Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.
Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.
Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)
Un saludo, Lestat de Lioncourt
ADVERTENCIA
Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.
Michael y Rowan son dos seres opuestos que se han convertido en uno mismo. No pueden estar el uno sin el otro. Yo lo sabía cuando la conocí. Acepté eso.
Lestat de Lioncourt
El aroma de su perfume le perseguía.
Era como si estuviese intoxicado por la sensación, fresca y
agradable, de su cuerpo desnudo contra el suyo. Cada vez que cerraba
los ojos se amontonaban en su mente pequeñas fracciones de segundos,
algunas demasiado excitantes, que le decían continuamente que debía
volver a encontrarla, yacer una vez más en aquella cama y olvidarse
de los demonios que le perseguían. Sin embargo, continuaba su viaje
como si fuese un náufrago a la deriva.
Debía regresar a casa, aunque no
existiese ya nada que le vinculara con aquella ciudad llena de
edificios destruidos por el tiempo, la dejadez y los pesados
recuerdos que siempre, siempre, formaban griegas ante sus ojos. La
luz parecía diferente, incluso el aire era distinto, cuando paseabas
por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. No importaba donde
miraras. Era una ciudad de mezcla, historia y secretos. Uno de esos
secretos era el misterioso sentimiento que tenía hacia una de las
viviendas más reconocibles de First Street.
Michael no podía dejar de rememorar el
hermoso jardín descuidado, aunque gigantesco y frondoso, donde solía
vislumbrar a un hombre que le contemplaba, sonreía y animaba a
seguirlo con la mirada. Cuando era niño jamás sospechó que fuese
un fantasma, incluso en esos momentos desconocía que era una fuerte
presencia que pertenecía a la familia desde hacía siglos.
Cuando salió del taxi y se abalanzó
contra la cancela, cayendo a los pies de aquel ser inmutable y
maravillosamente vestido, se percató que había hecho quizás el
último viaje de su vida. Si tenía que morir sería en aquella
ciudad, en ese mismo jardín y comprendiendo al fin la verdad que
tantos años había permanecido enterrada, igual que las raíces del
gigantesco roble que presidía el camino de la entrada.
Durante los días siguientes aprendió
y comprendió mejor a los Mayfair que muchos de ellos. Supo entonces
que quizás no fue sólo el destino, sino una mano oculta quien movió
los hilos de su vida. Rowan, la doctora Mayfair, no había aparecido
por arte de magia. Ella era parte del rompecabezas que le provocaba
un terrible dolor en su pecho y en su alma. Había codiciado a esa
mujer desde que abrió la puerta de su vivienda en San Francisco. Fue
un flechazo directo, sin tapujos, que desnudó su alma dejándola a
merced de sus finas manos femeninas.
Había momentos en los que descansaba
sus terribles lecturas, dejando a un lado los archivos que habían
llegado a sus manos gracias a Aaron Lightner, y cuando lo hacía la
imaginaba desnuda, con sus pequeños pezones duros y su escaso vello
púbico de color dorado, como su ondulado cabello rubio. La codiciaba
bajo su cuerpo, mucho más voluminoso y de piel ligeramente tostada
debido a su duro oficio, gimiendo su nombre, enterrando sus uñas en
sus omóplatos y moviendo sus caderas con lujuria. Recordaba
perfectamente su estrecha vagina conteniendo su miembro viril,
completamente henchido y recubierto de gruesas venas que le ofrecían
vigor, en un cubículo húmedo, cálido e idóneo para el placer.
Incluso podía verse así mismo saliendo de ella, para inclinarse
sobre su vientre y bajar hasta aquella boca húmeda que contenía su
preciado clítoris. Su lengua se movía en pequeños círculos,
retirando la fina piel de aquel punto de placer femenino, para luego
introducirse lentamente en su delicioso orificio. Ella estiraba sus
manos, metía sus dedos entre sus espesos rizos negros y tiraba de su
cabello con fuerza para pegarlo contra ella. Incluso podía escuchar
los gemidos, jadeos y palabras sucias que ambos pronunciaban. No dudó
en rememorar sus carnosos labios contra su glande, rodeándolo y
ansiándolo, del mismo modo que no pudo dejar atrás la imagen de
aquella lengua que azotaba con seductoras caricias desde la punta
hasta la base de sus testículos. Michael la deseaba como los
antiguos griegos deseaban a Afrodita.
