Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

domingo, 10 de agosto de 2014

Tirano

Estas memorias son crueles, algo crudas, desgarradoras y llenas de sufrimiento. Pero, son las memorias más sinceras de Armand. 

Lestat de Lioncourt 


La noche era fresca y el jazmín que colgaba del franco izquierdo de la casa llenaba mis pulmones. El jardín trasero se encontraba en eterna quietud. Sybelle paseaba por el principal, entre los setos, con los pies desnudos y el rostro sereno. Llevaba uno de sus vestidos de seda que se pegaban a su figura. Parecía una ninfa salida de las fuentes refrescantes que llenaban de murmullos parte del recorrido. Las rosas estaban abiertas, parecían eternas, pero no durarían mucho más. Pronto llegaría septiembre y el encanto del jardín quedaría deslucido. Los claveles de los balcones, de diversos y alegres colores, se movían suavemente con la brisa. Era un paisaje bucólico a pocos metros de una carretera algo polvorienta que daba a la vía principal hacia New Orleans.

Benjamín hacía aproximadamente una hora que había decidido salir. Marius estaba en la ciudad, se había quedado en un coqueto apartamento del centro. Él quería averiguar sobre algunas historias de un libro que le había obsequiado hacía algunas semanas. La encuadernación era lujosa, poseía pan de oro y estaba hecho a mano. Sin duda era antiguo y valioso, pero no le importó desprenderse de él para que Benjamín pudiera saciar su curiosidad sobre los días más oscuros del mundo, la época medieval. Además, eran cuentos que se narraban de forma oral y que los monjes los recogían con mimo en cada hoja. Marius sabía ganarse el afecto con regalos, pues habitualmente sus modales nos alejaban a todos de su figura dominante llena de sombras.

—Quiero tocar para ambos—me confesó Sybelle girándose hacia mí—. ¿Volverá tarde?

—Hoy deseas tocar para nosotros—sonreí completamente satisfecho. Sybelle era inteligente e independiente, salvo en algunos breves momentos en los cuales deseaba ser parte de algo. Para ella la música era su gran pasión, había cientos de piezas que no interpretaba porque no las veía rotundamente hermosas. La obsesión con “La appassionata” provenía de los días más turbios de su vida mortal, transmitiéndose hasta hoy como un estigma. Sin embargo, últimamente ocurría el milagro que tocaba además algunas piezas distintas de Mozart o Beethoven—. ¿Deseas que lo busque?

—Tengo miedo que esté metido en líos—dijo aproximándose a mí.

Verla caminar es como ver a un ángel descendiendo de los cielos, abriendo sus elegantes alas y rodeándote con todo su amor. Apartó con sus largos dedos algunos mechones de mi rostro, lo abarcó con sus manos frías y besó mi frente. Se comportaba conmigo como si fuera Wendy y yo su eterno Peter Pan.

—Iré a por él—respondí decidido.

—Te estaré esperando en el salón, tocando—susurró apartándose de mí.

Su fragancia a violetas quedó flotando en el aire. Sonreí como lo haría cualquier hombre enamorado. Amaba a Sybelle por encima de mí mismo, del mismo modo que amaba a Benjamín. Ellos simbolizaba un nuevo comienzo. Mi vida comenzó a marcar minutos en el preciso instante en el cual ambos, mis queridos niños, aparecieron en mi vida. Me había llevado al villano de su cuento, a Fox, a la tumba.

Me aproximé al garaje, donde uno de los chofer se encontraba perfectamente vestido, con un cigarrillo prendido en los labios y con el encendedor en la mano derecha. Jugaba a mirar la llama, como lo haría Louis, y aún se decidía a encenderlo o no. Sus profundos ojos castaños se clavaron en mí mientras acomodaba su gorra, de elegante color negro, sobre sus cabellos rubios cobrizos. Guardó elegantemente el cigarrillo y el mechero, se aproximó a la puerta del garaje y la abrió. No tenía que pedir que sacara el mercedes, él sabía que deseaba dar un paseo o ir a un lugar determinado. El otro chofer estaba descansando, sentado en la garita de vigilancia junto a uno de mis escoltas. Benjamín había decidido ir en moto hasta la vivienda de Marius, quizás por el tráfico o era posible por la comodidad.

