos que un Taltos, al mundo es un peligro. Sabes lo rápido que procrean, lo horribles que pueden ser y que del mismo modo son frágiles.

—¡Calla!—dijo girándose para mirarme con una expresión terrible.

—Sabes que es cierto...

—¿Te has planteado si también es algo que yo deseo?—preguntó—. Te apresuras a realizar juicios precipitados, sin fundamento alguno, y la acusas de manipularme. Mona es seductora, es cierto, pero yo no soy ese chico estúpido que todos creen. Puedo ser un muchacho criado entre algodones, aunque retirado del mundo, pero la vida, o mejor dicho la no-vida, me ha hecho cambiar. Amo a Mona y será mejor que no te interpongas en nuestra familia—dijo sin siquiera titubear—. Buenas noches y gracias por tu preocupación, ahora puedes irte y no volver.

—Hermanito, te estás equivocando—susurré defraudado, pues no conocía al ser que me estaba hablando. Podía desenvolverse como él, hablar y sonar, pero no era Quinn.

—Buenas noches—se giró y entró en la casa.

¿Qué hice yo? A parte de maldecir, y sollozar, me marché. Me fui de allí sin mirar atrás, aunque con el alma rota. Me había decepcionado, pero comprendía que el amor ciega. ¿No había estado ciego miles de veces? Amé a Claudia y ella me destrozó. Sin duda alguna me destrozó. Quizás él necesitaba ser destrozado, ver las consecuencias, y arrepentirse pidiendo clemencia.

Al llegar a mi mansión, no muy lejos de las propiedades de los Blackwood, me hallé a Mona en el jardín. Se encontraba en mitad del sendero con un hermoso vestido blanco, que casi no cubría su pequeña y bien formada figura, con unos vertiginosos tacones de aguja que, al igual que el vestido, eran blancos. Tenía el pelo suelto y una suave brisa lo movía como si fuera una llama. Podía notar su molestia, como si supiera que había hablado con Tarquin.

—¡Cómo te atreves!—gritó antes que me acercara más a ella.

—¿A qué?—dije con las manos en los bolsillos mientras la enfrentaba.

—¿A qué? ¡Has llamado monstruo a mi hijo!—estalló en furia y prácticamente parecía que el viento se ponía a su favor, pues las ramas de los árboles cercanos se agitaron violentamente por una ráfaga de aire.

—Un Taltos es un monstruo—respondí.

—El único monstruo eres tú—respondió acercándose a mí con una elegancia y soltura muy excitante; pero también estaba cargada de ira, por lo fuerte que pisaba.

—¿Yo? ¿Qué hice?—pregunté con una sonrisa amarga.

—Ser como eres. ¿Cómo te atreves a ir donde Tarquin? ¿Cómo?—decía meando la cabeza— ¿A ti que te importa? ¡No debería importarte!

—Es uno de los motivos por los que Rowan se marchó—sentencié provocando que sus pequeñas y finas cejas, las que rodeaba esos intensos ojos verdes, se fruncieran.

—¡Siempre Rowan! Hay algo más que Rowan, Lestat. Parece que no conocías al sexo contrario hasta que ella te hizo suspirar como una fulana. ¿No es así? ¡Admite que es cierto! Por Dios, se ofreció como una cualquiera—esas palabras arrastraban ira, veneno y crueldad.

—¡Cómo te atreves!—dije agarrándola de los brazos—. ¡Ella y yo nos amamos! ¡No hay nada malo en ello!—grité sacudiéndola, pero ella se pudo zafar y me abofeteó con fuerza.

—No vuelvas a tocarme—su nariz, salpicada de pequeñas pecas, se arrugó y me rebasó para marcharse—. Quizás tengas que aprender una lección tú, no Quinn. ¿Qué tal una lección de amor? Que la ames no significa que te ame, que te ame no te dará victoria sobre todos. Ella está con Michael y juraría que disfrutando de los tratos de Julien con Memnoch—se giró con una sonrisa traviesa en sus labios y siguió caminando—. Disfruta de tu amor, el cual no volverás a tener a tu lado. Patético.