Sabía que la próxima vez que la viera
tendría que contenerse, pero que en cuanto tuviese ocasión la haría
de nuevo suya marcándola con su boca, torturándola con sus manos y
apretando sus pechos contra su torso. Deseaba sentir el calor de sus
muslos, tan ardientes como acogedores, mientras se impulsaba dentro
de ella. Quería escuchar clamar su nombre entre gemidos, jadeos y
tortuosos suspiros. Ella debía volver a estar bajo sus dominios,
pero también libre subida sobre él provocándole con sus senos al
aire, mostrándose decidida y complaciente.
—Nos hemos convertido en adictos a
las mentiras. Vivimos en un mundo basado en mentiras que creemos
absolutas verdades. Palpamos la codicia y creemos que todo merece la
pena. Sufrimos la soledad, el desconcierto de una vida vacía, y
alimentamos nuestro sufrimiento llenando el hueco de nuestro pecho,
de nuestros brazos y hogar, con productos que no necesitamos,
información que olvidaremos pronto y alimentos innecesarios.
Permitimos que nos envenenen el agua, los alimentos, el aire e
incluso los medicamentos. Asumimos que estamos protegidos porque hay
esclavos de la patria desplegados por el mundo, tenemos fronteras con
serpentinas que atraviesan nuestra piel y aplaudimos la mentira de
guerras por dinero, recursos y territorio. El ego de nuestros
dirigentes es una sombra alargada, casi tanto como su ineficacia y
sus ansias de poder. Permitimos que nos roben el alma, el dinero de
nuestros bolsillos y los sueños—metió sus manos en sus impecables
bolsillos, mientras yo seguía sentado tras la mesa de mi despacho—.
En eso nos hemos convertido—. Entonces giró suavemente su rostro,
iluminando parcialmente éste con la luz tenue del escritorio, para
luego sonreír amargamente—. Somos monstruos perfectos, armas de
destrucción masiva, y aún así jugamos nuestras mejores cartas para
conseguir nuestras mayores ambiciones. Os eduqué bien a todos, os
inyecté el deseo de introducir cambios y ser miembros destacados de
éste mundo. No quiero que seáis vasallos, como yo lo fui de un
monstruo sin piel ni huesos, porque deseo que al menos, si vais a
destruir el mundo, quiero que seáis vosotros quien pulse el botón.
Mi corazón palpitó rápido y fuerte.
Me sentí intranquilo. Recordé los héroes de la patria, aquellos
que tenían rostro común y manos callosas, que vivían aislados de
las grandes medallas. No eran los grandes economistas, ni los
ingeniosos políticos de discurso preestablecido y ni mucho menos los
elegantes banqueros en sus deportivos. Tampoco eran los héroes de
las grandes hazañas deportivas. Recordé la miseria de muchos de
ellos, del silencio a sus espaldas y de las noches intranquilas. Vino
a mí la viva imagen de mi padre, con sus heridas de guerra y sus
viejos recuerdos calentados al fuego de los numerosos incendios que
aplacó. Cerré los ojos echándome hacia atrás, pensando en la
realidad que nos envolvía y asfixiaba. Él tenía razón. Lo
importante no eran los hechos conmemorables, sino la verdad que
ocurría en las aceras y que ignorábamos. En realidad, ignoramos
todo.
Hemos dejado atrás todo lo que amamos,
los sueños de infancia y el deseo ansioso de verdad. Bebemos las
mentiras de los periódicos con una sed terrible, pues queremos creer
lo que nos cuentan. No miramos más allá. Ya no se piensa, no se
siente, no se busca y fingimos que nos preocupamos de otros porque
eso nos hace buenos ante los demás. Sin embargo, la realidad es
triste y decadente.
Él había vivido una época distinta
donde trabajar con las manos te hacía honrado, pero más aún si
lograbas amasar gran cantidad de bienes gracias a tu astucia, trabajo
duro y noches en vela. No era sólo un hombre de taberna, putas y
puros. Ni siquiera era un hombre que dejara que las cartas, los dados
y las apuestas de carreras de caballos fuese su oficio. Él durante
muchos años luchó por dejar un mundo mejor, un legado más grande e
inmenso, pero estaba viendo despilfarro y estupidez. El mismo
despilfarro, estupidez y limitaciones de otros que no llevaban su
sangre. Siempre quiso ser un ejemplo, aunque no fuese el mejor,
porque ansiaba salvarnos y mantenernos a flote. Éste era su jardín,
su paraíso, y estaba lleno de vagos que vivían a base de los
beneficios que él impulsó, pero que no dejaban legado alguno para
el futuro. El apellido Mayfair pronto quedaría sepultado en polvo,
ruinas y unas acciones que poco o nada valdrían en un futuro.