—Deseo ir a ésta dirección de French Quarter—dije tendiendo la tarjeta de la galería de arte de Marius, la había abierto recientemente y pronto la dejaría en manos humanas. Sin embargo, mientras ultimaba algunos detalles tenía incluso alquilado el piso superior, donde hacía vida diurna, alejado de su palazzo en Venecia. Desconocía que había provocado que viniese tan precipitadamente hasta aquí, como si un fantasma lo hubiese perseguido hasta un enclave tan extraño para él.

Durante el viaje sentí una extraña sensación que me entumeció el alma. Por unos instantes la delgada camisa blanca era escasa, a pesar de la humedad del ambiente y de no haber pedido que encendiera el aire acondicionado. Mi pantalón corto había quedado relegado a un trozo de tela áspero. Todo mi cuerpo se había congelado súbitamente, era como si sintiera una premonición pero todo pasó rápidamente. Benjamín estaría bien, pues creía que Marius jamás lo trataría con la brusquedad que me había obsequiado durante los años en los que fui su alumno predilecto.

Cuando bajé del vehículo pedí que me esperara.

La moto estaba aparcada cerca de la cera, con el casco atado, con una cadena de hierro forrada de plástico grueso y oscuro, a la rueda delantera. Me acomodé bien la camisa quitando las arrugas invisibles, observando el ir y venir de los turistas y ciudadanos. Algunos se agolpaban contra el cristal de la hermosa galería, la cual estaba a próximas fechas de abrir, y ya levantaba curiosidad por su escaparate cargado de singularidad. Era como ver un viejo teatro, con sus elegantes cortinas y un escenario de madera. Tenía un par de esculturas que presentaban máscaras de teatro griegas, las dos cinceladas en mármol, y el suelo estaba tapizado de fotografías de las obras que se expondrían.

La fachada era la habitual en muchas viejas mansiones de la ciudad, tenía numerosos balcones con macetas muy floridas. La luz de varias habitaciones estaban encendidas. Sentí que debía subir, pero algo me lo impedía. Esa sensación me petrificaba, pero finalmente di mis primeros pasos hacia la puerta de hierro forjado de la entrada. Subí por las escaleras, algo empinadas, que daban a los tres distintos pisos que allí se encontraban. El inferior era la tienda, el segundo era el apartamento y el superior posiblemente estaba deshabitado.

Las gruesas paredes poseían algunas vidrieras que daban a un pequeño jardín interior. Las luces de las farolas cercanas, muy pegadas a la fachada, iluminaban sutilmente el camino mientras tentaba el interruptor para encender las numerosas lámparas que daban a los distintos pisos. Cuando apoyé mi mano en la gruesa puerta de madera, la cual tenía unas molduras simples pero muy elegantes, noté que cedía.

Entré dejando la puerta tal y como la había encontrado, parecía cerrada pero sólo estaba encajada. El largo pasillo daba a las diversas salas. Una cocina que no era usada, un pequeño y coqueto salón con ambas hojas del balcón abierto, un baño amplio y finalmente dos habitaciones de mayor tamaño. Una era la biblioteca, que se encontraba revuelta, y otra era la habitación de Marius. Solía tener un peculiar gusto con la decoración, el rojo solía forrar sus paredes y estar presente en cortinas y ropas de cama. Aquella habitación era un monumento a su pasión por el color en distintos tonos. Había una elegante alfombra persa cargada de flores y colores, lo más llamativo de aquella sala, y sobre ella estaba Benjamín con su ropa hecha jirones alrededor de su esbelto cuerpo, sus cabellos estaban derramados sobre ésta y sus ojos se clavaron en los míos como una súplica. Tenía la espalda perlada de sudor, pero también con profundos surcos de látigo. Marius ni siquiera había reparado en mí, pues se encontraba demasiado ocupado aleccionando a quien tenía como un hijo, un hermano, un compañero y mi gran amor desde hacía años.

El cuerpo de Adonis de aquel miserable cubría la delicada figura de Benjamín, sus jóvenes brazos estaban en forma de cruz sobre la alfombra. Sus manos, jóvenes aunque masculinas, intentaban sujetarse mientras las arremetidas aumentaban de ritmo. La ira colapsó mis músculos, pero pronto tomé una decisión y me arrojé como una fiera sobre nuestro Maestro.

—¡Aléjate maldito degenerado!—grité empujándolo para separarlos.

Marius cayó debido a la sorpresa, Benjamín decidió recoger sus escasas prendas e intentó ocultarse tras mi espalda.

—¡Qué se supone que haces!—me espetó visiblemente furioso y agitado.

—Márchate, amor mío, huye de aquí. Ve con Sybelle, ella te espera sano y salvo—dije sin atreverme a echar la vista atrás.

Aquella escena me recordó a las numerosas violaciones que tuve que consentir, el tacto áspero y bárbaro de cientos de hombres, sus sucias lenguas recorriendo mi pecho y sus impertinentes risas explotando con insultos, y comentarios, terribles. Marius se estaba convirtiendo ante mí en un déspota, un maldito desgraciado, que estaba robándole los años más maravillosos a mi pequeño. Benjamín ya no era un niño, aunque físicamente siempre quedaría parado en la pubertad. Aparentaba algunos años más de los habituales para su edad, pero no dejaba de ser a mis ojos una criatura frágil en comparación a todos nosotros. Me había propuesto cuidarlo y él no iba a destrozar ese vínculo, su cuerpo o sus ambiciones.

Escuché las pisadas aceleradas de Benjamín por el pasillo, después como la puerta se cerraba de un portazo y noté la ira de Marius estallar con una crueldad brutal. Se incorporó y me abofeteó. No lo hizo con toda su fuerza, pero sí con gran parte de ésta.

—¡Cómo te atreves!—alcé mis puños para golpearlo, pero me agarró por las muñecas—. ¡Suéltame!—chillé revolviéndome.

—¡Me has estropeado la noche!—dijo mirándome con aquellos ojos fríos, como si me congelara el corazón. Eran ojos cargados de una ira terrible, la cual parecía querer aplastarme y destrozar mi alma con la facilidad con la que se dobla una hoja—. Él vino a mí y me invitó a tomarlo.

—¡Sucio mentiroso! ¡He visto su espalda llena de marcas, su rostro cargado de lágrimas y sus ojos suplicantes! ¡No se merece un trato tan cruel y grotesco como el tuyo!—mientras iba hablando sus manos se volvían tenazas. Mis huesos crujieron, mis lágrimas aparecieron segundos después como acto reflejo por el dolor. Me estaba rompiendo los huesos—. ¡Suéltame!—di un par de patadas al aire, pero no funcionó. No me soltaba.

—¿Te duele?—murmuró saboreando esas palabras—. ¡A mí también! ¡Destrozas todo lo que consigo!

—¡Él no es tuyo!—dije al fin deshaciéndome de él.

Quise gritar al ver como mis muñecas estaban destrozadas, pero guardé aliento para poder responder a sus mentiras, sus palabras crueles y actos salvajes. Rápidamente me agarró del cuello empujándome contra la pared. Alguno de los cuadros que tenía colgados, los cuales eran hermosos paisajes de Venecia, temblequearon y estuvieron a punto de caer.

—¿Y de quién es entonces? Yo lo creé—fruncí el ceño e intenté hablar, pero a penas podía contener el dolor de mis muñecas. No podía sujetar sus brazos con mis manos. Mis dedos temblaban, mis muñecas empezaban a hincharse. Mi poder de regeneración tardaba aún algunos minutos en obrar el milagro, pues mi sangre no era tan fuerte como la de otros. Aunque sí era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la exposición del sol. Recordé como los encontré, desamparados y a manos de ese monstruo, y como me juré protegerlos. Comencé a llorar como un chiquillo, pero el discurso que estaba por venir era mucho peor—. Yo creé a ese muchacho y por lo tanto me pertenece. Tu compañía lo convertirá en un fracasado, otro constructor de casitas. Todo lo que haces acaba en fracaso. Tus cuadros, esos que tan orgulloso creías que me hacían, sólo eran garabatos de un niño enfermo. Todo se echa a perder por tu culpa, por eso jamás fui a rescatarte. No mereces la pena ni la mereciste jamás. Eres basura. Todo lo que tocas queda destruido. Me destruiste a mí, a la asamblea, el teatro, Daniel y la Isla Nocturna. Nada de lo que tú logras, o crees lograr, se mantiene mucho tiempo firme. Eres una amenaza para todos. Un inútil que ni siquiera ha tomado nota que que sus experimentos siempre fracasarán, porque eres un fracasado—mi corazón se había convertido en un amasijo de dolor. Cientos de pedazos se habían roto quedando suspendidos en el aire. Era como si una pequeña estatua de ángel se hubiera caído del altar, estrellándose contra el suelo, y de ella no quedara nada—. Un inútil y un fracasado—sentenció.

Me soltó dejando al fin mi cuello libre, pero en mi garganta había un nudo. Lentamente fui resbalándome por la pared hacia el suelo. Quedé allí llorando en silencio. Marius ya no me amaba, me estaba sentenciando con una crueldad atípica incluso para él. Había tomado a Benjamín como un muñeco y yo era el nuevo desecho. Tenía un nuevo juguete que romper y tirar cuando se rompiera.

—Benji... —susurré antes de ver como sus manos se aproximaban a mí como garras.

Mi camisa se abrió con un jalón, los botones se rompieron y quedaron esparcidos por aquel rincón. El sonido del tejido rasgándose era tan familiar, y doloroso, que no reaccioné. Mis pantalones celestes quedaron reducidos a pedazos de tela, mis sandalias salieron despedidas y mi cuerpo fue a parar a la alfombra.

Quería echarme a reír como un maldito loco. Estaba perdiendo el juicio en aquel lago de odio, miseria y frialdad. Era como si hubiese caído a aguas heladas y mi cuerpo se entumeciera. Mis delgados brazos quedaron a ambos lados de mi cuerpo, pero él los elevó hacia mi cabeza, después me giró para que le diera la espalda y sin pronunciar palabra alguna, pues ya había dicho todo lo que deseaba decirme, me penetró.

—Te crees un santo, un mártir, y no eres más que un imbécil con demasiados pájaros en la cabeza—me había rodeado con sus brazos, anchos y fuertes, mientras movía sus caderas con una cadencia rápida, sofocante y dolorosa—. No eres un ángel, sino un monstruo que no merece ser amado.

En otras ocasiones, sus caricias y su aliento frío eran símbolo de amor, pero en esos momentos sentía los infiernos danzar a nuestro alrededor. Desconocía cual era mi cruel pegado para dejar de ser amado, añorado y respetado.

—Deseo morir...—creo que llegué a balbucear.

—Ojalá lo hagas, pues ya no tienes hueco en éste mundo—musitó.

Sus manos fueron a mis caderas, apretándolas hasta aplastarlas, mientras mi torso acariciaban las diversas líneas. Las flores abiertas, con su fragancia de sudor y lágrimas, se veían coquetas y atractivas. Recordé la túnica púrpura, el dolor en mi cráneo por ser cepillado con fuerza y sin respeto, y a los hombres con sus bolsas cargadas de monedas. Miraba todo con tristeza, observaba el suelo salpicado por la sangre de Benjamín y por la mía. Su miembro me laceraba. Sentía toda su longitud abriéndose camino, con cierta dificultad, mientras mis labios murmuraban en silencio el Padre Nuestro. Mis manos seguían temblorosas por el dolor, aunque mis muñecas comenzaban a curarse.

Me usaba como si fuera una marioneta sin sentimientos. Mis rodillas se deslizaban por el mármol frío de aquella sala. Tenía el rostro cubierto de pelo, ya que no había cortado mis ondulados cabellos pelirrojos, y el sudor comenzaba a deslizarse. Odiaba que mi cuerpo reaccionara, pero yo no lo hacía. No disfrutaba de aquel momento sádico. La máscara estaba cayendo, la imagen poderosa y amable que quería recordar se desvanecía. Había intentado olvidar su cruel forma de demostrar su apatía, su desprecio y su ira. Cuando acabó, llenándome con su esperma, me dejó tirado en el suelo y para mirarme desde su privilegiada posición. Giré mi rostro hacia él, con resignación, odio y dolor. Marius se llevó las manos a su perfecta cabellera dorada, acarició sus sienes para, con cierta angustia en sus ojos, deslizar sus dedos gruesos, y brutales, por sus mejillas.

—Querubín...—balbuceó tomándome del suelo del mismo modo que se recoge a un muerto de guerra. Su mirada no me enterneció. El desconsuelo que podía leer en sus labios eran para mí pura comedia.

Mis cabellos cayeron de mi cara, quedando mecidos en el aire. Algunos mechones estaban húmedos y permanecieron pegados a mi cuello. Mis ojos parecían no tener vida más allá del dolor, el cual me atravesaba. Tenía el cuerpo lleno de magulladuras que pronto se cicatrizarían, pero mi alma estaba desquebrajada. Había logrado matarme otra vez. Decidió que debía recostarme en la cama, para poder tocarme como si fuera un valioso objeto cuando minutos atrás me había dicho que era un despojo. Me colocó con cuidado en la cama, apartó los pocos mechones que quedaban, y besó con ternura mis pómulos, labios, nariz, torso y muñecas. Era la forma secreta de pedir disculpas. Sin embargo, yo sólo esperaba retomar fuerzas para irme de allí. Ni siquiera se había fijado que él había eyaculado, pero yo ni siquiera había logrado ofrecerle un solo gemido.

—No quise ser tan cruel, pero sabes que es cierto. No eres el indicado para ofrecerle una educación esmerada a Benjamín—quiso excusarse, pero de inmediato me incorporé de la cama.

Había recuperado mis fuerzas, aunque no mi entereza. Tenía que marcharme de allí antes que me convenciera con lisonjas, palabras de amor y juramentos que ni siquiera él creía. No había ropa que recoger salvo la camisa, la cual usé para tapar mis vergüenzas.

—¿Dónde vas?—preguntó.

—Lejos del monstruo que ahora eres. Me has demostrado al fin quién eres, Marius, y no deseo tenerte en mi vida—me giré suavemente hacia él—. Con razón Pandora siempre asegura que eres un desgraciado. La soledad te consumirá pronto y espero que sea rápido, pues ni siquiera puedo desearte una muerte agónica.


Sentí su furia, pero me desvanecí moviéndome con astucia y rapidez. Pronto me encontré en mi vehículo pidiendo que me llevaran a casa, pues Sybelle me esperaba junto con Benjamín. Me reuniría con ellos y decidiríamos marcharnos unas semanas de New Orleans. Sentía náuseas y dolor de tan sólo saber que compartíamos la misma ciudad. Él no me amaba, estaba seguro de ello. Deseé decirle que poco a poco, sin sentimiento de culpa alguno, había despreciado todo el amor y esperanzas que deposité en él. Así como que se había convertido en una sombra desdibujada en mi pasado, en el reflejo exacto de lo que más detesto. Mi amor ya no era para él, no merecía estar en manos tan miserables. El coche circulaba por la ciudad dejando que el reflejo de los grandes carteles de neón, las farolas y todo el deslumbrante mundo de aquella fabulosa ciudad quedara atrás, en una noche trágica. Me abracé a mí mismo y me eché a llorar de nuevo. Era un ángel lamentándose el no haber encontrado el paraíso, sino los infiernos. 

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Lestat de Lioncourt