Estas memorias son crueles, algo crudas, desgarradoras y llenas de sufrimiento. Pero, son las memorias más sinceras de Armand.
Lestat de Lioncourt
La noche era fresca y el jazmín que
colgaba del franco izquierdo de la casa llenaba mis pulmones. El
jardín trasero se encontraba en eterna quietud. Sybelle paseaba por
el principal, entre los setos, con los pies desnudos y el rostro
sereno. Llevaba uno de sus vestidos de seda que se pegaban a su
figura. Parecía una ninfa salida de las fuentes refrescantes que
llenaban de murmullos parte del recorrido. Las rosas estaban
abiertas, parecían eternas, pero no durarían mucho más. Pronto
llegaría septiembre y el encanto del jardín quedaría deslucido.
Los claveles de los balcones, de diversos y alegres colores, se
movían suavemente con la brisa. Era un paisaje bucólico a pocos
metros de una carretera algo polvorienta que daba a la vía principal
hacia New Orleans.
Benjamín hacía aproximadamente una
hora que había decidido salir. Marius estaba en la ciudad, se había
quedado en un coqueto apartamento del centro. Él quería averiguar
sobre algunas historias de un libro que le había obsequiado hacía
algunas semanas. La encuadernación era lujosa, poseía pan de oro y
estaba hecho a mano. Sin duda era antiguo y valioso, pero no le
importó desprenderse de él para que Benjamín pudiera saciar su
curiosidad sobre los días más oscuros del mundo, la época
medieval. Además, eran cuentos que se narraban de forma oral y que
los monjes los recogían con mimo en cada hoja. Marius sabía ganarse
el afecto con regalos, pues habitualmente sus modales nos alejaban a
todos de su figura dominante llena de sombras.
—Quiero tocar para ambos—me confesó
Sybelle girándose hacia mí—. ¿Volverá tarde?
—Hoy deseas tocar para
nosotros—sonreí completamente satisfecho. Sybelle era inteligente
e independiente, salvo en algunos breves momentos en los cuales
deseaba ser parte de algo. Para ella la música era su gran pasión,
había cientos de piezas que no interpretaba porque no las veía
rotundamente hermosas. La obsesión con “La appassionata”
provenía de los días más turbios de su vida mortal,
transmitiéndose hasta hoy como un estigma. Sin embargo, últimamente
ocurría el milagro que tocaba además algunas piezas distintas de
Mozart o Beethoven—. ¿Deseas que lo busque?
—Tengo miedo que esté metido en
líos—dijo aproximándose a mí.
Verla caminar es como ver a un ángel
descendiendo de los cielos, abriendo sus elegantes alas y rodeándote
con todo su amor. Apartó con sus largos dedos algunos mechones de mi
rostro, lo abarcó con sus manos frías y besó mi frente. Se
comportaba conmigo como si fuera Wendy y yo su eterno Peter Pan.
—Iré a por él—respondí decidido.
—Te estaré esperando en el salón,
tocando—susurró apartándose de mí.
Su fragancia a violetas quedó flotando
en el aire. Sonreí como lo haría cualquier hombre enamorado. Amaba
a Sybelle por encima de mí mismo, del mismo modo que amaba a
Benjamín. Ellos simbolizaba un nuevo comienzo. Mi vida comenzó a
marcar minutos en el preciso instante en el cual ambos, mis queridos
niños, aparecieron en mi vida. Me había llevado al villano de su
cuento, a Fox, a la tumba.
Me aproximé al garaje, donde uno de
los chofer se encontraba perfectamente vestido, con un cigarrillo
prendido en los labios y con el encendedor en la mano derecha. Jugaba
a mirar la llama, como lo haría Louis, y aún se decidía a
encenderlo o no. Sus profundos ojos castaños se clavaron en mí
mientras acomodaba su gorra, de elegante color negro, sobre sus
cabellos rubios cobrizos. Guardó elegantemente el cigarrillo y el
mechero, se aproximó a la puerta del garaje y la abrió. No tenía
que pedir que sacara el mercedes, él sabía que deseaba dar un paseo
o ir a un lugar determinado. El otro chofer estaba descansando,
sentado en la garita de vigilancia junto a uno de mis escoltas.