—¿Y qué harás?—pregunté—. Al
menos, si te sirve de consuelo, Rowan está logrando grandes avances
en el tratamiento de pacientes con daños cerebrales, así como
reproducción asistida. Pronto tendremos un hijo, aislando el gen
Taltos, y podremos empezar de cero. Posiblemente sea una
niña—expliqué mirándolo una vez más. Parecía real, de carne y
hueso, y así lo sentía. No importaba que fuese un espectro.
—Ya lo verás... quizás hay una
puerta abierta para mí—sonrió desvaneciéndose y dejándome con
la duda.
Michael ha escrito estas palabras a Rowan. Yo también le agradezco a ella todo el amor que me ha dado, así como los recuerdos que todavía poseo de ella.
Lestat de Lioncourt
Hoy quiero dejar constancia de mis
sentimientos. No sé porqué lo hago. Quizás creo que necesito
expresar de nuevo la gratitud y el amor que siento por ti. Puede que
estés cansada, quizás no lo creas necesario y tal vez mis palabras
las conozcas demasiado bien. No importa. Creo que necesito expresar
todo lo que siento en éstos momentos. Deseo liberar mi alma y que
vaya a ti, como siempre ha hecho, para rodearte mientras te
contemplo.
Todo matrimonio tiene sus buenos y
malos momentos, pero los nuestros prácticamente nos costaron la vida
y la felicidad que todavía queremos salvar. Los monstruos llamaron a
nuestra puerta, danzaron en el jardín, nos ahogaron en mares más
turbios que aquel que ya conocíamos bien los dos y estuvieron a
punto de convertirnos en cadáveres sobre el césped. Acabamos siento
nosotros los monstruos, y no ellos, enterramos sus cuerpos, lloramos
por el destino de nuestra historia y nos miramos a los ojos
preguntándonos si merecía la pena seguir juntos.
No he sido el mejor amante, tampoco
creo que haya sido el mejor esposo. Sin embargo, mi débil corazón
late gracias a ti. No hay nada que desee más que tomarte de la
cintura, acercar mi boca a la tuya y besarte como un adolescente. El
hombre que conociste hace décadas sigue aquí, envejeciendo a tu
lado. No quiero apartarme de ti, de tu mundo y tus deseos, porque
quiero compartir contigo todo lo que fui, soy y seré.
Te agradezco tu paciencia y amor.
También agradezco nuestras peleas porque hace que te conozca mejor.
Te agradezco cada momento, pues todos han sido maravillosos. Te amo.
Michael y Rowan se aman, eso lo sabemos todos. Sin embargo, siempre hay pequeñas conversaciones que dejan claras las palabras, las promesas, las verdades...
Lestat de Lioncourt
—¿Crees que nuestro amor es
fuerte?—preguntó mirándome con aquellos enormes ojos grises.
Tuve que guardar silencio por algunos
minutos. El murmullo del viento, soplando suave entre las ramas, era
lo único que se podía escuchar. La ventana estaba abierta, las
cortinas color crema se movían como si fuera uno de los espectros
que recorrían todavía nuestra vivienda, y la luz de la luna incidía
sobre el rostro de mi mujer. Tenía un cuerpo delicado, pero poseía
un rostro anguloso. Sus labios carnosos se encontraban entreabiertos,
como si quisiera seguir hablando. Era hermosa y la amaba. Siempre la
había amado. Descubrí que no podía vivir sin ella desde que supe
que me salvó la vida. Cuando la contemplé tras la mirilla de mi
vivienda en San Francisco. Supe que ella sería importante para mí,
mucho más de lo que era en esos momentos, y no querría apartarme
jamás de su lado.
—Sí—dije girándome bien hacia
ella, rodeándola con mis brazos anchos y fuertes, mientras la atraía
contra mi torso.
Bajo las sábanas de blanco algodón,
tan suaves y frescas, estaban nuestros cuerpos desnudos. Aún olía a
sexo y palabras clandestinas. Podía notar su piel sedosa bajo mis
dedos ásperos y como su figura, delicada y fina, propagaban un aroma
especial a placer, sudor y perfume francés.
—¿Por qué?—su voz sonó más
ronca, como si temiese una respuesta inapropiada.