Quise agarrarla y maldecir mil veces el haberle dado el Don Oscuro, pero de nada serviría. Me quedé allí intentando no llorar. No deseaba que ella supiese que me había hecho daño sus palabras, así que cuando logré echar a caminar hacia el interior de mi mansión, subiendo los peldaños que daban a la puerta principal, me aguanté el terrible deseo de derramar lágrimas por Rowan. Sin embargo, una vez dentro de casa y en completa soledad, me eché a llorar como un niño.

Aquella noche dormí en mi lecho, rodeado de viejas cartas que yo mismo había escrito sin remitente alguno. Había escrito tanto, tantas cosas y todas ciertas, sobre mis sentimientos hacia Rowan, su horrible despedida y el terrible dolor que sentía en mi pecho. Quería volver a estar con ella, pero eso era casi imposible. No podía soportarlo.

La noche siguiente, después de pasar gran parte de la mañana sollozando, fui despertado por una presencia desconocida que se aproximaba hasta mi vivienda. Me incorporé y revisé mi rostro en el espejo, al verlo cubierto de lágrimas decidí enjuagarlo y salir al encuentro del susodicho.

Puedo asegurar que nunca me había topado con él, aunque sí había escuchado sobre su historia de boca de Quinn. Con quien sí había tenido algunas palabras, pero hacía demasiado tiempo, fue con su primera creación. Arion, el padre inmortal de Tarquin y compañero de Petronia, se aproximaba por el sendero mientras yo salía a su encuentro. La primera impresión fue intensa para mí, pues jamás había visto a uno de los nuestros con esos rasgos de ébano y cabello tan rizado.

—¿Podemos hablar?—preguntó con un tono sosegado y un acento extraño. No puedo decir que fuese napolitano, pero se acercaba—. Necesito hablar, pues la situación es insostenible. He descubierto cosas terribles y sólo tú puedes ayudarnos, por favor.

Me pedía ayuda, pero no sabía para qué. Sospeché que podía ser sobre Tarquin, así que simplemente hice un gesto suave con mi cabeza invitándolo a entrar en la mansión. Él abrió su chaqueta, para quitársela, y echársela al hombro. Vestía de negro riguroso, salvo por su camisa café, usando tirantes en vez de cinturón. Sus zapatos estaban algo sucios, quizás por haber viajado, pero él parecía un hombre de negocios. Jamás pude creer que hablaríamos, él y yo, de un tema tan delicado; aunque si tengo que ser sincero, pues creo que la situación lo amerita, jamás creí que podríamos estar en contacto y menos frente a frente.

Aquella noche hablaría con él comprendiendo su preocupación, pues el asunto era mucho peor. Decidí que debía llamar en reunión a todos en un aquelarre distinto. Debían venir vampiros fuertes, cercanos a mí, y también otros que pudiesen imponer cierta sensatez. El problema era reunirlos a todos y que las diferencias, de unos con otros, quedasen salvadas.

—Te agradezco que escucharas mis palabras—dijo tomando mis manos entre las suyas—. ¿Puedo pedirte otro favor?

—Por supuesto—respondí.

—¿Puedo descansar bajo tu techo? Me desagradan terriblemente los hoteles—cuando sonrió, porque no lo había hecho hasta entonces, pude ver sus hermosos dientes blancos y cierto brillo de sosiego en sus ojos oscuros.


—Gracias, sabré valorar tu apoyo—sus palabras no sólo eran sinceras, sino que me abrumaron. ¿Valorar mi apoyo? No tenía porque hacerlo, pues ayudar a Tarquin era algo que se me daba bien.  

lunes, 24 de junio de 2013

Vacaciones de verano Parte 2

La mañana resultó inquietante para mí, Louis se hallaba a mi lado pero no ocupaba mis pensamientos. Agradecía que con él no tuviese esa intimidad, pues sabía que sería para él un motivo para torturarme y echarme en cara miles de cosas que no hacía, pero que en realidad hacía a escondidas. Sólo podía pensar en ella con un encantador recogido, sus hombros desnudos y su cuerpo recostado en una enorme cama en París haciéndome sentir el calor de su cuerpo.

Sabía que muchos hombres confundían su fortaleza con frialdad, igual que ocurría con mi madre. En ese instante me percaté que ella era el tipo de mujer que siempre había deseado a mi vida, la cual me haría temblar con tan sólo mirarme y me tendría seducido con un par de palabras sensuales susurradas cerca de mi oreja. A corta distancia se podía ver el cambio en los ojos de Rowan. Su mirada seductora a veces, ilusa igual que una niña, enigmática cuando callaba guardando verdades dolorosas o simplemente cargada de espinas, fuerte cuando estaba decidida y fiera en la cama.

Soñé con ella desnuda, a mi lado, acariciando mi pecho desnudo y dejando surcos cerca de mis pezones. Su risa suave, encantadora y refrescante, me hacía sentir vigoroso. El perfume de sus cabellos golpeaba mi nariz y sus pechos llenos me tentaban. Al despertarme, me encontré al lado de Louis pegado a mí envuelto en las sábanas que yo mismo había elegido hacía mucho tiempo. Podía jurar no amarlo, pero mentía, sin embargo no era tan intenso como con ella. Ella me hacía sentir vivo, como un jovencito que acaba de conocer a la mujer de sus sueños con la que ha deseado estar desde que se le cayeron los dientes de leche.

Salí de la cama dándome una ducha fresca porque la humedad me hacía sentir pegajoso y aturdido. Me coloqué una camisa de hilo, tomé uno de mis encantadores trajes de lino y añadí unos mocasines cómodos que me hacían sentir caminar sobre las nubes. Mi equipaje era mi billetera con mi talonario, tarjetas de crédito y la fotografía de mis hijos junto algunos dólares. También, de casual, llevaba el teléfono móvil pero acabé dejándolo en la entrada. Si quería comunicarme con la casa lo haría, pero no deseaba que nadie interrumpiese nuestras vacaciones.

En menos de media hora, gracias al don del vuelo, estaba en la casa de First Street acomodando mis cabellos y contemplando como ella salía de la casa casi de puntillas para correr a mis brazos. La verja estaba abierta y sus pies descalzos eran encantadores. Tenía unos tobillos bonitos, muy bonitos, y unas piernas largas que marearían a cualquiera. Llevaba puesto un vestido rojo que yo le había regalado, no era muy ceñido y tenía una falda de tablilla con algo de vuelo. Se veía igual que una amapola en medio de un campo de trigo; pero yo la contemplaba como el niño que ve la luna después de saber que no está hecha de queso, sino de un material similar al que tiene los sueños. En sus labios había una hermosa sonrisa y sus manos se pegaron a mi espalda al fundirse conmigo en un abrazo.

-Lestat- su voz era tan atemporal y seductora que me hizo sentir fiebre- Están todos dormidos.

Tomé su rostro con mis manos, las cuales parecieron grandes aunque eran finas, y la besé en la frente antes de tomar sus labios domando éstos entre los míos. Ella respondía con la misma intensidad abrazándome con sus delgados brazos mientras sentía sus pechos pegados a mi torso.

-Te amo, Rowan- una verdad dicha mil veces pero que sentía más rotunda en esa noche, la de San Juan-. Hoy, en ésta noche mágica nos iremos lejos, muy lejos, a sentir un hechizo superior a cualquiera.

Se apartó de mí para colocarse sus zapatos de tacón bajo, pues le había pedido ropa cómoda para el vuelo. Me sentía Romeo y ella mi Julieta y estaba a punto de entonar los versos que él le decía bajo el balcón, pero simplemente la tomé entre mis brazos rodeándola por la cintura.

-Todo ésta listo- murmuró apoyando su cabeza en mi hombro antes de sentir como nos elevábamos.

Sería un viaje con escalas, posiblemente haríamos un descanso en el caribe donde la invitaría a bailar ritmos calientes, pero nuestro destino era sin duda París. Había decidido llevarla al lugar donde todo empezó para mí, mostrarle mi mundo porque yo conocía el suyo y ella debía conocer el mío, al menos así lo sentía.