Benjamín había decidido ir en moto hasta la vivienda de Marius,
quizás por el tráfico o era posible por la comodidad.
—Deseo ir a ésta dirección de
French Quarter—dije tendiendo la tarjeta de la galería de arte de
Marius, la había abierto recientemente y pronto la dejaría en manos
humanas. Sin embargo, mientras ultimaba algunos detalles tenía
incluso alquilado el piso superior, donde hacía vida diurna, alejado
de su palazzo en Venecia. Desconocía que había provocado que
viniese tan precipitadamente hasta aquí, como si un fantasma lo
hubiese perseguido hasta un enclave tan extraño para él.
Durante el viaje sentí una extraña
sensación que me entumeció el alma. Por unos instantes la delgada
camisa blanca era escasa, a pesar de la humedad del ambiente y de no
haber pedido que encendiera el aire acondicionado. Mi pantalón corto
había quedado relegado a un trozo de tela áspero. Todo mi cuerpo se
había congelado súbitamente, era como si sintiera una premonición
pero todo pasó rápidamente. Benjamín estaría bien, pues creía
que Marius jamás lo trataría con la brusquedad que me había
obsequiado durante los años en los que fui su alumno predilecto.
Cuando bajé del vehículo pedí que me
esperara.
La moto estaba aparcada cerca de la
cera, con el casco atado, con una cadena de hierro forrada de
plástico grueso y oscuro, a la rueda delantera. Me acomodé bien la
camisa quitando las arrugas invisibles, observando el ir y venir de
los turistas y ciudadanos. Algunos se agolpaban contra el cristal de
la hermosa galería, la cual estaba a próximas fechas de abrir, y ya
levantaba curiosidad por su escaparate cargado de singularidad. Era
como ver un viejo teatro, con sus elegantes cortinas y un escenario
de madera. Tenía un par de esculturas que presentaban máscaras de
teatro griegas, las dos cinceladas en mármol, y el suelo estaba
tapizado de fotografías de las obras que se expondrían.
La fachada era la habitual en muchas
viejas mansiones de la ciudad, tenía numerosos balcones con macetas
muy floridas. La luz de varias habitaciones estaban encendidas. Sentí
que debía subir, pero algo me lo impedía. Esa sensación me
petrificaba, pero finalmente di mis primeros pasos hacia la puerta de
hierro forjado de la entrada. Subí por las escaleras, algo
empinadas, que daban a los tres distintos pisos que allí se
encontraban. El inferior era la tienda, el segundo era el apartamento
y el superior posiblemente estaba deshabitado.
Las gruesas paredes poseían algunas
vidrieras que daban a un pequeño jardín interior. Las luces de las
farolas cercanas, muy pegadas a la fachada, iluminaban sutilmente el
camino mientras tentaba el interruptor para encender las numerosas
lámparas que daban a los distintos pisos. Cuando apoyé mi mano en
la gruesa puerta de madera, la cual tenía unas molduras simples pero
muy elegantes, noté que cedía.
Entré dejando la puerta tal y como la
había encontrado, parecía cerrada pero sólo estaba encajada. El
largo pasillo daba a las diversas salas. Una cocina que no era usada,
un pequeño y coqueto salón con ambas hojas del balcón abierto, un
baño amplio y finalmente dos habitaciones de mayor tamaño. Una era
la biblioteca, que se encontraba revuelta, y otra era la habitación
de Marius. Solía tener un peculiar gusto con la decoración, el rojo
solía forrar sus paredes y estar presente en cortinas y ropas de
cama. Aquella habitación era un monumento a su pasión por el color
en distintos tonos. Había una elegante alfombra persa cargada de
flores y colores, lo más llamativo de aquella sala, y sobre ella
estaba Benjamín con su ropa hecha jirones alrededor de su esbelto
cuerpo, sus cabellos estaban derramados sobre ésta y sus ojos se
clavaron en los míos como una súplica. Tenía la espalda perlada de
sudor, pero también con profundos surcos de látigo. Marius ni
siquiera había reparado en mí, pues se encontraba demasiado ocupado
aleccionando a quien tenía como un hijo, un hermano, un compañero y
mi gran amor desde hacía años.