—Porque no sabría vivir sin ti. No
soy capaz de imaginar un mundo en el que tú no estés. Podría
vivir, por supuesto, pero esa vida no merecería la pena. Se
convertiría en un paraíso en blanco y negro—expliqué apartando
un mechón de su cabello. Ahora lo llevaba algo más largo y eso me
agradaba, pero no era yo quien debía decidir sobre su peinado. Nunca
he decidido nada que ella quisiera. Jamás he tenido voz o voto sobre
sus decisiones. Siempre me he mantenido al margen esperando que
pidiese mi ayuda, sosteniendo su mano y apoyando sus decisiones por
equivocadas que me parecieran—. Tú me has dado la vida, pues antes
de conocerte sólo quería encontrarme con la muerte. No importa que
estuviésemos destinados por un ente cruel y egoísta.
Ella se giró dándome la espalda. Me
sentí torpe porque pensé que no me había sabido explicar. Sin
embargo, pronto pude notar como buscaba mi mano, deseando que la
rodeara, mientras pegaba su espalda a mi torso. Deseaba sentirse
protegida.
—Tú para mí eres muy
importante—dijo en un susurro suave, aunque su voz era áspera y
siempre tuvo un toque masculino. Era firme en cada palabra y sabía
que era porque sus sentimientos eran importantes—. Tú eres todo lo
que tengo en estos momentos. El hospital es importante, pero no me
hace lo suficientemente feliz. Tú logras que me sienta protegida, me
has soportado demasiadas cosas y a veces pienso que te cansarás.
—No me cansaré porque cuando uno ama
de verdad jamás siente el cansancio—dije besando sus hombros—.
Tú siempre serás mi vida.
Recordé nuestra primera vez. Éramos
dos desconocidos que necesitaban comprenderse, un respiro de la vida
que nos asfixiaba, y nos aislamos de nuestros problemas, del dolor y
la miseria, para hundirnos en unas aguas más misteriosas que el mar
donde nos encontramos. Besé sus labios y me sentí perdido. Ella
permitió que la desnudara lentamente, aunque no pude sentir su piel
bajo las yemas de mis dedos. Llevaba guantes, pues mis poderes
estaban demasiado desarrollados y yo no sabía controlarlos. Si la
tocaba sin ellos podía atravesar su piel, su carne, sus huesos y
finalmente su alma. Sin embargo, no necesité mis poderes para
tocarla y sentirme anclado a ella. Me enamoré. Dejé que mi vida se
convirtiera en un suspiro lejos de ella. Mi corazón comenzó a latir
aceleradamente cuando pensaba en ella.
Rowan me necesitaba, pero era una
necesidad más allá de la soledad reinante que había tenido toda su
vida. Se convirtió en una mujer decidida mucho antes que nosotros
pudiésemos confrontarnos. Era una mujer llena de belleza y poder,
con una inteligencia extraordinaria, y permitió que yo fuera su
bálsamo. Me convertí en su columna. Tendí mis manos hacia ella y
esperé que las tomara. Comenzó a amarme y jamás ha dejado de
hacerlo. Veo en ella pequeños gestos que no han cambiado, aunque el
miedo permanece y a veces, en sus pesadillas, la angustia parece
doblegarla.
Michael también tenía algo especial para Rowan... Y he aquí quedando como imbécil de nuevo.
Lestat de Lioncourt
Amar. Ese verbo.
Amar es un verbo terrible que impulsa a
dar lo mejor de ti, pero también a ofrecer lo peor. Por amor he
matado, pero no me siento traicionado ni herido. Maté por el amor
que tengo hacia ella, por su seguridad, por seguir unido a su cuerpo
y que ella, todavía hoy, siga viva. Amor por cuidar de paraíso, el
jardín del edén, que es First Street. Eso, sin duda alguna, es
amor.
Hundí mi martillo en su cráneo. La
sangre salpicó mi rostro, empapó mis manos e hirió de muerte la
sagrada inocencia que aún poseía. Mi humanidad se disolvió como un
terrón de azúcar en una taza de té. Me perdí en el calor del
momento, igual que si fuese metal en una fragua, mientras él, fruto
de nuestro amor, chillaba intentando sosegar al monstruo que había
desatado. Él, mi hijo, era un ser grotesco que había vestido de
duelo la familia en más de cinco ocasiones. Un hijo que rebasó al
padre en maldad mucho antes de nacer. Un viejo conocido, un fantasma,
en una cadena genética que debía ser distinta.
Maté a Lasher en nombre de Rowan,
nuestro hijo Chris y en el mío propio. Dejé que su cuerpo se
hundiera en la tierra removida del jardín. Arranqué el collar con
la esmeralda, la contemplé unos instantes y sentí que ya no le
odiaba. Tan sólo sentía lástima. Una lástima que todavía hoy
perdura.
Y ella, Rowan, observa cada día el
lugar donde yacen los dos hijos que concibió. No sé si deba
preguntar por sus pensamientos, pero sé que toda su columna
vertebral se agita y que sus manos tiemblan. He visto el dolor en sus
ojos, así como la tristeza y la amargura. Sin embargo, cuando
contempla los míos puedo ver amor. Un amor que no se ha ido. Es un
amor que perdura. Porque en los malos momentos el amor se fortalece.
Memorias de Michael, Rowan y mías. Espero que comprendan el título y la relación con la canción. Es puro amor, pura pasión, puro placer y necesidad de estar unidos.
WE WERE MADE FOR LOVING YOU
Habíamos discutido los tres, o más
bien los dos y ella intentaba impedir que prosiguiéramos. Hablábamos
aceleradamente, precipitando frases que herían sus sentimientos y
molestaba en nuestros orgullos. Michael acabó alzando la voz y dando
una fuerte palmada sobre la mesa, por mi parte me levanté de ésta
haciendo caer la silla. Ambos estábamos furiosos, a punto de
comenzar una pelea desproporcionada y poco sensata.
—Basta...—dijo rompiendo en
lágrimas y eso nos hizo parar.
Los ojos azules de Michael se posaron
en los de Rowan, igual que los míos, que derramaban lágrimas
terribles manchando sus mejillas. Desconocía porque estábamos ahí,
matándonos uno al otro, cuando sólo queríamos hacerla feliz y de
ese modo no lo lográbamos. Michael se aproximó a ella, colocó su
ancha y áspera mano sobre su cabeza, deslizó sus dedos por sus
rizos dorados y pasó estos por la nuca hasta la espalda. Allí, en
aquella frágil espalda, dejó su mano derecha mientras la izquierda
de apoyaba en la mesa y él se inclinaba.
—Cariño, ¿qué puedo hacer para que
no llores?—preguntó con un tono de voz suave, aunque seguía
siendo profunda y muy masculina. Aquella frase sonó sensual a pesar
que eso no era precisamente lo que él deseaba.
—Cherie, deberías decirnos cómo
podemos hacerte feliz—aquel comentario mío provocó que Michael me
mirara, y no lo hizo molesto. Parecía cansado, abrumado y
decepcionado consigo mismo. Él no la hacía feliz, no como él
quería.
—Dejad de discutir—murmuró—,
pues la niña duerme y no quiero que escuche como sus padres se
pelean.
Ambos nos miramos perdiéndonos uno en
el otro. Hazel no era ya sólo hija mía, también lo era de Michael.
Él cambiaba sus pañales, la bañaba y perfumaba antes de sentarla
en su pequeña sillita para ser alimentada. Un hombre ejemplar,
abnegado y completamente orgulloso de ser padre sin serlo. Y yo, yo
era el individuo que se colaba por las ventanas de los diversos
hoteles, cuartuchos insalubres, o lugares extraños en los cuales
podía verla. La última vez fue la iglesia de Saint Louis, un lugar
que me trajo problemas. Sólo eran segundos, y a veces ni siquiera
llegaba a poder verla por completo. Sin embargo, la niña aún
reaccionaba a mi voz y a una vieja melodía que entonaba para ella.
—No estamos discutiendo ya—respondió
Michael.
Los ojos de Rowan se fijaron en él,
perdiéndose por unos segundos, para luego incorporarse y mirarme a
mí. Nos observaba con cautela a ambos como si fuera un pobre animal
asustado. Los hombres de su vida, suponía. Su padre murió poco
antes que ella naciera, era Cortland Mayfair. Cortland era tan
incestuoso como Julien, pues era su padre y abuelo, del mismo modo
que Julien era su bisabuelo, tatarabuelo y una larga lista de
parentesco. Ellos estaban muertos, jamás pudieron hablar con ella
salvo que lo hicieran sus fantasmas. Su hijo, Lasher, había sido una
tortura y acabó muerto a manos de Michael. Era un Taltos, un
asesino, un violador y un idiota que se entregó por completo a
luchar contra la escasa bondad que tuvo en otra época. Sin duda
alguna los algo más de cuarenta años, a pesar que no los
aparentaba, que habían golpeado duramente a Rowan siendo una niña
adoptada dentro de la propia familia, alejada de su madre que se
volvía poco a poco más loca, encerrada en un mundo aseptico que era
el hospital donde trabajaba, mucho antes de ser la directora de su
propio centro, la habían hecho quedar sin nadie que quisiera estar a
su lado. Y nosotros, en este momento, luchábamos igual que leones
machos por el territorio y la única hembra que queríamos. Se sentía
acorralada, dolida y posiblemente aturdida.
—Cuéntanos que sucede—dije
tomándola de los brazos para llevarla de nuevo a la silla, para que
se sentara, mientras Michael me ayudaba a retirarla de la mesa.
Quedó allí, sentada, mirándonos a
ambos que nos encontrábamos de pie con el corazón en la mano.
Notaba como quería seguir llorando, pero se encontraba algo más
calmada. Sus lágrimas no eran de impotencia, sino de algo más.
—No comprendéis nada—dijo al fin—.
Estoy enamorada de los dos, me siento en una encrucijada y siento que
no puedo elegir. Necesito a Michael para permanecer serena, cuerda y
completamente centrada en mi trabajo; pero tú apareces con tus aires
de galán de otro tiempo, sonríes de forma encantadora y mi corazón
se vuelca. Ya no es sólo el misterio que conllevas, pues ahora formo
parte de ese mismo misterio que nos ata y destroza, sino tu elegancia
y tu aroma, igual que si fueras un macho Taltos, me desquicia y
necesito la aventura que sólo tú me puedes dar. Contigo me
convierto en una niña que aprende cosas nuevas, me das cierta
libertad salvaje y muero de deseos porque me toques de forma
indecente—suspiró tras aquella terrible declaración para ambos—.
Cuando estoy contigo, Michael, soy una mujer completa, sin otra
necesidad que tus besos y caricias. Busco tus brazos fuertes para no
sentirme perdida. Al hacer el amor me derrito, porque tú sabes tocar
esos puntos que provocan que mi corazón se una al tuyo. Pero, me
falta él.
—Ménage à trois—respondí
cortándole el aliento y provocando que Michael frunciera el ceño—.
Peleamos por una misma mujer, pero yo no te odio. ¿Cómo podría
odiarte Michael? Nadie puede odiarte y menos después de todo lo que
has hecho—comenté encogiéndome de hombros—. No sería sólo
sexo, sino una forma sincera de pactar con ella un amor completo.
—No lo sé...—murmuró atormentado.
—Michael, está llorando y detesto
que llore. No podemos separarla de uno de nosotros sin que sufra—me
miró a los ojos cuando dije eso y después la miró a ella—.
Comprende.
—Ven cariño—dijo aproximándose a
ella para tomarla en brazos—. Sígueme.
Aquella ancha espalda, con músculos
marcados, quedó frente a mí mientras cargaba a Rowan como si no le
pesara nada en absoluto. Las canas habían desaparecido y su aspecto
era más joven, fresco y fornido. Había recuperado el aspecto del
Michael que conoció Rowan, y todo era por los caprichos siniestros
de Julien.
Cuando entramos en el dormitorio
principal, con el suelo de madera tan perfecto, sentí un vuelco.
Estábamos de nuevo en First Street, en la casa cuyo jardín conocía
tan bien, mientras que él la tendía en la cama y se quitaba la
chaqueta, su camisa y comenzaba a sacarse el cinturón. Había
accedido sólo al ver la expresión de Rowan, completamente aturdida
por mis palabras. Yo hice lo mismo, imitándolo en cada movimiento.
—Cherie—susurré acercándome a la
cama para rodearla con mis brazos, besando su cuello en el lado
izquierdo mientras olfateaba sus cabellos.
Él se aproximó a nosotros sentándose
junto a mí, permitiendo que Rowan se incorporara en medio de ambos.
Sus prendas fueron desprendiéndose entre caricias y besos. Ella
cerró sus ojos, echó hacia atrás la cabeza y la apoyó en el
fuerte brazo derecho de Michael. Por mi parte me hundía en su cuello
lamiendo su piel, rozando con la punta de mi nariz sus venas y
dejando que mis dedos fueran algo más hábiles que los gruesos y
ásperos de su esposo.
Los senos de Rowan quedaron liberados,
con sus pezones cafés completamente endurecidos. De inmediato ambos
hundimos nuestro rostro en su pecho, acariciando los pezones con la
lengua y terminando por oprimir estos con los labios. Chupábamos
como si fuéramos dos lactantes mientras ella abría sus piernas, las
cuales sólo estaban levemente cubiertas con una falda larga, algo
suelta, que pronto comenzó a quedar remangada mientras nuestras
manos acariciaban sus muslos. Ella suspiraba temblorosa mientras
alargaba sus brazos hacia nosotros, tentando casi a ciegas nuestros
vientres mientras bajaba hasta nuestro sexo. Estábamos algo duros,
excitándonos con su aroma y la calidez de su piel.
Sus dedos temblaban contra nuestro
glande, creando cierta presión, mientras las muñecas se movía
suavemente. El miembro de Michael era más grueso, algunos
centímetros mayor en longitud, y más venoso que el mío; podía
decirse que incluso la piel que le cubría era algo más gruesa,
oscura y tirante que la mía. No me importó demasiado ese detalle,
pero sí me fijé complaciéndome en poder observar a mi enemigo,
aunque no lo vi jamás como tal, completamente desarmado ante unas
caricias. Si bien, no era el único. Ambos dejamos de succionar sus
pezones, para besar sus clavículas y hombros. La boca de Rowan buscó
la de Michael, pero tras un beso fogoso fue a buscar la mía que
desde hacía rato besaba su piel. Mientras, con pasión, ella
comenzaba a masturbarnos con deseo arrancándonos jadeos y gemidos.
Nuestras manos se habían quedado en la
ingles, apartando su ropa interior hasta romperla, para acariciar
ambos su deliciosa vagina. Estaba húmeda y caliente, su clítoris
comenzaba a abultarse mientras ella sentía los calambres típicos
que la torturaban. El calor comenzaba a inhundarla, el sudor la
perlaba, y sus cabellos se pegaban a su frente. Los labios de Rowan
proferían gemidos bajos, palabras de amor hacia ambos y sobre todo
rogaban un poco más. Mis dedos finos jugaban con su clítoris
mientras los más gruesos, de Michael, se hundían en ella
estimulándola.
En algún momento hicimos un pacto
secreto, con tan sólo un duelo de miradas, para llegar a tumbarla en
la cama deshaciéndonos de la falda, dejándola con el rostro hundido
en el colchón y las caderas levantadas. Él comenzó a lamer su
vagina, hundiendo su lengua, mientras yo hacía lo mismo con su otra
entrada. Ella rápidamente se aferró a las sábanas tirando de éstas
hacia sí, arrugándolas y retorciéndolas, mientras sus piernas
temblequeaban. Tras pasados unos minutos, Michael cambió posiciones
conmigo mientras nos masturbábamos imaginando estar dentro de ella.
Sin embargo, en un alarde de dominar la situación la bajé y
arrodillé frente a ambos.
—Sé cuanto necesitas sentirnos—dije
tomándola del mentón con mi zurda, mientras mi mano derecha me
apretaba el glande oprimiéndolo—. Ven, sacia tu sed—susurré
hundiéndome en ella.
Michael se aproximó quedando a sus
espaldas, acariciando sus pechos con sus fuertes manos, mientras
quedaba de cuclillas mordisqueando su cuello. Sus pezones comenzaron
a estar adoloridos, porque los pellizcos y tirones de Michael eran
algo bruscos, pero a ella parecía que la encendía todo aquello.
—No, no puedo ser egoísta—murmuré
tras unas fuertes embestidas que la hizo toser, pero a la vez temblar
por completo. Salí de su boca y me froté entre sus pechos—. No
puedo ser egoísta, mon amour—susurré girando suavemente la cabeza
para indicarle a Michael que cambiaba la posición con él.
Hacíamos un buen equipo cargados de
perversión, lujuria y fascinación. Ella parecía perdida en un
universo paralelo donde sólo sentía, se precipitaba en una especie
de espiral de placer desenfrenado, y nosotros íbamos con ella. No
supe en qué momento ocurrió, pero ambos quedamos recostados en la
cama con ella entre nosotros. El rostro de Rowan quedó enterrado en
el de su esposo, mientras que mis manos se colocaban en sus caderas.
Pronto una de sus piernas se levantó cayendo sobre las caderas de
Michael, él acarició sus pechos mientras la besaba y yo hundí mi
rostro en su espalda.