La miraba a los ojos sintiendo como ascendíamos suavemente con gracia, sin un ápice de miedo en sus ojos y con una sonrisa franca en sus labios. ¡Cuánto la amaba! Jamás me había dado cuenta que ella era capaz de volverme loco con tan sólo una sonrisa, ni siquiera con una mirada o una palabra. Muchas veces no era consciente del deseo que ella me despertaba. Sus pestañas parecían más oscuras cuando miraba hacia abajo sin miedo alguno, con una temeridad propia de una mujer como ella. Sus cejas parecían también algo más oscuras, pero era porque la noche oscurecía sus cabellos igual que lo hacía con los míos.

-Fíjate allá abajo en las luces que se encienden y se apagan. En alguna casa habrá un niño llorando, en otros jóvenes discutiendo con sus padres, quizás una mujer que camina hacia su ordenador para disponerse a ver algún e-mail del trabajo, un hombre que no puede dormir, un niño que corretea por el porche o quién sabe un hombre enamorado que escribe una carta romántica como las que ya no se dan. Y yo, yo estoy aquí contigo contemplando ese jardín salvaje con sus historias pequeñas entrelazadas unos a otros como una enorme tela de araña -guardé silencio unos segundos y continué mirándola a los ojos-. Soy el ser más feliz en éste mismo instante porque puedo compartir ésto contigo.

Ella sólo rió tomándome del rostro mientras yo la sostenía firmemente, sus manos estaban algo frías pero eran tan delicadas como si fuese de porcelana. Sus labios rozaron los míos y sentí el ardiente deseo de poseerla allí mismo. Una bocanada de aire caliente proveniente de un avión cercano nos azotó. Posiblemente seríamos una imagen curiosa e imposible para aquellos que por una fracción de segundo nos hubiese visto, o más bien descubierto, entre las pequeñas nubes.

-Yo tan racional y tú tan loco, es muestra evidente que los polos opuestos se atraen- dijo mirándome la boca como yo miraba la suya, para deslizar ambos la mirada hasta perdernos uno en el otro.

-Amo eso de ti, igual que amo tu fortaleza a la hora de decir lo que crees. Te quiero- hundí mi rostro entre sus cabellos recogidos y noté como el viento los soltaba. Fue un instante perfecto porque sus cabellos azotaron mi rostro dejándome con su perfume.

-Yo también a ti Lestat- dijo con voz temblorosa, como si tuviese miedo, pero pronto recobró la compostura y se mostró firme- Yo también te amo.

Volamos por más de una hora y al pisar suelo firme sentí que estábamos en cuba, justo en el centro de la Habana. Reí al recordar un largometraje infantil que había visto por casualidad hacía años, uno sobre vampiros sueltos en la Habana, y recobré la compostura cuando ella me miró con aquellos enormes ojos que me pedían ser admirada.

-Pararemos aquí, necesitas reponerte de ésta hora aferrada a mí y también ¿por qué no? Por favor, deja que pase algunas horas bailando contigo sin importar nada, hundiéndonos en la locura de un ritmo caliente y sensual como eres tú en realidad -ella simplemente acarició mis cabellos echándolos hacia atrás para hacer lo mismo con los suyos y después me tendió su mano. Era un sí a mi propuesta.

-Debo estar loca al permitirte que bailes conmigo-respondió.

Ah, sí. Era encantadora en su leve rubor y sus labios marcados por una sonrisa dulce que la hacía aniñada. ¿Cuántos años tenía ya? Ni los recordaba porque no los aparentaba. Tal vez la convertía al término de nuestras vacaciones, haciéndola mi amante y confidente para siempre. Sin embargo, no sería mi sangre sino la de David. Era demasiado poderosa, demasiado, y temía que ella quedase fría y cínica como era la mayoría del tiempo Louis.

Entramos en un local con gran ambiente y ella parecía destacar por su belleza extraña. Sus ojos grises contrastaban con los de color café, negro e incluso miel que la mayoría poseía. El cabello rubio natural no era muy habitual en la isla. Allí todos eran color chocolate, café, tostado o simplemente cierto tono dorado en unas pieles bronceadas por los largos días al sol. Mi piel blanca tan lechosa les causaba estupor, pero más ella que parecía fuera de lugar pero me cumplía un capricho. Allí no éramos el inmortal Lestat y la bruja Rowan, sino una pareja de vacaciones deseando sentir el ritmo. Y vaya si lo sentimos. Pronto ella se dejó llevar intentando desinhibirse, aunque terminó girándose hacia mí ocultando su rostro. Lo comprendí, no era su ambiente ni el lugar propicio para relajarse, pero me admitió una copa en la barra.

-No debí hacerte caso- comentó antes de ver como el mojito se presentaba frente a ella con canela en rama como adorno. Un aderezo hermoso, algo no muy típico, pero que ella agradeció moviendo suavemente el hielo pilé mientras me miraba.

-¿A bailar o a éste viaje?-pregunté temeroso.

-Baile, el viaje me parece fascinante que me lo pidieras- dijo bajando la mirada antes de dar un trago.

Me sentí triste porque supe que después de tantos años a penas había hecho nada por ella. La dejaba envejecer y se sentía olvidada. Sin embargo, había sido padre con Louis y temía que él hiciese algo con los niños como venganza en cierto modo. Pero ahí estaba, con ella, en un local de cuba sintiendo los ritmos calientes del sur. La salsa y el merengue se mezclaba con sones totalmente cubanos.

-Vámonos- dije cuando tomó el último sorbo-. Quiero que veas algo.

Dejé un par de billetes que seguramente era una fortuna en comparación con el precio de la bebida, la saqué casi arrastras debido a la aglomeración que allí se vivía y al salir ella me besó. Ambos quedamos en mitad de la calle bajo el luminoso que me hacía parecer un ángel con los cabellos casi blancos, una piel increíblemente blanca aunque era más tostada que la de otros inmortales debido al Gobi, y aquellas cejas que se fruncían mientras ella mordía mi labio inferior tirando de éste. Un beso de adolescentes en mitad de la Habana, camino a ninguna parte.

Al ponernos de nuevo en marcha sentí la extraña sensación que tras el viaje las cosas no serían iguales, todo cambiaría. Me alcé por las nubes, hacia un cielo casi estrellado y con una enorme luna de San Juan contemplándonos siendo cómplices de nuestra huida. Hicimos otra escala en las Islas Canarias, justo en Fuerteventura donde el paisaje nos hizo sentir en mitad del paraíso. Allí, en mitad del silencio, nos recostamos en la arena mientras la contemplaba con complicidad acariciando entre sus piernas.

Ella no se resistió y abrió sus piernas mientras yo sentía su calor. Mis dedos fríos acariciaron la costura de sus pequeñas bragas de encaje que deliciosamente se echaron hacia un lado. Sentí su humedad y su boca buscó la mía rodeándome con sus brazos. Una mujer activa e intensa que se regalaba al hombre que tanto la amaba, como si estuviese embrujado pero en realidad cualquier hombre lo hubiese estado frente aquel par de ojos, labios algo gruesos y cuerpo incitante.

Allí, entre la arena suave y blanca, bajé mi bragueta y entré en ella ofreciéndole la pasión que contenía. Sus gemidos eran como los de una fiera que desea ronronear, clavar sus garras y controlar al macho que la cubre con la mirada y el ritmo de sus caderas. Sus pechos llenos se salían del escote y ponto, gracias a mis manos estuvieron completamente fuera de su sujetador. Sus pezones rosados y duros me hicieron pellizcarlos, lamerlos y besarlos.

Después de aquellos momentos hice que recobrar el aliento y la acomodé junto a mí para llevarla finalmente a París. Nos esperaba un hotel lujoso lleno de atenciones y comodidades. Un champán estaba enfriándose para nosotros, la cama situada hacia la ventana con vistas a la Torre Eiffel y las cortinas moviéndose suavemente con encanto. Eran de seda, como a ella le gustaban las cortinas, y blancas como las nubes que habían acariciado sus cabellos de puro trigo.

Reconozco que allí también lo hicimos, permití que ella diera rienda suelta a sus deseos mezclados con los míos. Teníamos una química incontrolable y no podíamos detenernos.



jueves, 28 de febrero de 2013

Lo inesperado - Parte 2


-Parte 2-

Discusión


Mona se relamía sin mostrar ni un remordimiento limpiándose solamente la comisura de los labios con la mano derecha. Con suavidad terminó incorporándose mientras comenzaba a entablar cierta conversación. Si bien, yo intervine primero intentando calmar el tenso ambiente que se estaba dando.

-¡Madita sea!-vociferé moviendo mis brazos golpeando el aire-. Louis... no ha pasado nada, realmente ha sido un terrible error... movido por mis celos- intentaba disculparme vagamente, pero sólo empeoraría las cosas-. Pensé que fuiste con David buscando una aventura

-Louis espera -avanzó hacia éste situándose frente a él- por tú bien no digas nada de esto. Si lo haces no me haré responsable si tu hermoso perrito desaparece misteriosamente y tú estadía en este lugar se vuelve miserable... por tú bien cierra la boca-aquellas amenazas me desconcertaron.

Ella había sido capaz de amenazar a Louis con la muerte del cachorro que le había obsequiado hacía tan sólo un par de meses. Era una cría de Mojo, que a su vez era un glorioso descendiente del primero que encontré en mi aventura con el ladrón de cuerpos. Por ello, me giré rápidamente hacia ella atónito mientras escuchaba a mi pareja responderle.

-Tú ni te atrevas a hablarme, zorra -pasó de largo empujándola con su cuerpo- ¿Quieres a Lestat? Por mi quédatelo, suficiente tengo con una bruja como para soportar a otra.

-¡No amenaces a Louis con Byron!-la agarré del brazo zarandeándola para luego propinarle una bofetada- ¡Eso sólo hará que empeore todo!

-¡Tú me deseabas! -grito ante el agarre e intentó huir de él. Sus cabellos se agitaron notablemente al igual que los míos. Nuestros largos flequillos provocaron que nuestras miradas airadas quedaran levemente ocultas- ¡No mientas que eso ahora no te corresponde! ¡Y si lo amenazo es porque el se metió en esto!-su voz se alzaba con furia golpeándome con insistencia.

¡En qué se ha metido!-pregunté profundamente molesto, y con un tono elevado, mostrando sus colmillos de forma amenazadora-. ¡Me dijiste que se había ido con David! ¡Pensé que su amenaza era cierta! ¡Sólo me dejé llevar! ¡Maldita sea Mona!-gritaba temblando sin dejar de agarrarla de nuevo por los brazos-. ¡Deja de amenazar a mi pareja!

-¡Estoy harto de esto, por mi váyanse los dos al maldito infierno! Y tú, Lestat, desde hoy estas muerto para mí- me miró con profundo odio y desprecio que se caló en mi pecho provocando que me atragantara con las palabras que querían salir de mis labios. Me dolió más que cualquier palabra que él pudiese decir.

-¡Louis!-fui hacia él tomándolo del rostro-. No Louis, no puedes decir eso en serio... estás enfadado y sólo... bueno sólo hablas tonterías- quería asegurarme que era eso, pero simplemente no podía ya siquiera creer lo que decía.

¡Ni te hagas al santo que te revolcaste con mi tío Michael! -respondió gritando provocando que me girara rápidamente hacia ella.- ¡Lestat vuelve aquí no puedes dejarme así! ¡Él es un mentiroso se ha revolcado con Michael gritando como una puta cualquiera!

-¡No hablo tonterías! -decía arrebatando mis manos de su rostro- ¡Quédate con tus zorras que no deseo nada de ti!-vociferó-¡Nada!-añadió.

Ya estaba petrificado apartando sus manos de su cara, mientras la decepción y la ira cubrían todos mis pensamientos. No podía creer a Mona pero todo cobraba sentido. Era demasiado doloroso saber que algo así podía ocurrir realmente.

-¡Dime que es falso! ¡Louis! ¡Dime que es falso!-acabé agarrándolo por el cuello de su camisa pegándolo contra una de las paredes del hall. Acabé por mirar completamente iracundo a mi amante-. ¡Dime que es falso Louis!

Mi hermanito terminó llegando saliendo del coche deportivo último modelo. Era un vehículo de mi propiedad que solía prestarle para sus desplazamientos. Él no necesitaba que yo le dejara nada, pero ese modelo era una auténtica delicia y pocos habían sido los fabricados con todas las prestaciones de gama alta como aquel. Era una maravilla de color carmín, descapotable, y con unas llantas impolutas que había cambiado nada más salir de la fábrica. Amaba esas llantas plateadas tan resplandecientes que parecía engarzada con diamantes.

Se abrió paso hasta nosotros escuchando los gritos que provenían de la Mansión. Cuando subió los escasos peldaños hacia el porche quedó parado esperando una respuesta aceptable a su tímida pregunta. Juro que cuando lo vi ahí parado me sentí miserable.

-¿Ocurre algo?...

-¡Quin, tú quédate atrás! -señalizó a su esposo para que no avanzará- Oh sí Lestat, los vi durante su primera pelea revolcándose con él. Anda Louis, di que mi tío no te satisface, miéntele como lo has hecho hasta ahora.

-¿Y todavía te atreves a dudar? -me soltó un puñetazo en el rostro mientras tenía la mente dispersa, y lo sentí como un golpe a traición- Púdrete imbécil, maldito sea el momento en el que se me ocurrió ir a comprarte algo por tu buen comportamiento... maldito seas tú por creerle más a esa bruja... te desprecio

-¿Qué rayos ocurre? -frunció el ceño observando a todos terriblemente confundido. Yo deseaba que él no se percatara de todo lo que sucedía.

-¡Bruja a mucha honra!-le sacó la lengua en un gesto totalmente irreverente y acabó abrazándome.

-¡Nada!-repliqué a mi hermanito, aún con el golpe en el rostro mientras se deshacía de ella- ¡Louis! ¡Por favor!-ya no sabía a qué apelar, me había comportado mal y no sólo con Louis sino también con Quinn...-¡Louis cásate conmigo!

Y eso fue sin duda lo único que parecía querer Louis desde siempre, quizás con algo así él se olvidaría del resto. En su tonto pensamiento creyó que finalmente él aceptaría, todo se resolvería y tan sólo tendría que pensar concienzudamente como alegar demencia temporal.

Mona saltó como si estuviese subida en un resorte, rápidamente me propinó una bofetada y se negó al enlace en un grito insufrible.

-¡No puedes casarte!-exclamó.

-¡Puedo si quiero!-repliqué furioso aún sin pensar con raciocinio, aunque eso de pensar no se estilaba demasiado en mi. Era un hombre de impulsos y no de pensamientos.

-¡No puedes!-gritó histérica.

Louis detuvo su andar al escuchar sus palabras. Para él esas palabras que tanto deseó escuchar se habían convertido en polvo. Buscó en su lengua las palabras más hirientes y pronto me las lanzó como un cuchillo.

-Cásate mejor con tus putas, no deseo nada de ti...-susurró con voz rasposa debido al sufrimiento que sentía-y Quinn, ve dándote cuenta de la clase de mujer que tienes, si fuera tú me divorciaría-sentenció con rabia.

Mi buen amigo terminó por girarse hacia su esposa y la miró con un trago amargo. Aquella revelación provocó que su corazón pendiera de un débil hilo. La mujer que había amado desde su adolescencia, la chica que robó todos sus deseos y esperanzas, había vuelto a sus andadas.

-¿Mona?...-balbuceó esperando que ella respondiera a las acusaciones vertidas por Louis.

Mona parecía estar fría, completamente congelada, frente a su amante que parecía derrumbarse como un castillo de naipes. Mona se había quedado sin aire, sin palabras, sin nada.

-Quinn... yo...


Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt