Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta En sus manos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta En sus manos. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de agosto de 2014

En sus manos

Pequeñas memorias de Armand sobre Benji. El pequeño, o más bien el muchachito, que una vez conoció ya creció aunque a Armand le cuesta asimilarlo.

Lestat de Lioncourt


El silencio sólo estaba siendo roto por la melodía que surgía de los dedos de Sybelle. Aquel edificio era muestra de un legado que yo había vendido por piezas, aunque permanecía teniendo el control en una enorme torre de hermosas habitaciones, con un despampanante casino, boutiques de lujo, gimnasios equipados con las últimas máquinas del mercado y varios restaurantes que tenían el encanto de París y Roma. La habitación poseía suelo de mármol de gran calidad, unas suntuosas cortinas caían lánguidas a ambos lados de los gigantescos ventanales y los espejos estaban situados en zonas concretas con sus encantadores marcos dorados, así como las alfombras de elegantes estampados y los muebles de gran calidad. Había habitaciones como esa en todas las plantas, aunque algunas tenían distinta distribución y otras eran más minimalistas, buscando lo práctico y no sólo la elegancia de otras épocas pasadas.

—¿Vamos a quedarnos aquí?—preguntó observando la concurrida avenida que yacía a sus pies. Cientos de vehículos de alta gama, mujeres con sus mejores prendas y hombres intentando dar la talla en un mundo de lujo, vacaciones perpetuas y confort—. New Orleans era más bucólico, pero aquí podré robar con mayor facilidad.

—No necesitas robar—dije apoyado en el piano mientras ella tocaba.

—Es divertido, no es sólo necesidad—susurró dejando escapar un suspiro tedioso de sus hermosos labios, los cuales prácticamente tocaban el cristal.

—Benji...—murmuré alejándome del piano para caminar hacia él.

Parecía todo un hombrecito con aquella chaqueta hecha a medida, era en color blanco y resaltaba su piel tostada. Debajo llevaba una camisa también blanca, la misma camisa que le había comprado hacía unos días después que él la sustrajera de una tienda de moda masculina. Llevaba unos jeans de vestir y unas deportivas muy cómodas, pero igualmente elegantes. Acaricié sus cabellos alborotados y besé su cuello, para luego abrazarlo pegando su espalda a mi torso.

—Te preocupas por mí y ya no soy un niño—tenía el semblante serio, los ojos cerrados y el mentón algo apretado. Poseía un encanto especial aquel rostro tan perfecto, con esas pestañas negras pobladas y sus sensuales labios gruesos. Si hubiese esperado unos años, tan sólo unos años, habría rebasado con creces mi tamaño y me miraría por encima del hombro. Sin embargo, tenía el tamaño perfecto para que yo lo abrazara olvidando por completo todo el dolor—. No soy un niño al que dar consejos, cuidar que no robe y ofrecerle una educación cuidada.

—¿Y qué eres?—pregunté observando nuestro reflejo desdibujado en el cristal—. Un jovencito, supongo.

—Un hombre adulto, con pensamientos adultos. Ya hablamos de ello, pero se te olvida fácilmente—me apartó y me miró a los ojos con tristeza—. ¿Hasta cuando?

—Mi ángel bizantino—susurré estirando mi mano derecha, para tocar con la punta de mis yemas sus mejillas—. Benjamín, mi pequeño, eres muy joven o quizás yo ya soy muy viejo para...

—¿Para aceptar el paso del tiempo?—interrogó—¿Para qué? Dímelo, Dybbuk.

—Sí. Deseo verte como un hombre pero fue hace poco cuando nos conocimos. Parece que todo fue ayer, que rezabas para que apareciera como si fuera un ángel liberador de maldades. Y en realidad, no liberaba sino que la concentraba—lo tomé del rostro con ambas manos, deslizando mis dedos por sus mejillas hasta la comisura de sus labios y después los bajé a su mentón—. Tan hermoso, entre niño y hombre. Los hombres y los niños no son lo mismo, los jovencitos son distintos. El paso entre ambos es una mezcla entre la masculinidad y la inocencia. Posees ese encanto.