Rápidamente me tumbé en el colchón,
ella cayó sobre mí y él quedó aplastando a ambos. Nuestros
miembros entraron casi a la vez en su cuerpo delicado, pero elástico,
que se movía como si fuera una serpiente enroscándose en ambos y
buscando nuestros labios. Los ojos de Michael estaban perdidos en el
placer, como si le bañara el infierno mismo, mientras que mi mirada
desprendía emoción, excitación y sobre todo una fascinación
increíble.
Ambos hacíamos aquello por amor a una
misma mujer, mujer que nos unía y nos dividía. Siempre me pareció
un hombre sincero y educado, pero en la cama comencé a descubrir a
un hombre apasionado, completamente entregado, en cada dura embestida
que sacaba un grito de placer a Rowan, mientras que yo le provocaba
escalofríos mientras buscaba que mis manos no se fueran de sus
pechos. El sudor de los tres se mezclaba, así como los gemidos y
jadeos, mientras las palabras obscenas comenzaban a verterse en el
aire, contaminándolo aún más, mientras buscaba algún punto de
sujeción para aquel desenfreno.
—Rowan, Rowan...—le escuché decir
casi a la misma vez que yo lo hacía, pero pronto se apartó,
girándola, mientras me miraba con cierta ira y comprensión. Él no
podía olvidar su caballerosidad, así que me ofreció el tenerla un
poco hacia mí, viendo su rostro.
Ella se sentó sobre mis caderas
gimiendo y moviéndose cual amazonas, Micahel quedó de rodillas en
la cama mientras se masturbaba. Tras unos minutos la inclinó
lamiendo la cruz de su espalda, guiando su lengua hasta su columna y
final de su trasero, en ese momento se colocó y entró penetrándola
desde atrás. De nuevo dos de sus orificios quedaban completos
mientras su boca emitía un largo gemido.
Rowan había llegado a un orgasmo tan
fuerte y violento que la hizo gritar, despertando a la niña,
mientras se agitaba casi convulsionando y eyaculando. Nosotros no
llegamos y tan sólo la sentamos en la cama como pudimos, después la
arrodillamos acariciando ambos su rostro. Rowan no lo dudó ni un
instante, llevó sus manos a ambos miembros y aproximó el glande de
ambos hasta su boca. Su lengua era voraz, se pegaba a cada milímetro
y sus dientes mordisqueaban la punta, el tronco y hasta la base.
—Hazlo tú primero—me dijo Michael
apartándose.
Tomé a Rowan entonces entre mis
brazos, la recosté en la cama y abrí sus piernas comenzando a
penetrarla con violencia. Ella gemía tan fuerte, arañaba mi espalda
y me rogaba que fuera aún más rudo. Mis embestidas eran directas y
sentía la humedad de su sexo envolviéndome, rodeándome con sus
muslos, mientras sus pechos rozaban mi torso. Llegué al final,
eyaculando mi esperma dentro de su vagina, y en ese momento Michael
se aproximó apartándome para hacer lo mismo. Su sexo era más
candente, pero con un ritmo menos violento, mientras la agarraba
cubriendo toda su figura. Los brazos y las piernas de Rowan no podían
abarcarlo, pues era demasiado ancho y grande, pero cuando se vino
pude ver como Rowan volvía a hacerlo.
Al separarse, como yo mismo había
hecho, nos quedamos sentados en el borde de la cama, girados hacia
ella, mientras su vientre se encogía y sus pechos se movían como
dos pequeños flanes. El esperma blancuzco apareció manchando las
sábanas y Michael, sin siquiera pensarlo, acarició sus muslos
mientras yo hundía mis manos en ella, sintiendo de nuevo la calidez
ensanchada de su vagina, para llevársela a la boca de nuestra amada
bruja. Ella lamió mis dedos gimiendo bajo y yo sonreí satisfecho.
—Lo he hecho por amor—dijo al fin
Michael, con su habitual ceño fruncido y sus enormes ojos azules.
—Yo también, Michael, yo
también—susurré viéndola con aquella expresión de cansancio,
placer y deseo.
Minutos más tarde los tres
compartíamos cama, entrelazando nuestros cuerpos, pues la pequeña
al escuchar el silencio de nuevo imperando la casa, como de
costumbre, quedó nuevamente dormida. No había ocurrido nada malo a
su madre, sólo había disfrutado del amor de dos hombres
completamente entregados a ella.