Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 12 de noviembre de 2015

Oportunidades de amar y desear.

Michael y Rowan son dos seres opuestos que se han convertido en uno mismo. No pueden estar el uno sin el otro. Yo lo sabía cuando la conocí. Acepté eso. 

Lestat de Lioncourt


El aroma de su perfume le perseguía. Era como si estuviese intoxicado por la sensación, fresca y agradable, de su cuerpo desnudo contra el suyo. Cada vez que cerraba los ojos se amontonaban en su mente pequeñas fracciones de segundos, algunas demasiado excitantes, que le decían continuamente que debía volver a encontrarla, yacer una vez más en aquella cama y olvidarse de los demonios que le perseguían. Sin embargo, continuaba su viaje como si fuese un náufrago a la deriva.

Debía regresar a casa, aunque no existiese ya nada que le vinculara con aquella ciudad llena de edificios destruidos por el tiempo, la dejadez y los pesados recuerdos que siempre, siempre, formaban griegas ante sus ojos. La luz parecía diferente, incluso el aire era distinto, cuando paseabas por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. No importaba donde miraras. Era una ciudad de mezcla, historia y secretos. Uno de esos secretos era el misterioso sentimiento que tenía hacia una de las viviendas más reconocibles de First Street.

Michael no podía dejar de rememorar el hermoso jardín descuidado, aunque gigantesco y frondoso, donde solía vislumbrar a un hombre que le contemplaba, sonreía y animaba a seguirlo con la mirada. Cuando era niño jamás sospechó que fuese un fantasma, incluso en esos momentos desconocía que era una fuerte presencia que pertenecía a la familia desde hacía siglos.

Cuando salió del taxi y se abalanzó contra la cancela, cayendo a los pies de aquel ser inmutable y maravillosamente vestido, se percató que había hecho quizás el último viaje de su vida. Si tenía que morir sería en aquella ciudad, en ese mismo jardín y comprendiendo al fin la verdad que tantos años había permanecido enterrada, igual que las raíces del gigantesco roble que presidía el camino de la entrada.

Durante los días siguientes aprendió y comprendió mejor a los Mayfair que muchos de ellos. Supo entonces que quizás no fue sólo el destino, sino una mano oculta quien movió los hilos de su vida. Rowan, la doctora Mayfair, no había aparecido por arte de magia. Ella era parte del rompecabezas que le provocaba un terrible dolor en su pecho y en su alma. Había codiciado a esa mujer desde que abrió la puerta de su vivienda en San Francisco. Fue un flechazo directo, sin tapujos, que desnudó su alma dejándola a merced de sus finas manos femeninas.

Había momentos en los que descansaba sus terribles lecturas, dejando a un lado los archivos que habían llegado a sus manos gracias a Aaron Lightner, y cuando lo hacía la imaginaba desnuda, con sus pequeños pezones duros y su escaso vello púbico de color dorado, como su ondulado cabello rubio. La codiciaba bajo su cuerpo, mucho más voluminoso y de piel ligeramente tostada debido a su duro oficio, gimiendo su nombre, enterrando sus uñas en sus omóplatos y moviendo sus caderas con lujuria. Recordaba perfectamente su estrecha vagina conteniendo su miembro viril, completamente henchido y recubierto de gruesas venas que le ofrecían vigor, en un cubículo húmedo, cálido e idóneo para el placer. Incluso podía verse así mismo saliendo de ella, para inclinarse sobre su vientre y bajar hasta aquella boca húmeda que contenía su preciado clítoris. Su lengua se movía en pequeños círculos, retirando la fina piel de aquel punto de placer femenino, para luego introducirse lentamente en su delicioso orificio. Ella estiraba sus manos, metía sus dedos entre sus espesos rizos negros y tiraba de su cabello con fuerza para pegarlo contra ella. Incluso podía escuchar los gemidos, jadeos y palabras sucias que ambos pronunciaban. No dudó en rememorar sus carnosos labios contra su glande, rodeándolo y ansiándolo, del mismo modo que no pudo dejar atrás la imagen de aquella lengua que azotaba con seductoras caricias desde la punta hasta la base de sus testículos. Michael la deseaba como los antiguos griegos deseaban a Afrodita.


Sabía que la próxima vez que la viera tendría que contenerse, pero que en cuanto tuviese ocasión la haría de nuevo suya marcándola con su boca, torturándola con sus manos y apretando sus pechos contra su torso. Deseaba sentir el calor de sus muslos, tan ardientes como acogedores, mientras se impulsaba dentro de ella. Quería escuchar clamar su nombre entre gemidos, jadeos y tortuosos suspiros. Ella debía volver a estar bajo sus dominios, pero también libre subida sobre él provocándole con sus senos al aire, mostrándose decidida y complaciente.  

martes, 13 de octubre de 2015

Volver

¿Va a volver? Ha dicho puerta... Quiere volver.

Lestat de Lioncourt


—Nos hemos convertido en adictos a las mentiras. Vivimos en un mundo basado en mentiras que creemos absolutas verdades. Palpamos la codicia y creemos que todo merece la pena. Sufrimos la soledad, el desconcierto de una vida vacía, y alimentamos nuestro sufrimiento llenando el hueco de nuestro pecho, de nuestros brazos y hogar, con productos que no necesitamos, información que olvidaremos pronto y alimentos innecesarios. Permitimos que nos envenenen el agua, los alimentos, el aire e incluso los medicamentos. Asumimos que estamos protegidos porque hay esclavos de la patria desplegados por el mundo, tenemos fronteras con serpentinas que atraviesan nuestra piel y aplaudimos la mentira de guerras por dinero, recursos y territorio. El ego de nuestros dirigentes es una sombra alargada, casi tanto como su ineficacia y sus ansias de poder. Permitimos que nos roben el alma, el dinero de nuestros bolsillos y los sueños—metió sus manos en sus impecables bolsillos, mientras yo seguía sentado tras la mesa de mi despacho—. En eso nos hemos convertido—. Entonces giró suavemente su rostro, iluminando parcialmente éste con la luz tenue del escritorio, para luego sonreír amargamente—. Somos monstruos perfectos, armas de destrucción masiva, y aún así jugamos nuestras mejores cartas para conseguir nuestras mayores ambiciones. Os eduqué bien a todos, os inyecté el deseo de introducir cambios y ser miembros destacados de éste mundo. No quiero que seáis vasallos, como yo lo fui de un monstruo sin piel ni huesos, porque deseo que al menos, si vais a destruir el mundo, quiero que seáis vosotros quien pulse el botón.

Mi corazón palpitó rápido y fuerte. Me sentí intranquilo. Recordé los héroes de la patria, aquellos que tenían rostro común y manos callosas, que vivían aislados de las grandes medallas. No eran los grandes economistas, ni los ingeniosos políticos de discurso preestablecido y ni mucho menos los elegantes banqueros en sus deportivos. Tampoco eran los héroes de las grandes hazañas deportivas. Recordé la miseria de muchos de ellos, del silencio a sus espaldas y de las noches intranquilas. Vino a mí la viva imagen de mi padre, con sus heridas de guerra y sus viejos recuerdos calentados al fuego de los numerosos incendios que aplacó. Cerré los ojos echándome hacia atrás, pensando en la realidad que nos envolvía y asfixiaba. Él tenía razón. Lo importante no eran los hechos conmemorables, sino la verdad que ocurría en las aceras y que ignorábamos. En realidad, ignoramos todo.

Hemos dejado atrás todo lo que amamos, los sueños de infancia y el deseo ansioso de verdad. Bebemos las mentiras de los periódicos con una sed terrible, pues queremos creer lo que nos cuentan. No miramos más allá. Ya no se piensa, no se siente, no se busca y fingimos que nos preocupamos de otros porque eso nos hace buenos ante los demás. Sin embargo, la realidad es triste y decadente.

Él había vivido una época distinta donde trabajar con las manos te hacía honrado, pero más aún si lograbas amasar gran cantidad de bienes gracias a tu astucia, trabajo duro y noches en vela. No era sólo un hombre de taberna, putas y puros. Ni siquiera era un hombre que dejara que las cartas, los dados y las apuestas de carreras de caballos fuese su oficio. Él durante muchos años luchó por dejar un mundo mejor, un legado más grande e inmenso, pero estaba viendo despilfarro y estupidez. El mismo despilfarro, estupidez y limitaciones de otros que no llevaban su sangre. Siempre quiso ser un ejemplo, aunque no fuese el mejor, porque ansiaba salvarnos y mantenernos a flote. Éste era su jardín, su paraíso, y estaba lleno de vagos que vivían a base de los beneficios que él impulsó, pero que no dejaban legado alguno para el futuro. El apellido Mayfair pronto quedaría sepultado en polvo, ruinas y unas acciones que poco o nada valdrían en un futuro.