—Tú también—respondió, apartándose de mí dándose media vuelta.

—Vaya, gracias.

—¿Me amas?—murmuró—. A pesar de lo ocurrido... Yo...

—Siempre—dije tendiendo mis manos hacia él, con los brazos abiertos. Él pareció percatarse, se giró y me abrazó.

Las suaves notas del piano de Sybelle, las cuales tocaba enfundada únicamente en un camisón, parecían salir de un concierto especial en uno de los teatros más fabulosos de la zona. Allí, en el piso más alto, sentía la presencia de Daniel en los departamentos inferiores, concentrado en su labor, mientras que ellos parecían muñecos perfectos de sus casitas y yo el niño que juega con todo ajeno a que mi hora podía estar cerca. Sin embargo, sé que mi hora jamás llegará, igual que nunca lo hará para ellos. Eternamente convertidos en ángeles de mármol, con lágrimas en los ojos y una sonrisa arqueando nuestros labios.

Benjamín tomó asiento al lado izquierdo de Sybelle, yo lo hice en el lado derecho. Ella quedó en medio de ambos como si fuera escoltada por dos ángeles guardianes. Las rápidas manos de mi muchacho bajó una de las finas tirantes del camisón, se inclinó sobre ella y besó su hombro. Yo hice lo mismo con el hombro contrario, pero también deslicé mi mano izquierda por debajo de la falda. Palpé su escasa ropa interior, rozando el encaje elaborado. Él me miraba directamente a los ojos, su boca rozaba el cuello esbelto de nuestra excepcional pianista y finalmente depositó un beso en su mejilla.

Con una de mis finas uñas rompí la delicada tela que sujetaba por los lados la prenda, quedando despojada de tan erótica ropa interior. Sus dedos seguían moviéndose por el piano, pulsando cada tecla con una pasión encendida. Sin embargo, él decidió apartarse y marcharse a su habitación. De inmediato paré aquel juego y fui tras él. Ella suspiró aliviada, pero yo no lo estaba.

—Benjamín—dije apoyado en la puerta.

—No estoy de humor—susurró con la voz tomada.

De inmediato abrí la puerta con mis poderes mentales, entré y me senté a los pies de su cama. Era una habitación amplia, con cortinas de seda blanca y un escritorio amplio con un ordenador portátil. La cama era bastante cómoda y yo decidí recostarme a su lado, pegándolo a mí. Ambos vestíamos de forma similar, teníamos el pelo con el mismo corte y nos mirábamos a los ojos. De haber sido por sus distintos rasgos cualquiera diría que éramos hermanos. Se echó a llorar en silencio y yo le abracé. Todo lo que había ocurrido con Marius, su intento de propasarse con él y mi rechazo ocasional, le dolía. Tan sólo pude hacer lo que cualquiera hubiese hecho... abrazarlo y besarlo durante toda la noche.


Mis labios rozaban su rostro abarcando cada milímetro de éste, mis manos rozaban los cabellos de la nuca y también sus hombros. Tenía mis brazos rodeando su cuerpo, pero él también rodeaba el mío. Éramos dos niños perdidos en un mundo de sombras, y lo seríamos para siempre. Besé sus labios casi al borde del amanecer. Mi boca se hizo una con la suya y él se aferró con fuerza a mi chaqueta. Nuestras piernas se enredaron, del mismo modo que nuestras manos se unieron entrelazando nuestros dedos. Me juré entonces que no permitiría que volviese a sentir la soledad, el miedo, la angustia o el dolor. Lo hice de nuevo renovando mis votos sagrados con él y conmigo. Él era el tesoro más preciado que poseía, y él a su vez poseía mi corazón en sus manos.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt