
Esta novela se la dedico a mi pareja, creo que no es lo que esperaba y quizás muera joven por ello.
No Gabri! no fui yo...fue el bolígrafo (no se lo cree nadie)
También a mi "Mami Leila", Geri cariño siento haberte hecho llorar...pero debía de acabar así.
Canción de mi infancia...sí sé que es una mariconada
pero me encantaba bailarla con mis amigas cuando era pequeño
LA PRINCESA DEL CUENTO DE HADAS
La princesa está triste
Qué tendrá la princesa…
En un lejano lugar me encontraba, subido a mi rocín cabalgando hasta un desolado poblado. Allí tan sólo existían ancianos, mujeres y escasos niños. Los hombres habían muerto en guerras, uno tras otro dejando todo sombrío. En el castillo se hallaba la princesa mostrando su peculiar desasosiego, sin encontrar marido y rabiando por un poco de libertad. Desmonté y caminé dejando que el sol hiciera brillar mi armadura. Me adentré a pié hasta la fortaleza del castillo, allí bajaron como pudieron la rampa de acceso. Tan sólo quedaban aquellos dos hombres de mediana edad, sirvientes del fallecido rey. La reina y su hija me esperaban en la sala real, hacia allí me condujeron las cortesanas con sonrisas y comentarios que no lograba averiguar.
Tres grandes salones, varios giros en los pasillos, armaduras y retratos familiares junto a un hermoso reloj de péndulo que se movía inquieto ante nuestra presencia. El eco de sus pasos, de aquellos diminutos pies, ante mí y el sonido de lata de mi armadura eran un compás sonoro hasta una enorme puerta de madera. En ella se encontraba el escudo familiar, la bandera labrada junto a este y a dos cabezas de leones demasiado fieros para mi gusto. Era una fortaleza en sí aquella madera labrada y se abrió ante nosotros descubriendo un gran salón, el del trono como ya he dicho, con la madre y la hija pendientes a mis movimientos.
-Así que eres el extranjero.-dijo la reina haciendo tronar sus cuerdas vocales, tenía una voz severa aunque no demasiado brusca.
-Así es bella dama, vine en busca de una esposa para complacer a mi reino, a mi padre, a mi mismo y a ella. Sobretodo a la mujer que contraiga matrimonio conmigo será feliz, llevada en mis brazos hacia el altar hasta que envejezca. Soy hombre de palabra, señora.-hice una pequeña reverencia y alcé mis ojos hasta la princesa, ella seguía impasible observándome como si nada.
-Muchas palabras, pocos actos veo.-la voz esta vez era dulce, serena y bastante erótica. Eran de la muchacha se ocupaba el trono junto a su madre, sí la bella princesa que me miraba con recelo y monotonía.-Habláis mucho, eso está bien, pero pocos cumplen al cien por cien sus palabras. El orgullo pierde al hombre, también lo pierden sus promesas. Además, no os conozco y no me complace vuestra presencia.-aquello me hirvió la sangre, la miré con furia y calmé mis pupilas antes de que mi lengua se desatara.
-Me desconcierta que siendo creyente de un Dios injusto, cruel y déspota creas que yo voy a ser tan vil como él entregándote una manzana. Mírame mi señora, he cruzado valles y ríos caudalosos, he visto morir a mis acompañantes extenuados por el calor sofocante o el frío más intenso. ¿De verdad pensáis que vendría al otro confín de este mundo para mentiros? ¿Es así como lo veis? Imposible. He tardado casi un año sin descansar cabalgando, apenas he comido y poco he dormido. Estas ojeras que ve usted no son de nacido, sino de días infructuosos recorriendo el mundo en busca de la belleza que ostentáis. Pero he visto crueldad en vuestros ojos, crueldad ante este despojo que se llama hombre y príncipe a la vez.-me alcé con el rostro sereno, aunque mis palabras denotaban desagrado en vez de alabanzas.
-Intenta ser menos insensato, estáis ante vuestra futura esposa aunque bien harías en meterla al buen camino. Su padre la tenía demasiado consentida y si viene como dice, también lo hará. Espero que la boda se realice pronto, me agradan los hombres dominantes y no sumisos, pero controle a esta manipuladora a veces desconcierta a todos con sus desvaríos.-rió su madre mientras aplaudía mis frases certeras hacia su hija.
-¡Madre!-reprochó la que sería mi esposa, indignada y frustrada por su vano intento de expulsarme de su vida.
-Así lo haré mi señora, así lo haré.-sonreí triunfante e hice una reverencia marchándome del lugar, sin dar la espalda.
Las mujeres me acompañaron a los que serían mis aposentos, llenaron una bañera con agua caliente y dejaron ropas sobre la cama para que me adecentara. Cerré la puerta y me miré al espejo, mis ojos estaban llameantes por el dolor que me había causado su rebeldía. Tanto sufrimiento, tantos golpes, tantos días, tanto recorrido y malabarismos con el destino para que una caprichosa me escupiera palabras de crueldad. Me quité la armadura, con ello mis vestiduras y las vendas que ocultaban una lucha encarnizada de días atrás. Vertí las cubetas en una gran palangana y me sumergí en ella. Me lavaba con el jabón frotando bien, quitándome la sangre seca y con ello desinfectando las heridas. Deseaba aullar de dolor, pero eso no me estaba permitido por mi sexo y por mi puesto bélico.
Cuando salí del agua relucía ante el espejo, mi sexo rozaba mis piernas y mis manos acariciaban mi torso. Me enorgullecía de aquel cuerpo tan perfecto. Decidí ponerme las prendas que me habían dejado, parecían conocer mi talla y eso me gustó. Me pregunté qué había sucedido con todos los hombres menos los adultos de gran edad y pocos más. No había más que niños de unos cinco o siete años, el resto no parecía vivir. El cementerio del pueblo lo pude ver al llegar, estaban las cruces amontonadas unas con otras y eso me llenó de terror.
Intenté dejar de pensar en ello y mediar con mis sentimientos. Debía ser cortés, atento y amable. Giré el pomo y recorrí el castillo encontrándome a aquella criatura jugueteando con una armadura.
-Si yo te poseyera, no estas ropas, seguro que conseguiría mantener el reino en calma. Pero eso es lo que quería mi padre, mi madre quiere algo distinto y no desea verme fallecer. Me pregunto qué dirá mi prometido cuando sepa toda la verdad.-sus manos se cruzaron sobre su recatado escote y una lágrima se vertió de su rostro hasta el mentón, sin antes no recorrer levemente la comisura de esa boca tan sensual. Sus cabellos rubios caían sobre sus hombros con delicados tirabuzones. Parecía una estatura perfecta, cualquier detalle en ella era endiabladamente encantador y así se evaporó mi enfado. Si bien, sus palabras me intrigaron y deseé revolotear a su alrededor consiguiendo esa ansiada información.
-Buenas noches bella dama, creí que las amazonas no necesitaban la cortesía de que le otorgaran la espada, sino que la empuñaban.-susurré apartando sus cabellos para posar un recatado beso en sus mejillas.
-Olvídame.-a veces su voz tenía un torrente brusco, como tan sólo lo tienen los hombres jóvenes y eso me enloquecía.
-No puedo, serás mi esposa.-la agarré por la cintura a sabiendas que eso aún no estaba permitido. No éramos esposos y ese gesto podría ser interpretado como un acoso hacia su persona.
-O me dejas o te juro que te destrozo, no soy una dama en apuros ni nadie que puedas seducir.-en ese instante la giré y besé como jamás había hecho. Mi lengua se coló por sus labios, recorrió cada parte de su persona y suspiré ante ello.
-Mátame, destrózame, pues ya no me pertenezco. Yo soy lo que tú quieras, haré lo que desees y si es que me suicide en tu honor lo haré.-me aparté y caí a sus pies besándolos para luego tomar sus manos entre las mías.-Creo en el amor a primera vista, creo en lo que siento hacia ti.-ella torció el rostro, no con desagrado sino con temor. Se apartó y salió corriendo por los pasadizos de aquel lugar.
Aquella reacción junto con todo lo que había sucedido era extraña. Esa misma noche la volví a ver radiante en una cena de gala. Estaba rodeada de hombres demasiado viejos y achacosos con esposas jóvenes, múltiples solteras y un guerrero tozudo, yo. Me adentré hasta mi asiento, próximo a ella y sus labios tenían esa dulce amargura. Comimos conversando sobre arte, Dios o simplemente sobre mi país. Cuando llegó el momento de anunciar nuestro compromiso todos aplaudieron, pero en su mirada había una aurora de tristeza.
Al acabar el evento nos marchamos cada cual a nuestros aposentos, en una semana estaríamos casados y podría abrazarla por mucho que me rechazara. Mientras deambulaba hasta mi alcoba me imaginaba su cuerpo desnudo, sus senos colmados de la gracia de Dios al igual que su virginal sexo. La miré de reojo y noté que ella hacía lo mismo, se sonrojó y luego regresó a sus pensamientos. Aquel segundo creí morir de felicidad, por ello ideé algo para que fuera más complaciente conmigo.
Caída bien la noche tomé una guitarra de donde hubo la cena, era de una de las damas que estuvo tocándola y cantando hermosas canciones de guerra. Fui hacia su balcón, entre rosales y madreselvas, comencé a tocar una canción improvisada.
Sé lo que siente Dios desde que te vi
Perdió un ángel y me lo regaló a mí
Tú eres la perdición de los infiernos
Pues no creí en ti hasta que observé tus cielos
Esos cielos que me miran y llueven de pena
Pena que yo borraría atándote a mi condena
De besos, caricias y un amor endiablado
Ese que dios con su fortuna nos ha otorgado
Ven mi amada a mi lado, ven y toma mi mano
Ven mi bella señora, ven y retorna a mi lado
Soy sirviente de tus designios
Los cumpliré y haré que tu sonrisa vuelva
Que jamás tu rostro de amargura se tuerza
Soy sirviente de tus caprichos
Tus cabellos de oro son
Al igual que tu corazón
Sé que eres mujer de tesón
Regálame una sonrisa, desde tu cornisa
Y haz que este triste juglar
Vuelva a de nuevo a soñar
Ven mi amada a mi lado, ven y toma mi mano
Ven mi bella señora, ven y retorna a mi lado
Ella apareció en su balcón con un camisón de luz de luna, su mirada estaba bañada en lágrimas suplicantes.
-Por favor, vete de aquí. Recuerda como soy, no quiero dañarte. Todos están aliados, todos, y seguramente me odies tras lo que devenga los designios de propios y extraños.-dijo a media voz, sin embargo en medio de la noche sentía esos susurros en mi cuello erizándome la piel.
-Mi señora, no os dejaré.-Alcé la voz y entré al castillo, fui directo hasta su habitación y allí la estreché entre mis brazos.
-Os he mentido, os han mentido. Yo no soy princesa.-susurró con su rostro bañado en lágrimas.
-No importa, yo os amo.-dije tomándola de las manos, las besaba desconsolado intentando tranquilizarla.
-¿No observas nada extraño?-murmuró aproximando una lámpara a su rostro y su pecho. Era como un fantasma, una hermosa visión.
-Eres hermosa, eso es lo extraño.-respondí con una cándida sonrisa.
-Ten.-me entregó las lámparas con aquellas velas llameantes y se rasgó el camisón.-¿Ahora lo entiendes?-bajo aquella envoltura, esas curvas y su rostro afrodisíaco existía un hombre. No tenía senos, su torso era blanco y liso, entre sus muslos no había nada femenino sino el mismo sexo que yo ostentaba.
-¿Qué clase de juego es este?-mi rostro se bañó en lágrimas, ahora quien lloraba era yo.
-Yo también os amo, desde que os vi pasear por la ciudad. mi padre sabía de mi condición, no me quería en el ejercito y mi ambigua figura serviría para ser la mujer que no soy. El plan urdido por los sacerdotes era hacerme pasar por fémina, tener un nuevo rey y que este hiciera brillar nuestro territorio. Yo a cambio debía de drogarte cada noche, hacerte creer que eras maravilloso en la cama y olvidarme de tocarte más de lo debido. Sin embargo, no puedo, os amo y esa canción me ha llegado al más oscuro de los rincones de mi corazón. Has iluminado mi alma.-me aproximó a mí y acarició mi rostro, besó tiernamente mis labios y sonrió.-Podemos amarnos, pero no confieses este secreto. Tú y yo nos amaremos realmente cada noche, podemos reinar en paz y para sucesor ya tendremos un hijo gracias a algunas de mis cortesanas.-sus palabras parecían reales, pero mi fantasía se volvió tormento.
-Aléjate de mi monstruo.-empujé al muchacho y tiré las velas al suelo sin importarme que saliera ardiendo la habitación.
Mientras huía de su recámara por los pasillos, deslizándome como alma que lleva al diablo, escuchaba sus llantos. Se lamentaba una y otra vez, mientras que todas las mujeres que una vez me halagaron venían a mí con espadas alzadas. Debía casarme con esa princesa, aquel príncipe extraño que me embrujó con mentiras.
Cuando llegó el día de la boda yo deseaba destrozar a todo aquel que se aproximara, vinieron guardias del pueblo cercano y todos me miraban como un cruel déspota. Su madre había hecho correr la voz de que había desvirginado a su pequeña y que no deseaba contraer matrimonio con aquella frágil flor. Su rostro estaba cubierto por el velo, sus manos atadas a un ramo de margaritas y su vestido era blanco a pesar de no ser pura. Al llegar junto a mí aparté el velo y él se sonrojó mordiéndose el labio por el nerviosismo. La ceremonia se hacía pesada y él comenzó a hacerme confidencias extrañas.
-Estas muy apuesto mi rey.-susurró clavando la mirada en el sacerdote.-Me siento dichoso de que seas mío, tan mío como jamás ha sido nada para mí.-una lágrima bordeó su ojo derecho y cayó hasta su mentón.
-No hables, no quiero saber nada.-
-Decías haberte enamorado de mí, no hay distinto en nada a mi físico y a mi alma, tan sólo un pequeño trozo de carne.-giró su rostro hacia mí y me tomó la mano. Era cálida como había imaginado cuando la deseaba, pero era un hombre y todo aquello me daba náuseas.
“Alfonso Segundo de Edimburgo, deseas contraer matrimonio con Sofía Elena de Roma. En la vida, en la muerte, en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y pobreza durante todos los días de tu vida”.
Estuve a punto de negarme, sin embargo el apretó fuertemente mi mano y sonrió. Era una mujer en apariencias, incluso su forma de ser e hice una fantasía en mí soñando que era ella.
-Sí.-susurré con un nudo en la garganta.
“Sofía Elena de Roma, deseas contraer matrimonio con Alfonso Segundo de Edimburgo. En la vida, en la muerte, en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y pobreza durante todos los días de tu vida”.
-Sí.-estaba nervioso, pero su voz no tembló.
“Por el poder que Dios me ha concedido, yo os declaro Marido y Mujer. Puedes besar a la novia”
Ella sonrió y aproximó sus labios a los míos. Su lengua se fundió con la mía y la mano que tenía libre acarició mi rostro. Se apartó y me miró con esos ojos iluminados por un deseo imposible.
-Te haré feliz.-dijo apoyando su frente con la mía.
De fondo se escuchaban aplausos, llantos de las damas presentes que eran multitud. Le tomé del brazo y caminé con ella hasta el lugar del banquete.
-Somos marido y mujer, suena extraño.-murmuró apoyando su cabeza sobre mi hombro.
-No somos nada, esto es un trámite para que no me maten.-él quedó en silencio durante toda la velada con el rostro amargo, a punto de llorar. Todas le susurraban que sonriera pues yo era hermoso, había jurado mantenerla entre mis brazos y los guardianes del otro reino me miraban con asco por lo que habían contado de mí.
“Porque pronto me deis un nieto” su madre de improvisto alzó la copa y brindó por algo imposible.
-Si me disculpan el vino me sentó mal.-dijo apartándose de la mesa y yo le seguí.-No me sigas, no hace falta.-se quitó el velo por completo y el pelo le cayó por la espalda.
-Es mi deber, es lo que esperan de mí.-Contesté con mi voz varonil radicalmente a la de ese muchacho.
-Deja de ilusionarme y romperme el alma.-su cara estaba quebrada por el dolor.
-Quiero que me dejes ayudarte, no es sano que vayas como mujer siempre.-repliqué sin importarme sus sentimientos.
-No me encuentro bien como mujer, pero si así puedo tener al príncipe que me juró amor iré con este vestido hasta el día de mi muerte.-Cayó de rodillas a mis pies y me agarró de las piernas.
-¡Calla!-aquello me enfermaba y golpeé su rostro como cualquier hombre hubiera hecho.
Quedó callado y se apartó de mí para salir corriendo encerrándose en nuestra habitación, la que compartiríamos como matrimonio. Al cabo de varios esfuerzos nulos conseguí entrar y lo vi arrojado en el suelo con el cuerpo bañado en sangre. Se había clavado un abrecartas en el vientre. Me fui hacia él y lo abracé, mis brazos lo rodeaban yerto mientras un hilo de sangre se vertía de sus labios. Sus ojos estaban fríos con mil lágrimas aún frescas sobre su piel, a su lado había una nota.
-Hasta que la muerte nos separe amor mío. Te amo.-
Su funeral fue horas después, todos decían que era la mujer más hermosa aún muerta. Yo me sentía el hombre más despreciable, al final sí le amaba y jamás cumplí mis palabras como él había dicho. Meses después se forjó una guerra y ese pequeño reino en Roma quedó relegado a cenizas. Tan sólo sobrevivió el cementerio y mi cuerpo sobre su tumba. Me convertí en un esqueleto a la intemperie, hasta que los nuevos colonos me enterraron en una fosa común lejos de él.
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Da igual qué sexo tenga la persona de la cual te enamores, lo que importa es cómo te haga sentir.
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Prefiero un beso, una caricia y una flor (también véase una mirada complice) como decía una canción de Nino Bravo que un polvo.
Un saludo de Lestat de Lioncourt
1 comentario:
Joe, que pecha llorar me he dado, que triste, y que lindo el mensaje que guarda... Mis felicitaciones.
Namarie.
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