Por eso amo a esta mujer, aunque no como muchos pretenden creer. Lo confundí una vez, pero no más.
Lestat de Lioncourt
La verdad no es fácil de admitir
aunque a veces sea lo único que nos mantenga en pie. Es
contradictorio, pero ocurre. Vivimos en una época donde la mentira
es demasiado tentadora y se toma como placebos para el inminente
dolor. Nuestra sociedad está intoxicada por lo que ocurre a su
alrededor y prefiere dejar de pensar, olvidar lo que realmente ocurre
más allá de sus narices, con tal de sobrevivir en un ambiente
hostil e imposible. Sin embargo, se lucha continuamente por descubrir
y usar esa verdad como símbolo. No importa cuánto o cómo se logre,
pues a veces los medios no son los más correctos o propios, pues lo
único que se desea es sacar la cabeza de esa brea que impide
respirar sin rezumar odio, violencia, venganza o miseria.
Durante muchos años intenté admitir
todo lo que me ofrecía esta vida. Una vida plácida pese a la lucha
constante de la mujer que me cuidó y crió como si fuese mi propia
madre. Pero luego me di cuenta que la mayoría de aquello que conocía
era una mentira tras otra ocultando una verdad incómoda que me haría
sufrir un calvario. Mi único mal fue nacer, igual que el de otras
mujeres en mi familia. No digo que hayamos tomado decisiones
incorrectas, sino que alguien tomó esas decisiones indebidas hace
demasiado tiempo y aún resuenan sus pasos entre la galería de
nuestras propias almas.
Un simple baile impetuoso, lleno de
libertinaje, en unas viejas rodas hizo que un fantasma se presentara
ante una antepasada y esta decidiera vengarse, de forma tal vez algo
infantil e indebida, del hombre que la había marcado y hecho madre
sin tomar luego responsabilidad alguna. Supongo que eso fue el inicio
del fin, como se suele decir, para decenas de generaciones. Después
su hija siguió el camino torcido y decidió por fin asentar los
trucos sucios de aquella criatura. Otros lo adoraron como si fuera el
demonio. Digo otros porque también hubo un hombre, aunque este
intentó combatirlo a sus espaldas y de nada le sirvió. Ese hombre
fue Julien Mayfair. Intentó corregir el camino y cambiar el rumbo de
la familia, pero fue imposible. Cuando murió en el alfeizar de su
ventana, observando el jardín donde su descendencia moriría o
acabaría enloqueciendo, lo sabía. No había hecho demasiado, pero
lograría regresar como espectro para ser parte de una pieza más de
un rompecabezas extraño.
Me costó años saber la verdad.
Conocer los orígenes de mi familia fue duro, pues supe que mi
verdadera madre estuvo viva y sedada para que no me buscara. La
tachaban de loca cuando todos sabían, sin excepción alguna, que esa
criatura existía y que muchos en Nueva Orleans, la ciudad donde
residíamos, lo llamaban “El Hombre”. Mi propio marido lo vio
desde que era un niño y conocía bien sus rasgos. El mismo que era
familiar mío sin saberlo. Sí, éramos primos y cumplimos con una
tradición de incesto que sucedía desde antaño: los Mayfair se
casan con Mayfair.
Actualmente he sido madre de dos
monstruos, aunque la mujer que yació en mi vientre la considero más
un ángel que un demonio. Ese espectro se apoderó de mi hijo y lo
hizo nacer con una genética distinta a lo habitual. Se quedó con su
cuerpo y se llamó así mismo Lasher. Intenté protegerlo únicamente
porque un instinto animal surgió de mis entrañas: tenía que salvar
el fruto de mi vientre. Fui una estúpida. Recurrí también a la
ciencia. Amaba la ciencia. Soy una científica y vivo por las
innovaciones. Creí que él podía aportar algo nuevo y busqué la
verdad en su genética. De nuevo una estupidez tras otra. Mi marido
estuvo a punto de morir, además lo consumía la soledad, cuando yo
me marchí y por otro lado esa criatura me violó y sometió a sus
caprichos. Incluso me hizo gestar una hija suya tras varios abortos.
Ya no puedo ser madre. Ambas criaturas
yacen bajo las raíces de un viejo roble. Mona Mayfair, que era
prácticamente una niña cuando la conocí, se hizo con la principal
heredera pero no sirvió de nada. Ella también cayó en esa genética
extraña y tuvo una hija con mi propio marido, fruto de un desliz por
su parte debido a mi estupidez, y también varios abortos que he
ocultado incluso a mis familiares más próximos. En estos momentos
sus nietos, los nietos de Mona y Michael, donan su genética y
colaboran conmigo intentando hallar soluciones a pacientes que vienen
buscando prácticamente la inmortalidad.
Si mis pacientes supieran la verdad
caerían en la locura. Por eso quizá no buscan más allá de la
fachada icónica de este Hospital Mayfair. Tal vez por eso no
contemplan el dolor en mi mirada. Sí, quizá.
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