Un archivo de Talamasca que ha logrado recuperar David Talbot para todos nosotros, ¿quieren leerlo? Atrévanse.
Lestat de Lioncourt
Corría el año 1968, en pleno tórrido
verano, cuando el joven Eduardo Gomez desesperaba en su pequeño
apartamento. El abrumador calor de aquellas noches había impedido
que descansara. Los grillos cantaban con fuerza y no había siquiera
un poco de esperanza en una brisa pasajera. El sudor cubría su
frente, entumecía sus músculos y el agotamiento era tal que ya
prácticamente no podía moverse de su cama con las sábanas
empapadas. Esa noche había ido tres veces al baño, para tan sólo
introducirse bajo la ducha e intentar mitigar su desesperación.
Tenía los párpados pesados, el sueño
estaba llegando al fin como si fuera una dulce nana, cuando escuchó
voces que le susurraban desde el otro extremo de la habitación.
Eduardo vivía solo desde hacía más de un año, cuando su compañero
de piso desapareció sin siquiera saldar las deudas que tenía con
él. Harto de tener malas experiencias compartiendo hogar decidió
vivir solo, con algo de dinero en sus bolsillos y nada más. Así que
aquello era imposible. También escuchó pasos mientras sentía que
el sueño le podía. Su cuerpo estaba entumecido y ni siquiera podía
defenderse con algo más que gemidos desesperados por despertarse.
Había alguien, o algo, en la habitación y él no podía hacer nada.
El sueño cayó como un telón de hierro.
La mañana llegó. El murmullo del
tráfico le sobresaltó. Nada malo le había pasado, o eso creía. Se
sentía mareado, pero creyó que era por el sudor. La cama estaba
empapada. Sin embargo, cuando miró a su alrededor no era sudor lo
que allí había sino sangre. Tenía el cuerpo cubierto de arañazos
profundos, los cuales parecían haber sido hechos con las garras de
un terrible animal. Rápidamente se dio una ducha para observar sus
heridas con horror. Su rostro estaba avejentado, pálido y sus
cabellos algo más largos. Caminó torpemente por el apartamento y
comprobó que las escasas plantas que tenía, un par de macetas que
le había regalado su madre, estaban mustias. El polvo cubría la
mesa del salón, la comida de la nevera estaba podrida y comenzaba a
estar nuevamente mareado. Quiso llamar a urgencias, pero no tenía
línea. Tal como estaba, con tan sólo unos calzoncillos empapados en
sangre, salió al pasillo y gritó ayuda. Después, se desplomó.
Al despertar al día siguiente en el
hospital, tras varias transfusiones de sangre y puntos de sutura,
supo que había pasado casi un año desaparecido. Incluso habían
estado registrando su casa y allí no había nada ni nadie. Él no
guardó silencio sobre la voz que oyó, indicó que alguien entró en
su apartamento posiblemente forzando la puerta, pero la cerradura
estaba intacta. Eduardo no regresó a su apartamento, regresó a su
pueblo natal y se instaló en la vieja casa de su madre. Allí, meses
después, volvió a desparecer y nadie más supo de él.
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