El cuerpo de Adonis de aquel miserable
cubría la delicada figura de Benjamín, sus jóvenes brazos estaban
en forma de cruz sobre la alfombra. Sus manos, jóvenes aunque
masculinas, intentaban sujetarse mientras las arremetidas aumentaban
de ritmo. La ira colapsó mis músculos, pero pronto tomé una
decisión y me arrojé como una fiera sobre nuestro Maestro.
—¡Aléjate maldito degenerado!—grité
empujándolo para separarlos.
Marius cayó debido a la sorpresa,
Benjamín decidió recoger sus escasas prendas e intentó ocultarse
tras mi espalda.
—¡Qué se supone que haces!—me
espetó visiblemente furioso y agitado.
—Márchate, amor mío, huye de aquí.
Ve con Sybelle, ella te espera sano y salvo—dije sin atreverme a
echar la vista atrás.
Aquella escena me recordó a las
numerosas violaciones que tuve que consentir, el tacto áspero y
bárbaro de cientos de hombres, sus sucias lenguas recorriendo mi
pecho y sus impertinentes risas explotando con insultos, y
comentarios, terribles. Marius se estaba convirtiendo ante mí en un
déspota, un maldito desgraciado, que estaba robándole los años más
maravillosos a mi pequeño. Benjamín ya no era un niño, aunque
físicamente siempre quedaría parado en la pubertad. Aparentaba
algunos años más de los habituales para su edad, pero no dejaba de
ser a mis ojos una criatura frágil en comparación a todos nosotros.
Me había propuesto cuidarlo y él no iba a destrozar ese vínculo,
su cuerpo o sus ambiciones.
Escuché las pisadas aceleradas de
Benjamín por el pasillo, después como la puerta se cerraba de un
portazo y noté la ira de Marius estallar con una crueldad brutal. Se
incorporó y me abofeteó. No lo hizo con toda su fuerza, pero sí
con gran parte de ésta.
—¡Cómo te atreves!—alcé mis
puños para golpearlo, pero me agarró por las muñecas—.
¡Suéltame!—chillé revolviéndome.
—¡Me has estropeado la noche!—dijo
mirándome con aquellos ojos fríos, como si me congelara el corazón.
Eran ojos cargados de una ira terrible, la cual parecía querer
aplastarme y destrozar mi alma con la facilidad con la que se dobla
una hoja—. Él vino a mí y me invitó a tomarlo.
—¡Sucio mentiroso! ¡He visto su
espalda llena de marcas, su rostro cargado de lágrimas y sus ojos
suplicantes! ¡No se merece un trato tan cruel y grotesco como el
tuyo!—mientras iba hablando sus manos se volvían tenazas. Mis
huesos crujieron, mis lágrimas aparecieron segundos después como
acto reflejo por el dolor. Me estaba rompiendo los huesos—.
¡Suéltame!—di un par de patadas al aire, pero no funcionó. No me
soltaba.
—¿Te duele?—murmuró saboreando
esas palabras—. ¡A mí también! ¡Destrozas todo lo que consigo!
—¡Él no es tuyo!—dije al fin
deshaciéndome de él.
Quise gritar al ver como mis muñecas
estaban destrozadas, pero guardé aliento para poder responder a sus
mentiras, sus palabras crueles y actos salvajes. Rápidamente me
agarró del cuello empujándome contra la pared. Alguno de los
cuadros que tenía colgados, los cuales eran hermosos paisajes de
Venecia, temblequearon y estuvieron a punto de caer.
—¿Y de quién es entonces? Yo lo
creé—fruncí el ceño e intenté hablar, pero a penas podía
contener el dolor de mis muñecas. No podía sujetar sus brazos con
mis manos. Mis dedos temblaban, mis muñecas empezaban a hincharse.
Mi poder de regeneración tardaba aún algunos minutos en obrar el
milagro, pues mi sangre no era tan fuerte como la de otros. Aunque sí
era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la exposición del
sol. Recordé como los encontré, desamparados y a manos de ese
monstruo, y como me juré protegerlos. Comencé a llorar como un
chiquillo, pero el discurso que estaba por venir era mucho peor—.
Yo creé a ese muchacho y por lo tanto me pertenece. Tu compañía lo
convertirá en un fracasado, otro constructor de casitas. Todo lo que
haces acaba en fracaso. Tus cuadros, esos que tan orgulloso creías
que me hacían, sólo eran garabatos de un niño enfermo. Todo se
echa a perder por tu culpa, por eso jamás fui a rescatarte. No
mereces la pena ni la mereciste jamás. Eres basura. Todo lo que
tocas queda destruido. Me destruiste a mí, a la asamblea, el teatro,
Daniel y la Isla Nocturna. Nada de lo que tú logras, o crees lograr,
se mantiene mucho tiempo firme. Eres una amenaza para todos. Un
inútil que ni siquiera ha tomado nota que que sus experimentos
siempre fracasarán, porque eres un fracasado—mi corazón se había
convertido en un amasijo de dolor. Cientos de pedazos se habían roto
quedando suspendidos en el aire. Era como si una pequeña estatua de
ángel se hubiera caído del altar, estrellándose contra el suelo, y
de ella no quedara nada—. Un inútil y un fracasado—sentenció.
Me soltó dejando al fin mi cuello
libre, pero en mi garganta había un nudo. Lentamente fui
resbalándome por la pared hacia el suelo. Quedé allí llorando en
silencio. Marius ya no me amaba, me estaba sentenciando con una
crueldad atípica incluso para él. Había tomado a Benjamín como un
muñeco y yo era el nuevo desecho. Tenía un nuevo juguete que romper
y tirar cuando se rompiera.
—Benji... —susurré antes de ver
como sus manos se aproximaban a mí como garras.
Mi camisa se abrió con un jalón, los
botones se rompieron y quedaron esparcidos por aquel rincón. El
sonido del tejido rasgándose era tan familiar, y doloroso, que no
reaccioné. Mis pantalones celestes quedaron reducidos a pedazos de
tela, mis sandalias salieron despedidas y mi cuerpo fue a parar a la
alfombra.
Quería echarme a reír como un maldito
loco. Estaba perdiendo el juicio en aquel lago de odio, miseria y
frialdad. Era como si hubiese caído a aguas heladas y mi cuerpo se
entumeciera. Mis delgados brazos quedaron a ambos lados de mi cuerpo,
pero él los elevó hacia mi cabeza, después me giró para que le
diera la espalda y sin pronunciar palabra alguna, pues ya había
dicho todo lo que deseaba decirme, me penetró.
—Te crees un santo, un mártir, y no
eres más que un imbécil con demasiados pájaros en la cabeza—me
había rodeado con sus brazos, anchos y fuertes, mientras movía sus
caderas con una cadencia rápida, sofocante y dolorosa—. No eres un
ángel, sino un monstruo que no merece ser amado.
En otras ocasiones, sus caricias y su
aliento frío eran símbolo de amor, pero en esos momentos sentía
los infiernos danzar a nuestro alrededor. Desconocía cual era mi
cruel pegado para dejar de ser amado, añorado y respetado.
—Deseo morir...—creo que llegué a
balbucear.
—Ojalá lo hagas, pues ya no tienes
hueco en éste mundo—musitó.
Sus manos fueron a mis caderas,
apretándolas hasta aplastarlas, mientras mi torso acariciaban las
diversas líneas. Las flores abiertas, con su fragancia de sudor y
lágrimas, se veían coquetas y atractivas. Recordé la túnica
púrpura, el dolor en mi cráneo por ser cepillado con fuerza y sin
respeto, y a los hombres con sus bolsas cargadas de monedas. Miraba
todo con tristeza, observaba el suelo salpicado por la sangre de
Benjamín y por la mía. Su miembro me laceraba. Sentía toda su
longitud abriéndose camino, con cierta dificultad, mientras mis
labios murmuraban en silencio el Padre Nuestro. Mis manos seguían
temblorosas por el dolor, aunque mis muñecas comenzaban a curarse.
Me usaba como si fuera una marioneta
sin sentimientos. Mis rodillas se deslizaban por el mármol frío de
aquella sala. Tenía el rostro cubierto de pelo, ya que no había
cortado mis ondulados cabellos pelirrojos, y el sudor comenzaba a
deslizarse. Odiaba que mi cuerpo reaccionara, pero yo no lo hacía.
No disfrutaba de aquel momento sádico. La máscara estaba cayendo,
la imagen poderosa y amable que quería recordar se desvanecía.
Había intentado olvidar su cruel forma de demostrar su apatía, su
desprecio y su ira. Cuando acabó, llenándome con su esperma, me
dejó tirado en el suelo y para mirarme desde su privilegiada
posición. Giré mi rostro hacia él, con resignación, odio y dolor.
Marius se llevó las manos a su perfecta cabellera dorada, acarició
sus sienes para, con cierta angustia en sus ojos, deslizar sus dedos
gruesos, y brutales, por sus mejillas.
—Querubín...—balbuceó tomándome
del suelo del mismo modo que se recoge a un muerto de guerra. Su
mirada no me enterneció. El desconsuelo que podía leer en sus
labios eran para mí pura comedia.
Mis cabellos cayeron de mi cara,
quedando mecidos en el aire. Algunos mechones estaban húmedos y
permanecieron pegados a mi cuello. Mis ojos parecían no tener vida
más allá del dolor, el cual me atravesaba. Tenía el cuerpo lleno
de magulladuras que pronto se cicatrizarían, pero mi alma estaba
desquebrajada. Había logrado matarme otra vez. Decidió que debía
recostarme en la cama, para poder tocarme como si fuera un valioso
objeto cuando minutos atrás me había dicho que era un despojo. Me
colocó con cuidado en la cama, apartó los pocos mechones que
quedaban, y besó con ternura mis pómulos, labios, nariz, torso y
muñecas. Era la forma secreta de pedir disculpas. Sin embargo, yo
sólo esperaba retomar fuerzas para irme de allí. Ni siquiera se
había fijado que él había eyaculado, pero yo ni siquiera había
logrado ofrecerle un solo gemido.
—No quise ser tan cruel, pero sabes
que es cierto. No eres el indicado para ofrecerle una educación
esmerada a Benjamín—quiso excusarse, pero de inmediato me
incorporé de la cama.
Había recuperado mis fuerzas, aunque
no mi entereza. Tenía que marcharme de allí antes que me
convenciera con lisonjas, palabras de amor y juramentos que ni
siquiera él creía. No había ropa que recoger salvo la camisa, la
cual usé para tapar mis vergüenzas.
—¿Dónde vas?—preguntó.
—Lejos del monstruo que ahora eres.
Me has demostrado al fin quién eres, Marius, y no deseo tenerte en
mi vida—me giré suavemente hacia él—. Con razón Pandora
siempre asegura que eres un desgraciado. La soledad te consumirá
pronto y espero que sea rápido, pues ni siquiera puedo desearte una
muerte agónica.
Sentí su furia, pero me desvanecí
moviéndome con astucia y rapidez. Pronto me encontré en mi vehículo
pidiendo que me llevaran a casa, pues Sybelle me esperaba junto con
Benjamín. Me reuniría con ellos y decidiríamos marcharnos unas
semanas de New Orleans. Sentía náuseas y dolor de tan sólo saber
que compartíamos la misma ciudad. Él no me amaba, estaba seguro de
ello. Deseé decirle que poco a poco, sin sentimiento de culpa
alguno, había despreciado todo el amor y esperanzas que deposité en
él. Así como que se había convertido en una sombra desdibujada en
mi pasado, en el reflejo exacto de lo que más detesto. Mi amor ya no
era para él, no merecía estar en manos tan miserables. El coche
circulaba por la ciudad dejando que el reflejo de los grandes
carteles de neón, las farolas y todo el deslumbrante mundo de
aquella fabulosa ciudad quedara atrás, en una noche trágica. Me
abracé a mí mismo y me eché a llorar de nuevo. Era un ángel
lamentándose el no haber encontrado el paraíso, sino los infiernos.
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