Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 12 de octubre de 2016

Claudia, me muero.

Llovía. Aquella noche se desató una tormenta terrible y los cristales del hospital temblaban con cada trueno. Me acomodé en la cama delirando, empapado en sudor, e intenté discernir de la realidad a la ficción. Era incapaz. No sabía si era cierto que aquel pequeño fantasma aparecí ante mí, con esos ojos azules iridiscentes y cargados de odio. Tenía su vieja boca carnosa, pero no sonreía maravillada como cuando era realmente una niña. Ella masticaba la venganza mientras yo clamaba perdón.

Se había manifestado durante horas, pero en esos momentos me tomaba de la mano delicadamente. Podía notar sus pequeños y fríos dedos apretar cada trozo del dorso. Su piel era blanca, casi translúcida, pero la mía tenía el toque dorado de los hindúes. Mi boca se secaba y apenas podía hablar algo coherente. Tenía miedo a morir. Un miedo atroz. Jamás había experimentado ese miedo desde que los lobos me perseguían por aquella nieve fría, húmeda y pulcra. No era como la nieve actual, algo sucia por la contaminación, sino tenía un blanco que hacía llorar al recordar el manto de una virgen.

—Me voy a morir—balbuceé.

—Uno menos para el hospital—respondió—. Seguro que el de la morgue ya te ha hecho un hueco.

—Yo no quiero morir—dije cerrando los ojos para dejar escapar lágrimas tan calientes, tan humanas, tan propias de mí...

—Lástima, yo tampoco quería morir. Si bien, ¿crees que quería vivir como tú? Un monstruo eterno con apariencia de niña a quien nadie toma en serio...—susurró amargamente con cierto toque de asco y rabia.

—Yo te he tomado siempre en serio—respondí.

—Te amaba. Eras todo para mí, padre. Confiaba en ti ciegamente, pero no fuiste capaz de decirme la verdad. Permitiste que creciera en un mundo miserable lleno de mentiras, de promesas rotas. Te odié porque te lo merecías, y te odio porque lo mereces aún—me confesó.


Radiaba una luz propia. No era cálida, pero tampoco era oscura. Sus hermosos rizos dorados rozaban sus mejillas llenas, las cuales se llenaron de lágrimas. Realmente me amó, como yo la amé a ella hasta ese mismo momento. Aún amo a Claudia. Reconozco que fue un error, que me convertí en un monstruo de cuento de hadas y que jamás debería ser perdonado, pero admito que cuando pienso en ella mi corazón late con amor. Un padre siempre es un padre, aunque sea el padre de las mentiras.


OOC:

Recientemente estuve en el hospital. Fue terrible escuchar como en una habitación próxima un hombre joven moría. Había tenido una intervención de urgencia, pero no sirvió para mucho. Horas atrás lo escuché delirar solo, en su habitación, para después notar que una mujer, quizá su madre o su tía, intentaba calmarlo. La misma mujer que horas más tarde lloraba en el pasillo mientras lo sacaban de la habitación ya fallecido. No sé si todos los enfermos, o moribundos, antes de morir tienen delirios; pero he intentado rememorar esta parte del libro de El Ladrón de cuerpos, como un gran delirio de Lestat que mezcla con la realidad. No sé si realmente vio a Claudia o sólo era fruto del juego de Memnoch, el cual vendrá más tarde en su cronología, o si eran puros delirios debido a que Jesse decía haberla visto.  

sábado, 28 de noviembre de 2015

Conversaciones Padre e Hija

—¿Por qué miras así?—dijo despejando sus ojos del grueso libro de poemas que leía.

Mis manos se movían ágiles por el piano, pero no prestaba atención a las partituras. Las mismas partituras, con sus elegantes anotaciones, que Antoine me había obsequiado tras noches de borrachera infinita. Él estaba empezando a despejarse, alejándose del vino y las tabernas, para introducirse a la demencia de crear las mejores composiciones para mí. Y, aquella que tocaba, me recordaba a ella. Era una melodía amarga, rabiosa y triste. Tenía algo tenebroso y sensual que la hacía hermosa e idónea para acompañar los movimientos refinados de Claudia.

—Es porque eres bonita—respondí.

—Siempre lo he sido—contestó cerrando el libro, para dejarlo sobre los pliegues de su vestido—. Tú siempre me has dicho que soy hermosa.

Era cierto. Siempre lo había dicho. Jamás había afirmado lo contrario. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Qué ganaba yo mintiendo? Ella era absolutamente hermosa. Había admirado su belleza infantil como síntoma de inocencia y maldad, una maldad pura que nacía desde lo más hondo de nuestras almas. Aunque seguía creyendo que la maldad era sólo un punto de vista, que Dios no podía condenarme por haberla convertido en una niña eterna ya que ni Marius, aquel poderoso y milenario vampiro, me había castigado por ello.

—Tu belleza va más allá de la perfecta maldad que cubren tus actos, del veneno frívolo de tus caros gustos, y de tus adorables y falsos llantos—dije dejando de tocar, para levantarme del piano y caminar hacia la ventana.

Miré la lluvia cayendo desoladora sobre los tejados adyacentes, las calles empapadas, la oscuridad perturbadora y las tintineantes velas encendidas en algunas viviendas. Sí, también veía el humo de las chimeneas y escuchaba el ruido de los cascos de unos caballos lejanos, de algún cochero que quizás recogía a alguien de la ópera.

—¿Por qué me dices ésto?—dijo moviendo sus pies. Parecía una niña, pero no lo era. Por mucho que se mostrara ante sus víctimas como tal, que las atrajera por su rostro de porcelana fina y sus rizos perfectos. No. No era una niña.

—Porque hace tan sólo unos días que me percaté que ya no eras una niña, que hace décadas dejaste de serlo y que te comportas como una mujer amargada, sola y triste. Sin embargo, esa tristeza te dota de una belleza amarga muy atractiva. Cuando te miro a los ojos veo el alma de una mujer chillando desconsolada, pero tus labios dagas de aspecto infantil y tu cuerpo el de una muñeca mágica.

Aquello la sorprendió, pero ennegreció aún más su mirada. Al girarme vi sus ojos azules convertidos en dos mares profundos, casi insondables, donde las lágrimas querían abrumarla pero ella no lo permitía.

—No me siento triste—comentó cerrando sus pequeños puños.

—A veces la tristeza se confunde con rencor o rabia—susurré caminando hacia ella, para rebasar el sofá e ir hacia la puerta.

—Tú eres el confundido—aseguró.


—No, te aseguro que no.


Lestat de Lioncourt   

martes, 3 de noviembre de 2015

Padre de las mentiras

Claudia... ¿por qué tanto odio? ¡Sabías que te amaba!

He aquí una página de su diario.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, sobre alfombra de hermosos estampados de flores de llamativos colores. Parecía un maniquí abandona, casi destruido, con su rostro girado hacia mí y sus cuencas vacías de vida. Allí, tirado como si no valiera nada, yacía el cadáver de quien me dio la vida. Lo observaba con minuciosidad, como si nunca nos hubiéramos topado, e intentaba quedarme con cada rasgo de su rostro y rezaba para mí misma que el sufrimiento hubiese acabado.

Mi corazón palpitaba tan acelerado como cuando al fin podía morder el cuello de mi víctima. Era la emoción más pura que había tenido en años. Hacía décadas que no me sentía tan dichosa. Posiblemente se marchitaron en mí todos los sueños hace mucho, tanto tiempo que ya ni recuerdo. Lo único que me mantenía con vida era el deseo de destruirlo. Era un deseo insaciable y en esos momentos lo había cumplido. Me había liberado y a la vez condenado. El amor cedió ante el odio y el odio hacia la respuesta más fácil que era acabar con él.

Era como una muñeca destruida, una de tantas que yo decapitaba y arrojaba al suelo haciendo estallar su pequeño cuerpo. Allí, aquel Padre de las Mentiras, se había precipitado desangrándose ante la mirada atónita de Louis. Ese pobre idiota de Louis. No podía dejar de llorar ante el caos que se había esparcido, en forma de charco de sangre, sobre aquella encantadora alfombra. Sé que lo amaba y que aún hoy, por mucho que le pese, sigue amándolo y rezando porque siga vivo.

Nos convertimos en dos huérfanos. Él estaba huérfano sin la luz patética y descarada de aquel imbécil, tan simple en sus divertimentos como complejo a la hora de matarlo. Acabé con él como quien acaba con una mosca. Le atraje hacia la luz de un regalo, un acuerdo pequeño e insignificante. Sabía bien que me amaba, casi tanto como se amaba así mismo y su belleza, y eso fue lo que traicionó a su instinto.

Ahora lo recuerdo tomándome entre sus brazos, con la fiebre marchitando mi cuerpo. Los viejos recuerdos salen en éstos momentos, cuando el barco zarpa al fin. Observo el horizonte donde el fuego consume lo que fuimos. Louis sigue llorando porque ésta vez, sin duda alguna, ha sido él quien ha acabado con su vida. Lestat regresó, como si fuese una pesadilla, del pantano donde fue arrojado como si fuese basura. Mi padre era demasiado fuerte, pero ruego que las llamas que fueron precipitadas hacia él, como hacia el neófito que creó esa misma noche, hayan acabado con su historia.


No soy cruel. La crueldad es un punto de vista. Ni siquiera el demonio puede considerarse cruel, pero quizás sí Dios que permitió que nosotros, pequeñas y extrañas abominaciones, caminemos por éste sendero oscuro arrebatándole tiempo a otros. Consumimos tiempo, somos ladrones de tiempo, y ese tiempo ya no sé como malgastarlo. Sólo sé que quiero volver al pasado y morir, pues sólo muerte quizás me liberaría. Sin embargo, necesito experimentar y comprender. Quiero liberarme de otro modo. Desearía mil veces poder ser una mujer y que Louis deje de contemplarme como una muñeca mágica que le sonríe con tristeza.  

viernes, 26 de junio de 2015

El relicario

—¿Por qué?—preguntó de improvisto entrando en la habitación.

Había estado inmerso en mis propias dudas y temores. Amel y yo conversábamos en silencio. Dialogábamos observando viejas cartas que Eleni me había hecho llegar. Eran cartas de mi puño y letra. Me interesaba reiteradamente por aquel violinista que lo fue todo para mí, mi viejo amigo de desgracias y mi amante desafortunado que abandoné en París. Aún me siento culpable, pues es una cruz que siempre llevaré tatuada a fuego en mi alma y la cargaré hasta el último de mis días. Sin embargo, el apareció con el rostro bañado en lágrimas, manchando así su elegante blanca camisa de puños de encaje.

—Porque soy un demonio, un maldito demonio y disfruto torturándote—respondí con rotundo sarcasmo; sin embargo, y esto puedo asegurarlo por la vieja tumba de mi padre, no sabía qué me estaba recriminando.

—Bastardo...—siseó aproximándose a una de las estanterías, para empezar a arrojarme todos los pesados volúmenes que había logrado apilar con afanoso tesón.

—¡Para!—grité incorporándome, mientras esquivaba “Sueño de una noche de verano”—. ¡Sé puede saber qué demonios ocurre!

—¡Todo! ¡Todo ocurre!—dijo golpeándome el torso—. Todo... —susurró sin fuelle, permitiendo que lo abrazara.

Noté entonces que en sus manos había un viejo relicario. Reconocí de inmediato a su propietaria. Era una de las pertenencias de Claudia. Había decidido que todas esas reliquias se las quedase Talamasca. No quería que él tuviese que revivir ese terrible momento una y otra vez. Jamás se lo perdonaría. Nunca aceptaría ese terrible momento de angustia y desesperación.

—Estaba en mi cama... tú lo dejaste allí... admítelo... ¡Te gusta hacerme sufrir!—gritó intentando separarse de mí.

—Yo no fui—susurré.

—Seguro que fue ella. Fue ella, hermoso. Fue tu hija hermosa. Fue la hermosa niña muerta que tú recuperaste de entre las ánimas por la fuerza de tus palabras—murmuró Amel—. Fue ella—repitió—. Díselo... Dile la verdad.

—Fui yo. Admito que fui yo. He sido un torpe, Louis—dije tomándolo del rostro—. Amor mío, pensé que sería un hermoso detalle. Creí que ya no habría dolor en los recuerdos...—él me miró sin verme, pues tenía los ojos ensangrentados por las lágrimas sanguinolentas.

—Te odio—musitó tembloroso.

—¡No has sido tú! Lestat, deberías prevenirlo... Sabes que ella es mala... —susurró mi nuevo y perenne amigo—. Oh, ya. No quieres que suceda lo de aquella vez... entiendo... Se lo dirás a Talbot.

—Louis, perdóname—susurré acariciando su rostro con la punta de mis temblorosas manos. Él notó mi nerviosismo, pues el pánico llenó mi alma de viejos demonios.

—Deshazte de esto—dijo dejándome el relicario entre las manos mientras se apartaba—. Hazlo esta misma noche.

Él se marchó dando un fuerte portazo, provocando que cayesen aún más libros de la estantería. Después suspiré apoyándome en mi escritorio observando el desastre mientras escuchaba el sutil tarareo de Amel.

—No tararees esas notas...—reconocía aquella melodía. Eran algunas de las partituras favoritas de Claudia. No quería tenerlas presente.

—Sólo te aliento a que busques a David—murmuró.


Aquella misma noche entregué a mi viejo amigo David Talbot el relicario y puse en conocimiento de todos lo que había sucedido. Los espíritus se disgregaron buscando a aquel demonio de pequeño tamaño y hermoso rostro. Si bien, de ello hace más de dos meses y no ha ocurrido nada grave. Al parecer tan sólo puede dañarnos con sus recuerdos, esos recuerdos que también poseemos nosotros llenos de dolor y amargura.


Lestat de Lioncourt   

viernes, 19 de junio de 2015

Amor de padre, odio de hija.

—Descubrí la maldad del fondo de tu corazón y la hice mía. Contemplé el orgullo en tus ojos, asimilé tus sonrisas turbias y caminé con la elegancia de las mujeres que tanto adulabais. Me convertí ante vosotros en una muñeca perfecta, pero en realidad estaba tan maldita como las harapientas que usaban para el vudú. Para vosotros era vuestra hija, pero para la oscuridad era una asesina más—decía aquello sentada en el elegante sofá de aquella salita.

Había estado viéndola durante varias noches en el hospital. Fue terrible para mí volverla a encontrar, aunque ya sabiéndome menos frágil. Ya no era un humano más, sino el vampiro que siempre fui. Sin embargo, tenía miedo. Me daba miedo verla así, tan real. Era ella, jamás dejó de ser ella, y a la vez no era más que humo, recuerdos y dolor. Quería huir, no escucharla y abandonarla a su suerte una vez más. Debí haberlo hecho. Abandonarla la primera vez, dejándola allí moribunda y olvidarme de su piel pálida y febril. Pero ni antes ni en esos momentos pude hacerlo. Permanecí de pie apoyado en el marco de la puerta. Crucé mis brazos a la altura del pecho y dejé que siguiera.

Aquella noche había elegido unas prendas similares a las que yo había usado en otra época. Los jóvenes se divertían usando vestimentas estrambóticas, muy elegantes para mí, y yo recurría a ellas. Llevaba mi levita con camafeos de las musas y disfrutaba de mi camisa de chorreras. Pero aquella noche esa ropa me hacía sentirme en otro tiempo, el tiempo en el cual se fraguó nuestra leyenda y odio.

—Era hermosa, ¿no es así?—dijo mirándome directamente a los ojos. Un ligero escalofrío recorrió todo mi cuerpo—. Mis tirabuzones dorados te recordaban a tus rizos enmarañados, salvajes como la melena de un león, y atados a duras penas aunque con gracia. Mis ojos, tan profundos y celestes, podían ser un paraíso envenenado que muchos veían cargados de inocencia, frágiles lágrimas y terribles tormentos infantiles. Esa voz, esa que te llamaba con malicia, recitaba los poemas favoritos del inútil de tu amante—apreté la mandíbula y mis puños. Me sentía incómodo—. Los dos, tú y él, os convertisteis en unos patéticos remilgados que buscaban su propia felicidad. Sin embargo, ¿y la mía? ¿Acaso creías que yo era feliz siendo una niña?—preguntó.

—En absoluto—respondí—. Pero, de forma egoísta, nosotros lo éramos teniéndote a nuestro lado. Te reteníamos, te apretábamos con las rejas de nuestros dedos, y te convertimos en presa de nuestros deseos. Jamás pensamos en ti, lo reconozco. Fue mi culpa, no suya. Hazme el favor de no meter a Louis en todo esto—ella se echó a reír cuando comprendió que intentaba alejarla de mon ange, sin embargo era imposible. Deseaba destruirlo, pero daba gracias que él fuese incapaz de verla, escucharla y poder tenerla presente como yo la tenía.


—No te dejaré descansar—respondió antes de desaparecer.

Lestat  de Lioncourt 

miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

sábado, 11 de abril de 2015

Mi corazón

Louis me ha dado ésto. Me ha dicho que es un viejo escrito. Ha pedido que lo publique y lo muestre. Son sus sentimientos más puros.


Lestat de Lioncourt


El dolor aún llena mi alma. Es como si todavía pudiese cruzar el mundo para abrazarte. Aún creo que puedo hallarte, contemplar tus hermosos ojos azules y perderme en tu diminuta sonrisa. Parecías una azucena fragante envuelta en caros vestidos de satén azul. Siento que el vacío jamás podrá llenarse.

Puedo recordar la primera vez que te vi. Estabas sola, abandonada a tu suerte, enferma, aferrada a una esperanza vacía y a un cadáver que se pudría. El olor de la muerte te envolvía. Tus mejillas estaban pálidas, casi cenicientas, y tu cabello era un nido de piojos. Sin embargo, eras hermosa. Era capaz de apreciar la belleza de tus rasgos, la bondad de tu alma, el latido de tu corazón y tu sangre moviéndose por cada vena. Hice lo que cualquier vampiro hubiese hecho en mi lugar: alimentarme.

Yo, el mártir y filósofo. Yo, que aún creía en Dios y sus castigos. Yo, que había visto condenado mi mundo con las llamas del infierno. Yo, Louis de Pointe du Lac, te intenté arrebatar la vida con un impulso cruel, despiadado y sin sentido. Un pequeño placer que se convirtió en mi mayor pecado.

Él decidió torturarme, o quizás fue para consolarme. No lo sé. Jamás comprendí bien los motivos que le impulsaron a tomarte entre sus brazos, como si fuese un ángel de la guarda, y llevarte lejos de la clínica donde te habían llevado con un hilo de vida. El carruaje paró frente al hotel donde nos hospedábamos. La noche era fría, desapacible y despiadada. Las estrellas no iluminaban el mundo, las nubes colapsaban y la lluvia lavaba las lágrimas que yo había derramado. Él me buscó, me atrajo a sus brazos y me ofreció la visión más terrible. Tuve que ver como tú volvías a la vida, pero con otro semblante y otro destino.

Te arrebató la inocencia. Aunque por algún tiempo quise creer que aún la conservabas. Intenté pensar que jamás serías como él, como yo o como cualquier otro de nuestra maldita especie. Deseé que fueses para siempre mi pequeña, mi hija. Jamás quise soltarte. Juro que jamás lo hubiese hecho. Nunca pensé dejarte atrás. Eras mi corazón y ese corazón se quebró convirtiéndose en pedazos, sombras chinescas y humo. Las lágrimas se precipitaron por mis mejillas cuando tú te perdiste de mi lado, cuando el mundo decidió castigarte y cuando lo más sagrado, esa vida que dio aquel que tanto odiabas, llegaba a su fin.

Aún creo que puedo escuchar tu risa. Puedo apreciarla con todo lujo de matices y detalles. Tu nariz se arruga, tus labios se curvan y tus ojos iluminan la estancia como si fuese un rayo de luz. Mi amor, mi pequeño ángel... mi niña.



miércoles, 18 de marzo de 2015

Padre, hija y peleas que crean muros.

Quisiera que vieras el mundo como yo, pero es imposible que te pongas en mis zapatos. Comprendo tu rebeldía, tus ganas de romper los grilletes y el dolor que puedes sentir. Yo también fui obviado por mi familia, despreciado por mi juventud, vi la muerte con mis propios ojos y sentí su terrible aliento. Estuve a punto de alcanzar mis sueños más fastuosos, esos que se truncaron y que ahora son sólo polvo. Mírame cuando te hablo, por favor. Yo sé lo que sientes. Sé como eres. Sé quien eres mejor que tú.

He visto en tus ojos la rabia que aún contengo. Sé que esa fuerza que yace en tu interior provoca que tengas una actitud tan tensa. Sin embargo, no puedo evitar pensar que eres joven y debo protegerte. Algo en mí se activa cuando te tengo cerca. Quiero que seas mejor que yo, que no cometas los mismos errores, y descubro, por desgracia, que soy igual que Marius cuando me conoció.

Amaría volver a estar contigo, teniéndote frente a frente, dejando que mis labios recorran tu rostro y que mis manos no se aparten de tu cintura. Sé que el mundo ha sido cruel contigo, del mismo modo que lo ha sido con todos en algún momento. Sin embargo, ahora tienes todo lo que deseas al alcance de tus dedos. Puedes ir donde desees y hacer lo que quieras. Por favor, que una de esas cosas sea volver a caminar a mi lado, bajo las estrellas de ese pantano, mientras aceptamos nuestras diferencias.


Tú siempre serás mi hija. Jamás dejaré de amarte, desear tu compañía y añorar nuestras peleas. Cada lágrima que has derramado has provocado que yo llore contigo. Espero que algún día tus arrebatos y los míos se evaporen. Quiero derrumbar ese muro que hemos puesto, la distancia desmedida y las malas miradas que no nos conducen a nada.

Lestat de Lioncourt  

lunes, 1 de diciembre de 2014

Recuerdos.

Louis la recuerda, yo también. No podemos olvidarla. Nunca. 

Lestat de Lioncourt 


Huí de ti, de mí y de todos los recuerdos. Creí que marchándome lejos, en una ciudad absolutamente distinta, podría descansar. Pero mi mente era recurrente. Te recordaba a ti, a mí y a todo lo que habíamos vivido. Podía sentir tus pequeñas manos sobre mi rostro, tus dedos enredándose en mis largos mechones ondulados y tu aliento rozando mi cuello. Eres el fantasma que vela por mi insomnio. No puedo librarme de tus palabras cargadas de rencor y odio. Siempre quise decirme a mí mismo que tendría la fortaleza necesaria para saber la verdad, pero fue devastadora.

Ahora sé que siente Lestat. Sé que sintió siempre.

Creí en tus hermosos ojos azules, aunque sabía que me mentían. Pero tú eras mi amada niña, mi pequeña, mi dulce huerfanita que siempre me recitaba con cariño cada poema y me ofrecía su mejor sonrisa. Recuerdo los primeros años en los cuales nosotros formamos una familia. Tú, él y yo. Una hermosa familia. Sé que Lestat no era el único que ambicionaba amor. Yo estaba desesperado porque quería que alguien viese en mí algo más que un monstruo. Mi familia me veía como tal mucho antes de ser un vampiro. Desde la muerte de mi hermano no había feliz, sin embargo cuando te abrazaba y olía tus cabellos me sentía a salvo. Eras mi pequeña, a la cual cuidar. Eras mi forma de mostrar al mundo que algo bueno podía brotar de mi alma. Te convertí en un trozo de mí, pero tú te transformaste en veneno.

No he podido librarme de ti ni un segundo. Creo que tampoco quiero. Si te vas de mi lado, pequeña mía, me volvería loco. No sabría que hacer. Tu recuerdo me sostiene. Sin embargo, intenté hacerlo. Huí lejos de New Orleans. Me adentré en una nueva jungla de asfalto, almas vacías y grises edificios. Miré al mundo con la desesperanza tatuada en mi corazón y me convertí en un cosmopolita. Si bien, nada tenía sentido.


He regresado a la casa que compartimos. He vuelto a mirar las viejas tabla del suelo, la decoración de las molduras, las hermosas lámparas colgando con elegancia y luz eléctrica, el sofá hermoso que solía usar para leer en los últimos años y los miles de documentos esparcidos en el bureau de Lestat. Me he puesto a llorar, dejando que las lágrimas me ahogaran, mientras él me rodeaba jurándome que el pasado ya no podría hacerme más daño. Pues, según él, ya sólo puedo hacerme daño yo al recordarlo. Pero si no te recuerdo no soy yo. Si no vuelvo la vista atrás siento que me falta algo. Nos falta algo a ambos. Nos faltas tú, a pesar de tu odio.  

viernes, 26 de septiembre de 2014

Stella, mi pequeña Stella.

Julien Mayfair se pone blandito cuando habla de Stella. Es que de tal palo tal astilla. No olvidemos de quien es nieta/hija... Julien, que pillo eres. Hay que aceptar que este brujo fabricaba mujeres hermosas. Bueno, acepto que además de ser un bastardo (y mucho) tenía un buen físico. Ahora, amputen mis manos como sucedió con Nico. 

Lestat de Lioncourt


Aún creo escuchar tu encantadora voz en el jardín. Puedo imaginar que estás ahí, con los pies descalzos, mientras intentas cazar mariposas únicamente para verlas de cerca. Tenías el cabello negro, ondulado, espeso y caía sobre tus hombros. Eras una niña preciosa. Te consentía en todo e intenté protegerte de cualquier pequeño retazo de oscuridad, pero fue en vano. Todo lo que yo esperaba de la vida, aquello que deseaba con fuerza, quedó desterrado y como si fuera una maldición, tan terrible como efectiva, quedaste atrapada entre los largos dedos de la mayor bestia que podías imaginar.

La oscuridad de las suaves sobras del jardín se hicieron intensas, el paraíso se convirtió en infierno, y un día cualquiera, en tu infancia, yo me desvanecí. Las flores dejaron un aroma distinto en tus cabellos y las calles quedaron empapadas. Mi espíritu quedó atrapado, se asomaba a la ventana y podía verte crecer entre el dondiego y los jazmines. La tenue luz de la adolescencia hizo estragos en ti, del mismo modo que tus poderes. Rogué que fueras libre, pero caíste presa de un don peligroso. La esmeralda comenzó a lucir en tus pronunciados escotes, tu largo cabello quedó tirado en el suelo de alguna peluquería y tu sonrisa empezó a ser distinta.

Hija mía, eras mi corazón. Hiciste que este monstruo se ablandara de tal forma que quedé irreconocible. Mis manos arrugadas, tan viejas como mis ojos, te contemplaron de forma tierna y pura. Jamás pensé que pudiera amar tanto a alguien. Te amé desde el día de tu nacimiento, cuando te dejaron envuelta en mis brazos. Mi último fruto. Mi última hija. Una bruja más para la cuenta final. Un enigma.

Tal vez debí decirte cuánto te quería en aquellos momentos, pero hay amores que no necesitan ser dichos para ser conocidos. Creo que siempre supiste la verdad, que el ser que te abrazaba no era más que un hombre al que no podías llamar padre. No importa. Fui padre de muchos, pero pocos tuvieron siquiera el honor de ser apreciados por mí. Quise que conocieras la verdad de esta ciudad, tan llena de misterios y pecado, para que nada te sorprendiera. Intenté ser el mejor ejemplo. Deseé mi fuerza y entereza para ti. 

Siempre te amaré mi pequeña Stella.



viernes, 19 de septiembre de 2014

Querida brujita, amada arpía

Quise hacer mi mayor esfuerzo, convertirte en mi logro personal, pero fallé. Fallé en todo. He sido descortés, estúpido e impaciente. Seguramente siempre seré incapaz de reaccionar cuando alguien espera lo mejor de mí. Yo aprendí a golpes desde que era un niño, tratado como un bastardo en el castillo de mi padre y he sentido el aullido del lobo demasiado cerca. La muerte me rondó desde edad temprana, el dolor atenazó mi corazón y la rabia invadió todo. Vi esa rabia en ti y la desesperación. Siempre he tenido el don de reconocer un alma atormentada, porque yo también lo soy. Jamás he dejado de ser un muchacho atormentado. Me he convertido en la viva imagen del sufrimiento, de la desesperación, cuando he visto mis sueños convertirse en humo o papel mojado.

He hecho muchas promesas que no he podido cumplir. Tal vez lo haga porque me creo lo suficientemente listo para bajar la luna con mis propias manos, pero no soy más que un soñador que se queda rozando el aire imaginando que la posee. Acepto que lo soy. Jamás he dicho que no lo sea. Nunca me he permitido el lujo de mentir en ese aspecto. Sin embargo, tú esperabas un héroe de brillante armadura luchando contra dragones y sólo tuviste a éste enclenque que no supo apreciar tu esfuerzo. Por favor, lee atentamente mis palabras y no arrugues el papel. No quiero que me dejes con las palabras en la punta de los dedos, muriendo en cada trazo que marca mi pluma. Mírame, estoy desarmado y sin otra oportunidad.

El sonido de tus tacones por mi apartamento aún es nítido. Puedo escuchar con viveza tus últimas lágrimas. No sé si has sido sincera, si lloras por esto o por cualquier otra cosa, pero te prometo que yo sí lo estoy siendo. Me gustaría abrazarte como un padre y besar tu frente como un Dios protector, pero no soy más que el idiota de siempre luchando contra sí mismo. Mi orgullo es demasiado grueso, tiene muchas capas, y tú has penetrado en ellas llegando a mi corazón. Te juro que es cierto. Yo te amo y aprecio cada palabra que me dices, me haces temblar de rabia y también de emoción. Eres mi hija. Para siempre vas a ser parte de mí quieras o no. ¿Qué puedo decirte? Me desgarra el alma, me hace temblar de pies a cabeza, cuando te miro. Veo mis errores, pero también mis virtudes.

Por favor, perdóname por todos los fallos. No he hecho al mejor de los vampiros, pero sí sé que eres una de las mujeres más tenaces que hay en la faz de la tierra. Eres sensual, provocadora y evidentemente, ya que lo has demostrado en miles de ocasiones, demasiado lista para dejarte engañar por quimeras o sueños demasiado imposibles. Eres lo que se dice una perfecta arma de combate, una bomba de relojería, que camina con unos elegantes tacones y un traje minúsculo. Tan bajita, tan menuda, tan hermosa y tan libre. ¡Has aprendido a volar antes que a caminar! Y yo deseaba estar ahí. Quizás es cierto que sólo estoy frustrado, enamorado de una mujer que no puede ser mía y que tú, mi hermosa niña, eres capaz de amarme. Pero, mírame, soy el príncipe de los vampiros y el rey de los idiotas. Lo acepto. Si bien, en el corazón no se juzga si hay amor posible o no, sólo el sentimiento. Yo sé que él te hará feliz, también sé que yo te amo a mi modo. Discúlpame por no saber apreciarte y darte lo mejor de mí, pero tienes mis brazos siempre abiertos. No importa cuándo o dónde estés, allí iré si me buscas.

Tu padre, amigo y compañero de guerras sin cuartel,

Lestat de Lioncourt  


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Dedicado a Mona Mayfair... para que luego digas que el "jefe" no te quiere. Te quiero, imbécil. ¿No lo ves? Te quiero. Todo padre quiere a sus hijos. No soy un insensible. 

viernes, 22 de agosto de 2014

Estimado Jefe

Mona Mayfair me ha regalado unas palabras que más bien parecen advertencia, pero al menos admite que me quiere. El aprecio es muto. ¡Pero yo no soy tan desgraciado como ella dice!


Lestat de Lioncourt 


Si pudiera resumir nuestra relación en una sola palabra la titularía «Caos», pero no puedo ser tan cruel. He aprendido de mis errores durante estos años, pero sigo teniendo mi orgullo y me obceco en contradecir todos tus dictámenes. Puede que tu experiencia valga la pena para otros, pero sabes que mi libertad y mis deseos son superiores a los tuyos. No sé porqué te molestas conmigo, somos muy parecidos. Cuando me ves tal vez contemplas el fruto de tus intrépidas palabras, tus entrometidos actos de valor y la desfachatez carismática que posee tu sonrisa. Eres divino pecado, pero el pecado se hizo para que yo lo vistiera. Soy joven, me gusta divertirme y no puedes castigarme por ello. He vivido calamidades terribles, tan terribles como las que tú viviste, y también vi la muerte rondar mi cama, besar mis cabellos y reírse de mí. No, no puedes negarme el ser como soy. ¿Acaso no te das cuenta? Eres como todos los padres terriblemente preocupados sin comprender que sus hijos terminan pareciéndose a ellos. Y no hay remedio.

Me gustaría volver a verte. Hace tiempo que no nos enfrentamos. Tal vez debería vestirme de la forma más provocadora posible, con esos amplios escotes que muestren parcialmente mis senos, y no dejen nada a la imaginación. Sólo lo haría por ver tu reacción. Eres un príncipe alocado, pero no dejas que otros cometamos locuras. Tienes miedo de verme sufrir, lo sé, pero el sufrimiento es parte del juego. Me encantaría lanzar los dados, jugar una partida de poker conmigo, y reírme en tu cara cuando la ira reviente. Eres encantador, atractivo y muy arrogante. Y esa arrogancia te mata. Me fascina tus ojos azules con esos rayos violetas, los cuales aparecen en los peores momentos. La rabia te consume, aprietas los dientes igual que los puños, y comienzas a maldecir en cientos de idiomas. Es terriblemente excitante verte así, jefe.

Te recuerdo con una americana blanca, una camisa lavanda de algodón y unos tejanos apropiados para ir a la moda. Sí, te he visto hace poco. He podido ocultarme de ti. Aunque te prometo que intenté no reírme cuando te vi frente a la tienda de aparatos electrónicos. Paseabas ante las cámaras para verte reflejado en cada televisor. Debe ser horrible haberte vuelto una figura de leyenda, pero nada más. Nadie cree que puedas aparecer de nuevo subido en un escenario dando alaridos. Bueno, hay alguien. Ya sabes bien que él siempre te tendrá como su héroe personal, el Mesías de la locura y la celebridad más importante de todos los tiempos. Hoy ha salido solo. No sé donde se habrá metido. A veces lo hace, ¿sabes? Y yo me siento sola. Extraño los días en los cuales los tres salíamos a cazar villanos y vampiros que debían arrepentirse de sus actos. Me pregunto qué harías si te digo que te espero en uno de esos coquetos cafés donde vas a leer el periódico, perderte en las generosas vistas de las escotadas camareras y soñar que esa bruja loca regresa a tu lado. ¿Sabes por qué lo hago? Quizás es porque aún te quiero y te necesito, pero soy demasiado terca como para decirlo cara a cara. Sería tener que tragarme todo mi orgullo escuchando mis palabras. Y una chica no puede permitirse eso, ¿sabías? Menos una bruja como yo. Porque aún me considero una bruja y siempre me consideraré como tal. No puedo olvidar que no me amaras y la prefirieras a ella, una loca beata de la misma ciencia que condenó a todos y no me pudo salvar, como tampoco pudo salvar a mi pequeña.

Jefe, sólo espero que nos veamos pronto y me puedas firmar ese libro que saldrá a la venta. Estoy esperando con ansias tenerlo. Posiblemente lo lea más de una vez recordando la cadencia de tus palabras, el tono amable y cortesano de tu voz, y lo idiota que eres. No puedo olvidar lo idiota que has sido. Intento hacerlo, pero es divertido. Sólo te pido que te cuides, pues cuando nos veamos posiblemente comience esa guerra que quedó en nada. Un enfrentamiento padre e hija, ¿no crees que sería fascinante? Demasiado tentador, jefe. Así que piensa, pronto me verás con un vestido ceñido demasiado corto y escotado, con el cabello suelto imitando al fuego que me consume y con mis ojos verdes clavados en los tuyos. Ve preparando tu mejor discurso, que yo prepararé mi mejor veneno.

No olvides que te quiero,

Mona Mayfair  

jueves, 31 de julio de 2014

Siempre mi damita

Si hay algo que aún conmueve a Louis es Claudia. Hemos pasado por muchas cosas, el tiempo borra parte del dolor y lo enjaula en nuevas satisfacciones, pero su dolor sigue quemando. Creo que nunca lo superará. 

Lestat de Lioncourt 


Te he buscado mil veces en cientos de calles. No he permitido a mi corazón desvanecer cada uno de sus sentimientos, pues quería sentir el amor que siento por ti a pesar de lo doloroso que es. Tengo cerca de mi pecho tu vieja fotografía, la cual guardo como un pequeño tesoro que no permito tocar a nadie. A veces te imagino caminando a mi lado, tomando mi mano y preguntándome por la luz de la luna que incide sobre cada una de las caras de la ciudad. Desearía poder estrechar tu pequeño cuerpo, aspirar el aroma de tus cabellos y jurarte mil veces, mirándote a los ojos, que no te dejaré ir jamás.

Creí que ambos buscábamos lo mismo y que siempre sería tu padre. A veces quiero morirme cuando recuerdo que me odias. Ese odio alimenta la parte más grotesca de mi ser, pequeña mía. Desearía quemar todo lo que siento, olvidarme de mi dolor, y adentrarme en los jardines paradisíacos de la frialdad más cruda. Sin embargo, siempre que recuerdo tus rizos dorados mi corazón se enternece, siento como las lágrimas vuelven a recorrer mis mejillas y mis manos tiemblan.

Siempre seré tu abnegado padre. Nunca podré dejar de pensar en tus brazos rodeando mi cuello, el peso de éste en mis brazos y el sonido de tu voz mientras te confesaba que eras todo lo que necesitaba. Eras mi hija, mi pequeña, mi damita, mi tierna criatura y lo único que importaba en mi vida. Cuando desapareciste algo en mí se quebró. Me convertí en un monstruo cuando supe que en tu corazón sólo podía anidar el odio, siendo tan intenso como el brillo de un diamante. Sin embargo, no puedo reprocharte nada. Ni siquiera puedo pedir explicaciones al aire, pues entiendo tu dolor ya que es parte de mí.


Mi niña, siempre tendré la huella de tu amor en mi corazón. Jamás podré olvidar la belleza de tu voz alzándose por los viejos callejones de New Orleans, ni la gracia de tu risa recorriendo la noche mientras tus brazos se movían en el aire. Cariño, jamás dejarás de ser el amor más puro e infinito que he sentido. Nunca se deja de amar a una hija.  

viernes, 11 de abril de 2014

Damita de muerte

Louis, Louis... Louis... él no puede olvidar a Claudia, y es normal. Ella era la representación de nuestra unión, felicidad y familia. Sin duda el odio que ella nos ofreció fue terrible para su corazón, su alma y su vida. Hubiese preferido que él no supiera sus sentimientos... ahora aún sufre por ello y creo que eso es lo que tiene aprisionado al Louis que yo amé. Pero el recuerdo quedó atrás, su belleza se consumió y sólo queda unos versos de un padre aún dolido por la muerte temprana de su hija. 

Dedicado a nuestra damita... 

Damita de muerte 

La inocencia se desprendió de tu alma
igual que los lazos de tu cabello.
Pude ver como mi hermosa dama
se transformaba en mujer y asesina.

Delicada como una muñeca,
con los ojos llenos de esperanza,
te convertimos en un monstruo
que se llevó nuestra confianza.

Tú, tan dulce y pequeña en un principio,
creciste como gigante bajo una sonrisa.
Dejando que la felicidad cayera por un precipicio
y se rompiera mientras tú huías a prisa.

Tan hermosa, encantadora y misteriosa
que olvidé por completo que no eras niña.
Una mujer que se abrió a mí con elegancia
y con el aroma de mil pétalos de rosa.

Tenemos la culpa, lo sabemos bien.
Lo sabemos del mismo modo en el cual te amamos.
Algún día podré volver a tu lado...

algún día caminaremos de nuevo de la mano.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt