Pequeñas memorias de Armand sobre Benji. El pequeño, o más bien el muchachito, que una vez conoció ya creció aunque a Armand le cuesta asimilarlo.
Lestat de Lioncourt
El silencio sólo estaba siendo roto
por la melodía que surgía de los dedos de Sybelle. Aquel edificio
era muestra de un legado que yo había vendido por piezas, aunque
permanecía teniendo el control en una enorme torre de hermosas
habitaciones, con un despampanante casino, boutiques de lujo,
gimnasios equipados con las últimas máquinas del mercado y varios
restaurantes que tenían el encanto de París y Roma. La habitación
poseía suelo de mármol de gran calidad, unas suntuosas cortinas
caían lánguidas a ambos lados de los gigantescos ventanales y los
espejos estaban situados en zonas concretas con sus encantadores
marcos dorados, así como las alfombras de elegantes estampados y los
muebles de gran calidad. Había habitaciones como esa en todas las
plantas, aunque algunas tenían distinta distribución y otras eran
más minimalistas, buscando lo práctico y no sólo la elegancia de
otras épocas pasadas.
—¿Vamos a quedarnos aquí?—preguntó
observando la concurrida avenida que yacía a sus pies. Cientos de
vehículos de alta gama, mujeres con sus mejores prendas y hombres
intentando dar la talla en un mundo de lujo, vacaciones perpetuas y
confort—. New Orleans era más bucólico, pero aquí podré robar
con mayor facilidad.
—No necesitas robar—dije apoyado en
el piano mientras ella tocaba.
—Es divertido, no es sólo
necesidad—susurró dejando escapar un suspiro tedioso de sus
hermosos labios, los cuales prácticamente tocaban el cristal.
—Benji...—murmuré alejándome del
piano para caminar hacia él.
Parecía todo un hombrecito con aquella
chaqueta hecha a medida, era en color blanco y resaltaba su piel
tostada. Debajo llevaba una camisa también blanca, la misma camisa
que le había comprado hacía unos días después que él la
sustrajera de una tienda de moda masculina. Llevaba unos jeans de
vestir y unas deportivas muy cómodas, pero igualmente elegantes.
Acaricié sus cabellos alborotados y besé su cuello, para luego
abrazarlo pegando su espalda a mi torso.
—Te preocupas por mí y ya no soy un
niño—tenía el semblante serio, los ojos cerrados y el mentón
algo apretado. Poseía un encanto especial aquel rostro tan perfecto,
con esas pestañas negras pobladas y sus sensuales labios gruesos. Si
hubiese esperado unos años, tan sólo unos años, habría rebasado
con creces mi tamaño y me miraría por encima del hombro. Sin
embargo, tenía el tamaño perfecto para que yo lo abrazara olvidando
por completo todo el dolor—. No soy un niño al que dar consejos,
cuidar que no robe y ofrecerle una educación cuidada.
—¿Y qué eres?—pregunté
observando nuestro reflejo desdibujado en el cristal—. Un
jovencito, supongo.
—Un hombre adulto, con pensamientos
adultos. Ya hablamos de ello, pero se te olvida fácilmente—me
apartó y me miró a los ojos con tristeza—. ¿Hasta cuando?
—Mi ángel bizantino—susurré
estirando mi mano derecha, para tocar con la punta de mis yemas sus
mejillas—. Benjamín, mi pequeño, eres muy joven o quizás yo ya
soy muy viejo para...
—¿Para aceptar el paso del
tiempo?—interrogó—¿Para qué? Dímelo, Dybbuk.
—Sí. Deseo verte como un hombre pero
fue hace poco cuando nos conocimos. Parece que todo fue ayer, que
rezabas para que apareciera como si fuera un ángel liberador de
maldades. Y en realidad, no liberaba sino que la concentraba—lo
tomé del rostro con ambas manos, deslizando mis dedos por sus
mejillas hasta la comisura de sus labios y después los bajé a su
mentón—. Tan hermoso, entre niño y hombre. Los hombres y los
niños no son lo mismo, los jovencitos son distintos. El paso entre
ambos es una mezcla entre la masculinidad y la inocencia. Posees ese
encanto.
—Tú también—respondió,
apartándose de mí dándose media vuelta.
—Vaya, gracias.
—¿Me amas?—murmuró—. A pesar de
lo ocurrido... Yo...
—Siempre—dije tendiendo mis manos
hacia él, con los brazos abiertos. Él pareció percatarse, se giró
y me abrazó.
Las suaves notas del piano de Sybelle,
las cuales tocaba enfundada únicamente en un camisón, parecían
salir de un concierto especial en uno de los teatros más fabulosos
de la zona. Allí, en el piso más alto, sentía la presencia de
Daniel en los departamentos inferiores, concentrado en su labor,
mientras que ellos parecían muñecos perfectos de sus casitas y yo
el niño que juega con todo ajeno a que mi hora podía estar cerca.
Sin embargo, sé que mi hora jamás llegará, igual que nunca lo hará
para ellos. Eternamente convertidos en ángeles de mármol, con
lágrimas en los ojos y una sonrisa arqueando nuestros labios.
Benjamín tomó asiento al lado
izquierdo de Sybelle, yo lo hice en el lado derecho. Ella quedó en
medio de ambos como si fuera escoltada por dos ángeles guardianes.
Las rápidas manos de mi muchacho bajó una de las finas tirantes del
camisón, se inclinó sobre ella y besó su hombro. Yo hice lo mismo
con el hombro contrario, pero también deslicé mi mano izquierda por
debajo de la falda. Palpé su escasa ropa interior, rozando el encaje
elaborado. Él me miraba directamente a los ojos, su boca rozaba el
cuello esbelto de nuestra excepcional pianista y finalmente depositó
un beso en su mejilla.
Con una de mis finas uñas rompí la
delicada tela que sujetaba por los lados la prenda, quedando
despojada de tan erótica ropa interior. Sus dedos seguían
moviéndose por el piano, pulsando cada tecla con una pasión
encendida. Sin embargo, él decidió apartarse y marcharse a su
habitación. De inmediato paré aquel juego y fui tras él. Ella
suspiró aliviada, pero yo no lo estaba.
—Benjamín—dije apoyado en la
puerta.
—No estoy de humor—susurró con la
voz tomada.
De inmediato abrí la puerta con mis
poderes mentales, entré y me senté a los pies de su cama. Era una
habitación amplia, con cortinas de seda blanca y un escritorio
amplio con un ordenador portátil. La cama era bastante cómoda y yo
decidí recostarme a su lado, pegándolo a mí. Ambos vestíamos de
forma similar, teníamos el pelo con el mismo corte y nos mirábamos
a los ojos. De haber sido por sus distintos rasgos cualquiera diría
que éramos hermanos. Se echó a llorar en silencio y yo le abracé.
Todo lo que había ocurrido con Marius, su intento de propasarse con
él y mi rechazo ocasional, le dolía. Tan sólo pude hacer lo que
cualquiera hubiese hecho... abrazarlo y besarlo durante toda la
noche.
Mis labios rozaban su rostro abarcando
cada milímetro de éste, mis manos rozaban los cabellos de la nuca y
también sus hombros. Tenía mis brazos rodeando su cuerpo, pero él
también rodeaba el mío. Éramos dos niños perdidos en un mundo de
sombras, y lo seríamos para siempre. Besé sus labios casi al borde
del amanecer. Mi boca se hizo una con la suya y él se aferró con
fuerza a mi chaqueta. Nuestras piernas se enredaron, del mismo modo
que nuestras manos se unieron entrelazando nuestros dedos. Me juré
entonces que no permitiría que volviese a sentir la soledad, el
miedo, la angustia o el dolor. Lo hice de nuevo renovando mis votos
sagrados con él y conmigo. Él era el tesoro más preciado que
poseía, y él a su vez poseía mi corazón en sus manos.
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