Esto es para mí, de Nicolas para mí. No sé como tomármelo.
Lestat de Lioncourt
Recuerdo la perdición abriéndose paso
en mi corazón, desatando la ira y alejando el dolor de cada nota
musical que podía albergar en mis pensamientos. Mil y una noches
dediqué a hundirme en la oscuridad, sin siquiera la luz de tu
recuerdo. Atrapé moribundo el éxtasis de la pasión, la tortura más
deliciosa bañada en absenta y borgoña. Quedé seducido por las
partituras endiabladas que yo mismo firmé con mi sangre y el escaso
reducto de cordura que aún tenía atrapado entre mis dedos.
Me transformé en soldado de la soledad
y la fantasía, asesino de realidad y violinista del diablo. Dancé
desnudo entre miles de manos que acariciaron mi piel, para luego
caminar, en medio de ensoñaciones, sobre la blanca y pura nieve de
mi viejo pueblo. Convertí a todos en mis marionetas, tiré de sus
hilos y los doblegué como quien doblega a un amante en medio de un
ritual de sexo, violencia y desesperación. El cuervo del páramo de
mi alma graznó, se alzó sobre las tierras desérticas y agrietadas,
voló hacia las montañas y allí se echó a morir al encontrar la
tumba secreta donde se hallaba tu nombre.
Mírame. Enloquecí. Me convertí en un
ángel oscuro sin luz en la mirada, sin nada más que polvo en mis
manos y con el alma llena de fuego. Convierto simples palabras en
hechizos que atrapan almas humanas, agito mi cuerpo y lo retuerzo
mientras toco para otros que no son tú. Busco tu rostro entre los
palcos y los sillones cerca del foso, pero ya no estás ahí. Ni
siquiera el teatro debe ser real. Nada es real. Son sueños
desconcertantes donde me tientas con la fiereza de tu mirada,
mientras la nieve cae y el círculos de las brujas se ilumina con la
sangre que cae de tu boca.
¿Qué fue de mí? ¿Qué fue de ti?
¿Por qué nos dividió la vida? ¿Fueron tus colmillos o las notas
de mi violín? ¿Me convertí en un monstruo o sólo soltaste las
riendas que lo ataban? ¿Qué fue de todo lo que prometimos? ¿Dónde
quedó? Ni siquiera quedó rastro de la inocencia infinita que
encontré una vez en tus palabras, ni una sola huella. Desfiguré
todo lo que amamos, le puse una nueva máscara y lo traté como un
nuevo ser. Si me tocas, si observas los granos de café que poseo por
ojos, podrás ver ahogándose en llanto al muchacho que se pudría
porque deseaba ser amado. Tú me tocaste cada fibra de mi alma, la
cambiaste y luego me enterraste marcándome con tu nombre. Te
convertiste en mi cuervo, volaste lejos y moriste en cada dulce
recuerdo. ¿Por qué no regresaste? Sólo tenías que haberlo hecho y
habrías salvado a éste condenado a muerte.
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