—¿Y qué harás?—pregunté—. Al menos, si te sirve de consuelo, Rowan está logrando grandes avances en el tratamiento de pacientes con daños cerebrales, así como reproducción asistida. Pronto tendremos un hijo, aislando el gen Taltos, y podremos empezar de cero. Posiblemente sea una niña—expliqué mirándolo una vez más. Parecía real, de carne y hueso, y así lo sentía. No importaba que fuese un espectro.


—Ya lo verás... quizás hay una puerta abierta para mí—sonrió desvaneciéndose y dejándome con la duda.  

domingo, 13 de septiembre de 2015

Quiero agradecerte...

Michael ha escrito estas palabras a Rowan. Yo también le agradezco a ella todo el amor que me ha dado, así como los recuerdos que todavía poseo de ella.

Lestat de Lioncourt


Hoy quiero dejar constancia de mis sentimientos. No sé porqué lo hago. Quizás creo que necesito expresar de nuevo la gratitud y el amor que siento por ti. Puede que estés cansada, quizás no lo creas necesario y tal vez mis palabras las conozcas demasiado bien. No importa. Creo que necesito expresar todo lo que siento en éstos momentos. Deseo liberar mi alma y que vaya a ti, como siempre ha hecho, para rodearte mientras te contemplo.

Todo matrimonio tiene sus buenos y malos momentos, pero los nuestros prácticamente nos costaron la vida y la felicidad que todavía queremos salvar. Los monstruos llamaron a nuestra puerta, danzaron en el jardín, nos ahogaron en mares más turbios que aquel que ya conocíamos bien los dos y estuvieron a punto de convertirnos en cadáveres sobre el césped. Acabamos siento nosotros los monstruos, y no ellos, enterramos sus cuerpos, lloramos por el destino de nuestra historia y nos miramos a los ojos preguntándonos si merecía la pena seguir juntos.

No he sido el mejor amante, tampoco creo que haya sido el mejor esposo. Sin embargo, mi débil corazón late gracias a ti. No hay nada que desee más que tomarte de la cintura, acercar mi boca a la tuya y besarte como un adolescente. El hombre que conociste hace décadas sigue aquí, envejeciendo a tu lado. No quiero apartarme de ti, de tu mundo y tus deseos, porque quiero compartir contigo todo lo que fui, soy y seré.


Te agradezco tu paciencia y amor. También agradezco nuestras peleas porque hace que te conozca mejor. Te agradezco cada momento, pues todos han sido maravillosos. Te amo.  

jueves, 25 de junio de 2015

No me preguntes si te amo, pregúntame cómo no amarte.

Michael y Rowan se aman, eso lo sabemos todos. Sin embargo, siempre hay pequeñas conversaciones que dejan claras las palabras, las promesas, las verdades...

Lestat de Lioncourt


—¿Crees que nuestro amor es fuerte?—preguntó mirándome con aquellos enormes ojos grises.

Tuve que guardar silencio por algunos minutos. El murmullo del viento, soplando suave entre las ramas, era lo único que se podía escuchar. La ventana estaba abierta, las cortinas color crema se movían como si fuera uno de los espectros que recorrían todavía nuestra vivienda, y la luz de la luna incidía sobre el rostro de mi mujer. Tenía un cuerpo delicado, pero poseía un rostro anguloso. Sus labios carnosos se encontraban entreabiertos, como si quisiera seguir hablando. Era hermosa y la amaba. Siempre la había amado. Descubrí que no podía vivir sin ella desde que supe que me salvó la vida. Cuando la contemplé tras la mirilla de mi vivienda en San Francisco. Supe que ella sería importante para mí, mucho más de lo que era en esos momentos, y no querría apartarme jamás de su lado.

—Sí—dije girándome bien hacia ella, rodeándola con mis brazos anchos y fuertes, mientras la atraía contra mi torso.

Bajo las sábanas de blanco algodón, tan suaves y frescas, estaban nuestros cuerpos desnudos. Aún olía a sexo y palabras clandestinas. Podía notar su piel sedosa bajo mis dedos ásperos y como su figura, delicada y fina, propagaban un aroma especial a placer, sudor y perfume francés.

—¿Por qué?—su voz sonó más ronca, como si temiese una respuesta inapropiada.

—Porque no sabría vivir sin ti. No soy capaz de imaginar un mundo en el que tú no estés. Podría vivir, por supuesto, pero esa vida no merecería la pena. Se convertiría en un paraíso en blanco y negro—expliqué apartando un mechón de su cabello. Ahora lo llevaba algo más largo y eso me agradaba, pero no era yo quien debía decidir sobre su peinado. Nunca he decidido nada que ella quisiera. Jamás he tenido voz o voto sobre sus decisiones. Siempre me he mantenido al margen esperando que pidiese mi ayuda, sosteniendo su mano y apoyando sus decisiones por equivocadas que me parecieran—. Tú me has dado la vida, pues antes de conocerte sólo quería encontrarme con la muerte. No importa que estuviésemos destinados por un ente cruel y egoísta.

Ella se giró dándome la espalda. Me sentí torpe porque pensé que no me había sabido explicar. Sin embargo, pronto pude notar como buscaba mi mano, deseando que la rodeara, mientras pegaba su espalda a mi torso. Deseaba sentirse protegida.

—Tú para mí eres muy importante—dijo en un susurro suave, aunque su voz era áspera y siempre tuvo un toque masculino. Era firme en cada palabra y sabía que era porque sus sentimientos eran importantes—. Tú eres todo lo que tengo en estos momentos. El hospital es importante, pero no me hace lo suficientemente feliz. Tú logras que me sienta protegida, me has soportado demasiadas cosas y a veces pienso que te cansarás.

—No me cansaré porque cuando uno ama de verdad jamás siente el cansancio—dije besando sus hombros—. Tú siempre serás mi vida.

Recordé nuestra primera vez. Éramos dos desconocidos que necesitaban comprenderse, un respiro de la vida que nos asfixiaba, y nos aislamos de nuestros problemas, del dolor y la miseria, para hundirnos en unas aguas más misteriosas que el mar donde nos encontramos. Besé sus labios y me sentí perdido. Ella permitió que la desnudara lentamente, aunque no pude sentir su piel bajo las yemas de mis dedos. Llevaba guantes, pues mis poderes estaban demasiado desarrollados y yo no sabía controlarlos. Si la tocaba sin ellos podía atravesar su piel, su carne, sus huesos y finalmente su alma. Sin embargo, no necesité mis poderes para tocarla y sentirme anclado a ella. Me enamoré. Dejé que mi vida se convirtiera en un suspiro lejos de ella. Mi corazón comenzó a latir aceleradamente cuando pensaba en ella.


Rowan me necesitaba, pero era una necesidad más allá de la soledad reinante que había tenido toda su vida. Se convirtió en una mujer decidida mucho antes que nosotros pudiésemos confrontarnos. Era una mujer llena de belleza y poder, con una inteligencia extraordinaria, y permitió que yo fuera su bálsamo. Me convertí en su columna. Tendí mis manos hacia ella y esperé que las tomara. Comenzó a amarme y jamás ha dejado de hacerlo. Veo en ella pequeños gestos que no han cambiado, aunque el miedo permanece y a veces, en sus pesadillas, la angustia parece doblegarla.  

domingo, 22 de febrero de 2015

El verdadero amor

Michael también tenía algo especial para Rowan... Y he aquí quedando como imbécil de nuevo.

Lestat de Lioncourt 

Amar. Ese verbo.

Amar es un verbo terrible que impulsa a dar lo mejor de ti, pero también a ofrecer lo peor. Por amor he matado, pero no me siento traicionado ni herido. Maté por el amor que tengo hacia ella, por su seguridad, por seguir unido a su cuerpo y que ella, todavía hoy, siga viva. Amor por cuidar de paraíso, el jardín del edén, que es First Street. Eso, sin duda alguna, es amor.

Hundí mi martillo en su cráneo. La sangre salpicó mi rostro, empapó mis manos e hirió de muerte la sagrada inocencia que aún poseía. Mi humanidad se disolvió como un terrón de azúcar en una taza de té. Me perdí en el calor del momento, igual que si fuese metal en una fragua, mientras él, fruto de nuestro amor, chillaba intentando sosegar al monstruo que había desatado. Él, mi hijo, era un ser grotesco que había vestido de duelo la familia en más de cinco ocasiones. Un hijo que rebasó al padre en maldad mucho antes de nacer. Un viejo conocido, un fantasma, en una cadena genética que debía ser distinta.

Maté a Lasher en nombre de Rowan, nuestro hijo Chris y en el mío propio. Dejé que su cuerpo se hundiera en la tierra removida del jardín. Arranqué el collar con la esmeralda, la contemplé unos instantes y sentí que ya no le odiaba. Tan sólo sentía lástima. Una lástima que todavía hoy perdura.


Y ella, Rowan, observa cada día el lugar donde yacen los dos hijos que concibió. No sé si deba preguntar por sus pensamientos, pero sé que toda su columna vertebral se agita y que sus manos tiemblan. He visto el dolor en sus ojos, así como la tristeza y la amargura. Sin embargo, cuando contempla los míos puedo ver amor. Un amor que no se ha ido. Es un amor que perdura. Porque en los malos momentos el amor se fortalece.  

miércoles, 11 de junio de 2014

We were made for loving you



Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos. 

WE WERE MADE FOR LOVING YOU


Habíamos discutido los tres, o más bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.

—Basta...—dijo rompiendo en lágrimas y eso nos hizo parar.

Los ojos azules de Michael se posaron en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí, matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.

—Cariño, ¿qué puedo hacer para que no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar que eso no era precisamente lo que él deseaba.

—Cherie, deberías decirnos cómo podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él quería.

—Dejad de discutir—murmuró—, pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se pelean.

Ambos nos miramos perdiéndonos uno en el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael. Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar, abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.

—No estamos discutiendo ya—respondió Michael.

Los ojos de Rowan se fijaron en él, perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía acorralada, dolida y posiblemente aturdida.

—Cuéntanos que sucede—dije tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.

Quedó allí, sentada, mirándonos a ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano. Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.

—No comprendéis nada—dijo al fin—. Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—. Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me falta él.

—Ménage à trois—respondí cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—. Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.

—No lo sé...—murmuró atormentado.

—Michael, está llorando y detesto que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—. Comprende.

—Ven cariño—dijo aproximándose a ella para tomarla en brazos—. Sígueme.

Aquella ancha espalda, con músculos marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros de Julien.

Cuando entramos en el dormitorio principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco. Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.

—Cherie—susurré acercándome a la cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.

Él se aproximó a nosotros sentándose junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos. Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y ásperos de su esposo.

Los senos de Rowan quedaron liberados, con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros, excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.

Sus dedos temblaban contra nuestro glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa, oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle, pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo, aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.

Nuestras manos se habían quedado en la ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella estimulándola.

En algún momento hicimos un pacto secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella. Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y arrodillé frente a ambos.

—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré hundiéndome en ella.

Michael se aproximó quedando a sus espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.

—No, no puedo ser egoísta—murmuré tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.

Hacíamos un buen equipo cargados de perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas. Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón, ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico, que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación increíble.

Ambos hacíamos aquello por amor a una misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de sujeción para aquel desenfreno.

—Rowan, Rowan...—le escuché decir casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó, girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un poco hacia mí, viendo su rostro.

Ella se sentó sobre mis caderas gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos mientras su boca emitía un largo gemido.

Rowan había llegado a un orgasmo tan fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña, mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.

—Hazlo tú primero—me dijo Michael apartándose.

Tomé a Rowan entonces entre mis brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final, eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino pude ver como Rowan volvía a hacerlo.

Al separarse, como yo mismo había hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.

—Lo he hecho por amor—dijo al fin Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.

—Yo también, Michael, yo también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio, placer y deseo.


Minutos más tarde los tres compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres completamente entregados a ella.  

Lestat de Lioncourt 


Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt